top of page

Búsquedas

Se encontraron 1441 resultados sin ingresar un término de búsqueda

  • Simultaneidades / Verónica Scardamaglia

    Un hombre que vive en la calle muere, anónimo, en una esquina. Un biombo de la policía lo esconde. Al otro día, un ramo de flores en una lata allí. Camina a tomar el colectivo en busca de las ofertas de un shopping. Vuelven al mar, entusiasmadas, después de muchos años. Avisan que hubo un minitsunami en Santa Clara. Un señor mayor protesta enérgicamente: se le colaron en la fila del transporte. Otro señor mayor, otro miércoles más, queda enceguecido por bronca y gases en la plaza Caminan rápido para llegar a ver un atardecer en el Río de la Plata. Las brigadas de la Comarca Andina dan pelea contra los incendios que crecen demasiado rápido. El fuego de las Panteras Negras vuelve a crecer ahí, donde hacen falta. Actrices, cantantes famosxs y muchísima gente común denuncian, ayudan y esperan que algo muera para que otra cosa nazca. Furias pacificadas implosionan en cuerpos. Legisladores aumentan el tintineo de sus bolsillos. Gobiernos gobiernan. Agnès Varda Reunión de las Panteras Negras por la liberación de Huey P. Newton, Oakland, 1968. Fotografía en gelatina de plata 23,7 × 28,1 cm

  • Adynata Febrero: Millones de hastíos / MP

    Millones de hastíos ¿Vamos a dejar que se destruya el planeta porque algunos pocos millones de avaricias desorbitadas estén dispuestas a cualquier cosa por tener más y triunfar? Desmesura que necesita de la pobreza, la desigualdad y la muerte para reinar. Vivimos en la época más desigual de la historia. El problema no reside en la escasez sino en la desigualdad. El principio de las economías capitalistas se basa en la idea de escasez. Sostiene que mientras los deseos son ilimitados, los recursos no. Las necesidades de la población mundial de alimento, agua, abrigo, vivienda podrían satisfacerse con los medios disponibles en el presente. Pero la cuestión del deseo no reside en si tiene límites o no. No se trata de practicar, como pensaba el estoicismo, límites para el deseo. Ni tampoco persuadir al deseo de lo vano de la perpetua novedad. Acaso se necesite pensar el deseo en su condición de amarre y desamarre. Necesidades necesitan algo, deseos desean desear. Deseos no reaccionan ante una necesidad, sino ante una atracción. La sed necesita agua; deseos se mueven atraídos por sabores, embriagueces, fascinaciones, conquistas. Deseos se mueven como peces que muerden anzuelos. ¿Se trata de hacer o procurar que los ganchos de la emancipación atraigan más que los ganchos del capitalismo? ¿Llegará el día en que deseos no muerdan anzuelos ni queden enredados en una red? ¿El día en que sientan sus bocas heridas? ¿Y se den cuenta de que no tenían hambre de una cosa, sino ansias compositivas y exploradoras? Cierto: ansias de poder, de propiedad, de acumulación, de fuerza, se presentan ilimitadas. Pero, poder, propiedad, acumulación, fuerza, simulan carnadas que se clavan en las terminales nerviosas. Y, como ocurre con señuelos de metal con punta invertida, entran fácil, pero después intentos por extraerlos, destruyen. Franco Berardi cita este fragmento de Eugenio Montale (1970), tomado del poema La historia que dice: “ La historia raspa el fondo / como una red de arrastre / por sus desgarraduras más de un pez escapa. / En cualquier ocasión se encuentra uno que se salva / que no parece particularmente feliz. / Ignora estar afuera, ninguno se lo ha dicho. / Los otros, en la red, se creen / más libres que él” . La red de la historia tiene desgarraduras. Cada tanto, existencias se escapan. Algunas sensibilidades se sueltan del sentido común, pero no lo saben. Nadie las puso al tanto. Viven el afuera de la red como desgracia. Mientras que las que están encerradas, dentro de la red normalizadora, se sienten libres. Quizá el hastío sobrevenga como libertad que no sabe de sí. El infortunio del deseo no reside en la carencia, la insatisfacción, la frustración, la insaciabilidad. Aunque todo eso, y más, pueda ocurrir. La desdicha tediosa sobreviene cuando se vive con su ausencia. Y, ¿si acaso se tratara de momentos de extravío y no de ausencia? v. Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil .

  • El hastío de los dioses / Marcelo Percia

    Heinrich von Kleist (1810) piensa el teatro de marionetas como arte superior. Dice que nadie podría danzar con tanta gracia e ingravidez. Ningún cuerpo hablante tendría esa capacidad. Marionetas no cuestionan hilos que las mueven. No piensan. Llevan existencias de cartón. Sin memorias ni pesadumbres. Incluso caídas y abandonadas, no se aburren ni sufren. Están ahí como disponibilidad inactiva. A la espera de una mano que simule darles vida. Si les dieran a elegir entre la carne y las sombras, marionetas elegirían las sombras. ***** Se conocen muchas fábulas sobre la creación. Se sabe el génesis como resultado de la generosidad y la gracia de dios. O se recuerda la conjetura materialista de Epicuro de que el universo aconteció cuando los átomos se desviaron y, moviéndose al azar, sintieron la voluptuosidad de frotarse entre sí. O da gusto cuando Italo Calvino (1965) cuenta, en Todo en un punto , el momento en el que el universo estaba concentrado en un solo punto, hasta que una voz exclama:  “¡Ah, si tuviera un poco de espacio, qué ganas de amasar unos tallarines!” . Y, entonces, sucede el estallido. ***** En el siglo diecinueve europeo, Leopardi, Kierkegaard, Nietzsche, imaginaron la creación como obra del hastío. Sin conocerse entre sí, concibieron la invención de las pasiones como entretenimiento en un mundo tedioso. Y sospecharon el diseño de las sensibilidades que hablan como juguetes o marionetas de la nada. ***** Leopardi recrea la versión de la caja de Pandora. Lo que, para la imaginación griega clásica, suponía el castigo de esparcir todos los males, para el poeta nacido en Recanati supuso una acción de los dioses para curar a las criaturas mortales de la ingratitud y el hastío. Leopardi (1824) escribe un ensayo que se llama Historia del género humano , en el que relata que las fragilidades hablantes, todas nacidas al mismo tiempo, vivían alimentadas por abejas y otras ternuras. Habitaban un mundo perfecto y, por lo tanto, cierto y previsible. Y, así, transcurrían felices. Sin embargo, con el paso de los años sintieron esa extensión pequeña, limitada, sin novedad. Vivían en una eterna plenitud en la que no pasaba nada, salvo la plenitud. Entonces acontece el escándalo de la creación: la llamada humanidad siente el paraíso como poca cosa. Prueba el fruto envenenado del ocio. Los dioses de Leopardi llenan la vida de conflictividad. La inundan de pliegues, sombras, rasgaduras. Pérdidas y despedidas. Escribe: “Se propusieron los dioses mejorar la existencia de las criaturas humanas y dotarlas de problemas y recursos. Esparcieron enfermedades e infinitos males, calculando que teniendo que luchar para sobrevivir, tendrían menos tiempo para el ocio (...). Dividieron el año en estaciones, heladas unas, abrasadoras otras; (...) y para que las regiones de la tierra fuesen diversas entre sí, crearon montañas y valles. (...) Y para que no conocieran los confines de su estancia, crearon los mares. (…) La tierra fue repartida en pueblos diversos y enfrentados, y así surgieron las patrias, y, con las patrias, las guerras; la diversidad de lenguas; el antagonismo irreductible y formidable de las religiones y los cultos. Pero quisieron, sobre todo, incitarlas a obrar según fantasías bellas y nobles. Diseminaron sombras divinas, como la Justicia, la Virtud, la Gloria; y pusieron también el Amor, que entonces, por primera vez, descendió a la tierra. De estos fantasmas nacieron en las criaturas mortales dulzuras y ardores increíbles, sacrificios y actos de abnegación, que las distrajeron de la amargura y del tedio de la vida” . Los dioses de Leopardi cansados de la insatisfacción de las criaturas humanas les dieron los males para que tuvieran que luchar por subsistir y les dieron ideales para que tuvieran valores por los que vivir. Acaso decorados para suavizar el hastío de existir. ***** ¿El tedio sobreviene como una forma de ingratitud? ¿Lo dado no alcanza? ¿Se demanda más y más, y otra cosa? Y, ¿si acaso no se tratara del hastío de existir como condición primordial? ¿Ni de la enfermedad de la insatisfacción ni del mal de la ingratitud? ¿Si se tratara de algo más insondable que el hastío, la insatisfacción, la nada? ¿Si se tratara de que no sabemos cómo vivir? ¿De que ningún tiempo lo supo ni lo sabrá? ¿Y que cada época expande repertorios de respuestas inmediatas que sofocan ese no saber? ***** En la visión de Kierkegaard los males se explican porque vivimos en la insatisfacción y el vicio de los entretenimientos. La superficialidad, la búsqueda de novedad, la distracción, como huidas de sí. El escritor danés piensa el aburrimiento como umbral de desesperación. Concibe la nada como peligro. Como pantano profundo frente al que se necesita un salto de fe. Hastío no quiere decir no tener ganas de nada, sino vivir una existencia desganada. Una existencia sin compromiso. Así compone una fábula moral. Una cosmogonía irónica y desencantada. Una historia de la civilización no inspirada en el amor, la justicia, la igualdad, la algarabía de un común vivir, sino en el terror al aburrimiento. Un hastío sólo adormecido por distracciones que nunca alcanzan. Un hastío que no cesa ni con las crueldades de la guerra. Escribe Kierkegaard en un breve texto que se llama La rotación de los cultivos. Ensayo para una doctrina de la prudencia social. Incluido en O lo uno o lo otro, publicado en 1843 . “ Los dioses se aburrían y por ello crearon a los hombres. Adán se aburría porque estaba solo y por ello fue creada Eva. En ese instante, entró el tedio en el mundo y fue creciendo exactamente en la misma medida en que crecía la población. Adán se aburría solo, luego se aburrían Adán y Eva en conjunto, luego se aburrían Adán, Eva, Caín y Abel en familia, luego aumentó la población en el mundo y las gentes se aburrieron en masa. Para esparcirse, concibieron la idea de construir una torre tan alta que traspasase el cielo. Esta idea era tan tediosa como alta era la torre y, además, era una prueba formidable de hasta qué punto el tedio predominaba. El hombre estaba en lo más alto y cayó a lo más hondo, primero por Eva, después por la caída de la torre babilónica” . Para Kierkegaard ni la mujer ni babel, ni la erótica ni el amor, ni la desmesura de unirse para llegar hasta el cielo: nada puede curar el tedio con el que los dioses infectaron la creación. La civilización vive asediada por la silenciosa amante del hastío: la nada. Escribe Kierkegaard: “El tedio descansa en esa nada que serpentea a través de la existencia y su vértigo es como aquél que se desprende de mirar hacia abajo en un infinito abismo, infinitamente” . ***** ¿Qué pasaría si la nada no llevara a la desesperación o si la angustia no se presentara como desesperación desquiciada? ¿Qué pasaría si la nada bastara? ¿Qué pasaría si pensáramos la nada como nada y no como un abismo cada vez más profundo e insondable? ¿Qué pasaría si no supusiéramos hundimientos o pozos de tormentos? ¿Se podría considerar la serena calma de la nada? ¿Se podría pensar la nada sólo como nada? ¿Sin ornamentos, sin aplacarla con diversiones, sin inventarle tormentosas profundidades? Hay tedio porque hay nada. Cuánto más se interroga esa nada, más infinita. Tal vez se trata de comprender eso: la existencia serpentea hasta la sola muerte, sin más. ***** En otro fragmento de ese mismo libro anota Kierkegaard en primera persona:  “No siento ganas de nada. No me dan ganas de montar a caballo, es un movimiento demasiado brusco; no me dan ganas de caminar, resulta demasiado agotador; no me dan ganas de recostarme ya que, o bien debería permanecer acostado, y esto no me da ganas, o bien debería levantarme, y esto tampoco me da ganas. En suma: no me dan ganas de nada . Solo de una cosa tengo ganas. De nada” . Una semblanza del hastío como abandono. Como velo ante la angustia: ese nombre secreto de la nada. O de la melancolía que inventa una profundidad en la que sumergirse. Melancolía que entre el abismo y la nada, opta por el abismo. ***** Freud no conoció la obra del filósofo de la angustia. Aunque sesenta años después ronda los temas del danés en Duelo y melancolía . Melancolías no ven en la nada sólo nada. No admiten lo perdido, lo conservan -diría Kierkegaard- en “un infinito abismo infinitamente” . No hay duelo: la dolorosa tristeza por lo perdido. No hay lo perdido como perdido, sino como fantasma que se atesora y crece. Paranoias tampoco ven en la nada sólo nada. Sospechan conspiraciones planeadas para robarnos la vida y hacernos desaparecer. Qué difícil sentir la inocencia de una nada en calma. Sentir el transcurrir de un tiempo sin apuro. Sin el peligro de lo que caduca, se deteriora, se altera, lastima, muere. Tal vez Kierkegaard imagina la inacción como intento de fundirse en la nada. Habitar un yo desganado como cura de la insatisfacción. ***** ¿Y si la angustia no se pensara como vacío o falta de fe, ni como sociedad del hastío con la melancolía? ¿Si pensáramos la angustia como momento soberano de no saber cómo vivir? ***** Nietzsche proyectaba conocer la obra de Kierkegaard en un viaje a Copenhague pero su salud se lo impidió. En El Anticristo , un manuscrito bien guardado que pudo rescatar, en 1889, su amigo Overbeck, escribe: “El viejo Dios, todo él ‘espíritu’, todo él sumo sacerdote, todo él perfección, se pasea por el jardín placenteramente: sólo que se aburre. Contra el aburrimiento luchan en vano incluso los dioses. ¿Qué hace? Inventa al hombre, el hombre es algo entretenido…Pero he aquí que también el hombre se aburre. La piedad del Dios, por la molestia que tienen en sí todos los paraísos, no conoce límites: pronto creó también a los animales. Primer error de Dios: el hombre no encontró entretenidos a los animales, los dominaba, no quería ser un animal. Entonces, Dios creó a la mujer. Y, de hecho, el aburrimiento se terminó. ¡Pero se complicaron otras cosas! La mujer fue el segundo error de Dios” . Dios se siente amenazado por la mujer. Ella prueba el árbol del conocimiento. Ella piensa y no le teme. Dios decide expulsar esas rebeldías del paraíso: “inventa la indigencia, la muerte, el peligro mortal del embarazo, toda especie de miserias, vejez, fatiga, sobre todo enfermedad” . Inventa el mal para sofocar insurgencias. Y cuando, no obstante, las frágiles criaturas mortales, levantan una inmensa torre para tomar el cielo por asalto, “el viejo Dios inventa la guerra, separa a los pueblos, hace que se aniquilen mutuamente” . Pero, como ni eso alcanza, dios se da cuenta de que no queda otro remedio que ahogarlas con la proliferación de morales, pensamientos inútiles y otros fantasmas. ¡Qué sutileza destacar que “ la molestia que tienen en sí todos los paraísos, no conoce límites” ! Nietzsche insinúa que de las derivas del hastío nace la revuelta. ***** Georg Büchner (1836), en Leoncio y Lena , piensa el aburrimiento como vicio de la abundancia. El príncipe Leoncio tiene todo lo que un joven rico y poderoso puede anhelar. Lo presenta así: “¡Dios mío! Todo mi trabajo consiste en matar el tiempo. Primero me siento, luego me levanto, después me vuelvo a sentar. ¡Es agotador! He contado cuántas veces puedo escupir sobre esa piedra; ya voy por las trescientas sesenta y cinco. ¿Ves, Preceptor? Es un año entero de trabajo, un calendario de saliva” . Büchner escribe esta obra antes de cumplir los veintitrés años. Muere meses después de tifus. Dice Leoncio mientras vagabundea sin dirección con su amigo :   “¡Oh, Valerio! ¿Sabes tú qué es el aburrimiento? (...) El hombre es un animal que bosteza; los demás animales no bostezan, o al menos no lo hacen con tanta distinción” . O se lee en otra de sus obras ( La muerte de Danton ): “¡Qué no es capaz de hacer la gente por puro aburrimiento! Estudian por aburrimiento, rezan por aburrimiento, aman, se casan y procrean por aburrimiento y, finalmente, mueren de aburrimiento” . En la dramaturgia de Büchner se presenta el aburrimiento como tristeza de una época en la que la vida transcurre sin pasiones. El aburrimiento como fuente de proezas vanas e infinitos desaciertos. En Leoncio y Lena , bajo la forma de una comedia de amor, concibe el hastío como indiferencia política. Para el joven nacido en Alemania, en el mismo año que Kierkegaard, matar el tiempo de los días, equivale a clavar una daga en el corazón del porvenir. ***** Freud advierte que la primera guerra europea del siglo veinte, con todo su horror, su destrucción, su crueldad, pone a la vista el hastío de la civilización. En 1915 termina La transitoriedad , un ensayo escrito para una publicación en homenaje a Goethe, en medio de esa gran tensión. Tiene casi sesenta años. La palabra: Vergänglichkeit, traducida como La transitoriedad  por Etcheverry y como Lo perecedero  por Ballesteros, hace referencia a lo efímero, lo fugaz, lo que no permanece. Se trata de una reflexión sobre la condición pasajera de la belleza en tiempos de mutilaciones y enmudecimientos. Freud dice que una flor no tiene una existencia menos hermosa por durar sólo un día. Recuerda que lo que agoniza en invierno, renacerá en primavera. Discute la idea de transitoriedad como condena. Intenta pensar de qué manera nos aflige cada pérdida inevitable. Vislumbra el duelo como enigma. Al cabo, no piensa lo eterno como permanencia, sino como cambio. Afirma que la transitoriedad de lo bello no tendría que empañar el contento de lo que no perdura. Menciona una conversación que, durante un paseo, tuvo, en el verano de 1913, (se supone) con Lou Andreas-Salomé y Rilke. Escribe: “Hace algún tiempo, en compañía de una amiga taciturna y de un poeta joven, pero ya famoso, salí de paseo, en verano, por una exuberante campiña. El poeta admiraba la hermosura de la naturaleza que nos circundaba, pero sin regocijarse con ella. Lo preocupaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a desaparecer, que en el invierno moriría, como toda belleza humana y todo lo hermoso y lo noble que los hombres crearon o podrían crear. Todo eso, que de lo contrario habría amado y admirado, le parecía carente de valor por la transitoriedad a que estaba condenado. Sabemos que de esa caducidad de lo bello y perfecto pueden derivarse dos diversas mociones del alma. Una lleva al dolorido hastío del mundo, como en el caso de nuestro joven poeta, y la otra a la revuelta contra esa facticidad aseverada. ¡No, es imposible que todas esas excelencias de la naturaleza y del arte, el mundo de nuestras sensaciones y el mundo exterior, estén destinados a perderse realmente en la nada!” . Entre el dolorido hastío del mundo y la revuelta contra la extinción de lo bello, Freud se inclina por la revuelta, pero sin olvidar el dolorido hastío del mundo. Cree que las artes y las ciencias, el trabajo y el amor, elevan a la civilización. Se pregunta cómo hacer el duelo ante lo que no permanece. Razona que una belleza perdida fertiliza el suelo de lo bello por venir. Sabe que, si no, se corre el riesgo de un obstinado abrazo a la nada. El triunfo de la melancolía, esa cálida anfitriona del hastío que prefiere ayunar o llamar a la muerte antes que sentarse en la misma mesa que el duelo. Freud, en Duelo y melancolía , dos años después, utiliza la expresión hastío de vivir  ( Lebensüberdruss ). No ve en ese estado el inicio de una revuelta, sino la inmovilidad de una pesadumbre. ***** Acaso se llame duelo a un tiempo de dolor y tristeza (no de hastío y distracción) en el que no se sabe qué hacer con lo que muere. Incluso un tiempo que no quiere saber la muerte. Y, acaso se llame duelo también al tiempo, tras la muerte, en que no se sabe cómo seguir viviendo sabiendo lo irremediable. ***** Melancolías anticipan espectros de caducidades futuras. Se acomodan en la languidez para mirar lo que muere en lo que todavía vive. Al final, el tiempo les dará la razón. ¿Hay otra forma de vivir?, ¿pactar con lo que perece?, ¿afincarse en la creencia de que un momento bello conservará su belleza para siempre? ***** Pero, sin ceder a la negación, ¿cómo se hace el duelo por una civilización que se ama? Balas, bombas, muertes por gas, anuncian otra cosa. ¿Tal vez el retiro de los dioses o la náusea de la razón? En esos tiempos aciagos, Freud no objeta capitalismos ni expansiones imperialistas, piensa la guerra como enfermedad de la pulsión. ***** Cada época acalla, con sus soluciones, la misma pregunta de siempre: ¿cómo la vida? En cada época, voces sin respuestas, de diferentes maneras, claman: ¡Basta, así no! Mario Martín del Campo. Sin título (Marioneta), 1996. Grabado en colores sobre papel vitela. 44,5 × 34,3 cm

