Entrevista a Édouard Louis – Dressé par les hommes / Naomí Titi para “Les Couilles sur la table” (parte 2)
- Revista Adynata
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La parte 1 puede leerse en Adynata Diciembre
Édouard Louis:
Esa era su historia. La habían dejado hacía poco; había sido abandonada por un hombre al que amaba,
con quien pensaba compartir su vida.
Y esta mujer tenía una particularidad: no pertenecía al mismo mundo que nosotros, no era del mismo medio social. Trabajaba para la comuna, era funcionaria pública. Había estudiado un poco, había vivido en la ciudad. Tenía una manera de hablar distinta, una forma de vestir más acomodada, más burguesa.
Y eso nunca pasaba. En el mundo de mi infancia, las jerarquías sociales eran extremadamente fuertes, casi sagradas. Nadie salía de su clase. Un obrero jamás habría ido a cenar a casa del farmacéutico del pueblo; el alcalde no era amigo de quienes vivían de ayudas sociales. Era un sistema jerárquico cerrado, absoluto.
Y de pronto, esa mujer —porque estaba triste, porque estaba en depresión— como si su condición psicológica hubiera suspendido las condiciones sociológicas normales, entró en nuestra vida.
Y mi madre, en contacto con ella, encontró una aliada, una mujer con la que podría huir de mi padre.
Principalmente porque esa mujer tenía carné de conducir, cosa que mi madre no tenía, ya que mi padre repetía que no servía de nada, porque él era quien conducía.
Gracias a eso, mi madre pudo subirse a un coche y partir: se iban al mar, a la montaña por unos días, o a tomar algo a un bar.
Mi madre vio en esa mujer la posibilidad de una amistad transformadora, una forma de transformación a través de una relación entre dos mujeres, pero también una transformación social.
Poco a poco empezó a imitarla: comía lo mismo que ella, se vestía como ella, adoptaba sus giros de lenguaje.
Recuerdo que cuando venía a casa, para el aperitivo traía hummus o tomates cherry.
Yo era un niño y nunca había visto a nadie comer esas cosas: me parecían alimentos de otro mundo.
Como comer tofu o bulgur: comidas de clase, caras, livianas, no como las pastas, las papas fritas o las patatas —esas comidas que “llenan el cuerpo” cuando hay poco dinero.
Mi madre empezó a transformarse a una velocidad increíble al contacto de esa amistad. Angélique leía algunos libros, iba a conciertos, viajaba a Amiens o a París para escuchar música. Y mi madre vio en ella la posibilidad de otra vida.
Cuento esa historia como la de dos mujeres que, al encontrarse, logran escapar, cada una a su modo,
de su relación con la masculinidad: una escapaba de un desamor; la otra, de la violencia cotidiana.
Pero un día esa mujer dejó de estar triste. Dejó de estar deprimida. Y fue como si se despertara de golpe: dejó de venir a vernos.
Mi madre, que había pasado con ella casi todos los días durante dos o tres años, la llamaba y ella no respondía. “No entiendo qué pasa”, decía mi madre, abatida, destruida.
Yo también la quería mucho, así que fui a verla y le pregunté: “¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no le respondés a mi madre?”
Y ella me dijo: “Porque no soporto ese mundo. No soporto cómo hablan tus padres. No soporto la televisión encendida todo el tiempo. No soporto los chistes de tu padre sobre las mujeres, los negros o los árabes. No soporto ese mundo.”
Su herida psicológica, su depresión, había hecho posible esa relación. Pero cuando sanó, cuando “volvió a la normalidad”, esa relación se volvió imposible.
Fue una crueldad extrema, sin duda, pero también plantó algo en mi madre. Creo que en ese momento empezó a vislumbrar la posibilidad de otra vida: entendió que tenía derecho a ser otra,
a transformarse, a desear otra cosa.
Y fue extraño verla cambiar tan rápido, como si ese vínculo entre mujeres le hubiera abierto una grieta luminosa.
Poco tiempo después, yo me fui a Amiens a estudiar, y mi madre finalmente logró echar a mi padre de casa.
Una noche se cansó, sacó todas sus cosas, y le dijo: “No vuelvas más.”
Desde entonces seguí viendo cómo se metamorfoseaba: empezó a maquillarse —algo que él le había prohibido—, a hacer cosas para sí misma, a reconstruir una vida.
