Post Guardia V / Débora Chevnik

Tierra de diagnósticos, de clasificaciones, de criterios, de ordenamientos y protocolos. Incluso en eso que llaman el “campo de la salud mental”.

Ay! Los hospitales. Tierra de servicios, divisiones, departamentos, con sus jefes de esto y sus jefes de aquello otro, y lxs de planta y lxs residentes, y lxs concurrentes. Geografías de variadas alturas. Categorizaciones para las enfermedades, para las jerarquías. Parece que clasificando se entiende la gente. Se clasifica lo inclasificable. Y se descalifica a unxs que nunca califican. Esxs, ni clasifican para la final de un torneo ni mucho menos para algún final de análisis.

Tierras habitadas por (d)evaluaciones, (d)evaluadorxs y (d)evaluadxs.

Tierras habladas por un dialecto de hablas claras y precisas. Poca contradicción y ambiguedad, para ese género literario que son los informes, y ese otro, el de las historias clínicas.

Tierras lisas sin polvareda, sin ripio. Y una nube clara, repleta de signos inteligibles. Un cielo transparente donde mirar y encontrar soluciones. Sin planteo de problemas, sin bruma. Cada tanto, eso sí, los días de suerte, aparece algún abrumadx.

Traen a N. Que a los 9, y a los 13, y a los 10, y también con 14, y a los 16, supo de las calles; por dormirlas, por inhalarlas.

Con sabiduría cimarrona y ya sin edad, llega, una vez más, al hospital. Y con informes, y con oficios judiciales, y con (d)evaluaciones de desarrollo social, y con un plan de medicación psicofarmacológica equivalente a planes para noquear a cuatro. La distribución, como siempre, injusta. Hasta un nombre lo espera en el hospital, “caso social” le dicen.

Nos piden una (d)evaluación interdisciplinaria de salud para informar al juez, para que se diga “qué es lo mejor para él y cuál es el mejor lugar para que viva”.

Con ternura cruel vamos a conversar pero N. se levanta, camina. Habla caminando.

En los informes, “inquietud psicomotriz”. No decimos “nuestro hablar sentado, y quieto es efecto de un disciplinamiento desde nuestra más tierna infancia”. No, eso no.

Entre ojos achinados y un boleo notable se asoman pocas palabras. N. recuerda un día que el Duki fue al hospital. “Subí la foto que me saqué con él al feibu. La tengo todavía”. Sigue caminando, se acuesta, se duerme.

Hasta que no sepamos mezclar nuestras lenguas: Nico, Joni, Bren, Lu, Marquitos, y tantxs más… perdónennos.

Carlos Alonso. El hospital, 1974