top of page

Búsquedas

Buscar en este sitio

Se encontraron 1563 resultados sin ingresar un término de búsqueda

  • Breve historia de la micropolítica / José Luis Pardo

    Aunque seguramente no fue el primero en utilizar esta expresión, la consagración del término "micropolítica" como consigna y emblema de la revolución de Mayo del 68 se debe a Pierre-Félix Guattari: en su doble condición de psicoanalista y de militante de izquierda involucrado en aquel movimiento, estaba en condiciones inmejorables para captar lo específicamente nuevo del saldo político de la revuelta parisiense. Esta novedad puede describirse como una redefinición del terreno de juego mediante la cual ingresaban en la arena de lo político toda una serie de ámbitos (las relaciones sexuales, familiares, laborales, institucionales, clínicas o escolares) que hasta ese día habían quedado excluidas de ella por su presunta pertenencia a la esfera privada. En la década siguiente, esta aguda percepción de Guattari recibiría una triple confirmación teórica y práctica. En primer lugar, las obras de Michel Foucault Vigilar y castigar y La voluntad de saber elevaron aquella intuición hasta el umbral de la positividad histórica al poner de relieve la constitución, en las sociedades industriales, de toda una serie de microrredes de poder y disciplina que infectaban a la democracia avanzada y que inyectaban un régimen político miniaturizado, hasta entonces invisible, en los confines más íntimos del individuo socialmente forjado. Guattari se asoció con otro de los grandes pensadores de la segunda mitad del XX, Gilles Deleuze, para escribir una obra monumental (los dos volúmenes de Capitalismo y esquizofrenia) que canonizaba filosóficamente la micropolítica y esbozaba el programa de una inminente revolución molecular. Finalmente, los movimientos feministas de la época, que llevaban décadas teorizando el carácter de relaciones de dominación de los vínculos supuestamente "privados" entre varones y mujeres, encontraron en el nuevo descubrimiento un apoyo para su convicción de que lo personal es político. Los mismos Deleuze y Foucault figuraron entre los garantes intelectuales de una gran corriente con vocación de multiplicar sus frentes: persuadidos de que la "macropolítica" (la de los parlamentos, los gobiernos, los tribunales y la prensa) carecía de poder real de transformación social, los nuevos militantes optaron por intervenciones "micropolíticas" en las prisiones, en los manicomios, en los hospitales, en las escuelas y en las familias, intervenciones que habían de subvertir en sentido progresista esas instituciones, sin respetar fronteras nacionales. Debido a su radicalidad, estos movimientos llegaron rápidamente a un impasse: como les horrorizaba ser "recuperados" por los mecanismos "revisionistas" de las democracias de masas, no podían presentar programas ni alternativas, y tenían que asegurarse de que sus reivindicaciones no pudieran ser negociadas por ningún gobierno, incorporadas por ningún partido, admitidas por ningún tribunal ni toleradas por ninguna opinión pública. Este fundamentalismo comportó la disolución de aquellos colectivos o, en los casos más lamentables, su complicidad intelectual con la violencia antidemocrática. Pero, bajo esta apariencia de fracaso (¿quién podía imaginar entonces que el fundamentalismo tenía un gran futuro ante sí?) se oculta un éxito posterior, aunque seguramente de signo muy distinto al que imaginaban sus patrocinadores filosóficos. La revolución del 68 terminó a su pesar siendo "cultural" y originando una nueva constelación intelectual: la izquierda universitaria posmarxista, que compensó la escasez de sus éxitos prácticos con la magnitud de su producción teórica. Desde un primer momento, esta nueva izquierda optó por un modelo de pensamiento aristocrático-estético que, apoyado como estaba en las figuras de Nietzsche y Bataille, compartía con las vanguardias artísticas su capacidad de "escandalizar al burgués" (y al proletario integrado en el "Estado del bienestar") por su absoluta aversión hacia la ética y el derecho. Tal connivencia propició el lento tránsito de los vocabularios técnicos de Deleuze y Guattari (las "máquinas deseantes" o el "nomadismo"), de Foucault (la "microfísica del poder" y la "estética de la existencia"), de Lyotard (los "dispositivos pulsionales" y la "condición posmoderna") o de Derrida al territorio de unas artes que aún se querían subversivas pero que habían sido abandonadas por los "grandes relatos" críticos que antaño sostuvieron su impulso renovador. Sin embargo, sólo tras su colonización del mundo académico estadounidense, en los años ochenta, la micropolítica empezó a nutrir mayoritariamente el discurso teórico de muchos artistas visuales contemporáneos y de sus críticos especializados. El motivo es que, en esa migración transatlántica, la revolución molecular acabó por encontrar una coartada ética, que es la que hoy la legitima socialmente y la etiqueta como "progresista" y democrática, también en el catálogo que acompaña a la muestra que ahora se clausura en el Espai d'Art Contemporani de Castelló (EACC) y que presenta un largo recorrido histórico por el arte contemporáneo acertadamente compilado. Se trata -nadie podría haberlo previsto en 1968- de la doctrina de lo políticamente correcto y del advenimiento de las llamadas políticas de la identidad, que se han convertido a ojos vistas en la ideología de recambio para una izquierda que se quedó huérfana en Bad Godsberg. ¿Quién iba a decirles a aquellos jóvenes alborotadores de Mayo del 68 que, tras un discreto periodo de reclusión universitaria, acabarían imponiéndose en los burós políticos y que su reclamación de lo imposible sería finalmente atendida? Porque una cosa es segura: el argumento es clásico en su apariencia (alude a la justicia social que merecen los menos favorecidos, a la reparación de los daños causados a minorías marginadas, etcétera), pero la situación a la que se aplica es radicalmente no-clásica: este reconocimiento ya no tiene como horizonte la emancipación de los individuos mediante su elevación al plano público de la ciudadanía, sino su repliegue hacia lo que de más incivil hay en ellos (sus servidumbres biológicas, étnicas, lingüísticas, genéricas o culturales), que es precisamente su identidad; y estas identidades que demandan reconocimiento chocan a veces frontalmente con los principios de la democracia. Más que una prolongación del Estado del bienestar, parece que esta micropolítica estética de la diversidad señala el nacimiento de un nuevo Estado del malestar. Pero quizá haya que ser realista e irse acostumbrando a lo imposible: que por estar la política denodadamente ocupada en lo "micro" y en lo privado, lo público se ha convertido en cosa personal y más bien minoritaria. Fuente: Babelia. El País. Viernes 5 de septiembre de 2003.

