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  • El regreso a las clases presenciales ¿el mal menor? / Laura Fumagalli

    Hoy por la mañana caminaba por una calle del Barrio de Belgrano de la Ciudad de Buenos Aires. Al pasar frente a una escuela privada vi unas aulas que dan a la calle funcionando en el subsuelo, con ventanas que daban al nivel de la vereda. Dos ventanas no muy grandes abiertas y sin iluminación natural en plena mañana. Unos 10 alumnos en total. Encerrados en un subsuelo en un edifico probablemente no pensado para ser una escuela. Tres nenas me miraron cuando me paré en la primera ventana. Perdón seño, pero las distraje… la maestra hablando. Todos sentados como momias. Cuando pasé por la segunda ventana,las mismas tres me seguían mirando… Pensé ¿será este un caso excepcional? ¿Habrá en este contexto de enseñanza presencial bajo protocolo, otras clases presenciales donde la situación de interacción entre pares y con el saber sea diferente? El retorno a las clases presenciales en nuestro país ha generado un cúmulo de emociones y opiniones encontradas. Incluso yo que planteo ciertos reparos al retorno en este contexto epidemiológico, me sentí emocionada el día que se produjo la reapertura de las escuelas. Sin embargo, esa emoción sustentada en el valor que le asigno a la educación escolar no alcanza a despejar mis dudas sobre los beneficios de volver a la presencialidad ahora. Sabemos que no hay pruebas concluyentes sobre los efectos de la reapertura de las escuelas en la expansión del contagio. Insisto: no hay pruebas concluyentes. Pero es un hecho constatado, que la apertura de las escuelas aumenta la circulación de gente y tenemos certeza de que el aumento de la circulación de gente propicia la circulación comunitaria del virus. Por ello, las medidas de cuarentena tomadas en la inmensa mayoría de los países y el cierre de establecimientos escolares en ciertos contextos epidemiológicos. Es necesario tener en cuenta que en nuestro país no hay sistemas públicos de traslado escolar. Ir a la escuela y volver de la escuela al hogar es un tema que se resuelve y se sostiene de modo privado. Algunos pueden llevar a sus hijos en sus autos, otros pagan transportes privados, otros emplean el transporte público haciendo uso de los boletos escolares con tarifa reducida. Sabemos que los medios de transporte son un lugar de contagio de riesgo alto sobre todo si hay hacinamiento como ocurre en muchos lugares de nuestro país. Solo basta mirar cómo van cargados los colectivos en este momento…. No obstante, se ha tomado la decisión de abrir las escuelas asumiendo el riesgo de aumentar la circulación comunitaria del virus. La decisión del retorno cuidado a las clases presenciales se sostuvo en variados argumentos, pero dos preponderan: uno es el efecto psicosocial negativo que la falta de contacto entre pares tiene en niños, adolescentes y jóvenes. El otro es el efecto negativo que la falta de clases presenciales tiene en el acceso a la educación escolar y en el aprendizaje. También, se argumentó que la brecha digital y la falta de conectividad dejaron a muchos fuera de la educación escolar profundizando la desigualdad en el acceso. Todos estos argumentos son valederos y atendibles. Sin embargo, no creo que la reapertura de las escuelas en este contexto epidemiológico logre subsanar los efectos negativos antes señalados. No cabe duda de que el regreso cuidado a las clases presenciales requiere del cumplimiento de las pautas de comportamiento descritas en los protocolos de bioseguridad. En el imaginario colectivo esos protocolos se presentan como garantes del no contagio. Sin embargo, solo son herramientas para mitigar el riesgo del contagio dentro de la escuela. El riesgo baja en la medida en que se cumple de modo estricto con las pautas de bioseguridad. Los protocolos elaborados en nuestro país siguen las orientaciones planteadas por diversos organismos internacionales. De ser aplicable la totalidad de sus pautas, funcionarían como una herramienta útil para el regreso cuidado a las clases presenciales. Pero sabemos que los mejores protocolos de bioseguridad pueden resultar inaplicables en ciertos contextos escolares. Me pregunto, ¿cuán seguras desde el punto de vista infraestructural eran nuestras escuelas antes de la pandemia? ¿Cuántos establecimientos escolares funcionan en edificios no construidos como escuelas? ¿En qué medida podremos garantizar en un sistema educativo como el nuestro segmentado y desigual un regreso cuidado? ¿Seremos estrictos en el cumplimiento de los protocolos o pasaremos por alto algunas de sus pautas? Y aquí es donde quedamos encerrados en una situación paradojal. Cumplir el protocolo mitiga el riesgo de contagio, pero a la vez, ese cumplimiento supone una modalidad de vínculo en el seno de la comunidad escolar que lesiona las posibilidades de encuentro entre sujetos, cuerpos, voces en vivo y en directo, que la modalidad presencial se supone puede brindar. Así, la interacción entre pares, una de las pérdidas asociadas a la virtualidad, en la enseñanza bajo protocolo se torna un simulacro: alumnos y alumnas sentados como petrificados, escuchando al docente. Aulas sin bullicio, sin risas, sin susurros a escondidas para que no escuche la seño. Aulas que meten miedo. Docentes astronautas desplegando estrategias de enseñanza protocolizadas que rememoran lo peor de la enseñanza tradicional. Quizás algunos docentes se encuentren felices en este nuevo escenario, pero otros, los más inquietos, seguramente lo estén sufriendo. De ello derivamos qué puede suceder en términos de aprendizaje. ¿Resultarán estas clases presenciales de pedagogía protocolizada más eficaces que las virtuales en términos de apropiación de saberes? No lo sé. Me permito al menos plantearme la duda. Quedar encerrados en esta situación paradojal es sin dudas el mal menor frente a la posibilidad de expandir el contagio asociada a una no aplicación de los protocolos. Quizás podría haberse esperado a avanzar en el plan de vacunación para reabrir las escuelas. Los grupos familiares ampliados que conviven con adultos mayores estarían más tranquilos. No se juega el destino de la Patria en la no asistencia a estas clases presenciales protocolizadas. Tampoco se acrecienta el rezago escolar por esperar unos meses más. ¿Quién puede afirmar con rigor científico que lo que no se aprendió en un año escolar no puede aprenderse luego en menos tiempo?¿Quién puede afirmar sobre la base de evidencia empírica que las clases virtuales fueron un fracaso en términos de aprendizaje?¿O que se aprendió menos en estas clases que concurriendo a la escuela? Intuyo que cumplir con la rutina de ir a la escuela en este contexto responde más a exigencias de la organización familiar (difíciles de postergar) asociadas a la reactivación de la actividad económica, que a la necesidad de brindar la oportunidad de encuentro entre pares y de aprender saberes relevantes. Ambas necesidades en el contexto actual se encuentras atrapadas en la paradoja de aplicar el protocolo de bioseguridad. Ir a la escuela hoy puede nutrir la ilusión de retorno a un tiempo pasado. Un pasado que no volverá, para bien o para mal según sea la perspectiva desde donde se lo mire. No olvidemos que la garantizar la presencialidad en muchas regiones de nuestro país es más un deseo que una realidad. Barreras geográficas, ausentismo del alumnado y del plantel docente, falta de escuelas, e incluso falta de docentes en determinadas áreas del saber y en determinadas regiones, impiden el cumplimiento efectivo de los 180 de clases presenciales desde mucho tiempo antes que la pandemia fuera declarada. Por ello, el diseño de un nuevo sistema de enseñanza escolar que combine de diverso modo la virtualidad con la presencialidad según diversas variables (nivel educativo, modalidad, localización geográfica, tipo de saber a enseñar, entre otras) se presenta hoy como un imperativo para garantizar desde el Estado el ejercicio pleno del derecho a la educación escolar. En cualquier caso,ese nuevo sistema de enseñanza -que hoy algunos denominan híbrido, mixto, combinado, semipresencial- tendría que tener como horizonte la emergencia de una educación escolar más inclusiva, igualitaria y más justa. Tres objetivos hasta el momento no cumplidos ni en la virtualidad ni en la presencialidad. *Profesora de nivel inicial y de escuela primaria, Licenciada en educación, Magister en educación y sociedad, Doctora en ciencias sociales. Ex investigadora de área de educación de FLACSO Argentina, ex funcionaria del ministerio de educación de la Nación, Ex miembro staff del IIPE UNESCO Bs As.

