• Revista Adynata

Voces de los cuerpos en pandemia / Walter Vargas

Me propongo pensar en voz alta. ¿De qué modo se hace oír lo silenciado del cuerpo en estos singulares días de discursos anclados en el versus sanidad/enfermedad? Algo pulsaba en mí a la manera de un ruido direccionado. Una rareza, imprecisa como toda rareza, que me llevó unos cuantos días identificar y otros tantos llevar a un plano cognitivo. De un cierto o incierto entendimiento. Lo diré de una vez: me fatiga la demasía que fuerza lo obvio en el intento de convertirlo en lo único. Un palito que pisan los gobernantes, acaso por inevitable, con sostén de sus indispensables asesores y de los medios de comunicación, sean tirios, troyanos, atenienses o espartanos. Es cierto, como bien supo observar Umberto Eco, que más vale distinguir lo urgente de lo importante. Si se incendia la casa, en primer lugar corremos a salvar a la abuela y después intentamos rescatar el cuadro de Cezanne. Pero honrar el punto de urgencia está lejos de suponer que es todo lo que hay en el horizonte. Detrás del altruismo protector y de sus hermeneutas con cámara y micrófono pulsan las tóxicas emanaciones de un discurso biologicista, sanitarista, metálico, punitivo, con algo de falaz y ribetes psicopáticos. Militar por la cuarentena o la anticuarentena es un camino yermo y maniqueo, una eventual verdad de patas cortas. En la pugna de los gobernantes y los que aspiran a ejercer o recuperar esa condición, incluidos los ciudadanos de a pie que adhieren o repelen con tamaño fervor que hasta consienten declinar su constitutiva complejidad humana, se cuecen las habas de lo que no es reducible a un estandarte partidario. Ni siquiera cuando gocen del baluarte de una causa de probada nobleza, de fundamentaciones robustas o de robustos argumentos de autoridad. “Lo dijo tal”. Intento hablar de otra cosa. De la insuficiencia de una narración en la que se entrevé la pretensión de erigirse en más épica que la épica misma. Y a bajo costo. Hay en nosotros los seres humanos una épica genealógica, que en buena medida heredamos de los primates y en otra medida, colosal, fundante, instauramos en el preciso momento que estuvimos en posición de decir “soy un primate”. Somos el único animal consciente de su finitud y el único que sabe que mora en un planeta destinado a desaparecer. Somos, además, la criatura que una vez alumbrada necesita de un mayor tiempo de cuidados para adquirir una norma de comportamiento igual a la de su especie. Somos, en fin, vulnerables por constitución y a la vez batalladores por definición. Narcisistas y un poco pavos por extensión. Hasta aquí hemos llegado y nada indica que declinaremos el persistir. Tenemos, no le he repuesto hasta aquí, dos enormes soportes: el deseo y la homeostasis, en el orden que se prefiera. El deseo es eso que a grandes trazos damos en llamar “ganas de vivir”, o más aún, ganas de tener ganas de vivir. La homeostasis refiere la capacidad de adaptación del organismo, de regularse, de mantener una constancia, de reponer un equilibrio. Después de un cierto tiempo, un esquimal es capaz de jugar un picadito de cinco contra cinco en Ipanema. Y lo más campante. Y viceversa: dale un tiempo a un carioca y terminar por ganar el campeonato regional de pescadores de cangrejos en Alaska. Tales, más otros valores, sostienen per se una cierta épica que en circunstancias así de inéditas recibe de buen grado –y constará que prescindo de la ironía- vigorosos suministros de arengas motivadoras y juramentaciones. El pueblo quiere saber de qué se trata deviene el pueblo quiere saber que no lo abandonan. Bienvenido, pues, en un contexto acuciante, un cierto tono arropador. Declino encandilarme con la contemplación de mi ombligo y resueno con los millones y millones y millones que precisan de un modo específico e indelegable la proclama del mandatarius. Pero un cierto tono: nunca la totalización de lo no totalizante. Pero jamás, jamás, al punto de que funcionarios y galenos expertos en epidemias logren inocular sin obstáculos arengas en plan motivador sanmartiniano (la gesta de la distancia social), o en clave de sala celeste y sala rosa de jardín de infantes, sazonadas con grageas de “bancate el apocalipsis y sin chistar”. Pues no: así como no asistimos a un apocalipsis tampoco debe preponderar la banalización de las huellas que las razones de fuerza mayor imprimen en los cuerpos. Los dolores que pulsan en los cuerpos están lejos, muy lejos de reducirse, como escuché hace unos días a un conspicuo e indispensable buque insignia de la patria infectológica, a la privación del “asadito, la fiesta, la reunión”. Tampoco, como coligió un bien intencionado funcionario, tal vez algo ñoño, las privaciones más sentidas por el cuerpo se remiten al imperativo del deseo sexual. Qué va. Las criaturas humanas disponemos del potencial horizonte de copular ocho horas al día, proveernos disfrute epicúreo cada tanto, poco o nunca. La erótica en su sentido más amplio, vibrátil, filial, fraternal, en un orden que no fuere necesariamente el fijado por la desembocadura genital, tampoco es reducible al mínimo, vital y móvil del abrazar y ser abrazado, aunque ahí ya tengamos todo un mundo y por cierto volveré a ese punto. Hay algo de lo cotidiano, de lo que por dado aparenta superficialidad, cuando no irrelevancia, que supone una nutricia savia ausente en la cosmovisión sanitarista: la proximidad inmanente al ser social. La conversación casual y banal, el roce, el guiño: la mirada. En la selva gregaria, el valor de la mirada jamás podrá ser suplido por la imposición de la aséptica distancia, por más loable que sean los mandatos de la salubridad perentoria, de la muralla virtual, de la detección del otro (es decir, de un igual de diferente envase, con diferentes filiaciones y distinciones) como el enemigo a mantener a raya o el prójimo a ser resguardado por mi propia distancia edulcorada. Una suerte de providencial fobia bondadosa. Digo mirar, no digo ver, aunque el ver sea condición del mirar. Ver es la mera facultad de percibir algo con la vista, pero el mirar comporta también la extraterritorialidad del globo ocular, sus lindes, sus periferias, sus enlaces, sus destellos: su franqueza inherente, primordial. No hay cara desnuda sin mirada. No hay verdadera mirada sin la cara descubierta. No hay encuentro posible sin caras descubiertas que buenamente se compartan. No hay genuino compartir sin el aire libre común, sin el común reconocerse contiguo, vecino, afín. Común: lo que sin ser de nadie es de todos. No hay soporte posible del ser social –es decir, su tácita vocación de preservar su condición de ser en sí y de ser con otros, por otros, con otros y, por qué no, en otros- sin el esperanzador horizonte de un terror puesto en retirada. Cuidado con la palabra santa de los baqueanos en órganos y analfabetos de los cuerpos. Los que explican el fruto por el fertilizante. Los que naturalizan lo pavoroso y lo ofrecen cual caramelo de frutillas. Cuidado con la psicopatía de blandir la literal amenaza de la muerte como pretensión de clausura de toda ventana simbólica. Resistir es también resistir la promoción de los automatismos como única expresión de lo vivo. Afrontar la pandemia con alegría es lo contrario de postrarse livianamente ante la adulteración de sentidos y rebajar el valor de lo irreductible. Al mustio patetismo de un saludo con el codo, vaya la dignidad de un alegórico abrazo más real que la propia realidad.


Martin Creed Trabajo No. 370 Pelotas, 2004

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