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  • Las vacunas deben ser un bien común para la humanidad / Vijay Prashad

    Según los informes, casi tres millones de personas han muerto debido al nuevo coronavirus (Sar-CoV-2) y más de 128 millones han sido infectadas por él, muchas de ellas con secuelas de salud a largo plazo. Hasta ahora, alrededor de 1,5% de la población mundial de 7.700 millones de personas ha sido vacunada, pero el 80% de ellas están en solo diez países. En febrero, el Instituto Tricontinental de Investigación Social advirtió sobre el “apartheid médico” que se ha ido configurando con el despliegue de las vacunas. Desde 1950, la Organización Mundial de la Salud (OMS) celebra el Día Mundial de la Salud el 7 de abril. Cada año, la OMS elige un tema diferente para el día, y el año pasado fue “Apoyemos a las enfermeras y matronas”. Este año el tema es “Construyendo un mundo más justo y sano”, apuntando al centro del apartheid médico. El 1 de abril, la Jornada Internacional de Lucha Antiimperialista publicó el “Manifiesto internacional por la vida”, en que se propone suministrar “vacunas gratuitas para toda la población”. El boletín de esta semana está dedicado a nuestra Alerta roja nº 10, que aborda, con la orientación de científicos y médicos, la necesidad de una vacuna de los pueblos. ¿Qué es una vacuna? Las enfermedades infecciosas pueden producir enfermedades graves y muertes. Quienes sobreviven a la infección suelen desarrollar una protección de larga duración contra esa misma enfermedad. Hace alrededor de 150 años, la comunidad científica descubrió que las infecciones son causadas por “gérmenes” microscópicos (que ahora llamamos patógenos), que se pueden propagar desde animales hacia humanos y de una persona a otra. ¿Puede una parte pequeña o debilitada de estos patógenos desencadenar los cambios en el cuerpo que podrían proteger a las personas de una enfermedad grave en el futuro? Este es el principio detrás de las vacunas. Una vacuna, que contiene moléculas microscópicas que imitan partes de un patógeno infeccioso, puede ser inyectada en el cuerpo de una persona sana para activar esta protección preventiva contra la enfermedad. Aunque una vacuna protege sólo a un individuo contra sólo un patógeno, cuando las vacunas se incorporan a programas de vacunación bien organizados y a gran escala, pueden resultar cruciales para intervenciones a nivel comunitario. No todas las infecciones pueden prevenirse con vacunas. A pesar de las grandes inversiones financieras, todavía no tenemos (y puede que nunca tengamos) vacunas confiables para ciertas enfermedades contagiosas —como el VIH y la malaria— debido a la complejidad biológica de estas enfermedades. Ha sido posible acelerar la elaboración de las vacunas contra la covid-19 porque la mayoría de ellas se basan en mecanismos biológicos bien comprendidos en una enfermedad menos compleja. Las vacunas son una medida importante para contener las epidemias infecciosas. Sin embargo, los cambios genéticos en el microbio infeccioso pueden hacer que las vacunas sean inefectivas y se necesiten desarrollar y desplegar nuevas vacunas. ¿Por qué no se están proporcionando las vacunas contra la covid-19 a los 7.700 millones de personas del mundo? Poco después de la aparición del nuevo coronavirus (SAR-CoV-2), las autoridades chinas secuenciaron el virus y compartieron la información en un sitio web público. Científicos de instituciones privadas y públicas se apresuraron a descargar la información para tener una mejor comprensión del virus y encontrar una forma tanto de tratar sus efectos en el cuerpo humano como de crear una vacuna para inmunizar a la gente contra la enfermedad. Hasta este momento, no se había patentado ninguna información. En pocos meses, nueve empresas privadas y públicas anunciaron que tenían candidatas a vacuna: Pfizer/BioNTech, Moderna, AstraZeneca, Novavax, Johnson & Johnson, Sanofi/GSK, Sinovac, Sinopharm y Gamaleya. Las vacunas Sinovac, Sinopharm y Gamaleya son producidas por los sectores públicos chino y ruso (a mediados de marzo, China y Rusia habían suministrado 800 millones de dosis a 41 países). Las otras son producidas por empresas privadas que han recibido un enorme financiamiento público. Moderna, por ejemplo, recibió 2.480 millones de dólares del gobierno estadounidense, mientras Pfizer recibió 548 millones de la Unión Europea y del gobierno alemán. Estas empresas utilizaron financiamiento público para producir las vacunas y luego extrajeron gigantescas ganancias de su venta y aseguraron aún más sus beneficios mediante patentes. Este es un claro ejemplo de lucro con la pandemia. La información sobre los números de vacunas vendidas y transportada a diferentes partes del mundo cambia rápidamente. No obstante, ya se reconoce que muchas de las naciones más pobres no tendrán vacunas para su población antes de 2023, mientras el Norte Global se ha asegurado más vacunas de las que requiere (suficiente para vacunar a su población tres veces más). Canadá, por ejemplo, tiene suficientes dosis para vacunar a su ciudadanía cinco veces. El Norte Global, con menos del 14% de la población mundial, se ha asegurado más de la mitad de las vacunas previstas. Esto es conocido como acaparamiento de vacunas o nacionalismo de la vacuna. Los gobiernos de India y Sudáfrica se acercaron a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en octubre de 2020 para solicitar una suspensión temporal de las obligaciones respecto a las patentes bajo el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC). Si la OMC hubiera aceptado esta suspensión, estos países podrían haber producido versiones genéricas de la vacuna para distribuirlas a bajo costo e impulsar la vacunación masiva. Sin embargo, el Norte Global lideró la oposición a esta propuesta, argumentando que dicha suspensión —incluso en medio de una pandemia— frenaría la investigación y la innovación (a pesar del hecho de que las vacunas fueron desarrolladas en gran medida con dinero público). El Norte Global logró bloquear la solicitud de suspensión en la OMC. En abril de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS), con otros socios, estableció el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19 o COVAX (por su sigla en inglés). El objetivo de COVAX es asegurar un acceso equitativo a las vacunas. El proyecto es liderado por UNICEF; GAVI, la Alianza Mundial para las vacunas y la inmunización; CEPI, la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias; y la OMS. A pesar de que la mayoría de los países del mundo firmaron la alianza COVAX, no se están distribuyendo suficientes vacunas en el Sur Global. Un estudio de diciembre de 2020 concluyó que, durante 2021, casi setenta países solo podrán vacunar a una de cada diez personas. En vez de apoyar la solicitud de India y Sudáfrica por la suspensión, COVAX apoyó una propuesta de agrupación de patentes denominada Acceso mancomunado a la tecnología contra la covid-19 (C-Tap). Este proceso implicaría que dos o más dueños de patentes acordaran conceder licencias de sus patentes entre ellos o a un tercero. Hasta la fecha, COVAX no ha recibido ninguna contribución de parte de compañías farmacéuticas. En mayo de 2020, la OMS propuso establecer un ensayo solidario internacional de la vacuna contra la covid-19, en el que dicha organización coordinaría los centros de ensayo en diversos países. Esto hubiera permitido que candidatas a vacunas emergentes pudieran entrar más rápida y transparentemente a las pruebas clínicas, y que se ensayaran en poblaciones diversas para poder hacer comparaciones de fortalezas y debilidades específicas. Las compañías farmacéuticas multinacionales y los países del Norte Global sofocaron esta propuesta. ¿Qué se necesita para producir vacunas básicas para los 7.700 millones de personas del mundo? La producción de vacunas varía según la plataforma tecnológica requerida para crear la particular imitación de la infección que se utilizará en una vacuna específica. Para las vacunas contra la covid-19 hay muchas plataformas exitosas. Dos de ellas han sido las vacunas de ARN (en el caso de Moderna) y las vacunas de adenovirus (en el caso de AstraZeneca). Ambas son plataformas tecnológicas robustas, lo que significa que si se dispone de los conocimientos técnicos (incluyendo secretos comerciales para la producción de vacunas) y el personal cualificado, y las líneas de manufactura son eficientes y escalables, la vacuna podría producirse para la población. La palabra “si” está en cursiva porque estos son los principales obstáculos que se derivan de la lógica capitalista de derechos de propiedad intelectual y del impulso a largo plazo de debilitar un sector público que gira en torno al bienestar social. Un enfoque intermedio en la producción de vacunas es el que intenta la fabricación a gran escala de imitaciones de proteínas en tanques de fermentación (la vacuna Novavax, por ejemplo, es fabricada así). Para esta plataforma, la capacidad de absorción y el personal cualificado están más extendidos. Sin embargo, los problemas de control y garantía de calidad varían más entre lote y lote, lo que es un obstáculo para una producción masiva descentralizada. Hay un modo mucho más simple de producir vacunas: cultivar el agente infeccioso, desactivarlo (es decir, hacerlo no peligroso), e inyectarlo en el cuerpo (como Covaxin, la vacuna desarrollada por Bharat en India). Pero surgen problemas porque no es fácil desactivar este dañino patógeno y a la vez mantenerlo suficientemente completo para desarrollar anticuerpos. ¿Qué haría falta para administrar vacunas a los 7.700 millones de personas? Para administrar masivamente las vacunas contra la covid-19 en todo el mundo, necesitamos considerar tres elementos: 1) Sistemas de salud públicos. Los programas efectivos de vacunación requieren de un fuerte sistema público de salud, pero estos han sido debilitados por décadas de políticas de austeridad en muchos países del mundo. Por lo tanto, no hay personal cualificado para administrar la vacuna. Como se trata de vacunas delicadas, su preparación y administración debe ser realizada por trabajadores capacitados de salud pública (tanto para asegurar que la vacuna es administrada de manera óptima como para prevenir efectos secundarios). 2) Transporte y cadenas de frío. Dado que no se dispone de líneas de producción nacional y regional de vacunas, estas deben ser transportadas largas distancias. Algunas de ellas requieren de cadenas de frío o congelamiento que son muy poco prácticas en gran parte del Sur Global. 3) Sistemas de monitoreo médico. Finalmente, se necesitan sistemas bien desarrollados para monitorear el impacto de las vacunas. Esto requiere un seguimiento a largo plazo y tanto personal como tecnologías que suelen no estar disponibles en las naciones más pobres, que han sufrido desventajas por mucho tiempo producto del orden económico mundial. Vale la pena leer y difundir la Declaración de Alma-Ata (1978) sobre la atención primaria de salud y la Carta del pueblo para la salud (2000), ambos fuertes pronunciamientos por un abordaje sólido y humano de la atención sanitaria. La última llama a rechazar las “patentes a la vida”, lo que incluye las patentes a vacunas. No hay más alternativa que una vacuna de los pueblos, no hay más alternativa que la vida sobre las ganancias. Vijay Prashad Periodista, historiador y activista indio, es director ejecutivo del Instituto Tricontinental de Investigaciones Sociales y responsable editorial de LeftWord Books. Autor de una treintena de libros, el más reciente de los cuales es No Free Left: The Futures of Indian Communism (Nueva Delhi, LeftWord Books, 2015). Fuente: https://www.sinpermiso.info/textos/las-vacunas-deben-ser-un-bien-comun-para-la-humanidad?s=08 Roger Melis (RDA), Kinder in der Kollwitzstraße [Niñxs en Kollwitzstraße], 1974.

