• Revista Adynata

Filotropía: Una poética dolida de hospitalidad en J. L. Ortiz / Gonzalo Sanguinetti


Las vivencias que se llaman “apariciones”,

todo el llamado “mundo de los espíritus”, la muerte,

todas estas cosas tan emparentadas con nosotros,

han sido reprimidas tanto de la vida por la diaria resistencia,

que los sentidos con los que podríamos captarlas están atrofiados.

Rainer María Rilke



Entre lenguaje y sensibilidad hay una íntima relación performática que acaso aún sea preciso auscultar. Tal vez no haya tanta distancia entre las metáforas que elegimos para entablar relación con la materia, sus efectos sobre ella allende lo que creemos decir, y lo que devenimos capaces de sentir y percibir a causa del recorte que esas metáforas realizan sobre ese interminable estremecimiento expuesto a infinitas resonancias sensibles que llamamos vida. Proponemos pensar que el modo en que nombramos constituye ya el modo en que lo nombrado deviene sensible, deviene perceptible. Las palabras albergan la capacidad oscilatoria de dictaminar y clausurar el sentido de lo nombrado como ejercicio de dominio que se efectúa a través de la conceptualización de lo nombrado, pero también, de suscitar y diseminar sentidos a partir de concebir lo nombrado en estado de inacabamiento, indefinición, indeterminación, composibilidad, abierto a su variación, absteniéndose de la relación de dominio y restituyendo un estado conjetural, conversacional entre la palabra, lo nombrado y su resonancia sensible. Un estado estremecido del decir, una lengua que titila como una respiración boca a boca que la penumbra da a la luz, y viceversa.


En el momento en que una lengua toca el mundo para darle contorno de inteligibilidad, toca, contorneando también, los sensoriums históricos [i] que habitamos quienes precisamos de palabras para transcurrir entre lo viviente. Este trazado de lo sensible no será a mano alzada, sino en concordancia con los fundamentos metafóricos que constituyen la política con la que una lengua[ii] realiza la violencia de imponer las leyes que rigen su funcionamiento gramatical, como las leyes en las que debe organizarse esa dispersiva y vibrante materia que llamará mundo, existencia, vida. Nos interesa indagar cómo las formas de hablar constituyen, simultáneamente, las formas en las que sentimos. Es decir, indagar la extensión del campo sensible que devenimos (in)susceptibles de sentir, específicamente a partir de las formas con que la palabra filosófica y la palabra poética, en tanto modalidades disímiles del pensamiento, componen sus relaciones con lo nombrado (y lo innominado).


¿Qué hace (de lo) sensible la palabra filosófica al pronunciarse, al leerse, al escribirse, al realizarse? ¿Qué hace (de lo) sensible la palabra poética al pronunciarse, al escribirse, al leerse, al realizarse?


Interrogar la diferencia de formas entre palabra filosófica y palabra poética implica discernir el punto a partir del cual ambas difieren o se las ha hecho diferir, así como también discernir los efectos de jerarquización que se desprenden de esa diferenciación instaurada; y no menos importante, de qué manera una tal diferencia compone, conforma y contornea regímenes sensibles que naturalizarán violencias presentes en la lengua pero imperceptibles en sus efectos materiales por ser parte del sensorium mismo de la lengua[iii].

De estas violencias, naturalizadas como modos en los que una lengua se dice, se desprenden muertes ejecutables y muertes ni siquiera perceptibles como tales, que tienen en común el hecho de no resultar sensitivas [iv], de que el tocarnos de ese dolor no duela por suponerlo propio de otro o directamente inexistente por imperceptible. Pero no es que ese dolor no nos llame, no nos reclame, no nos grite, no nos roce, no nos toque, sino que, al hacer de la razón, del logos, una totalidad de sentido, un sentido totalitario, el sentido dominante de la ontoteología (in)sensible de Occidente, nos hemos arrancado de la extensión de lo viviente y hemos hecho vivible, justificable, deseable (incluso gozosa) su instrumentalización, explotación, tortura, devastación y aniquilamiento. Esto quizá resulte posible en la medida en que el logos occidental [v] es ya la piel anestesiada que posibilita esa ablación alucinada entre lo humano y lo viviente.


Y sin embargo, lo iremos oyendo, sin tanto verlo, es a través de esa otra forma de la palabra, la palabra poética (que es al mismo tiempo una escucha, una palabra que escucha), la escucha poética, que es posible abrir paso a insondables memorias que moran entre los dolores desoídos de la materia silenciada con que se compone lo viviente. Lo iremos oyendo a través de un obrar poético asediado por la relación obliterada entre lenguaje y dolor. Juan L. Ortiz (2015) es el nombre de una sensibilidad, cuyas manos cultivan una escritura como asilo para el asedio de lo dolorido, escribe:


Nuestro silencio y el silencio del mundo, tan musicales, ah, tan musicales,

en sus primeras zonas. Porque en cuanto descendemos más nos sorprende el grito de la vida.]

La vida grita, hermanos, en lo profundo del mundo y de nosotros mismos.

La vida herida grita y es inútil nuestro intento de eludir el grito

En el adorable y reposante refugio de nuestra soledad o de nuestra comunión con las criaturas secretas del mundo.]


