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Gordas y sudakas el devenir decolonial / la cerda punk

Las que estamos fuera del círculo de la definición que esta sociedad da de las mujeres aceptables; las que hemos sido forjadas en las encrucijadas de las diferencias –las que somos pobres, que somos lesbianas, que somos negras o que somos más viejas- sabemos que la supervivencia no es una habilidad académica. Es aprender cómo estar en pie sola, impopular y a veces vilipendiada, y cómo hacer causa común con esa otra gente identificada como ajena a las estructuras, con el fin de definir y buscar un mundo en el que todas nosotras podamos prosperar. Es aprender como coger nuestras diferencias y convertirlas en fuerzas. Porque las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo” Audre Lorde.


“A quienes consumen cuerpos colonizados los tengo estresados”

Las Krudas.


“El colonialismo interno ha generado, además, un imaginario estético racista, prejuicioso y discriminador, que ha lastimado cotidianamente los cuerpos especialmente de las mujeres indígenas o de origen indígena. Este imaginario ético y estético de los cuerpos asigna criterios de belleza, educación y buen vestir. Califica por un lado como bonitas, educadas, limpias y bien vestidas a mujeres blancas o blancotas con rasgos occidentales. Califica por otro lado como las feas, maleducadas, sucias y mal vestidas a las mujeres morenas con rasgos indígenas”

Julieta Paredes.


“Cualquier feminismo que no es antirracista es racista”

María Lugones.


“La talla 38 es la burka de la mujer occidental”

Fatima Mernissi.


Creo firmemente que una no es capaz de politizar realmente algo cuando no lo siente desde la cuerpa, las sensaciones, lo visceral. De otra manera, es discurso, desde afuera, desde otro lugar ajeno. No me di cuenta cuán hondo calaba el racismo y la occidentalización en mis prácticas y pensamientos, hasta que se hicieron presentes en mi cuerpa…


Hace unos meses asistí a un curso de feminismo antirracista, visitaba $hile* yuderkis espinosa y se me dio la posibilidad de asistir. Me sucedió que hace mucho tiempo algo no removía tanto mi espacio de comodidad, como el empezar a ver, leer, sentir, al feminismo negro y de américa latina, siendo que yo misma habito geopolíticamente el tercer mundo, desde otro sitio. Recuerdo las palabras de yuderkis, la historia “oficial” del feminismo está construida desde una memoria hegemónica, que crea un consenso traducido en un discurso sobre lo que nos ha pasado, universalizando las experiencias; las nuevas generaciones (en la que me podría clasificar ahí por mi edad) que nos llamamos tan “contra- hegemónicas” seguimos hablando desde la historia de un feminismo que fue capaz de convertirse en una mayoría, aprendemos de los grupos que han tenido el poder (discursivo/económico/académico) dentro de su tiempo histórico, y nos invitaba a revisar la historia de lxs perdedorxs, de quienes han sido silenciadxs. Muchos cortocircuitos comenzaron en mi cabecita, revisarme, recordar los inicios de mi activismo, desde dónde estoy hablando, en base a qué me he construido y fue muy movilizante el darme cuenta de que la mayoría de las cosas que he leído vienen, por ejemplo, del primer mundo, que conocía más la teoría de occidente que la de mis compañeras en América latina, que mi inscripción geopolítica sólo había sido discurso porque no lo hacía carne en mi cuerpa... Comencé a pensar mi cuerpa como sudaka, a verme realmente como una sujeta colonizada…


