Cincuenta aƱos / Marcelo Percia
- Revista Adynata
- 4 abr
- 14 Min. de lectura
Cincuenta aƱos sosteniendo una pregunta: Āæpodremos impedir que el encanto de lo comĆŗn desaparezca? ĀæAcaso podrĆamos vivir sin ese contento de las cercanĆas?
Para NicolĆ”s Casullo, el desencanto del mundo no sólo tenĆa que ver con su mecanización, burocratización, homogenización mediĆ”tica y empaquetamiento para el consumo. PonĆa el acento en el olvido. Un mundo sin memorias de emancipación, sin la alegrĆa de las revueltas, sin estĆ©ticas de las disidencias, sin las afectividades de las demasĆas, apenas continuaba como una mera inercia giratoria.
Cincuenta aƱos sintiendo que nos estƔn engaƱando. Sabiendo que se puede decir cualquier cosa y creer en cualquier cosa. Sabiendo que se trata de decidir quƩ y con quiƩnes creer. Y sabiendo que el quƩ de la creencia no importa tanto como el con quiƩnes.
Medio siglo insistiendo en que el lenguaje no interesa como información, sino como comĆŗn afectación. No hablamos para colgar datos de las paredes, sino para nutrir la tierra y los dĆas con nuestras conversaciones.
La nave del sentido no se piensa como embarcación solitaria dentro de una botella de vidrio o frente a muchas pantallas simultÔneas. La nave del sentido navega contra la corriente del sentido común. Naufraga muchas veces. Se hunde poblando la superficie de sus inquebrantables restos.
Cincuenta aƱos diciĆ©ndonos el Ćŗltimo verso de Soy un arlequĆn, de Enrique Santos DiscĆ©polo, que dice: āĀ”CuĆ”nto dolor que hace reĆr!ā.
La risa del dolor como inocente escondite de lo que duele.
ĀæDónde te duele la vida? Con esta pregunta comienza la clĆnica. Con esta pregunta, que suelta la clĆnica, comienza la soledad.
Ā”QuĆ© curioso: la misma pregunta con la que se reinicia la polĆtica!
Edgardo Gili solĆa decir, tras la crisis del 2001, que la polĆtica transforma el desamparo en una forma de vecindad.
Cincuenta años regando una rama seca que floreció y se secó muchas veces.
El sacrificio de AndrĆ©i Tarkovski (1986) comienza cuando un padre y un hijo plantan un Ć”rbol seco en una playa desierta. Mientras trabajan, el padre relata a su hijo la historia de un monje que vivĆa en un monasterio ortodoxo que una vez plantó un Ć”rbol muerto en la ladera de una montaƱa. El monje pidió a su discĆpulo que subiera a la colina cada dĆa y que regara la rama marchita hasta que volviera a la vida. Cada maƱana, el joven discĆpulo llena un balde con agua y asciende durante horas hasta la cima para regar el Ć”rbol sin vida. Durante aƱos repite el mismo ritual. Hasta que en un hermoso dĆa sube hasta la alta colina y encuentra el Ć”rbol cubierto de flores.
AsĆ vivimos convencidos de que si dĆa tras dĆa realizamos la ceremonia de la vida, el mundo no desaparecerĆ”.
Cincuenta aƱos atesorando sabidurĆas de los desiertos.
Nietzsche escribe hacia el final del siglo diecinueve: āEl desierto creceā. Heidegger, a propósito de esa proposición, piensa que se refiere a la desertificación. Dice que la desertificación resulta peor que la destrucción porque, mientras la destrucción afecta a lo construido, la desertificación imposibilita cualquier construcción futura.
Pero, los desiertos no estĆ”n desiertos: estĆ”n habitados por vidas y perseverancias que no sabemos. En los desiertos la vida resiste. Como sucede con el cardón que acumula durante siglos mĆnimas gotas de improbables lluvias. O como hacen las semillas que esperan bajo la arena una humedad sĆŗbita. O lĆquenes y musgos invisibles que acompaƱan el insomnio de los suelos. O reptiles que practican el mimetismo con las inmóviles rocas. O diminutos insectos que beben en la niebla y se guarecen en las infrecuentes sombras.
