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La afonía colectiva: goles, gritos y comunidad / Sebastián Salmún

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 2 ago
  • 12 min de lectura

“En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: los momentos del gol"

Pier Paolo Pasolini


“El gol es el orgasmo del fútbol… el entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red, puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco”

Eduardo Galeano


A mi viejo y nuestros gritos de gol



A diferencia de otros usos sociales de la voz el grito de gol, cuando sucede y es a favor de nuestro equipo, implica siempre una interrupción. Interrumpe una concatenación de palabras suspendiendo la trama del relato del partido y la escucha de su narración temporizada, interrumpe el diálogo que puede atesorar la pausa de la oralidad analizando las variantes de un juego entre quienes se disponen a observarlo, interrumpe la tensión silenciosa con una descarga que nace entre las cuerdas vocales, la garganta, los pulmones haciendo que, gol mediante, emerja su certera exaltación. El grito de gol interrumpe, irrumpe, corta.


También extiende, alarga, continúa. Pero antes, interrumpe. No el gol solamente. Sino su grito. Y más aún el grito de gol en un mundial de fútbol.


Y fueron días agitados por los gritos mundialistas. Nuestro repertorio sonoro después del acontecimiento así lo constata (volver a la voz después del mundial implica un esfuerzo de desinvestidura y posiblemente de silencios de duelo). Las desinhibiciones que encontramos mediante el pretexto futbolístico volvieron a marcar sus fronteras sociales. Los cuerpos cansados como si hubiéramos jugado los partidos de fútbol de nuestra Selección Nacional en reparación y muchas de nuestras gargantas ajadas, gastadas, afónicas se van poco a poco, recuperando con la agenda cotidiana.


A las tribunas abiertas en los balcones de la ciudad durante los partidos les sucedían la conversación callejera, ciertas miradas cómplices, algún comentario al pasar entre quienes hasta el mundial éramos desconocidos interpelando el tejido colectivo hecho de hilos que suponemos cada vez más finitos e hilvanados por fragmentaciones sociales cada vez más frágiles. Y sin embargo, un mundial que volvió a revalorizar lo local, lo social, lo comunitario ¿Acaso lo nacional? También puso de relieve nuevas teorías

conspirativas, las jugadas algorítmicas de desprestigio internacional y un reverdecer anticolonialista digno de ser mencionado. El fútbol no es (como versaba el nombre de aquella revista) sólo futbol.


Y un mundial es, evidentemente, más que un mundial. Este en particular (a 40 años de otro mundial histórico) volvió a realzar ciertos aspectos de la heterogénea trama de la argentinidad. Inevitablemente ciertos aspectos de la localía, algunas tradiciones, determinadas transmisiones intergeneracionales se tensaron así con una época globalizada por digitalizaciones, ensimismamientos y anonimatos.


Claro, llegar a la final del mundial sufriendo y luego celebrando, llegar con una intensidad compartida conjetura escenarios que sólo pueden pensarse en su coyuntura específica, casi excepcional. Aún así o a causa de ello lo sucedido no es menor y posibilita pensar asuntos de lo común y de la comunidad (párrafo aparte también para los asuntos ligados a las acusaciones racismo, acusaciones que despertaron, más allá de su banalidad, el principio de un debate sumamente enriquecedor).


Y es en tiempos de subjetividades cada vez más individualizadas e individualistas, es decir menos

amalgamadas en la siempre compleja y apasionante vida entre semejantes que nuestras sensibilidades

elaboran una escena que exalta el lugar multívoco de los afectos comunes. Acaso el dibujo de la Selección Argentina también conocida como la Scaloneta sea elocuente al respecto: la Scaloneta suele ser representada por un colectivo urbano, de esos que gran parte de los argentinos y argentinas compartimos con otros y otras para ir a nuestros trabajos o a nuestros estudios, para visitar a nuestros afectos o simplemente para volver a casa.  Y el mensaje de sus protagonistas, mensaje dirigido entre sus compañeros y familias, pero también a nosotros y nosotras, sus seguidores, afirmaba siempre la fuerza del “todos juntos”.


Una selección de fútbol no es sólo un grupo de jugadores. Representa como pocos acontecimientos

culturales (por lo masivo, por la importancia, por la permanencia en el tiempo) a la mayoría sino a todos los argentinos y argentinas (en alguna medida). Y en este mundial resonaron en la Selección ideales como el esfuerzo, el talento, la picardía, el sufrimiento y el grupo con el que los argentinos y argentinas nos identificamos o queremos identificar. Y en este mundial emergió el término amistad como una de las

versiones usadas para representar el lazo social, incluso, los términos de la “patriada” deportiva (Scaloni, Dt de la Selección, preocupado con sus mensajes en transmitir valores educativos a los niños y niñas concluyó en su mensaje post mundial diciendo “Pd: que tesoro tener de amigo a un argentino”).  