  • Correspondencia Lou Andreas Salomé- Anna Freud (Vl) / Cynthia Eva Szewach

    Y éstos son los deseos: quedos diálogos de las horas cotidianas con la eternidad. Y eso es la vida… Rainer M Rilke Se respira en la correspondencia la intimidad que van creando entre ambas mujeres. Anna no vacila en admitir la forma “posesiva” de amar a Lou, quien, de manera tierna con rodeos retóricos y hasta confusamente delicados, acude a algunas metáforas para decirle de las diferencias y extrañezas que las unen o las distancian: “cada una tejiendo su propio calcetín espiritual”. Cada amistad en la vida, es para ella un amor de especial sensualidad. En septiembre de 1922, se realizó el Congreso Internacional en Berlín. Freud expone un texto titulado “Observaciones acerca del inconsciente”. Las cartas que se transmitirán en esta ocasión pertenecen a los días posteriores al Congreso del cual llamativamente no hacen casi comentarios. Lou A. Salomé se instaló en Berlín. Fue invitada además a realizar durante unos meses, una pasantía en “La Policlínica Psicoanalítica” que Max Eitingon dirigía desde1920. La institución fue inaugurada a fin de ofrecer formación y atención inclusive para quienes carecían de recursos económicos. Un hecho político novedoso en esos tiempos que contaba con el apoyo y la colaboración de Sigmund Freud. En la casa de los Eitingon por las noches se realizaban tertulias. Bajo la atmósfera de la época y de un intercambio efervescente cuenta Lou que, en la sobremesa se leyeron escritos del amigo ruso-ucraniano Lev Schestow, filósofo y poeta, autor de un libro con un hermoso título: “Apoteosis de lo infundado”. En otras veladas hubo música y cantos que llegaban a las entrañas de emoción. Lou se muestra plena y escribe: “que podamos alabar eso como lo más hermoso, sin miedo y sonriendo”. Eran años cercanos a la finalización de la primera guerra y, por lo tanto, teñidos de pérdidas. Sophie, la hija tan amada por Freud, había fallecido por la peste en 1920. En las escenas que narran, ronda el pequeño hijo, un nieto llamado Heinerle. El juego del Fort-Da no traerá esta vez a su madre de vuelta al hogar. Lou se conmueve con gesto de abrazo interrumpido, al ver a Freud prodigarle cuidados tan amorosos. La invade en su sentir siempre un agradecimiento. El encuentro con el maestro le ha transformado el camino del pensar, de andar la vida. Se puede leer aquí a Anna un poco preocupada por sentirse inoportuna con su interlocutora. Fantasía transferencial en resonancia con las diversas confesiones, imaginaciones y algunos ensueños que sugieren en sutiles entrelíneas. Cuchichean, murmuran, susurran confidencias. Lou de forma seductora la compensa con elogios que la estimulan, aunque asoman los hilados que distinguen los momentos diversos de la vida de cada una y de los caminos elegidos. Son breves testimonios de una vida cotidiana entretejida entre letras y experiencias del vivir, del psicoanálisis practicado por cada una y de la soledad tan imprescindible como la compañía. Freud en el intercambio con Lou que precede al encuentro de Berlín, le ofrece por carta ayuda y sostén económico de una manera generosa ya que está en su posibilidad hacerlo. Está preocupado por la circunstancial frágil salud de su amiga y por las penurias que se viven en esos tiempos de posguerra: “Denos usted la alegría de informarnos que ya se ha restablecido y tráiganos al hotel Eitingon a la Lou indestructible e incomparablemente jovial. ¡Hasta la vista allí!”. Berlín víspera de domingo, 30 de septiembre de 1922* Mi querida Anna: Ayer pensábamos de una hora a otra: ahora ya están en Austria, ahora llegan, ahora están juntos — nos quedaba la duda si también con tu madre; ojalá ella haya llegado y estén de nuevo en familia. A la hora que ustedes arribaron, tuvimos rusos a la mesa y al señor Bernh, el arquitecto. Antes esa noche, cuando regresamos de la estación, los suizos que martirizaron de tal modo a Mirra Eitingon, hasta la una de la madrugada, con conversaciones de psicoanálisis (que, pese a mis esfuerzos, parecían imposibles de desviar), que hoy escupe fuego a los Oberholzer (1) y a la señorita Kemperer. La noche siguiente fuimos tres en la mesa; Eitingon leyó en ruso textos de Schestow (hermano de Lowskaja, la que se sentaba detrás de nosotros en las conferencias), y luego nosotras, las dos mujeres, desembocamos en baños calientes y en la cama. Por la tarde estuvo conmigo Helene, de Charlottenburg, y hoy la sigue su hija. ¡Esta es toda una lista de acontecimientos cotidianos enumerados! Pero creo que justamente me resultan tan íntimos porque hablan tan claramente de cuán recientemente ustedes aún estaban aquí, es decir, cómo todo sigue representando un punto de anudamiento inmediato —lo conocido en común, lo compartido en común, incluso el simple transcurrir de lo cotidiano como tal. También después debemos intentar mantener un contacto así: cada una tejiendo su propio calcetín espiritual, y en lugar de los acontecimientos exteriores —que luego separan su cohesión entre sí— contarnos algo de los puntos que se sueltan o se afirman. Yo ya estaba aquí llena de tantas cosas para las que no había más palabras: pensamientos sobre el psicoanálisis como los que produjo el Congreso, e incluso sobre nuestro tema, que directamente podía tanto necesitar. Pensé también mucho en el trabajo aún no leído de tu padre; sin duda habría podido leerlo, pero me resistía a hacerlo sin ti, dado que se trataba de un primer conocimiento a partir del manuscrito y antes de la impresión. Deberíamos haber estado una hora en Göttingen para eso: acuclillada en la ventana y yo en la cama plegable llamada couchette . Me llegó la sensación con una fuerza muy extraña: que debemos estar de a dos, no entre muchos. No es así con todos: hay alianzas a las que casi les pertenece el recibir juntas impresiones y personas; en especial conozco y conocí algunas, ya que me disgusta vivir hacia afuera sola. Pero con nosotras dos es muy distinto; te extraño más allí donde vivo hacia adentro , y realmente sin gente, en esta soledad querida y necesaria, pero donde también estoy como si aguardara la llegada de alguien y eso lo supe recién por vos. Y en lo que a vos misma se refiere, creo que no te gusta en absoluto compartir mi trato con otros; una razón de ello puede ser también que tu manera y la mía de relacionarnos sean de naturaleza esencialmente distinta. Sea como fuere: en el sitio en el que nos encontramos la una con la otra, debería medir apenas cuatro pies de ancho, y allí enlazarse mano con mano. A todos nosotros aquí se nos presenta constantemente ante los ojos la ventanilla del compartimento, con una querida imagen; tan magnífico se veía tu padre con el pequeño Heinerle en brazos que, si no hubieran estado los que lo rodeaban, lo hubiese abrazado desde atrás allí mismo, y le habría dicho por la espalda algo de lo que me conmovía en lo más hondo. Por todo lo que él es, dice y hace, le estoy tan entrañablemente agradecida que difícilmente pueda llegar a saberlo del todo. Transmítele mi saludo, así como mejor puedas expresarlo. Hoy ya está, sin duda, en medio del trabajo diario; ojalá no le quede luego ninguna sensación de fatiga, y ojalá, sobre todo, tu madre esté verdaderamente bien y no tenga que preocuparse por tu tía. ¿Y vos? Espero que procures estar lo más posible en contacto con Heinrich Mühsam (2), hasta el impulso irrefrenable de vida. Mi querida, queridísima Anna. Tu vieja Lou Viena 10 de octubre de 1922 Mi querida Lou: Temo que no notes que, desde que llegó tu correspondencia, te escribo todos los días al menos una pequeña carta. Lamentablemente, todas solo en mi cabeza, con noticias muy rápidas que, por desgracia, no llegan nunca. Un pequeño fragmento de Heinrich Mühsam me ha estado pesando especialmente en estos últimos tiempos, y me habría gustado incluirlo en esta carta. Pero todavía no está del todo terminado y la espera se me ha hecho demasiado larga. Así que no te asombres si te llega alguna vez más tarde, sin previa disculpa. Estuve enteramente con ustedes en Berlín al leer tu carta, incluso los primeros días, mucho. Y pude acompañar muy rápidamente con mi pensamiento todo lo que describiste: los espantosos suizos y la hermosa y tranquila velada. Desde entonces he intentado imaginarme todos los cambios en la casa y creo que ahora ya debe sentirse entre ustedes un clima de partida y de inquietud; pero sin llegar, sin embargo, hasta tu —o mi— querido cuarto. Que en tu carta esté escrito realmente que sabes que te quiero enteramente para mí sola y sin otras personas, fue algo muy hermoso. Porque eso lo estuve pensando todo el tiempo en Berlín, sin verdaderamente saberlo. Sólo quisiera que no pase demasiado tiempo hasta volver a tenerte para mí, del todo sola, y con calma y tiempo alrededor. Tal como lo dijo Ernst: sólo con horas libres a nuestro alrededor, en lugar de los castaños. Pero ya el solo hecho de poder esperarlo es algo muy hermoso, y cuanto más “horrible” estoy (y lo estoy ahora con frecuencia), tanto menos siento que lo merezca. Papá está desde el segundo día completamente clavado en un trabajo de nueve horas. No muestra mucho cansancio, pero a veces me viene de pronto la sensación de que debería sacarse todo eso de encima y ser libre. Por la noche solemos hacer juntos la larga caminata. Mamá y la tía están bien y en casa todo sigue como siempre, incluso Fanni en su modo más habitual. Yo misma todavía no he logrado totalmente la calma; desde el último malestar durante el viaje estoy siempre cansada y con sueño, ya tengo trabajo editorial: correcciones, pequeñas traducciones y revisiones; voy a menudo a ver a Heinerle, que se está acomodando muy a gusto en su nuevo nido, a la abuela, y —por cobardía, hasta ahora sólo una vez— a la tía Rosa.(…) Lo que más curiosidad me da es saber si el pequeño texto sobre Heinrich Mühsam te parecerá bien cuando te llegue. (…) He buscado en toda tu carta si había algo sobre tu resfrío y sobre cómo te sientes ahora, pero no pude encontrar nada. No lo olvides la próxima vez, de lo contrario me imagino cosas totalmente horribles. ¿Cómo está tu paciente? ¿Y cómo va el trabajo en la Policlínica? Es tan hermoso cuando escribes también todas las cosas pequeñas: entonces se van juntando y forman una imagen total tuya. (Mientras puedas soportarme). Tu Anna * La lectura y traducción de estas dos cartas fue realizada con Jorge Salvetti y la colaboración de Bettina Klunkert. Pertenecen al libro de Correspondencias Lou A. Salomé-Anna Freud Briefwechsel (Deutcscher Taschembuch Verlag), München 2004 (1) Emil Oberholzer (1883-1958), un psiquiatra y psicoanalista suizo clave que fue analizado directamente por Freud, se convirtió en cofundador de la Sociedad Suiza de Psicoanálisis (SSP) y un pionero en el análisis infantil  (2) E. Mühsam es un personaje ficcional que Anna menciona habitualmente en sus pensamientos, ya que al parecer está escribiendo en ese tiempo una novela. Emile Delobre Mujer sentada de negro leyendo, ca. 1910 Óleo sobre tabla 39,4 × 29,2 cm

