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  • Discurso del no método / Julio Cortázar

    Discurso del no método, método del no discurso y así vamos. Lo mejor: no empezar, arrimarse por donde se pueda. Ninguna cronología, baraja tan mezclada que no vale la pena. Cuando haya fechas al pie, las pondré. O no. Lugares, nombres. O no. De todas maneras vos también decidirás lo que te dé la gana. La vida: hacer dedo, auto-stop, hitchhicking: se da o no se da, igual los libros que las carreteras. Ahí viene uno. ¿Nos lleva, nos deja plantados? * publicado en Salvo el crepúsculo. Ed. Alfaguara, Buenos Aires, 1996.

  • Post Guardia XXX / Débora Chevnik

    Desguiones escriben cuentos La ambulancia trae una paciente a la guardia. El profesional que hace el traslado dice que tuvo una excitación psicomotriz en el hogar donde vive. Y que eso se viene repitiendo estos últimos días. Pasan al consultorio... (cómo escribirlo...? la nena?, la paciente?, la pibita?, la excitada psicomotriz, la trasladada por la ambulancia de las emergencias?, la de la repetición hasta que alguien escuche?) ella y la operadora del hogar que la acompaña. La nena acepta sin ningún problema el barbijo que le damos del hospital. Y sin ningún problema se pone el suyo arriba, lleno de lentejuelas, no le faltaba ni una. El sentido común nos guiona el inicio de la (cómo decirlo...? entrevista, evaluación?, valoración psiquiátrica?, evaluación psicosocial?, conversación?, momento de aún no sabemos qué porque aún está en potencia, aún está por ocurrir?) situación. ¿Qué pasó, por qué vinieron al hospital? Pícara, levanta los brazos y hace un gesto como de qué-se-yo con las manos y con la cara. La acompañante, a punto de responder, probablemente con el guion prêt-à-porter de excitación psicomotriz y trastorno de conducta. Algo pasa y nos desguionamos. - Ya que estás acá...tenés ganas que charlemos un ratito? - Si. - Dale! De algo en especial? - Si, quiero un cuento. - Cuál? - El del pirata. - Qué onda, sabemos algo del pirata? - Se iba en barco a francia, con amigos, a buscar un tesoro. Antes era médico. - Edad? - 14. Y tiene una amiga de 12 y cuatro amigos de 14, 16, 19 y 11. - Llevaban música en el barco? - Tenían una guitarra. - En francia tocaban en la plaza? - No. La mamá les mandaba plata. El cuento que (cómo sería...? íbamos contando?, nos iba contando?, iba vertebrando ese rato en el que algo podía advenir?) hilvanaba tierras de por aquí y mares de por allá se interrumpe (momentáneamente). La acompañante cuenta que la pibita va a un baño del hogar que no está habilitado y que con una amiga se meten en la bañadera. Y que no acepta límites y que tiene que entender que no lo puede hacer. Es invierno y hace frío. Eso no tiene nada que ver con lo que importa. Bañadera llena con agua fría, amiga y baño inhabilitado es mar bravío para una institución que gusta más de aguas mansas. La pibita dice que para ella ese lugar es la tranquilidad. Muy terminante le dice a la acompañante que ella no es quién para decirle qué hacer porque no es su mamá. La nena cuenta que descubrió ese lugar hace poquitos días. Recuerda día y hora.

