• Revista Adynata

Fijman y los “estados manicomiales" / Sebastián Salmún

“¿Es la soledad de las almas que vagan en un infinito sin dioses, o es el horror de ser devorados los cuerpos como carne para perros lo que marca el espíritu de estos días?”

Vicente Zito Lema. La ciudad del maldolor.


Este texto está dedicado a la memoria del poeta y de todas las voces omitidas por las máquinas de la normalidad.


La edición de la poesía completa pertenecientes a Jacobo Fijman (1898 - 1970) fue recuperada hace pocos años[1]. Efecto de la censura institucionalizada, del oprobio de la marginalidad estandarizada, su obra, bellísima, descarnada, irreverente y actual, fue expulsada (como lo fuera él, en su momento[2]) de las bibliotecas de la literatura argentina. Una obra, la de Fijman, encerrada en los moldes del silencio, en los métricos algoritmos de la amnesia, en los rastros sin huella del acervo popular ¿Acaso como consecuencia de la crueldad naturalizada? ¿Acaso como excomunión maldita perpetrada por la moral y sus feligresías?

Al mencionar a Fijman, damos cuenta de la política de la estigmatización: ese mezquino modo de marginar (con toda normalidad) a los llamados “anormales”, de aprisionar a los inquietos, y por extensión subrogante, de medicalizar a los niños, de controlar a los jóvenes, de patologizar a la vejez. Y esta política expulsiva del desamparo crónico, término que “declara vidas acabadas, carcomidas por males definitivos, intratables” (Percia, 2018: 17) enuncia, en su tenaz mortificación, la necesidad de otras políticas. Pero ¿Qué tipo de políticas? Políticas públicas en salud pública y salud mental que tengan en cuenta los efectos deletéreos de la segregación y su contracara el encierro institucional. Recordemos que Jacobo Fijman murió en el Hospital J.T.Borda de la Ciudad de Buenos Aires luego de estar internado durante 30 años.

En su vida como poeta, tuvo la dicha de ser invitado por otros referentes literarios de la época a conocer Francia en tiempos en donde París era la capital del surrealismo mundial. El impacto de su quehacer artístico era notorio. Perteneciente al grupo cultural “Martín Fierro”, nos cuenta Vicente Zito Lema[3] “es el filósofo Samuel Tesler del Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal que compartió trabajo con grandes poetas y periodistas de su época, fue amigo de Oliverio Girondo, de Marechal, de Enrique Molina, de Pablo Neruda. En un momento llegó a tener un reconocimiento muy importante en la literatura y en el periodismo argentino, pero también es cierto que sufrió ciertos desequilibrios espirituales que lo llevaron primero al aislamiento de sus amigos y compañeros escritores y poetas de la época y que termina olvidado y dado por muerto en el Hospital Borda”. [4]

Decíamos que Jacobo Fijman vivió 30 años en el Hospital Borda. 30 años no dura una internación sino una política decidida de encierro y rechazo de la que Fijman fue “portavoz”[5]. ¿Qué sentido tiene una internación si la vida se prolonga años y años en la institución? ¿Cómo repensar la denominada desmanicomialización? ¿De qué manera hacerle lugar a la externación mediante la astucia del “desinternarse” (Lespiaucq, 2018: 89)?

Agrega Fijman[6] unas palabras que nos debieran orientar: "Los médicos no entienden esas cosas, se portan fácilmente bien pero no pueden ser lo que no son. Simplemente toman la temperatura de la piel, dan pastillas, inyecciones, como si se tratara de un almacén. Y olvidan que en el fondo es una cuestión moral y es que no existe nadie que pueda entender la mente”. Concluye: “Sin embargo no los odio, hacen lo que pueden. Lo terrible es que nos traen para que uno no se muera por la calle y luego nos morimos aquí”

“Poetas indeseables/Los que parecen vagabundos/Los delirantes desdentados/Son las antenas de otros mundos” canta Tabare Cardozo. Rectificamos un fragmento: son “las antenas de estos mundos”. La precariedad institucional del manicomio se tradujo simultáneamente en la violencia de dejar morir desalojado de la memoria de las letras colectivas. Ese estado manicomial, nos advierte Ulloa cuyo gradiente más voraz es el abandono y la apatía. Morir en el manicomio, vivir en la mortificación.