  • Lágrimas del Ñorquinco / Sun Wukong - El mono consciente del vacío

    He visitado parte del territorio Wallmapu, llamado Araucanía por la modernidad. He sido testigo de su magnífica belleza y de su desoladora tristeza. Los hermosos paisajes de lagos, ríos, volcanes, cerros y montañas boscosas van acompañados de montes quemados y arrasados por los incendios. La araucaria — o en mapudungun: el pehuén — árbol milenario de profundas raíces, testigo de tiempos inmemoriales se encuentra hoy en peligro de extinción. Así como es posible caminar por bosques rebosantes de ellos, también es posible deambular por bosques muertos. Algunos troncos yacen muertos y abatidos en el suelo, otros, a pesar de estar completamente quemados, continúan en pié, firmemente agarrados con sus raíces a la tierra. Como si se negaran a rendirse, permanecen inmutables, orgullosos, sin hojas, sin color, sin vida pero aún así imponentes. ¿Será acaso el consumo de su fruto, el piñón, lo que nutre de esa fuerza milenaria llamada newen que le permitió al pueblo mapuche mantenerse ingobernable y ser el único pueblo capaz de resistir la dominación de dos imperios: el Inca y el Español? Así es el Lago del Ñorquinco, lugar donde la belleza y la catástrofe conviven. El cielo está arriba, la tierra abajo y en medio se encuentra lo humano, protagonista de la tragedia. Trastabillando, a los tumbos y tropezones, desorientado y cegado por las luces del progreso. Culpable, testigo y cómplice. Víctima, victimario y juez. Director, actor y espectador de un proceso de autodestrucción inconsciente que no logra entender y mucho menos transformar. Así, maravillado por la belleza y horrorizado por la tragedia, regreso a la metrópolis, a la babilonia, al corazón del Leviatán argentino. Aquí las noticias de la periferia devastada llegan todos los días de forma lejanamente cerca, como un eco débil, distante, casi como un rumor. Alejado de las fuentes de vida que sustentan el cemento y los bocinazos, intento mantener la calma y no desesperar. Confiando en que, más temprano que tarde, lo humano podrá, finalmente, reconocerse en el espejo y encontrar su lugar en el mundo. Blog: https://tigreagazapadodragonescondido.blogspot.com/ Sun Wukong. Pehuén. 2026

  • Fuerzas / Ana Laura García

    A los ocho años una profesora de educación física me miró la espalda apoyada sobre un bastón de madera y le dijo a mamá que tenía escoliosis.  El médico recetó plantillas. El problema venía desde abajo. Los pies planos me llevaron hasta las puertas de la ortopedia. Luego vino la ortodoncia. En realidad habría que decir las ortodoncias porque fueron tres tratamientos completos a lo largo de la vida. Uno peor que el otro, porque las técnicas correctivas iban mejorando y se volvían más sofisticadas y permanentes. Sorprende ver cómo los dientes insisten en desalinearse. Las fuerzas del cuerpo, su perseverancia por permanecer en su forma no sabe del tiempo ni de prótesis o contenciones.  Convivo con ese desajuste interno desde muy chica, una tensión me recorre de pies a cabeza, pasando por mi espalda. Esa tensión desalinea, desorganiza, invierte la mordida, tuerce las rodillas hacia adentro, aplasta los pies sobre el suelo. Como si hubiese crecido demasiado rápido, o demasiado estirada, o demasiado hacia afuera o hacia adelante o hacia un costado. El cuerpo compensa como puede los desajustes que lo recorren y constituyen.  En ocasiones sueño que se me caen todos los dientes. Es un sueño horrible que se ha repetido varias veces y siempre angustia. Hace poco comencé a pensar que ese sueño podría tener algo revelador: un dolor en el cuerpo reclama ser liberado, descorregido, desortopedizado.  Fuente: García, Ana Laura (2025). Diario de una educadora (fragmentos autobiográficos). 2da. edición. Publiquemos. Foto archivo personal de Ana Laura García.

