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  • ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? 1 / Michel Nieva

    1 La caja traía seis piezas (cabeza, brazos, torso y piernas, que eran de muy fácil ensamblaje) además de ropa y una guitarra. Una vez que lo armé y lo vestí, su piel fue abandonando la palidez hasta volverse rosada; sus soñolientos párpados se alzaron y el rostro, antes inexpresivo, se iluminó de un no sé qué cándido: como la expresión de un niño, imaginé, que despierta. Salud, patrón, soy don Chuma, se presentó. No necesité escandir su primera oración: octosílaba. Al androide, o gauchoide, para ser más precisos, lo había comprado cuando volví a Buenos Aires de Colombia, después de las extrañas circunstancias que me habían deparado el libro Papelera de reciclaje. Mis desarreglos mentales, el temor a una nueva recaída o, sin más, a la pura demencia, me habían sugerido la necesidad de una ayuda para mis faenas cotidianas, que transcurrían en la soledad del departamento donde trabajaba y vivía. Por otro lado, como mi familia era de campo, de San Antonio de Areco, y como había pasado allí mi infancia, pensé que la compañía de un androide modelo gauchoide*, hasta donde era posible, estimularía un nuevo contacto con esos años tan felices de mi vida, y quizás así, también, sobrellevaría mejor mi depresión. ¡Y qué alegría y qué alivio habían sido esos primeros días con don Chuma, mi gauchoide! Sin ofrecerle demasiadas instrucciones, de manera inmediata aprendió dónde se guardaba cada utensilio doméstico, y ya desde la primera mañana me acostumbré a despertar y a caminar guiado por el olor de las tortas fritas que me dejaba, junto al mate, sobre la mesa. Sabía amenizar estos desayunos rasgando su guitarra mientras recitaba alguna estrofa del Martín Fierro o de Santos Vega, que conocía enteros, o bien zapateando una chacarera. Tampoco me escatimaba (Chuma no lo sabía, instaladas artificialmente en su memoria) anécdotas sobre la vida en el campo: los atardeceres de ginebra en la pulpería, con los paisanos; el sentimiento oceánico y casi místico de galopar la pampa sobre el zaino; algún duelo remoto que justificaba cierta cicatriz de su frente; el recuerdo de alguna china que explicaba cicatrices de las otras, las del corazón, entre otras historias que se desplegaban por las sobremesas, y que me endulzaban de una manera inexplicable. Además, el hecho de que su figura y costumbres evocaran el recuerdo de mi familia y de mi niñez me dio la confianza suficiente para encontrar en su oído un lugar donde intimar mis penas, penas que el robot devotamente escuchaba y a veces, también, con gran acierto aconsejaba. Digamos entonces que, en poco tiempo e inesperadamente, este dispositivo de segunda generación se había vuelto una pieza fundamental de mi vida. Pero como en cualquier relación, cuyo bienestar sin matices siempre es efímero, y cuya prosperidad siempre se reconoce una vez deteriorada, un día, más o menos a los cuatro meses, llegaron los problemas. Recuerdo con absoluta claridad aquella mañana, ya que, cuando me desperté, todavía Chuma no me había preparado el desayuno (algo extraño, dado que hasta ese día siempre lo había hecho), de manera que le tuve que pedir que lo hiciera, pero fue apenas después de que me sirviera el mate y las tortas fritas que me susurró aquella frase, que, en ese momento, solo por zafarse una sílaba de la métrica a la que me tenía acostumbrado, me inquietó: –¡Habría preferido no hacerlo! –me dijo, y se encerró en su habitación sin dar mayores explicaciones. Como un detalle nimio, aunque inusual, lo dejé pasar. Y absorto en mis quehaceres, recién más tarde reparé en que había pasado la una del mediodía, hora en la que religiosamente Chuma, quien todavía no había salido de sus aposentos, tenía el almuerzo preparado. Desde mi escritorio, percatado de la rareza, le grité: –¡Chuma, la comida! No respondió. Extrañado, me acerqué, golpeé la puerta de su habitación, y volví a gritar: –¡Chuma, la comida!De vuelta, silencio. ¿Qué pasaba? Abrí la puerta y ahí lo encontré a oscuras, sentado, con las manos sobre las rodillas, los ojos clavados en el suelo, y un rostro que no ocultaba una profunda desolación. Musitó sin mirarme, entre sollozos: –A este pión perdone, patrón, que en la escuridá silente algo apenado se siente y explicar por qué el corazón se le amarga tercamente decir no sabría con razón. Y después de un breve silencio, agregó enigmáticamente: –¡Y habría preferido no hacerlo! Como por un reflejo instantáneo, sentí, entonces, el impulso de preguntarle ¿qué te pasa?, ¿qué es lo que habrías preferido no hacer?, pero inmediatamente me rectificó la siguiente idea: no es humano. Los androides de segunda generación no tienen emociones, de modo que todo esto debía ser un error de su sistema operativo, pensé. Preocupado porque algún mecanismo interno de Chuma estuviera fallando, solo se me ocurrió ordenarle que volviera a sus faenas domésticas, para averiguar si podría desempeñarlas correctamente, y entonces le grité: –¡Dejate de joder con estas pelotudeces, Chuma, y andá a prepararme la comida! Obedeció, pero a la vez que, ya en la cocina, dejaba un churrasco asándose en la plancha y empezaba a cortar un tomate, me susurró, con el mismo tono de desamparo que antes: –Bueno, pero habría preferido no hacerlo. A partir de este episodio, su comportamiento viró noto riamente: ya no adornaba con anécdotas bucólicas la sobremesa, ni se empeñaba en escuchar mis confesiones. Ya casi tampoco hablaba. Cualquier cosa que yo le pidiera, por ejemplo que me buscara unos archivos, o que resolviera algún problema doméstico, lo hacía sin chistar, pero, cuando terminaba, me miraba con una lastimosa mueca de puchero y me decía, antes de volver a encerrarse en su cuarto: –¡Habría preferido no hacerlo! ¿Qué carajo se suponía que era lo que habría preferido no hacer? Las personas, al menos las humanas, normalmente obedecen las órdenes o no lo hacen, pero, ¿qué sentido tenía decir que no se quería obedecer, después de haberlo hecho?, ¿qué cambiaba más que causar, sin sentido, amargura en el que recibió la orden, y desconcierto en el que la dio? Encima, el recuerdo que yo tenía de los gauchos, al menos de los gauchos humanos, era el de personas duras e implacables, que no se arrepentían de nada de lo que hacían, y el hecho de que Chuma llorara, así, como un maricón, y que repitiera todo el tiempo esa frase tan enclenque, me indignaba de una manera inexplicable. Habría preferido no hacerlo … una acción muda y ya muerta, una presencia en el presente de algo que no fue pasado, un abismo de irrealidad inútil y de inservibles deseos cobardes, y lo que también me desconcertaba era no saber si la repetición de esa fórmula respondía a una suerte de extraño malestar que Chuma intentaba transmitirme, o era apenas una falla mecánica, el error en la maquinaria de un autómata… Lo ignoraba, pero la situación de convivir con un gauchoide tan inseguro, que obedecía a cualquier cosa que yo le dijera y que después me respondía habría preferido no hacerlo, me irritaba profundamente. Y a la vez, como cumplía de manera impecable todas mis órdenes, no sabía si debía o no castigarlo, lo cual me sumía aún más en la perplejidad. Un día, se me ocurrió la idea de preguntarle qué le pasaba. Abrí la puerta de su habitación repentinamente y, al verme, me miró con una expresión de pánico y de espanto exageradísima, como si supusiera que yo quería pegarle. Su reacción me disgustó, pero intenté parecer lo más simpático posible. Tranquilo, don Chuma, no vengo a pedirte nada que después habría preferido no hacer, le dije: solo quería… quería saber cómo estabas, si de casualidad te pasaba algo. Inmediatamente, los ojos de don Chuma dejaron de mirarme y se volcaron hacia el suelo. Empezó a llorar desconsoladamente, y me respondió, con una voz entrecortada y adolorida: –¡Soledá, patrón, soledá! Los días, en mí, sin sentido como lodo se acumulan, y más no haber nacido que esta hubiera preferido vida monótona, de mula. ¡Estoy solo, patrón, solo! ¿Qué soy sino un elemental simulacro, una accidental copia falsa? ¿O un fundamental propósito acaso traigo? Ni padres ni amigos haigo y solo el encierro arraigo. ¡Qué daría yo por tener un caballo en que montar y una pampa en que correr! ¡Diga, patrón, si tal vez, de otro gauchoide gimiente deba yo hacerme padre y juez pa no ser tan contingente! ¡Soledá, patrón, soledá! Y después de un breve silencio, agregó enigmáticamente: –¡Y habría preferido no contárselo! Aturdido, sin saber cómo ni qué responderle, cerré su puerta. *Después de que se prohibieran los androides de primera generación, indistinguibles de los humanos, cuando se develó que varios países los utilizaban para reemplazar a los opositores que encarcelaban, torturaban y desaparecían, la empresa que los fabricaba lanzó una segunda generación con números de identificación tatuados en los antebrazos, entre otras marcas que los volvieron fácilmente reconocibles. Y, con este mismo propósito, la medida comercialmente más exitosa había sido la de producirlos, según cada país o región, caracterizados como personajes folclóricos autóctonos. En Argentina, con gran éxito, se habían lanzado cinco modelos: tangueroide, borgesoide, peronoide, gauchoide y kirchneroide. Michel Nieva por Coni Rosman Fuente: Publicado en Ficciones gauchopunks ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? seguido de Ascenso y apogeo del Imperio Argentino. Nieva, Michel 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires Caja Negra, 2025. Agradecemos a Caja Negra Editora  por la amabilidad para permitirnos la publicación del texto y las fotografías de Coni Rosman. Erik Buijs GAUCHO 2018/24 bronce, pintura 49×38×18cm

