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  • Periplo Marechal / Patricia Mercado

    1 Así nació Marechal. Como una profecía en la noche invernal de la calle Rioja. El tiempo juega a mestizarse. A veces, lo hace con descaro. Su frenético movimiento en planos de simultaneidad arrasa el barro de lo que llamamos presente. Digo ahora mismo: 18 de octubre de 2025, por costumbre, por desesperación, como conjuro frente a lo perdido del porvenir. Así, la memoria se revela como potencia regenerativa y no como evocación. 2 En 1979 ella estaba enamorada de un muchacho alto y rubio que, en ese invierno, la esperaba cada lunes a la noche en la puerta de la facultad, al final de la clase de Latín I. Caminaban por la calle Rioja hasta Plaza Once. La peregrinación semanal estaba cargada de reflexiones metafísicas que intentaban bordear un silencio espeso. Mientras, el invierno y la dictadura mordían la carne. Tan solitarios como ellos, los árboles de la vereda respiraban en la oscuridad. Oficiaban aquel trayecto como una liturgia de la que desconocían el significado. Una de esas noches, el muchacho rubio le contó que su hermano, que pertenecía a Montoneros, había sido chupado por los milicos junto a su novia tres años antes. Él traía los muertos y la noche los borroneaba para guarecerlos mientras pronunciaban, con palabras casi inaudibles, el horror. Dijo que, en el departamento del que se los habían llevado, quedaron libros. Allí rescató el Adán Buenosayres de Marechal, que acababa de leer. Prometió que el lunes siguiente lo traería para regalárselo. Y así lo hizo. Ella era tan joven que aún no se sabía extraviada. Hija de una familia nómade cambiaba de casa, de barrio, de amigos, cada pocos años. No sabía extrañar. Habitaba una Argentina abstracta, hecha de rasgos inasibles. Nacida del otro lado de la General Paz, aquellos eran sus primeros escarceos en la ciudad. El último lunes de aquel invierno, el muchacho le dio el libro de hojas amarillentas. De inmediato, ella supo que le donaba un mapa y lo acomodó con parsimonia en su biblioteca. 3 Durante los años que siguieron se abocó, reiteradas veces, a leer la novela. No lograba comprender una sola palabra de las hojas amarillas. Leía veinte o veinticinco páginas y lo abandonaba, derrotada en la escaramuza. Pasaban unos años y lo volvía a intentar, con la misma suerte. En cada mudanza, el Adán Buenosayres viajó embalado en las cajas de libros. Vivió junto a ella en todas sus casas. El Adán esperó. 4 Toda lectura acontece a oscuras, donde el ojo no ve. 5 Esa noche leyó en la página 194 una marca que el muchacho alto y rubio dejó con birome azul: 11-7-79. Supo que los ojos de ambos se cruzaban en el mismo lugar 46 años y 3 meses después. Se pregunto qué significaba esa Zanja de Alsina en el tiempo. No tuvo respuesta. Entonces tocó, delicada, la hoja amarilla y frágil con la inscripción. A veces el misterio sólo pide ser acariciado. 6 En el umbral del amanecer, página 508 de la máquina Marechal, entiende que la potencia de la ficción, de la literatura, radica en sostener la vida. 7 Esta madrugada el lomo del libro se despegó. Ha envejecido como un buen vino: exudando un sabor macerado en la fragilidad. 8 Nadie escribe sin asumir un destierro. He ahí la puerta. 9 Adán cruza la calle Warnes en la página 365. 10 Marechal derrama signos en la intemperie donde ella abraza su cuaderno de hojas rayadas. Le enseña que la literatura es mediúmnica. 11 “Ciertamente, aquello era el otoño definitivo” subraya ella en la página 250. 12 Dejemos que ladre la jauría psi su “cosita” terapéutica. La literatura pertenece a las grandes liturgias de los pueblos. Su sacramento es la palabra escrita. Y ni la industria editorial puede corromper la potencia de ese sacramento. 13 Él subraya con birome azul:” El mundo se conserva por el secreto” afirma el Zohar. Y no a todos es útil conocer el verdadero nombre de las cosas. (9.7.79, página 157) 14 Qué bendición no haber estudiado Letras. Qué bendición hundirse en el laberinto del alfabeto. 15 Página 364, ella subrayó en lápiz: “La iglesia de San Bernardo yergue su torre única en la noche. Adán Buenosayres escucha: nadie y nada: se han callado las voces. Adán se interrumpe súbitamente desalentado: le parece advertir que sus palabras, lejos de ganar altura, se abaten como pájaros de arcilla no bien intentan remontar vuelo” 16 La noche devora la calle Gurruchaga. Ella desanda los pasos de Adán por la rayuela húmeda de los adoquines. 17 Palabras deshilachadas hacen morada en los círculos infernales que Marechal dibuja. Llega a Corrientes. Un taxi sin pasajero avanza lento y dobla la bocacalle. 18 Cruza la avenida y camina hasta Vera. Dobla y, media cuadra después, se para frente a la puerta marrón. Saca una llave del bolso. Abre la puerta de su casa. Al final del pasillo sube la escalera. Entra al departamento justo cuando su mano subraya la página 642: ” Cuando miré las cosas desde ángulos, para mí, desconocidos, una exaltación gozosa me dominó, en adelante me dí a la grata empresa de roer y devorar físicamente los volúmenes del recinto.” Alicia Mihai Gazcue La E, reconsiderando (La letra E, reconsiderando) 2020 Pintura acrílica y collage sobre lienzo 20,5 × 20,5 × 3 cm

  • ¿Soy fotogénico? / Roberto Arlt

    En Buenos Aires la vagancia pseudo artística florece que es un contento. Quizá sea ésta una de las ciudades americanas más ricas en semejante fauna. Aquí se nace vago, como en otros países se nace "activo y honrado a carta cabal". ¿No lo son así, acaso, todos los extranjeros, "empleados jóvenes de buena presencia"? ¿Por qué este amor al "dolce far niente"?, ¿por qué este apasionamiento por el baño de sol, por la gloria y por la plata que viene sin hacer nada? Las causas no nos las explicamos, pero el fenómeno es evidente. Y tan evidente que el treinta por ciento de nuestra población no trabaja, o hace como que trabaja y va vestida, regularmente alimentada, pero toda con la frente descubierta y el empaque de los antiguos hidalgos, lustrosos y famélicos. ¿Soy fotogénico? Mi director me ha pedido que no emplee la palabra "berretín", porque el diario va a las familias, y la palabra "berretín" puede sonarles mal, pero yo pido respetuosamente a las señoras familias para usar hoy esta dulce y meliflua palabra "berretín". ¿Por qué? Pues porque es la única frase que puede definir la manía de cierto escalafón de vagos. Tienen el berretín de ser fotogénicos. ¡Hágame el favor! Es lo único que nos faltaba. Ser fotogénico. Yo, cronista anónimo y burlesco, tengo una extraordinaria afición por los vagos. Me son personas simpáticas, sobre todo si saben vivir. Concibo el "squenun" en todas sus fases. Admito todas las chifladuras, hasta las de los dramaturgos. Me deleito en un café escuchando la charla vacua y filosofante de varios hijos de familia, y mi sonrisa pondera indulgentemente el charlatanismo jovial. Pero no las voy con los fotogénicos. Los fotogénicos son sencillamente ridículos. Si yo fuera gobierno les enviaría a cavar tierra. Les haría acarrear bultos en el puerto. Descargar bolsas en las estaciones. ¿Por qué? Pues porque son las desgracias de las honradas familias, y los chiflados más peligrosos y enfáticos que apestan la tierra. Las fotografías de los fotogénicos El fotogénico es por regla general un admirador de Rodolfo Valentino. Yo concibo perfectamente que Rodolfo les guste a las mujeres. Para eso son mujeres. Más aún, ellas al admirarlo a Valentino demuestran tener un excelente buen gusto. Pero que un hombre se pase los días y las noches frente a un espejo frunciendo los labios y las cejas para parecerse a Rodolfo… ¡hágame el favor! No hay nada más que registrar las colecciones de fotografía que estos "valentinistas" envían a las revistas que organizan el concurso de "¿soy o no fotogénico?". Es para reírse a gritos. Hay señores que se hacen retratos en traje de baño para demostrar su fotogénesis física completa. Y dan ganas de emplearlos de bañistas. Otros están reclinados en un alféizar, la melena revuelta, la cara empolvadita, la mirada melancólica. Otros desempeñan una tragedia, tienen la pelambre revolucionada, los ojos saltados que parecen huevos pasados por agua y un puñal de cartón en la mano. Los sentimentales de la fotogenia Pero el plato, el verdadero plato, son los que padecen de un romanticismo de relojero alemán. Una papa, como decía el lorito. Estos románticos de barbería, antes de retratarse alquilan un frac, y en compañía de alguna hermana se van a lo del fotógrafo para representar el drama. Ella, de pie, tiesa como si en vez de ser una mujer de carne y hueso lo fuera de madera; él, el fotogénico, con un pie estirado para atrás, la cara a lo ecce-homo, ladeada, y un brazo estirado hacia el gabinete de revelado del fotógrafo. Un plato. Y los otros, los que se ponen un dedo en el vértice de los labios y hacen un dengue sentimental. ¡Si es para fusilarlos sobre el tambor!... quiero decir, sobre el aparato fotográfico. Y todos patilludos, el pelo con ondulación Marcel, chaleco de fantasía y las uñas sucias para despistar. Los buscavidas y los fotogénicos Y durante un tiempo este gremio de fotogénicos no tenía quien lo explotara, hasta que los buscavidas repararon que la ciudad había sido enriquecida por un nuevo "berretín" que podía ser un filón de oro, y enseguida apareció la clásica, la novísima, la bella invención de los buscavidas: "¿Quiere ser actor cinematográfico? Concurra a nuestra academia. Garantizamos empleo a quinientos dólares semanales." Nosotros los compadecemos a los honrados padres de familia. Compadecemos a las madres beneméritas que remiendan los calcetines. Comprendemos el drama, el profundo drama doméstico, suscitado por el fotogénico que un buen día declara que no trabajará para asistir a la academia o que más sencillamente manifiesta que se irá a Norte América a ganar quinientos dólares semanales. Comprendemos ... sí, comprendemos ese impulso que tiene el padre, honrado albañil o carpintero, de coger una estaca y romperla en las espaldas del fotogénico. Lo comprendemos. El negocio de los buscavidas Y hoy día funcionan varias academias para fotogénicos. Los gastos para instalarlas son escasos. Se necesita un elenco de "profesores" carasduras, un megáfono que sale barato haciéndolo fabricar de hojalata por un estañador, un aparato fotográfico descompuesto, varias bambalinas, y unas viseras de hule verde y los correspondientes arcos voltaicos en el "estudio". Los alumnos accionan como locos frente al profesor. Los hay que se sienten con vocación de "apaches" y entonces el profesor les enjareta una corfií, un pañuelo y un puñal, y a ganarse la vida frente al espejo. Otros hacen de galanes jóvenes y aunque curtidos en los espectáculos grotescos, los buscavidas tienen que hacer arduos esfuerzos para no reírse y echar a perder el negocio que prospera viento en popa. [El Mundo, 7/8/28] Fuente: En Roberto Arlt. Notas sobre el cinematógrafo, 1997. Editorial Simurg. Mark Morrisroe Polaroid of Pia Howard on Glass cerca 1985 Polaroid sobre cristal 7 x 6,5 pulgadas