  • A Primo Levi, nacido el 31 de julio de 1919 / Alejandro Kaufman

    - pues el judío, tú sabes, qué tiene él que le pertenezca realmente, que no sea prestado, tomado prestado y no devuelto. Paul Celan O vi si sfaccia la casa, / La malattia vi impedisca, / I vostri nati torcano il viso da voi. Primo Levi Somos famosos porque ustedes son nuestros enemigos. (…) El mundo está interesado en ustedes, no en nosotros. No tengo ninguna ilusión. Mahmoud Darwish ¿Qué efectos ejerce sobre el sentido la proliferación masiva de producción de sentido? ¿Qué consecuencias tiene sobre las memorias, las conmemoraciones y las conversaciones en general que la disponibilidad pública de discurso se haya vuelto incontable? Lo multitudinario atraviesa como variable independiente la difícil homología entre exterminio y vida en común. El primero clandestino, ignorado y negado por su contemporaneidad, luego objeto de testimonio; después también de negacionismo y banalización. La vida en común enfrentada con nociones del límite y de lo ilimitado, de la demasía civilizatoria sobre las propias condiciones de la existencia, una existencia autofágica, pulsiones tanáticas que confirman cada vez el hito del unicum solo para replicarlo de mil maneras que parecen inspiradas en aquello. Sobre el testimonio de Primo Levi, en efecto, se ha escrito, hablado y comentado de manera innumerable, sin que ello nos conduzca a la conclusión de que “todo ha sido dicho, qué más se puede decir”, no tanto porque algo más se pueda decir, o porque no sea mejor el silencio, sino porque tantas palabras no han sido sin consecuencias. ¿Cuánto podemos comentar, interpretar, extrapolar, enseñar, explicar sobre lo intransferible e intraducible del testimonio? ¿Cuánto -y hasta cuándo- podemos habitar la extenuación a que se somete a la escritura de Primo Levi? ¿Cuánto no tiene de abusivo, vano, denegatorio hacer otra cosa que leerlo y atender a lo que Primo Levi nos solicita? Porque si el título de su libro principal se manifiesta en condicional, Si esto es un hombre, en el epígrafe que precede al texto, el condicional despliega una de sus consecuencias. No es un condicional logicista sino ético, un llamado, la concertación de una obligación. Primo Levi llama con su testimonio a quien quiera que lo escuche a comprometerse con la memoria, a grabarla, a considerar el condicional como acto de memoria. El acto de memoria que Levi solicita no es el registro de los sucesos evocados sino la consideración sobre la ruptura del sentido que contienen, y su contrastación con el supuesto de que la vida en común prosigue su curso, no obstante lo acontecido y sus consecuencias inenarrables. El condicional del título no es su parecer, ni aun su sola referencia sobre lo que tiene para decir sino una solicitud: considerate se questo è un uomo. Solicitud que se requiere omnipresente en la vida cotidiana, en la vida en común, no porque se la pretenda introducir como desde afuera sino porque está ahí, y no lo sabremos, pretenderemos no saberlo si no escuchamos su grito. Y no carece de violencia tal pedido intempestivo porque si así no se hiciera, lo que se solicita, dice Primo Levi, seremos responsables. No nos creamos prescindentes de lo que sucedió y sigue sucediendo con su irrevocable secuela de horror, cernido sobre nuestro tiempo como una maldición. Nos falta todavía mucho trabajo en común para inteligir que las sentencias de exterminio no se detienen. En ello reside más que en ninguna otra cosa su carácter de crimen contra la especie. Son impersonales. Configuran una identidad a ser eliminada, pero no hay tales identidades que puedan culparse, como seguramente concordaremos, pero en consecuencia tampoco absolverse. Fue Kafka quien anticipó en todos sus detalles éticos lo que iba a suceder: no importa el nombre propio, la culpa es una premisa y el castigo su consecuencia irreparable. No hay absolución. Es la magnitud del problema, no una descripción pesimista. Es lo que nos resistimos a reconocer porque no sabemos qué hacer con ello. En cambio, en la entrelínea de los discursos circulantes se adivina una premisa sobre lo sucedido: pasó, dejó de ocurrir, no volverá