Ese impulso de huida que había nacido con su amiga se concretó.
Más tarde se emparejó con otro hombre que parecía más cariñoso, menos dominante que los anteriores. Pero al cabo de algunos años, se reveló violento también.
Una noche, mientras yo estaba en el extranjero por trabajo, me llamó pidiendo ayuda. Y así empieza Monique s’évade (Monique se escapa), mi sexto libro, publicado en 2024 por Seuil.
Es un libro con un ritmo vertiginoso, que se vive casi en tiempo real, donde adopto una mirada materialista sobre las posibilidades de la fuga.
Enumero cada paso, cada llamada, cada trámite, cada gasto, todo lo necesario para que mi madre pudiera salir de esa violencia.
Intento sopesar el precio de la libertad.
Naomi Titi: ¿Y lo encontraste?
Édouard Louis:
Intenté hacerlo.
Tenía la sensación de que hoy la cuestión marxista y materialista está menos en el centro del debate político que en los años 60 o 70, en la estela de Mayo del 68 y de los grandes movimientos feministas y marxistas de la época — aunque, por supuesto, esa tradición sigue viva hoy, con autoras como Silvia Federici, por ejemplo.
Quería explorar justamente eso: ¿cuánto le costó a mi madre irse?
El día que me llamó, en medio de la noche, me dijo: “Pensé que él sería distinto a tu padre, pero es igual. Me hace revivir lo mismo.”
Esa relación entre violencia y repetición me interesaba mucho.
Cuando publiqué Monique s’évade, ya había publicado Combate y metamorfosis de una mujer, el primer libro sobre mi madre.
Y mucha gente me preguntaba: “¿Por qué escribir un segundo libro sobre ella? ¿Por qué volver sobre la dominación masculina?”
Y lo que intentaba decir era precisamente eso: una de las violencias más terribles de la violencia es su repetición. Si la violencia ocurriera una sola vez y se terminara, la vida sería mucho menos difícil.
Si alguien te dijera “puto” una sola vez y eso acabara ahí, sería soportable.
Si una mujer fuera molestada una sola vez en la calle, sería insoportable, pero sería una.
El problema es que la violencia vuelve, se repite, se instala.
Todas las personas que han vivido la violencia viven con el espectro de su repetición.
Por eso, cuando sos una mujer o un gay, tenés que ajustar tus comportamientos en el espacio público: ¿puedo vestirme así sin que me agredan? ¿Puedo usar una minifalda? ¿Puedo, si soy gay, tomarle la mano al hombre que amo? ¿Puedo caminar por este barrio?
La violencia crea una geografía del miedo, una cartografía invisible que organiza nuestros movimientos.
Édouard Louis:
Eso es lo que producimos a nuestro pesar: ¿a dónde puedo ir?, ¿cómo?, ¿vestido cómo? Y si tomamos todas esas precauciones es porque sabemos que la violencia siempre está ahí, lista para reproducirse; sabemos que va a volver, que puede volver.
Y por eso para mí era necesario escribir una segunda huida de mi madre; de lo contrario, era como mentir sobre la violencia. No es un happy ending: Combate y metamorfosis de una mujer, donde mi madre escapa de la relación con mi padre… y de repente todo va bien, de repente su vida es perfecta. La realidad es mucho más difícil.
Muy a menudo creemos que la “próxima etapa” será la gran liberación. La vida no funciona así: siempre trae nuevas pruebas, nuevas violencias, nuevas preguntas. Tenemos el fantasma de un momento en que todo se detendrá. Pero la vida no se detiene, el mundo no se detiene, y la violencia tampoco.
Así que, cuando mi madre se ve obligada a repetir una evasión después de dejar a mi padre en Combate y metamorfosis de una mujer, en Monique se escapa tiene que huir de otro hombre, violento como mi padre. Y entonces me doy cuenta de que mi madre necesita dinero para escapar. Necesita un departamento donde vivir lejos de ese hombre. Necesita poder comprar comida porque no tiene dinero, no tiene trabajo: vivía con un hombre que trabajaba. Muy a menudo —lo sabemos— las mujeres renuncian a su carrera o a sus estudios para criar a los hijos. Mi madre hizo eso: crió hijos toda su vida, no tenía empleo ni oficio.
De pronto, la posibilidad de la liberación eran sumas de dinero concretas.
