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  • Un común silencio / Marcelo Percia

    Hace años, en ocasión de estar dando clases en la sede de Trelew de la Universidad Nacional de la Patagonia, me invitaron (como conocedor en grupos) a coordinar un encuentro entre integrantes de comunidades mapuches para compartir experiencias y comunicar necesidades. Las sillas estaban dispuestas en un gran círculo. Comencé la actividad con esta consigna: “Buenas tardes, un gusto compartir este espacio con ustedes. Vamos a dialogar las próximas dos horas. Se trata de que cada cual se presente y exprese lo que desee o necesite comunicar”. Observé de inmediato gestos de simpatía y asentimiento. Tras unos minutos, insistí: “Bueno, está abierta la invitación a quienes deseen presentarse…”. Renovadas actitudes de aprobación. Por una de las ventanas todavía entraba luz. Al rato, con insegura porfía, reiteré el pedido. Comenzaba a hacer frío en el salón. De pronto, una persona, acercándose, me ofreció la mano, diciendo su nombre y el de su comunidad. Enseguida se levantó el resto. Alguien dijo que celebraba la iniciativa de escuchar la palabra de los pueblos. Así, estuvieron de pie en diferentes conversaciones. Algunas personas se conocían, otras no. Se escuchaban con atención y respeto. Costaba interrumpir esa ceremonia de intimidades que hablaban a media voz. Al rato, propuse que nos volviéramos a sentar para escucharnos mejor. Alenté a que expresaran qué estaban sintiendo. Percibí recepción y consentimiento. Otra vez transcurrió un largo tiempo. Entonces exclamé: “¡Qué silencio!”. De inmediato, sonrisas amistosas acompañaron la descripción de esa circunstancia. Aunque nadie agregó una palabra. Estaban ahí con sus memorias. Contexturas concentradas, interesadas, desprovistas de impaciencias, ansiedades, nerviosismos. La tarde caía. En eso, alguien dijo: “En la soledad del monte, a veces, el silencio hace doler los oídos”. Tuvo aceptación instantánea. Y, otra vez, una tranquila pausa. Ya nadie habló. Escuché respirar esas historias. Me encontraba, allí, entre esas presencias serenas. Pasé largo rato mirando calzados, manos, posturas, vestidos. Sentí un perfume. Suspiré. Durante un segundo fatal temí ahogarme con mi saliva. Estiré las piernas. No volví a preguntar si alguien quería decir algo. No se me ocurrió finalizar el encuentro antes. Transcurrieron las dos horas o un poco más. En un momento pronuncié las seis palabras del oficio. “Bueno, seguimos con esto la próxima”. No hizo falta más. Siguió todo como estaba, hasta que alguien se acercó para estrecharme la mano. Así ocurrió con todas las generosidades que allí estuvieron. Algunas cosas escuché en esas cercanías finales: “Se disfrutó el día de hoy”. “Pensamientos se mezclan sin que lo sepamos”. “Momentos como este se necesitan”. “A veces, las palabras prefieren esperar en la orilla de una conversación”. “Oscureció mientras nuestro encuentro”. “La próxima tendrá que durar una noche entera, comiendo y bebiendo”. Por último, se despidió la mujer de una de las comunidades que organizó la jornada. Expresó gratitud por el espacio brindado. Dijo: “Lo esperan para llevarlo al aeropuerto, que tenga buen viaje”.

  • Liviandades en la peste / Vicente Zito Lema

    “Que mueran los que tienen que morir”, dijo, el idiota… Ah, el idiota… aquél que sólo piensa en sus asuntos y cree que lo que pasa en el país no lo afecta… Sólo es evidente lo que ya no sirve… escucho en el sueño… ¿Cuántos pares son tres botas…? sigue resonando el viejo interrogante en la boca oscura y aburrida ¿Cómo se escapa de la melancolía? ¿Aullando a la luna que sangra…? ¿Para qué sirven los muertos de la peste? ¿Todavía rinden buena ganancia? ¿Quién anota sus nombres en el agua? ¿Quién espanta a los pájaros de la carroña? ¿Con ruego o con fuego? ¿Alguien lleva flores a la estatua de la Pietà? ¿Es la madre de Dios / la virgen de la angustia esa muchacha embarazada/que duerme a plena noche / a dura intemperie / sobre el colchón mojado por la lluvia / por los perros…? ¿Será cierto que el odio es apenas el miedo que provoca el amor…? Cada pregunta es un adiós… Los restos de un naufragio… En la ciudad donde alguna vez se comió carne humana al pie de la hoguera… ¿La única eternidad es el olvido…? Buenos Aires, junio de 2021

