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- Constelaciones / agostina silvestri
Es preciso que haya algo que no nos puedan quitar. Un susurro al oído, un recordatorio de belleza, una moción de serenidad. Estamos hechxs de una materia común. Micropartículas de barro y estrellas nos componen, nos funden, nos multiplican. Aquello que algunos leen como falta de civilización puede ser leído, también, como una falta de lealtad a la Historia del Ascenso del Hombre. Hemos sido anómalas, irregulares, sorprendentes. Excesivas, rebuscadas, fragmentarias. Oscuras y brillantes. Extremadamente imperfectas para ser un ser-humano, quizás no lo hayamos sido en absoluto. Acaso fuimos niño, relámpago, molécula, pálpito, animal. Un compost salvaje. Un cosmos proyectado. Así que, con cierto sentimiento de urgencia, buscamos la materia, el movimiento, las imágenes de la otra escena, las palabras del otro relato. No la cantaleta que una y otra y otra vez -entonces o ahora- cuenta héroes, batallas, descubrimientos y conquistas; sino las ficciones, sueños y fantasías que extienden y reorganizan una maraña de transformaciones y traducciones sin fin. ¿Cómo afirmarnos en el ejercicio del derecho inalienable al saboreo, la demora, el juego que tonifica la vida? ¿Cómo desobjetivar los objetos, deformar las formas, desbordar los bordes? ¿Cómo escuchar el secreto y reacuerpar la memoria de una vulnerabilidad constitutiva? Nuestra rebelión es una porfía que nos empeña en el arrojo, una convicción inclaudicable en el ardor íntimo que compartimos, una negativa al confinamiento, una imposibilidad de exterminio. Los cuerpos y las ideas laten, se estremecen y respiran al compás de rotaciones y traslaciones, estaciones y ciclos, pliegues, mareas, convulsiones, síntomas, turbulencias. Hay condiciones específicas que -atrevidas e ineludibles- desacatan toda voluntad tirana. El dolor es vida exacerbada. La pulsión, como un espíritu, insiste y centellea. ¿Cómo estar a la altura de esta mezcla de precariedad y milagro, de desfallecimiento y fulgor? ¿Cómo agudizar los sentidos para apreciar e intensificar los gérmenes de mundos más vivibles allí donde se expresan cada vez? ¿Cómo cultivar la ternura y el coraje necesarios para defenderlos? Un don ha sido dado: una se percibe por los bordes, una porta portales. En el pecho se agitan planetas, tribus, multitudes. Una se descompone. Una se siente, indefectiblemente, otra. El mundo que añoramos no reside en lugares ni tiempos lejanos, sino que vive y hace vivir en la proximidad del instante-ya que nos invoca. “Ahora es un instante, ¿lo sientes? Yo lo siento.” Ahora es un instante-ya y su reticencia a permanecer es parte de su modo de hacer efecto. Lo que sigue es halo, eco, resonancia. Y prolifera. Nadie sabe lo que puede un gesto. Si se conjura el modo tecno-heroico lineal y progresivo, prometeico o apocalíptico, nos volvemos deliciosamente susceptibles. Podemos ver y sentir -esto es: hacer aparecer- más metáforas que conflictos, más trucos que soluciones, más matices que certezas, más celebraciones que garantías, más desvíos que destinos. Es un realismo extraño, pero la realidad es extraña. Ninguna constelación pre-existe a la mirada que recoge en una figura sus destellos. El cuento sólo es una parte del cuento. Modelo, mérito, prestigio: ya no nos molesten. Si parlotean, los echaremos a bailar. Es por un bien. Los prevenimos, antes de que se ahoguen, absortos, en el reflejo de su saber demasiado. Una lucidez tranquila y eterna, una fuerza imaginante, se arraiga en la sustancia. Todas las lenguas se besan en nos-otrxs. Compost Collaborative - Miopía: dañar para sanar #8 - 2019 - Impresión fotográfica - 35 x 28 cm
- Fluencia / David Abecasis
Una fuerza rompe la forma. Una mala noticia para la Mecánica. Un acto de bienvenida a la clínica del acontecimiento. Fluencia es el punto de pasaje de la deformación elástica a la deformación plástica de un material sometido a un esfuerzo de tracción. Límite de fluencia, un punto virtual, el espacio de la simultaneidad, confluyen y conviven la elasticidad y la plasticidad, las roturas, las deformaciones, las distensiones, las dislocaciones, las torsiones, las conservaciones. En el punto de fluencia la fuerza traza su mapa. En el segundo siguiente la lucha ha cesado. Como en un campo de batalla, se cuentan los cuerpos, se evalúan los daños. Lo roto y lo preservado. A diferencia de un accidente aéreo, no hay caja negra que nos informe cómo ocurrió, y de hecho no nos interesa. Estamos ocupando la mirada en la trayectoria de las fuerzas sobre los materiales. Recogemos los trozos valiosos después del desastre. Cómo seguir después de la rotura… El trapecista en el aire, el instante en que no es de ninguno de los dos trapecios. El recuerdo infantil del cambio de vagón en el tren a Buenos Aires, pasar por la junta del metal y el horror a ser tragado por la pestaña de acero. Momentos en que se alcanza una tensión que pasa por debajo del límite de deformación. Es decir hay conservación de la capacidad elástica de un cuerpo. Una mujer que está dejando a su esposo y eligiendo a su amante y vacilando, sintiendo la intensidad de la fuerza de extrañar y la fuerza de una muy probable desilusión. Intuyendo que “no es ninguno de los dos”. Que es la soledad, la soledad con desolación, la soledad rota. Y armarse desde los trozos humeantes y retorcidos del yo. Tracciones En un ensayo de tracción, una probeta de hierro agota su capacidad de estirarse y se deforma o rompe. Momento de fluencia. Fluencia es entonces el nombre del proceso de deformación plástica de un material sometido a un esfuerzo de tracción [i] En los sistemas humanos (y vivos en general), como todo límite, el de fluencia es arbitrario, puesto que la rotura no es uniforme. Una microfracción de tiempo, un grano de material que no se desplazó, el tiempo de la simultaneidad. Momento precioso para la clínica, el momento del acontecimiento. Fluencia es uno de los nombres del acontecimiento. Como en el curso de un río que desemboca en una cascada, la mansedumbre de las aguas nos impiden anticipar el infierno que está ocurriendo a unos pocos metros del lugar río abajo. Solamente conociendo los mapas podríamos aproximarnos al punto límite de acercamiento sin que termine en una catástrofe. ¿Qué hacer con los pedazos rotos? ¿Con los objetos valiosos y con los inútiles? ¿Cómo desarmar la casa de un muerto? ¿Cómo evitar que la muerte arrastre cosas vivas? Aquí no cabe ninguna clasificación. Los objetos inclasificables nos reenvían al desorden. ¿Cómo ordenar todos los objetos cuando las fuerza que los mantenía ligados, como en un plano de consistencia, en una meseta, ha desaparecido? ¿Por dónde empezar? Una pareja de muñecos griegos, vestidos con trajes típicos, entregados con veneración. Regalos hechos y recibidos en nombre de otros. Cristales, cerámicas y aceros. Muebles transportados desde lugares lejanos. Regalos que no son regalos, sino recompensa. Extorsiones amorosas y desamoradas. Pagos. O simplemente compromisos. ¿Por qué no organizar un banquete de objetos y que otros cuerpos los refunden? Ensayar una duración, una faena caótica en donde, sin remedio, todo es valioso de repente por apropiación. A Paul Auster le toca desarmar la casa de su padre, muerto poco antes. Realiza la tarea como un autómata, es decir desprovisto de emociones. Se pone en el lugar como un instrumento involuntario de desarmar, ordenar en cajas y despachar. Es un operario desapasionado, desafectado. Hasta que llega a la caja de las corbatas, y recupera un recuerdo. Su padre volviendo todos los días del trabajo. Un retorno cotidiano que es un desencuentro. Y llora, o al menos sus lágrimas llegan al borde del llanto. “El acto de desprenderme de las corbatas parecía simbolizar para mí el verdadero funeral, más que la visión del ataúd al ser colocado en el foso. Por fin comprendí que mi padre estaba muerto” [ii] . Luego del desgarro sobreviene un momento de cierta duración, de suspensión de las acciones, una meseta, una errancia. “Tengo que inventar la ruta a cada paso, y eso hace que nunca esté seguro de dónde me encuentro. Tengo la impresión de que me muevo en círculos, de que vuelvo constantemente atrás, o de que voy en varias direcciones a la vez. Incluso cuando consigo avanzar un poco, no estoy muy seguro de hacerlo en el rumbo correcto. El hecho de que uno vague por el desierto no quiere decir que necesariamente haya una tierra prometida”. Desde allí se encuentra con un nuevo camino, insospechado, nuevo de verdad, a partir de fotografías nunca vistas, comienza a construir una genealogía familiar que lo encuentra a su padre como punto de destino. Fluencia en caliente o fluencia lenta. Un cuerpo sometido a un esfuerzo de tracción inferior al límite de deformación elástica, pero sostenido en el tiempo, finalmente provoca la rotura. Fluencia y fluencia en caliente son tomadas aquí como parte de un proceso único e indistinguible. ¿Son las corbatas del padre de Auster las que provocan la rotura? ¿O fueron las últimas en golpear? ¿Es irrelevante saber si una rotura sobreviene por un esfuerzo agudo o uno crónico? La gota que colma el vaso goza de gran popularidad, porque es la única que se conoce a simple vista, a todas las demás debemos descubrirlas. Y ese es el trabajo cartográfico de la clínica, escribir la genealogía del acontecimiento. Ya veremos cómo en la Clínica tiene algún sentido. Rostros Esteban deja todas sus cosas, familia de origen, trabajo, amigos, y se traslada acompañando a su esposa que emprende un posgrado en una Universidad prestigiosa de USA. En épocas preinternéticas el destierro no tiene emulsionantes, las noticias viajan lento entre idas y vueltas de correo, y algún llamado esporádico desde un teléfono público. Esteban se propone insertarse rápidamente. Toma clases de inglés para extranjeros, hace deporte, busca actividades sociales alrededor del campus. Le va bien. Está contento con sus progresos y sus logros. Hasta consigue emplearse. Transcurre un año y recibe la visita de su madre por un mes. El tiempo libre de que disponía ahora es ocupado en entretener a la visitante, con shopping y paseos. Luego del mes su madre se despide y a los pocos días él deja de dormir. El insomnio le llega con gran sorpresa, mientras celebraba con alivio la recuperación de su tiempo libre. La inquietud se prolonga en el día, comienza a tener problemas en el trabajo, junto con manifestaciones físicas, mareos, rigidez, temblores. Se le instala una música en la cabeza. Y una letra que habla de una despedida. El sufrimiento psíquico crece con la acumulación de los días de mal sueño. Tiene una sensación de pérdida de dominio de su cuerpo y de su mente. Aficionado a los psicologismos, intenta explicaciones que lo resuelvan todo. Y no lo consigue. No está cómodo en ningún lugar y siente la urgencia de desaparecer a poco de estar. Decide su regreso, volver a su país. Acompaña esta decisión con reproches de orden moral, como el abandono de su esposa, con un sentimiento de derrota por dejar de luchar contra este mal desconocido. Y con la sensación de perdida de una tierra prometida. Ya en su ciudad se aísla, tiene la intención de mantener su aflicción en secreto en la esperanza de recuperarse rápido, no ocupa su departamento sino que se aloja en la casa de su padre, quien lo acompaña a ver a un psiquiatra. Recibe medicación para la ansiedad y un antidepresivo. Vuelve a su antiguo analista. En el diálogo clínico se acuña una expresión, “crisis de sinceramiento”, que no le alcanza como explicación pero lo orienta. El armado imaginario de Esteban para afrontar su viaje tenía algunos requerimientos, como la anulación de cualquier sentimiento de apego por aquello de lo que se alejaba. Como la necesidad de una apropiación de la experiencia como algo más que un acompañamiento. La visita de su madre activa algunas fuerzas dormidas que desencadenan todo el proceso de transformación. Siguiendo un espíritu racional, espera el hallazgo de una combinación de números y letras, una cifra, que destrabe todo el mecanismo de enfermedad y le restituya su salud y su vida. Le costaba aceptar ciertas paradojas. Cómo era posible que aquellas cosas más queridas lo habían lastimado, su lugar en sus grupos, su rol de animador aglutinador, cierta vocación de sostén de los otros que lo había aplastado. Esteban tiene la aspiración de recomponerse rápidamente pero el rostro está seco y roto, ya no respira. El rostro que había construido no alcanzaba a recubrir todas las fuerzas que lo componían. Dos fuerzas mayores que componen una tracción que rompe el rostro. El apego y el destierro, por un lado. Y el deseo de conquista y progreso en un nuevo territorio por el otro. Desde la perspectiva del análisis, un par de fuerzas operan una fluencia en frío que se suma a una fluencia lenta o en caliente de larga data. Dicho de otro modo, el rostro era viable en las condiciones en las que fue creado, en su paisaje original, al menos un tiempo más, al menos todo lo que una fluencia lenta se lo hubiera permitido. El traslado lo ubicó en otro esquema de fuerzas y precipitó la rotura. "Si el hombre tiene un destino, éste es el de escapar al rostro, deshacer el rostro y las rostrificaciones, un devenir imperceptible, devenir clandestino, no por un retorno a la animalidad, sino por un devenir animales muy espirituales y muy especiales. El rostro tiene un gran futuro, a condición de que sea destruido, desecho". [iii] Entonces, ¿qué viene después de la rotura del rostro? La recuperación de la haecceidad, de la capacidad de afectación recíproca, la emergencia del deseo entendido como devenir. La fluencia ocurre sobre un cuerpo organizado que sigue un régimen neurótico de carencia, deseo, Ideal y fantasma. El rostro es explotado al máximo, al punto de rotura, y los esfuerzos por mantener todo en su lugar son agotadores. En los tramos finales se recurre al maquillaje. Se puede maquillar un rostro, agregar, esconder, resaltar, el maquillaje blinda los rasgos para que no se desdibujen. Se puede disimular una anomalía, fingir una simetría, rellenar una arruga, afinar, alargar, etc. El maquillaje es una guerra contra el desorden y la desorganización. Es agenciamiento despótico. El entretenimiento, la noticia como entretenimiento, el consumo, las redes sociales, los medicamentos, la carrera contra el envejecimiento, la consecución del éxito dentro de los criterios del capitalismo. El maquillaje es un rostro de rostros, cuando cae, caen un poco todos los rostros. En Esteban el naufragio de su experiencia se propaga por contagio a todos los aspectos de su vida y todo es puesto en cuestión. Sobrevenida la rotura, llega la nostalgia y la promesa. Hay un impulso de restitución, de reorganización. El nuevo deseo es viejo, renovada la carencia, hay una nueva búsqueda. Esteban promete a su esposa volver a buscarla en unas pocas semanas. No sólo no vuelve a buscarla, ya no vuelve con ella en ningún aspecto. Y volver en general se transforma en un mito. Esteban compone hábitos nuevos. Se muda en la ciudad. Comparte una casona con tres amigos. Recorre cotidianamente la ciudad, caminando, en bicicleta, desarrolla una gran austeridad en su vida doméstica. Visita los parques. Refiere que los paisajes, las personas y las palabras tienen volumen, incluso que paisajes, personas y palabras son intercambiables, tienen la misma consistencia. Y progresivamente pierde el miedo a estas nuevas intensidades. Su insomnio parcial tardará un año en desaparecer por completo. Tardará seis meses para retornar a su trabajo. Y casi nada para volver a enamorarse. Si reducimos todo el asunto a presentar un par de fuerzas en tracción, estaríamos volviendo al viejo esquema del conflicto psíquico. Aquí hay mucho más, todo un campo de fuerzas de intensidad, ubicación y antigüedad diversa. Al estudio de este campo de fuerzas lo llamamos clínica como micropolítica de las afectaciones. En el caso de Esteban rápidamente describimos una concatenación de fuerzas, la distancia, el idioma, el dinero, la condición de inmigrante, el margen de adaptabilidad. Pequeñas fuerzas como el lenguaje gestual, la lengua, la comida, la distancia a la que se paran dos personas para conversar, la proximidad extrema de la vida conyugal, los códigos de corrección, la geografía de la ciudad, el clima, las comunicaciones internacionales, la calidad del tiempo libre, el ancho de las calles, la sexualidad y el erotismo, la condición de pobre en un país opulento, el acento irreductible de extranjero, etc. Y luego todo el universo de representaciones mentales, la mirada de los otros, la autorreflexión acerca del progreso de la vida personal, lo que se ve y lo que no se ve del deterioro, el futuro, etcétera. Vectores Un vector es un segmento de recta con intensidad, orientación y sentido. En Física un vector representa una magnitud de fuerza, direccionada y orientada. Y se describen distintos tipos de vectores. Para un sistema de fuerzas en equilibrio o en reposo, en el que la sumatoria de las fuerzas es igual a 0, la Física traza una multiplicidad, un murmullo interminable de líneas de fuerza. Aquello que está quieto, como en un rostro, contiene una gran cantidad de movimiento. Entre la Gravedad y la mecánica del suelo donde apoya un gran puente reticulado de hierro, se van sumando fuerzas de todo tipo de magnitud y dirección, de modo que parados sobre cualquiera de sus remaches como punto fijo relativo, podemos trazar todo un mapa de fuerzas concatenadas, fuerzas que llegan, que parten, que pasan cerca. El esquizoanálisis es un análisis vectorial, en donde nos disponemos conocer las posiciones relativas de las fuerzas que operan en un sistema, así como la rotación y la traslación del sistema en sí mismo. La clínica es una observación de todos y de cada uno de estos movimientos conjugados. [iv] Entonces cuál es nuestra tarea clínica. Si tenemos la posibilidad de observar en el mismo momento en que un proceso vital como el de fluencia, ¿cómo intervenir? Rápidamente podemos decir que estar es intervenir. ¿Somos una fuerza más afectando? En el mejor de los casos sí. ¿Debemos dirigir esta afectación? Decididamente NO. ¿Hacia dónde lo haríamos? ¿Qué es mejor para nuestro semejante? Para éste concreto. Estallar o conservarse. Qué era mejor para Esteban, para nuestro querido Auster. ¿Somos cuidadores? ¿Somos terapeutas, es decir somos cuidadores, pero qué cuidamos? ¿Cuidar es prevenir, desviar, pronosticar? Digamos una primera cosa, cuidar es cuidar las condiciones de expresión. Luego, la expresión del deseo, y cuidar que esa expresión haga camino. Inexplicable ¿Qué es una explicación? es un conjunto de enunciados que dan razones y proporciones a eventos relacionados entre sí. Si analizamos la superficie del presente contamos y observamos lo que temporoespacialmente coincide. Como en la escena de un crimen, se sacan fotos, se enumeran objetos, cuerpos, sustancias. Se toman muestras de adn. Todo va a parar al laboratorio de análisis criminalístico. En la clínica analítica la explicación siempre llega tarde, si se pretende que la explicación sea una herramienta terapéutica. El prefijo ex nos puede confundir, sugiriendo que un orden exterior a la cosa nos provee la comprensión. Explicar es desenvolver, desplegar, descubrir, y sugiere un conocimiento inmanente a la cosa. El conocimiento aporta los conceptos como herramientas abstractas que nombran, clasifican enumeran y archivan. El conocimiento hace de la explicación algo comunicable Los diagnósticos personalizados, singulares, de nombre propio y palabras comunes honran esta idea de explicación. Una melancolía podría llamarse Mal de Amanda, por caso, sugiriendo que el Mal de Amanda como melancolía no se parece a ninguna otra melancolía. Como la construcción freudiana, conclusiva, tardía, arqueológica. La construcción freudiana parte de un supuesto y persigue llegar a confirmarlo: las formas clínicas son buenas formas, es decir formas acabadas, para la ciencia positiva y racional debía serlo. La construcción como explicación recorta la figura y compone un cuadro. Y se guarda un caso. Esto tiene también su sesgo criminalístico a lo Holmes. La conversación final, el diálogo criminalístico acompañado de brandy y tabaco, aventuras leídas y vistas que nos acompañaron toda la vida. Si perseguimos esto nos alejamos de la clínica como ética, y