  • Al reparo de la crisis / Lau Herrera

    I el pensamiento gira un remolino que todo lo engulle agitado succiona tira arrastra más rápido que mi cuerpo y sus manos. Cómo algo tan etéreo puede causar tanto daño II Quiero vivir entre sueños tocar “La canastita” con nuestro instrumento ancestral, el charango. Convocar en mi casa a los pueblos originarios a mi tatarabuela la querandí: oigo el sonido de su voz acampanado III un viento repentino trae inquietud a los campos susurra voces de muerte de fin, de letargo las flores se sofocan ante tal espanto las pocas que quedan se resisten aguerridas las raíces crecen hacia abajo IV Toco tu pequeña cabeza peluda. Una vibración ingresa por la yema de mi dedo. Ya no hay dudas no hay caos en mi interior V Qué es el tiempo Cómo puede algo estar ahí después allá cambiar de lugar Cómo pueden las palabras las tuyas viejo abrigo arropar otro cuerpo VI volver a la pluma una distancia entre mi mente y la espada con la que me apunta a veces el mundo Nota: Lau Herrera es graduada de la carrera de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es docente universitaria en UBA y, también, da clases de Filosofía en el colegio Paideia. Se encuentra escribiendo su tesis doctoral sobre Walter Benjamin. Imparte talleres de filosofía desde su Instagram @filogaiamus. Es parte del grupo y taller de poesía La bestia en la casa, con las poetas Anita Mazzino y Julieta Núñez, y toca el charango en Charangas: Ensamble de mujeres charanguistas, bajo la dirección de Aldana Bello. Palmera Lau Herrera

  • La patria / Julio Cortázar

    Esta tierra sobre los ojos este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles, esta noche continua, esta distancia. Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba pobre sombra de país, lleno de vientos, de monumentos y espamentos, de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos, escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas, repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides. Pobres negros. Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego, dónde el que come los asados y te tira los huesos. Malandras, cajetillas, señores y cafishos, diputados, tilingas de apellido compuesto, gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos, centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos, bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos, secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, trucos, contraflor al resto. Y qué carajo, si la casita era su sueño, si lo mataron en pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva. Liquidación forzosa, que remata hasta lo último. Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía, te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña envuelto en la bandera que nos legó Belgrano mientras las viejas lloran el velorio, y anda el mate con su verde consuelo, lotería del pobre, y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos. Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos, pobres negros que viven un carnaval de negros, qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca, en Palermo, en Barracas, en los puentes, afuera, en los ranchos que paran la mugre de la pampa, en las casas blanqueadas del silencio del norte, en las chapas de zinc donde el frío se frota, en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira. Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking, vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga, tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas, tango, coraje, puños, viveza y elegancia. Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia. Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia. La tierra entre los dedos, la basura en los ojos, ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos. Y no decir, mañana porque ya basta con ser flojo ahora. Tapándome la cara (el poncho te lo dejo, folklorista infeliz) me acuerdo de una estrella en pleno campo, me acuerdo de un amanecer de puna, de Tilcara de tarde, de Paraná fragante, de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos quebrando un horizonte de bañados. Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero, sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada más que de lejos y amargado y de noche. Fuente: Razones de la cólera Bs. Aires - 1951 / París – 1956 Julio Cortazar Koen Theys PATRIA 2008 Tinta de conservación sobre papel de archivo 107,5 × 209 cm