  • Sin protocolos / Verónica Scardamaglia

    Pandemia obligó, casi sin márgenes[i], a otros modos de cursar en la cátedra gruposdos de la facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, espacio que nos encuentra en el desafío no sólo de seguir pensando[ii] sino además de marcar ese espacio sin la presencia de eso que solía habitar las aulas que conocimos hasta 2020. Resuena y se transforma aquella pregunta que abría otras cursadas: “¿Grupos Dos se compone como ensamble de estudiantes, docentes, profesoras y profesores, amigas y amigos, que cursan la asignatura siempre por primera vez[iii]?“ (2015) Ya en ocasión del inicio de los teóricos en el aula 14 con la instalación “Las a(u)las del deseo” (primera curaduría de V. Nicolás Koralsky) intentábamos hacer presente lo que acontece en las aulas: “La experiencia requiere tener presente en todo momento (especialmente en los que participan de la organización) la condición de simultaneidad. Se apunta a que ocurran simultáneamente diversas situaciones: escritos, palabras dichas, conversaciones, mensajes en los celulares, imágenes, lecturas acompañantes por micrófono. Todo lo que sigue no debe entenderse como consecutivo sino como producción en simultaneidad.” En una crónica posterior a aquella instalación, un testigo que da su presencia escribía: “Una voz irrumpe: La cátedra Teoría y Técnica de Grupos II te invita a participar de la convocatoria “Las a(u)las del deseo”. Todo el que quiera podrá escribir o dibujar, sobre cada hoja, aquellos deseos que no suelen entrar en las aulas. Otra voz: No tengo ningún deseo en esta aula. Mi mayor deseo es no exponerme. Lo único que quiero es que me digan qué tengo que leer para el primer parcial. Siento vergüenza. No me gustan los grupos. No quiero hablar con nadie. Vine a escuchar contenidos teóricos y no a jugar, dibujar o escribir estupideces. (…) Un árbol lleno de deseos se desprende de una pared, cae y abraza a un hombre. Un docente sonríe, saluda, agradece y calla. Una película termina en un instante preciso. Un ruido se pone de pie y se retira, atraviesa una puerta y se multiplica en el eco de un pasillo. Un cuaderno que dice: Cátedra Grupos II, Teórico I, 31/03/10 se va, vacío, al no poder ahijar un murmullo”. Gruposdos acumula la experiencia de tres cuatrimestres de cursada virtual en pandemia. Cursar de modo virtual una materia implica seguir pensando y volver a pensar cómo conectarse. El 2020 nos abismó a implementar formas pedagógicas exclusivamente virtuales, no ensayadas en el sentido de lo exclusivo, aunque en estado de preparación en cuanto al salirse del curso habitual de lo instituido del dar clases. “(…) Pensar supone trabajar en contra de los automatismos de la espontaneidad, desgarrar las buenas intenciones, los buenos sentimientos, liberando el dolor de lo que no sabemos, la inquietud apasionada no de la falta sino del no faltar a la cita, al desafío, al momento preciso de tomar posición. ¿Qué estamos discutiendo en la Facultad al proponer lo que proponemos? (…) Dar clase es soportar una inseguridad fatal, una consistencia hecha de inconsistencias meditadas. No se trata de ser una cátedra especial o la mejor cátedra de toda la facultad, sino de decir lo que pensamos y corrernos a un lado: no iremos delante de nadie.” Se escribía en el Manifiesto tras la evaluación del 2011. Seguimos insistiendo en organizarnos en torno a lecturas imprescindibles y lecturas acompañantes a las que, ahora, sumamos lo que traen los dispositivos virtuales. Comodidades, incomodidades que han puesto de relieve que lo que sucedía en aquellas aulas reales no podemos trasponerlo a lo que permite y no permite lo virtual. En este sentido, seguimos considerando necesarias y no obligatorias las formas de estar y hacerse presente -prendiendo o no la cámara (aunque que no se reduzca a ello)-. Ocupar el lugar docente algunas veces implica, como gesto clínico, no solo dejarse incomodar sino acompañar derivas que hacen/ inventan lugares, modos de estar como se presentaba gruposdos en 2017 “No se trata de dañar ni lastimar suavidades que desean aprobar una materia más, pero (a la vez) no se pueda estudiar sin sentir una especie de dolor o incomodidad.” Seguimos insistiendo en que lo imperativo no pase por lo definitivo sino por trabajar las acciones infinitivas: saber, estar, leer, pensar en la facultad. “(…) textos, buscan lectores. Esperan otros encuentros, nuevas lenguas. Porque no se conforma la lectura con lo que se lee, estos textos piden ser provocados con otros, por otros, reclaman un habla de comentario. La propuesta consiste en leer, como opción de elegir, discernir, preferir. Y escribir, componer- inscribir, como tentativa de pensar. No hay preguntas que acompañen cada fragmento; éstas se dibujan entre los intersticios, asoman en lo no escrito, moran en las que cada uno de Uds. porta, retornan, tal vez, en aquellas otras consideradas y debatidas en clases. Evanescentes, se escurrirán o nacerán, en el diálogo posible que texto y lector, entablen. O no.” proponían en 2012, en la sede San Isidro, las consignas para un parcial. Este cuatrimestre, tal vez, nos encuentre más en harapos que hace tiempo, quizás todavía algunas señas insistan: “Se trata de la invención de estados de grupo propicios para la lectura. Movimientos asociativos en simultaneidad dispersiva. ¿Cómo se inventa algo así? No se inventa, se tienta la posibilidad. Se llama a la invención como se llama a una vocación o disponibilidad. Se trata de un llamado a las condiciones que impulsan la posibilidad.”[iv] La vida sigue transcurriendo y tantas veces, lo clínico deja de atender que sigue ahí la fuerza, insistente e incapturable, de lo misterioso y del azar. Y este cuatrimestre, mezcladas con ello, entre los revolcones que nos damos discutiendo y viendo qué hacer con obediencias y cuidados, algo pulsa recordándonos que al borde del apocalipsis –se haga presente o no- conviene seguir intentando hacer lo que nos dé ganas/lo que nos dé la gana, en el desafío de hacer relevo a conceptos, ideas, autores que desmarcan tradiciones y legados, marcando recorridos posibles[v]. Un mensaje al futuro nos llega desde los presagios de un segundo cuatrimestre, allá por 2016: “¿Cómo actúan las reglas y procedimientos que producen lo que nos piensa? ¿Cómo la obligación (y su contracara, la trampa) gobiernan el presente? En la obligación no reside el mal: provee estados de sujeción y dominación que amparan (cierto, a veces ahogando). La voz portuguesa obrigado sirve para agradecer. Si la gratitud no queda capturada por la alabanza, detona gustos: entre ellos, el que tienta otros sabores, en tiempos venideros.” Ya, alguna vez, necesitamos un mínimo glosario y algunas señales sin harapos que se leían en aquellas hojas[vi] que oficiaron de pista, en las que se advertía que “El cuidado puede estar gobernado por el miedo y por el don.” En ellas se afirmaba también que “La universidad guarda la triste y desencantada historia de lo ya pensado. La universidad aloja la posibilidad del centelleo de pensamientos inesperados.” Ya, alguna otra vez, se afirmaba “Una vez más, en una cátedra que sigue sin llamados a concursos docentes, comienza la cursada con una invocación al deseo”, en aquel momento la historia de gruposdos enraizaba en lo que pretendía de nosotrxs estancias en común “La historia de una cátedra, una materia, una asignatura, una banda de desclasados (o como se llame), se entrevé en la historia de los libros que la pretendieron. (...) La locura de las lecturas bíblicas vibra en la desquicia ilustrada de las universidades o sociedades del conocimiento. Si la conquista no se piensa como tomar posesión por la fuerza, el miedo o la inercia de un territorio, ¿se podría pensar como un estado amante, como un estado de la amistad, como conquista de la potencia de pensar, del deseo de abrazar sin capturar?”. ¿Qué conexiones y estados pretenderá Esquirlas pliegues de la peste en este primer cuatrimestre del 2021? ¿Qué vacunas y efectos secundarios? ¿Qué nuevos protocolos? Si ya -antes de ahora- quedábamos en jaque y (s)urgían ciertas preguntas: “¿Cómo se recorre una asignatura que no va desde un punto a otro? ¿Una materia que se desvía de los rumbos trazados siguiendo impulsos de los tiempos que se viven? ¿Cómo se recorre una extensión que presenta derivaciones continuas?” en este primer cuatrimestre del 2021 no queda más que recorrer “La pandemia de los grupos. Punteo para pensar una cursada centrada en una común inmunidad” y ver qué pasa. Entre tanteos y viviendo en las preguntas. Aún con la extrañeza y el dolor de lo vivido y en la incertidumbre de lo por vivir, buscando la ilusión de lo previsible de un común cronograma del que agarrarnos en lo imprevisible de esta peste. Otro mensaje nos llega en la escritura que alguna vez nos convidó Patricia Mercado: “Ir a dar a un aula como a una contraseña. Ir a dar a un lugar para el ímpetu de los propósitos. Claustro de la lengua materna, el abrigo de un alfabeto que nos exima del silencio. Fragor del Nosotros Esto. Ellos, aquello y lo otro. Este cuatrimestre todos, otros, algunos, incontables, fuimos a dar al aula 40. Como si esa coincidencia alcanzara para encontrar el rastro. Como si cuarenta fueran las cosas que buscamos. Uno, la lengua Dos, el amor Tres, el claustro. Y treinta y pico más, cualquiera, objetos en un bazar infinito de trastos inservibles. 40, el aula. Como si esa intersección abrigara una seña. Provisión mínima, de esas que dan de comer al fuego. Teníamos., ése día, tenemos, todavía, las barajas de textos, ideas, quehaceres varios. El talismán de un par de libros. Darnos el saludo. Darnos la espalda. Darnos respetuosamente una proximidad incómoda. Cartas marcadas de una partida insulsa. Salvo que de a poco, de repente, nos den ganas. Darnos ganas de. De a poco, de repente, Una cursada. Uno, lengua, no La. Dos, amores.” Últimos días del verano 2021 [i] “Se nos da un margen para poder dar rienda libre a nuestros pensamientos, pero nos cuesta tanto, que a veces decidimos mantenernos al margen. Tal vez por pensar que lo que pensamos no es “pertinente”. “¿A quién le va a importar?”, “¿Para qué?”, “¡Mirá si digo ‘cualquier cosa’!” “Esto no tiene nada que ver…”, “¿Cómo voy a opinar? Si hablan de Deleuze y Guattari y no tengo idea de quién es, ¿es uno o son dos? ¿o es una comida china?”, “¿Y si me equivoco?” Se propone que en los textos escribamos en los márgenes, en esos espacios que quedan en blanco. Esos espacios vacíos, silenciosos y, a veces, silenciados. Escribir al margen puede ser escribir la propia lectura. Es mezclarse con lo que pasa desapercibido, es cuestionar el texto, cada palabra. ¿En qué época escribió? ¿A quién va dirigido? ¿Para quién escribe? ¿A quién margina? ¿Qué dice? ¿Qué puedo decir?" posteaba el 22 de abril de 2010 a las 4:27 am en la red ning Ro Feltrez. En ese chat, comentaba Baltazar Santamaría: “Me quedé pensando en la metáfora del margen. Cuando se piensa al margen, cuando se echa el pensamiento fuera del cubilete de los dados ¿estaremos fuera del fascismo del lenguaje? Imagino una hoja rayada numero 3: Distingo el margen porque es más estrecho que el cuerpo de la hoja. Lo hicieron más estrecho porque no lo hicieron para escribir. Pero el tema es que si uno lo desea puede hacerlo (salvo en los tres agujeros donde van los ganchos.) Es verdad que la hoja ya está escrita: que uno pude mal que mal escribir en los espacios que hay entre palabra y palabra, entre letra y letra, pero que en definitiva la arquitectura del escrito nos indica por donde debemos circular. En cambio en el margen uno puede escribir un "No" y negar todo un renglón de la hoja, completito, o también escribir algo completamente nuevo. Es un espacio que nadie concibió para que usemos, pero que podemos usar. Supongo que el lenguaje tiene esos espacios. " Y Gabriela Cardaci acercaba un fragmento de Onetti para seguir pensando los pensamientos al márgen: En Juntacadáveres, (1964), de Juan Carlos Onetti, Jorge, un joven escritor de dieciséis años piensa, mientras conversa en el bar de Santa María con el viejo Lanza (corrector del diario El Liberal, fundado por el abuelo de Jorge y dirigido por su padre), lo que el hijo de Carta al padre podría decir, no dice, nos hace decir: “Nada, ningún recurso sirve; sé que voy a morir joven, candoroso, ignorante, sin comprender. La vida que importa es la de los mayores y nada tiene que ver conmigo; si algunas veces consigo moverme allí sin incomodidad, casi convincente, es a fuerza de memoria, de imitación, de copiar actitudes, cuyo sentido profundo me es imposible fraguar (...) Yo sólo quiero cosas, novedades concretas, absurdos que me hagan distinto; quiero que me miren, quiero ser el escándalo, quiero que les sea imposible confundirme con ellos mismos, tenerme y pensarme como un igual. No me interesa un pasado, el mañana es siempre territorio ajeno. Tiene que ser ahora, cada vez ahora y en seguida. Sólo me gustan las palabras cuando se convierten en cosas; todas estas palabras del viejo Lanza, todas las del padre, las del Colegio, los amigos, casi todas las que escucho son blandas como babas, caen, golpean, brillan, se secan y no están más. También yo las digo y me desgasto diciéndolas y las babas ajenas y las propias sólo sirven para gastarme. Gastan mi tiempo; mi tiempo en soledad y en silencio, no existe, no se gasta”. «Pero, además, aparte, y siempre que yo pudiera aceptar este juego, esta vida que ellos inventaron, me gustaría también tener un pasado como un espacio vacío y llenarlo con algunos momentos del campo en mi infancia; con aquel Padre, aquella Madre que no tienen parentesco con los de ahora, con Federico y un caballo, el olor de animales muertos, mi envidia y mi orgullo al mirar a Federico. Esa superficie de tierra para mi pasado, ese amor al campo que disimulo y nadie sospecha”. [ii] Planteaba Raquel Bozzolo en el 2do Encuentro de pensamiento de cátedra, en agosto de 2010 “Pensar problemas no quiere decir resolver problemas sino tirar algunas líneas para continuar un recorrido de pensamiento… una deriva, que vaya armando mojones (conceptos) para proseguir el camino sumando otros compañeros de ruta, con encuentros permanentes u ocasionales…” [iii] Quizás esto pueda desplazarse a una versión punk (y no dramática) que invitaría a cursar –vivir, amar- siempre como si se tratase de la última vez, en pos de disfrutar con la fuerza del estar ahí. [iv] Señas para andar en harapos. Segundo cuatrimestre 2014. [v] Se lee en el epílogo al libro querido, “Ensayo sobre el pensamiento sutil. La cuestión de la causalidad. La causalidad en cuestión” (2013), De Brasi: esparcidor de pistas: Hay quienes reciben herencias y quienes se pasan la vida esperando o lamentando lo que nunca les llega, están los que dilapidan lo recibido o lo trabajan para conservarlo y acrecentarlo; también hay, entre los que no reciben fortunas, quienes inventan herencias. Escribe De Brasi: “Y creo que es necesario diferenciar claramente entre ‘precedentes’ y ‘padres precursores’. Los primeros modulan el pasado como lo que no acaba de pasar, de ahí que siempre estarán por venir, es decir: en cuanto sean trabajados como precedentes, en caso contrario serán meros antecedentes para un archivo. Los precedentes ofrendan una liviana orfandad, la tarea de ser padre de uno mismo. Los padres precursores, en cambio, han fundado las líneas, sólo dentro de las cuales el futuro es posible. Por eso sus hijos están siempre predestinados para… o destinados a… ser reabsorbidos en ellos, a precursarlos constantemente y a desempeñar la tarea de los héroes o de los ‘number one’, que, irónicamente, forman una verdadera masificación de ‘números uno’”- Una de las mayores sutilezas del don de la paternidad es no impedir que los hijos sean padres de sí mismos. La causalidad tiene debilidad por las relaciones de apropiación, mientras la determinación es sensible ante cualquier forma de posesión. [vi] 1. Hoja de fuga para estados de persecución. 2. Hoja de persecución de lo que vive en fuga. 3. Hoja de lecturas: ¿qué persigue la fuga?, 2015.

