• Revista Adynata

Sesiones en el naufragio (12) Contentos y zozobras de una conversación / Marcelo Percia

1.

Se dice que una embarcación está zozobrando cuando por la fuerza del viento o por una gran carga se inclina hasta casi hundirse.

La misma palabra alude a estados de inquietud, aflicción, desasosiego, inseguridad.

Interesan aquí zozobras conversacionales: ventarrones que hacen tambalear monólogos resguardados en sus certezas, soliloquios que simulan conversar.

Interesan aquí contentos que sumen pretenciosos y creídos parlamentos personales en un común decir.


2.

Muchas veces se lee para entrar en una conversación; tal vez se escriba para no abandonarla.


3.

Una conversación clínica no consiste en una descarga desaforada en la que alguien dice, sin omisión, todo lo que le pasa por la cabeza.

No se trata de la hazaña individual de decirlo todo.

Acontece como vértigo sin barandas en el que, de repente, se escucha un común decir hablando solo.


4.

No se trata de escuchar lo que el yo dice, el tú dice o el nosotros decimos, sino de escuchar qué se está diciendo cuando hablamos.

Ni el yo, ni el , ni el nosotros.

El se como potencia impersonal de un común decir.

5.

El vocablo griego parresia se traduce como decirlo todo.

Un habla libre de expresar lo que piensa. Un habla abierta, confiada, audaz, atrevida.

Pero, más que otra cosa, un habla que desafía al poder.


6.

Foucault piensa la idea de parresia en La hermenéutica del sujeto (1981-1982). La retoma en El gobierno de sí y de los otros (1982-1983) y en El coraje de la verdad (1984) También en un seminario que se publica con el título Discurso y verdad (1983).

Escribe Foucault (1983): “En parresia, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del auto-interés y la apatía moral”.

7.

Sinceridades dicen lo que sienten sin reparos ni inhibiciones, sin dobleces ni malicias. No se inclinan por temor a la autoridad ni pretenden convencer.

8.

Judith Butler (2008) en una conferencia que titula Discurso valiente y resistencia traduce parresia como “discurso valiente”.

Subraya que se trata de un habla que dice lo que piensa a pesar del miedo. Advierte que no se trata solo de decir todo, sino de poner en juego todo en el decir, incluso la vida.

Aunque esa valentía para enfrentar al poder político necesita de un concierto: la composición de una acción en común concertada entre cercanías en estado de paridad.

9.

La paridad también se realiza como zozobra y contento.

Muchas veces conversaciones clínicas están por irse a pique. Se trata de circunstancias en las que no se sabe qué pensar. Momentos de silencio ante lo irremediable. Bamboleos callados entre presencias que, no obstante, no se retiran, que siguen estando ahí, aun cuando las palabras naufragan.

La paridad clínica acontece como momento de una común vulnerabilidad, de un común no poder.

10.

Borges (1952) cita a Chesterton para recordar que un “mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos” nunca alcanzará a representar la vida.

Ironía que compara la arbitrariedad de las lenguas que hablamos con sonidos inarticulados de grillos, cigarras, cerdos, abejas, cocodrilos, moscas, gatos, ballenas.

Sin embargo, con esos sonidos arbitrarios de gruñidos y chillidos abrigamos, calmamos, celebramos, criaturas recién nacidas. Sin olvidar que volvemos a nacer otras tantas veces balbuceando porvenires.

La vida se ríe de todas las hablas, pero más de las solitarias.

11.

Muchas conversaciones persuaden, exhortan, recomiendan; en fin: tabican vacíos con mamparas de certezas.

Una zozobra de las conversaciones consiste en la caída de las certezas. Y, sin embargo, sus contentos residen en las incertidumbres que nos hacen hablar, hablar y seguir hablando.

12.

A veces, hablantes solo comunican lo que sienten; otras, conversan para llegar a saber lo que están sintiendo.

13.

Importa, ahora, otro matiz: no tanto el decirlo todo, sino una común pasión en todo decir.

La parresia como habla encarnada y estremecida, trémula y emocionada, que desafía la autoridad de un Amo, a la vez que reta al hablar que solo pretende afirmar lo que ya cree saber.

Una de las zozobras de la conversación adviene tras un abandono sin precauciones. Cuando eso sucede, una tranquila confianza compone su contento.

14.

Conversaciones clínicas interesan como hablas encendidas que se entregan a lo no planeado.

Importan como fugaces esplendores que alumbran momentos de una común sorpresa.

Sorpresa que se topa con imprevistos tropezando o saltando entre palabras.

Sorpresa como soberanía de lo vivo.

Sorpresa como repentina emergencia de un fabuloso cuerpo marino en el continuo movimiento de un océano.