  • Disponibilidades que acompañan y cuidan / Fernando Ceballos

    A mis compañeros acompañantes terapéuticos Sofi, Eze, Franco, Vane, Marcia, Fio “Es con el ambiente que sanamos a la gente”. Jean Oury Estar disponible no es estar veinticuatro horas todos los días. Estar disponible es ofrecerse, es dar a conocer una presencia, es acercarse a ese que sufre dando conocimiento de que allí puede haber otro, un semejante. Un nombre, un horario, un lugar y un tiempo. Y ese ofrecimiento tiene que ver con el tiempo al cual uno se dispone. Ofrecer tiempo, eso es estar disponible. Esa “presencias cercanas” de las cuales hablaba Deligny. Hola buenas tardes. Soy Fernando. Pertenezco al equipo de salud mental, hoy voy a estar de 14 a 20 horas. Vamos a pasar durante la tarde a invitarte a que puedas participar de diferentes actividades. No estás obligado a participar, pero para nosotros sería muy bueno que te puedas integrar, salir un poco de la habitación. Más allá de esto cualquier cosa que necesites, o necesites hablar un rato con alguien, me podés buscar allá en esa oficina de salud mental o pregunta por mí en la oficina de enfermería. Muchas gracias. Una presencia con un aire de gentil compromiso que oficia de anfitrión hospitalariamente posibilitando un espacio, otro espacio, otra dimensión. “No resulta fácil desarmar cerrojos que separan y distinguen entre una atención que se llama individual y otra que se nombra grupal. La presencia simultánea de soledades que se desconocen entre sí, suele considerarse abundancia que apabulla, dispersión que diluye lo particular, impedimento de una exclusividad1”. Después de las 16 horas la puerta se abre mágicamente y el pasillo de la sala de internación de clínica médica de un hospital general se alarga por la tarde. En ese preciso instante aparece otra dimensión. Una especie de universo paralelo que se abre como una desgarradura del sistema, deshilachando estigmas, prohibidos y los no se puede; descifrando sintagmas rotos, fantasmas, fragilidades, claroscuros, perplejidades, extrañezas. Cartografías de un lenguaje que va y viene, creándose cada vez e irrumpiendo pleno en un ambiente petrificado por los procedimientos. Y estamos ahí locos o no, fuera de toda categoría, fuera de todo sentido. Abrimos, no para en-cerrar. Abrimos, para permitir abrir-se. Dimensión que respeta al otro en el momento de su dispersión, posibilitando una frontera, porque si la apertura no tiene bordes se transforma en un pozo sin fondo. Bordes que ayuden a apoyarse, a respetarse en la palabra, en el deseo, en las decisiones. Bordes que delimitan un adentro ávido de mostrarse. Un adentro plagado de afuera. Esta dimensión aparece cuando uno de los pibes que cursaba una internación, después de haber decidido irse de la institución sin el alta correspondiente, a su regreso nos dice: yo me fui porque acá me aburro. La palabra aburrimiento retumbó de lleno en nuestra sensibilidad ya que, a partir de esas palabras empezamos a ver que no había en nuestro trabajo clínico, un lugar para “el estar internado” que sea diferente a lo que propone la lógica manicomial: dormir, comer, encerrarse en la habitación, tomar la medicación a horario, controles cada 6 horas, respetar las normas a rajatablas, no propiciar ninguna crisis, no deambular por el hospital, entre otras cosas que hace una persona que está “normalizada”. Claudia Baffo en una investigación de internaciones de salud mental en hospitales generales de Río Negro, dice: “Hallamos que la continuidad de cuidados aporta accesibilidad a la internación, la cual es valorada por los usuarios como una etapa del tratamiento, mientras que el aburrimiento se conceptualizó como una de las formas de violentación institucional”2. El aburrimiento como otra de las modalidades en que las diferentes capilaridades de la violencia institucional disciplinan los cuerpos sosteniendo esa lógica de normalización. Modos en que esos cuerpos rutinizan sus movimientos, sus discursos, sus gestos. Modos en que las instituciones sujetan subjetividades inconformes. Pero también sabemos que esos modos clasificatorios muchas veces arropados de violencia, no llegan a todos aquellos que habitan los hospitales intentando encontrar otras clínicas posibles. Existen otros modos en donde el otro está presente desde su historia, su cultura, sus palabras, sus deseos, sus demasías, sus inclemencias. Existen otros modos porque existen otras sensibilidades. “Saberes que se revalorizan y surgen desde abajo, desde las periferias de la sociedad, no necesitan validarse por discursos científicos y oficiales, pues no hay nada más válido que lo que se vive en propia carne, en la casa, en el barrio, en la comunidad. Es a partir de ahí, y sólo desde esa posición, que estos saberes resignifican los saberes oficiales, hegemónicos, visibilizando voces y prácticas que han sido descalificadas”3. Apenas han terminado de tomar la merienda, y cuando el carro que reparte la leche se aleja ruidoso y chueco por el pasillo hacia la cocina, ya se pasean al frente de la puerta de la oficina del servicio de salud mental insistiendo ser atendidos en sus demandas. Y como imponiendo su deseo, al que sale o al que entra le piden algo: galletitas, lápices para dibujar, la impresión de un dibujo, una musiquita, un mandala para pintar, jugar un bingo, unos mates. ¿Puedo entrar? Todavía no. Esperen un ratito. Bueno ahora sí. Llegan sin invitación previa. “Porque el asombro autoriza el encuentro, la sorpresa del encuentro. El azar hace el tejido de un encuentro”4. Ya son las 16 y la tarde toda se abre en un sendero de cuidados. Y se van metiendo de a uno. Despacito desparramando sigilo, miradas, sonrisas, desparpajo, creatividad, interrogantes, timidez. Todos saludan y piden permiso, excepto la que fuma mucho. Entran a una dimensión de disponibilidad que los acompaña y cuida, capaz de contener lo múltiple, lo diverso, lo heterogéneo. Acrobacias cimarronas que acompañan y cuidan dando su presencia. Una acequia que refresca pensamientos, apacigua desenfrenos y desaburre cotidianidades. Refugio de un común hablar que posibilita demoras y relevos para tanta inconformidad, donde se resignifican y cobran valor esos pedacitos de genealogías esparcidos por el aire. Es desde allí, en ese espacio y tiempo, donde se urde la historia individual y las trayectorias colectivas y “se hace semblante a la indiferencia presumida del mundo”5. Ingresan. Se acomodan en lugares que van apareciendo espontáneamente según su elección alrededor de la mesa. Y entran en esa dimensión otra que les devuelve miradas, abrazos, palabras, deseos, pedidos, recelos. Hay momentos también en donde los reproches se hacen escuchar. Hasta se mandan al frente entre ellos. Quieren exclusividad. Yo llegué primero. No, si está él, vuelvo después. Yo también quería poner un poco de música. A mí no me gusta la música que él elige. ¿Porque él tiene acompañante y yo no? Incomodidades del estar con otros que propone la diferencia de lo colectivo. Hasta que, en un instante, así inesperadamente, aparece como cierta armonía. Se apaciguan los movimientos y se acomodan los cuerpos. Un momento en donde cada uno intenta ocupar ese lugar sin invadir, sin someter, sin expulsar al otro. Ella, ante el barullo, el tumulto y las turbulencias, aprovecha el cambalache y por un ratito “se adueña” de una de las acompañantes. Cuando él se da cuenta hace un berrinche. Se calma cuando se percata de que todos lo estamos mirando. La acompañante es una joven que despliega ternura y deja una estela amorosa en cada intervención. Todos y todas quieren ser acompañados por ella. Están ahora mirando fotos de cuando él era pequeño en el celular de ella. El chino me decían, me dice. Miro las fotos, es un chino. El otro se queda merodeando buscando favoritismo. Hace unos días que ya no intenta irse de la internación. La última vez que vino su madre, él le pidió algo y después le dijo que se fuera. Hay como un dejo de tristeza incrustada en ese rostro desde que su mamá no apareció más. Una resignación que puede ser entendida como compensación o estabilidad siguiendo la lógica de la normalización. Pero hay tristeza. No llora, ni hace escándalos ni crisis ni está violento ni tampoco está echado en la cama todo el día. Sólo aparece con su tristeza a cuesta. Va y viene. Y la verdad esa imagen pega de lleno en miradas que la miran. Miradas que lejos de clasificar, miran esos ojos opacos, desvanecidos, sin brillo. Intentamos hacer aparecer ese brillo, pero cuesta. No hay caso. Pero de repente nuevamente aquella acompañante llega plena a ese encuentro. Hace gestos afectivos, lo abraza. Lo mira de lleno. Él se da cuenta. Se deja llevar por esa aura que envuelve la escena. Se queda allí como hipnotizado. Sigue cada juego, cada convite. Y regresan esos chispazos de brillo en esa mirada. Chispazos que ayudan a aguantar el cimbronazo. El otro, con cachetes plagados de pecas, encontró también esa mirada en otra acompañante terapéutica que derrocha hospitalidad y que lo invita a escribir. La escritura hace vomitar palabras que riman. A mí me gusta el Rap, dice. Y va escupiendo palabras que riman. Palabras que encuentran tonalidad sensible en donde la disponibilidad cuida. La acompañante se sorprende ante ese rapto de creatividad adormecido. Él arremete con otra estrofa, y otra y otra. Tiene una pila como de veinte papelitos de prescripciones médicas llenas de rimas que prescriben atardeceres, calles, peleas, deseos, ganas, dolor. Otro se cansó de esperar algo que no estaba recibiendo y se fue a dormir un rato. La otra mira como hace el que escribe para escribir de esa manera. No puede entender ese momento. El ambiente es fluido, agradable, acompasado. Se armó un bingo de repente y la morocha que ingresó esta mañana, con rostro de cacique y pelo ennegrecido que cae como flecha hasta su sonrisa impecable, hace de Riverito cantando los números. Se sabe todos los números de la quiniela. 