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  • Muro / Liliana Lukin

    “La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro” Emmanuel Lévinas. Son más sutiles que la piedra, el hormigón, el antiguo ladrillo, el adobe del que estuvieron hechos todos los muros que en el mundo han sido. En la memoria de aquellos, los cuerpos que quedaron atrapados, que formaron la argamasa, cuyas cenizas solidificaron, lava, grava, canto rodado de la intemperie de toda imposibilidad. Pero ahora son más sutiles. Impenetrables, están hechos para penetrar, urden en la trama de lo otro: hunden, cortan, cierran o abren según intuiciones o programas que escapan a nuestra idea de la construcción del mundo. Son invisibles o son todo lo que se nos deja ver. Su representación es infinita porque siempre hay otro lado, el obstáculo monstruoso, la prohibición absurda, la fuerza bruta, el destino indecidible. En todo lo que respira hay aire y allí donde algo vivo ocupa el espacio, donde la intención se hace deseo y el temor se disuelve, donde la palabra se vuelve acto, allí, los muros estarán listos para amurar, surgiendo de la nada. Como el líquido que revela, en un negativo, la verdad de una imagen, saber qué hacer, y estar alerta. Fuente: https://escritoresdelmundo.art.blog/2011/08/31/muro-por-liliana-lukin/

  • Arlt: la forma del destino /Matías Rivas

    La conciencia no es una serie de 'yo pienso que' individuales, sino una apertura hacia configuraciones y constelaciones generales, rayos de pasado y rayos de mundo al final de los cuales, a través de numerosos recuerdos-defensa salpicados de lagunas y de imaginario, palpitan algunas estructuras casi sensibles, algunos recuerdos individuales. Maurice Merleau-Ponty I. Arlt: amasijo de cuatro letras que se amontonan, impronunciables, formando una especie de sigla endiablada, o clave secreta de vaya uno a saber qué. Allá, en el fondo de mi conciencia, Arlt es el nombre de una fuerza espesa que franquea la neblina de mis pensamientos sin ideas, esos que cubren el centro del que emana el sentido y que caen, uno a uno, desprendiéndose y cumpliendo su destino: ser como las rocas de un río que, con su singular configuración, le dan forma al torrente de agua que corre, sin prisa, hasta fundirse en lo indistinto de otro río, otro mar, otras aguas. La travesía de esta fuerza, que avanza dejando a su paso un tendal de cáscaras inhóspitas de lenguaje, cápsulas de pensamiento vacías, no puede más que, como las aguas que desembocan en las aguas, desembocar en el núcleo solar del sentido, hecho con los pedazos de la lengua propia y con lo que ella arrastra: arrebatos balbuceantes, inervaciones nerviosas, iluminaciones pulsátiles, reflejos arcaicos. II. El mundo “crea en cada uno de nosotros el lugar donde debemos recibirlo” (Oscar Masotta en Sexo y traición en Roberto Arlt) a través de una serie de fenómenos violentos y opacos que, sin intermediarios, se presentan frente a nuestra conciencia, todavía adormecida, revelándole las cosas del mundo que, hormigueantes, comienzan a abarrotar el espacio de la percepción con sus apariciones indiscriminadas, gracias a las cuales, paulatinamente, se iluminan las porciones de ese lugar que le es propio: su destino. III. El libro, como cosa entre las cosas, que brilla con particular insistencia en el reservorio eterno de experiencias posibles, es, más veces de las que nuestra frágil memoria podría recuperar, el responsable de los sacudones más hondos del espíritu, el artífice de las más memorables vejaciones al buen descanso de nuestra conciencia; lo sabemos: hay libros compadritos, de arrabal que, en el punto límite de su estructura interna, penetran en quien lee, sea con un puntazo artero o con un puntapié a traición. El puntazo abre la conciencia -que sangra y expulsa las excreciones larváticas que interfieren, con su andar imbécil, su despliegue- dejando que se filtre un aire huracanado que arremoline los recuerdos, las sensaciones y las experiencias y que reordene, a través de movimientos constantes, pendulares, la organización sensible del tiempo. El puntapié, en cambio, no es el relampagueo de la puntada, sino eso que da inicio a la aventura de la conciencia que, con estupor, se echa a rodar por los caminos serpenteantes del nuevo mundo que brota del papel, de la tinta, del sentido, ondulante y ubicuo, y de los objetos que titilan en las orillas de la escena de lectura. IV. Escribir: guiar a la fuerza espesa hacia el confín en el que conviven, a los codazos, “el ritmo de nuestras esperanzas” junto a los “relámpagos fugaces que hacen aparecer y desaparecer los objetos, las escenas y los actos no cumplidos de nuestra imaginación” (así define Masotta a lo “profundo”, también en Sexo y traición…) para extraer, de esa abundancia -de esa profundidad-, la textura de las imágenes que, con un poco de suerte, engendren un nuevo sentido, la efervescencia de una nueva música para el naufragio. V. Balder, Astier, Erdosain -irradiaciones de un mismo ser: el arltiano- luchan cuerpo a cuerpo, en las alturas vertiginosas de una metrópolis oscura y extraña que se recorta sobre el abismo, contra la lengua, el espejo astillado de nuestros días y nuestras noches, en el que se reflejan, deformes, el deseo y la culpa, nuestras dudas y certezas, los amores y el rencor. Balder, Astier, Erdosain: hombres atribulados, con cavilaciones que les estallan en el semblante hasta convertirlos en una fisonomía retorcida, indomable; una boca espiralada que grita, muda, su dolor (Astier, en El Juguete rabioso, soliloquia: “Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores”). VI. La conciencia arltiana satura el sentido de las cosas y las sumerge, cada vez más profundamente, en las entrañas de la conciencia, adhiriéndolas a sus paredes cálidas e in-distinguiendo, así, al pensamiento en tanto tal del mundo al cual ese pensamiento piensa. La distancia entre mundo y pensamiento del mundo se derrumba, y este derrumbe es el claro de luz en el bosque pesado y oscuro de la conciencia arltiana: el pensamiento ya no es refugio ante el vasto y cruel afuera. En cambio, se viste con la materia concreta del mundo: los pensamientos ya no son conjeturas, elucubraciones ni jugarretas fantasmagóricas con ideas in-sustanciosas, sino evidencias incontrastables que se elevan, serenamente, sobre el sopor dulce de la conciencia y atrapan, como estando en los umbrales de una ciudad desconocida, la sensación de irrealidad que pesa sobre las cosas que, como las estrellas, nos son, a un mismo tiempo, cercanas y lejanas. VII. La lengua es ordinaria y brilla, y en su superficie reluciente estallan imágenes extraordinarias (¡un suceso extraordinario!). Balder, Astier, Erdosain quisieran emanciparse de sus lenguas (así como quieren escapar, diría Masotta, de su clase). Quisieran realizarse en alguna instancia inmaculada en la que puedan dejarse atrás a sí mismos -las penas que les retuercen las vísceras, sus biografías diminutas, insignificantes- pero la geometría bestial del destino contesta, con sus leyes precisas -engendros de alguna excesiva noche del pensar, de ciertas madrugadas desveladas, de palabras dichas y no dichas que resuenan en las lejanías del cuerpo, y que ahora reposan, disimuladas, detrás de algún recuerdo encubridor, en las que signamos la forma íntima de nuestra cárcel, de nuestro mundo, de nuestra lengua-, que eso es imposible: el destino niega el afuera -fuera de la historia, del pasado, de la clase- porque él es lo que se transporta en las oleadas de la lengua que van y que vienen y que dejan, a lo sumo, en la espuma de los días, una ilusión resbaladiza, fútil, de que, si la cárcel, el mundo y la lengua fueran otras, otros serían los destinos. Erdosain, vacío de ideas, solo puede consolarse con la muerte; Astier, en la caprichosidad de su acto delatorio, debe contentarse con ser un extraño para los otros, pero no para sí; y Balder, quizá el arltiano más timorato, se exilia al lugar del que, en rigor, nunca se fue: el seno materno. VIII. Morar calcinados en los pies de una imagen quizá sea un modo de consumar, reapropiar y asumir un destino singular, la peregrinación infinita sobre los desfiladeros de la lengua (la imagen lejos está de ser inmóvil, una mera cristalización, dado que lo inmóvil, escribió Lucrecio en su De natura rerum, según Pascal Quignard, no es otra cosa que una lentitud que no es perceptible a simple vista, como el ganado que pace a lo lejos, como el navío que zozobra en el mar). Destino que surge de entre las tinieblas de la conciencia y que, en los primeros tiempos, solo se podía intuir, al igual que se intuyen las formas familiares de un día que está comenzando a despuntar dejando atrás, con indiferencia, el imperio de la noche. Un discurrir de la conciencia viscoso -que recibe de la ciudad su forma final, que se fija en los muros, impenetrables como la angustia; que insinúa universos sombríos, como las puertas entreabiertas del barrio, o luminosos, como la belleza de un gesto o un semblante que relumbra en alguna plaza, en la oscuridad de una sala de cine; que recorre el cablerío de las comunicaciones, tan o más enmarañados que las pasiones humanas; y que desciende a las napas, a lo abyecto, para, desde ahí, propulsado por reacciones eléctricas, cerebrales, enigmáticas, alcanzar, sin mediaciones, como a través de un vendaval furioso, vertical, el cielo, invadido por las luminarias publicitarias- se realiza en el sueño, delirante y urbano, de la lengua arltiana que, después de haberse enredado en nuestra propia lengua -en nuestro impropio destino-, nos pertenece, con la misma extrañeza con la que nos pertenecen nuestros cuerpos, las palabras, los días y el tiempo. Referencias: - Arlt, R. (1926) El juguete rabioso, Editorial Losada, Buenos Aires. - Arlt, R. (1929) Los siete locos, Centro Editor de Cultura, Buenos Aires. - Arlt, R. (1931) Los lanzallamas, Reysa Ediciones, Buenos Aires. - Arlt, R. (1932) El amor brujo, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires. - Quignard, P. (1994) El sexo y el espanto, Editorial Minúscula, Buenos Aires. - Masotta, O. (1965) Sexo y traición en Roberto Arlt, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires. - de Sosa Chauí, M. (1981) Merleau-Ponty. La experiencia del pensamiento, Editorial Colihue, Buenos Aires.