a ocurrir, nada de lo que ahora sucede tiene que ver con aquello. Este es uno de los términos. El otro es antagonista especular, todo aquello es como si estuviera sucediendo y lo que ahora acontece responde directamente a aquello. Si de uno de los polos se desprende un ineluctable y final negacionismo, del otro, una insensibilidad, una ceguera frente a nuevas injusticias en tiempos en que suponemos o deseamos que las podamos articular de modo inteligible y encontrar amparo. O habría que suponer si no, que ningún cambio posterior a 1945 fue suficiente para establecer una discontinuidad con el horror. El poema epígrafe de Primo Levi es elocuente al respecto porque describe la vida en común tal como tiene lugar o como entendemos deseable cuando circunstancias de injusticia o calamidades nos privan de ella. “Consideren si esto es un hombre” podría ser no obstante el propósito, y lo es, de la infinita hermenéutica prodigada bajo su invocación. Lo es, pero también verificamos en buena parte de las crecientes bibliotecas engendradas por nuestras industrias de producción de sentido, unas exegesis del olvido, unos juegos que colocan capas sobre capas de palabras que sepultan más bien el testimonio antes que encarnarlo, que lo vuelven un eco indistinguible y un objeto mucho más cercano a la desvitalización caminante, zombi, que Levi describe y denuncia, que a la consideración que nos solicita. No pretende esta observación atribuir más responsabilidades que las infructuosas a que nos encomendamos en este mundo trazado por designios algorítmicos tan homólogos a las consabidas contabilidades de las fábricas de la muerte. Solo se trataría, no obstante, de despejar el campo conversacional de tantas hostilidades crecientes, de tanto belicismo y de tanta propaganda, de tanto odio y prejuicio por doquier. ¿Deben las memorias y las defensas de los derechos humanos proveer y proveerse de disputas de prestigio? ¿No nos alerta sobre una profunda descomposición cuando en su nombre se proceden maneras ostensiblemente contradictorias con lo que se proclama? ¿Puede el deber de memoria al que nos llama Primo Levi dirimirse como disputa con iguales métodos con que proceden el mercado, la industria, las finanzas? ¿Pueden memoria y derechos humanos devenir crematística? ¿Puede devenir el comentario en inmersión forense en detalles, en minucia exegética, en competencia académica? Sin eximir a lo realmente existente de su ineluctabilidad, digamos que en alguna parte, en algún momento, necesitamos detenernos, escuchar, guardar silencio. Rehusarnos a que la corriente nos arrastre sin más. Es una intención promovida por la conmemoración. Concentrarnos cada vez en escuchar el testimonio en sus propios términos de verdad, sin subordinarlo a sesgos hermenéuticos, aun cuando no habremos de prescindir de la hermenéutica como método privilegiado de una conversación conducente a la esperanza de una verdad. Atención entonces a lo que nos indique habernos desviado en direcciones que nos conduzcan a la opacidad, lo hostil, la crispación entrampada en palabras vanas. Así sucede con los principales hallazgos de Primo Levi, sus reflexiones que inspiraron grandes intelecciones teóricas y conceptuales. La condición vital desvitalizada, la emaciación despojada de aliento, resignada de hecho en su abyección a la muerte, fue una de ellas. La condición de abyección impensable que Levi relata no es nueva en su carácter deviniente, pero sí lo son los designios que la producían. Tal condición recibió varios nombres en las jergas de los Lager (habladas en reciente arribo y espera de la muerte), aunque Levi utilizó aquel al que asistió, y que lleva el nombre de una fe religiosa que omitiremos pronunciar aquí, porque lo que aquí se trata de decir es cómo el uso de esa expresión, analizable, susceptible de estudio como cualquier otra cuestión, ha sido objeto de un uso abusivo, ofensivo, hiriente y prejuicios para quienes alude. El abuso hermenéutico no se priva de especulaciones interminables sobre una palabra que, insisto, es analizable en su genealogía y dentro de sus límites, discretos en relación con la proliferación infinita a que se la somete. En