  • Lo peor todavía está por llegar / Leonardo Boff

    Las grandes crecidas que han ocurrido en Alemania y en Bélgica en julio, mes del verano europeo, causando cientos de víctimas, asociadas a una ola de calor abrupto que en algunos lugares ha llegado a más de 50 grados, nos obliga a pensar y a tomar decisiones con vistas al equilibrio de la Tierra. Algunos analistas han llegado a decir: la Tierra no solo se ha calentado; en algunos sitios se ha vuelto un horno. Esto significa que decenas de organismos vivos no consiguen adaptarse y acaban muriendo. Actualmente el calentamiento que tenemos subió en el último siglo más de un grado Celsius. Si llegase, como está previsto, a dos grados, cerca de un millón de especies vivas estarán al borde de su desaparición, después de millones de años viviendo en este planeta. Entendemos la resignación y el escepticismo de muchos meteorólogos y cosmólogos que afirman que estamos llegando demasiado tarde a combatir el calentamiento global. No estamos yendo a su encuentro, estamos ya gravemente dentro de él. Argumentan, desolados, que es poco lo que se puede hacer, pues el dióxido de carbono ya está excesivamente acumulado, ya que permanece en la atmósfera de 100 a 120 años, agravado por el metano, 20 veces más tóxico, aunque permanezca poco tiempo en el aire. Para sorpresa general, este último irrumpió debido al deshielo de los cascos polares y del permafrost que va desde Canadá y atraviesa toda Siberia. Y hace crecer el calentamiento global. La irrupción de la Covid-19, por ser planetaria, nos obliga a pensar y a actuar de modo diferente. Es sabido que la pandemia es consecuencia del antropoceno, es decir, del excesivo avance agresivo del sistema imperante, basado en el lucro ilimitado. Él ha sobrepasado los límites soportables de la Tierra, por la deforestación al estilo de Ricardo Salles/Bolsonaro, por el cultivo de monoculturas y por la contaminación general del medio ambiente que han llegado a destruir el hábitat de los virus. Sin saber adónde ir, saltaron a otros animales, inmunes a sus virus, y de estos pasaron a nosotros, que no tenemos esa inmunidad. Vale la pena pensar lo que significa el hecho de que todo el planeta haya sido afectado, por un lado, igualando a todos y, por otro, aumentando las desigualdades, porque la gran mayoría no consigue mantener el aislamiento social, evitar las aglomeraciones, especialmente en el transporte colectivo y en las tiendas. No ha afectado a los demás seres vivos, nuestros animales domésticos. Debemos reconocer que el objetivo éramos nosotros, los seres humanos. La Madre Tierra, reconocida desde los años 70 del siglo pasado como un organismo vivo, Gaia, y aprobada por la ONU (el día 22 de abril de 2009) como verdaderamente Madre-Tierra nos ha enviado una señal y una advertencia: “paren de agredir a todos los ecosistemas que me componen; ya no me están dando tiempo suficiente para que pueda reponer lo que me quitan durante un año y regenerarme”. Como el paradigma vigente todavía considera a la Tierra como un mero medio de producción, en un sentido utilitarista, no está prestando atención a sus advertencias. Ella, como superorganismo vivo que es, nos da señales inequívocas, como ahora, con las grandes crecidas en Europa, el frío excesivo en el hemisferio sur y la gama de virus ya enviados (zica, ébola, chikungunya y otros). Como somos cabezas duras y predomina una clamorosa ausencia de conciencia ecológica, podemos ir al encuentro de un camino sin retorno. Curiosamente, como ya ha sido comentado por otros, “los profetas del neoliberalismo están transformándose en promotores de la economía social porque, ante la catástrofe actual, piensan que ya no será posible hacer lo mismo que antes y será necesario volver a los imperativos sociales”. Lo peor que nos podría suceder es volver a lo de antes, lleno de contradicciones perversas, enemigo de la vida de la naturaleza, indiferente al destino de las grandes mayorías pobres y armándose hasta los dientes con armas de destrucción masiva, absolutamente inútiles frente a los virus. Tenemos forzosamente que cambiar, superar los viejos soberanismos que volvían a los otros países hostiles o sometidos a una feroz competición. El virus mostró que no cuentan para nada los límites de las naciones. Lo que realmente cuenta es la solidaridad entre todos y el cuidado de unos a otros y hacia la naturaleza, para que, preservada, no nos envíe virus todavía peores. Ahora es la nueva era de la Casa Común, dentro de la cual estarán las naciones. David Quamen, el gran especialista en virus, dejó esta advertencia: o cambiamos nuestra relación con la naturaleza siendo respetuosos, sinergéticos y cuidadosos, o en caso contrario ella nos enviará otros virus, tal vez uno tan letal que nuestras vacunas no puedan atacarlo y se lleve a gran parte de la humanidad. Al no detener el calentamiento global y no cambiar de paradigma hacia la naturaleza, conoceremos días peores. Si no podemos detener ya el aumento del calentamiento global, con la ciencia y la técnica que poseemos, podemos por lo menos mitigar sus efectos deletéreos y salvar el máximo de la inmensa biodiversidad del planeta. Como nunca antes en la historia, el destino común está en nuestras manos: debemos escoger entre seguir la misma ruta que nos lleva a un abismo o cambiar forzosamente y garantizar un futuro para todos, más frugal, más solidario y más cuidadoso con la naturaleza y la Casa Común. Hace 30 años que repito esta lección y me siento un profeta en el desierto. Pero cumplo con mi deber que es el de todos los que despertaron un día. Debemos hablar y ahora gritar. Fuente: Nodal, 29 de julio 2021.