  • Agosto Adynata / VPS

    El mundo, agujereado y en llamas, rasguña posibilidades. En los textos de Adynata Agosto asoman gratitudes, alquimias, moscas y adioses de los que, quizás, poder agarrarse. Cebras y sirenas también invitan a lecturas que podrían acompañar el goteo del día a día. Aparecen una o varias moscas que van y vuelven. Recorren lo indecible. Lo sobrevuelan y se posan. Esquivan paletazos en los jardines de un hospital y los atraviesan, tal vez como una fuerza espesa que franquea la neblina. Cruzan los textos compartiendo cierta minuciosidad de algunas escrituras para rodear lo vivo. Vuelan entre “nimiedades en la filigrana de palabras que no se pronuncian, por recato o por ignorancia” como nos escribe Patricia Mercado. Entre pensamientos sin ideas que “cubren el centro del que emana el sentido y que caen, uno a uno, desprendiéndose y cumpliendo su destino” como plantea Matías Rivas. O cantando Bésame mucho en el Inferno. Chocan contra una barca de papel prendida fuego o contra un muro. Escrituras como intentos clínicos para acompañar lo vivo. Escrituras que se animan a un modo de ejercer los pensamientos, a un tono que busca, muchas veces, andar esquivando la exposición, la explicación, el destino apropiador del entendimiento. Escrituras tocadas y que tocan. Estocadas fugaces, parpadeantes y veloces que requieren del entrenamiento del estar ahí, sin más. Escrituras que se animan a gestos, a detalles que hacen a lo clínico. “A micropalabras que porfían una posibilidad” (…) hasta que “un atisbo de confianza empieza a emerger” como afirma, cimarronamente, Fer Ceballos. Despedidas y moscas que aparecen en acciones cuando “sobreviene la necesidad de señalarla con el dedo” como nos confiesa Tomás Baquero quien se detiene, como el haiku, permitiéndose lo ordinario y lo breve que parpadea como “la luna que se refleja en un plato de sopa”. Así como Matías señala libros compadritos, de arrabal “que penetran en quien lee, sea con un puntazo artero o con un puntapié a traición” Tomi se descubre en textos que encienden las ganas de leer y, aunque afirme “no habría nada que decir”, dice. Además señala, ahora con el cuore, eso que sucede “cuando reconocemos que existen posibilidades por fuera de ese deber, aunque no sepamos cuáles.” Aunque no sepamos cuáles. Aunque no sepamos cuáles. Aunque no sepamos cuáles. Saber clínico que reverbera, como modulado con autotune que se atreve, provocador, a escalas que no existen. Inventando gestos para orientarnos en el presente y recordar objetos usando las manos, como nos relata la querida Sylvia Molloy. Adynata Agosto presenta una invitación a lecturas de las que se sueltan y saltan preguntas que se hilvanan en “indicios que nos acerquen una palabra, un gesto” quizás guiada por lo imperceptible del vuelo de alguna mosca que hasta pueda posarse en algunas Cebras “y mueva la cola al compás de las moscas / y las moscas se retiren a su muerte por un rato.” Preguntas que se deslizan por las superficies vitales “¿Cómo es que, a lo largo de los últimos dos o tres mil años, construimos la idea de humanidad?” “¿Por qué insistimos tanto y durante tanto tiempo en participar de este club de la humanidad, que la mayoría de las veces solo limita nuestra capacidad de invención, creación, existencia y libertad? ¿Será que no estamos siempre actualizando aquella vieja disposición para la servidumbre voluntaria?” nos inquieta desde una provocación devenida título: “Ideas para postergar el fin del mundo”, una de las conferencias de Ailton Krenak. La insistencia también en poéticas paridas en Trieste, de rodear las Servidumbres. Preguntas que titilan desde algunas aulas “Profe, ¿cómo sé cuánto es mucho?, que irupcionan desde algunos hospitales ¿cómo terminar con las encerronas fatales? Preguntas que se cuelan desde esas minúsculas decididas que comparten la palabra adiós y el nombre gonzalo sanguinetti, “¿cómo se hace un adiós?”, se trata de “¿un amorar que intenta dejar escrita la huella de lo que no se sabe, ni se aprende a decir?” “¿A eso habrá llamado Fito Páez ‘el amor después del amor tal vez’?” Y, de pronto, una estocada: “el capitalismo que necesita que la muerte esté muerta”. ¿Será que una mosca pueda, alguna vez, cosechar tempestades, desbordar un océano? como busca la rabia de algunos corazones negros. Adynata Agosto, intentos clínico-políticos que saben de la “conversación que por momentos no tiene palabras, pero tiene desaires, muecas, desplantes, atisbos de reciprocidad, movimientos imperceptibles que transforman la escena”. Que saben que “Un instante fuera de sí, se revela como acción: Silencio de pantanos referenciales” y busca, aún así, acompañar eso que tantas vidas afirman “vivo abarrotada de conciencia”. Asomos a imposibles que necesitan también "cantar, bailar, vivir la experiencia mágica de suspender el cielo es común entre muchas tradiciones". Que porfían en probar otras ideas, otras formas de trabajo “La clínica necesita inventar la idea de una confianza barrada. Pero no como confianza escindida, sino como memoria de la asfixia de los encierros, como indicación de que siempre se necesita contar con una terceridad a la que poder apelar.” Intentos clínico-políticos que, además, escuchan balbuceos que susurran “no parece posible despedirse definitivamente de las despedidas”, que admiten con insoportable simpleza-haiku “Se fue como quien se va” y que puede acentuarse y desviarlo todo, como la acción de despejar del carácter destructivo, con el peso efímero y contundente de sólo dos palabras, en fin: “En fin, sensibilidades insurgentes que desafían modalidades de acompañamiento y cuidado.” Adynata Agosto insiste en tentar estocadas, aún sabiendo que “Nombrar no quiere decir dar nombre a un hecho o mencionar con la palabra justa lo ocurrido. Nombrar significa entrar en un tembladeral. Estar ante lo que no tiene nombre. Un momento de desgarro, vacío, hundimiento.” Tembladeral que puede tanto sacudir el vuelo de una mosca como fisurar muros. Adynata Agosto, nuevamente, una vez más como pisada sin suelo que busca “Dar la común decisión de pensar lo que no se puede ni se sabe cómo pensar” y queda al desnudo ante una nueva estocada que arde con ternura punk y susurra endemoniadamente “Lo vivo está herido por lo vivo”.