cuando ocurre algo inesperado nos quedamos sordos, ciegos y mudos. Una mujer viene a verme. Está desesperada. Su esposo había peleado contra un cáncer de huesos y le había ganado. Me cuenta que ocho meses después del alta médica decide suicidarse. Es un suicidio frío, sin desesperación, en una casa quinta con un arma de fuego. No hay drogas ni alcohol. Ni carta. Sólo un mensaje. "No puedo más". En su angustia me cuenta que lo primero que pensó fue en una recidiva del mal. Pero los médicos lo descartaron. No pude ayudar mucho a esa mujer. Sólo estar con el cuerpo, esperar, ayudar a pensar. Cómo encontrar una explicación que calme. ¿Este suicida actuó como un veterano de guerra en tiempos de paz, se encontró con una vida sin sentido y sin batallas? Sabemos que las paradas después de un largo esfuerzo son delicadas, algo se puede romper. Pero ¿aquí se trató de eso? o más bien de todo lo que quedó afuera dela lucha contra el cáncer? qué significa aquí No poder más. Ante qué límite se encontró. Una fuerza llegó a su limite, y una mano rompe una vida. Ante una amenaza de una decisión salomónica, alguien cede. El rostro cede a la mano que dispara y mata. Especulaciones. Relatos que calman o alarman. Pero nunca explicaciones. Si el cuerpo suicida no sobrevive para ser desplegado, el suicidio es inexplicable. Con esta verdad tiene que arreglárselas mi visitante, sobreviviente de este traumatismo, preparándose para seguir adelante con la cautela de un golpeado. Porque al fin y al cabo no vivimos en un banco de pruebas ni somos una probeta homogénea y uniforme. Habitamos una multiplicidad de fuerzas, respondemos con una multiplicidad de esfuerzos. Vivimos a los piedrazos, dice un querido amigo, es verdad, afrontamos una lluvia meteórica y como en un barrido de una ecografía se recorta nuestra figura. En el territorio de este acecho, respondemos de manera diversa, evitando la afectación, absorbiendo el impacto de un dolor, como un perdigón que se pierde en algún tejido de sostén y se pierde para siempre. Derivando la fuerza. Y también transformándola en otro movimiento, como en aquellas artes marciales que hacen máquina con la fuerza adversaria. En definitiva, hacemos lo que podemos, que puede sonar a un pedido de disculpa, pero es lo mejor que podemos hacer. Break down , crack up , burn out , fluencia, los nombres que reciben diversas roturas. Estamos expuestos a esfuerzos simultáneos. Al mapa de estos esfuerzos lo reconocemos como un modo de estar siendo. Compresión, tracción, choque, torsión, los nombres de los esfuerzos a los que todo cuerpo es sometido. Marcelo Percia estudia el Crack up de Scott Fitzgerald, acaso el derrumbe mejor descrito que podríamos encontrar [v] . "Qué significa The crack up? Lastimado, roto, herido, llagado, dividido, agrietado, partido, cuarteado? Quebrado como se dice de un plato que puede unirse con un pegamento y quedar bien, aunque nunca como antes? Fitzgerald se piensa a los cuarenta años hecho pedazos. Se pregunta, viendo su imagen desunida, si vale la pena conservar ese recipiente chato, rajado,, poco profundo. Escribe: a veces, sin embargo, al plato cuarteado hay que guardarlo en la despensa, hay que mantenerlo en servicio. Nunca se lo podrá volver a calentar en el horno ni juntar con los demás platos; no se sacará cuando haya visitas, pero servirá para poner galletitas avanzada la noche o para guardar restos de comida en la heladera". Podemos agregar, el rostro Fitzgerald está hecho de dinero, aceptación y juventud, tres cosas efímeras, un rostro entonces que se ha secado y resquebrajado. Pero además el paisaje del rostro Fitzgerald ha cambiado en una década. El capitalismo floreciente de los 20 deviene ruptura y caída en los 30. Fitzgerald parece seguir el pulso de los avatares de su época. Casi como una marioneta. Permitir la expresión del deseo puede causar mucho dolor, propio y ajeno. Una transformación puede ser muy dolorosa o muy gozosa. A su vez la cantidad de dolor no se corresponde con la calidad de la transformación, una vez caído el viejo slogan “si no duele no sirve". Discutía con una querida colega sobre el status del dolor en la clínica. Sostenía ella que el dolor es del Yo, y por lo tanto es irrelevante en la clínica. Sin dejar de estar de acuerdo, si incluso el dolor no fuera una entidad clínica como en la clínica médica, es una resultante de fuerzas, y a su vez es una fuerza que afecta todo el campo de fuerzas. El dolor marca el paso del devenir, de las transformaciones, es una entidad singular, y traza sus propias líneas en el camino emprendido por el sujeto deseante. Puestos a evaluar equilibrios, el dolor no escapa a las generales de la ley. El dolor no es del yo, quizás es por el Yo que como garante del rostro, tracciona sobre las fuerzas y produce calor. El dolor es energía que queda atrapada en una máquina de guerra. Siendo el dolor siempre corporal. Lo que llamamos dolor psíquico es el resultado de una representación mental que activa una máquina de guerra, vale decir un mecanismo que transforma un movimiento en un agenciamiento sufriente. [i] Mc Graw - Hill. Tecnología industrial. PDF [ii] Paul Auster. La invención de la soledad. Seis Barral [iii] Deleuze -Guattari. Mil mesetas. Cap Cómo hacerse un cuerpo sin órganos. Cap Rostridad. Cap Devenir. Pre-Textos [iv] Francoise Zouravichvilli: El vocabulario de Deleuze. Ed Nueva Serie [v] Marcelo Percia. Clínica del crack up. Lugar Editorial. Mirella Bentivoglio - Sin Título - 1996 - Mármol - 45 x 10 x 2 cm
- La noche del corazón / Marcelo Percia
Vicente Zito Lema deja inconclusa Fuegos Mentales. La trágica novela de un poeta en el hospicio . En la inconclusión reside uno de los secretos de las despedidas. VZL escribe Fuegos mentales en sus últimos años en simultaneidad con otros libros que quedan terminados y sin terminar. La fórmula “ terminado sin terminar” dice una paradoja de la escritura. Un texto permanece terminado, pero sin terminar hasta su publicación. Antes de eso se lo nombra como borrador, como proyecto, como deseo, como inédito, como manuscrito. La inconclusión, a veces, aplaza la muerte. VZL sabía la muerte, pero más sabía la inconclusión. Tal vez no se conozca algo más triste que una vida concluida antes que llegue su fin. VZL hubiera señalado esta inconclusión con el nombre de tarea para evocarla con una palabra de su amigo Enrique Pichon-Rivière. Tarea como conjuro ante la depresión, la inmovilidad, la entronización de lo perdido. Tarea como movimiento que impulsa. No como meta fatalmente insatisfecha, sino como deseo que encuentra en su inconclusión una íntima potencia. *** En 1947, un año antes de su muerte, tras casi una década de encierros en asilos y manicomios, Antonin Artaud -con Van Gogh, el suicidado por la sociedad – inaugura el género de artistas que testimonian desdichas negadas por la civilización. A veces, la escritura se ofrece como oportunidad de una amistad que se hubiera querido tener o continuación de una amistad que se tuvo y no se quiere perder. Artaud teje una estrechez con Van Gogh sin haberlo conocido, respetándolo y amándolo en su dolor. Estremecido hasta las lágrimas con sus pinturas. VZL, que conoció, aprendió y cuidó de Fijman, da fe, en esa hermandad, de la soledad de la poesía, de la soledad de la locura, de la soledad del amor, y -por momentos- de la soledad de la revolución. Literaturas que narran historias de una amistad se sumergen en un entre dos en el que no se sabe qué pertenece a una vida o a otra, o qué pertenece a ese entre dos que se enciende y apaga en cada evocación. Como en el libro de Artaud con Van Gogh, en Fuegos mentales hay cosas que sabemos o suponemos de Fijman, cosas que sabemos o suponemos de Vicente y cosas que no sabemos ni suponemos de quién entre esas dos existencias poéticas. Aldo Pellegrini (1969) escribe, pensando en Fijman, que cuando una vida sensible “sufre la mordedura de la sociedad surge la poesía como estupor ante el mundo” . Toda la obra de VZL está desgarrada por las mordeduras del tiempo que le tocó vivir. Toda su obra sobrelleva estados de estupor. Instantes de pasmo que oscilan entre la inmovilidad y la reacción. Arrebatos de la reacción que oscilan entre el consentimiento y el NO. Momentos del NO que oscilan entre un rechazo ensimismado y el abrazo con otras soledades disidentes. Vértigo de las soledades disidentes que oscilan entre juntadas fanáticas y cercanías que dan pelea sin olvidar que han nacido del estupor. Tal vez en un común estupor se encuentre el camino de regreso al encantamiento del mundo. La idea de que toda tragedia personal expresa también desdichas de la vida en común, está presente en la escritura de VZL. Una sensibilidad de acciones políticas y poéticas estremecidas. Esta novela presenta devaneos de un poeta en un hospicio, cada tanto, interrumpidos por un joven con el pelo revuelto, también poeta, que lo visita con una libreta negra en la que anota pensamientos. *** Religiones, filosofías, literaturas, apelan a las figuras del maestro y el discípulo para narrar contentos y descontentos de una transmisión. En la novela de VZL la relación entre quienes quieren saber la vida, se sostiene en el amor a la cercanía, en el amor a la palabra, en el amor a la conversación, en el amor al misterio, en el amor a la imaginación, en el amor a la risa que apacigua el dolor. En Fuegos mentales el hombre joven que visita al poeta en el hospicio no se piensa como discípulo, sino como aprendiz de una amistad. El nombre de Jacobo Fijman no aparece ni una sola vez en este libro, y, sin embargo, no se puede dejar de evocar al poeta torturado por la policía, preso en una cárcel, confinado veintiocho años en un hospital de locos. Esa omisión se puede pensar como astucia narrativa, pero, también, como delicadeza. En la intimidad de una amistad quienes se quieren no se nombran. La trama se compone como una conversación interminable entre soledades en un desierto. VZL cuenta la historia de Fijman contada por Fijman con referencias que le escuchó y que supo. También con la fantasía, los sueños, la exageración, las leyendas, las profecías. Asimismo asistimos a relatos de la vida del autor contados por el poeta que vive en el hospicio: “El hombre joven me habla de su nuevo libro, de su amor por los poetas surrealistas y de sus sueños de escribir teatro…” . O se lee en otro momento: “-Hábleme de su vida, quiero saber lo que hace, digo. -Escribo… Ya publiqué un libro de poemas… Trabajo de periodista… Estudié leyes, hice toda la carrera, me recibí joven, no me llevo bien con la justicia; dice, a los apurones, como quien rinde cuentas, tímido. -¿Y ahora? -Publiqué unas notas sobre la vida en los hospicios, el dolor en los hospicios, hablé de usted…” . El poeta en el hospicio pregunta al hombre joven qué sabe de la poesía, a lo que este responde: “(…) Sinceramente, para mí, la poesía es un abismo que me causa miedo… Siempre la he visto cerca de la locura” . Entonces, continua el poeta encerrado: “Ah… la poesía… esa búsqueda desesperada de la verdad en los escondrijos de la belleza… Para ello uno tendrá́ que renacer, porque sólo el que pasó por la muerte puede estar vivo en la poesía” . El hombre joven declara que quiere escribir sobre el poeta en el hospicio. El poeta confinado acepta, aunque piensa: “Sus palabras nunca serán las mías y él ya lo sabe; cada uno es dueño de su respiración y sus palabras…” . La respiración y las palabras de una escritura se entrelazan en una voz. En esta novela la voz de VZL resuena tierna y enojada, amable e iracunda, dolorida y fantasiosa, paciente y sabia. Siempre sincera. Como alguna vez dijo JF: “El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad” . Sinceridad: la tierra prometida de todos los fingimientos. Dice el hombre joven: “-Conozco su poesía, leí sus tres libros, todavía estoy asombrado, sé poco de su vida, todo es un misterio…, dice y pasa de una mano a otra un cuaderno de tapa dura que cuida como si fuera la llave de una puerta secreta” . *** Tras sufrir su primera internación, Jacobo Fijman publica, en 1926, Molino Rojo . El primer texto comienza con estas líneas: “Demencia: / el camino más alto y más desierto” . Tres años después edita Hecho de estampas escrito durante su estadía en París. Se lee en el Poema I: “…imito el mundo en mi sueño ajeno a la claridad” . Y, en 1931, su tercer libro Estrella de la mañana . Escribe en el Poema XXXI: “En mi gemido / conté mi soledad envejecida; conté la noche de mis días. / Mis huesos cantan el misterio del mundo” . A lo largo de esta novela, VZL disemina saberes que ayudan a pensar desdichas de la vida en común en tiempos políticos desgraciados: “Ahora sé que todas las enfermedades están dormidas en el cuerpo y se despiertan con la pena, o la maldad” . Sin olvidar que también se activan con el miedo, o con ese meollo de afectos, que se constriñe para vaciarse sin lograrlo, que llamamos angustia . Se lee en esta novela que se “debe cultivar la belleza, aunque la tierra que nos toque sea un montículo de piedras” . Proposición que puede leerse como manifiesto poético y político de una escritura y una vida: VZL trató, cada día, de cumplir con ese compromiso. Se lee en esta novela: “No sólo escribí libros de poesía, hice conducta de poesía” . Tener una vida poética: en eso consiste la desmesura rebelde de la amistad entre el poeta en el hospicio y el joven que lo visita. Casi se ha olvidado que las demasías sensibles, en muchas culturas, se consideraban voces iluminadas, visionarias, sagradas. Se lee en Fedro de Platón que quienes no aman practican la mesura y viven en una templada cordura, libres de pasiones y arrebatos; mientras que quienes aman entran en un estado de demencia. Entonces, Sócrates defiende la locura con estas palabras: “Porque si fuera algo tan simple afirmar que la demencia es un mal, tal afirmación estaría bien. Pero resulta que, a través de esa demencia, que por cierto es un don que los dioses otorgan, nos llegan grandes bienes” . Desquicias de la razón portan mensajes no escuchados o difíciles de escuchar. VZL vio en los manicomios campos que concentran crueldades y, a la vez, conservan emociones amordazadas por una civilización cada día más robotizada. VZL publica El pensamiento de Jacobo Fijman o el viaje hacia otra realidad en 1970, allí se lee este diálogo: “¿Se considera un santo? No sólo me considero, lo soy. Pero mejor no decirlo, porque no lo entenderían. Para los médicos eso es enfermedad. Y ellos no saben lo que es un santo. Sólo tratan a los demás como enfermos. Se guían por los síntomas. Y otras obligaciones no tienen… En esta sociedad está prohibido ser santo. Aún por la Iglesia” . *** JF nace en Rusia a fines del siglo diecinueve en una familia de campesinos judíos, inmigrados a la Argentina. Dos años después de los episodios de la Semana Trágica (en días de enero de 1919, en los que además de reprimir trabajadores, hubo ensañamiento con la inmigración judía considerada rusa y roja, JF se imagina víctima de un complot orquestado en su contra. Entonces, detenido por la policía, maltratado, golpeado, aterrorizado, termina en el Hospicio de las Mercedes. Se lee en el apéndice de este libro: “…Y entonces el vigilante me dio un golpe con esa vara que llevan. En la sien izquierda; y otra en la sien derecha. Luego me llevaron al interior de la comisaría, me estiraron en el suelo, y me golpearon con las varas. Me golpearon en las rodillas, en las manos, en la cabeza. Es completamente milagroso el estado mío, de que aun esté vivo. Después me desnudaron, me pusieron en un calabozo. Por la mañana, deben haber avisado a mis padres, que todavía vivían. Y me sacaron de la comisaria. Eso fue todo. Eso, y que les dije que era el Cristo Rojo. Lo sentía como una cosa cierta. Acaso no enseña San Pablo, ‘ser como otro Cristo’. Y mi intención era presentarme como un Cristo revolucionario. Por eso lo de Rojo. Mi grito ‘Yo soy el Cristo Rojo’ fue mi única respuesta a los golpes” . Así nace la leyenda del Cristo Rojo , del Mesías , del Santo , del Loco ilustre . En el final de uno de sus cuentos ( Dos días ) en el que relata esa crisis que motivó que lo internaran, publicado en el diario Crítica en 1927, Fijman escribe: “El auto se detiene. Me bajan teniéndome de las dos manos. Dice un policía: -Aquí traemos a un individuo que dice ser el Cristo Rojo y que padece del mal de la anarquía” . En la tradición cristiana ortodoxa rusa se conoce, desde el siglo quince, la figura del Yurodivy que se puede traducir como loco de dios . Un personaje poético que abandona todas sus posesiones para aproximarse a la divinidad. Una figura, por momentos, provocativa y amenazante, que permanece al margen de las instituciones religiosas. El santo loco asume una vida ascética, acepta el desprecio, el oprobio, que se lo trate como loco, para sentirse cerca de Cristo, quien también sufrió la burla y la humillación. Se podría pensar que la desquicia de JF, se compone también, de la iluminación poética de un santo loco presente tanto en la literatura de Dostoyevski como en el cine de Tarkovski. Se lee: “¡Muchos mantenemos la virtud celeste con acción de sacrificio!” . ¿En qué consiste eso que las psiquiatrías llaman delirio místico ? ¿Cómo sucede esa convicción santa y fanática? ¿Qué cuerpos pueden soportar la tiranía de la pureza? O se lee: “Tengo por mérito acunar a Dios en el abismo de la sinrazón” . O se lee: “Aquí sigo, Dios mío, rodeado por aquellos que te niegan…” . O se lee: “Oh Dios, permíteme una duda: ¿Será por avaricia que nuestro amor declina…?” . O se lee: “Si estuviera frente a un espejo, aquí no hay espejos, me preguntaría: ¿qué has hecho con tu vida frente a la ofensa y la maldad? Puedo decir: busqué refugio en la soledad y cumplo la ley de Dios…” . O se lee: “Por estar en santidad, por ser santo, puedo tomar pecados de otros, sus enfermedades del espíritu, la maldad que ensanchan con sus actos…” . Fuegos mentales puede leerse como una novela sobre la pobreza de un poeta que rueda cuerpo a cuerpo luchando contra la riqueza: primero y último mal del mundo. Nadie sabe lo que una demasía sensible puede para tratar de redimir crueldades e injusticias de la historia. Escribe Fijman, en el comienzo del relato mencionado, cosas que pueden leerse como fragmentos del diario de su internación: “Hospicio de las Mercedes. Dicen que me han traído aquí porque estoy loco. Esto es imposible. Pensar que yo he perdido la razón, siendo una cosa de orden metafísico, trascendental. No puede ser. Además, he padecido hambre, sed, dormía mal, estudiaba mucho, quería mejorar a los hombres, tenía sentido del sacrificio, me redimía, amaba. No sé por qué, en una comisaría de la ciudad, me apalearon” . *** JF planea como una leyenda en la literatura argentina. Leopoldo Marechal (1948) lo incorpora como personaje de Adán Buenosayres , con el nombre de Samuel Tesler. Inolvidable ese momento en que sale a la ventana y mostrando los techos, las terrazas de color ladrillo, las chimeneas y un lejano campanario, exclama: “– ¡Ahí está Buenos Aires! –dijo–. La perra que se come a sus cachorros para crecer” . Marechal explicó: “Quise incorporarlo a la mitología de nuestra ciudad, junto a Xul Solar, señalando su categoría de héroes metafísicos, es decir, en un nivel superior del mito” . Abelardo Castillo (1985), en su novela de El que tiene sed , piensa a JF en el personaje de Jacobo Fiksler ( “el viejo poeta, el hombre en pedazos, el casi mitológico demente” ). JF retratado como personaje de novelas, ¿sufrió el olvido como poeta, como artista que dibujaba y pintaba, como filósofo de la pureza? Escribe en Cena , un poema del libro Molino Rojo : “Fui un desaparecido, el más ausente: / el juntador de formas” . VZL lo vuelve a traer como pensamiento vivo en estado conversacional. *** VZL, impulsor de tantas revistas político culturales, explora todos los géneros: la poesía, la entrevista, el teatro, la narrativa, el ensayo, el manifiesto. Antes de este libro sólo una vez había empleado la palabra novela para orientar, desde el título, la lectura de una obra. En 2009, publica Luz en la selva. La novela familiar de Enrique Pichon-Rivière . VZL, ¿escribe biografías noveladas? Tal vez procura otra cosa: una narrativa de la amistad que desafía pronombres personales y correspondencias gramaticales. Una narrativa que se podría enunciar así: Yo, la amistad, habla . No concordancia verbal que