italiano, Levi la consigna diez veces en total en su trilogía de Auschwitz y cinco en su equivalente alemán. No hace una investigación científica sobre la palabra, solo da testimonio de ella, de lo que ella designa en el Lager, que es lo que tiene inmenso valor cognitivo y así fue considerado por incontables lecturas e interpretaciones. Tales intelecciones no tienen un mero interés historiográfico sino que adquieren significación por la potencia crítica que inspiran en cómo pensamos nuestra actualidad moderna en todas sus variantes del presente, pasadas e inminentes. Qué se hizo de lo humano en los Lager, qué existencias se forjaron de manera industrial y con procedimientos sistemáticos nos congela el alma frente al mundo que vivimos, desde el feedlot hasta los regímenes escolares o las terapias intensivas. No son comparaciones, no son analogías ni son metáforas. Acerca de qué son reside la dificultad sustancial e irresuelta. Aquello que describe y de lo que da testimonio Primo Levi es narrado en su inmanencia. Apreciar lo sucedido para desenvolver la escritura contiene todo lo analógico y comparatista que es inherente al lenguaje como tal, pero no es cómo Levi nos hace saber lo que nos quiere decir. En el sentido común se despliegan modos banales, burdos de cotejar identificaciones, experiencias, eventos. Tal cosa es como tal otra. Y tal otra no requiere a su vez definirse o explicarse porque se da por sentado. El unicum no es una exclusividad, ni por tal razón habrá de otorgar prestigio. No se puede pensar algo más ajeno a Primo Levi que la noción del prestigio por haber sufrido, por haber sido víctima. La atribución de privilegios al protagonismo por padecimientos es una aberración digna de los Lager antes que un evento que se nos antoje asimilable a la vida en común. La otra noción aun más difícil a la que rendir tributo como testimonio ofrecido por Primo Levi es la de la zona gris. Noción devenida etnografía trivial, sociologismo descriptivo. En lugar de todo ello nos exige, demanda, solicita el mismo compromiso con la consideración de si esto es un hombre. Hay que decir aquí que todo lo deplorable que parece ser el haberse diseminado una versión degradada del testimonio no es más que inferencia de lo que el testimonio da cuenta. Zona gris es la que habitamos entre el suceso y nuestro incierto futuro forjado por nuestra especie, otra de las palabras motivo de los testimonios del horror. Y todo esto cuando ya hay habilitadas grandes superficies disponibles para el estacionamiento de nuestro habitar un mundo infernal, apocalíptico, Antropoceno. La acción destructora de la especie como corolario último del horror es nuestro signo de época. Digamos entonces que transitamos al menos dos dimensiones heterogéneas y desencontradas de lo que el testimonio inspira como deber de memoria. Uno concierne a la especie, a aquello que en los Lager fue descreación tanática. El otro concierne a vidas específicas, identidades, territorios, a conflictos cuyo suceder procede de lo que hizo posible la existencia de los Lager y fue su consecuencia directa sin que ello sea reconocido. Es más frecuente e instalado sumergirnos en océanos de culpas y hostilidades, denegaciones y mentiras, odios y pretextos. Los Lager dejaron una herencia maldita entre hostilidades heterogéneas que parecen inconciliables, hostilidades que recurren en forma constante a comparaciones injuriosas solo atribuibles a prejuicios inviables, incompatibilidades plagadas de insinceridad, ausencia de deseo de verdad, y negativa a la asunción de lo conflictivo en sus términos genuinos. El llamado de la memoria y el testimonio es un llamado a la paz y a la convivencia, al nunca más. No puede servir para disputas, ni para privilegios, ni para nuevos horrores, ni para justificaciones, no puede servir para consolidar poder alguno que se auto perciba en su legitimación excluyente. Lejos como estamos de todo ello, más bien habitamos un retroceso generalizado. Solo al invocar el deber de memoria puede la conmemoración hallar su destino. Publicado en Revista Haroldo La revista del Conti https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=633