En Monique se escapa intenté pensar ese costo de la libertad y, al hacerlo, casi agredir a la literatura: el dinero parece algo poco noble en literatura. ¿Qué hay más vulgar que un ticket de caja? ¿Qué hay más vulgar que una factura? La literatura siempre quiere ser noble, grande, por encima de esas cosas materiales, cotidianas.
Pero si la vida de muchas personas pasa por ahí —si para liberarte necesitás pagar un alquiler, hacer la compra, ir al supermercado y comprarte comida para alejarte de la casa de un hombre con el que vivías sin dinero—, ¿cómo no contarlo? Era difícil de narrar en literatura: poner una cifra concreta para escapar de una situación.
La cuestión del dinero en relación con las violencias patriarcales es central, porque es una de las razones por las que la huida es tan difícil para las mujeres víctimas. Hay cifras serias que muestran que, en promedio, una mujer víctima de violencia de pareja hace siete idas y vueltas antes de dejar definitivamente a su agresor. El dinero es una de las vías para lograr que la salida sea definitiva.
Naomi Titi:
Quisiera volver a vos. Tu destino social fue sacudido por mujeres amigas y aliadas. En el primer episodio hablaste de tu infancia y del comienzo de tu adolescencia, donde la obligación de la masculinidad más dura —y las sanciones por no ajustarte— estaban muy presentes, todo amplificado por la miseria social que narrás en tus libros con realismo. Cuando ya no pudiste soportar tanta violencia, buscaste huir. Eso lo contás en tu quinto libro, Cambiar: método (2021), del que ahora vamos a hablar.
¿Fue más bien la pobreza, el destino trazado hacia la fábrica, o la homofobia lo que te hizo huir? ¿O ambas?
Édouard Louis:
Fueron ambas. Volvemos exactamente al tema del primer episodio: la complejidad de la violencia y la dominación.
Me fui —tuve que irme— y pude escapar de mi destino social precisamente porque estaba más dominado que otros: tenía dos veredictos, uno de clase (pobre) y uno sexual (maricón), y ambos chocaban, entraban en contradicción. Tenía que irme. No tenía elección.
En el fondo, me fui porque estaba más dominado que los demás.
Y algo similar —en niveles distintos— pasó con mi madre como mujer: ella estaba más dominada que mi padre porque era mujer de clase popular; tenía un veredicto de género y uno de clase.
Mi padre tenía el veredicto de clase pobre, pero su veredicto de género —ser hombre— era dominante, así que era más dominante que ella.
Por eso, mi padre, a causa de su masculinidad, creyó toda su vida que había elegido lo que era: bebía “para ser un hombre de verdad”, hacía cosas peligrosas “para ser un hombre de verdad”, se autoexcluía de la escuela “para ser un hombre de verdad”. Estaba ciego por su propia dominación: todo lo que lo destruyó, cree haberlo elegido. Esa es la maldición de la masculinidad.
Mi madre, como mujer, no pensó que lo había elegido. Aunque a veces lo aceptara, eran los hombres quienes le decían: “te quedás en casa”, “cocinás”, “cuidás a los niños”, “no sacás el carné”, “no te maquillás”.
Por eso, un día pudo decir: “Voy a recuperar lo que el mundo me robó. Voy a recuperar lo que la sociedad me robó.”
Porque sabía que se lo habían robado.
Mi padre era menos consciente del robo, encerrado como estaba en su estatus dominante.
Y yo, como homosexual, viví lo mismo: no elegía mi vida ni lo que era.
Mi cuerpo no tenía derecho a existir en el espacio donde me encontraba, con tanta homofobia.
Tuve que buscar mi libertad en otra parte.
En el fondo, los libros sobre mi homosexualidad y los libros sobre mi madre son espejos de los libros sobre mi padre —Quién mató a mi padre, El derrumbe—, donde cuento esa inversión de las relaciones de poder y el hecho de que, a veces, esa doble dominación puede convertirse en el punto de partida de la emancipación. (No siempre, claro; vuelve a depender de condiciones materiales).
Naomi Titi: Sí, está muy ligado a las condiciones materiales.
Édouard Louis:
Totalmente. Hay muchas mujeres que nunca tienen la posibilidad de huir.
Pero aunque no huyan —lo cual no basta, por supuesto—, las mujeres de mi infancia eran más inteligentes que los hombres.