Mucho de lo que escribo a continuación, está atravesado por el taller de feminismo antirracista y decolonial. Históricamente, luego de mucho marxismo e izquierda tradicional, comienzan a surgir distintos grupos que reflexionan esto de la “cuestión social” y las distintas formas de hacer política. El movimiento feminista principalmente, comienza a politizar el espacio privado/mundo personal: el poder no está sólo afuera, en el estado, sino que también está dentro de nosotras, lo reproducimos y de cierta forma también lo creamos. “el amo me habita” y es así como en los años 70’s y 80’s, crear armas contra ese YO, en base a la propia experiencia y corporalidad hacía pensarse en cómo estoy construida por el poder y cómo soy capaz de desaprenderlo, una forma de hacernos cargo, politizarnos y deshabitar el cuerpo de patriarcado. Luego, con la llegada del neoliberalismo, surge una reivindicación del YO, del individux, de lo propio, ya no cuestionándolo, sino que tolerándolo. Por ejemplo, como hablábamos en el capítulo anterior sobre lo queer, un cuerpo heterosexual de varón, se reivindica como un hombre queer, formando parte de un sinfín de identidades, donde en vez de cuestionar sus privilegios, ahora goza del doble, ser varón en un mundo patriarcal y ser “queer” y aparentemente haber superado al género, ser identidades equivalentes…


Nuestro sueño de mundo está atravesado por quienes nos han colonizado (quiero resaltar que no quiero para nada menospreciar la resistencia de lxs que habitan en el primer mundo, pero sí creo que es importante resaltar y visibilizar el privilegio que suele silenciarse y colocarnos en posiciones de equivalencia cuando no es así), américa latina está marcada por un genocidio y una expropiación cultural brutal de la cual todxs somos producto, también de las larguísimas dictaduras que perduran en tiempos de “democracia” que marcan heridas y cicatrices colectivas, occidentalizándolas, tratando de borrarlas, vendiéndonos el sueño del progreso capitalista, nuestra europeización corporal, instaurándose una xenofobia casi intrínseca, para que odiemos a nuestrxs hermanxs y amemos al opresor…


El giro decolonial


A finales de los noventa, se comienza a repensar américa latina desde una perspectiva llamada el giro decolonial. Aníbal Quijano plantea que la colonialidad es uno de los elementos constitutivos del poder capitalista, fundado en la imposición categórica racial/étnica como eje principal de dicho poder; esboza que la idea de raza es la construcción mental más duradera y estable producida por el capitalismo y la modernidad.


El giro decolonial surge con la aparición y relevancia de los movimiento indígenas a nivel continental (como el levantamiento zapatista, por ejemplo), donde surge la idea de pueblo como concepto anterior a la idea moderna de estado-nación y libertad, el pueblo como lxs habitantes de la tierra, formando una nueva concepción sobre la idea de autonomía. Se le suma la influencia del movimiento negro y antirracista a nivel mundial (en usa, el caribe, las colonias francesas) tomando la vinculación entre raza y capitalismo, la opresión racial para poder pensarnos como sujetxs a partir del colonialismo.


El colonialismo como proceso, se basa principalmente en una expropiación y aniquilamiento brutal de la cultura local, cometida desde la “conquista de América”, en 1492, fecha histórica que destruyó y exterminó todo un mundo. A raíz de esto, se obligó a lxs colonizadxs a formar parte de la cultura dominante, pero jamás a la misma altura de éstxs, su lugar era el de lxs esclavxs, las bestias, lxs incivilizadxs; así,todo este entramado occidental fue calando hondamente en nuestras corporalidades, con los cambios de vestuario, el mestizaje, la universalización del deber ser humanx, se establecieron las oposiciones binarias como: oriente/occidente, primitivo/civilizado y por sobretodo, europa/no- europa.


Surgen distintas formas de justificar este genocidio, una de éstas y creo que la más fuerte, es la idea de una historia de la civilización humana, como una historia lineal que parte de un estado de lo natural para culminar en lo civilizado, lo razonable, en este caso, lo europeo y todo aquello que no corresponda o se adapte, es digno de normalización, penalización o esclavización. Las diferencias raciales se justifican mediante un orden natural, invisibilizando la historia del poder. Es muy importante resaltar cómo la construcción de este relato lineal causal también es una cosmovisión occidental, desde donde se traza un inicio y un fin, un presente y un futuro como hechos aislados, como si no se influenciaran entre sí. En los países del tercer mundo el pasado es presente, es cuerpo, es tierra, es historia.


