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1137 elementos encontrados para ""

  • Alétheia (fragmento) / Oscar del Barco

    es imposible decir algo de la luz la luz siempre se desliza más allá de los ojos siempre es alejamiento donde termina la luz hay otra luz donde comienza la luz hay otra luz nunca se la ve porque ella es la que ve hay neblinas que el viento arrastra entre los árboles hacia el oeste hay un incendio hacia el sur hay líneas oscuras pasan pájaros hacia el este la neblina está disipándose hay una gran expectativa en el aire se ven siluetas borrosas en la casa se oyen voces se siente el olor de los leños quemados durante la noche alguien canta todo es luz cómo decir algo de la luz fluyente inasible la luz no es algo que le ocurre a alguien la luz no ilumina no se trata de la luz de una lámpara no está allí para que nosotros la veamos no es una presencia es como el agua o como un sauce rebasándose hacia el rebasamiento de las estrellas el polvo se rebasa en el agua y el agua en la rama que brilla bajo el agua el hombre se rebasa en el acto gradual de la inmanencia que lo rebasa enviando su luz al absoluto nuestros ojos van a tientas por la luz si no hay adentro ni afuera dónde está la luz dónde está la pata de la tortuga y el canto del grillo o no hay el canto del grillo o no hay nada el ciego contempla el movimiento de las nubes y el sordo es el único en ser arrebatado por la música de las esferas cómo un ser humano podría decir algo de la luz decimos que la luz es la luz decir que la luz es la luz sólo menciona el puro ofrecimiento del decir que dice que su iluminación no es algo propio del ver ni de la posesión del ver ni de ninguna posesión la luz no se posee no existe nada que poseer y nadie que la posea la luz es la luz en el acto de la luz la luz acontece hacia el este las nubes se han abierto dejando pasar un rayo de sol el sol es la luz que ya estaba iluminando desde siempre hay luz el hombre avanza por la luz su palabra tiende las manos a la luz los ciegos son una nube de esplendor hacia el sur pasan pájaros sostenidos por un enjambre de colores que brotan de la mente y la mente surge del espíritu y el espíritu es un colibrí volando hacia la luz hacia otra luz ráfagas de la tierra y del mar ráfagas luminosas del pensamiento y del recuerdo todo disipándose en la luz más allá de la luz hay otra luz el mundo nace cuando el párpado se abre creándolo luminosamente nada puede decirse de la luz sólo nombrarla sabiendo que no tiene nombre más allá de la luz hay otra luz y luego otra y en la primera está la última y en la última comienza la primera la luz es la luz de la luz de la luz de la luz en ella están todos los seres en un vuelo de rama en rama como los pájaros y de nube en nube como el viento de luz en luz de ojo en ojo de sombra en sombra un tono de más y somos dios un tono de menos y nos dispersamos en la vastedad de la tierra Fuente: Barco, Oscar del (2020). Alétheia. Editorial el Borde Perdido Editora. Córdoba, 2020. Nota: Oscar del Barco nace en la provincia de Córdoba en 1928, escribe poesía, ensayo, edita revistas y libros, investiga, enseña, pinta. Traduce e introduce en nuestro país lecturas de Artaud, Bataille, Sade, Blanchot, Derrida, Barthes, Kristeva y Althusser. Forma parte del grupo editor de la revista Pasado y Presente. Milita en el Partido Comunista hasta su expulsión en 1963. Exiliado entre 1975 y 1983 en México, donde dirige el centro de investigaciones filosóficas de la Universidad Autónoma de Puebla. Autor de libros de poesía como Infierno, Dijo, Espera la piedra, Partituras, y de ensayos como El abandono de las palabras, El otro Marx y Exceso y donación. Sin olvidar su libro sobre Juan L Ortiz.

  • Adynata Junio /VPS

    Se trata de golpear con las uñas, la punta de los dedos, con los puños y la cabeza si es preciso contra los muros, contra las rejas y los rollos de púas Vicente Zito Lema Doctor, yo no estoy loca, solo sé que están matando la tierra, a todos los seres vivos que dependen de ella, los peces, los animales, las niñeces, sin ninguna conciencia del mal que hacen, solo por ambición. Claudia Rodríguez Adynata Junio adviene ante los tembladerales en que mayo nos ha dejado. Penélopemente, tejemos y destejemos historias que se incendian en el aire, andamos entre huevos y gallinas, impunidades y luchas, testimonios y monumentos. Adynata Junio invita, desde una ciencia ficción travesti, a multiplicar los géneros y las preguntas sin temerles. ¿Cómo saber que existen, en este mundo, fragilidades a salvo de la prepotencia? (podríamos preguntar al leer la selección de poemas escritos por Claudia Masin) ¿Cómo quedar al resguardo de “un compendio de expectativas dañosas, e insatisfechas, y de amor mal direccionado”? (podríamos preguntar si justito pasamos por Corrientes y Medrano). ¿Cómo situar la urgencia entre tantas urgencias? ¿cómo no marearnos, dolidas, en ese intento de movernos desde ciertas políticas de lentificación para cortar los flujos de esos ritmos veloces, binarios y tecnos que se (nos) imponen? (podríamos preguntar leyendo la entrega final de La hipótesis cibernética) ¿Cómo logramos percibir para qué literatura estamos, ahora? (por ahí, en lugar de preguntar, podríamos contratar a los detectives salvajes de Bolaño) ¿Cómo, cuánto y cuándo agarrarnos de ese algo que nos pone en movimiento? (podríamos preguntarnos leyendo Es-tres) ¿Cómo escuchar sin entender? ¿Cómo escuchar la enormidad de lo poco, eso que la desesperación no puede percibir?¿Cómo darse a la escucha de una existencia herida y desahuciada que se anima a pensar en el fin? (Una ráfaga nos sacude, como tantas veces, desde las escrituras que convida Marcelo). ¿Cuántas huellas acalladas soporta un cuerpo? (nos preguntamos descendencias y amistades, que saben y no saben de los dolores que recorrieron esos cuerpos, al leer "Los Arrebatos del aura"). ¿Cómo volver a sentir que “a pesar de los pesares, la vida es gran cosa”? (podríamos preguntarnos si pispiamos la carta de Lou Andreas Salomé que nos comparte generosamente Cynthia) Tal vez podamos afirmarnos por un instante, auxiliadas por Virginia Woolf: “Pero no hay Shakespeare, no hay Beethoven; con toda certeza y rotundamente, no hay Dios; nosotros somos las palabras; nosotros somos la música; nosotros somos la cosa en sí misma. Y esto lo veo cuando recibo un golpe.” Tal vez, aún golpeadas, podamos celebrar el milagro de que, al fin, una niña fue escuchada y condenaron al progenitor abusador. Tal vez, giremos y giremos, mareadas de impotencia y secándonos las lágrimas por el dolor de los lesbicidios perpetrados con una molotov arrebatada a las revueltas. Tal vez giremos y giremos, limpiándonos los mocos con el puño de la campera, en una ronda infinita y redonda como una brújula que tiene la N de Norita, como dijo, triste y amorosamente, Rosi.