repone la extrañeza de una intimidad indisciplinada: lo que comienza como primera persona se transforma en tercera. Vehemencias y quiebres, entusiasmos y lamentaciones, que no pertenecen, del todo, a ninguna de las voluntades que hablan. Quizás con este libo VZL termina de inventar una narrativa del habla de la amistad. El poeta en el hospicio escribe: “Señor Juez, Señor Director del Hospicio, me dirijo a ustedes para que de inmediato me devuelvan el derecho al delirio. Lo tienen secuestrado hace treinta años… Post Scriptum: ¿Saben que Dios manda salir del surco para bailar entre las nubes…?” . *** En esta novela VZL se despide de la vida pensándose como JF. Se lee: “Que sea lo que sea… Que mi recuerdo se pierda entre las lluvias de noviembre… Allí nací… Tan solo me queda un ruego, que en mi boca es silencio… Tengo el vicio de escribir… Mi dicha será simple, tener las fuerzas para una despedida… Que se deslice tenue, sin escándalo… Que mi cuerpo sea ceniza de una sola vez… No profanado, entero… Que haya memoria… Más de una vez, en tiempos de delicias… Durmió en mi cama la poesía…” . JF nace un 25 de enero, VZL un 14 de noviembre. Pero, como diría Borges, en la eternidad todas las vidas habrán nacido en un solo y único día. Un verso de JF en Molino rojo alcanza para contar los encierros, dice: “Es muy larga la noche del corazón” . Se encuentran en esta novela momentos de eróticas crueles, machistas, tristes, desoladas, de los manicomios. Se lee: “La noche sirve de guarida para el demonio… y el hospicio es eso… una gigantesca noche…” . La escritura de VZL tiene muchos matices, pero una condición de su literatura reside en la convivencia de las suavidades de la belleza con la lengua espasmódica de los ultrajes, la que muchas veces llamó la lengua sucia . Relata el poeta del hospicio: “No cesan en sus delirios hasta formar un círculo de hombres en cuatro patas y el culo al aire, y después de dar siete vueltas uno a uno se van turnando, y salen del círculo y meten sus vergas en todos los culos, y vuelven al círculo para ser culeados, que es ley primera en estas ceremonias del diablo; poner y recibir en justa semejanza” . VZL presenta en esta novela diálogos conmovedores de desahogo y consuelo entre un hijo encerrado y su madre muerta. Una mujer que llega y se va en una nube. Se lee: “-Yo necesito quemar el hospicio, madre; me estoy muriendo vivo” . O se lee: “-Hablé del amor y me cocieron la boca con alambre, madre. Miré con amor y mis ojos fueron vaciados con una pala de punta, madre. Toqué unas manos con amor y tajearon mis manos con una cuchilla, madre” . En un pasaje de la novela, el poeta del hospicio llora al escuchar la sonata La locura de Corelli, entonces deduce que está vivo, piensa: “Está bien que llore, me dije. Los muertos no lloran, ni gustan de las flores que la gente empecinada lleva hasta sus tumbas” . Algo tan sencillo como eso : sentir emoción para sabernos con vida. Tener con quién la emoción para saber la amistad. Relatar esa dicha como legado. Edificar un castillo, una catedral de tejas en un bosque personal a metros del mar del sur, ese sueño recorre la novela. Y, sin embargo, el poeta en el hospicio, al final, encuentra su morada en una conversación. La poesía mora en la amistad. *** En Fuegos mentales se leen visiones fantásticas que se ofrecen como reservas poéticas de una imaginación inagotable. Se lee: “ ¿Sabe que los niños guaraníes duermen la siesta dentro de los yacarés para que no los moleste el sol…?, así, al menos, lo vi en una pesadilla mientras temblaba de miedo” . Como otras veces, VZL pone en escena una de sus mayores convicciones: sin consentimiento de la fantasía no hay amistad. Sin relato de historias inverosímiles no hay amistad. Sin invenciones desmesuradas no hay amistad. La amistad está en el mundo para atesorar fantasías, historias inverosímiles, invenciones desmesuradas. En esa común imaginación acontece la vida. JF también en Molino Rojo supo dar la imagen de un momento sin sostenes, sin apoyos, sin soportes. Escribió: “el suelo se ha caído de mis manos” . VZL pone a la vista en este libro lo que una vez supo el joven poeta y no olvidó más: no se trata de que nos sostengan, sino de que nos ayuden a sostener el suelo sobre el que nos apoyamos. Sostener lo que sostiene cuando dos manos solas no alcanzan. “El delirio es un instante, puede durar toda la vida” . Una de las preguntas sin respuestas de la existencia se dice en este enunciado. Tal vez con los pies amarrados a la tierra transcurrimos a la espera de un instante de delirio. Pero ese momento, a veces, no llega o llega con mucho dolor. Se lee: “El director del hospicio me recibe con su boca de comadreja que emite a la vez carcajadas con pus y amenazas con sangre. -¡Me llegaron noticias del juez! ¡Así que el puto de su amigo se anduvo quejando! ¡Voy a hacer que paguen por su denuncia los dos, carajo! ¡Van a recorrer el hospicio con el culo al aire! ¡Se olvidan en qué tiempo estamos! ¡Este gobierno trajo al país el orden en todas partes, también aquí, más que nada aquí, este hospital es un símbolo, un ejemplo! ¡Un espejo que agranda y desnuda la realidad de nuestra sociedad! ¡Basta de quejas y denuncias! ¡Ayer recibió una buena medicina! ¡No habrá segundo aviso!”. En el calor de la amistad burbujean voces sofocadas. VZL advierte que las lenguas del ultraje desprecian lo que temen. La expresión “el puto de su amigo” delata algo que el poder intuye sin llegar a entender: una revuelta poética deviene revuelta política y una revuelta política, al cabo, transporta otras formas alegres de amistad y erotismo. *** Muchas veces y de diferentes modos VZL dialogó con JF. En el primer número de la revista Talismán en 1969 que lleva en la portada una foto de Fijman con este título: Jacobo Fijman, poeta en hospicio . En su libro El pensamiento de Jacobo Fijman o el viaje hacia otra realidad editado en 1970 en el que, tras un ensayo introductorio, recrea y despliega pensamientos de JF tomados en una grabación y transcribe un extenso diálogo en forma de entrevista. En un poema dedicado a la memoria de JF que se llama Tristeza por la muerte de un poeta . En una obra de teatro que titula Delirium Vida (escenas de la búsqueda y el encuentro del poeta Jacobo Fijman) , publicada a fines de los años noventa. En otra pieza, El Cristo Rojo , estrenada en 2008 en la que Vicente protagoniza el papel de Fijman. Sin contar artículos, entrevistas, clases, ensayos desparramados por todos lados. Maurice Blanchot, tras la muerte de George Bataille en 1962, advierte que no se habla sobre el amigo, sino que se sigue hablando con él. Que no se escribe acerca de su ausencia, sino que se prolonga la conversación. Que se busca seguir escuchándolo, permanecer junto a él, continuar queriéndolo. Eso hace VZL en esta novela: reanudar una conversación sin fin con JF. En tiempos en los que la desazón inmoviliza la imaginación, una hermosa imagen en este libro se anima a decir lo venidero aunque no se lo sepa: “…poner los pies en las huellas del mañana” . Jacobo Fijman y Vicente Zito Lema se llegaron a querer mucho. Vicente prometió a Fijman que lo sacaría de la morgue del hospicio para que no le abran la cabeza como hacían en el manicomio. No quería presentarse en el cielo todavía chorreando sangre. Fijman prometió a Vicente esperarlo al final del camino. Para recitar juntos un único verso: “Es muy larga la noche del corazón” . Fuente: Percia, M. (2024) "La noche del corazón" en Fuegos Mentales. La trágica novela de un poeta en el hospicio . Ediciones Locolectivo. Bs. As. Heather Boose Weiss - "Santos" - 2009 - Fotografía - 38 x 38 cm.
- Trémula llama la amistad en la noche del corazón / Gonzalo Sanguinetti
[N. de E.] Este texto conversa con «La noche del corazón» de Marcelo Percia. Para encender sentidos en esta lectura, es preciso haber pasado antes por la noche del corazón. Al escribir acerca de la vela queremos ganar dulzuras para el alma Gastón Bachelard La llama es un fuego húmedo Joseph Joubert I. « La noche del corazón » es el prólogo que obra como vestíbulo [i] de la novela póstuma de Vicente Zito Lema « Fuegos Mentales. La trágica novela de un poeta en el hospicio », donde asistimos a la conversación vigente de la amistad entre Jacobo Fijman y Vicente. En La noche del corazón se pone a jugar una conjetura que relumbraba en “Darse al fuego”, y dice: “Acaso la cuestión no resida en si tenemos o no algo que decir, sino en si pasamos por la vida cuidando un fuego. Si pasamos por la vida manteniendo encendida la pregunta sobre en qué consiste cuidar el fuego de la vida.” No solamente prueba esa conjetura, sino que intensifica su premisa. En La noche del corazón crepita, también, esta pregunta: ¿en qué consistiría cuidar el fuego después de la vida? La intensificación de La noche del corazón sobreviene al sentir el llamado emocionado a pensar la posibilidad de un dónde para ese después; el llamado a pensar una impresencia de lo que está no estando, o está de otro modo que el de la presencia física . Un tiempo - en apariencia - imposible ese después , que llama a pensar de otro modo la vida , pensarla en una extensión tan desaforada como encantada, más allá de la definición de muerte como no-vida, terminación de la vida, consumación de lo vivo. Tantas veces las definiciones funcionan como defunciones. La noche del corazón parece trazar un litoral - una litoralidad -, que no corresponde ni a los dominios que establece la definición de vida, ni a los dominios establecidos por la definición de lo no vivo, pareciera el tiempo-espacio extensivo de una sobrevida excedente a todo dominio, y que llamaríamos poética de la amistad . Quisiera pensar sobre ese fuego que se dispone a cuidar la noche del corazón . Entonces habría que precisar que no se trata de cualquier forma del fuego, el fuego que se mantiene encendido en la noche del corazón es el de la llama de una vela. II. “La llama de una vela” es el título del libro que Bachelard (1975) dedica a las ensoñaciones de la imaginación que evoca el encuentro ante el inescrutable abismo de la noche, en el que sensibilidades y llamas se estremecen sin distinción. Al enfrentar la ininteligibilidad de lo umbrío apenas con la llama de una vela, nos es dado percibir que en el temblor de la llama tiembla el cuerpo. Allí piensa que, entre todas las imaginaciones, las de la llama “llevan una señal de poesía” . La trémula llama en La noche del corazón emite una señal de poesía. Preciosa imagen la de la llama como una baliza poética que inscribe, en la ilegibilidad de la noche, una puntuación de luz que inaugura una espacialidad en lo informe. Esa puntuación inventa las relaciones espaciales que llamamos cercanías y lejanías: con su sólo existir, ese titilante punto de luz ofrece orientación a quien lo percibe. De ese modo, la llama brinda una ubicación relativa dentro del espacio, es decir, la llama sitúa a alguien estableciendo una relación. No hay ubicación posible sin la mediación de una relación. No sabemos dónde estamos cuando no hay con quiénes trazar una relación. El con-quiénes inaugura el dónde . Por eso mismo, la llama sitúa un dónde , al tiempo que ofrece un hacia dónde dirigirse. La llama es una llamada. La señal de poesía acontece como una llamada que sitúa. Bachelard comenta que el libro también podría haberse llamado la poesía de las llamas. La llama de una vela llama a la poesía. Y por ello, también llama a quienes velan por ella. Así como la llamada de un faro da sitio en la inmensidad a quienes navegan a través de esa temible intimidad entre infinitos que son la noche y el mar. III. Cuidar a los muertos se titula el capítulo que inaugura la investigación en la que Vinciane Despret (2021) se pregunta por los modos de existencia de quienes han partido. Allí plantea que quienes han partido precisan cuidados, y que si no cuidamos a quienes han partido, se pierden definitivamente. Ese cuidado consistiría en ofrecer un “plus” de existencia, un suplemento biográfico, una prolongación de presencia, en el sentido de otro modo de ser , no el de la presencialidad fenoménica . No se trata de hacer retornar de lo partido, sino de una tarea de auscultación de los gestos que habilitan la continuación de la conversación. La procura de esos cuidados supone ante todo darles un lugar , situarles de alguna manera. Escribe: “Esto exige otras cosas más: cuidados, atención, actos, un medio, si no propicio o acogedor, al menos no demasiado hostil. La manera de ser de quienes han partido requiere buenas maneras, maneras pertinentes de dirigirse a ellos y de componer con ellos.” Pero también implica dejarse instruir por el modo de existencia de lo desconocido mediante un prestar atención a sus modos de llamar: “¿Qué es lo que vuelve capaz de sostenerse a quienes han partido? ¿Cuáles son las condiciones propicias que vuelven capaces a quienes han partido? ¿Qué tipo de gestos los fortalecen y cuáles los ponen en riesgo? ¿Qué necesitan? ¿Qué piden? ¿De qué vuelven capaces a otros seres? ” En esa línea agrega que no sólo se hace necesario hacerles lugar , sino que quienes parten también hacen lugar si se les hace lugar, en tanto dibujan nuevos territorios: “No sólo generan problemas geográficos a quienes quedan -ubicar sitios, inventar lugares- sino que son literalmente geógrafos. Dibujan otras rutas, otros caminos, otras fronteras, otros espacios.” En Cien Años de Soledad , se cuenta el momento en que la primera defunción ocurrida en Macondo, inscribe al pueblo en las cartografías de la muerte. Recién entonces, Prudencio Aguilar, el fantasma que asediaba a José Arcadio Buendía, encontró el camino para volver a visitarlo: “ Tenía mucho tiempo de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la ciénaga, y nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en los abigarrados mapas de la muerte.” José Arcadio, perplejo por el largo camino que había recorrido Prudencio para llegar a él, y conmovido por la nostalgia, recibe al fantasma del hombre que había ultimado, como a un amigo entrañable y se quedan conversando en la noche hasta que la aurora decreta el fin del reencuentro. Sin la señalética de la llama, La larga noche del corazón a solas, nombraría un extravío intemporal en una demasía sin indicios de amistad. IV. En la penumbra que organiza su lumbre, Bachelard escribe: “ Uno se duerme ante el fuego, pero no ante la llama de una vela. (…) Un soñador de lámpara comprenderá instintivamente que las imágenes de pequeña luz constituyen vigilias íntimas.” La noche del corazón no presenta la consistencia ígnea de una fogata, un fogón, un fuego de hogar, de caldera o de brasero. Esos fuegos enérgicos, vigorosos, exuberantes y abrazadores que se enfrentan contra la noche, detentan otro cometido, más próximo a inducir un dulce embotamiento que arroba al cuerpo con un sopor cálido que lo lleva al adormecimiento. La llama de una vela es el grado cero del fuego, su modo de existencia menor. Su modo más discreto de existir, es decir, el menos invasivo, el menos abrasivo: el grado mínimo de perceptibilidad antes de apagarse. Lo pequeño llama a lo íntimo. Si Bachelard imagina que “ lo primero que se aprende del fuego es que no se toca ”, la llama de una vela concede la máxima cercanía con el fuego justo antes de que empiece a quemar. La llama es un fuego que casi no quema, un mínimo fuego que ha disminuido en todo lo posible su potencial dañino, afirmándose en el límite de su existir. Un fuego advertido de los peligros del fuego. Si ante fuegos pesados, voluptuosos e imponentes sentimos el efecto aletargador de la somnolencia, ante la trémula llama de una vela no advertimos la envoltura dulce de los velos del sueño, sino el desvelo de un llamado a la vigilia. A través de su consistencia gentil de llama de vela, La noche del corazón sostiene la cordialidad sutil de una vigilia íntima . Un desvelo que vela por la amistad durante la noche del corazón. No conviene confundir un estado de vigilia , con vigilancia. La palabra vigilia designaba cada uno de los cuatro segmentos de tiempo en que los romanos fraccionaban la longitud de la noche, y que hacían corresponder a los cuatro turnos de guardia nocturna que quedaban a cargo de los centinelas, cuya tarea consistía en mantener los sentidos despiertos, vivaces y atentos para percibir el más mínimo signo que indicara que algo podría pasar. Vigilia indica un estado de víspera, de proximidad, de cercanía sensible con la posibilidad de un acontecimiento. Se trata menos de una voluntad de control para prever lo que va a ocurrir, que de una delicada afinación de los sentidos tendida hacia lo invisible. Un sentido agudo de la inminencia, la vigilia obra como una intensificación sensorial. Quizá eso que se llama más allá, no sea sino la intensificación del más acá. Lo invisible podría ser una intensificación de lo perceptible. De ese campo semántico deriva vela que indica tanto el acto de no dormir para estar atento a lo venidero, como el cirio de cera con el que alumbraba la noche quien debía permanecer en vela o debía velar por algo. Desde entonces la llama de una vela es señal de un estado de vigilia en el que velar supone un desvelo que vela por alguien. Intuye Bachelard: “ Donde ha reinado una lámpara, reina el recuerdo”. La noche del corazón cuenta que dos amigos prometieron encontrarse al final para recitar juntos un único verso “ Es muy larga la noche del corazón ”. En proximidad a esa promesa, se coloca un fragmento de la novela donde alguien dice: “la noche sirve de guarida para el demonio… y el hospicio es eso… una gigantesca noche”. La llama que se escribe en La noche del corazón , vela por ese encuentro. Ese fuego cuida el lugar de una promesa. Velar por - indica una vigilia íntima orientada a cuidar, proteger, salvaguardar aquello por lo que se vela. En ese sentido, velar es un modo de alumbrar una espera sin llamado. Alumbramiento que no es develamiento, sino disposición de una penumbra: una reserva de casi sombra que cuida a la llama de ser devorada por la oscuridad. Un diccionario ofrece esta definición de penumbra: Sombra débil entre la luz y la oscuridad, que no deja percibir dónde empieza la una o acaba la otra. Una espera desnuda en el centro mismo de la noche. Como escribe Juan L. Ortiz, hablando a la poesía, con invencible belleza: Y no busca nunca, no, ella... espera, espera, toda desnuda, con la lampara en la mano, en el centro mismo de la noche... Vislumbro en estos versos la imagen del fuego que vela en La noche del corazón. V. Donde Bachelard escribe : “Creemos que la llama de una vela es, para muchos soñadores, la imagen de la soledad.” La noche del corazón cuenta que también puede ser la imagen de una íntima vigilia por la amistad. En Velar por lo que importa Despret (2021) comienza citando una novela japonesa titulada “El hombre que lloraba a los muertos”. Allí se cuenta la vida de un hombre que recorre Japón buscando a quienes han partido y han sido olvidados, tras haber oído una voz que le solicita que cuando haya una muerte anónima, esté ahí , para recordar y contar que esa vida existió para alguien. El protagonista se entrega enteramente al pedido de esa voz, deteniéndose en lugares donde advino la muerte. Consulta a personas que viven en las cercanías de lo sucedido, rastrea huellas, retazos, fragmentos que cuenten algo de quien ha partido, siempre con las mismas preguntas: “¿ Quién amó a esta persona? ¿A quién amó? ¿De qué le puede estar agradecido alguien? Esas preguntas parecen tratar de bosquejar una vida a través de las trayectorias de sus incidencias amorosas sobre el tejido de lo vivo. La escritura de una vida (bio-grafía) se leería entonces como una erotografía : la caligrafía de las huellas amorosas que deja una vida. Bajo esa perspectiva, la escritura de una vida ya no podría circunscribirse a la estrechez de una biografía personal , no se detendría allí, no encontraría su punto final, sino que sigue extendiéndose a través de las incidencias amorosas que siguen escribiendo sus efectos. Una vida no sería legible con los ojos del bios, sino con los ojos de Eros . Algo que recuerda el aullido-pregunta de VZL: ¿qué has hecho con el amor mientras el otro sufría? Y que podríamos extender , “poniendo los pies en su huella de mañana” [ii] , de esta manera : ¿Qué haremos con el amor mientras otros no están? La noche del corazón se escribe atendiendo a esa pregunta: al leer, sentimos amor por esas amistades que se esperan al final de un verso. La trémula llama de la amistad que vela en La noche del corazón aviva el fuego de esas vidas , las hace durar, insuflándolas en el corazón de quienes leen. Llamamos poética de la amistad a esa transmisión de la emoción por una vida. A hacer pasar lo que afecta, hacer pasar lo que recibimos, para darle otra vida . VI. Una última de Bachelard dice que [al encender una llama en la noche] “ La pieza se asombra de esa felicidad que perdura. Gracias a la lámpara una dicha de luz baña la pieza del soñador”. Quizás, encendida la trémula llama de la amistad en la noche del corazón , la extensión de la noche pueda ya no ser una larga y gigantesca tiniebla, sino una reserva poética de amistad, protegida por la penumbra íntima de una llama que vela en el centro de la noche. Un santuario para santos y lobos. [i] La raíz de vestíbulo es el vocablo vesta, que en la mitología romana designa el nombre de una antigua deidad indoeuropea, diosa del fuego del hogar y protectora de hogares y templos. En la mitología griega se corresponde con Hestia , diosa olímpica que personifica el hogar. Cuentan los himnos homéricos que fue célebre por ser la única, entre las deidades del olimpo, que se abstuvo de participar en guerras. [ii] Percia, M. (2024) La noche del corazón. Publicado originalmente en https://lateclaenerevista.com/la-noche-del-corazon-por-marcelo-percia/ Bibliografía conversada: - Bachelard, G. (1975) La llama de una vela. Ed. Cuenco del Plata. Bs. As. 2015. - Despret, V. (2021) A la salud de nuestros muertos. Relatos de quienes quedan. Ed. Cactus. Bs. As. - Percia, M. (2025) Darse al fuego. Publicado en https://www.revistaadynata.com/post/copia-de-darse-al-fuego-marcelo-percia -Percia, M. (2024) La noche del corazón. Publicado originalmente en https://lateclaenerevista.com/la-noche-del-corazon-por-marcelo-percia/ -Zito Lema, V. (2024) Fuegos Mentales. La trágica novela de un poeta en el hospicio. Ediciones Locolectivo. Bs. As. Mia Bergeron - "Murmullos nocturnos" - 2016 - Óleo sobre tela - 35.6 × 27.9 cm