Cincuenta años sintiendo que con cada desaparición, con cada injusticia, con cada crueldad, con cada bala, con cada cÔrcel, con cada bomba, el mundo que quisimos muere. Y, sin embargo, teniendo la convicción de que, con cada acto de cuidado, el romance de la vida con el deseo se reinicia.
Pedro Orgambide dijo al volver de su exilio en MĆ©xico en 1983: āEscribo para que la muerte no tenga la Ćŗltima palabra. Escribo para rescatar del olvido los rostros, las voces, los gestos de los que ya no estĆ”n. Es mi forma de cuidar lo que amamosā.
Cincuenta aƱos intentando la prƔctica de una escritura sin universales masculinos ni recurrencias a la segura idea de sujeto.
Una lengua mÔs allÔ de los géneros, no como gesto gramatical inclusivo, sino como habla de la desposesión, la impertinencia, la desidentificación.
Un habla infinitiva, antes de toda ficción de sujeto. Un habla impersonal protagonizada por las afectividades. Un habla de la espera, la demora, la ausencia, la cercanĆa, la distancia, el azar, el deseo. Un habla que se prefiere femenina, mientras tanto.
Lo femenino no como concesión, cortesĆa o sustitución, sino como lugar donde buscar el desgarro vivo de una lengua no colonizada.
Un habla femenina, como imaginaba Hélène Cixous (1975), que reponga la desquicia de los nombres y las propiedades.
Cincuenta aƱos proclamando el derecho a la consternación y al abatimiento. Pero no sólo para padecer o declarar quĆ© mal nos sentimos, sino para tener la oportunidad de pensar, en estados de consternación y abatimiento, teniendo con quiĆ©nes palpar sus astillas polĆticas.
Cincuenta años constatando que, mientras sigamos pensando cómo vivir sin dañar la vida, el mundo renace.
Escribe Juan Carlos De Brasi (1994): āLa consternación no es el final del pensamiento, sino su comienzo necesario cuando el mundo se torna ilegible. Pensar en comĆŗn es palpar la herida para que la cicatriz no sea olvido, sino memoria activa de lo que aĆŗn puede serā.
Cincuenta años ordenando escombros. Rememorando cómo ocurrió el mundo que colapsa. E imaginando cómo ocurrirÔ cuando lo hagamos de nuevo.
Cincuenta años agitando el derecho a tener mÔs de una opción. El derecho a no tener que caer en el capitalismo de los consumos y de las sustancias. El derecho a la embriaguez de un común estar que no daña.
Cincuenta aƱos en las orillas incómodas de esta pregunta: Āæen quĆ© momento la palabra derechaĀ recuperó un prestigio que ya no tenĆa?
No se trata sólo de los gobiernos, sino de derechas de la sensibilidad.
Derechas que no quieren tener nada que ver con las debilidades; derechas que sienten la vida en común como obstÔculo; derechas que proclaman la muerte de las milenarias lenguas del cuidado; derechas que niegan catÔstrofes del aire, de la tierra, del agua, del fuego.
Medio siglo diciendo que no estÔn avanzando las derechas, sino que estÔn como estuvieron siempre: amplificando el sentido común que tiene respuestas para todo y revistiendo miedos con indolencias.
NicolĆ”s Casullo (2007) solĆa decir que el pensamiento de las derechas se enhebra como un compendio del sentido comĆŗn.
Cincuenta años atesorando legados de los años sesenta y setenta. Uno: se necesita pasar de un enojo contra la vida en común a un común enojo contra los poderes que nos privan de la confianza en la proximidad.
Sin olvidar que el deseo de un comĆŗn vivir supone saber lo difĆcil y dramĆ”tico que, a veces, resultan las cercanĆas.
Cincuenta aƱos preparƔndonos para la muerte del capitalismo.
Walter Benjamin (1940) escribe en el Libro de los pasajes: āLa experiencia de nuestra generación: que el capitalismo no morirĆ” de muerte naturalā.