Fueron días ajetreados por otro un mundial de fútbol. Otra vez, un analizador colectivo. Otra vez un acontecimiento factible de pensarse desde las enseñanzas del psicoanálisis respecto de la llamada psicología de las masas con sus efervescencias e idealizaciones, con su historia siempre compleja (véase aquello que sucedió en los mundiales de 1978 y 1982 mientras duró la cruel dictadura), con sus trenzados e hinchados cuerpos identificatorios. Puede propiciar momentos de “lo común” tal como lo describe Marcelo Percia cuando afirma que lo común está siempre “por advenir”. Quizás el tiempo del grito de gol produzca un impase asimilable a la escansión de lo común. Sin embargo suele estar enmarcado en las potencialidades de la comunidad (descritas por el mismo autor en términos de compulsión a la unidad o adhesión unificada que el fútbol sin lugar a duda genera).

 

Otra vez un mundial y como lo había sido el anterior, el germen de imágenes épicas, de burbujas de anímicas, de festejos masivos, de creencias supersticiosas, de rituales cuasi sagrados, de devociones religiosos, de colores celeste y blanco en las calles, en las escuelas, en las plazas, en los balcones, en las remeras. Un mundial de noches entrecortadas, de sueños premonitorios y de canciones popularizadas. Un tiempo de gritos descomunales de gol.


El grito de gol, dijimos, y no así el gol. Sino su grito, su vociferación. El grito que nombra el hecho después del hecho, ese eslabón subsiguiente, ese salto a la pileta de y con la emoción, esa tela que recubre lo observado con una palabra. El grito, ese acto que sanciona la variación del resultado de un partido de fútbol, la alegría para unos, la tristeza para otros. Esa modificación en la pantalla y en el ánimo. Nuestro grito, ajeno al grito del que está en el estadio. Nuestro grito a la distancia del lugar de los hechos acercándonos. Ese agujero en el papel que modifica la hoja y a veces alguna perspectiva lectora. ¿Puede un gol cambiar la historia de una persona, de una familia, de un barrio, de nuestra comunidad? ¿Por qué recordamos los goles que más gritamos o que más sufrimos a lo largo de nuestras trayectorias futboleras? ¿Por qué recordamos con quien los gritamos? El grito de gol (pasional y perecedero por estructura) es una respuesta posible a la siempre difícil pregunta por la felicidad.


El grito de gol tiene una dimensión temporal. Anuda pasado y futuro en su intensa e inmensa expresión. La o (entre la ele y la ge) constituye un túnel que enlaza lo sucedido con el porvenir ¿O acaso o no es eso lo que gritamos ante algunos rivales que exceden lo deportivo como es el caso de Inglaterra? Las rivalidades pretéritas y las reivindicaciones históricas se juegan también en su cancha simbólica, con sus banderas inesperadas (como la bandera que mostraron los jugadores después de vencer a su par inglés y que versaba “Las Malvinas son Argentinas”) y sus saltos de sinergia popular.  


Como dice Martín Kohan en su libro Argentinos a las Cosas a propósito del primer gol de Maradona en el ilustre partido de 1986: “Ese instante (fue un instante) termina cobrando importancia en una tradición épica argentina, junto con el gol durativo que vendría muy poco después… Efímero, fugaz, repentino, volátil, ese instante se fijaría en una fotografía primero y en la memoria argentina después. No la acción, que no se vio, sino su huella”.


Quizás exageradamente se suele decir que el fútbol es la continuidad de la guerra por otros medios (los

términos con que se describe su escena: batalla, guerreros, gladiadores, soldados, matar, morir así lo

demuestra). Paradójicamente los goles, y en contra de la, a veces, violencia que se genera alrededor de este fenómeno colectivo, restituyen su lugar de juego, su pulso lúdico, su dignidad sublimatoria.


Es el momento en que la dinámica de lo impensado se materializa en una gestualidad corporal: gritar.


Pero ¿Qué es un grito? ¿Por qué gritamos? Vale decir que los gritos, incluso en el fútbol, no siempre son de alegría. Están los gritos de terror, los que ciertas películas o pesadillas generan, los gritos de dolor, de enojo, de perplejidad, de nerviosismo. Gritar proviene del latín “quiritare” que significa dar grandes voces. Implica levantar la voz más de lo acostumbrado. Implica un movimiento, dejarse tomar por la emoción y ahí hacerse oír. Es que gritamos también para ser escuchados, escuchadas. Y al hacerlo con otros y otras como cuando juega la Selección el gol se convierte en un único e irrepetible nudo polifónico que puede generar un sentimiento de pertenencia comunitaria (el hecho que el grito sea frente a otros, contra otros, ayuda narcisismo colectivo de las diferencias mediante, a dicha unificación).