  • Playas - Mar del Plata / Martin Parr

    Llegué por primera vez a Mar del Plata, el mayor balneario argentino, en 2007, cuando estaba tomando imágenes para mi proyecto Playas, un estudio de playas latinoamericanas. Me sorprendió entonces la magnitud del complejo. Cuenta con dos mil hoteles, dieciséis kilómetros de playas y recibe a más de siete millones de visitantes al año. En términos de tamaño, Mar del Plata eclipsa a otros complejos turísticos de renombre mundial, como Copacabana, Blackpool y Benidorm, pero es prácticamente desconocido fuera de Argentina. Con ganas de volver y explorar más con mi cámara, aquí estoy, muchos años después, en la primera semana de enero, la semana más ocupada de la temporada de verano argentina. La playa central se llama Bristol y me enorgullece decir que vivo en el Bristol original. No entiendo cómo se llamó, pero es algo digno de admirar. La playa tiene su propio ritmo. Temprano, sobre las 8 o 9 de la mañana, los bañistas habituales, generalmente mayores, llegan para tomar el sol, nadar y reencontrarse con viejos amigos: la gente vuelve al mismo lugar año tras año. Nunca verás una mejor colección de sombreros, trajes de baño y sombrillas en un solo lugar. Lenta pero segura, la playa se llena a medida que el sol se intensifica y el calor sube. Para cuando las familias jóvenes llegan a primera hora de la tarde, puede ser difícil encontrar un sitio donde sentarse. Hay una gran variedad de alimentos y chucherías a la venta, y hay un coro constante de productos que se anuncian a los bañistas. Vendedores africanos recorren la playa ofreciendo relojes y gafas de sol. Churros, palomitas de maíz y todo tipo de bocadillos argentinos están disponibles. Bristol es la playa tradicional de Mar del Plata. Los visitantes provienen tanto del interior de Argentina como de Buenos Aires, por lo que se ven personajes de la época. Al conducir por la carretera principal desde la capital, se ven cientos de autobuses que llegan a Mar del Plata desde toda Argentina. Mar del Plata es un destino para todas las clases sociales. Los visitantes más adinerados, de clase media, se congregan en playas como Playa Grande, evitando Bristol como la peste. Si eres realmente rico, vas a Punta del Este, en Uruguay. En Playa Grande, verá a un grupo de jóvenes a la izquierda y a visitantes mayores, junto con familias, a la derecha. También verá a los residentes de la ciudad venir aquí, ya que es su playa local, con los numerosos apartamentos altos para jubilados detrás. Así que cada una de las aproximadamente doce playas tiene su propio elenco, definido por su clase y posición, con sus propios clientes habituales. Al final, para mí, todos los caminos me llevaron de vuelta a la playa de Bristol, donde el conjunto de personajes era el más distintivo. Otro reto que me propuse fue usar un teleobjetivo por primera vez para explorar las posibilidades. Esta nueva aventura me sacó de mi zona de confort; un reto y un poco desconcertante. Desde una posición estratégica elevada, puedes aislar a la gente y enfocar la multitud. Puedes enfocar y captar detalles que el ojo humano tendría dificultades para identificar. Continuaré esta exploración cuando reanude mi temporada de playa en el Reino Unido este verano. Este trabajo tiene su propio lenguaje y dinamismo, y estoy tanteando las nuevas posibilidades. De regreso a Buenos Aires, visité a Ataulfo ​​Pérez Aznar, quien lleva muchos años fotografiando en Mar del Plata y es conocido por sus retratos en blanco y negro de formato medio que comenzó a tomar en la década de 1980. Muy cerca de su casa en La Plata se encuentra el balneario fluvial de Punta Lara, y fuimos juntos para contemplar el atardecer y la multitud del domingo. Aunque es un estuario, había mucha gente haciendo picnics y el lugar tenía un aire similar a la playa Bristol. Muchos de los asistentes provenían de las favelas de los alrededores de Buenos Aires. Además de fotografiar turistas, ir a la playa ha sido una fascinación para mí durante toda mi vida, y he viajado a cinco continentes en mi búsqueda de las mejores playas por su gente y su atmósfera. No tengo ninguna duda de que Mar del Plata es el mejor balneario que he visitado. Es el balneario con más energía, con más gente y no ha sido desinfectado ni ha perdido su popularidad. Si eres argentino, visitar Mar del Plata es como ir a la escuela: hay que hacerlo, no hay elección. Fuente: Todas las fotografías pertenecen a Martin Parr (1952 - 2025) https://martinparr.com/2014/mar-del-plata/

  • ¿Quién nos cuida de la gorra? / Jesi Jess

    Un amanecer como todos los días, la villa se levanta. Los vecinos se van a laburar mientras se quejan de que la guita no alcanza. Afuera está lloviendo y adentro las goteras me inundan el rancho. El cielo está llorando porque murió otro en el barrio. Me corrijo, no murió, ¡lo asesinaron! ¿Quiénes? Los ortivas. Los ratis. La yuta cobarde que dispara, tira y tira sin piedad y otra familia más que acaban de arruinar. Acá es así. Sos un cartonero, sos un albañil, sos un jugador de fútbol, sos un pibito chorro o sos un fisura no tenés derecho a existir. Ya nos acostumbramos a que nos verdugueen estos giles. Nos matan a palos, nos paran a cada rato por portación de rostro o el color de nuestra piel. El abuso de la fuerza policial de estos que quedaron en el pasado son los que patean cuarteles, se quedaron en la dictadura, torturan en las comisarías, total ninguno va en cana, porque la impunidad policial les da permiso a hacer lo que se les dé la gana. Voy dejar los nombres, para que no queden en el olvido porque quiero recordarlos, porque tengo memoria cuando asesinan a los pibes en mi barrio. Luis Garcia, Ezequiel Meza, Sabino Jiménez, "El Paragüita", Nahuel, Lucas Gonzáles y muchos más que aumentan la lista de gatillo fácil. Hoy la villa está de luto y me da bronca aceptar que vamos a seguir llorando. La lista se va agrandando, en mi villa y en otros barrios. Yo te tiro la posta, para muchos el mundo es una bosta. Se escuchan los disparos, otro yuta pide perdón y dice: "no quise matarlo". Acá nos cuidamos entre nosotros aunque nos tilden siempre de delincuentes y que nos merecemos la muerte. Somos villeros y a mucha honra ahora yo me pregunto, ¿quién nos cuida de la gorra? Fuente: La villa en mis venas, Jesi Jess, editorial Chirimbote, 2022. Karla Díaz Más Poesía, Menos Policía 2023 Acuarela y tinta sobre papel. 61 × 45,7 cm

  • Gansos Salvajes / Mary Oliver

    No tenés por qué ser buena. No tenés por qué caminar de rodillas cientos de kilómetros a través del desierto, arrepintiéndote. Solamente tenés que dejar que el suave animal de tu cuerpo ame lo que ama. Contame del dolor, tu dolor, y yo te contaré del mío. Mientras tanto, el mundo sigue girando. Mientras tanto, el sol y los nítidos cristales de la lluvia, atraviesan los paisajes, las llanuras y los bosques profundos, las montañas y los ríos. Mientras tanto, los gansos salvajes, en lo alto del cielo, puro y azul vuelven a casa otra vez. Quienquiera que seas, no importa cuán sola estés, el mundo se ofrece a tu imaginación, te llama como los gansos salvajes, áspero y apasionado, anunciando una y otra vez tu lugar en la familia de las cosas Fuente: El trabajo del sueño, Mary Oliver. Traducción Patricio Foglia y Natalia Leiderman. Caleta Olivia ediciones, 2021 (1986) Ray Sell “Goose" 2014 Collage de técnica mixta 15,2 × 15,2 × 2,5 cm