Porque la sociedad, al ponerlas al margen, les daba una mirada desde afuera del mundo —no estaban en el centro—, y estar en el margen también es una posibilidad de lucidez.
La masculinidad suele estar contada por los perdedores de la masculinidad: los gays, las personas LGBT, las mujeres, todas las personas víctimas de la violencia masculina. Porque es desde fuera que se la ve; desde dentro no se ve. La masculinidad no tiene nada que decir de sí misma. Es torpe. Tiene principios abstractos.
No sé si intentaron leer memorias de grandes generales militares o ese tipo de textos… son tontos, en realidad; no dicen nada.
Es como si la masculinidad tuviera que ser narrada desde afuera, porque ella es demasiado ciega respecto de su propio poder.
Y es verdad que las mujeres de mi infancia tenían algo que decir del mundo porque estaban un poco fuera de él, por su posición. Por eso las encontraba, muchas veces, más inteligentes o más interesantes. No lo digo para halagar a nadie: cualquier gay te lo dirá.
Para mí, cuando estaba con mujeres, podía respirar.
No es que estuviera exento de violencia: mi madre también decía cosas homofóbicas o racistas —era una mujer de las clases populares del Norte que votaba al Reagrupamiento Nacional.
No digo que todo fuera perfecto.
Pero cuando mi padre se iba al bar con mi hermano y yo me quedaba en casa con mi madre y mis hermanas, había una pesadez que desaparecía, una forma de brutalidad y estupidez que se disolvía.
Eso, cualquier gay te lo puede contar.
Édouard Louis:
Creo que eso es realmente imposible. Y, de otro modo, hay mujeres que también cuentan su amistad con personas LGBT, con hombres gays, como una manera de estar con hombres sin sentir la violencia masculina.
Por eso existe una larga tradición de alianza y convergencia de luchas.
Mis libros son también un homenaje a todas esas mujeres de mi infancia y de mi adolescencia que fueron momentos de oxígeno, sin los cuales me habría asfixiado por la masculinidad, por la estupidez masculina.
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Naomi Titi:
Y ahora, volvemos a Les Couilles sur la table.
Una de esas mujeres que marcó tu vida, la conociste cuando llegaste al liceo en Amiens. La llamás Héléna en tus libros. Ella transformó completamente tu vida, hasta el punto de que hablás de un efecto Héléna. ¿Podés contarnos qué es ese “efecto Héléna”?
Édouard Louis:
Llegué a Amiens para comenzar el liceo; era el primero de mi familia en hacerlo, el primero en iniciar estudios generales, un bachillerato.
Y cuando llegué, como cuento en Cambiar: método, me di cuenta de que no pertenecía a la misma clase social que los demás estudiantes. Tenían otras maneras de hablar, de vestirse, de comportarse.
Además, era un liceo bastante burgués, porque ofrecía opciones artísticas: danza, música, teatro.
Era un lugar donde los padres de la burguesía cultural enviaban a sus hijos, los que querían tener hijos artistas, que valoraban el arte.
Así que me encontré en un entorno donde la mayoría eran hijos de profesores, periodistas o gente del mundo cultural. Y enseguida me enfrenté a una forma de ilegitimidad de clase.
Me decían: “¿Por qué hablás con acento del norte?” “¿Por qué te vestís con ropa deportiva?”
Porque los chicos de las clases populares de mi pueblo se vestían como los raperos de la televisión: pantalones bajos hasta las nalgas, calzoncillos a la vista, Air Max, las medias por encima del pantalón.
Así llegué al liceo.
Y los hijos de la burguesía me preguntaban: “¿Por qué te vestís así?”
Yo no conocía sus referencias. Eran chicos que habían ido al teatro, que viajaban con sus padres. Yo nunca había viajado, nunca había ido al teatro. Me encontré completamente desfasado, fuera de lugar, ajeno al mundo del liceo.
Y ahí conocí a Héléna: una chica, hija de un profesor universitario y de una ex actriz. Había crecido entre libros, teatro, museos, viajes.
Cuando la conocí pensé: “Quiero ser como ella. Quiero que mi vida sea la suya. Quiero hablar como ella, vivir como ella, tener el mismo cotidiano.”
Ejerció sobre mí una fascinación enorme, porque era una chica que amaba y valoraba la cultura,
que soñaba con ser actriz, directora, que estaba muy próxima al arte.
Y el arte, de repente, era un universo donde los valores masculinos de mi infancia estaban completamente devaluados.