  • ¡Ay...!, la escucha / Marcelo Percia

    Se suele distinguir entre oír y escuchar. Una canción para dormir se escucha, no se oye. Se escucha la ternura de una voz que acompaña, que calma, que cobija. Heidegger (1927) dice que el escuchar aloja al oír. Se oyen sonidos o ruidos indistinguibles, pero se escuchan carretas, motores, pájaros. O, como diría Barthes (1976), se oye con el cuerpo, se escucha con el pensamiento. Hay una escucha que ve pasar voces como en una película muda. Una escucha que aprende a leer los labios sellados en un paisaje enmudecido. Para habitar el mundo sin enloquecer, la audición necesita silencio. Oigo un sonido incesante, monocorde, ondulante, extendiéndose a mi costado mientras camino. Escucho el mar porque lo sé. Entonces, siento en mis orejas caricias de sal. Sensaciones de los inicios de la vida acaecen diluidas en los sonidos del mundo. Después una lengua enseña a escuchar. Con el tiempo ese pasaje se olvida. Se escuchan amenazas y peligros, protecciones y pertenencias, llamados y reprimendas, confianzas y gratitudes. Hay una escucha que actúa como vocativo de los comienzos. La oración con la que la tradición judía comienza y termina el día: Shemá Israel, Adonai Elohéinu, Adonai Ejad (Escucha Israel, Adonai es nuestro, Adonai es Uno). Recordatorio de que la servidumbre espiritual resulta preferible a la servidumbre de las pulsiones. O la línea con la que comienza a cantarse el himno nacional: ¡Oíd mortales! Una interpelación que recuerda que vamos a morir. Y que, también, anuncia, proclama, exhorta. Reich (1945) escribe Escucha, pequeño hombre. Un texto que denuncia miserias del sentido común que “cuanto menos comprende más dispuesto está a venerar”. Un manifiesto que advierte sobre el peligro de apoltronarse en las comodidades de un sometimiento elegido. En Reich, hay una escucha que clama por el despertar de una época que marcha, con docilidad sonámbula, en dirección de un abismo. Se siente destrozada. Cuenta los hechos, los relata día por día, hasta concluir en este agotamiento en el que vive. ¿Cómo se escucha una desesperación? Dice que necesita afirmarse en lo poco que puede para no perderse en la confusión. En esa voz que tiembla, la palabra poco suena enorme. ¿Cómo escuchar la enormidad de lo poco, eso que la desesperación no puede percibir? Hay una escucha que vuelve a escuchar, que detecta lo inadvertido, que alumbra el nacimiento de un común oír. Se llama escucha a un común oír. Cuando lo común se antepone al oír, acontece el escuchar. Tal vez se llame empatía al hipnotismo del dolor. En la tradición hebrea se conoce una escucha mayúscula: la de los profetas. Una escucha de la palabra de dios que, si no se reduce a una revelación o a una advertencia moral, se podría pensar como súbita percepción de que, en cada palabra interceptada, hay una lengua que delira. Profetas no hablan por su cuenta, prestan sus voces para hacer escuchar un habla que prescinde de la voz tal como la conocemos. Profetas alertan sobre la necedad: una negativa a escuchar, sorda y engreída. Profetas escuchan la palabra de dios, pero los pueblos no escuchan la palabra de los profetas. Jeremías, Ezequiel, Isaías, reiteran esa queja: “Pueblo tonto y necio que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye”. Las palabras deliran cuando se dicen sin que nadie las escuche. Hay una escucha que pretende singularidad. Una singularidad que consiste en un guiño, en un énfasis, en una afectación. En la soberana expresión de una vida que no tiene nada que decir. Cada existencia necesita encantar su nada. Tener derecho a esa magia. Entre el decir y el escuchar se expanden galaxias. Hay una escucha que derrama tiempo en lo escuchado. Que propaga lo dicho sin hacerlo rebotar contra las paredes macizas del entendimiento. Que interroga cada pensamiento como si se tratara de un sueño. Y hay, también, una escucha que no escucha: que acompaña sentimientos como a infancias que no tienen palabras para nombrar lo que les está pasando. Miguel de Unamuno (1931) escribe El poder de la palabra, un ensayo breve que se conserva grabado con su voz serena y envejecida. El texto, que comienza reivindicando la oralidad, podría llamarse también potencia del habla. Dice allí: “Y lo que es menester, es que la gente aprenda a leer con los oídos, no con los ojos. La palabra es lo vivo”. Luego de pensar vocablos como semillas aladas acunadas por la brisa, agrega: “Yo temo por mi parte, que mueran mis palabras en los libros y que no sean palabras vivas, porque he vivido siempre, de hacer, de vivir de la lengua”. Piensa las palabras como juguetes que animan escenas fabulosas, que sirven como armas de odio, que se pueden abrir para averiguar qué tienen dentro. Las preguntas ¿cómo estás, cómo te sentís, qué te está pasando?, invitan a escuchar la vida, a palpar sensaciones, a remover memorias de los días. Preguntar, escuchar, palpar, remover: infinitivos de una escucha tendida para una y mil noches. Hay una escucha que escucha recogiendo tonos, ritmos, timbres, suspiros, acentos, silencios. Una escucha que escucha rememorando. Una escucha que escucha sabiendo lo no escuchado. Recogiendo, rememorando, sabiendo: gerundios que provocan escalofríos en las orejas. Sonidos adormecen, calman, excitan, perturban, inquietan, se amplifican con los ojos cerrados. Hay una escucha que apoya la oreja en la puerta prohibida. Y hay también una escucha de la confesión. Una escucha de la culpa, del pecado, del arrepentimiento, del desahogo, de la penitencia, del perdón, de la fe. Y hay una escucha que detecta y detiene reacciones. Que evita la precaución, la alarma, el fastidio, la impaciencia. Que intenta escuchar a los costados de una moral, sin dejar de preguntar qué significa cuidar. ¿Cómo darse a la escucha de una voz que piensa quitarse la vida o que confiesa que, para estar así, prefiere morir? ¿Cómo darse a la escucha de una existencia herida y desahuciada que se anima a pensar en el fin? ¿Cómo darse a la escucha cuando está en juego un mañana? Hay una escucha que se da a lo que puede, a lo que la excede, a lo que no sabe o no quiere escuchar. Y hay una escucha que piensa lo escuchado esperando que se abra un portal. Un portal puede pensarse como entrada a lo espiritual o a la fantasía, como pasadizo a un mundo paralelo o a otra temporalidad. También como agujero de gusano astrofísico. O sólo como confianza en una senda inesperada. Escribe René Daumal (1944) “La puerta de lo invisible es una puerta visible”. Hay una escucha que no atiende estrictamente lo escuchado. Una escucha que desencadena y solicita resonancias. Resonancias inundan conversaciones. Expanden y ahondan perplejidades. También hay una escucha no sólo sonora. Una escucha que sabe que una vida se dice de muchas maneras. Llamamos vida al deseo de contar lo que nos pasa. Al desborde de los nombres. A los sonidos que envuelven a todos los sentidos y a cada sentido que envuelve a todos los sonidos. Llamamos vida a una falla del entendimiento. A los suspiros que no constan en ninguna memoria. A las huellas que avisan que alguien o algo ya estuvo aquí. A querer hacer muchas cosas al mismo tiempo, porque todas nos atraen y nos gustan. Llamamos vida a lo que “ama esconderse” o “tiene el pudor de no mostrarse”. Como dice una proposición atribuida a Heráclito. Hay una escucha que no sólo señala, marca o subraya algo dicho, sino que lo hace reverberar, sin apagar sus persistencias ni desoír sus insidiosos enlaces. Hay una escucha que se pregunta: ¿cómo escuchar?, ¿qué escuchar?, ¿qué no estoy escuchando? Y hay una escucha que se afirma en no querer entender. Pero, ¿cómo escuchar sin entender? Hay una escucha que discute ideas que se le anteponen. Que pone en cuestión creencias que deja rodar, en la conversación, con ironías, exageraciones, parodias. Hay una escucha que conoce que para desentenderse de los lugares comunes, se necesita percibir los lugares comunes. Darle audición a las voces acechantes de una época. Aunque se intente dejar de oír tapándose los oídos no se puede dejar de escuchar. La noche del 23 de diciembre de 1888, Van Gogh se corta la oreja izquierda tras una discusión desesperada con Paul Gauguin. Unos días antes había recibido una carta de su hermano Theo en la que le anunciaba su casamiento. Luego de vendarse la cabeza, entrega envuelto en un pañuelo el cartílago mutilado a una mujer que trabaja en el café al que concurre todos los días. A la mañana siguiente, lo encuentran en su habitación desvariando por la hemorragia. No recuerda lo que pasó. Lo llevan al hospital de Arlés. Hay una escucha controversial. En disputa con el tener que entender, con las supersticiones del sentido común, con la suposiciones que anticipan, con las expectativas y las misiones correctivas. Una escucha en contra de las versiones establecidas. Pero, ¿cómo poner en cuarentena escuchas que sabemos contaminadas? ¿Cómo ignorar alertas automáticas que se activan ante ciertos enunciados y palabras? Hay una escucha asertiva y terminante. Y hay una escucha que asciende segura y que, de a poco, languidece en preguntas. Como sucede con la escritura de Juan L. Ortiz que comienza con una entonación que cambia en el curso de un mismo verso. En la poética del autor de En el aura del sauce, la omisión del signo de apertura de la interrogación provoca, muchas veces, que nos demos cuenta de que estábamos leyendo una pregunta creyendo que se trataba de una afirmación. Escuchemos: “No oíste / que los pájaros cantaban, cantaban por el corazón de la lluvia?”. O en otro momento: “Y eso que, del imposible / casi, de su secreto, se deshace y se deshace, y por el sueño, /aún, de una bruma / de vidrio…?”. También hay una escucha que se da como plan de fuga, como conspiración, como sospecha de sí. Una escucha que propone pensar así y asá o, también, asá y así, sin concluir en así ni en asá. Generosas y urgidas razones hospedan desesperos que quieren entender lo que no entienden. A veces calman culpas, reproches, ensañamientos. Otras no hacen nada. Otras intensifican devaneos interminables sobre cómo o por qué ocurrieron las cosas. Hay una escucha trágica y desdichada. Una escucha asamblearia. Una escucha que, a sabiendas de su infortunio, agita la comicidad de las orejas. Una escucha que intenta flotar a dos metros del suelo (como decía Arthur Bispo do Rosário de las locuras y los picaflores). Cuántas cosas se dicen sin que se las escuche. Cuántos llamados se callan por no molestar o por temor a que nadie acuda. Hay una escucha que sabe que reconocer no equivale a escuchar. Una escucha que no se adelanta ni se apresura a identificar algo ya conocido en lo escuchado. Una escucha que trata de prescindir de modas y cánones. Una escucha dada a lo inaudito. Una escucha que no pasa de largo o con indiferencia ante una obra de arte o una idea no consagrada. Hay una escucha que escucha lo desoído. Lo que permanece ausente a pesar de que se lo mencione o se lo registre. Lo desoído acampa indocumentado en una conversación. Octave Mannoni (1973) advierte, en El Quijote de la Mancha de Cervantes, que mientras Quijote suele decir “¡Escucha bien lo que digo, Sancho!”, su acompañante, montado en un asno, repite con frecuencia “Escuche vuestra merced bien lo que dice, mi Señor”. Aunque Sancho hace un llamado al sentido común y al buen juicio, el improvisado escudero nunca afirma “Escuche, Señor, lo que yo digo”. Mannoni sugiere que esa modesta intervención compone el grado cero de la escucha analítica. También hay una escucha que se resiste a la inmediata consonancia con algo con lo que se acuerda. Hay una escucha que escucha “No soporto vivir en este país de mierda”. Y hay una escucha que dice “Sí, pero expandamos lo que se está diciendo para separarnos lo suficiente antes de encontrarnos (o no) ahí”. ¿Cómo se escucha la disonancia, lo que violenta o supone discusiones? Hay una escucha que escucha con una memoria y con una sensibilidad. Una memoria que evoca, olvida, asocia, conecta. Y una sensibilidad que se abre, se estremece, tiembla, se endurece, se cierra. En tiempos