  • Naufragamos GruposDos / Fernando Stivala

    Orilla, orilla desde la que te veo venir. ¿Se habrá venido venir este naufragio, esta llegada, esta orilla? Mejor algo que pájaros volando. Materializar lo que pensamos, lo que nos piensa. ¡Que tarea! todo un ejercicio, un trabajo, un hacer, la definición de ética. ¿La moral? Lo que ya está hecho. Hay otro conocimiento posible, también. Claro que está el hegemónico, no se queden comparándolos. También existe otro conocimiento. ¿Cómo lo saben? Las guías entre intuitivas y de interés, pulsión de conocimiento, pasión y lenguaje, dos expresividades de lo mismo. Aprender a aprender. Una nota va y viene. Deja el placer o el dolor momentáneo, muy supeditado al momento. El termómetro, recuperar algo de el termómetro, si es sentido, si lo comprobaron con sus cuerpos, creemos, intuimos, que son herramientas más a largo plazo. Cambiar lo personal, y cambiar el mundo. Son dos posibles entradas de lo mismo. Si recuperamos algo del termómetro, ponemos en jaque al poder. El poder lo pueden representar personas pero están anclados en dispositivos. El dispositivo no se cambia a voluntad, sino metiéndose molecularmente en los asuntos donde opera. Puede operar a control remoto, teniendo en su poder los registros sensibles de la cultura. Recuperar eso (aunque parezca solamente personal) es el problema de los grupos, de la política, de los cambios culturales y de dispositivos. Ya no se distingue el trabajo personal del trabajo colectivo. Sabemos que el problema del conocimiento a base de nota es muy adictivo como para ocuparse de los registros sensibles. Mejor dejarlo en manos de otros. Sabemos que el patriarcado es adictivo, sabemos que tener padres es adictivo, sabemos de que ley, pensamiento escolar, dirigentes, orden, líderes, jefes, familias, Estado, o cualquier escritorio construido a base de yo y pertenencia caen en la adicción de la guía, la receta, el diagnostico, el Saber. El control es adictivo, embriaguez de cercanía. Necesitamos de la distancia de la incertidumbre. Sabemos que es adictivo dejarnos en manos de otros, por eso proponemos una materia abstinente de notas. Recuerden que nos pasa porque somos antenas moduladoras de signos de una cultura. El borde del movimiento entre lo establecido y lo diferenciante se juega en nuestros cuerpos con sus signos. Se confunden por personales porque no les queda otra que pasar por nuestra antena, pero son vibras de lo mucho. Demasías. Si nos animamos a no silenciarlos, algo pasa. Si los negamos algo se estanca. Si solo los dejamos fluir como relato de una historia personal, pasan muy pocos matices. Crítica-creación Delirar-derivar. Genealogía no es árbol. No se trata de saber lo que somos, sino más bien la pregunta por lo qué somos y no somos cuando no estamos colonizados por las hablas del capital, del patriarcado, de las normalidades, del sentido común, de la moral de época. Eso se resuelve por la vía de la creación y no por la vía de la obediencia o repetición. No nos sirve la dicotomía deseo/obligatoriedad, como ninguna otra dicotomía. Pero sabemos que como están dadas, la obligatoriedad es contagiosa y adictiva; se olvida del deseo, lo naturaliza, se lo deja del lado del ocio. Ya que estábamos obligados a vernos, convoquemos al conatus. Ojalá algo de eso hayamos contagiado. Afirmar el azar. No es conformarse, no es resignarse. Es no ejercitar el musculo quejoso con lo que viene. Sí, la queja es un musculo. Como otras fuerzas reactivas. Quizás en el porvenir, no impere en la imagen de pensamiento la fuerza como potencia máxima, sino una común debilidad. Afirmar el azar permite dar el próximo movimiento. En el juego que es la vida, quejarse o negar o responsabilizar lo que viene es de un mal jugador. Un buen jugador es quien desde lo que viene, mientras se afirma, va moviendo. Un tronco en la corriente. Un punto de referencia en el universo. O como escribe William Blake: “ver el mundo en un grano de arena, Y el cielo en una flor silvestre, Contener el infinito en la palma de tu mano, Una eternidad en una hora” Si seguimos la línea de pintar las fuerzas, escribir los movimientos, materializar la transformación, y lo hacemos con el diploma que están construyendo, hagamos el ejercicio. ¿Qué va a decir el titulo? Va a decir algo así como: se certifica que tal persona se recibe de licenciada en: tener una memoria gigante, aprender muy bien a volver a decir los enunciados creados por otros, decir tal cual lo que ya dijeron algunes, en repetir enunciados muy bien argumentados pero con poca resonancia en el campo sensible, en los cuerpos concretos. No está mal, pero necesitamos que también diga: la licenciada tal se recibe en: haber utilizado el pensamiento y moverlo para elaborar nuevas cosas, para darle vida a la psicología y a la mente que no son nunca campos cerrados, para poder hacer uso de teorías de manera creativa, para imaginar otros mundos posibles. Se recibe por: curiosear en el pensamiento, por animarse a ir mas allá aunque no se sepa como, por no quedar tomada por los reconocimientos y castigos de la academia, por no quedar embelesada por el reconocimiento de una clínica efectivista que se reconoce por sus logros. Por propiciar una clínica que sabe que no puede definir ya que la mente es versátil, ya que existen las pasiones, las demasías. Y por saber esto, igual investiga y se mira de frente con lo desconocido o el mal llamado No saber. . Misma corriente, mismos problemas. No tiene sentido discutir desde acá en la soledad de una materia la psicopatologización de la vida cotidiana. Hay un riesgo más adictivo que cualquier otro: el de diagnosticar. Ojo que los convenzan, con