  • Paramos el mundo / Veroka Velásquez Ulloa

    #8M #Paramoselmundo Paramos el mundo por que el peligro no es el virus, el peligro es esta humanidad. Paramos el mundo porque en lo va del año van 66 femicidios, y solo contamos con las redes que supimos tejer. Paramos el mundo contra toda violencia, todo racismo. Paramos el mundo porque no nos bancamos más: ni el patriarcado, ni el capitalismo, ni el extractivismo, ni todos estos modelos disfrazados de progresismo e inclusión. ¿Progresismo para quién, para qué, hacia dónde? ¿Inclusión a dónde, con quienes? ¿Dónde creen que no estamos? ¿Qué les hizo pensar que estaríamos felices incluides en este sistema hipócrita, lleno de avaricias, donde no importa la vida? No queremos las migajas del estado, lo queremos todo. Paramos el mundo para que esa frenada en seco arranque de nuestras pieles las miradas de lesbofobia , transfobia , homofobia, gordofobia, misoginia , y cuantas miradas afiladas que en su momento supieron dañar. Paramos el mundo para conspirar uno nuevo. Paramos el mundo por la conquista del amor, Pero del propio. Paramos el mundo para no caer en la trampa de la confortabilidad. Paramos el mundo para que nuestro abrazo llegue a todas las compañerxs privadas de su libertad por ser mujeres, por ser trans y sobre todo por ser pobres, que llegue también a las mujeres originarias que viven en lucha por defender la tierra y su identidad. Paramos el mundo porque lo tenemos que hacer de nuevo. Paramos el mundo porque lo necesitamos y nos necesitamos juntes, en la calle y abrazades. Paramos el mundo por qué podemos hacerlo cuando nos ponemos de acuerdo. 8M. Nada que festejar, la lucha sigue. Paramos el mundo, Veroka Velásquez Ulloa 2021

  • Volvieron / Camila Milagros Hoyo Veigas

    No soy peronista pero la alegría peronista de mis compañeras peronistas me contagia mis amigas con les amigues de les vecines y los autos que desaforados tocaban bocinas se habrán quedado afónicos. Yo no soy peronista no creo en el régimen en nadie ni en nada, ya pero viste la muchedumbre contentísima porque se iba el neoliberalismo? Las señoras viejas, maestras de añares, les xadres e H.I.J.O.S las marikas!! Viste cómo bailaban las marikas? Con qué desobediencia y alegría habrán perreado la cumbia, el vino brishos, los Néstor, todo eso que les hace feliz la bandera, los carteles de cartones y letra a mano, Cristina que te necesitamos, que te queremos Cristina, Chau Macri, que no fue magia. gracias a Eva a mi vieja y a la jefa El peronismo es el opio pero cuánto vale la alegría en los ojos, en los dientes, y en las manos y panzas de todes elles? Esa necesidad de respirar porque volvió el alma yo la entiendo. Están felices. Macri habrá formado a más peronistas que el propio Perón. Les muchaches anoche eran un jolgorio. Y ante toda esa energía colectiva, yo, no peronista siento una empatía que me desborda sobretodo porque no soy peronista pero tampoco una forra y el pueblo en la calle siempre es bien recibido para festejos. Aunque también, peronistas, peronches de entre los márgenes: que nadie les diga nunca más que no salgan a las calles, cuando tengamos que protegernos de las balas del hambre o de todo estemos todes en marcha como estuvieron ayer. Marquenle la cancha a la derecha patriarca que tienen adentro Manden bien a la mierda a todos esos viejos rancios que derramaron sangre pobre, originaria y obrera. Y por otro lado, que dicha que hayan vuelto ustedes no Alberto, ustedes, volvieron al gobierno. No se olviden de las calles, Wachis no se olviden. *publicado en Rota. El grito de una resieliente. Capuchas ediciones, Buenos Aires, 2019