  • Vamos las bandas / Verónica Scardamaglia

    Otra ceremonia en otro Obras de la Kermesse Redonda, esta vez celebrando el cumpleaños de Patricio Rey que, como siempre, andaba dando saltos por ahí. Los treintaypico grados de calor no fueron suficientes para detener a esa amalgama ricotera que trasciende edades, parentezcos y temperaturas hasta componer una entrañable identidad permanente y mutable al mismo tiempo. ¿Cómo contabilizar el paso de los años con músicos de una talla tal que logran vivir la fiesta en el escenario como si el tiempo no existiera -ya sea por su duración, ya por su intensidad-? ¿ Cómo no sentirme así , si se vive ese clima tan redondo que mantiene intactos códigos presentes en estos recitales desde hace más de 40 años? La suspensión de las morales represoras desata solidaridades alocadas que dejan de ver al desconocidx como sospechosx o enemigxs porque ahí pasamos a transformarnos en un redondito más. Recuerdo alguna vez, creo que en Villa María, que ante una casi agarrada a piñas, la mediación resolutiva consistió en varixs que repetían insistentemente mirando a uno y otro lado, hasta bajar la espuma: ¿somo redondo o no somo redondo?, ¿somo redondo o no somo redondo, eh?. El arrebato coral y contagioso del agite con cantitos que se vuelven palabras que, al decirlas, se reconocen en su recuerdo con esa extrañeza de una memoria en acto. Cantitos como ese, conmovedor y actual, que ya sabía que a Walter (y a tantxs más) lo mató la policía o aquel otro que sabe que “sin policías sin militares vamo a vivir mejor”. Los pogos, que ya no acontecen sólo en la delantera cercana al escenario y en los temas clásicos sino que, desde hace tiempo, lo okupan todo. El pogo no discrimina platea, vip, popular o campo. Ni edades y mucho menos cuerpos. Lo okupa todo. Aún el tiempo de espera a la aparición de la banda. La primera vez que corroboré esto nos habíamos ubicado a distancia prudencial de la zona pogo porque estaba con mis hijas. A los pocos minutos de iniciado el primer tema, una ola expansiva se desató de modo tal que las agarré a ambas del cuello de sus remeras y las arrastré rápidamente al fondo. Pareciera que hay formas que insisten tanto que pegan la vuelta. Pareciera que se han disuelto nuevamente las barreras que dibujan el arriba y el abajo del escenario. Pareciera que, como hace casi 50 años, el lugar de centralidad se desplaza y va de una banda con un sonido impecable y arrollador hasta las figuras sinuosas que arma y desarma el agite increíble de los cuerpos transpirados. ¿A dónde mirar? ¿Es posible mirar al escenario en el medio del pogo? ¿Importa? Las bandas (2025) Verónica Scardamaglia Fotografía. Este 28 de diciembre no sólo nos regalamos rocanrol del mejor, pogos y cantitos por doquier sino también un muy destacado agite arrasador en los teclados y cantándose todo de Mariano Pirato. La precisión vocal danzante y arengadora de Jorge Cabrera y el Chino Laborde, el caudal encantador y desbordante de Leti Lee, el patriotismo metalero y redondo de Walter Meza, la magia rap de Miss Bolivia, la grositud tanguera de Juli Laso, el vuelo al que nos invitaron los teclados de Lito Vitale y la maestría de los saxos invitados. ¡Y la banda! Esta banda que insiste en hacernos ejercitar la capacidad de sorpresa delineando un repertorio tan encantador y maldito como nuestros infiernos y nuestro días hermosos. Esa sagaz batería-Aramberri, encantadora y precisa, que generó ovaciones con los primeros sonidos del Capitán Buscapina; ese bajo entrañable y esas visuales maravillosas de Semilla con su presencia cercana y cómplice; esas magias envolventes de la virtuosa guitarra del ovacionado Tito Fargo; el juego impecable de la guitarra de Oscar Kamienomosky y la onda inigualable de don Sergio Dawi, señor de los vientos y destacado maestro de ceremonia capaz del silencio y la palabra justa. (¿cuántos pulmones caben en un cuerpo?) ¡¡Fulgurantes celebraciones a los 10 años de la Kermesse Redonda!! Fiesta recomendada para revivir ante lo invivible, para gritar contra injusticias, para denunciar siempre la farsa actual del teatro antidisturbio. Y bienvenidxs a aquellxs que quieran saber cómo eran los recitales de los redondos, porque eran como estos (ahora con generaciones varias) con el mix embriagador de rock y denuncia y fiesta y emoción y ardor y desacato y magia y conmoción y violencia que puede soportar un pogo de más de 5000 personas que acontece al mismo tiempo arriba y abajo del escenario. Un pogo redondo y de ricota. Nota: ¿Será que, a pesar de todo, siguen los festejos y el año que viene Patricio Rey cumple 50 años? Cumplimos, porque como afirmó Dawi “todos nosotros, el Indio, Skay, Willy Crook los pibes, los viejos, los maestros, todos somos Patricio Rey”. 28 de diciembre (2025) Verónica Scardamaglia. Fotografía.

  • Los gestos mínimos / Sybilla Correa Perkins y Miguel Anuar Falú

    La indiferencia es cómoda. Hay que nadar a contracorriente para no hundirse en la helada olla de la apatía. Habría que ser muy fuerte para poder sostener tanto tiempo nadando en contra, o ser muchos para hacer frente al curso del agua. Sólo pensar en la idea cansa y es más conveniente rendirse, dejarse llevar. ¿De qué agarrarse? En las orillas los árboles ofrecen sus raíces, firmes manos se clavan en la tierra. Un nadador atento puede valerse de ellas para resistir el empuje. ¿Cómo reconocerlas? Un martes caluroso, cerrada de cursada de psicología educacional, los estudiantes en ronda hablaron de gestos. Lo que hizo tan agradable el recorrido, no había sido otra cosa que los gestos mínimos. En ellos se asomaba la ternura. La clase comenzaba con una pregunta muy habitual ¿Cómo están? Lo que extrañaba era el silencio que se habilitaba después, una escucha dispuesta a esperar. Quienes tomaban la palabra, traían preocupaciones de lo que estaba pasando “afuera” dando cuenta que la separación era más bien ilusoria. Poniendo en evidencia el hermetismo silenciosamente consensuado en la universidad: en pleno caos electoral se inunda de preocupación una clase de psicoanálisis, no se habla del tema ¿Se puede transmitir ética en abstracto? ¿Pretender dar Lacan en el vacío? A veces alcanza con prestar atención a lo que atraviesa un aula: historias, afectos, luchas. Antes del comienzo de la clase de repaso, la docente anuncio que se reduciría el tiempo de esta a la mitad para que se pueda participar de la asamblea. Los martes, la mesa reservada para el exclusivo uso de la profesora, se veía transformada en el soporte de una merienda compartida. Montañas de cremona, galletitas, facturas, budines y mate, invitaban tímidos acercamientos. La ronda, la merienda, la conversación del comienzo de clase desarmaban el anonimato edificado. De estos gestos, como raíces en la orilla, nos tenemos que agarrar. Frente a la enormidad de lo que nos enfrentamos, los gestos como militancia para experimentar nuevos modos de afectar(se); sostenerse frente a una corriente que arrasa con todo legado, imaginación y atisbo de comunidad. Al detenerse, reconocer, y tomar las raíces entre las manos, uno puede mirar, soñar y sentir de modos inesperados. Patricio Reig Gesto # 3 2025 Fotografía impresa en papel tratado con café, químico 83 × 63 cm

  • La traición de mi lengua (fragmentos II) / Camila Sosa Villada

    Cosecho las palabras que escupen los demás. Con eso hago el poema del erotismo. Son sobras. Son las palabras insoportables. Insoportables de decir, de pensar , de escribir. Las encuentro pisoteadas en la vereda, mojadas por la lluvia, arrastradas por la inundación. No importa quién desdeñe su forma ni su origen. Importan para mí en tanto y en cuanto son el detrito de aquellos que no me supieron querer. La basura ajena me resulta tentadora. Es como el antojo de una embarazada. Inevitable. Y si no se contiene, deja una mancha en el cuerpo de tu hijo. Creo que la escritura y, por lo tanto, el erotismo nacen a partir de la basura. Soy una flor de esas que no llevan sabia sino veneno. Soy como los hongos que crecieron en la bosta y duplicaron las ideas de los monos. Fuente:   La Traición de mi lengua. (Página 58) Colección andanzas. Tusquets editores, Buenos Aires, 2025 Dora Franco De la serie Bodegones 2021 Impresión Pigmentada 60 cm de alto x 80 cm de ancho

  • Le virus, c’est moi: Sobre dos intervenciones de Roberto Jacoby / Michael Nieva

