¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? 1 / Michel Nieva
- Revista Adynata
- hace 3 días
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La caja traía seis piezas (cabeza, brazos, torso y piernas, que eran de muy fácil ensamblaje) además de ropa y una guitarra. Una vez que lo armé y lo vestí, su piel fue abandonando la palidez hasta volverse rosada; sus soñolientos párpados se alzaron y el rostro, antes inexpresivo, se iluminó de un no sé qué cándido: como la expresión de un niño, imaginé, que despierta.
Salud, patrón, soy don Chuma, se presentó. No necesité escandir su primera oración: octosílaba.
Al androide, o gauchoide, para ser más precisos, lo había comprado cuando volví a Buenos Aires de Colombia, después de las extrañas circunstancias que me habían deparado el libro Papelera de reciclaje. Mis desarreglos mentales, el temor a una nueva recaída o, sin más, a la pura demencia, me habían sugerido la necesidad de una ayuda para mis faenas cotidianas, que transcurrían en la soledad del departamento donde trabajaba y vivía. Por otro lado, como mi familia era de campo, de San Antonio de Areco, y como había pasado allí mi infancia, pensé que la compañía de un androide modelo gauchoide*, hasta donde era posible, estimularía un nuevo contacto con esos años tan felices de mi vida, y quizás así, también, sobrellevaría mejor mi depresión.
¡Y qué alegría y qué alivio habían sido esos primeros días con don Chuma, mi gauchoide!
Sin ofrecerle demasiadas instrucciones, de manera inmediata aprendió dónde se guardaba cada utensilio doméstico, y ya desde la primera mañana me acostumbré a despertar y a caminar guiado por el olor de las tortas fritas que me dejaba, junto al mate, sobre la mesa. Sabía amenizar estos desayunos rasgando su guitarra mientras recitaba alguna estrofa del Martín Fierro o de Santos Vega, que conocía enteros, o bien zapateando una chacarera. Tampoco me escatimaba (Chuma no lo sabía, instaladas artificialmente en su memoria) anécdotas sobre la vida en el campo: los atardeceres de ginebra en la pulpería, con los paisanos; el sentimiento oceánico y casi místico de galopar la pampa sobre el zaino; algún duelo remoto que justificaba cierta cicatriz de su frente; el recuerdo de alguna china que explicaba cicatrices de las otras, las del corazón, entre otras historias que se desplegaban por las sobremesas, y que me endulzaban de una manera inexplicable.
Además, el hecho de que su figura y costumbres evocaran el recuerdo de mi familia y de mi niñez me dio la confianza suficiente para encontrar en su oído un lugar donde intimar mis penas, penas que el robot devotamente escuchaba y a veces, también, con gran acierto aconsejaba.
Digamos entonces que, en poco tiempo e inesperadamente, este dispositivo de segunda generación se había vuelto una pieza fundamental de mi vida. Pero como en cualquier relación, cuyo bienestar sin matices siempre es efímero, y cuya prosperidad siempre se reconoce una vez deteriorada, un día, más o menos a los cuatro meses, llegaron los problemas. Recuerdo con absoluta claridad aquella mañana, ya que, cuando me desperté, todavía Chuma no me había preparado el desayuno (algo extraño, dado que hasta ese día siempre lo había hecho), de manera que le tuve que pedir que lo hiciera, pero fue apenas después de que me sirviera el mate y las tortas fritas que me susurró aquella frase, que, en ese momento, solo por zafarse una sílaba de la métrica a la que me tenía acostumbrado, me inquietó:
–¡Habría preferido no hacerlo! –me dijo, y se encerró en su habitación sin dar mayores explicaciones. Como un detalle nimio, aunque inusual, lo dejé pasar. Y absorto en mis quehaceres, recién más tarde reparé en que había pasado la una del mediodía, hora en la que religiosamente Chuma, quien todavía no había salido de sus aposentos, tenía el almuerzo preparado. Desde mi escritorio, percatado de la rareza, le grité:
–¡Chuma, la comida!
No respondió.
Extrañado, me acerqué, golpeé la puerta de su habitación, y volví a gritar:
–¡Chuma, la comida!De vuelta, silencio.
¿Qué pasaba?

Abrí la puerta y ahí lo encontré a oscuras, sentado, con las manos sobre las rodillas, los ojos clavados en el suelo, y un rostro que no ocultaba una profunda desolación. Musitó sin mirarme, entre sollozos:
–A este pión perdone, patrón,
que en la escuridá silente
algo apenado se siente
y explicar por qué el corazón
se le amarga tercamente
decir no sabría con razón.
Y después de un breve silencio, agregó enigmáticamente: –¡Y habría preferido no hacerlo!
Como por un reflejo instantáneo, sentí, entonces, el impulso de preguntarle ¿qué te pasa?, ¿qué es lo que habrías preferido no hacer?, pero inmediatamente me rectificó la siguiente idea: no es humano. Los androides de segunda generación no tienen emociones, de modo que todo esto debía ser un error de su sistema operativo, pensé. Preocupado porque algún mecanismo interno de Chuma estuviera fallando, solo se me ocurrió ordenarle que volviera a sus faenas domésticas, para averiguar si podría desempeñarlas correctamente, y entonces le grité:
–¡Dejate de joder con estas pelotudeces, Chuma, y andá a prepararme la comida!