de crueldad hay una escucha abatida. Una escucha del desánimo, del abandono, del sin sentido. Una escucha de furias y protestas contenidas. Oídos se sellan con cera para protegerse de lo insoportable. Lucideces desfallecen sin un común aliento soplando en los oídos. Hay una escucha que se tiende como una red sobre lo escuchado para desaprenderse de sí. Escribe Lezama Lima: “las palabras son una red que apresa silencios, prendido el silencio, se disuelven las palabras”. Hay una escucha que no sabe qué hacer cuando una voz habla sin parar, ¿se interrumpe para poder escuchar o se escucha la vertiginosidad? Hay una escucha que sabe que quien habla busca consentimiento, aprobación, piedad. Hay una escucha compasiva y una escucha complaciente, una escucha pudorosa y una escucha salvífica, una escucha docta y una escucha sin solemnidad. Y hay, también, una escucha gustosa de levedad. Estar escuchante se puede describir como estar tendido en un diván ubicado en el centro de un estadio repleto de oídos voraces. La atracción y el miedo, la ovación y el silencio. Una soledad poblada. Hay una escucha de lo ausente que se pregunta si lo espera o lo llama. Hay una escucha subyugada por lo que no está, por lo que falta, por lo que no vino a la cita. Una escucha desatenta con lo dicho. Una escucha pendiente de lo sin decir. Y hay una escucha que se propone hacer audible lo audible. Escribe Oscar Wilde (1891): “El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”. Hay una escucha que se siente discípula de la mirada y una escucha que también aprende a olfatear, tocar, saborear, oír. Hay una escucha que interrumpe no por impaciencia o porque no hay más tiempo, sino para rodear de silencio algo que se acaba de decir. Una escucha que invita a la soledad. Una interrupción que quiere hacer durar lo que se está escuchando. Un pliegue o una arruga a la espera de una próxima vez, o de un sueño, o de un recuerdo que tal vez llegue dentro de algunos años. Hay una escucha que propicia intervalos, llamadas, citas, memorias. Hay una escucha de la reanudación que convive con el olvido, como ese verso de María Elena Walsh que relata “Hice un nudo en el pañuelo. Pero me olvidé después”. Nancy (2002) observa la concurrencia de un registro sensible y un registro inteligible en el acto de escuchar. En una escucha se actualizan memorias en las que lo sensible y lo inteligible se mezclan, historias personales que se confunden con los enunciados posibles de una época. Hay una escucha que se ofrece como lugar en el que una existencia se da a la palabra esperando recepción. Llamamos recepción al momento de un común escuchar. A la acogida de soledades que se saben entre sí. Al relevo de una vida cansada de tener que afirmar su existencia cada vez. Hay una escucha clasificatoria y hay una escucha viviente. Y, en cada escucha, están todas las escuchas. Hay una escucha que expande un decir, lo propaga, lo sacude, lo hace crecer en otros oídos. Una escucha que hace crecer orejas a las palabras, ¿además de las que ya tienen? Hay una escucha que recusa lo tácito, que practica la suposición, que infiere, que se precipita a completar lo no dicho o llenar la frase sin concluir. Tal vez lo tácito en una conversación resida en el amor. Hay una escucha que se vierte, que se da como recepción acuosa, húmeda, espumosa. Una escucha derramada, esparcida como ramas que se separan de un tronco. Hay una escucha que atraviesa la comprensión para liberar resonancias. Se conocen tantas escuchas como verdes en un bosque, como ocurrencias en sus hojas, como perfumes en sus noches. Hay una escucha de la tristeza (¿cómo se escucha el habla apagada?). Hay una escucha de la desesperación (¿cómo se escucha la voz del desasosiego?). También hay una escucha de la amargura y el desánimo (¿cómo se escucha una lucidez desencantada?). Y hay una escucha de los contentos (¿cómo se escucha una alegría que se celebra?). Y hay una escucha del no tener ganas de hablar (¿cómo se escucha esa mudez aturdida y cansada?).Y también hay una escucha de la angustia (¿cómo se escucha una angostura que estrecha la vida dejándola sin aire?). Bion (1970) recomendaba escuchar sin memoria y sin deseo. Pero, hay una escucha poblada de concurrencias, mezclas, confusiones. Entonces, ¿cómo escuchar por primera vez? Hay innumerables escuchas en una escucha, entre todas ellas, tal vez, se abra paso una que se da a la conversación por primera vez. Se llama primera vez al acontecimiento de una escucha única. Puede tratarse de algo oído muchas veces que, de pronto, se aposenta en una vida. Una primera vez que no admite segundas ni terceras veces. Se trata de una sola vez primera. Como la primicia de un brote en una rama que se creyó seca. Hay una escucha que interpreta, pero que las interpretaciones no le interesan por lo que intentan traducir, enlazar, acentuar, le importan por el silencio que introducen. Un silencio en el que, sin embargo, se dicen desvíos, migraciones, acampes. Hay una escucha abierta a la afectación. En medio de discusiones sobre la neutralidad y la abstinencia en un psicoanálisis, Ulloa insistía en que no se podía practicar una escucha indolente. Muchas veces la interrupción o corte tratan de rescatar algo. Intentan que lo dicho no se pierda en la monotonía de la indistinción. Cortes hieren indiferencias. También compaginan escenas, facilitan distracciones y torpezas, muestran los filos de un silencio. Hay una escucha que no se contenta con la puntuación de significantes, que intenta hendiduras en lo enunciado, insurgencias de afectividad. Tal vez llamamos sentido a las afectividades que se desprenden o sueltan amarras de un corazón congelado. El psicoanálisis se recordará como la escena de una escucha íntima, apartada, cuidada. Freud advierte insurgencias involuntarias en los actos de habla: eso que se dice sin querer decirse, eso que se escurre o sortea el control de un enunciado. Eso que se adelanta a las intenciones. Momento de pasmo en el que se dice lo que no se quiso decir o se escucha lo que no se quería escuchar. Momento de un habla que habla sola. Hay una escucha que sabe que siempre queda algo sin decir. Que se habla y se habla hasta llegar a un umbral de silencio. Hay una escucha (o como se llame esa percepción que se piensa interrogada) que recibe un lejano eco desde ese otro lado. Eco, timbre, resonancia, reverberación, dan vida a las palabras que no se poseen. La voz no necesita otro cuerpo para penetrar hasta la íntima cavidad de una palabra. Se conoce el mito de Eco y Narciso. Ambos cumplen condenas eternas. Eco, la de no poder hablar por su cuenta y tener que reverberar, sin un cuerpo, en voces ajenas. Narciso, la de no poder vivir una soledad de a dos, de a tres, de a cientos. “¿Hay alguien aquí?”, pregunta Narciso sin ver a nadie. “¡Aquí...aquí…aquí!”, responde una voz lejana. “Ven”, propone Narciso. “¡Ven…ven!”, insiste la joven. “¿Por qué te ocultas de mí?”. “Oculta de mi…de mí oculta”, explica la muchacha. “¡No puedo verte!". "¡Verte puedo…puedo…puedo!”, clama la dulce Eco. Pero cuando ella se acerca, él se niega “¡No puedo amarte!”, se duele Narciso. A lo que Eco responde “¡Puedo…puedo…puedo amarte!”. Pero, Narciso explica “Quieren los dioses que yo muera antes de que tú goces en mí y mi cuerpo goce en tí”. Y la muchacha le devuelve suave esas palabras “¡...que goces en mí!...que goce en ti”. Narciso huye y Eco persiste en hablar hasta que se apaga su voz. Hay una escucha enamorada impedida del goce de los cuerpos. Un riesgo: que la escucha se vuelva auditoría; que la disponibilidad, juzgamiento; que la afectación, evaluación y dictamen. Hay una escucha que no escucha tanto lo dicho como el escuchar. Hay una escucha que celebra la íntima ceremonia de un estar escuchantes. Hay una escucha que vuelve a decir y que vuelve a escuchar más allá de lo dicho y escuchado. Una escucha más allá de interpretaciones, desciframientos, hermenéuticas. Una escucha del solo escuchar. Otro riesgo: que se reduzca la escucha a juegos o astucias con las palabras. Escandir vocablos, separar sus sílabas, a veces, sacude sentidos. Otras no. Una palabra escandida, en ocasiones, alienta composiciones y descomposiciones. Otras no. A Lewis Carroll le gustaba hacer escuchar en cada vocablo diferentes significados. Husmeaba en cada palabra como en una valija llena de historias. Hay una escucha que se fuga de comprensiones rápidas y protocolizadas. Que sostiene el derecho a lo incomprendido. Hay una escucha hospitalaria con un hablar que habla sin tener nada que decir. Hay una escucha que aloja escuchando. Una escucha que arropa. Escuchar, escuchar, escuchar, hasta vaciar la conversación de la conversación. Hay una escucha que se estremece sin escuchar nada. A la que, de pronto, le sobreviene una tristeza que no sabe. Una tristeza que sobrevuela como una brisa apenada que no encuentra en qué posarse. Una tristeza que aletea como un gemido o llanto replegado. Hay una escucha que forma parte del arte de la adivinación. No la predicción de lo que habrá de suceder, sino de lo ya sucedido en las palabras. Hay una escucha de lo impronunciable, de lo que Lacan concibe como lo inefable, de lo que Nancy llama lo incomunicable, de lo que tantas voces describen como lo inenarrable. Y hay, también, una escucha de la palabra soplada como diría Derrida. Muchas cosas no se saben ni se pueden decir; sin embargo, se hacen oír. Virginia Woolf (1941) en Momentos de vida, un libro póstumo que reúne papeles y notas, dice que en días y noches de dolor prefiere las explicaciones, aún las más fantasiosas, antes que una tapia de silencio. Frente a golpes que duelen como martillazos de un herrero en el alma, busca explicaciones. Cree que las explicaciones, aunque no expliquen nada, ayudan a vivir. Escribe para habitar lo inexplicable. Para entender el extraño arte de pertenecer a un mundo que lastima. Hay una escucha cansada que se pregunta cómo hace para escuchar tanto. Una escucha que sigue escuchando más con el correr de las horas, de los días, de los años. Y, también, hay una escucha ávida que da la bienvenida, que no sabría hacer otra cosa, que vive en estado de curiosidad y pasmo. Hay tantas escuchas en una escucha como secretos en un silencio. Hay una escucha de lo común a la que le crecen alas. Una escucha que va de aquí para allá como una mariposa nocturna atraída por la luz. Una escucha sobresaltada, agitada, extraviada. Una escucha que no termina de saber lo que algunas voces callan. Una escucha que vive extrañada. Y que mendiga comentarios. Una escucha que sabe que hay voces que se resguardan para hablar en otro lugar. Una escucha que piensa que cada cual habla por su cuenta y no. Una escucha que, aunque aprendió a sumar, renunció a confirmar que dos más dos da cuatro. Una escucha de lo común que se emociona, cuando en un recital, todas las voces entonan una misma canción. Aunque cada una lo haga según una íntima ensoñación. Una escucha que asiste al teatro, a la escuela, al barrio, a la feria, a la fiesta. Una escucha que tarda o no puede escuchar todo lo que pasa. En una sola voz habitan muchas e innumerables voces. En un vocerío habitan infinitos que copulan con otros infinitos. A veces escuchar quiere decir habitar un desasosiego, una parálisis, un cansancio. A veces escuchar quiere decir habitar el malestar de una época sumida en el dolor. A veces escuchar quiere decir habitar una desolación. A veces escuchar quiere decir habitar pliegues angustiosos de una vida. ¿Qué oídos para escuchar la lentitud de los días cuando no se sienten ganas de nada? Hay una escucha que escucha sin poder escuchar. Una escucha que escucha lo inefable, lo incomunicable, lo inenarrable, lo intangible, lo inescrutable, lo inasible. Una escucha que de antemano sabe no poder. Y que, aun así, reanuda el acto de escuchar. Como la vida que se celebra cada vez aunque se sepa la muerte. Hay una escucha que se asoma al abismo de la soledad. Soledades encuentran en el silencio la última respuesta a todas las preguntas. Y hay, también, una escucha que guarda voces en una botella.