    Uno de los interrogantes más acuciantes que expone el paradigma inmunológico que nace con los estados modernos y que, como el ensayo anterior pretendía ilustrar, construye al Otro como una enfermedad níțidamente extraíble y exterminable del cuerpo social, es si deja lugar para otra lengua de lo viral y lo bacterial que permita, en vez de expulsar a un Otro, conformar una comunidad. En tiempos de la dictadura militar argentina, y poco después, con la irrupción en democracia del VIH, la metáfora del virus como agente que contagia el cuerpo individual-colectivo y lo amenaza y corrompe cobró particular actualidad y urgencia en el país, y acaso quien mejor se encargó de desmontar sus implicaciones fue el artista Roberto Jacoby. Si el miedo al Otro como contagio (de sub-versión y per-versión) convierte al cuerpo individual, a su separación de las otrxs amenazantes, en el garante político de la inmunidad y de la comunidad. Jacoby propuso precisamente en sus intervenciones un paradigma antagónico en el que la dimensión de lo común, de lo propio, se define por la confusión, por el entrelazamiento de los cuerpos, o más bien, por aquello que hace que los cuerpos se confundan y entrelacen: el virus como un nuevo paradigma forjador de comunidad. Si el virus, de acuerdo con su modo de transmisión, se caracteriza por invadir lo individual de los cuerpos, confundir sus límites y manifestar que aquello que se considera más «propio» (la corporalidad) está, en realidad, definido por una heterogeneidad y una impropiedad radicales, varias intervenciones de Jacoby a lo largo de los años ochenta y noventa proponen que el virus no es lo Otro, sino que, en cambio, le virus, c'est moi . Como letrista de más de cuarenta canciones de la banda pop que, justamente, se llamó Virus, Jacoby digitó, a fines de la dictadura, una poderosa máquina de viralización de las costumbres retrógradas que dejaba la dictadura: los recitales de rock. Frente a la represión y militarización de las costumbres, al miedo que confinaba a las personas en sus casas, los recitales de Virus eran un nuevo espacio que ponía en la fiesta, en la insubordinación sexual y en las «superficies de placer» (nombre de un tema y disco de la banda) nuevas y radicales formas de asociación entre los cuerpos. Pese a que fue la «superficialidad» el elemento más achacado a Virus, por quienes veían en el travestismo, en la reivindicación queer, una frivolidad sin contenido político, acaso fue precisamente esta operación de superficie la que dio a la banda su mayor contundencia política. Porque si la superficie, entendida por piel, había sido en el paradigma inmunológico una frontera frente a la amenaza exterior, en las fiestas de Virus se volvía ante todo cruce, goce e intercambio; y si la piel, como legado siniestro de la dictadura, había sido una superficie de tortura, en este nuevo ámbito revertía absolutamente su signo y se reivindicaba su dimensión comunitaria y hedonista. Por supuesto, este discurso del virus como fiesta solo era posible en un contexto en el que el VIH era apenas conocido en la sociedad argentina. Ya a fines de los ochenta y toda la década de los noventa, con el avance crítico de la enfermedad, revivieron más que nunca las retóricas mediáticas de exterminio, que en este contexto eran encarnadas por la comunidad LGBTIQ. Por otro lado, la gestión neoliberal del menemismo, con sus medidas que deterioraban vertiginosamente la salud pública, las condiciones generales de trabajo y demás garantías estatales, facilitó la precarización de dichas comunidades, abandonadas a la desidia de lo que Achille Mbembe ha llamado «necropolítica», y que consiste en el «dejar morir» neoliberal a las personas que sobran. En 1994, y posiblemente en consonancia con la cultura del business que proponía el menemismo, Roberto Jacoby funda junto a Kiwi Sainz una agencia apócrifa de publicidad llamada Fabulous Nobodies, cuyo propósito era producir intervenciones contraculturales en el campo mediático. La agencia dirigida por Jacoby y Sainz montó el proyecto «Yo tengo sida», que consistió en la impresión masiva de camisetas con dicha leyenda, que cientos de personas debían vestir en su vida diaria. Hay que tener en cuenta que, a fines de los ochenta y comienzos de los noventa, la ignorancia generalizada respecto a las causas y los modos de contagio del virus suscitaron en la sociedad oleadas de discriminación y prejuicio, y que hacían que «ponerse la camiseta» del VIH produjera un efecto de transgresión mucho más categórico del que quizá tendría en la actualidad. En este escenario, la consigna Le virus, c'est moi (Yo tengo sida) no convocaba a la comunidad por la viralización de la fiesta, sino por la identificación con el/la/lx portador de VIH como el cuerpo precario que todxs potencialmente podían llegar a ser. Ponerse la camiseta del sida, en otras palabras, era proclamar que el VIH no era una ajenidad radical, sino que era más bien su carácter precario, vulnerable, despojado de todo tipo de garantías laborales y sociales por el Estado, aquel que en pleno menemismo también «contagiaba» y viralizaba a trabajadorxs, jubiladxs, jóvenes y docentes, y lo dotaba de una dimensión comunitaria. Porque decir «yo tengo sida» no era solamente evaporar de una vez y para siempre la alteridad radical a la que los discursos mediáticos y fascistoides confinaban a las comunidades LGBTIQ, sino que también era decir yo tengo el virus de ser jubiladx, el virus de ser estudiante, el virus de ser desempleadx, indix, mujer, negrx, el virus de todas aquellas comunidades que, para el neoliberalismo, sobran. Decir «yo tengo sida» era decir yo estoy afectadx por el virus neoliberal de la precarización. Fuente: Michael Nieva, Tecnología y barbarie, editorial Anagrama, primera edición febrero 2024. Dan Arps Hablamos de SIDA 2008-2015 Pintura acrílica, libro encontrado, masilla epoxi 26 × 21 × 3 cm

  • Aburrimiento / F. Terencio Bó

    (Fragmentos de un borrador de carta de la Sra. A. a su amiga Z., traído a indiscretas manos por el viento, fauno burlón y atrevido) Es, sin duda, el mayor mal que existe; búscate un ejército de adoradores, derrocha en pocas horas un dineral, ese estúpido de aburrimiento no te deja. Ni bien me levanto por la mañana y me endoso mi peinador, me asalta de súbito el vehemente deseo de bostezar, que ni en el baño me deja... Este aire de campo es enervante para mis sentidos, nada me satisface, ni en el placer hallo sosiego a pesar que aniquilo a Alfredo con exigencias que me avergüenza escribirte... ¡Nada me llena, nada me sacia! De noche, en la soledad de los jardines, atisbo ansiosa una casualidad cualquiera que me excite la vida, un sacudimiento misterioso que me interese, algo nuevo que me distraiga de este tedio... ¿Qué quiero? No lo sé, ni hallo nada. Las novelas me cansan. Mi cocinera Marieta, a quien abismo en los quehaceres hasta rendirla, siempre canta... ¡Ay! Yo nunca puedo cantar, me sonrío cuando mucho, como noches pasadas que sorprendí a esta chica con el viejo jardinero detrás de un seto, rindiéndoles culto a Venus... Se creían solos... El vejete es torpe ya... ¡Ah, cómo te hubieras reído si hubieses estado tú! Envidio tu carácter jovial, querida; tú ríes siempre, francamente, yo sólo muestro los dientes... Te notifico que nuestro médico se ha enamorado de mí: ríete de la noticia. Encontróme muy bien formada, el tunante y díjome que lo que necesitaba era hacer mucho ejercicio y... tener un hijo. ¿Qué te parece? ¿Quieres que te lo envíe? Es muy simpático, pero sus consejos no me convencen. ¿Prole, yo? ¡Jamás! Bien he visto cómo ha quedado Berta con cuatro: un vientre enorme, toda deformada, no, no, no! Se parece a mi lavandera, que tiene siete. ¿Te imaginas el dolor de hallarte fea, pero fea de no llamar la atención de nadie? Es algo horrible... Esto no puede continuar así, te lo juro, Adela; cualquier día hago una barbaridad, una locura genial, algo que suene; todo, cualquier cosa es preferible a este aburrimiento que me aprisiona cual un corselete de hierro. A ver, no te rías, tengo deseos de bajar desnuda a la calle, correr como loca hasta cansarme y entregar mi descontento cuerpo a todos los apetitos que pasen... Creo que no desdeñaría ni al gordo Paulo, el cochero, ni al fornido mayordomo de la casa. Sí, estoy harta de bailes, de salones, de conversaciones tilingas y de apretones de sofá: te juro que nada me sana de esta fiebre que arde en mí, producida por mi vida aparatosa... ¡Si al menos estuvieses tú! ¿Te acuerdas de aquellos hermosos días que pasamos juntas? A tu recuerdo se me enciende la sangre, Adela mía; tengo nostalgias de tus besos... Supongo que vendrás a verme este mes ¿eh? Tengo ansias de abrazarte a tí, a tí sola. Los hombres son unos tontos y no entienden de estas cosas ¿no es cierto? ¡Ah! Me desperezo inútilmente, bostezo y me estiro toda. Es inútil. La doncellita nueva viene a vestirme. Es una chica guapa y tiene unos ojos lascivos que me encantan... Cualquier mañana de éstas la hago deslizarse en mi cama y juego con ella, a ver si esto me pasa. Me parece que sabe el oficio y no es tonta... ¡Pero qué disparatada carta, Adelita mía! Perdóname, es este tedio, este aburrimiento que me mata. Ven pronta, querida, ven... Te espero... Fuente 1: F. Terencio Bó, Prometeo año I, n.1, segunda quincena de agosto de 1919, Buenos Aires, p. 14 Fuente 2: Contra toda autoridad, literatura anarquista rioplatense 1896 – 1919, Daniel Vidal y Armando v. Minguzzi (compilación e introducción), editorial Tren en Movimiento, 2021. Craig Hill Audífonos gratuitos para ciegos 2018 Collage de acrílico y papel sobre lienzo 27,9 × 25,4 cm