armas viles, que hay una binarización estructural de las vidas. Ellos o nosotros, carne de cañón para cualquier diferenciación, para cualquier grieta, para cualquier desprecio. El pasado ya mostró que lo máximo de esa división de grupos se llamó genocidios de razas. En grupos podemos enseñar eso. El riesgo adictivo de formar parte, de la pertenencia. Formamos parte de los diagnosticadores; entonces ustedes, los enfermos. Acá los de guardapolvo blanco. ¿Este mundo más binarizado vamos a construir? ¿Así vamos a atender rarezas, locuras, extrañezas, inconmensurables, demasías, contagios, franknesteins, pulsiones, inentendibles, múltiples, ambigüedades? Salgamos de este par, denunciemos este escritorio, Interrumpámoslos. Inventemos la clínica. Clínica itinerante, insurgente, desprendida del imperio de cura. Espacios de tránsito. Recuperemos los espacios, públicos, individuales, colectivos, políticos, íntimos. Es en movimiento, no la construcción de lugares fijos. Lugares por los que se pueda pasar. Lo personal es político, frase de Janisch, que nos llevó por la idea de mayorías, luchas, chivo emisario, y tantos cruces entre los ex llamados sujetos y objetos, entre las ex llamados exterior/interioridad, entre los ex llamados yo/nosotros. ¿Vamos a atender lo múltiple con un binarismo? ¿Vamos a no estar a la altura del cuerpo modulador, y vamos a atender como si fuésemos tartas con moldes? ´No señor, ordénese o nada. Mejórese sí o sí y como yo le digo. No señora, sino la interno, o la medico. No la entiendo. Usted no encaja, no entra en el código. Encaje a la fuerza, adáptese, vuélvase normal. Inclúyase. Trabaje lo más que pueda. Si usted no puede más, haga como que no, exprima al máximo sus potenciales, y regáleselo a trabajar para vivir y vivir para trabajar. Use el tiempo exprimiéndolo, si está cansado, espere al final del día, solo ahí sentirá alguna recompensa. Acostúmbrese a querer irse de donde está. Tenga una relación duradera pero no se ocupe del deseo, si no prospera, siéntase mal. Trate de adaptar su vida a la película del yo más vista y narrada por la cultura: alégrese por acá, entristezca por allá, emociónese aquí, guste de estas cosas, tenga estos logros, y sus dolores manténgalos dentro de un parámetro de duelos normales. Consuma pero no mucho, ria pero hasta ahí, llore de vez en cuando. Sea empático un poquito.´ Inclusión. Desmanicomialización. Integración. Desmentida cultural. No se niega lo percibido, hace que lo percibido dude de sí mismo hasta sentirse culpable de su mirada. Hasta dudar de la confiabilidad de quienes denuncian el horror en sus cuerpos antenas. Se sigue reponiendo el binarismo: psicopatologización o inserción. Necesitamos una clínica inventora de lo mucho. Dadora de tiempo. Del estar ahí. Del dar el estar ahí. Amorosa transfusión de ánimo. El encanto, ni el miedo ni la amenaza ni la autoridad ni el protocolo ni la estructura alcanzan para un acto clínico. La fuerza del encanto. Misma corriente, una única pulsión, perseverar en el ser, conatus, tendencia a, movimiento. Misma corriente, la de los curioseantes de las psiquis. Políticas de la amistad. Islotes respirables desde donde tomar impulso. La hoja en blanco, todos los clichés binarios que se nos aparecen ante cada situación. Ese problema a enfrentar cada vez, está en el inicio, esa imposibilidad primera. Para no pasar por esa frustración nos volvemos adictos al Saber guía. Ante la primer imposibilidad, nos quedamos igual, la manchamos, la saturamos de lo que viene. Forzar la catástrofe es desarmar el cuadro de coordenadas de lo que pensamos y sentimos tal como viene dado. Otra vez darse al tiempo, algo que no sea pedido por la gestión. Si hay algo que grupos dos tiene para aportarle a la política de gestión es esto. Esa relación con la llamada frustración, error, que no pase nada, no productividad. Una acción no neoliberal. Darse al tiempo más allá de exprimirlo como valor de mercancía. La política de gestión no nos ofrece la posibilidad de analizar esos momentos de impotencia como fundamentales. Levantar la cabeza, esperar, no concluir, tartamudear, balbucear, rumiar. Silencios. ¿Cómo es que una sensación nueva puede ocurrir? ¿Cómo se escapa a una normalización profunda de los sentimientos y sensaciones? ¿Qué en el cuerpo permite crear sensaciones? Fuerzas invisibles. Detectives de esos signos deformantes de la forma. Nos interesa ese signo por su movimiento transformador. Ese signo es la pista sin finalidad, o una finalidad que no cierra, que no paraliza. Signo que nos muestra la parte blanda, fluida, contagiosa, disponible de los cuerpos que también contienen durezas impenetrables. Otra vez, no nos interesa confirmarnos en lo que ya sabemos, hay un múltiple en cada paso. Hay una suerte de descubrimiento de lo que somos, de la potencia, de lo que no se sabe en función de los encuentros no programados (y programados) que la vida inevitablemente nos depara. Crear no es un lujo o un momento lúdico. Es un hacer, un diseñar. Son las fuerzas que desde un cierto afuera de la experiencia nos tocan la puerta, nos seducen, nos inquietan, activan la pulsión como una ramita al fuego, y nos obligan a pensar lo que no sabemos pensar. Sigamos esas fuerzas del afuera, no queramos con el Yo remar contra corriente de esos devenires. Seguir esa fuerza no es dejarse llevar por la corriente sin más, es dejarse llevar por el río y mientras afirmarse en algún tronco, y mientras construir una balsa. Ojalá grupos dos sea algo parecido a eso, un punto de referencia, lugares por los que se pueda pasar, al que puedan acudir, en este mar en el que nos encontramos. Naufragamos, señal de que navegamos bien.