  • Adynata Agosto /MP

    En Las mil y una noches, Sherezade cuenta historias para detener una matanza de mujeres. Tal vez la libertad resida en la decisión de no concluir una narración Hablas del capital emplean la palabra libertad como reaseguro de privilegios individuales. Marx la piensa como emancipación de la servidumbre de la necesidad. El psicoanálisis la concibe como parte del misterio de la otredad y las sujeciones. Fromm la sitúa como motivo del miedo (tememos más la incertidumbre de la libertad, que la certidumbre de la explotación). Lévinas (1961) escribe: “La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro”. A veces, enfermarse resulta una opción -la peor opción- para liberarse de las presiones de la hiperproductividad. Pero, si la insuficiencia no se sufre como falta, carencia, corte, mala noticia de la realidad, se podría pensar como astucia de la libertad. Frente a las tiranías del rendimiento, la eficacia, la perfección, se necesita practicar la cura de las insuficiencias. Una común alegría por lo que no se completa ni se concluye. Por lo que nunca se alcanza.

  • Sesiones en el naufragio (30) Terceridad / Marcelo Percia

    Nos encontramos en los jardines del hospital. Me dijo que andaba recordando cosas, que si tenía tiempo me contaba. Comenzó así: Tendría menos de diez años. Jugábamos a la paleta. El juego consistía en devolvernos la pelota sin dejarla picar o admitiendo un rebote o dos en el suelo. Nos ubicábamos a pocos metros. Algo simple. Disfrutaba ese encuentro. Paleteábamos un rato hasta que, en algún momento, se comenzaban a contar los toques. Al principio pocos. Pero, de pronto, iniciaba el relato del juego. Fingía una voz que no era la suya. Hacía un conteo preciso de los toques, pero introducía comentarios agitados. “Han llegado hasta aquí desde muy lejos, se ve que han entrenado mucho”. Su voz iba adquiriendo la afonía de las grandes gestas. En el momento en que llegamos a treinta toques, la locución estallaba emocionada.:“Increíble, ¿hasta dónde van a llegar? Hacía tiempo que no se veía algo así. Los equipos rivales comienzan a inquietarse”. Si alcanzábamos los cuarenta toques, proclamaba con la voz quebrada que estábamos ante una gran proeza. Un hecho único e inigualable. Al escuchar esos halagos, me concentraba más en el juego consciente de la responsabilidad. Una vez superamos largamente los cien. La voz estallaba en lágrimas. No cabía de felicidad. Asistíamos a un episodio irrepetible. El público, de pie, saltaba y bailaba con una euforia nunca vista. Rivales aplaudían con admiración y respeto. La gente se sentía feliz. El pueblo había esperado por mucho tiempo una alegría como esta. La locución pedía que el tiempo se detuviera en ese instante maravilloso. Al final, nos abrazamos conscientes de haber cumplido una hazaña. Así concluyó el recuerdo. No pregunté quién había hecho la locución mágica. Nos despedimos. Me fui sintiendo una inesperada gratitud.

