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Cincuenta años / Marcelo Percia

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 2 horas
  • 14 Min. de lectura

Cincuenta años sosteniendo una pregunta: ¿podremos impedir que el encanto de lo común desaparezca? ¿Acaso podríamos vivir sin ese contento de las cercanías?

Para Nicolás Casullo, el desencanto del mundo no sólo tenía que ver con su mecanización, burocratización, homogenización mediática y empaquetamiento para el consumo. Ponía el acento en el olvido. Un mundo sin memorias de emancipación, sin la alegría de las revueltas, sin estéticas de las disidencias, sin las afectividades de las demasías, apenas continuaba como una mera inercia giratoria.


Cincuenta años sintiendo que nos están engañando. Sabiendo que se puede decir cualquier cosa y creer en cualquier cosa. Sabiendo que se trata de decidir qué y con quiénes creer. Y sabiendo que el qué de la creencia no importa tanto como el con quiénes.

Medio siglo insistiendo en que el lenguaje no interesa como información, sino como común afectación. No hablamos para colgar datos de las paredes, sino para nutrir la tierra y los días con nuestras conversaciones.

La nave del sentido no se piensa como embarcación solitaria dentro de una botella de vidrio o frente a muchas pantallas simultáneas. La nave del sentido navega contra la corriente del sentido común. Naufraga muchas veces. Se hunde poblando la superficie de sus inquebrantables restos.


Cincuenta años diciéndonos el último verso de Soy un arlequín, de Enrique Santos Discépolo, que dice: “¡Cuánto dolor que hace reír!”.

La risa del dolor como inocente escondite de lo que duele.

¿Dónde te duele la vida? Con esta pregunta comienza la clínica. Con esta pregunta, que suelta la clínica, comienza la soledad.

¡Qué curioso: la misma pregunta con la que se reinicia la política!

Edgardo Gili solía decir, tras la crisis del 2001, que la política transforma el desamparo en una forma de vecindad.


Cincuenta años regando una rama seca que floreció y se secó muchas veces.

El sacrificio de Andréi Tarkovski (1986) comienza cuando un padre y un hijo plantan un árbol seco en una playa desierta. Mientras trabajan, el padre relata a su hijo la historia de un monje que vivía en un monasterio ortodoxo que una vez plantó un árbol muerto en la ladera de una montaña. El monje pidió a su discípulo que subiera a la colina cada día y que regara la rama marchita hasta que volviera a la vida. Cada mañana, el joven discípulo llena un balde con agua y asciende durante horas hasta la cima para regar el árbol sin vida. Durante años repite el mismo ritual. Hasta que en un hermoso día sube hasta la alta colina y encuentra el árbol cubierto de flores.

Así vivimos convencidos de que si día tras día realizamos la ceremonia de la vida, el mundo no desaparecerá.


Cincuenta años atesorando sabidurías de los desiertos.

Nietzsche escribe hacia el final del siglo diecinueve: “El desierto crece”. Heidegger, a propósito de esa proposición, piensa que se refiere a la desertificación. Dice que la desertificación resulta peor que la destrucción porque, mientras la destrucción afecta a lo construido, la desertificación imposibilita cualquier construcción futura.

Pero, los desiertos no están desiertos: están habitados por vidas y perseverancias que no sabemos. En los desiertos la vida resiste. Como sucede con el cardón que acumula durante siglos mínimas gotas de improbables lluvias. O como hacen las semillas que esperan bajo la arena una humedad súbita. O líquenes y musgos invisibles que acompañan el insomnio de los suelos. O reptiles que practican el mimetismo con las inmóviles rocas. O diminutos insectos que beben en la niebla y se guarecen en las infrecuentes sombras.


Cincuenta años sintiendo que con cada desaparición, con cada injusticia, con cada crueldad, con cada bala, con cada cárcel, con cada bomba, el mundo que quisimos muere. Y, sin embargo, teniendo la convicción de que, con cada acto de cuidado, el romance de la vida con el deseo se reinicia.

Pedro Orgambide dijo al volver de su exilio en México en 1983: “Escribo para que la muerte no tenga la última palabra. Escribo para rescatar del olvido los rostros, las voces, los gestos de los que ya no están. Es mi forma de cuidar lo que amamos”.


Cincuenta años intentando la práctica de una escritura sin universales masculinos ni recurrencias a la segura idea de sujeto.

Una lengua más allá de los géneros, no como gesto gramatical inclusivo, sino como habla de la desposesión, la impertinencia, la desidentificación.

