Balnearios / Mariano Llinás
- Revista Adynata

- 10 mar
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D O S S I E R H A S T Í O S
"Balnearios" es una película documental estrenada en 2002.
Durante el episodio de las playas, una voz en off cuenta:
Lejos de los grandes centros urbanos, lejos de los polos productivos e industriales, rodeadas de campos fértiles, mieses y ganados, en una angosta franja costera compuesta básicamente por médanos, bosques y arenales; en una región remota, ventosa, improductiva e inútil, florece un inédito modelo de emplazamiento urbano: la “Ciudad Balnearia”.
Alineadas la una junto a la otra, idénticas, hermanadas por sus extraños nombres marinos, estas metrópolis deparan, al observador imprevisto, más de una sorpresa. Aquí no hay industrias, aquí no hay empresas, no hay otro comercio que el local. Por cada hombre hay entre tres y cuatro viviendas. Por cada edificio de departamentos, entre cero y un habitante. No hay cárceles, no hay trenes, no hay tribunales. Pese a ser ciudades marítimas, tampoco hay puertos.
Durante la mayor parte del año, estas ciudades permanecen vacías. Las calles están desiertas; los negocios, cerrados; los hoteles, inactivos; los grandes edificios de departamentos, deshabitados. Son, literalmente, ciudades muertas, abandonadas, inertes, yermas, baldías, fantasmagóricas.
Sin embargo, a fines de octubre, el paisaje varía. Poco a poco, comienzan a aparecer signos de movimiento. Las ciudades comienzan a poblarse. De un día para el otro, dondequiera que uno mire, se perciben cambios abruptos. Un año entero de abandono, de letargo, de olvido, se corrige en pocos días. La actividad se vuelve febril. Se trabaja día y noche, sábados y domingos. Todo se repara, todo se acondiciona, todo se modifica. A fines de noviembre comienza la transformación en las playas. Lentamente, la arena comienza a poblarse de postes paralelos, regulares y simétricos. Más tarde, se les agregan travesaños y horcones. Los esqueletos son dispuestos en hileras. Estas hileras pronto se duplican, y triplican. Finalmente, son pintados, dotados de aparejos y de lonas. A mediados de diciembre, están listos. En los balnearios, cada cosa está dispuesta. Las ciudades, aún silenciosas, esperan alertas, agazapadas, expectantes. En algún momento, a fines de diciembre, se da por inaugurada la temporada.
Las muchedumbres comienzan a llegar alrededor de las fiestas de año nuevo. Según las estadísticas, cada año llegan a la región 2.709.066 veraneantes: 1.700.000 porteños, 45.000 tucumanos, 827.000 médicos, 650.000 ancianos, 9.000 ex presidiarios, 1000 ciegos, 1.200.000 mujeres, 40.000 gauchos, 300.000 bebés, 30.000 uruguayos, 890 sacerdotes, 1.000.000 de rubios. Una abrumadora marea humana cubre plazas, paseos, hoteles, peatonales, la arena y el agua. Las diferentes playas se vuelven una cosa única, homogénea: sombrillas, carpas y gente.
La llegada de los veraneantes a las playas suele alcanzar su hora pico unas horas antes del mediodía. Largas y esforzadas caravanas de familias, a pie, cubren el trecho hacia el mar, cada uno con su carga. La «sombrilla» suele ser atributo masculino. El hombre es quien la lleva, quien decide dónde irá, quien la coloca. En torno de la «sombrilla» se organiza todo el campamento. El veraneante va adonde hay gente, y las «sombrillas» pronto forman murallas infranqueables. Ya instalados, los veraneantes se reparten inmediatamente sus actividades: los mayores se entregarán al sol y a la inactividad casi absoluta. Luego, un raro impulso los llevará a emprender largas y vanas caminatas, de un lado a otro, formando un tráfico continuo, perpetuo, inagotable. Los niños se moverán en la playa como una plaga. Sus actividades no darán tregua. Desplegarán una irritante gama de rituales; buscarán moluscos, construirán castillos, se «harán milanesa», arrojándose mojados en la arena seca, se cubrirán de arena hasta la cabeza, ensayarán juegos nuevos, inauditos y exasperantes, y reclamarán la atención de sus padres en todo momento, en forma insistente, incesante. En la playa, la arena es el escenario ideal para los juegos más variados. Es una suerte de estadio múltiple, adaptable a las disciplinas más estrambóticas: arquitecturas ficticias, carreras ficticias, autódromos ficticios. En la arena, todo parece posible, todo parece fácil. Los campos de juego aparecen de la nada, y se diluyen en la nada. Los juegos clásicos de la playa no encierran demasiados secretos. Si tienen reglas, suelen ser soslayadas. En general, suelen consistir, simplemente, en arrojar algo.