27 la misa, 55 la música, 64 el llanto, dice. Yo le invento algunos para ver si realmente era verdad esa sapiencia quinielera. Se enoja, me reta y me expulsa del bingo por desconfiado. De repente llega la que fuma mucho y pide ir a fumar unos puchos. La acompañamos. Hablamos. Fuma como si los cigarrillos se fueran a terminar esa misma tarde, no los de ella, sino todos los cigarrillos. Fuma irrefrenablemente enojada con el mundo. Antes de terminar un pucho está encendiendo otro con el que acaba de fumar. En la humareda dice ¿Puedo pintar? Claro. ¿Te gusta pintar? Yo pinto con témpera. Hice muchas pinturas, dice. Llega de fumar y se acomoda en la punta de la mesa, acerca unas témperas en una especie de cubetera que le permite tener variedad de colores. Y pinta. Pinta rostros. Pinta con una cadencia que impresiona. Pinceladas de rojo, verde y negro marcan un rostro de mujer. Sólo ella puede hacerlo tan bien, con ese asombro furioso que le permite su creatividad. El que pone música está absorto de lo que está viendo. Se olvida por un momento del ritmo cumbiero que marcaba con sus pies, y se queda petrificado ahí mirando cómo ella desparrama su arte. De repente se levanta y le dice: yo le podría un amarillo. Ella por primera vez saca los ojos de su pintura y lo mira furibundamente. Un instante de tensión se apodera del espacio. Vuelve su mirada a la pintura. Saca un pomo de color amarillo y hace un trazo. Graciaz, le dice suavemente terminado con z. El DJ, se sienta nuevamente en su lugar. Se arma el mate. Circula en una ronda que pareciera que no tiene conexión, que son individualidades que se unen nada más que por el mate y el ambiente acogedor. El mate permite la mirada. Cuando se lo pasan se miran. Algunos así nomás, otros se sonríen, otros simplemente se miran. Cuatro juegan al bingo, uno musicaliza el contexto, otro entra y sale como desafiando al umbral. Otra hace sopa de letras. Otro, calca una figura de Dragón Ball en el trasluz de la ventana. Y ella pinta. Hablan entre ellos, se pasan cosas, se miran, se tocan, se cuentan historias inverificables. El tiempo pasa enlentecido y plácido. Hay chispazos de atardeceres en donde la juntada se hace necesidad. Y atrás de todo, despacito pero no por ello menos alegre, Los Continuados acompasan cumbieramente el ambiente. Después de las 16, la tarde es una burbuja que se hace propicia para poder habitarla sin enloquecer. “Y puede entonces crearse el espacio del decir. El espacio del decir, no es algo que encargamos, así como así, en el lugar: “¡Yo voy a hacerles un espacio del decir!”, es algo que llega allí, como un efecto de sentido o un efecto de emergencia. Podemos pensar entonces que hay “semblante” por ahí, la emergencia de algo en relación con el orden del decir, de un decir que no se dice. (…) Podemos tener acceso a uno u otro, pero sobre todo por los intersticios, es decir, por los entredichos, a través de algo que justamente los va a “conjugar”, y que está entre las palabras. Lacan decía: “Entre las palabras y entre las líneas”. El sentido está entrelineas. Sabemos bien que el contexto (refiéranse a Roland Barthes, Hjemslev y otros),el contexto, es justamente aquello que da lo connotativo, el sentido”6. Una dimensión como un deslizamiento constante, un hálito que no conoce categorías, una serie continua de transformaciones que se complementan en un ambiente común. No existe un a priori que lo limite, no se cristaliza en un estado. Las actividades no son regladas, sino inventadas en el fragor de la tarea y son como esos zigzagueos de un río de llanura que va trazando cartografías en un tiempo que no es lineal y se desencadena a sí mismo en su propio acontecer. “(…) es desde otra práctica clínica, que ya no sea solo patrimonio de psiquiatras y psicólogos, sino de todos aquellos que participen en la atención al sujeto de la demanda, y el sujeto mismo. Una clínica del sujeto en su contexto, una clínica de la dignidad”7. Un remanso que abraza cuerpos bohemios atormentados, heridos de ausencias, de desamparos, de por-venir, de estigmas. Cuerpos que irrumpen inesperada e inconformemente en escenarios petrificados por protocolos estandarizados en donde la transferencia se desplaza al llenado de un cuestionario, o donde una conversación se transforma en un interrogatorio conformando un discurso exclusivamente clasificatorio, sustentado en una lógica distributiva y valorativa que conforma binarismos: normal-anormal, loco-cuerdo, tranquilo-agresivo, estabilizado-excitado, etc. Entonces se abre esa puerta como un portal que intenta revalorizar en esta dimensión esos saberes del acompañamiento y del cuidado subalternizados por la hegemonía psi, que existen y surgen al margen poniendo el cuerpo e inventando estas otras posibilidades clínicas. “Quizás sólo se trata de decir que las clínicas que hacemos no dependen tanto de un escenario o de gestos aprendidos en las universidades, como de la puesta en juego de una posición. Ensambles entre el deseo de hablar y el deseo de escuchar. Conjugaciones entre el deseo de saber y un saber sobre lo no sabido”8. Es desde éste punto de vista que resulta crucial pensar en la legitimidad de esos saberes que germinan por fuera de un consultorio o un diagnóstico como una forma de pensamiento entre varios. El conocimiento que surge en estos espacios no replica las estructuras formales de una clínica hegemónica que propone un tratamiento, sino que está nutrido de creatividad, solidaridad y “transformaciones subjetivas”. Es ese “entre” sinuoso que va hilvanando múltiples relaciones heterogéneas. Ese devenir que se muestra siempre en tensión y que tiene una visión plural del mundo que no intenta tolerar la diferencia, sino de habitarla. Oficios del acompañar y del cuidar. Creaciones por fuera de lo establecido que refundan nuevas miradas, abrazos, gestos o escuchas “sacadas de la galera” para cobijar sufrimientos, desesperanzas, alegrías, logros. Corazonadas que iluminan el escenario rutinario y lo transforman en estrategias clínico-políticas que ni nosotros sabíamos que sabíamos. Compromisos guardados o negados que aparecen redondamente en el momento justo cuando desaparece la ciencia. “Es una pasión ética la que nos hace permanecer en este espacio: el espacio de acogida de una lejanía, de un imposible. Esta acogida de lo inaparente, de lo aún no dicho, pone en cuestión nuestra base, nuestra comodidad”9. Para desbaratar esa parafernalia de dispositivos biopolíticos que nos plantea el modelo, nos propusimos abrir esa puerta como una picada que atraviesa la linealidad cientificista para que las tardes no sean lentas, lacias y planchadas, sino que sean nuestras y se puedan transportar a otra inmensidad sensitiva de iguales. Y así se fue desplegando un momento sublime de la tarde para acompañar y cuidar. Ellos y ellas se acompañan y se cuidan. Nos quieren hacer creer que es imposible generar estas dimensiones. Por eso abrimos esa puerta también como una trinchera del encuentro hacia una nueva clínica que intenta profanar desde la liberación de la potencia de lo impensado, desde un impoder que, como políticas de lo común, sustituye lógicas manicomiales incrustadas en prácticas hospitalarias. “No se trata de transgredir por transgredir, profanar por profanar, inventar por inventar. El asunto reside en autorizarse a imaginar clínicas a medida de lo que se necesite. Desaprender solemnidades académicas para imaginar estados de palabra en los espacios en los que transcurre la existencia”10. Clínicas que sostienen cadencias que se acompasan al son de la música, la risa, el mate, los colores, las palabras, las miradas. Cadencias que se complementan y por un momento intentan ser otros y otras. Cadencias que sostienen ráfagas de ternura y hospitalidad. Cadencias que conjugan sensibilidades desamparadas. Cadencias que hilvanan secuencias de desolaciones que intentan cobijarse en una mirada que no exige resultados ni propone categorías. Cadencias que se complementan a través del juego y la invención. Cadencias que generan esa llamita que calienta inconformidades. Cadencias que nos transportan a otra dimensión en donde el aburrimiento no tiene lugar. 1 Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia 2 Baffo, Claudia. Internaciones por salud mental en sala común de hospitales públicos en Río Negro: modelo de atención y valoración de usuarios y profesionales. Tesis doctoral UNLa. Doctorado en Salud Colectiva. Cohorte 2016-2018 3 Ríos, “Cachito” Leandro. Saber en lo cotidiano. Revista Topía. https://www.topia.com.ar/articulos/saber-lo-cotidiano 4 Oury, Jean – Depusse, Marie. A qué hora pasa el tren… - Conversaciones sobre la locura. 1ª ed. – Ediciones Té de Boldo – Córdoba 2022. Pág. 34 5 Depusse, Marie. Dios habita en los detalles. La Borde, un asilo. 1ª ed. – Córdoba. Ediciones Té de Boldo, 2025. Pág. 62 6 Oury, Jean. Libertad de circulación y espacio del decir. Ediciones Té de Boldo. https://www.tedeboldo.com.ar/fanzines/LibertadDeCirculacion.html 7 Desviat, Manuel. Pensar la salud mental: aspectos clínicos, epistemológicos, culturales y políticos. Editor Omar Alejandro Bravo. Una publicación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales № 11 octubre, 2016 8 Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia 9 Oury, Jean. La psicosis, la institución, la muerte. Ediciones Té de Boldo. Córdoba, Argentina. https://www.tedeboldo.com.ar/fanzines/LibertadDeCirculacion.html 10 Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia Bibliografía Baffo, Claudia. Internaciones por salud mental en sala común de hospitales públicos en Río Negro: modelo de atención y valoración de usuarios y profesionales. Tesis doctoral UNLa. Doctorado en Salud Colectiva. Cohorte 2016-2018 Depusse, Marie. Dios habita en los detalles. La Borde, un asilo. 1ª ed. – Córdoba. Ediciones Té de Boldo, 2025. Desviat, Manuel. Pensar la salud mental: aspectos clínicos, epistemológicos, culturales y políticos. Editor Omar Alejandro Bravo. Una publicación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales № 11 octubre, 2016 Oury, Jean. La psicosis, la institución, la muerte. Ediciones Té de Boldo. Córdoba, Argentina. Oury, Jean. Libertad de circulación y espacio del decir. Ediciones Té de Boldo. https://www.tedeboldo.com.ar/fanzines/LibertadDeCirculacion.html Oury, Jean – Depusse, Marie. A qué hora pasa el tren… - Conversaciones sobre la locura. 1ª ed. – Ediciones Té de Boldo – Córdoba 2022. Pág. 34 Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia Ríos, “Cachito” Leandro. Saber en lo cotidiano. Revista Topía. https://www.topia.com.ar/articulos/saber-lo-cotidiano Adriana Lestido. De la serie Hospital Infanto Juvenil 1986-1988