  • Sesiones en el naufragio (29) Ante lo irremediable /Marcelo Percia

    Como una barca de papel prendida fuego: así, por momentos, la clínica. A los dieciséis años mató al hermano. Cuesta decirlo, cuesta escucharlo, cuesta recordarlo, pero nada cuesta más que pensarlo. Lo que no se puede pensar se dice callando, se escucha silenciando, se recuerda olvidando. ¿Qué clínica la que piensa, dice, escucha, recuerda, lo que no se puede ni se sabe pensar, decir, escuchar, recordar? Cabe preguntar cuándo, cómo, dónde, por qué. Pero, ante todo, se necesita afirmar que eso no debió ocurrir. Y que, si ocurrió, nunca más deberá pasar en ninguna parte y en ningún lugar. Solo después de esa afirmación tajante, se puede interrogar, componer, contar, inscribir (innumerables) historias de lo ocurrido. No se completa una vida ni se saben sus misterios y secretos, sus devaneos y derivas, sus imperativos y confusiones. Apenas se entrevén fragmentos, episodios, circunstancias que omiten otras circunstancias. Deliberaciones clínicas no demuestran ni resuelven, transcurren como insuficiencias consentidas, vacilaciones razonadas, discusiones que no concluyen. Deliberaciones que, sin embargo, deciden sostenidas en saberes inseguros. ¿Qué se hace ante lo irremediable? ¿Se niega, se olvida, se carga encriptado? ¿Se lo relata con la sangre helada? Y, si no, ¿por qué sendas o pasadizos se sobrelleva?, ¿con qué líneas de borde, de separación, de detención?, ¿con qué demarcaciones de protección y descanso?, ¿con qué adentros y afueras?, ¿con qué signos de entradas y salidas?, ¿con qué costuras y desuniones? Una boya flotando en la inmensidad no acota lo ilimitado, pero -tal vez- lo vuelve habitable. Se puede terminar con los encierros manicomiales, pero ¿cómo terminar con las encerronas fatales? Fernando Ulloa (1998) llama “encerrona trágica” a una posición de desamparo ante la crueldad que observa en vidas que sufrieron torturas y vejaciones en tiempos del terror de Estado. Describe ese atrape como una situación que admite solo los lugares de víctima y victimario, sin un tercero a quien apelar. Un momento de indefensión en el que no hay un afuera del horror ni ley a la que recurrir. Una circunstancia en la que se está a merced del capricho y la arbitrariedad de un poder ilimitado. Ulloa extiende la idea de “encerrona trágica” a diferentes estados clínicos y políticos. Entre dudas y precauciones morales, se opta aquí por llamar terceridad a tener con quién contar o tener en qué confiar. A la presencia de una palabra creíble que sostenga en medio de la devastación. A la posición trémula que rescata del aturdimiento afirmando que lo inconcebible no debió ocurrir. Todo desvarío narra una estafa. En la palabra estafa conviven ideas de fraude y apoyo, de engaño y sostén. En italiano staffa significa estribo, una pieza de metal, madera o cuero, en la que se apoya el pie para montar. De ahí deriva la figura estafa en el sentido de quedar en el aire o de pisar en falso cuando el pie pierde un sostén seguro o punto de apoyo. La expresión perder los estribos, que se emplea para describir a quien habla y obra fuera de la razón, sin controlar la ira y otras violencias, también, indica la pérdida de soportes firmes y estables. Quizás lo peor de una estafa no resida en la decepción, el engaño, la defraudación, sino en haber instalado la desconfianza en todos los apoyos y sostenes. Si el pie ocupa el lugar primero y el estribo el lugar segundo, se necesita una terceridad como confianza de que ocurrirá lo esperado. Cuando esa predictibilidad falta, no hay descanso posible. A veces, la reedición sin fin de innumerables caídas sirve para confirmar que no se debe confiar en nada. Sin terceridad, como sugiere Pierce (1914) se padece un encierro semiótico. Dice una voz clínica: “Sí, cierto, a pesar de todo lo que conocemos, intuimos, suponemos, los apoyos pueden fallar, ceder, no estar. Pero, la próxima vez puede ocurrir que no nos defrauden. No se puede asegurar, pero se puede intentar”. Un apoyo, una señal compartida, una invitación, intentan reponer la confianza y prevenir la arbitrariedad de los encierros y sus tenazas mortificantes. Quizás se pueda llamar terceridad a un impoder que se ofrece como deseo de un común pensar. Se suele repetir este enunciado para iniciar muchas conversaciones clínicas: “En las reuniones de los martes tratamos de pensar cosas que pasan en las vidas que vivimos. Cuando tenga ganas, puedo contarle algunas que, tal vez, puedan interesarle”. Acaso terceridad quiera decir entrar en conversación con una certeza inconmovible o rescatar a una soledad de la desolación, del arrasamiento de las referencias, del sinsentido de lo caprichoso. A la vez, que anunciar la existencia de un tercero llamado el equipo al que se puede apelar para pensar. “Hola, ¿le cuento algo que se dijo en la reunión de equipo? Alguien recordó que cuando nos quedamos en el aire, sin tener en qué apoyarnos, en esos momentos -cuando sentimos que estamos cayendo- tratamos de aferrarnos a algo. A veces a cualquier cosa”. Se conoce un relato de las pedagogías de la crueldad que desteje confianzas en lo común: Una vida pequeña tiene miedo de saltar desde un muro. Quien está ahí para cuidarla, la anima diciendo: “Saltá, saltá, que te agarro”. Entonces, la criatura se deja caer, dándose un golpe contra el piso. Todavía en el suelo, reclama sin entender: “¡Me dijiste que me agarrabas…!”. “Sí, pero para que aprendas a no confiar en nadie”. Si se desmoronan las confianzas, la vida se hunde sin poder sostenerse en nada. En esa encerrona o atrape, algunas existencias prevén nuevos engaños o procuran que se repitan para constatar un destino inevitable. Alguien dice: “Mire, no me hable como si no entendiera. Me quiere convencer de que acá me van a tratar bien, me van a dar de comer, que voy a tener una cama como en un hotel. No se gaste: ya estuve en un manicomio. Tendré toda la locura que usted quiera, pero no como vidrio”. Mucho antes de que se aceptara que había que terminar con los manicomios, las desesperaciones ya sabían de la arbitrariedad de esas instituciones. Tal vez eso que se propone aquí llamar terceridad haya recibido en otras partes el nombre de transferencia institucional. Se necesita suponer la existencia de una exterioridad confiable que sepa cuidar. Si no, solo se replican las encerronas. No se piensa la idea de confianza como seguridad sin fisuras en algo o en alguien, sino como indecisión que opta por creer sabiendo que puede equivocarse. Se necesita reponer o inaugurar una confianza posible como presunción nunca garantizada. Así, como en el amor o la amistad, la clínica supone una apuesta. Se puede concebir la confianza como inocencia o crédula fe y se la puede concebir como insistencia de una expectativa que sabe las pesadumbres de la decepción. La clínica necesita inventar la idea de una confianza barrada. Pero no como confianza escindida, sino como memoria de la asfixia de los encierros, como indicación de que siempre se necesita contar con una terceridad a la que poder apelar. Interesa pensar en lo otro de la confianza no como la desconfianza, sino como la prudencia. Mientras desconfianzas se encierran en un aislamiento protector, prudencias confían en los apoyos sabiendo sus falibilidades. Tal vez esta consideración estuvo, entre otras, en la elección que Spinoza hace del sello lacrado que usa en sus cartas, con una rosa, las siglas de su nombre y la palabra “caute” (cautela), en un juego de palabras con su apellido y las espinas de la flor (“spinosa”, en latín). El autor de la Ética elige como lema la cautela, pero tal vez no solo como temor ante los poderes que censuran, expulsan y persiguen, sino también como prudencia ante la abundancia de lo no sabido y la imprevisibilidad de lo contingente. Hay una confianza nacida de la vulnerabilidad. Una debilidad alegre por saberse viviendo con otras debilidades en un común cuidado ante lo imponderable. Ante el riesgo de la bancarización de la confianza (se gana, se pierde, se deposita, se defrauda, se transfiere) se necesita afirmar, ante todo, que la confianza sobreviene como condición de la vida en común. El mundo, tal como lo conocemos, se sostiene, entre otras cosas, en el prodigio de que las vidas hablan unas con las otras. Pero más que las palabras importan las relaciones de credibilidad entre quienes las dicen. Porque aún cuando se subscriba la pregunta de Beckett (1955) “¿qué importa quién habla?”, sí importa saber si se puede confiar o no en ese decir. Tal vez la exigencia de una confianza ciega o absoluta solo sirva para privarnos del don de la confianza. La confianza necesita considerar tanteos y decepciones. Se intenta con el nombre de terceridad afirmar un estar ahí que da su presencia, que da su poco saber, que da su insuficiencia, que da sus decisiones agitadas y trastabillantes. La clínica no piensa la confianza como certidumbre, sino como momentánea suspensión de un peligro. De la confianza se entra y se sale igual como sucede con el vértigo circular de un amor. Se dijo que hay una primera confianza nacida de la vulnerabilidad, se dirá también que hay una confianza nacida del no control. Nacida de la renuncia a la pretensión de sujeción. Una confianza que sabe que no se puede dominar la vida que se vive ni la vida de las cercanías que se aman. Lo mismo que nadie puede predecir la próxima jornada. Provisoriamente se llama aquí terceridad a un estar ahí que intenta nombrar lo acontecido para luego interrogar qué hacer ante lo irreparable. “¡Oiga!... cuando quiera o pueda, trataré de contarle algo de lo que se dijo en la reunión sobre la muerte de su hermano”. ¡Oiga, usted!, ¡Escuche!, se trata de locuciones interjectivas o exclamativas que piden aquí atención, sin compeler ni obligar. Invocaciones que invitan. Interpelaciones que saben de las maceraciones del tiempo y del olvido. Llamados a una responsabilidad en espera. No se trata de permanecer como testigos que enmudecen o que se abstienen de responder. Se intenta otra cosa: estar ahí diciendo lo que no se puede dejar de decir, pero rodeando cada afirmación de un tremendo silencio: “Eso que ocurrió no debió ocurrir. El equipo no sabe cómo pensar lo que pasó. Pero, vamos a estar, cuando pueda, para pensarlo con usted”. Nombrar no quiere decir dar nombre a un hecho o mencionar con la palabra justa lo ocurrido. Nombrar significa entrar en un tembladeral. Estar ante lo que no tiene nombre. Un momento de desgarro, vacío, hundimiento. “¿Puedo contarle algo sobre la reunión de equipo que me acordé recién? Alguien dijo que en una vida ocurren hechos desgraciados que muchas veces ignoramos, tratamos de olvidar o nos aguijonean como reproches interminables. Bueno, solo quería que usted sepa que allí se sigue pensando qué se puede hacer ante circunstancias tan dolorosas”. Terceridad tal vez signifique eso: saber que existe un lugar en el que se están pensando cosas sobre lo que pasó y que ese pensamiento -que desea acompañarlo- lo espera. ¿Qué significa nombrar el crimen de un hermano? No lo sabemos, pero sí sabemos que se puede decir de muchas maneras sin llegar a nombrar, porque lo que ocurrió, en un sentido, no tiene nombre. Y lo que no se puede nombrar no se puede pensar. Aunque se tengan muchas palabras para la acción de matar (homicidio, asesinato, fratricidio) lo que aconteció no tiene nombre. Y aún cuando se nombre no tiene excusa, justificación, perdón. Ni representación. “En la reunión se dijo que algunas cosas que pasan no deberían ocurrir. Y que nunca más tiene que volver a pasar, en ninguna parte y en ningún lugar, que una vida se encuentre sin apoyo o sin un sostén en el que confiar. Y que tenemos que pensar algo que nadie sabe: ¿cómo reparar lo irreparable?”