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Muertes evitables, violencias y ¿discusiones no saldadas? / Verónica Scardamaglia

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 23 horas
  • 7 min de lectura

Para romper con el consenso del miedo y la obediencia,

hay que romper los pactos de escritura y escucha.”

val flores. analfabeta del ahora (2025)


Un debate que vuelve a volver


Hace casi 15 años el debate en torno al No matarás, se paseaba inusualmente un sábado a la hora de la siesta, por algunas aulas desiertas de la facultad de Psicología UBA de la mano de una conversación entre Marcelo Percia y Juan Carlos De Brasi, que supo sacudir letargos. Sigue resonando hoy aquella discusión-herida reabierta en 2004 a través de la publicación de un grito-carta escrita por el pensador Oscar Del Barco en la revista La Intemperie, casi como un acto de contrición teológico-político en torno a su compromiso con la experiencia guerrillera guevarista en Salta en 1966.

Para aquel entonces este debate en torno a la lucha armada en los 70 me envolvió y me llevó directamente a darle una vuelta más al pensar las violencias, “las prácticas profesionales cotidianas y la interpelación sobre algunas intervenciones llamadas progresistas respecto de las diferencias”. Es decir, la búsqueda de situar una y otra vez cómo operan violencias y muertes en las prácticas cotidianas, tantas veces descentradas del prisma género-raza-clase del que nos alertara Angela Davis.


Creo que siguen sin desempolvarse el porteñocentrismo y el clasemediocentrismo de muchos de los análisis que hacemos y leemos. Análisis que emparentan la violencia con “poner el cuerpo a la muerte” en alguna primera línea (imaginaria), que se distancia de aquella que acontece miércoles tras miércoles con lxs Jubiladxs Insurgentes en plaza Congreso. Análisis que se nublan hablando de “quiénes ponen los muertos” ante decisiones de avanzadas llamadas violentas contra la yuta. Análisis que dejan de considerar los cuerpos ya puestos para la muerte.

El enunciado “quiénes ponen los muertos” acusa de infiltradxs y de violentxs a esxs que deciden poner los cuerpos.

El enunciado “quiénes ponen los muertos” invisibiliza las muertes evitables que ya vienen aconteciendo. Muertes desnudas de épica y heroísmo.


Escribía hacia 2013: “Un novio de 13 años muerto por efectos de la gripe A. Una tuberculosis sin atender. Una ambulancia que no llegó a un abuelo de 50 años. Cromañón. Demasiados gatillo fácil. El paco. La injusticia por mano propia. Un bebé que cayó de un tercer piso. Una golpiza machista con olor a alcohol. Un suicidio de 15 años. Una madre y una sobredosis. Un accidente de auto en la puerta de una escuela. Una confusión narco que ajusta cuentas en un cuerpo joven abierto volquete escuela. El frío. Un incendio. Otro mensaje narco enclavado en la reja de otra escuela. Una patología cardíaca desclasada. Un tornado. Un secuestromuerte por las redes de trata. Otra confusión narco que se desangró en un patio de los monoblocks de un barrio. Un chico caído en un pozo-cloaca y otra ambulancia que no entró en un barrio.” Esta serie se armó a partir de situaciones reales vividas en prácticas profesionales psi desacolchonadas de consultorio. Todavía no habían irrumpido el Ni una menos ni la pandemia.

Ya pasaba Palestina.

Resultaría insoportable detenernos en todos los agregados posibles con la ilusión de completar la serie.


Podríamos pensar muertes evitables no como juego tortuoso que lleva a repasar ilusoriamente “qué hubiera pasado si” sino a aquellas muertes acontecidas por no haber sido tocadas por políticas que garantizaran el acceso oportuno a asistencia o a condiciones materiales de existencia centradas en los cuidados de la vida. A esa prácticas no podemos llamarlas estado. La acusación “estado ausente” invisibiliza y naturaliza tanto las necropolíticas como el régimen farmacopolítico de gobierno.

Leemos “En epidemiología se distinguen las muertes prevenibles, que dependen de acciones colectivas como vacunación, seguridad vial o reducción de la violencia, y las tratables, que se evitan con atención médica temprana y de calidad frente a enfermedades como hipertensión, diabetes o ciertos cánceres. Este concepto es clave porque funciona como indicador de desigualdad sanitaria: muestra las fallas en el sistema de salud y en las políticas sociales, y revela cómo los sectores más vulnerables —como los barrios populares— concentran la mayor proporción de muertes evitables.”


Decía León Rozitchner en aquel debate del No matarás: “¿Sólo es asesinato la violencia de muerte inmediata, a donde quedaría restringido el imperativo del “no matarás”, y no la violencia morosa que carcome día a día, hora a hora, la vida de los hombres y los aniquila?”


La indiferenciación ha avanzado


Si seguimos centrando los análisis de estos momentos desde los anteojos de la clase media blanca heterocis académica, el extractivismo seguirá avanzando también con el dolor.

La idea de “lo roto” no funciona igual filtrada por las lentes-alerta de Angela Davis.

Ignacio Lewkowicz planteaba, hace ya más de 20 años, que las prácticas sociales del neoliberalismo producen insensatez inlocalizable. Sin sentidos dispersos en circulación. Se refería a esto respecto de pensar las prácticas institucionales (y los sufrimientos) en tiempos regidos por cambios de condiciones con reinado de la lógica de mercado y las dificultades de pensar y moverse mientras estaban sucediendo. Escribía:

"No nos abruma el enclaustramiento, sino que nos desmentaliza la dispersión. No padecemos una topología esquemática, sino otra cosa que topología. No lidiamos contra la imposición de un sentido fijo, sino contra —la preposición es abusiva— una insensatez inlocalizable."