El capitalismo caerĆ”: por una gran revuelta planetaria. O por saturación y hastĆo de sus repeticiones mortĆferas; o porque la tierra, el agua, el aire y los bosques digan basta; o porque ya habrĆ” caĆdo, sin que nos diĆ©ramos cuenta, cada vez que alguien pronunció la frase: āsi necesitĆ”s, contĆ” conmigoā.
Cincuenta aƱos discutiendo la sentencia que dice que āResulta mĆ”s fĆ”cil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismoā.
Insistiendo en que cuando sintamos mƔs dolor por el fin del mundo que por el hecho de renunciar a los juguetes y golosinas del capitalismo, estaremos ante su final.
Cincuenta aƱos escuchando que siempre se puede estar peor. Que estamos viviendo tiempos de catƔstrofes y que no queda margen, banquina, orilla, para descansar.
La palabra catÔstrofe tardó en lengua castellana en significar desastre, calamidad, siniestro, ruina.
El Diccionario de AutoridadesĀ definĆa, en 1729, catĆ”strofeĀ como āla Ćŗltima parte de la fĆ”bula, tragedia, o comedia, en la cual los enredos, maraƱas y suspensiones, en que ha estado afligido el Ć”nimo, tienen un final alegre o tristeā.
Cincuenta aƱos preguntĆ”ndonos si llegarĆ” un dĆa en el que el ansia de propiedad nos prive del deseo de una vida en comĆŗn.
Escribe Horacio GonzĆ”lez (2014): āLa vida en comĆŗn exige, precisamente, una desposesión: la capacidad de estar en el mundo sin el escudo de lo propioā.
Cincuenta aƱos custodiando el legado del prefijo de la vida: el secreto de un comĆŗn vivir. Un comĆŗn reĆr, un comĆŗn pensar, un comĆŗn luchar.
Cincuenta años afirmando, una y otra vez, que la expresión vida en común resulta redundante.
El tesoro de lo comĆŗn como prefijo del vivir.
Cincuenta años para comprender que nadie inventa la pólvora. Que nada de lo que hacemos merece considerarse excepcional. Que esa decepción fastidia, pero también reconforta saber que otras existencias, que tampoco descubrieron la pólvora, alegran la vida.
Medio siglo para saber que esa mezcla explosiva que no pertenece a nadie se llama deseo.
Cincuenta años para saber que el silencio forma parte del lenguaje de la revolución
No sólo el silencio en nuestras memorias, en nuestras marchas, en nuestras protestas, en nuestros dolores; sino, también, el silencio que nos queda después de todas esas acciones. El silencio que precede al porvenir deseado.
Aprendimos a no hablar demasiado. Aprendimos que el porvenir, cuanto mƔs deseado, mƔs silente.
Cincuenta aƱos de vigilias. Pero no por el nerviosismo de los dĆas, ni por las notificaciones en los celulares, esa ansiedad de no querer perderse nada; sino por temor a que sin nuestras memorias insomnes, los sueƱos de otros mundos desaparezcan.
Cincuenta aƱos discutiendo un antiguo aforismo griego que dice: āPor el presente se vislumbra el porvenirā. Postulando que existen muchos presentes en un presente e innumerables porvenires en cada uno de esos presentes.
Cincuenta aƱos sabiendo ālo inciertoāĀ y la abrumada indecisión de las incertidumbres.
Cincuenta aƱos en los que seguimos buscando sin encontrar lo que buscamos.
Cincuenta años pensando el vivir. El cansancio de vivir. La restauración de la ternura y los nombres que abrigan la soledad.
Cinco dĆ©cadas haciendo los rituales del adiós. Sabiendo que un adiós se compone de muchos adioses. Y que los adioses no siempre suponen despedidas. A veces, inician conversaciones con la ausencia. Infinito dolor el de la partida que se lleva todo. Hay partidas que vacĆan de ganas al mundo y, tambiĆ©n, llenan al mundo de deseos.
Cincuenta aƱos para entender cuƔntas cosas se dicen diciendo pocas cosas.