  • Poéticas del derecho a jugar* / gonzalo sanguinetti

    En las horas de los grandes hallazgos, una imagen poética puede ser el germen de un mundo. Gastón Bachelard Una hilatura que enhebra Infancia, Juego, poética e imaginación. Citas como Juguetes de pensamiento, para una lectura poética de la infancia, una lectura poética del jugar, una lectura, en clave de sospecha, de cierta mutación actual de la infancia y el juego, que incide directamente en la imaginación, tanto política como poética. Asistimos a un tiempo histórico refractario a la infancia: cada vez hay menos temporalidad infantil. Todo tiempo se encuentra asediado por un imperativo de productividad, utilidad y rentabilidad. Pareciera que no se puede perder tiempo, pero entonces ¿Cómo jugamos sin perder tiempo? Poética de la infancia No situamos la infancia como un sinónimo de niñez. Sabemos que hay niñeces sin infancia. No limitamos, ni restringimos su experiencia al universo de las niñeces. Queremos pensarla como hábitat de una función poética, de una sensibilidad poética, como un modo de existencia poético. También podemos pensarla como el sentido lúdico de una vida. Comencemos con un verso de Louis Glück: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia, el resto es memoria”. Infancia no es un estadío evolutivo, un momento del pasado, una etapa que se supera, nuestra parte inmadura, incompleta o inacabada. Infancia es una función vital, un reservorio de fuerzas capaces de abrir la imaginación del mundo, constituye el topos de la imaginación. Infancia nombra un estado de posibilidad del mundo. El juego es la vía que permite relacionarnos con el mundo como un estado de posibilidad. Toda vez que jugamos estamos en la infancia, ingresamos a ese territorio común. Infancia y Juego producen poéticas del mundo. La imaginación, la creación, la ensoñación y la fantasía operan como potencias poéticas que inciden decisivamente sobre el mundo en el que vivimos (Quizás más decisivamente que cualquier otra, aunque no lo advirtamos tanto). Infancia es esa función que siempre puede inventar otra vez el mundo. Designamos como infancia a un estado poético de la existencia, del mundo y de la lengua. La poesía cuenta la infancia del mundo. En una entrevista que le realiza Tamara Kamenzsain en 1973, Juan L. Ortiz sugiere: “La poesía es la realización del estado de infancia que debe permanecer a través de todas las edades. Y llamo estado de infancia a esa frescura, sensibilidad, disponibilidad, a esa apertura a todo lo que aparece. Hasta la materia misma puede acceder a lo que llamamos vida.” Infancia, en tanto apertura sensible, estado de sensibilidad, es insumisa -por definición- al utilitarismo de mercado, a la instrumentalización del mundo, pues nada es objeto inerte, nada es objeto de usufructo, abuso, explotación, todo deviene pasible de una cualidad animada, una cualidad viviente, afectante e imaginante. En ese sentido, presupone un tipo de relación ético-política y ético-poética con el mundo: una relación no de entendimiento, ni de acatamiento, sino de desobediencia encantada. Lo que estamos situando como infancia es, con toda precisión, una contrafigura de la crueldad. Entre Destellos (2020) Natalia Ortiz Maldonado escribe: “La infancia Es el territorio común de la total radiancia de las palabras, de la lúcida expresión del juego, de la equivalencia entre la apertura de una naranja y la apertura de un mundo.” Llamamos infancia a la vigencia -en el presente- de esa posibilidad de mirar el mundo por única vez, otra vez, y las veces que se hagan necesarias para relanzar, recrear, reinventar y reimaginar el mundo que vivimos cada vez que el realismo capitalista pretenda de-terminarlo de-finitivamente. En aquel verso de Glück, “Por única vez” quiere decir “como nunca antes”. Es cuando estamos en la infancia que nos es dado mirar el mundo como nunca antes. Poéticas del Jugar Para que haya condiciones de infancia es preciso que haya Juego. Sin Juego no hay despliegue de infancia, es el hecho de Jugar lo que inaugura la dimensión de infancia, la temporalidad de infancia. En “El creador literario y el fantaseo”, Freud conjetura una relación íntima entre infancia, juego y poética, escribe: "Toda infancia que juega se comporta como un poeta: inserta cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada." Jugar presupone de entrada una operación poética: crear/imaginar/fabular/ensoñar sentidos inauditos en la realidad, dotar el mundo de sentidos inimaginados, insertarlos en su trama para transmutarlo, transfigurarlo, hacerlo mutar hacia algo que agrade. En el jugar anidan potencias de una imaginación capaz de crear sentido, de crear mundo con el mundo dado. Siguiendo esta conjetura freudiana, pensamos que la infancia instaura jurisprudencias de la imaginación, que se materializan a través del Jugar. El jugar como jurisprudencia inaugura y declara, ciertas temporalidades y espacialidades como territorialidades lúdicas. Estas declaraciones de jurisprudencia lúdica, implican la posibilidad de transformar radicalmente las relaciones entre cuerpos, afectos, sentidos, significados, dimensiones de tiempo y espacio, que reconfiguran qué pueden, de qué son capaces esos elementos bajo este nuevo orden de relaciones lúdicas. Por ejemplo, saltar en una cama elástica instaura una nueva relación con la gravedad, especialmente con lo que gravedad tiene de inexorable fuerza de Ley, de determinación implacable, de fuerza inapelable. La acción de instaurar, tiene que ver con legitimar una manera de ocupar un espacio-tiempo singulares, como sugiere Étienne Souriau, “Instaurar es volverse como el abogado de existencias aún inacabadas, su portavoz o, mejor, su porta-existencia. Portamos su existencia como ellos portan la nuestra. (…) Es entrar en el punto de una manera de existir, no solamente para ver por donde ella ve, sino para hacerla existir más, ampliar sus dimensiones o hacerla existir de otro modo.” Jugar instaura modos de relación poética con cada elemento de la realidad, abriendo la posibilidad de composiciones de sentido inauditas, constelaciones afectivas, sensibles, perceptivas inexpermientadas, imaginaciones inconcebidas. De esta manera es insumiso -por definición- a la carga de fatalidad e inalterabilidad con la que “la realidad” impone su obligatoriedad. Una relación poética consiste en una redistribución de potencias y afectos capaz de hacer emerger e instituir una territorialidad, una temporalidad, una musicalidad, un campo afectivo, un estado de sensibilidad, ahí donde no pre-existían. Pensado como práctica de imaginar e instaurar relaciones poéticas con el mundo, el Jugar crea un modo inédito de relación entre los elementos del mundo, los dota de sentidos y de potencialidades inauditas, inconcebidas, inimaginadas. Una práctica de la que obtenemos un afecto imprescindible: la alegría de imaginar y la alegría de percibir, una alegría de los sentidos. Freud pone el acento en que “lo opuesto al juego no es la seriedad, sino la realidad efectiva”. El Jugar no se mide con lo serio sino con lo inalterable, lo inexorable, lo ineluctable. Es el movimiento que inaugura la posibilidad de una posibilidad, la posibilidad de una posibilidad en la imposibilidad. Al Jugar establecemos un modo de relación con lo posible a través de lo imposible. La potencia de instauración del Jugar precipita una suspensión de las determinaciones que hacen-existir. Cuando Jugamos hacemos-existir de otro modo las cosas, al tiempo que nos hacen existir de otro modo: Hacer de un baldío un estadio, de un remiendo de trapos una pelota, hacer de una gambeta, una pisada, una rabona un juguete, hacer de una cuchara una nave que recorre el cosmos, ¿No son evidencia de una profusión de actos poéticos que delinean y pueblan el territorio de Infancia? Hacer de una cosa, otra cosa que nos maravilla y encanta, iniciarse en un nuevo mundo, restituir el asombro de lo desconocido en lo conocido, es el grado cero del efecto poético. Gastón Bachelard aventura que el efecto poético del jugar alcanza a elaborar todo un cosmos, cuando sugiere que "un cosmos joven es una infancia exaltada." En el Jugar anidan promesas de secretas políticas, poéticas y estéticas porvenir, porvivir. Ahí respiran reservas fundacionales de otros modos de existir, una tierra fecunda en hipótesis de vida. Revocaciones de la infancia Revocar es "convocar para cancelar, anular o retroceder un mandato o una resolución”, también "llamar a alguien para disuadirlo o convencerlo de abandonar cierto designio o propósito". A partir de situar la gamificación como proceso de transfiguración socio-histórica que coopta y usurpa el sentido cultural y la potencia vital del jugar, para reducirlo a territorio de usufructo y explotación, entrevemos otra transformación epistémico-política en curso: la revocación de la infancia. Con revocación de la infancia advertimos, por un lado, el desmantelamiento del conjunto de leyes, instituciones y políticas constitutivas del andamiaje jurídico que erige a la infancia como un sujeto histórico, cuya vulnerabilidad debe ser cuidada y resguardada por un sistema de protección integral de derechos. Una reserva protegida de la explotación, la mercantilización, el usufructo, es decir, protegida y preservada de las fuerzas operativas y extractivistas del capitalismo. Ese desmantelamiento se efectúa en algunas líneas de fuerza actuales: -Patologización y medicalización de la infancia: Proliferación y multiplicación de etiquetas diagnósticas (llamados "trastornos", no padecimientos) que se corresponden -sin que nadie lo advierta- con una reducción exponencial de los tiempos y espacios dedicados a jugar, dedicados a construir escenas y tramas lúdicas en común. -Financiarización y endeudamiento de la infancia: En 2024 la Comisión Nacional de Valores habilitó, a partir de los 13 años, el acceso a instrumentos financieros para intervenir en el mercado de capitales. Profundizando un desplazamiento iniciado en la década del '90 (niños a consumidores): de consumidores a inversionistas o intermediarios financieros. En conjunto, pensamos el endeudamiento de infancias y juventudes a través de la proliferación, extensión y alcance reticular de las arquitecturas digitales que multiplican los accesos tanto a juegos cuyo diseño ya incluye estructuras de monetización, como a plataformas de apuestas digitales. -Criminalización de la infancia: En simultaneidad con la baja de edad de ingreso al mercado de valores, se reactiva la imperecedera pulsión punitiva para bajar la edad de imputabilidad a los 13 años. -Hiper-mediatización digital de la relación afectiva con el mundo. -Desmantelamiento de las tramas comunes de cuidado y de juego Pero revocar la infancia no se limita al sistema de derechos que velan por su existencia. Afinamos la lectura hacia una consecuencia más sutil, y por ello, más decisiva de esta redefinición epistémica, política y sensible de la noción de infancia: la delegación de la imaginación poética, que no es sino el fundamento de lo que llamamos Infancia. Extractivismo del Jugar y delegación de la imaginación Bachelard escribe que “la imaginación siempre intenta un futuro. Es en primer lugar un factor de imprudencia (…) algunas ensoñaciones poéticas son hipótesis de vidas que amplían la nuestra”. Pero en carencia de espacios, tiempos, compañías lúdicas en y con las que esas potencias puedan desplegarse, o bien, mediante su puesta al servicio de una retribución económica, se atrofia, enferma la capacidad de jugar, que es aquello con lo que podríamos imaginar otro porvenir que el horizonte de desastre y desdicha que nos ofrece el realismo de devastación del capital. Bachelard le discute al psicoanálisis su preferencia por la adaptación al principio de realidad como signo de buena salud. Piensa que “una vida privada de la función de lo irreal padece tanto como una vida privada de la función de lo real.” Si la función de apertura que es la imaginación no trabaja bien, y no participa como tal proponiendo alternativas, novedades, sueños e hipótesis, ensueños y fantasías, entonces la percepción misma de lo real se empobrece y queda restringida a una suerte de anestesia senso-perceptiva , un embotamiento de la imaginación, provocada por el hábito y la repetición. El Jugar y la infancia (como territorio creado por el juego) suponen incidencias problemáticas para el proceso vigente de monetización exhaustiva de la vida cotidiana. Y esto porque Juego e Infancia constituyen paradigmas de la interrupción, la improductividad, de lo inútil, de la gratuidad, del disfrute y el goce de lo creativo y lo recreativo (una economía del placer no regida por las lógicas del valor, la acumulación y la rentabilidad), representan el disfrute de perder el tiempo. Jugar es el gran saboteador de la economía del rendimiento. Meditando sobre escritura, lectura e imaginación, Úrsula K. Le Guin recuerda que la imaginación no es una forma de hacer dinero, tiene poco que ver con el universo de sentido de la ganancia monetaria: “La imaginación no tiene cabida en el léxico del lucro” escribe, “cuando jugábamos no nos estaban vendiendo nada”. Jugando interrumpimos la inercia del mundo, haciendo nacer otros mundos de esa discontinuidad. La hipótesis de una revocación de la infancia en marcha advierte sobre un estado de clausura de la posibilidad lúdica, un desmantelamiento, en la trama de lo común, de los espacios-tiempos reservados al jugar. Creemos que es esa capacidad de cultivar la imaginación poética, constitutiva de la infancia, lo que está en juego, lo que busca ser destituido. Si esta capacidad de imaginar el mundo jugando peligra, lo que se atrofia es nuestra imaginación para crear instrumentos sensibles capaces de transformar nuestra relación con la vida, entre ellos, esa encarnación colectiva de la imaginación que llamamos política. Nos es familiar la idea de la política como “herramienta de transformación de la realidad”, pero descuidamos que el principio de transformación, transfiguración y transmutación de lo real es un principio de orden poético. No hay política transformadora sin imaginación poética. Quizás necesitemos pensar una infancia de la política. Algo que María Negroni señala cuando escribe “la poesía es la continuación de la infancia por otros medios”. Creemos que, en lo esencial, la revocación de la infancia está apuntando a la detención de la latencia poética que podría animar y donar imaginaciones de otro mundo. Si no sabemos jugar, ya no sabremos imaginar otra vida. No tendremos con qué concebir otras hipótesis de vida en común. Cuando todavía no es demasiado tarde Refaat Alatahatma, es un anestesiólogo Palestino-Boliviano, que reside junto a su familia en Rafah. Hace 3 meses espera que los autoricen a integrar uno de los vuelos que evacúan vidas que sobreviven en Gaza. Relata que fueron desplazados 11 veces de los hogares que fueron improvisando entre ruinas desde que Israel empezó la devastación. En esos desplazamientos forzados, fueron perdiendo todo lo que tenían. Entre esas posesiones, los juguetes de sus hijos. Ayham, el más pequeño, de 4 años, le pide con insistencia una pelota perdida en alguna de las 11 huidas precipitadas por bombardeos. Después de algunas semanas, consigue una para restituir la perdida. Entonces cuenta: “Hace unos días, Ayham volvió a tener su pelota La misma que perdió cuando huimos. La misma que me pidió durante meses, con esa insistencia que solo los niños conocen. Ahora la tiene. Y su sonrisa lo dice todo. Pero no puede jugar en la calle. No hay lugar seguro. La calle en frente de mi casa tampoco. Ya lo vieron a primeros de este mes, cuando todos nos salvamos de milagro. Ayham juega en casa con su hermano mayor. Entre paredes que tiemblan. Sobre un suelo que ya no es seguro. Con una pelota que rebota contra el silencio. Y aun así, juega. Porque los niños de Gaza no esperan a que el mundo les devuelva la infancia. La inventan. La defienden. La celebran.” No se trata de ofrecer una mirada nostálgica, conservadora o impotentizante que trate de retornar a una infancia perdida, sino de señalar la urgencia de crear condiciones para hacer-infancia, como una contraofensiva lúdica a la imaginación apocalíptica de un mundo agotado, como persistencia de una “simpatía de apertura a la vida”, como estocada lúdica que inventa la posibilidad de una carcajada aún entre las ruinas, como reserva lúdica donde cultivar imaginaciones para otro porvenir. Quizás se trate de crear condiciones para dotar de infancia al mundo. Como escribió Mia Couto, “La infancia es cuando todavía no es demasiado tarde. Es cuando estamos disponibles para asombrarnos, para dejarnos encantar”. Resguardar, habitar e intensificar esa temporalidad del todavía no es demasiado tarde. *Este texto corresponde al encuentro inaugural de la Cátedra libre "Poéticas y políticas del derecho a jugar. Decires desde la República Argentina" llevada a cabo por el Consejo Federal por la Defensa del Derecho a Jugar, durante Septiembre y Octubre del 2025. Alessandra Sanguinetti (2003) Los novios. Serie Retratos de la vida en Palestina 2003 - 2004.