. Acaso terceridad, si quiere decir algo, signifique dar la espera. No la esperanza, ni la amnesia, ni el perdón, ni la exculpación. Dar la palabra, dar la imposibilidad de un nombre, dar el “eso no debió ocurrir”. Dar la común decisión de pensar lo que no se puede ni se sabe cómo pensar. Althusser en El porvenir es largo (1985) reconstruye y explica lo inexplicable: el 16 de noviembre de 1980 mata a la mujer que ama. Escribe dos años después: “…en el curso de una crisis intensa e imprevisible de confusión mental, estrangulé a Hélène que era todo en el mundo para mí”. Un crimen que ejecuta sin saber lo que estaba haciendo. Un acto por el que se lo declara no responsable, inimputable. A través de más de trescientas páginas, Althusser reabre un juicio público que no ocurrió. Reconstruye su historia, más allá de la mirada policial, judicial, psiquiátrica. Trata de pensar lo irremediable, interrogando toda su vida. Explica que no se resigna a quedar confinado en el silencio de lo acontecido, en ese momento en el que se vio arrojado a un estado inconsciencia y delirio atroz. Dice: “Escribo para levantar esta pesada losa sepulcral que pesa sobre mí”. Bajo esa pesada losa sepulcral se vive en un mundo de fantasmas. Un mundo sin suelos, sin apoyos, sin sostenes. Un mundo caprichoso en el que un daño puede venir desde cualquier parte, y en el que los pensamientos hostigan con sus punzones. Llamamos fantasma a una fantasía que no sabe de sí. Que no se puede contar como fantasía porque se vive como sentencia, certeza, acto material. Llamamos fantasma a imágenes secretas, ensimismadas, autónomas. Velos que agitan culpas y ausencias. Mientras se camina a la luz del día se advierte una sombra proyectada que también camina. Pertenece al cuerpo que anda. Esa imagen inmaterial no compone una fantasía ni deviene fantasma. Pero si de repente se ve una sombra que acuchilla a otra sombra, esas siluetas oscuras reviven el fantasma mudo de lo acontecido. No se trata de un recuerdo ni de una fantasía, sino de la visión de algo que está eternamente sucediendo. Se recuerda el instante en el que una infancia se encuentra con su imagen en el espejo. Un reflejo mueve los brazos, ríe, hace gestos. Una circunstancia increíble que necesita que la voz que cuida y acoge diga: “La imagen de ese cuerpo que se refleja en el espejo, te pertenece”. Puede que eso se llame terceridad o no. Que se nombre como confianza, credulidad, apoyo. O que se relate como presencia amorosa, alojadora, dadora de una palabra posible aunque no se entienda lo que dice. “Cuando quiera le cuento qué se dijo en la reunión. ¿Qué se dijo? Se dijo que, a veces, vivimos prisioneros de una escena de la que no podemos salir. Una mala sombra que nos pone, una y otra vez, ante lo que no queremos ver, ante lo que no podemos entender, ante lo que no sabemos qué hacer. Y que la primera cosa que tiene que pasar para intentar salir de ese momento terrible reside en saber que eso no debió ocurrir. Que nadie puede lidiar en soledad con impulsos que arrasan, sin tener con quien pensar”. En la Argentina, algunas referencias permiten confiar en una vida en común más allá de todos los desencantos: Donde hay una necesidad, nace un derecho. Nunca más. Ni una menos. Demasías no enferman, normalidades sí. Sin estos enunciados, que deberían funcionar como cuidados para todas las existencias, viviríamos a merced del terror estatal, la violencia patriarcal, la crueldad del capital. Sin estos mojones, nos abismaríamos en tiempos sin porvenir. Cuando introdujo la tarjeta en la boca del cajero automático, escuchó que la vagina de la mujer, que esperaba detrás en la fila, dictaba los números de su clave personal. Entonces, decidió no retirar el dinero que le quedaba. “¡Oiga!, cuando usted pueda, tengo que decirle algo que se dijo en la reunión. ¿Qué se dijo? Esos pensamientos que lo asaltaron compararon la ranura en la que se ingresa la tarjeta en un cajero, con una vagina que se puede penetrar con un pene, una caricia, una fantasía. Se trata de una ocurrencia llena de secretos. La imaginación, a veces, se permite cosas que nadie se permite. Ah…algo más: el Banco aconseja cada tanto cambiar las claves de las tarjetas para prevenir robos”. Para alojar un momento desquiciado, se necesita hacer lugar a comentarios que adviertan la capacidad comparativa de las metáforas, que reconozcan la creatividad de la imaginación, que recuerden que cada vida carga sentimientos secretos, que subrayen que los bancos recomiendan procedimientos de seguridad. ¿Cómo llamaríamos a eso?, ¿terceridad?, ¿poner en entredicho sin contradecir lo alucinado, hacer lugar a una pregunta, deslizar una duda, proponer otras conexiones? Alguien que lo acompaña recuerda: “Todo lo que dice, lo hace. Durante un tiempo anduvo diciendo que iba a matar al hermano. Un día lo mató”. Tal vez ese estar ahí que no sabemos cómo llamar consista en introducir una cuña en sus pensamientos automatizados. En afirmar una palabra entre la ausencia y la impulsión para intentar interrumpir una robótica conductual de terror. “¡Oiga!, en el equipo se dijo que hay algo que siempre se necesita recordar: ´Todo lo que se dice no se hace, ni todo lo que se hace se dice´”. Pero, ¿quiénes se arrogan la autoridad de decir algo así? Tal vez, eso que nombramos como el lugar tercero, irrumpe no como verdad, sino como boya para no extraviarnos en la inmensidad. Intervenciones clínicas se precipitan ante cada urgencia. Improvisan un estar ahí pensado y ensayado. La expresión improvisación meditada quizás diga algo más de lo que, a falta de otro nombre, se llama aquí terceridad. Improvisación meditada de un estar ahí sin respuestas. Un estar ahí como interrogación incesante, pero también como pausa, como espera, como suspensión del asedio. Nada se iguala a los momentos de un común pensar. Ningún devaneo solitario se asemeja a las reuniones de muchas horas en un hospital, entre sensibilidades que participan de deliberaciones clínicas. Una voz cuenta que, a veces, participa de diferentes talleres, pero que siempre permanece de pie. Alguien reflexiona que algunas vidas necesitan, por momentos, volverse imperceptibles, eclipsarse, andar en tránsito, deambular entre los afectos y las cosas. Otra voz recuerda que el día del entierro del compañero con el que vivió, en el cementerio, se mantuvo a distancia. Tal vez en el umbral de una despedida o en el lugar de una no pertenencia. Otra voz se pregunta: “¿Por qué necesita endeudarse y pagar sus deudas con más deudas?”. Otra bromea con amargura que eso se parece mucho a vivir en la Argentina. Alguien conjetura que la declaración de insania por la muerte de su hermano lo confinó a una deuda impagable para el resto de su vida. Que la justicia lo eximió de responsabilidad, pero no de las borrascas del alma. Otra coincide: “Cuando se mata se contrae una deuda infinita”. Otra duda: “Pero, ¿mató?, ¿quién mató? ¿Estuvo presente en lo que ocurrió? ¿Cómo pensar ese momento aciago?”. Otra interroga: “¿Eso que nos empeñamos en llamar terceridad no concierne a la justicia y a la iglesia?”. Otra confiesa: “A veces me da miedo que vuelva a matar, ¿acaso se está a salvo de una alucinación o un rapto delirante?”. Otra afirma: “Un hecho que no tiene inscripción, ni sanción, ni pesar, no deja de acontecer”. Otra pide que no olvidemos que mucha gente cree que alguien que mató no estando en “su sano juicio”, es más peligroso que el peor de los asesinos porque es imprevisible. Otra voz agrega que tiene una hermana que no quiso verlo más. Alguien recuerda, con un libro en la mano, que Lacan en 1966, en una intervención que se conoce como Psicoanálisis y Medicina, advierte que el enfermo no siempre espera del médico la curación, a veces solicita “que se lo autentifique como enfermo; o demanda que se lo preserve en su enfermedad, que se lo trate del modo que necesita, un modo que le permitirá seguir siendo un enfermo instalado en su enfermedad”. La misma voz se anima a sugerir que tal vez la justicia hizo eso: lo autentificó como inimputable, lo eximió de responsabilidad, lo declaró insano, lo protegió en la enfermedad apartándolo de la vida en común. Alguien propone decirle: “¡Oiga! En el equipo se sigue pensando lo que pasó. Pensamos que, a veces, se viven momentos terribles en los que una vida no sabe lo que hace o puede llegar a hacer. Por eso, estuvo internado en el hospital. Pero, tiene que saber que en ese momento de confusión usted no tenía a quién apelar ni tenía con quién contar. Lo vamos a acompañar. Eso no va a volver a pasar. Cuente con el equipo y cuente, también, con que la medicación siempre puede colaborar. Incluso cuente con que podría estar unos días en un lugar cuidado”. Alguien aprovecha para comentar que, según el Génesis bíblico, Caín se convierte en el primer asesino al matar a Abel. Lo hace enfurecido por la injusticia divina que desprecia su trabajosa ofrenda mientras distingue con halagos la de su hermano. Caín, expulsado del Edén, vaga con la marca de la infamia en el rostro. Nunca obtendrá perdón. Una versión dice que su descendencia alcanzó siete generaciones hasta confundirse con el resto del mundo. Una voz observa que trata a todos los varones como hermanos y a todas las mujeres como novias. Otra ironiza que padece una exageración patriarcal. Otra explica que, así como se endeuda, gasta el poco dinero que tiene sin control: “Un día compró catorce pares de medias”. Otra agrega: “Le regaló a un vecino, para el cumpleaños, la carne para un gran asado”. Otra recuerda que hace unos años pidió que el equipo le administrara la plata. Una voz se pregunta: “Si el dinero ocupa ese lugar de tercero del que hablamos, ¿no le haría bien tener la experiencia de que se le acabe la plata?”. Otra dice con pesar: “Por ahí estamos en problemas porque el dinero, como la policía y los jueces, se presenta cada vez más como una referencia arbitraria, caprichosa, evanescente, en la que no se puede confiar”. Otra voz relata que, en muchas ocasiones, actúa como un justiciero que hace justicia a su modo. Otra agrega que hace poco decidió darle todos los alimentos que le entrega el hospital a un desconocido que vive en la vieja estación del pueblo. No hubo manera de que se detuviera para pensar. Seguía un impulso irrefrenable. Otra acota que se pasa la vida buscando gente necesitada tal vez para reparar lo que no puede reparar. Alguien comenta que asiste a las cosas que se le dicen como si oyera hablar una lengua desconocida. Como si las palabras no lo alcanzaran. Una voz sugiere: “Tal vez sin ese escudo, lo que siente lo pulverizaría”. Una inquietud comparte que, a veces, se conduce como si no tuviera límites, como si necesitara que alguien se los pusiera o buscara un castigo. Alguien comenta que cuesta mucho desprenderse de una cultura del castigo, de la prohibición, de una existencia sacrificial, dice: “Cuidar no puede significar castigar”. Otra voz dice que está de acuerdo en que no estamos para castigar, pero que puede ocurrir que esté buscando un castigo que lo alivie de la pesadilla en la que vive. Borges (1969) escribe un relato breve que titula Leyenda. Abel y Caín se encuentran después de la muerte de Abel. Se sientan junto al fuego a comer y beber. Caín implora perdón. Abel ya no se acuerda qué ocurrió ese día. Entonces, Caín entiende que el único perdón posible reside en el olvido. El texto termina con esta línea enigmática pronunciada por Abel: “Mientras dura el remordimiento dura la culpa”.