  • Abril Adynata / VPS

    El calendario anuncia pasajes, cambios de estaciones, de climas, de temperaturas aunque las formas que gobiernan lo vivo se repitan e insistan en dañarlo. El daño crece y viaja, punzante e impune, en las redes, en las radios, en los programas de televisión. Insiste en negar que la vida no puede contenerse en el reino del género, la raza, la clase, la ideología. Ya se trate del imperio mayoritario de lo uno, ya se trate de la trampa dicotómica de lo binario. El daño programado ataca. Incendia y devasta vidas, montes y bosques con la vieja excusa del progreso, del negocio del progreso, ya se nombre minería sustentable, autovías, diversidad o como se busque edulcorar, el terricidio avanza. Nos recuerda Simone Weil que “Sólo aquel que ha medido el dominio de la fuerza, y sabe cómo no respetarla, es capaz de amor y justicia.” Quizás con ese saber y aún desde el dolor por tanto daño, un común vivir pulsa en desbordarlo, defenderse y resistir. Solidaridades levantan casas, hacen guardias de cenizas, cortan calles, se vitalizan en asambleas. Denuncian, reclaman y perseveran en hacer visible un común amor por los cuidados de lo vivo. Leemos “Tal vez no en la fuerza, sino en una común debilidad residen las potencias que salvan.”

  • Memorias del futuro / Alejandro Kaufman

    Un segundo 24 de marzo, sustraída la memoria de las calles, no puede sino hacernos pensar en la diferencia entre el anterior 24 de marzo de 2020 y el actual de 2021. Una diferencia consistente en más de 54.000 muertes evitables en un número indeterminable pero proporcionalmente sustancial, según lo que sabemos por lo sucedido en otras partes del mundo. Lo evitable de esas muertes masivas que se siguen produciendo cada día y hasta por momentos de modo creciente, en una primera instancia nos orientan a la cruel militancia del contagio. Medios de comunicación y manifestaciones políticas de las derechas sistemáticamente dedicadas a promover discursos y acciones conducentes a encrudecer las consecuencias de la pandemia en lugar de aminorarlas. No es algo que deba sorprendernos. Las derechas no se definen por sus opiniones alternativas a pensamientos moderados o emancipatorios, sino por su disposición programática a la desigualdad esencial y al sacrificio inconmensurable de la población. En ello reside su base territorial, no en el bienestar o la felicidad del pueblo sino en su opresión y mortificación, ya sea “por las buenas o por las malas”. El 24 de marzo invoca el problema del duelo. En otros países, como es el caso de los Estados Unidos (sin perjuicio de sus tantos crímenes históricos y contemporáneos), la vinculación con la masividad de las muertes fue referida a guerras, a la Segunda Guerra Mundial. Unos números recuerdan a otros. La guerra fue y vino como metáfora muchas veces en el último año, no sin cuestionamientos por parte de quienes rechazamos el uso de tal figura para un suceso que no implica lo que sucede en una confrontación bélica entre bandos enemigos. La pandemia no es un antagonismo entre bandos enemigos, dijimos y escuchamos tantas veces. Sin embargo, hoy la evocación adquiere otros rasgos en relación a la violencia social o bélica porque la masividad de muertes evitables nos suscita el problema de la responsabilidad y el duelo. El duelo mantiene una relación con la responsabilidad porque no se lo espera de quien asesina o es causante de muertes, ya sea por acción o por omisión, de modo culposo. En nuestro país los números en danza no nos sugieren una guerra, sino nuestro drama nacional que en la fecha se conmemora. Y si seguimos tales asociaciones veremos entonces que vincular las muertes en la pandemia con una guerra admite el duelo como parte del drama. Nuestra experiencia, en cambio, y se trata de hacer silencio para prestar oídos a lo desatendido, es una experiencia privada del duelo. Aun cuando nos resulta muy difícil hacer distinciones entre diversos países y diferentes experiencias pasadas y presentes, no tendríamos que negarnos a lo plausible que nos resulte como deber de memoria observar que la militancia del contagio procede de las mismas fuentes originarias del exterminio de las desapariciones. Tal condición traumática, entonces, habilita una eventual reflexión sobre la serie de condiciones adyacentes o consecuentes: consentimientos, que pueden suceder como negligencia y descuido, responsabilidades, omitidas o denegadas, y negacionismos. Más allá de lo que nos resulte específico de la historia reciente argentina, en muchas partes del mundo, y nuestro país no se queda atrás, asistimos a derechas negacionistas del sufrimiento colectivo, derechas suscitadoras y responsables de consecuencias letales y sacrificiales en nombre de la “libertad” y la “economía”. Jornada propicia, la del 24 de marzo de 2021, para interpelarnos sobre cómo serán habitadas nuestras futuras memorias. Fuente: https://contraeditorial.com/memorias-del-futuro/

  • Sesiones en el naufragio (2) / Marcelo Percia

    Consuelos Resignaciones afirman que no vale la pena hacer nada. Consuelos saben estar próximos de lo irreparable. Resignaciones admiten fastidiadas lo inevitable. Alojan omnipotencias heridas que se escudan detrás de pesimismos absolutos. Omnipotencias que repudian dolores de la vida como si se trataran de injustas conspiraciones en contra de sus merecidos poderes. Consuelos abrazan lo insoportable. Resignaciones resguardan altiveces, vanidades, supremacías irrenunciables. Omnipotencias que no quieren abandonar sus dominios. Omnipotencias que blindan desamparos, acorazan vulnerabilidades, desmienten o postergan vejeces, niegan lo inexorable. Omnipotencias que mitigan el impacto de lo inevitable. Terquedades, que hasta tal punto rechazan lo perdido, que prefieren cultivar derrotas, despreciar posibilidades, festejar desastres. Resignaciones, omnipotencias, terquedades, cultivan resentimientos. Resentimientos no buscan consuelos, exigen resarcimientos, claman venganzas, se enfadan con lo imperfecto. Dolores piden respeto del dolor: ese solo consuelo. No se sabe qué hacer ante lo irremediable. Rituales de un duelo o actos de una común cercanía (como los del juego o los del amor o los de la clínica) se sostienen, también, en un abrazo, una palabra, una mirada, una disponibilidad. Acciones mínimas que cobijan lo irrecuperable. En El porvenir de una ilusión, Freud (1927) objeta consuelos de las religiones, promesas esperanzadoras, bondades caritativas, caricias compasivas que adormecen la aflicción. No se puede huir del dolor. El psicoanálisis se concibe como decisión de habitar en la intemperie: última responsabilidad de la soledad. Desde entonces, clínicas procuran consuelos que no residan en las hebras de la fe ni en las mallas alambradas de la razón. Consuelos que atiendan la terriblez. Consuelos que no intenten suprimir pesadumbres. Consuelos que no nieguen lo perdido. Consuelos que no añadan culpas ni demandas al pesar. Consuelos que den el estar ahí. Consuelos que alojen dolores que no tienen dónde guarecerse. Consuelos que rescaten desdichas caídas en lo impronunciable.