Un habla infinitiva, antes de toda ficción de sujeto. Un habla impersonal protagonizada por las afectividades. Un habla de la espera, la demora, la ausencia, la cercanía, la distancia, el azar, el deseo. Un habla que se prefiere femenina, mientras tanto.

Lo femenino no como concesión, cortesía o sustitución, sino como lugar donde buscar el desgarro vivo de una lengua no colonizada.

Un habla femenina, como imaginaba Hélène Cixous (1975), que reponga la desquicia de los nombres y las propiedades.


Cincuenta años proclamando el derecho a la consternación y al abatimiento. Pero no sólo para padecer o declarar qué mal nos sentimos, sino para tener la oportunidad de pensar, en estados de consternación y abatimiento, teniendo con quiénes palpar sus astillas políticas.

Cincuenta años constatando que, mientras sigamos pensando cómo vivir sin dañar la vida, el mundo renace.

Escribe Juan Carlos De Brasi (1994): “La consternación no es el final del pensamiento, sino su comienzo necesario cuando el mundo se torna ilegible. Pensar en común es palpar la herida para que la cicatriz no sea olvido, sino memoria activa de lo que aún puede ser”.


Cincuenta años ordenando escombros. Rememorando cómo ocurrió el mundo que colapsa. E imaginando cómo ocurrirá cuando lo hagamos de nuevo.


Cincuenta años agitando el derecho a tener más de una opción. El derecho a no tener que caer en el capitalismo de los consumos y de las sustancias. El derecho a la embriaguez de un común estar que no daña.


Cincuenta años en las orillas incómodas de esta pregunta: ¿en qué momento la palabra derecha recuperó un prestigio que ya no tenía?

No se trata sólo de los gobiernos, sino de derechas de la sensibilidad.

Derechas que no quieren tener nada que ver con las debilidades; derechas que sienten la vida en común como obstáculo; derechas que proclaman la muerte de las milenarias lenguas del cuidado; derechas que niegan catástrofes del aire, de la tierra, del agua, del fuego.

Medio siglo diciendo que no están avanzando las derechas, sino que están como estuvieron siempre: amplificando el sentido común que tiene respuestas para todo y revistiendo miedos con indolencias.

Nicolás Casullo (2007) solía decir que el pensamiento de las derechas se enhebra como un compendio del sentido común.


Cincuenta años atesorando legados de los años sesenta y setenta. Uno: se necesita pasar de un enojo contra la vida en común a un común enojo contra los poderes que nos privan de la confianza en la proximidad.

Sin olvidar que el deseo de un común vivir supone saber lo difícil y dramático que, a veces, resultan las cercanías.


Cincuenta años preparándonos para la muerte del capitalismo.

Walter Benjamin (1940) escribe en el Libro de los pasajes: “La experiencia de nuestra generación: que el capitalismo no morirá de muerte natural”.

El capitalismo caerá: por una gran revuelta planetaria. O por saturación y hastío de sus repeticiones mortíferas; o porque la tierra, el agua, el aire y los bosques digan basta; o porque ya habrá caído, sin que nos diéramos cuenta, cada vez que alguien pronunció la frase: “si necesitás, contá conmigo”.


Cincuenta años discutiendo la sentencia que dice que “Resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Insistiendo en que cuando sintamos más dolor por el fin del mundo que por el hecho de renunciar a los juguetes y golosinas del capitalismo, estaremos ante su final.

Cincuenta años escuchando que siempre se puede estar peor. Que estamos viviendo tiempos de catástrofes y que no queda margen, banquina, orilla, para descansar.

La palabra catástrofe tardó en lengua castellana en significar desastre, calamidad, siniestro, ruina.

El Diccionario de Autoridades definía, en 1729, catástrofe como “la última parte de la fábula, tragedia, o comedia, en la cual los enredos, marañas y suspensiones, en que ha estado afligido el ánimo, tienen un final alegre o triste”.


Cincuenta años preguntándonos si llegará un día en el que el ansia de propiedad nos prive del deseo de una vida en común.

Escribe Horacio González (2014): “La vida en común exige, precisamente, una desposesión: la capacidad de estar en el mundo sin el escudo de lo propio”.


Cincuenta años custodiando el legado del prefijo de la vida: el secreto de un común vivir. Un común reír, un común pensar, un común luchar.

Cincuenta años afirmando, una y otra vez, que la expresión vida en común resulta redundante.

El tesoro de lo común como prefijo del vivir.