  • Zona de sacrificio / Claudia Rodríguez

    ¿Cuál es tu nombre? Preguntó un hombre desconocido, que mandó a detenerla y mantenerla a oscuras, esposada a una silla en la sala de interrogatorios, frente a un foco de luz que durante horas la cegaba y amenazaba con quemarle la cara. Yo había recibido la orden de custodiar a la detenida. ¿Cómo te llamas? Volvió a preguntar sin darle crédito a su respuesta ¿Te estás riendo de mí? Subió la voz. No señor, me llamo Luz Clarita. Dime tu nombre de hombre, ordenó. No señor, no tengo nombre de hombre, mi nombre es Luz Clarita. ¿Dónde están tus documentos? Dame el número de tu carnet de identidad. Luz Clarita se lo dio. El hombre era un agente superior de la brigada especial de inteligencia policial y del grupo de operaciones tácticas. La dejó sola en la habitación mientras yo la custodiaba. El hombre del servicio de inteligencia secreta había ordenado a sus subalternos que golpearan a la chica antes de ingresarla a la sala, como estrategia de debilitamiento moral, psicológico, pero ella permaneció calmada. La chica era ambigua, tenía rasgos muy femeninos, carita fina, pelo negro y largo, pero su ropa era holgada, sencilla como la de un joven, jeans y una camiseta negra que le habían rajado, dejando ver un pequeño sostén. La activista trans había sido detenida junto a otros diez dirigentes vecinales que convocaron la manifestación en el centro de la pequeña comuna, debido al alerta por altas concentraciones de arsénico en el aire que generan las fundiciones de cobre en las comunas de Quintero y Puchuncaví. Balnearios históricos del borde costero de la provincia de Valparaíso, convertidos en territorios llamados zonas de sacrificio. La orden de la oficina central de inteligencia fue intervenir la manifestación, con el objetivo de asegurar el orden público, prevenir disturbios y disponer la aplicación de medidas para detectar, neutralizar y contrarrestar acciones de personas y grupos terroristas. Media hora después, el agente de inteligencia volvió y le informó a la chica que había confirmado su identidad, que en realidad su nombre era Luz Clarita y que no tenía antecedentes policiales. Tú eres de Santiago ¿Por qué mierda te vení a meter aquí? El agente de inteligencia estaba en completo conocimiento del alerta medioambiental del territorio, y de la denuncia por la pérdida de sus cultivos que los dueños de los predios vienen haciendo desde hace más de cincuenta años, respaldados por toda la comunidad, profesores, pescadores, mujeres y dior gentes ambientalistas. Diversos episodios de contaminación: derrames de hidrocarburos en el mar, vertimientos de carbón en la playa e intoxicaciones masivas saturadas por anhídrido sulfuroso y material particulado. Todos compuestos declarados cancerígenos por la Organización Mundial de la Salud. El impacto medioambiental era causado por la instalación de quince grandes fundiciones, empresas mineras, de electrici-dad, combustibles, gas y químicos. ¿Acaso usted no sabe que existen centrales termoeléctricas clausuradas que siguen funcionando como si nada, que han destruido humedales, la pesca artesanal y los cultivos campesinos? ¿Y a ti qué te importa? Dijo el agente ¿Quién soi vo para venir a dártelas de defensora de las causas perdidas? Luz Clarita no pudo responder porque tocaron a la puerta y entró con apuro otro agente casi desesperado. Señor tiene que venir, dijo, como avisándole de un nuevo peligro. Salieron los dos de la sala. Mi orden era permanecer de punto fijo al lado izquierdo de la puerta y no mantener ningún tipo de comunicación o contacto con la detenida, ni siquiera visual. Pasó el tiempo, una hora, dos horas y nadie ingresaba a la sala. Algo estaba pasando y yo no tenía cómo saberlo. En un momento dado llegué a temer por la vida de la chica. Quizá las órdenes superiores eran hacerla desaparecer como hacen con algunos terroristas, en total secreto. A mi se me había informado que esta detención era una orden del departamento de inteligencia, por lo tanto, era secreta. En un momento ingresaron cinco agentes con cara de preocupación y un hombre con una vestimenta distinta, bata blanca como de médico. Yo no entendía qué estaba pasando, hasta que comenzó el interrogatorio. El hombre de la bata blanca inició las preguntas, escrupulosamente. ¿Dónde vives? En Santiago, dijo la chica. ¿Cómo llegaste aquí? Viajé ayer en bus. ¿Con quién vives? Con mi madre y mi abuela. ¿Tienes más hermanos? No. ¿Cuál es tu nombre? Luz Clarita. ¿Eres hombre? No, soy trans. ¿Y qué haces aquí? Defender el medio ambiente, la tierra y las niñeces de Quintero. ¿Has estado en otros lugares? Luz Clarita preguntó ¿Qué otros lugares? ¿Lugares como Quintero, Coronel, Mejillones, Tocopilla, Huasco? Si, son todas zonas de sacrificio y de destrucción del medio ambiente. Sí he estado con todas esas comunidades. Hemos tenido información de que en la manifestación de Tocopilla, fue detenida una chica trans con tu mismo nombre, Luz Clarita. ¿Sabes algo? El médico se quedó en silencio para darle tiempo a la chica a responder, pero no soportó el silencio y continuó hablando. Hemos tenido una videollamada con la inteligencia de Tocopilla, que tiene detenida a una travesti igual a ti, la pudimos ver y hablamos con ella. En este momento está siendo interrogada. Dinos ¿Tienes alguna explicación para esto? ¿Tienes una hermana gemela? ¿Esto es una broma, un chiste entre maricas? Luz Clarita preguntó ¿usted no es policía? No, dijo el hombre de bata blanca, soy psiquiatra forense y dados los antecedentes me pidieron que te evaluara. ¿Y qué cree usted señor, cree que estoy loca?, dijo la chica. ¿Usted cree que una persona pueda estar en más de un lugar al mismo tiempo, a kilómetros de distancia, solo para defender una causa perdida? Los agentes estaban perplejos. Según lo que logré entender, había otra Luz Clarita en el norte de chile, a kilómetros de distancia de este punto. Una chica trans igual a la que yo estaba viendo aquí y los agentes habían hablado con ella, la vieron, constataron su existencia. A mi tampoco me cabía en la cabeza. Querida joven, dijo el psiquiatra, sabemos que es imposible. Eso solo pasa en películas de ciencia ficción, no en la realidad. ¿Y usted doctor, no cree que la vida es una película? Por supuesto que no. Déjeme que le cuente algunas cosas doctor, dijo Luz Clarita, hablándole como a un niño, con ternura, con un cariño inesperado. Ella aún permanecía engrillada a la silla. Las personas que empatizamos con la vida de otros seres humanos, poseemos una bendición. Entiendo que no tenga este conocimiento. Heredé esa bendición de mi madre y de mi abuela cuando nací. Los agentes permanecían quietos y en silencio para no interrumpir el relato de la chica. Era de vital importancia para la agencia de inteligencia descubrir la verdad, así que Luz Clarita prosiguió pausadamente, para ser totalmente comprendida. Recuerdo que siendo muy bebé mi madre me tomó en sus brazos para amamantarme y alimentó más que mi cuerpo, cuando con todo su amor susurró en mi oído, tú no estás solo mi niñe, porque eres parte de todo el universo, y aunque usted no lo pueda entender, desde ese momento comencé a viajar. Cuando duermo no duermo, vuelo, viajo y puedo materializarme en más de un lugar a la vez. La Luz Clarita que fue detenida en la manifestación de Tocopilla soy yo, soy la misma, con el propósito de defender y proteger el medio ambiente, la tierra y las niñeces que serán el futuro del mundo. Nuevamente tocaron a la puerta y entró el agente de antes que solo tuvo que decir ¡Señor! para que todo el grupo de hombres volviera a salir de la sala dejándome sola con la chica. Luz Clarita se dirigió a mí y me dijo, sí Ester, tengo sed. No había forma de que ella hubiera sabido mi nombre, ni mucho menos que pensé en darle agua, porque después de horas atada a la silla sin movilidad, soportando el calor de horas frente al foco, la muchacha querría un poco de agua. Claro, sí, me puse en su lugar y le dí agua. Ahí me dí cuenta de que lo que estaba pasando era algo extraordinario. En menos de diez minutos volvió el grupo de agentes y el psiquiatra cada vez más confundidos. ¿Qué estás haciendo? Preguntó molesto el doctor. Esto podría ser considerado un ataque terrorista a nivel nacional ¿Cómo es que ahora se te detuvo a ti misma en una manifestación en Coronel, en el sur del país? Doctor, yo no estoy loca, solo sé que están matando la tierra, a todos los seres vivos que dependen de ella, los peces, los animales, las niñeces, sin ninguna conciencia del mal que hacen, solo por ambición. Nos han dicho con crueldad que ustedes son dueños de todo lo que proviene del universo, que no nos pertenece nada, ni el futuro. Que existimos en un planeta solitario de un universo solitario. Que la humanidad es una especie de error único. Nos dicen que más allá no hay nada, que estamos solas y solos. Que solo hay una tierra, un solo sol. Que somos la única humanidad. Que no hay otro mundo. Que el mundo real es lo que vemos, pero ¿qué pasa con todo lo que no vemos? Esa visión llena de separaciones es la causa de todo lo destructivo que está ocurriendo aquí, ahora. Pero doctor, todos estamos conectados hasta el elemento más profundo de nuestro ser con todo. En el mundo hay más cosas de las que percibimos desde nuestros sentidos y pueden ser infinitas. Doctor, los ojos nos engañan, aunque usted me vea aquí, también estoy lejos de aquí, una, dos, tres y mil veces. Usted ve como si fuera el único observador, el dueño de lo que ve, pero el universo está a disposición de los universos que intencionamos, y en mi caso, con una bendición, con la bendición de la inmaterialidad, que uso para defender a las niñeces y nuestra tierra. ¡Señor, señor! volvió a entrar más agitado y nervioso el mismo agente de antes, ¡Señor! ahora dicen que detuvieron a otras dos travestis con el mismo nombre, Luz Clarita, una en Mejillones y la otra en el Huasco, dos zonas de sacrificio en el norte del país. Fuente: Cuento publicado en Ciencia Ficción Travesti. Editorial Hekht, colección cetus, mayo 2024.

