• Revista Adynata

Emancipación de lo sensible. Clínicas cimarronas del cuidado / Fernando Ceballos

Ese martes soleado pero fresco, que hacía sentir la presencia incipiente del otoño, nos encontró a un grupo de ocho personas intentando gestar un acontecimiento de cuidado. Este espacio tiene la particularidad de pensar todo antes para no hacer casi nada de lo pensado después. Eso nos pone expectante a la sorpresa. A lo que pueda emerger de ese encuentro, de estar en común de varios. Y nos introducimos en ese universo impensado que nos propone la vida de las personas. Una ronda de sensaciones personales abre la puerta a la palabra certera de lo que pasa o pasó. Se habla de tristezas. En general casi siempre se empieza a hablar de tristezas. Hay como un momento catártico muy necesario, para después dar paso a lo que se pueda crear. Catarsis que puede sensibilizarse o simplemente vomitarse desde unas tripas enlentecidas por años de psicofármacos.

Ahí los martes y los jueves intentamos focalizar procesos del sentir. Modos de oír y escuchar, ver y observar, tocar y abrazar. Umbrales, intensidades, ritmos, disonancias, derrames, potencias, resistencias más allá del diagnóstico. Modos de una suerte de gobierno de lo sensible[i], a decir de Foucault. “Estas particiones y reparticiones de lo sensible se corresponden, entonces, con fracturas que la desigualdad social, la segregación territorial, la composición poblacional, los patrones laborales y programas asistenciales, las relaciones de género, y los modos de padecer, enfermar y morir.”[ii].

De repente ella llora desconsolada un llanto seco. Sus lentes empañados le nublan la mirada, y ese hecho la envalentona a seguir. Su boca abierta detrás del barbijo, no se ve pero se puede imaginar por la expresión de sus ojos y el desfiguramiento del rostro. La mirada llora, sin boca y sin palabras. Una especie de gruñido marca el final del sollozo para que entre aire de nuevo a sus pulmones. Y arremete nuevamente con otro llanto desgarrador. La ronda no se paraliza, espera. Soporta, por momentos incómodamente, esa presencia sufriente que busca miradas, atención, pre-ocupación. Su abuela madre que vino a acompañarla, se inquieta, pero logra sostenerse en la escena de cuidado, igual que todos y todas las que estamos presentes. La escena ronda la ronda. Ha quedado ahí un sufrimiento que desgarra, provoca, insiste, apabulla. Parece la más loca, pero sólo parece la más loca. Es intensidad que deja huellas sensibles en los demás. Después de unos minutos, cuando los sollozos amainan. Otro agarra la palabra, y la viste de su realidad. Y así se suceden otros y otras en la inmensidad de una tarde que va dejando paso a la tardecita.

Un juego que junta y arma dos equipos. Personajes conocidos se escriben en un papel que luego se pegan en la frente y el que tiene ese nombre debe adivinarlo. Sólo se puede hacer una pregunta. Y después se le da paso a otro participante. A ella le tocó Palito Ortega. El del lado, ya vio quien le tocaba a él. No dice nada. Arma creativamente una escena mentirosa y poco creíble, como para hacernos creer que no sabía. A la segunda pregunta no se aguantó y adivinó el nombre sembrando muchas sospechas en el grupo opositor. Ella pregunta y se le responde. Y no adivina. De pronto una sonrisa desacomoda su barbijo. Luego una carcajada contagia y desencadena la risa del resto. Alguien le dice que tiene una hermosa risa. Sus ojos se iluminan atrás de sus lentes empañados. El juego sigue. Otra también adivina su personaje, pero sin trampas. Y después otro, y otra y otro. Y queda ella sin poder saber quién es. Su abuela madre, le canta La felicidad, ja, ja, ja. Y nada. Otro le tira la punta sobre el palito bombón helado. Nada. Y otra pregunta de ella, que entre las risas inunda el barbijo de babas. Y sigue. Es un cantante conocido. Es viejo, de mi época, dice la abuela madre. Y adivina siguiendo lo del helado. Y dice Palito, y después entre todos y todas sosteniendo ese apellido en la punta de lengua, abrimos grandes los ojos y la boca. Y ella dice, Ortegaaaa. Una alegría colectiva se adueña de la escena. Algunos no se contienen, y violan el protocolo y la abrazan.

Cuando bajan los festejos y el cierre de la tarde es inminente, la abuela madre da paso a un relato. Y cuenta que cuando estaba de novio con su marido, abuelo padre de ella, Palito había venido a la ciudad. Pero resulta que no me invitó, dice. Se fue solo a verlo y después me entero porque al otro día lo veo en una foto en el diario, colgado de un poste de la luz. El grupo todo se relaja escuchando esa anécdota. Ella, deja la risa y nuevamente toma al llanto como manera de estar presente. Alguien se acerca y la abraza.

[i]FOUCAULT, M. El gobierno de sí y de los otros. Curso del College de France, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009. [ii]SVAMPA, M. La Sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del Neoliberalismo. Buenos Aires: Taurus, 2005.


Ruth Chaney “Patio” (Playground) c. 1935–43 Litografía 29 × 40.5 cm

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