  • Demoras y amparos / Anabel Arias

    I Tiene sentido este vértigo de andar contándole las costillas al silencio. El aire las separa. Abre el paso que paladea el espacio. En la curva se avizora que no fue haciéndose imposible. Que se mire por donde se mire, sabe a la honestidad de lo insostenible. La eternidad tiene alas de pequeño pájaro. Es una crueldad intentar capturarlo. II Un pez vino a contar que el tamaño de la carnada, a veces, es irrelevante. III Habitar la polifonía de un neologismo como quien toma un ramo de flores. Se necesita tiempo para recorrer la homogeneidad del primer vistazo, para detenerse en cada uno de sus tonos, delinear con la lengua sus formas. Y a veces, es sólo en el instante en que se tira de la piola, en que cada color encuentra un lugar. IV Se escucha diferente. Neologismos y arcaísmos vienen a enterarnos. Quignar lo dice hermosamente cuando titula uno de sus tratados: “Ocurre que las orejas no tienen párpados”. V Hay días en los que solo se trata de transitar la pena por las moras caídas antes de hacerse dulce. VI Lo sublime se traza en un compás sincronizado de gestos. O ¿cómo se explica que se cierren los ojos en el equivalente instante en el que algo se estaciona en el pecho? VII Una crianza hace un anuncio, llama a ocupar un lugar. Dice que el amor de los amantes reside en el instante en el que se separan. El anuncio es claro, pero como toda carta, tiene ausencias encriptadas. VIII Cada vez que él dice: “acá tenemos un enigma”, ella piensa: “y bueno, tendremos poesía”. IX En tiempos de fragilidades algo susurra: Hacer con lo olvidado, con lo perdido, con lo desechado Recortar en la medida del silencio, una consistencia otra. X Un punto en la brújula, se marca con lo que se tiene. Pizarnik nos enseña que para encontrarse cara a cara con alguna belleza hace falta atravesar el vértigo de lo que se termina.