  • Inferno / Roberto Jacoby

    Estoy cantando Bésame mucho en el escenario chico de un gran cine porno llamado Inferno, en el microcentro. Hay cinco salas: gay las más grande, hétero hay dos y la última, trans. Como soy lindo y varonil siempre me llaman para que cante boleros mientras pasan las pelis de la sala gay las que nunca veo porque miro a los presentes cuando interpreto. Una cortina de terciopelo encarnado quedó del cine normal y me sirve para actuar de divo sensual: la abrazo como a una mujer aunque nadie repare en mi. Detrás los tengo a Lukas Ridgestone, el reputado actor porno, con su gemelo Dick, pero no me interesan. Si es por ver hay de todo. Taxi boys y transexuales brindando sus servicios, ancianos acosando chicos, chicos persiguiendo hombres, hombres jorobando travas. Lo más raro son las lesbianas que se entregan a los tipos a ver si se curan. En los recovecos se ensamblan pelotones de seres sin ropa que se entreveran y semejan gusanos de lejos. En el tabique de la izquierda se recuestan los de traje y corbata y cada tanto alguno, hincado le reza a San Pito. Inferno tiene el mote que merece: aquí no hay nada que no huela a pecado. Organismos que se empalman y desacoplan como el mercurio de un termómetro roto. Pero si observo ese agite me desconecto, se me esfuma la letra o recula el sentimiento. Creo que con todo lo que sucede aquí escribiré una canción. Fuente: El panfleto poético "Exposición". Coedición con la Universidad Nacional de La Plata por N direcciones (editorial), 28 de Mayo de 2018.

  • Gloria / Sylvia Molloy

    Empecemos por el nombre: al principio le pusimos Gloria. Daba vueltas por el jardín, se instalaba en el patio al lado de una de nosotras, no cejaba en sus intentos de que la adoptáramos, cosa que por fin hicimos y entró en la casa. De ahí el Gloria: “Little Gloria, happy at last” como se había dicho de la niña heredera de los Vanderbilt. Quedó para siempre agradecida (esas cosas con los animales se saben), cuando todavía salía a corretear (luego se apoltronó) volvía siempre con algún regalito, los restos de un ratón, la oreja de un conejo. Minuciosamente lo depositaba a los pies de una de nosotras, era muy atenta, como decía Borges de aquella muerta que, según una amiga suya, había regresado en uno de sus sueños para despedirse. A veces esa atención llegaba al límite. Una tarde apareció un pájaro muerto en el corredor, y mientras yo lo recogía para llevarlo al jardín, entre asqueada y compungida, agradeciendo el regalo pro forma, emergió un segundo pájaro maltrecho de detrás de un sillón. Gloria había traído uno de repuesto. De Gloria pasó a ser Glory. Cuando yo me recuperaba de aquel accidente en que me rompí la pierna, alguien me dijo que los gatos, o más precisamente el ronroneo de los gatos ayudaba a soldar los huesos. Esa opinión, para nada científica pero no por ello necesariamente errónea, fue reafirmada por una amiga. Me pasé dos meses en el cuarto que daba al jardín, sin poder caminar, con la pierna en alto, envarillada, y Glory en la falda. Leí mucho ese verano, no recuerdo demasiado bien qué. Leía, acariciaba la gata que ronroneaba, aletargada, hasta que también me quedaba dormida. Rara vez soñaba, el accidente me había dejado la mente en blanco. Todavía no sueño, yo que armaba ficciones con mi deambular onírico, pero esa es otra historia que prefiero no contar. Glory tenía el hábito de tragar saliva, como quien, disponiéndose a hablar en público se aclara la garganta. Esto que parecía un tic gracioso se debía, descubrieron, a un tumor implacable. No había cura, sufría, hubo que sacrificarla. Tuve que irme varias veces del cuarto mientras el veterinario esperaba que surtiera efecto el sedante brutal que le administró primero para luego darle el barbitúrico que le pararía el corazón: el mismo procedimiento que se sigue, según parece, con los presos condenados a una muerte que no siempre es inmediata y puede ser dolorosa. Volví a entrar al cuarto cuando le dieron la segunda inyección: quería verla irse. Se fue como quien se va. Al ver el cuerpo muerto me dije que como todo cuerpo muerto parecía un trapo, que la gata me había ayudado a curarme y que yo no había podido retribuirle el favor. Fuente: Molloy, Sylvia (2022). Gloria. En Animalia. Eterna Cadencia Editora. Buenos Aires, 2022.