Toda esa ideología que consistía en ser fuerte, agresivo, dominante, en imponerse físicamente, de golpe ya no valía nada. En el mundo del arte, lo que se valoraba era sentarse, escuchar, estudiar, observar, callar. Era un sistema de valores totalmente distinto.
Y de pronto sentí que, a través de Héléna, descubría un mundo donde mi cuerpo podía existir: mi cuerpo disidente, mi cuerpo gay, mi cuerpo deseante de otros hombres, mi cuerpo que no era fuerte ni agresivo ni performativo, por fin tenía un lugar donde podía ser.
Esa amistad transformó mi vida por completo y me llevó hacia otro mundo.
Naomi Titi:
Sí, porque ella realmente te inició en ese nuevo mundo que estabas descubriendo. Y lo apasionante de ese relato es que, después de haber desmontado lo que la filósofa Judith Butler llama la performance de género en tus libros anteriores, en Cambiar: método lo que aprendés es la performance de clase.
Cómo hay que vestirse, cómo hay que comer, cómo comportarse en el espacio público, cómo abrirse a los demás, cómo mantener una conversación, todas esas cosas ligadas a la politesse, a la cortesía.
Todo eso te llegó a través de Héléna, pero también a través de su madre, Nadia, que tuvo un papel muy importante en tu construcción personal.
Édouard Louis:
Sí, es curioso, porque en el primer episodio hablamos del adiestramiento en la masculinidad. Y cuando llegué al liceo, viví —experimenté, atravesé, sufrí— una mezcla de todo eso a la vez: un adiestramiento de clase, un adiestramiento social.
Y, paradójicamente, a diferencia de la masculinidad obligatoria, que me hacía tanto daño, que me destruía, esta formación de clase, aunque a veces era dura y me llenaba de vergüenza, aunque me sentía ilegítimo y muchas veces no lograba adaptarme, tenía algo liberador.
Recuerdo que en Cambiar: método cuento cómo intentaba corregir obsesivamente mi acento del norte de Francia.
Me ponía frente al espejo y pasaba horas tratando de hablar de otra manera, de hablar sin acento, de pronunciar correctamente palabras como jaune (“amarillo”), que me resultaba imposible.
Cuando era niño, en mi pueblo decíamos jône o ni siquiera lo decíamos bien, y ese sonido au no me salía. Cuando decía jône con mi acento del norte, todos se reían: “¡Cómo habla, qué gracioso!”
Entonces, claro, hubo una forma de disciplina muy dura, una transición de clase, en cierto modo.
Pero al mismo tiempo, no fue una transición que me asfixiara, sino una transición que me liberó, al menos al principio.
Después pude mirar todo eso críticamente: de todo lo que absorbí de la burguesía, hoy tengo mucho que criticar —ese mundo de privilegio, de poder, de dominio—, pero en aquel momento yo no tenía fuerza para resistirme y veía en ese adiestramiento una vía de fuga, una posibilidad de emancipación, lejos de mi padre, lejos de mi hermano.
Así que, aunque fue violento, era una violencia liberadora, no una violencia destructiva.
Y cuando analizamos la violencia, habría que hacer una lectura compleja, distinguir entre las violencias que destruyen y las violencias que liberan. Quizás la palabra “violencia” no sea del todo adecuada, pero la diferencia es compleja.
Sabemos, por ejemplo, que en el movimiento feminista hubo —y aún hay— una resistencia de muchas mujeres al discurso feminista, porque ese discurso les decía: “Vivís vidas dominadas, no elegidas, alienadas por el poder masculino; tenés que rebelarte, tomar conciencia, transformarte.”
Y escuchar que una no eligió su vida puede ser algo extremadamente violento. Cuando alguien te mira y te dice: “Creés que elegiste, pero no elegiste”, hay una violencia en esa frase.
Y, sin embargo, toda la tradición emancipadora del siglo XX —los movimientos antirracistas, el movimiento gay, el obrero, el feminista— contiene esa misma forma de violencia la de decirle a la gente: “Pensás que sos libre, pero no lo sos.” Quizás no todo el tiempo, quizás no en cada gesto, pero detrás hay un sistema que dicta tus conductas.
Y esa violencia, de golpe, se convierte en la posibilidad de emancipación.