Una de las zozobras de la conversación reside en el asombro ante lo inesperado.

Se dice: “Me encontré diciendo…”. “Las palabras salieron de mi boca”.

Momento de pasmo: irrupción de lo impensado que estremece, perturba, alegra.

Su contento reside en que ese momento recuerda que no habitamos un mundo cerrado.

15.

Una común sorpresa que contrasta con la gesta de la libre asociación personal y la proeza de las ocurrencias solitarias.

Una común sorpresa de ideas libradas al decir que contrasta con la confesión que arranca culpabilidades o inocencias retenidas.

Una común sorpresa desafectada de las relaciones de poder.

16.

Tute (2021) dibuja la escena de un psicoanalista, en su consultorio, sentado en un sillón con las piernas cruzadas que, dirigiéndose a una joven recostada en el diván, dice: “Dígame lo primero que se le cruce por la cabeza”. A lo que la mujer, mirando al techo, responde: “¿Podría ser lo segundo?”.

No se trata de decirlo todo, sino de poder estar toda en el decir. Incluso avisando que algo no se está diciendo. Un común decir que incluye lo que no se puede, no se quiere, no se sabe decir.

17.

Uno de los contentos y zozobras de una conversación reside en el miedo a perder el hilo, en su repentino olvido, en constatar que no hay un hilo.

18.

Tal vez la primera conversación del psicoanálisis antes del psicoanálisis se encuentre en la correspondencia entre Freud y Fliess que se inicia en 1887. Doscientas ochenta y cuatro cartas, a lo largo de diecisiete años, en las que se leen indagaciones, balbuceos, insinuaciones, conjeturas.

Zozobras y contentos de una conversación en la que el amor enciende el deseo de decir.

Deseo de decir pulsado por un saber presentido en las cartas que se mezclan, en las letras que se adelantan, en las esperas que también hablan.

19.

Se conoce poco sobre cómo transcurre el psicoanálisis entre Beckett y Bion.

En una de sus cartas, Beckett cuenta que comienza a sentirse inmovilizado tras la muerte de su padre en 1933. Escribe: “Me aislé más y más, hice menos y menos y me presté a un crescendo de desprecio de los demás y de mí mismo. (...) En todo eso no había nada que me resultara mórbido. El sufrimiento y la soledad y la apatía y las burlas eran los elementos de un índice de superioridad. (...) No fue sino hasta que esa forma de vida, o más bien de negación de la vida, desarrolló esos aterradores síntomas físicos, que dejó de ser posible insistir en la misma, que tomé conciencia de que había algo mórbido en mí”.

El corazón se le acelera, tiembla, suda, siente terror cuando entra en la noche. Pasa los días en una habitación mirando la pared sin hablar ni comer. Un médico sugiere una terapia del inconsciente. La madre ofrece pagarla, Beckett acepta.

Como no hay psicoanalistas en Irlanda, viaja a Londres donde conoce a Bion en la clínica Tavistock. Se analiza durante dos años.

Interesaría saber más sobre esos encuentros. No para curiosear angustias de un joven de veintiocho años ni para considerar conjeturas de un psicoanalista de treinta y siete. Interesaría saber qué ocurrencias brotaron entre confidencias y suposiciones.

No se trata de romantizar una conversación espontánea, inteligente, deslumbrante, entre exquisitas sensibilidades que narraron una época. Entre una voz que unos años después interroga “¿Qué importa quién habla?” y una voz que desde entonces se propuso la práctica de un habla sin memorias y sin deseos individuales.

Interesaría saber cómo hizo Bion para no impedir la conversación. Cómo evitó normalizar ese diálogo. Cómo sorteó impaciencias, patrones morales, consejos resolutivos.

No importa qué dijo Beckett ni qué dijo Bion. Interesa algo que nadie podría relatar: la común demora en la que estuvieron mientras hablaban.

Un respetuoso silencio resguarda ese hervidero.

20.

Si hubiera un alma de la clínica se llamaría demora, morada, entrada en el tiempo: estar presentes en una conversación en la que dialogan todas las memorias.

21.

Otras existencias no interesan como semejanzas o espejos, sino como extrañezas encarnadas, como cálculos escurridizos, como imágenes que fantasmean.

Interesan como citas, llamados, silencios, misterios, ternuras, desconciertos, repentinos vértigos: todo eso que hace sentir que estamos en la vida.

22.

Zozobras de una conversación sobrevienen cuando lo que se está diciendo amenaza lo ya sabido. Pero, justamente, ahí reside el contento de la conversación.

23.

El deseo de conversar, a veces, tiene la misma urgencia que el sexo.

24.

Pavlovsky cautiva relatando historias.