  • Pearl / Paula Jiménez España

    Cuando suena Move over tomo sol en la terraza, bajo mi espalda hierve la membrana plateada impermeable y el verano y el aceite Johnson me calcinan la piel. Cuando suena Move over me pregunto cuántas cosas podré hacer en esta vida y concluyo que todas. Estoy despierta, pero el mundo duerme su antigua siesta y en un zaguán Basil, el palestino, me da un beso. Su lengua asoma femínea y delicada entre los pelos negros de la barba cuando suena Move over. Pero una chica como yo – y él no lo sabe- hubiera muerto por besar a Jannis Joplin entrando a la cabina de un estudio con manos anilladas y vibrando a capella Summertime. Los platillos redoblan las campanas porque ella sigue ardiendo y nunca ardió más que cantándome Move over en mis auriculares. La música es un río que esta tarde desemboca en su boca que es el cuadro de Munch y los golpes de bata alejan cualquier pasado, con excepción del suyo. Y al sonar de Move over, Janis Joplin tiene los ojos de mi amiga Carolina, ocultos bajo lentes redondos y dorados y el pelo revuelto y abundante. me mira con el verde de esos iris que atraviesan los vidrios me mira con la fuerza concentrada de ese verde muriendo en su esplendor como el amor mientras suena Move over. *Publicado en El corazón de los otros, 2015. Tabaquería libros, México

  • Mariquita Sánchez / Paula Jiménez España

    Sargento – (…) ¡Saludad las revoluciones anónimas: ellas son los verdaderos triunfos de la libertad! Juan B. Alberdi Esperaba a Vicente a las cinco, pero eran las cuatro de la tarde cuando tocaron la puerta. Le pedí a mi criada que abriera y que, sin abandonar la amabilidad, fuera lo más expeditiva posible con la inesperada visita. – ¿Se encuentra la Señorita Mariquita? – preguntó una voz desconocida – La están bañando – contestó Erminda – ¡Oh!- exclamó, segura de haber importunado – Yo soy Lucía Thompson, la luthiere. Vine a calibrar el piano ¿son las cuatro, verdad? Habíamos convenido este horario, usted dirá ¿espero o vuelvo después? – Vuelva des… – ¡Qué se quede! – la interrumpí a los gritos desde la bacha. Con todos los preparativos, me había olvidado por completo. Durante años esperamos ese día con más ganas que aquél otro en el que derrocamos a Cisneros y lo único que faltaba era que, llegado el momento, el piano estuviera desafinado. – ¡Que se quede, que se quede! – volví a ordenar – Servíle algo a la señorita, mientras tanto. Erminda había preparado unas tortas fritas y algunas pavadas más para los invitados, así que cuando salí del baño encontré a Lucía Thompson sentada frente a la mesa del comedor. No era frecuente que una mujer visitara mi casa, me pasé la vida rodeada de hombres. Mi círculo social se componía, mayormente, de afamados patriotas, Juan José Paso, Mariano Moreno, cualquier vocal del Cabildo y si te descuidás hasta las mismísimas consonantes habían celebrado tardecitas de tertulia en mi living. – Cosa extraña – le dije, cuando me acercaba a saludarla – . Una mujer luthiere. Lucía se incorporó y me besó las mejillas. – ¿Cosa extraña? – preguntó – ¿Usted no es cantante? Perdón, Lucía Thompson, mucho gusto. – El gusto es mío. Tome asiento, por favor. Sí. Todas las mujeres de alta sociedad con una pizca de sensibilidad artística somos cantantes. Luthiere, en cambio… luthiere es un oficio que aprenden los hombres. Pero, ché. Qué descortés esta Erminda. No le sirvió el te en la taza, caramba. – Puedo hacerlo yo misma, señorita, no soy manca. Estaba esperando que usted llegara. ¿Toma conmigo? – No, gracias, voy a merendar más tarde. Hoy tenemos tertulia. – Sí, claro, por eso estoy aquí. Siempre hace falta un o una luthiere para estos casos. Heredé este oficio de mi padre, él era varón, por supuesto. – Así que su padre era barón. ¿Barón de la nobleza? – No, varón, de macho que era nomás. – Ah, pensé que por su apellido… ¿Thompson, verdad? – Está muy rico el té, necesitaba algo caliente… Sí, Thompson, pero no, fíjese. Somos Thompson por equívoco. Ni siquiera cuestión de antepasados ¿sabe?, sino por un error en el registro civil. ¿De veras no va a beber? – No, le agradezco. Continúe, es muy interesante su relato. – Mi abuelo, que en paz descanse, llevó el mismo apellido de todos los bebés de su partida. – ¿Cómo puede ser eso? – El empleado que lo inscribió era analfabeto y cuando lo contrataron le enseñaron a escribir “Guillermo Thompson”, es decir, el nombre y el apellido del primer niño nacido aquel día. No entendió muy bien su trabajo este hombre y les puso Guillermo Thompson a todos los bebés que Dios trajo al mundo esa mañana. – ¡Qué maravilla! ¿Y qué pasó después? – Cuando el padre del verdadero Guillermo Thompson murió, aparecieron veintiséis Guillermos Thompson más reclamando la herencia. Entre ellos, mi abuelo. Todos cobraron y no es vergüenza de naides, porque acá la honestidá no entra en juego. Bendita suerte que un analfabeto decidió sin darse cuenta. El desgraciado perdió su empleo en el registro ¿sabe? – Me imagino – ¡Pero salvó la vida de tanto indigente! – En eso tiene razón. – ¡Dios lo tenga en la Santa Gloria al dependiente aquél! El feudo de los Thompson fue repartido entre una veintena de muchachos pobretones que ni para el pan tenían. Bueno, toda esta introducción no viene al caso, Mariquita. Nomás quería responderle de dónde sale mi apellido y contarle que mi abuelo fue el primer luthiere de la familia. Él se especializó en bombos y boleadoras, porque lo suyo era el campo. Le trasmitió el oficio a mi padre y mi padre a mí. – ¡Qué historia conmovedora! – exclamé – Pero hay algo más sorprendente aún. Yo no sabía que las boleadoras se afinan. ¿Se afinan? – Sí, claro, observe cómo suenan estas que están bien afinadas. Y ahí mismo sacó un par de su bolso y bailó un malambo. Me quedé atónita, nunca había visto una mujer tan pasional. Ni las indias que se resistían a la evangelización, solían moverse con ese ímpetu, con esa cosa loca de mujer de otro mundo. – ¿No suenan bien? – Fantástico – dije yo- ¿dónde aprendió a zapatear así? – Mi padre. – Su padre le enseñó todo. – Sí, todo. Bueno, a decir verdad, todo no. Si hago de mi vida lo que quiero es porque lo aprendí solita – dijo, mirándome fijamente. Parpadeaba poco. Sus ojos eran negros, lo noté en ese momento, y rasgados. – Se encienden como el carbón – susurré. – Perdón, no escuché lo que dijo. – Si quiere otro tecito… – Por favor. Algo me cautivó desde el principio de la charla, no era su relato solamente, no. Tal vez el tono de voz o los modales; como si la conociera desde siempre. De golpe, me encontré mirando el pronunciado escote de su vestido y, para no seguir haciéndolo, le serví la segunda taza. ¿Qué me ocurre?, pensé ¿que hago yo fijándome en un escote? – Bueno, usté me preguntaba…- continuó ella, sacándome de mi distracción. – Ah, sí, sí, diga nomás. Aquí tiene. – Le agradezco. Usté me preguntaba si las boleadoras también se afinan. ¡Por supuesto! Sino ¿de dónde sale esa precisión? ¿Eh? Mire: Tiqui tiqui tic… tiqui tiqui tic… tiquitac tiquitac… tac tac. Créame que el buen luthiere debería ocuparse de las suelas de los zapatos y hasta de un piso de baldosas como este, si fuera posible. Quiero decirle, se puede hacer música con lo que usté quiera, una cuchara, un facón, un mortero. Lo que se le ocurra. Como dicen los indios: a la música la hacen el viento, los pajaritos, las pisadas en la tierra. El latido de un corazón. Escuche su corazón, Mariquita. Escúchelo. – Bueno, es que… no llego con mi oreja a mi pecho. – Es cierto, qué pavadas digo Mariquita, ¡que escuche su corazón! ¡Qué tonta soy…! A ver, escuche el mío. Apóyese acá. No, Mariquita, no, no se me ponga colorada. Y colorada y todo, me apoyé. Oí el galope. – Caramba – le dije -, su corazón… – Mi corazón, sí… ¡Pero qué rapidito sacó la oreja! Aprecie tranquila nomás, con confianza. A ver, déme la mano. ¿Siente el tamborcito? Esto es música, Mariquita, el cuerpo, las entrañas. Y a usté, Mariquita, le gusta la música ¿verdad? Mejor que no hable más, pensé. Que no hable, por dios y todos los virreyes. Mi cuerpo empezó a temblar como una hoja. Quería salir corriendo y a la vez demorarme allí, sobre su pecho. Sentí lo mismo que si acariciara un león rendido a mis pies, la tranquilidad era tan grande como el miedo a que me comiera viva. Pero esa bestia no estaba en ella, era yo misma: ¿Qué estás haciendo? ¿Te volviste loca, Mariquita? Sacá la mano de ahí, ché. Y en eso, golpearon la puerta. – Ahora vengo- le dije –, debe ser López y Planes que trae las partituras. Ya estoy con usted, no se me vaya, espere. – No, – contestó – entre tanta charla y malambo ni empecé con mi trabajo todavía. Mire la hora que es. – No importa – dije yo. Y de verdad no importaba. Recorrí el comedor a paso ligero. Era Vicente, y ni bien abrí la puerta repitió su acostumbrado ademán. Llevó la galera hasta su pecho, se arrodilló delante mío y, como por acto de magia, hizo aparecer su mano izquierda con un abundante ramo de fresias. Hacía todo lo posible por parecer un caballero cuando estábamos juntos; regalos, conciertos y paseos en los que solíamos hablar de temas que, él suponía, podían interesarme: mazamorras, revolución, escarapelas, etc. Algunas veces daba en el clavo, sí, pero su notorio interés por conquistarme se traducía en una seducción que podría haber aplicado conmigo o con otra mujer indistintamente, como si se tratase siempre de la misma. Yo lo sabía y aún así aspiraba a casarme con él porque se trataba de un hombre respetable. De pronto, como si mirase la cosa desde afuera, algo me pareció ridículo, desajustado. Era una chica joven todavía, hablo de mí, por supuesto, tenía la vida por delante y me aterroricé. Pero, en qué estoy pensando, me dije. No podés ser capaz, Mariquita. Sí, soy capaz. No debés. Me importa un comino, ché. Ganó el impulso. Entonces de mis propios labios salieron, en lugar de los versos del himno nacional argentino, las palabras que repetiré a continuación: – No se hace la tertulia, López. Yo nunca bromeaba pero el creyó que era la primera vez. Y se rió, dubitativo. Sostuvo esa mueca, dándome así la oportunidad de rectificarme y no lo consiguió. Fueron largos segundos para mi pecho taquicárdico, inexperto en ese tipo de emociones. ¿Yo, decir no? – Su silencio es elocuente, Mariquita. – se puso pálido y desarmó la postura genuflexa – No comprendo. – Bien, compréndalo. – ¿Es todo lo que me puede decir? De momento eso era todo. La culpa no me dejaba hablar y ni siquiera escuchar mis motivos, pero no estaba dispuesta a dar un paso atrás. – ¿Me quiere explicar qué locura es esta, Mariquita? – No es una locura, López – le contesté, más firme que nunca. Más tarde comprendí que cualquier toma de posición, cualquier opinión novedosa o disidente en labios de una mujer comienza por parecer una locura. – Blas Parera me lo había dicho – dijo. Jamás noté en Vicente una mirada tan hostil como la de ese momento – Las mujeres a los asuntos de la casa, los criados y los críos. Tenía razón, ya ve cómo terminan las cosas. Miren lo que escondía la caballerosidad de López. Él mismo me había incitado, él me insistía: “Mariquita, a la revolución le hacen falta mujeres como usted”. Y yo que no, que no, que así estoy bien. Me gusta cantar para mis amigos. Y él que vamos, vamos, vamos. Se la precisa m’hijita, anímese, caramba. – Escúcheme, López – le contesté, rabiosa, estampando las flores contra el piso – ¿porqué no se va un poco a la mierda con Parera de la mano? Fue mi última respuesta mirándolo a los ojos. Una vez adentro de mi casa, me desplomé de espaldas contra la puerta, agarrándome del manijón para sostenerme de algo. Sentía que me iba a desmayar nuevamente. ¡Qué tarde aquella! ¿Cómo me animé, Dios mío? ¡Si me escuchara mi madre! ¡Pero, si mi madre lo dejó a mi padre para irse con otro, pensé, y a mí me dijeron que estaba muerta! Respiré hondo, necesitaba recuperar la calma y la calma volvió a través del suave tecleo que llegaba desde el living como una serpiente encantada. Era Lucía tratando de arreglar el desastre que López había hecho en el piano. Muy mal músico, tengo que decirlo. De los compositores, sí, era lo mejorcito, pero agarrate Catalina cuando se le daba por ejecutar. La verdad es que llegué a dudar si el que componía no era otro. Sin duda, amaba la música pero con la misma distorsión con que decía amarme a mí. Creo que me resultaban habituales esos modos retorcidos, como los de la gente que venía a mis tertulias, por ejemplo; había que ser sonsa para no darse cuenta. En el año 1807 comencé a organizar estas reuniones porque no tenía otra cosa mejor que hacer y la verdad es que no sirvieron para nada. Digamos las cosas como son, digámoslas. Los invitados las aprovechaban para calumniar a los ausentes, perder tardes enteras en juegos de cartas donde rifaban a sus esclavos y si alguno con alma de músico, pero con alma de músico de verdad y no un fantoche como López y Planes; si alguno se sentaba frente al piano con la intención de tocar una pieza, el resto lo criticaba a troche y moche tratándolo de sensiblero o seguían charlando sin darle la menor importancia. Esta fue mi vida durante años hasta que aquel día histórico de 1813, en lugar de cantar el himno, le canté las cuarenta a Vicente. Desde el lado de adentro de la casa, pegada a la puerta como una mirilla y con la cálida presencia de Lucía cerca mío, recobré la claridad de pensamiento que escasas veces me atreví a manifestar delante de mi prometido. Y pude recordar y comprender con una extraordinaria lucidez, muchos acontecimientos de mi vida como si despertara de una larga hibernación. Mientras tanto, seguían llegando de la calle los ruegos de aquél hombre. – Perdóneme, pero usted comprenderá la situación, tengo todo organizado. Escuche: Oíd mortales el grito sagrado, libertad, libertad, libertad. ¡Es hermosa esta letra Mariquita, por Dios, rememórela saliendo de su garganta de jilguero! – El jilguero ya salió de mi garganta, y se voló López, se voló – desconocía mi capacidad metafórica, esa tarde me animaba a cualquier cosa – ¡Se lo suplico, piénselo! – repetía él – ¿Qué le digo a Blas Parera? – Qué sé yo, López, dígale lo que quiera. Que revoluciones como las de ustedes no son para mujeres como yo, por ejemplo. Eso, dígale eso. – ¡Mariquita, por todas las coronas del mundo, no sea irónica! ¡Me está metiendo en un flor de problema! ¡Parera me va a hacer la cruz, nunca más querrá componer algo conmigo! – Asunto suyo, López – ¡Mire Mariquita, nosotros habíamos quedado en algo! ¿o no? ¡Usted tiene que cumplir con su palabra! ¡Vamos mujer, recapacite, se trata nada menos que de la revolución! ¡Y la revolución es de todos, suya también! – Está bien, López. Ya recapacité – le dije. El piano, al fin, recobraba la armonía y en un instante volví a sentir el gusto por aquél instrumento que a causa de su avería había terminado fastidiándome. Conmovida, me asomé y la vi, tenía los ojos perdidos en el teclado, pero de pronto giró hacia mí y se sonrió. En cinco minutos prepararía yo misma un rico te de manzanilla y me sentaría a tomarlo al lado suyo. – ¿Y, Mariquita? ¿Qué es lo que recapacitó? – preguntó Vicente, todavía esperanzado. – ¡Que la revolución López – grité por última vez –, la revolución empieza por casa! Ese día las baldosas brillaban como nunca, les daba un sol limpito que llegaba desde el patio. Me encaminé hasta la cocina sigilosamente, descalza, para que Lucía no se desconcentrara al escucharme andar. Puse el agua en el fuego y esperé a que hirviera. De fondo, sonaba una firmeza. *publicado en Pollera pantalón/Cuentos de género. Ediciones La mariposa y la iguana, Buenos Aires, 2012.

