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- Las voces de las mujeres que se fueron / Claudia Masin
Las voces de las mujeres que se fueron dicen cosas todavía. Pequeñas cosas acerca del funcionamiento del hogar, secretos para que todo siga andando sin ellas como si ellas todavía anduvieran, silenciosas y diligentes, caminando por la casa. De la casa sólo quedan ruinas, campo ralo donde uno, o unos pocos, sobreviven se miran a sí mismos o entre sí sin entender qué cosa es la que falta. Fuente: El secreto (2007) en La desobediencia. Poesía reunida. Resistencia, ConTexto Libros. 2018.
- Asombro / Cristina Peri Rossi
Enséñame – dices, desde tus veintiún años ávidos, creyendo, todavía, que se puede enseñar alguna cosa y yo, que pasé de los sesenta te miro con amor es decir, con lejanía (todo amor es amor a las diferencias al espacio vacío entre dos cuerpos al espacio vacío entre dos mentes al horrible presentimiento de no morir de a dos) te enseño, mansamente, alguna cita de Goethe («detente, instante, eres tan bello») o de Kafka (una vez hubo, hubo una vez una sirena que no cantó) mientras la noche lentamente se desliza hacia el alba a través de este gran ventanal que amas tanto porque sus luces nocturnas ocultan la ciudad verdadera y en realidad podríamos estar en cualquier parte estas luces podrían ser las de New York, avenida Broadway, las de Berlín, Konstanzerstrasse, las de Buenos Aires, calle Corrientes y te oculto la única cosa que verdaderamente sé: sólo es poeta aquel que siente que la vida no es natural que es asombro descubrimiento revelación que no es normal estar vivo no es natural tener veintiún años ni tampoco más de sesenta no es normal haber caminado a las tres de la mañana por el puente viejo de Córdoba, España, bajo la luz amarilla de las farolas, no es natural el perfume de los naranjos en las plazas -tres de la mañana- ni en Oliva ni en Sevilla lo natural es el asombro lo natural es la sorpresa lo natural es vivir como recién llegada al mundo a los callejones de Córdoba y sus arcos a las plazas de París a la humedad de Barcelona al museo de muñecas en el viejo vagón estacionado en las vías muertas de Berlín. Lo natural es morirse sin haber paseado de la mano por los portales de una ciudad desconocida ni haber sentido el perfume de los blancos jazmines en flor a las tres de la mañana, meridiano de Greenwich lo natural es que quien haya paseado de la mano por los portales de una ciudad desconocida no lo escriba lo hunda en el ataúd del olvido La vida brota por todas partes consaguínea ebria bacante exagerada en noches de pasiones turbias pero había una fuente que cloqueaba lánguidamente y era difícil no sentir que la vida puede ser bella a veces como una pausa como una tregua que la muerte le concede al goce. Fuente: Peri Rossi, C. (2007) Del poemario "Habitación de hotel" en Detente instante, eres tan bello. Caballo negro editora. Bs. As. 2021.
- Política de las emociones / Fiorella Mancini
La política cultural de las emociones de Sara Ahmed admite abordar tres aspectos de la investigación en ciencias sociales que son, al mismo tiempo, tres grandes contribuciones a los estudios culturales en general y a la sociología de las emociones en particular. En primer lugar, quisiera rescatar algunos aspectos teóricos de su obra que resultan fundamentales para los estudios culturales sobre las emociones. En segundo lugar, me referiré a algunas cuestiones metodológicas que hacen de su investigación un muy buen ejemplo de rigor, sistematicidad y cientificidad en la investigación social. En tercer lugar, resaltaré ciertos aspectos políticos y valorativos de La política cultural de las emociones porque, detrás de la investigación de Ahmed hay, claramente, una posición política y un pronunciamiento ético y valorativo que es indispensable recuperar en las ciencias sociales. Con respecto a la dimensión teórica de la investigación de Ahmed, habría tres grandes señalamientos. El primero es, simplemente, que Ahmed hace teoría; y específicamente elabora una teoría social sobre las emociones. En tiempos donde prevalecen las explicaciones intermedias sobre la mayoría de los fenómenos sociales, Sara Ahmed construye una teoría estructural de las emociones que permite explicar lo que yo llamaría el circuito reproductivo de las emociones: cómo estas se generan socialmente, cómo se reproducen y cómo se distribuyen a través de la economía de los afectos. Ahmed no solo elabora esta especie de teoría sistémica sobre las emociones, sino que además lo hace desde tres perspectivas entrelazadas: las prácticas culturales, la crítica cultural y, especialmente, la perspectiva de la política cultural. Es decir, las emociones, plantea Ahmed, no son estados psicológicos, sino prácticas culturales que se estructuran socialmente a través de circuitos afectivos. Eso es un problema cultural y no solo psicológico, y en cuanto tal, es un problema de todos. Lo que una siente es finalmente un problema social y es un problema colectivo. Y eso es así porque, tal como lo demuestra la autora, las emociones no residen ni en los sujetos ni en los objetos, sino que se construyen en las interacciones entre los cuerpos, en las relaciones entre las personas. El segundo elemento teórico que quisiera rescatar es el vínculo entre emociones y acción. Generalmente, en la sociología de las emociones hay un vínculo estrecho entre estos dos componentes sociológicos en la medida en que las emociones impulsan a las personas a actuar de una determinada manera. Pero el texto de Ahmed ya no da cuenta del vínculo entre emociones y acción, sino de las emociones como acción, de las emociones como movimiento permanente. Sin embargo, las emociones también generan inacción (que, en definitiva es una manera específica del obrar) o, a veces, no se observan resultados sociales directos a partir de un determinado actuar emocional, sino que pueden presentarse encadenamientos emocionales, siempre en permanente tensión y dinamismo. En cualquier caso, el vínculo indeterminado entre emociones y acciones sociales que plantea Ahmed invita a reflexionar sobre el papel de gran parte de los dualismos de la sociología para reinterpretar procesos sociales en clave emocional: interior-exterior, público-privado, acción-emoción, etc. El papel actuante de las emociones en estos seres sintientes que analiza Ahmed cuestiona ciertos esquemas establecidos a partir de distinciones categóricas entre mundos privados y públicos, entre el sufrimiento y la subalternidad, o entre emociones positivas y negativas. Como bien lo deja entrever la autora, el intento de encontrar la motivación última de la acción en el reservorio emocional de las personas no solo deviene en reduccionismo, sino que además puede transformarse en una operación que tiende a desplazar los problemas sociales hacia una instancia marcada por el misterio y la sacralización, características que no son propias de las ciencias sociales. El tercer elemento teórico interesante es la cuestión de las emociones y los límites corporales. Es decir, las emociones permiten delimitar espacios y distancias. Cercanías y lejanías. Al delimitar el espacio, a la vez establecen quiénes pertenecen y quiénes quedan fuera de ese espacio. Esa idea no es propia de Ahmed en realidad; ya Mary Douglas desde la década de 1980 (y Elías y Simmel desde antes) había establecido que los miedos sociales permiten distinguir un nosotros de un los otros y con ello delimitar grupos sociales y establecer diferencias entre las personas de diversas comunidades. Lo importante de este argumento teórico de Ahmed es que, a través de las emociones, los cuerpos adquieren determinado valor y, por lo tanto, como sucede con todo aquello que se valoriza, algunos cuerpos valen más que otros y es aquí, en esta política cultural (y económica) de las emociones, donde se crea y se reproduce la idea de otredad mediante el agrupamiento de algunos cuerpos y la marginación de otros (nos agrupamos los que sentimos el mismo miedo y nos diferenciamos de aquellos a quienes les tenemos miedo). Evidentemente, detrás de esta idea de las emociones como límite al otro se encuentra una perspectiva muy concreta sobre la desigualdad social: si unos cuerpos valen más que otros, la desigualdad entre esos cuerpos deviene inevitable. Posiblemente ahí radique la preocupación nodal y el gran hallazgo sociológico de la obra de Sara Ahmed: cómo la emoción diferencia; en definitiva, cómo las emociones son utilizadas socialmente para generar, legitimar y aceptar la desigualdad social. Ahora bien, la pregunta que sigue es cómo logró la autora llegar a estas conclusiones y con qué diseño metodológico accedió a cada una de estas afirmaciones teóricas. Es aquí donde llaman la atención tres aspectos metodológicos. La primera cuestión está relacionada con la propia aventura metodológica de La política cultural de las emociones. En esta obra, Ahmed se va alejando de sus primeros escritos ensayísticos para inmiscuirse en la investigación empírica, propia de las ciencias sociales. Mediante lo que la autora denomina la “emocionalidad” de los textos, nos muestra las intenciones emocionales de los discursos públicos para generar ciertos efectos “legitimadores” en quienes los reciben. Lo que demuestra la metodología de Ahmed (y es una buena enseñanza para los estudios sociológicos de las emociones) es que las investigaciones sobre el tema deberían involucrar las diversas maneras en que funcionan las emociones, ya sea en la cultura pública o en la vida cotidiana, y esto significa trabajar con una serie de materiales diferentes, que podemos describir también de diferentes maneras. Esta especie de pluralismo metodológico al que nos invita Ahmed evita pensar que las emociones están “en” los