  • Lou y Anna / Cynthia Eva Szewach

    En la separación no es la pérdida, sino la posesión la que solo recién se vuelve plenamente consciente. Lou Andreas Salomé y Anna Freud mantuvieron una correspondencia continua desde 1919 a 1937. Está reunida en un libro1 que lleva como subtítulo una frase de Lou “Como si volviese a casa, al padre y a la hermana” (Als käm ich heim zu Vater und Schwester). Cuando escribe esta línea en octubre de 1928, según Inge Weber y Daría Rothe -quienes epilogan el epistolario reunido- Lou Andreas Salomé acababa de regresar a Göttingen, de una visita a Freud y a su hija Ana en el Sanatorio Schols Tegel. Allí se encontraba Sigmund Freud, porque su prótesis mandibular debía ser nuevamente ajustada, debido al cáncer que padecía hacía ya varios años. Anna le responde a esa frase “¡Estoy tan contenta de poder ser su hermana!”. La sensación y afectuosa expresión de Lou, “volver a casa” (Heimcommen), está referida a la alegría familiar de ser huésped en el hogar de Freud. En esta ocasión, para comenzar a compartir las correspondencias, decidimos transcribir casi en su totalidad, una breve carta, fechada siete años antes, el 22 de diciembre de 1921 de Lou dirigida a Anna y que forma parte de los inicios del intercambio. Comparten sueños, paisajes, apreciaciones del clima y conversaciones teóricas del diálogo con su amigo Bernfeld. Está escrita con el afecto que se estaba comenzando a instalar, derivado a su vez de la profunda admiración y agradecimiento de Lou por Sigmund Freud, quien se alegraba y propiciaba que su hija pueda establecer un vínculo con una de sus discípulas más respetada, con quien sabemos mantenía una correspondencia constante desde 1912. En ellas, encontramos que, en octubre de 1921, S. Freud la invita a Lou A. Salomé con mucha generosidad a su casa, la espera lo antes posible, le dice: “(…) porque cuan inseguros son los destinos, las personas y los tiempos”. Al volver de esa estadía a la que nos referiremos, Lou le escribe a su amado profesor “(…) lo esencial de mi estancia en Viena es que vuelvo a sentir (lo que a partir de la guerra me ha resultado en ocasiones algo difícil) que, a pesar de los pesares, la vida es gran cosa”. El epígrafe elegido en esta nota subraya una idea que encontramos interesante en la carta, la relación que se acentúa entre la separación, la posesión y la conciencia. Surge, según ella dice, en el instante lúcido del despertar del dormir como restos del diálogo. München2 22 de diciembre 1921 Mi querida Anna, Me sorprendo de alegrarme muy especialmente al escribirte, porque la pluma puede tutearte, y todo se lo atribuyo a esta única circunstancia: lo que durante los muy bonitos días de Viena aprendí a sentir cada vez con mayor intensidad por ti. Cuando antes de ayer en Salzburgo las montañas brillaban bajo la esplendorosa luz del sol, también sentí una amarga pena de que no nos hubiésemos quedado allí juntas un poco más. Antes (en cuanto quedé casi sola en mi coupé) me sumergí con verdadera admiración en el suplemento que había traído conmigo3. ¡Qué lleno de ideas sugestivas está! Una nota al pie me recordó nuestra última charla con Bernfeld, muéstrasela en la página 35, (acerca de la fantasía, más antigua que la descarga motora supuesta por él). […] Afuera hace un tiempo como de soleado abril, ¿también allí sigue así? La primera noche soñé muy vívida, y según me pareció, muy significativamente; en Viena a menudo tenía, como una vez te conté, un sueño de charlas con tu padre y ese sueño era una manera de ponerme al día con las ilusiones que me presentaban mis deseos, a pesar de que no era para nada consciente de molestarlo, robándole su tiempo, pero ahora era una larga charla contigo—, ¿de qué?, ya no me acuerdo, pero de algo profundamente en común. Y estábamos de viaje. Hacia dónde, no sé. Pero a una meta compartida. Al despertar, me quedó, luego, muy fuerte esa sensación de la que habíamos hablado: de que en la separación no es la pérdida, sino la posesión la que solo recién se vuelve plenamente consciente. La tengo tan clara y vívidamente conmigo, y te retengo, quieras o no, hasta el fin. Querida Anna, saluda por mí de todo corazón a tus padres, tías, y a todos en la casa, y a Paula, a Betty, y por supuesto a Fanny. A ti te besa en los labios Lou 1 Briefwechsel  DtV (Deutcscher Taschembuch Verlag), München 2004 2 Lectura y traducción de la Correspondencia: Cynthia E. Szewach y Jorge Salvetti 3 En esta ocasión no nos enteramos aun por las cartas, que recién comienzan, de qué suplemento se trata. Forma parte del trabajo de intercambio de materiales que se produce a lo largo de los tiempos entre ellas.

  • Cantos Proféticos VI / Vicente Zito Lema

    ¡Aún así! ¡Aún como hierba que se alza trémula alrededor del ciprés de los silencios… y que tal vez no llegará a desplegar su alado verdor…!¡Todo es escueto y parco!¡Todo se desliza sinuoso!¡También la contradicción en los vacios del espejo!¡Aún así, no como sacrificio mortuorio, no como pasión de tristeza; sacados del pozo por los gozos, movidos hacia los cielos, la ofrenda amorosa de los Cantos! Se trata de golpear con las uñas, la punta de los dedos, con los puños y la cabeza si es preciso contra los muros, contra las rejas y los rollos de púas; movimiento de dolor que se supera abriendo los ojos ante el sol y se sublima en la garganta de la noche; cronología de batallas que se heredan, trincheras cuya luz y cuyo hedor se comparten, y conciencia movida y conmovida ayer por los sueños y hoy por las prácticas que se acumulan y las historias que vuelven a nacer en los mil laberintos del corazón, cuando la sombra de un ángel nos roza la espalda… He ahí legitimada nuestra necesidad, sin ambigüedades ni parodias, hablo de una necesidad implacable, por momentos obsesiva por su afinidad con el drama, y sin embargo ligera, apta para la indagación, punto de partida de la antigua sospecha que ahora atropella sin riendas, cual potente certeza entre los campos de la vida, superando obstáculos de hierro si es preciso a mordiscones: nada crecerá de buena materia sin los Cantos… (Y en los Cantos las cenizas vuelvan a la tierra como amorosa eternidad…). Allí vemos, detrás de las dunas y las basurales, detrás de los bosques y los basurales / detrás de los jardines, las rosas, los alelíes y los basurales…(Gigantes, lúgubres, perpetuos basurales…)¡Allí vemos! ¡estos ojos no mienten!...a los cuerpitos saqueados de sus almas,hasta quedar tan secos y humillados como una mar que pierde sin ventura sus olas… …¡Cantos! …¡Cantos para las vísperas de la resucitación!…¡Cantos! ¡Cantos para enfrentar a esos soles tan fríos que en su morir todavía sostienen el universo de las crucificaciones! Fuente: Cantos oscuros, días crueles (2019) Ediciones La Cebra.