  • Hasta morirla / Oliverio Girondo

    Lo palpable lo mórbido el conco fondo ardido los tanturbios las tensas sondas hondas los reflujos las ondas de la carne y sus pistilos núbiles contráctiles y sus anexos nidos los languiformes férvidos subsobornos innúmeros del tacto su mosto azul desnudo cada veta cada vena del sueño del eco de la sangre las somnilocuas noches del alto croar celeste que nos animabisman el soliloquio vértigo cuanto adhiere sin costas al fluir el pulso al rojo cosmogozo y sus vaciados rostros y sus cauces hasta morder la tierra lo ignoto noto combo el ver del ser lo ososo los impactos del pasmo de más cuerda cualquier estar en llaga los dones dados donde se internieblan las órbitas los sorbos de la euforia cualquier velar velado con atento esqueleto que se piensa la estéril lela estela el microazar del germen del móvil del encuentro los entonces ya prófugos la busca en sí gratuita los mititos hasta ingerir la tierra todo modo poroso el pozo lato solo del foso inmerso adentro la sed de sed sectaria los finitos abrazos toda boca lo tanto el amor terco a todo el amormor pleamante en colmo brote totem de amor de amor la lacra amor gorgóneo médium olavecabracobra deliquio erecto entero que ulululululula y arpeialibaraña el ego soplo centro hasta exhalar la tierra con sus astroides trinos sus especies y multillamas lenguas y excrecreencias sus buzos lazo lares de complejos incestos entre huesos corrientes sin desagües sus convecinos muertos de memoria su luz de mies desnuda sus axilas de siesta y su giro hondo lodo no menos menos que otros afines cogirantes hasta el destete enteco hasta el destente neutro hasta morirla *publicado en En la masmédula (1954) Editorial Losada, Buenos Aires.

  • Grupos de mujeres / Julieta Kirkwood

    Hacia 1980, las organizaciones y ¡qué decir! las publicaciones de mujeres, apenas hubiéramos podido contarnos con los dedos de la mano izquierda. Ya no es así. Y casi sin exagerar podemos hablar de un amplio y complejo movimiento feminista de clase a clase y de norte a sur. En efecto, en la primera mitad de esta década puede constatarse la emergencia de una nueva presencia político-social en la oposición democrática de Chile: Son los "grupos de mujeres". Con historias, recursos, inicios, tiempos, membrecías, acción y finalidades muy variadas, llevan en común la especialísima característica de estar constituidas para, por y desde las mujeres. Estas agrupaciones dan carne y sentido a un nuevo sujeto político-social. Un sujeto político que, los ojos en el futuro y los pies en el presente, sabe, reconoce que todos/todas contribuimos a gestar los procesos histórico-sociales; y que los gestamos por presencia o por ausencia, a conciencia o sin ella; y que, lo reconozcamos o no, las mujeres también estarnos insertas en la historia y somos parte de la inmovilidad de las transformaciones o de su transformación. Hoy sabemos que tanto aquéllas que observamos desde los balcones, como aquéllas o esas que callarnos detrás de las cortinas, estamos todas insoslayablemente, ineludiblemente avalando con nuestro silencio, construyendo desde nuestro mundillo privado, el proceso que arrasa con la anchura pública de la calle vida y que tarde o temprano sus leyes y sus golpes caerán por encima de nuestros espacios cautelados haciendo artificiosa la línea blanca que separaba lo público de lo privado. Hoy sabemos todo eso porque hemos aprendido muchas cosas a punta de experiencia... Nota: Manuscrito inconcluso cuya segunda parte quedó sin redactar. Estaba siendo escrito por Julieta hacia fines de 1984, poco antes de su muerte a los 47 años. Fuente: “Tejiendo rebeldías” escritos feministas de Julieta Kirkwood hilvanados por Patricia Crispi”.