  • La curva pornográfica El sufrimiento sin sentido y la tecnología / Christian Ferrer

    Dolor Arthur Schopenhauer podría haber condensado sus objetivos filosóficos en estas dos vigas maestras: "verdades implacables" y "máximas curativas". Leerlo, aún hoy, desploma la idea que nos hacemos de la existencia; y las dosis de tonicidad anímica que se destilan de sus enseñanzas no alcanzan a disolver el pesar –o el pavor– comprimido en ellas. En 1820 Schopenhauer dio a conocer un sistema de pensamiento sostenido en la convicción de que la palabra vida es un eufemismo por sufrimiento, y que tal condición es inmutable e ineliminable de la existencia. El dolor puede cambiar de forma, pueden transformarse los contextos que lo estimulan, puede trastocarse la jerarquía de los problemas que se descargan sobre la humanidad, pero el eje doliente que hace rotar los paisajes y eventos que dan forma a una época, y que aguijonea al cuerpo humano, se mantiene en constante vibración. Los deseos, expectativas y proyecciones que animan a la vida cotidiana resultan ser, a fin de cuentas, instrumentos de tortura. Quien codicia objetos, sucesos o personas saca un pasaporte a la frustración, porque la lucha por conseguirlos hace padecer, y una vez acaparados no redimen el sufrimiento. Schopenhauer acepta que el cuerpo también absorbe alegrías y placeres, pero concluye, inflexible, que la densidad de padecimiento es siempre superior a los breves e inciertos goces conseguidos. Y siendo la voluntad encarnada el nudo antropológico fundamental, cualquier intento de desovillarlo a través de mecanismos ajenos a esa encarnación conduce al fracaso, o incluso al agravamiento de la condición sufriente de la especie humana. Sea la acción estatal, o la adhesión a la religión, o la voluntad de transformar al mundo mediante enroques políticos, o la industrialización acelerada, o el suicidio, ningún esfuerzo fructificará. Lo único aconsejable, en su sistema filosófico, es desear lo menos posible; algo imposible, pues la voluntad de vivir es ciega y solo puede pujar en forma radial. Cuando Schopenhauer publica estas ideas descarnadas en El mundo como voluntad y como representación, la época moderna estaba aún en su infancia. El panorama al que llegaba todo recién nacido era áspero: la revolución industrial y la guerra omnipresente conformaban un juego de pinzas que ponía sitio al cuerpo y lo sometía a pruebas desgastantes. La industria farmacéutica estaba en pañales; no existía un sistema de seguros contra riesgos; no se había descubierto la anestesia ni nada se sabía sobre las virtudes de la asepsia hospitalaria; las operaciones quirúrgicas eran poco menos que batallas campales entre médico y paciente; no había vacunas; tampoco sesiones psicoanalíticas; los servicios higiénicos urbanos eran el sueño de algunos reformadores públicos; en fin, la desprotección del cuerpo era inmensa y la incertidumbre vital enorme. El "tedio vital" se suma a la enumeración. La intemperie, no obstante, era más "natural" y tolerable que en su versión actual. Se dirá que era por entonces inútil imaginar un estado de ánimo amenguado de sufrimiento, ni siquiera teniendo en cuenta las crecientes invenciones técnicas que ya hacían retroceder los palazos que la naturaleza, el desinterés estatal y la fatalidad descargaban sobre el frágil cuerpo humano. A la vez, ahora que han pasado casi doscientos años, los voceros de época insisten en que los avances médicos y asistenciales ya pueden ser descontados de las deudas que la ciencia y la técnica tenían con el dolor colectivo. Pero las miradas arrojadas desde la barandilla de popa del progreso continúan empañadas por prejuicios y expectativas que provienen de un futuro no verificado todavía. Una curiosa frase de Friedrich Nietzsche, escrita sesenta años después de la publicación del libro de Schopenhauer, permite precisar la cuestión. En Genealogía de la moral se lee "en los tiempos antiguos se sufría menos que ahora, aun cuando las condiciones de vida hayan sido más violentas y los castigos físicos más crueles". No se propone aquí una paradoja o un capricho conceptual, sino una puntualización ontológica: una definición de la sensibilidad moderna. A la personalidad que se corresponde con los siglos XIX y XX se la podría definir como "sentimental". Sentimental significa que durante el proceso de formación del carácter del hombre moderno no se le proporcionan herramientas internas aptas para reforzar su espiritualidad ante la perspectiva de desastres existenciales o de bombardeos en profundidad a su dote psíquica. No se crearon instituciones, contextos pedagógicos o lenguajes en común destinados a sostener a la personalidad en caso de tragedia o de vulneración subjetiva. De modo que los dilemas y problemas causados por la vida urbana, la jornada laboral o los desajustes familiares, descargados sobre el cuerpo y sobre una personalidad sentimentalizada, solo pueden ser insuficientemente "encajados" o digeridos, transformándose entonces en la nutrición del desaliento, el resentimiento o la depresión. Espíritu y dolor, en otros tiempos, se encastraban en forma diferente. En el cosmos vital de los pueblos antiguos se permanecía en constante intimidad con el sufrimiento a la vez que la causa del mismo era identificada en un "afuera" nítidamente reconocible: invasores, poderosos, la ira de Dios. Hasta no hace demasiado tiempo, se disponía plenamente de una serie de tecnologías de la subjetividad destinadas a fortalecer el alma a fin de "pertrecharla" para el inevitable encuentro con el dolor. La disciplina de los guerreros o bien la ascética religiosa aprestaban la personalidad con el fin de que no se desoriente ni desespere en caso de que combatiente o creyente quedaran atrapados en territorio enemigo. La forja del carácter permitía "retomar control" sobre la vida descalabrada: la resistencia espiritual luego de lo inevitable, en aquellos tiempos, era considerada un bien. El cuerpo era el "paragolpes" del alma, pero el alma encajaba el impacto, regulaba la desesperación y administraba los estragos que la experiencia del cuerpo mortificado o humillado pudieran hacer infiltrar en el ánimo. La ascética religiosa, a su vez, consistía en una serie de técnicas espirituales destinadas a preparar al creyente para afianzarse ante la proximidad del peligro. Ellas promovían una cierta impasibilidad frente a las tentaciones, los infortunios o las peripecias: la "rueda de la fortuna" tanto puede favorecernos como sernos esquiva. O bien las tentaciones provocadas por el "demonio" acechan diariamente a la "carne". Se trata, entonces, de recuperar el control sobre el cuerpo "tentado", de arrepentirse, de volver a sí mismo, en definitiva, se trata de tener "poder sobre sí". El síntoma subjetivo actual se revela en la voluntad de huir del dolor, que se corresponde con el temperamento adictivo de esta época. Esa fuga se vuelve desorganizada y contraproducente en tanto y en cuanto no se ha pertrechado al alma para administrar la experiencia del sufrimiento. Para que esta negligencia espiritual se hiciera posible fue necesario no establecer una amortiguación entre alma y cuerpo como lo hacían los antiguos: el cuerpo devino un valor mercantil de primera importancia, sea como fuerza de trabajo en al ámbito laboral o como apariencia en el mundo diplomático de las relaciones interpersonales, ya sea como mercancía carnal o como cuerpo performativo destinado a protagonizar todo tipo de trámites sociales. Sin embargo, se carece de defensas eficaces ante el sufrimiento. El cuerpo, en vez de servir de "escudo", recibe el impacto del dolor en todos sus poros a la vez, y la subjetividad dañada sólo puede aspirar a la ayuda que pueda ser proporcionada por asistentes tecnológicos. La mutación de significado sufrida por la palabra "confortación" hace más evidente el problema. Dos siglos atrás, consolar y amparar a una persona devastada por la tragedia o acongojada por un revés de fortuna suponía que otros estuvieran formados espiritualmente para asistirla, y toda una serie de tecnologías afectivas y espirituales obraban desde muy temprana edad a fin de dar forma al alma caritativa. Un siglo después, y en una línea de evolución que llega hasta la actualidad, la idea de "confortación" se vertió en la palabra "confort", que se refiere menos a una actitud espiritual que a una serie de comodidades domésticas o urbanas. La importancia del confort en la época moderna no debe ser minimizada, pues ha sido investido con la misión de resguardar a la personalidad de las inclemencias de la vida industrial y urbana, escenarios donde el sufrimiento opera como una suerte de "arma arrojadiza", destinada a cualquiera. Pues el dolor sólo culpa a uno mismo, en tanto se es incapaz de gestionar una subjetividad satisfactoria. Como la lucha por abrirse paso y acumular es la contraparte y copartícipe de la época sentimental, solamente el refugio de la intimidad permite eludir momentáneamente los mandatos despiadados de los procesos laborales o de la soledad, o del tedio, o del pas de deux en el que hay que vender la "apariencia". La tecnología ofrece confort a este ser asediado y le concede esparcimiento, excitación planificable y narcotización hogareña en un mundo inclemente. La costumbre y anhelo del confort asume la función que en una época anterior correspondía a las prácticas consolatorias, cuando al dolor se le ofrecía un sentido trascendental. En tanto la modernidad supone un tipo de vida que acopla cuerpo y máquina bajo exigencias equivalentes, el tipo caracterológico de ser humano que ha sido necesario definir y construir a fin de poner en marcha la maquinaria social tecnificada debió corresponderse, a la vez y en un mismo movimiento antinómico, tanto con el temperamento sentimental como con las intensas contradicciones en que se hacía ingresar a esos cuerpos comprables y vendibles, la carne de cañón de la sociedad industrial. Pero, en su época, la esencia de la confortación no residía en nada técnico. No podía ser sustituida por comodidades, entretenimientos, juguetes industriales o saberes científicos que presumen de su cientificidad. Era un movimiento del ánimo, no una cápsula blindada. El potente inicio de la industrialización del mundo no sólo hizo proliferar al vapor y la electricidad; también a millones abandonados a la buena de Dios, es decir, del Mercado. En el siglo XX, esas multitudes serían insertadas masivamente en organismos de rango estadístico: sindicatos, empresas de seguros de vida, tarjetas de crédito, jubilación garantizada por el Estado, obras sociales, vacaciones pagas; o bien serían vinculadas orgánicamente con la industria farmacéutica, con terapias intensivas que prolongan artificialmente la vida o con hipotecas bancarias que proyectan una forma del habitar. Cuando ya no se hacen diferencias estratégicas y operativas entre alma y cuerpo, solo los "acolchonadores artificiales" permiten tolerar el contacto con el dolor. Los cuerpos que experimentaron la máquina de excitación urbana se "blindaban" a fin de eludir las experiencias vitales que podrían generar sufrimiento. Y cuando evitarlas se revelaba imposible, los placebos y amortiguadores que la evolución científico-técnica ofrecía eran el recurso más a mano. Esa es la causa de que la ideología del confort se transformara en el espacio de comprensión de la tecnología. Operaba a modo de pase mágico. Esta idea es propia de la sensibilidad actual, para la cual la casa es un "estuche" protector de la personalidad. Como