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Depresiones y hastíos / Marcelo Percia

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 2 ene
  • 5 Min. de lectura

Desde que Antonin Artaud (1947) escribió Van Gogh, el suicidado por la sociedad o desde que Vicente Zito Lema (2022) escribió "Fuegos mentales. La novela del poeta en el hospicio", se sabe que depresiones y hastíos participan de revueltas de la vida en común.


Las notas que siguen se arrepienten de sus enunciados seguros. Sólo se presentan en la intimidad de una conversación que las objeta, o las admite como juego del pensar, o las sabe venidas de balbuceos. Casi al final se insinúa una pregunta: ¿asoman lucideces en depresiones y hastíos?


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Depresiones se confunden con hastíos. Hastíos se confunden con depresiones.


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Depresiones se abrazan a lo perdido. Hastíos no tienen ganas de abrazos.


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Depresiones se adhieren al desencanto. Hastíos esperan algo (aunque no saben qué ni cómo) que vuelva a encantar la vida.


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Depresiones aprovechan el hoy no hice nada para reprochar una falta imperdonable. Hastíos sólo constatan un día más.


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Depresiones no tienen ganas de vivir, hastíos sólo viven.


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Depresiones se protegen de la falta de sentido hundiéndose en esa falta. Hastíos no dramatizan el vacío. Admiten el sinsentido de la existencia. Su gratuidad sin propósito.


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Depresiones, para defenderse del dolor y de la tristeza por lo perdido, practican auto ensañamientos. Hastíos no participan de ese gusto.


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Depresiones advierten la insipidez. Rechazan mínimos amaneceres del ánimo. Instan a tocar fondo. Hastíos no hacen reproches a la vida.


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Depresiones, al cabo, sienten lo perdido como privación merecida. Se infligen castigos. Hastíos no gastan tiempo en recriminaciones.


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Depresiones coleccionan decepciones. Hastíos coleccionan granos de arena en un inmenso reloj.


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Depresiones sostienen que la vida ha sido injusta con ellas. Llevan una queja adherida a la piel. Antes que tristeza sienten rencor. Hastíos cumplen el ritual diario sin motivaciones.


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Depresiones cultivan reproches y mortificaciones. Rastrillan alrededor de un ideal resquebrajado. Hastíos no se asoman al jardín.


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Depresiones pagan deudas que aumentan con cada pago. Hastíos se sienten inmunes a las demandas.


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Depresiones quedan atrapadas en la telaraña de sometimientos que ellas mismas tejen. Padecen tiranías del éxito, a la vez que las consienten. Ejercen la hostilidad como función correctora. Actúan como si la voracidad, que antes vivía ansiosa por obtener logros, ahora gozara con el desprecio. Hastíos se desentienden de esos rollos.


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Depresiones, sumergidas en recriminaciones, rechazan caricias. Secan iniciativas, marchitan deseos, escarchan la piel del cariño. Se niegan a la palabra humedecida por otra boca. Hastíos sólo besan por encargo.


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Depresiones demandan su derecho al paraíso. Relatan una y otra vez injustas caídas. No conciben la vida descendida de las cumbres. Hastíos no creen en promesas.


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Depresiones se culpabilizan, hastíos no tienen energía para reproches.


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Depresiones viven haciendo demandas al pasado. Sólo admiten un futuro que restituya lo perdido. Hastíos transcurren en un presente que se alarga y repite.


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Depresiones después de despotricar por incompetencias personales y deficiencias de la voluntad, se declaran enojadas con la vida. Dicen: “no vale la pena hacer nada por esta sociedad de mierda”. Hastíos alguna vez intentaron hacer un compost con podredumbres, pero después de un tiempo se aburrieron.


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Depresiones se fustigan por enfermarse, por la edad, por no haber conquistado una mejor posición social. Hastíos se aburren pensando esas cosas.


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Depresiones desafían y coquetean con la muerte. Hastíos conjeturan la muerte como lo mismo que ahora, pero sin perspectiva de un mañana.


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Depresiones pasan de la omnipotencia a la impotencia. Hastíos sienten adormecidas las potencias.


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Depresiones llevan el sabor a fracaso en la boca. Hastíos acaso sienten el gusto del agua cuando sorben un cubito de hielo en un vaso de whisky.


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Depresiones se atormentan. Hastíos consultan el pronóstico del tiempo. Sin confiar mucho en eso.


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Depresiones piden pastillas cuando ya no soportan sus tormentos. Hastíos descubrieron que el desgano puede funcionar como un poderoso calmante.


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Depresiones demandan no sentirse así. Hastíos están cansados de imaginar otra forma de sentir la vida.


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Depresiones, al cabo, reinan caprichosas y altaneras. No dejan de lamentarse por hazañas que no pudieron cumplir. Hastíos no sienten necesidad de mover un dedo.


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Depresiones se hunden deseando que el mundo se hunda con ellas. Hastíos, cada tanto, dan manotazos de ahogado para seguir respirando.


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Depresiones inhabilitándose a sí mismas facilitan depuraciones requeridas por el capitalismo. Hastíos también contribuyen a las depuraciones.


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Depresiones tienen la certeza de que lo que les ocurre seguirá ocurriendo todavía peor. Hastíos, ¿otean un porvenir más allá del alto muro del tedio?


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Depresiones y hastíos, ¿engendran furias capaces de subvertir lo establecido?


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Depresiones sufren, a la vez que consienten lo que les hace daño. Hastíos, que comienzan aplastando arañitas de puros aburridos, ¿podrían participar de matanzas por el sólo gusto de entretenerse?


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Depresiones y hastíos, ¿transportan lucideces?


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Depresiones eternizan el desánimo. Tienen visiones de los horrores del mundo, pero ello no las lleva a la protesta, sino a sumar más dolor a lo que les duele. Hastíos desean otra cosa; pero, a veces, ante esa otra cosa, sienten lo mismo.


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Depresiones prefieren la depresión sin fin antes que la inquietud de la espera. Hastíos, ¿esperan que alguna vez no suceda lo mismo de siempre?


¿El cántaro del hastío va tantas veces a la misma fuente que, al final, se rompe?


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Lucideces admiten discontinuidades que depresiones no conocen.

Discontinuidades atenúan crudezas de la claridad, aunque esas pausas y ánimos muchas veces no alcancen.


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Lucideces practican la atención, depresiones las alertas, hastíos las indiferencias.


Depresiones y hastíos, por momentos, alojan lucideces que denuncian malestares de la vida en común. Pero, mientras depresiones se convencen de que todo seguirá igual (o peor), lucideces permanecen atentas a las sorpresas que, cada tanto, da la vida. Hastíos, cada tanto, acaso hagan lugar a alguna sorpresa.


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Depresiones, detenidas en el desencanto, conducen a la abyección. A la ruindad de sí. No a la rebelión ni a la protesta.


Hastíos, quizás, se presenten como estados de tránsito, de espera, de descanso, de pausa. Mientras tanto que lo que está pasando, pase. Aunque después no se sepa cómo ni con quiénes ni hacia dónde.


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Depresiones quieren morir. Hastíos quieren vivir. No saben por qué ni para qué, pero quieren.


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Depresiones sólo admiten la escabrosa aventura de la hostilidad contra sí. Hastíos, tal vez, se alfabeticen (sin que nadie lo detecte) en futuras lenguas insurgentes.


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PD.

Podríamos pensar el desgano que sentimos no como falta de deseo, sino como deseo que se rehúsa a vivir así.


MP ÷, sin título, fines de diciembre 2025…
MP ÷, sin título, fines de diciembre 2025…

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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