  • Largo y difícil es el camino que conduce a ella / Susana Thenon

    Detrás de los crímenes, adulterios, agencias noticiosas. democracias occidentales, instituciones que prestigian al país, ejércitos abortos, sables corvos, bables cuervos, clubes de leones y jirafas, cursillos sobre vivencia del ser, audiciones sobre magia onírica de la cartomancia y simbología profunda del tarot, mesas y camas redondas acerca de qué piensa usted de la poesía, desagravios agravios desagravios agravios desagravios al busto o bustillo del prohombre epónimo sacrosanto portador de bláketi blíketi clóketi, flequillos y melenas y peladas muchedumbres odiándose odiadas, espejuelos, transistores, antenas, macromonstruovisión en suprarretroferraniabumbacolor, profundidad y barba, esquizofrenia, angustia del bar Florida, tercera etapa de Antonioni "sardónico, sarcástico, genial", paseos por la Gran Via del Norte, miseria de las vidrieras, escupidera de felpa, cinturón de strass, talco "Scandal" para la cola de Mónica Patricia, dignidad y reflexión, fomento vecinal, ventosas, rellenos, matufias, mentiras, horóscopo, herrumbre, para ti maribel cuéntame, se amaban pero no pudo ser porque el destino cruel los separó él era un rudo camionero y ella la hija del alcalde. y ¿leíste Rayuela? y cuando me muera te vas a acordar y cuando resucite lo vas a lamentar, hostias, homilias, ordalias, basilio, vegetariano, pequeños cazadores. Bertold Brecht en puntas de pie, jubileo, los infractores de transito en libertad a la primera fecha patria mañana mismo, pelota a paleta, la semana del ejército, la década infame, los paraguas de Cherburgo, la semana de Cherburgo, los paraguas infames, la década del ejército, carátulas, anillos, agencias, encuestas por qué es pobre usted, por qué no se mucre usted, por qué no se va a la mierda usted, sicodrama en el correo para que no repriman nada, lo que se dice nada, aullidos, tropezones, víctimas, gritos, sangre, corridas, oscuridad, Neptuno, machete, cabeza, de frente, la luna, la huida, la cólera, cómo se llama, qué actividades tiene lleva armas, en estado de sitio y ley marcial bum, bum, bum, bum, bum. ¿religión? sustenta ha sustentado sustentará o será sustentado por ideas atentatorias contra contra contra bum, contra bum, bum, el frío, las visitas, el atardecer, la sopa, el perfil, hollín y cascotes, té de café ¡glicinas! el otoño que venga será mejor -o peor, quién lo sabe, pero detrás, dije, detrás, a quienes queden ella vendrá: la incorruptible, la intocada Belleza. 27-VI-64 *publicado en La morada imposible, tomo II, Corregidor, Buenos Aires, 2019.