pliegue personal, la privacidad protege o acomoda a la personalidad a lo largo de la "lucha por la existencia", y en sus dominios la tecnología se transforma en puerta de acceso al esparcimiento y en garantía de vida confortable, es decir, en "acolchonador" del sufrimiento. Los artefactos tecnológicos, especialmente los domésticos, deben ser considerados menos como aparatos funcionales que como organizadores "psicofísicos" de la existencia amenazada, como superficies somáticas que reorganizan la experiencia sensorial y psíquica. Técnica La asunción de que el cuerpo es la última y radical verdad de la existencia, y de que la satisfacción sensorial es un imperativo y no una opción, da forma a la idea actual de la felicidad. En ausencia de un ideal de bienaventuranza eterna, dos modos de conectar subjetividad y felicidad lo sustituyeron. Por un lado, la codicia y consecución de bienes. Como la energía y movimiento del capitalismo tienden a transformar cada vez mayores cantidades de bienes en mercancías intercambiables, también el cuerpo humano es arrastrado por la pasarela. La mercancía devino tasa de medida de las dosis de felicidad de que se dispone en un momento dado de la vida, y por eso deben ser sustituibles unas por otras, accesibles a cualquiera que disponga del dinero para adquirirlas y, además, presentadas a la mirada ávida de modo que posibilite imaginar experiencias equivalentes a las de un sueño idílico. El otro modelo de felicidad concierne a los placeres sensoriales, siempre sometidos a restricciones específicas. Las reglas de mesa, de urbanidad, de comportamiento "civilizado", de acercamiento y distancia espacial, de experimentación erótica, establecían fronteras e instrucciones de uso que devinieron en fuente de frustración, y que por su parte colisionaban contradictoriamente con los impulsos hedonistas que el propio capitalismo fomenta. Ahora, la demanda de mayores placeres para el cuerpo es pregnante, generando nuevas necesidades, conflictos psicológicos y políticos, industrias emergentes y un mayor escepticismo con respecto a la ascética "protestante". Las ansias de felicidad ya no están lanzadas hacia un eventual progreso civilizatorio, hacia las promesas de la política –rueca ovilladora de la comunidad–, o hacia la economía personal planificada y acumulativa. La exigencia de felicidad está cronometrada por el minutero, y entre sus consignas se cuentan la detención del deterioro corporal y de la extenuación cotidiana. Se diría que se intenta invisibilizar a la muerte. Justamente, la tecnología del siglo XX tuvo como misión impedir el desplome físico y emocional de la población. Los artefactos del confort doméstico, la mejora en el instrumental quirúrgico en los hospitales, el establecimiento de derechos laborales y jubilatorios por los estados benefactores, y el desarrollo de la industria del seguro personal son algunos de sus logros. Sin embargo, esos sostenes de la vida amenazada ya eran sucedáneos decididamente insuficientes para la década de 1960. Como lógica consecuencia de la confianza que desde antes se depositó en la ciencia, ahora las industrias formateadoras del cuerpo absorben la expectativa de anulación del sufrimiento. Las utopías sociales del siglo XIX se propusieron eliminar, en lo posible, el dolor. La ciencia pretendió doblegar el poder de la naturaleza sobre la vida humana. El ejemplo más banal lo expone la consulta diaria al pronóstico del tiempo; y el más actual, la medición del grado de abertura del agujero de ozono. También las ciencias sociales –y la política– ambicionaron reducir el sufrimiento causado por el orden laboral y la desatención estatal. Dos pretensiones utópicas: reducción del poder del azar; reducción del rango de la injusticia social. Ambiciones que se abrían paso a fuerza de promesas. A medida que otras ilusiones de cura de la infelicidad de desvanecían (la política revolucionaria, el psicoanálisis, las filosofías existencialistas) las innovaciones científico-técnicas se volvían más y más esperadas, y también más "amigables", tanto más cuando se perdió el equilibrio entre los campos de acción posibles. Un rasgo central que diferencia al siglo XX de su inmediato anterior es el desfasaje abierto entre la técnica y la ética. La evolución de la tecnología es hoy mucho más rápida que las obras y las novedades producidas por el arte, la moral y la política. Se ha invertido la ecuación del siglo XIX. Entonces, la máquina de vapor, el tren, el telégrafo y el "Zeppelín" fueron considerados poco menos que frutos de una inagotable cornucopia mecánica. Sin embargo, las innovaciones estéticas y políticas eran, en el siglo XIX, mucho más veloces aún. Basta recordar que entre 1830 y 1905 el realismo, el impresionismo, el puntillismo, el simbolismo y el fauvismo, renovaron rápida y sucesivamente modos de ver. En el siglo XIX aparecen y se despliegan por Occidente el liberalismo, el sindicalismo, el antiesclavismo, el socialismo utópico, el republicanismo, el marxismo, la socialdemocracia, el nacionalismo, el anarquismo y el sufragismo feminista. El siglo XXI vive aún de la usura de los inventos políticos del siglo XIX. Pero en el siglo XX los saberes científicos y las innovaciones tecnológicas avanzaron a un paso mucho más acelerado, y la política, la ética e incluso el arte apenas pudieron seguir sus huellas. Por eso, la experiencia del confort sigue siendo el ideograma con que se tamiza la comprensión de la tecnología, en el espacio hogareño como en el laboral, tanto en lo que se refiere a nuestra consideración de las comodidades comunicacionales como a la inteligibilidad de los alimentos genéticamente modificados. Recurriendo a una vieja idea de Trotsky, se diría que el mundo experimenta actualmente una agudización del desarrollo desigual y combinado entre moral y técnica. Una brecha tal promueve mutaciones en la imaginación. En las últimas décadas la imaginación tecnológica desplazó a la vez que fragmentó el vínculo entre colectividad y ciencia. La energía atómica y la conquista del espacio cedieron su privilegio a otra configuración organizada en torno a la informática y la biotecnología. Todavía hasta el final de la guerra fría la "bomba" atómica y el "cohete" lanzado al cielo eran los símbolos de época. La "llegada del hombre a la luna" consumó un trayecto largamente ambicionado, y hasta las potencias regionales menores pretendían enriquecer uranio a granel. El impulso que conducía a la investigación y producción de arsenales atómicos y de vehículos espaciales se potenciaba merced a ideas encarnadas en estados poderosos, y movilizaba la imaginación tecnológica mundial a favor o en contra de una de las dos mitades en que había sido repartido el planeta. Pero en 1967, por primera vez, el corazón de una mujer fue transplantado a un hombre que sobreviviría por poco tiempo. Veinte años después, las computadoras personales estarían esparcidas por todos los ámbitos de la acción humana. En el cruce de épocas se muestra la clausura de un tipo de imaginación motivada por la guerra y el inicio de nuevos vínculos entre cuerpo, ética y tecnología en la imaginación popular. Los transplantes de órganos y las cirugías estéticas, o bien el acceso a Internet, a diferencia de emprendimientos tan costosos y dirigidos estatalmente como la fabricación de bombas de hidrógeno o de cápsulas espaciales son experimentados a título de satisfacción personal. El viaje a la luna y la amenaza atómica total fueron los frutos de la guerra fría, del gigantismo social y de la competencia ideológica, pero el ansia actual de perfeccionamiento estético-tecnológico resulta ser un sueño banal, aunque el malestar que pretende apaciguar nada tenga de superficial. Una costumbre bastante reciente expone el problema. Los transplantes de órganos eran, hasta una década atrás, complicados en ejecución, escasos en número, y demasiadas veces fatales en sus resultados. Eran tarea de pioneros, y cada logro conseguido, poco menos que una proeza. Quienes ofrecían sus cuerpos a la ciencia ingresaban al quirófano inevitablemente conscientes de su destino de rata de laboratorio, o de prototipo industrial. Fue a comienzos de los años noventa cuando nuevas generaciones de inmunodepresores permitieron alcanzar un grado mucho mayor de aceptación corporal del órgano injertado. Se había superado el problema de la "amortiguación". Desde entonces, aumenta la cantidad de intervenciones quirúrgicas, se abre el abanico de injertos a todo tipo de órganos, la investigación científica sobre el tema humea a toda velocidad, y la numerosa cantidad de casos exitosos hace que esos enroques no merezcan ya la tipografía de primera plana. Sin embargo, la oferta de donantes de órganos es insuficiente. La mayoría de los habitantes siguen siendo sepultados tal cual llegaron al mundo. No son pocas las tradiciones religiosas que prohíben alterar, ni en vida ni en la muerte, al cuerpo. Algunas religiones son tan estrictas que un mero tatuaje impide el ascenso al reino de los cielos. Las tradiciones atávicas y los temores encarnados acerca de la extirpación de partes de un todo corporal explican el resto del bajo porcentaje de la beneficencia carnal. Así las cosas, las listas de espera de órganos son ahora el equivalente del "pasillo de la muerte" de las cárceles norteamericanas. La coexistencia de medios técnicos que posibilitan la extensión de la vida y la escasez de órganos disponibles acentúan una paradoja. Pero el desfasaje no necesariamente conduce a la aceptación resignada. Se sabe que pudientes del primer mundo compran órganos a indigentes del tercero a fin de saltearse la lista de espera. Como las leyes sobre transplantes en los países "ricos" son duras y rigurosas, se viaja a los países de origen del "donante" con equipo médico incluido a fin de soslayar las molestas consecuencias de un acto ilegal y la precariedad sanitaria del subdesarrollo. Dada la posibilidad técnica de resolver un asunto de vida o muerte, la ética se vuelve una variable de ajuste. Una variable de ajuste económica. Son prácticas de las que poco se sabe aún pero a las que se sospecha extendidas. A su contraparte necesaria se la encuentra en la circulación de leyendas sobre el robo de órganos a personas, particularmente niños, del tercer mundo. No es un detalle menor que las personas en listas de espera de donantes, o bien sus familiares, probablemente deseen la muerte de otro ser humano. Es entendible e inevitable que estos sentimientos afloren. Como se dice en estos casos: es humano. Errar lo es también. La insatisfacción existencial con respecto a la imperfección corporal es el irritador que más estimula la progresión del desfasaje. Pero la pregunta por los valores deseables exige hoy analizar en qué medida se trata al cuerpo como un objeto, como "algo" sobre lo cual es lícito intervenir técnicamente. Desvanecido o deslegitimado el orden sagrado que dio sentido a animaciones y padecimientos durante siglos y, más adelante, perdida la centralidad de que disfrutaron las filosofías de la historia y de la conciencia, el sentido del sufrimiento corporal y de la desdicha subjetiva quedó en suspenso, o mejor dicho, buscó un nuevo sostén, ya no aferrado primordialmente a la construcción o indagación de una "interioridad". La obsesión por la belleza, el cuerpo saludable, la postergación del envejecimiento, en fin, la aspiración fantasiosa a mantener a raya a la muerte indefinidamente, responde a causas hoy irresolubles. La sensación de futuro incierto, las presiones económicas y culturales