  • Una de super héroes / Fernando Ceballos

    Uno a uno iban llegando a esa habitación de aislamiento de covid 19. Llegaban de la mano enguantada de esa enfermera, a la cual sólo se le veían los ojos saltones pero cansados que casi hablaban, como único rasgo humano. Era una de las pocas comunicaciones que tenía con el exterior y que esperaba ansiosamente. Empezó el lunes, primero fue Iron Man con su armadura rojiza reluciente y sus músculos de hierro intactos. Irrumpió en el espacio sacando una sorpresa mayúscula en él. Lo miró, lo acarició y lo colocó ahí cerquita de la ventana a la altura de su cabeza para poder mirarlo. En ese momento se dio cuenta de quien se lo había enviado. Una emoción atravesó sus músculos, acelerando su ritmo cardíaco. Enseguida se recompuso, no quería empeorar su situación. El martes el que llegó fue el Capitán América. Dejó el escudo apoyado en los pies de la cama, se acercó despacito no quería hacer mucho ruido porque lo vio dormido. Pero su sola presencia ya había perturbado las sensaciones del ambiente. Cuando se despertó y lo vio quietito al lado de Iron Man, una sonrisa se dibujo debajo del barbijo. El miércoles le tocó el turno a Thor con su melena rubia y su martillo poderoso enfundado en su mano derecha. Él no dejaba de pensar un instante en ese que lo había enviado para estar con él. El viernes llegó, en medio de una revuelta en la sala, Spiderman. Silencioso como siempre se colocó detrás del Capitán América sin decir una palabra. Después vino el Guasón, con la idea de alegrarle algo de la tarde. Lo incomodó un poco esa risa dibujada, pero ahí se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que no se reía. Todos ellos cuidando con su mirada de plástico cada movimiento. Es como si ese que los había enviado estuviera allí. Una prolongación de su pequeño cuerpo de ocho años llegaba tiernamente hasta los confines del hospital. Y ahí estaban adornando la ventana que da al norte. El sábado empezó a impacientarse porque no había llegado nadie. Ninguna presencia extra lo había acompañado esta vez al enfermero de turno. Lo miraba como pidiéndole algo, pero nada aparecía. La puntualidad de la visita inesperada le había despertado el deseo de ese encuentro de plástico humanizado. A punto del sollozo, la puerta se abre nuevamente y alguien envuelto en su equipo de protección aparece y le acerca una foto en donde estaban dos personas. Atrás había una nota desprolija que mezclaba renglones y agrandaba las A y las E. Al final un dibujo de un corazón rojo intenso. La nota sólo decía las palabras justas para ese momento. “Yo sé que sos fuerte abuelo, pero siempre hace falta una ayudita. Te quiero mucho, vos sos mi super héroe”. Las lágrimas inundaron sus ojos y un abrazo con Iron Man, Thor, el Capitán América, el Guasón, Spiderman y la foto, le estremeció el alma.

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  • Clínicas | Revista Adynata

    CLÍNICAS post guardia Cuidar la vida: salvar la lengua clínicas cimarronas del cuidado De lenguas madres y lenguas moras Gestión o cuidado: ¿una conciliación imposible? ENERO una novela de Sara Gallardo

  • Revista adynata

    “nada el pájaro y vuela el pez” Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que . Adynata Esquirlas del miedo Notas Clínicas Post Guardia I Post Guardia II Post Guardia III Post Guardia IV Post Guardia V Post Guardia VI Post Guardia VII Post Guardia VIII Post Guardia IX Post Guardia X Post Guardia XI Gestión o cuidados ¿una conciliación imp Clínicas cimarronas del cuidado Cuidar la vida: salvar la lengua Post Guardia XII ENERO una novela de Sara Gallardo Post Guardia XIII Hace tiempo que ya ni mira la pelota Post Guardia XIV De lenguas madres y lenguas moras Post Guardia XV Post Guardia XVI Post Guardia XVII ¿Dónde se instala el dolor? Cimarrones de lo procedimental Post Guardia XVIII Clínicas que saben de la espera Post Guardia XIX Derechos (después de los manicomios) Post Guardia XX Biblioteca Aulas afiebradas Constelaciones Estéticas Gisela Candas Carlos Alonso Banksy Roberto Jacoby Grupo Escombros Radio Búsquedas Contacto Post Guardias (All) More 24M / Liliana Lukin ¿Por dónde empezar? / Ioniatan Boczkowski La voz de Vicente / Tomás Baquero Cano La sonrisa de Lelé / Rocio Feltrez Encantos VIP / Marcelo Percia Poemas para un tiempo de tristes pasiones / Vicente Zito Lema Guattari analista (11 lecturas asistemáticas de 'cartografías esquizoanalíticas') / Franco Ingrassia Sesiones en el naufragio (1) / Marcelo Percia Gladis Cáceres. Esbozo de una vida viva 5: “Política”, esa palabrita multívoca / Ori Seccia Leche cuajada / V. Nicolás Koralsky Post Guardia XXIV / Debora Chevnik Sublevaciones y gestiones del odio / Leandro Andrada No un juicio más / Georgina Andino Una piedra en el zapato (del Estado): charla con Alfredo Cuellar / Periódico Gatx Negrx Post Guardia XXIII / Débora Chevnik El regreso a las clases presenciales ¿el mal menor? / Laura Fumagalli Sin protocolos / Verónica Scardamaglia Paramos el mundo / Veroka Velásquez Ulloa Volvieron / Camila Milagros Hoyo Veigas Mariquita Sánchez / Paula Jiménez España Largo y difícil es el camino que conduce a ella / Susana Thenon Pearl / Paula Jiménez España Carta de Alejandra Pizarnik a Silvina Ocampo Marzo Adynata / M.P. inicio © 2020 gruposdos | catgrupos@gmail.com

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