La voz gritando (vale el gerundio) se retira de la propiedad privada y pasa a formar parte de una escala

mayor, pública.  No se grita un gol sólo con la garganta: se lo grita con el cuerpo, se aprietan los puños, se camina más rápido, se mira hacia arriba, a veces se corre (en general hacia afuera del ambiente en el que se está), se extienden los brazos y en ocasiones, se complementa con un abrazo. En el grito la estela de lo común, en el abrazo, la sustancia de la colectividad.


¿Y el fútbol? El fútbol, que resultó ser un operador comunitario a principios del siglo XX se reconstituye

así en una pieza privilegiada de reconfiguración colectiva. En palabras del célebre ensayo Fútbol y Patria de Pablo Alabarces (texto de suma relevancia para reflexionar sobre estos asuntos) el fútbol es un “lugar en torno del cual se construyen identidades e imaginarios, como una arena dramática casi sin equivalentes, como un espacio ritual de masas por excelencia en la Argentina del presente”. El fútbol, agrega es una práctica que se globaliza y “al mismo tiempo radicaliza su tribalismo, o su localismo, o su nacionalismo”.


Entonces, vale preguntarnos ante la gestación de micropolíticas de la especulación deportiva, léase, el Prode (pronósticos deportivos) como medio para aproximarnos a los partidos y sus resultados o la omnipotente peste publicitaria de las apuestas digitales ¿Qué lugar ocupa el fútbol en una comunidad que diluye sin freno la presencia de rituales colectivos y las sustituye por inercias del consumo y expectativas de utilidad? ¿Cuáles son los mitos que sostienen aún, las ceremonias alrededor de un Mundial?


Un grito de gol cuando involucra a una nación (no me animo a decir pueblo) puede pensarse como una

forma de eludir la constante lengua argentina de la confrontación. Esta es el idioma mediático de los polarizados, la eterna y agotadora (y justificada hasta cierto límite) lucha de los bandos civiles de una belicosa contemporaneidad, la tensa convivencia en el malestar cultural irreductible hasta los bordes de la autolesión, la asimetría de las voracidades y la complicidad de quienes sin comer de su pan, las apoyan.


Acaso un gol inventado de la Selección Argentina interrumpa como un trueno, con su trueno la ausencia de percepción muda de vivir en un país que no encuentra la respuesta a la ecuación de las distribuciones inequitativas de las riquezas o no halla las fortalezas políticas para mediar en las desigualdades consolidadas, o institucionaliza la ausencia de estrategias públicas eficaces. Acaso borre la memoria del odio a la alteridad segregada por operaciones que absorben del racismo su canallesca arbitrariedad.


Acaso el grillerío restituya con la felicidad de su ebullición la posibilidad de la ilusión sin negar las tristezas de las precariedades cotidianas. Y quizás lo haga así, de forma frágil y precaria. Quizás mientras dura el gol o el partido o el mundial. ¿Y después? dice el tango tantas veces citado (fundamentalmente después del partido con Egipto). Claro que importa el después. Pero con los goles es quizás como con los actos de amor, llenos de fe en la eternidad mientras transcurren. Suele decirse, goles son amores.


Y en estos días plenos de Mundial de fútbol, vidriera de sentimientos inigualables, son numerosos los relatos de llantos, de abrazos, de bailes ante los goles de la Selección Nacional. Porque entonces ¿Qué sucede cuando dicho grito es vocalizado no por uno solamente, no por el individuo en su estatuto personal sino por un conjunto de personas al que podemos nombrar comunidad? Y vale preguntarnos en nuestra siempre compleja vida imaginada ¿Una comunidad que es anterior al grito o una que se constituye al menos efímeramente a través de él? Aquí tenemos una clave.  Porque vuelvo a este aspecto: cada uno y cada una ¿Grita su propio gol o sólo se grita goles con otros, con otras? ¿Acaso el grito puede asumir el estatuto de impersonal? El gol quizás sea un evento lleno de simultaneidades. Golear, ganar y gustar, se suele decir gustarnos al ganar ¿Dejar de hacerlo cuando perdemos? ¿Acaso un grito de gol tiene propietarios?


Distinta es la reflexión cuando juegan equipos locales, los colores de todos los días, el barrio de los domingos. Es más, es habitual gritar el gol al vecino rival. Pero en estas circunstancias nacionales, federales, uniformes, el cambio es notable. Con los riesgos que la unanimidad le genera al pensamiento crítico.


