• Revista Adynata

Un regalo de la carrera de Letras / Ori Seccia

El cuerpo táctil dispuesto al asombro: un tiro de dados que se volvió destino. La primer imagen que tengo de ese amor compartido es en el cuarto de una Caufi más joven de lo que ella sabía. La luz de la tarde amarilleaba la pieza a través de la ventana y rebotaba en paredes escritas con fibrón donde gritaban un “Kurt not dead” o “Green Day”. El juego, la conversación fácil se ritmaba con convites de textos que nos gustaban: Caufi me hizo conocer el desasosiego de Pessoa, yo compartía lo poco que había leído de la poesía de Vallejo y ahí, en el medio, como primer cimiento inamovible, nuestro amor por El gran Gatsby. Las dos sabíamos de memoria la última frase del libro, imposible de ser olvidada para quien la leyó; a las dos nos conmovía la relación entre Nick y Gatsby, y ese modo tímido y conciso con el que Nick le declara su fidelidad eterna, algo así como: “You are worth the whole rotten bunch”.

El gran Gatsby es la primer y única novela que releí en mi vida. La leí por primera vez en el secundario, una segunda el año pasado, tras la vuelta de un viaje que hicimos juntas con Caufi, del cual volví con el corazón roto -Fitzgerald diría esto infinitamente mejor, pero no creo que el tono le desagradaría del todo-. Al volver al texto, azorada reencontré todas esas perlitas que fulguran en su prosa, que ya me habían vuelto a enamorar cuando leí Suave es la noche. Es como si la literatura de Fitzgerald se dedicara a narrar lo imperceptible, pero que sin embargo traza un antes y después que, de todos modos, nadie puede marcar con exactitud, pero que sin embargo ya dispone los acontecimientos por venir de manera irreversible. Como en esta escena:


- No sé cómo ocurrió -dijo con voz enronquecida-. No lo sé, no lo sé… Después de morir su madre cuando ella era todavía pequeña, venía todas las mañanas y se metía en mi cama y a veces dormía en mi cama. Me daba mucha pena la pobre niña. Y después, siempre que íbamos a algún sitio en coche o en tren nos teníamos las manos cogidas. Y solíamos decirnos: “Hoy vamos a hacer como si no existiera nadie más en el mundo. Vamos a vivir sólo el uno para el otro. Hoy me perteneces”.

Su voz adquirió un tono desesperadamente sarcástico.

- La gente decía: qué padre e hija tan perfectos. Hasta con lágrimas en los ojos. En realidad, éramos como amantes. Y un día, sin más, nos convertimos en amantes de verdad. Y diez minutos después de que ocurriera me hubiera pegado un tiro. Sólo que debo de ser tan degenerado que no tuve valor para hacerlo.

- ¿Y qué pasó luego? – dijo el doctor Dohmler (…) -. ¿Siguió la cosa?

- ¡Oh no! Ella casi…, pareció enfriarse enseguida. Lo único que decía era: “No te preocupes, no te preocupes, papi. No importa. No te preocupes”.


Estampada contra la hoja ahuesada, las palabras agolpadas imponen una detención, una mueca involuntaria en el rostro. Imposible seguir leyendo, pero Fitzgerald empuja a seguir, como se empuja un trago más incluso cuando tiembla el pulso. “Of course all life is a process of breaking down”; al borde de romperse, rompiéndose siempre, la vida-escritura prosigue, no puede no proseguir. Deleuze, lector brillante de Fitzgerald, al leer El crack-up junto con Guattari se pregunta porqué el tono desesperado. Recuerdo que ese ensayo de Mil mesetas sonaría en mi dos veces, en dos momentos de mi vida donde los senderos se bifurcaron. La pregunta que allí me esperaba decía: “En el amor puede suceder que la línea creadora de uno sea el encarcelamiento del otro. La composición de las líneas, de una línea con otra, incluso si son del mismo género, plantea un problema. No es seguro que dos líneas de fuga sean compatibles, componibles. No es seguro que los cuerpos sin órganos se compongan fácilmente. No es seguro que un amor, o una política lo resista.”

Fitzgerald insiste como diorama de mi vida y sus luces cambiantes. Este año, junto con Caufi, volvimos a El crack-up. La primera vez que lo leí, en aquellos lejanos años de la carrera de letras, fue por su recomendación, e incluso aún tengo una copia impresa que contrabandeó de las facilidades de la oficina donde trabajaba entonces. Esa primera lectura fue un punto de distancia, casi de rechazo. Sin saberlo, me producía la misma distancia que su tono le producía a Deleuze y Guattari: ¿por qué ese tono roto, qué hay en la vida como para doblegarse sin resto a esa figura de perro malidicente? En la segunda lectura, muchos años después, me fue lícito entender lo que aún no se me había revelado.

Una grieta vivida me acerco a Fitzgerald. Ojalá este texto haga circular ese don.


Juan Antonio Cerezuela. La memoria ignífuga. Instalación libros, ceniza. 2019

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