Durante el taller de Yuderkis analizamos cómo la primera identidad que surge en el proceso de colonización es la identidad de américa, vista como el otro inferior- homogéneo y la segunda identidad, construida en consecuencia de américa sería la europea. Esta segunda, sólo se hizo posible mediante el trabajo obligatorio de lxs indixs, negrxs y mestizxs del continente. América y Europa se erigían a sí mismas como las dos nuevas identidades del mundo moderno, junto con la idea del estado.


Modernidad y capitalismo son conceptos que necesariamente van de la mano, el racismo surge como un proyecto intrínseco de la modernidad, es decir, que la hace posible. El giro decolonial permite ver al racismo como un orden epistémico, donde nadie puede escapar, una organización que no solamente se ejerce de manera directa y visible, sino que sus más fuertes influencias son aquellas que se encuentran naturalizadas en nosotras mismas. El racismo es una opresión de la que no será posible liberarse a través de cualquier programa moderno, ya que esta misma modernidad es quien instaura, en este caso, el concepto de racismo, el concepto de estado.


Se habla también de un epistemicidio, en donde la cultura ubicada geopolíticamente en América fue expropiada, nombrándola de una manera menospreciativa como una subcultura campesina, indígena, iletrada, sin el conocimiento intelectual que occidente valida. Se obligó a lxs colonizadxs a aprender la cultura europea, para hacer la reproducción sistemática de esta misma, sobre todo en los ámbitos de la religión, el monoteísmo, la evangelización de los pueblos indígenas. A esto se le denomina como la “colonialidad del saber”.


Me parece muy importante mencionar la diferencia entre el colonialismo y la colonialidad. El colonialismo, se refiere a un momento en específico, del genocidio de América y llega hasta la “independencia de los pueblos” en estado nación, aparentemente ahí se termina este proceso y lo que le sigue es “la libertad”. Colonialidad surge como un concepto para enunciar que este proceso de dominación no ha terminado nunca, la matriz moderna- occidental se instaló a partir de los estados- nación en américa latina, que son quienes nos gobiernan, crean las leyes y que son unos títeres de los países del primer mundo. Está claro ver cómo somos sus conejillos de india, como existe también una colonialidad intrínseca, en donde todos estos valores son traspasados a la población mediante las instituciones reguladas por el estado (por ejemplo, la escuela, que enseña un idioma oficial, una historia oficial, una ciencia oficial). La colonialidad es un proceso presente, contingente, que ocurre cada vez que una empresa multinacional viene a expropiar territorios indígenas, a plantar terrenos con semillas transgénicas, monsanto, la explotación sin medida de la tierra, de lxs animales, de lxs trabajadorxs, no es algo que se encuentre en un pasado lejano, la historia claramente nos demuestra que no es lineal, que esta visión de una supuesta evolución, avance o progreso es una mirada profundamente occidental, europea y patriarcal.


Sobre el feminismo negro.


Se suele pensar que lo queer o el postfeminismo, fue lo primero en comenzar a cuestionar la categoría de mujer como algo esencial o universal, pero las feministas negras ya lo habían hecho un tiempo antes. El feminismo negro viene a destruir la homogeneidad de la categoría de mujer, planteando de manera principal que la política construida por el feminismo blanco piensa la opresión sólo desde una arista: la del género, omitiendo la raza, la clase, la sexualidad, es decir, que sólo algunas mujeres se liberen, mientras las otras siguen quedándose en su lugar, las negras, las pobres, las lesbianas, las gordas. Las dignas de la revolución son las blancas aburguesadas heterosexuales, con la capacidad de generar cierto tipo de conocimiento que también se considera como válido. Existen muchas producciones históricas que no son validadas por la academia como la poesía, el saber popular, la música, el teatro, las autobiografías, el relato oral, las experiencias, que son omitidas por los grupos hegemónicos para implantar su propia historia, disfrazada de “oficial”.


