• Revista Adynata

Divanes / Ana Hounie

Actualizado: 16 mar

Cuando hace unos días Mauro Milanaccio me propuso que prologara "Divanes"[i]-una obra realizada junto a Adriano Cataldo- y me contó de qué se trataba enviándome imágenes y escritura poética, las palabras - respiraron hondo y surgieron casi sin esfuerzo. ¿Cómo no hacerlo cuando de transmisión de experiencia viva se trata?

Hace mucho que en el ámbito "psi", la narración de lo que acontece en esos espacios que llamamos clínicos, ha visto mortificada la potencia misma de los relatos. Esa que hace posible reinventarlos a través de sutiles formas de la vida que buscan multiplicarse cada vez en cada lector.

La insoportable asepsia del caso clínico olvidó algo que los autores provocadoramente recogen, pues ellos reconocen la fuerza de la composición inédita que las historias de vida adoptan cuando son puestas a hablar desatando el lenguaje.


Por eso, mientras espero que pueda publicarse también en nuestro cono sur, dispongo aquí el texto que escribí entonces a modo de prefacio:




El pliegue, materia misma de las cosas


Cada vez que el saber intenta capturar lo anímico, se encuentra no con ello sino con sus restos. Vicisitudes de los recorridos por donde los humanos transitamos nuestra existencia en el mundo.

En ocasiones para esos tránsitos, en nuestras urbes se tienden acampados donde se refugia lo expulsado de lo adecuado y se subleva.

De este modo, lo que huye de los consensos y hegemonías encuentra provisoriamente un lugar.

Un lugar donde lo herido, -fuera de todo sentido-, juega, repite y golpea.

Y en ese ritmo, -que acaricia donde no debe, sueña cuando no piensa, y duele-, notas y silencios componen un extraño espacio.


Divanes dan cuenta de lo que acontece en ese escenario llamado analítico o mejor dicho aún, analizante, palabra que sortea las posiciones fijas, la arrogancia de las imposturas del saber.

Este texto cuenta esa experiencia, la que se produce en esa fábrica de extraños montajes de imágenes que hablan y escriben al mismo tiempo los trazos que dejó el dolor. Pero no lo hace al modo usual.

En la historia de las publicaciones analíticas ha habido muchas formas de transmisión de la práctica clínica que pueden ser valiosas cuando desacomodan los facilismos discursivos y se someten a una interpelación que conmueva el pensamiento.

Sin embargo, en todos esos casos, las relaciones entre saber y poder tensan ese espacio, tensión que con suerte puede resolverse con una interrogación franca. Contrariamente, en este libro, si hay narrativa posible, esta no se encuentra del lado del ejercicio de un poder, sino del acontecer de una potencia, que no es en absoluto lo mismo.


Por fuera de cualquier linealidad, lo que surge de la composición que Milanaccio y Cataldo acercan al lector no soslaya la complejidad de la trama en la que se inserta lo que solemos llamar relato de experiencia. Por el camino de la creación artística, en la conjunción de fotografías y poemas presentados, los autores disponen el acontecimiento en el contexto de encuentro entre verdad y ficción.

Así recrean destellos de pasajes, hebras de relatos en la punta de la lengua, jirones de esa experiencia que concierne al no-saber. Cuando esos trazos de ausencia, -vehiculizados por imágenes que se suceden unas tras otras en una trama inédita- adquieren visibilidad, en ese preciso instante algo se agita y despierta.



Sabemos que habitar un espacio de esta índole significa disponerse a ese encuentro extraño con palabras que quieren repetir historias, deshacerlas e inventarlas. Pero en todos los casos, lo que se cuenta no tienen ninguna consistencia sólida, como un bloque de sentido en un cuento acabado.


En este libro el montaje de imágenes -fotografías de papeles arrugados que dejan analizantes tras su sesión- y palabras a modo de poesía breve, dice de una experiencia que nada tiene que ver con las economías de los grandes números, los saberes analíticos ofrecidos en el mercado del por mayor donde cuerpos unitarios se fusionan en lógicas de redes y se pierden incluidos en estadísticas.