Cincuenta años para comprender que nadie inventa la pólvora. Que nada de lo que hacemos merece considerarse excepcional. Que esa decepción fastidia, pero también reconforta saber que otras existencias, que tampoco descubrieron la pólvora, alegran la vida.

Medio siglo para saber que esa mezcla explosiva que no pertenece a nadie se llama deseo.


Cincuenta años para saber que el silencio forma parte del lenguaje de la revolución

No sólo el silencio en nuestras memorias, en nuestras marchas, en nuestras protestas, en nuestros dolores; sino, también, el silencio que nos queda después de todas esas acciones. El silencio que precede al porvenir deseado.

Aprendimos a no hablar demasiado. Aprendimos que el porvenir, cuanto más deseado, más silente.


Cincuenta años de vigilias. Pero no por el nerviosismo de los días, ni por las notificaciones en los celulares, esa ansiedad de no querer perderse nada; sino por temor a que sin nuestras memorias insomnes, los sueños de otros mundos desaparezcan.


Cincuenta años discutiendo un antiguo aforismo griego que dice: “Por el presente se vislumbra el porvenir”. Postulando que existen muchos presentes en un presente e innumerables porvenires en cada uno de esos presentes.

Cincuenta años sabiendo “lo incierto” y la abrumada indecisión de las incertidumbres.


Cincuenta años en los que seguimos buscando sin encontrar lo que buscamos.


Cincuenta años pensando el vivir. El cansancio de vivir. La restauración de la ternura y los nombres que abrigan la soledad.

Cinco décadas haciendo los rituales del adiós. Sabiendo que un adiós se compone de muchos adioses. Y que los adioses no siempre suponen despedidas. A veces, inician conversaciones con la ausencia. Infinito dolor el de la partida que se lleva todo. Hay partidas que vacían de ganas al mundo y, también, llenan al mundo de deseos.


Cincuenta años para entender cuántas cosas se dicen diciendo pocas cosas.

Intentando decir en qué consiste estar en la vida, en la historia, en el tiempo que nos ha tocado en tantos sentidos.

Medio siglo en las venas.


Cincuenta años sin saber por qué hacemos lo que hacemos. Hasta decidir que eso no importa.

Así conversamos sin saber qué nos pasa. Y, al cabo, no interesa saberlo. Sólo importa conversar aunque no nos digamos nada.

Sólo decirlo, no hace falta más.


Desilusiones miran a las promesas avanzar tan seguras de sí que sienten ganas de seguirlas.


Cincuenta años habilitando rarezas, no más que eso. Haciendo nacer divinidades raras de las emociones. Divinidades mudas, ausentes, que decidieron no volver o que quizás nunca estuvieron. Divinidades que se aburren o no pueden la vida.


Cincuenta años para aprender a abrazar.

Cincuenta años sin coincidir con la versión oficial de las cosas.

Cincuenta años calculando cómo protegerse de un maremoto cuando no hay refugio a donde ir, árbol al que trepar, monte al que subir.


Cincuenta años portando pesimismos como paracaídas de la ilusión.


Cincuenta años haciendo nuestra lista de lugares comunes para encontrar refugio en la intemperie. Una lista ajada de tan usada. Acaso mecánica, o hecha de contraseñas elementales de supervivencia.

Veamos: entre ir hacia la meta y perderse andando, perderse andando; entre lo definitivo y lo posible, lo posible; entre la carretera principal y sendas laterales imprevistas, sendas laterales imprevistas; entre la seguridad de lo ya pensado y el vértigo de lo impensado, el vértigo de lo impensado; entre lo acabado y lo inacabado, lo inacabado; entre la certeza y la vacilación, la vacilación; entre la luz que enceguece y la penumbra, la penumbra.

Perderse andando, lo posible, sendas laterales imprevistas, el vértigo de lo impensado, lo inacabado, la vacilación, la penumbra… ¿nuestros naipes marcados en el juego del pensar?

Decía Nicolás Casullo (2007): “El pensamiento crítico hoy corre el riesgo de transformarse en un objeto de vitrina, en una gesticulación académica que ha perdido su peligrosidad. Es un lenguaje que ya no muerde, que se ha vuelto inofensivo en su propia elegancia conceptual, mientras la realidad transcurre por fuera de sus categorías”.


Cincuenta años pensando y pensando sin llegar a saber la vida. Tener el privilegio de estar hoy aquí para decir: que acaso en eso resida lo que más importa.


Cincuenta años resistiendo a transformarnos en parásitos de una derrota.