materiales que analizamos (como si las emociones fueran una propiedad de algo o de alguien, ya sea de una entrevista, de una encuesta o de un grupo focal), cuando, en cambio, lo importante es analizar lo que “hacen” los materiales que utilizamos, es decir, cómo trabajan los textos a través de las emociones para generar determinados efectos en nosotros, que somos los que analizamos dichos textos. La segunda cuestión metodológica que llama la atención es la utilización de las fuentes de datos. Para ilustrar sus puntos, Ahmed analiza textos públicos y el lenguaje figurativo que se emplea para nombrar ciertas emociones. O dicho de otro modo, para explicar cómo funcionan las economías afectivas en la sociedad, la autora emplea como ejemplos diferentes discursos en los que se apela a las emociones de las personas para crear un vínculo identitario. Es decir, se trata de un análisis de contenido, de un análisis textual que desentrama el andamiaje emocional de un determinado texto o de una determinada producción textual. En ese sentido, en el prólogo del texto, Helena López sostiene que si bien es fundamental este tipo de análisis sobre la textualidad de las emociones, como lo hace Ahmed, también sería de mucha utilidad ocuparse de otras instancias de las economías afectivas, especialmente en los tiempos actuales: de sus condiciones de producción, de los circuitos de distribución, de las situaciones para su recepción. Tal como lo plantea López: “sólo así mapearemos con eficiencia el campo cultural desde una comprensión que no es exclusivamente representacional de la emoción, sino también como economía material y simbólica”, que es lo que está detrás, finalmente, de la idea de una política estructural de las emociones. Es decir, habría que ir aún más allá del análisis de Ahmed e intentar desentramar “la estructura” que permite la reproducción social de determinadas emociones y no de otras. La estructura que hace que nos sintamos más culpables que víctimas ante el desempleo, por ejemplo. La estructura que hace que nos sintamos los únicos responsables de nuestra propia suerte. La estructura que, finalmente, está detrás de cada ser sintiente y que reproduce una determinada cultura de la época: la cultura del miedo, la cultura del trabajo, etc. El tercer aspecto metodológico es la cuestión de la inter, multi o transdisciplinariedad que está detrás de La política cultural de las emociones. La investigación de Sara Ahmed es un diálogo francamente interdisciplinario entre estudios de género y de la cultura, entre la psicología, la sociología de las emociones y la economía política, donde también participan la fenomenología, el psicoanálisis, el feminismo y la teoría queer. Es decir, su investigación es una invitación permanente al diálogo entre disciplinas y entre una gran diversidad de perspectivas teóricas de las ciencias sociales. Finalmente, desde la perspectiva o desde la dimensión política de la investigación, el texto de Ahmed nos presenta tres grandes desafíos. El primero es recordar no solo que lo personal es político, sino también que lo emocional es político. Las emociones son públicas y se organizan socialmente, nos demuestra Ahmed. Y al definir lo emocional como político, la autora necesariamente tiene que reconocer la existencia de una función específica que tienen las emociones en la construcción de una colectividad. Si bien parecería que las emociones son privadas, pues generalmente se las toma como una manifestación de la psique de cada persona, Ahmed explicita, contundentemente, que también se construyen y se significan a través de un imaginario colectivo y de una determinada interacción social. Como en el ejemplo que utiliza de lo que siente una niña frente a la aparición de un oso en el bosque, emociones como el miedo no están en la niña, no están en el oso; están en el momento del encuentro entre ambos, en la interacción entre ambos. Y ese encuentro, a su vez, está moldeado por historias y conocimientos previos: nos enseñaron que a los osos hay que temerles. Habría entonces una especie de “aprendizaje emocional” que adoptamos desde la niñez y que nos indica qué debemos sentir y en qué momento, qué emociones son buenas y cuáles no, qué debemos hacer para lograr niveles superiores de “inteligencia emocional”, cuáles emociones son propias de varones y cuáles de mujeres; y es ese aprendizaje el que va moldeando que, a través de las emociones, nos acerquemos a ciertas personas y objetos y nos alejemos de otros. El segundo aspecto político tiene que ver con el poder de las emociones. Tal como lo demuestra Ahmed con el análisis de textos y discursos, las emociones pueden conducir a la política, a la identidad colectiva, a determinadas alianzas sociales. Es este poder social de las emociones el que se manifiesta a través de la política, a través de los movimientos sociales, incluso para crear identidades nacionales. La teoría de Ahmed anima a lectoras y lectores a considerar las implicaciones políticas de sentir o no sentir algo. Porque el poder moldea cuerpos y moldea emociones; y en ese modelaje el poder, finalmente, acalla determinados cuerpos y da voz a otros. De ahí precisamente que las emociones sean una política cultural eficaz y eficiente para mantener el orden y, por ende, la reproducción social. De hecho, la función social de emociones como la vergüenza, la culpa o el miedo es precisamente evitar el conflicto, acallar cuerpos y, finalmente, privatizar problemas que se hacen pasar por “psíquicos” cuando en realidad son claramente sociales y culturales. Es en esta especie de ocultamiento de la injusticia detrás de lo emocional donde reside unas de las grandes aportaciones políticas de esta obra. Finalmente, la tercera cuestión política de enorme relevancia recae en el uso público que se hace de las emociones para legitimar desigualdades sociales y para naturalizar o tratar como dadas cuestiones que son, en realidad, resultado de decisiones políticas. Tal como Ahmed demuestra, emociones como el miedo, la culpa o la vergüenza refuerzan públicamente los caminos argumentativos de la discriminación y el rechazo, transformándose en excusas emocionales para evitar asumir responsabilidades colectivas. Si siento vergüenza por no tener trabajo es porque la culpa de no tener trabajo es exclusivamente mía. Es allí donde operan las emociones como mecanismos legitimadores no solo de la desigualdad, sino también de las injusticias de las sociedades actuales. En ese sentido, emociones como el miedo operan como técnica política que aumenta la vergüenza individual, disminuye la inconformidad social y asegura el “buen” funcionamiento de lo colectivo. Si todos sentimos miedo, no salimos a la calle. Si todos sentimos miedo, no reclamamos derechos. Si todos tenemos miedo, nos encontramos con los otros en esa singularidad, pero exclusivamente desde lo privado y lo individual. Y eso, al poder, plantea Sara Ahmed, siempre le resulta útil y funcional. Como último punto, quisiera recuperar las tramas de correspondencia (nunca lineales ni uniformes) que establece la obra de Ahmed entre las condiciones estructurales de la desigualdad social y el miedo, la vergüenza o el odio como expresiones emocionales de ese mundo desigual. El prisma de la política cultural de las emociones permite ubicar (de manera impecable) puntos de convergencia entre el nivel biográfico y el social, y establecer desde allí encarnaciones individuales de problemáticas estructurales. Desde esa perspectiva –y ahí reside seguramente el gran aporte del texto de Ahmed–, cultura y emociones (en cuanto vínculo indeterminado) configuran relaciones de mutuo moldeamiento en las que los dos ámbitos se afectan recíprocamente y donde las emociones devienen, finalmente, una gran excusa para explicar la reproducción social de las sociedades modernas y, en definitiva, la manera en la que se reproducen las desigualdades y las injusticias actuales en el mundo de la vida. Fuente: Reseña del libro La política cultural de las emociones (2015), de Sara Ahmed. Ciudad de México: Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM. Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ciudad de México, México. https://www.elsevier.es/es-revista-debate-feminista-378-articulo-resena-S0188947816300330
- Notas sobre un proceso de integración escolar / Bautista Viera