  • Es-Tres / Jeremías Aisenberg

    El trío más consistente. El intruso que toda pareja desea. La fórmula que resuelve ese problema. Un chiste que dejaron los egipcios. La máxima cantidad de chanchos por habitante llamada Argentina. La cuenta que inicia la carrera: 1…2… En muchos casos ni hace falta decirlo. Se da por entendido. Algo te pone en movimiento, aún sin saberse los números. Los magos, los panchos, los raros peinados, y esos abogados de miga que se hacen llamar jurado. El tres es la mínima unidad necesaria para que algo valga la cuenta. La cantidad de músicos que te separan de Pimpinela. El número primo que llamamos familia. Todos los griegos son trágicos, La cultura comparte el apellido. Ustedes, yo, ellos, siempre los mismos… Todos, pero todos eh… ¡Todos somos parientes de Edipo! Un triángulo repleto de suspenso: A la una, a las dos, y a lasssss… La tercera es la vencida. No hay dos sin tres. Gracias a Él somos más que la suma de los padres.

  • Los detectives salvajes (fragmento) / Roberto Bolaño

    Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón. En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otro sí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso. Fuente: Bolaño, Roberto (1998). Los detectives salvajes. Editorial Alfaguara, 2007.

  • El Arrebato del aura / Dalila Iphais Fuxman

    Era una noche de junio, el otoño ya había arribado a la ciudad. Coqueteaban sus hojas al viento, las veredas se vestían de colores tierra. Hacía frío, nada grave, unos doce grados. Era fin de semana, sábado. Ella caminaba sola por una avenida del barrio de Boedo. Como quien olvida que carga con el peso de un nombre. La invadían pensamientos de pequeñas libertades: - ¿Qué pasaría si me desvío, si no llego? "Chica desaparecida camino a una fiesta", ¿sería ese el titular de los diarios al día siguiente? ¿Alguien notaría que ya no soy parte de este mundo? Mundo, que problema...  ¿Él, se extrañaría de que nunca llegué, de que no nos encontramos? Bueno, dejemos el drama... ¿Qué pasará, ahora, cuando lo vea? Estoy nerviosa, hace tiempo que los días se escapan entre mis dedos. Me siento gris, materia gris, recuerdo los hombres grises de un cuento que leí cuando era chica "Momo". Hoy quiero que sea diferente, quiero colores, quiero sentir, quiero saberme viva con el cuerpo acompasado. Cuerpo, ese tan ajeno a mí con quien nos paseamos por la ciudad, jugando a que nos entendemos, aunque no paramos de ser dos extraños. Hay gente que cree en la energía y con eso le basta, a veces quiero ser de esa gente. Por momentos tengo la sensación de que podría escribir algo con lo que pienso, un libro, una novela, un cuento... escribir es como desnudarse ¿escribir es como desnudarse? Uf! Que complicado! ¿Qué sería, entonces, leer a alguien? Volviendo a él, ¿Qué pasará? ¿él sabe? ¿sabe? No había casi nadie en la calle a eso de las diez. La noche había decidido llegar acompañada de una brisa que la hacía sentir conectada con lo que pasaba. En el aire un presagio, casi un deseo: "algo va a pasar". - Algo ¡¡¡ tremenda palabra!!! Llena y vacía los cuerpos de nada, tan insustancial que la aborrezco, y tan real que tiemblo... Si, más bien algo tiene que pasar, esta grisisitud me enloquece. Día tras día me pregunto ¿qué sentido tiene todo esto? - Voy a cambiar de canción. Hay quienes tienen la capacidad de hacerme llorar de tristeza y ponerme muy contenta, por eso me gustan. Me gustan los covers, a veces las copias le disputan al original.  ¿Una canción diferente? ¿Spaghetti del rock? Yo vivo en una ciudad, Pupilas lejanas... "no soy tu chica ni tu verdad", me encanta esa frase, me gusta como la pronuncia cuando la canta, es tan desafiante!!! Ella sabe de intensidades. La esperaban en lo de un amigo para ir a la fiesta. - Es un cuelgue Aura, si dijo que ya salió, se debe estar maquillando todavía... ¿abrimos una birra hasta que caiga? - Dale de una, me re va! ¿Viste que no toma ella? - ¿Nada de nada o solo birra? - Nada, cero alcohol ¿Raro no? Bueno, todos tenemos nuestros mambos... igual no hay apuro, caemos cuando caemos a la fiesta... La caminata no tenía apuro, eran unas 12 o 15 cuadras. Caminar, pensar y escuchar música a la vez lleva su tiempo... - A veces creo que los músicos de la actualidad son los filósofos contemporáneos. Drexler sabe de Spinoza, de Epicuro, de Althusser y su materialismo aleatorio: "... igual que hace millones de siglos en un microscópico mundo distante se unieron, dos células cualquiera. Instinto dos seres distintos... Dulce magnetismo dos cargas opuestas buscando lo mismo". ¡Es muy genial! Bueno el Indio también: "un angel para tu soledad" te habla de esa servidumbre por la que luchamos y perseguimos como si  se tratase de algún ejercicio de  libertad. Esta bueno lo que acabo de flashear, cuando llegue lo voy a tirar como polémica con los pibes... Tenía ganas de salir de casa un poco, veremos en qué decanta la noche... No es tarde, ni estoy lejos, la estoy pasando bien aunque creo que estoy muy mambeada en general ¿Qué piso era? Lo tengo anotado en la libreta de escritura del celular, que geniales estos bichos mal que nos pese... a ver a sí "10 d". En eso un falcon verde cruza la avenida Belgrano, cruzó con todo, la gente está loca- pensó Aura. Que con semejantes auriculares, solo escuchaba la música y sus pensamientos. Se veía al hombre del auto mover los labios, como gritando algo, no se preocupó mucho por el contenido y siguió el paso. Si sigo así, no llego más- pensó. La cuadra siguiente estaba sumamente oscura, era de esas cuadras que uno camina con paso agitado, esperando ver más luz al llegar a la esquina próxima. Lo inquietante es que esto nunca pasó, Aura no llegó nunca a la luz, la próxima esquina sólo se alejó, se movió, se murió, desapareció... Algo me dice que Aura también. Entre... Entre el chillido de un motor que frena de golpe Entre los gritos de una chica que siente un golpe Entre empujones y aceleradas que no paran Entre: nena no digas nada, quedate callada Entre fabiana cantilo y el silencio Entre voces extrañas, cuerdas y amenazas transcurrió esa noche. Lo que vino después no tiene palabras, no tiene extensión, no tiene sentido y no cabe el morbo de describirlo en detalle más que con un espacio de silencio... para que cada quien esboce algo de lo que ocurrió... Así debiera terminar el cuento para que ustedes entiendan lo que pasó, para que intenten figurarlo, para  que lo  acoten como para poder dormir a la noche, sin pesadillas.  No existen palabras de este mundo que describan lo que allí pasó, pero existe gente dispuesta a alojar las que se puedan pronunciar y existe otra gente que no... El tiempo como suspensión, ya no es tiempo ¿Qué pasa cuando te suelta la mano el tiempo? ¿Seguís vivo? ¿Estás? ¿Sos? ¿Qué pasa con el arrebato de una vida? ¿Con la muerte? ¿Qué pasa cuando queda sólo un cuerpo que camina? Que funciona sólo en su disfuncionalidad, marcado de cicatrices que lo constituyeron y destruyeron en distintos tiempos y temporalidades. ¿Existe el espacio cuando te vendan los ojos? ¿Existe el otro cuando es sólo una voz que te hostiga o que calla? ¿Qué queda del existir después de esto? ¿hay después de esto? Aura sos vos, soy yo, sos vos y yo, somos todos lo que permitimos el arrebato de un alma, de una potencia de lo que podría ser y que por algún maldito "algo" no llega a ser... o hace lo que puede, con lo que queda: Lo que queda del día, lo que queda del cuerpo, lo que queda de la ciudad, lo que queda de los amores, lo que queda del alma, lo que queda de la memoria, lo que queda de ganas. En fin, lo que queda. (M. E. Walsh historias del parque) Con ese puro dolor de existir, aunque no se sepa para nada el porqué de esa existencia… ¿Por qué algunos cuerpos sobreviven y otros no?- se preguntan sobrevivientes. ¿Qué se hace con tanto odio que ha atravesado un cuerpo?- se preguntan quienes acompañan. ¿Cuántas huellas acalladas soporta un cuerpo?- se preguntan descendencias, que saben y no saben de los dolores que recorrieron esos cuerpos. ¿El Amor vence al Odio?