y la intensa desprotección se descargan sobre el cuerpo, antes tratado como "fuerza de trabajo" y ahora obligado a dar pruebas continuas de su performatividad emocional. De allí que la metamorfosis de la cirugía reconstructiva de la piel en intervención estética exponga el desvío que va de un saber asociado al accidente laboral o a la herida de guerra hacia la sofisticación cosmética, así como la evolución que llevó del transplante de corazón y del implante del marcapasos al injerto de siliconas y el recetario de antidepresivos revele la mutación de la necesidad de sobrevivir en ansias de performatividad social. Si, por un lado, la articulación entre afán de belleza y tecnología quirúrgica evidencia los temores actuales a la carne corruptible y resulta un índice analizador del desarrollo desigual de las experiencias colectivas en cuestiones de tecnología y moral, por el otro revela la preocupante emergencia de "biomercados" y de incipientes disputas comerciales acerca de la "propiedad" del material genético. El capitalismo ya reclama, en sentido estricto, su "libra de carne". Pornografía Abundan tanto que ya no sorprende el rápido despliegue y exitosa implantación de las industrias del cuerpo. La farmacopea de la felicidad, las sucesivas generaciones de antidepresivos, las mareas de pornografía y los enclaves urbanos en los que se formatea el cuerpo son reveladoras de síntomas a la vez que experiencias bienvenidas. Su profusión adquiere sentido en sociedades altamente tecnificadas que promueven el valor de intercambio del cuerpo: cumplen tareas de amortiguación. El origen de estas industrias de la metamorfosis carnal puede ser rastreado en efectos no-previstos nutridos al rescoldo de las rebeliones de la década de 1960: la Guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, las gestas del Che Guevara, las batallas por los derechos civiles de las minorías, la descolonización del África. Pero también fue época de desobediencias culturales cuya resonancia sería duradera, y que harían lugar al reclamo de experimentación en temas de libertad sexual, uso del cuerpo y placer cotidiano. Una vez que los programas políticos maximalistas de entonces se marchitaron o fueron absorbidos por agencias gubernamentales, quedó en pie, rampante y acuciante, la demanda de cambio de costumbres. El "juvenilismo" licuó a las filosofías de la historia, y huir del dolor se transformó en anhelo urgente. Una opinión corriente supone que aquellas amplitudes libertarias condujeron al actual "libertinaje" y a una obscenidad pornográfica digna de emperadores romanos. Los voceros de la iglesia católica y de grupos conservadores peticionan por mayores restricciones al desenfreno. Otro discurso, aparentemente contrastante pero en verdad simétrico, enfatiza que el "libertinaje obsceno" es un efecto desagradable aunque disculpable causado por la ampliación de las libertades de elección, y promueve el uso responsable de la libertad en asuntos sexuales y equivalentes. Ambos comparten el eje alrededor del cual polemizan. El proceso puede ser invertido: como hace décadas que las costumbres se han vuelto obscenas, entonces se hace necesario un género específico que las represente. Ese género es la pornografía, y su evolución difícilmente sea comprendida si únicamente se presupone una época permisiva. La esencia de la pornografía no se evidencia tanto en el primer plano anatómico como en su promesa de felicidad perfecta. En tanto la demanda de goce se vuelve creciente y pregnante tanto más se hacen imprescindibles las ortopedias y amortiguaciones garantizadoras de placer. Se ha pasado de la relajación selectiva de los umbrales del pudor, que en la década de 1960 estuvo condensada en grupos juveniles, bohemios o de izquierda, a una amplia porosidad que desdibuja los tabúes establecidos sobre el uso del cuerpo. Tradicionalmente, el diferenciador social por excelencia era el dinero, a su vez reemplazo del honor estamental. En una coordenada vertical en la que eran arrojados todos los recién nacidos, la posesión o desposesión de riqueza regía el destino. Quien disponía de fortuna, pasaba por la vida pertrechado de placeres y comodidad. Quienes subsistían en la parte inferior de la coordenada sólo podían esperar, luego de una lucha intensa y de resultado incierto en el campo de batalla definido por la economía, ascender unos escalones de la pirámide. Pero en los últimos cuarenta años otra coordenada que recién comienza a desplegarse inserta a las personas en otro diferenciador social, que cruza al anterior: la coordenada que contiene valores definidos por la belleza y el cuerpo joven. Quien dispone de esos atributos y de un mínimo de audacia puede ascender socialmente con inusitada celeridad, posibilidad que antes estaba sometida a variadas restricciones. El mundo de la prostitución de lujo podría ser considerado laboratorio que apuntala y extiende esta coordenada. Pero quien está ubicado en el otro extremo de esta nueva coordenada, y mucho más si carece de otros recursos, se encuentra sometido a intensas presiones que sólo pueden agravar su malestar existencial. Pero justamente las industrias del cuerpo se dedican a compensar la posición desfavorecida de quienes están ubicados en el extremo débil de la nueva coordenada. Antidepresivo, viagra, cirugía estética, turismo sexual, diagnóstico de preimplantación seguido de anhelos de remodelación de la dote genética de quien aún no ha nacido: tales son las ofertas actuales de amortiguación del sufrimiento. Flujos de capital se encuentran con flujos libidinales sobre una mesa de disección del cuerpo. La pornografía es un género, antes literario y ahora audiovisual e informático, que ha recorrido una larga marcha: de la vieja literatura "sicalíptica" destinada a ser leída en retretes a la fotografía y peep-show en blanco y negro a la revista arropada en celofán en kioscos al video alquilado o comprado por correspondencia a los canales codificados de televisión paga a los sitios gratis proliferantes en la red informática. La emancipación de la pornografía no fue obra de sus aficionados sino de la necesidad colectiva de identificar un género que diera cuenta de nuevas experiencias y expectativas sensoriales. Y la esencia de este género se condensa en un mensaje de felicidad compartida. Habitualmente, y si se dejan de lado algunos extremos criminales, los personajes que muestra la pornografía son felices, o más bien, a todos se les garantiza el derecho igualitario al orgasmo. Sin distinción de sexos, razas, clases sociales. Más específicamente, la pornografía puede ser englobada en un género mayor, al cual podemos llamar "idílico". En la tradición del idilio, el vínculo entre los enamorados, o entre un héroe popular y sus seguidores, no podía ser amenazado por ninguna peripecia, por ningún conflicto interno. Curiosamente, la pornografía comparte esta ambición armónica con los programas infantiles, en los cuales el conflicto está prohibido, o bien con las antiguas visiones del jardín del Edén. Sin embargo, la mayor parte de la población mundial carece de acceso a la pornografía, o bien intima con ella en dosis poco significativas. Millones son interpelados de un modo indirecto por ese género antes vituperado y ahora motivo de atracción. La pornografía se presenta en sociedad promoviendo una curvatura, haciendo presión sobre costumbres y expectativas sociales: sobre la dieta alimenticia, el trabajo de gimnasio, el consumo de apliques eróticos, el diseño de moda y sobre otros géneros mediáticos, en cuyos bordes proliferan decenas de industrias para un mercado emergente: del sex-shop a la cirugía estética, de la liposucción a la prostitución de lujo, del rastreo biotecnológico de los genes del placer a la selección de promotoras, de la autoproducción de la apariencia para el orden laboral o para animar fiestas de quinceañeras. El etcétera es largo; y las molestias e inconvenientes que estas gimnasias suponen son sobrellevadas porque se las percibe como sufrimientos dotados de sentido. Desde 1960, cuando se lanzó al mercado la píldora anticonceptiva, esas industrias han tomado al cuerpo de la mujer como campo estratégico de experimentación, y quizás como efecto del proceso ahora la curvatura pornográfica intima preferentemente con la imaginación erótica femenina. Pronto llega el momento en que el orden masculino demandará amparo a fin de eludir la calamidad subjetiva. Así como el proyecto "genoma humano" pretende alcanzar la última e infinitesimal célula del cuerpo humano, así la pornografía indaga los confines de las nervaduras del placer. En ambos casos, se promete felicidad garantizada: descubrir y anular el gen de la gordura o la calvicie; actualizar y perfeccionar el kamasutra. Una serie de acontecimientos brotados en torno de las rebeliones subjetivas de la década de 1960 hacen confluir a la informática y la biotecnología con demandas acuciantes de felicidad. Placer, sufrimiento, políticas de la vida y tecnología se constituyen en las piezas de una maquina social aún no ensamblada del todo. No sólo la "libertad de cátedra" sino también la "curvatura pornográfica" y la necesidad de "acolchonamiento subjetivo" ante la intemperie del mundo movilizan la investigación y producción de prótesis biotecnológicas. Las consecuencias de esas presiones recaen sobre distintas instituciones y costumbres. A modo de ejemplo: algunas innovaciones jurídicas de los últimos años promovidas por problemas de coexistencia en ciertos espacios se vinculan a esa presión, entre ellas, las figuras jurídicas del acoso sexual en el orden laboral. El crecimiento de la casuística y regulación judicial no sólo lanza amarras hacia la voluntad política y cultural del feminismo por evidenciar ultrajes de vieja data y por resguardar a la víctima; también hacia la promoción de una logística amortiguadora de los estragos subjetivos que la curvatura pornográfica descarga sobre "espacios cerrados". Próximamente seremos informados de normativas regulatorias del turismo sexual europeo y norteamericano a los países del tercer mundo. Por el momento, esa práctica disfruta de los beneficios propios de los períodos de emergencia de una "industria salvaje". La voluntad de huir del dolor y la producción seriada de amortiguación tecnológica son clima y símbolo de los tiempos. Sólo cuando la ola se retire, el inventario de la resaca acumulada revelará si se trataba del umbral de un terreno ontológico en el cual se formatea una nueva configuración del ser humano, o si estas prevenciones conceptuales han sido un ejercicio alarmista e inútil. Lo que parece incontestable es el marchitamiento de los proyectos políticos de subjetivación de índole existencialista. La meditación moral sobre la relación entre técnica y sufrimiento sólo puede abrirse espacio en un mundo que considere que la "interioridad", el cuidado del alma, el cultivo de la curiosidad, la forja de la conciencia y el ideal del "conócete y ayúdate a ti mismo" sean vigorizadoras de la idea colectiva de dignidad. Pero difícilmente en un mundo en donde cada persona prefiere sostenerse a base de píldoras, implantes y emparches. Son formas de apuntalar el laberinto, más que al minotauro. Y si bien esas fórmulas y apuestas han probado ser eficaces, no dejan de estar amenazadas por el plazo fijo. Que todos soñemos con salir indemnes de nuestro paso por la existencia es comprensible. Pero al despertar de esta ilusión Arthur Schopenhauer la llamaba "dolor". Fuente: Artefacto/5 – 2004. www.revista-artefacto.com.ar