La opresión no escapa solamente al hecho de ser asignada a cierto género femenino, múltiples formas nos atraviesan: la clase, la raza, la sexualidad, la forma corporal, etc. El género, junto con la raza y el trabajo, son tres formas de clasificación de las personas en el proceso de colonización, aunque también se plantea que el concepto de género es anterior a la conquista, que también se encontraba en nuestros pueblos.


Existe un racismo disfrazado, peligroso y que nos cala a nosotras mismas, tercermundistas, que se encuentra oculto en la aparente universalidad de las “mujeres”, el llamado a la hermandad y unidad se convierte en un arma de doble filo, en la medida que no permite ver el racismo en las teorías y prácticas feministas. La teoría feminista clásica occidental surge para responder a una sociedad que legitimaba los derechos individuales de los hombres burgueses, pero no así el de las mujeres burguesas, el derecho a voto, a estudiar en la universidad, etc. son realidades que son muy ajenas a las mujeres de américa latina o negras, partiendo de que la misma construcción de estado y gobernabilidad no tenía nada que ver con un voto en un papel, sino que se encontraba en otros sentidos de comunidad y cosmovisiones. El feminismo oficial nació respondiendo a la necesidad de las mujeres blancas, quienes se encontraban encerradas en las tareas domésticas y de crianza de lxs hijxs, en un estado de ocio constante, de debilidad impuesta, de mantenimiento; mientras que las mujeres no blancas, las sudakas, nuestras antepasadas eran las esclavas. Cuando estas mujeres blancas salieron al espacio público, ¿quiénes cuidaban a lxs hijxs?, lo mismo que ocurre ahora, las amas de casa, las empleadas, marcan una diferencia de clase abismal. Asimismo con las negras, las latinoamericanas, las cuerpas son diferentes, fornidos, producto del trabajo fuerte, ellas no podían estar en casa porque estaban trabajando como esclavas, a la par del varón, cuando el dominador vino a colonizar todas las bestias eran esclavas, entonces, ¿qué cuento nos estamos tragando con la liberación de la mujer? ¿qué mujeres? ¿es acaso suficiente para dar cuenta de las opresiones la categoría de “género”?


bell hooks decía “no somos mujeres”, cuestionando a la teoría feminista por no incluir a las mujeres que sufren mayor opresión. Trae al tema la cuestión de la división sexual del trabajo, como mencionábamos anteriormente, aparentemente TODAS las mujeres estábamos relegadas al mismo espacio doméstico y privado, pero esto no es así para todas, las negras y las sudakas siempre han trabajado, tanto dentro como fuera del hogar. El análisis de la violencia de género sólo se limitaba a los espacios que se encontraban dentro de la esfera doméstica y familiar. Angela Davis, otra referente negra, en su libro “Mujeres, raza y clase”, comienza a teorizar sobre esta triple intersección, analiza la esclavitud y también la situación de las cárceles y cómo han sido tratadas las mujeres negras, desmitificando tener un trato más “suave” por parte de los patrones por el hecho de ser “mujeres”, si no que por el contrario, además de explotar su cuerpo con trabajo forzado, también eran sometidas a sistemáticas violaciones sexuales. Plantea a la cárcel, tal y como la conocemos ahora, como una continuación del sistema esclavista, una esclavitud contemporánea donde se genera trabajo gratuito para el kapital y la necesidad urgente de hacer un análisis crítico de la ley como unidad de poder. Audre Lorde también plantea que el clasismo y el racismo del feminismo oculta y omite cómo se reproducen los sistemas de dominación, incluso entre las mismas mujeres, no somos iguales. Gloria Anzaldúa se enuncia desde la posición de una mestiza, chicana, lesbiana, queer, reconociéndose como sujeta de sufrimiento, violencia, pero no desde la posición de una víctima, si no como un cuerpo en resistencia al etnocentrismo y al clasismo. Hace el ejercicio de relatar su experiencia propia para politizar el relato, compartir nuestros pedacitos de vida. Me resulta muy inspiradora, al entender que nuestra vida es política.


