• Revista Adynata

El maravilloso mundo de Banksy / Nicolás Koralsky

Actualizado: 19 de oct de 2020

“No sé como la gente está tan interesada en (ex)poner los detalles de su vida privada en público: se olvidan que la invisibilidad es un superpoder”

Exh Cat., Amsterdam. Modern Contemporary Museum, Laugh Now, 2019

Odiado por algunos, adorado por otros, rotundamente comercial para unos, políticamente estratégico para otros, Banksy es un ícono indiscutible del arte callejero.

Nadie lo conoce ni podría reconocerlo, su identidad enciende cierto magnetismo como artista e impacta en su, premeditada o no, “estrategia comercial”. Banksy se mueve como un espectro que va ocupando las paredes en las calles de algunas ciudades occidentales del "primer mundo”. Si bien su biografía podría ser una ficción; nació, no se sabe sí él o su obra, en Bristol y fue inspirado por el artista Blek le Ra (Xavier Prou). Sus grafittis comenzaron a adquirir popularidad con la serie “ratas” de los años 90; donde la ciudad inglesa amanecía con roedores manchando las fachadas, esas ratas que no queremos ver y tampoco quieren ser vistas, contaminando la visual. Pareciera que toda la lógica discursiva de su obra hablara desde esa metáfora y contradicción: hacer reflexionar poniendo en las paredes eso que no queremos advertir y que circula por las alcantarillas sociales y, al mismo tiempo, buscar convertirse en una rata capitalista para tramar hackeos, desde las mismas entrañas, del sistema que lo vanagloria.

Huidizo y con la capacidad de sobrevivir sin ser visto, durante una de sus tantas pintadas es casi detenido por la policía. Este hecho lo llevó a optimizar su técnica de pintura recurriendo al stencil, un molde de cartón con la figura recortada que agilizaba la “vandalización”. Gracias a internet y a las fotografías digitales, sus grafittis se volvieron un fenómeno cuya difusión atravesó fronteras.

En 1994 realizó una de sus obras más emblemáticas “Napalm”, donde “cita” la fotografía de Nick ut (Huynh Cong Út), donde una niña vietnamita es quemada con ácido naftélmico y palmítico. En la versión de Banksy la niña es escoltada de la sonrisa de dos personajes de la cultura del capitalismo de masas: Mickey Mouse y Ronald McDonald.


Sus trabajos destilan contenido político y crítica social. Banksy realizó desde pintadas en el muro entre Gaza y Cisjordania hasta murales en las comunidades zapatistas (2001).

Banksy hace lo que en la jerga del arte callejero se denomina “Guerrilla art” o “Ad-Jamming”, usado por los movimientos “anti-consumo”, subvirtiendo el modo de hacer arte y darlo a ver. Este movimiento vuelve la calle en un museo o galería y la pieza adquiere valor estando en el espacio público -sin ser una publicidad-. El Ad-Jamming, en algunas oportunidades, se basta de los avisos comerciales de la calle para intervenirlos y volverlos una crítica contra sí mismos .

Banksy también es conocido por sus stunts (palabra que en inglés puede significar tanto truco como atrofiación) donde, tomando por asalto a los cuidadores de la sala de los centros de arte, rápidamente coloca una pieza suya en el recorrido del museo. Sus stunts fueron – de prepo y efímeramente- parte de las colecciones del Museo de Historia Natural de Londres con una rata disecada (“Banksus Militus Ratus”, 2004), Museo Británico de Londres con una falsa pieza de arte rupestre donde un hombre prehistórico lleva un chango de supermercado (“Peckham Rock”, 2004), la TATE Gallery creando un paisaje romántico arruinado por una escena del crimen (“Crimewatch UK Has Ruined the Countryside For All of Us”, 2003) y el Louvre con una Mona Lisa intervenida con un emoticón sonriente de cara (“Mona Lisa Smile[1]”, 2004), entre otros. Uno de los stunts más potentes fue realizado en Disney World (Los Ángeles, 2006) y capturado por Thierry Guetta (o Mr. BrainWash) en el documental[2] "Exit Through the Gift Shop" (2010). Banksy coloca en las rejas de una de las atracciones del mundo mágico, una muñeca inflable atada de pies y manos, usando el típico traje que llevan los detenidos en Guantánamo (Cuba); de esta forma intenta visibilizar las vejaciones sufridas por las personas privadas de libertad y sospechosas de terrorismo.