  • Tarzán en Alaska / Mariano Tejo Arroyo

    La carne está triste, ¡ay!, y he leído todos los libros. Brisa Marina, Mallarmé Roland Barthes se pregunta, escribiendo sobre temas de amor, ¿por qué durar es mejor que arder? Esa pregunta tiene resonancia con otra que realiza Julian Barnes, en su hermoso libro Niveles de vida: ¿preferís estrellarte y arder o arder y estrellarte? Dice Barnes que se aspira continuamente al amor, porque es el punto de encuentro entre la verdad y la magia. Podría agregarse que en ese encuentro maravilloso hay misterio y gracia. Vivir un amor es vivir en estado de gracia, incomparable, inefable, intransmisible. Durar y arder son elogiadas y denostadas como posiciones en el amor. Uno de los problemas del durar es terminar, tarde o temprano, en las estereotipias de la organización del amor, durante el proceso de su construcción. El problema del arder, es quedar dependiente de la pura inmanencia, del instante y la contingencia, y es además, por definición, fugaz, de corto alcance. Las ventajas del durar, si en esa persistencia existen compañerismo y complicidad, permiten construir ciertos ritos necesarios para la supervivencia amorosa, en épocas donde nada del campo social parece tener la capacidad de producir espacios-tiempos con un mínimo de estabilidad, previsibilidad, y descanso del común dolor en tiempos difíciles. Lo hermoso del arder, quizás, sea dejarse llevar en el vivir de una experiencia que es lo más parecido a un milagro. Probablemente no haya respuestas concluyentes y lo que valga, otra vez, sea la potencia de las preguntas ante aparentes alternativas. Gabo Ferro, que practicaba con sensibilidad notables composiciones de amor y de desamor, canta en El extrañante: “Quien no para de guardarse es a quien le va a faltar” Vivir un amor, entre muchas otras cosas, quizás sea practicar la capacidad menos mezquina del dar. En un mundo donde el consumo y el intercambio de mercancías, en las que se incluyen el amor y sus “consejeros y especialistas”, imponen versiones individualistas de cómo entrar y salir exitosamente de un amor, el don es visto como “exponerse”, como riesgo e intercambio de afectos que se suscitanen la experiencia amorosa. Es mal visto como ejercicio incauto que no protege lo “suyo”: la mismidad. Durar o arder. Otra vez la fatigada dicotomía. No parecen compatibles en el largo plazo. Tal vez no lo sean. Pero algo puede mejorarse, en el tránsito de un amor que se está viviendo. Hay ardores sobrevalorados, y también hay momentos que duran y extienden la agonía de lo que no merece perdurar. Una astucia del amor y del desamor, en tiempos de ardor o permanencia, sería poder evitar el estrellarse en querellas cruzadas, en estallidos festivos con ilusión de garantías, en despliegues escénicos de emociones exaltadas, en incendios de odio y rencor. Después del incidente en donde Paul Verlaine le dispara con un arma de fuego, Arthur Rimbaud publica Una temporada en el infierno. Ese escrito evita, de forma inteligente, referirse explícitamente al desenlace violento que tuvieron los amantes. Sin embargo, Rimbaud puede escribir sobre los dolores tumultuosos de sus tempestades de amor. Comienza mencionando antiguas y borrosas alegrías, hoy devenidas en tristes y extrañas realidades: “En otro tiempo, si recuerdo bien, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían [...] Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas, y la encontré amarga. Y la injurié […] Arranco estas pocas páginas odiosas de mi carnet de condenado” . Escaramuzas afectivas en donde el ardor amante no podía hacer durar ningún momento feliz. Sin embargo algo podía; de a ratos y al escribir, fijar vértigos. Del ardor que dura contento, casi nadie habla. Se vive como una alegría que no necesita narrarse y el entendimiento de esos instantes es casi irracional. Logos y eros se acompañan caminando, sin molestarse, sin prisa. Amar, arder, durar,soltar, estrellar, no pueden pensarse como secuencias fijas,pero sí como vibraciones afectivas, a veces coexistentes, a veces secuenciales, de una estadía amorosa. De todas maneras,en cuestiones de amor y de desamor,los cuerpos sensibles pasan por la vivencia del mareo, como Tarzán en Alaska.