  • Maricas Malas. Fragmento Capítulo I / Cristo Casas

    Capítulo 1 «Maricón, que suena a bóveda» Maricon. El hombre afeminado, que se inclina a hazer cosas de muger, que llaman por otro nombre Marimaricas; como al contrario dezimos Marimacho la muger que tiene desembolturas de hombre. Tesoro de la lengua castellana o española (1611), Sebastián de Covarrubias La sociedad capitalista fabrica lo homosexual como produce lo proletario. El deseo homosexual (1972), Guy Hocquenghem Describo la heterosexualidad no como una institución sino como un régimen político. El pensamiento heterosexual y otros ensayos (1992), Monique Wittig «¡Mariquita! ¡Mariquita! ¡Mariquita! ¡Mariqui...!» Un coro de voces masculinas impide al artista concentrarse en la canción. Al fondo del teatro, en una oscuridad que permite con su velo de anonimato aflorar la valentía en su concepción más masculina posible, unos hombres — se dice que falangistas— hacen mofa del cantante y sus dejes amanerados, probablemente ataviado con uno de sus trajes afeminados, con holgados volantes y coloridos flecos. No se sabe si estaba por entonar La bien pagá, Ojos verdes o Están clavadas dos cruces , porque lo cierto es que la canción no siguió. Ni una sola nota, afinada o desafinada, salió del gaznate de Miguel de Molina mientras duraron los insultos. Con su gracejo natural, su muñeca blanda y su acento floreado, se cuenta que levantó la mano hasta callar la orquesta, hasta callar al público y hasta calar con la mirada fija en aquellos fantasmas al fondo del teatro, para decir: «Mariquita no; maricón, que suena a bóveda». No se sabe si esta anécdota es cierta. Como diría Lidia García, investigadora y divulgadora sobre el fenómeno de la copla con una perspectiva queer, «se cuenta, se rumorea, como todo en estos lares», siendo los lares en cuestión una dictadura franquista que perseguía con firmeza la disidencia afectivo-sexual y de género, fuera cual fuera ésta y se manifestara como se manifestase. Lo que sí que es cierto, sin duda alguna, es que a Miguel de Molina lo secuestraron una noche a la salida del Teatro Pavón, donde actuaba a diario interpretando un género asociado a lo femenino como es la copla, lo llevaron a las afueras de Madrid, lo apalearon y lo abandonaron con la cabeza afeitada. Esto último era una de las formas más comunes de humillar a las personas sospechosas de ser republicanas en la posguerra. Y Miguel, más que sospechoso, era un republicano confirmado y descarado que, cosiendo sus propios trajes de lunares y colores, había actuado para el Socorro Rojo y la Aviación Republicana, entre muchos otros públicos. Así lo reconocería orgullosamente él mismo desde el exilio en Argentina años después. Esta anécdota — o mito— de Miguel de Molina, que por suerte pudo escapar de una España hostil antes de que lo mataran como a tantos otros en sus mismas condiciones, me resulta útil para explicar qué entiendo yo por maricón, y por qué he escogido esa palabra como centro gravitatorio de este libro. Sí, marica, mariquita o maricón, pero no gay ni homosexual. Miguel de Molina no follaba en el escenario. A Miguel de Molina no se le conocía ninguna pareja de su mismo género más allá de los rumores. Miguel de Molina jamás fue visto de la mano en público con un amante, ni paseó ningún novio por delante de los juzgados de plaza Castilla, ni probablemente albergó nunca la intención de casarse, adoptar y crear una familia homoparental. Pero a Miguel de Molina lo odiaban por maricón, porque lo marica trasciende, por mucho y de lejos, lo que ocurre en la privacidad de la cama, tras las puertas de un armario o bajo llave en el dormitorio. Ser maricón anticipa cómo nos sentimos, qué deseamos o cómo nos relacionamos con terceros, porque todas las maricas lo somos ya antes de saberlo. Ser maricón, como ser heterosexual, es algo que se practica a diario y que se percibe sin nombrarlo siquiera. Es una etiqueta que designa una forma específica de relacionarse con los demás y de ocupar el espacio público. Ser maricón no solamente trasciende o antecede lo afectivo-sexual, sino que se puede ser y se es maricón sin amar, desear o practicar sexo con otros hombres, como se es otras muchas etiquetas que hacen referencia a nuestras identidades diversas sin que el sexo ni el amor medien en ello. Y ser maricón, además, es de todo menos permanente, eterno, inmutable: es una identidad en constante movimiento, en constante adaptación, que se presenta más o menos según quien mire, que se señala más o menos según quien juzgue, que puede esconderse por inseguridad o por miedo, y que puede mostrarse por provocación o por orgullo. Esta fluidez, esta capacidad de escabullirse, esta modulación es también una amenaza para la estabilidad de lo cisheterosexual, que se pretende eterno y natural, pues nunca sabes dónde aparecerá una locaza haciendo tambalear los cimientos del sistema con su pluma, sus gritos o sus tacones. Locaza, el maricón inestable « Vous êtes Hitler! » Un grito impide al filósofo concentrarse en su discurso. «¡Es usted Hitler! ¡Fuera de aquí!» En una de las primeras filas del auditorio, en una oscuridad que permite con su velo de anonimato aflorar la valentía en su concepción más académica posible, un miembro de la École de la Cause freudienne profiere un grito contra el ponente. Parece que no han pasado décadas desde que un coro de voces quisiera humillar a Miguel de Molina sobre el escenario, pero estamos en París y es 2019. Ataviado con un jersey de cuello alto, con su ya clásico bigote fino, Paul B. Preciado se carga del mismo valor que tuvo el coplero y espeta ante los 3.500 psicoanalistas que han venido a escucharle ignorarle: «Yo soy el monstruo que os habla». La hostil recepción del público, algunos riendo y otros increpando, acaba provocando que Preciado tenga que recortar ampliamente el discurso que había preparado para la ocasión, en el que quería poner de manifiesto que la epistemología del psicoanálisis, es decir, las categorías con las que el psicoanálisis organiza e interpreta a sus pacientes, no respondía a la diversidad de dichos pacientes, sino que era una epistemología caduca, insuficiente, agotada. El filósofo no pudo leer su discurso completo, pero sí pudo al menos enunciar una frase clave para dinamitar aquello que damos por natural, por ahistórico, por permanente sobre el género: «Quizás ustedes se piensen como hombres y mujeres naturales y tal suposición les haya impedido observar el dispositivo en que se encuentran con una distancia saludable». Del mismo modo que las categorías hombre y mujer son un relato que nos contamos a nosotras mismas, pero que no tiene existencia más allá de la manera en la que experimentamos y narramos el mundo, gay u homosexual son categorías que surgieron en un momento de la historia concreto para definir y ordenar el mundo de una forma más que premeditada. Hombre, mujer, gay, bollera ... son una epistemología, términos escritos en un diccionario, herramientas en una caja de las que podemos disponer, pero que no siempre han estado ahí. Un diccionario escrito por manos concretas, una caja de herramientas diseñada por una mente precisa. Hombre, mujer, gay, bollera, español, negra, cojo, sudaca, discapacitado, trans, sordo, euskaldun, blanca . Un diccionario y una caja con un contenido potencialmente infinito, pero, sobre todo, y como muestran términos como queer, arromántica, pueblo originario, no binarie, neurodivergente o racializado , un diccionario y una caja inestables, cambiantes, en continua reinvención, con términos que desaparecen y herramientas que se oxidan; con palabras que se resignifican y nuevas herramientas que surgen de la aparente nada. En ese cajón de herramientas es donde aparece la locaza como uno de los conceptos despectivos que aplicar sobre las maricas. Un concepto en que la misoginia y el odio a las personas neurodivergentes se dan la mano para unir fuerzas contra los hombres afeminados, fallidos, rotos. Tan estigmatizada estaba la loca, tan indeseable era verse relacionado con ella, que es el primer arquetipo del que la homosexualidad o el modelo gay buscó alejarse en España. Así lo cuenta Oscar Guasch: Mientras que en el proceso de cambio anglosajón la redefinición viril de la homosexualidad — que contribuyen a difundir los movimientos gais— genera casi inmediatamente el estereotipo del macho, en España se pasa previamente por una etapa en la que se defiende, antes que el derecho a la virilidad del homosexual, su derecho al afeminamiento, a ser loca. En efecto, un derecho que perdimos tan pronto como el mundo anglosajón pasó a ser el prisma desde el que nos observamos a nosotras mismas. El diccionario, la caja, el mapa que trazamos para entender el mundo, se nos aparece como natural e inmutable, pero es, más que nada, inestable, como demuestra esta transición de una construcción de los maricas hispana a una anglosajona en tan pocos años. La epistemología que usamos se sostiene con pinzas, es teológica: existe porque creemos en ella. Y, como decía hace unos párrafos, la mera aparición de una locaza podría hacer tambalear los cimientos de dicho sistema con su pluma, sus gritos o sus tacones. Pero este capítulo no va a ser tan ambicioso como para pretender hacer tambalear los cimientos de nada, me conformo con poner en duda los términos gay y homosexual que, hasta ahora, hemos asumido con toda la naturalidad para referirnos a hombres cuyas prácticas y cuerpos disienten de la norma afectivo-sexual y de género. En su lugar, propongo que nos amariconemos, que tomemos una distancia oportuna y sana que nos permita ver, como dice Preciado, cuán naturalizada y construida es nuestra identidad colectiva como gais/homosexuales, igual que la de los hombres y mujeres cisheterosexuales. Porque la heterosexualidad «no es una elección, sino una identidad obligatoria que consolida un sistema patriarcal dominante», como bien define el teórico y activista queer y crip* Robert McRuer. «La feminidad obligatoria (para las mujeres), la masculinidad obligatoria (para los hombres) y la heterosexualidad obligatoria se (re)producen a través de una amplia variedad de instituciones culturales.» Necesitamos tomar una distancia que haga evidente también qué instituciones producen lo homosexual o lo gay, el dispositivo en que nos encontramos, el relato que nos contamos y con qué fin lo hacemos. Solo así, negando la existencia de la naturaleza gay u homosexual, podemos ir a la raíz de las opresiones a las que se somete dicha categoría desde un sistema cisheterosexual igualmente artificioso. El concepto de marica o maricón, que rescato no inocentemente de otra época, de otro contexto, nos ha de servir para extrañarnos de nosotras mismas. Un concepto inestable y un concepto que inestabiliza otros conceptos cercanos, como gay y homosexual, con su mera existencia, del mismo modo que Preciado se proponía inestabilizar toda la tradición psicoanalítica con su mera enunciación como sujeto, como monstruo. Homosexual, el maricón medicalizado La homosexualidad para referirse a personas que mantienen relaciones afectivo-sexuales con otras personas de su mismo sexo, aunque hoy en día lo entenderíamos como de su mismo género, es un concepto que aparece por primera vez en el ámbito de las ciencias de la salud de tradición germánica, con la intención de clasificar una supuesta desviación de la norma que debía tener, o bien una explicación biológica, o bien, como diría más tarde el psicoanálisis, un origen en una elección inconsciente formada durante la socialización en la infancia y adolescencia. En ese sentido se recoge en Psychopathia sexualis (1886), de Richard von Krafft-Ebing, como una más de un listado de perversiones sexuales que debían ser abordadas y corregidas médicamente. Por este motivo, el sociólogo Oscar Guasch no duda en afirmar que «la homosexualidad es la forma que la homofobia adopta en el relato médico». ¿Con qué finalidad querría la medicina clasificar una orientación afectivo-sexual que, en un principio, no debería tener ningún interés médico? La medicina, más allá de gestionar la vida, o los indicios de la muerte en los cuerpos vivos, gestiona también la salud social, o los indicios de la muerte en las sociedades vivas, aquello que hemos dado en llamar «salud pública». La medicina es, por tanto, una institución que se sirve también de diccionarios, de cajas de herramientas, para explicar y gestionar personas, colectivos, sociedades y sus relaciones entre ellos. La ciencia en general, y la medicina en este caso, han ocupado progresivamente el lugar que en otro momento ocupaban los sistemas de creencias religiosos, como bien explica de nuevo Guasch: «Es importante el proceso de medicalización del sodomita, que a lo largo del siglo XIX convierte la categoría moral en categoría clínica; es decir, el sodomita en homosexual». Aquello que hasta ese momento era reprochable y perseguible moralmente, pasa a ser clasificable y controlado institucionalmente. Una transición colectiva del pecado a la enfermedad. Javier Sáez y Sejo Carrascosa, en su obra sobre la política anal y, por tanto, la gestión de personas, colectivos y sociedades a través del culo, llegan a atribuir el término homosexual a la descripción patológica médica de la sodomía: «La homosexualidad nace vinculada al sexo anal, pero va mucho más allá, dentro de un discurso médico, psiquiátrico, como una patología y, lo que es más importante, como una forma de identidad global que se impone al sujeto». Aunque todo esto parezca cosa del pasado, propio de una medicina de hace años, cargada de sesgos y moral, lo cierto es que en la actualidad se siguen financiando investigaciones académicas y médicas en busca del origen de la homosexualidad, lo cual nos plantea cuatro preguntas que no pueden seguir sin respuesta: ¿con qué objetivo se busca el origen, el motivo, la causa biológica o psicológica de la homosexualidad? ¿Para corregirla en caso de hallarse? ¿Por qué no se financia también la búsqueda del origen, el motivo, la causa biológica o psicológica de la heterosexualidad? ¿Por qué no necesita corregirse? El sesgo y la moral, como podemos ver, siguen siendo característicos de la medicina contemporánea, tan patologizante que se han llegado a buscar patrones fisonómicos, como si de la vieja frenología se tratase, que no sólo identifiquen al homosexual, sino que incluso permitan diferenciar a aquellos que ejercen un rol pasivo en la relación sexual de aquellos que ejercen un rol activo. Algo especialmente gracioso — con el tiempo y la tierra necesarios para poder reírse de por medio— si tenemos en cuenta que, en la misma obra sobre las políticas anales, los propios Sáez y Carrascosa encuentran que en torno al 70 % de los homosexuales registrados en una conocida web de citas sexuales entre hombres se identifica como versátil; es decir, el 70 % de los hombres que practican sexo con hombres practican indistintamente un rol pasivo o activo. ¿Acaso las personas cisheterosexuales no tienen diferentes apetencias y fantasías según el momento, el lugar o la persona o personas con quienes practiquen sexo? ¿Acaso no les apetece un día una mamada, otro día un misionero y cuando surja, si es que surge, un trío? ¿Por qué los maricones, en cambio, deberíamos estar biológica o psicológicamente programados para ejercer una sola práctica? Y, más aberrante aún, ¿por qué el motivo habría de depender del tamaño de nuestro hipotálamo o de la relación traumática que tengamos con nuestro abuelo paterno? Hablando de las webs de citas, que han convertido el ligoteo entre personas — también las heterosexuales— en un mercado de intercambio de fotografías y biografías, además de un maravilloso muestreo para los trabajos de campo sobre versatilidad entre maricones, ¿en qué sentido sería el gay el equivalente mercantil del homosexual? Gay, el maricón comercializado Si lo homosexual propició un tránsito conceptual del pecado a la enfermedad, lo gay ha propiciado un nuevo tránsito de la enfermedad al nicho de mercado. El homosexual es un usuario del sistema público, un ciudadano que cumple con las expectativas y patrones que sobre él inscriben las instituciones; el gay es un cliente del sistema privado, un ciudadano que cumple con las expectativas y patrones que sobre él venden las empresas y negocios. Parafraseando a la artista Shangay Lily, que ya parafraseó a Simone de Beauvoir: «El gay no nace, se compra». El término gay , un préstamo del francés que significa «feliz, alegre», se usaba ya en la Inglaterra victoriana para referirse a los hombres que ejercían la prostitución dada su alegre vida, aunque fue popularizado por la comunidad LGTBI de San Francisco más de un siglo después para referirse a las personas que mantenían relaciones afectivo-sexuales con personas de su mismo género, independientemente de si eran hombres o mujeres, confrontando con este término positivo, feliz, las connotaciones negativas que tenía homosexual y haciendo uso así de un término endónimo, dado a sí misma por la comunidad, y no exónimo, impuesto por la academia médica. El concepto gay se ha extendido ampliamente por el planeta desde los años setenta, sobre todo en los países de Occidente y en aquellos donde Estados Unidos ha ejercido un fuerte imperialismo cultural, situando su manera de entender la homosexualidad como el referente al que el resto de las sociedades aspiran, como bien describe Martínez Expósito: «La cultura de la comunidad gay tiende a la internacionalización mediante la imitación (neocolonial) de los modelos homosexuales del mundo anglosajón [...] una progresiva deslocalización o dislocación de la homosexualidad como parámetro cultural». Esta aproximación feliz, alegre, a la disidencia afectivo-sexual propició toda una cultura en torno al consumo y la diversión que cristalizó en la proliferación de locales de ocio dirigidos al colectivo, como bares, discotecas, saunas e, incluso, marcas de ropa, restaurantes, festivales de música o cruceros turísticos. Estos locales crean una cultura bastante homogénea, como podemos observar comparando hoy en día barrios tan lejanos geográficamente como el Soho, Chueca, Le Marais o Castro y, a la vez, tan similares socioculturalmente: sus habitantes pueden hablar idiomas distintos y vivir a miles de kilómetros, pero encontraremos las mismas marcas anunciadas, los mismos escaparates, las mismas canciones sonando en el hilo musical, idénticos juegos de palabras sexuales bautizando los negocios. Esta explosión no es casual, y es que la transición fue no de usuario a cliente, sino a cliente de lujo, bienestante y cautivo, como reflexionaba Shangay Lily en su obra Adiós, Chueca, muy crítica con el devenir comercial de la identidad gay en la capital madrileña, «la perfecta encarnación de esa clasista herramienta de marketing comercial que fue el famoso DINK ( Double Income No Kids , «Doble Ingreso Sin Niños»), un tramposo retrato de la comunidad gay como compuesta exclusivamente de parejas sanas, blancas, masculinas, estables, ricas, integradas (por no decir asimiladas) y delirantemente caprichosas, que en Estados Unidos ya había seducido a ambiciosas corporaciones dispuestas a sacar hasta el último dólar rosa». Y es justo este DINK, un mito muy arraigado sobre las parejas LGTBI, lo que ha servido como herramienta de exclusión de la comunidad gay a aquellas personas que no cuentan con los recursos para llevar el nivel de vida que se le supone al gay prototípico. El sociólogo Oscar Guasch, a quien ya he citado renegando del término homosexual, rechaza también el de gay: «Decidí dejar de ser gay cuando se produjo su institucionalización política, social y mediática; y me reafirmé en ello tras comprobar que la identidad gay se había transformado en imagen de marca y producto de consumo». Si el homosexual podía acceder a los derechos a través de la disciplina del cuerpo sano, el gay puede acceder a los derechos comprándolos, consumiendo, y será aceptado siempre y cuando alimente la rueda del capital. El investigador Martínez Expósito añadiría: La comercialización capitalista de lo que ha dado en denominarse estilo de vida gay impone unos hábitos de consumo y unas prácticas culturales. Sin embargo, no todos los homosexuales se sienten atraídos hacia esta ortodoxia gay; existe, también, una heterodoxia gay compuesta por sexualidades, prácticas culturales y estilos de vida que no adoptan la estética gay. En esta heterodoxia han florecido muchas etiquetas posgay o poshomosexual que ofrecen un marco analítico para la disidencia afectivo-sexual que trasciende lo médico y lo comercial, como es el ejemplo de queer . Queer, el maricón del futuro Actualmente asistimos a la emergencia de un término que, si bien ha estado rondando por la academia y el activismo anglosajón desde hace décadas, fuera de ese ámbito es una realidad bastante reciente. Tanto es así que, en español, aún no hay consenso sobre si escribirlo «queer», manteniendo la ortografía original, o transformarlo en «cuir» o «kuir», obedeciendo así la máxima de desafiar lo normativo que, se supone, el concepto contiene. Se ha llegado a proponer la interpretación, que no traducción, transmaribibollo , de manera que respete dos aspectos caudales del término en inglés: reapropiarse de un insulto (bueno, en este caso de cuatro) y ser un concepto paraguas que incluye toda disidencia afectivo-sexual y de género posible. Esta interpretación, ciertamente, ha envejecido como un brik de leche al sol un 15 de agosto al popularizarse nuevas siglas que responden a nuevas identidades no asimilables a lo trans, lo marica, lo bi o lo bollo antes incluso de que el término tuviera tiempo de extenderse. ¿Qué diferencia lo queer de lo gay o lo homosexual? Esencialmente, que es, como he dicho antes, un término paraguas, lo cual ya es un gran paso, pues nos permite usar una palabra para referirnos a todos los cuerpos disidentes con independencia de su expresión e identidad de género o de su orientación afectivo-sexual. Que no se plantea como una identidad estanca y definida, sino como un desafío a lo estanco y a lo definido; como algo que no se es, sino que se está, se transita. Y que, en cuanto que indefinido y cambiante, no cierra puertas ni ventanas: permite tantos futuros queer como seamos capaces de imaginar, tiene un final abierto, o varios. En palabras del ensayista Víctor G. Mora en su obra ¿Quién teme a lo queer? , dentro de una breve pero efectiva descripción que me gusta especialmente porque se hace en negativo, mediante la carencia: «Si no incomoda, si no revuelve el asiento y fuerza la mirada hacia un afuera frondoso, no es queer». ¿Qué asemeja lo queer a lo gay o lo homosexual? En primer lugar, como manifiesta su difícil traducción, es un término potencialmente colonial, como lo era gay, y un exónimo impuesto a las comunidades no anglosajonas, como era homosexual . Así lo señala Guasch: «Estos puntos de vista [queer] intentan evitar términos locales ( maricona o amariconar , por ejemplo) y sustituirlos por otros (de orden colonial) procedentes del inglés ( queer o queerizar ) que son un sinsentido histórico en el contexto español [...] el término queer carece de injuria (y de descripción de desigualdad)». Además, autores como Sáez y Carrascosa opinan que lo queer podría padecer la misma fortuna que ya padeció lo gay e ir «hacia una reapropiación del activismo para un uso mediático y personalista, para la venta de proyectos culturales queer a las instituciones, museos, universidades o medios de comunicación [...] para consumo de heteros curiosos o aburridos, para épater le bourgeois y para alimentar la máquina estatal de la cultura», por lo que, en última instancia, sería tan servil al Estado como la medicina y tan comercializable y vendible como lo gay. Y así lo advierte también el propio Mora, cuya definición de queer acabo de citar: «Ninguno de los efectos del derrame queer sobre nuestro mapa está exento de problemas: la asimilación acrítica del término, el blanqueamiento en el terreno académico y en la práctica política, la capitalización y transferencia como producto susceptible de generar una categoría (de consumo)». Creo que asistimos a una revolución terminológica en el campo de las identidades, especialmente afectivo-sexuales y de género, aunque también en otros campos como el antirracismo o la lucha contra el capacitismo. Considero que, para hacer un análisis sobre la utilidad de la palabra queer en sociedades donde no es un término propio o con tradición, necesitamos dejar que el polvo se asiente y observar cómo toma forma al posarse sobre las realidades que lo preceden antes de poder criticarlo, positiva o negativamente. Al fin y al cabo, algunas apreciaciones como la de Sáez y Carrascosa se antojan más bien un temor a un futurible que un hecho consumado, y definiciones como la de Mora parecen abrir la posibilidad a que queer , esta vez sí, sea un término satisfactorio para todas las disidencias que permita, y esto es lo importante de un concepto, mejorar las vidas que lo transitan y ampliar sus horizontes, volviendo la mirada hacia fuera. Mientras el polvo siga en suspensión — un maravilloso instante, todo hay que decirlo, pues en esa tensión todo es posible—, yo me quedo con una reflexión de Camila Sosa Villada sobre el uso del término travesti , que tiene una larga tradición en Argentina para referirse a las personas trans: «Durante mucho tiempo [travesti] fue una palabra cubierta de crímenes, insultos, semen, sangre, silencio, soledad, hambre, intemperie. Es una palabra que está sucia. Y el decir “mujeres trans”, “mujeres transgénero” higieniza una existencia que nunca estuvo higienizada. Entonces yo digo: dejen de lavar algo que existió tal y como es». Y opto, yo también, por emplear mi propia palabra cubierta de crímenes, insultos, semen, sangre, silencio, soledad, hambre e intemperie, una palabra que no solo no necesita lavarse, sino que puede servir para reivindicar todo aquello que nos han dicho que estaba mal en nosotras: maricón. *Del inglés cripple, término ofensivo para referirse a personas con una discapacidad, especialmente si afecta a su capacidad motriz. Del mismo modo que queer, el uso de crip supone la apropiación de un insulto por parte del colectivo insultado con la finalidad de desactivarlo o de elaborar teoría crítica y estrategias políticas a partir de él. (N. del E.) Fuente: Christo Casas Maricas Malas . Fragmento capítulo I. Paidós Contemporánea 1era edición 2023. Joey Terrill Participantes en el desfile del Orgullo de Christopher Street West con camisetas de malflora y maricón de Joey Terrill, 1976. Cortesía de la Fundación de Archivos ONE de la Universidad del Sur de California. Fotografía toma directa.