  • ¿Con qué tiemblan los analistas? / gonzalo sanguinetti

    El artículo masculino plural "los" que figura en el título no es incidental, ni es por desatención de la gramática patriarcal que dota al género masculino con la vocación de lo universal. Es una apelación decidida al conjunto masculino  de varones cis-heteronormados que trabajan en espacios clínicos desde las coordenadas del psicoanálisis, y decimos escuchar . Un psicoanálisis no ocurre sino a partir de la puesta en acto de una desistencia ética . Un acto de renuncia a lo que el poder nos concede en esa relación sin condición más que gozar de lo concedido. Para ser concedido el poder exige ser ejercido, y exige ser ejercido para perpetuarse en sus efectos. Y exige especialmente a quienes gozan de las concesiones de su investidura. La subordinación a esa exigencia -impercibida en su imperatividad- suele sentirse como lo más propio de sí . La posibilidad de un psicoanálisis, entonces, comenzaría con una declinación de sí.   Pero en el caso de analistas varones cis-heternormados ¿en qué consistiría una tal declinación de sí? ¿sobre qué nodos de una economía libidinal ordenada bajo el régimen epistémico, afectivo y político sensible de la heterosexualidad, operaría una tal declinación de sí? Para quienes trabajamos en espacios clínicos desde la práctica del psicoanálisis, nos corresponde pensar la inscripción específica  que el  principio de abstinencia  comporta para varones cis-heteronormados. Especialmente por haber sido instruidos para habitar regímenes sensibles conformados en la matriz afectiva de una educación sentimental que nos preparó específicamente para afirmarnos a través de las más variadas formas de aprovechamiento y abuso de las vulnerabilidades. Esas formas de aprovechamiento, usufructo y abuso, operan como actos de confección de un aciago privilegio masculino: la denegación de la vulnerabilidad constitutiva de lo vivo. De una continuidad viviente de la que no estamos eximidos, por mucho que el ejercicio de dañarla nos convenza de una apartada indemnidad. Los dolores infligidos allí serán sentidos aquí, no hay más que un extenso e irreductible aquí estremecido y estremecible. Una de las indiscutibles eficacias que el patriarcado comparte con el colonialismo, el capitalismo, el racismo, el cuerdismo, consiste en convencer de la existencia de un allí  que no afecta al aquí. De un aquí  desafectado del allí. Indemnidad, inmunidad, impermeabilidad nombran tropos  del asunto central que ocupa a masculinidades cis-heteronormadas: su impenetrabilidad . Una de las formas en que se siente un dolor, entre otros afectos, es penetrando  el cuerpo. Porosidad, permeabilidad, pasibilidad, penetrabilidad, vulnerabilidad, delinean tropos para pensar sensibilidades como paisajes compuestos entre pasajes, transmisiones, impregnaciones, rocíos, infiltraciones, absorciones, y exudaciones afectivas. Pensar la inscripción específica que el principio de abstinencia comporta para quienes ocupamos el polo dominante de poder en la estructura patriarcal quizás suponga un ejercicio desafiliatorio de los goces de someter, dominar, apropiar, humillar, explotar y abusar de la indefensión, mediante los que la fraternidad patriarcal nos promete el placer y la protección de una pertenencia exclusiva para quienes la perpetúen. Desafiliación del paradigma afectivo de una virilidad falocrática cimentada en una fantasía de indemnidad: una fuerza invulnerable a otras fuerzas, una fuerza capaz de someter a todas las fuerzas. Dicho de otro modo: el goce de vulnerar a la fuerza  una vulnerabilidad para afirmarse invulnerable. Abstenerse de gozar del poder de dañar que las estructuras de violencia patriarcal y su economía de la crueldad reservan para nosotros: varones, blancos, cis y heteronormados, llamados a encarnar la razón de la fuerza conquistadora como único modo de relación con el mundo. Frente a un estado de indefensión, la razón patriarcal que nos habita, enseña a aprovecharnos. Aunque sepamos que el poder de dañar no se encuentra exclusivamente  reservado para “nosotros”, no se trata de situar un monopolio del daño ejercido por la figura de ese “nosotros”, sino de pensar cómo percibimos nuestra participación en el abuso como estado de sensibilidad [i] , ¿qué percibimos de nuestra participación? ¿Y qué impercibimos? ¿Podemos sentir nuestra participación?   Quizás convenga invertir el sentido de la pregunta “¿cómo es que un varón heteronormado incurre en prácticas de abuso? ” y tomarla por el filo, preguntarnos: ¿cómo es que no lo hace? ¿qué posibilita que no lo haga? ¿qué intercesiones hacen precipitar desvíos? ¿qué nos lleva a incumplir y traicionar la pertenencia a la razón patriarcal? ¿Qué posibilita un abandono de la satisfacción en el dominio, el sometimiento, la explotación de una vulnerabilidad? ¿Cómo dislocamos la erotización del dañar? ¿Cómo ocurre que, ante el daño, haya quienes se inclinan hacia la reparación y quienes se inclinan hacia la perpetuación del daño? Si potencias crueles  (o bien, patriarcales ) nos habitan, crueldades, abusos, explotaciones, ultrajes, no son cualidades personales, ni anomalías o desvíos psicopatológicos, ni esencias del mal ajenas al bien. Conforman verosímiles históricos del poder de dañar, a disposición en cada ocasión de la vida en común de un varón heteronormado. Una interrogación ética específica para varones cis-heteronormados practicantes de una escucha clínica orientada por el psicoanálisis, supone atender cómo merodean, en qué lugares acechan, en qué momentos llaman, cautivan, seducen, persuaden, y en qué radicaría la fuerza incantatoria de esas potencias. ¿Cómo ocurre que un cuerpo se incline hacia el encanto de las eróticas de la debilidad antes que a la embriaguez gozosa de la fuerza? ¿Por qué varones heteronormados tienen tan a mano golpes y humillaciones, y tan lejos las caricias y las lágrimas?   Entre los infinitivos que participan de la clínica, escuchar  constituye un infinitivo indispensable para la composición de un estar clínico. En algún punto, escuchar , ¿consistiría en desistir, rehusar, abdicar, prescindir y traicionar lo que las hablas patriarcales que nos han constituido piden de “nosotros”? ¿Supondría decidir un exilio que no se ostenta? ¿o el desgarro de un despertenecimiento del que no se alardea, que no se presume? Como una efracción de sí sin altisonancias, de la que emana una intemperie que nos desposee radicalmente del ámbito de lo propio. Si para denotar la irreductible alteridad que constituye a vivientes que hablan, el psicoanálisis utiliza figuras como la " división subjetiva" o la " castración del sujeto", que aluden a una metafórica del filo  que corta, la punta que tajea, el cuchillo que desgarra, el acero que mutila (tan solidarias con la narrativa del guerrero  que Úrsula K. Le Guin problematiza y desanda), la figura de la efracción orienta hacia la ruptura de un espacio o de las medidas de seguridad que lo mantienen cerrado sobre sí.  