Escribo este texto con la intención de compartir mi experiencia trabajando como integrador escolar en un colegio primario. Con ganas de acercar reflexiones alrededor de lo clínico en el campo educacional. Buscando agitar la experiencia para encontrar resonancias, acercar preguntas y compartir los estremecimientos que son parte de la mayoría de este tipo de experiencias laborales. La integración escolar es el proceso mediante el cual se posibilita la incorporación o continuidad de estudiantes con necesidades educativas especiales en la escuela. Mi experiencia en esta actividad consistió en observar comportamientos y acompañar desbordes, momentos de ira, múltiples aburrimientos frente a los deberes, travesuras y risas. En sostener conversaciones filosóficas sobre las obligaciones escolares en pasillos y escaleras, en ir colaborando en la construcción de hábitos de escolaridad, trabajando con lo que la persona acompañada piensa de la escuela, lo que opina de sus compañerxs, si les odia o siente que lo odian por producir molestias a causa de sus necesidades, por representar un riesgo o por encarnar una diferencia patológica respecto a la mayoría. Una lectura rápida de las integraciones escolares podría ubicarlas como un parche de la represión institucional. Ahí donde el conjunto de normas que regulan los cuerpos falla, la persona que realiza esta actividad es llamada a intervenir la conducta para favorecer el supuesto bienestar general, mediante la resolución de los conflictos en función de lo esperado por los objetivos pedagógicos que con haber transitado una institución educativa ya conocemos en primera persona. ¿Cómo correrse de la posición de curita de la herida institucional para funcionar de otro modo? ¿Es posible hacer preguntas a los dispositivos desde dentro de ellos? ¿Abstenerse de colaborar a satisfacer esos imperativos, produciendo otra cosa? ¿Cómo alojar un padecimiento y construir conocimientos en torno a superarlo, al mismo tiempo que intentamos algo más que simplemente emparcharlos o resolverlos? La integración escolar está emparentada con un cambio de legislación sucedido hace relativamente poco. La Ley de discapacidad 24901 se propone detener el impulso a segmentar en “escuelas especiales” a personas con alguna dificultad cognitivo comportamental, alimentando la diversidad cognitiva y funcional del espacio áulico combatiendo la segregación. En este sentido podría pensarse que el paradigma de la integración educativa cuenta con cierta amplitud dado que pretende volver inclusivo el espacio escolar. ¿Podremos repensar el espacio escolar para volverlo más habitable?. Es una figura intersectorial, en mi caso un trabajador de la salud inserto en el ámbito educativo. Mi objetivo es irme diluyendo, esfumandome como el agua dentro del agua en la medida que la persona va logrando una autonomía que le haga prescindir de mi acompañamiento, mientras la mayoría de los maestros me observan con desconfianza, me concentro en asistir sin generar dependencia. Intervenir en el aula ¿qué decir en cinco segundos, entre todo un griterío, en una situación confusa y problemática? Muchas veces, estando ahí sin ser beneficiario del espacio para participar desde el discurso, solía pensar que de tener la posibilidad de hablarles a les alumnes con cierta autoridad podría resolver las situaciones conflictivas. No obstante, cuando fui invitado a reflexionar colectivamente con les estudiantes me di cuenta de lo contrario. No sabía que decir, lo que pude decir no tuvo los efectos imaginados, las contrapreguntas me dejaron sin palabras, las palabras no alcanzaron y lo que pueda ser dicho nunca alcanza para aliviar el dolor. ¿Y si ahí reside la fuerza de la situación? ¿Si la sabiduría de ese malestar está en poder volver audible un dolor que recorre las infancias con mayor o menor grado de intensidad, en torno a los modos en que la escolaridad se vuelve efectiva en cada territorio? Siente fobia a las pelotas, si ve una tiene una especie de terror que le invade el cuerpo y no lo deja respirar. No soporta escuchar volúmenes altos de ruido, lo dejan confundido, aturdido, sin poder moverse, es como si la información sensorial lo tomara por asalto. En un informe dicen que tiene autismo y en otro dicen que tiene un trastorno generalizado del desarrollo. Vive hace un año con diabetes tipo uno, necesita medir sus niveles de glucemia cada cinco o diez minutos y tomar decisiones sobre si tomar insulina, tomar glucosa o simplemente esperar hasta la próxima medición. Por sus características, por el modo en que procesa la información, en que es afectado y afecta a los demás, parece estar constantemente a punto de estallar, de reventarse. No participa de ningún tipo de actividad reglada, regulada. Se le desarma el cuerpo. Cuando lo conocí no podía entrar al aula. Ahora entra, pero no acata ninguna orden colectiva, solo dibuja sin parar de espaldas a todes, pero permanece, está ahí sin ser parte del imperativo del quehacer. En un pasillo remoto intenté advertirle a la vicedirectora mi posición existencialista en torno a las actividades grupales, pretendía poner en suspenso su idea de que el cuadro psicopatológico de la persona que estaba acompañando se estaba intensificando, atiné a decirle que me daba la impresión de que las experiencias de grupo están recorridas por una extorsión, la de no poder estar ahí, siendo merecedor de afecto, si no se actúa de una manera conforme a las lógicas establecidas. “Si no te comportas así no te vamos a querer, no te vamos a poder alojar”. Que la vida grupal está recorrida por una crueldad que nos impone modos de orientarnos hacia objetos y deseos como trueque para ser merecedores de afecto, para pertenecer. Silencio, sus dos ojos de buitre clavados sobre mi cara de estresado una tarde de frío en la escuela, siento que con su incredulidad me pregunta ¿Se puede vivir sin pertenecer a nada? ¿Se puede pensar un horizonte grupal librado de esas lógicas extorsivas?. Mientras se va sin responderme atino a pensar que soy un exagerado, si bien la exigencia institucional es volver el espacio escolar más inclusivo, es evidente que para ella resulta verdaderamente menos incordioso que el trabajador de la salud mental rectifique la conducta del alumno con dispersión cronica, antes que pensar modos de estar en común en el aula que no estén atravesados por la extorsión de obedecer para no ser castigado. Pero ¿dónde está la ética de trabajo si preferimos intervenir de una manera o de otra en función de lo que es más cómodo para nosotrxs, antes de ponderar otras alternativas, aunque resulten más trabajosas y demanden más esfuerzo? Es un productor de dibujos incansable, al punto de que a ojos compañeros y docentes su actividad artística es exagerada, involuntaria, un rasgo de carácter que debe ser superado. Dibujar todo el tiempo, en los recreos de espaldas a la gran masa ruidosa que juega y grita, durante las clases, después de comer, dibujar es su tarea, es lo que hace (pienso después de verlo hacer eso durante meses) para poder soportar el estrés que le genera habitar la escuela, es una estrategia para drenar. ¿Cómo recuperar algo del valor de esa práctica si a los ojos de sus docentes y directivos es una actividad ociosa, improductiva e indeseada? Luego de un tiempo de trabajo y asediados por la necesidad institucional de alcanzar resultados observables, acordamos que se acercaría a participar de la clase sin sus cosas de dibujo ¿Cuánto tiempo? lo que de, lo que se aguante, más allá de lo que haya que poder, una figura bastante recurrente en los colegios. Le digo: entrá y quedate lo máximo que puedas simplemente mirando, cuando no das más salis y te doy la cartuchera y los lápices. Lo veo entrar, se sienta a mirar la clase en un rincón, parece asustado. Me voy al cuarto pequeño al lado del aula de danza, estoy sentado, intentando escuchar si hace algo, si grita, si participa, ¿mirará silenciosamente? ¿participará cual voyeur de una actividad qué le aburre? después de algunos minutos escucho pasos agitados en el pasillo, y su voz: “Bauti, Bauti”, me asomo y lo veo venir. Cuando llega me dice: “me cansé, ya no aguanto más sin las cosas de dibujo” Se las doy y va a dibujar mientras sucede la clase, es su manera de aguantar, de permanecer en el dispositivo: ¿De que trata la clase? Danza recreativa, la profesora es amable y los chicos se divierten, sin embargo alguien no soporta estar ahí si no es dibujando, aunque nadie le exija nada y no se le hable o se le requieran hacer cosas. Muchas veces me pregunté cuál sería el problema de que alguien simplemente dibuje en el aula. Siempre llego a las mismas respuestas, por un lado la compulsión institucional a perseguir objetivos pedagógicos, la escuela pidiendo resultados constantemente, hay que acreditar un saber para pasar, por otro lado, para sus compañeres el hecho de observar que él no hacía lo qué había qué hacer funcionaba como un grito sordo a la desobediencia ¿Porque trabajarían ellxs si él no? Quizás por esto es qué se piensan terapias o castigos ejemplificadores para quienes ponen en jaque las normas educativas, lo que demuestra el fracaso del dispositivo educacional. Ya no convoca al deseo ni produce interés, parece estar perversamente orientado hacia cosas que no repercuten en el resto de las actividades cotidianas de las infancias y solo se sostiene desde esa lógica de los castigos. Parece interesante que en su afán diverso e inclusivo, la escuela haya incorporado el síntoma qué evidencia su letargo. Me da la sensación de que hay dos trabajos por hacer, por un lado intentar agitar el entramado cognitivo de la persona acompañada para volverla más permeable a la participación colectiva y el aprendizaje, pero por otro lado repensar las lógicas que volvieron la obediencia y el castigo los únicos andamiajes que sostienen el acatamiento de las reglas escolares. Una tarde me grita: ¡me da recontra mil cringe entrar al aula! Leí un término en Ninguna línea recta de Nicolas Cuello y Lucas Di Salvo, relacionado con el trabajo del historiador Greil Marcus, que me parece interesante: cicatrizar, remite a clausurar la capacidad interrogativa y crítica de ciertas experiencias opacas o poco claras, imponiéndoles características amigables para determinados sentidos comunes. En términos educacionales, cicatrizar podría pensarse como la administración higienista de ciertas conductas que se producen al interior de los dispositivos escolares, cancelando también la información crítica sobre los modos en que se gestiona la vida en común que dicha “dificultad para adaptarse” trae, retomando la idea de “funcionar como curitas” antes que como tramatizadores de una dispersión que pide ser escuchada. La tendencia a la cicatrización por parte de la integración escolar es tal que quizás la práctica misma existe porque no estamos preparados para escuchar aún la voluntad de deserción de los espacios en común, quizás porque esta deserción a los imperativos de unidad y coherencia grupal insinúa y nos conecta con un abismo innombrable, con la soledad del delirio y el desierto de la vida sin amarres. ¿Estamos preparades para escuchar la voluntad de deserción de los espacios en común?