  • Cuando el viento sopla. Femicidio de Valeria Schwab y desapariciones en Comodoro Rivadavia / Veroka Velasquez Ulloa

    “La buscamos toda la noche. Fuimos nosotros los que la encontramos. Es algo que no se lo deseo a nadie” Jessica Schwab El femicidio de Valeria Schwab “Donde debía haber seguridad, hubo abandono. El femicidio de mi hermana ocurrió en un lugar que el gobierno ya sabía que era tierra de nadie. No la mató solo un asesino o un par de asesinos, la mató un sistema que no escucha denuncias hasta que ya es demasiado tarde” Escribió Jessica Schwab, hermana de Valeria Schwab, asesinada el martes 13 de enero, al lateral de la ruta 3 en la base del Cerro Chenque donde se encuentra con el mar. Como una gran cantidad de personas en la ciudad petrolera, Comodoro Rivadavia, Valeria de 39 años había salido a correr por el llamado “Paseo Costero” un paseo que atraviesa gran parte de la costa de la ciudad. El último mensaje que Valeria envía a su hermana es a las 23 horas, contándole que iba llegando a Eureka, no tan lejos de su casa, Valeria no llega, ni tampoco le llegan a ella los mensajes, familiares y amigos activaron la búsqueda por la zona y el rostro de Valeria en un volante comienza a circular por las redes sociales de la ciudad. Fueron al Chalet Huergo, teniendo la esperanza que ahí este sentada, pensando o paseando, pero no, luego encuentran una zapatilla y con esa señal que confirma lo peor, porque Valeria no tenía pertenencias más que su celular y los auriculares, para robarle no había sido, la hermana va a la brigada de investigaciones: “se hizo eterno el papelerío que tuvimos que llenar para que se empiece a mover la policía. La policía alumbrando desde arriba, mientras los familiares y amigos estuvimos buscándola porque ya sabíamos el sector donde ella había dicho, por abajo (acantilado) en plena oscuridad, la policía nada, alumbrado desde arriba con una linterna que no alumbra ni un metro. Me parece muy mal que la policía no tenga herramientas para salir a buscar cuando nosotros ya le decíamos que se había encontrado una zapatilla, tardaron un montón, si no hubiese sido por nosotros no la encontraban, porque estaban mirando desde arriba, después empezaron a bajar cuando nosotros empezamos a bajar. El accionar en el momento indicado hubiera sido clave” cuenta Jessica en una entrevista. Tierra de nadie El abandono por parte del estado en Chubut, Patagonia se hace eco en distintas situaciones, paralelamente están activos los incendios en la zona de la cordillera, las causas de búsqueda de personas son archivadas y el desplazamiento del cerro Hermitte deja cientos de familias sin hogar. Comodoro Rivadavia es una ciudad fundada en 1901 para la explotación petrolera y toda la sociedad está constituida en función de la extracción del recurso, el abuso hacia la tierra es el mismo que se da con las mujeres. Es una ciudad con un gran caudal de población, movimiento económico y una naturaleza que se impone en grandes espacios desérticos y salvajes, donde hay zonas que tienen que estar iluminadas porque pasa la ruta 3, hay circular activo de la población, hay senderos para entrenamiento, por ejemplo. En la zona donde se encontró el cuerpo de Valeria es inimaginable que ese sector no esté iluminado, pero si, no había ni una led que ahuyente las posibilidades de una tragedia anunciada. Cuando el primer fiscal de la causa de Valeria, Marcelo Crettón manifiesta “que el hecho llama especialmente la atención por el lugar y el horario en el que ocurrió. Estamos hablando de pleno centro, de un lugar de caminata diaria. Hay personas solas, acompañadas, con perros. No es normal que haya pasado esto en Comodoro”. Hay que responder: lo que no es normal y la población lo sabe es que un espacio tan concurrido y preparado para estar iluminado, no tenga ni un solo foco, sea en plena ruta y en pleno centro se instale una boca del lobo y todo pueda suceder, pero ahora viene la etapa donde los que tienen que dar respuestas se arrojan la papa caliente probablemente para que siga rodando hasta que se enfrié y alguno pueda arrojarla a los barrancos del olvido. La causa de Valeria en pocos días cambia de fiscal y quedando en manos de María Laura Blanco y conforme a normativas internacionales sobre la investigación de muertes violentas de mujeres, la causa fue caratulada como femicidio, anteriormente había sido de homicidio resulta víctima. Primera Marcha 2026 Plaza Kompuchewe La familia convoca a un grito colectivo, en la plaza Kompuchewe, donde la ciudad se manifiesta. Llegamos en silencio, la familia repartió hojas con el pedido de justicia y el rostro de Valeria, no había banderas de partidos, ni ninguna, no había hashtag, ni cantos, se alineo primero la familia y amig@s y con aplausos que nunca pararon, cinco cuadras de comunidad acompañamos a la familia hasta la seccional primera donde también se compartió el pedido de investigación por parte de la familia de Diego Serón desparecido el 7 de enero, cuando había salido a buscar trabajo. Los medios de desinformación En el correr de los días los medios comenzaron a lanzar hipótesis al aire, la información en potencial, “parecería, habría posible relación, apareció un posible homicida”, crearon sus propias fabulas y las echaron a andar, llegando a alcances nacionales sin ser chequeada, información que los propios medios locales desdijeron y a los dos días esas supuestas verdades eran sentencias a nivel nacional. Los medios que copian y pegan, a sabiendas, no son inocentes, que pueden entorpecer la investigación. Hasta llegar al punto de titulares del estilo: “tras filtrarse datos de la autopsia”. El informe forense confirmaría que la víctima fue abusada sexualmente y que su fallecimiento se produjo por asfixia. Se esperan declaraciones oficiales, decían los diarios locales viernes 16 de enero. ¿Dónde quedan nuestras vidas?, si vivas o muertas somos la carne cruda que alimenta el monstruo, el monstruo macho que necesita saciar sus “desahogos sexuales”, o el monstruo morbo social que se come el relato más morboso, no importa si es verdad o fábula, sirve si alimenta, si atraganta, si indigesta, sirve si la sangre y el cuerpo es el nuestro, la maquinaria de la desidia, el extractivismo, la oscuridad del petróleo se tragó a Valeria, se la arranco a la vida, pero nuestra esencia patagónica provoca que cuando el viento sopla hace más fuerte las raíces y crecen, y si el viento te arranca se aprende a volar, pero ¿qué hacemos en el mientras tanto? ¿qué hace la justicia?. A Valeria la asesinaron, pero no callaron su grito que se multiplica en todas las personas que seguimos en la lucha por un mundo justo y que llegue a quienes tienen que responder y se hagan cargo de los puestos que ocupan y dejen de sacarse fotos intentando demostrar un compromiso de cartón. Segunda marcha Unas 4 mil personas marcharon la noche el 21 de enero, a una semana del femicidio pidiendo justicia por Valeria Schwab y por la muerte de Diego Serón, el cuerpo de Diego apareció en el llamado Rincón del Diablo el 19 de enero, donde la familia ya había buscado. En la marcha se pidió justicia e investigación por los más de 20 desaparecidos. Jessica, hermana de Valeria, manifiesta que aún no le han informado nada de la autopsia, ni en qué situación está la causa de su hermana y solicito a los medios que sigan acompañando la investigación para hacer presión y que alguien de respuestas y no se archive la causa, ni la sociedad se olvide, como manifestaron los familiares de las personas desaparecidas en Comodoro Rivadavia. Justicia por Valeria Schwab, justicia por Diego Serón, investigación y justicia por todos los desaparecidxs de Comodoro Rivadavia. Desaparecid@s en Comodoro Rivadavia: 1-Alejandra del Carmen Sales (1994) 2-Hernán Enrique Soto (1997) 3-Araceli Linares (1998) 4-Mónica Elizabet Acuña (1998) 5-Silvia Mabel Picón (2000) 6-Iván Eladio Torres (2003) 7-Pablo Andrés Plascencio (2003) 8-Sonia Esther Toro (2005) 9-Héctor Hipólito Quijano (2006) 10-María Isabel Maldonado (2006) 11-Jorge Humberto Díaz (2006) 12-Ariel Rosario Curin (2007) 13-José Heriberto Barrientos (2007) 14-Leandro Arturo Díaz (2009) 15-Ángela Carolina Díaz (2010) 16-Hilda Suárez (2013) 17-Nicolás Capovilla (2016) 18-Gladys Garay Esteche (2017) 19-Norma "Lily" Carrizo (2017) 20-Victorio Joursin (2020) 21-Juana Morales (2025) 22-Pedro Kreder (2025) 23-Diego Serón (hallado muerto luego de más de una semana desaparecLucas Pachecoido) Lucas Pacheco Segunda Marcha 2026 @lucaspachecophotos