El feminismo negro se plantea necesariamente desde una radicalidad, contra la universalización de las experiencias y frente a la idea de sororidad, revisando las acciones concretas, el trato inmediato, el cotidiano, cómo se construye el mundo, la visibilización de otros feminismos, otras formas de accionar político.


Sobre el feminismo en América latina.


Al comenzar a toparme con todo esto del giro decolonial, una de las cosas que más me impactó, fue darme cuenta de cuán desconocidas eran para mí las referentes feministas de américa latina, sus rostros, sus textos, sus palabras, al ir descubriéndolas, un nuevo entramado de ideas, sentires compartidos y experiencias olvidadas fueron apareciendo, prácticas que parecían sin importancia nos unían. Muchas mujeres no se definen a sí mismas como feministas, porque este concepto también se trata de una palabra traída desde el occidente y que no las representa, así como no todo está escrito, pues existen distintas formas de construir conocimientos diferentes a la académica o a la escritura más formal.


A continuación, me parece importante mencionar a algunas escritoras del Abya Yala. La brasilera Leila Gonzales en los años 80’s fue una de las primeras mujeres en colocar teóricamente la profunda relevancia de la relación entre sexismo/racismo y clasismo en la vida de las mujeres negras de Latinoamérica. Sueli Carneiro dice, “ennegrecer al feminismo y feminizar la lucha antirracista”, comentando la imposibilidad de entender de las mujeres negras cuando las mujeres feministas blancas decían que debían ganar las calles y trabajar, siendo que las mujeres negras siempre estuvieron laburando ya sea en el campo o para el patrón en otro sitio.


Julieta Paredes, introduce el concepto de entronque patriarcal, para manifestar la existencia de un patriarcado originario en los pueblos indígenas, que existía antes de la llegada de lxs colonizadorxs, que no era/es igual al europeo, posee sus propias características (el chacha- warmi, hombre mujer, se erigen como pares complementarios, pero en la práctica existe una jerarquía y autoridad trazada como natural desde el hombre – chacha arriba y privilegiado, mientras que la mujer- warmi se encuentra abajo, subordinada, en vez de comportarse como pares complementarios, horizontales y en comunidad), aparentemente existiría un patriarcado “originario” que fue reforzado con el europeo. Propone la construcción de un feminismo comunitario, la idea de comunidad para contraponerse al individualismo neoliberal, recuperando la historia de resistencia de las mujeres indígenas. Aura Cumes, por ejemplo, plantea el derecho a abandonar la dependencia del norte y sus modos impuestos, creando nuestras propias categorías analíticas. Pone en cuestión la idea de “entronque patriarcal” al preguntarse si podemos llamar patriarcado a la existencia de relaciones asimétricas de género dentro de las comunidades originarias, planteando que el mismo uso de la palabra patriarcal es muy occidentalizada.

María Lugones traza una importante división entre lo humano (lo europeo) v/s lo no humano (lo colonizado), la mujer blanca v/s la no- blanca. La mujer es humana en tanto ella reproduce clase y raza, por lo tanto ella puede gozar de ciertos privilegios, es la compañera del hombre blanco heterosexual. En cambio, dentro de lo no- humano (carencia de raciocinio, cultura y civilización), el hombre negro no es un hombre de razón, es un “animal” y, por lo tanto, se convierte en reproductor de fuerza de trabajo gratuita, esclava, tal como se ve a lo animal, como “recursos naturales” dignos de explotación. La mujer negra también es una fuerza de trabajo, no es la compañera del hombre, porque el hombre negro no es humano. Se convierte en una bestia de carga, que poco tiene de lo que se habla sobre la “mujer”, las bestias son fuertes para producir la riqueza del amo blanco. Para pertenecer a la categoría de lo humano se tiene que ser europa, blanca, civilizada, y ese es el proceso que nos siguió para dejar de ser esclavxs.