- Messi es un virus / A. Martín Contino
I. Molar y molecular Hay al menos dos formas de circulación, según Deleuze y Guattari (2002): una es la unificante, bajo la forma de una imposición. Su finalidad es el ordenamiento, la generalización, la homogeneidad. Se busca limar las diferencias entre las partes para llegar a una igualdad artificial. Es una circulación organizada, planificada, fríamente calculada. Su diagrama se asemeja al árbol: hay un tronco y de él se derivan ramas; y no puede haber dudas de cuál es uno, y cuáles, las otras. (La rama no puede desear ser el tronco; sería un acto de insumisión, de sedición, de rebeldía). Se puede llamar molar a esta forma, dado que busca agenciar múltiples componentes para llegar a una totalidad unificada, capaz de mostrar las mismas propiedades en todos sus puntos. La otra forma es la molecular. Para imaginarla, basta seguir el principio de proliferación del virus: se mueve mediante el contagio, y para que éste se dé, tiene que haber encuentro entre las personas, proximidad de los cuerpos, palabras dichas de cerca, saludos, apretones de manos, abrazos, besos, saliva, risas, lágrimas. Esta circulación no es ordenada, ni puede predecirse completamente; nunca se sabe muy bien a quién, cuándo y cómo un virus va a contagiar, porque su circulación no es arborescente, sino rizomática. En un rizoma, no es posible encontrar una centralidad, un tronco; así como no es sencillo identificar el comienzo del contagio, ni el devenir que manifestará. (¿Cómo saber cuál es el paciente cero en una pandemia?). Uno se entera si ya aconteció el contagio, cuando empiezan a manifestarse los síntomas en el cuerpo y en el alma, en la somateca, diría Preciado (2022). Y si es que hay un agente viral, de ninguna manera es un bicho ni es externo, es algo más bien intangible (como, por ejemplo, el deseo). II. Guardapolvos y camisetas A fines del siglo XIX, con la llegada de la escolaridad pública y obligatoria, se impusieron en Argentina los guardapolvos blancos. Desde las perspectivas críticas de la educación, se leyeron como una forma de homogeneización forzada para toda la niñez (y para las maestras). Blancura sospechosamente similar a una impostura; uniformidad no elegida, sino derramada de arriba hacia abajo, que busca tapar y ocultar las sucias diferencias. Frente a esto, se puede inferir una primera intuición: el guardapolvo funciona como campaña de vacunación. Es ordenado (en el doble sentido del término) desde las más altas esferas de lo gubernamental, como una acción obligatoria, totalizante, higienizante, sanitizante, blanqueadora. El objetivo de esta campaña es interiorizar el orden, incorporar rituales, valorizar las jerarquías, servir voluntariamente, amar la obediencia, contener la alegría, ser útil, dócil y productivo, y, sobre todo, inyectar un importante mensaje: hay que hacer silencio, callar, quedarse quieto, y obedecer todo ordenamiento social e institucional, así sea que se construya sobre la base de injusticias. Un siglo y medio después, justo antes de jugarse la final que ganara la selección argentina de fútbol en Qatar 2022, Pedro Saborido, escritor argentino y gran observador de la cotidianeidad, supo vislumbrar algo muy llamativo: “Estaba viendo la cantidad de camisetas de Messi que había en una plaza. De todas las edades, todos los tamaños. Era casi algo como un acto escolar; en vez de guardapolvos, camisetas de Messi… Pero no un uniforme que derivara de un orden o una imposición, sino de un deseo conjunto, no es que es una regla. Hay un acuerdo de que todos llevemos camisetas argentinas”. ¿Algo desconocido empieza a circular? ¿Una extraña uniformidad heterogénea no impuesta por nadie? Sofía Martínez, periodista deportiva de la Televisión Pública argentina, también lo percibió. Y al culminar la semifinal que le permitió a Argentina acceder a la final del Mundial, se lo compartió a Messi en una entrevista: “Se viene una final del mundo, y si bien todos queremos ganar, quiero decirte que más allá del resultado, hay algo que no te va a sacar nadie: atravesaste a cada uno de los argentinos. De verdad te lo digo: no hay nene que no tenga tu remera, que no sea la original, la trucha, o la inventada, o la imaginaria… De verdad. Marcaste la vida de todos. Y es eso que, para mí, es más grande que cualquier Copa del Mundo. Y eso no te lo va a sacar nadie. Es un agradecimiento por un momento de felicidad tan grande que le hiciste vivir a tanta gente que, de verdad, ojalá te lo lleves en el corazón, porque creo que es más importante que una Copa del Mundo; y eso ya lo tenés. Así que gracias, Capitán”. III. Mensajes-odio y mensajes-amor Un poco de historia reciente. Durante los últimos años, los agentes del orden y sus esbirros formadores de opinión -que tienen un árbol plantado en la cabeza-, intentaron inyectar en la población como si fuera una vacuna, un mensaje-odio contra el cuerpo técnico y la selección. “¿No estamos todos diciendo que queremos un gran proyecto? Armen un buen proyecto de verdad. No hay un proyecto serio para encarar que vaya la selección para un lugar”, opinaba Oscar Ruggeri, ex campeón mundial con Maradona, devenido actualmente en periodista deportivo. “Si tengo que pensar con el corazón, quiero salir campeón de América, morir con Messi. Si tengo que solo pensar, pensar, pensar ¿eh?, digo no, prefiero hacer las cosas mejor, y que después venga lo que tenga que venir”, afirmaba en 2021 Sebastián Vignolo, otro periodista deportivo. Asimismo, se sostenía en muchos programas que Lionel Messi, Ángel Di María, y el Director Técnico de la selección, Lionel Scaloni, debían renunciar. Uno parecía no dar todo de sí, no jugaba de la misma manera en su equipo que en la selección, parecía más catalán que argentino; otro se lesionaba en momentos clave de las competencias deportivas; el último no estaba a la altura de las circunstancias, por no tener experiencia, y hasta llegó a ser calificado como el peor técnico del mundo. La tristeza avanza, se busca disminuir potencia. En ese contexto, un tuit malicioso, prejuicioso y casi policial, que se metía con la intimidad de uno de los jugadores de esa selección, fue la gota que rebalsó el vaso. El grupo llamó a una conferencia de prensa y anunció, en la voz de su capitán Lionel Messi, que en virtud de las mentiras y las ofensas que se vertían desde los medios contra los jugadores, tomaron la decisión de “no hablar más con la prensa”. Tal fue la embestida, y tan cargada venía de pasiones tristes, que llegó a disminuir la potencia de Messi, haciéndole dudar de su propia capacidad de hacer. En 2016, el capitán del equipo deslizó la posibilidad de renunciar a la selección argentina de fútbol, luego de perder su cuarta final de un torneo. “Es increíble, pero no se da. Es difícil, lo primero que se me viene es que ya está, se terminó para mí la selección. No es para mí. Lo busqué, era lo que más deseaba, no se me dio, pero creo que ya está. Es lo que siento ahora, lo que pienso. Es una tristeza grande”. Al respecto, el escritor Hernán Casciari dice: “No se me ocurre, les juro, no se me ocurre pesadilla más espantosa, que escuchar voces de desprecio que llegan del lugar que más amas en el mundo. No hay dolor más insoportable que oír en la voz de tu hijo, la frase que escuchó Messi de su hijo Thiago cuando tenía 6 años: ‘Papá, ¿por qué te matan en Argentina?’”. Pero esta intención no hizo mella, no se instaló. La vacuna fue aplicada, e incluso se distribuyeron varias dosis, pero no prosperó su mensaje-odio. Por suerte o por desgracia, las campañas de vacunación tienen sus límites, e incluso a veces se ven contrarrestadas por otra clase de campañas. Es así que, frente a la posibilidad de la renuncia, surgió una campaña denominada “No te vayas Lío”, que promovió la circulación de toda clase de mensajes-amor: “Algunas veces se gana y algunas veces se pierde. Y lo que importa es divertirse. Así que Messi, no te vayas a tu casa”, le dice un niño. “Por favor, no renuncies. No les hagas creer que en este país sólo importa ganar y ser primero. No les muestres que por más éxitos que uno coseche en la vida, nunca terminará de conformar a los demás. Y peor aún, no les hagas sentir que deben vivir para conformar a los otros”, le dice una docente. Incontables mensajes, videos, posteos y demostraciones de afecto influyeron para que Messi diera marcha atrás con su idea, para así dejarle en claro a los/as chicos/as que no crean que rendirse es una opción en la vida. (Los afectos son moleculares, no pueden comprarse, no pueden venderse, no se los puede subsumir a un ordenamiento jerárquico). IV. Vacunas y virus Y Messi se fue y no se fue, se quedó y volvió, y Argentina salió campeón de la Copa América en 2021, en el Maracaná y frente a Brasil. No podía imaginarse un escenario mejor. Apenas culminado el encuentro, Neymar, amigo y compañero de Messi, festejaba en la cancha con él, a pesar de haber perdido y ser subcampeón. Y en medio de la alegría y el desahogo, algunos cantos del equipo fueron dirigidos, por qué no, a ese periodismo odiador. Como señaló Saborido, incluso desde antes de que se inicie el Mundial de Qatar, lo que se ve tanto en el país como en otras partes del mundo, es que las camisetas de Messi proliferan, se multiplican por todos lados, cual virus. Aparecen videos de niños de distintas partes del mundo que se fabrican su propia camiseta del 10, así sea con bolsas de nylon. (Un