  • Adynata Agosto / NK

    Hay una edad en la que todavía desconocemos el nombre de las palabras, también el de las letras. Hay una edad en la que todavía no sabemos hacer del aire palabra. No solo porque la lengua no nos ha aprendido a nosotros, sino porque aún no aceptamos del todo sus reglas. Una edad en la que las palabras cambian de lugar, los objetos reciben nombres inesperados, la boca experimenta antes de obedecer y una falta de ortografía y abrir un mundo. En los textos que se presentan en Adynata este mes, quizás esa edad no sea un momento biográfico. Quizás sea una posición política. Este número reúne una serie de textos que, desde lugares muy distintos, vuelven una y otra vez sobre esa potencia. Monique Wittig recuerda que los recuerdos no se conservan: se fabrican. Que el movimiento no consiste en recordar sino en crear esos recuerdos, hacerlos opoponax. George Bataille devuelve a la boca toda su potencia animal donde el grito es el primer elemento para que el lenguaje se haga presente. María Elena Walsh defiende a la Ñ como se protege a cualquier niñez de volverse una normalidad. Un manifiesto convoca a les niñes malablades a tomar los medios de producción de la significación. Los poemas reunidos en este número hacen del diente de leche, de la pérdida, del verbo materno y del juego escenas donde la lengua todavía no terminó de endurecerse…e insiste en ser un músculo blando e hipersensible incapaz de dejar de meterse en esos huecos que cualquier desearía tapar y luego blanquear. Imposible que la escritura no quede también teñidas por los vendavales mundialistas y los gritos de gol que a veces llevan a una afonía colectiva. Vivimos un tiempo que intenta administrar el lenguaje hasta volverlo previsible. Corregir palabras antes de escuchar lo que su balbuceo podría decir o inventar. En los textos que presentamos este mes volver a la infancia no significa regresar a un paraíso perdido. Significa recuperar el juego con la lengua. Una lengua que no está interesada en representar fielmente la realidad, sino producir otras. Tal vez escribir consista precisamente en eso: conservar un poco de esos dientes de leche aun cuando ya hayan caído. Mantener abierta una forma de hablar que no termine de aceptar que el mundo está definitivamente dicho. Si este número tiene un hilo común, quizás sea ese. No celebrar la infancia, sino dejarse interrumpir por ella. Permitir que vuelva a desordenar la sintaxis, los nombres, las certezas y los modos en que aprendimos a entender la realidad. Porque, a veces, la forma más radical de reencantar el mundo consiste simplemente en volver a jugar. v. Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil

  • Cosa seria es el jugar / Anabela Rodríguez Nunes

    Se dice que estamos en octubre, que apartamos con el pie las flores que caen. Se dice que caminamos cogiendo de la mano a Véronique Legrand. Se dice que somos el opoponax. Monique Wittig Dice Agamben que la felicidad no se encuentra en la acumulación, sino en la capacidad de reinventar el mundo a través del lenguaje y la imaginación, una facultad que es el verdadero reino de la infancia. Desde luego estamos necesitades de nuevos lenguajes e imaginarios políticos en estos tiempos de penuria, fascismo, colonialismo sionista, imperialismo. Las cosas se presentan hechas de una vez por todas, como cerradas y clausuradas, las estructuras de poder intentan entristecer con todas sus armas, metafóricas y literales. Esta necesidad de erguir imaginarios políticos del deseo y la posibilidad frente a un presente inadmisible nos lleva a levantar la infancia como un fusil en la lucha armada por el porvenir-hoy. Entendemos la infancia no como un espacio de nostalgia desde el que contemplar una pureza perdida, sino como una potencia política creadora, el acontecer del acontecimiento, una fuerza plástica que traza mapas de lo que aún no existe. Apelamos por tanto a todas las potencias de les niñes, a lo infantil como operador de sentido, una forma de estar, hacer y maquinar sobre lo que existe. La infancia funciona como una política otra por ser una forma de experiencia y percepción que conserva la capacidad de cuestionar y renovar la comprensión del mundo, es una potencia que reta a la estructura misma del capital, porque no produce según sus lógicas. Porque pierde el tiempo. Porque es indisciplinada. Porque juega. Porque desvía los objetos de su función útil y los entrega a otros usos. Porque balbucea. Porque no habla correctamente la lengua del poder. No se trata por tanto de representar les niñes sino de operar como elles, devenir niñe une misme. Les niñes habitan un mundo todavía mutable, donde las categorías no han terminado de endurecerse. Esa percepción infantil no representa un estado prepolítico: es ya una lucha contra la captura. Por eso devenir-niñe no significa regresar a la niñez, sino entrar en un proceso revolucionario de desidentificación. Devenir-niñe: una intensidad, un proceso revolucionario donde se deja de repetir lo conocido y se arriesga a una apertura, una nueva composición. Devenir-niñe: un operador de sentido, no una representación. Devenir-niñe: mantener abierta la potencia de lo inacabado frente a todas las formas de gobierno que quieren fijarnos de una vez por todas y para siempre. Devenir-niñe: encarnar una relación distinta con lo posible, abrir nuevas formas, engendrar comunidades otras. Lo que aquí tenéis es, por lo tanto, un juego. Aquí escribimos y hacemos desde ese gesto lúdico como modelo para una política utópica material concreta discontinuista otra que busca desactivar los mecanismos de poder que capturan la vida y la experiencia. Como dice el pequeño Bergamín “Si le niñe juega porque es niñe o es niñe porque juega. Pensar es, para le niñe, jugar: poner en juego, graciosamente, las imágenes de su pensamiento. Poner, que es lo que hacen les niñes, todas las cosas en juego”. (Anabela Rodríguez Nunes, 2026) Imagen sin créditos, recuperada de https://www.are.na/edelweiss/deep-ecology-htb7a3pw1va

  • La infancia es una fruta / Edurne Batanero

    El verbo materno Las cuerdas vocales están tejidas por las manos maternas, dentro vientre que compartieron hilvanan la sangre, depositando, como quien siembra un trozo de pulpa esperando amapolas el verbo que se hizo carne. Late el habla en esa cuerda se enredan palabras que nunca quiso aquí la madre, que la garganta me la diste tú pero lo que brota es mío, no puedes cortar los hilos, ni protegerme para que no tenga que nombrar lo que ninguna madre quiere. *** Dientes de leche Llámame con un nombre unido a una muy antigua y olvidada ternura Alejandra Pizarnik Revives en este espacio la ternura que perdemos al salirnos los dientes, al poder decir las primeras palabras cuando solo nos guía la piel y el conocimiento a través de nuestra boca. Algún día te presentaré a la niña que fui. Fuente: En Infancia es una fruta. Vaso Roto Ediciones 2024. Peter Andrew Lusztyk Fruits 2021 Impresión Digital 101.6 × 152.4 cm

  • Manifiesto por la emancipación de les niñes malablades / Anabela Rodríguez Nunes

    A les niñes del mundo, a les que juegan, a les que callan, a les que gritan, a les que inventan palabras donde les adultos sólo ven errores, os decimos: ¡Niñes del mundo, desordenad el lenguaje! ¡LA HORA DE LA REVOLUCIÓN HA LLEGADO! Vamos a tomar los medios de producción del significado y los vamos a tomar hoy. Cada vez que decís "codo" y queréis decir "ombligo", cada vez que inventáis una palabra nueva, cada vez que usáis el "no" como la piedra de la revuelta, estáis produciendo significados fuera de su control. Basta de trucos de magia donde les adultes conjuran la realidad con sus reglas homogeneizantes. Cuando dicen "eso no se dice así, compórtate", están conjurando vuestra desaparición, están borrando un territorio, están disciplinando la lengua. Cuando corrigen, no enseñan: clausuran mundos posibles. Nosotres no conjugamos: desconjuramos. Deshacemos los hechizos que les adultos lanzaron sobre la realidad por medio del lenguaje, desaprendemos la gramática, saboteamos, jugamos. Cuando una niña tartamudea es un motín en la fábrica de fonemas. Cuando un niño inventa una palabra que nadie entiende, no es un error: es la fundación de un mapa lingüístico. Cuando une niñe dice "el gato es redonda", no está equivocando el género, lo está entendiendo todo. Cada vez que dos niñes se inventan un código secreto con miradas, palmadas y onomatopeyas, están construyendo una máquina de guerra contra el imperio de la frase bien construida. Deberemos construir la lengua que habitaremos, pero no lo haremos soles, somos una multitud, un murmullo CONSTITUÍMOS UN DISPOSITIVO COLECTIVO DE ENUNCIACIÓN Escribimos este manifiesto en las paredes, en los pupitres, en la arena del patio, en los envoltorios de los caramelos, en las notitas secretas que pasamos a les compañeres cuando el profesor no mira. Lo escribimos con faltas de ortografía porque las faltas son nuestras trincheras. Lo escribimos en mayúsculas y minúsculas alternadas, porque la alternancia es el ritmo de la revolución. LLAMADO A LA INSURRECCIÓN ¡Niñes del mundo, uníos por una lengua desterritorializada! Tomad las vocales y estiradlas hasta que se conviertan en un chicle color de rosa. Romped las conjugaciones. Inventad pronombres como quien inventa juegos. Desobedeced al diccionario. Usad toda la potencia de vuestros dientes de leche. Y sobre todo: dejad de pedir permiso para hablar. LA HORA HA LLEGADO La revolución no es un destino de adultos: es un juego de niñes que se toman en serio. ¡TOMAD LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN DE LA SIGNIFICACIÓN! ¡QUE EL LENGUAJE SEA UNA GUERRILLA Y CADA PALABRA UN TERRITORIO A LIBERAR! ¡DESCONJURAD! ¡DESCONJURAD! ¡DESCONJURAD! Y cuando alguien os pregunte quiénes sois, responded: "Somos les niñes insurrectes y acabamos de empezar a hablar." Manifiesto redactado por el Frente de Liberación Lingüístico de Les Niñes Malablades en algún recreo de algún colegio de algún lugar. Fechado hoy, porque hoy es siempre el primer día de la revolución. (Anabela Rodríguez Nunes, 2026) Imagen: "Dientes de Leche” . Imagen recuperada online por la autora.

  • La EÑE también es gente / María Elena Walsh

    La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe. ¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta la apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín, el ~. ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? ¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes y los ñacurutuces? ¿En los pagos de Añatuya cómo cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní? "La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos! Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta. No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninios, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania. La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera dónde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter. ¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente. Originalmente publicado en 1996. Más tarde, fue recopilado en su libro Diario brujo (Buenos Aires, Espasa, 1999). Gómez de Liaño, Ignacio El bosque de las letras 1972 Técnica mixta sobre papel 31 x 47,5 cm

