• Revista Adynata

A Primo Levi, nacido el 31 de julio de 1919 / Alejandro Kaufman

- pues el judío, tú sabes, qué tiene él que le pertenezca realmente, que no sea prestado, tomado prestado y no devuelto.

Paul Celan


O vi si sfaccia la casa, / La malattia vi impedisca, / I vostri nati torcano il viso da voi.

Primo Levi


Somos famosos porque ustedes son nuestros enemigos. (…) El mundo está interesado en ustedes, no en nosotros. No tengo ninguna ilusión.

Mahmoud Darwish


¿Qué efectos ejerce sobre el sentido la proliferación masiva de producción de sentido? ¿Qué consecuencias tiene sobre las memorias, las conmemoraciones y las conversaciones en general que la disponibilidad pública de discurso se haya vuelto incontable? Lo multitudinario atraviesa como variable independiente la difícil homología entre exterminio y vida en común. El primero clandestino, ignorado y negado por su contemporaneidad, luego objeto de testimonio; después también de negacionismo y banalización. La vida en común enfrentada con nociones del límite y de lo ilimitado, de la demasía civilizatoria sobre las propias condiciones de la existencia, una existencia autofágica, pulsiones tanáticas que confirman cada vez el hito del unicum solo para replicarlo de mil maneras que parecen inspiradas en aquello.

Sobre el testimonio de Primo Levi, en efecto, se ha escrito, hablado y comentado de manera innumerable, sin que ello nos conduzca a la conclusión de que “todo ha sido dicho, qué más se puede decir”, no tanto porque algo más se pueda decir, o porque no sea mejor el silencio, sino porque tantas palabras no han sido sin consecuencias.

¿Cuánto podemos comentar, interpretar, extrapolar, enseñar, explicar sobre lo intransferible e intraducible del testimonio? ¿Cuánto -y hasta cuándo- podemos habitar la extenuación a que se somete a la escritura de Primo Levi? ¿Cuánto no tiene de abusivo, vano, denegatorio hacer otra cosa que leerlo y atender a lo que Primo Levi nos solicita?

Porque si el título de su libro principal se manifiesta en condicional, Si esto es un hombre, en el epígrafe que precede al texto, el condicional despliega una de sus consecuencias. No es un condicional logicista sino ético, un llamado, la concertación de una obligación. Primo Levi llama con su testimonio a quien quiera que lo escuche a comprometerse con la memoria, a grabarla, a considerar el condicional como acto de memoria. El acto de memoria que Levi solicita no es el registro de los sucesos evocados sino la consideración sobre la ruptura del sentido que contienen, y su contrastación con el supuesto de que la vida en común prosigue su curso, no obstante lo acontecido y sus consecuencias inenarrables. El condicional del título no es su parecer, ni aun su sola referencia sobre lo que tiene para decir sino una solicitud: considerate se questo è un uomo. Solicitud que se requiere omnipresente en la vida cotidiana, en la vida en común, no porque se la pretenda introducir como desde afuera sino porque está ahí, y no lo sabremos, pretenderemos no saberlo si no escuchamos su grito. Y no carece de violencia tal pedido intempestivo porque si así no se hiciera, lo que se solicita, dice Primo Levi, seremos responsables. No nos creamos prescindentes de lo que sucedió y sigue sucediendo con su irrevocable secuela de horror, cernido sobre nuestro tiempo como una maldición. Nos falta todavía mucho trabajo en común para inteligir que las sentencias de exterminio no se detienen. En ello reside más que en ninguna otra cosa su carácter de crimen contra la especie. Son impersonales. Configuran una identidad a ser eliminada, pero no hay tales identidades que puedan culparse, como seguramente concordaremos, pero en consecuencia tampoco absolverse. Fue Kafka quien anticipó en todos sus detalles éticos lo que iba a suceder: no importa el nombre propio, la culpa es una premisa y el castigo su consecuencia irreparable. No hay absolución. Es la magnitud del problema, no una descripción pesimista. Es lo que nos resistimos a reconocer porque no sabemos qué hacer con ello.