Una vez cuenta algo que leyó o le contaron.

En un encuentro entre amigos, un psicoanalista de Nueva York le pide a Henry Miller que atienda a sus pacientes durante las vacaciones.

El inclasificable autor de los Trópicos, sorprendido, le recuerda que sabe poco sobre psicoanálisis y que no le simpatizan los burgueses freudianos. Pero, el otro insiste. Aclara que solo le pide que escuche con atención y diga lo que piensa.

A la vuelta de las vacaciones, el psicoanalista encuentra que sus pacientes están mucho mejor.

Entonces, propone otro encuentro, para tomar una copa, con el escritor de Sexus, Plexus y Nexus, esta vez para pedirle que lo atienda a él.

Pavlovsky dramatiza esta parte de la historia.

-¿Así que, ahora, querés que te analice?

-Sí, eso te estoy pidiendo.

(Silencio prolongado)

-Está bien… son quinientos dólares…y dejamos por hoy acá (dice poniéndose de pie).

-Pero, Henry, ¿me cobrás y te vas?

-Vos, ¿te querés curar? (mirándolo casi con desdén).

-¡Sí, claro!

-Entonces, comencemos: ¡Tenés que pagar!

(Silencio)

Pavlovsky respira complacido por el remate de la anécdota.

No agrega más. No explica nada. No concluye con una moraleja: entrega lo inconcluso.

Deja pensando.

¿La observación depredadora del escritor, que sabe la lengua del sexo, percibe que el psicoanalista cree más en la seguridad que le da el dinero que en una felicidad literaria?

25.

A veces una conversación prospera con la suspensión de la conversación.

26.

Las sorpresas se urden. Practican la desprevención, la alegría de lo inesperado, la búsqueda de lo accidental.

Pero, ¿quién urde lo que sorprende en una conversación?

El diálogo mismo urde lo inesperado cuando la confianza entre hablantes asiste al momento en que pensamientos y memorias comienzan a pensar y a evocar por su cuenta.

27.

Una de las zozobras de la conversación se llama anticipación: alerta, a veces involuntaria, de hablantes que se adelantan a pensar lo que presienten que se está por decir. Uno de sus contentos reside en las primicias que la vida siempre reserva a lo que se está por decir.

28.

Clínicas practican conversaciones sin persuasión. No tratan de convencer ni de propiciar cambios de opinión o de conductas.

Formas clínicas incitan a comenzar a hablar sin saber lo que se va a decir.

No se desgastan en argumentaciones que pretenden mover montañas.

29.

En Protágoras, una de las obras de Platón, Sócrates tras un encuentro casual con un amigo se dispone a contar el diálogo que tuvo con el gran retórico griego.

Relata que Hipócrates acude para consultarlo sobre su intención de iniciarse como discípulo de Protágoras.

Sócrates, a través de preguntas insidiosas, desalienta ese impulso falto de meditación. Dice: “¿El sofista viene a ser un traficante o un tendero de las mercancías de las que se nutre el alma? A mí, al menos, me parece que es algo así”.

Recomienda, antes, despejar dudas y tomar precauciones. Dice “se necesita cuidar más la compra de enseñanzas que la compra de alimentos”.

Entonces, acepta acompañar a Hipócrates a visitar a Protágoras que está en la ciudad invitado por Calias junto con seguidores que lo veneran, encantados y hechizados por sus palabras.

Al llegar Sócrates le explica a Protágoras el motivo del encuentro.

Así, el anfitrión de Protágoras propone organizar una asamblea en la que Sócrates dialogue ante todos con su gran invitado.

Se inicia una exhibición argumental acerca de si la virtud puede enseñarse o no.

Platón se llena de gusto anotando las intervenciones. En un momento, Sócrates se declara incapacitado de seguir los largos parlamentos de Protágoras que se alargan tanto que los oyentes olvidan las preguntas. Protágoras aduce que tiene derecho a dialogar cómo quiere y Sócrates amaga con retirarse.

Despliegan astucias expositivas, sutilezas, lógicas imperturbables, revelan contradicciones, por momentos se elogian u objetan con ironías y respetos.

El final del diálogo desconcierta: los protagonistas cambian de posición durante la conversación. Protágoras que comienza postulando sin dudar que la virtud puede enseñarse, termina desestimando esa posibilidad; mientras Sócrates que comienza descreyendo en esa afirmación, se va inclinando a admitir que la virtud puede enseñarse.

30.

La persuasión trata de evitar zozobras apelando al poder, a la seducción, a la inducción, al consejo cerrado. La persuasión no duda ni se queda en silencio.

En Protágoras, Platón ironiza sobre el poder de la argumentación. Pone a la vista un diálogo en el que la persuasión actúa como chiste de la conversación.