Quizás, inspirado por su visita a este parque, en 2015 inauguró en las afueras de Londres su propio parque de diversiones: Dismaland. Las piezas y juegos que se despliegan hablan de problemas sociales, ambientales y políticos. Para poder ingresar al recinto los visitantes deben pasar por rigurosos controles de seguridad donde se evidencia la “portación de cara” y los abusos de poder por parte de las fuerzas de control. Una vez dentro del espacio, ningún empleado simula su hartazgo, nadie sonríe y todo parece teñirse de un clima apocalíptico. En el centro del predio se encuentra un castillo de princesa deteriorado que alberga a una cenicienta que acaba tener una accidente en su carroza, donde cientos de paparazzis la fotografían pero ninguno es capaz de solidarizarse con la accidentada. Otro de los “entretenimientos” dentro del parque es el “Migrant boat” en donde se le propone al usuario conducir una patera de una orilla a la otra intentando transportar migrantes indocumentados. El carrusel del parque se vuelve una instalación cuando el visitante se percata que uno de los caballitos está siendo faenado por un carnicero, denunciando así la procedencia de los alimentos de la industria cárnica; la misma operatoria es realizada en la tienda de alimentos donde los hotdogs son gratis e ilimitados dentro del parque pero se prohíbe cuestionar el origen de la carne del embutido. En ninguno de los juegos de feria del parque se nos permite ganar y para poder obtener las fichas para los juegos los espectadores deben endeudarse con créditos con tasas de intereses abusivas, estar dentro de este mundo, implica aceptar las reglas de los organismos de crédito internacionales y de las bancas privadas. En el mundo de Dismal todo es deuda y pérdida, ganar se encuentra terminantemente prohibido.

La visibilidad que ha adquirido a lo largo de los años hizo que el mercado del arte vea en el Street art piezas de coleccionismo. Gran parte de sus trabajos han sido puestos en venta en grandes subastas en Sotherby’s o Bonhams. Como modo de ironizar la contradicción, donde las obras de un artista callejero antisistema se valúan en miles de libras y forman parte de las colecciones de magnates alrededor del mundo, el mismo Banksy montó en pleno Central Park, un puesto callejero donde vendía su trabajos a 60 dólares cada pieza. El puesto no prosperó, en el tiempo que estuvo en el parque sólo vendió 8 de sus originales firmados.

El haber trabajado para grandes marcas, lo llevó a ser tildado como un hipócrita por algunos, puede cuestionarse esto, pero hay que dejar claro que todo el dinero que ha producido, su visibilidad y su enigmática identidad le sirvió para financiar proyectos cada vez más críticos y comprometidos políticamente. Por ejemplo, en marzo de 2017, en la calle Caritas 182, en Belén, Palestina, inauguró el hotel "Walled Off"[3]. El espacio, completamente intervenido por el artista, ofrece vistas a las murallas de Cisjordania, dejando el conflicto frente a nuestros ojos y ofreciéndonos todo el material necesario para intervenir el muro. También, en plena Pandemia del covid-19, en Agosto de 2020, Banksy financió el Louise Michel, un barco de rescate a personas que intentan cruzar el Mediterráneo.

Controversial o no, comercial o no, ficción o no, eficaz o no, falto de profundidad o no, Banksy fue capaz de hacer desaparecer un elefante en una sala, mostrando como algo inmenso puede pasar desapercibido naturalizándose (Exhibición Barely Legal, 2006); ejercicio opuesto al de volver el muro de una ciudad o los vagones del metro un espacio expresión social.

(Se puede ver galería con imágenes de obras de Banksy en Estéticas)


“Mujer con gaviotas” Dismaland, Londres, 2015.

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