  • Emancipación de lo sensible. Clínicas cimarronas del cuidado / Fernando Ceballos

    Ese martes soleado pero fresco, que hacía sentir la presencia incipiente del otoño, nos encontró a un grupo de ocho personas intentando gestar un acontecimiento de cuidado. Este espacio tiene la particularidad de pensar todo antes para no hacer casi nada de lo pensado después. Eso nos pone expectante a la sorpresa. A lo que pueda emerger de ese encuentro, de estar en común de varios. Y nos introducimos en ese universo impensado que nos propone la vida de las personas. Una ronda de sensaciones personales abre la puerta a la palabra certera de lo que pasa o pasó. Se habla de tristezas. En general casi siempre se empieza a hablar de tristezas. Hay como un momento catártico muy necesario, para después dar paso a lo que se pueda crear. Catarsis que puede sensibilizarse o simplemente vomitarse desde unas tripas enlentecidas por años de psicofármacos. Ahí los martes y los jueves intentamos focalizar procesos del sentir. Modos de oír y escuchar, ver y observar, tocar y abrazar. Umbrales, intensidades, ritmos, disonancias, derrames, potencias, resistencias más allá del diagnóstico. Modos de una suerte de gobierno de lo sensible[i], a decir de Foucault. “Estas particiones y reparticiones de lo sensible se corresponden, entonces, con fracturas que la desigualdad social, la segregación territorial, la composición poblacional, los patrones laborales y programas asistenciales, las relaciones de género, y los modos de padecer, enfermar y morir.”[ii]. De repente ella llora desconsolada un llanto seco. Sus lentes empañados le nublan la mirada, y ese hecho la envalentona a seguir. Su boca abierta detrás del barbijo, no se ve pero se puede imaginar por la expresión de sus ojos y el desfiguramiento del rostro. La mirada llora, sin boca y sin palabras. Una especie de gruñido marca el final del sollozo para que entre aire de nuevo a sus pulmones. Y arremete nuevamente con otro llanto desgarrador. La ronda no se paraliza, espera. Soporta, por momentos incómodamente, esa presencia sufriente que busca miradas, atención, pre-ocupación. Su abuela madre que vino a acompañarla, se inquieta, pero logra sostenerse en la escena de cuidado, igual que todos y todas las que estamos presentes. La escena ronda la ronda. Ha quedado ahí un sufrimiento que desgarra, provoca, insiste, apabulla. Parece la más loca, pero sólo parece la más loca. Es intensidad que deja huellas sensibles en los demás. Después de unos minutos, cuando los sollozos amainan. Otro agarra la palabra, y la viste de su realidad. Y así se suceden otros y otras en la inmensidad de una tarde que va dejando paso a la tardecita. Un juego que junta y arma dos equipos. Personajes conocidos se escriben en un papel que luego se pegan en la frente y el que tiene ese nombre debe adivinarlo. Sólo se puede hacer una pregunta. Y después se le da paso a otro participante. A ella le tocó Palito Ortega. El del lado, ya vio quien le tocaba a él. No dice nada. Arma creativamente una escena mentirosa y poco creíble, como para hacernos creer que no sabía. A la segunda pregunta no se aguantó y adivinó el nombre sembrando muchas sospechas en el grupo opositor. Ella pregunta y se le responde. Y no adivina. De pronto una sonrisa desacomoda su barbijo. Luego una carcajada contagia y desencadena la risa del resto. Alguien le dice que tiene una hermosa risa. Sus ojos se iluminan atrás de sus lentes empañados. El juego sigue. Otra también adivina su personaje, pero sin trampas. Y después otro, y otra y otro. Y queda ella sin poder saber quién es. Su abuela madre, le canta La felicidad, ja, ja, ja. Y nada. Otro le tira la punta sobre el palito bombón helado. Nada. Y otra pregunta de ella, que entre las risas inunda el barbijo de babas. Y sigue. Es un cantante conocido. Es viejo, de mi época, dice la abuela madre. Y adivina siguiendo lo del helado. Y dice Palito, y después entre todos y todas sosteniendo ese apellido en la punta de lengua, abrimos grandes los ojos y la boca. Y ella dice, Ortegaaaa. Una alegría colectiva se adueña de la escena. Algunos no se contienen, y violan el protocolo y la abrazan. Cuando bajan los festejos y el cierre de la tarde es inminente, la abuela madre da paso a un relato. Y cuenta que cuando estaba de novio con su marido, abuelo padre de ella, Palito había venido a la ciudad. Pero resulta que no me invitó, dice. Se fue solo a verlo y después me entero porque al otro día lo veo en una foto en el diario, colgado de un poste de la luz. El grupo todo se relaja escuchando esa anécdota. Ella, deja la risa y nuevamente toma al llanto como manera de estar presente. Alguien se acerca y la abraza. [i]FOUCAULT, M. El gobierno de sí y de los otros. Curso del College de France, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009. [ii]SVAMPA, M. La Sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del Neoliberalismo. Buenos Aires: Taurus, 2005.