Entre las imaginaciones de una metafórica de la efracción, encontramos el momento de florescencia de las plantas o la eclosión de la crisálida que marcan un punto de quiebre en la transmutación de lo viviente. Pero el gesto desertor no podría conformar un nuevo capital libidinal desde el cual competir en el mercado de acumulación de reconocimientos, en tanto nos reintroduciría en la economía libidinal patriarcal. Desertar de sí no para ‘ contar mi historia de deserción’  o dar talleres de cómo desertar , sino para empezar a escuchar lo que tiembla -y hace temblar- tras el extravío de la lengua. Tal vez desertar de sí para poder temblar. Natalia Ortiz Maldonado (2025) piensa la deserción como “ un desplazamiento político y lingüístico, pero también epistémico, psíquico y afectivo. (…) hacia un lugar donde hablar y pensar son, en el mejor de los casos, tentativos, inciertos, no-autorizados ”. Y agrega: “ quienes desertan lo hacen porque ya no pueden seguir viviendo allí desde donde parten ”. ¿Cómo ocurriría que varones cis-heternormados ya no puedan seguir viviendo bajo las coordenadas del territorio patriarcal?     Temblar la escucha , como una práctica del ir dándose a la intemperie imperceptible y delicadamente, ir dejándose llevar distraídamente, a la manera de Juan L. Ortiz, como "vagas orillas de silencio inclinado / o los oídos de la misma noche / abiertos a qué hálito de flor y de agua juntos?".   Sin experiencia del exilio, errancia, orfandad, desasimiento, intemperie, extranjería ¿cómo nos encontraríamos con el dolor? Sin disponernos al encuentro con lo doliente ¿qué haríamos en un espacio clínico? Anne Dufourmantelle (2019) piensa en esa línea el pasaje del psicoanálisis por una vida cuando escribe  “La necesidad del psicoanálisis es primeramente la de una ruptura íntima. Es aceptar el sentimiento de ser huérfano en todo idioma”. Varones heteronormados ¿qué sentirán ante esa transverberación poética ? ¿sentirán alguna  transverberación poética? Vidas de varones heteronormados ¿admitirían el pasaje por un sentimiento de ser huérfano en todo idioma? ¿podrían querer no tener nada para decir? ¿gustar de no tener nada para decir? ¿sentir la dicha de enmudecer y asistir a lo impronunciable? ¿Qué pasaría si probamos nombrar así la regla de abstinencia: como pasaje por un sentimiento de orfandad en todo idioma ?   En ese sentido, escuchar quizás suponga un modo de estar en duelo. Sin estar en duelo acaso no se haga lugar una escucha. Dejarse habitar por un estar en duelo implica, en sí mismo, una traición a la inconmovilidad patriarcal. Traición al principio de indemnidad sobre el que se erige la impasibilidad de las estructuras patriarcales. En la lectura donde aventura trayectorias de advenimiento del duelo, Freud (1917) señala que allí donde comenzaría el dolor, más bien se suele hallar una " comprensible renuencia [al retiro libidinal ante la ausencia de lo perdido] ; universalmente se observa que el hombre no abandona de buen grado una posición libidinal ". Si la economía libidinal patriarcal reserva posiciones libidinales que proveen exenciones del dolor (a través del poder de dañar) a varones heteronormados, el abandono de esas posiciones presupone el pasaje por alguna instancia de duelo. Para la constitución de una escucha clínica es precisa la constitución de un doliente. Una conmovilidad al dolor. O tal vez mejor: la constitución de una condolencia.   El oído es un sentido vibratorio, escuchar quiere decir -muy precisamente- temblar . Y aún, escuchar no es reducible al sentido auditivo. Si escuchar consiste en afinar la susceptibilidad sensible al más tenue estremecimiento emitido por una vibración, necesitamos pensar que se escucha desde una corporalidad. Incluso, a veces, escuchar hace aparecer zonas y modos del cuerpo inauditas  antes de escuchar. Advenimos a la existencia después de algún llamado. Nos preceden llamados. Audibles e inaudibles. No advenimos del mismo modo cuando oímos el llamado de un amor, que cuando oímos el llamado del miedo, que cuando respondemos al llamado del rencor o de la vergüenza. Hay modos de aparición de los cuerpos determinados por los modos en que son llamados, por las intrigas afectivas que nos llaman como voces flotantes de tiempos históricos. Una pregunta que mantiene el pulso de la clínica: ¿a qué llamados responden las solicitaciones afectadas que llamamos vidas?   No parece posible escuchar sin experiencia del temblor. Pero, ¿con qué temblamos los varones cis-heteronormados? ¿Qué apertura a un estar-estremecido soportan los regímenes sensibles que habitamos? De los modos en que la experiencia de temblar nos acontece y constituye, Derrida (2004) resalta la irrevocable pasividad a la que nos conmina un temblor, escribe: “ el temblor, si es que existe, excede todo ‘hay que’, toda decisión voluntaria y organizada, todo deber bajo la forma de la ética, del derecho y de la política. La experiencia del temblor es siempre la de una pasividad absoluta, absolutamente expuesta, absolutamente vulnerable, pasiva ante un pasado irreversible, así como ante un porvenir imprevisible” . No hay quien que tiemble, hay ruina del quien  en el temblor. Temblar ocurre como experiencia de una radical desposesión de sí. Hay escombros de sí   tras el paso de un temblor. Darse-a-temblar  supone una pasibilidad  ante lo existente, que la vida que vivimos sea susceptible de conmoción ante lo que acontece. Quizás donde no temblamos, cada vez que nos afirmamos en algo para evitar temblar, consentimos, perpetuamos, infligimos modos de dañar impercibidos.   Simone Weil (1947) escribió una orientación preciosa para estar en la clínica, para estar en la vida: " No ejercer todo el poder de que se dispone es soportar el vacío. " Soportar el vacío como prescindencias de querer-ser, querer-tener, querer-sobresalir, querer-figurar, querer-importar, querer-interesar, querer-renombre, querer-valer, querer-ocupar lugar, en una palabra: soportar   privarse de algo.  Soportar el vacío de una modesta apostasía, desinteresada de las formas de consistencia fálico-patriarcales. Pero también como deseo de querer-estar dando lugar, querer-estar dando el estar, querer-darse como un lugar, querer-estar dándose como lugar de manifestación para lo desconocido. Para Weil, lo que acontece en esa disponibilidad otorgada por la concesión de quien se da para que lo inadvenido exista, merece llevar el nombre de gracia . Cuando traza las diferencias entre el gesto elemental del filósofo occidental (saber la verdad de las cosas para tenerlas bajo dominio) y el gesto del poeta, María Zambrano (1940) plantea que la función poeta no consiste en nada más que concesión. No se afana en “ser-hombre”, “ser-humano”, “ser-algo”, no interesa ser , sólo darse como entera concesión, como gesto de hospitalidad incondicional abierta  a lo inconcebible. Al pensar en una hospitalidad sin condiciones, Derrida (1997) escribe sin coartadas: un acto de hospitalidad incondicional no sería sino una vulnerabilidad expuesta y asumida. En Derrida, hospitalidad designa uno de los nombres del temblor, la poesía y el duelo.   En esta constelación, escuchar  podría suceder como estado de gracia desencarnado de la razón patriarcal, que da lugar a encarnaciones de lo herido por la historia dominante de quienes rechazan temblar. Pero si temblar “ excede todo ‘hay que’, toda decisión voluntaria y organizada, todo deber bajo la forma de la ética, del derecho y de la política ” ¿cómo temblar? No se trata sólo de enunciar una ética y denunciar sus faltas (aunque haya que ), sino de escucharse temblar , temblarse escuchar  como práctica que abre un cuerpo . [ii] [i]  Agradezco profundamente a v. Nicolás Koralsky el regalo de este sintagma, incisión de una abertura delicadísima que abrió el texto a horizontes de sentido insospechados. Pero no sólo de un sintagma, sino de una lectura que supo abrir la escritura y hacerla temblar, con una agudeza amorosa inusitadas. v. Nicolás Koralsky - "Colapso estructural" - 2025