  • Entrevista a Monique Wittig sobre L’Opoponax

    Entrevistador: He aquí un libro curioso, interesante y, en definitiva, un muy buen libro. Al leerlo, uno tiene la sensación de que está escrito como pensamos. La música de las frases, la forma en que unas se enlazan con otras, es la misma que tenemos en la cabeza. Los personajes de este libro son niñas que van creciendo. Al comienzo están en el jardín de infantes; al final tienen quince o dieciséis años. Y es a través del propio lenguaje de la narración, de su evolución, como sentimos el paso del tiempo, cómo llega la edad. Las vemos crecer; mejor dicho, las oímos crecer. ¿Era eso lo que usted quería, Monique Wittig? Monique Wittig: Sí, por supuesto. Quería que se las pudiera oír crecer, exactamente en el sentido que usted dice. Entrevistador: El lenguaje cambia. Cambia con la edad, cambia de un año al siguiente; no de un capítulo a otro, porque no hay capítulos, sino aproximadamente cada cuarenta páginas. Monique Wittig: Sí. Porque, en el fondo, uno encuentra aquí fragmentos de vida más que una evolución continua. La vida de estas niñas aparece en fragmentos, uno por cada período. Entrevistador: ¿Recordaba la manera en que pensaba cuando era niña o reconstruyó todo imaginando una determinada mirada infantil? Monique Wittig: Intenté reconstruirla mezclando imaginación y memoria. Entrevistador: ¿Tenía recuerdos? Monique Wittig: Muy pocos. Entrevistador: ¿Recuerdos de su manera de pensar? Monique Wittig: Muy pocos. Creo que los recuerdos son más interesantes cuando una los fabrica. A partir de ahí se reconstruye una impresión, una impresión propia del recuerdo, de aquello que queda de él. Lo que permanece es una impresión y, desde esa impresión, una intenta reconstruir un recuerdo. Creo que de esa manera se consigue mucho mejor la tonalidad de los recuerdos que intentando traducir el recuerdo mismo. Entrevistador: ¿Fue fácil? Monique Wittig: No. Fue bastante difícil. Entrevistador: Al leer este libro da la impresión de que fue escrito para ser dicho en voz alta. Incluso dan ganas de leerlo en voz alta. Monique Wittig: No, no fue escrito en voz alta. Me gustaría escribir algún día un libro pensado para ser leído en voz alta; sería simpático. Pero sí puede decirse que, cuando se escribe, siempre se oye una voz. Entrevistador: ¿Es la voz de una de las niñas? ¿La voz de Catherine? Monique Wittig: Me gustaría que fuera, alternativamente, la voz de cada una de las niñas. Entrevistador: Pero sobre todo… Monique Wittig: Sí, sobre todo la de Catherine. Entrevistador: En este libro prácticamente no hay una historia. Da la impresión de que no ocurre nada. Y, sin embargo, el lector siente una presencia muy fuerte, una realidad muy intensa.¿Qué es esa realidad? Monique Wittig: Podría decir que me corresponde a mí más que a usted…. En el fondo, soy yo quien termina haciéndose la pregunta. ¿La realidad que percibimos en un libro no es, acaso, la misma realidad que percibe quien narra? Entrevistador: Sí, pero entonces, ¿qué es esa realidad? ¿Es alguien? En definitiva, ¿qué es? ¿Es usted? ¿Es a Usted a quien el lector encuentra? Monique Wittig: No lo sé. Lo que impresiona es el mundo. El mundo tal como puede percibirse, tal como usted mismo puede percibirlo. Entrevistador: En cualquier caso, esa realidad llega inmediatamente al lector porque el libro lo consigue plenamente. El tono, la lengua y la escritura poseen las características propias de la edad de los personajes. Después de todo, las niñas siempre están haciendo algo; se mueven constantemente. Y en este libro está el ritmo de la carrera, de los juegos, de pasar de un juego a otro. Monique Wittig: Me alegra mucho que me diga eso, porque justamente quería expresar un movimiento mediante la frase. Creo que por eso mismo el libro está construido a partir de una especie de yuxtaposición. El movimiento de correr, de jugar, de caminar, aparece menos descrito que producido por los propios saltos del lenguaje: de una frase a otra, de una anécdota a otra, de un tema al siguiente, exactamente igual que una niña abandona un juego para empezar otro. Entrevistador: Hay una especie de interrupción permanente de la actividad. Todo está siempre en movimiento. Incluso los nombres pertenecen al mundo de la infancia. Es decir, los personajes no se llaman simplemente Catherine, Valérie o Nicole, sino Catherine Legrand, Valérie…, Denise…, exactamente como aparecen escritos en los cuadernos escolares. Monique Wittig: Sí, en los cuadernos de clase. ¿No le parece demasiado severo? Entrevistador: No, en absoluto. Es simplemente un hecho. En general, cuando hablamos de una persona adulta, decimos solamente su nombre de pila: Catherine… Monique Wittig: Pero creo que, para las niñas y también para las personas adultas, el hecho de tener un nombre completo es muy importante. Por ejemplo, en algunos libros de la Biblia aparecen únicamente largas enumeraciones de nombres. Se dice: «En tal tribu están Fulano, Mengano, Zutano…» Ya ni recuerdo cuáles son esos nombres. Y, sin embargo, el simple hecho de enumerarlos, de decir uno tras otro el nombre y el apellido, les da realidad. En el fondo, cuando alguien es nombrado, existe. Entrevistador: Es verdad. Hace un momento usted decía que en este libro nunca hay una pausa verdadera. Nunca se pasa realmente a otra línea de pensamiento: se va de un tema a otro, pero el movimiento nunca se detiene. Ayer, cuando hablábamos de esto, usted me dijo: «Vivimos así». ¿Cree que incluso de adultos vivimos de esa manera? Monique Wittig: Creo que sí. Al menos, me parece que sí. Entrevistador: ¿Y qué queda entonces? Monique Wittig: Creo que nuestros recuerdos nunca forman una línea continua. Si intenta recordar exactamente qué hizo hace tres meses, probablemente no recuerde casi nada. Tal vez aparezca un hecho cualquiera, completamente al azar, y ese hecho se engancha con otro. Los hechos no sólo se acumulan: somos nosotros quienes los vamos acumulando en nuestra vida. Siempre estamos corriendo detrás de algo. Entrevistador: ¿Hace zigzag.? Hay algunas expresiones que no deben tomarse literalmente. Pienso, por ejemplo, en una frase que aparece varias veces cuando habla de Denise o de Valérie: «Se le cayó la goma sin querer» o «se cayó sin querer». En esos casos hay que entender exactamente lo contrario: “sin querer” significa que fue deliberado, pero dando la impresión de que ocurrió por accidente. Monique Wittig: Sí. Creo que es una forma de camuflaje. Entrevistador: Tengo la impresión de que usted escribe eso de manera muy espontánea, como si esa idea siguiera estando muy presente, muy cercana para usted. ¿No le quedó un poco esa costumbre de hacer las cosas “sin querer”? Monique Wittig: Espero que no. Entrevistador: Da la impresión de que esa expresión vuelve muy a menudo. Monique Wittig: Sí, aparece bastante seguido. Pero creo que, en las niñas, siempre existe una cierta falta de sinceridad frente al mundo adulto. Siempre hacen las cosas “sin querer”. Entrevistador: ¿Y usted no conservó un poco de eso? Monique Wittig: No lo sé. Entrevistador: Cuando las niñas son un poco mayores, Catherine Legrand y su hermana ingresan como internas en un convento. ¿Su experiencia personal le sirvió para escribir esa parte? ¿Usted misma estudió en un internado religioso? Monique Wittig: No. Nunca fui a un internado. Pero sí conocí, como creo que casi todo el mundo en Francia, el convento y la institución religiosa. Y, sobre todo, hace tres o cuatro años trabajé durante unos meses como profesora en una institución religiosa. Eso me hizo volver a pensar en muchísimas cosas. Entrevistador: Es justamente en el convento donde nace esa amistad tan intensa —casi una pasión— entre Catherine Legrand y Valérie. Su protagonista debe tener unos catorce o quince años. Monique Wittig: No sabría decir exactamente la edad. Tal vez catorce o quince. Entrevistador: Es una pasión que, sin embargo, apenas se manifiesta. Aparece en unos celos apenas insinuados y, sobre todo, en una enorme tensión. Y es precisamente en ese momento cuando aparece por primera vez el opopónax. ¿Qué representa el opopónax? Recordemos que también es el título del libro. Monique Wittig: Creo que corresponde, en el fondo, a una toma de conciencia de sí misma. Y también al nacimiento del amor. Quizá sea el nacimiento del amor lo que hace posible esa toma de conciencia. No lo sé. Entrevistador: Entonces, ¿qué es exactamente el opopónax? ¿Es la intervención de los demás? Monique Wittig: Sí… Es la intervención de los otro…Una cosa oscura. Eso no hemos dicho, lo que no hemos expresado. Es eso que querríamos decir, que querríamos expresar. Entrevistador: Es algo que aparece repentinamente en la vida de alguien, en una ocasión determinada. Monique Wittig: Puede ser, y uno luego toma conciencia. Entrevistador: Por ejemplo, Catherine Legrand comienza a escribir pequeños mensajes anónimos. ¿Eso forma parte del opopónax? Monique Wittig: Si.. Es eso mismo… y, al mismo tiempo, es otra cosa. Es como si se dividiera en dos. Al menos, esa es la impresión que tengo. Entrevistador: Ayer usted me habló de una palabra alemana relacionada con el opopónax. Hoy, en cambio, me dio otra. ¿Cuál es la correcta? Monique Wittig: La palabra correcta es Trudemännchen. Designa a un pequeño hombre que oprime el pecho mientras uno duerme. Es el personaje de las pesadillas. Creo que proviene de un antiguo cuento popular alemán. Es aquello que nos obsesiona. Aquello que vuelve una y otra vez. Algo que viene de las pesadillas. Aquello que desencadena algo. Entrevistador: Al final del libro, Catherine Legrand y Valérie están sentadas una al lado de la otra en un autobús escolar que lleva a las alumnas de paseo. Ha nacido una amistad apasionada. Una aventura comienza. Y, sin embargo, el libro termina justamente allí, cuando todavía casi no ha ocurrido nada. ¿Por qué? Monique Wittig: Porque, si continuara, correría el riesgo de convertirse en un folletín. El amor comienza. Pero eso no es lo importante. Entrevistador: También porque, a partir de ese momento, la historia empieza a convertirse en una historia de personas adultas. Monique Wittig: Exactamente. Ya no estamos en el mismo plano. Es otra realidad. Entrevistador: Y desde el momento en que se convierte en una historia de adultos, ¿el lenguaje que había utilizado hasta entonces deja de servir? Monique Wittig: Creo que sí. Ya no sería el mismo lenguaje. En realidad, en los últimos capítulos el lenguaje ya empieza a cambiar. El ritmo se precipita. Y ese cambio ya anuncia un final. Entrevistador: Usted dice, en cierto modo, que cuanto más envejecemos, menos claramente vemos las cosas y, por lo tanto, más difícil resulta contarlas. Después de eso… ya se terminó. Habrá que inventar otro lenguaje para la próxima vez. Muchas gracias. Monique Wittig: Gracias a usted. Fuente: Monique Wittig à propos de son roman "L' Opoponax" dans Lectures pour tous (1964) En: https://www.youtube.com/watch?v=41ylkxSVGo4 William Mophos, “Quintal da Vovข”, (2025), Pintura acrílica sobre fragmento de pared, miniaturas de materiales mixtos, cúpula acrílica con base de tablero de cemento, 21,6 x 23 x 21 cm

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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