No todos habitan la playa con la misma intensidad. Los ancianos, indiferentes ya a todo, disfrutarán de ella de un modo tenue, desganado. Preferirán la comodidad de una silla, la contemplación y la exposición al sol localizada. Por su parte, los perros, invariablemente, molestarán. Sufrirán, invadirán terreno ajeno, aborrecerán el agua, se moverán en exceso y establecerán continuos conflictos. La situación de las vacaciones, la alegría del descanso y el ocio, les será misteriosa y ajena. Mirarán, sin comprenderlo, un escenario completamente nuevo, donde todo lo que los rodea es distinto, imprevisto y llamativo.
Las mujeres dedican al físico la totalidad de su tiempo. Su apoteosis son las masivas colonias de gimnastas improvisadas. Suelen agruparse al atardecer, sin conocerse, sin saludarse, y someterse en forma colectiva e irracional a extraños rituales, danzas y vaivenes. Parecen poseídas por deidades antiguas, y constituyen, cada atardecer, una secta dispersa y efímera, de infinitos miembros, espontáneos e imprevisibles. El resto del día se consagran al sol. Su hilo conductor son las cremas bronceadoras. Para las mujeres, son una suerte de obsesión que jalona cada hora y cada minuto del día. No conformes con ello, suelen insistir en imponerla, por la fuerza, a los hombres. A la hora de tomar sol, su esquema parece ser fijo e inflexible. A determinada hora cambian una posición por otra. En algún momento renuevan la dosis de bronceador. En otro, se colocan de espaldas al sol y desatan sus «bikinis». Repentinamente, sienten frío y cubren su cuerpo con alguna «remera» o camisa. Luego, el ritual recomienza.
Una curiosa escala rige los rituales del baño. El mar es evaluado con un criterio casi moral: «Bueno», «Dudoso», «Peligroso». La bandera roja, temible, diabólica y poco frecuente, representa la amenaza máxima. Los adultos suelen realizar baños breves y esporádicos. Las mujeres, suelen tener frío y salir enseguida. Los niños son los bañistas más conspicuos. Para ellos, el baño es menos un refresco que un combate arduo y esforzado. De un lado, ellos y sus tablas; del otro, las olas. Los «bancos de arena», una novedad mínima y recurrente, ejercen sobre los adultos una fascinación casi infalible. La excursión al banco de arena es una módica aventura a la que ni aún los menos marchosos se resisten. En el mar tiene lugar una extraña democracia: allí, de algún modo, todos son iguales. Los ancianos, sin embargo, se acercan al agua con timidez y aprensión. Apenas se mojan con las manos; rara vez se bañan.
La jornada playera suele estar marcada por la inactividad, la rutina y el tedio. El día rara vez es perfecto. Siempre hay amenazas: aguavivas, insolaciones, quemaduras, alquitrán. La arena candente quema las plantas de los pies. El viento llena de arena ojos y bocas, y lo imposibilita todo. Otro riesgo inherente a la rutina playera es el aburrimiento. Los días se parecen entre sí: cualquier mínima modificación del panorama provoca aglomeraciones y revuelo. Un avión de propaganda, una tonina en el horizonte, un barco lejano. Un niño extraviado, generará un curioso ritual: un adulto lo subirá en sus hombros y una muchedumbre lo rodeará y comenzará a batir las palmas. El bañero izará una bandera blanca. La gente acudirá y se sumará, festiva, al aplauso.