  • Post Guardia XXVIII / Débora Chevnik

    La mamá quiere bañarse. Recién al preguntarle si podíamos hacer algo, piensa, y tantea si es posible. No es claro si quería bañarse antes de la pregunta o si la pregunta trajo la imaginación de una lluvia dulce a un cuerpo desnudo, apenas un rato antes de perder a su hijo de once años. Un día antes Alejo había aceptado que volviéramos a visitarlo y le lleváramos un libro de la colección elige tu propia aventura. Le gustaba leer, decidiendo. El libro se lo dejamos a Cielo “para esperar a Alejo” que, en ese momento, ya era el chico más grave de toda la sala. Aun sabiendo de lo improbable, pero también de lo “nunca está todo dicho”, dejamos ese soporte de una suave y decidida obcecación. Cielo llora sola en la sala de espera de terapia intensiva; envuelta con la toalla del nene, sin abrigo para tanta intemperie. No es tan escandaloso no contar con un baño para ofrecer, ni siquiera de canuto. O quizá, si. Haber escuchado “tiene una agitación psicomotriz”, o “la madre es muy demandante”, o “es imposible que le duela algo porque ya está cubierto con medicación”, o “no tiene ningún impedimento para respirar”, es de esos escándalos que no llegan a escándalo. Cada frase retumba. Arrogancias profesionales hacen de observaciones clínicas, verdades irrefutables. Arrogancias y verdades irrefutables estrangulan vidas aunque se erijan profesionales, científicas o vaya a saber qué. Alejo había dicho que le faltaba el aire, que no podía respirar bien, y que no quería que lo revisara esa médica porque no le tenía confianza. Sí confiaba en un médico varón, de nombre parecido al suyo. Pedía “dame algo para tranquilizarme”. Además de la tranquilidad (al)química, ¿alguna dimensión escénica podría recomponer la tranquilidad rota? Alejo había salido de quirófano con el cuerpo más invadido de lo previsto. Tal como las explicaciones médicas afirman, tener dos vías es mejor que una, porque podría ayudar de manera decisiva en un muy probable e inminente momento crítico. Mejor, ¿para quién? El enojo por el imprevisto detonó eso que llamaron “agitación psicomotriz”, que no fue sino la fuerza de un escándalo anodino dejando de ser subterráneo. A Alejo le gustaba que su mamá le leyera cuentos de terror. La mama casi sonriendo decía que ya habían leído todos. Desde Post Guardia mandamos un abrazo al cielo.

  • Un poema de El libro de los divanes / Tamara Kamenszain

    Soñé con Arturo Carrera es un amigo de mi generación literaria me susurraba en italiano palabras al oído era excitante. Usted puede viajar a Italia a ver si ahí encuentra el amor interpreta la analista buscando que acabe Kamenszain la novela de mi vida para que por fin empiece su realidad. Arturo no era Arturo porque nunca en los sueños los que vemos son los que vimos y de mi generación literaria el pasado me impone complicidades guiños contraseñas que los que no estuvieron ahí nunca entenderán. Eso me obliga a hacer siempre el mismo recorrido: psicoanálisis, literatura, teoría, política... y aunque muchos jóvenes se fascinen con nuestra época es un hecho que nosotros tenemos la cabeza quemada. Fuente: Kamenszain, Tamara (2014). El libro de los divanes. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2014

  • Saber estar ahí / Marcelo Percia

    Clínicas respetan momentos de aturdimiento. Consternaciones enmudecidas alojan visiones del desastre de la civilización. Decidió engarrafarse: envuelto en una frazada, se ató a la garrafa con un encendedor en la mano. Hacía tiempo que andaba raro. Había dejado de hacer los cucharones de madera que salía a vender en la plaza. Escuchaba a la vecina llorar cuando el marido la golpeaba. Después de días sin dormir, pidió al tipo que no moleste a la mujer. El otro lo amenazó: la próxima vez que se metiera en su casa lo iba a hacer internar. La noche anterior a engarrafarse durmió bien. Cuando llegó el equipo, gritó que no se acerquen, porque iba a hacer estallar la garrafa. La psicóloga se sentó a dos metros. Estuvieron así horas: en un momento, dijo que se había preparado porque lo querían matar. Dos compañeros acompañaron un rato, callados. Cuando el chofer de la ambulancia ofreció cigarrillos, se soltó de la garrafa para fumar. Acordaron volver al hospital. Aceptó viajar, debajo de la camilla, tomado de la mano de la psicóloga. Fuente: Percia, Marcelo (2017). estancias en común. Ediciones La Cebra. Buenos Aires, 2017.