En cambio, en la entrelínea de los discursos circulantes se adivina una premisa sobre lo sucedido: pasó, dejó de ocurrir, no volverá a ocurrir, nada de lo que ahora sucede tiene que ver con aquello. Este es uno de los términos. El otro es antagonista especular, todo aquello es como si estuviera sucediendo y lo que ahora acontece responde directamente a aquello. Si de uno de los polos se desprende un ineluctable y final negacionismo, del otro, una insensibilidad, una ceguera frente a nuevas injusticias en tiempos en que suponemos o deseamos que las podamos articular de modo inteligible y encontrar amparo. O habría que suponer si no, que ningún cambio posterior a 1945 fue suficiente para establecer una discontinuidad con el horror. El poema epígrafe de Primo Levi es elocuente al respecto porque describe la vida en común tal como tiene lugar o como entendemos deseable cuando circunstancias de injusticia o calamidades nos privan de ella.

“Consideren si esto es un hombre” podría ser no obstante el propósito, y lo es, de la infinita hermenéutica prodigada bajo su invocación. Lo es, pero también verificamos en buena parte de las crecientes bibliotecas engendradas por nuestras industrias de producción de sentido, unas exegesis del olvido, unos juegos que colocan capas sobre capas de palabras que sepultan más bien el testimonio antes que encarnarlo, que lo vuelven un eco indistinguible y un objeto mucho más cercano a la desvitalización caminante, zombi, que Levi describe y denuncia, que a la consideración que nos solicita. No pretende esta observación atribuir más responsabilidades que las infructuosas a que nos encomendamos en este mundo trazado por designios algorítmicos tan homólogos a las consabidas contabilidades de las fábricas de la muerte. Solo se trataría, no obstante, de despejar el campo conversacional de tantas hostilidades crecientes, de tanto belicismo y de tanta propaganda, de tanto odio y prejuicio por doquier.

¿Deben las memorias y las defensas de los derechos humanos proveer y proveerse de disputas de prestigio? ¿No nos alerta sobre una profunda descomposición cuando en su nombre se proceden maneras ostensiblemente contradictorias con lo que se proclama? ¿Puede el deber de memoria al que nos llama Primo Levi dirimirse como disputa con iguales métodos con que proceden el mercado, la industria, las finanzas? ¿Pueden memoria y derechos humanos devenir crematística? ¿Puede devenir el comentario en inmersión forense en detalles, en minucia exegética, en competencia académica? Sin eximir a lo realmente existente de su ineluctabilidad, digamos que en alguna parte, en algún momento, necesitamos detenernos, escuchar, guardar silencio. Rehusarnos a que la corriente nos arrastre sin más. Es una intención promovida por la conmemoración.

Concentrarnos cada vez en escuchar el testimonio en sus propios términos de verdad, sin subordinarlo a sesgos hermenéuticos, aun cuando no habremos de prescindir de la hermenéutica como método privilegiado de una conversación conducente a la esperanza de una verdad. Atención entonces a lo que nos indique habernos desviado en direcciones que nos conduzcan a la opacidad, lo hostil, la crispación entrampada en palabras vanas. Así sucede con los principales hallazgos de Primo Levi, sus reflexiones que inspiraron grandes intelecciones teóricas y conceptuales. La condición vital desvitalizada, la emaciación despojada de aliento, resignada de hecho en su abyección a la muerte, fue una de ellas. La condición de abyección impensable que Levi relata no es nueva en su carácter deviniente, pero sí lo son los designios que la producían. Tal condición recibió varios nombres en las jergas de los Lager (habladas en reciente arribo y espera de la muerte), aunque Levi utilizó aquel al que asistió, y que lleva el nombre de una fe religiosa que omitiremos pronunciar aquí, porque lo que aquí se trata de decir es cómo el uso de esa expresión, analizable, susceptible de estudio como cualquier otra cuestión, ha sido objeto de un uso abusivo, ofensivo, hiriente y prejuicios para quienes alude. El abuso hermenéutico no se priva de especulaciones interminables sobre una palabra que, insisto, es analizable en su genealogía y dentro de sus límites, discretos en relación con la proliferación infinita a que se la somete. En italiano, Levi la consigna diez veces en total en su trilogía de Auschwitz y cinco en su equivalente alemán. No hace una investigación científica sobre la palabra, solo da testimonio de ella, de lo que ella designa en el Lager, que es lo que tiene inmenso valor cognitivo y así fue considerado por incontables lecturas e interpretaciones. Tales intelecciones no tienen un mero interés historiográfico sino que adquieren significación por la potencia crítica que inspiran en cómo pensamos nuestra actualidad moderna en todas sus variantes del presente, pasadas e inminentes. Qué se hizo de lo humano en los Lager, qué existencias se forjaron de manera industrial y con procedimientos sistemáticos nos congela el alma frente al mundo que vivimos, desde el feedlot hasta los regímenes escolares o las terapias intensivas. No son comparaciones, no son analogías ni son metáforas. Acerca de qué son reside la dificultad sustancial e irresuelta.