  • Narrar la clínica / Alicia Cotlar

    Borroso. Casi todo, otro. Morir en una lengua extraña. 1. Es mejor así, medio borroso todo, medio borrosa yo. Lo raro, es mejor así, verlo borroso. 2. Otros ruidos. Otros ritmos. Otros silencios Otros recorridos. Otras voces. Otros ojos. Casi todo, otro. Maravilla y temblor. 3. ¿En qué lengua voy a morir? No sé cómo sería no entender las últimas palabras. Quizá no se puede morir acompañado por alguien que te quiere. Pero es más duro morir en una lengua extraña.

  • Pandemiana / Ana María Quicho

    “Un creador no hace nada más que aquello de lo que tiene necesidad absoluta.” Deleuze Diferentes escenarios, tanto en el rol docente como estudiante, en medio del temblor que implica pensar afectada por la pandemia, el encierro, la incertidumbre, por el trabajo que tuve pero otrxs no pudieron tener. Afectada por el miedo, por las decisiones del gobierno, por las trabas que llegaban desde la nueva dirección del colegio, por el colonialismo, por el capitalismo y por los nuevos caminos que he podido recorrer a desde casa. Tomé fotografías desde ese último martes 17 de marzo del 2020 a las 8am, minutos antes que la coordinadora me pidiera que me vaya del colegio “¡YA!”, por haber tenido contacto estrecho con un vecino recién llegado de Venezuela. Postal que siguió intacta hasta febrero del 2021, cuando volvimos en el periodo de acompañamiento pedagógico. Fueron meses duros los que hemos pasado y aún no ha terminado. A días de empezar las clases presenciales, seguimos con la misma incertidumbre, con mucho trabajo, con información que no dice nada sobre cómo será trabajar en burbujas. Hoy no pretendo informarte, sino quebrar la armonía del pensamiento. Libre de interpretar lo que quieras, en esa interpretación deseo abrir nuevos interrogantes, nuevos matices, otras posibilidades. Postal marzo 2020 – febrero 2021 “No podemos saber cómo saldremos de la pandemia cuyas condiciones fueron creadas por el neoliberalismo, por los recortes a la salud pública, por la hiperexplotación nerviosa. Podríamos salir de ella definitivamente solos, agresivos, competitivos. Pero, por el contrario, podríamos salir de ella con un gran deseo de abrazar: solidaridad social, contacto, igualdad. El virus es la condición de un salto mental que ninguna prédica política habría podido producir” Franco Berardi Aún no sabemos cuándo saldremos de la pandemia, pareciera que el corona-virus llegó para gobernar este mundo globalizado bajo el miedo, el dolor, los protocolos, los cierres inesperados, el tele-trabajo, el distanciamiento, las muertes… Y las escuelas no quedaron fuera de esta afección ¿te creiste que volvían en quince días? El encierro llegó pero siempre existió. Acaso no lo viste en el jardín, en la primaria, en la secundaria, en el trabajo, en el club, en la cárcel, en el hospital… “En los manicomios… Ay, los manicomios Ya se sabía de los virus, del encierro, de la espera, de la desesperación, de angustia, del momento a momento, de la probreza, del egoísmo y la vida seguía. Manicomios, relojes que adelantan. Y tu vida, ¿cómo sigue?” Verónica Scardamaglia. Gatx vigilante “¿No es preferible un régimen de subcontratación y el trabajo a domicilio? ¿No hay otras formas de castigar a la gente diferente de las cárceles? Las sociedades de control no necesitarán ya de espacios de encierro. Ni siquiera la escuela.” Deleuze Gilles. Invierno del 2020, un día más de confinamiento en Argentina. Estamos en el pico de la pandemia y aún con la incertidumbre de si volveremos o no a trabajar presencialmente. Trabajamos y cursamos en pantuflas. Se cursa desde la escalera, desde el cuarto, desde la cama, desde el patio, desde el comedor, desde el living, desde la terraza, desde algún cuarto del hospital, desde algún rincón donde haya señal. Que todxs tienen que prender la cámara, que todxs tienen que estar presentes, que les van tomar lista, que vas a firmar por molestar, que termino la reunión porque algo me molestó. No estamos entre las paredes de la escuela, pero se las ingenian para vigilar. Ahí aparecen lxs vigilantes, lxs que no entienden que al menos estás ahí. Les avisas que estás trabajando, les avisas que estás con síntomas, les avisas que estás cansadx, les avisas que nadie te responde, les avisas que no das más, les avisas que no tenés un mango, les avisas que no tenés una compu, un celu, pero a lxs vigilantes sólo les importa completar planillas para cumplir con lo que le pide su vigilante. “Será de gran interés averiguar qué será de la identidad escolar y profesional en el seno de la formación permanente, que es nuestro porvenir, y que no necesariamente implicará la reunión de los educandos en un espacio de encierro.” Deleuze Gilles. Estamos Sexualizadxs Innatamente. En medio del covid19 hay docentes que luchan contra la normalización cis-hetero-colonizada-eurocentrista-capitalista-neoliberal-patriarcal dentro de las instituciones devenidas en escuelas normalizadoras de los cuerpos. Pues ante la negación de derechos surgió la rebeldía de estudiar aún más. Escuelas ortodoxas con directivos que no cumplen los derechos de los adolescentes, creedoras de la verdad divina. Se tiñeron de familia e invadieron tu hogar desde una pantalla. Escuelas con directivos que pretenden despojar parte de los cuerpos de los docentes para que sean unos vigilantes más. Directivos que en pandemia se aseguran que vulnerar el derecho a recibir ESI. Directivos que vigilan y controlan qué no dar en la virtualidad. Pantallas con docentes que reconocen el derecho que nos interpela a diario, y en ese reconocimiento, el modo de relacionarse con los pibes se construye. Docentes que al igual que Suley Rolnik: “apelan a los ‘saberes-del-cuerpo’ para socavar individual y colectivamente el régimen dominante, e invita a ‘hacernos un cuerpo’. Y es que “se tiene que transfigurar las formas sociales y transvalorar sus valores cada vez que la vida nos indica que ya no se puede seguir así, porque sofoca.” Como sofocan algunas escuelas virtualmente para que seamos creedores de su única verdad. En el 2021 sofocará el combo barbijo, máscara y burbuja. Pero ¿sofocará la escuela? Vacaciones junto a él 24/7… “…la información es exactamente el sistema de control. Es evidente que esto nos concierne particularmente hoy” Deleuze Gilles Bello tapa-bocas con sus colores perfectamente combinados con el paisaje que ofrece el Cañón del Atuél. Bello, posando protagonista del 20-21 ¿Qué hacía en Buenos Aires? Pues allí nació, con dos capas que entre medio dejan espacio para una tercera capa de papel. Nació con dos elásticos que sujetan los oídos de quienes escuchan la información, los protocolos que surgen día a día en esta pandemia. Nació para cuidar a alguien, nació para darle seguridad a alguien, nació para darle alegría a alguien. Pues antes, alguien usaba uno que hizo con tela de una remera vieja y dos gomitas. Porque así decían en la tele. Así se informó y no se pidió que creyeras, “sino que nos comportemos como si creyéramos.” Bello tapa-bocas… tan bello como las flores que llevas en tu tela. Bello como todos los que nacieron para comercializarse junto a vos, bellos aquellos que tienen brillo, aquellos de encaje, ni hablar de los engomados, ideales para salir de joda una noche por Palermo. Tan bellos los tapa-bocas que alguien compró de varios colores porque no se puede tener uno solo ¿Cómo vas a tener sólo uno? Hay que tener uno para trabajar, uno para pasear por el barrio, uno para ir a la plaza, uno para ir de compras, uno formal, uno informal, uno para esta ropa y para la otra. “Esto es la información, la comunicación, y no hay información alguna al margen de las consignas y su transmisión, no hay más información ni comunicación” Deleuze Gilles. Mendoza tiembla. “Tiembla lo que está en peligro, lo que carece de fundamentos sólidos, lo que se expone al riesgo de la no-seguridad, de la no-conversación.” Mónica B. Cragnolini ¿Quién no intento estudiar en vacaciones? ¿Quién quiso que fuera así? ¿Quién estaba preparadx? ¿Quién quiso que esto sucediera? ¿Quién quería dejar de aprender? ¿Quién logró todo lo que se propuso? ¿Quién no necesitó conectarse? ¿Quién no se quedó sin señal? ¿Quién tuvo todos los recursos? ¿Quién disfrutó la desconexión? ¿Quién no pudo despedir a un ser querido? ¿Quién no necesitó de otrxs? ¿Quién no se sintió solx, perdidx, confundidx, rotx, acompañadx, cansadx, atareadx, abandonadx? Decime quién. En una tarde frente al río, puede surgir ese momento de no seguridad. Preguntas que no tienen una sola respuesta, que no tienen un sí o un no, preguntas que hacen temblar. “El temblor acerca a la posibilidad, al ‘todavía’, al ‘aún no’, al ‘quizás’.” Mónica B. Cragnolini WhatsApp Image 2021-03-03 at 11.37.30 AM El encuentro terminó a las 11:30, pasaron minutos, pero ellxs que ‘ya egresaron’ seguían allí. R-egresadxs del 2020, su año, donde no pudieron vivenciar los lujos de ser egresadxs. R-egresadxs que volvieron en el 2021 en burbujas, por cumplir con la secundaria obligatoria. Egresadxs que la única foto grupal que tuvieron fue al terminar la ceremonia de colación, fuera del colegio. Egresadxs que estuvieron seis años en La Técnica, pero el séptimo lo vivieron desde casa, desde el trabajo, desde la familia, desde la angustia, desde la incertidumbre, desde la soledad, desde el enojo. Egresadxs que se salvaron de este nuevo año de pandemia con protocolos que se quiebran y que ya hemos roto porque es, fue y será inevitable que mantengamos las distancias. Y es que al aula entramos afectados. Egresadxs, felicidades porque se liberaron del control y el encierro de la escuela. Nosotrxs seguiremos aquí…. Perdón, me olvidaba… estamos en pandemia, seguiremos encerradxs allí afuera. En quechua no existe el chau, el adiós. Pero si el ‘hasta luego’, el ‘hasta que nos volvamos a encontrar.