Intentando decir en quƩ consiste estar en la vida, en la historia, en el tiempo que nos ha tocado en tantos sentidos.
Medio siglo en las venas.
Cincuenta aƱos sin saber por quƩ hacemos lo que hacemos. Hasta decidir que eso no importa.
Asà conversamos sin saber qué nos pasa. Y, al cabo, no interesa saberlo. Sólo importa conversar aunque no nos digamos nada.
Sólo decirlo, no hace falta mÔs.
Desilusiones miran a las promesas avanzar tan seguras de sĆ que sienten ganas de seguirlas.
Cincuenta aƱos habilitando rarezas, no mƔs que eso. Haciendo nacer divinidades raras de las emociones. Divinidades mudas, ausentes, que decidieron no volver o que quizƔs nunca estuvieron. Divinidades que se aburren o no pueden la vida.
Cincuenta aƱos para aprender a abrazar.
Cincuenta años sin coincidir con la versión oficial de las cosas.
Cincuenta años calculando cómo protegerse de un maremoto cuando no hay refugio a donde ir, Ôrbol al que trepar, monte al que subir.
Cincuenta aƱos portando pesimismos como paracaĆdas de la ilusión.
Cincuenta aƱos haciendo nuestra lista de lugares comunes para encontrar refugio en la intemperie. Una lista ajada de tan usada. Acaso mecƔnica, o hecha de contraseƱas elementales de supervivencia.
Veamos: entre ir hacia la meta y perderse andando, perderse andando; entre lo definitivo y lo posible, lo posible; entre la carretera principal y sendas laterales imprevistas, sendas laterales imprevistas; entre la seguridad de lo ya pensado y el vértigo de lo impensado, el vértigo de lo impensado; entre lo acabado y lo inacabado, lo inacabado; entre la certeza y la vacilación, la vacilación; entre la luz que enceguece y la penumbra, la penumbra.
Perderse andando, lo posible, sendas laterales imprevistas, el vértigo de lo impensado, lo inacabado, la vacilación, la penumbra⦠¿nuestros naipes marcados en el juego del pensar?
DecĆa NicolĆ”s Casullo (2007): āEl pensamiento crĆtico hoy corre el riesgo de transformarse en un objeto de vitrina, en una gesticulación acadĆ©mica que ha perdido su peligrosidad. Es un lenguaje que ya no muerde, que se ha vuelto inofensivo en su propia elegancia conceptual, mientras la realidad transcurre por fuera de sus categorĆasā.
Cincuenta años pensando y pensando sin llegar a saber la vida. Tener el privilegio de estar hoy aquà para decir: que acaso en eso resida lo que mÔs importa.
Cincuenta aƱos resistiendo a transformarnos en parƔsitos de una derrota.
Escribe Ezequiel MartĆnez Estrada (1956): āLos mĆ©dicos saben que las enfermedades son costumbres y que el enfermo se adviene tan cómodamente a su enfermedad que llega a convertirse en un parĆ”sito de ella. Siempre saca algĆŗn provecho de sus malesā.
Cincuenta aƱos padeciendo el mal de la creencia: No poder creer. No poder creer lo que estƔ pasando. No querer creer. No creer aun creyendo.
Cincuenta aƱos contradiciendo esa hermosa idea de Fernando Pessoa que dice: āSi el corazón pensara dejarĆa de latirā.
Cincuenta años intentando el acto suicida de pensar con el corazón.
Cincuenta aƱos discutiendo las ideas de archivo y de memoria, queriendo una memoria viva naciendo cada dĆa.
Una historia consiste en decidir quƩ hacer con las memorias.
Cincuenta años preguntÔndonos cómo tener memoria de lo que no nos podemos representar. Pensando la memoria no como los recuerdos que tenemos, sino como decisión de no olvidar. Salvar la memoria para salvar no sólo a quienes no estÔn, sino a quienes vendrÔn.
”Dónde existe una necesidad, nace un derecho! ”Nunca mÔs! ”Ni una menos! ”Ya no esta normalidad! ”Basta de crueldad! ¿Cómo hacer un común vivir sin ceder a las desquicias de la civilización de la fuerza?
