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  • Foto del escritorRevista Adynata

Plaza Miserere III: un Freud viajero / Sebastián Salmun

Freud era un viajero, un convencido viajero, un recurrente viajero. Y en tanto viajero transitaba distintas ciudades del continente europeo tales como: Viena, Budapest, Nuremberg, Zurich, Berlín, entre otras. Paseaba y pasaba por dichas ciudades hechas de lenguas babélicas. Lenguas enredadas entre sí y con sus hablantes. Freud viajaba por dichas ciudades. Y recorría tanto sus Museos ornamentados, sus edificios consagrados como sus calles de “nerviosidades” silenciadas creadas entre palabras incomprendidas y rincones abandonados por la ciencia que lo explicaba todo.

Quizás paseaba como “flaneur”, como un “hombre en la multitud”. Quizás. Freud era un viajero no como los otros. Paseaba por las ciudades y llevaba en su maleta ropas típicas de la época, libros típicos de la época, recetas típicas de la época e invenciones nuevas. Cargaba su maleta exploradora con nuevas escuchas en vez de estetoscopios, redes interpretadoras de sueños en lugar de frascos de preparados craneales, juegos significantes en vez de manuales o enciclopedias científicas. Y como todo viajero, partía con un itinerario, pero sabía desviarse cuando el mapa preestablecido machaba sus marcas, opacaba sus preguntas, montaba sus vientos, perdía sus dogmas.

Sabía borrar el trazo de sus crayones y dibujar nuevos territorios en el viaje creando geografías y redescubriendo (como un arqueólogo) que debajo de la cifra urbana moderna, yacían ciudades antiguas. Es que se sabía moderno, pero entre los escombros de un pasado remoto. Es que se asumía progresista, pero entre las preguntas ancestrales. Es que sabía médico, pero auscultando las “almas”.

Y viajaba. Con su valijita galena (llamada maletín) pero sin medicalizar la vida humana. Viajaba sin fármacos ni cables de electrochoque pero con los mitos del pharmakon de la cultura. Y seguía así su viaje. Acaso su paso por la Salpetriere en ese histórico encuentro con Charcot ¿No fue producto de su impulso al viaje? ¿Acaso el psicoanálisis no viajó de Viena hacia Francia, hacia nuestra Buenos Aires? ¿Acaso un análisis no presenta ciertos rasgos tales como los de un viaje?

Freud hacía laberintos, labraba jardines y vías que aún hoy recorremos en el tren de esta época. Senderos y ficciones, estaciones de palabras y espejos que nos habilitan a seguir pensando a los seres hablantes, a su “numerosidad social”, a sus “estancias en común”. Y ya en el devenir explicativo de las nociones que desarrolló en su obra no faltaba la oportunidad en la que recurría a anécdotas autobiográficas que sucedían en algún viaje, precisamente. Esas anécdotas, que hoy tienen el valor de testimonios de su deseo como analista, de su incansable curiosidad, de su empecinada vitalidad, lo llevaron a ciertas elucidaciones vitales.

En algún trayecto o recorrido del que después daba cuenta en sus textos y producción intelectual, Freud esclarecía el psicoanálisis. Y fue en un viaje en tren que pudo descubrir cierto valor de los actos fallidos, de ciertas “operaciones fallidas”. Cuenta en su letra que “Viajaba yo en coche con un extraño desde Ragusa, en Dalmacia, hacia una estación de Herzegovina; durante el viaje dimos en platicar sobre Italia, y yo pregunté a mi compañero si ya había estado en Orvieto y contemplado allí los famosos frescos de X”.

Esa X sin despejar, esa x viajera sin resolver era un lapsus de su memoria, un enigma del olvido que lo encontró preguntándose por el valor de ese traspié. Cuenta el mismo Freud “Y la ocasión que me indujo a considerar en profundidad este fenómeno del olvido temporario de nombres fue observar ciertos detalles que, si bien no se presentan en todos los casos, en algunos se disciernen con bastante nitidez: en estos últimos no sólo se produce un olvido, sino un recuerdo falso. En el empeño por recuperar un nombre así, que a uno se le va de la memoria, acuden a la conciencia otros —nombres sustitutivos—, y estos, aunque discernidos enseguida como incorrectos, una y otra vez tornan a imponerse con gran tenacidad”.

El lapsus no se trató de una escucha errada desde el punto de vista de la didáctica sino fallida desde el punto de vista dialógico. Y fue sin dudas, su amor por la sorpresa lenguajera, su recepción por los hallazgos poéticos de las palabras, su parentesco con los cabalistas que (como diría Haddad, ilegítimamente) lo antecedieron aquello que lo posicionó como a todo viajero, a las puertas de ciertos descubrimientos.

Y es en la actualidad de este nuevo milenio que muchos y muchas jóvenes aspirantes a la formación eligen viajar con algunos pasajes del psicoanálisis. Y es en esta época (vale recordar que la etimología de la palabra época proviene del término epokhe que significa estación) de angustias generalizadas, de dominio tecnológica de la vida cotidiana (y sus nuevas psicopatologías), de malestares singulares de la vida social que los y las jóvenes analistas deciden escuchar y comprometerse.

Y finalmente, es en la actualidad de esta era que muchos y muchas jóvenes toman aquella maleta freudiana (otra vez, cada vez) y se dirigen hacia las preguntas que él nos enseñó a realizar. Preguntas por el dolor y por los padecimientos, por el malestar y por el alivio. Preguntas por el amor, por la filiación, por el bienestar. Preguntas que eluden la armadura orgánica y neuro biologicista para filtrarse en ese otro cuerpo marcado por el lenguaje.

Y es aquí donde entre tanta agua convulsionada (a veces contaminada), entre tanto cause tembloroso, entre tantas perplejidades, entre tanta liquidez en las decisiones que el diálogo analítico inventado en la Viena de 1900 encuentra un sitio donde volver enunciarse. Freud era un viajero. Caminó experiencias y convicciones que cruzaron el Acheronta de los ríos desde la modernidad hasta nuestros brazos contemporáneos. Freud era un viajero que invitó e invita a viajar.


Lola Arias (2012) Melancolía y manifestaciones

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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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