  • La cuenta del dolor / Vicente Zito Lema

    100.000… El número se vuelve crimen El que calla, otorga… Nunca hay piedad en la desmesura Tanta crueldad espanta Tantos días de muerte sin amor… Todo ocurre como si nada ocurre… Alguna estrella titila en lo alto, otra no… El sol sigue allí, reina en la bóveda perfecta, sin la menor sospecha de negrura… La tierra sí que es negra y pura, El humus da para varias cosechas al año… ¡Buena riqueza! ¡Augurios! / ¡Angurria! (la única propiedad pública son las florecillas celestes al borde del camino…) Los perros no paran de llorar a la luna… Temen las tormentas / los crímenes / el soplo en la nuca de los fantasmas… Sea con luna llena o luna menguante… Lunas de frío o lunas con sangre / los perros lloran y hasta gimen con sus ojos cerrados… igual que los muertos cuando los velan… Nada nuevo nace, todavía… Todo es oscuridad / recelo… Las aguas van lentas por el alba… Sin asombro… mansas… quietas como un diamante… Los potros relinchan por las pampas Galopan / hasta vuelan… sudan, como en los sueños… Llega la mañana, sin anuncios… solo la luz que era roja, o mejor: morada, bien de fruta… Ahora es una luz pálida… Los niños toman la leche / de un trago… Pelean como demonios por la calle / y regalan sus promesas, parecen ángeles… En la escuela juegan y cantan… Pronto aprenderán a sumar los muertos de la Peste… como ayer sumaban las peras y las manzanas (los ríos y los mares) Los muertos son muchos / las manos son pocas Suerte que pronto llegarán las campanas del recreo… Para mañana se esperan vientos moderados… con escasas posibilidades de lluvia… Árido está el cielo / también vacío… Habrá que regar el clavel del aire Las flores y el perfume vienen retrasados… La mujer con vestiduras fúnebres Sobre sus aires de inocencia Ríe sin reír / llora sin llorar… Muestra los dientes y afila su guadaña… En la ciudad del corazón dormido Nadie recuerda la eternidad… Apenas se cuentan los muertos… Julio 2021

  • Una vida inapropiada / Marcelo Percia

    Hablar de una muerte supone la invención de una distancia con el morir. A Horacio González se lo recordará con una imagen de Jeremy Taylor (1667): erraba por los caminos con una antorcha en una mano y un cántaro en la otra. El agua, para apagar el infierno; el fuego, para incendiar el paraíso. El infierno se representa como dolencia sin fin. Mientras el paraíso se imagina como tiempo sin dolor. Ni infierno ni paraíso. Ni tormento eterno ni bienestar plano. Horacio González supo habitar el “ni”. Vicente Zito Lema, en una conversación, leyó palabras de despedida a Horacio González. En un pasaje se refirió a "la buena espera”. Tal vez, en eso consiste lo que se puede ante la muerte: obrar una buena espera. Mientras negaciones y desmentidas actúan como defensas solitarias ante lo insoportable. Mientras hipocresías fingen no ver lo que están viendo. Mientras falsías quieren conservar prerrogativas. Mientras privilegios optan por la ceguera voluntaria. En estos días, despedidas se desprenden el amor de la piel. Se suele decir que, para pensar, cada existencia necesita combatir contra sí misma. Pero, no hace falta pelear contra una ficción. Se necesita partir desde allí. Aventurarse más allá del conocido reflejo de los espejos. Su muerte recuerda esa necesaria rajadura. Pasantes, nada más que eso; aunque todo lo que hacemos procure negarlo. Su muerte disemina la responsabilidad de seguir pensando. Volver a leer sus páginas para interrogar cómo hacerlo. Retomar sus zigzagueos para aprender de los desvíos. Entregarse al vértigo de pensar con la amorosa concentración que le supimos. Horacio González puso en escena un pensar que se desplegaba y replegaba pulsado por azares meditados. Practicó la nocturnidad de una lengua que imitaba desvaríos y ocurrencias de los sueños. Se conoce la versión hiriente del refrán que dice: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Una sentencia que recomienda diferenciarse de la multitud o consolarse en ella para hacer más llevadero un infortunio solitario. Pero no conviene razonar así. Mal de muchas vidas amplifica dolores y entrama tristezas. Mal de muchas vidas detecta privilegios de unos pocos poderes. Mal de muchas vidas moviliza una común revuelta. Horacio González ofició el malditismo pensante. Una obviedad que, sin embargo, necesita volver a decirse: vivir supone convivir. Lo conviviente indica mucho más que una convivencia, desborda la empecinada ficción personal de tener una vida propia. Horacio González practicó una vida inapropiada. Pero, cuánta muerte. Estamos atascados en la tanta muerte. Soledades que sentimos levitan como miniaturas de la historia. Fuente: Revista la Tecl@ Eñe. Buenos Aires, 5 de julio de 2021.