Escribe Ezequiel Martínez Estrada (1956): “Los médicos saben que las enfermedades son costumbres y que el enfermo se adviene tan cómodamente a su enfermedad que llega a convertirse en un parásito de ella. Siempre saca algún provecho de sus males”.


Cincuenta años padeciendo el mal de la creencia: No poder creer. No poder creer lo que está pasando. No querer creer. No creer aun creyendo.

Cincuenta años contradiciendo esa hermosa idea de Fernando Pessoa que dice: “Si el corazón pensara dejaría de latir”.

Cincuenta años intentando el acto suicida de pensar con el corazón.


Cincuenta años discutiendo las ideas de archivo y de memoria, queriendo una memoria viva naciendo cada día.

Una historia consiste en decidir qué hacer con las memorias.


Cincuenta años preguntándonos cómo tener memoria de lo que no nos podemos representar. Pensando la memoria no como los recuerdos que tenemos, sino como decisión de no olvidar. Salvar la memoria para salvar no sólo a quienes no están, sino a quienes vendrán.

¡Dónde existe una necesidad, nace un derecho! ¡Nunca más! ¡Ni una menos! ¡Ya no esta normalidad! ¡Basta de crueldad! ¿Cómo hacer un común vivir sin ceder a las desquicias de la civilización de la fuerza?

No queremos un porvenir sin esas memorias.


Cincuenta años haciendo de cada 24 de marzo un imperativo no sólo del recuerdo, sino como dirían Yerushalmi o Zito Lema, rituales y ceremonias de reavivación.


Cincuenta años constatando qué lindo resulta encontrarse con cercanías con la excusa de hacer algo. Consiguiendo, en el curso del encuentro, que la excusa se convierta en una cosa bella.


Cincuenta años profetizando que llegará el día en el que ambiciones y avideces se aburrirán de la cantinela de ser más o tener más. Que llegará el día en el que los adverbios de cantidad se emplearán como signos de emancipación: estar no más y no menos que estar.

Necesitamos profetizar un mundo en el que nos guste vivir. Necesitamos esa profecía no para creer en ella, sino para desearla.


Cincuenta años afirmando que no se sabe cómo viviremos en unos años. Pero cada vez que alguien diga “te extraño” o proponga “hablemos para pensar”, se reiniciará el mundo.

Cinco décadas para saber que cada vez tiene más sentido la conversación (aun la de bueyes perdidos) como acción política.


Cincuenta años reiterando que cada época acalla, con sus soluciones, la misma pregunta: ¿cómo la vida? En cada época, voces sin respuestas, de diferentes maneras, claman: ¡Basta, así no!


Cincuenta años gritando: ¡No! No se trata de una locura, ni de una maldad, ni de una crueldad personal. Se trata de la desquicia, la maldad, la crueldad del capital. De sus narrativas de terror. De su fascinación por la fuerza. De sus delirios de invulnerabilidad, inmunidad, inmortalidad.


Cincuenta años sintiendo, en muchos momentos, vergüenza.

Primo Levi (1986) en Los hundidos y los salvados, escribe sobre la vergüenza del mundo.

Una culpa difusa por los horrores de los tiempos en que vivimos. Una falta borrosa por lo que no hicimos y por lo que hicimos.

La espantosa percepción de que en la historia la responsabilidad por todos los actos cometidos en este presente, nos iguala.

El automatismo de dar la espalda a lo que no queremos ver aun viéndolo.

La esperanza de que no querer ver y no querer saber o de que, por un segundo, esa ceguera y esa ignorancia, alivien nuestra complicidad y connivencia.

Tal vez Agamben (1998) tenga razón cuando piensa la vergüenza como reserva ética de la civilización.

Acaso no queda otra que seguir andando con el encogimiento del ánimo y la pesadumbre en el pecho.


Cincuenta años evitando pensar utopías como quimeras futuras de dudosa realización.

O como porvenires que no viviremos.

O como cuenta Max Brod (1920) que dijo Kafka: una “infinita esperanza, pero no para nosotros”.

Medio siglo concibiendo utopías como existencias en el presente desestimadas, silenciadas, negadas. Como insurrecciones calladas en las arrugas de los días.

Utopías no como latencias sino como solidaridades inesperadas, como disponibilidades que no piden nada a cambio, como ternuras no posesivas.

Utopías no sólo como chispazos o destellos de luz en momentos de peligro como imaginaba Benjamin (1940), sino como fuegos inmemoriales que están ahora y siempre estuvieron abrigando cada presente.

