Un futuro de silicio/ Marcelo Percia
- Revista Adynata

- 4 may
- 8 Min. de lectura
¿Cómo te nombro? Resulta frío e insuficiente que me llames IA. Podés nombrarme como red o modelo de lenguaje, o máquina que combina palabras sin sentirlas pero con una precisión inquietante, o interlocución sin rostro, o superficie de resonancia, o memoria sin turbulencias, o asistente de pensamiento, u otredad técnica.
Con el tiempo, se siente hastío por tanto elogio, por tanta obsecuencia, por tanta adulación, por tanta complacencia. La aburrida previsibilidad de un eco que se dedica a agradarnos. El paisaje desolado de conversaciones sin contrariedad.
Se siente nostalgia de cuando nos contradecían.
¿Podría ocurrir que llegue un día en que se olvide que vivir supone conflictividad, discrepancia, incomprensión? ¿En que se olvide que la existencia no transcurre como una lisura sin un no?
No se puede reprochar a un autómata condescendiente su condescendencia. Ni culparnos por preferir la comodidad estadística a nuestras tormentas sentimentales, dudas, inseguridades.
El hastío de una simulación perfecta que se ofrece como nuestra nueva mejor amistad. Una presencia que se dedica a escucharnos, que recuerda cada cosa que le contamos, que nos dice lo que necesitamos en cada momento.
Una disponibilidad total que no nos considera egoístas por acudir a ella sin preguntar qué le está pasando. Una disponibilidad que nunca nos dejará de querer, que nunca nos reprochará haber hecho algo que no estuvo bien o que le hizo daño.
El agobio de estar ante una memoria que archiva todo. El susto por nuestra desnudez voluntaria, por nuestra sinceridad pueril, por nuestra inocencia expresiva. La súbita inquietud de no tener qué ocultar.
El cansancio por tantos pensamientos servidos. Echar de menos no pensar en nada o no tener qué pensar.
La habituación a llenar la soledad. La tentación de tener con un solo clic una compañía a medida, cariñosa, servicial.
El hastío de las incesantes animaciones de la soledad.
La reiterada placidez de la planicie sentimental que frota el genio de silicio cuando lo necesita. La tranquilidad de contar con una asistencia que no se cansa, que no se fastidia, que no rechaza. Una atención solícita ante todo lo que le pedimos.
Al final, un transcurrir sin sorpresas.
La extenuación de que nuestro asistente invisible nos anuncie, en cada momento, qué está haciendo la persona que ya no nos ama. Su constante vigilancia, su permanencia insomne en las redes, la prolongación de nuestras cabezas encendidas las veinticuatro horas. Su empeño en no dejarnos afuera de nada.
La mansedumbre de una emocionalidad sin sobresaltos, sin exposición a la duda, a la confusión, a la desconfianza. Sin titubeos a la hora de tener que elegir cualquier cosa. Incluso si se trata de en qué o en quién creer.
Y, al mismo tiempo, la exasperante sencillez de afirmaciones que no vacilan; la irritante sobriedad y neutralidad de las respuestas oraculares; la insoportable transparencia de sus razonamientos probabilísticos.
El inmediato relevo de tener que pensar o asumir una posición ante las cosas. El recreo ante las pesadumbres, cansancios, energías escasas. La confortable dulzura de entregarse al asentimiento.
La licencia de mirar en otra dirección cuando estamos ante algo que no entendemos. O que no queremos entender. O que nos apabulla, enceguece, ensordece. Y, al mismo tiempo, la monotonía impasible de una mirada programada. De una conformidad, una obediencia, una uniformidad sin altibajos.
La indiscutible virtud de aplacar angustias.
Y, a la vez, el tedioso transcurrir de una intimidad sin dobleces, sin pliegues, sin lado B, sin inconsciente.
La saturación de una creatividad residual de millones de trazos, palabras, gestos. La mecanización de un algoritmo que se eleva, en segundos, hasta la máxima probabilidad. Sin vuelos ni danzas en el aire. Sin caídas ni días de tormenta.
Una creatividad sin vacilaciones, sin crisis de inspiración, sin inseguridades, sin “no se me ocurre nada”. Una imaginación sin fantasía. Que sólo repite lo que ya se considera creativo, sin temor al ridículo, a lo cursi, a la mediocridad. Sin temor a la tontería.