También el feminismo oficial, o el de la “cultura general”, se habla a sí mismo como un movimiento desde el sufragismo europeo, que se traspasó luego a la lucha del latinoamericano al ‘civilizarse’, post siglo XXI, omitiendo así también en la historia la lucha de las mujeres anarquistas en américa latina (chile/méxico/argentina). Por ejemplo, el periódico anarco-comunista “La voz de la mujer” fue escrito en 1896, sacando nueve ediciones más: ni dios, ni patrón, ni marido, mujeres que se autonombraban desde el anarquismo, en chile la publicación “Verba Roja”, etc.


La colonización en cuestión, instauró un sistema con ciertas condiciones dadas para que se trazara la dicotomía entre el hombre y la mujer, dividiendo ciertos espacios para lxs unxs de lxs otrxs. Por ejemplo, al hombre, el estado y el trabajo, a la mujer, la maternidad. Antes de la colonización, las mujeres sí tenían espacios en los lugares donde ahora no podían, en lo público, en la comunidad. Se convierte en un activismo necesario el dudar de las categorías occidentales, buscar en aquellos conocimientos no hegemónicos nuestros propios conceptos, construir nuestra propia historia como cuerpos colonizados. Romper con la falacia del saber moderno, producir conocimiento sin esperar la autorización o legitimación de la autoridad blanca, burguesa, patriarcal y heterosexual.


Es importante también trazar las diferencias geopolíticas que se construyen desde distintas cosmovisiones, corporalidades, experiencias y que estas distintas ubicaciones de por sí van a crear variados feminismos o formas de hacer praxis feminista. No es igual una mujer musulmana, a una mujer india, a la negra, a la egipcia, a la latinoamericana, mucho menos a la blanca. Todas nos erigimos desde lugares diferentes, el feminismo no es universal, es contextual. Así mismo, nos hemos encontrado con muchos discursos evocados desde una perspectiva decolonial y también ecofeminista, que presentan prácticas y enunciaciones bastante transfóbicas, apelando a la “naturaleza o esencia de la mujer”. Vuelvo nuevamente a plantear el tema del reciclaje, rescatar algunas autoras, sus planteamientos, sin endiosar o sacralizar a nadie, ni compartir en un cien por ciento lo que plantean. También es notorio cómo ha comenzado el auge en lo académico sobre lo decolonial, tal parece que es la nueva moda del feminismo universitario “crítico”, volviendo las luchas nuevamente un insumo académico (rescato también la cantidad de publicaciones autogestionadas y las que siguen esta línea).


Gordas y sudakas


Sopaipillas fritas a cien pesos, completos, churrascos, chorrillanas, comida barata, grasosa, deliciosa y frita. Camino por las calles de la ciudad y me habitan sus olores, que son historia en mi cuerpa gorda, me recorren, me llaman y he abandonado a la mayoría por tener carne. Comer con poco dinero, rápido y que te llene sin mucho esfuerzo, trabajar en los carritos de sopaipillas por la calle no es algo que a la clase aburguesada y abundante le suceda. Existe todo un entramado en la cultura chilena y que los medios masivos de comunicación han personificado en seres gordos y no en sociedades mal nutridas, comemos basura, rápida, rica, que calma, sosiega.

Cuerpxs gordxs productos de la basura kapitalista. Sudaka como el insulto, de ser y pertenecer a latinoamérica, al cono sur, a lxs colonizadxs, lxs “vencidxs en la guerra”.

La calle y el fácil acceso me satisfacen con cien pesos. Luego se viene el peso del moldaje corporal occidental cuando la cintura comienza a desaparecer, cuando empieza a existir un refuerzo externo/interno constante para ser algo distinto, para adelgazar. Modelos de belleza europeos, gringos, colonizadores, externos, ajenos. Un odio popular hacia lo moreno, lo indio, a los pechos caídos, a la poca simetría corporal, a la gordura, a las raíces. Son muchas imágenes que se me vienen a la cabeza, como remolinos de los libros de historia en la escuela, los corset encriptando cuerpos femeninos no latinoamericanos y cómo toda esa mierda se impuso en nuestras cuerpas conquistadas para universalizarnos como mujeres (nosotras, mujeres esclavas, claro), y cómo tenía que ser también el cuerpo de la mujer para ser objeto de deseo, validada desde su lugar, para poder casarla con algún tipo, tampoco tan delgada para que la mujer no pierda su fertilidad.