  • Horacio / Alejandro Kaufman

    Duelo. Largos años, ese hábito de cada tanto el compromiso con alguna reunión organizada por Horacio para exponer o presentar, o con alguna publicación donde escribir, o con alguna conferencia, o con alguna entrevista. Siempre una fecha próxima para la que preparar. Ahora la fecha está atrás, pasó, ocurrió lo irrepetible acerca de lo que ya no volverá a suceder. Insondable pena, enojo con el mundo y el lazo social que no lo pudo impedir, resistencia a aceptar lo ineluctable, serenidad perdida frente al recuerdo de un Horacio siempre calmo en el dolor. Después de engendrar océanos el manantial cesó de fluir. Su aura nos interroga sobre qué es lo que cesó de tamaña presencia. Libros, artículos, memorias, afectos, escritos múltiples, hasta videos: todo ello perdurable, destinado como estaba a tal fin. Falta lo que falta con toda ausencia, pero ¿Qué más falta cuando Horacio falta? Hay varios Horacios, el textual, el oral, el performático, el político, el docente, el funcionario, el entrevistador y el entrevistado, y debe haber más. En todos fue hospitalario, afectuoso, escuchador, igualitario, generoso, compañero. En todos se ganó afectos masivos. En ninguno hizo transacciones reprochables y en todos mantuvo una integridad ejemplar. El manantial que cesó de fluir nos interroga con su ausencia. ¿Qué sustrae su ausencia? ¿De qué nos priva? Nos priva de su gravitación como reciprocidad. Se ausentó un sol gnóstico, uno que al atraernos se retrae, se aparta para dejarnos lugar. La exención de toda violencia, jerarquías, barreras, categorías o privilegios que la reciprocidad hace posible es tributaria de su generosidad. Generosidad no es un buen término porque no es concesión ni gracia sino la figuración de un campo gravitacional. Somos acreedores de una instancia conversacional de la que no sabemos qué puede hasta que nos acercamos a su inspiración, a la que nos invita, del modo hospitalario que sabemos. Horacio fue oficiante de lo que llamaba conversación como acontecimiento cultual, como evento del común, no como liturgia recurrente cristalizada. Hablas vivientes, nunca protocolos que seguir. El sistema gravitacional de Horacio -su principio de reunión- no era solar con un centro a cuyo alrededor se circunvalara sino un colectivo de astros recíprocamente girantes respecto de los cuales él era el anfitrión dotado de una intensidad inagotable. El sistema de igualdad que habilitaba no era de simetrías ni de equidades banales sino de fuerzas que se oponían en toda su intensidad sin daño ni sujeciones. Ese era el juego que Horacio era capaz de suscitar, y que esperamos, deseamos que prosiga como el rescoldo estelar que no puede sino acompañarnos en su ausencia. Horacio abogaba por pensar antes que por concluir, por diferir la pena antes que por ejecutarla, por la espera antes que por el juicio sumario. Máquina performática entonces, máquina vanguardista y arqueológica, máquina social, estética y política que no dejó indiferente a nadie que lo leyera o escuchara. En su huella, "intelectual" es una palabra agonística que describe a quien tenga pudor o vergüenza por no saber o por no entender, por lo que entonces lee y escucha para saber y entender. Y después están quienes escriben y hablan sin pudor ni vergüenza: estos viven en el Paraíso. El prodigio cesó, su irradiación es imborrable, aquello que enlazó permanece como suspendido en el aire, un levitar a la espera de su prosecución, de su legado. La muerte sella con su sigilo el tiempo perdido. Suscita cosas tan diferentes: novelas, ensayos, rondas y cavilaciones. También silencios y plegarias. FUENTE: Revista La Tecl@ Eñe - Buenos Aires, 29 de junio de 2021.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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