Quisiéramos hacer girar en torno a los puntos planteados hasta aquí, las hipótesis de Bifo Berardi (2018) cuando se pregunta si los humanos están perdiendo la habilidad sensible [vi] a medida que la comunicación actual precisa cada vez menos de la conjunción de los cuerpos y, en contrapartida, pasa cada vez más por la conexión de máquinas, segmentos, fragmentos sintácticos y materia semántica. Es en ese pasaje de la conjunción a la conexión, que sitúa una mutación antropológica que redefine los campos de la sensibilidad y la sensitividad, cuyo efecto impacta sobre la habilidad de percibir otros cuerpos como extensiones vivas de lo que llamamos “mi propio” cuerpo, y a partir de la cual se tornarían comprensibles la multiplicación e intensificación de la violencia, la crueldad, el racismo y los fundamentalismos que propagan sus irradiaciones hacia todas las direcciones desde el siglo pasado. La hipótesis de Bifo es de una preciosa lucidez, nos preguntamos, no obstante, si esa idea de mutación sensible que ubica de la mano del despliegue del semiocapitalismo [vii], acaso sea rastreable hasta otro momento histórico decisivo para la lengua, ese momento en el que la palabra poética fue separada de la palabra filosófica, el cuerpo separado de la idea, lo sensible de lo inteligible, y no sólo separada, sino exiliada y negada como fundamento de toda lengua. Allí nos quisiéramos demorar para pensar la relación entre sensibilidad, poesía, filosofía, lengua y hospitalidad.




Bibliografía:


-Bifo, Franco Berardi (2021) Guerra y demencia senil. Recuperado de https://lobosuelto.com/guerra-y-demencia-senil-franco-bifo-berardi/

- ---------- (2018) Fenomenología del Fin, Sensibilidad y mutación conectiva. Caja Negra Editores. Bs. As.

- Buck-Morss, S. (2005) “Estética y anestésica: una reconsideración del ensayo sobre la obra de arte” en Walter Benjamin: Escritor revolucionario. Interzona editora.

- Ortiz, J. L. (2015). Obra Completa. Ediciones Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe.


[i]Susan Buck-Morss (2005) recupera que Aisthesis, de donde proviene Estética, como experiencia sensorial de la percepción emplazada en la materia sensible que llamamos cuerpo, es una forma de conocimiento que se obtiene a través del gusto, el tacto, el oído, la vista, el olfato, es decir, a través de la composición de un sensorium corporal. Espacio extensivo de resonancias sensibles que preservan “un núcleo de resistencia a la domesticación cultural”. Dejemos dicho que la sensación, como una génesis legítima del conocimiento, es una de las primeras conjuras que el ideal epistémico Platónico realiza para instaurar su método de acceso a la verdad. [ii]Aquí ya situamos una problemática radical: de cualquier lengua que se trate ¿todavía sostendremos la posibilidad de una-lengua como totalidad homogénea o sistema susceptible de cerrarse sobre sí, sin coeficientes de otras lenguas que la constituyan ya desde siempre antes? Ya en este punto está en juego la problemática de la identidad y la alteridad, de lo mismo y lo otro, de la inclusión y la exclusión. Acaso por ello, cuando Derrida es consultado por una definición de lo que practica como deconstrucción, responde: “diría simplemente: más de una lengua”. [iii] Bifo (2018) piensa la relación entre sensibilidad y episteme como dominios a partir de los cuales algo resulta inteligible, como operadores esenciales en el “moldeamiento de la percepción social que refuerza una proyección unitaria del mundo y conduce a la disciplina social”. [iv]Bifo aprovecha una inflexión (acaso sensible) en la lengua inglesa que posibilita un matiz de lectura interesante entre sensibilidad y sensitividad, que en lengua castellana quizá no sea tan audible. Sensitividad le permite hacer alusión más específicamente al plano emocional a través de la dimensión táctil, tangible de lo sensible cuyo punto de contacto es la piel o epidermis. [v]Recientemente Bifo (2021) describió Occidente no como definición geográfica, sino como el núcleo antropológico e histórico de una política basada en el dominio y la destrucción de lo vivo: “Tratemos de definir Occidente como la esfera de una raza dominante obsesionada con el futuro. El tiempo tiende hacia un impulso expansivo: crecimiento económico, acumulación, capitalismo. Precisamente esta obsesión por el futuro alimenta la máquina de la dominación: inversión del presente concreto (del placer, de la relajación muscular) en valor de futuro abstracto.” [vi]Pensada como capacidad para interpretar signos de sufrimiento o de placer que no pueden definirse con precisión en términos verbales; una capacidad para detectar lo indetectable, para detectar signos de lo invisible. [vii] “Llamo semiocapitalismo a la actual configuración de la relación entre lenguaje y economía. Allí la producción de cualquier bien, ya sea material o inmaterial, puede ser traducida a una combinación y recombinación de información (algoritmos, figuras, diferencias digitales)”



Carlos Alonso - Sin título - 1968 - 35 x 26,5 cm - Técnica mixta sobre papel

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.