• Revista Adynata

Marzo Adynata / M.P.

Actualizado: mar 3

Una cosa querer que nos necesiten, nos piensen, nos amen, otra, pretender distinción, privilegio, favoritismo. La obsesión por recibir trato de persona muy importante cautiva y tiraniza.

Hablas del capital cauterizan la herida de la insuficiencia con la ilusión de valer más que nadie.

Por amor a una madre, a una hija o por valorar en exceso la vida personal, míseras voluntades pueden considerar que merecen privilegios. No se condena desearlo.

La cuestión consiste, como en un psicoanálisis, en aprender a rehusarse de gozar de cualquier circunstancia de poder.

La acción de rehusarse compone una decisión en soledad, pero no solitaria. La fuerza y el encanto de impedirse dañar radica en el deseo de despertenecer a la comunidad del sálvese quien pueda. En la convicción de avanzar en una amorosa marcha de rehusantes.

Se necesita pensar lo que se llama narcisismo como problema político.

El capitalismo fomenta narcisismos del miedo: la consideración de que unas existencias merecen más salvación que otras.

Si laboratorios venden vida a las naciones que pagan más, por qué sorprenderse cuando narcisismos del miedo se preguntan “¿no sería mejor que quienes podamos pagar la vacuna lo hagamos en un mercado libre en lugar de que un Estado pobre nos haga esperar nuestro turno en la cola?”.

Lo que está sucediendo con las vacunas desnuda la catástrofe de esta civilización.

La imagen buena o mala de un ministro no tiene que confundirse con el valor de una política. El sentido común salva o condena Imágenes. Se necesita otra cosa: exaltar la salud pública (nunca definitiva, siempre inconclusa, en constante oscilación) no distraerse con historias de lobos y corderos.

La expresión sensibilidades que hablan intenta disolver divisiones: cabeza y corazón, lenguaje y cuerpo, fuerza y debilidad, lo propio y lo común.

Separaciones que estrangulan la vida.

En ese sentido, ahora, la consigna: “Una común inmunidad planetaria o nada” insiste con lo mismo.

En una lógica de la escasez cualquier decisión resulta dramática.

Escaseces dictaminan prioridades, clasificaciones, arbitrariedades, injusticias.

El capitalismo se basa en los beneficios que algunas voracidades obtienen de poquedades programadas.

La crueldad de lo exiguo reside en la cola: colas del hambre, colas para conseguir empleo, colas para emigrar a naciones ricas, colas para un respirador, colas para una vacuna.

Escaseces, faltas, insuficiencias, actúan como razón que disciplina demandas y consentimientos.

Una comedia inglesa filmada en 1951, El hombre de traje blanco, narra -con humor- la brutal razón del capitalismo: su necesidad de una ciencia complaciente que sostenga la insuficiencia, la defectuosidad y la precariedad, para hacer negocios.

Recordemos: un químico marginal inventa una tela eterna. Un tejido que no se rompe, no se desgasta, no se mancha. Pero esa genialidad lo convierte en una amenaza: productores de hilados y lanas, fabricantes textiles, sindicatos de trabajadoras y trabajadores, pobres lavanderas y remedadores, se dan cuenta de que eso no les conviene y comienzan a perseguirlo para sepultar el hallazgo.

La película Alexander Mackendrick, protagonizada por el legendario Alec Guinness, entretiene, hace reír y desliza una pregunta inquietante: ¿cómo pensar un común vivir no regulado por escaseces y abundancias?

Tal vez no se trata de pensar, sino de practicar la desmesura del don: el encanto de darse a las cercanías.

V. Nicolás Koralsky, Sin título, 2021

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