• Revista Adynata

Pensamiento sutil (Fragmento) / Juan Carlos De Brasi

Sutil es el nombre de un pensamiento que indica su avance por los senderos menos previsibles. Aquéllos donde el pensamiento ejerce su máxima potencia realizativa. Por eso, si quisiéramos marcar una sinonimia –que por principio es imposible–, sería la que hace equivaler pensamiento sutil y pensamiento realizativo. Así, la y que los equipara autoriza las sustituciones que se dan entre uno y otro, los veloces relevos que constituyen la trama misma de los textos donde una buena y honesta disposición se sostiene.


Pensamiento sutil (que, desde ahora, es intercambiable por realizativo o viceversa) es el concepto de un intenso y desplegado acontecer. Se halla fuera de todo régimen adjetivo, sutileza, artificio o sentido común. Insiste sobre historias truncas que van desde Duns Scoto hasta Klossowski, pasando por la causalidad transversal y la geometría expresivo-proyectiva de Spinoza, un Marx sin clausuras, la potencia del verbo en Hegel, lo irrepresentable freudiano, las inmanentes planicies deleuzianas, la «nuance» de Nietzsche, la diferencia abismal en Heidegger o el monstruoso pensamiento derridiano. Todo ello entre infinitos otros.


Por eso estimo que para transitar un pensamiento sutil, sea cual fuere, es preciso –la precisión es sustancial– tomar, embebernos, con ciertas precauciones.


Cuando uno proviene de un pensamiento diferente, antagónico o disímil, es síntoma de una buena y honesta disposición intelectual no distorsionar el trabajo textual del autor, siempre nombre de un enigma antes que de un negocio tertuliano. Dejo de lado el «traicionar» sus intenciones, pues él mismo se encarga de hacerlo en cada trazo escritural.


Las nociones o conceptos que son especialmente puestos en cuestión en este ámbito (por ej. «causalidad», «analogía», «sujeto-objeto», «literalidad», «definición», «superación», «clasificación», «binarismo», «sentido común», «representación», «evidencia», etc., pues no se está pensando desde sus parámetros) no deben reintroducirse por la ventana para hacerles realizar funciones que son impropias. Tal operación es el efecto de una violencia simbólica que un proceso intelectual serio debería neutralizar, ya que anularla sobrepasaría sus capacidades.


Al desoír expresamente las voces que resuenan en tales pensamientos, tomando de manera aislada o anecdótica algunos de sus elementos, esas formas de captura (mediante la mención literal o la referencia, desconociendo la operación que en ese momento se está realizando) no pueden disfrazarse bajo la idea festiva de que se está ejerciendo una tarea crítica. Lo que en realidad se da es un ejercicio inútil y apresurado sobre el propio desconocimiento. Y ello nada tiene que ver con los errores de apreciación, enfoque, interpretación o con los límites del propio abordaje que, a menudo, son las claves mismas de su prolongado enriquecimiento.


Lo que denomino conceptualmente pensamiento sutil o realizativo requiere salir al encuentro de sus paradojas, de sus contra-opiniones. Cualquier permanencia a su costado, en sus gruesas evidencias o en sus rápidas captaciones, no sólo lo aleja, sino que lo deposita y condena a las más siniestras manipulaciones. Por eso pensar en contra de tal o cual (caro a los territorios profesionales y sus rivalidades), además de parasitario, es una empresa estéril, consignada a reiterar de manera aburrida el punto de vista previamente asumido.


No conozco un solo texto hecho contra un gran pensador (de manera explícita o no) que no haya fracasado, víctima de esa bullanguera superación imaginaria. Estoy evocando, sin mencionarlos aquí, algunos dossiers contra Marx, Hegel, Nietszche, Freud, Heidegger, Foucault, Derrida, Deleuze, Borges..., sólo por señalar un listado indicativo. Y esto por la sencilla razón de que un pensamiento se apellida «grande» cuando excede de sí mismo hacia todo aquello que abre y no le pertenece. Si a un pensamiento sutil quisiera atribuírsele un ser, sería justamente lo que nunca podrá ser, o sea, completarse consigo mismo.


Por algunas de estas razones, fuera del «orden de las razones», un pensamiento realizativo se obliga a rechazar cualquier tipo de atribución o endoso. Formas banales de anular, excluyendo aquello que debe ser justificado. Demeritar lo que no se comparte es el mecanismo habitual de las calificaciones y atribuciones.