  • Presentación de "Un destino común" / Lucrecia Martel y Malena Rey

    15 de noviembre de 2025 Presenta:  Malena Rey Autora:  Lucrecia Martel Editorial:  Caja Negra Editora Malena Rey: Bueno, estamos presentando tu primer libro,  Un destino común , un libro que expande mucho tu práctica cinematográfica, que pensamos como una especie de caja de herramientas. Es un libro que queríamos leer y no existía. Entonces, desde Caja Negra, te lo fuimos a proponer. Es un libro en el que trabajamos mucho con Pablo Marín también —lo quiero mencionar—, que vive en Madrid y no pudo estar acá, pero para mí está en espíritu. Y quería empezar conversando con vos un poco sobre esto, porque el libro, si todavía no lo leyeron, reúne tu práctica como disertante, tus intervenciones públicas, tus conversaciones públicas, que es algo que sucede mientras vos hacés películas. Tus películas te llevan muchos años, mucho tiempo, un trabajo más interno, y estas charlas son parte de tu vida pública. Quería preguntarte qué te genera el hecho de que ahora se hayan reunido, que estén en un libro, porque las ideas se van transformando con el tiempo y en el libro quedan fijadas de algún modo, ¿no? Lucrecia Martel: Sí, bueno, muchas gracias a todos por venir. Muchas gracias, Malena. Muchas gracias a Pablo. Muchas gracias a Caja Negra, y felicitaciones, porque… ¿177 libros? Malena Rey: 171 libros. Lucrecia Martel: 171, y seis el año que viene. No, es increíble, ¿no?, un proyecto editorial como el de ustedes. Así que muchas gracias por hacerme parte. La verdad es que yo siempre trato de que no se graben las charlas, ya lo he dicho, porque la gente se empieza a distraer y siempre piensa “después veo el link”, y entonces se ponen a ver el teléfono o se ponen a grabar y dicen “después veo lo que grabé”, y es difícil estar en el momento en que pasan las cosas. Entonces, por ahí yo trato de que no las graben. Pero a veces me dicen: “Si las grabamos, te pagan más”, y entonces ahí aparece la prostituta que somos todas, y digo: “Sí, pero por supuesto, por favor”. Y la verdad es que lo que hicieron los chicos… a mí me da mucha vergüenza, porque yo hago chistes como estos que, cuando los leés, decís: “Qué papelón”. Entonces, que los chicos hayan hecho un trabajo tan bueno para que el libro no sea un papelón… bueno, ya lo verán, y estoy muy agradecida. ¿Y qué pienso de que mis charlas estén en un libro? Pienso que, por vanidad sola, diría que no. Pero me parece que estamos en una época tan difícil que todas las ayudas que nos podamos dar entre todos, bienvenidas. Y por ahí a alguien le sirve leerlo, y bueno. Malena Rey: A veces me ocurre, para esto, que me hacen hacer preguntas muy sesudas, aprovechar el libro y usar algunas citas que aparecen ahí para que las podamos ir expandiendo y que todas ustedes se vayan con muchas ganas de seguir leyendo o yendo un poco más profundo. Traje una cita que habla un poco de la cultura en relación con el cine. En un momento decís: “El cine de ir a la calle es hablar con los vecinos, caminar por la ciudad y hablar con la gente. Es preciso mirar sin tanto prejuicio, sin tantos eslóganes, tanta doctrina. Y cambiar el mundo es casi la única cosa atractiva que hay para hacer en nuestra existencia”. Me parece interesante que hablemos un poco de eso. También decís que, porque el mundo —como a veces medio una expresión—, bueno, hay que cambiar el mundo… pero el mundo es muchísimo. Cambiar el mundo es muchísimo. Decís que es muy alarmante qué poco situado está nuestro pensamiento. Entonces pensaba en algo más próximo, ¿no? ¿Qué se puede hacer para cambiar nuestra existencia más inmediata, en todo caso? Lucrecia Martel: Sí, cuando uno dice “cambiar el mundo” parece como que uno va a cambiar todo, pero es aunque sea un poquito algo. Aunque sea el consorcio, que la gente se trate mejor, no sé, algo. No sé cuánta gente de acá viene o tiene relación con el mundo del cine. No digo que levanten la mano… bueno, levanten la mano. Son muy pocos. Para nosotros —no sé, otra gente tendrá cosas parecidas—, pero para nosotros, la gente que trata de hacer cosas audiovisuales, hay permanentemente una tendencia a buscar referencias para lo que vamos a hacer en películas, en cosas que han hecho otras personas. Y es genial que haya cosas a las que podamos ir a ver, acudir para iluminarnos de alguna manera. Pero me parece que nos ha pasado —y que hemos ido perdiendo— la habilidad de mirar a la vuelta nuestro, y de que nos guste la luz, de que sepamos cómo se recrea esa luz que vemos en la vereda, que vemos en nuestras casas. Porque es mucho más fácil mostrarle una película al director de fotografía y al director de arte y referirse a lo que está en una película, y no a cómo intento eso que me gusta y que me hizo interesarme por contar una historia, por compartir algo con los otros. Y yo creo que en nuestra época el espacio se ha contraído muchísimo, nuestro espacio vital se ha vuelto muy chiquito, y nos resulta muy difícil saber cómo relacionarnos con el espacio. Entonces, eso creo: que el cine es para salir a la calle. Los que hagan cine o estén cerca de esa actividad acá: lo nuestro es —con cuidado, con precauciones, no a cualquier hora, con amigos si son horas complicadas—, pero lo nuestro es la calle, es la gente. No es tanto encerrarnos en el cine, que está buenísimo, pero lo otro es fundamental. Y tenemos un país que es muy complicado de contar. Entonces esa vocación de salir me parece que es fundamental para encontrar algunas soluciones para esta locura que nos pasa. Malena Rey: Eso que decías del espacio en el libro aparece bastante en la última de las charlas, en la nota para  Los indios insomnes : el hecho de que se contrajo el espacio y se aceleró el tiempo, que me parece que son dos ideas bastante fuertes. Quería ver si las podíamos expandir un poco para entenderlas mejor. ¿A qué te referís cuando decís eso? Lucrecia Martel: Yo pienso que es una cosa que constatamos todos diariamente. Primero, que en situaciones como estas de crisis —que todos tenemos muchísimos trabajos para poder lograr pagar las cosas mensuales—, eso hace que el tiempo que tenemos para salirnos de los circuitos habituales sea menor. No tenemos tiempo de decir: “Ahora me voy a mi trabajo y voy por acá, que demoro media hora más”. No, porque después tenés otro trabajo y estás cansada. Entonces, la voracidad de cosas que tenemos que solventar con nuestro trabajo, la dificultad de encontrar trabajo, lo caros que son los alquileres… en fin, problemas que todos conocemos, hacen que nuestros recorridos espaciales sean muy acotados. A veces el fin de semana vamos a algún lugar, pero es medio difícil tener la percepción de la ciudad —o de la ciudad donde vivan—. Y encima la crisis económica es un factor de disminución del tiempo disponible. Pero además, la tecnología claramente aceleró el tiempo. Eso lo sabemos todos. Ya nadie puede soportar una pregunta más de cinco segundos: o buscamos la respuesta o le respondemos a alguien un mensaje. No tenemos paciencia para el tiempo. “A ver, después le escribo”. Le escribiste en una semana y la persona está ofendidísima. Eso antes no pasaba. Miren, hay un libro del Fondo de Cultura Económica que se llama  Cartas a América , una cosa así, que son cartas que se mandaban desde la península hacia América en el siglo XV y XVI. Creo que compila —no sé si la conocerán— un librazo así. Compila cartas del siglo XV y XVI, y las cartas dicen: “Hace dos años que le envié mi última carta, no he recibido respuesta”. ¡Dos años! Dos años ya. Alguien tendría hijos con otra persona. Entonces es evidente que el tiempo ha ido en una… la tecnología ha permitido esa aceleración, pero nuestros organismos no están todavía acostumbrados a esa aceleración. Estamos todos un poco angustiados, un poco desesperados. La pandemia, para mí —para todo el mundo— fue una revelación de que era posible vivir encerrados. Y esas son cosas que marcan mucho nuestra época. Y los que escriben, los que quieren hacer algo, los que quieren expresarse a sí mismos y expresarse en relación con el mundo, necesitan callejear. Callejear es una parte importantísima. Y no callejear dentro de Nordelta —que está bien Nordelta—, pero digo: no, te vas a encontrar con gente toda muy parecida. Callejear donde te encontrás con gente diferente. La ciudad es ese lugar. Las rutas, el campo, las calles rurales. Y eso hace, me parece a mí, que se haya constreñido nuestra experiencia de existencia. Y todos tenemos una angustia, una cosa… no creo que haya uno acá que no haya percibido en este año una fuerte sensación de angustia. Uno la puede relacionar con alguna cosa: alguna cosa que dejó de existir, alguna subvención, alguna ayuda que era fundamental para su actividad. Pero también es algo que está pasando planetariamente, no es solamente este país. Y bueno, frente a eso… bueno, esto es una buena respuesta de espacio compartido, ¿no? Malena Rey: Pensaba que vos hablás de la aceleración del tiempo, pero que también sos de procesos muy lentos. En cada película sos de tomarte tu tiempo, y en la era de tanta inmediatez quizás es más revolucionario ver cómo hacer para frenar que para seguir montándose en ese ritmo. Y en algo que también decías: que vamos a tener que usar nuestras horas de sueño, nuestras horas de ocio, para pensar cómo salir de todo esto. Y pensaba: es un sábado a la tarde, hace treinta grados de calor, todos ustedes podrían estar… no sé, ¿no tienen amigos con pileta? Podrían estar recreándose de otro modo, y estamos todas estas personas acá juntas pensando libros. Estamos usando nuestro tiempo libre para juntarnos. Y quería preguntarte un poco sobre algo que para nosotras sobrevuela mucho esta jornada, que tiene que ver con eso que vos decís en el libro sobre cómo hablar con los que no piensan como nosotros. Pero a nosotras nos gusta también pensar cómo hablar con otras generaciones. Eso que también decía Diego al principio: que haya gente de distintas edades dialogando, que haya un espacio para chicos más chicos, que haya gente más grande, que todas estemos en la misma conversación, o tratando de dar esa conversación. Y pensaba también en la juventud como esa idea… o sea, la sociedad deposita sobre la juventud una idea de futuro. Las sociedades en general depositan sobre los jóvenes algo que no necesariamente se condice con lo que esa juventud quiere encarnar, ¿no? Y quería preguntarte: para vos, ¿qué implica ser joven? ¿Qué tipo de juventud tuviste? ¿O qué hay todavía de tu Lucrecia joven en tu madurez? Lucrecia Martel: Integral. Íntegra. Ajá.  Malena Rey: Seguro. Y también eso, ¿no? ¿Qué hay todavía de la juventud presente en lo que hacés? ¿Te importa hablar con los jóvenes a vos? Lucrecia Martel: Sí. Es que hay mucha gente joven… pero ya les va a pasar. Los que tienen edad lo saben: es muy difícil envejecer, porque uno no envejece a la misma velocidad por afuera que por dentro. Por dentro, yo he intentado —y acá hay testigos— subirme a un  hoverboard . Imagínense: yo estoy con un bastón. ¿Y cómo terminó eso? Me quebré la muñeca.Pero digo: la curiosidad por el mundo no se extingue con la vejez. Tenemos también esta cosa horrible que ha pasado… yo los odio a todos los poetas y músicos que se han suicidado a los 26, 27 años. Los detesto. Porque era gente brillante que necesitábamos para que nos enseñe cómo ser viejos. ¿Y ahora qué nos queda? ¿Bob Dylan? ¿Neil Young? ¿Patti Smith? ¿Alguna queda? Habrá que hacer una lista para ir a buscar cómo ser viejos en el siglo XXI. Y evidentemente, ahora, por esta misma situación, las distancias generacionales son muy abruptas. La mayoría de los que están acá es muy probable que —ojalá que no, pero— demoren mucho en tener un lugar propio. Van a vivir alquilando mucho tiempo, van a tener que tomar decisiones de compartir casa. Las crisis aparentemente van a ser muy profundas, esta que tenemos. Y si no pasa algo terrible —que es la crisis—, va a pasar lo otro: vamos a empezar todos a tener plata y va a ser como en 2002, que nos olvidamos rápidamente de lo que había pasado, se terminaron las asambleas y chau. Pero ser joven ahora es muy distinto a cuando yo era joven. Todavía, para mi generación —eso es increíble—, para la generación de mis padres, tener una casa propia era una posibilidad a través del trabajo. Para mi generación fue un poco más difícil y nos ayudaron nuestros padres. Para ustedes… si los padres somos nosotros, olvídense. Olvídense. Si los padres de ustedes tienen entre 50 y 60, es muy poco lo que vamos a poder hacer para ayudarles. Entonces… esa experiencia de… ¿A qué iba la pregunta? Malena Rey: Bueno, por un lado, algunas ya las fuiste contestando. Pero: ¿qué implica ser joven, más allá de lo biológico, como una temporalidad? ¿Qué recordás de tu juventud? ¿Qué hay todavía de tu juventud presente en lo que hacés? Lucrecia Martel: ¿Qué recuerdo de mi juventud? Por Dios, es una pregunta de mierda. No, recuerdo muy poco. Pero lo que creo es que, indudablemente, cuando uno empieza a caminar más lento —que en mi caso pasó muy rápidamente, pero probablemente ustedes demoren más en llegar a ese momento—… Mi percepción de la ciudad, sobre todo: yo pasé mi juventud en esta ciudad. Yo nací en Salta y a los 18 o 19 años me vine para acá. Y para mí la experiencia de juventud fue caminar Buenos Aires. Caminar… bueno, también me pasaron cosas, pero digo: conocer esta ciudad que es infinita. Entonces relaciono la juventud con una expansión del espacio. Yo pasé de ir a un colegio medio privado, haciendo un recorrido bastante pavote en Salta, a esta ciudad; a estudiar animación en Avellaneda y tener que irme desde Agronomía hasta Avellaneda. Cuando una chica de colegio católico de una provincia tiene que tomarse el 124 de Agronomía a Avellaneda… es la Odisea, es la  Ilíada , es todo eso. Entonces, para mí, la juventud la relaciono con la expansión del espacio. Y por eso me resulta muy difícil, a veces, conectar con una juventud que resignó su espacio a encontrarse con los amigos en las plataformas. No lo digo como crítica, sino como algo que no conozco: no conozco esa forma de encuentro con los otros ni de expansión del espacio. Porque el espacio virtual es caro. No es una experiencia asequible para todos. El espacio virtual se paga: tenés que pagarte el software, tenés que pagarte una wifi bastante rápida, tenés que tener una buena compu. No es tan fácil el espacio virtual como experiencia. Y lo que reconozco en mí es algo bastante infantil: la curiosidad. Curiosidad por la gente. El cine… yo creo que enganché en esta actividad un poco porque alguien me vio condiciones, y uno termina haciendo lo que hace porque alguien te ve condiciones. Así de