• Revista Adynata

Elogio del pensamiento (fragmento) / Juan Carlos De Brasi

Actualizado: hace un día

VI


“Dime qué opinas de la traducción y te diré quién eres”, enfatizaba Heidegger. La traducción es un delicado asunto de la apropiación conceptual. No podemos evitar su necesidad para la ciencia, la literatura, la filosofía, el psicoanálisis, etc, aunque resulte imposible “otorgarle la transparencia que ella desearía”, subrayaba Marx objetando la senda hegeliana del diálogo irresuelto entre las dos “únicas” filosofías: la griega y la alemana.


Central para las formulaciones científicas y los procesos de pensamiento el problema de la traducción ya nos revela dos rasgos iniciales que rasgan el afán de completud, la idea de un pasaje término a término o la imposibilidad de recubrir un significado con otro y la pretendida claridad de tal operación. Ante todo una traducción verdadera se aparta de cualquier modo de objetividad, no en el sentido de replegarse en una subjetividad, sino de que siempre implica al intérprete, lo supone.


Pensar es hacerlo en un determinado ámbito de traducción, donde los lapsus, fallidos, olvidos, son sus materiales más habituales. La misma práctica analítica verifica palmo a palmo esas constelaciones. No es otro el procedimiento que lleva a Marx a detectar el lapsus de la Economía Política cuando confunde o co-funde la “fuerza de trabajo” (ésta en su relieve de mercancía con un precio regido por la oferta y la demanda) y “el trabajo” productor de valor que se realiza por el lado del a-precio.


¿Qué estoy resaltando en este punto? Que la traducción es indelegable tanto en las áreas de pensamiento, como en las científicas, donde la ejecución y manipulación de realidades no dejan pensar los supuestos puestos en marcha en cada objeción o destello de réplica, como la de “nuestros autores” que todavía no piensan –sino lanzan consignas– en el mismo horizonte de lo criticado.


¿Qué nos resta por el momento? Dos indicios: toda traducción pone en juego un régimen de apropiación y una ilusión de transparencia. Si de “apropiación” se trata habrá que poner de manifiesto, entonces, las estrategias discursivas que se utilizan para destacar la lógica científica de un pensamiento en función del demérito de otras y sus plurales desarrollos. Si de alucinar “transparencias” se tratara habrá que preguntarse con qué ideas de concepto, definición, luminosidad-oscuridad, representación, verdad, enunciado, coherencia, etc., estamos dando cuenta cuando apelamos a lo científico o al pensamiento para validar su existencia.


Por ejemplo, yendo hacia lo que va importando aquí, no puedo sin una verdadera tarea interpretativa (ahora introduzco un término de interés: interpretación) volcar el sinthome lacaniano en el vocablo síntoma, pues en él se condensa primariamente tanto syntôme como symbolique, donde el ¡goza! (Jouis) resuena en el ¡oigo! (J´ouis). Además el sinthome sería imposible en el animal, ya que en él se escucha finalmente la dicción específica del hombre [hom(m)e].


Otro tanto ocurre con lalangue que no es langue, de la que señala Lacan “yo escribo en una sola palabra para determinar su objeto”. Este “objeto” no puede ser el de la epistemología, enfrentado a un sujeto que lo constituye, sino el “pequeño a”, desprendido del otro, el del casillero vacío (-fi) que alimenta el deseo y el errante trastabillar del fantasma. i


Estos ejemplos tomados de Lacan apuntan a la tarea de la traducción, más allá de que podamos estimar algunos de sus neologismos como ingeniosos calambures.


En una palabra y para decirlo a medias: la interpretación es el trabajo incesante que subtiende, que tensa de manera irresuelta, que somete lo decidible a prueba. Más aún, que deshace a ésta como simple prueba definitiva, ya que su función es abrir y no sólo constatar un hecho teórico, empírico, lexical, proposicional o una frase en la que emerge un pensamiento.


De ahí la dificultad previa al abordaje de los pensadores que en general, nos puedan interesar. El vocablo “traducción” reúne, para mí, a distintos tipos y campos de conocimientos aparentemente ajenos entre sí. Por eso la verdad que los acerca, sin fusionarlos, es, en uno de sus aspectos, la verdad cesurada e imposible de la traducción, sabiendo como dice Heidegger que “toda traducción es ya una interpretación (agreguemos: entre lenguas, intralengua, entre diferentes regiones del saber, etc.). Toda interpretación debe penetrar previamente en lo dicho y el estado de cosas allí expresado (reservo esta frase para después). Esta penetración, según es de creer, no será tan fácil en nuestro caso como penetrar en un jardín para hablar de un árbol”.


Así, la traducción –supuesta la interpretación hacia la que tiende– hace confluir lo ajeno y lo propio en un tercero que no es ni lo uno ni lo otro. Un tercero que no cierra en triángulo, por el contrario tensa los lados en una labor constante; labor en fases, desfasada, de doble faz, de ida y vuelta que Freud destaca con precisión en un texto de 1923 (Señalamientos sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños. Ahí dice, “La interpretación de un sueño se distingue en dos fases, su traducción y su ponderación o utilización”).


Por otro lado la traducción es un empeño que nos hace familiar lo extranjero, que nos alimenta sin saberlo, pues debido a ella incorporamos a nuestra lengua términos extraños u otros literalmente ajenos (light, gaffe, stand, graffiti, gurú, kermesse, stress, etc.).



i Si se quiere asistir a un desarrollo apropiado, ya distanciado de cualquier juego de palabras, el texto de J. A. Miller, Extimidad, lo ofrece de manera destacable. Fuente: Algunas condiciones básicas para interpelar la problemática del pensamiento –Coda lunga–. En Elogio del pensamiento. EPBCN, Barcelona, 2015. La Cebra, Adrogué, 2015.


Trabajo de selección a cargo de Gabriela Cardaci



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