- Correspondencia Anna Freud – Lou Andreas Salomé (III) / Cynthia Eva Szewach
El 5 de agosto de 1923 S. Freud le envía una carta a su amiga Lou A. Salomé, durante una estadía en Italia en el Hotel del lago en la ciudad de Lavarone donde solía descansar. En un tono paternalista y afectuoso considera, según lo que su hija Anna le contó, que Lou está trabajando demasiadas horas por día y le escribe algo llamativo: “Es como un intento mal disimulado de suicidio (…)” Luego le da algunos consejos y agrega; “parece que las hadas que rodeaban su cuna le negaron el arte de calcular”. Afirmaciones contundentes dosificadas con el barniz de la metáfora. En esa misma ocasión le ofrece y le envía a Lou de manera cercana, una ayuda económica, teniendo en cuenta el contexto adverso e inseguro en el que se encuentran. Le agradece a su vez, la amistad que le está brindando a su hija, quien ha aumentado por ello, según aclara, la confianza en sí misma. Lou le responde a la brevedad, muy agradecida por los cuidados que le proporciona, pero también le esclarece cuán feliz es ella con su trabajo-"¿Qué más puede desearse?"- incluso le cuenta, que a veces, decide atender de forma gratuita a quienes no pueden pagar. El contexto político-económico se está poniendo más intranquilo aún en su ciudad y ella según dice, se refugia en lecturas, de las que como sucede con los escritos de Freud, siguen emanando para ella sorpresas “de caso en caso más profundamente”. A esa misma época pertenece esta entrega de la correspondencia entre Anna y Lou, donde se muestran ambas, entre variadas cosas, preocupadas por la salud de Freud. También las dos mujeres hacen alusión a otro de los temas esenciales del intercambio entre ellas que es la concepción teórica de Lou: en este caso el narcicismo de doble dirección ligado a la creación. Se puede ubicar el valor clínico esencial que porta el asunto y el lugar metafórico que le da al arraigo, a la tierra, en la contribución del narcisismo en las dos tendencias: “así como la planta queda adherida a la tierra a pesar de crecer en dirección opuesta, hacia la luz”. [1] En las cartas que trascribiremos a continuación, transmiten el avance favorable de un camino afectuoso y pleno de confianza mutua, cotidiana. Hay una demanda que proviene en especial de Anna: quiere verla. Lou de manera sensible y seductora, comunica las limitaciones, pero no la priva de contarle aquello que está pensando, leyendo, escuchando. De la correspondencia [2] 17 de agosto 1923. Lavarone , Italia Mi querida Lou, Todas las noticias que me das de Göttinnger , me deja pensando cuánto tiempo pasará hasta que vuelva a estar contigo. Mientras trabajes tanto como lo haces ahora, naturalmente no se dará. Si vas a Könisberg , huyes por completo de mí y ¿cuándo y dónde te encontraré entonces de nuevo? Siempre lo he sabido por tu continuo desplazarte, pero ahora por primera vez todo está en la incertidumbre. Si la cosa se demora demasiado, entonces me volveré canosa, vieja y distinta de cómo me conociste (pero en el pertenecerte, no obstante, siempre enteramente la misma) Hace tres días nuestro sol se ha ocultado, después de descubrir que nos cocinó y que nos tostó lo suficiente para nuestra satisfacción. A pesar de ello, sigo nadando por la mañana siempre en mi lago, ayer con plena lluvia en el rostro y hoy entre medio de ligeras nieblas incipientes. Pero precisamente ahora casi lo prefiero así. Porque con el clima, a la vez, vinieron también pensamientos más sombríos. Ernsti [3] me preocupa por su carácter y me mortifica más de lo que se puede contar tan rápido en una carta. Creo que por primera vez en mi vida me alegro de que yo misma no tenga hijos, porque si fuese mío, y además estuviese así, casi no podría soportarlo. Pero, sobre todo, el estado de papá fluctúa mucho y no se siente para nada tan bien como otros años en verano. Por eso también fluctúa el plan de Roma, naturalmente, porque papá no querría ir tan lejos si no se siente realmente bien. No obstante, ahora se ha encontrado una salida que no creo sea tan mala. El Dr. Deutsch, que fue médico de papá el año pasado, nos visitará aquí la próxima semana. De cómo encuentre a papá dependerá si podemos ir. No me preocupa especialmente Roma, pero todos los otros pensamientos que para mí dependen de eso, puedes adivinarlos. Creo, no obstante, que al final todo saldrá bien y vendrán muy hermosos tiempos. No creas que hablamos mucho del viaje a Roma, es sólo una cosa entre todas las demás. ¿Ya recibiste la nueva Imago, el número pedagógico? Le llegó ayer a papá. En ella estuve muy involucrada, con una traducción, una breve nota y muchas correcciones (juntamente con él en el trabajo sobre Aichhorn) Yo también he pensado mucho últimamente en nuestras conversaciones sobre lo artístico y, en especial, en relación con un nuevo y notable trabajo de Rank que ahora está impreso. Esta vez Rank ha trabajado completamente independiente de papá, ha tenido una bella idea, pero (al menos así me parece a mí) la ha estropeado por completo con una elaboración muy exagerada y errada. Tal como la captó papá, después de las primeras conversaciones con Rank, y tal como me la explicó, es maravillosa y fascinante. En algunos aspectos está cerca de tu concepción de que, con el comienzo del sentido de la individualidad del niño, también comienza el esfuerzo por abandonar de nuevo esta individualidad a favor de una gran conexión con el todo. Todavía tengo primero que seguir elaborando en mi cabeza el trabajo de Rank, después te escribiré más exhaustivamente. Te beso muchas veces y pienso muy seguido en mucho de lo que me has dicho para ayudarme. Tu Anna 20 de agosto de 1923. Göttingen Mi querida Anna, …sí, ese mismo suspiro ya muchas veces ha salido de mí: qué incierto se vuelve nuestro reencuentro. ¡Qué estrella tan lejana es el Congreso Psicoanalítico en primavera! Y hasta entonces no puedo pensar en nada más seguro, dado que no puedo saber en qué mes Königsberg me liberará y qué pasará en ese momento. Me quedaré sin duda en Berlín por un tiempo, en especial si mi marido tuviese eventualmente algo qué hacer allí. ¡Mi único deseo es que, entre tanto, ustedes puedan estar alegres y saludables juntos! Por lo mismo por lo que ahora estás dudosa del viaje a Roma, venir hacia mí tampoco sería deseable. ¿Cómo podrías querer estar lejos de él, sin saberlo completamente bien y animado para cualquier proyecto? Con suerte el Dr. Deutsch pronto lo habrá alentado para su viaje. ¡Me lo imagino tan lleno de impresiones cautivantes para ambos! También Eitingon estará ahora con ustedes; acaba de escribirme sobre este plan. ¡Sí, me encantaría estar sentada allí entre ustedes! El cielo gris difícilmente pueda allí durar mucho, mientras que aquí ya nos amenaza con frío y sensaciones otoñales. Hace poco, también vino, desde un frescor de resina [4] , Lisbeth Lüttringhauss sin que ella me haya podido ver más que de vez en cuando, porque durante diez días llegó, por una consulta que atañe a su esposa, alguien de Bresslau, hermano del de Königsberg, de modo que fueron once sesiones. Mi marido no está muy bien, lo encuentro, después de una erupción del tipo culebrilla, con una movilidad menor que la habitual. Con suerte, pronto el sol volverá a brillarle, ¡le hace siempre tanta falta! Gracias a tu padre lo alimento con todo lo que hay, como en una tierra donde fluyen ríos de leche y miel; dado que una libra de mantequilla cuesta más de un millón, eso solo pueden hacerlo los reyes. El folleto de Imago también me llegó de la editorial, pero lamentablemente no pude leerlo. Ya el mero primer vistazo me hizo sentir emocionada y curiosa. Más aun lo que me escribes de Rank ; lo que sugieres acerca de la idea me hace pensar en muchas cosas de los últimos años; la ausencia de esa misma idea me molestó en su libro sobre “el artista”, y cuando escribí “El narcisismo como doble dirección”, me pareció tan evidente que el concepto de narcisismo ya la incluía: provenimos, sin duda, de la unicidad total ( alleinheilichkeit ) - no sólo en el sentido de pertenecerle de modo general, sino en el sentido de que en su totalidad, esa unicidad es algo que pulsa en cada uno y en todos, pues segmentar y distinguir es solo un acto de nuestra conciencia- la compulsión y la capacidad de regresar a una cierta totalidad se da solo a través de la adición. Pero el artista incitado e impulsado por impresiones primarias que estaban muy en la base del surgimiento de su conciencia, (al comienzo de esa “represión primaria” que solo hace posible su estructuración personal) crea algo más en sus obras, desde lo cual aún resuena esa unicidad originaria ; es por eso que se sienten afectadas las personas más diversas, pero también por eso sus creaciones pasan al lado de la realidad de la vida consciente, como aquello que la completa, sin lo cual apenas sería posible vivir sin tristeza. Porque la conciencia, por más que brinde riqueza y novedad, roba no obstante lo más fundamental, lo más necesario, lo más natural. ¡Hoy no escribo más, de lo contrario, debería posponerlo demasiado! Sé íntimamente besada por tu Lou [1] Un subrayado y una cita de Florencia Abadi y Matías Trucco en “El concepto de Narcisismo según Lou A. Salomé” Acta académica 2024 [2] Lectura y traducción: Cynthia E. Szewach y Jorge Salvetti de Briefwechsel DtV ( Deutcscher Taschembuch Verlag ), München 2004 [3] Ernsti es uno de los hijos de Freud, hermano menor de Anna. Fue arquitecto y padre del pintor Lucien Freud [4] Allí escribe Harz-Frische. Harz significa resina, y es a su vez una región de Alemania de clima fresco y boscoso. Por lo tanto, tal vez más exactamente puede leerse “desde un frescor de Hartz”, o ambas cosas al mismo tiempo. Yasuhiro Toyoda - Letter #2 - 2022 - Aceite, arena, sobre panel de madera - 20 x 30 cm
- Lou Andreas-Salomé a través del espejo: el narcisismo en disputa / Florencia Abadi y Matías Trucco
Cuando tenía siete años, Lou Andreas-Salomé se encontró con su imagen en el espejo de una manera inédita: los contornos de su figura le dieron la impresión de estar limitada, enjaulada. Le sobrevino una súbita conmoción y se apoderó de ella una sensación de estar excluida del entorno, ausente de todo lo demás, que trajo aparejado un sentimiento de soledad, de aislamiento y de ausencia de patria. Esta vivencia es traducida por ella como una huida de Dios, una retirada de esa figura protectora que la había acompañado hasta entonces en sus diálogos, pensamientos y fantasías. Toda su infancia había hablado con Él, le había relatado historias reales y ficticias, se había sentido bendecida por su generosidad, su abundancia, su bondad. Ante los castigos de que era objeto por parte de sus padres (que la golpeaban a veces con una vara de abedul) había acudido a Dios para denunciarlos, como a un abuelo más poderoso que ellos, que la consentía y mimaba. Pero a partir de este momento esa protección se esfuma, el espejo la hace caer de ese regazo y la convierte en adelante en una “partícula sobrante”. Lo especular no será para ella, a partir de entonces, instrumento de la vanidad, interés por la propia imagen, sino más bien un recordatorio nada amistoso de la separación respecto del mundo y de Dios. Esta temprana experiencia, a la que Salomé retorna de manera insistente , determina la elaboración de una de sus ideas centrales : antes de constituirse como individuo, el yo lo abarca todo en una fusión plena con el entorno. F rente a la percepción del contorno limitado de su figura, aparece el dolor como consecuencia de la pérdida de ese todo, de esa unidad . La comunión en la totalidad es reemplazada por la individuación. Estas ideas nutrirán su original concepción del narcisismo cuando, a sus cincuenta años, se acerque al psicoanálisis y se convierta en una de las primeras mujeres psicoanalistas de la historia. El encuentro con el movimiento psicoanalítico En 1912 Salomé viaja a Viena para estudiar psicoanálisis y durante casi un año participa de las reuniones de los miércoles que se celebraban en la casa de Sigmund Freud con sus más selectos seguidores. También asiste a los cursos de Freud y de Tausk, y a las reuniones en torno a Alfred Adler (que abandonará al poco tiempo). Durante ese año lleva un diario donde relata las discusiones, escribe sus ideas y cuenta acerca de las personas con que interactúa. La calurosa bienvenida que le ofrece Freud, que interpreta su acercamiento como un “buen augurio”, no carecía de razones. Salomé era una mujer respetada en los círculos intelectuales de la época, escritora de novelas y ensayos donde abordaba temáticas como el erotismo y el papel de la mujer, conocida por haberse vinculado con Nietzsche y con Rilke, y podía ser una pieza de no poca importancia para las relaciones políticas del movimiento. Salomé adopta plenamente la “causa” del psicoanálisis freudiano como la suya propia, y comienza una relación de amistad e intercambio intelectual con Freud que forma un valioso capítulo de la historia de la disciplina. La confianza entre ellos llega a ser tanta que se hospeda en la casa familiar de él en varias de sus visitas y traba una íntima relación con Anna Freud, su hija, para quien se convierte en una interlocutora clave, incluso a veces en analista. La correspondencia entre Salomé y Freud no se interrumpe hasta la muerte de ella en 1937. Las dos direcciones del narcisismo Freud utiliza el término narcisismo para dar cuenta del modo en que se constituye el yo: este nace en el momento en que se toma a sí mismo como objeto de amor y en ese mismo acto se unifica y conforma como tal. Salomé, en cambio, propone que el narcisismo nombra un estado previo a la conformación del yo, un momento de indiferenciación entre el yo y el mundo, en que existe una plena conexión en la totalidad. Sin embargo, a pesar de esta importante diferencia, ella cree encontrar en la obra freudiana indicios de su propia concepción. Sin dejar de reconocer la existencia en Freud de un narcisismo del yo, tal como el que se lee por lo general en “Introducción del narcisismo” (1914), ella defiende que al interior de la teoría freudiana puede hallarse otro narcisismo, que nombra también un estado de indistinción entre el yo y el mundo. Para esto se sirve en reiteradas ocasiones de un pasaje en que Freud describe el narcisismo , a pa rtir de la hipótesis de un estado originario en el que la libido se encuentra en un yo que aún no se dirige a un objeto . [1] Salomé propone entonces que el concepto tiene dos direcciones – su texto más relevante sobre el tema se titula “El narcisismo como doble dirección”, de 1921 – : una se dirige al yo, pero la otra, que a sus ojos es la esencial, se dirige a lo pre-individual. La metáfora con la cual grafica la cuestión es elocuente: el ser humano es como una planta que por un lado se orienta hacia la luz – que representa aquí la constitución de la conciencia yoica – , y por otro hunde sus raíces en la tierra – imagen del fondo indiferenciado del que surge la energía vital, que remite a la conexión con el todo – . La libido, en última instancia, se nutre de ese fondo vital creador que no pertenece al yo. La consecuencia de este esquema para el análisis de la economía libidinal no es menor: para Salomé, cuando la libido se retira de los objetos del mundo externo, esta no regresa al yo – como suele pensarse desde la teoría freudiana – , sino que regresa a este ámbito anterior al yo, pre-individual, que para Salomé tiene el sello de lo inconsciente. Podemos pensar: cuando dormimos, por ejemplo, no hay una retracción de la libido al yo, sino más bien a lo inconsciente. Sus formulaciones sobre esta cuestión – así como aquellas escritas en “Anal y sexual”, el único texto de ella al que hace referencia Freud – son el aporte más relevante que hizo al aparato conceptual del psicoanálisis, y esperan aún su recuperación. En cuanto “tierra”, el narcisismo se convierte en la fuente de la energía vital y creadora del sujeto, e incluso en una condición para la cura y el lazo – lejos ser un rasgo que impida la transferencia por una imposibilidad de investir afuera . La salud no exige solo investir el mundo externo – amar y trabajar, había dicho el fundador – , sino que supone la posibilidad de estar en contacto con una fuente previa a la existencia de tal mundo externo, una suerte de unidad primigenia , de la cual depende el entusiasmo y la gratitud, y que merece llevar el nombre de narcisismo. A su vez, la elección del objeto de amor, según Salomé, tiene su origen en la relación con esa totalidad perdida: el otro es amable (susceptible de amor) en tanto símbolo que remite a aquella totalidad, y el encuentro con él está teñido de la lógica del reencuentro: “todo amor conserva la felicidad original de una pertenencia mutua, de un recuerdo de totalidad con que obsequia pródigamente al ser amado como si él mismo constituyera un todo”. [2] El espejo de Narciso La esfera del mito cumple un papel clave en el análisis de Salomé del narcisismo (en contraste con Freud, que no toma en consideración el relato sobre el bello cazador). Ella considera que hubo una lectura sesgada del mito de Narciso que es responsable de la concepción unilateral del narcisismo del yo. Lo que no ha podido distinguirse con claridad y ha llevado a la confusión es el carácter natural del espejo en que se mira Narciso. Se trata de un espejo de agua, un espejo de la naturaleza, no artificial. Y eso connota para Salome que aquello que Narciso ve en el reflejo no es su propia imagen, sino más bien su conexión con la naturaleza como un todo. Es por eso, especula, que él se queda allí embelesado, narcotizado, porque de haberse visto como un sí-mismo limitado “quién sabe si no hubiese huido”. En lugar de encandilarse con su propio rostro, se funde con el agua, símbolo de con-fusión que remite al líquido amniótico y al sentimiento oceánico tal como l e llega a Freud. Para la historia más frecuentada del psicoanálisis, fue Lacan quien puso lo especular en el centro de la noción de narcisismo al postular el estadio del espejo como momento de conformación del yo, el cuerpo y la realidad exterior. Explicado brevemente, L a can propone que el yo se constituye como un objeto unificado en el momento en que el niño percibe su propia imagen en el espejo y se identifica con ésta – o con el semejante que le hace de espejo . Es notable que, varias décadas antes, Salomé utiliza la confrontación frente a la propia imagen en el espejo para pensar el narcisismo, pero en un sentido diferente, quizás opuesto. Si para Lacan lo que siente el niño es júbilo por el reconocimiento de que ese yo constituido le pertenece, para Salomé se trata de un duelo por la totalidad perdida. La pequeña Lou, ya lejos de la Naturaleza, experimenta con sufrimiento la percepción del contorno que delimita el adentro y el afuera del cuerpo. El proceso de individuación, de conformación del yo, es comparado por ella con el dolor que se siente cuando en la infancia un diente se abre paso. Mientras que para Lacan el narcisismo comienza con el reconocimiento en el espejo, para Salomé allí termina. La unidad se percibe justamente por haberse separado de esta; como le escribe a Anna Freud en una carta : “en la separación no es la pérdida, sino la posesión la que solo recién se vuelve plenamente consciente” [3] . El narcisismo de la tierra simboliza esa unidad, que es también el arraigo como origen de la confianza, y por eso mismo es condición del lazo. La confianza es el salto de fe: carece de garantías pero sin ella no hay vínculo alguno. Dios nombra ese sostén invisible, el borde que nos contiene y aloja. En palabras de Salomé, Dios es “la última piel”, el más grande envoltorio que amalgama las partes. Se trata de una conexión con el todo , y no de una conexión total , perfecta, absoluta. El punto es precisamente que esa conexión se sabe aquí fallida, frágil, precaria, capaz de ser aniquilada en un instante por una imagen especular. Si el aislamiento es el nombre del dolor más agudo –origen de la paranoia y de la hostilidad–, la cura como retorno del aislamiento, como hilo de Ariadna en el laberinto paranoide, tiene en el narcisismo salom i ano su más valioso aliado. * Este texto constituye un adelanto del libro sobre Lou Andreas-Salomé que será publicado por Galerna en 2025, dentro de la colección La otra palabra . [1] “En definitiva concluimos, respecto de la diferenciación de las energías psíquicas, que al comienzo están juntas en el estado del narcisismo y son indiscernibles para nuestro análisis grueso, y sólo con la investidura de objeto se vuelve posible diferenciar una energía sexual, la libido, de una energía de las pulsiones yoicas.” Freud, S. (1914) “Introducción del narcisismo”, en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu editores, XIV, 2006, p. 74. [2] Andreas-Salomé, L. (2001), Aprendiendo con Freud. Diario de un año, 1912-1913, trad. L Lalucat y J. Vehil, Barcelona, Laertes, pp. 85-86. [3] Carta de Lou Andreas-Salomé a Anna Freud del 22 de diciembre de 1921, inédita en español y recientemente traducida por Cynthia Eva Szewach y Jorge Salvetti, la cual se puede recuperar en: https://www.revistaadynata.com/post/lou-y-anna---cynthia-eva-szewach . Celine Ali - En el espejo - 2023 - Óleo sobre tela - 140 x 100 x 2 cm