gran foco de contagio ocurrió en Bangladesh, país que optó alentar a Argentina durante el Mundial). Cuando se lo mira de arriba y se piensa desde lo molar, el índice de contagios aumenta de forma preocupante. Algo se esparce entre la gente, y no es el mensaje que se intentó inyectar; algo circula en la comunidad, y no son las palabras que repitieron en diferentes tonalidades de enojo, y hasta el hartazgo, periodistas de algunos canales televisivos monopólicos. Lo que se ve en las plazas no fue definido por los más altos niveles jerárquicos. Crece desde el pie, como el yuyo, como la mala hierba; se contagia cuerpo a cuerpo, como el resfrío; se potencia con alegría, como la risa; se multiplica de forma rizomática, como la pandemia. “Estamos viviendo una anomalía, una extraña anormalidad. Es muy poco previsible: ¿alguien pensó que iba a vivir algo así estos días?”, se pregunta Saborido. Y agrega: “Nuestro último casi consenso fue una pandemia; lo último que nos unió fue aplaudir médicos”. Así las cosas, surge una segunda intuición que podría explicarlo todo: Messi no es un perro -como afirmaba hace unos años Hernán Casciari-; Messi es un virus. (O podría explicar al menos por qué emergieron rápidamente agentes del orden y de la higiene pública, buscando parar a Messi, como si fuera una peste). Con todo lo dicho, no se pretende devenir anti-vacuna, pero sí empezar a contemplar que, en algunos casos, está bueno hacerse contagiar de ciertos virus. V. Callar y hablar Encima de todo esto, en medio de esta novedosa y original pandemia albiceleste, en donde el 10 se inscribe en el pecho y en la espalda de la enorme mayoría de la Argentina; en medio de una triste campaña de vacunación que se desgrana, se desmorona y no puede detener su declive, a Messi se le ocurre hablar. Luego del partido por cuartos de final del Mundial contra Países Bajos, y teniendo aún presente la sanción que le aplicaron por haber criticado a la Conmebol en la Copa América 2021, el capitán calla y habla al mismo tiempo –esto es perfectamente posible- sobre el vergonzoso arbitraje que hubo que padecer en ese encuentro deportivo: “Creo que la FIFA tiene que rever eso: no puede poner un árbitro así para esta instancia de partidos, para un partido de tanta semejanza (sic), un partido tan importante y que el árbitro no esté a la altura. No quiero hablar del árbitro porque después viste cómo es, te sancionan, no podés ser sincero, no podés decir lo que pensás”. Además, el técnico de Países Bajos, famoso por discriminar, maltratar y humillar, entre otros latinos, a tres de los mejores jugadores sudamericanos (como son Messi, Di María y Riquelme), fue objeto de un acto de justicia poética: una vez finalizado el encuentro, y aun dentro del campo de juego, el capitán de la selección osó realizar el famoso gesto del Topo Yiyo inventado por Juan Román. Se lo vio a Messi parado, quieto, con las manos detrás de las orejas y con la mirada fija en el banco de Van Gaal. Además, ya con palabras, le hizo saber que no es respetuoso criticar al adversario antes de un partido. Todo un acto de insumisión y rebeldía frente a los intentos de imposición de los aplastantes mensajes-vacuna. Casi como si se dijera, “si prestas atención, no está solo tu autoritaria y opresiva voz”; “quisiera seguir escuchando lo que decías, pero la alegría de la gente me lo dificulta”. Y como frutilla del postre, luego del triunfo que situaba a Argentina directamente en la semifinal, Messi tuvo que alejar del sector en donde los jugadores de la selección brindaban entrevistas, a un futbolista de Países Bajos, justamente uno de los que no habían dejado de provocar a los argentinos ni siquiera cuando ya había finalizado el partido. Frente a las cámaras de la televisión que transmitían para todo el mundo, le dijo a Wout Weghorst una frase ya imborrable: “Qué mirá’, bobo, andá pa’llá, bobo”. Como dice Hernán Casciari en su relato “Lionel y su valija”, no solo habló quien respondía habitualmente con unos pocos monosílabos y algún que otro ‘gracias’ (actitud elogiosa desde la perspectiva de quienes viven de la sumisión ajena), sino que, sobre todo, lo que dijo despejó toda duda acerca de su acento y su nacionalidad: “fue una frase perfecta, porque se comió todas las “s”, y porque su yeísmo sigue intacto”. VI. Vigilar y castigar ¿El capitán de la selección, famoso por ser de perfil bajo y de pocas palabras, se estaba rebelando? ¿Podría esta actitud insumisa devenir viral? ¿Está en riesgo el orden, la obediencia, el guardar silencio? Por si las moscas, los agentes del orden consideran que se requiere de una rápida vigilancia sanitaria y, llegado el caso, de un expeditivo castigo ejemplar. Y aparecen los primeros intentos por reestablecer el orden jerárquico que tanta tranquilidad le genera a quienes gobiernan mediante el miedo y la tristeza (se sabe que, frente a un riesgo de pandemia, reaccionar a tiempo es crucial). Al otro día del partido, un tal Cristian Grosso, periodista del diario La Nación, publicó un mensaje-sanción. Allí tilda a Messi de “futbolista extraordinario”, pero también de “hombre vulgar”, “descortés”, “irrespetuoso”, un hombre que se intoxicó de idolatría y que ahora se dirige “con desprecio a sus adversarios”. De paso, calificó al equipo argentino como “pendenciero”, “errático”, “maleducado”, “no confiable”, “reprochable”, y hasta reclamó como si hubiese nacido en Europa por la no expulsión de algunos jugadores argentinos. Pero una vez más, ocurrió algo no previsto: la vacuna no generó anticuerpos; no hubo ni una sola voz que se hubiera atrevido a apoyar este vergonzoso intento de encausamiento. Y, aun escribiendo desde un clima de miedo y tristeza, este tal Cristian supo ver algo completamente cierto: “El equipo es indómito, feroz e impresiona el contrato grupal”; “Messi dinamiza y contagia”, dijo, sin saber lo que decía, sin ver que justamente daba en el clavo de lo que más le atemorizaba. ¡Qué groso! Algo similar había sufrido Marcelo Bielsa –y surgido de Newell´s igual que Messi y Scaloni-, cuando fue Director Técnico de la selección veinte años atrás. Durante este período, ejerció su función sin dar entrevistas individuales a ningún medio de comunicación, a ningún programa, ni a ningún periodista, pero realizando largas conferencias de prensa en donde atendía a todos los medios por igual. El periodista deportivo Horacio Pagani, sumamente criticado por su rol en el monopólico multimedio Clarín durante la época de la dictadura cívico-militar argentina (1976-1983), llegó a decir durante un programa de televisión: “¿Cómo no me va a atender una charla privada? Bielsa, Técnico de la selección argentina, que vino de afuera y que nadie lo conocía, no me atiende a mí, que hace 40 años que laburo, para saber de qué se trata, se tiene que ir pa’ fuera. ¡Le pagan para atender a la prensa!”, cerró, buscando sin éxito contener su furia. (El periodismo se cree el tronco del árbol, y todos los demás serían solo ramas que se encauzan o, llegado el caso, habría que podar). Pero esa triste editorial destinada a encauzar conductas no fue lo único que generó la frase de Messi. Al otro día se vendían tazas, camisetas, remeras, banderas, y todo tipo de objetos con la frase impresa en ellos. El mensaje-rebeldía se viralizaba. Al mismo tiempo, un poeta tucumano, Federico García Hamilton, compartió en Facebook y WhatsApp una suerte de poema dedicado a los dichos del capitán de la selección, titulado “Dos palabras tremendas”. Y una vez más, aprovechando el nuevo fracaso de la vacuna-orden, aparece lo imprevisible de lo viral: él lo escribió para sus amigos, pero el poema se escapa y llega a cada celular, a cada red social, a cada medio de comunicación. Pero no como algo impuesto, molar, sino circulando afectuosamente de teléfono en teléfono, de forma rizomática y molecular. El escrito se reenvía a quien se supone que podría generarle una sonrisa: Dos palabras tremendas Hay dos palabras tremendas que se han echado a volar y han dado la vuelta al mundo en segundos, nada más. Tal vez sean guaraníes por la forma de acentuar, por sonar como un flechazo, por su olor a litoral. Más ruidosas que una bomba, más bravas que yarará, veloces como una bala, filosas como un puñal. Le recuerdo, por las dudas -y no lo olvide jamás-, son como balas de plata, ¡solo una vez se han de usar! Por si un día las precisa le sugiero, anotelás, estas son las dos palabras: Quemirá y Andapayá. VII. Alegría y tristeza La estrategia utilizada por ciertos medios de comunicación y por algunos referentes políticos fue la siguiente: la selección debía fracasar; el ánimo debía ser triste; el clima, tenso; el sentimiento, de indignación. Se buscó que haya derrotas, renuncias, huidas, vergüenza, humillación; se pretendió que la gente pida que rodasen cabezas. “Al Chiqui Tapia se lo querían llevar puesto, y un grupo de periodistas avalados por empresas fuertes internacionales y fuertes poderes de afuera, querían tener su propio sistema para manejar todo: hotelería cuando hay Mundial, los viajes de la selección, derechos del fútbol, marcas, partidos amistosos, etc., etc., etc.”, denunció el periodista Alejandro Fantino. Pero cuando todo este embate evidenció su fracaso, cuando por fin el grupo liderado por Messi salió campeón del mundo, comenzó una nueva campaña: ahora para que los jugadores y el cuerpo técnico no se encuentren con el presidente de la Nación. (Convenía aislar