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  • Foto del escritorRevista Adynata

Un jacarandá, un cuervo y un adiós / Verónica Scardamaglia

¿Cómo van a convencerme de que la magia no existe?

Wos


Hacer infinitiva la vida, siempre por conjugar.

Juan Carlos De Brasi



Hay finales que despabilan miedos, soledades y angustias.

Hay finales que también desatan recuerdos inasibles, innumerables.

Hay finales que convocan a gratitudes, casi intransmisibles, a generosidades desmesuradas que (quizás) no saben de lo que pudieron, de lo que pueden.


¿Cuánto pueden generosidades?

Pueden transmisiones de otros modos de leer, de escribir, de analizar, de pensar, de vivir. Pueden relevos vitales. Pueden abrir portales a infinitos mundos. Pueden inventar túneles en el tiempo. Pueden entusiasmar hacia lecturas inimaginables. Pueden invocar temblores y conmociones en lugares inusitados. Pueden habilitar lugares de pasaje. Pueden amistades del pensamiento.


Injusto condenar los finales a los límites de un cuerpo, de una fecha, de lo último, del lamento sobre lo que ya no sucederá. Difícil, al mismo tiempo, no desbarrancar (aunque sea un poco) por ahí.

Hay veces que acarrean tanto recuerdo -un carro desbordado de recuerdos- que miradas y sensaciones quedan nubladas y mareadas. Quizás se trate de aquellos pensamientos descalzos, esos que habitan en todo el cuerpo aunque no vayan a la cabeza y se vistan de palabras. Esos presentados por Felisberto Hernández y que clínica del crack up nos acercó alguna vez. Escribe Felisberto: “Cuando los ojos parecen estar ausentes porque su mirada está perdida y porque la inteligencia se ha retirado de ellos por unos instantes y los ha dejado vacíos, y mientras los pensamientos de la cabeza deliberan a puerta cerrada, los pensamientos descalzos suben por el cuerpo y se instalan en los ojos".


¿Serán esos pensamientos los capaces de alojar tamaña pausa?


Quizás finales puedan mecerse entre congojas y gratitudes, en el ir y venir del eco de aquellas ceremonias de las amistades del pensamiento. Bamboleos en los que también acontecen cariños que se bañan en lágrimas y sonrisas al mismo tiempo.

Tal vez algo se aloje al rememorar aquellos duelos de ideas dibujadas en voz alta. Filosas tartamudeces balbuceantes fileteadas por la confianza del conversar. Alegres complicidades pícaras y sabiondas del pensar.


Quizás finales acontezcan para olvidar un poco que allí donde se han podido saborear alegrías, tristezas, injusticias y complicidades, también han anidado fricciones individualistas, vedetismos, competencias patriarcales y miserias humanas (¿sabe lo animal de las miserias?). Leemos en la contratapa de Estar en común sin comunidad (2017): “Con todo eso y a pesar de todo eso, existen textos que se escriben para acurrucarse en la espera de un tiempo en que injusticias y dolores se transformen en ecos lejanos de lo que estamos viviendo hoy”.


Alguna vez, en los desafíos de la crianza, tropecé con un incordio: ¿cómo transmitir el extrañar desgajado del sufrimiento? ¿cómo hacer del extrañar un acto vital aún cuando acune nostalgias, tristezas y, tal vez, dolores? ¿Cómo hacer que active, también, invocaciones y celebraciones al azar de haber estado ahí, justito ahí, en la posibilidad de tramar invenciones, acciones y fuegos -con todo lo que supieron encender-?


Cuervos y jacarandás saben del estar ahí. ¿Sabrán del adiós?



Flor Garduño Árbol de cuervos, 2017 Impresión de pigmentos de archivo 50,8 × 61 cm


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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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