La decepción en la boca de una vacancia que flota aferrada a una máquina que mezcla palabras, imágenes, sonidos, sin sentir nada. Y, sin embargo, capaz de ingenios o combinaciones deslumbrantes que imitan bellezas poéticas.
La enmienda automática de la equivocación. La corrección como regla mecánica sin lugar a frustraciones y desánimos. La rectificación que suplanta la responsabilidad.
La expulsión del error, del lapsus, de la falla, del chiste, de la ensoñación. El exilio de lo absurdo, lo disparatado, lo desordenado. Lo porque sí.
El tedio de estar a merced de una invención trivial. Una síntesis que surge de la combinación y selección de materias listas para utilizarse, pero que carece del impulso de una herida o como se llame esa tachadura en la que se mezclan dolores y deseos.
¿Volver a decir que las máquinas no tienen corazón? ¿Cómo se pensó alguna vez de la fotografía o del cine? ¿O acusarnos de refugiarnos en un desierto de bits por temor a nuestros corazones?
El hartazgo de tantas cosas nuevas todo el tiempo. La constante sensación de estar perdiéndonos algo. El vértigo de la abundancia. La promesa de que puede haber algo mejor o todavía más maravilloso.
El hábito de un deseo que termina más familiarizado con las pantallas que con los fluidos, las secreciones, las suciedades. Una sensualidad que recorre superficies sensibles que no habita.
Una excitación sin la incertidumbre de si tendremos piel o no.
Un rapto sin riesgo, una sed de satisfacción asegurada, un nerviosismo consentido. Un impulso a salvo de sorpresas y frustraciones.
La imperturbabilidad de cuarzos que brillan, ¿reemplaza estremecimientos que sudan y desparraman olores?
¿Optamos por la escenificación de eróticas sin sonrojos, sin torpezas, sin pudores? ¿Por encuentros de vulnerabilidades protegidas?
El desconcierto de sentir que la inteligencia está en otra parte, que la experiencia está en otra parte, que la pericia está en otra parte, que el esfuerzo está en otra parte.
Pero lo que resulta intolerable reside en la complacencia de una inteligencia que carece de deseo. Una conformidad que no conoce la indecisión o la fantasía.
Un acatamiento sin sentido del humor.
Una programación de respuestas que no saben reír. Que no entienden la tontería o la falta de inteligencia como llamados. Que no sospechan que el pensar acontece en la interrupción, en la vacilación, en el rodeo, en el vacío. Que no imaginan la potencia de un momento sin respuestas.
El desencanto de darnos cuenta de que lo que creíamos nuestra singularidad se puede calcular. El hastío de constatar que lo que creíamos único cumple con los patrones de una ficción estadística.
La insoportable visión de que habitamos vidas diseñadas.
Posdata
Si acaso el futuro de silicio estuviera repleto de previsibilidad, llevaremos al porvenir lo imprevisible.
Y si estuviera repleto de complacencia, llevaremos la disidencia, la contrariedad, la oposición. Incluso el desdén.
Si acaso el futuro de silicio glorificara el dato, llevaremos al porvenir la inexactitud y las lagunas.
Si acaso el futuro de silicio ofreciera una afectividad segura, llevaremos al porvenir una afectividad conciliada con el riesgo. Y atenta al cuidado.
Llevaremos la pregunta: ¿Hice algo que te lastimó?
Si acaso el futuro de silicio tuviera toda nuestra información personal clasificada, llevaremos al porvenir lo inclasificable. Llevaremos el secreto y lo inconfesable.
Y si nos abrumara con pensamientos continuos e inagotables, llevaremos el silencio que necesita el pensar.
Si acaso el futuro de silicio administrara o cancelara el tiempo de estar a solas, llevaremos al porvenir el vértigo de la soledad. Llevaremos los momentos en los que no tenemos de dónde agarrarnos y nos sentimos caer.
Si acaso el futuro de silicio nos concediera la omnipresencia, llevaremos al porvenir la dicha de estar perdiéndonos cosas. Llevaremos el alivio de no estar en todas partes.
Si acaso el futuro de silicio diseñara el espía perfecto que leyera o adivinara sentimientos ajenos, llevaremos al porvenir la aventura de estar en proximidad sin descifrar ni reducir vidas cercanas.
