Le virus, c’est moi: Sobre dos intervenciones de Roberto Jacoby / Michael Nieva
- Revista Adynata

- hace 5 días
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Uno de los interrogantes más acuciantes que expone el paradigma inmunológico que nace con los estados modernos y que, como el ensayo anterior pretendía ilustrar, construye al Otro como una enfermedad níțidamente extraíble y exterminable del cuerpo social, es si deja lugar para otra lengua de lo viral y lo bacterial que permita, en vez de expulsar a un Otro, conformar una comunidad. En tiempos de la dictadura militar argentina, y poco después, con la irrupción en democracia del VIH, la metáfora del virus como agente que contagia el cuerpo individual-colectivo y lo amenaza y corrompe cobró particular actualidad y urgencia en el país, y acaso quien mejor se encargó de desmontar sus implicaciones fue el artista Roberto Jacoby. Si el miedo al Otro como contagio (de sub-versión y per-versión) convierte al cuerpo individual, a su separación de las otrxs amenazantes, en el garante político de la inmunidad y de la comunidad. Jacoby propuso precisamente en sus intervenciones un paradigma antagónico en el que la dimensión de lo común, de lo propio, se define por la confusión, por el entrelazamiento de los cuerpos, o más bien, por aquello que hace que los cuerpos se confundan y entrelacen: el virus como un nuevo paradigma forjador de comunidad.
Si el virus, de acuerdo con su modo de transmisión, se caracteriza por invadir lo individual de los cuerpos, confundir sus límites y manifestar que aquello que se considera más «propio» (la corporalidad) está, en realidad, definido por una heterogeneidad y una impropiedad radicales, varias intervenciones de Jacoby a lo largo de los años ochenta y noventa proponen que el virus no es lo Otro, sino que, en cambio, le virus, c'est moi. Como letrista de más de cuarenta canciones de la banda pop que, justamente, se llamó Virus, Jacoby digitó, a fines de la dictadura, una poderosa máquina de viralización de las costumbres retrógradas que dejaba la dictadura: los recitales de rock. Frente a la represión y militarización de las costumbres, al miedo que confinaba a las personas en sus casas, los recitales de Virus eran un nuevo espacio que ponía en la fiesta, en la insubordinación sexual y en las «superficies de placer» (nombre de un tema y disco de la banda) nuevas y radicales formas de asociación entre los cuerpos. Pese a que fue la «superficialidad» el elemento más achacado a Virus, por quienes veían en el travestismo, en la reivindicación queer, una frivolidad sin contenido político, acaso fue precisamente esta operación de superficie la que dio a la banda su mayor contundencia política. Porque si la superficie, entendida por piel, había sido en el paradigma inmunológico una frontera frente a la amenaza exterior, en las fiestas de Virus se volvía ante todo cruce, goce e intercambio; y si la piel, como legado siniestro de la dictadura, había sido una superficie de tortura, en este nuevo ámbito revertía absolutamente su signo y se reivindicaba su dimensión comunitaria y hedonista.
Por supuesto, este discurso del virus como fiesta solo era posible en un contexto en el que el VIH era apenas conocido en la sociedad argentina. Ya a fines de los ochenta y toda la década de los noventa, con el avance crítico de la enfermedad, revivieron más que nunca las retóricas mediáticas de exterminio, que en este contexto eran encarnadas por la comunidad LGBTIQ. Por otro lado, la gestión neoliberal del menemismo, con sus medidas que deterioraban vertiginosamente la salud pública, las condiciones generales de trabajo y demás garantías estatales, facilitó la precarización de dichas comunidades, abandonadas a la desidia de lo que Achille Mbembe ha llamado «necropolítica», y que consiste en el «dejar morir» neoliberal a las personas que sobran. En 1994, y posiblemente en consonancia con la cultura del business que proponía el menemismo, Roberto Jacoby funda junto a Kiwi Sainz una agencia apócrifa de publicidad llamada Fabulous Nobodies, cuyo propósito era producir intervenciones contraculturales en el campo mediático. La agencia dirigida por Jacoby y Sainz montó el proyecto «Yo tengo sida», que consistió en la impresión masiva de camisetas con dicha leyenda, que cientos de personas debían vestir en su vida diaria.
Hay que tener en cuenta que, a fines de los ochenta y comienzos de los noventa, la ignorancia generalizada respecto a las causas y los modos de contagio del virus suscitaron en la sociedad oleadas de discriminación y prejuicio, y que hacían que «ponerse la camiseta» del VIH produjera un efecto de transgresión mucho más categórico del que quizá tendría en la actualidad. En este escenario, la consigna Le virus, c'est moi (Yo tengo sida) no convocaba a la comunidad por la viralización de la fiesta, sino por la identificación con el/la/lx portador de VIH como el cuerpo precario que todxs potencialmente podían llegar a ser. Ponerse la camiseta del sida, en otras palabras, era proclamar que el VIH no era una ajenidad radical, sino que era más bien su carácter precario, vulnerable, despojado de todo tipo de garantías laborales y sociales por el Estado, aquel que en pleno menemismo también «contagiaba» y viralizaba a trabajadorxs, jubiladxs, jóvenes y docentes, y lo dotaba de una dimensión comunitaria. Porque decir «yo tengo sida» no era solamente evaporar de una vez y para siempre la alteridad radical a la que los discursos mediáticos y fascistoides confinaban a las comunidades LGBTIQ, sino que también era decir yo tengo el virus de ser jubiladx, el virus de ser estudiante, el virus de ser desempleadx, indix, mujer, negrx, el virus de todas aquellas comunidades que, para el neoliberalismo, sobran. Decir «yo tengo sida» era decir yo estoy afectadx por el virus neoliberal de la precarización.
Fuente: Michael Nieva, Tecnología y barbarie, editorial Anagrama, primera edición febrero 2024.




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