Sutil es, así, uno de los nombres de lo otro, de una radical diferencia. De ese modo es lo que escapa a toda «globalización». Desde este ángulo el presente amplificado, inédito, que caracteriza al espacio-tiempo cerrado de la «globalización», es considerado como un proceso de devastación. Ésta ocluye pensar la temporalidad misma como constituyente de la otreidad, de su fue y de su será. Y, con su huracán del ya y el ahora –exigencias patológicas–, arrasa con el sujeto que parece exaltar y la cotidianeidad a la que simula rendir culto.


Realizativo que, por ser tal, no puede sustraerse de la cadena donde adquiere sentido. Su complejidad, sus diversos orígenes y sus retos actuales, están sostenidos por una ética en acto de la responsabilidad –desarrollando la complejidad que posee ese acto– social y personal, antídoto de la sacrosanta impunidad. Una estética orientada por distintos modos de afección y recepción. Una política de transformaciones colectivas, más acá de los partidos políticos (reconociendo su importancia, pero sabiendo que siempre estarán partidos). Una justicia más allá del derecho, cuya justicia es ciega, sobre todo por lo que no puede ver. Y, finalmente, por una verdad que no es objeto de verificación ni concordancia formales, sino de una congruencia operativa con su producción social e histórica.


En fin, la no simplificación será la regla de juego de mis elucidaciones, siempre en escorzo, sujetas a constantes modificaciones. ¿Por qué regla de juego? Porque sabemos que existen juegos sin reglas. Y no ignoramos que se llaman «sacrificiales». No simplificación, marcas singulares, diferencias imperceptibles, resistencia creativa, grito sutil. No más «sacrificios» en pos de una hipoteca vital, de una existencia des-almada. Se trata de ejercer, en cambio, un juego complejo que ponga a girar la vida con sus morires. Y, así, en adelante.


Por principio, por grito y especimen, un pensamiento sutil no puede ser «superado» o «trasvasado» (como una época, un avance científico, tecnológico o una generación), pues queda sujeto a su propio régimen de consistencia. Y si posee un «más allá», nada tiene que ver con lo anterior, ni con el «olvido» de esos pensamientos, sino con abrirlos, leerlos de otro modo. Quizás como ellos leen nuestros textos sin que lo sepamos ciertamente. Así, de manera sutil e imperceptible.


Un pensamiento realizativo repudia toda acción plagiaria (no pasa lo mismo con la utilidad que puede tener la copia o el remedo en los inicios escriturales), forma bastarda del saqueo generalizado, que deja sin sostén aquello que es arrancado compulsivamente para «estar al día».


Una prolongación inevitable. No existe reclamo alguno desde una supuesta originalidad o una arrogante propiedad privada de las ideas. Estos son litigios banales.

Hay dos motivos cardinales.


Uno. El saqueo tiende a aniquilar el trabajo y su producto, negando ambos en un solo gesto de arrebato.


Otro. El saqueador, cómplice del sistema de expropiación vigente, apenas es atacado su botín, lo abandona. Como ignora su procedencia, los canales de investigación y los procesos de elaboración, lo condena a la orfandad y se vuelve agente de su silenciamiento.

Por otro lado, dicho pensamiento evita valorar sus producciones según un sistema de deudas o de investigaciones policiales sobre las fuentes, aunque de éstas recupere su uso crítico y productivo.


En primer lugar, porque un pensamiento que se denomine tal salda sus deudas en tanto escritura; caso contrario queda sujeto a sus vergonzosos ocultamientos.


En segundo término, porque las fuentes quedan esclavas de sus emanaciones, como si fueran el origen de lo que brota de ellas, y no sus conductos, como lo son en realidad.


Un pensamiento es burlado cuando se lo replica, pues la réplica parodia el qué y el quién constitutivo y olvida el cómo de su fuerza constituyente.


Venerar a un pensador es realizar cómo él se dejó pensar en un camino (ese cómo apareja tolerar otros que toman rumbos, con igual fuerza, desechados por él o que nunca le preocuparon) atravesado por infinitas bifurcaciones, y no calcar –de manera burda o ingeniosa– el qué de su literalidad.


La escritura es la verdadera biografía de un pensamiento; bio que es vivida en su grafía que siempre materializa, por más alto que sea su nivel conceptual, una posible historia de vida.




Fuente: Ciertas y necesarias precauciones para abordar el pensamiento sutil. En Ensayo sobre el pensamiento sutil. La cuestión de la causalidad. La causalidad en cuestión. EPBCN, Barcelona, 2010 (pp. 9-15). La Cebra, Lanús, 2013 (pp. 17-22).


Franco Fontana, "Horizonte, Comacchio, Italia", 1976, Fotografía sobre papel, 40 x 60 cm

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