En el equipo de playa suelen verse objetos que desaparecen misteriosamente el resto del año. Sillas retráctiles de baja altura, lonas y esteras, canastas de paja con termos, toallas, meriendas, cremas, lecturas, recipientes para comestibles, frutas, huevos duros.
Fuera del horario de playa, los adultos ejercitan el ritual de la siesta. Súbitamente, el ajetreo deja paso al silencio y a la tranquilidad. Los barrios residenciales van, poco a poco, despoblándose hasta quedar desiertos. La ciudad entera parece ganada por el sueño. Las calles, apenas pobladas por niños, perros y heladeros. Las casas, mudas y semidesiertas. Por tres horas, como en una tregua, todo vuelve a ser como antes.
A la caída del sol, las playas, ya vacías, dejan paso a las actividades propias del centro. Por lo general, el centro de una ciudad balnearia está articulado en torno a una arteria única: «La principal». Las «principales» suelen ser idénticas la una a la otra. Un abarrotamiento de negocios, casas de comida, carteles de neón, vendedores callejeros, payasos y repartidores de volantes. Una suerte de torbellino de gente, de niños, de jóvenes semidesnudos, de músicas estridentes, de chucherías y de dulces. Los veraneantes se limitan a recorrerlas de cabo a rabo, una y otra vez, un día tras otro, viendo hasta el infinito las mismas vidrieras, las mismas ofertas, los mismos negocios. El veraneante recorre estos lugares con placidez, como quien disfruta de una rutina recién adquirida. Noche tras noche, durante una quincena o un mes, acometerá religiosamente el mismo peregrinaje. Su vestimenta nocturna no difiere demasiado de la de la playa, pero entre una y otra suele mediar un baño, y el aspecto y el porte de los veraneantes deja entrever un cierto orgullo higiénico, una exhibición de la limpieza, una actitud de prepararse para la noche. Las opciones nocturnas suelen ser masivas. Las calles se convierten en una suerte de kermesse, en un circo. Todo está lleno. La oferta parece no dar abasto. La gente, ávida de variedad, acude por lo general a cualquier espectáculo sin ejercer demasiado la selección: dan lo mismo las compañías de teatro de revistas, los cómicos televisivos de segunda línea, los cantantes de antaño o los números de magia e hipnosis. Los escenarios improvisados proliferan. La gente, ávida de espectáculo, de diversión circense, simplemente acude.
Otra variante es la concurrencia compulsiva a los enormes galpones que albergan los juegos electrónicos y mecánicos. Las máquinas se alinean una al lado de la otra, y los sonidos característicos de cada una se confunden en un todo caótico. La fauna de los juegos electrónicos no parece ser demasiado vasta. Mas allá del visitante ocasional, del diletante, y del ocioso permanente que establece allí su nido, el personaje más digno de tener en cuenta en este mundo es, a todas luces, el campeón. Individuos que, a fuerza de tiempo y de una concurrencia compulsiva a los juegos, adquieren el dominio absoluto de una de las máquinas. Pueden pasar horas y horas, ascendiendo de niveles, extinguiendo enemigos ya irrisorios, ejerciendo su arte por la mera marca, convertida apenas en una rutina, una forma más del tedio. Sus movimientos suelen ser elegantes, suelen demostrar la calidad. No son plurales. Un campeón elige para su conquista una única máquina, y, como un enamorado fiel, evita y desmerece íntimamente a cualquiera de las otras. Estos maestros rara vez demuestran alegría o fervor ante sus propios logros. Sus rostros son más bien adustos, serios, concentrados, como si su actividad fuera algo solemne o sagrado.