Riesgos que no hace sino recordar que poéticamente hay quienes dicen que los gritos de gol en el estadio Monumental tapaban los ruidos del horror perpetrados en la cercanía de la ciudad durante la última dictadura. Hay que decirlo.


Los goles también pueden interrumpir la verdad histórica y empañar con sus vapores los maltratos de una sociedad. ¿Será que nuestro grito inevitable, desesperado, exultante enmudece otros horrores que

quedan capturados por la fuerza de la catarsis, por la vehemencia de su proliferación, por la terquedad de sus flujos acústicos? Hay que pensarlo.


Y así, interrumpe. No porque un gol no se pueda prever. Son muchos partidos donde es inevitable que

suceda (se suele decir, ocasiones de gol). Sino porque su forma no remite precisamente a la razón predictiva.

No se sabe cuándo sucederá ni se sabe que efectos tendrá. En el partido, en la vida de quien los grita. En la comunidad que los sufre o los comparte. El fútbol suspende algunas reglas sociales. Interrumpe y da continuidad.

En la Argentina se vive el fútbol así, con esta desmesura porque creemos con o sin razón que no nos quedan por el momento muchos anclajes compartidos. Quizás en los gritos de gol mezclados, imitados,

exacerbados por la mutualidad quede la esperanza de un destino común (¿De película?). 


Mientras tanto preparamos las gargantas cuando juega la Selección. ¿Sería mejor que la afonía colectiva se encarnara en otras causas que nos parecen justas? Puede ser pero no elegimos dónde o cómo se construyen las voluntades populares. Voluntades que no siempre responden a nuestros intereses y que por eso debemos aprender a compartir y a discutir, de ser necesario. También a respetar.


Porque si un grito de gol nos envuelve en nuestras casas, en una pizzería, en una sala de espera o en un bar nada mejor que dejarse llevar por él y gritar. Los sonidos estridentes provenientes de la especie instintiva de la voz se transforma en texto memorable y la vieja fuerza del viento queda arrinconada en contra de su voluntad por la palabra.


La afonía posterior, la falta de voz luego de los goles (en efecto muchos y muchas siguen gritando el gol a pesar del efecto de la ya afonía palpable en el estado de sus gargantas) y del fútbol quizás nos recuerden lo necesario de administrar nuestras fuerzas y entusiasmos para causas que vayan más allá del inigualable mundial. O no. Es que el gol ilusiona. Su amalgama de tres letras, su enunciado sonoro, su fuerza estridente, su gesto de expresa exteriorización se rige por la lógica del desborde. El grito de gol interrumpe cualquier idea de lo mensurable, sometida a la cuantificación y numerabilidad. En última instancia será después del desahogo que el número nos importará porque define un resultado. Por eso, lejos de la métrica y cerca del gol aparecen las promesas.


Tal es así que el gol conserva en su interrupción un linaje con la oración religiosa. El fútbol que no carece de relaciones históricas con las instituciones de la fe es un acontecimiento lleno de creencias. De ahí que sea una arena fecunda para las cábalas y otro tipo de presencias mágicas del pensamiento y de la acción, de encomendación a otras fuerzas para cambiar el curso de un juego. Juego del idioma también.


Gritar un gol, en castellano. La palabra gol proviene del inglés “goal” que significa “meta” (por eso el

guardameta) Pero ¿Cuál es la finalidad gritar el hito? ¿Por qué no aplaudirlo solamente? El grito forma parte del lenguaje para descocerlo. Como si fuera una astucia que le hace trampa a la lengua por un momento agrietando su código para luego dejar que este se restituya. Pasolini completa: “Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es "ineluctabilidad", fulguración, estupor, irreversibilidad. Precisamente como la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”.


Gritar un gol es dejar que la invisibilidad de los ruidos, exagerada por la furia vocal explote.


Es dejarse viajar por el gol al corazón de un sentimiento co - construido para que haya, para que resurja, para que aparezca como un proyecto reparador y después del fútbol, la ocasión para volver a dialogar. O para volvernos encontrar en el próximo encuentro, en el próximo gol de un mundial, en el suelo imaginado de estar aunque sea transitoriamente, en algún estado de bienestar y de porosa comunidad.

 


 

Bibliografía:

Alabarces, P (2008) Fútbol y Patria. Buenos Aires. Prometeo.

Galeano, E (1995) Fútbol a Sol y a Sombra

Kohan, M (2025) Argentinos a las Cosas. Buenos Aires. Seix Barral. 

Pasolini, P. P. (1971) “El fútbol es un lenguaje de poetas y prosistas”. En www.revistaadynata.com

Percia, M (2017) Estancias en Común. Buenos Aires. La Cebra.


Verónica Scardamaglia (2026) Eso que llevamos tatuado.
Verónica Scardamaglia (2026) Eso que llevamos tatuado.

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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