• Revista Adynata

24M / Liliana Lukin

Aunque mire a lo hondo, no veré el lecho musgoso,

lo que allí se macera desde siempre, acumulando

residuos, tantos pies que entraron y no volvieron

a salir, risas que cubrían el aire, el agua sacudida

por los brazos. Hubo felicidades de cuerpos ajenos,

hubo crimen y silencios para flotar en la transparencia.

Pero aunque mire más hondo aún, no lograré ver

ni la mitad de lo vivido por otros, ni la mitad terrible,

ni la mitad de la mitad de lo vivido por mí.

Ella dice algo así como “cada uno es su propia trampa”

y siempre vuelvo a leer su historia de la estola de zorro

usada como alfombra para dar de comer a los verdugos.

Es probable que yo haya escapado, que haya podido

romper la puerta, la tapa, la reja, la soga, la letra

en la que estuve atrapada, y la escriba y la escribiré.

Pero si miro a lo hondo no veo lo que quisiera ver:

las marcas del daño se borraron, no son duras cáscaras,

no duelen, sólo tapan el aire, muescas en un cuerpo

que agitan las risas, el agua, lo que podemos saber,

y yo insisto en mirar, buscar allí, raspar y ver la sangre,

sus hilos finos, como alambres que cosen mis días.




IMAGEN: Harold Feinstein, “Palomas”, 1956, fotomontaje.


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