  • Carta de Alejandra Pizarnik a Silvina Ocampo

    Jueves 26, a las 5 de la tarde Silvina, Sylvie, Sylvette, te llamé y nadie contestó. Por eso te escribo. Es algo muy simple (“c'est aussi simple comme une phrase musicale”) y que puede formularse más o menos así: la habitación se balancea y oscila como un barco. Cuando te llegue esta cartita ya no se moverá más mi cuarto, gracias a vos y un poco gracias a mí, porque te escribo en vez de quedarme “inmoble” (lo descubrí ayer). En suma, quisiera, al final de todo, poder decir como el Poeta: “on n'a pas été des lâches on a fait ce qu'on a pu”[i]. Por otra parte, mi cuarto es poco alentador. Ayer, decidida a reparar los daños que me causó la tormenta -la traidora! con lo que me gusta!- arrojé todo o sea libros, discos y cahiers al suelo a fin de ordenar ese conjunto de un modo más inteligente. Como no me animo a regalarte discos (salvo del estilo del de Salónica) me apresuro a contarte que ya se consiguen las piezas para clave de COUPERIN. La clabicembalista (!) se llama ETA HARICH SCHNEIDER. Título general: “Música para clave de Couperin” Ignoro cómo le caerá a la edipita Edith el nombre de ETA. Además Couperin se asocia con couper[ii] y Schneider si bien significa sastre, alude también al verbo cortar. Moraleja: no darle a Edith una tijera de sastre pues no vacilará en cortar el disco en dos partes: le derrière et le devant[iii]. Le derrière es algo que no se toca sin ser un instrumento. Le devant es algo que se que se que se (se acabó la cinta, oh mi complejo de Perséfone, oh mis ganas de Amaltea, etc.). Ahora me siento mejor, Sylvette (no habrá ninguna igual) y te bendigo desde el fondo de los fondos de mi casa y de mi raza (de la que me siento desunida, sin embargo los oigo allá lejos cantarme sus ensalmos). Dije ensalmos y el barco se detuvo. Silvina, chérie, escribí mucho: si no lo hacés vos ¿quién lo hará, entonces? Te lo reitero, lo sé; volveré a decirlo, ahora y siempre. (Algún día me contarás un cuento con caballos de calesita? “Yo he sufrido tanto.” ¿Me lo contarás algún día?”) Gracias (estoy muy bien) y un abrazo matemático de A. P.S.: Matemático porque releí el bellísimo “Les nombres d'or”. P.S. (b): este jardincito se formó mientras te escribía, S. tan esto y aquello, tan Sylvette y además tan de salir de sí por eso Sylvette “cuaja” (sic mis amigos de Españia) a las maravillas. Jardín de Sylvette a la hora de las maravillas (Acompaña una tarjeta con campo en fondo rojo con flores rosas y naranjas.) *publicada en Nueva correspondencia Pizarnik. Edición de Ivonne Bordelois y Cristina Piña. Alfaguara, Buenos Aires, 2014. [i] “No hemos sido cobardes,/ hemos hecho todo lo que pudimos” [ii] cortar [iii] El trasero y el frente

  • Marzo Adynata / M.P.

    Una cosa querer que nos necesiten, nos piensen, nos amen, otra, pretender distinción, privilegio, favoritismo. La obsesión por recibir trato de persona muy importante cautiva y tiraniza. Hablas del capital cauterizan la herida de la insuficiencia con la ilusión de valer más que nadie. Por amor a una madre, a una hija o por valorar en exceso la vida personal, míseras voluntades pueden considerar que merecen privilegios. No se condena desearlo. La cuestión consiste, como en un psicoanálisis, en aprender a rehusarse de gozar de cualquier circunstancia de poder. La acción de rehusarse compone una decisión en soledad, pero no solitaria. La fuerza y el encanto de impedirse dañar radica en el deseo de despertenecer a la comunidad del sálvese quien pueda. En la convicción de avanzar en una amorosa marcha de rehusantes. Se necesita pensar lo que se llama narcisismo como problema político. El capitalismo fomenta narcisismos del miedo: la consideración de que unas existencias merecen más salvación que otras. Si laboratorios venden vida a las naciones que pagan más, por qué sorprenderse cuando narcisismos del miedo se preguntan “¿no sería mejor que quienes podamos pagar la vacuna lo hagamos en un mercado libre en lugar de que un Estado pobre nos haga esperar nuestro turno en la cola?”. Lo que está sucediendo con las vacunas desnuda la catástrofe de esta civilización. La imagen buena o mala de un ministro no tiene que confundirse con el valor de una política. El sentido común salva o condena Imágenes. Se necesita otra cosa: exaltar la salud pública (nunca definitiva, siempre inconclusa, en constante oscilación) no distraerse con historias de lobos y corderos. La expresión sensibilidades que hablan intenta disolver divisiones: cabeza y corazón, lenguaje y cuerpo, fuerza y debilidad, lo propio y lo común. Separaciones que estrangulan la vida. En ese sentido, ahora, la consigna: “Una común inmunidad planetaria o nada” insiste con lo mismo. En una lógica de la escasez cualquier decisión resulta dramática. Escaseces dictaminan prioridades, clasificaciones, arbitrariedades, injusticias. El capitalismo se basa en los beneficios que algunas voracidades obtienen de poquedades programadas. La crueldad de lo exiguo reside en la cola: colas del hambre, colas para conseguir empleo, colas para emigrar a naciones ricas, colas para un respirador, colas para una vacuna. Escaseces, faltas, insuficiencias, actúan como razón que disciplina demandas y consentimientos. Una comedia inglesa filmada en 1951, El hombre de traje blanco, narra -con humor- la brutal razón del capitalismo: su necesidad de una ciencia complaciente que sostenga la insuficiencia, la defectuosidad y la precariedad, para hacer negocios. Recordemos: un químico marginal inventa una tela eterna. Un tejido que no se rompe, no se desgasta, no se mancha. Pero esa genialidad lo convierte en una amenaza: productores de hilados y lanas, fabricantes textiles, sindicatos de trabajadoras y trabajadores, pobres lavanderas y remedadores, se dan cuenta de que eso no les conviene y comienzan a perseguirlo para sepultar el hallazgo. La película Alexander Mackendrick, protagonizada por el legendario Alec Guinness, entretiene, hace reír y desliza una pregunta inquietante: ¿cómo pensar un común vivir no regulado por escaseces y abundancias? Tal vez no se trata de pensar, sino de practicar la desmesura del don: el encanto de darse a las cercanías.