  • Malabares y malabaristas: practicando lo imposible / María Emilia Tejedor

    Un recuerdo hecho (de) pedazos Me pregunté varias veces cuál era la mejor forma para hablar acerca de una contingencia: mi encuentro con lo real a partir del pasaje por una institución abocada a “La práctica entre varios”. Una práctica colectiva que se instala a causa de un insoportable clínico y no en vistas de un objetivo terapéutico. 1 Una práctica que sella un modo de pensar y hacer clínica a partir de tomar la posición de “sujeto supuesto NO saber” en las instituciones ¿Cómo hablar de esa tyché , de ese encuentro con lo real que desarma el mundo de representaciones en el que nos sostenemos todos los días?. Tomando las palabras Eduardo Pavlovsky “Tampoco quisiera ordenar demasiado la exposición, cada vez desconfío más de mis exposiciones ordenadas; prefiero hablar como boceto” 2 ejercitando la percepción de líneas que se van trazando, construyendo un dibujo del cual no se conoce su forma final. Estas escrituras están hechas de simples e inacabados trazos. Están hechas de pedazos. De restos. De aquellas líneas esbozadas sobre el piso, sobre las paredes, sobre la mesa, sobre los cuerpos (menos sobre el pizarrón). De aquellos silencios o ratitos de silencios como pequeñas alternancias entre el disparo continuo y pegoteado de palabras. De aquellas frases (varias, repetitivas como estribillo siempre igual. De esos cassettes de nunca acabar, eternidades tediosas). De aquellas palabras que a veces aparecían cuando el ruido cesaba, escondidas entre cánticos y murmullos, trabadas en la garganta, entrecortadas, apoyadas en mímicas. Distintas apariciones, pero siempre… pedazos. De aquellos gritos (alaridos ensordecedores a veces, inentendibles otras o simplemente sacados de la galera descontextualizados). De aquellas babas esparcidas por los objetos y el espacio. De aquellas heces esparcidas por el baño en un intento de arte rupestre, o de aquellas voladoras frente a un enojo. Trozos…pedazos que de sus juegos de entrecruzamientos nodales devendrán algunos posibles. Cada una con sus contornos, movimientos, cortes, distancias, relieves, interrupciones, vacilaciones, fijaciones, reiteraciones, figuras, grosores, direccionalidades, sentidos, errancias, sin verdadera significación y sin verdaderos sentidos. Devenires abiertos de los que no se sabe nada de sus determinaciones venideras. Determinación. Qué palabra. Vaya apuesta hablar de determinaciones. ¿Existirán? ¿O simplemente son una fantasía neurótica de la gestalt, de esa forma que (nos) encierra y cierra, de esa forma que (nos) fija, para nosotros estar tranquilos, para nosotros estar bien anclados? Así… como bocetos también llegan los recuerdos: pequeñas imágenes, partes de relatos, intervenciones aisladas, imágenes fragmentadas. Porque al fin y al cabo … ¿Los recuerdos no son como bocetos? ¿No son esos pequeños fragmentos, trazos, sonoridades, frases, palabras, sílabas, imágenes? ¿No son restos de lo vivido, de lo pensado, de lo actuado, de lo sentido, de lo experimentado? Restos, fragmentos, bocetos, innovadores de fecundidad… algunos. Puesto que algunos inauguran nuevas posiciones y caminos y otros… bueno, otros, mejor despedirlos. Despedirlos como los niños con sus primeras heces en el inodoro. La fecundidad de algunos restos es como esas semillas que se esparcen por la tierra, dando vida a flores nuevas. Flores provenientes de “La transitoriedad” 3 como bien nos señala Freud en aquel texto bello -(y poco leído, ¿Por qué será?)-. Transitoriedad presente en el rasgo de la caducidad, porque al final las flores se plantan, que crecen, duran un tiempo, y luego caen. Para luego volver a nacer… otra vez. “Hay cosas que necesariamente tienen que caer para poder empezar” escuche una vez de boca de un querido analista amigo. He aquí como la caída de los recuerdos habilita un espacio para la escritura. Escribir es como el trabajo del sueño: un hacer con los restos. Esa elaboración secundaria que le da sentido a los fragmentos bizarros, a partir del anudamiento de significaciones que- por momentos- es posible. Significaciones nunca totales, nunca verdades eternas, sino simplemente apuestas de contraseñas deseantes que intentan hacer letra a partir de una necesidad: dar algún orden de sentido a lo innombrable, lo intraducible, valiéndonos de las trazas que dan a leerse. Intentos y apuestas sin infinitivos, sin estridencias. Insistiendo en pensar sin poder nombrar, componen una danza de interrogaciones que inauguran el vacío estructural hospedando lo ilegible. “Incluso bajan la guardia para no cubrirse ni defenderse con el guión normativo de la institución (...) 4 , ni con esas lenguas del am(b)o. Pedazos trampolineros “El Trampolín”, es el nombre de una institución. Un Centro Educativo Terapéutico de la ciudad de Rosario emplazado en uno de los establecimientos físicos pertenecientes a la Fundación del Desarrollo Infantil con dirección en Italia 466. Esa también era la contraseña del wifi, pegada en el interior de una de las puertas de un placard en el salón de los talleristas. En ese placard se guardaba de todo. Desde ambos de profesionales actuales y de los que ya no estaban, ropa de niños que ya tampoco ya no estaban, galletitas y jugos para la merienda, hasta artículos de librería (frascos de témpera sin y con la tapa, cintas despedazadas y no despedazadas, hojas blancas, hojas dibujadas, rayadas, cortadas de múltiples formas y múltiples colores, y pedazos de juguetes). En fin, un placard de restos. Algunos perdidos en el fondo y otros que aparecían a flote y se dejaban ver de vez en cuando. Ese placard sí que era un quilombo. Las neurosis de los talleristas, esos diversos modos de intentar plantear una organización de los elementos dispersos, esas gestalts propias, intentaban dar un ordenamiento. De vez en cuando se escuchaba, “Hay que ordenar el placard” y después de ordenarlo se escuchaba “intentemos mantenerlo ordenado”. Si de imposibles hablamos, en el Trampolín todo intento de orden de lo disperso tenía un punto de imposible. Pero, aun así- (“aún” ... linda palabra para señalar un por-venir cada vez. ¿No cierto? )- esa frase siempre aparecía. Generalmente utilizábamos algunos minutos antes de que los niños y niñas comenzarán a llegar a la institución y entre los talleristas comenzaba la aventura. Agarrábamos las cajas y de una cosa por vez, y entre varios, tirábamos lo que ya había perdido toda condición de uso y dejábamos lo que aún le quedaba alguna que otra chance más. Tal es así que de boca de alguno se escuchaba: “Esto lo podemos usar para…”. Le hallábamos una vuelta más al objeto, cada vez. Armábamos y sosteníamos esos puntos suspensivos como potenciales de un decir. El Trampolín es el nombre de un “boceto de institución”, porque el Trampolín es un lugar donde se presentaban niños y niñas como fragmentos y pedazos con características bizarras y extrañas. Desorganizados, violentados, desordenados, mixeados, confundidos, pegoteados, ecolalizados, mimetizados, desubicados, borroneados, babeados, defecados, sonorizados, aullados, gritados, agitados, excitados, agresivos, asfixiados. En un entramado de conversaciones con Delfina Moreyra -psicóloga, psicoanalista, ex tallerista de El Trampolín-, bordeando y haciendo orilla al río de preguntas imposibles "¿Que es el trampolín?¿Que hay allí?" narraciones como caleidoscopio de su de puño y letra emergieron. El Trampolín era un espacio bizarro en el que ocurría no sé qué cosa, un sitio loco en el que se encontraban retazos, pedazos, porciones, trozos, partes y trazos. Pedazos de juguetes, trazos de crayón, retazos de telas, porciones de comida, fracciones de tiempo, micro momentos, micro espacios dentro de otros espacios, partes de un todo, fragmentos de un cuerpo, sectores bizarros. El Todo era para nosotros algo, una Gestalt a modo de guía. Una gestalt que de una forma neurótica nos perseguía y también nos limitaba. Nos encandilaba a la hora de ver lo que para un niño una parte significaba: el tratamiento de esa pequeña porción que para él era un todo, el trabajo que con ésta realizaba, construía y nos mostraba. Aunque se desintegrara una hoja en cien pedazos, cada uno de ellos era pensado por nosotrxs como un todo, y esa pequeña fracción nos convocaba a observar con el más riguroso detalle qué estaba ocurriendo. ¿Cuáles eran los modos de presentación que aparecían? ¿Qué singularidades podíamos leer clínicamente? ¿Qué pasaba en cada recorte de papel? ¿Lo haría un bollito, lo metería en agua, lo tiraría al piso sin más, lo rechazaría, buscaría la mano de un adulto? ¿Qué hacía el niño con ese breve fragmento de tiempo? ¿Se iría a los tumbos, giraría en círculos, se pondría a gritar, exigiría nuestra mirada? Ese pedazo de-, esa parte de-, se mostraba como un todo y era allí a donde apuntaría nuestra intervención. En un lugar así, como en toda institución, donde ocurren fragmentos de cosas y gestos que no configuran escenas, donde el principio y el final de una tarea se tornan difusos, donde el aquí y el allá no están claros, donde no existen fronteras, donde no hay bordes que funcionen de límites… en un lugar así aparecen todas las promiscuidades. Allí… en ese espacio uno siente la falta. Se vive como “un loco”, “un chino”, “un desmadre”, “un lío”, “un caos”, “un desorden” “anormal” difícil de soportar. Difícil de soportar para los trabajadores, por supuesto. La falta es difícil de soportar. Los fragmentos, los pedazos, los restos, a veces no pegan ni con plasticola ni arman imágenes. El no saber, las incertidumbres, cuestan … cuestan trabajo darles lugar. El deseo del analista, de analizar, la operatoria de vaciamiento sobre lo propio para dar lugar, para hacer lugar a que se hace respecto de ese otro, qué se piensa, qué se diseña para ese otro…es condición propiciatoria. Pero ella, la disposición a hacer lugar requiere de alguien para encarnarse. Se encarna y se pone a prueba cada vez en las instituciones. Algunas veces, ese deseo del analista, de analizar, encarnado en “alguienes” se encuentra con atrolladeros y trastabilla. Trastabilla cuando se inundan con las aguas de la pasión clasificatoria que nos pone de guardia frente al otro. Guardia que nos protege de la angustia manteniéndonos absolutamente por fuera del lazo y hasta a veces, impidiendo el lazo. Los pedazos, los fragmentos, angustian. No nos proveen de gestalts cerradas. Nos devuelven a los puntos de imposibles y contra los imposibles, vaya que lanzamos rúbricas y nombres “AUTISMO” O “PSICOSIS. Esfuerzos vanos porque aun así continúan siendo pedazos y fragmentos extranjeros dignos de señalar que hay algo que necesariamente tiene que no encajar para poder existir como alteridad. Esos pedazos de los cuales nos horrorizamos, son las que presentifican lo singular como alteridad. ¿Qué es lo singular?. Eso que anda suelto. RE- SUELTO, llaman en la ciudad de Reconquista ( Santa Fe) a ciertos negocios. Lo re- suelto, la marca de la diferencia absoluta balizan que el otro es lo que no se espera. Y justo allí, anidan y coexisten la dificultad de los lazos como también su posibilidad. La angustia: el lance de dados La angustia, es el afecto que no engaña. Es el afecto que interrumpe el engaño. Lo que se suelta, lo que anda suelto. Porque lo que engaña es el mundo de representaciones con el que nos manejamos día a día. Las un y mil razones con las cuales nos empeñamos, una y otra vez, en capturar todo aquello que se nos presente ajeno y extraño para quitarle su estatuto de alteridad, puesto que la alteridad nos incomoda y nos atraviesa. Velos ilusorios que hacen las veces de petrificaciones. ¿Esos velos con los que nos engañamos nos hablan del otro o de las profundas dificultades de todo ser humano de lidiar con la alteridad radical de lo otro? La angustia, la angustia como señal. ¿Qué señala? Señala la ilusión del velo. Briza de aire que corre un poco el velo, dejando ver la alteridad devolviéndonos al punto de no-todo, de imposibilidad, de castración. Rompe e interrumpe el mundo de ilusión. Con la angustia, reina la chance de una caída, de un despertar que instaure una falta que haga de agujero para que la respiración se alinee con el deseo y no ya con la imagen. Eso sí, si podemos anoticiarnos de ella y ponerla a trabajar. Sucede en nosotros que los acartonamientos teóricos en ciertas oportunidades son utilizados como armas y escudos con los que nos defendemos una y otra vez. Urgenciados por la prisa, los ponemos delante del otro haciendo las veces de condiciones. Anticipaciones precipitadas que en vez de invitar a comer al extranjero lo dejan absolutamente por fuera de la mesa. Pequeños gestos de crueldad que habitan cada institución y que nos involucran dejándonos sumergidos en las aguas de un impedimento… y sabemos bien que Lacan ubica al impedimento como un síntoma- síntoma institucional- que nos atrapa en una trampa de captura narcisista que no llega a un buen fin. Un ejército de ciegos y sordos conminados a no querer saber nada de las alteridades gestan cinismos e indiferencias que habilitan las crueldades más extremas. Deponer las armas, quemar las naves, habitar la angustia quizá sea más vivible. Orientados en el no saber, sueltos de los puntos de fijación convertidos en anclas, recuperamos la vista y la escucha. Navegar la incompletud, tolerar el caos, sostener la falta no es posible sin la invención de sentidos agujereados en el mismo navegar. Esas lecturas como puntos de sutura, capitonados, hechas con otros que responden punto por punto a tal sujeto y nada más que a tal sujeto, orientarán el navegar por momentos otorgando rumbos. Rumbos incerteros, que podrán o no devenir recursos, podrán o no dar en el blanco, posibilitarán o no ciertas condiciones de base. 1.Zenoni. A, “Orientación analítica en la institución psiquiátrica”, en La Otra Practica clínica- psicoanálisis e institución terapéutica”, Grama, CABA, 2021, p.24. 2.Pavlovsky, E. “La crisis del terapeuta”. Conferencia pronunciada en el ciclo psicoanálisis 71. Centro de psicología médico. 3 .Freud. S, “La transitoriedad” en Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. Trabajos sobre metapsicología y otras obras. (1914-1916). Tomo XIV. Amorrortu editores. Buenos Aires. 2017. 4.Chevnik,D. “Trescientos catorce pistas” en Post Guardia ¿Qué le hace un hospital a la noche?. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 2025. Gabriel Ruta - "A la mierda con eso (o me cago en la mierda)" - 2010 - Fimo y pedrería. Expuesto bajo una campana de cristal. - 6 × 7 × 7 cm