31.

El arte del convencimiento pone en juego relaciones de poder entre hablantes.

Recordemos el fragmento de Lewis Carroll (1865) en Alicia a través del espejo:

-Cuando yo empleo una palabra -insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso-, significa lo que yo quiero que signifique. Ni más, ni menos.

-La cuestión está en saber -repuso Alicia- si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión está en saber- replicó Humpty Dumpty- quién manda aquí. Eso es todo”.

32.

Zozobras y contentos de una conversación acontecen cuando la magia hablante no está regulada por relaciones de poder.

33.

Edgardo Gili escucha hablar de Sándor Ferenczi, un médico húngaro del círculo estrecho de Freud, a principio de los años sesenta cuando hace su residencia en el servicio que coordina Mauricio Goldenberg.

En ese tiempo, Ferenczi nombra el atrevimiento de interrogar las relaciones de poder en la práctica psicoanalítica. La insolencia de imaginar la posibilidad de una simetría clínica que llama análisis recíproco.

Desde entonces, Gili se interesa por las iniciativas de ese joven socialista de origen judío que sugiere a Freud en 1908 el término contratransferencia.

Gili duda, en esos años, entre comenzar un análisis didáctico o dedicarse a las prácticas grupales y a la salud pública. Elije esto último y la literatura.

En esos años, Edgardo proyecta escribir una obra de teatro basada en la propuesta que Ferenczi hace a Freud de practicar, entre ellos, un psicoanálisis mutuo y alternado.

Se sabe que, a pesar de las insistencias del médico de Budapest, la idea no prosperó.

Sin embargo, en la pieza de Gili, Freud aceptaba la invitación de su amigo diecisiete años menor.

Cuando en 1988 aparece en castellano una edición del Diario Clínico de Ferenczi (1932), busca referencias sobre la ocurrencia de un análisis recíproco.

Edgardo nunca deja de interesarse por la idea, aunque no considera ese intercambio de posiciones, al pie de la letra, en una sesión.

Se divierte imaginando el momento en el que el analista pasa al diván y se pone a asociar cosas de su vida (que considera pertinentes para la ocasión) mientras el paciente escucha desde el sillón.

Sin embargo, estima posible un análisis recíproco entre amigos que practican el psicoanálisis.

Intersecciones entre quienes se ponen a hablar sobre lo que les está pasando en las consultas, en las clases, en la escritura, en los cuerpos que envejecen, en los amores que vuelven, en las casas que dejan, en los sueños.

Cuando Edgardo enferma terminan nuestras conversaciones. El correr de los días le arrebata los pensamientos. De a poco, desaparece la voracidad con que escuchaba y el modo que tenía de esconder los ojos cuando contaba lo que le estaba pasando.

La última vez que lo ayudo a salir, llegamos -con tremenda dificultad- hasta una plaza que está a cien metros de su casa. No emite palabras ni reconoce las cosas. Nos sentamos en un banco. Al rato comienzo a contar lo que me está pasando sin esperar nada. En eso, señala algo y se vuelve a apagar. Quiero creer que indica una flor de ceibo.

Cada vez que extraño esas conversaciones, vuelvo a recordar que señala algo que no alcanzo a distinguir. Muchas veces decido que se trata del mar.

34.

Una de las zozobras de una conversación se llama interrupción: arrebato que corta la continuidad de lo que se está diciendo.

Interrupciones molestan a los monólogos y, a la vez, los salvan.

En otra de las tiras de Tute (2021) se ve a una mujer sentada frente a una tumba con las manos sobre sus rodillas, que dirigiéndose a la lápida, dice: “Extraño que me interrumpas”.

35.

Se lee que recíproco aludía en latín al movimiento de las aguas del mar hacia atrás y hacia adelante. De alguna manera, se transforma con el tiempo para significar una forma de intercambio entre iguales. Aunque en la amistad, en el amor, en la clínica no se cambie una cosa por otra. Se prefiere pensar en momentos de entrega al fluir de un común estar sin jerarquías ni mandos.

36.

De Brasi habla mientras camina. Andar sin rumbo -dice- libera del sopor moral. En estado inmóvil el cuerpo se siente como un error de la razón.

Objeta el supuesto de que un pensamiento tendría que completarse con su reverso, con su parte maldita, con el resto de su división. Considera que un pensamiento interesa cuando “excede de sí mismo hacia todo aquello que abre y no le pertenece”.

Por suerte -agrega- el saber nos llega, de tanto en tanto, como un viento que golpea avanzando de frente cuando nos perdemos en una conversación.


Julio Larraz "Nimrod, La Fuga” 2010 Oil on Canvas 193 x 243

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