- Manifiesto antidistópico contra la deser(o)tización / Rocío Feltrez
Sintomáticas y sintomáticos del mundo, ¡uníos! ¡Levantaos de las camas! ¡Salid del clóset de la tristeza profunda! El presente es una pena, y el futuro, un gran desierto derruido . Lo sabemos. Pero no vamos a darle el gusto a quienes nos quieren sin signos vitales. Nuestro plan de renacimiento –valga la redundancia– aún no ha nacido. No, pero en eso estamos: fantaseándolo, deseándolo, gestándolo, en contra de todo pronóstico. ¿Apagaremos las pantallas? ¡Quizá! ¡Quizá! Es que sospechamos que existe una relación directa entre la proliferación de imágenes y narrativas distópicas-apocalípticas y la turbación anímica que sentimos. Sabemos que lo que nos trae alivio en medio de un “mal viaje” es saber que va a terminar, que avistamos un final, un mañana despejado. Que, después de un tiempo no demasiado largo, a la sensación de fin de mundo le seguirá una calma nueva. Pero a este “mal viaje” que es el presente se le añade la sensación de un futuro inhabitable, desértico y desafectado. Como si el destino estuviera ya trazado de una vez y para siempre. Sabemos que el presente es asfixiante y que lo que viene, geopolíticamente, no es agradable. Pero ¿qué vida es posible si abandonamos el deseo de un futuro más justo y vivible? Y, a la vez, ¿no habla también del triunfo de la crueldad el hecho de que sólo tengamos los sentidos disponibles para consumir e imaginar panoramas desoladores? Las distopías apocalípticas, y este presente distópico, ¿no erosionan esa imaginación revoltosa que tanto queremos y que hoy más que nunca necesitamos viva? No se trata de negar lo irreversible, aunque esa palabra se nos atragante al pronunciarla. Sabemos que nos vamos a morir y que hay daños que dejan huellas indelebles en la piel. Aun así, vivimos. O eso intentamos cada día: cuidar los signos vitales. Hay frustraciones, rabias e impotencias convertidas en resentimientos revanchistas negadores del dolor, negadores de las estructuras que producen las miserias; resentimientos que piden exclusividad, paredón y castigo; que se relamen con el sufrimiento de los cuerpos vulnerables. Pero hay también cuerpos que necesitan imaginar otro destino para esas frustraciones, rabias e impotencias. A los y las inconformes, los y las sintomáticas, desacoplados y desacopladas, incapaces de adaptarse sin más a este orden invivible . A los endeudados y endeudadas, apáticas y apáticos, decepcionadas y decepcionados, con pulsiones autolíticas. Queridas sintomáticas, queridos sintomáticos, ¿pensamos que no queda nada más que hacer, nada que decir ni decidir? ¿Esto es todo? No se trata de sumarle a la ya insoportable pesadez que significa existir en estos tiempos de desasosiego la exigencia de una acción que recomponga de una vez y para siempre la destrucción, sino de indagar qué es lo que nos ha deser(o)tizado la experiencia de este modo; en qué momento se desvaneció o dejamos morir el deseo urgente de un presente y un futuro dignos de ser vividos. Y, también, quizá se trate de sostener una pregunta: ¿será que la proliferación y el consumo de narrativas distópicas-apocalípticas acríticas alienta la extinción de cualquier deseo de otro mundo? Lo irreversible pareciera animar la deserción. Y quizá sí sea necesario desertar de ciertas experiencias, consumos, lógicas, territorios, plataformas, tecnologías, ideas, relaciones y más. Ensayar una retirada activa como modo de disentir de una máquina de destrucción masiva, cruel e irrefrenable. Retirar las energías, retirarse, no ser cómplices. Aceptar el impoder. ¿Irnos de las ciudades? ¿De Instagram, de Facebook, de WhatsApp, de Apple, de Amazon, de Netflix, de TikTok? ¿Desconectarnos del teléfono inteligente? Retirarnos de una red social, una plataforma, una costumbre. Algo así dijo un filósofo de un país de Europa. Inventar un tiempo, un espacio y una lucidez que nos permita al menos ensayar estrategias para sostener los cuidados paliativos de una humanidad y un mundo en estado terminal. Contar otras cosas, inventar otros relatos, narrar cómo insiste la vida ahí donde no se la espera. Comenzar a labrar las tierras comunales, cuidar los gestos solidarios, hacer otra cosa con la enfermedad de la civilización. El futuro es amenazante, sí. Estos cuerpos están tristes, desganados, aturdidos; surfeando la precariedad en estado de perplejidad. Necesitamos inventar y encantar otras imágenes que no sean las de la distopía-apocalíptica acrítica, porque también esas narrativas reproducen muchas veces las crueldades del presente. Porque no tenemos más ganas de verles las caras ni a los magnates de los algoritmos, ni a los presidentes de los estados hundidos, ni a los jueces que ejercen crueldades, ni a los criptobros y sus consejos sobre cómo ganar guita y masa muscular. No queremos consumir más esas droguitas inoculadas en las pantallas. ¡Dan ganas de arrancarse los ojos! Y quizá sí tengamos que hacerlo: dejar de consumir algunas cosas, quitarnos los ojos o cerrarlos y ver qué podemos imaginar, qué soñamos, de qué fantasías nos distrae todo ese aturdimiento. ¿Cómo calmar toda esta sed de vida que insiste en medio de un desierto inhóspito? Queridas sintomáticas y sintomáticos: juntémonos a hacer hablar a esta miseria que toma los cuerpos. Conversemos en todos lados, como sea. Apostemos a que la fricción de las palabras angustiadas hará nacer una ilusión. No una omnipotente, no, pero una, una al fin. Una pequeña, palpable, que nos sirva de refugio. En nuestros síntomas se resguardan también las pistas para habitar la vida que aún nos queda por vivir. Semillas que simulan su muerte para evitar la extinción, preparándose para nacer en el momento en que sea posible. Sarah Hardacre - "Ladronas de la castidad" - 2012 - Impresiones en tres colores - 70 × 50 cm
- Repensando el Apocalipsis: Manifiesto Indígena Anti-Futurista
…Esta es una transmisión desde un futuro que no sucederá. Hecha por gente que no existe… “El final está cerca. ¿O ya ha ido y venido antes?” Un ancestro ¿Por qué podemos imaginar el fin del mundo, pero no el fin del colonialismo? Vivimos el futuro de un pasado que no es el nuestro. Es una historia de fantasías utópicas e idealización apocalíptica. Es un orden social global patógeno de futuros imaginarios, construido sobre el genocidio, la esclavitud, el ecocidio y la ruina total. ¿Qué conclusiones se pueden sacar en un mundo construido de huesos y metáforas vacías? Un mundo de finales fetichizados calculados en medio de la ficción colectiva de espectros virulentos. Desde los tomos religiosos hasta el entretenimiento científico ficticio, cada línea de tiempo imaginaria construida de forma tan predecible; principio, medio y finalmente, El Final. Inevitablemente en esta narración hay un protagonista luchando contra un enemigo otro (una apropiación genérica de la espiritualidad africana/haitiana, un “zombi”?), y, alerta, spoiler : no eres tú ni yo. Muchos están ansiosos por ser los únicos supervivientes del “apocalipsis zombi”. Pero estas son metáforas intercambiables, este zombie/Otro, este apocalipsis, estas metáforas vacías, esta linealidad, sólo existen en el lenguaje de las pesadillas, son a la vez parte de la imaginación y el impulso apocalíptico. Esta forma de “vivir”, esta “cultura” de dominación consume todo para su propio beneficio. Es un reordenamiento económico y político para adaptarse a una realidad que descansa en los pilares de la competencia, la propiedad y el control en busca del beneficio y la explotación permanente. Profesa la “libertad”, pero sus cimientos se asientan en tierras robadas, y su estructura se construye con vidas robadas. Es esta misma “cultura” la que siempre debe tener un enemigo otro, para culpar, reclamar, afrentar, esclavizar y asesinar. Un enemigo subhumano sobre el que no sólo se permite sino que se espera el ejercicio de cualquier y todas las forma de violencia extrema. Si no tiene un Otro inmediato, construye uno meticulosamente. Este Otro no está hecho de miedo, sino que su destrucción está obligada por él. Este Otro está constituido por axiomas apocalípticos y por la miseria permanente. Este enajenación, esta enfermedad weitko [i] , se sintetiza quizás mejor en su estratagema más simple, aquella que nos rehizo silenciosamente: Son sucios, no son aptos para la vida, Son discapacitados, Son incapaces, Son desechables, no Son creyentes, Son indignos, Están hechos para beneficiarnos, odian nuestra libertad, Son indocumentados, Son Queer/maricones, Son negros, Son indígenas, Son menos que, Están en contra de nosotros, hasta que finalmente, no lo Son más. En este constante mantra de violencia reformulada, o eres Tú o son Ellos. Es el Otro el que es sacrificado por una continuidad inmortal y cancerosa. Es el Otro quien es envenenado, quien es bombardeado, quien es dejado tranquilamente bajo los escombros. Esta forma de no ser, que ha infectado todos los aspectos de nuestras vidas, que es responsable de la aniquilación de especies enteras, de la toxificación de los océanos, el aire y la tierra, la tala y quema de bosques enteros, la incineración masiva, la posibilidad tecnológica de una guerra que termine con el mundo y el aumento de las temperaturas a escala mundial, es la política mortal del capitalismo, es una pandemia. Un final que ha llegado antes La invasión física, mental, emocional y espiritual de nuestras tierras, cuerpos y mentes para asentarse y explotar, es el colonialismo. Los barcos navegaron con vientos envenenados y mareas sangrientas a través de los océanos empujados con un aliento superficial y el impulso esclavizador, millones y millones de vidas se extinguieron silenciosamente antes de que pudieran nombrar a su enemigo. 1492. 1918. 2020… Las sábanas de la bioguerra [ii] , la matanza de nuestro pariente el búfalo, la represa de los ríos que dan vida, la quema de la tierra virgen, las marchas forzadas [iii] , el encarcelamiento regulado por la ley, la educación coercitiva a través del abuso y la violencia. El día a día de la posguerra, el post-genocidio, negociando la humillación post-colonial de nuestro lento suicidio en masa en el altar del capitalismo; trabajo, ingresos, pagar el alquiler, beber, coger, criar, retirarse, morir. Todo ello está a la orilla del camino, está en venta en los mercados indios, sirviendo bebidas en el casino, reabasteciendo Bashas [iv] , es lindo tener a los indios detrás de ti. Estos son los dones del infestado “Destino manifiesto” [v] , este es el futuro imaginario que nuestros captores nos hicieron perpetuar y ser parte. La despiadada imposición de este mundo muerto fue impulsada por una utopía idealizada como Charnel House [vi] , fue “por nuestro propio bien”, un acto de “civilización”. “Maten al Indio ”; matar nuestro pasado y con ello nuestro futuro. “ Salven al hombre-blanco ”; imponiendo otro pasado y con él otro futuro. Estos son los ideales apocalípticos de los abusadores, racistas y hetero-patriarcas. La fe ciega doctrinal de aquellos que sólo pueden ver la vida a través de un prisma, un caleidoscopio fracturado de una guerra total e interminable. Es un apocalipsis que coloniza nuestra imaginación y destruye nuestro pasado y futuro simultáneamente. Es una lucha por dominar el significado humano y toda la existencia. Este es el futurismo del colonizador, el capitalista. Es a la vez cada futuro robado por el saqueador, belicista y el violador. Esto siempre ha sido sobre la existencia y la no existencia. Es el apocalipsis, actualizado. Y con la única certeza de un final mortal, el colonialismo es una plaga. Nuestros ancestros entendieron que esta forma de ser no podía ser razonada ni negociada. Que no podía ser mitigada o redimida. Comprendieron que lo apocalíptico sólo existe en los absolutos. Nuestros ancestros soñaron contra el fin del mundo Muchos mundos han pasado antes de este. Nuestras historias tradicionales están estrechamente entretejidas con el tejido del nacimiento y el fin de los mundos. A través de estos cataclismos hemos aprendido muchas lecciones que han dado forma a lo que somos y cómo vamos a estar unos con otros. Nuestras formas de ser están informadas a través de la búsqueda de la armonía, a través y desde la destrucción de los mundos. Lo Elíptico. Nacimiento. Muerte. Renacimiento. Tenemos indeterminadas historias sobre el mundo que es parte de nosotros. Es el lenguaje del cosmos, habla en profecías largamente talladas en las cicatrices donde nuestros antepasados soñaron. Es la danza de los fantasmas, los siete fuegos, el nacimiento del Búfalo Blanco, la séptima generación, los cinco soles, está escrito en piedra cerca de Oraibi, y más allá. Estas profecías no sólo son predictivas, también han sido diagnósticas e instructivas. Somos los soñadores soñados por nuestros ancestros. Hemos atravesado todo el tiempo entre los alientos de nuestros sueños. Existimos a la vez con nuestros antepasados y con las generaciones no nacidas. Nuestro futuro está en nuestras manos. Está en nuestra cooperación e interdependencia. Es nuestro pariente. Está en los pliegues de nuestros recuerdos, doblados suavemente por nuestros ancestros. Es nuestro Tiempo de Sueño colectivo, y es el Ahora. Entonces. Mañana. Ayer. La imaginación anticolonial no es una reacción subjetiva al futurismo colonial, es un futuro anti-colono. Nuestros ciclos vitales no son lineales, nuestro futuro existe sin tiempo. Es un sueño no colonizado. Este es el anti-futuro indígena No nos preocupa cómo nuestros enemigos nombran su mundo muerto o cómo nos reconocen a nosotros o a estas tierras. No estamos interesados en rehacer sus formas de gestionar el control o de honrar sus acuerdos o tratados muertos. No se les obligará a poner fin a la destrucción de su mundo que tanto predican. No les rogamos que acaben con el calentamiento global, ya que es la conclusión de su imperativo apocalíptico y su vida se construye sobre la muerte de la Pachamama. Enterramos juntas al ala derecha y a la izquierda en esta tierra que están tan hambrientos de consumir. La conclusión de la guerra ideológica de la política colonial es que los pueblos indígenas siempre pierden, a menos que nos perdamos a nosotros mismos. Los capitalistas y colonizadores no nos llevarán hacia sus futuros muertos. La idealización apocalíptica es una profecía autocumplida. Es el mundo lineal muriendo internamente. La lógica apocalíptica existe dentro de una zona muerta espiritual, mental y emocionalmente que se canibaliza a sí misma. Son los muertos resucitados para consumir toda la vida. Nuestro mundo vive cuando su mundo deja de existir Como indígenas anti-futuristas, somos la consecuencia de la historia del futuro del colonizador. Somos la consecuencia de su guerra contra la Pachamama. No permitiremos que el espectro del colonizador, los fantasmas del pasado, ronden las ruinas de este mundo. Somos la actualización de nuestras profecías. Este es el resurgimiento del mundo de los ciclos. Esta es nuestra ceremonia. Entre cielos silenciosos. El mundo respira de nuevo y la fiebre disminuye. La tierra está tranquila. Esperando a que la escuchemos. Cuando hay menos distracciones, vamos al lugar donde surgieron nuestros ancestros. Y su/nuestra voz. Hay una canción más antigua que el mundo mismo, cura más profundamente que lo que la espada del colonizador podría alguna vez cortar. Y allí, nuestra voz. Siempre fuimos sanadorxs. Esta es la medicina originaria. El colonialismo es una plaga, el capitalismo es una pandemia. Estos sistemas son anti-vida, no se verán obligados a curarse a sí mismos. No permitiremos que estos sistemas enfermos y corruptos se recuperen. Nos extenderemos. Nosotrxs somos los anticuerpos + + + + Anexo: En nuestro pasado/su futuro, fueron los ataques no lineales y poco sistemáticos contra infraestructuras críticas vulnerables como las empresas de gas, los corredores de transporte, las fuentes de alimentación, los sistemas de comunicaciones y otros, los que hicieron que el colonialismo de ocupación [vii] fuera imposible en estas tierras. Nuestra organización fue celular, no requirió movimientos sociales formales. La ceremonia fue/es nuestra liberación, nuestra liberación fue/es la ceremonia. Honramos nuestras enseñanzas sagradas, nuestros ancestros y las generaciones venideras. No nos atribuimos el mérito de nada. No emitimos ningún comunicado. Nuestras acciones serán nuestra propaganda. Celebramos la muerte de la solidaridad de la izquierda y su miope romanticismo apocalíptico. No exigimos nada a los capitalistas/colonizadores. Fuente: Texto original publicado en Indigenous Action el 19 de marzo de 2020. Traducción libre de una disléxica, Katia Sepúlveda, y de una “freca” decolonial que nada sabe de inglés pero intuye el sentido del texto, Yuderkys Espinosa Miñoso. [i] [N. de T.] Para los nativoamericanos del norte del continente americano, la enfermedad del wétiko (o weitko , como le llamó el psiquiatra R. D. Laing al tomar la idea del pensamiento nativoamericano) se trata de la enfermedad del alma y el espíritu del hombre blanco europeo, tal como lo describió en 1978 Jack Forbes, pensador nativoamericano, en su libro Columbus and Other Cannibals. Para Forbes “Esta afección, esta psicosis wétiko (caníbal), es la mayor enfermedad epidémica conocida por el hombre (blanco) ” y se caracteriza por el consumo de otros seres humanos, por ello el wétiko es un caníbal, un depredador, “ es el consumo de la vida de otro para su propio propósito o beneficio privado .” [ii] [N. de T.] Hace alusión a las sábanas contaminadas de virus y enfermedades que les fueron regaladas a los nativos por los invasores blancos. [iii] [N. de T.] The forced marches o “las marchas forzadas” hace alusión a las marchas a las que fueron obligadas las personas compradas o capturadas en África por los traficantes de esclavos. [iv] [N. de T.] Tiendas de lona o plástico típicas de los mercados informales . [v] Se nombró así a una doctrina del siglo XIX que profetizaba que la expansión de los Estados Unidos desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico era inevitable y estaba justificada. [vi] [N. de T.] “Casa de Charnel” es el lugar donde descansan los restos generalmente exhumados de la persona muerta, en sentido figurado se utiliza como frase para referirse a un lugar relacionado con la muerte violenta, el hogar de un asesino en serie o donde han ocurrido asesinatos macabros. [vii] [N. de T.] En el original se habla de “settler colonialism”. El mismo se distingue de otras formas de colonialismo, como el colonialismo clásico o el eocolonialismo, por algunas cuestiones claves: Por un lado, en el colonialismo de asentamiento, el colono “viene para quedarse” esto es que se quedan permanentemente ocupando las tierras arrebatadas al pueblo nativo. En segundo lugar, la ocupación colonial se instala como estructura, persistiendo en la eliminación continua de las poblaciones indígenas e instalando un estado que se nombra a sí mismo como soberano y con el control jurídico sobre las tierras. Finalmente, esta forma de colonialismo busca eliminarse a sí mismo en su forma colonial instalando una forma de gobierno soberana donde el excolono blanco se erige como clase suprema e indiscutible sobre el resto de la población a través de la eliminación de los pueblos indígenas y la afirmación de falsas narrativas donde reafirman su pertenencia a la t erra que ocupan, ocultando el pasado de sustracción violenta a través del cual llegaron a instalarse allí. Andrew Moore - Leo Plaza, Piano - 2009 - Impresión cromogénica - 101 x 127 cm