No queremos un porvenir sin esas memorias.
Cincuenta aƱos haciendo de cada 24 de marzo un imperativo no sólo del recuerdo, sino como dirĆan Yerushalmi o Zito Lema, rituales y ceremonias de reavivación.
Cincuenta aƱos constatando quĆ© lindo resulta encontrarse con cercanĆas con la excusa de hacer algo. Consiguiendo, en el curso del encuentro, que la excusa se convierta en una cosa bella.
Cincuenta aƱos profetizando que llegarĆ” el dĆa en el que ambiciones y avideces se aburrirĆ”n de la cantinela de ser mĆ”s o tener mĆ”s. Que llegarĆ” el dĆa en el que los adverbios de cantidad se emplearĆ”n como signos de emancipación: estar no mĆ”s y no menos que estar.
Necesitamos profetizar un mundo en el que nos guste vivir. Necesitamos esa profecĆa no para creer en ella, sino para desearla.
Cincuenta aƱos afirmando que no se sabe cómo viviremos en unos aƱos. Pero cada vez que alguien diga āte extraƱoāĀ o proponga āhablemos para pensarā, se reiniciarĆ” el mundo.
Cinco dĆ©cadas para saber que cada vez tiene mĆ”s sentido la conversación (aun la de bueyes perdidos) como acción polĆtica.
Cincuenta años reiterando que cada época acalla, con sus soluciones, la misma pregunta: ¿cómo la vida? En cada época, voces sin respuestas, de diferentes maneras, claman: ”Basta, asà no!
Cincuenta años gritando: ”No! No se trata de una locura, ni de una maldad, ni de una crueldad personal. Se trata de la desquicia, la maldad, la crueldad del capital. De sus narrativas de terror. De su fascinación por la fuerza. De sus delirios de invulnerabilidad, inmunidad, inmortalidad.
Cincuenta años sintiendo, en muchos momentos, vergüenza.
Primo Levi (1986) en Los hundidos y los salvados, escribe sobre la vergüenza del mundo.
Una culpa difusa por los horrores de los tiempos en que vivimos. Una falta borrosa por lo que no hicimos y por lo que hicimos.
La espantosa percepción de que en la historia la responsabilidad por todos los actos cometidos en este presente, nos iguala.
El automatismo de dar la espalda a lo que no queremos ver aun viƩndolo.
La esperanza de que no querer ver y no querer saber o de que, por un segundo, esa ceguera y esa ignorancia, alivien nuestra complicidad y connivencia.
Tal vez Agamben (1998) tenga razón cuando piensa la vergüenza como reserva ética de la civilización.
Acaso no queda otra que seguir andando con el encogimiento del Ɣnimo y la pesadumbre en el pecho.
Cincuenta aƱos evitando pensar utopĆas como quimeras futuras de dudosa realización.
O como porvenires que no viviremos.
O como cuenta Max Brod (1920) que dijo Kafka: una āinfinita esperanza, pero no para nosotrosā.
Medio siglo concibiendo utopĆas como existencias en el presente desestimadas, silenciadas, negadas. Como insurrecciones calladas en las arrugas de los dĆas.
UtopĆas no como latencias sino como solidaridades inesperadas, como disponibilidades que no piden nada a cambio, como ternuras no posesivas.
UtopĆas no sólo como chispazos o destellos de luz en momentos de peligro como imaginaba Benjamin (1940), sino como fuegos inmemoriales que estĆ”n ahora y siempre estuvieron abrigando cada presente.
UtopĆas ahora.
Zonas que pulsan en simultaneidad, en paralelo, en superposición al horror.
Porvenires realizƔndose ya en los pliegues de la historia.
Lo venidero como urgencia en este instante conspirando en todas partes, incluso mÔs allÔ y mÔs acÔ de las instituciones de cuidado de los estados como hospitales o escuelas.
UtopĆas de todas las formas de cuidado dĆ”ndose en este momento.
Las de criar, alimentar, arrullar, abrazar, contar historias, escuchar y escuchar y seguir escuchando.