la alegría, no sea cosa que el triunfo y la alegría de unos se extendiera por contagio hacia los políticos que los recibiesen). Ahora, ¿a quién se le ocurre vivir su vida así, y hacerle transitar semejantes padecimientos a los demás? Primero Spinoza, un filósofo holandés, y luego Nietzsche, un filósofo alemán, supieron situar con maestría, que hay figuras que requieren de un régimen de tristeza para poder ejercer su función. Dan algunos ejemplos, como el tirano y el sacerdote. Utilizando la culpa y el miedo, resaltando los errores y los fracasos, esta clase de personajes busca inyectar tristeza en la gente, porque eso les resta potencia, hace dudar de las capacidades y disminuye la capacidad de obrar, lo cual es muy propicio para ganar la tan ansiada docilidad y obediencia. En medio de la tristeza, lo molecular se ve coagulado, y lo molar, favorecido. No es casual que la canción “Muchachos”, escrita por un hincha argentino, Fernando Romero, y que luego se viralizara sin la intervención de ninguna de todas las instancias de poder, habla de la ilusión que despierta este grupo. Pero el virus-Messi no se quedó aislado como si fuera un espécimen de laboratorio, se escapó y quedó fuera de control. Encontró una salida y contagió, no solo a sus compañeros y a su cuerpo técnico, sino principalmente a la gente. Es por ello que resulta tan audaz que, ante las cámaras, el arquero de la selección, Emiliano “Dibu” Martínez, diga que él atajaba para 45 millones de argentinos, al tiempo que Messi agrega que jugaban para alegrar a la gente, mientras agradecía todo el apoyo. ¿En serio los jugadores afirmaban eso? ¿Cómo soportar tanta irreverencia? ¿Cómo que importa más la alegría de 45 millones de personas, que los intereses económicos y políticos de un puñado de directivos de medios, CEO de empresas, testaferros varios y ciertos referentes políticos? En estas circunstancias, es intrascendente si se gana o no una tercera estrella; importa más detener de una vez por todas la circulación y el contagio de este peligroso virus. VIII. Estrellas y estrellados Pero, al final, la selección argentina ganó el Mundial de Qatar 2022, lo cual representó la tercera estrella para el país (junto con la de Argentina ’78 y México ‘86). Aunque increíblemente un puñado de argentinos que no estaba feliz, las felicitaciones llegaban desde todos los rincones del mundo: Neymar (jugador de Brasil), Mario Götze (jugador alemán), Luis Suárez (jugador uruguayo) y Canelo Álvarez (boxeador mexicano), felicitaron a Messi, Arturo Vidal (jugador chileno), festejó con la camiseta argentina, y hasta Cristiano Ronaldo (jugador portugués), manifestó que admiraba a Messi. También festejaban actores y actrices de Hollywood. Lo molecular se expandió y horadó desde abajo a lo molar, haciéndolo tambalear hasta caer. Todas las campañas de tristeza llevadas adelante, se estrellaron contra la tercera estrella, y todos los mensajes-vacuna, mensaje-odio, y mensajes-sanción, no lograron los efectos buscados. La alegría triunfó, y 5 millones de personas fueron a recibir a la selección en su regreso al país. (Alrededor de uno de cada 10 habitantes de la nación pretendía disfrutar, aunque sea, de un mínimo gesto de cercanía con los campeones). Una vez ganada la Copa del Mundo, Messi compartió un mensaje-alegría que también fue claramente un aprendizaje personal y grupal: “Muchas veces el fracaso es parte del camino. Y del aprendizaje. Y sin las decepciones, es imposible que lleguen los éxitos. Muchas gracias de corazón”. Y entonces se entiende el verdadero riesgo del virus-Messi: alguien que fue proclamado dios del fútbol por los medios internacionales, resalta con humildad la unidad del grupo, destaca el trabajo serio del cuerpo técnico, y deja en claro que no todo es ganar y alcanzar el supuesto éxito. Además, agradece de corazón el apoyo y el afecto de la gente. Y este mensaje viene justamente de parte de alguien que, llegado el caso, es capaz de no hablar más con la prensa, de pararse frente a todo el mundo para señalar y dejar en evidencia a alguien discriminador y violento; de criticar la pésima organización de los torneos internacionales en los que participa, y hasta de mandar “pa’llá” en vivo y en directo a un prepotente inquisidor. Estos mensajes-alegría, estos mensajes-amor, moleculares y rizomáticos, son como un virus que se transmite cuerpo a cuerpo, requieren de encuentros, de abrazos y de risas. Y es esperable que desde lo molar se organicen campañas de odio y tristeza para que no prosperen. De otro modo, la gente contagiada por esta clase de virus vería aumentada su potencia. Y así, podría plantarse frente al orden instituido, se atrevería a hablar cuando se pretenda que reine el silencio y la sumisión; y hasta podría llegar a ilusionarse con que la vida podría ser un poquito mejor, si se empezara a luchar por ello, teniendo en cuenta que, aunque cueste, aunque haya trabas, fracasos, derrotas y decepciones en el camino, al final, a veces, los sueños se cumplen. Referencias bibliográficas Deleuze, G. y Guattari, F. (2002). Micropolítica y segmentariedad. En Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia (pp. 213-237). Rosario: Flor de Pétalos Infinita. Preciado, P. (2022). Dysphoria mundi. Buenos Aires: Anagrama.
- Vastedad de lo inolvidable / gonzalo sanguinetti
un nombre labró en su garganta un imposible jardín de paciencia cultivó memorias lastimadas de lo inolvidable un nombre ahondó su nombre en la desmesura apenas con manos socavó la espesura de la calamidad y desabismó del mutismo la muerte convidando la lengua del poema un nombre refugió cada fantasma herido en destierro y desaparición labranza obstinada de ternura templada en invencible belleza donde residen quienes nacieron tras recordar lo inolvidable quienes nacerán al arrullo de lo inolvidable recitando otro mundo en una lengua inolvidable un nombre aulló “¿qué has hecho con el amor mientras el otro sufría?” respondió ofrendando su nombre ¿a cuántos nombres da vida un nombre? Vicente Zito Lema a la vastedad de lo inolvidable
- Las nubes pasan, las estrellas quedan / Anne-Marie Norgeu
Cada primavera trae dos debates que terminan en decisiones precarias. En el cuaderno de la secretaría del club podemos leer, entre los puntos del orden del día: ¿Qué hacer con los gatos recién nacidos y los que los vecinos dejan discretamente en la entrada del parque? ¿Hay que comprar vaquitas de San Antonio? Propuestas: Poner un cartel a la entrada de la clínica. Imperativo: “Queda estrictamente prohibido depositar gatitos en las inmediaciones del castillo”. Disuasivo: “Deje aquí sus gatitos sobrantes: nuestros cocineros se encargarán de ellos”. Las mariquitas tienen la reputación de comer los pulgones que dañan los rosales. Parece que se venden por kilo. ¿Cuántos kilos deberíamos comprar para proteger la glorieta que está junto al huerto, teniendo en cuenta que se compone de tantas plantas y que hay que contar tal peso de vaquitas por planta? ¿No sería más económico invertir en larvas para criarlas? Debates acalorados, medio en serio, medio en broma. ¿Preocupaciones irrisorias? No tanto. Estas cuestiones aligeran el ambiente de las reuniones en las que no se quiere insistir necesariamente en problemas rutinarios embarazosos como limpieza, comidas, higiene, lavandería, circulación del dinero, etc. Algunos instantes para preocuparse por la existencia de animales pequeños, por la fragilidad de las rosas, para eludir el malestar, el sufrimiento. Aunque sólo sea por unos momentos, compartir una carcajada, la risa insolente y desdentada de los “perdedores” ante las brutalidades de la enfermedad. Fuente: Norgeu, Anne-Marie (2006) “Las nubes passan, las estrellas quedan". En El castillo de quienes buscan sentidos. La vida cotidiana en la clínica psiquiátrica de La Borde. Traducción del francés de Juan Zavala, Cielo Invertido Ediciones, 2022
- Post Guardia XL / Débora Chevnik
Tres efervescencias institucionales Vidas individualistas hipertrofian una lengua progre: envenenan el común soñar, duermen tranquilas. Pasiones clasificadoras moldean el afán de vivir. Incrustan muerte mientras toman un cafecito. Bocas con dientes dicen no te atiendo. Bocas sin dientes sonríen jubilosas.
- Adynata Enero / vNK
En esta catástrofe conocida como humanidad... En este océano inmenso surcado por barcos cargados con plásticos, trozos de bosques explotados, cuerpos de animales congelados... En esta masa de agua salada donde cada embarcación quiere llegar a "buen" puerto quemando combustibles fósiles sin importar nada... En esta inminente disputa entre todo lo que pulsa para estar vivo y una existencia de consumo y obediencia disfrazada de "elección propia"... En esta debacle de virus y guerras que parecerían haber pasado... En este mar de migraciones forzadas por causas ecoclimáticas y neofascismos 5G... En este océano de datos vueltos correas que saben de nuestro "ser" más que une misme... En este piélago, muchas veces cruel y hostil... En este 2023 que empieza, espero que podamos celebrar que todavía seguimos siendo la madera después de la catástrofe, esa madera que flota y se sabe viva, esa madera que se vuelve una con las aguas y se deja ir... Esa madera noble que, a pesar de su humedad, se enciende y da fuego, esa madera que se sabe celebrada al volverse ceniza, por esa madera que, en tierra, brota y se vuelve fruto y reparo ante el calentamiento global ¡Bien venido 2023!