Ligaba también la insensatez inlocalizable como correlato de la estupidez. Recuerdo el asombro y la sensación de hallazgo al escucharlo plantear, tan certeramente, que el neoliberalismo funciona como una maquinaria productora de estupidez, una maquinaria estupidizante. Lewkowicz también la ligaba a la dispersión como la "velocidad real" del capital financiero, en tanto aquello que liquida tiempo y espacio, quitando materialidad a la permanencia de marcas y sentidos. Escribía “"En definitiva, no lidiamos con nuestro venerable fascismo —que obligaba a pensar de una manera—, sino con la estupidez —que nos impide pensar de cualquier manera—."

Todo un mundo seguir discutiendo a qué llamamos pensar.

Creemos que pensar, en la que estamos hoy, ya no remitiría como hace 20 años, a la búsqueda de producir cohesión o articular sentidos en medio de “sin sentidos dispersos en circulación” sino que se aproximaría más a “pararse en el aire”i. Parpadeos que logran hacer foco. Flotaciones que, cada tanto y en medio de turbulencias, logran hacer pie para poder seguir.

Ya sucedía, en aquel debate del No matarás, la homogeneización de las violencias. León Rozitchner escribía:

“Esta reducción que homogeneiza a la violencia olvida que la violencia de los que se rebelan contra quienes los someten es una acción violenta contra la violencia instalada como sistema en las relaciones sociales: que es una contra-violencia cuya lógica y cualidad es radicalmente diferente a la otra: la de quienes primero la habían impuesto. Donde en una, la de quienes se defienden, domina y prevalece siempre el valor de la vida y de la población mayoritaria, mientras que en la otra concepción, la de quienes la ejercen para dominar socialmente, la vida individual y colectiva es desdeñada y utilizada para el objetivo primero de su ambición devastadora.”


Preocupaciones


Me preocupan los microfascismos.

Vuelvo a citar la cita ya citada de Guattari (1977):

“la cuestión no es decir que no soy microfascista sino saber hasta qué punto lo soy, porque lo soy como todos; lo importante es saber dónde se detiene esto, como se agencia, como se revierte. (…) hay un límite, no a nivel de las leyes morales universales, de imperativos categóricos, sino al nivel de leyes contingentes: hasta cierto punto va bien, más allá no. Y no es una ley la que debe negociar el límite, sino un agenciamiento colectivo de vida.”

Me preocupa, en esta época mileísta y en ámbitos que podemos englobar con el nombre de progresistas, el riesgo de cierta indiferenciación de fronteras en el dolor en nombre de la llamada empatía.

Me preocupa que se crea saber cómo se siente hambre y frío. Me preocupa que se obligue a denunciar o a hablar del dolor. O que se crea saber qué hacer ante el dolor.

Me preocupa que se clasemediatice el dolor. Que se clasemediatice el miedo.

Me preocupa que dé vergüenza pedir ayuda mientras se proclama y pregona la red de amigas.

Me preocupa que siga sin reconocerse todo el saber de cómo vivir y toda la solidaridad y toda la alegría que hay en los barrios, donde las muertes evitables existen hace rato.

Me preocupa que se siga apuntando como problema central a “esos jóvenes que votaron a Milei” y se perpetúen las prácticas de militancias políticas partidarias con los millones de microfascismos en ellas.

Me preocupa que no se logre destronar esos mircofascismos que habitan en casi todo movimiento y orga que denuncian el odio y la crueldad y se levantan contra el fascismo visto sólo en la derecha.


Ya no sé si cierto retorno de aquel debate resulta una discusión no saldada porque algo sigue alejando la posibilidad de discutir más de cerca así como pensar decisiones y estrategias.

No sé cómo vivir con todo esto. Mucho menos cómo pensar o escribir. Apenas varios refunfuneos, algunos balbuceos y la cercanía de amistades con las que conversar libres de amenaza de señalamientos que juzgan, libres de gluten y libres de carne.


Al final

val flores que conmueve y conmociona en analfabeta del ahora, me presta estas palabras como compañía:

la analfabeta del ahora atiza las brasas de lo furtivo como refugio. acción de huir hacia atrás, predica el latín de refugium. también es el lugar protegido para retirarse huyendo en retroceso.

huir también es otra forma de estar.

Al final del capítulo Darse al fuego del libro Darse al pensar, Marcelo Percia escribe:

Una historia fantástica que Borges y Bioy recuperan en El libro del cielo y del infierno a partir de un relato de Jeremy Taylor (1667).

Un obispo encuentra en el camino a una vieja mujer con una antorcha en una mano y un cántaro en la otra.

Por curiosidad, ante la actitud decidida e irrefrenable de la extraña, le pregunta qué se propone hacer con el fuego y el agua.

A lo que la mujer responde: “El agua es para apagar el Infierno: y el fuego, para incendiar el Paraíso”.

Algo así intentamos en cada juntada de un común pensar.



i Darse al pensar, Marcelo Perica. Ediciones La cebra 2025


Stik A Couple Hold Hands in the Street" (Una pareja se toma de la mano en la calle). 2018 Londres.
Stik A Couple Hold Hands in the Street" (Una pareja se toma de la mano en la calle). 2018 Londres.

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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