Acaso una bĆŗsqueda cercana a lo que Foucault (1967) piensa como heterotopĆasĀ o espacios otros.
Gregorio Kaminsky decĆa que la presencia no tenĆa que pensarse como la ocupación de un espacio, sino como una disponibilidad. Estar, ante todo, significa sostener la pregunta por lo que nos pasa, sin la pretensión de capturar una verdad, sino habitando el entre-dosĀ de la fragilidad.
Cincuenta años hasta llegar a decir que la vida no necesita clasificación ni conducción, sino respeto.
Una inclinación, sin recelo ni obediencia, ante la sola presencia de otra vida existiendo.
La convicción de que cualquier debilidad solicita una proximidad entre debilidades.
El dolor de saber que el respeto compone un umbral de cuidado que muchas veces, sin querer, vulneramos.
La advertencia de que el respeto no puede concederse como un gesto de tolerancia o benevolencia del poder, sino como derecho que iguala.
El respeto como insistencia que vuelve a mirar otra vida que se cree conocer o descifrar hasta llegar a sentir la extraƱa alegrĆa de desconocerla.
El respeto como militancia desmilitarizada del silencio que resguarda la vida de griterĆos interpretativos que la fatigan y la daƱan.
Cincuenta aƱos tomando precauciones cada vez que estuvimos a punto de emplear la idea de lo popular como contraseƱa de virtud.
Sabiendo que ese nombre o representación forma parte de las referencias intraducibles de la polĆtica.
Recordando que lo popular puede situarse como campo de engaƱos, obediencias, sometimientos, deslumbres.
O sostener lo popular, como querĆa Horacio GonzĆ”lez (1999), como lenguaje en disputa, como pulsión que desordena las clĆ”usulas del poder, como grito o estallido que siempre sorprende.
Cincuenta años con esta pregunta: ¿Qué hacer con lo que golpea, aturde, enmudece?
Se llama voz personal al modo en que una Ʃpoca pasa por una estrecha garganta llagada.
Hay voces que nos rescatan de la inmovilidad y nos arrojan al horror de lo que no queremos escuchar.
A veces, esas voces ponen palabras a algo que estaba sin decirse, a algo que no sabĆamos decir o a algo que resquebraja lo que creĆamos saber.
Inmovilidad y horror, entonces, se animan a decirse a travƩs de esas palabras.
Aunque cada cual, a su vez, diga por su cuenta diferentes golpes, mudeces y aturdimientos, con esas mismas palabras.
Un secreto de cinco dƩcadas: mientras, aun en tiempos de huidas y derrotas, no renunciemos a pensar mƔs allƔ del presente, no nos vencerƔn nunca.
Cincuenta años, muchos de ellos, procurando que los deseos simularan ramas secas para cantar sus desdichas como el urutaú.
Cuenta una leyenda guaranà que de tanto dolor una vida se refugia en lo alto de un Ôrbol seco. Acaso por un desamor, acaso por la guerra, acaso por estar enamorada del sol. Su cuerpo tibio primero se vuelve madera y después ave. Una vida alada que aprende a ver con los ojos cerrados. Se escucha el interminable lamento en su canto.
No se deja ver. Se confunde su presencia con la corteza de los Ɣrboles muertos.
Cincuenta aƱos mientras tanto la clĆnica. Aprendiendo a decir. Preguntando antes de decir. Volviendo a escuchar antes de decir. Decir preguntando, decir vacilando, decir casi sin decir. Decir, sin embargo, decidiendo atenerse a las consecuencias. Decir incluso, a veces, retirando lo dicho. Decir notificando que no se sabe cómo decir, que se duda de lo que se estĆ” diciendo, que no se encuentran palabras. Decir escuchando lo que se estĆ” diciendo. Sabiendo que lo dicho se dice por primera vez, reciĆ©n cuando sucede escuchado segundas y terceras veces.
Decir haciendo sonar lo escuchado como si se tratara del llamado de un pƔjaro.
Este texto forma parte del suplemento especial a 50 aƱos del golpe de Estado.