  • Desarticulaciones (fragmento) / Sylvia Molloy

    Cuando empezó a perder la memoria (digo mal: solo puedo decir cuando yo noté que empezaba a perderla) comenzó a usar mucho más las manos. Llegaba a un lugar conocido y se ponía a tocar cuanto había sobre una mesa, un estante, como un chico toquetón, de esos para cuyas visitas hay que preparar la casa escondiendo objetos o poniéndolos fuera de su alcance. Tomaba un objeto en la mano y lo volvía a colocar no exactamente en el lugar donde lo había encontrado sino levemente corrido hacia la derecha o la izquierda, como quien quiere corregir un error encontrando el emplazamiento justo. Todo esto en silencio y con enorme aplicación. Nunca le pregunté por qué lo hacía aunque más de una vez, de nuevo como a un chico, le dije irritada "por favor no toques nada”. Me costaba aceptar que había empezado a poner en práctica, instintivamente, la memoria de las manos. Como la Greta Garbo de Reina Cristina, estaba recordando objetos, no para almacenarlos en su mente sino para orientarse en el presente. Dos personas que se quieren se inventan nombres, apelativos absurdos basados en algún secreto o alguna experiencia compartida de la que nadie sabe, nombres a veces infantiles, muchas veces obscenos, ridículos: es el lenguaje del amor, intraducible. En un sueño me encuentro hablando por teléfono con A. y de pronto pasa E. y le digo algo usando un nombre que antes usaba con A. Al oírme decir ese nombre, A. previsiblemente cuelga el tubo. Es tan solo un sueño. Pienso a veces cuando la visito que ella tenía un nombre para mí, también secreto, que dejó para siempre de usar cuando yo puse fin a nuestra relación. Pienso a veces que en algún lugar de esa memoria agujereada debe estar ese nombre, y así como decimos Pablo cuando queremos decir Pedro, algún día se le escape. Nunca ha ocurrido, ni posiblemente ocurra: la censura provocada por el despecho acaso sea la última en irse, junto con las buenas maneras. Fuente: Molloy, Sylvia (2010). Desarticulaciones. Eterna Cadencia Editora. Buenos Aires, 2010 El Poder de la Palabra epdlp.com

  • Vocación / Sylvia Molloy

    Hacia el final de mis estudios secundarios llegó el momento de decidir qué carrera iba a seguir. Estaba convencida de que quería estudiar medicina: la fantasía se había vuelto vocación después de un experimento en clase de zoología en la que me había tocado disecar una ranita muy linda, muy verde. (El hecho de que después de dicha operación no supe qué hacer con la ranita cuyo corazón seguía latiendo y terminé pinchándoselo con el bisturí para que se muriera de una vez no pareció impresionarme adversamente: iba a ser cirujana.) Pero también me tentaba la arquitectura o alguna carrera de diseño. Las opciones no podían ser más distintas y a mi madre ninguna le pareció buena. Desechó las dos últimas con gesto desdeñoso, te gustará dibujar pero tus dibujos son bastante mamarrachientos. En cuanto a la primera, le pareció más respetable pero igualmente desechable por otras razones: no podés ocuparte de un marido e hijos y a la vez ser cirujana, mejor estudiá química y te buscás un trabajo de medio día. Mi paso por la Facultad de Ciencias Exactas fue breve. El primer mes dejé caer una gota de bromo de una probeta sobre el dorso de la mano derecha que me dejó una cicatriz que aun tengo. En el tercer mes, dos días después de un parcial, me llamó el jefe de trabajos prácticos a su oficina: “Se sacó la mejor nota, Molloy, pero usted no está contenta aquí, me dijo”. “Además la veo siempre con un libro a cuestas, ¿qué está leyendo ahora?”. “El rojo y el negro”, aventuré turbada. “A mí me gusta más La cartuja de Parma”, me contestó. Y luego: “¿Por qué no se va, Molloy?” Pensé: me está dando permiso para irme. Pensé: a este hombre le pasó algo parecido pero no le dieron permiso. Pensé: quiero explicarle por qué me gusta más El rojo y el negro. Pero solo atiné a darle las gracias y a salir del despacho. En el camino de vuelta a casa me invadió el miedo: qué iban a decir mis padres. Ante mi sorpresa no se inmutaron y aceptaron el consejo del jefe de trabajos prácticos a quien agradezco mentalmente hasta el día de hoy. Se llamaba Héctor Pozzi. A la semana quedó claro que estudiaría literatura. No miré nunca para atrás. De vez en cuando miro la cicatriz que me dejó en la mano derecha la gota de bromo. Casi un trofeo de guerra. Fuente: Molloy, Sylvia (2017). Vocación. En Citas de lectura. Ampersand .Buenos Aires,2017.