- ¿Dónde vamos mañana? / Vinciane Despret
«¿Dónde vamos mañana?» ¿Dónde van a ir mañana, o el día siguiente, o incluso la semana que viene, cuando hayan llegado a las últimas páginas de este libro? Quizá son de aquellos que tendrán esa experiencia sorprendente de ser tocados, contaminados, infectados por lo que lo anima. Podría haber escrito «por la aventura que lo anima», pero desconfío un poco de lo que esa palabra puede tener de exotismo épico o de guion previsible. Describiría mejor sin duda lo que nos propone Baptiste Morizot trayendo el bello término de iniciación. Es que ser iniciado, o convertirse en iniciado, evoca la idea de conocer algo nuevo o, con mayor precisión, de conocer un arte nuevo que autoriza ese conocer, y esa idea vuelve a conectar, a través de los siglos, con la experiencia de participar de los Misterios, según la cultivaban los paganismos antiguos. Así, este libro se propone iniciarnos en un arte bien particular que podría definirse de manera lapidaria como el arte de hacer geopolítica rastreando invisibles. Por cierto, que dicho así podríamos espantarnos, y preguntarnos si es razonable haber encargado este prefacio a alguien que duda ante la palabra «aventura» pero no tiembla al mezclar «geopolítica» con «invisibles». Formas de invisibilidad: «No se puede existir sin dejar huellas» Sin embargo, no hay nada más concreto, más a ras del suelo y de la vida, que el proyecto de Baptiste Morizot. Es la propuesta más terrena que se pueda imaginar, literalmente, una propuesta que exige ponerse buen calzado y caminar, pero sobre todo, que lleva a reaprender a enfocar la vista en el suelo, a mirar la tierra, a leer los brotes, las hierbas retorcidas, los montes oscuros, a escrutar el barro que recoge marcas e impresiones y las rocas que no se dejan afectar, a inspeccionar los troncos a los que quedaron adheridos pelos, a auscultar los caminos en los que abundan los excrementos, aquí y no allá. Porque así es como los que llamamos animales, y la mayor parte del tiempo nos son invisibles, manifiestan su presencia. A veces deliberadamente, otras sin fijarse. Rastrear, en otras palabras, es aprender a detectar las huellas visibles de lo invisible o, incluso, es transformar algo de lo invisible en presencias. Jean-Christophe Bailly nos lo había recordado: la forma propia de habitar su territorio, su «casa», para muchos animales, consiste en disimularse ante la mirada, «vivir, en efecto, es para cada animal atravesar lo visible ocultándose». Muchos de nosotros tuvimos la experiencia, podemos caminar por el bosque durante horas sin captar su presencia e incluso ignorar por completo su existencia. Imaginarnos ese mundo deshabitado, creernos solos. Claro, si no prestamos atención a los signos. Con que cambiemos un poco el modo de explorar los espacios, prestemos la atención adecuada, aprendamos las reglas que ordenan las huellas, estamos de pronto tras el rastro de invisibles, convertidos en lectores de signos. Cada huella atestigua una presencia, un «alguien estuvo ahí» que ahora habrá que conocer, sin forzosamente encontrárselo. Geopolítica: «Rastrear es el arte de investigar sobre el arte de habitar de los demás vivientes» Y sin embargo tiene lugar un encuentro. Pero la palabra «encontrar» tiene aquí una significación un poco diferente de la que de inmediato nos viene a lamente, recibe una inflexión que le confiere, como verbo, un sentido incoativo, tal como lo tienen las formas verbales que indican un acción que solo se inicia; los gramáticos dicen que esos verbos peculiares indican el pasaje de nada a algo. Este tipo de encuentros que describe Baptiste Morizot se declina entonces en el régimen del esbozo: el rastreo tiene siempre que ver con el tiempo antes de un encuentro, un tiempo que en principio no va a parar de recomenzar (puesto que el tiempo de antes es el tiempo mismo del encuentro) y que no se dirige sino a lo que se oculta (el algo de los gramáticos puede convertirse de nuevo en nada). Lo que hace perceptible la práctica del rastreo es también que seguir es caminar con. Caminar se convierte en un acto de mediación. Ni al lado, ni al mismo tiempo: sobre los pasos de otro que sigue su propio camino y cuyas huellas son además signos que cartografían sus deseos, incluido el deseo de escapar del rastreador si ha captado su presencia. «Caminar con», sin simultaneidad ni reciprocidad, destaca experiencias en las que uno se deja instruir por otro ser: dejarse guiar, aprender a sentir y pensar como otro (que, por su parte, como el lobo que se siente seguido, quizás está intentando pensar como quien sigue sus huellas, ya descubriremos su historia), desprenderse de su propia lógica para aprender otra, dejarse atravesar por deseos que no son los nuestros. Y, sobre todo, imaginar y pensar a partir de los signos dejados por el animal, allí donde lo conducen sus intenciones y sus hábitos, para no perderle la huella. Sobre todo, no perderla. Lo que nos enseña el arte del rastreo es a no perder aquello que no se posee. Podemos entonces «encontrarnos» en el sentido de empezar a conocer, sin forzosamente estar al mismo tiempo en el mismo lugar: conocer algo nuevo. «Caminar con» en diferido y a distancia para dejarse instruir mejor. Llamar a la imaginación para seguir conectado con una realidad frágil. Aquello que la filósofa norteamericana Donna Haraway definió magníficamente como «intimidad sin proximidad». Encontrar un animal por medio de signos implica entonces emplear un inventario de hábitos que trazan progresivamente una manera de vivir, una manera de ser, una manera de pensar, de desear, de ser afectado. La forma de indagar que propone Baptiste Morizotseñala para empezar una mutación profunda en nuestras relaciones con los otros no humanos. Cada vez somos más quienes queremos vivir de otra manera con los animales, quienes soñamos con reanudar vínculos antiguos, retomar la conversación, por así decirlo. Pero ¿cómo? ¿Qué debemos hacer? ¿Qué deberíamos aprender? ¿Cómo habitar con otros seres que nos son en su mayoría completamente extraños? Baptiste Morizot subrayaba al respecto, con cierta ironía, que desde la década de 1960 «buscamos vida inteligente en el universo, cuando existe bajo formas prodigiosas en la Tierra, entre nosotros, bajo nuestros ojos, pero en su discreta mudez». Lanzamos sondas y mensajes por todo el universo, y paseamos por el bosque haciendo tanto ruido como una manada de babuinos de juerga, lo cual no hace sino confirmar esa convicción extraña de que estamos solos en el mundo. Es tiempo de volver a la tierra. Allí entra esta indagación. Como indagación geopolítica, se esfuerza en dar con medios para responder a la pregunta por cómo habitar juntos con los otros no humanos, ya no como un sueño bastante abstracto de regreso a la naturaleza, sino concretamente, prácticamente. Por cierto, que el rastreo reanuda las prácticas más antiguas de los cazadores; Baptiste Morizot no lo olvida, ni omite la etología que se inspiró en ellas y que nutre hoy su proyecto. Son artes de la atención. Ahora bien, a diferencia de aquellas, no se trata de conocer para apropiarse y, a diferencia de esta última, no se trata ya solamente de conocer por conocer, sino de «conocer para cohabitar en territorios compartidos. Lo que se trata de reactivar con el rastreo es la posibilidad de tejer lazos sociales con los otros no humanos. «No cambiamos de metafísica más que cambiando de prácticas» Rastrear, entonces, es el arte de ver lo invisible para disponer el cuadro de una auténtica geopolítica. Como decíamos, no hay anda sobrenatural en esos invisibles, incluso si cada descubrimiento tiene cierta magia, aquella del rastreo “que levanta los signos”. Pero tampoco hay nada de natural: justamente, no puede haber una geopolítica seria que haga referencia a la Naturaleza. Porque el término “Naturaleza”, incluso cuando lo usamos en circunstancias tan anodinas como aquellas que nos hacen decir que “vamos a caminar por la naturaleza”, no tiene nada de inocente. Es, escribe Baptiste Morizot refiriéndose a Philippe Descola, “el índice de una civilización -agregará: poco amable- dedicada a explotar los territorios de manera masiva como si fueran materia inerte”. Y aunque decidiéramos romper con esa dimensión de la herencia para, por ejemplo, sostener nuestra voluntad de proteger la naturaleza, no escaparíamos a lo que ese término sigue cargando, a saber, la idea de que hay ante nosotros o alrededor de nosotros una naturaleza pasiva, en síntesis, el objeto de una acción, o bien un lugar de recreación o de regreso espiritual a las fuentes. El proyecto de Morizot nos exige, pues, deshacer una metafísica que ha demostrado largamente sus daños y que no podemos esperar que se acomode a mejores intenciones. Lo primero que habría que rever es esta vieja idea de que nosotros los humanos seríamos los únicos animales políticos (ya debería inquietarnos el hecho de que cuando nos declaramos animales en general es para valernos de una cualidad que ratifica nuestro excepcionalismo). Es que los lobos lo son del mismo modo, ya que conocen el uso de reglas, los límites territoriales, formas de organizarse en el espacio, códigos de conducta y de prioridad. Y lo mismo ocurre con cantidad de animales sociales. Morizot, recupera para extenderla a otros vivientes -por ejemplo, los gusanos de la compostera, cuyos hábitos pueden asociarse a los nuestros-, la idea de que aquello que debemos reaprender son los lazos francamente sociales con ellos. El rastreo, como práctica geopolítica, se convierte entonces en el arte de hacer preguntas cotidianas, preguntas cuyas respuestas compondrán hábitos, de preparar alianzas o anticipar conflictos posibles, para intentar encontrarles una solución más civilizada, más diplomática: “¿Quién habita aquí? ¿cómo vive? ¿Cómo hace un territorio en este mundo? ¿En qué puntos su acción impacta mi vida, y viceversa? ¿Cuáles son nuestros puntos de fricción, nuestras alianzas posibles y las reglas de cohabitación a inventar para vivir en concordia?” «Un desvío posible para volver a casa» Acabo de evocar, siguiendo a Baptiste Morizot, la compostera y sus gusanos como sitio de intercambios sociales. Un sitio que exige al mismo tiempo un conocimiento fino de los hábitos, cierta atención, ciertas alianzas y ciertos compromisos. El ejemplo importa porque nos señala que convertirse en “rastreador”, “convertirse en diplomático” con los animales supone de hecho una transformación de las maneras de pensar, de leer signos y de establecer un acuerdo (en el doble sentido de reconocerlo y de convenirlo) de hábitos e intencionalidades. Rastrear puede tener que ver con lo lejano o con los bosques, pero no lo requiere. Es que el rastreo, dice Morizot, es ante todo “un arte de volver a casa”. O, mejor, que es lo que quiere decir, es un arte para encontrarse en casa , pero una casa que no es la misma que antes, así como quien se encuentra finalmente allí se volvió también diferente. Rastrear es aprender a hallar un mundo habitable y más hospitalario en el que sentirse “en casa” ya no nos convierte en pequeños propietarios avaros y celosos (amos y poseedores de la naturaleza, como parecía tan evidente), sino en cohabitantes que se maravillan con la cualidad de la vida en presencia de otros seres. Rastrear es enriquecer los hábitos. Es del orden del devenir, de la metamorfosis de sí: “activar los poderes de otro cuerpo”, según escribe el antropólogo Eduardo Viveiros de Castro, es encontrar en sí la curiosidad saltarina del cuervo, la manera de estar vivo del gusano -acaso incluso, como él, sentir la respiración por la piel-, la paciencia deseante del oso, o la abastecedora de la pantera, o también aquella otra bien distinta de los lobos padres ante un lobezno turbulento. Acceder, como dice Baptiste Morizot, “a los ofrecimientos propios de otro cuerpo”. Pero, agrega, “todo ello es bien difícil de formular, hay que darle vueltas”. En el muy bello libro en el que narra su larga amistad con una perra, Mélodie, el escritor de origen japonés Akira Mizubayashi evoca las dificultades de su lengua de adopción para describir la relación que lo une a su acompañante animal. Escribe: “La lengua francesa, que he abrazado y hecho mía a lo largo de un extenso aprendizaje, viene del tiempo de Descartes. Lleva consigo, en cierto sentido, la huella de ese corte fundamental a partir del cual se hace posibles colocar los vivientes no humanos en la categoría de máquinas a explotar. Es triste constatar que a partir de Descartes la lengua me nubla un poco [i] la visión cuando contemplo el mundo animal, tan proliferante, tan generoso, tan benevolente de Montaigne”. Hemos heredado, pues, una lengua que en ciertos aspectos acentúa la tendencia a volver desanimado el mundo que nos rodea, lo cual atestigua el simple hecho de que, para no citar sino el ejemplo que destacaba Bruno Latour, dispongamos solo de las categorías de pasividad y actividad. Narrar el rastreo, como lo hace Morizot, narrar los efectos de ese “volver a casa”, le exigió aprender a deshacerse de algunas palabras, a jugarle astucias a la sintaxis para dar cuenta de presencias o, con más precisión, de efectos de presencia, para evocar los afectos que atraviesan el cuerpo, la alegría, el deseo, la sorpresa, la incertidumbre, la paciencia, a veces el miedo, para tocar con la escritura de la indagación aquello que desborda esa escritura, como él mismo fue tocado en su transcurso. Le hizo falta retorcer la lengua de la filosofía, perder su familiaridad, forzar poéticamente la gramática, forjar términos en ocasiones, o desviar la significación (lo que en otra parte él mismo llamó salvajización semántica ) [ii] , porque ninguno de los heredados alcanzaba para nombrar el acontecimiento del encuentro o la gracia de su espera. Crear, en otras palabras, una poética del habitar, una poética experimental y al aire libre, de cuerpos plurales. Más allá de todo lo que este libro nos enseña sobre lo que pueden los animales y lo que pueden los humanos que van a su encuentro, más allá de las propuestas políticas concretas e innovadoras para otro modo de habitar la tierra con otros, Morizot nos propone explorar no sólo los confines tan cercanos de nuestro mundo, sino también los límites mismos de nuestra lengua. Para nombrar el acontecimiento de la vida. ¿Dónde van a ir mañana? En realidad, desde las primeras palabras ya estarán en camino. Fuente: Morizot, Baptiste (2020) “Prefacio” en Tras el rastro animal. Editorial Isla Desierta. Buenos Aires. [i] Akira Mizubayashi (2013) Mélodie: Chronique d’une passion . París, Gallimard. [ii] Baptiste Morizot (2016) Les Diplomates: Cohabiter avec les loups sur une autre carte du vivant. Marseille, Wildproject. P.149. Patricia Traub - "Guardián con doce animales" - Óleo sobre tela - 121.9 × 188 cm
- La crisis ecológica como crisis de sensibilidad / Baptiste Morizot
«El mundo depende de muchas especies distintas, y cada una es un experimento demencial» [i] Richard Powers Estamos en el collado de la Bataille, a finales de verano, hace frío, los fuertes vientos del norte vienen a estrellar-se contra los del sur. Es un puerto desolado, anclado en el Paleolítico, por el que atraviesa una carreterita asfaltada que suele estar cerrada. Pero no es un desierto: es un epicentro de la vida aérea. En efecto, muchas aves, de un sinfín de especies, pasan por aquí en su viaje migratorio hacia África. Es una puerta mítica para desviarse hacia el otro lado del mundo. Nosotros estamos aquí para contar-las. Provistos de un contador manual de personas, de los que se usan en discotecas y salas de teatro, vamos haciendo clic frenéticamente, en una especie de éxtasis gozoso, por cada golondrina que pasa: y pasan por miles y por decenas de miles. Mi compañera cuenta 3.547 en tres horas: golondrinas comunes, de ventana, de roca. Llegan por el norte, en grupos, en enjambres, y se agazapan en el hayedo bajo el collado, a la espera de señales que para nosotros son un misterio. Evalúan el viento, las condiciones atmosféricas, su número, qué sé yo, recuperan sus minúsculas reservas de grasa durante el alto y, en un momento concreto, por motivos que se nos escapan, una bandada entera de golondrinas se abalanza hacia una brecha del tiempo para cruzar el collado en el momento preciso, justo en el momento preciso. El cielo se cubre de aves. Una vez han cruzado el muro de viento que las tiene atrapadas por el sur, se sitúan en el otro lado, ya está, han cruzado una puerta, y habrá más. Más abajo, pegada al suelo, tiene lugar la migración rastrera de los gorriones: revolotean de árbol en árbol, de forma imperceptible, como si estuvieran dando un paseo, pero de árbol en árbol llegan hasta el fin del mundo. Para pasar bajo la ola de viento, unos cuantos herrerillos comunes cruzan a pie la carretera del collado; necesitan un testarudo minuto para recorrer el asfalto, sin vacilaciones pero también sin prisas, en un viaje que llegará hasta el norte de África. ¿Cómo dar cabida a un continente de coraje en once gramos de vida? También están aquí las rapaces, el águila pescadora, reina secreta de los ríos, que con sus garras ha inventado unas poderosas zarpas de oso pescador, transformada en encarnación pura de la acción: un par de alas que se diluye en el cielo, con la raíz en un par de manos inagotables. Los cernícalos vulgares y los alcotanes pasan a montones, depredadores en compañía de las presas, igual que los leones viajan con las gacelas. Es solo un umbral en el largo cortejo de una punta a otra del globo terráqueo: la migración de lo único que nos queda de los dinosaurios, muy vigorosos todavía aunque algunos ingenuos los crean extintos (sencillamente, se han transformado en pardales). En el cortejo van bisbitas, lavanderas, acentores comunes, gigantescos quebrantahuesos y microscópicos canarios, reyezuelos, serines, treparriscos y milanos reales, como tribus galas pavoneándose de sus colores, cada uno con sus costumbres, su lenguaje, su orgullo sin ego, sin espejo; cada uno, con sus exigencias. Y cada una de estas formas de vida tiene su perspectiva única sobre este mundo compartido, domina el arte de leer unos signos que todos los demás ignoran. Las golondrinas, por ejemplo, deben alimentarse durante todo el