  • 27F y sus alrededores / Alejandro Kaufman

    La tanática performance del 27F en Plaza de Mayo tuvo la virtud de darle forma a una idea que necesita ser discutida y para ello sustraída al silencio que la sostiene a modo de premisa. Muchas reacciones frente a la performance tomaron nota de lo más ostensible que tuvo, que fue su componente de amenaza presente y profanación de la memoria. Ese componente se comprende sin dificultad por la firma de la performance, lo cual exime de mayores explicaciones en principio. Los autores de la performance, sin embargo, aclararon su mensaje, la escenificación de los cadáveres no manifestaba su intención de causar daño a nadie sino, por el contrario, dicen, denunciaba el daño causado por las personas vacunadas a quienes no habrían podido ser vacunadas en su lugar. Lo que hizo esa performance fue plasmar creencias, síntomas, incertidumbres colectivas sobre las relaciones entre acontecimientos, acciones y decenas de miles de muertes que nuestra sociedad carga sobre su conciencia. Las cargamos sobre la conciencia porque sabemos cómo evitar contagios y muertes, sabemos que hay otras sociedades que lo hicieron sin vacunas y antes de ellas, y deberíamos saber mucho más sobre las vacunas en lugar de confundirlas con salvavidas en un naufragio en el que habrían sido quitados a unas víctimas para dárselas a otras con el consiguiente saldo luctuoso. La performance expresa un sentimiento colectivo que fue por lo que se produjo el escándalo a partir del relato de Horacio Verbitsky. Ese sentimiento colectivo es confuso, es un padecimiento, contiene un estado de suspensión respecto de padecimientos expresados, y era previsible, desde hace ya mucho tiempo, que esas cargas libidinales estaban dispuestas como placas tectónicas para descerrajar un sismo mayor en cualquier momento. Encontraron su oportunidad en una ocasión de máxima ansiedad. Justo cuando se vislumbra la salida de la calamidad es cuando se produce la avalancha letal, al salir del letargo de la miseria dela que la vacuna nos promete salvación. No fue ajena a esta constelación algo que no sabemos si fue un error pero sí constituyó una precondición de la avalancha: haber anunciado la llegada de millones de vacunas, dar lugar a un estado de expectativa y enseguida haberla disipado por todas las dificultades conocidas y explicadas. Esta razón por sí sola había colocado al ministro Ginés en posición de fusible a la espera de su salida, sin perjuicio del desgaste de un año de pandemia. La idea formulada por la performance que se articuló con significaciones latentes en el colectivo social impuso la noción de causalidad unívoca y directa entre sobrevida y vacunación; una ilusión, un error conceptual, una relación causa efecto que no existe de ninguna manera relevante. Si las defensas y argumentaciones presentadas en relación con el escándalo tienen dificultades en sostenerse es porque no atacan el punto decisivo: haberse adelantado en la fila no tiene ninguna relevancia epidemiológica, ninguna trascendencia moral, no arroja a nadie a ningún infierno ético. Hay que prestar atención al hecho de que hay una convicción culposa tan instalada sobre lo que la performance de Unión Republicana puso en escena, que se difundió junto al escándalo la interpretación de que Horacio Verbitsky no podría haber solo relatado su vacunación sino que tenía que responder a una trama siniestra, conspirativa, a un complot criminal de grandes alcances, lo cual se correspondía con la premisa de la relación uno a uno entre persona vacunada y salvada versus persona no vacunada y muerta. Lo que nos tiene que inquietar es porqué, como nos fuimos enterando, no solo Horacio Verbitsky no creía haber hecho nada malo, sino que ninguna de las personas vacunadas lo creía, ni el ministro, ni nadie. El escándalo no encontró un correlato en el campo especialista respectivo. Quienes de ese campo salieron a atizar el escándalo lo hicieron con argumentos morales, de gestión y administrativos, no con argumentos epidemiológicos, que eran los esperables si se tratara de un crimen transgresor haber avanzado en la fila. Quien formuló el despropósito del infierno ético, dos frases antes fulminó a quienes hablan sin saber sobre estos temas. Y todo esto es porque efectivamente no hay mal alguno en haber avanzado en la fila, no porque sea una falta menor avanzar en una fila, o porque por bizquera política se miren unos pecados y no otros, ni tampoco porque con el escándalo se haya tapado la distribución sesgada por clases sociales en CABA. Digamos de paso que esa distribución sí es reprochable y gravosa desde el punto de vista epidemiológico porque somete la vacunación de grandes números a preferencias de disponibilidad económica y social. La clave en la problemática epidemiológica es de grandes números, es decir, de miles de personas, decenas de miles, millones. No es una falta menor haber avanzado en la fila porque no existe una fila. Ese es el punto. Y esto lo sabe el dispositivo vacunatorio. El dispositivo vacunatorio no nos pone en fila. Los criterios de precedencia son parcialmente epidemiológicos. Vacunar a docentes es un criterio basado en una política de apertura de las escuelas, cosa que podría no haberse hecho de la manera en que se encaró, etc. No es una fatalidad abrir las escuelas de manera frenética e irreflexiva, como sí lo es vacunar a quienes son más vulnerables o tienen una exposición laboral, profesional o política a la circulación del virus. Este último debate es político, administrativo y de gestión, no es un debate moral. No hay una fila porque no somos un ejército alineado frente al virus. Frente al virus somos un rebaño. Y entonces hay que decir algo sobre esta palabra. ¿Qué significa la metáfora del rebaño? Muchas personas se han expresado en múltiples escritos e intervenciones sobre esta palabra. De ello inferimos que prevalece un sentido alusivo a la agrupación gregaria, el conformismo, la pasividad, la subordinación de acuerdo con la crítica cultural modernista, paralela a olas feministas precedentes, no la actual, y anterior a la contemporánea revolución posthumana que reconoce a las personas no humanas. La palabra rebaño (y sus respectivos derivados pastorales) tenía una connotación negativa en relación con un enfoque acerca de lo animal que, hoy, época de los derechos de lo viviente, ya no tiene vigencia. La crítica posthumana de las disciplinas cognitivas nunca las arrojó al cesto de la basura, como parecen creer algunas conciencias desprevenidas, sino que hizo dirimir los conflictos de la modernidad y de su posterioridad en el interior de las disciplinas. A ello se debe que muchas veces autores de la biopolítica hayan aclarado que no estaban en contra de las teorías marxistas, ni de la educación moderna, ni de la vigencia institucional en general. Sobre la institución a la que más han vituperado con toda razón, es de la que menos se habla en la asimilación conservadora de la crítica posthumana, que son las prisiones. Dicho esto porque en la epidemiología la noción de rebaño no tiene un carácter peyorativo como no la tiene en el pensamiento evolucionista desde sus inicios. Los rebaños son asociaciones poblacionales de las que señalaremos aquí el rasgo significativo para la presente discusión: permiten defender a sus integrantes de sus antagonistas predadores en la cadena trófica. El rebaño basa su fuerza en la vulnerabilidad de sus integrantes individuales, que reunidos, imponen la fuerza del número, ya sea que se muevan a cierta velocidad por la masa desplazada, o por la mera presencia multitudinaria que sirve de segura protección a las crías, que se mantienen protegidas por la masa. La epidemiología adoptó la noción de rebaño en forma correlativa con el pensamiento sociológico acerca de las masas. Vimos masas en el mundo animal cuando las conformamos como especie, y de ahí entendimos de nuevas maneras, para bien y para mal, múltiples acontecimientos y procesos. De modo que “inmunidad de rebaño” no es una expresión peyorativa, ni “darwinista” aun cuando algunas derechas pretendieron prescindir de medidas de aislamiento al principio de la pandemia sin saberse todavía que tal cosa no iba a ser posible. Como las derechas son darwinistas en el mal sentido de esa palabra (de lo cual no tiene responsabilidad alguna Darwin), y consideran normal sacrificar a parte de la población en favor de las clases dominantes, el uso modernista de la palabra rebaño sumado a estas actitudes insolidarias de la derecha condenó al término de modo indebido en muchas de las intervenciones durante la pandemia. Y lo cierto es que la fila es una forma de organización proxémica propia de las pulsiones tanáticas. Se hace fila por razones disciplinarias, de orden cerrado, administrativo, autoritario. No todas las sociedades ni en todas las ciudades hay la pasión que hay en la nuestra por hacer fila, ni por moralizar la cola de modo que hace residir en la ética de la fila una metáfora lineal de la vida social. Al rebaño lo vemos de otra manera de la que nos advierten también como indicio las ciudades en que para abordar el transporte público la gente no hace una fila sino que se dispone en rebaño. La aglomeración aluvional, aparentemente desordenada, es propia de las formas populares de reunión. Así es como ocurre en las marchas políticas o sociales, en los corrillos del teatro callejero (a diferencia de las salas formales con sus filas), o del llamado paraíso en el Colón. El rebaño es asunto de las gentes más espontáneas, o desamparadas, o vulnerables cuando se reúnen. Y la fuerza que componen es una de las más temibles y temidas en nuestros tiempos contemporáneos. De ahí que se las haya llamado “masas” y considerado una gran fuerza silvestre, ambivalente y destinataria del pensamiento y la acción política. Una de las claves de este asunto es que los virus no son venenos ni agentes físicos, sino entidades limítrofes entre lo viviente y lo no viviente, aunque esto no es lo relevante porque la noción referida se aplica en general a diversos microorganismos que interactúan con sus huéspedes, que pueden ser de otras especies o de la nuestra. Aplicamos vacunas también a otras especies. En todos los casos las vacunas nos habilitan para interactuar de modo conveniente para nuestra especie con el agente que nos resulta nocivo, como es el caso del coronavirus. Las vacunas no son un antídoto sino un agente de inmunización. La inmunización no es una marca o un sello en un pasaporte, sino un proceso que lleva su tiempo, como ya todo el mundo sabe muy bien respecto de la actual pandemia, proceso que tiene una cierta eficacia individual, pero que cifra su perspectiva en instalarse de modo predominante en una población. Por eso la vacunación puede ser voluntaria y no obligatoria, porque no es necesario, ni siquiera conveniente, ni tampoco posible, por diversas razones, vacunar a toda la población. En una situación como la actual hay que vacunar al mayor número de personas en el menor tiempo posible (en base a magnitudes proporcionales postuladas). Vacunar no resuelve la pandemia, aunque otorga cierta protección primero a quienes antes la reciban. Sin duda este punto no es indiferente, pero no es como recibir un salvavidas en un naufragio, porque es posible resguardarse del coronavirus por otros medios, y sobre todo porque el resultado favorable de todo un proceso de vacunación es colectivo, poblacional. Ello incluye el hecho de que aun después de haber recibido la vacuna y tener protección individual es posible ser responsable de matar a otras personas al diseminar el virus y contagiarlas aun sin saberlo. Esta es una razón más por la que no hay una correlación causa efecto unívoca entre vacunaciones y muertes. Las vacunas son materializaciones del lazo social. Como en pocas ocasiones en ellas se realiza un vínculo de inmanencia entre individuo y sociedad, inseparables pero divergentes. Es por todo ello que adelantarse en una supuesta fila no es tal porque no hay una fila sino muchedumbres, cierto que con diferencias y precedencias en términos generales (pero esto vale para grandes números). Digamos aquí también, por ejemplo, que el solo hecho de que cuando se aplican dosis de vacunas refrigeradas y falta alguien en un turno, con tal de no desperdiciar el sobrante se le aplica a cualquiera. La idea de auditar las vacunaciones o de justificarlas obsesivamente carece de toda racionalidad y utilidad. Ha servido solo para salir del paso en una circunstancia crítica. Cada medida de control de las personas que pudo haber servido para limitar la circulación del virus fue resistida con barricadas de libertad y antiautoritarismo, y en cambio ahora está tan bien hacer listas de personas vacunadas. La contradicción es manifiesta. Cuando los protocolos eran protectores había que derribarlos en nombre de la libertad. Cuando los protocolos conforman un plan de vacunación hay que auditarlos de manera policíaca para que nadie se adelante. Es un disparate fáctico que sin embargo debe ser respetado por razones afectivas, por el miedo, por el dolor, por el duelo. No son malas razones pero no eran puntualmente predecibles. Por fin: al capitalismo neoliberal no le gusta la lógica del rebaño, y por eso no le interesan las vacunas. Es incauto suponer que son un gran negocio. El gran negocio farmacéutico es medrar con la escasez, el diferencial entre abundancia e indigencia. Esto lo saben quienes no se subordinan a los grandes capitales. Vacunar a toda la población no es un negocio porque no hay diferencial competitivo con la escasez como sucede con todos los grandes negocios. Nos confundió un lapso transicional en el que todavía hay escasez de vacunas para el coronavirus. Es esperable que se supere. No es casual que sean países socialistas lo más dispuestos a vacunar, porque vacunar a toda la población es connatural con el socialismo, con los populismos, o con fracciones socialdemócratas o laboristas, y no con el capitalismo llamado neoliberal. Las exigencias desmesuradas de algunos laboratorios pueden no ser porque quieran ganar mucho y arriesgar poco, sino porque no les interese escalar este tipo de producción y no quede bien que se note, entonces requieran garantías desmesuradas que saboteen los acuerdos. Hay tanto que discutir y que pensar. Por ahora aquí se trata solo de aseverar que las vacunaciones en aluvión que tuvieron lugar no se pensaron a sí mismas como clandestinas ni inmorales, no obstante lo cual dieron oportunidad a la deriva expiatoria del sufrimiento colectivo. Las derechas no dejaron pasar la oportunidad. Ante ello estuvimos en estado de desprevención. Como siempre, el trabajo emancipatorio es de más largo aliento y perseverancia que la dominación opresora, que sigue el camino que la historia tiene labrado a su favor. Fuente: La Tecl@ Eñe 28/2/2021 'Can’t Help Myself', Sun Yuan y Peng Yu. Instalación, robot industrial de acero y goma, agua coloreada, 2016.

