Los gestos mínimos / Sybilla Correa Perkins y Miguel Anuar Falú
- Revista Adynata

- hace 3 días
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La indiferencia es cómoda. Hay que nadar a contracorriente para no hundirse en la helada olla de la apatía. Habría que ser muy fuerte para poder sostener tanto tiempo nadando en contra, o ser muchos para hacer frente al curso del agua. Sólo pensar en la idea cansa y es más conveniente rendirse, dejarse llevar. ¿De qué agarrarse? En las orillas los árboles ofrecen sus raíces, firmes manos se clavan en la tierra. Un nadador atento puede valerse de ellas para resistir el empuje. ¿Cómo reconocerlas?
Un martes caluroso, cerrada de cursada de psicología educacional, los estudiantes en ronda hablaron de gestos. Lo que hizo tan agradable el recorrido, no había sido otra cosa que los gestos mínimos. En ellos se asomaba la ternura. La clase comenzaba con una pregunta muy habitual ¿Cómo están? Lo que extrañaba era el silencio que se habilitaba después, una escucha dispuesta a esperar. Quienes tomaban la palabra, traían preocupaciones de lo que estaba pasando “afuera” dando cuenta que la separación era más bien ilusoria. Poniendo en evidencia el hermetismo silenciosamente consensuado en la universidad: en pleno caos electoral se inunda de preocupación una clase de psicoanálisis, no se habla del tema ¿Se puede transmitir ética en abstracto? ¿Pretender dar Lacan en el vacío? A veces alcanza con prestar atención a lo que atraviesa un aula: historias, afectos, luchas. Antes del comienzo de la clase de repaso, la docente anuncio que se reduciría el tiempo de esta a la mitad para que se pueda participar de la asamblea. Los martes, la mesa reservada para el exclusivo uso de la profesora, se veía transformada en el soporte de una merienda compartida. Montañas de cremona, galletitas, facturas, budines y mate, invitaban tímidos acercamientos. La ronda, la merienda, la conversación del comienzo de clase desarmaban el anonimato edificado.
De estos gestos, como raíces en la orilla, nos tenemos que agarrar. Frente a la enormidad de lo que nos enfrentamos, los gestos como militancia para experimentar nuevos modos de afectar(se); sostenerse frente a una corriente que arrasa con todo legado, imaginación y atisbo de comunidad.
Al detenerse, reconocer, y tomar las raíces entre las manos, uno puede mirar, soñar y sentir de modos inesperados.




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