¿Será que la costumbre o la necesidad haya llevado a transmitir la experiencia del análisis como si fuera un objeto que se cuenta? Hacer número, que es una de las formas de contar, se ha hecho un hábito en nuestro tiempo.

Sin embargo, las imágenes que componen el presente texto se ofrecen a reinvenciones al modo del cuento de las mil y una noches dentro del cuento de las mil y una noches. Como historias de tránsitos de navegantes a quienes las estelas en el mar les permiten vislumbrar rutas de movimientos. Surcos de experiencia viva, huellas cuya potencia de reactivar circuitos deseantes nos lanzan a la aventura.

Que haya relatos así entendidos, es en nuestro tiempo una suerte de magia[ii]. Una magia definida como aquello que escapa a los circuitos del mercado de la oferta y la demanda.


En este contexto este libro revela una ética que nos compromete al ponernos de cara a una contemporaneidad desafiante. La pandemia por Covid-19 que ha afectado al mundo, al mismo tiempo que extendió globalmente sus alcances cuestionando básicamente nuestro modo colectivo de estar en él, puso en juego formas singulares de respuesta en los distintos contextos, permitiendo que no todo vibre al unísono, provocando que también lo diverso destelle con arrojo.

La tarea de reinventarnos como especie se impuso quizás como una de las lecciones más importantes luego de que lo viral haya inflamado nuestro cuerpo colectivo hasta el momento demasiado presumido de sus contornos individuales.

Entonces la pregunta por el estado del arte en este contexto resulta primordial pues permite develar las condiciones de algunos gestos para generar fuerzas de oposición que resistan a la clausura a través de astucias y tácticas de combate cotidianas. Pura resistencia, potencia de supervivencias en el espacio intersticial y nómada, de las aberturas.

En este sentido el gesto que nos acercan los autores y que surge en pleno oleaje de pandemia, adelanta una dimensión clínico-estético-política que permite componer trazos de lo indecible no para decirlo, sino para decir de lo imposible de decir.



La serie fotográfica de Milanaccio al desestructurar la fijeza de la materia de la que se sirve tomada del contexto de la pandemia (papeles dispuestos sobre el diván para minimizar los riesgos de contagio) transforma radicalmente no sólo su sentido sino también su espesor, su sensibilidad, su forma.

Lo que el lector podrá ver se encuentra por obra del autor, en las antípodas de cualquier versión higienista que el discurso del biopoder haya podido inyectar en las conciencias adormecidas.

La propuesta es por el contrario, una verdadera apertura a las cosas más tenues, los momentos o los seres más pasajeros, los detalles infinitos como los que iluminan (photo:luz; graphia:dibujo) nuestra mirada de niños cuando inventamos figuras en las formas de las nubes.

Todos esos fragmentos singulares son puro movimiento sin más duración que la de una vislumbre. Estas astillas del mundo, restos únicos que van que vienen y que empiezan a desaparecer en cuanto aparecen son, tal como lo define Didi-Huberman[iii], “la estela de una pregunta, de un recuerdo o de un deseo, algo que dura un poco más que la aparición en sí misma, una remanencia, una asociación que merece entonces siempre el hábito o bricolaje de escritura”.

Es así que las fotografías presentadas diseñan un texto intermitente en absoluta consonancia con aquel que dispone el espacio analítico cuando produce un efecto estético y no anestésico. Y en esa fugacidad de pasaje, propia de la imagen, se sitúa toda una forma de entender al sujeto en su condición de ser puro intervalo transitando el pathos de la condición paradojal de la existencia.

Si vemos en las arrugas que despuntan en esos papeles no sólo la marca que dejó el peso de un cuerpo sino a la propia piel en tanto la superficie más profunda[iv] veremos en los “incorporales” de esos bordes, un guiño del lenguaje.