tiempo que dure el vuelo; son expertas en interpretar los climas, los momentos del día en los que los enjambres de insectos estarán por donde pasen, para alimentarse mientras vuelan, sin cambiar de rumbo, sin detenerse, sin aminorar la marcha. De repente, un ruido de motor nos hace desviar la atención. Más abajo, en la carretera, una fila india de coches antiguos va ascendiendo por el collado. Es uno de esos encuentros de coleccionistas, que salen los domingos para hacer rutilar sus emperifollados cacharros por las carreteras de montaña. Se detienen en el puerto. Salen uno o dos minutos, para hacerse unos cuantos selfies acrobáticos, intentando que en la pantalla entren capó, sonrisa y paisaje. Son entrañables y están encantados de estar ahí. Y luego se marchan. A mi compañera, que está junto a mí, se le viene una imagen que nos paraliza en medio del viento brutal: «No se han dado cuenta —dice—. No se han dado cuenta de que estaban en mitad de algo que es como el puerto más vivo, más cosmopolita, más abigarrado del Mediterráneo, donde un sinfín de pueblos parte con rumbo a África» [ii] . Pueblos que luchan contra los elementos, entramándose en los flujos de energía, disfrutando del sol, deslizándose con la fuerza del viento. Y, en efecto, como buenos primates sociales a los que tan bien se les da vivir obnubilados por sus congéneres, no han visto más que un puerto desolado, un decorado vacío, un paisaje mudo, un fondo de pantalla de ordenador. Pero en esta constatación no hay reproche alguno hacia esas personas. No son ni más ni menos que nosotros mismos. ¿Cuántas veces no hemos visto nada de todo lo vivo que se urdía en un lugar? Probablemente, cada día. Es nuestra herencia cultural, nuestra socialización, lo que nos ha hecho así; y esta realidad tiene razones y causas. Aunque no es motivo para no rebelarse. No hay recriminaciones, pero sí una cierta tristeza ante esa ceguera, su alcance y su violencia inocente. Reaprender, como sociedad, a ver que el mundo está habitado por entidades que son prodigiosas de otra manera , distintas de las colecciones de coches y las galerías de los museos, supone un reto de gran envergadura. Igual que reconocer que exigen una transformación de nuestras maneras de vivir y habitar en común. Una crisis de la sensibilidad De esta experiencia se puede extraer una idea. Nuestra crisis ecológica es, sin lugar a dudas, una crisis de las sociedades humanas: pone en peligro la suerte de las gene-raciones futuras, las bases mismas de nuestra subsistencia y la calidad de nuestras vidas en entornos contaminados. También es una crisis de los seres vivos: en forma de sexta extinción de las especies, de defaunación, así como de fragilización de las dinámicas ecológicas y los potenciales de evolución de la biosfera debido al cambio climático. Pero también es una crisis de otra cosa, de algo más sutil y, quizá, más fundamental. Ese punto ciego, me planteo como hipótesis, consiste en que la crisis ecológica actual, más que una crisis de las sociedades humanas por un lado , o de los seres vivos por otro , es una crisis de nuestras relaciones con los seres vivos. Para empezar, es, de forma espectacular, una crisis de nuestras relaciones productivas con los entornos vivos, visible en el frenesí extractivista y financierizado de la economía política dominante. Pero también es una crisis de nuestras relaciones colectivas y existenciales, de nuestras conexiones y vínculos con los seres vivos, que determinan la cuestión de su importancia , por medio de las cuales es-tos están dentro de nuestro mundo o fuera de nuestro mundo perceptivo, afectivo y político. Esta crisis es difícil de nombrar y comprender. No obstante, todos notamos con claridad aquello a lo que nos conmina: tenemos que entablar otras relaciones con los seres vivos. El entusiasmo actual que traen los experimentos políticos sobre nuevas formas de habitar y de establecer relación con los seres vivos, el auge de las formas alternativas de vida colectiva, la querencia por la agricultura ecológica y las ciencias subversivas que redescriben de otro modo la naturaleza viva, rica en comunicaciones y significaciones, son señales frágiles, pero potentes, de ese pivote en nuestra coyuntura. Hay un aspecto de esta crisis que pasa, sin embargo, más desapercibido, por el carácter sutil y apenas susurrante de su dimensión política; es decir, de sus posibilidades de politización. Este aspecto consiste en considerarla una crisis de la sensibilidad. La crisis de nuestras relaciones con los seres vivos es una crisis de la sensibilidad porque las relaciones que nos hemos acostumbrado a mantener con los seres vivos son relaciones con la «naturaleza». Como explica el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro, como herederos de la modernidad occidental pensamos que mantenemos relaciones de carácter «natural» con todo el ámbito de los seres vivos no humanos, pues cualquier otra relación con ellos es imposible. Las relaciones posibles en el cosmos de los modernos son de dos órdenes: o bien naturales o bien sociopolíticas, y las relaciones sociopolíticas están reservadas exclusivamente a los humanos. Por consiguiente, consideramos a los seres vivos, en esencia, como un decorado, como una reserva de recursos disponible para la producción, como un lugar de vuelta a los orígenes o como un soporte para la proyección emocional y simbólica. Ser un decorado y un soporte para la proyección supone haber perdido la consistencia ontológica propia. Algo pierde su consistencia ontológica cuando se pierde la facultad de prestarle atención como un ser de pleno derecho, que cuenta en la vida colectiva. La caída del mundo vivo fuera del ámbito de la atención colectiva y política, fuera del ámbito de lo importante, es el acto inaugural de la crisis de la sensibilidad. Por «crisis de la sensibilidad» entiendo un empobrecimiento de las relaciones que podemos sentir, percibir, comprender y tejer con los seres vivos. Una reducción de la gama de afectos, de objetos, de conceptos y de prácticas que nos vinculan a ellos. Tenemos multitud de palabras, tipos de relaciones, tipos de afectos para calificar las relaciones entre humanos, entre colectivos, entre instituciones, con los objetos técnicos o con las obras de arte, pero muchas menos para nuestras relaciones con los seres vivos. Este empobrecimiento del alcance de la sensibilidad hacia los seres vivos, es decir, de las formas de atención y de las cualidades de la disponibilidad hacia ellos, es, a la vez, efecto y parte de las causas de nuestra crisis ecológica. Un primer síntoma de esta crisis de la sensibilidad, quizá el más espectacular, se expresa en el concepto de «extinción de la experiencia de la naturaleza» [iii] , propuesto por el escritor y lepidopterista Robert Pyle: la desaparición de las relaciones cotidianas y reales con los seres vivos. Un estudio reciente demuestra, así, que un niño norteamericano de entre cuatro y diez años es capaz de reconocer y distinguir, en un abrir y cerrar de ojos expertos, más de mil logo-tipos de marcas, pero no está en condiciones de identificar las hojas de diez plantas de su región [iv] . La capacidad de discriminación de las formas y los estilos de existencia de los otros seres vivos se redirige, en grandísima medida, hacia los productos manufacturados, a lo que se suma una sensibilidad muy pobre con respecto a los seres que habitan la Tierra con nosotros. Reaccionar a la extinción de la experiencia, a la crisis de la sensibilidad, es enriquecer la gama de las relaciones que podemos sentir, comprender y tejer con la multiplicidad de los seres vivos. Existe un vínculo sutil pero profundo entre la actual desaparición masiva de aves de los campos, documentada por estudios científicos, y la capacidad de un canto de ave urbana para resultarle significativo al oído humano. Cuando un amerindio koyukón oye el chillido de una corneja en Alaska, el sonido se introduce en él y, por concatenación de recuerdos, le restituye simultáneamente la identidad del ave, los mitos que narran sus costumbres, sus conexiones comunes y sus alianzas inmemoriales en el tiempo del mito [v] . Nuestras ciudades están llenas de cornejas, sus cantos nos llegan hasta el oído a diario pero no oímos nada porque en nuestros imaginarios las hemos transformado en bestias: en «naturaleza». Hay algo triste en el hecho de que los diez cantos de aves distintos que de media oímos todos los días solo lleguen a nuestro cerebro en forma de ruido blanco , o, en el mejor de los casos, evoquen un nombre de ave vacío de sentido: son como lenguas antiguas que ya nadie habla y cuyos tesoros resultan invisibles. La violencia de nuestra creencia en la «Naturaleza» se manifiesta en el hecho de que los cantos de las aves, de los grillos, de las chicharras, en los que nos sumergimos en verano cuando nos alejamos del centro de la ciudad, se viven en la mitología actual como un silencio apacible. Y, sin embargo, constituyen, para quien quiera intentar traducirlos y sacarlos de la condición de ruido blanco, infinidad de mensajes geopolíticos, de negociaciones territoriales, de serenatas, de intimidaciones, de juegos, de placeres colectivos, de desafíos lanzados, de conversaciones sin palabras. La pradera florida más pequeña es un caravasar cosmopolita, multilingüe, multiespecie y bullente de actividad. Una nave espacial en los confines del universo, donde cientos de formas de vida distintas se encuentran y establecen modus vivendi , comunicándose mediante el sonido. En las noches de primavera se oye resonar en esta nave el canto-láser del ruiseñor, que lucha sin violencia, con grandes golpes de belleza, para atraer a las compañeras que llegan tras ellos en su migración y recorren por la noche los bosques en busca de su macho; se oyen también, con desconcierto, los ladridos de los corzos, borborigmos guturales de fieras intergalácticas que aúllan la desesperación del deseo. Lo que llamamos «campo» una noche de verano es el zoco interespecies más variopinto y ruidoso, que bulle con una energía industriosa, un Times Square no huma-no un lunes por la mañana (y qué locos los modernos, qué autorrealizadora su metafísica, para ver ahí un silencio que revitaliza, una soledad cósmica, un espacio en calma. Un lugar vacío de presencias reales y mudo). Salir de la ciudad, pues, no es alejarse bucólicamente de los ruidos y las molestias, no es irse a vivir al campo, es irse a vivir en minoría . En cuanto la naturaleza se desnaturaliza (deja de ser un fondo liso continuo, un decorado de una sola estancia, un fondo contra el que se representan las tribulaciones humanas), en cuanto los seres vivos se retraducen en seres y no en objetos, el cosmopolitismo multiespecie se vuelve desbordante, casi irrespirable, abrumador para la mente: hemos pasado a estar en minoría. Una buena terapia para los modernos, que han adquirido la mala costumbre de transformar a todos sus «otros» en minorías. Desde un punto de vista, es verdad que hemos perdido una cierta sensibilidad: la urbanización masiva y el hecho de no vivir día a día en contacto con formas de vida múltiples nos han despojado de las capacidades para el rastreo, y entiendo el rastreo en un sentido filosóficamente enriquecido, como la sensibilidad y la disponibilidad ante los signos de las otras formas de vida. Este arte de leer se ha perdido: «no vemos nada ahí» y resulta todo un desafío reconstruir vías de sensibilidad; para empezar, reaprender a ver. Si no vemos nada en la «naturaleza», no es solo por ignorancia de los saberes ecológicos, etológicos y evolutivos, sino porque vivimos en una cosmología según la cual supuestamente allí no hay nada que ver; es decir, nada que traducir : no hay ningún sentido que interpretar [vi] . Entonces el reto filosófico consiste en hacer sensible y evidente que sí que hay algo que ver y unos significados ricos que traducir en los entornos vivos que nos rodean. Basta, sin embargo, con dar ese paso y todo el paisaje se reconstruye. Y ese es el objeto del primer ensayo de este libro, que lleva al lector en una expedición de rastreo de una manada de lobos en las nieves del Vercors, entre thriller etológico y relato de un primer contacto con formas de vida ajenas . La idea de «pérdida» de sensibilidad es, no obstante, ambigua en su formulación misma. El malentendido de esta idea estriba, en efecto, en que parece esconder algo así como un primitivismo nostálgico, que no es pertinente en este asunto. No era «mejor antes», por fuerza, y no se trata de volver a una vida de corretear desnudos por los bosques. El desafío estriba, precisamente, en que se trata de inventar esas otras vidas. Fuente: Morizot, Baptiste (2021) “La crisis ecológica como crisis de la sensibilidad”. En Maneras de estar vivo. La crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Errata Naturae Editores. Madrid. [i] Richard Powers, The Overstory , Nueva York, Norton, 2018, p. 315. Trad. cast. de Teresa Lanero: El clamor de los bosques , Madrid, Alianza de Novelas, 2019, p. 383. [ii] Quiero darle las gracias a Estelle Zhong Mengual por esta idea y por la riqueza de nuestras discusiones y sus relecturas, que han servido para mejorar este libro, igual que todo aquello que tiene cerca. [iii] Robert Pyle, The Thunder Tree , Portland, Oregon State University, 2011. [iv] Estudio llevado a cabo en 2014 por Discover the Forest, US Forest Service y Ad Council. [v] Richard K. Nelson, Make Prayers to the Raven. A Koyukon View of the Northern Forest , Chicago, University of Chicago Press, 1986. [vi] Véase Baptiste Morizot y Estelle Zhong Mengual, «L’illisibilité du paysage. La crise éco-logique comme crise de la sensibilité», Nouvelle Revue d’esthétique , 2018-2, n.º 22. Jean-Pierre Roy - Aquí, en este lugar arruinado - 2015 - Fotograbado
- La palabra del agua / Gaston Bachelard
Trato la corriente del río como si fuera un violín Paul Éluard Menos espejo que estremecimiento… a la vez pausa y caricia, pasaje de un arco líquido sobre un concierto de musgo. Paul Claudel Querríamos reunir en nuestra conclusión todas las lecciones de lirismo que nos da el río. Esas lecciones tienen en el fondo una gran unidad. Son, en verdad, las lecciones de un elemento fundamental. Para demostrar la unidad vocal de la poesía del agua, vamos a desarrollar ahora una paradoja extrema: El agua es la señora del lenguaje fluido, del lenguaje sin choques, del lenguaje continuo, continuado, del lenguaje que aligera el ritmo, que da una materia uniforme a ritmos diferentes. No vacilaremos en darle todo su sentido a la expresión que habla de la cualidad de una poesía fluida y animada, de una poesía que viene de las fuentes. Sin forzar las notas, como lo estamos haciendo ahora, Paul de Reul observa precisamente la atracción que Swinburne siente por las consonantes líquidas: "La tendencia a emplear las líquidas para impedir la acumulación y el choque de las demás consonantes lo lleva a multiplicar otros sonidos de transición. El empleo del artículo, de un nombre derivado en vez de un nombre simple suele no tener otro motivo: in the june days - Life within Ufe in laid." [i] Donde Paul de Reul ve medios, nosotros vemos un fin: la liquidez nos parece el deseo mismo del lenguaje. El lenguaje quiere correr. Corre naturalmente. Sus sobresaltos, sus peñascos, sus durezas son intentos más facticios, más difíciles de naturalizar. Nuestra tesis no se limita a las lecciones de la poesía imitativa. La poesía imitativa nos parece, en efecto, condenada a ser superficial. Sólo retiene las brutalidades y las torpezas de un sonido viviente. Registra la mecánica sonora, no la sonoridad humanamente viva. Por ejemplo, Spearman dice que casi entendemos el galope en los versos: I sprang to the stirrup, and Joris, and he, I galloped, Dirck galloped, we galloped, all three. [ii] Para reproducir bien un ruido, hay que producirlo más profundamente aún, hay que vivir la voluntad de producirlo; acá sería necesario que el poeta nos indujera a mover las piernas, a correr en giros para sentir bien el movimiento asimétrico del galope; esta preparación dinámica falta. Es esta preparación dinámica la que produce la audición activa, la audición que hace hablar, que hace que nos movamos, que veamos. En realidad, la teoría de Spearman, en su conjunto, es demasiado conceptual. Sus argumentos están apoyados en dibujos, dando así a la vista un privilegio insigne. Así, sólo se puede llegar a una fórmula de la imaginación reproductora. Ahora bien, la imaginación reproductora enmascara y entorpece a la imaginación creadora. Finalmente, el verdadero dominio para estudiar la imaginación no es la pintura, es la obra literaria, es la palabra, es la frase. ¡Qué poca cosa resulta entonces la forma! ¡Cómo la materia domina! ¡Qué gran maestro es el río! Dice Balzac que hay "misterios encerrados en toda palabra humana". [iii] Pero el verdadero misterio no está necesariamente en los orígenes, en las raíces, en las formas antiguas. . . Existen palabras que están en plena floración, en plena vida, palabras que el pasado no ha perfeccionado, palabras tan hermosas como jamás los antiguos conocieron, palabras que son las joyas misteriosas de una lengua. La palabra riviére, en francés, es una de éstas. Es un fenómeno incomunicable a las demás lenguas. Pensemos fonéticamente en la brutalidad sonora de la palabra river en inglés. Comprenderemos que la palabra riviére es el más francés de todos los términos. Es una palabra hecha con la imagen visual de la rive inmóvil y que sin embargo no termina de correr... Desde que una expresión poética se revela a la vez pura y dominante, podemos estar seguros de que tiene una relación directa con las fuentes materiales elementales de la lengua. Siempre me había impresionado que los poetas asocien la armónica a la poesía de las aguas. La dulce ciega del Titán de Jean-Paul toca la armónica. En Pokal, el héroe de Tieck trabaja el borde de la copa como una armónica. Y yo me preguntaba en virtud de qué prestigio el vaso de agua sonora había recibido su nombre de armónica. Mucho más tarde leí en Bachoffen que la vocal a es la vocal del agua. Rige aqua, apa, wasser. Es el fonema de la creación por el agua. La a indica una materia prima. Es la letra inicial del poema universal. Es la letra del descanso del alma en la mística tibetana. Se nos va a acusar, llegado este punto, de aceptar como razones sólidas algunas simples aproximaciones verbales; se nos va a decir que las consonantes líquidas sólo traen a la memoria una curiosa metáfora de los fonéticos. Pero semejante objeción proviene, en nuestra opinión, de un rechazo a sentir, en su vida profunda, la correspondencia entre el verbo y lo real. Semejante objeción es una voluntad de dejar de lado todo un dominio de la imaginación creadora: la imaginación por la palabra, la imaginación por el hablar, la imaginación que goza muscularmente con hablar, que habla con volubilidad y que aumenta el volumen psíquico del ser. Esta imaginación sabe bien que el río es una palabra sin puntuación, una frase eluardiana que no acepta, para su relato, "puntuadores". ¡Oh, canto del río, maravillosa logorrea de la naturaleza-niña! ¡Y cómo no vivir también el hablar líquido, el hablar burlón, la jerga del arroyo! Si no se capta fácilmente este aspecto de la imaginación parlante es porque se quiere dar un sentido demasiado restringido a la función de la onomatopeya. Se pretende que la onomatopeya sea un eco, se pretende que esté enteramente guiada por la audición. En los hechos, el oído es mucho más liberal de lo que se lo puede suponer y puede aceptar ciertas trasposiciones en la imitación; pronto está imitando a la imitación primera. A su alegría de entender, el hombre asocia la alegría del hablar activo, la alegría de toda la fisonomía que expresa su talento de imitador. El sonido no es más que una parte del mimologismo. Charles Nodier, con su ciencia carente de malicia, comprendió el carácter de proyección de las onomatopeyas. Abunda en el sentido del presidente de Brosses: Muchas onomatopeyas se formaron, si no a partir del ruido producido por el movimiento que representaban, al menos a partir de un ruido determinado sobre aquel que ese movimiento parecía tener que producir, considerándolo en su analogía con tal otro movimiento del mismo tipo y sus efectos corrientes; por ejemplo, la acción de clignoter [parpadear], sobre la cual hace