Para mí, el encuentro con Héléna, con Nadia y con ese mundo, fue exactamente eso: una violencia a veces muy pesada, pero también la posibilidad de alejarme de mi hermano, de mi padre, de mi medio.
Y más tarde pude volver sobre eso, pensarlo críticamente.
De eso hablaremos en el tercer episodio, sobre mi llegada a la burguesía, digamos.
Esa violencia paradójica me parece fascinante, porque muestra que las relaciones de poder a veces son fáciles de ver, y otras veces son muy difíciles de desenredar, ya que dentro de ellas también encontramos cosas que nos liberan, cosas que nos oprimen aún más.
Y en ese adiestramiento de clase, como decís, había también una violencia simbólica que terminé interiorizando: ese desprecio de clase que se expresaba, por ejemplo, en cómo debía aprender a comer.
Recuerdo que Héléna me dijo un día: “Tenés que aprender a comer distinto, porque si seguís comiendo como un campesino, frente a los demás no vas a poder desenvolverte.”
Y claro, cuando uno lee eso, lo que siente es el desprecio de clase brutal, pero a la vez, eso me liberó.
Naomi Titi: Sí, porque vos consentiste en eso, ¿no?
Édouard Louis:
Exacto, consentí. Consentí hasta el punto de convertirme, más tarde, en un agente de esa violencia de clase.
En ese proceso de transformación al contacto con Héléna y con la vida en el liceo, empecé a sentir esa transformación como una posibilidad de venganza contra mi infancia, contra la homofobia de mi infancia.
Hubo un momento en mi adolescencia en que utilicé el poder de clase contra el poder sexual.
Cuando volvía a casa los fines de semana —yo estaba internado durante la semana—, quería mostrarle a mis padres que sabía cosas que ellos no sabían, que leía libros que ellos no podían leer porque yo había ido al liceo y ellos no, que conocía directores de cine, autores, referencias culturales que ellos no tenían.
Usaba eso como instrumento de venganza por la vergüenza que había sentido de niño cuando me decían que no valía nada, que era un “puto”, que no era legítimo.
Y claro, me avergüenza profundamente haber ejercido violencia sobre la violencia, pero intento contarlo con la mayor lucidez posible, sin ahorrarme a mí mismo, así como no ahorro a los demás.
Lo que me interesa no es ser “bueno” o “malo”, sino ser justo al escribir.
Así que sí, me di cuenta de que todo lo que aprendía en el liceo podía servirme para ganar un poder que nunca había tenido.
Más tarde quise usar la literatura para desmontar el poder, y escribí contra el adolescente que había sido. Pero al principio, sentí la violencia de la cultura, su potencial violento: yo mismo la usaba para inferiorizar a mis padres, a mi familia.
Por eso, cuando llegué a París y empecé a escribir, nunca pude creer del todo ese gran discurso burgués sobre “el arte que libera”, “el arte que construye puentes entre las personas en lugar de muros”.
Yo sé en mi carne, en mi cuerpo, en mi sangre, que la cultura también es uno de los grandes lugares de la violencia: de las jerarquías, de quién conoce a quién, de quién lee a quién, de quién sabe qué.
La cultura es también eso.
La literatura es también eso.
Y eso es lo que intento narrar hoy.
Édouard Louis:
Para mí, el desafío también era mostrar la violencia de clase en toda su complejidad y multiplicidad. Cuando era niño, pensaba que la diferencia entre una clase y otra era ser rico o ser pobre. Creía que nosotros éramos pobres y que en el mundo había otros que eran ricos.
Y, poco a poco —por mi trayectoria social, por haber estudiado, por irme a una ciudad más grande, por salir del pequeño pueblo donde crecí—, me di cuenta de que la clase social era mucho más que eso.
También era, por supuesto, la cultura que se posee o no se posee —algo que de niño conocía de forma abstracta—; era la manera de vestirse o de no vestirse; era qué se come: si se come más bien pescado y marisco o comida basura y cheeseburgers; era qué deporte se practica: fútbol, o equitación, o golf;
si se hace música: ¿piano o rap?
En el fondo, la distancia entre una clase y otra no estaba cerrada por una puerta, sino por 800 puertas. Como si hubiera 800 puertas entre una clase social y otra.
La cultura, el conocimiento, el saber forman parte de esos instrumentos del poder de clase. Esa es la gran revolución teórica que aportó Pierre Bourdieu con La distinción (1980), despegándose del marxismo tradicional que analizaba las clases en términos de relaciones de fuerza en el capitalismo, de capital económico, etc.