débiles somos. Pero el cine es conversar con la gente. Y ciertamente el lenguaje de la conversación uno lo ejerce más cuando te cuesta entender a la otra persona: lo que piensa, lo que quiere, por qué está enojada. Porque con los amigos con los que uno se entiende, simplemente te ponés a ver un video y te reís, escuchás música… nada. Hacés cosas donde el lenguaje está en la zona del chiste: chiste, chiste, ja ja ja. Con la gente que uno no comprende es donde más se ejerce la invención del lenguaje. Y me parece que, por decisiones que han sucedido en nuestro país —desde su fundación—, hemos ido perdiendo, año a año, la capacidad de conversar con las personas con las que no nos entendemos rápidamente en términos de valores, ideas del mundo, del futuro, de la economía. Eso me parece una pérdida enorme. Una pérdida que, además, estamos experimentando todos los días. Malena Rey: Me quedé pensando en algo que decías del registro de las imágenes. Por un lado, esto de la juventud… y en el libro hablás mucho de tus abuelas, de las conversaciones, de la oralidad, de tu mamá. Y después le hablás a los jóvenes. Hacés como un recorrido de muchas generaciones. Y también eso que decías del registro de las imágenes: que la vida digital sale cara, pero que en otra parte del libro decís que las cámaras que ahora tenemos en los teléfonos son herramientas que filman mejor que las cámaras que vos tenías que pedir cuando estudiabas cine para que te las presten para hacer un corto. O sea, las herramientas las tenemos. Todas estas personas que estamos acá tenemos un teléfono que registra imágenes. Y a la vez, esas imágenes que están en esos teléfonos… ¿cuántas veces las volvemos a ver? ¿Cuántas veces hacemos algo con ellas? Lucrecia Martel: No, las consideramos como parte de… no sé, de nuestro archivo. De lo que después, cuando pasen veinte años, las vamos a volver a ver. Nadie las imprime ya, se rompen los discos rígidos. ¿Qué hacemos? ¿Cómo hacemos para volver a generar ciertas condiciones de registro que nos enseñen a narrar de otras maneras? Yo no sé bien cómo es el invento ese, qué es lo que hay que hacer. Porque mirá: ahora se me quemó mi computadora, el  core . Entonces fui a que me la arreglen y me dijeron: “Lo único que puedo hacer es recuperar los datos”. Yo trato de pensar qué datos quiero recuperar de la computadora y la verdad es que no me acuerdo nada. Pienso que hay algo importante que tengo que recuperar —algún documento de alguna cosa, de Salta, no sé qué—, pero ni siquiera sé qué es lo que tengo importante en la computadora. O sea, no sé cuántos gigabytes enteros de fotografías de teléfono habré perdido, supongamos que no se recupera eso. Entonces eso también significa que —no significa que lo que haya sido registrado no tenga ningún valor—, pero evidentemente no generó ninguna memoria inmediata en mí, o algún anhelo. O igual son cosas que todos sabemos, ¿no? La cantidad de veces que borramos estupideces que nos llenan los teléfonos y eso. Pero, por ejemplo, cuando yo hice esta película —que a propósito vamos a estrenar en marzo del año que viene—… les digo el título para que no vayan y paguen la entrada para otro director. Se llama NUESTRA TIERRA. Esa película… nosotros, para hacerla, durante muchos años recuperamos archivos. Le pedimos a la comunidad de Chuschagasta —que es una comunidad indígena en el Valle de Choromoros, en el norte de Tucumán— que nos compartieran sus  chips , las tarjetas de teléfono y las fotografías antiguas que tenían. Y bueno, durante muchos años estuvimos haciendo ese archivo. Y hay algo muy valioso en el archivo del teléfono. Uno siente que hay una banalidad en ese registro, en eso que uno preservó. Pero muchísimas cosas de audio de la película son valiosísimas, porque son cosas muy difíciles de producir para el cine. Es muy difícil, para la gente de cine, producir una fiesta de una familia en un cerro en Tucumán y que suceda ese ritmo de las voces, la inhibición para interpretar, decir cosas, los chistes, las cosas familiares. Ese sonido es valiosísimo. Hay infinidad de videos cuando nosotros registrábamos con nuestros teléfonos tonterías, con nuestros amigos, con nuestra familia. Y hay cosas de sonido que quizás la imagen es más o menos, pero el sonido es imposible de volver a generar. Es de un valor incalculable para el cine, ese sonido. De archivos y archivos, a veces prescindibles o repetidos, que uno tiene en el teléfono… no sé. Y a la vez, qué fácil es que cuando un teléfono se cae en un arroyo, lo pisa un caballo, se nos cae o nos lo roban, de repente desapareció. Y eso pasa… como les digo, lo que yo perdí en la computadora, supongamos que no lo pueda recuperar. No sé, quizás alguna vez me diga “uy, cierto, tal cosa”, pero ni siquiera es que tenemos un acervo ahí al que añorábamos o del que uno pueda tener melancolía. Malena Rey: Ahora que mencionaste  Nuestra Tierra , quería preguntarte porque la película es un documental. O sea, hacés un giro después de  Zama  hacia el documental. Nuestra Tierra  está basada en el asesinato —en el crimen— de un comunero, Javier Chocobar. Está el juicio en la peli, está el registro de la comunidad. Y pensaba… no sé, me imagino haber cambiado de registro para hacer esta película. No quiero  spoilear  nada de la peli —igual el  spoiler  mucho no importa—, pero sí preguntarte: porque cuando hacíamos el libro, en un momento yo tendía a pensar que tenía que haber un texto sobre la película, porque vos estabas haciendo la película y si este libro iba a convivir con la película, entonces ¿de qué manera estaba también presente? Y lo que te vino pasando —que me parece más interesante— es que se va colando todo tu proceso de trabajo de tantos años en muchas de las charlas del libro. Te preguntan sobre algo y vos decís: “No, estoy haciendo una película y tuve este problema”, o “estoy filmando y me encontré con esta cuestión”, o “estamos pensando con el equipo…”. Entonces quería preguntarte, más que por la peli en general —que ya habrá tiempo en marzo de hablar más en extenso—: ¿en qué momento se te revelaron cosas de tu proceso de trabajo, de tu proceso artístico, con la película? Si sentís que hubo puntos de inflexión en los que descubriste algo que necesitabas para seguir filmando, para el montaje… ¿qué momentos de revelación hubo en todos esos años de trabajo? Lucrecia Martel: Muchos, de muy distintas clases. El primero, creo, fue con el lenguaje. Ver lo difícil que era escribir una idea. Les doy este ejemplo porque creo que sirve para detectar el problema del lenguaje. Si yo tengo que explicar que una comunidad fue desplazada de un lugar a otro porque fue entregada en encomienda a un personaje, inevitablemente, para la comunidad el nombre va a ser un gentilicio —o simplemente la palabra “indios”— y un número. Y el sujeto va a ser un nombre propio. En la mayoría de los documentos se han registrado nombres propios de personas que no tienen ninguna relevancia real en su accionar sobre la historia. Tipo: “el capitán tal trasladó a…”. Exacto: por ejemplo, “el capitán Sotomayor trasladó cuarenta indios tasas de la comunidad de Chuschagasta al valle de Choromoro”. Entonces, ya el sujeto, el predicado, los complementos… ya hay una persona hábil, poderosa, que agarra a un gentilicio en gran número y lo puede llevar de aquí para allá. Es muy difícil, con el lenguaje. Uno tiene que empezar a poner oraciones y oraciones y oraciones —¿cómo se llaman?— oraciones subordinadas, para que esa frase no termine generándonos esa imagen tan clara en la cabeza: el capitán Sotomayor y cuarenta personas sin voluntad que obedecen y son trasladadas de aquí para allá. La historia de un país como el nuestro, que ha sido colonia —pero esto seguramente pasa en todo país donde alguien se tomó atribuciones sobre la vida de los demás—, está plagada de estas frases donde un montón de voluntades desaparecen en un gentilicio. Un gentilicio que encima ni se respeta ni se recuerda, salvo que por alguna casualidad exista un paraje que se llame Chuscha o, en fin, el nombre de alguna comunidad. Entonces, esa fue la primera dificultad: escribir y reescribir frases, y reescribir frases, y ver cómo, con la mejor de las intenciones, la frase volvía a reflejar la voluntad de un individuo y la no-voluntad de un conjunto. Después, lo que nos pasó… no sé si Jero está por acá. ¿Jero, viniste? Yo lo vi. Acá está, mirá. Jerónimo editó la película conmigo. Estuvimos en Salta y con Jero revisamos —imagínense— cuatrocientas horas de material audiovisual… un poco más, Jero, ¿no? Como cinco mil fotos. En fin, una cantidad de material enorme. El juicio lo habíamos filmado. El juicio duró como catorce días de jornadas, a tres cámaras. Eran muchísimas horas para mirar. Pero en un momento —que nosotros definimos como una  espiral ascendente — nos dimos cuenta de que algo empezaba a aparecer. Revisando las mismas tomas, las mismas partes del juicio que ya habíamos visto, de repente algo hacía el segmento que elegíamos, o la cámara con la que era contado, y uno dice: “Ah, empezó a aparecer algo”. Y cuando pasa eso, con Jero había una luz afuera de donde editábamos y la cerrábamos, cerrábamos la puerta y poníamos la luz, porque Julio venía cada rato a cantarnos y a perturbar las horas de edición. Entonces, esa sensación… uno la reconoce. Por eso también hay que confiar mucho en la percepción compartida, no en la percepción en soledad. Cuando estás con alguien, con compañeros de trabajo, y empezás a sentir: “Che, empezó a aparecer”. Ese momento es genial. Y mucho tenía que ver con el lenguaje. Con, de repente, entender el espanto de una frase dicha en el juicio, una expresión… Quienes hayan editado imágenes y sonidos conocen bien este momento: cuando uno pasa muchos años buscando el lenguaje para compartir un acontecimiento como fue el crimen. Y no quién fue el autor del crimen, sino cómo fue posible ese crimen, de los que hay muchísimos casos en un país como el nuestro. Es tan difícil encontrar las palabras con las cuales la gente vuelva a escuchar lo que ya sabe. Porque es obvio que le quitamos la tierra a alguien. Hay que ser muy mezquino para no aceptar esa idea. ¿Cómo se resuelve eso? No sé, es muy complejo. Pero que eso ha sucedido en nuestro continente no cabe ninguna duda. Que ninguno de nosotros lo haya aprendido en sus manuales de primaria… salvo que hayan ido a una escuela muy progre. En el manual mío, editado en Salta —el manual Güemes—, las comunidades desaparecían en el siglo XIX por la malignidad de la Campaña del Desierto o por lo terrible de los realistas. Porque no hay nada mejor que echarle la culpa a otro de la invisibilización, de la desaparición. Salir de esa educación es muy difícil. Pero la reflexión sobre los materiales y el tiempo… y por supuesto, el tiempo es algo carísimo. Yo digo “tiempo” y me da vergüenza, porque hay que tener plata para tener tiempo. Pero a veces hay ciertas ideas que requieren tiempo, y entonces lo van a tener que sacar de donde sea. Y en general va a ser de las horas de sueño. Y en general la raza lucha les va a arruinar eso antes que a mí, van a estar con esto mucho antes que yo. Pero bueno, nos tocó la parte de la crisis, de la transición a otro mundo… no sé. Nos tocó esta época. Malena Rey: Te voy a hacer una última pregunta, porque esta jornada es muy extensa. La última parte del libro reúne charlas desde 2009 hasta 2025. Junio de 2025 es la última, la de  Los indios insomnes . Es una parte ya post-pandemia, donde cambia un poco tu perspectiva: pasás a sentir que tenés que decirle algo útil a los jóvenes que van a escuchar esas charlas. Tengo algunas citas de ese momento. Decís: “Estamos en una época en la que el desánimo lleva a la inacción y todas las circunstancias que nos rodean son malas para infinitas cosas, pero no para pensar ni para tomar notas con cosas baratas como una birome y un papel. Aunque hagamos todo bien, nos va a ir mal por un tiempo. Entonces, ¿para qué obedecer?” Me gusta mucho esa frase. Y en otro momento decís que la debilidad de nuestra vida pasa fugazmente. Entonces, por un lado, quería preguntarte por eso. Y también: porque a vos el pesimismo te debe aplastar por momentos, ¿no? ¿De dónde sacás esa energía para pensar algo diferente? Lucrecia Martel: Yo, primero que nada, creo que seguramente la generación de ustedes —u otra que venga un poco después, o probablemente la de ustedes— ya tiene los anticuerpos para reaccionar frente a la transformación que está sucediendo en el planeta. Un poco sufriendo, un poco sucediendo. Es indudable que han aparecido tecnologías que van a modificar muchísimo nuestra forma de vincularnos con las cosas. Ya les debe haber pasado esa sensación de que internet no está funcionando bien, de que la inteligencia artificial no era tan……copada como parecía. Y de repente, sí, un día ven una cosa y decís:  esto es fabuloso . Bueno, lo que sea que traiga toda esta tecnología —hasta que aprendamos cuál es nuestro lugar con eso— van a ser momentos de angustia, de zozobra. Pero lo que yo creo es que la humanidad se ha sobrepuesto a cosas más complejas que la inteligencia artificial y que lo que está pasando ahora. Quizás sea posible para ustedes vislumbrar por dónde hay que salir. Solamente les digo una cosa, para que no sea deprimente esta conversación: yo esperaba seis meses en la escuela de cine —que ahora se llama ENERC, antes se llamaba de otra forma— para que me den una cámara. Esperaba seis meses para una cámara cuya definición era cincuenta veces menor que la de cualquiera de los teléfonos que hoy tiene cualquiera de ustedes en el bolsillo. Hay ciertas cosas que la tecnología nos ha provisto con las que reinventamos los géneros, reinventamos las formas narrativas. Vamos a poder, quizás, prescindir de los grandes financiamientos. En esa computadora que se me quemó yo edité una cantidad enorme de materiales para esta película, y edité un montón de cosas más. O sea: hay una posibilidad de autonomía respecto del dinero bastante alta en la actualidad. Entonces digo: junten esa suerte tecnológica con lo que están percibiendo y sigan adelante. No me parece que haya que sucumbir. No me parece que haya que enfrentar ninguna “batalla cultural”. La cultura no es para pelear: la cultura es para encontrarse. Y una prueba viva de eso es Caja Negra. Y con esto cerramos. Julian Dupont - "Soñando en cóndores" - Blanco y negro toe - 2023- Máscaras de lienzo recubiertas de yanchama, rellenas de hojas de coca, toe, eucalipto y flores de datura, sujetas por malla negra artificial, cintas sintéticas, lana de oveja y tiras de yanchama, pigmentadas con carbón de coca y carbón de palo santo, bañadas en flor de toe. - 150 × 90 × 30 cm