conjeturas, no produce ningún ruido real, pero las acciones de la misma especie recuerdan, por el ruido que las acompaña, el sonido que ha servido de raíz a esa palabra. [iv] Habría allí entonces una especie de onomatopeya delegada que hay que producir, que hay que proyectar para entender; una especie de onomatopeya abstracta que otorga voz a un párpado que tiembla. Hay gotas que cayendo del follaje después de la tormenta parpadean de igual modo y hacen temblar la luz y el cristal de las aguas. Al verlas, se las escucha temblar. Por lo tanto, nos parece que hay en la actividad poética una especie de reflejo condicionado, de reflejo extraño, ya que tiene tres raíces: reúne las impresiones visuales, las impresiones auditivas y las impresiones vocales. Y la alegría de expresar es tan exuberante que, al fin, es la expresión vocal la que marca el paisaje con sus "toques" dominantes. La voz proyecta visiones. Labios y dientes producen entonces diferentes espectáculos. Hay paisajes que se conciben con los puños y con las mandíbulas... Hay paisajes labiados, tan dulces, tan buenos, tan fáciles de pronunciar... Sobre todo, si se pudieran agrupar todas las palabras con fonemas líquidos, se obtendría naturalmente un paisaje acuático. Recíprocamente, un paisaje poético expresado por un psiquismo hidratante, por el verbo de las aguas, encuentra de un modo natural las consonantes líquidas. El sonido, el sonido nativo, el sonido natural —es decir, la voz— ubica las cosas en su rango. La vocalización gobierna la pintura de los verdaderos poetas. Trataremos de dar un ejemplo de esta pertenencia vocal que determina la imaginación de los poetas. Así, escuchando la contracorriente del arroyo, he encontrado muy natural que en muchos versos de los poetas el arroyo haya hecho florecer el lirio y el gladíolo. Estudiando más de cerca este ejemplo comprenderemos la victoria de la imaginación verbal sobre la imaginación visual o, más simplemente, la victoria de la imaginación creadora sobre el realismo. Comprenderemos al mismo tiempo la inercia poética de la etimología. El gladíolo ha recibido su nombre —visual, pasivamente— de la espada [glaive]. Existe una espada que no se maneja, que no corta, una espada cuya punta es tan fina, tan bien dibujada pero tan frágil que no pincha. Su forma no pertenece a la poesía del agua y tampoco su color. Este color resplandeciente es un color cálido, una llama infernal; el gladíolo se llama, en algunas regiones: "llama de infierno". En realidad, nunca se los ve efectivamente a la orilla de los arroyos. Pero, cuando se canta, el realismo siempre se equivoca. La vista ya no gobierna, la etimología ya no piensa. También el oído quiere nombrar mediante flores, quiere que lo que escucha florezca, florezca directamente, florezca en el lenguaje. También la dulzura de fluir quiere tener imágenes que mostrar. Oigamos. El gladíolo es entonces un suspiro especial del río, un suspiro sincrónico, en nosotros, con un ligero, muy ligero pesar que se muestra, se derrama y no será nombrado. El gladíolo es el medio luto del agua melancólica. Lejos de ser un color restallante que se recuerda, que se refleja, es un ligero sollozo que se olvida. Las sílabas "líquidas" debilitan y arrastran imágenes que se detienen un instante sobre un recuerdo antiguo. Dan a la tristeza un poco de fluidez. [v] ¡Cómo explicar de otro modo sino por la poesía del sonido de las aguas tantas campanas sumergidas, tantos campanarios hundidos que siguen sonando, tantas arpas de oro que dan gravedad a unas voces cristalinas! En un lied recordado por Schuré, el amante de una joven raptada por el Nixe del río toca a su vez el arpa de oro. [vi] El Nixe, lentamente vencido por la armonía, devuelve a la novia. El encanto es vencido por el encanto, la música por la música. Así sucede con los diálogos encantados. Del mismo modo, la risa de las aguas carece de toda sequedad y para expresarla, como si se tratara de campanas un poco locas, harán falta sonidos "glaucos" que suenen con cierta frescura. La rana, fonéticamente —en la verdadera fonética, la fonética imaginada— aparece ya como un animal acuático. Y por añadidura es verde. Y el buen pueblo no se equivoca cuando llama al agua jarabe de rana: ¡tonto el que lo traga! [vii] Da alegría oír, después de la a de la tormenta, después del estrépito del aquilón, las o del agua, los torbellinos y la hermosa rotundidad de los sonidos. Tanto insiste la alegría reconquistada que las palabras dan vueltas como locas: el arroyo jaranea y la jarana corre. No terminaríamos de buscar todos los dobletes de fonética imaginaria de las aguas si escuchásemos los remolinos y las ráfagas, si estudiáramos a la vez los gritos y fas caricaturas de las gárgolas. Para escupir la tormenta como un insulto, para vomitar las injurias guturales del agua, era necesario atribuir al vertedero formas monstruosas, a modo de bocas, con hocicos, cornudas, abiertas. La gárgola bromea indefinidamente con el diluvio. La gárgola ha sido un sonido antes de ser una imagen o, por lo menos, ha sido un sonido que ha encontrado en seguida su imagen de piedra. En la pena y en la alegría, en su tumulto y en su paz, en sus bromas y en sus lamentaciones, la fuente es, como dice Paul Fort, "el Verbo que se hace agua". [viii] Si escuchamos todos sus sonidos, tan hermosos, tan simples, tan frescos, parece que el agua "se nos viene a la boca". ¿Debemos silenciar todas las dichas de la lengua húmeda? ¿Cómo comprender entonces ciertas fórmulas que evocan la intimidad profunda de lo húmedo? Por ejemplo, un himno del Rig Veda relaciona en dos líneas el mar y la lengua: "El seno de Indra, alterado de soma, debe estar siempre lleno: así como el mar está siempre henchido de agua, así la lengua está sin cesar húmeda de salida." [ix] La liquidez es un principio del lenguaje; el lenguaje debe estar henchido de agua. Desde que sabemos hablar, como dice Tristan Tzara, "una nube de ríos impetuosos llena la árida boca". [x] Tampoco hay gran poesía sin largos intervalos de distensión y de lentitud, grandes poemas sin silencio. El agua es también un modelo de calma y de silencio. El agua dormida y silenciosa pone en los paisajes, como dice Claudel, "lagos de canto". Cerca de ella la gravedad poética se profundiza. El agua vive como un gran silencio materializado. Cerca de la fuente de Melisenda, Peleas murmura: "Siempre hay un silencio extraordinario... Se oiría dormir el agua" (acto i). Parecería que para comprender bien el silencio, nuestra alma necesita ver algo que se calle; para estar segura del descanso, necesita sentir cerca de sí un gran ser natural que duerma. Maeterlinck ha trabajado en los límites de la poesía y del silencio, con el mínimo de voz, en la sonoridad de las aguas dormidas. El agua tiene también voces indirectas. La naturaleza resuena con ecos ontológicos. Los seres se responden imitando a las voces elementales. De todos los elementos, el agua es el más fiel "espejo de las voces". [xi] El mirlo, por ejemplo, canta como una cascada de agua pura. En su gran novela titulada Wolf Solent, Powys parece asediado por esta metáfora, por esta metafonía. Por ejemplo: El acento particular del canto del mirlo, más impregnado del espíritu del aire y del agua que ningún otro sonido del mundo, había tenido siempre un atractivo misterioso para Wolf. Parecía contener, en la esfera del sonido, lo que contienen, en la esfera de la materia, los estanques empedrados de sombra y rodeados de helechos. Parecía encerrar toda la tristeza que se puede sentir sin franquear la línea invisible de la región donde la tristeza se vuelve desesperación [trad., p. 137]. Muchas veces he vuelto a leer esas páginas que me han hecho comprender que el trino del mirlo es un cristal que cae, una cascada que muere. El mirlo no canta para el cielo, canta para un agua próxima. Más lejos (p. 143), Powys vuelve a oír el canto del mirlo, acentuando su parentesco con el agua, "esta cascada melodiosa de notas líquidas, frescas y temblorosas [que parece] querer agotarse". Si no existiesen en las voces de la naturaleza semejantes repeticiones de onomatopeyas, si el agua que cae no repitiera los acentos del mirlo cantor, parecería que no podríamos escuchar poéticamente las voces naturales. El arte necesita instruirse sobre los reflejos, la música necesita instruirse sobre los ecos. Se inventa imitando. Creemos seguir la realidad y la traducimos al plano humano. Al imitar al río, el mirlo proyecta también un poco más de pureza. El hecho de que Wolf Solent sea víctima precisamente de una imitación y de que el mirlo oído entre el follaje, por encima del río, sea la voz límpida de la bella Gerda, no hace sino dar más sentido al mimetismo de los sonidos naturales. Todo es eco en el universo. Los pájaros, en opinión de ciertos lingüistas soñadores, son los primeros emisores de sonidos que inspiran a los hombres, pero ellos mismos han imitado las voces de la naturaleza. Quinet, que durante tanto tiempo ha escuchado las voces de Borgoña y de Bresse, rencuentra "el chapoteo de las riberas en el gangueo de las aves acuáticas, el croar de la rana en la polla de agua, el silbido del junco en el pinzón real, el grito de la tempestad en la fragata". ¿De dónde han tomado los pájaros nocturnos los sonidos temblorosos, estremecidos, que parecen la repercusión de un eco subterráneo entre ruinas? "De este modo, todos los acentos de la naturaleza muerta o animada tienen su eco y su consonancia en la naturaleza viviente." [xii] Armand Salacrou [xiii] también encuentra el parentesco eufónico del mirlo y del arroyo. Después de señalar que los pájaros marinos no cantan, Armand Salacrou se pregunta a qué azar se deben los cantos de nuestros bosques: "Conocí un mirlo —dice— criado cerca de un pantano que mezclaba a sus melodías unas voces roncas y entrecortadas. ¿Cantaba para las ranas? ¿O era víctima de una obsesión?" También el agua es una vasta unidad que armoniza las campanas del sapo y del mirlo. Un oído poetizado llama las voces discordantes a la unidad cuando se somete el canto del agua como a un sonido fundamental. El arroyo, el río, la cascada tienen, pues, un habla que los hombres comprenden naturalmente. Como dice Wordsworth, "una música de humanidad": The still, sad music of humanity. (Lyrical Ballads) ¿Cómo podrían no ser voces proféticas las voces oídas con una tan fundamental simpatía? Para concederle a las cosas su valor oracular, ¿debemos escucharlas de cerca o de lejos?, ¿tienen que hipnotizarnos o debemos contemplarlas? Cerca de los objetos nacen dos grandes movimientos de lo imaginario: todos los cuerpos de la naturaleza producen gigantes y enanos, el ruido de las aguas llena la inmensidad del cielo o el hueco de una concha. Se trata de dos movimientos que la imaginación viviente debe vivir. Ésta sólo escucha las voces que se acercan o las voces que se alejan. Aquel que oye las cosas bien sabe que éstas le van a hablar o muy fuerte o con demasiada suavidad. Hay que apresurarse a escucharlas. La cascada es estrepitosa, el arroyo balbucea. La imaginación es un altoparlante, debe amplificar o atenuar. Una vez que la imaginación es dueña de las correspondencias dinámicas, las imágenes hablan de veras. Comprenderemos esta correspondencia de las imágenes con los sonidos, si meditamos sobre "esos versos sutiles en los que una joven, inclinada sobre el arroyo, siente pasar a sus rasgos la belleza que nace del sonido murmurante": And beauty born of murmuring sound Shall pass into her face. (Wordsworth, Three years she grew.) Esas correspondencias de las imágenes con la palabra son las correspondencias verdaderamente sanas. El consuelo de una psiquis dolorosa, de una psiquis enloquecida, de una psiquis vaciada encontrará ayuda en la frescura de un arroyo o de un río. Pero será necesario que esta frescura sea hablada. Será necesario que el ser desdichado hable con la corriente. ¡Venid, amigos míos, a cantar en la mañana clara las vocales del arroyo! ¿Dónde queda nuestro sufrimiento primero? Hemos vacilado en decirlo... Nació en las horas en las que fuimos amontonando cosas muertas en nosotros. El arroyo nos enseñará a hablar a pesar de todo, a pesar de las penas y de los recuerdos, nos trasmitirá la euforia por el eufemismo, la energía por el poema. A cada instante nos repetirá alguna hermosa palabra bien redondeada que ruede sobre las piedras. Fuente: Bachelard, Gastón (1942) “La palabra del agua”. En El agua y los sueños. Ensayo sobra la imaginación de la materia . FCE. México. [i] Paul de Reul, L'oeuvre de Swinburne, p. 32n. [ii] Spearman, Creative mind, p. 88. [iii] Balzac, Louis Lambert, ed. Leroy, p. 5. [iv] Charles Nodier, Dictionnairc raisonné des Onomatopees francaises, 1828, p. 90. [v] Mallarmé asocia el gladíolo y el cisne: "le gláieul fauve, avec les cygnes au col fin" (Les Fíeurs) ["el gladíolo leonado, con los cisnes de cuello fino". (Las flores.) ] A nuestro parecer, se trata de una "asociación" de origen hídrico. [vi] Schuré, Histoire du Lied, p.' 103. [vii] Para traducir "la confusión voluntaria" de un himno védico A las ranas, Louis Renou (loe. cit., p. 75) querría un equivalente masculino de "rana". En los cuentos de una aldea de Champaña, el padre Rana era el compañero de la madre Rana. Veamos dos estrofas: — "Cuando al empezar las lluvias, llueve sobre [las ranas] consentidoras, sedientas, gritan ¡akhakhalá!, y como un hijo va hacia su padre van conversando una hacia la otra. — "Si una de ellas repite las palabras de otra como el alumno las del maestro, el todo se armoniza como un trozo que entonan sobre las aguas con sus hermosas voces." [viii] Ermitage, julio de 1897. [ix] Rig-Veda, trad. Langlois, t. i, p. 14. [x] Tristan Tzara, Oú boivent les loups, p. 151. [xi] Cfr. Tristan Tzara, loe. cit., p. 161. [xii] At liquidas avium voces imitarier ore Ante fuit multo quam laevia carmina cantu. Concelebrare nomines possent, auresque juvant. Lucrecio, lib. V, v. 1378. [xiii] Annand Salacrou, "Le mille tetes", en Le théátre élizabéthain, ed. José Corti, p. 121. Dylan Martinez - Vaso de agua - 2024 - Escultura en vidrio - 38.1 × 17.8 × 10.8 cm
- Felicidad y magia / Giorgio Agamben
Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que "los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia". La afirmación, efectuada bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por esto menos exacta. Es probable, en efecto, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo. Esto no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló con precisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: "Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda, sin alguna magia, no me ocurrirá por cierto. Para que esto suceda, debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo natural". Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso tener de su lado al genio de la botella, tener en casa el asno cagamonedas, la gallina de los huevos de oro. Y en cada ocasión, conocer el lugar y la fórmula vale mucho más que proponerse honestamente y dedicarse con todas las fuerzas a alcanzar un objetivo. Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que como sabían los antiguos, la felicidad, para el hombre, es siempre hybris , es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien llega a reducir la fortuna con el engaño, si la felicidad depende, no de lo que esa persona es, sino de una nuez encantada o de un ábrete-sésamo, entonces y sólo entonces puede decirse verdaderamente feliz. Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha alzado desde siempre su objeción. y lo ha hecho con las palabras del filósofo que menos ha comprendido la diferencia entre vivir dignamente y vivir feliz. "Aquello que en ti tiende con ardor a la felicidad es la inclinación; aquello que luego somete esta inclinación a la condición de que debes ser primero digno de la felicidad es tu razón", escribe Kant. Pero con una felicidad de la cual podemos ser dignos, nosotros (o el niño que hay en nosotros) no sabemos bien qué hacer. iQué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos! ¡Y qué aburrida la felicidad como premio o recompensa por un trabajo bien hecho! Que el vínculo que mantiene unidas la magia y la felicidad no es simplemente inmoral, que puede, más bien, dar testimonio de una ética superior, se evidencia en la antigua máxima según la cual quien se da cuenta de que está siendo feliz, ya ha dejado de serlo. Así, la felicidad tiene con su sujeto una relación paradójica. Aquel que es feliz no puede saber que lo está siendo; el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la más buena. Y aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de alguna cosa, huye a la hybris implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad que sabe que está teniendo en cierto sentido no es suya. Así Júpiter, que se une a la bella Alcmena asumiendo los rasgos del consorte Anfitrión, no goza de ella como Júpiter. y mucho menos, más allá de la apariencia, como Anfitrión. Su alegría pertenece toda al encanto, y se goza conscientemente y puramente sólo de aquello que se ha obtenido por las vías transversales dela magia. Sólo el encantado puede decir sonriendo: yo, y verdaderamente merecida es sólo esa felicidad que no soñaríamos con merecer. Es esta la razón última del precepto según el cual sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo (una variante irónica es, en una conversación de Kafka con Janouch, la afirmación de que hay esperanza, pero no para nosotros). Esta tesis aparentemente ascética se vuelve inteligible sólo si entendemos el sentido de aquel no para nosotros. No quiere decir que la felicidad está reservada solamente a los otros (felicidad significa precisamente: para nosotros), sino que ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia. En ese punto, cuando se la hemos arrebatado a la suerte, ella coincide enteramente con el hecho de sabernos capaces de magia, con el gesto por el cual alejamos de una vez por todas la tristeza infantil. Si es así, si no hay otra felicidad que sentirse capaces de magia, entonces se vuelve transparente también la enigmática definición que de la magia dio Kafka, cuando escribió que si se llama a la vida con el nombre justo, ella viene, porque " esta es la esencia de la magia: que no crea, pero llama". Esta definición está de acuerdo con la antigua tradición, que cabalistas y nigromantes han seguido escrupulosamente en rodos los tiempos, según la cual la magia es esencialmente una ciencia de los nombres secretos. Toda cosa, todo ser tiene de hecho, más allá de su nombre manifiesto, un nombre escondido, al cual no puede dejar de responder. Ser mago significa conocer y evocar este archinombre. De allí, las interminables listas de nombres-diabólicos o angélicos- con los cuales el nigromante se asegura el dominio sobre las potencias espirituales. El nombre secreto es para él sólo el símbolo de su poder de vida y de muerte sobre la criatura que lo lleva. Pero hay otra tradición, más luminosa, según la cual el nombre secreto no es tanto la cifra de la servidumbre de la cosa a la palabra del mago como, sobre todo, el monograma que sanciona su liberación del lenguaje. El nombre secreto era el nombre con el cual la criatura era llamada en el Edén y, pronunciándolo, los nombres manifiestos, toda la babel de los nombres, cae hecha pedazos. Por esto, según la doctrina, la magia llama a la felicidad. El nombre secreto es, en realidad, el gesto con el cual la criatura es restituida a lo inexpresado. En última instancia, la magia no es conocimiento de los nombres, sino gesto: trastorno y desencantamiento del nombre. Por eso el niño nunca está tan contento como cuando inventa una lengua secreta. Pero su tristeza no proviene tanto de la ignorancia de los nombres mágicos como de su dificultad para deshacerse del nombre que le ha sido impuesto. No bien lo logra, no bien inventa un nuevo nombre, tiene en sus manos el salvoconducto que lo lleva a la felicidad. Tener un nombre es la culpa. La justicia es sin nombre, como la magia. Privada de nombre, beata, la criatura llama a la puerta del país de los magos, que hablan sólo con gestos. Fuente: Agamben, Giorgio (2005) “Magia y felicidad”. En Profanaciones . Adriana Hidalgo editora. Bs. As. Nygårds Karin Bengtsson - El Mago - 2018 - Fotografía toma directa - 50 × 57 cm
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