En literatura, a través de la historia de mi familia —que funciona casi como un laboratorio del análisis del mundo social—, intenté mostrar esa variedad extrema del poder de clase.
Y eso explica también lo difícil que es combatirlo. Si solo fuera una cuestión de ricos y pobres, sería más simple: iríamos a robarles el dinero, a embargar sus cuentas —me encantaría que lo hiciéramos—. Pero no: es mucho más complicado. Es quién habla, quién tiene acento, quién no lo tiene, quién tiene acento del Norte; quién se ríe fuerte, quién no; quién conoce a Bach, quién no. El poder se traduce así.
Y es impresionante hasta qué punto el poder de género se manifiesta de la misma manera. Por eso es tan complicado combatir la dominación masculina.
Mi experiencia de clase en la adolescencia es paralela a mi experiencia de género en la infancia: todo lo que yo hacía se asociaba a lo femenino.
La dominación masculina no operaba solo por la apariencia, la ropa, la forma de caminar: también por qué música escuchabas. Cuando yo escuchaba Britney Spears, me decían: “Si sos varón, no podés escuchar eso. Es música de maricón.” Recuerdo que llené mi cuarto de posters de Britney Spears, y eso horrorizaba a mi hermano mayor —el que murió—: “Un chico escucha rap o techno; no podés escuchar a Britney Spears.” También era lo que comía: los chicos comían mucho porque era un signo de fuerza. A mí no me gustaba comer demasiado, y me decían: “Sos un delicado, comiste poco.”
La dominación masculina se inscribe en 800 cosas: en las maneras de existir a diario, de mirar, de vestirse, de escuchar música… en todos lados. Por lo tanto, para combatirla hay que combatir 800 cosas.
Recuerdo el escándalo que era que me gustara saltar a la comba con las chicas en el recreo —con mis amigas Anne-Claire, Mathilde, Amélie—. Me consideraban “no masculino” porque los chicos jugaban al fútbol. Era caricaturesco, pero en el patio era un escándalo saltar a la cuerda.
¿Hasta dónde llega el sistema de género? Al nivel del detalle, a una precisión absurda. ¿Qué tiene de más masculino o femenino saltar la cuerda o patear una pelota? No sé qué hay, en el orden “natural”, que haga que una actividad sea más masculina que la otra. Y, sin embargo, la dominación se incrusta en un conjunto de prácticas, en todos los detalles de la vida, y hace que la lucha contra esa violencia sea extremadamente compleja porque pasa por todo eso.
En Cambiar: método hablo de Héléna, pero también de otras mujeres: Pascale Boulnois, que era documentalista; Stéphanie Morel, bibliotecaria; Babette, que me contrató como acomodador en la Maison de la Culture de Amiens.
Todas ellas me introdujeron en ese lenguaje de clase, en ese nuevo lenguaje, con una violencia que podía ser difícil de vivir, pero a la que yo consentí, como ya conté.
Naomi Titi: Esa apertura, ¿qué permitió en tu apertura a la homosexualidad?
Édouard Louis:
Esas mujeres, que marcaron mi trayectoria por los encuentros, las amistades, las complicidades y la ternura, hicieron posible un cuerpo para mí —como dije antes.
Y hay toda una historia literaria sobre esto.
No solo en autores gays, sino en quienes tienen cuerpos disidentes respecto del mundo social que habitan. Está el encuentro de Jean-Jacques Rousseau con Madame de Warens en las Confesiones,
una mujer que lo ayuda a transformarse, a convertirse en otro. En Maupassant, en Bel-Ami, el protagonista intenta escapar de su condición social y en su camino encuentra mujeres que lo ayudan, lo empujan a transformarse.
Mi vida evolucionó así: las relaciones con chicas y mujeres fueron un espacio donde la dominio homófobo era, por lo general, menos fuerte —aunque existiera; mi hermana también podía decirme “caminás como un maricón”—. Pero no mis amigas: ellas nunca me dijeron eso. Con ellas tenía derecho a existir tal como era. No tenía miedo con ellas.
Y, además, en términos de representación, como niño gay, las mujeres eran para mí más emancipadoras que la representación de la homosexualidad.
Muy a menudo, cuando veía homosexualidad en la televisión —en realities que mirábamos mucho—, eso me generaba rechazo.
