top of page
  • Foto del escritorRevista Adynata

Pertenezco / Ají de Pollo

Ante al solapado avance de un feminismo que pretende reciclar una agenda moral, esencialista y biologicista que, a la corta o a la larga, confluye y aggiorna las propuestas políticas neoconservadoras y de derecha:


Pertenezco al feminismo de los feminismos. A ese que se dejó interpelar por las negras, las lesbianas y las chicanas a finales de los años 70. Ese feminismo que objetó la categoría Mujer, con mayúsculas, y escuchó las voces de quienes decían que no era lo mismo ser mujer en un cuerpo negro que serlo en uno blanco, ser mujer en la pobreza que en la riqueza, ser mujer lesbiana que ser heterosexual. Ese feminismo que levantó el guante cuando fue acusado de racista, clasemediero y heterosexual, cuando Audre Lorde le enrostró sus privilegios en Las herramientas del amo nunca desarmarán la casa del amo, en 1979. 


Pertenezco al feminismo que alguna vez dijo adiós a la hermandad feminista, porque tras ella se encubría la opresión de unas mujeres hacia otras y se reivindicaba una concepción de ellas como víctimas impidiendo que pudiéramos analizar la complejidad de nuestras propias respuestas a otras mujeres y porque invisibilizaba la diversidad. Al feminismo que cuestiona también el término sororidad, sin más, porque romantiza y homogeniza un espacio de diferencias y luchas.


Pertenezco al feminismo de los feminismos, que en la boca de Wittig desafió el carácter fundacional que las palabras tienen en nuestros propios cuerpos, provocando el descalabro de un pensamiento único heteronormativo que constituye el cuerpo esperado para la opresión patriarcal y capitalista. Wittig blasfemó sobre ese cuerpo y ofreció, como lesbiana, un territorio de subversión.


Pertenezco al feminismo que reconoce la jerarquía sexual propuesta por Gayle Rubin y sus enseñanzas sobre el pánico moral que tanto alimenta a las derechas, que reproduce esa jerarquía y no desmantela las bases mismas de la subordinación.


Pertenezco al feminismo que escuchó a las travestis feministas y asumió el compromiso de sus luchas como propio, porque es un feminismo de la agencia y no una teoría de la esencia.


Pertenezco al feminismo que no desprecia las voces de las trabajadoras sexuales que se reivindican autónomas, porque la autonomía de mi feminismo es la lucha política por hacerse contar como ser parlante y transformar la experiencia en un escenario de litigio y disputa por la hegemonía.


Mi feminismo pertenece a los feminismos con minúsculas y en plural, a lo bell hooks en su libro “El feminismo es para todo el mundo”.


Mi feminismo también se reconoce en la criticidad que plantean los cuerpos y sus devenires, no sólo en el de “la biología no es destino” sino, también, en el de “cultura no es destino”.


Soy de los feminismos que recogen, sí, reflexiones de varones como Foucault o Derrida, herramientas imprescindibles a la hora de develar los artilugios de los sistemas de opresión y normalización, tanto del lenguaje como de las instituciones y el poder. Un feminismo que no ve esas reflexiones como Caballo de Troya que contrabandea más patriarcado.


Mi feminismo, el de los feminismos, ya se dio el debate de las verdades y las certezas y concluyó soportar la inestabilidad y la opacidad como premisa de todo conocimiento. También ya debatió sobre la porosidad de los universales, siempre abiertos a la politicidad -a lo Ranciere- capaz de incluir por el disenso otras voces y no cerrarse a la vigilancia policial. Es el mismo feminismo que puso en evidencia la razón patriarcal oculta en el pensamiento binario y dicotómico que crea, indefectiblemente, jerarquía y exclusión.


Mi feminismo, el de los feminismos, no es de escritorio, sellos y resoluciones pero los necesita y los usa.


Por eso mi feminismo, el de los feminismos, puede poner en cuestión categorías fundantes que ocultan privilegios y reproducen un sistema opresivo, violento y excluyente.


Mi feminismo tiene historia y tiene memoria, habla cuerpos feos, sucios y malos que tienen nombre o que aún no lo tienen.



Nota: Ají de Pollo es un grupo de feministas críticas, provenientes de diferentes trayectorias, que se conformó a fines de los ´90 para discutir y desarrollar acciones que cruzaran ejes como género, clase, etnia, edad, no como sumatoria de diferencias sino entrelazadas en las particulares experiencias del cuerpo y la sexualidad. Preocupadas por la repetición rutinaria del pensamiento feminista, somos un grupo de debate crítico y de acción sobre los presupuestos conceptuales que mantienen y dan sentido a nuestras luchas tanto en el ámbito de la cultura como en el de las políticas feministas y los grupos de diversidad sexo-genérica. Ají de Pollo fue el primer grupo feminista que contó en sus filas con feministas travestis.


Este documento fue escrito en julio de 2020 en respuesta al rechazo que buena parte del feminismo expresó cuando las autodenominadas trabajadoras sexuales fueron incluidas, en tanto sector informal, como beneficiarias del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), política orientada a paliar el impacto de la COVID-19 en la economía familiar. Dicho rechazo condujo, finalmente, a su exclusión como receptoras de dicha política. El texto está escrito en primera persona porque la propuesta fue que quien estuviera de acuerdo lo firmara como propio.



Daniel Pajuelo, Trans Virgen de la Puerta, Lima 1993 Fotografía Gelatinobromuro de plata sobre papel Imagen: 28,3 x 42,6 cm

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page