La fauna de los juegos electrónicos se completa con el Observador, un personaje infaltable cuya áspera misión es la mera contemplación del juego ajeno. El Observador ingresa a uno de los grandes galpones. No busca máquinas vacías; las busca ocupadas. No busca su diversión; busca la diversión ajena. Una vez localizado su blanco, simplemente se coloca, en silencio, a sus espaldas. Inmóvil, examina el juego del otro, se apasiona con los movimientos ajenos, aprueba o desaprueba su pericia. Los grandes campeones suelen contar con una corte nutrida y en ocasiones permanente.
En la época estival, los negocios florecen. Infinitos comercios, surgidos de la nada, ofrecen masivamente todo lo que el turista pueda necesitar. Los comercios, obran como una metáfora del veraneo. En ellos puede adivinarse una suerte de resumen de la temporada. Dentro de ellos todo es masivo. Miles de pelotas, miles de reposeras, miles de sombrillas, miles de baldes y de palas. De todo hay por miles. Los amontonamientos recuerdan a la barraca de un ejército. En estos almacenes sin nombre, variopintos y cambalachescos, se percibe como en ningún otro lado el extraño, desconcertante fenómeno del veraneo. A veces, estos comercios incurren en el surrealismo. Es el caso de la tienda de regalos. Ofrece una fauna única y tétrica, propia de algún bestiario medieval: colonias de criaturas estrambóticas, monstruos marinos sonrientes y felices, seres mitológicos trasladados, abruptamente, al mar. Un bazar caótico que mezcla lo religioso, lo geográfico, lo familiar, lo zoológico, lo artístico, lo hogareño, lo climatológico, lo humorístico, lo telúrico, lo científico, lo naval, lo soez. Un resumen, variado y grotesco, del universo.
La industria veraniega florece también en otros campos. El nutrido ejército de vendedores playeros resulta igualmente pintoresco. Está aquel que recorre la costa portando una hilera aérea de pequeños aviones de telgopor. Otro, el «barquillero», llega haciendo sonar un triángulo y portando a sus espaldas un gran cilindro metálico. Una vez requerido su producto, el «barquillero» someterá al cliente a un curioso juego de azar. No menos extravagante que este ritual es el producto que lo sustenta: los barquillos, alimento de escaso atractivo, completamente ausente de los comercios durante el resto del año. Otros vendedores son más ortodoxos: el «churrero» es identificable por su gran canasta, el «panchero», por su caja metálica de calor líquido; el «heladero», por su extraño grito, que suprime las consonantes.
Pero el rey de los personajes de la playa es, a todas luces, el «bañero». El «bañero» es el centro permanente de las miradas del hombre y la mujer. Por lo general, ostentan satisfactorios bronceados y musculaturas. Su postura suele ser heroica, rampante, y suelen estar acompañados de algún regio can. Su rutina empieza al alba, con una recorrida por las aguas aún desiertas, para determinar el estado del mar. En las horas de playa vigilarán con atención cada mínimo acontecimiento. Serán los encargados del orden dentro del caos y la masa de veraneantes. Tal vez, un ahogado les dará su momento de adrenalina y heroísmo. El salvavidas, el silbato y los prismáticos son sus armas. Como todos los héroes, suelen ser parcos, medidos, solitarios y melancólicos.
Finalmente, un día, un día nada distinto del anterior o del posterior, todo este cosmos, todo este mundo complejo, plural y autosuficiente, comienza a decrecer, a menguar. De a poco comienzan a despoblarse las calles céntricas, la concurrencia comienza a ralear en las playas, comienzan a verse algunos departamentos y chalets vacíos. Con el correr de los días, cada vez son menos los negocios en funcionamiento, cada vez son menos los comerciantes en actividad. Las localidades vuelven de a poco a ser ganadas por la soledad y el desamparo. En el mes de abril, nada sugiere el enloquecedor movimiento de algo más de un mes atrás. Han vuelto a ser meros pueblos de provincia, con comercio endógeno e industria inexistente, y sin otro rasgo significativo que la cercanía del mar.




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