- Teoría de la ficción como red / Ursula K. Le Guin
En las regiones templadas y tropicales en las que parece que los homínidos evolucionaron para transformarse en seres humanos, el principal alimento de la especie eran los vegetales. Entre un sesenta y cinco y un ochenta por ciento de lo que los humanos comían, en aquellas regiones en el Paleolítico, el Neolítico y los tiempos prehistóricos, era recolectado (como cuando decimos cazadores-recolectores); solo en el Ártico extremo era la carne el alimento básico. Los cazadores de mamuts ocupan espectacularmente las paredes de las cuevas y nuestras mentes, pero lo que efectivamente hacíamos para seguir vivos y gordos era recoger semillas, raíces, brotes, pequeñas plantas, hojas, frutos varios y cereales, añadiéndoles insectos y moluscos, y atrapando pájaros, peces, ratas, conejos y otros pequeños animales sin colmillos, para aumentar las proteínas. Y ni siquiera teníamos que trabajar duro para todo aquello –mucho menos duro que los campesinos esclavizados en los campos de otros después de que la agricultura fuera inventada, mucho menos duro que los trabajadores asalariados desde que la civilización fuera inventada. La persona prehistórica típica podía vivir bastante bien trabajando unas quince horas a la semana. Quince horas de trabajo a la semana para sobrevivir dejan un montón de tiempo para otras cosas. Tanto tiempo que es posible que algunos inquietos, que no tuvieran un niño cerca para darles vida, o habilidad haciendo cosas o cocinando o cantando, o pensamientos muy interesantes que pensar, decidieran salir de aventuras y cazar mamuts. Los cazadores habilidosos volverían con un cargamento de carne, un montón de marfil y un relato. La carne no era lo importante. Lo importante era el relato. Es difícil contar un relato verdaderamente apasionante de cómo arranqué una semilla de avena brava de su vaina, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego me rasqué las picaduras de mosquitos, y Ool dijo algo gracioso, y fuimos al arroyo a beber agua y ver las salamandras un rato, y luego encontré otra mata de avena… No, no es comparable, y no puede competir con cómo le di una estocada con mi lanza al enorme flanco peludo, mientras Oob, empalado en el enorme colmillo, se retorcía chillando, y la sangre brotaba por todas partes en borbotones rojos, y Boob fue hecho papilla cuando el mamut le cayó encima, mientras yo disparaba mi certera flecha directa del ojo al cerebro de la bestia. Este relato no solo tiene Acción, también tiene un Héroe. Y los Héroes son poderosos. Antes de que nos demos cuenta, los hombres y mujeres de la mata de avena brava y sus niños y los saberes de los hacedores y los pensamientos de los pensativos y las canciones de los cantores serán parte de ello, serán conminados al servicio del relato del Héroe. Pero este relato no es el de ellos. Es el relato de él. Mientras planificaba el trabajo para el libro que terminó siendo Tres guineas, Virginia Woolf apuntó un encabezado en su cuaderno: “Glosario”. Había pensado en reinventar el inglés de acuerdo con su nuevo plan, para poder contar un relato diferente. Una de las voces en este glosario es heroísmo, definido como “botulismo”. Y héroe, en el diccionario de Woolf, es “botella”: una severa revisión. Propongo ahora la botella como héroe. No solo la botella de ginebra o de vino, sino la botella en su sentido más antiguo de contenedor en general, como algo que contiene otra cosa. Si no tienes dónde ponerla, la comida se te escurrirá, incluso si es algo tan poco combativo y hábil como la avena. Puedes meterte tantas como puedas en el estómago mientras las tengas a mano, siendo la mano el primer contenedor, pero ¿qué pasará mañana por la mañana cuando te despiertes y hace frío y llueve? ¿No estaría bien tener por lo menos un poco de avena para llevarte a la boca y para darle a la pequeña Oom para hacer que se calle? Pero ¿cómo llevar más de un estómago y más de un puñado a casa? Así que te levantas y vas a la maldita mata de avena mojado bajo la lluvia, y ¿no estaría bien poder poner al bebé Oo Oo en algo para que puedas coger avena con ambas manos? Una hoja un calabacín una red una bolsa un cabestrillo un saquito una botella una olla una caja un contenedor. Algo que contenga. Un recipiente. El primer artefacto cultural probablemente fuera un recipiente… Muchos teóricos creen que los primeros inventos culturales debían de ser un contenedor para productos recolectados, y alguna forma de cabestrillo o red. Es lo que dice Elizabeth Fisher en Women’s Creation (McGraw-Hill, 1975). Pero no, esto no puede ser. ¿Dónde está esa maravilla, esa cosa grande, larga, dura, creo que un hueso, con el que el Hombre Mono primero golpeó a alguien en la película, y luego, rugiendo en éxtasis al haber llevado a cabo el primer asesinato, lanzó el hueso al aire, y ahí, girando en el cielo, se convirtió en una nave espacial, penetrando el cosmos para fertilizarlo y producir, al final de la película, un feto precioso (un niño, por supuesto), que flota por la Vía Láctea sin (extrañamente) útero o matriz alguna? No lo sé. Ni siquiera me importa. No es el relato que estoy contando. Lo hemos oído, todos hemos oído de los palos y las lanzas y las espadas, las cosas para atizar y para pinchar y para golpear, las cosas largas, duras, pero todavía no hemos oído de la cosa que sirve para poner cosas dentro, el contenedor para el contenido. Esto es un nuevo relato. Esto es algo nuevo. Pero es, a la vez, algo viejo. Antes – si lo piensas bien, seguramente mucho antes – del arma, una herramienta tardía, ociosa, superflua; mucho antes de los útiles cuchillo y hacha; junto con las indispensables herramientas para machacar, moler, y cavar – porque ¿de qué te sirve cavar un montón de patatas si no tienes nada para llevar las que no te puedas comer a casa? – al mismo tiempo que, o antes de la herramienta que expulsa energía hacia fuera, creamos la herramienta que lleva energía a casa. Esto tiene sentido para mí. Soy una seguidora de lo que Fisher llama la Teoría de la Bolsa de Transporte de la evolución humana. Esta teoría no solo explica grandes zonas de oscuridad teórica, y evita grandes zonas de despropósitos teóricos (en general, habitadas por tigres, zorros, y otros animales muy territoriales); también me ancla a tierra, personalmente, en la cultura humana de una forma de la que nunca me he sentido anclada hasta ahora. Mientras la cultura se explicaba como algo originado en, y desarrollado a partir del uso de objetos largos y duros para pinchar, atizar, y matar, nunca pensé que tuviera, o quisiera tener, nada que ver con ella. (“Lo que Freud confundió con su falta de civilización es la falta de lealtad a la civilización de la muje”, observó Lillian Smith). La sociedad, la civilización de la que estaban hablando estos teóricos, era, evidentemente, la suya. Era su posesión, les gustaba. Eran humanos, completamente humanos, atizando, apuñalando, penetrando, matando. En mi deseo de ser también humana, busqué pruebas de mi humanidad. Pero, si esto era un requisito previo, el crear un arma y matar con ella, entonces yo era o extremadamente defectuosa como ser humano, o no era ser humano en absoluto. Así es, dijeron. Lo que eres es una mujer. Posiblemente en absoluto humana, y ciertamente defectuosa. Ahora guarda silencio mientras seguimos contando el Relato del Ascenso del Hombre Héroe. Seguid, dije, de camino a la avena brava, con Oo Oo en el cabestrillo y con Oom cesto en mano. Seguid contando cómo el mamut se abalanzó sobre Boob y cómo Caín se abalanzó sobre Abel, y cómo cayó la bomba sobre Nagasaki y cómo cayó la gelatina ardiente sobre los habitantes del pueblo, y cómo caerán los misiles sobre el Imperio del Mal, y todos los demás pasos del Ascenso del Hombre. Si es humano poner algo que quieres, porque es útil, comestible, o hermoso, en una bolsa, o un cesto, o en un poco de corteza enrollada o en una hoja, o en una red hecha con tu propio pelo, o lo que sea, y luego llevártelo a casa, siendo la casa otro tipo diferente de saquito o bolsa, un recipiente para personas, y más tarde sacarlo y comértelo o compartirlo o guardarlo para el invierno en un contenedor más sólido, o ponerlo en el botiquín o en el altar o en el museo, en el lugar sagrado, en el área que contiene lo sagrado, y luego al día siguiente probablemente hacer más de lo mismo – si hacer esto es humano, si esto es lo que se pide, entonces, resulta que sí soy humana, a pesar de todo. Completamente, libremente, alegremente, por primera vez. No, huelga decir, un ser humano poco agresivo o poco combativo. Soy una señora mayor enfadada, arreando mi bolso para mantener a raya matones y rufianes. Pero no me considero, ni nadie debería considerarse, heroica por hacer esto. Es simplemente una de esas malditas cosas que tienes que hacer para poder seguir recolectando avena brava y contando relatos. El relato es lo importante. Es el relato el me escondió mi propia humanidad, el relato que contaron los cazadores de mamuts sobre atizar, penetrar, violar, matar, el relato del Héroe. El maravilloso, envenenado relato