La desidia puede arrasar con las vidas en la captura temporal que se detiene en las a veces desmesuradas formas institucionales normativas. ¿Y si no hubiera a dónde ir? ¿Y el “después”? Esa ausencia de lugar, esa brújula rasgada como un espejo roto, esa tierra desértica donde solo resta sobrevivir tragando arena y escupiendo tiempo es quizás. lo que podríamos empezar a narrar[7]. Ese vacío “legal” del Estado y sus manicomios interpelando los “estados manicomiales”. Ese vacío que empuja a situar (con la ley de Salud Mental y su imprescindible aplicación), bordar, bordear. “¿A quien llamar?” se pregunta el poeta. “A quién llamar desde el camino/ tan alto y tan desierto?”. Agrega “Se acerca Dios en pilchas de loquero/y ahorca mi gañote”. Concluye “Piedad”. ¿Es este el momento de empezar a responder el llamado? Si. Por supuesto que sí.


Bibliografía

Fijman, J (2005). Poesía Completa. Ediciones del dock. Buenos Airres.

Gonzalez, H (2018) “Vicente Zito Fijamn” Recuperado en https://lateclaenerevista.com/vicente-zito-fijman-por-horacio-gonzalez/

Lespiaucq, M (2018) “Las palabras”. En Después de los Manicomios. Buenos Aires. La Cebra.

Percia, M (2018) “Corajes que atraviesan portadas”. En Después de los Manicomios. Buenos Aires. La Cebra.

Ulloa, F (2012) “Salud ele – mental”. Buenos Aires. Libros del Zorzal.

Zito Lema, V (2018). “Entrevista a Vicente Zito Lema El Cristo rojo: Jacobo Fijman es un poeta excepcional”. Recuperado en https://www.resumenlatinoamericano.org/2018/10/12/argentina-entrevista-a-vicente-zito-lema-el-cristo-rojo-jacobo-fijman-es-un-poeta-excepcional/


*Dice Fernando Ulloa respecto a los estados manicomiales: “que no necesariamente se dan en la institución psiquiátrica- suelen ser la consecuencia extrema del deterioro de la actitud y de la aptitud, pero en esos ámbitos constituyen, además , un arduo problema que obliga a permanecer muy atento, ua que se filtran por el menor resquicio en todo nivel de incumbencia, en general, el metodológico” (Ulloa, 2011: 140) [1] Fijman, J (2005). Poesía Completa. Buenos Aires. Ediciones del Dock. [2] La Resolución 180 del 11 de Mayo del año 1942 debido “al grave desorden al dirigirse en forma incorrecta y violenta al Sr. Secretario” determina prohibir “al Sr. Jacobo Fijman la entrada a la Biblioteca Nacional” (Idem). [3] Como afirma, lúdicamente Horacio Gonzalez (2018) “Vicente Zito Fijman” [4] Agrega Zito Lema “Yo de joven fui parte del movimiento surrealista, se hablaba de ese poeta, me dieron ganas de leerlo, lo hice y después quise saber si estaba vivo y fui investigando y buscándolo hasta que luego de más de dos años de búsqueda lo encontré abandonado en el Borda. Luché mucho porque se le reconociera realmente la dignidad como hombre y como artista. Tuve la suerte de que los dos últimos años, tras una muy dura pelea, en el hospital me permitieran que los fines de semana viviera en mi casa y así lo pude acompañar hasta su fallecimiento” . [5] Pichón Riviere plantea al portavoz como aquel que canaliza y padece en la voz, el sufrimiento familiar. [6] Afirma Fijman “no hay en mi poesía nada en contra de la gramática, y menos todavía en contra de los grandes estupores que nos presenta la vida. Pero a la vez presiento que en la poesía y en la locura hay un mismo soplo” [7] Ulloa afirma que narrar es una táctica necesaria para reinventar las instituciones de su mortificación.


Jacobo Fijman en Romance del Vértigo perfecto de Jacobo Fijman. Pág. 9. Editorial Descierto 2012

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