La belleza occidental niega y afea cuerpos que no se asemejan a sus formas. Las diferentes cuerpas de nosotras, latinoamericanas, son modificadas constantemente, no sólo por la industria de la dieta y la cirugía, también existe todo un entramado fuertísimo de racismo y horror al ser morena. Solamente es aceptable la figura de la mulata cuando es extremadamente guapa, con muchas curvas, un modelo de la mujer hermosa, salvaje, brillante. Pero ser morena, parecer indígena, mapuche, gorda, no son atributos de un buen trato en lo social, en el mundo, en la calle. Ser cuerpo objetos de una violencia sistemática naturalizada, es producto de una colonización por inercia, no ser capaces ni siquiera de saber cuáles son nuestros deseos, pues estamos totalmente atravesadas por algo que no nos pertenece (tampoco sé si realmente “algo” es nuestro, que “algo” nos robaron, no lo sé), si una no se convierte en un cuerpo de consumo, es una fuente de violencia infundada y metódica.


Los cuerpos delgados aparecen como una herencia europea, de expropiación e instauración de un modelo de belleza externo, estratégico, como un modo de control impresionante sobre nuestras cuerpas y subjetividades. Fatima Mernissi, una feminista musulmana, cuenta una experiencia sucedida en una tienda de ropa acá en occidente, no encontraba ninguna talla para su cintura y manifestó en un ensayo “la talla 38 es la burka de la mujer occidental”. Descosiendo la burka, como un velo de ignorancia y soberbia de las feministas occidentales frente a aquellas que poseen un feminismo diferente, en este caso, el musulmán, un caso de colonialismo cultural. La burka es un elemento del vestuario negro que oculta completamente el cuerpo de la mujer, posee una rejilla en los ojos para que ella pueda ver pero que no pueda ser observada, las manos también son cubiertas, su peso es de siete kilos y la movilidad de las mujeres en el espacio público con este elemento es casi imposible de manera independiente, necesita que alguien la acompañe para, por ejemplo, cruzar la calle. Esta prenda es utilizada en Afganistán, impuesta por los talibanes, a diferencia del hiyab, el velo que usan las mujeres musulmanas. Fatima activa esta frase en respuesta a los prejuicios, ignorancia y estereotipos de las mujeres occidentales al poner al hiyab y la burka como objetos simbólicos de igual significación. El hiyab es un velo, un signo de identidad religiosa característico de las mujeres árabes. Se asume que, para liberarse, las mujeres musulmanas deben sacarse el velo, dejar su cultura, ser “libres” y parecerse más a ellas, a las feministas ‘superadas’. El feminismo tradicional oprime y estereotipa, al igual que el patriarcado o el hombre que no escucha a las mujeres, en este caso el feminismo habla sobre las musulmanas sin escuchar a las mismas mujeres musulmanas, como sucede también con algunas feministas abolicionistas, que hablan de las prostitutas sin escucharlas o tomarlas en cuenta. Es necesario un ejercicio de descolonización mental, dejar el etnocentrismo, de mirarse el ombligo y su realidad como la única posible de existir.