  • Las aguas del mar / Clarice Lispector

    Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar. Solo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones. Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra. Son las seis de la mañana. Solo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar. Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor. Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición. El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada). Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos. Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta. Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación. Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera. Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano. Fuente: Lispector, Clarice (1988) Silencio. Traducción y Prólogo de Cristina Peri Rossi. Ed. Grijalbo Jorge Nava - "La mar de verano" - 2025 - Óleo sobre yute sobre bastidor - 140 × 180 cm

  • Cuerpo del verano / Odysseas Elytis

    Hace ya tiempo que se escuchó la última lluvia caer sobre las hormigas y las lagartijas Ahora se quema el cielo inmenso los frutos se pintan la boca los poros de la tierra se abren poco a poco y junto al agua que gotea silabeando una planta enorme mira directamente al sol. ¿Quién es ése que descansa sobre la playa fumando de espaldas, hojas de olivo de humo plateado? Las cigarras se calientan en sus oídos las hormigas trabajan en su pecho las lagartijas se deslizan por el césped de su axila y sobre las algas marinas de sus pies pasa ligera una ola vertida por una sirenita que cantaba: “Oh cuerpo del verano desnudo quemado devorado por el aceite y la sal cuerpo de roca y estremecimiento del corazón un gran viento orea la cabellera de mimbre aroma de albahaca sobre el rizado pubis lleno de estrellas y agujas de pino Cuerpo lozano bañado por el día!” Llegan lluvias ligeras, impetuosos granizos pasan azotando la tierra en las garras de la nieve que se ennegrece en las profundidades por las olas furiosas las montañas se lanzan a las ubres cargadas de la nube. Pero ante todo esto sonríes indiferente y vuelves a encontrar tu hora inmortal como te vuelve a encontrar el sol en las playas y en medio de tu saludable desnudez te encuentra el cielo. Fuente: Odysseas Elytis (1943) El sol, el primero. La poesía surrealista de Nota y traducción de. Carmen Chuaqui y Natalia Moreleón. UNAM 2011. México José Royo - "Aire de Verano" - 2023 - Oil on Canvas - 100 × 100 × 1 cm

  • Partidas de nacimiento / Emilia Tejedor

    Onirografías del alumbramiento   Un mensaje, un día antes. No estaba mi nombre completo como era de su cotidiano. Hubo un momento en donde siempre aparecía coincidiendo con el momento en que empecé a usarlo entero. “María Emilia”, un nombre compuesto. Antes usaba solo “Emilia”, el “María”-con su etimología, con su peso- quedaba rechazado. Aquel día fue: “Buen día. Mañana 11:15 consultorio”. Así, seco.   Al día siguiente “Buen día. 11 hs ya estoy”. Escribió mi nombre completo atrás. Un horario adelantado, sin explicación. Con menos, había restado. Había resto: 15 minutos restó. Cuando llegué, cerré la puerta del ascensor con fuerza; el ruido pareció anunciar algo.  Enseguida el  tintinear de llaves cerca de la puerta, como si fuera a abrir. Estaba esperándome. Él siempre me esperaba. De pronto el tintineo cesó. Pensé: Ya sabe que llegué.  Lo escuché decir alguna vez: “ Tenes que llegar ”. Llegar … ¿a dónde? ¿a qué?.  Él ya sabía que había llegado. El tintineo de llaves se detuvo.   Está esperando a que toque el timbre pensé. A que me anuncie. A que enuncie. A que algo del decir se haga acto. Toque timbre. Unos segundos. La puerta se abrió. Hola y pronunció mi nombre completo. Hola y pronuncié su nombre. Entré con un entusiasmo casi excesivo y como si el cuerpo se hubiera adelantado a mí. Me dirigí al consultorio. “Pasa nomás”. Escuche de atrás. ¿Cómo andás?  Todo bien -le respondí. Pero esta vez, me giré y pregunté ¿y vos? Bien, dijo. Nunca antes le había devuelto la pregunta. Era la primera vez. Me resulto aliviador estar otra vez ahí en ese espacio que ya era nuestro. Tenue la luz amarilla del velador en la esquina, los libros alineados en aquel mueble del lado izquierdo, los cuadros, la cortina de la ventana rectangular junto al velador. Una atmósfera de quietud donde el respirar se volvía posible. Los objetos permanecían en su lugar. Constancia que permitía algo del orden de la respiración, una mínima estabilización del cuerpo. Sin embargo, algo empezaba a incomodar. Al salir del consultorio, los sonidos de la ciudad se volvían excesivos para mis oídos. Las bocinas, los gritos, las frenadas de los autos, las conversaciones por teléfono de los transeúntes, los colectivos. Antes, era lo habitual, lo tenía tan naturalizado que ya no los escuchaba. Ahora la contaminación sonora se imponía. Lo que había sido fondo, se volvía figura. Lo familiar comenzaba a tornarse extraño. Rosario ya no era del todo Rosario. Me tendí en el diván. El cuerpo reconoció la posición antes que la conciencia. Lo había extrañado. Conté los segundos, aunque enseguida los perdí. Volvió. Y esta vez estaba muy atenta a sus movimientos, a su vestimenta. Podría haber hecho un inventario minucioso: remera negra, un pantalón negro, los zapatos… no los vi. Hay cosas que se ven y cosas que no. El detalle que no olvidé es que estaba más flaco. “¿Estará de luto ?”, pensé, pero no lo dije. ¿Quién estaba de luto? Esa vestimenta parecía mostrarme que la que estaba de luto. Tal vez, era yo. La vestimenta era una pantalla.  Sostener el duelo de frente exige una posición. Terminar con la bella indiferencia de lo que se ve pero no se mira. Aquella que no desmiente la pérdida pero tampoco permite que se inscriba. Posición de reserva sostenida como defensa. Una forma precisa de estar, no sin costo. Una economía de goce.  Siempre intentó desarmar esa defensa y lo logra. A veces lo veía mirándome, como estupefacto, como si no terminara de comprender si la defensa había sido conmovida o apenas rozada. Si algo había caído algo o si todo seguida erguido, en pie.  Lo veía dudar. Pero yo sabía que ya no estaba intacta, la defensa había sido tocada. No caída aún, pero si agujereada. Ya no operaba como antes, aunque todavía insistiera en engañar. Algunos la llaman “ceguera histérica” a mí me gusta nombrarla como un modo de existir para no hacer duelos. Ver sin consentir la pérdida, sostener la imagen. Presté atención a como cerraba la puerta y sus movimientos para sentarse atrás del diván. Nunca había prestado tanta atención.  “¿Cómo andás?” . No sé si esa fue la pregunta. Tal vez era la de siempre, porque la pregunta de siempre era “¿Cómo estás ?”. Y sin embargo, estar no es lo mismo que andar. Andar puede hacerlo cualquiera, porque justamente no cualquiera se zambulle en lo que no anda.  Pero estar, estar, en cambio, a veces es difícil. No poder estar. No poder estar de luto. Quizá ese era mi síntoma.  No se puede estar de luto sin aceptar la falta. Porque para estar hay que partir. Y también partirse. Entre partir y partirse, aparece el parir: hacer pasar algo por el cuerpo. Una sola letra de diferencia que escribe el pasaje del duelo en el horizonte. Duelos que comenzaban a vislumbrarse tras una neblina que comenzaba a disiparse, muy lentamente. Porque los duelos duelen. Y porque permitir que algo quede atrás- y que eso impulse- no es sencillo. Requiere disposición. Requiere trabajo. Cuando la defensa cede, el cuerpo toma la palabra. Un cuerpo que sucumbe a ser superficie de inscripción del goce. Desbordado. Sin ganas. Con insomnio. Sin poder levantarse de la cama. Aburrimiento, tedio, hastío. Una petrificación mortífera. Todo se vuelve pesado. El aire es denso. Lágrimas que inundan la cara pero no alivian. La frase retorna insistente: “me quiero ir”.  Aparece como empuje. Un pasaje posible aún sin acto. Anuncios de partida que nunca parten, pero que no dejan de ser la chance de que el avión, alguna vez, despegue y vuele. El anuncio de partida como borde del acto. El salvajismo repetitivo e incansable del “ ma”  que retornaba una y otra vez en diversas escenas. “ No me escucha ” “ Rechaza todo ” “ No me quiere” .  El mismo guión, aunque cambien los personajes insistía una y otra vez. La repetición no fallaba. Las respuestas oscilaban entre angustias melancólicas donde todo era una mierda y la sombra cae sobre el yo y amenazas de huidas. “ Me quiero ir”.  Escapar. Salir corriendo. Una actriz de las partidas: armaba las valijas, anunciaba la salida, pero el cuerpo no partía. El acto no se producía.  Una sutil localización de que las escenas no eran las mismas y que quien había adoptado ropajes similares a aquella madre de alguna vez, no era mi madre era otra persona. La repetición insistía. Pero ese algo, apenas algo, empezó a no encajar del todo. Partiendo de una localización volvieron los recuerdos… la resonancia  de ese “ pa” en aquel sueño. Un camino de madera que direccionaba hacia las orillas del mar. De repente me lo encontraba a él en el camino. Era mi analista. Caminaba al lado. Preguntaba ¿Cómo estás? Tenía un paquete de papas. Me compartía varias. Luego me saludaba y se iba para el lado donde estaba su familia. Yo me iba para el otro lado donde se hallaban mis amigos. “ Pa ” en todas esas palabras: parir, partirse, partero, partir, papas.  Un “ pa ” que me eyectó Un “pa” que corta la serie del ma, ese circuito cerrado, pegajoso, donde todo retorna sin restos. Introduce una separación. No resuelve. Pero corta y abre una posibilidad: no la de comprender, sino la de perder algo sin quedar aniquilada. Bordes. Orillas que inauguran el deseo donde el deseo puede comenzar a inscribirse. Hasta que, finalmente, partí. La fantasía de estar en otro lugar o de ser otra, llegaba a su límite. “ Entraste justo en el límite” dijo alguna vez. Aquellas fantasías, habían tenido su tiempo de elaboración en la sala de pre-partos, su función de sostén, de placenta, ya no servía.  Todo un trabajo. Era un hecho, la espera llegaba a su fin. Dilataba las salidas orquestando despedidas. Des-pedidas, ya no pedía nada. La demanda se caía. La placenta ya no nutría. El líquido se iba. La bolsa se rompía. Y el parto iniciaba. Llegué. Y todo era extraño. Muy nuevo. Nada tenía que ver con el mundo anterior. Al menos no de entrada. Luego aparecieron algunas familiaridades. No todo era radicalmente Otro, pero ya no era lo mismo. Respire Reconquista. Sus espacios, discursos, palabras, afectos, cosas, costumbres. Una atmosfera Otra, una atmosfera distinta. Alteridad. Dependencia desnuda. La intrusión de algo tan Otro sin mediaciones. Y sin embargo, allí, en ese borde, algo del deseo podía empezar a escribirse. Allí lo tóxico. El medio profundamente Otro. El entorno se transforma en otro inquietante. El purgatorio empieza su rito: llantos, lamentos, y denuncias danzan a la par de imaginaciones febriles que ansían un regreso al hogar, un retorno a la quietud lejana. “ me quiero ir de vuelta a Rosario ”. La demanda de una vuelta a la placenta, a ese ecosistema de flotabilidad plácida donde el sujeto aún no estaba escindido. Imaginaciones febriles que deseando comodidad localizaban una incomodidad. La alteridad me había atravesado el cuerpo y descolocado. En hora buena: la comodidad a muerto. Rosario fue el punto de partida. Rosario fue un lugar materno diferente al escrito en mi propia historia, un lugar amable. Punto de partida que persiste como un remanente inflamable con algunas llamas encendidas. Puntos de ignición que marca el pasaje. Hay una distancia que no es métrica, no es física. Uno puede estar lejos y estar próximo, estar cerca. La partida de Rosario fue un retiro sin consumar la ausencia, pues las marcas permanecen como cicatrices que se revisitan desde una identidad en flujo. En los intervalos entre lo familiar y lo infamiliar, entre Rosario y Reconquista, entre lo familiar y lo extraño, reside la incomodidad de quien habita los bordes. La pregunta es clínica: ¿Cómo calibrar la distancia con lo extraño para no ser fagocitado por ello? ¿Cómo regular la proximidad con lo familiar para evitar la asfixia del encierro? El trazado de las orillas, aquellas zonas de contacto que permiten el enlace con lo extraño sin la pérdida de lo familiar. Habitar el borde es una apuesta de equilibrio precario. Se oscila entre el mar y la tierra firme. No hay amortiguación garantizada para la caída; solo diferentes modos de inmersión. Algunos ejecutan una entrada paulatina, dejando que el nivel del agua cubra el cuerpo por sedimentación; otros, por el contrario, optan por el ingreso súbito, el zambullido que anula la transición. En ambos casos, el cuerpo es el único territorio donde la marea termina por decidir. Persisto, por ahora, en la topología del entre. Habito la orilla como un estado de suspensión necesaria, un hiato donde la caída aun no se ha consumado y el peso de la decisión permanece en potencia. Reconocer(me) en el tránsito, ese ir y venir pendular, convertida en Tiresias: aquel que ha visto ambos lados, que ha cruzado los umbrales de lo propio y lo ajeno, y que extrae su saber precisamente de esa doble pertenencia. Umbrales donde el dolor se mezcla con la inminencia de lo nuevo. No hay urgencia en la fijación. Habitar las reconquistas de mi propia historia, un territorio que se gana palmo a palmo en el presente. Un acto de recuperar un territorio personal. El después se mantiene como una variable no calculable, una zona de sombra que no me asfixia. He arribado, sin embargo, a la naturaleza del proceso. En este espacio de fronteras y orillas, he llegado a un punto de certeza, entre varios. Los analistas somos parteros, aquellos que asisten al nacimiento de un sujeto, que, finalmente, emerge de las aguas para probar nombrarse. Y así es como una larga estancia en la sala de pre-partos se convierte en un tiempo de espera necesario donde las contracciones entre lo que fui y lo que intento ser fueron temblores que preparaban el cuerpo para el desprendimiento. Ya no temo a la caída ni a la profundidad del agua. Me dispongo a ingresar a la sala de partos. Allí, despojada de la comodidad de lo conocido, el análisis deja de ser teoría para volverse carne: el acto radical de parirse en una tierra nueva.   ¡Bienvenida a Reconquista!. Me dijeron. Bobbye Fermie - "Common Ground" - 2025 - Acuarela sobre papel - 76 × 56 cm

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page