Veía a un hombre homosexual juzgado “afeminado” y no quería ser él; me daba miedo ser él, porque me recordaba algo que me había hecho tanto daño que intentaba ocultar. No lograba identificarme con figuras de hombres gays.
En cambio, identificarme con mujeres me resultaba enormemente emancipador, porque me permitía existir con mi cuerpo.
No es casual que, si vas a un concierto de pop de una gran cantante —Lady Gaga, Beyoncé, Lana Del Rey, Mylène Farmer—, veas una sobrerrepresentación de hombres homosexuales.
Lo sé: fui a un concierto de Lana Del Rey. Creo que esas figuras representan para muchos gays la posibilidad de afirmarse, la posibilidad de otro cuerpo, otro ser, otra vida, la posibilidad de la luz también.
Y eso aparece también en cineastas gays como Pedro Almodóvar, Xavier Dolan o Gus Van Sant, que han representado mujeres deslumbrantes.
Me parece interesantísimo, porque esas figuras —a menudo en una performance de ultra-feminidad— pueden ser pesadas y violentas para niñas y mujeres que sienten la obligación de la feminidad social: para ser legítima hay que ser “mujer”, maquillarse, ponerse guapa, ser seductora, ser delgada, etc. Conocí mujeres que sufrieron el peso de esa norma. Y lo fascinante es que eso mismo, que para ellas era una carga, para mí, como gay, era una fuente de liberación.
Esto complejiza la política: una misma realidad puede ser violenta para alguien y emancipadora para otro al mismo tiempo.
Édouard Louis:
La feminidad obligatoria, o la sobrefeminidad, que de pronto puede volverse una norma e imponerse sobre el cuerpo de todas las chicas y todas las mujeres, puede ser, para los gays, una forma de escapar de la masculinidad obligatoria.
En realidad, la feminidad y las mujeres, desde el inicio de mi trayectoria, me permitieron encontrar otros caminos.
Para retomar la metáfora de Monique Wittig, la gran teórica feminista, yo era como un esclavo cimarrón de la masculinidad.
Los esclavos cimarrones eran los esclavos que, en tiempos de la esclavitud, huían de las plantaciones.
Esa práctica —el cimarronaje— consistía en escapar del lugar donde uno estaba retenido como esclavo, lo cual era durísimo: muy a menudo los capturaban, los mataban, los destrozaban los perros.
Patrick Chamoiseau o Toni Morrison escribieron sobre eso.
Wittig dice que los gays y las lesbianas son esclavos cimarrones del género: que huyen de una forma de asignación obligatoria a una identidad de género y sexualidad. Y mis amistades profundas con mujeres representaron, justamente, esa huida.
Hay novelas maravillosas de Patrick Chamoiseau en las que los esclavos que escapan recrean comunidades en la selva, ocultas del poder por la vegetación, por los árboles, por las hojas, lejos de las ciudades, lejos de los sistemas de vigilancia.
Y cuando yo estaba con mujeres en mi infancia y adolescencia, sentía exactamente eso: que todos esos cuerpos alrededor mío eran como protecciones contra el poder que estaba allá, un poco más lejos, donde estaban la vigilancia, las redes, la mirada de los otros.
Y esa fue la apertura que vamos a profundizar en el tercer episodio, porque hablaremos de los hombres gays que conociste antes de convertirte en escritor.
Pero antes de cerrar este segundo episodio, ¿tenés alguna obra de arte que quieras recomendarnos?
Édouard Louis:
Sí. Como lo mencionamos antes, recomendaría el libro de Toni Morrison, Beloved (Amada), que es una de sus obras maestras —porque escribió muchas—, y que cuenta la historia de una mujer esclavizada que logra huir de la esclavitud.
Creo que hay mucho que aprender de esa cuestión de la huida en las grandes escritoras como Toni Morrison, aunque, por supuesto, las situaciones que vivimos no sean las mismas y la violencia que ella describe sea incomparable. Pero me parece una obra enorme sobre ese tema.
Naomi Titi: Muchas gracias.
Fuente: “S’évader grâce aux femmes” Podcast Les Couilles sur la table, episodio 123. Entrevista de Naomi Titi para “Les Couilles sur la table” Emitido el 2 de octubre de 2025
Traducción: Fundamentalismo Estético para Revista Adynata.