  • Golpes / Virginia Woolf

    Al hacerse mayor se adquiere, gracias a la razón, un mayor poder para encontrar explicaciones, y que la explicación amortigua la fuerza del golpe de un martillo de herrero. Creo que esto es verdad, pues a pesar de que tengo la característica de recibir esos golpes bruscos, ahora son siempre bienvenidos; después de la primera sorpresa, siempre siento al instante que son especialmente valiosos. Y de ahí paso a suponer que mi capacidad de recibir golpes es lo que me hace escritora. A modo de explicación me atreveré a decir que en mi caso el golpe va siempre seguido del deseo de explicarlo. Siento que he recibido un golpe; pero no se trata, como ocurría siendo niña, simplemente de un golpe asestado por un enemigo oculto tras el algodón en rama de la vida cotidiana; es, o llegará a ser, una revelación de un determinado orden; es una muestra de la existencia de algo real que se encuentra detrás de las apariencias; y yo lo hago real al expresarlo en palabras. Solo expresándolo en palabras le doy el carácter de algo íntegro, y esta integridad significa que ha perdido el poder de causarme daño; me produce un gran placer juntar las partes separadas. Tal vez se deba a que, al hacerlo, elimino el dolor. Quizá sea el placer más fuerte que conozco. Es el entusiasmo que siento cuando al escribir tengo la sensación de descubrir qué pertenece a qué, conseguir que una escena salga bien, hacer que un personaje quede completo. De ahí llego a lo que bien pudiera llamarse una filosofía, de todas maneras se trata de una idea constante en mí; la idea que de detrás del algodón se oculta un modelo, una pauta; de que nosotros —y quiero decir todos los seres humanos— estamos relacionados con ello; de que el mundo entero es una obra de arte, de que somos parte de una obra de arte. Hamlet o un cuarteto de Beethoven son la verdad acerca de esa vasta masa a la que llamamos mundo. Pero no hay Shakespeare, no hay Beethoven; con toda certeza y rotundamente, no hay Dios; nosotros somos las palabras; nosotros somos la música; nosotros somos la cosa en sí misma. Y esto lo veo cuando recibo un golpe. Fuente: Woolf, Virginia (1976). Momentos de vida. Traducción: Andrés Bosch. Editorial Lumen, 2006.

  • “Veamos qué lenguaje nos hace sentir mejor con nuestras vidas” / Entrevista a Judith Butler

    Lo primero que hice al leer el nuevo libro de Judith Butler, ¿Quién teme al género? [Who’s Afraid of Gender?], fue buscar la palabra "fantasma", que aparece cuarenta y un veces solo en la introducción. (Refiere a una ilusión; la del "fantasma del género", una amenaza arraigada en el miedo y la fantasía.) Lo segundo que hice fue reírme a carcajadas con el título, porque la respuesta a la pregunta de quién le teme al género era... bueno, ¿yo? Incluso para alguien que ha escrito sobre género y feminismo durante más de una década, y que una vez ostentó el título de editora de género de este diario, hablar sobre género hoy en día puede resultar tan tenso, tan politizado, tan atrapado en una guerra de palabras que el debate, o incluso la conversación, parecen imposibles. Quizás yo sea el tipo de lectorx al que va dirigido el libro de Butler, en el que le filósofe desmantela cómo el género se ha construido como una amenaza en todo el mundo moderno: para la seguridad nacional en Rusia [1]; para la civilización, según el Vaticano [2]; para la familia tradicional estadounidense; para proteger a lxs niñxs de la pedofilia y el grooming [acoso sexual por medio de internet], según algunos conservadores. En resumen "género", al parecer, tiene el poder de enloquecer a la gente de miedo. El último libro de Butler llega más de tres décadas después de que su primer y más famoso libro, El género en disputa (1990), llevará la idea del género como performance al mainstream. Resulta que Butler, que ha escrito quince libros desde entonces, nunca tuvo intención de volver sobre el asunto, ni siquiera en plena guerra cultural. Pero entonces lo político se convirtió en personal: Butler fue atacade físicamente en 2017 mientras daba una conferencia en Brasil, y manifestantes quemaron un cartel con su imagen al grito de "¡Llevate tu ideología al infierno!". Esta conversación ha sido condensada y editada para mayor claridad. ¿Alguna vez pensaste que verías un mundo en el que tus ideas estuvieran tan difundidas… y tan cargadas de tensión? Cuando escribí El género en disputa (1990) era profesore en la universidad. Estaba dando clases, intentando trabajar en este libro que pensaba que nadie iba a leer. Aun así, sabía que no estaba hablando solo por mí; había otras personas que eran fuertemente feministas y también lesbianas o gays que intentaban entender el género de maneras que no siempre eran bienvenidas. Pero, en la actualidad, la gente que le teme a mis ideas es la que no me lee. En otras palabras, no creo que sean mis ideas lo que les da miedo. Han inventado otra cosa, una especie de fantasía sobre lo que pienso o lo que soy. Y, por supuesto, no son solo mis puntos de vista lo que se caricaturiza, sino al género de manera más amplia: los estudios de género, las políticas que hacen foco en el género, la discriminación de género, el género en la atención de la salud, cualquier cosa que venga con "género" es una perspectiva aterradora, al menos para cierta gente. Entonces... ¿Quién le teme al género? Es gracioso, tengo un amigo, unx teóricx queer, al que le dije el nombre del libro y me dijo: “¡Todxs! ¡Todo el mundo le teme al género!". Lo que está claro para mí es que hay una serie de fantasías extrañas sobre lo que es el género, lo destructivo que es y cuán aterrador resulta, que varias fuerzas han puesto en circulación: Viktor Orban, Vladimir Putin, Giorgia Meloni, Rishi Sunak, Jair Bolsonaro, Javier Milei, y por supuesto Ron DeSantis, Donald Trump y un montón de padres/madres y comunidades de estados como Oklahoma, Texas y Wyoming, que están tratando de aprobar leyes que prohíban la enseñanza de género o la referencia al género en los libros. [3] Obviamente, esa gente le tiene mucho miedo al género. Le atribuyen un poder que en realidad no creo que tenga. Pero también lo hacen lxs feministas que se llaman a ellxs mismxs "críticxs del género", o quienes son transexcluyentes, o quienes han tomado posturas explícitas en contra de las políticas trans. ¿Podrías describir qué te impulsó a retomar este asunto? Tenía que viajar a Brasil para una conferencia sobre el futuro de la democracia. De antemano, me contaron que había manifestaciones públicas en contra de que yo hablara, y que se centraban en mí porque soy la "papisa", la mujer papa, del género. No estoy muy segure de cómo llegué a obtener esa distinción… pero aparentemente la tengo. Llegué temprano al lugar donde se hacía el evento y podía escuchar a las multitudes afuera. Habían hecho una imagen monstruosa de mí con cuernos −lo que me pareció abiertamente antisemita−, con los ojos rojos y una especie de mirada demoníaca, y con una bikini. O sea, ¿por qué la bikini? Como sea, quemaron ese cartel con mi imagen. Y eso me asustó de sobremanera. Y luego, cuando mi pareja y yo nos estábamos yendo, fuimos atacades en el aeropuerto: una mujer se vino encima mío con uno de los carros de valijas mientras gritaba cosas sobre pedofilia. No pude entender por qué. Le agradeciste al joven que interpuso su cuerpo entre vos y la atacante, recibiendo golpes. ¿Era la primera vez que escuchabas esa asociación con la “pedofilia”? Dando una conferencia sobre filosofía judía, alguien en el fondo de la sala gritó: "¡Saquen sus manos de nuestros niños!". Pensé: ¿qué? Más tarde me dí cuenta de la forma en que funciona el movimiento antigénero: si rompés el tabú contra la homosexualidad, si estás de acuerdo con el matrimonio entre gays y lesbianas, si aceptás la “reasignación de sexo”, entonces te apartaste de todas las leyes de la naturaleza que mantienen intactas las leyes de la moralidad, lo que significa que es una caja de Pandora de la cual surgirá todo el conjunto de perversiones. [4] Mientras me preparaba para entrevistarte, recibí una alerta de noticias sobre el acuerdo "No digas gay” [Don't Say Gay] en Florida, que dice que las escuelas no pueden enseñar sobre temas LGBTQ+ desde jardín de infantes hasta octavo grado, aunque aclarando que está permitido hablar de ellos. Vos escribís que las palabras se han "figurado tácitamente como reclutadoras y abusadoras", lo que está detrás del esfuerzo por eliminar este tipo de lenguaje de las aulas. Enseñar género, o teoría crítica de la raza, o incluso estudios étnicos, es caracterizado habitualmente como formas de "adoctrinamiento". Entonces, por ejemplo, esa mujer que me acusaba de apoyar la pedofilia, sugiere que mi trabajo o mi enseñanza sería un esfuerzo de "seducción" o "grooming". En mi experiencia como docente, las personas están discutiendo entre sí todo el tiempo. Hay tanto conflicto. Es caótico. Suceden muchas cosas, pero el adoctrinamiento no es una de ellas. ¿Qué podrías decir sobre la deformación del lenguaje en las izquierdas? Mi versión de la política feminista, queer y transafirmativa no consiste en hacer de policía. No creo que debamos convertirnos en policías. Me da miedo la policía. Pero creo que un montón de gente siente que el mundo está fuera de control, y que un lugar donde pueden ejercer cierto control es el lenguaje. Y parece que entonces entra en juego el discurso moral: llamame así. Usá este término. Estamos de acuerdo en utilizar este lenguaje. Lo que más me gusta de lo que hace la gente joven −y no solo lxs jóvenes, aunque ya todxs son jóvenes para mí− es la experimentación. Me encanta la experimentación. Decir: ¡Ey, inventemos un nuevo lenguaje! Juguemos. Veamos qué lenguaje nos hace sentir mejor con nuestras vidas. Pero creo que necesitamos tener un poco más de compasión por el proceso y sus ajustes. Quisiera que nos tomemos un momento para hablar sobre categorías. Habitaste varias, butch [marimacho], queer, mujer, no binarie, pero también dijiste que sospechás de ellas. Cuando escribí El género en disputa, abogaba por un mundo en el que pudiéramos pensar en la proliferación de géneros, más allá del típico binario hombre-mujer. ¿Cómo se vería eso? ¿Qué podría ser? Cuando la gente empezó a hablar de ser no binarie pensé, bueno, es eso lo que soy. Yo estaba intentando ocupar ese espacio entre las categorías existentes. ¿Seguís creyendo que el género es "performance"? Después de que se publicara El género en disputa, hubo algunxs miembrxs de la comunidad trans que tuvieron problemas con él. Entonces pude ver que mi enfoque, que llegó a denominarse “enfoque queer" −lo que era un tanto irónico de cara a [cuestionar] las categorías− para algunas personas no estaba bien. Ellxs necesitan sus categorías, necesitan que sean correctas, y para ellxs el género no se construye ni se performa. No todo el mundo quiere movilidad [en su vivencia del género]. Y creo que ahora lo tengo en cuenta. Y al mismo tiempo, para mí, la performatividad es estar representando quiénes somos, tanto nuestra formación social como lo que hemos hecho con esa formación social. Por ejemplo, mis gestos: no me los inventé de la nada, hay una historia de judíxs que los hacen. Estoy dentro de algo construido social y culturalmente. A la par, encuentro mi propio camino en ello. Y siempre he sostenido que tanto estamos formadxs como que nos formamos a nosotrxs mismxs, y eso es una paradoja viva. ¿Cómo define “género” hoy en día? Bueno, vaya pregunta. Supongo que he revisado mi teoría de género, pero ese no es el punto de este libro. Lo que quiero decir es que la "identidad de género" no es todo lo que entendemos por “género": es un elemento que pertenece a un conglomerado de elementos. El género es también un marco −un marco muy importante− en Derecho, en política, para pensar cómo se instituye la desigualdad en el mundo. Este es tu primer libro [publicado en Estados Unidos] con una editorial no académica. ¿Fue una decisión consciente? Sí, claro. Quería llegar a la gente. Es curioso, porque muchas de tus ideas sí llegan a la gente, aunque en fragmentos de la era internet. Pienso, por ejemplo, en esas remeras que dicen “el género es unx drag” [gender is a drag] o en [el meme de] "Judith Butler explicada con gatos". Me llama la atención que mucha gente que dice haberte leído en realidad solo leyó la descripción del posteo de instagram en el que aparecés. Bueno, no lxs culpo por no haber leído ese libro. Era áspero. Y algunas de esas frases son verdaderamente imperdonables. Espero no haber hecho eso en ¿Quién teme al género?. Siento que estoy más en contacto que antes con la gente que se está moviendo en el territorio a nivel mundial. Y eso me gusta. [5] Notas: [1] En diciembre de 2023 la Corte Suprema de la Federación Rusa prohibió al movimiento de lesbianas, gays, bisexuales, trans*, intersex y otras identidades no hetero-cis-normadas (LGBTI+) internacional por considerarlo “extremista”, impidiendo sus actividades públicas y organización en todo el país. Casi en simultáneo, razzias policiales en las ciudades que concentran mayor cantidad de habitantes, Moscú y San Petersburgo, ingresaron a bares y clubes LGBTI+ logrando incluso su clausura, a causa de oficiales de policía citando el fallo de la Corte. Ver más en la página de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (en inglés). [Nota de la traducción] [2] En su más reciente expresión del viernes primero de marzo de 2024, en la conferencia internacional ‘Hombre-Mujer Imagen de Dios. Por una antropología de las vocaciones’, el Papa Francisco calificó a los estudios de género como el peligro más feo y desagradable que amenaza la humanidad: "Pedí estudios sobre esta fea ideología de nuestro tiempo, que borra las diferencias y hace que todo sea igual; borrar la diferencia es borrar la humanidad. El hombre y la mujer, en cambio, se mantienen en fecunda tensión”. Idéntica posición ya había sido planteada en 2019, cuando la Congregación para la Educación Católica publicó un documento titulado "Varón y mujer los creó. Para una vía de diálogo sobre la cuestión del gender en la educación". Leer más en la nota de prensa “La ideología de género, el peor peligro de nuestro tiempo” (1/3/2024) de Vatican News, la agencia oficial de noticias del Vaticano. [N. de la t.] [3] Se refiere a una serie de líderes mundiales conocidxs por sus declaraciones abiertamente en contra de la “ideología de género” y, particularmente, de la diversidad sexo-género-corporal, cuando no sustancialmente xenófobas y racistas. Respectivamente: al primer ministro de Hungría desde 2010, Viktor Orbán; el presidente de Rusia desde 2012, Vladimir Putin; la Presidenta del Consejo de Ministrxs de Italia desde 2022, Giorgia Meloni; el primer ministro de Inglaterra desde el mismo año, Rishi Sunak; el expresidente de Brasil 2019-2023, Jair Bolsonaro; el presidente actual de Argentina 2023-2027, Javier Milei; el expresidente estadounidense 2017-2021, Donald Trump; el gobernador del estado de Florida desde 2019, Ron DeSantis; y las comunidades de estados del centro y sur de EE. UU. Oklahoma, Texas y Wyoming. [N. de la t.] [4] Una lectura crítica y sólidamente argumentada respecto del problema del movimiento anti(ideología de)género puede leerse en un breve texto escrito por Butler, titulado para el suplemento Soy de Página 12 “No disparen contra la ideología de género” (8/2/2019), traducido por Romina Rekers y Julia Bloch del publicado originalmente por la revista londinense The New Statesman (“The backlash against ‘gender ideology’ must stop”, 21/1/2019) y de primera aparición en castellano en la Revista Bordes. [N. de la t.] [5] El 6 de junio de 2023 Butler presentó una conferencia pública en la Universidad de Cambridge (Inglaterra) con el mismo título del libro, “Who’s Afraid of Gender?”, donde amplía y complejiza lo expresado en esta entrevista frente a un auditorio entre quienes se encontraba, por ejemplo, Sara Ahmed (“Judith Butler's public lecture at University of Cambridge 2023”, disponible solo en inglés). [N. de la t.] Fuente: Entrevista realizada por Jessica Bennet, publicada con el título “Judith Butler piensa que estás sobreactuando” el 24 de marzo de 2024 en la edición No. 60.103 del New York Times. Traducción y notas: Joaquín Allaria Mena. Esta traducción se realiza únicamente con fines académicos.