del Botulismo. El relato del asesino. A veces, parece que este relato está tocando a su fin. Para que no se llegue a la situación de que ya no quede nadie contando relatos, algunos de nosotros aquí entre la avena brava, entre el maíz alienígena, creemos que es mejor empezar a contar otro relato, que quizás la gente pueda seguir desarrollando cuando el antiguo relato haya terminado. Quizás. El problema es que nos hemos permitido ser parte del relato asesino, y puede que su fin también sea el nuestro. Por eso es con cierta sensación de urgencia que busco la naturaleza, el sujeto, las palabras del otro relato, del nunca contado, del relato de la vida. Es un relato extraño, no se nos da con facilidad, no se nos pone en la punta de la lengua con la misma facilidad con la que lo hace el relato asesino. Aun así, “nunca contado” fue una exageración. La gente lleva siglos contando el relato de la vida, en muchos tipos de palabras y maneras. Mitos de creación y transformación, relatos de picaresca, cuentos folclóricos, bromas, novelas. La novela es un tipo de relato fundamentalmente anti-heroico. Por supuesto que el Héroe se ha apoderado de la novela con frecuencia, siendo así su naturaleza imperial y su impulso irrefrenable, para tomar todo y gobernarlo con duros decretos y leyes para controlar su incontrolable impulso de asesinarlo. Así que el Héroe ha decretado a través de sus portavoces, los Legisladores, primero, que la forma adecuada de la narrativa es la de la flecha o la lanza, que comienza aquí y va recta hacia allí y ¡ZAS! da en su blanco (que cae muerto); segundo, que la preocupación central de la narrativa, incluida la novela, es el conflicto; y en tercer lugar, que el relato no vale para nada si él no figura como protagonista. Estoy en desacuerdo con todo esto. Diría incluso que la forma natural, correcta, adecuada de la novela quizás sea la de un saco, o una bolsa. Un libro contiene palabras. Las palabras contienen cosas. Portan significados. Una novela es un botiquín, que contiene cosas en una relación particular, poderosa, entre sí, y con nosotros. Una relación posible entre elementos en una novela bien podría ser la de un conflicto, pero reducir la narrativa al conflicto es absurdo. (He leído un manual de cómo escribir que decía “Un relato debe entenderse como una batalla”, y luego hablaba de estrategias, ataques, victoria, etc.). El conflicto, la competición, la presión, la lucha, etc., dentro de una narrativa concebida como una bolsa/vientre/caja/hogar/botiquín, podrían ser vistos como elementos necesarios de un todo que, en sí, no se puede caracterizar ni como un conflicto ni como armonía, ya que su propósito no es ni la resolución ni la inmovilidad, sino un proceso continuado. Finalmente, está claro que el Héroe no queda bien en esta bolsa. Necesita un escenario, o un pedestal, o una cima. Lo metes en una bolsa y parece un conejo, o una patata. Por eso me gustan las novelas: en lugar de héroes, contienen personas. Así que, cuando comencé a escribir novelas de ciencia ficción, llegué arrastrando este saco grande y pesado lleno de cosas, mi bolsa llena de peleles y patosos, y pequeños granos de cosas más pequeñas que un grano de mostaza, y redes intricadas que, al ser laboriosamente desenhebradas, dejan ver que contienen un guijarro azul, un cronómetro impertérrito que marca la hora en otro mundo, y la calavera de un ratón; lleno de principios sin finales, de iniciaciones, de pérdidas, de transformaciones y traducciones, y muchos más trucos que conflictos, muchos menos triunfos que trampas y espejismos; lleno de naves espaciales que se quedan encalladas, misiones que fracasan, gente que no entiende. Dije que era difícil contar un relato apasionante de cómo sacamos la avena brava de sus vainas, no dije que fuera imposible. ¿Quién dijo que escribir una novela fuera fácil? Si la ciencia ficción es la mitología de la tecnología moderna, entonces su mito es trágico. La “tecnología”, o la “ciencia moderna” (uso estas palabras de la manera común, como una abreviatura no-cuestionada de ciencias “exactas” y alta tecnología fundadas sobre un crecimiento económico continuo), es una gesta heroica, hercúlea, prometeica, concebida como un triunfo, y, por tanto, finalmente una tragedia. La ficción que da cuerpo a este mito será, y ha sido, triunfadora (el Hombre conquista la tierra, el espacio, los alienígenas, la muerte, el futuro, etc.) y trágica (Apocalipsis, Holocausto, entonces o ahora). Si, en cambio, una evita el modo linear, progresivo, de flecha-que-mata-el-Tiempo de lo tecno-heroico, y redefine la tecnología y la ciencia como fundamentalmente una bolsa de transporte más que como un arma de dominación, un agradable efecto secundario de esto es que la ciencia ficción puede ser entendida como un campo mucho menos rígido y estrecho, no necesariamente prometeica o apocalíptica en absoluto, y, de hecho, un género mucho menos mitológico que realista. Es un realismo extraño, pero es que es una realidad extraña. La ciencia ficción, concebida de la manera correcta, como toda ficción seria, por muy humorística que pueda resultar, es una manera de intentar describir qué está pasando realmente, qué es lo que la gente realmente hace y siente, cómo se relaciona la gente con todo lo demás en este apilamiento, este vientre del universo, este útero de cosas por venir y tumba de cosas que fueron, este relato sin fin. En ella, como en toda ficción, hay espacio suficiente para mantener incluso al Hombre en el lugar que le corresponde, en su lugar en el esquema general de las cosas; hay tiempo suficiente para recoger mucha avena brava y también para sembrarla, y para cantar al pequeño Oom, y para escuchar el chiste de Ool, y para mirar las salamandras, y el relato todavía no ha terminado. Todavía quedan semillas por recolectar, y todavía queda espacio en la bolsa de estrellas. Fuente: Le Guin, Úrsula (1986). En The Carrier Bag Theory of Fiction. https://theanarchistlibrary.org/library/ursula-k-le-guin-the-carrier-bag-theory-of-fiction | Traducción: Kamen Nedev, con la colaboración de José Pérez de Lama
- Aullemos / Verónica Scardamaglia
Dedicada a ese horizonte ético llamado Vicente Zito Lema Cuando toda palabra nos resulte tan corta que tartamudeemos de tristeza. Cada vez que se nos estruje el pecho y quedemos garganta en mano. Aunque nos sintamos sin fuerzas de tanto despertar de madrugada, aullemos poesías. Ya sea sólo como mueca ahogada o con esa mezcla extraña, cada tanto descontrolada, de lágrimas y mocos. Aún como apunadas por tanta congoja y mientras muchxs celebran navidades y mundiales. Aullemos con el cuerpo conmocionado por dolor, por rabia o por extrañar. Aullemos en esos momentos donde una melodía o una palabra desatan recuerdos. Aullemos bajo el aroma de un tilo, inventando un ciruelo, mirando la infinidad de la arena, las múltiples texturas del verde, en medio del barullo anónimo del colectivo o en pleno ir y venir del hogar. Aullemos más fuerte ante la imposibilidad de volver a escuchar esa voz y cuando no queremos escucharla y también cuando ya no la recordemos. Aullemos, aullemos poesías con los ojos rojos e hinchados y también cansados y sorprendidos. Con el pecho pleno y aireado y contenido o inquieto. Con la frescura del viento en alguna noche insomne, en alguna mañana en la que sólo se escuchan los pájaros, tal vez los juegos del mar, tal vez el viento. Aullemos poesías cada vez que alguna injusticia pretenda quitarnos la belleza y luchando contra ella, descaradamente. No paremos de aullar el poeta nos está acompañando, pícaro, nostálgico, vehemente y caprichoso, en estos y en aquellos aullidos y, sobre todo, porque cómo tantas otras cosas, él nos lo enseñó aún antes de volverse lobo ¿lo escuchan?
- Mucho más allá / Alejandra Pizarnik
¿Y si nos vamos anticipando de sonrisa en sonrisa hasta la última esperanza? ¿Y qué? ¿Y qué me das a mí, a mí que he perdido mi nombre, el nombre que me era dulce sustancia en épocas remotas, cuando yo no era yo sino una niña engañada por su sangre? ¿A qué, a qué este deshacerme, este desangrarme, este desplumarme, este desequilibrarme si mi realidad retrocede como empujada por una ametralladora y de pronto se lanza a correr, aunque igual la alcanzan, hasta que cae a mis pies como un ave muerta? Quisiera hablar de la vida. Pues esto es la vida, este aullido, este clavarse las uñas en el pecho, este arrancarse la cabellera a puñados, este escupirse a los propios ojos, sólo por decir, sólo por ver si se puede decir: «¿es que yo soy? ¿verdad que sí? ¿no es verdad que yo existo y no soy la pesadilla de una bestia?». Y con las manos embarradas golpeamos a las puertas del amor. Y con la conciencia cubierta de sucios y hermosos velos, pedimos por Dios. Y con las sienes restallantes de imbécil soberbia tomamos de la cintura a la vida y pateamos de soslayo a la muerte. Pues esto es lo que hacemos. Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa hasta la última esperanza. Fuente: Las aventuras perdidas (1958) Ed Altamar. Poesía completa Ed. Lumen
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