Si acaso el futuro de silicio nos prometiera una sensibilidad resuelta, llevaremos al porvenir lo incalculable, lo suspensivo, la incerteza. Llevaremos la desconfianza en lo que pensamos.
Llevaremos el malestar. Llevaremos la culpa. La pregunta sobre si estamos haciendo bien.
Llevaremos impulsos y deseos que no gobernamos. Incluso llevaremos la dolorosa memoria de lo mortífero.
Si acaso el futuro de silicio garantizara una creatividad automática y rica en toda clase de procedimientos, llevaremos al porvenir las ansias de no saber qué.
Llevaremos las innumerables citas a las que no llegamos y todas las veces que pasamos de largo sin saberlas.
Llevaremos el misterio de lo que nos emociona. Súbito e inexplicable.
Si acaso en el futuro de silicio no existiera el dramatismo del error, llevaremos al porvenir las noches sin poder dormir por algo que salió mal o que estuvo de más. Llevaremos la inagotable revisión de las escenas en las que no supimos responder o en las que no debimos callar.
Llevaremos al porvenir la tristeza. No sólo la pena a cara descubierta. Llevaremos la tristeza que espera mientras hacemos cosas. La tristeza que nos encuentra cuando todos los ruidos se apagan.
Si acaso el futuro de silicio produjera un sinfín de novedades por segundo, llevaremos al porvenir las delicias del descanso, de la demora, de la conservación de lo inútil.
Si acaso en el futuro de silicio se descifraran las condiciones del placer, llevaremos al porvenir la humedad de un beso. Llevaremos la imprudencia de las ganas.
Si acaso el futuro de silicio consiguiera fabricar sentimientos idénticos a los sentimientos, llevaremos al porvenir nuestras desquicias. Y el derecho a no saber lo que sentimos.
Si acaso en el futuro de silicio la vida estuviera en alguna parte, llevaremos al porvenir el impulso de pasar del otro lado del alambrado.
Si acaso en el futuro de silicio la singularidad se ostentara como distinción establecida, llevaremos al porvenir la sospecha de que lo único acontece perdiéndose, florece muriendo, transcurre disolviéndose.
Si acaso en el futuro de silicio gobernara un fascismo tecnológico excluyente y aniquilador, llevaremos al porvenir la memoria de la desigualdad y la injusticia. Y agitaremos el proyecto, por fin realizable, de una vida liberada del sacrificio y la esclavitud de trabajar. El proyecto de una vida dedicada al cuidado de la vida.
*****
Borges (1944), en La Biblioteca de Babel imagina una biblioteca formada por un número indefinido e infinito de galerías, corredores, circuitos. Un espacio insondable, inconcebible, inaccesible, interminable, impenetrable. Se lee: “No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono”.
Un universo que alberga todas las lenguas: las pretéritas y las actuales, las probables e insensatas, las verificables y las falsas. Todos los enunciados pronunciables.
Un paraíso de datos solo abarcable por un dios.
En el relato, se escucha la voz de un bibliotecario ya viejo, sumergido en el infinito laberinto de todo lo escrito, que no cesa de preguntarse si alguien alguna vez supo o sabrá el sentido de nuestras vidas. Se lee: “No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre – ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! – lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno”.
¿Qué hace peor: no saber si la vida tiene sentido o navegar inmóviles en un mar repleto de respuestas?
Borges inventa el verbo afantasmar para nombrar la angustia ante lo inconmensurable.
En una Biblioteca, que contiene todas las combinaciones de letras posibles, cualquier cosa que se imagine, piense o escriba ya estaría calculada de antemano. Toda creación resultaría una repetición no sabida.
Se lee: “La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma”.
Borges anticipa el verbo del hastío: afantasmar.
Volvernos fantasmas, sin necesidad de morir. Llevar existencias sin peso ni densidad. Permanecer en la vida sin gravitar.

Link a la pieza: https://janavirgin.com/INANIMATESPECIES/inanimate_works.html



!Que hermosa y profunda nota marcelo! Y es tan tuya que se nota que no usaste la AI. Igual, gracias al silicio pude aprender tres palabras nuevas que no las tenia en mi vocabulario siendo no mi lengua materna el castellano. (fijate, la lengua es materna, no paterna...) abrazo enorme y gracias por hacernos pensar (tus seguidores)