  • El secreto (2007) selección / Claudia Masin

    Las voces de las mujeres que se fueron dicen cosas todavía. Pequeñas cosas acerca del funcionamiento del hogar, secretos para que todo siga andando sin ellas como si ellas todavía anduvieran, silenciosas y diligentes, caminando por la casa. De la casa sólo quedan ruinas, campo ralo donde uno, o unos pocos, sobreviven se miran a sí mismos o entre sí sin entender qué cosa es la que falta. … Decía: cuando se rompe un objeto querido que guardábamos en un lugar secreto de la casa, el mundo entero pierde el orden que tenía hasta entonces. Cada cosa que hemos tocado con la delicadeza del amor, al desaparecer se lleva nuestras huellas, nos arroja consigo allá lejos, donde es abandonado aquello que ya no es útil, que está incompleto. Decía: dónde vivir si se ha roto... decía algo acerca de las cosas que se quiebran, cosas en las que una había aprendido a vivir, no se sabe cómo, porque eran tan pequeñas algunas que cabían en la palma de una mano, y otras ni siquiera podían ser vistas o tocadas. Decía, sin embargo, que esas cosas eran más poderosas que el principio de gravedad cuando se trataba de mantener un cuerpo anclado a la tierra. …. Decía: a veces, cada vez con más frecuencia, olvido cosas. Pierdo algo que un segundo antes había dejado sobre la mesa, cuento una historia de mi infancia una vez y al poco rato la repito textual: por la expresión cansada de los otros me doy cuenta. Mi vida es como esos sueños que tienen los chicos cuando se duermen bajo un árbol, a la siesta: luminosos y frágiles, llenos de pequeños y leves incidentes que al despertar-no se recuerdan. Decía que algunas veces, cada vez más seguido, olvida cosas. Yo quisiera recordárselas, pero no sé cuáles son esas cosas que viven en su cuerpo, cuáles incluso ella preferiría que no le fueran mencionadas por nadie, porque quizás le ha llevado años hacer ese arduo y minucioso trabajo de olvido, por un camino que no desea desandar. …. Dice: ahora soy una pendiente por donde cae la dicha, a veces frágil, de no tener la pena de mi cuerpo atada a mi. Dice que el hilo se ha roto y, suelta al fin, ya no responde a fuerza alguna que se quiera ejercer sobre ella. Que ahora es ligera y joven otra vez, y habla en voz muy alta, y como ya no le da miedo por las noches sale a ver cómo era el mundo que perdió. …. Dice: ya no hay nada que temer. Si cosas tan frágiles como el olor de la tierra mojada, permanecen, y hasta crecen, en medio de la tormenta, es porque lo invisible está a salvo de la prepotencia. Fuente: El secreto (2007) en La desobediencia. Poesía reunida. Resistencia, ConTexto Libros. 2018.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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