Aquello que describe y de lo que da testimonio Primo Levi es narrado en su inmanencia. Apreciar lo sucedido para desenvolver la escritura contiene todo lo analógico y comparatista que es inherente al lenguaje como tal, pero no es cómo Levi nos hace saber lo que nos quiere decir. En el sentido común se despliegan modos banales, burdos de cotejar identificaciones, experiencias, eventos. Tal cosa es como tal otra. Y tal otra no requiere a su vez definirse o explicarse porque se da por sentado. El unicum no es una exclusividad, ni por tal razón habrá de otorgar prestigio. No se puede pensar algo más ajeno a Primo Levi que la noción del prestigio por haber sufrido, por haber sido víctima. La atribución de privilegios al protagonismo por padecimientos es una aberración digna de los Lager antes que un evento que se nos antoje asimilable a la vida en común.

La otra noción aun más difícil a la que rendir tributo como testimonio ofrecido por Primo Levi es la de la zona gris. Noción devenida etnografía trivial, sociologismo descriptivo. En lugar de todo ello nos exige, demanda, solicita el mismo compromiso con la consideración de si esto es un hombre. Hay que decir aquí que todo lo deplorable que parece ser el haberse diseminado una versión degradada del testimonio no es más que inferencia de lo que el testimonio da cuenta. Zona gris es la que habitamos entre el suceso y nuestro incierto futuro forjado por nuestra especie, otra de las palabras motivo de los testimonios del horror. Y todo esto cuando ya hay habilitadas grandes superficies disponibles para el estacionamiento de nuestro habitar un mundo infernal, apocalíptico, Antropoceno. La acción destructora de la especie como corolario último del horror es nuestro signo de época.

Digamos entonces que transitamos al menos dos dimensiones heterogéneas y desencontradas de lo que el testimonio inspira como deber de memoria. Uno concierne a la especie, a aquello que en los Lager fue descreación tanática. El otro concierne a vidas específicas, identidades, territorios, a conflictos cuyo suceder procede de lo que hizo posible la existencia de los Lager y fue su consecuencia directa sin que ello sea reconocido. Es más frecuente e instalado sumergirnos en océanos de culpas y hostilidades, denegaciones y mentiras, odios y pretextos. Los Lager dejaron una herencia maldita entre hostilidades heterogéneas que parecen inconciliables, hostilidades que recurren en forma constante a comparaciones injuriosas solo atribuibles a prejuicios inviables, incompatibilidades plagadas de insinceridad, ausencia de deseo de verdad, y negativa a la asunción de lo conflictivo en sus términos genuinos. El llamado de la memoria y el testimonio es un llamado a la paz y a la convivencia, al nunca más. No puede servir para disputas, ni para privilegios, ni para nuevos horrores, ni para justificaciones, no puede servir para consolidar poder alguno que se auto perciba en su legitimación excluyente. Lejos como estamos de todo ello, más bien habitamos un retroceso generalizado. Solo al invocar el deber de memoria puede la conmemoración hallar su destino.


Publicado en Revista Haroldo La revista del Conti https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=633


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