Fatima realiza una comparación de la burka y la talla 38 como dos ejes de opresión y control hacia la mujer; la burka se toma como un elemento simbólico mucho más evidente, ya que evoca de manera muy literal la imposibilidad de autonomía en el espacio público de las mujeres, en cambio, occidente y las feministas occidentales parecen omitir las opresiones a las cuales somos sistemáticamente forzadas de manera naturalizada, como lo manifiesta ella, con la talla 38, la exposición del cuerpo frente a patrones de medida estándar, universalizando los cuerpos, a las mujeres, la violencia de la dieta como parte importantísima de la subjetividad femenina occidental; de la mujer maravilla, que es madre, trabaja, es esposa, hermosa, delgada, va al gimnasio, inteligente, cocina rico, cuenta las calorías de todo lo que come... como si esto significara ser libres. La globalización es unos de los procesos de colonización disfrazados de progreso, de universalización, que sólo sigue favoreciendo a la clase burguesa, al kapitalismo y a su poder. Entramados subjetivos nos configuran para naturalizar y aceptar las condiciones tal y como las han ido creando.


La globalización de la gordura, las cadenas de comida rápida, del fácil acceso al menor costo, de la aniquilación de productos autóctonos de cada localidad por las multinacionales, los bosques, las semillas, han ido homologando las formas de alimentarnos con las del primer mundo. Se me vienen a la cabeza todas las imágenes estereotipadas de gordos gringos rosados, de un orgullo gordo para no salir del espacio de la comodidad de no hacer nada contra este sistema, contra su asimilación y dominación. La alimentación aparece como otro dispositivo de control y dominación, un sedante para calmar la ansiedad por este mundo enfermo.


Diamela Eltit plantea cómo este sujeto (hablando desde lo gordo) masivo es serializado, la gordura y la grasa homogenizan al sujeto y lo confunden en la masa, protegiéndose... Por mucho que la globalización y este supuesto fenómeno de la ‘obesidad’ (que también se posee mucha ignorancia frente a este tema) esté en “aumento”, nuestras cuerpas no se confunden en la masa, por el contrario. Somos masa y somos apuntadas por serlo, si fuéramos parte de una serialización, seríamos parte de la normalidad, del común y eso no se retrata en la experiencia de lxs cuerpxs gordxs, no seríamos objeto de tanta violencia.

Finalmente, me parece muy relevante hacer presente la experiencia de las cuerpas gordas escritos por cuerpas gordas y no por aquellxs que nos observan desde fuera, con sus análisis intelectuales de ciertas verdades y teorías que no viven en la cuerpa. La experiencia de una cuerpa gorda va más allá de cuanta masa corporal se posee, de cuantos kilos muestra la balanza, de si adelgazamos o si estamos más gordas, de si un otrx amigx me percibe o no como gorda o si ese ser quiere destruir las formas normativas corporales al observarte.


Va más allá, va en una violencia que se cala como huella en los huesos, en las cicatrices. Va en el dejar de ver esta cuerpa como una cuerpa enferma, en disfrutarla, gozarla, amarla, más que simplemente aceptarla y conformarse. Va en usar la cuerpa como un arma, como una bomba, como un elemento de destrucción del mundo, de caos, de rebelión. Va en sentir desde las tripas, que cada burla, cada rechazo, cada risa, cada golpe, cada inseguridad, nos hizo más fuertes, menos conformes, más rabiosas, más deseantes de un cambio. Va en dejar de ver a las otras sólo con nuestros ojos, con nuestras ideas, nuestras verdades…



Fuente: Publicado en “La cerda punk. Ensayos desde un feminismo gordo, lésbiko, antikapitalista & antiespecista”. Editado por Trío editorial. Valparaíso, Sept. 2014.


Nota: La publicación original asume la decisión política de producir una perturbación deliberada que trastorna la prolijidad de las reglas gramaticales que necesita la academia, especialmente en el uso de las mayúsculas y la letra k en reemplazado de qu. A excepción de la intervención del nombre Chile con el signo $, las hemos modificado para que la atención quede centrada en el valioso contenido del texto y no en los llamados errores de ortografía.



Eva Lootz, Lenguas 2020 Tinta, lápiz, ceras de colores, típex y materiales adhesivos sobre papel y cartulina 29,5 x 21 cm / Obra completa 206,5 x 129 cm


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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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