  • Hilvanando indicios que nos acerquen una palabra, un gesto / Fernando Ceballos

    Una espesura atrapa cada frase que tantea las imposibilidades del otro para convencerlo. Palabra va, palabra viene. No hay agresividad, ni violencia, ni arrogancias. Sí, se hace presente el ímpetu, la tenacidad, la astucia y la resistencia. Un hervidero del pensamiento precede al habla para que la palabra llegue justa, intacta y plena a la subjetividad del otro. Por momentos se logra. Tenés que quedarte internada porque no estás bien. Me quiero ir a mi casa, porque acá me siento mal. Si bien, el decirle a alguien “estar bien”, es una manera de ejercer un poder apelando a la normalidad biomédica, existe un esfuerzo clínico y de cuidado permanente para no caer en la lógica de la enfermedad o del trastorno haciendo aparecer de alguna manera esas figuras que Foucault denominó “los hombres infames” o “los anormales”; como aquellas vidas que, al chocar con el poder médico, porque sencillamente son denunciados como “extraños” por sus vecinos o familiares, merecen ser internadas-encerradas. Acá el sentido viene de la mano de preservar la vida, no de confinar una acumulación de signos y síntomas. Cuando esto no sucede existe un poder que genera una desigualdad. De esa manera el poder habita en el espacio intermedio estableciendo una relación desigual, de sometimiento, desnivelada con el otro. En esta situación existe una demora intencionada y premeditada, que permite llegar al otro. Hay inspiración de convencimiento en cada poder en juego en esa relación desde las maneras de convencer al otro, reconociéndolo como otro. Ella tira frases que llegan al hueso de la alteridad del otro: acá me siento mal. El otro intenta correrse de la respuesta especular, para bucear en un discurso que no lo retenga en la culpa ni lo lleve a la normalización: Tenés que quedarte internada. Es un contrapunto que vislumbra impotencias de ambos lados cuando el otro dice no. Esa negación hace temblar el intento de persuadir. Es una puñalada a la certeza del otro que busca denodadamente poder torcer la situación para su lado. Impotencias que intentan permanentemente no caer en la omnipotencia. Existe un impoder1 que baja el velo de la hegemonía cuando las acciones buscan evadir procedimientos medicalizadores o dispositivos de bioseguridad. La palabra es decir y decirse. Es una condición humana. Con la palabra nombramos y al nombrar (nos) damos cuenta, hacemos cosas, rememoramos y anticipamos; con ella se hace posible la circularidad pasado-presente-futuro, que termina siendo ineludible para poder pensar una estrategia a seguir. Ustedes me tienen encerrada. No me dejan ir a mi casa. Pero ¿te acordás por qué viniste al hospital? ¿Cómo estabas hace dos días? Hay ahí un oficio que no retrocede ante ese abismo sostenido por una mirada que busca dominar la escena y se incomoda ante una nueva pregunta: ¿Cómo estabas hace dos días? Abriendo ahí la posibilidad de que pueda poner en palabras algo de lo que le estaba pasando, cuando su padre derriba la puerta de su casa para socorrerla porque hacía varios días que no se sabía nada de ella. Enmudece y mira fijo. Busca provocativamente esa otra mirada. Por momentos parece que intenta jugar al juego de quien pestañea primero, pierde. Mantener la impronta de la conversación es la idea. Conversación que por momentos no tiene palabras, pero tiene desaires, muecas, desplantes, atisbos de reciprocidad, movimientos imperceptibles que transforman la escena. Conversación que establece un límite hospitalario para gestarla. Marcelo Percia2 nos dice que muchas veces no se puede, no se quiere, no se sabe, estar en proximidad de una historia que duele. Ese no poder, no saber, incluso no querer, se consiente como imposibilidad. Pero precisamente ese impedimento tiene el oficio que la impotencia de la razón científico-técnica no tiene. Y ella sabe que no es lo mismo no estar ahí, dando la resistencia que la disponibilidad asume. Y se queda ahí, tal vez para dar cuenta de sí como una política de la insistencia de lo que está viviendo, de lo que no quiere para ella, de lo que le indigna. Y se queda ahí éticamente en ese borde, pudiendo tranquilamente descerrajar los desafíos que muchas veces propone la locura ante la incitación de la normalización. No rompe nada más que una respuesta, no se fuga nada más que para salirse de una pregunta, no se excita nada más que ante un pedido de límite. Por momentos el desafío de sostener una conversación se hace insoportable, la armonía no existe, la conflictividad es intensa, no aparece un acuerdo, la empatía se hace inalcanzable. Pero siempre hay un momento en donde la disputa merma, entonces desde ambos lados llega una tregua. Ceden en las discrepancias buscando un respiro aliviador. Se acuesta. Se tapa. Gira su cuerpo dando la espalda y se duerme. Cuando ella ha podido conciliar el sueño y parece que se tranquiliza la situación desde ese lado, alguien ajeno a la escena llega cumpliendo férrea y mecánicamente con la rutina procedimental de la institución: control de signos vitales. Se despierta enojada, sale tambaleante al pasillo buscando libertad y respuestas ante lo que no se ha cumplido. Acompañamos ese momento tratando de que no se haga daño y no se deje atrapar por los designios estigmatizantes de la institución. Siente el límite. Esta vez no se queja. Se sienta en el suelo del pasillo de la sala de clínica, y apoya su espalda en la puerta de una habitación. Alguien tiernamente busca acercarse y no es rechazado. Se agacha, encuentra su mirada y habla. Habla palabras inaudibles, susurros que movilizan, micropalabras que porfían una posibilidad. Se agarra la cabeza con sus dos manos y se queda así un instante, tal vez pensando el paso a seguir. De repente otro ofrece sus manos para levantarla. Deja que la levanten, pero pone sus condiciones. Vamos a caminar un ratito hasta el bar y tomamos una coca. No quiero ir hasta el bar, pero vamos a caminar. Condiciones que permiten seguir avanzando en la estrategia de sostener la internación por unos días. Y día a día valorar. Deja que una mano toque su hombro casi imperceptiblemente. Se deja llevar, pero siempre sabiendo el camino. Un atisbo de confianza empieza a emerger. Una voz pregunta si las coordenadas de la cartografía están bien. Ella asiente con la cabeza, y sólo camina al lado de esos pasos que van marcado un camino que no está definido y eso la entusiasma. Vamos a ciegas con los ojos abiertos. Llegamos a un lugar que no es la meta, sino la posibilidad de pensar otro lugar. Maneras de movernos en la imposibilidad de encontrarnos. Vamos hilvanando indicios que nos acerquen una palabra. ¿Vivís sola? No, con mis gatos. ¿Y cómo se llaman? Una sonrisa, hasta ahora desconocida, desbarata a ese semblante pétreo aflojando la escena. Tengo 19. ¿Querés que te diga el nombre de todos? ¿Y todos tienen nombre? Sí, claro. Y aparece un intercambio de miradas más mirables. Y aparecen otras frases más hablables. Y aparece una mística que va empalabrando sucesos que hacen acaecer una conversación que nos permite seguir andando por ese lustroso pasillo de la sala de espera de planta baja del hospital buscando diagnóstico por imágenes. Ternuras que se cobijan en hospitalidades que acompañan sufrimientos. Suavidades que se deslizan entre cuerpos que no se resisten a su serenidad. Dulzuras que buscan acaramelar un encuentro de cortesías. En fin, sensibilidades insurgentes que desafían modalidades de acompañamiento y cuidado. 1 Percia, Violeta (2018) El módulo Artaud en el cuerpo simbólico de la poesía argentina: las escrituras de Pizarnik, Fijman y Perlongher. Revista de literaturas modernas VOL. 48, Nº 1 ISSN 0556-6134. El módulo Artaud tiene su nervio en una imposibilidad de escritura inserta en la experiencia de un vacío o despojamiento de palabra, al que Artaud se había referido como un impoder, que lo obliga a reconsiderar las relaciones entre el cuerpo poético, el cuerpo del dolor y el cuerpo del éxtasis. 2 Percia, Marcelo (2021) https://www.revistaadynata.com/post/sesiones-en-el-naufragio-26-un-común-impoder---marcelo-percia

  • La mosca Lewkowicz / Tomás Baquero

    No aplastes a esa mosca ¡Mira cómo levanta sus manos hacia ti! Issa El haiku se permite lo ordinario, lo breve. Recoger de los sentidos una impresión sin la necesidad de demorarse navegando en las aguas de las sensaciones. Un detalle, un pequeño suceso cotidiano: el ruido de la rana que salta al estanque, la lluvia que cae mientras alguien camina, la luna que se refleja en un plato de sopa. En El imperio de los signos, Roland Barthes decía que el haiku reproduce el gesto de unx niñx cuando, con el espíritu tomado por el asombro, señala con su dedo algún pequeño suceso inadvertido acompañando el gesto con alguna exclamación: mirámirámirá. Es de algún modo como en aquella historia en la que el rey va desnudo, pero donde lo que se quiebra no es la silenciosa complicidad con los poderes sino el tedio, la tristeza, la pesadumbre cotidiana. No aplastes a la mosca, dice Issa, ¡está levantando sus manos hacia ti! Si cierto existencialismo tiene razón, es probable que las cosas extraordinarias lo sean porque así las recibimos. Y aun así es lindo pensar que nos estábamos perdiendo de algo que, a su vez, hacía un gesto hacia nosotrxs. Leyendo una charla dada por Ignacio Lewkowicz me sobreviene la necesidad de señalarla con el dedo. No se me ocurre otra forma de invitación amorosa a algo que cuida la vida, especialmente cuando en verdad no habría nada que decir. Nada que decir; no obstante, el contagio de las ideas pide algunas palabras más. Érase una vez la mosca Lewkowicz que, con sus pequeñas patitas, llamaba encendía a través de los años el deseo de leer. Se trata de una charla que fue titulada como “Una respuesta ética a la violencia”. Poco importa, creo, qué tan radicalmente nuevas son las cosas que se dicen allí, es más el hecho de saberlo presente. Santiago Roggerone, en su libro Venir después, habla de la generación Lewkowicz. Si Sócrates era un tábano, que incomodaba permanentemente al incitar a pensar, quizás la mosca Lewkowicz es una forma más amable y cuidadosa, propia de tiempos que no pueden convivir con los mismos niveles de angustia. Una expresión dicha al pasar en la charla, como un ejemplo entre otros sin valor particular, me despierta el deseo de señalar. En la conversación, explora las diferencias entre el saber moral que nos indica lo que debemos hacer y el momento del pensamiento ético, que se abre cuando reconocemos que existen posibilidades por fuera de ese deber, aunque no sepamos cuáles. Como no sabemos cuáles, hay que inventar. Y como inventar es una cosa extraña, que ocurre a veces, como los cumpleaños o las tostadas que caen con la mermelada para arriba, es algo que pasa con otrxs. Es entonces que dice: “que haya otros es lo único que nos libera de las tiranías propias y ajenas”. Que las tiranías propias y ajenas se encuentren en un mismo asunto es ya algo bello; también que la libertad no exista en soledad. Pero el momento-haiku, creo, es el mínimo de observación: hay otrxs. ¡Mirá, hay otrxs! ¿Estás viendo? No es el ámbito de las promesas sino de las posibilidades. El mínimo a partir del cual otra cosa puede ser posible. Tal vez añade poco, como los haikus. Pero quizás sea cierto, también, que hay sutilezas que es difícil capturar de otro modo. De allí la brevedad del haiku. Sin el haiku es difícil hablar de que llueve por el simple hecho de que llueve: “Llueve / ¡Pobre el que no puede / describir cómo llueve!” (Buson). Hay otrxs / puedo huir de mí. Hay otrxs / la historia reserva sorpresas. Cuando no decimos las cosas se nos olvidan, porque las moscas levantando sus manos son muy pequeñas.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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