  • Causas (Aguas de marzo II) / Vicente Zito Lema

    "¿Qué hay entre tú y mí…?" Génesis 31:49 Las causas que mueven Y conmueven mi existencia Son las mismas que temes y desprecias… Mientras cae el triste rocío de la noche… ¿Qué hay entre tú y mí…? Lo que yo grito Es tu único silencio Áspero… Hosco… El árbol que planto / a la hora que abre el alba Es el bosque que quemas / tan ciego / tan furtivo… ¿Qué hay entre tú y mí…? El crimen de la pobreza que denuncio / con boca de espanto… Es el crimen de la riqueza que defiendes / con mañas y con sangre con leyes y a los tiros / por la espalda / ¡Todo vale! ¡Todo vale! ¡Sucio vuelves el día…! ¿Qué hay entre tú y mí…? La mano que extiendo es la mano que comes… Lo que llamas luz Es la sombra de la muerte… Habemus nuestra pena… El hilo de la vida que tejo y tejo… Obstinado… Con paciencia de buey… Es la soga de la horca Que pones en el cuello… del que sacrificas Rápido… muy rápido (el viento del mal, diría mi madre) Cuando se apaga la tarde Entre las aguas de marzo… ¿Qué hay entre tú y mí…? Es la pregunta de la angustia sin respuesta… Marzo 2021

  • Aguas de marzo / Vicente Zito Lema

    Gloria a los compañeros y compañeras que defendieron la vida en los tiempos de la muerte Nadie se baña dos veces en el mismo río... es cierto Heráclito, también que las aguas de la vida no dejan de brotar y correr... Principios Que nadie cierre sus ojos... que no se entierre la mañana... Lo que fue soñado ayer alguien otra vez lo está soñando... Aunque mueran los que aman el amor no muere... 24 de marzo 2021

  • Post Guardia XXIV / Debora Chevnik

    En una caja, en una plaza, una madrugada, un bebé de 6 meses, se niega a morir. Una mujer, una madrugada, en esa plaza, lo encuentra. Sabe reconocer en los desechos lo que no es desecho. El bebé y la mujer, habiéndose ya tropezado, van a un hospital. A un emblema, a una promesa. Aún hospital… Entre barbijos torcidos, antiparras abandonadas en la frente y pañales sacados de la galera, se recibe… ¿esta carne ofrecida a los infinitos des(a)tinos?, ¿a la misma historia de siempre?, ¿a un por venir asombroso? Es curioso cómo, a veces, en los hospitales, se familiariza y no se “apacienta” a lxs recién llegadxs. Se conmueven hasta los equipos de protección. Hacerle upa, hamacarlo, bañarlo. Cambiarlo, más upa, hacerlo dormir. ¿Qué le habrá estado canturreando la joven residente mientras le hacía un peinado punk? Es de madrugada, estamos muy cansadxs, nos quedamos todxs, no podemos irnos. Punk, en inglés, es sinónimo de basura. Un peinado a prueba de protocolos, burla un destino. Es un bebé y estamos hipnotizadxs. El consejo de los derechos, quizá, si fuese un consejo de lxs izquierdxs, sería otra cosa. No lo sabemos. Es hora de inventar uno. Junto con el bebé, en la plaza, había algunas pertenencias, entre ellas la partida de nacimiento. Un nombre religioso, digamos Mateo, ahora, devenido punk. El cuadro: un Mateo punk, escoltado por un policía (que casi se hace pis encima cuando, en broma, insinuamos que tendría que cuidarlo y cambiarle los pañales) y un séquito de (a)brazos pediatras, enfermerxs, psicólogxs, psiquiatras, trabajadorxs sociales. Alguien dice que es el mesías, que vino a darnos una oportunidad de hacer bien las cosas. Se escucha decir que seguramente el policía estaba ahí para evitar que se fugue. Las risas aparecen de inmediato y también, de inmediato, son superadas por la angustia cuando alguien más dice que si el mesías es un bebé abandonado estamos fritxs. Alguien dice que por qué mejor no nos callamos así no lo despertamos. Poco pogo para tanta intensidad. Al día siguiente la inquietud por lo que podría pasar, lo que muchas veces pasa. A esta altura de la pandemia ya no genera tanto revuelo que alguien pueda dar positivo para covid. Incluso un bombón de 6 meses. Nos asusta más un desamparo, que otro desamparo. ¿Mucha expansión viral, para tan poca expansión punk? En ese estado particular de post guardia, entre cansancios y wapp de “¿che cómo siguió todo?”, se van recapitulando las siempre inconclusas historias. Queda resonando la clásica pregunta por los efectos del pasaje por el hospital para una vida. Y la urgente pregunta por los efectos del pasaje de una vida para las lógicas institucionales. ¿Qué interrupciones, qué hackeos, qué potencias, qué anticonvencionalismos, qué ateísmos, se irán soñando al interior de los quehaceres mainstream de los hospitales? ¿Qué podrá la memoria de esa cresta punk cobijada en un shock room devenido abrigo de urgencia?

  • Post Guardia XXIII / Débora Chevnik

    Como quien dice abuso y desaparece. Como quien dice mar y siente el revuelco de la ola, y ese ahogo de la infancia que no para de volver. Sentir que las palabras son papeles arrojados al suelo. Pisados. Ensuciados. Nada. Abusa la sordera de las palabras, Duelen, más que los hechos. No querer cortarse. Llegar a prometer no cortarse. Contarse las cortaduras con una amiga, también de 13 años, y hacerse nuevas para estar empatadas, esconderlas debajo del buzo; acompañarse. Hospitales que cierran sus oídos no admiten, no reconocen, no registran. No cantan, no pintan, no cuentan. Como máquinas de inventar palabras, palabras-casa, palabras-abrigo, palabras-vaivén, palabras-tiempo, palabras-arrullo de nuevas palabras, los hospitales, han muerto. Las madrugadas traen historias a las guardias cuando todavía no son historias. Contar los abusos, del 1 al 7. Uno a uno. Crueldad a crueldad, denuncia a denuncia, impunidad a impunidad. Un gusto por el dibujo dibuja números, los imagina distorsionados los dibuja en lápiz, los superpone, los aumenta, los une, los borra, los reescribe. Los llama números creativos. Necesitar hablar con oídos que escuchen. Oídos que quieran volver a nombrar el mundo. Que quieran lenguas que no se sequen. Estar en conversa con bandas de k-pop, novelar ahí. Consultorios de “salud mental” llenos de silencios, vencidos de descreimiento, inundados de “evaluar y derivar”, a veces, también, se llenan de tiempo. Soportan la vergüenza de “desbarrancar”, de transformarse en una charla trasnochada, entre bandas coreanas, rusas y risas de imitarlas. Escuchan que algunas palabras nuevas, llegan de una banda del k-pop. Llegan de lo que no se entiende. Sostienen una deslealtad con la lengua de la institución, la anomalía de escuchar en lo de siempre, en un resquicio, en un desquicio, algo nuevo. Triangular la conversación, hacer pasar al consultorio un BTS imaginario y otras esporádicas irrigaciones que entibian consultorios, envuelven con una magia inesperada, urgente. Y pasa algo. Cada tanto alguien se va con algo nuevo, una palabra, un gesto, no se sabe. Y la confianza de que, lo que se tuvo una vez, impalpablemente, incorpóreamente, se sigue teniendo. La memoria de la carne sabe de persistencias como sabe de instantes.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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