  • Una reserva de ensoñación para una acústica nocturna* / val flores

    ¿Qué posibilidades se vislumbran en las frases que tartamudean y hacen pausas? Lauren Berlant, una teórica queer de los afectos que mantiene una preocupación ético-política sobre cómo imaginar, experimentar, construir y habitar nuevas formas de vida en común,  nos anima a escuchar estas distorsiones del habla y del tiempo como ocasiones frescas para el desapego a las promesas de formas de vida normalizadas. Convoco a Berlant sólo como pasamanos, ese apoyo preliminar, esa superficie de contactos promiscuos, para llegar a este libro de relatos postguardia  escrito por Debi que, me atrevo a decir, es una teórica queer de los gestos epifánicos que propician nuevas formas de vida en común en el ámbito hospitalario habitado por niñeces. Allí se escucha: “ Una silenciosa confianza en que una demora escuchante hace lo que ningún apuro puede… ”. La frase no tartamudea pero instala un destiempo en las corridas de hospital, una demora en la velocidad con que se imponen las ideas formularias y los protocolos sanitarios y administrativos, para que otra cosa suceda, no tanto la promesa de lo ya sabido, sino aquello que escucha lo que no se sabe. Irreverente a catecismos y manuales, estos relatos experimentan con un ingenioso lenguaje de los posibles que pone en riesgo la docta costumbre de clasificar y separar como invernáculo de la normalidad, o léase de la moralidad. Postguardia  es un libro que intenta una pausa en la lengua de los apegos diagnósticos. Me gustaría reponer algunos hilos de los intercambios que mantuvimos con Debi hacia el año 2022 y que fueron cosiendo de a poquito la forma libro de estos relatos. Un ensamblaje ficcional que se demoró en su hechura porque la línea de llegada de un libro a las manos lectoras tiene kilómetros de noches de microdecisiones e incontables días de negociaciones. Por aquel tiempo, apenas pospandemia, nos decíamos por mail: la escritura huele un poquito a algarabía de desvíos. el deseo de que las cosas encuentren otro idioma para vivir. amigxs trampolines hacia una expansión poesía No logro vislumbrar si es todo un delirio o si en cambio es todo un delirio. Je No sé si sería un taller o un s.o.s. consejero o una supervisión o un vinoconvocaideas o un mangazo poético o una terapia de libro o un amistoseo alrededor de ideas aún sin forma. accidente poético ¿Podría un accidente poético recuperar la orientación perdida entre tanta claridad diagnóstica? ¿Podría un accidente poético extraviar demandas institucionales de expulsión / estigmatización / normalización? Parpadeos indiciales de que el deseo de libro se abría al temblor de la voz derramada, de que esos relatos postguardia  salieran a hacer la ronda diaria con sus preguntas quirúrgicas abriendo la sensibilidad de una reseca lengua hospitalaria, suturada con las costras del uso.   Postguardia es un libro que tiembla entre el agotamiento de la guardia, la pregunta intemperante  y el cosquilleo tierno de estampar sonrisas o sosiegos en la noche. Allí se escucha: “ La invitación a leer estos relatos post guardia es entrando por palabras que cosquilleen. ” Hay infinidad de modos de acercamiento sensorial a un libro. Una de las formas de lectura que me gusta ensayar es tomar las primeras palabras y las últimas. Los inicios y los finales dicen mucho de lo que va por el medio, de lo inesperado que urge en el medio.  Postguardia  es un libro que empieza con una pregunta “ ¿Las palabras están vivas? ” y termina con la expresión “ ganas de jugar ” en los agradecimientos. “ Las palabras están vivas ” y “ ganas de jugar ” son los hilos imperceptibles pero muy palpables en los que se tensa esta lengua postguardia que Debi prueba a partir de su trabajo en una guardia en un hospital de infancias, entre marzo 2020 y mayo 2022, en plena pandemia del Covid. También, en ese índice díscolo y fantástico que recibe a lxs lectorxs, con esas 314 palabras que impresionan por su lejanía con un vocabulario sanitario y su cercanía con un tacto y una ética como condición de otra práctica profesional deseable, se vislumbran otros hilos de la aventura. La primera palabra que aparece es “abismo” y la última es “zambullimos”. Abismo y zambullimos. Ambas palabras convocan estados de la materia. Abismo remite a una profundidad repleta de aire, de lo gaseoso, y zambullirnos reclama el agua, lo líquido. Una lengua postguardia y su materia que es el lenguaje mismo, tiene la capacidad metamórfica de habitar diferentes estados, de transformarse según se precise un susurro, un abrazo, un aliento, un silencio, un ratito, un peluche. Postguardia es un libro que nos acerca una química de la imaginación. La lengua postguardia que busca deshabituar la normalidad, que sueña reinventar la lengua de una guardia hospitalaria, una lengua que baja la guardia para re-suscitar colectivamente una lengua que aloje vida. La escritora María Negroni, citando a Edgar Allan Poe, dice que las palabras, como las imágenes, son sepulcros animados. Ejercitamos en ellas ritos de resurrección. Allí escuchamos: “La ventana sigue abierta/Saltar de las palabras/invitación al vértigo/riesgoso re-suscitar/(en) la lengua” “Re-suscitar colectivamente una lengua que aloje vida, con sus fatigas en las instituciones de salud” . Esas palabras que ofician de pistas desfibrilantes son el pulso de una lengua viva de la noche, que sabe de muertes tempranas, y se conmueve por ello. Postguardia  es un libro que nos ofrece, que pone a disposición, una emergencia imaginante, tal como dice Debi. Sin aminorar  la crudeza implacable que palpita en las escenas de la guardia, hace lugar a un hacer inventivo de la palabra. Hace espacio en la palabra para unas vidas y una práctica que reclaman más imaginación y menos medicación. Si "las historias que contamos son también las historias que aceptamos vivir”, escuchamos en estos relatos otras historias para esos seres ariscos al contrato social, seres no domesticados por la pedagogía del “buen paciente” porque sospechan con sus lengüetazos indomables de ese acuerdo tácito que se empeña en naturalizar las desigualdades en la piel. Imaginar otros modos de contar que se rebelan al dispositivo burocrático del lenguaje hospitalario es también imaginar otras imantaciones para esas vidas. Imaginar otras formas de narrar es otra forma de justicia, dice Nina Rodríguez del colectivo YoNoFui. Postguardia es un libro poético, porque cuestiona una lengua institucional que hace de las palabras destinos inexorables para vidas que rehúsan ser atrapadas por la vigilancia moral del progreso. Esta lengua postguardia, con invenciones lexicales y guiños sagaces, es una “lengua con onda”, como diría la nena que usa las malas palabras como brújula de tener onda. Allí se escucha: “ Una nena dice que las personas que no tienen malas palabras no tienen onda. Y las personas que tienen malas palabras son las que tienen onda” Una lengua con onda porque estas pistas son como malas palabras para el discurso clínico. Una lengua con onda porque se sale del aplanamiento -y el aplastamiento- de los chiclés hospitalarios. Una lengua con dobleces, ondulaciones, vibraciones, bucles, bifurcaciones, grietas, todos relieves necesarios para acoger esas vidas al límite. Postguardia  es un libro marcado por una vena antipunitiva en un contexto hospitalario, donde el dispositivo clínico y el dispositivo policial aprietan vidas y deseos insurgentes de esxs pibxs que en su “excitación psicomotriz” dicen una época, un estado del mundo que se revela en esos cuerpos, cuyo presente dolido pide un asombro gramatical menos parecido al lorazepam y más cercano a un instante demorado, a una pausa, a un pase mágico. Allí se escucha: “Cercanías saben de riesgos como protocolos no saben de cuerpos ni de magias ni de estar en lo que pasa” Este libro es un acto de deslealtad con la lengua institucionalizada. Una lengua que rompe filas con un nosotrxs médico porque apuesta a que las pertenencias no sean territorios de desamparos. Una guía imaginaria contra la servidumbre ontológica y la deserción disciplinaria de la lengua del am(b)o y sus pactos de habla con sinapsis oclusivas. Postguardia  es un libro que funciona como una reserva de ensoñación para una acústica nocturna. Cuando se derrumba la maquinaria del hacer aséptico y automatizado aparecen otros sonidos en que se modula el afecto como práctica curativa, los estados de curiosidad que cortejan lo indecible, lo improbable, lo ilegible.       Allí se escucha: ¿qué le hace un hospital a la noche? “Necesitamos hacer silencio para escuchar alguna música que arrulle nuevas palabras por nacer.” En esas 314 palabras que Debi nos ofrece palpitan las vidas y las muertes de lxs pibxs que hacen a la experiencia de este libro. Vidas y muertes que narran las astucias de esos agenciamientos infantiles que teorizan en sus cicatrices la crudeza de andar por los bordes. Ahí se escucha al bebé de seis días que la pelea, al nene con un cartel que dice “aguante los personal de salu”, al pibe de 16 años esposado que murmura “No quiero caer preso”, a la nena de 8 que sentencia “a veces hay que actuar”, al pibe que rebota entre hospitales, al de 14 años y 10 de intervenciones quirúrgicas, a la piba de 14 que se hace cortes en la piel, a la de 10 que se trepa al armario a punto de caerse, al bebé punk, a la nena con barbijo de lentejuelas y su bañadera como refugio, al nene que con una espada de legos defiende el sueño de su mamá, a Alejo que falleció por falta de aire y de escucha, y también a Nikoo, Xoana, Brenu, Lu, Marquitos, B-risa, Lucho y Gilberto. Aficionada a los desvíos, me preguntaba qué podría significar el número 314 y apelando a esa epistemología popular de la que no podemos rehuir, ese apego a la promesa de conocimiento fácil que es google, me encontré con varios hallazgos. 314 es un código de área telefónica para Manzanillo, en México. Es el número de una Propuesta legal en Arizona para criminalizar la inmigración que se aprobó el año pasado. En matemática se asocia al número pi, el famoso 3,14. También, en estos tiempos de amenaza de dolarización, se me ocurrió preguntarme cuándo el dólar salía 314 pesos. Y así aparece el dólar Pi a 314 pesos, como se le dio en llamar al Dólar Qatar, en la época de Sergio Massa como ministro de Economía, a mediados de octubre 2022. Más o menos al mismo tiempo que Debi terminaba de escribir estos relatos. Por último, 314 es a su vez un "número de ángel" que indica que estás “en el camino correcto para alcanzar tus metas”. Es uno de los números más místicos en la numerología angelical, de la cual soy totalmente analfabeta. Aparentemente, representa un mensaje de aliento, que simboliza creatividad e independencia. Si nos damos a creer que los ángeles son mensajeros y protectores, como el ángel de la guarda que todxs conocemos de nuestra infancia, podemos concluir que Postguardia  no es solo un libro de las experiencias de guardia sino la creación de una lengua de la guarda que sabe del poder de los accidentes poéticos y las palabras con onda para vivificar las tripas de un hospital.   val flores 15 de noviembre del 2025   *Texto leído en la presentación del libro de Débora Chevnik, Postguardia ¿Qué le hace un hospital a la noche? , junto a Marcelo Percia y Graciela Bernztein, realizada en la casa del colectivo YoNoFui (CABA). val flores - "Asombro gramatical" - 2025

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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