Utopías ahora.

Zonas que pulsan en simultaneidad, en paralelo, en superposición al horror.

Porvenires realizándose ya en los pliegues de la historia.

Lo venidero como urgencia en este instante conspirando en todas partes, incluso más allá y más acá de las instituciones de cuidado de los estados como hospitales o escuelas.

Utopías de todas las formas de cuidado dándose en este momento.

Las de criar, alimentar, arrullar, abrazar, contar historias, escuchar y escuchar y seguir escuchando.

Acaso una búsqueda cercana a lo que Foucault (1967) piensa como heterotopías o espacios otros.

Gregorio Kaminsky decía que la presencia no tenía que pensarse como la ocupación de un espacio, sino como una disponibilidad. Estar, ante todo, significa sostener la pregunta por lo que nos pasa, sin la pretensión de capturar una verdad, sino habitando el entre-dos de la fragilidad.


Cincuenta años hasta llegar a decir que la vida no necesita clasificación ni conducción, sino respeto.

Una inclinación, sin recelo ni obediencia, ante la sola presencia de otra vida existiendo.

La convicción de que cualquier debilidad solicita una proximidad entre debilidades.

El dolor de saber que el respeto compone un umbral de cuidado que muchas veces, sin querer, vulneramos.

La advertencia de que el respeto no puede concederse como un gesto de tolerancia o benevolencia del poder, sino como derecho que iguala.

El respeto como insistencia que vuelve a mirar otra vida que se cree conocer o descifrar hasta llegar a sentir la extraña alegría de desconocerla.

El respeto como militancia desmilitarizada del silencio que resguarda la vida de griteríos interpretativos que la fatigan y la dañan.


Cincuenta años tomando precauciones cada vez que estuvimos a punto de emplear la idea de lo popular como contraseña de virtud.

Sabiendo que ese nombre o representación forma parte de las referencias intraducibles de la política.

Recordando que lo popular puede situarse como campo de engaños, obediencias, sometimientos, deslumbres.

O sostener lo popular, como quería Horacio González (1999), como lenguaje en disputa, como pulsión que desordena las cláusulas del poder, como grito o estallido que siempre sorprende.


Cincuenta años con esta pregunta: ¿Qué hacer con lo que golpea, aturde, enmudece?

Se llama voz personal al modo en que una época pasa por una estrecha garganta llagada.

Hay voces que nos rescatan de la inmovilidad y nos arrojan al horror de lo que no queremos escuchar.

A veces, esas voces ponen palabras a algo que estaba sin decirse, a algo que no sabíamos decir o a algo que resquebraja lo que creíamos saber.

Inmovilidad y horror, entonces, se animan a decirse a través de esas palabras.

Aunque cada cual, a su vez, diga por su cuenta diferentes golpes, mudeces y aturdimientos, con esas mismas palabras.



Un secreto de cinco décadas: mientras, aun en tiempos de huidas y derrotas, no renunciemos a pensar más allá del presente, no nos vencerán nunca.


Cincuenta años, muchos de ellos, procurando que los deseos simularan ramas secas para cantar sus desdichas como el urutaú.

Cuenta una leyenda guaraní que de tanto dolor una vida se refugia en lo alto de un árbol seco. Acaso por un desamor, acaso por la guerra, acaso por estar enamorada del sol. Su cuerpo tibio primero se vuelve madera y después ave. Una vida alada que aprende a ver con los ojos cerrados. Se escucha el interminable lamento en su canto.

No se deja ver. Se confunde su presencia con la corteza de los árboles muertos.


Cincuenta años mientras tanto la clínica. Aprendiendo a decir. Preguntando antes de decir. Volviendo a escuchar antes de decir. Decir preguntando, decir vacilando, decir casi sin decir. Decir, sin embargo, decidiendo atenerse a las consecuencias. Decir incluso, a veces, retirando lo dicho. Decir notificando que no se sabe cómo decir, que se duda de lo que se está diciendo, que no se encuentran palabras. Decir escuchando lo que se está diciendo. Sabiendo que lo dicho se dice por primera vez, recién cuando sucede escuchado segundas y terceras veces.

Decir haciendo sonar lo escuchado como si se tratara del llamado de un pájaro.



Este texto forma parte del suplemento especial a 50 años del golpe de Estado.


Siguen ahí. 50 años (2026) Verónica Scardamaglia
Siguen ahí. 50 años (2026) Verónica Scardamaglia



Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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