En resonancia con las imágenes-gesto las escrituras de Cataldo hacen hablar a las huellas de cada papel, que como pliegues de vestimentas diseñadas para coreografías de la alteridad se mueven sin apuro, en sus propios ritmos.

Así circulan palabras, las mismas que en el lenguaje desatado de las sesiones nos hacen testigos de historias deseantes, tendiendo puentes, vacilando pasos.

Estos gestos mínimos de la lengua, donde no hay en la escritura sujeto gramatical conocido de antemano, muestran que en rigor no se identifica desde dónde se habla, pues poco importa. Quien habla no es el yo.

Si la vida abre conexiones, la muerte coloca bloques y el sueño teje enigmas, la escritura poética breve (que recuerda al Haiku[v]) se convierte en rayo por el que las palabras resplandecen en la entrelínea. Y una vez abierto el abanico de emociones, es posible sentir la respiración del silencio. Ese hueco del aire por donde se palpa la distancia que siempre nos separará de las cosas y que las palabras no reviven sino en el acto de volver a perderlas.

En esta danza ineludible alrededor de la oquedad se vislumbran retazos de vida, que señalan los caminos pulsionales sin los cuales no hay movimientos posibles. Volver a perder la cosa, recobrar la cosa siempre como otra cosa.

Entonces, ¿podemos despertar los gestos que intentan hablar de experiencias inefables o absolutamente fugaces? Sí, cuando nos servimos de su propia inquietud y los calmamos con el reconocimiento de su razón de existir.


Por último, entramando el gesto creativo con la convicción de que las imágenes y los pensamientos que nos rodean requieren ser acogidos y debatidos, el texto invita a interrogar posiciones. Y quizás aún más: a proponer posiciones como sugiere la figura del “pliegue” que recorre toda la presentación. Son pliegues los que recortan las fotografías; son pliegues los que hacen decir lo indecible, imaginar lo impensable.

El pliegue, materia misma de las cosas, que toda una erótica del revestimiento y el desnudamiento supo destacar, es en sí mismo potencia maleable de transformación. Por un simple pliegue del espacio, la distancia entre dos puntos desaparece como tal y por el acto de ese mismo movimiento, el espacio es otro. Pero aún más, como lo señalara el filósofo Gilles Deleuze, el pliegue permite pasajes y continuidades dentro-fuera que rompen precisamente la habitual dicotomía individual-colectivo.

Por esta razón, no hay en este texto una perspectiva intimista. No se trata del descubrimiento de las profundidades de lo que ocurre en una sesión, vistas desde una mirada ajena.

Por el contrario, la propuesta parece ser la de involucrarnos hasta la piel, diría, pues para palpar las intimidades del mundo es preciso cruzar las fronteras de cualquier ilusión solipsista.



[i] DIVANI. Testi: Adriano Cataldo. Fotografie: Mauro Milanaccio. Post produzioni: Luca Chistè, Lorenzo Danieli. Edizioni PAGINAOTTO. Trento, 2022 [ii] El escritor chileno Roberto Bolaño hacía decir a uno de sus personajes en la novela 2666: “Te voy a explicar cuál es la tercera pata de la mesa humana. Yo te lo voy a explicar. Y luego déjame en paz. La vida es demanda y oferta, u oferta y demanda, todo se limita a eso, pero así no se puede vivir. Es necesaria una tercera pata para que la mesa no se desplome en los basurales de la historia, que a su vez se está desplomando permanentemente en los basurales del vacío. Así que toma nota. Ésta es la ecuación: oferta + demanda + magia.” Bolaño, Roberto (2004). 2066. Ediciones Anagrama, Barcelona. [iii] Didi-Huberman, G (2019) Vislumbres Madrid: Shangrila Ediciones. [iv] “Lo más profundo es la piel”, decía el poeta Paul Valéry. [v] Haiku: composición poética mínima de tres versos nacida en Japón en el siglo XVII.




Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.