Obedeció, pero a la vez que, ya en la cocina, dejaba un churrasco asándose en la plancha y empezaba a cortar un tomate, me susurró, con el mismo tono de desamparo que antes:
–Bueno, pero habría preferido no hacerlo.
A partir de este episodio, su comportamiento viró noto riamente: ya no adornaba con anécdotas bucólicas la sobremesa, ni se empeñaba en escuchar mis confesiones. Ya casi tampoco hablaba. Cualquier cosa que yo le pidiera, por ejemplo que me buscara unos archivos, o que resolviera algún problema doméstico, lo hacía sin chistar, pero, cuando terminaba, me miraba con una lastimosa mueca de puchero y me decía, antes de volver a encerrarse en su cuarto:
–¡Habría preferido no hacerlo!
¿Qué carajo se suponía que era lo que habría preferido no hacer? Las personas, al menos las humanas, normalmente obedecen las órdenes o no lo hacen, pero, ¿qué sentido tenía decir que no se quería obedecer, después de haberlo hecho?, ¿qué cambiaba más que causar, sin sentido, amargura en el que recibió la orden, y desconcierto en el que la dio? Encima, el recuerdo que yo tenía de los gauchos, al menos de los gauchos humanos, era el de personas duras e implacables, que no se arrepentían de nada de lo que hacían, y el hecho de que Chuma llorara, así, como un maricón, y que repitiera todo el tiempo esa frase tan enclenque, me indignaba de una manera inexplicable. Habría preferido no hacerlo… una acción muda y ya muerta, una presencia en el presente de algo que no fue pasado, un abismo de irrealidad inútil y de inservibles deseos cobardes, y lo que también me desconcertaba era no saber si la repetición de esa fórmula respondía a una suerte de extraño malestar que Chuma intentaba transmitirme, o era apenas una falla mecánica, el error en la maquinaria de un autómata… Lo ignoraba, pero la situación de convivir con un gauchoide tan inseguro, que obedecía a cualquier cosa que yo le dijera y que después me respondía habría preferido no hacerlo, me irritaba profundamente. Y a la vez, como cumplía de manera impecable todas mis órdenes, no sabía si debía o no castigarlo, lo cual me sumía aún más en la perplejidad.
Un día, se me ocurrió la idea de preguntarle qué le pasaba. Abrí la puerta de su habitación repentinamente y, al verme, me miró con una expresión de pánico y de espanto exageradísima, como si supusiera que yo quería pegarle. Su reacción me disgustó, pero intenté parecer lo más simpático posible. Tranquilo, don Chuma, no vengo a pedirte nada que después habría preferido no hacer, le dije: solo quería… quería saber cómo estabas, si de casualidad te pasaba algo. Inmediatamente, los ojos de don Chuma dejaron de mirarme y se volcaron hacia el suelo. Empezó a llorar desconsoladamente, y me respondió, con una voz entrecortada y adolorida:
–¡Soledá, patrón, soledá!
Los días, en mí, sin sentido
como lodo se acumulan,
y más no haber nacido
que esta hubiera preferido
vida monótona, de mula.
¡Estoy solo, patrón, solo!
¿Qué soy sino un elemental
simulacro, una accidental
copia falsa? ¿O un fundamental
propósito acaso traigo?
Ni padres ni amigos haigo
y solo el encierro arraigo.
¡Qué daría yo por tener
un caballo en que montar
y una pampa en que correr!
¡Diga, patrón, si tal vez,
de otro gauchoide gimiente
deba yo hacerme padre y juez
pa no ser tan contingente!
¡Soledá, patrón, soledá!
Y después de un breve silencio, agregó enigmáticamente:
–¡Y habría preferido no contárselo!
Aturdido, sin saber cómo ni qué responderle, cerré su puerta.
*Después de que se prohibieran los androides de primera generación, indistinguibles de los humanos, cuando se develó que varios países los utilizaban para reemplazar a los opositores que encarcelaban, torturaban y desaparecían, la empresa que los fabricaba lanzó una segunda generación con números de identificación tatuados en los antebrazos, entre otras marcas que los volvieron fácilmente reconocibles. Y, con este mismo propósito, la medida comercialmente más exitosa había sido la de producirlos, según cada país o región, caracterizados como personajes folclóricos autóctonos. En Argentina, con gran éxito, se habían lanzado cinco modelos: tangueroide, borgesoide, peronoide, gauchoide y kirchneroide.

Fuente: Publicado en Ficciones gauchopunks ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes
eléctricos? seguido de Ascenso y apogeo del Imperio Argentino. Nieva, Michel 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires Caja Negra, 2025.
Agradecemos a Caja Negra Editora por la amabilidad para permitirnos la publicación del texto y las fotografías de Coni Rosman.