  • Adynata Marzo / VPS

    Acá estamos intentando escribir con ese tartamudeo que suena a teclas que van y vienen, se escriben y se borran, como los pensamientos que se afirman y se disuelven, mientras la pandemia sigue haciendo lo suyo. Acá seguimos, vueltas y revueltas. Virtuales, reales, remotas y presenciales. De clases y clases. De luchas y recordatorios: Kronstadt, la Comuna de París, 24 de marzo, la Internacional feminista. Perseverancia e invenciones que a veces se contagian a otras regiones: Grecia y Alemania, ahora conmemoran el 8M, antes del 2016 no lo hacían. Aguas de marzo que salpican los días en hábitos de un mundo que, en mucho, ya se siente pasado. Calles de dolores, rabias, banderas, pañuelos, cánticos, redoblantes, glitter. Anestesias, naturalizaciones, banalidades y, aún así, lo vital que en todas sus extensiones nos recuerda de los movimientos y las detenciones, de los ciclos con sus inicios y sus fines, con sus mutaciones y sus persistencias, con todas sus formas conocidas y todas aquellas por inventar. Y entre ellas, una y muchas liebres que, de a saltos, nos traen lo desopilante de aquellas locuras que nos desatan de la normalidad vivida y también –y sobretodo- de la por venir. V. Nicolás Koralsky, Sin titulo, 2021

  • La bolsa y la vida / María Pía López

    1. La primera acción en la que se usó la consigna Ni una menos, arrancó con una discusión acerca del uso performático de las bolsas. Corría marzo de 2015 y había cadáveres de pibas arrojadxs en basureros, bolsas de residuos, containers. Subrayaba, todo eso, la lógica del desecho que anida en todo femicidio: cuerpos considerados basura, condenados a serlo. Restos en el basurero. La operación feminista era convertirlos en otro tipo de restos, capaces de volver a significar, tendidos en el telar de una narración común, que ligue duelo y pelea. María Moreno había escrito una suerte de manifiesto en la que nos llamaba las mujeres de la bolsa; y Virginia Cano y Marta Dillon hendieron la noche con un grito: no somos mujeres de la bolsa. Somos sobrevivientes, dirían, y en la furia con la que sostuvieron esas palabras se definió parte de la fuerza de lo que vendría después: la capacidad de situar políticamente los femicidios y de encontrar en su denuncia no la apología de la víctima o el ensueño del castigo, sino la fuerza de una desobediencia capaz de enjuiciar todo el orden social. Discutir una imagen era discutir también la presencia performática de las muertes, pero una querella no borra todas las alternativas y aún hoy se hacen performances artístico-políticas con mujeres embolsadas para recordar en ellas a las asesinadas. Esos actos heredan la invención del Siluetazo: la reproducción seriada y callejera de las siluetas equivalentes a la traza forense alrededor del cadáver, para aludir a los cuerpos no presentes de lxs detenidxs-desaparecidxs. Interrogar sus cercanías y diferencias es preguntarse por su eficacia política, entendiendo por tal no la resonancia electoral o partidaria de algo sino su potencia en participar de una trama de narraciones que producen o disputan sentido. 2. Los feminismos dialogaron con las disputas por el sentido desplegadas por los movimientos de derechos humanos y tejieron críticas profundas al individualismo neoliberal y a la condena a interpretar dentro de ese marco la desigualdad entre los géneros. Los discursos, los documentos, las performance artísticas, la dramaturgia de la movilización, las miradas de las fotógrafas y videastas, las asambleas y su polifonía, fueron tejiendo un mapa desigual de interpretaciones, pero a la vez alojando imágenes de una sociedad igualitaria y una vida desobediente. Las performance con las bolsas, aparecían en ese contexto con su énfasis de denuncia contra los femicidios. A la vez, corrían el riesgo de ese subrayado que pone a una movilización al borde de un sentido dominante: el más aceptado y reconocido socialmente, al que hay que tensar para poder afirmar que no solo se defiende la preservación de la vida sino la pelea por una vida digna de ser vivida. El acto supone algo que está en nuestras experiencias: todxs podemos ser victimizadas, porque precisamente ese es el signo de una violencia que es estructural y sistemática y que año a año recrudece en su crueldad. La bolsa nos espera, pero a la vez todo lo que hacemos es para evitar ese destino para nosotras y para todxs. Los feminismos denunciaron esa amenaza pero a la vez quisieron extraerla de la literalidad que la repone, tramándola con otros sentidos y en especial con la discusión de qué se entiende por vida. 3. La consideración sobre qué es la vida y la apuesta -como han dicho las activistas chilenas- a una vida digna de ser vivida, es parte de las construcciones de los feminismos y el núcleo de muchos debates que se dieron alrededor de la legalización del aborto. La pandemia global puso la amenaza sobre la vida en el centro de la escena: cuidados, emergencias y vacunas. No la puso solo al modo de reposición de la lógica comunitaria de preservación (“nadie se salva solo”); sino con las viejas rutinas de la competencia despiadada, la acumulación de ganancias y el acopio capitalista. La vacuna contra el COVID se convirtió en apuesta internacional cooperativa, en patentamiento privado, en compras millonarias por parte de los países centrales y en objeto mágico. En Argentina las derechas pasaron de una oposición militante a la vacuna “rusa” (con su aroma de antigua guerra fría) a la construcción a su alrededor de una nueva estrategia narrativa. Esa estrategia reescribe la narración que sustenta el law fare: el drama de las sociedades es la corrupción supuesta de la clase política, que no es agente de la organización de lo público sino un estamento expropiador. Frente a esa clase, así descripta, el empresariado se sitúa como agente de la expansión económica. Ese discurso desplaza la cuestión de la justicia social hacia la justicia como aparato judicial. Así las cuestiones dramáticas de una sociedad no se resolverían por otra vía que el otorgamiento de la suma del poder público a la casta judicial. En esa trama se incluyen hoy las vacunas, los listados y los privilegios. El modo en que se trata la cuestión suprime toda la reflexión sobre la reconstrucción del Ministerio de Salud, los esfuerzos de la aerolínea de bandera, la gestión estatal de la crisis, para poner el foco en un grupo de personas que se saltearon el lugar en la lista de espera. 4. La eficacia de ese desplazamiento obedece al éxito del cambio en la idea de justicia. Mientras los feminismos, muchos de ellos, trabajan en el sentido de salir del esquema de justicia-aparato judicial para pensar en la justicia social (articulando la cuestión de la violencia con la de la desigualdad económica y la explotación); las derechas operan subsumiendo todo a lo judicial y borrando la pregunta por la igualdad. La performance realizada el 27 de febrero, con bolsas mortuorias en las que un cartel indicaba una frase general y un nombre propio o una alusión, coloca en el centro todas estas discusiones, tan nítidamente que lastiman. Esas bolsas no son denuncia, son amenazas. En el Siluetazo, las siluetas llevaban un nombre propio y una fecha, porque la persona aludida estaba desaparecida; aquí el nombre propio es el de alguien a quien se acusa de haber saltado su lugar en la lista y por lo tanto provocado la muerte de otra persona por no haber llegado a vacunarse. No le pidamos lógica a ese razonamiento, porque el problema no es de lógica sino de lo que hace movilizando el miedo a la muerte como hostilidad hacia la vida de otrxs. No se privaron de poner, en esas bolsas, el nombre de una Abuela de Plaza de Mayo, para rubricar, con violencia aterradora, que lo que esperan es que las muertes siempre se cosechen en el mismo lado, y no entre los victimarios. Lo que esperan es que esa amenaza, la del terror sobre nosotrxs -como escribió, tantas veces, León Rozitchner-, siga operando como obstáculo para las peleas por la justicia social.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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