  • El entrar de la noche / Rocío Fabbio

    Tuve un sueño. Estaba en un auto, sentada atrás, y un amigo gira hacia mí y gesticulando con las manos, como atando un moño en el aire, me dice: - viste como es, hay gente que prefiere ver mover la pecera y no mover el pez. Mientras me iba despertando repetía la frase para no olvidarla y cuando abrí los ojos, giré la cabeza buscando el celular y me mandé un audio “viste como es, hay gente que prefiere ver mover la pecera y no mover el pez”. Hablaba para mí. ¿Viste como es? El pez no tiene talón de Aquiles para saltar, ni medias blancas con dos rayas negras que acomodar. Su salto en mí está por inventarse. ¿Cuántos intentos sentidos, y vacuos vacíos hay dando vueltas y giros y trotes entre estas lábiles membranas? Tejidos acuosos, sedas frágiles, espumas bramantes y peces ondina navegando sin proa ni banderas entre los filamentos de luz que tuercen a la oscuridad, esta noche. Pero de la noche, el entrar de la noche, el lengüeteo hirviente de las olas, las caracolas aleteando entre babas y restos, todos los dobleces del océano se frotan con lo incierto, todas las peceras envuelven el mismo pez y el mismo vértigo.

  • Agosto Adynata / VPS

    “Canción cántaro, lleva tu tristeza Y la duerme entre la hierba Cántaro Canción artesanal, Canción fuente, canción herramienta (…) Canción cántaro, se llena Canción cántaro, se vacía” Palo Pandolfo ¿Cuántos nombres puede asumir la clínica? ¿Al servicio de cuántas adjetivaciones queda? Clínicas adjetiva una serie proliferante de sustancias, muchas de ellas se escuchan en plural, algunas otras piden lo individual. La más de las veces, esa palabra sustantiva queda en torno a prácticas, tareas, labores, preguntas, historias, escuchas, consecuencias, relación, acciones, encuentros, narraciones, ocurrencias, trabajo, experiencias, estrategias, psiquiatría, psicopedagogía, comunidades, diálogos, viñetas, clasificaciones, razón, circunstancias, visitas, dimensión, situación, novela, teoría, distinciones, diagnósticos, habla, consulta, conversaciones, posiciones, escrituras, agudezas, cualidad, voluntades, sesión, proposición, discusiones, convergencia, reuniones, urgencias, lecturas, argumentaciones. A veces se acerca a deliberaciones, curadurías, hospitalidad, sensibilidades, inquietudes, moradas, ficciones, invención, astucias… Luchas ya añejas, las de la antipsiquiatría, aquellas contra las instituciones totales, las de los movimientos por la desmanicomialización que saben y denuncian que encierro y prácticas represivas siguen vivas. Luchas que inscriben otras formas paridas de las urgencias, de esas que impone el dolor, de esas que impone la desazón ante el éxito del fracaso institucional. El deporte olímpico de levantar juicio opinativo mediático y de redes funciona como una maquinaria de producción de desmerecimientos arrogantes que parlotean, patotean y fijan verdades por fuera. Verdades antisituacionales y abstractas que buscan la repetición serial del caso, negando el acaecer de lo vivo. Habladurías de derechas, de izquierdas, que no terminan de embarrarse los zapatos relucientes de afirmaciones diagnósticas. Habladurías tantas veces de progres y anárquicxs que se calzan los borcegos acordonados con revoleos de sospechas y “éticas” con gorra, que no logran tocar transformaciones posibles sino que perpetúan el mandoneo de lo ya conocido. Clínicas, intentos de alojar lo inalojable. Nunca a balazos. Clínicas, intentos de ensayar otros modos, entre temblores que abrazan garrafas. Clínicas, críticas a la rigidización serial del progresismo endurecido. Lo progresista endurecido y sabiondo cual patriarca, hace al progreso en reversa. Reverso represivo, elecrtoshock y picana, muchas veces, desde la literalidad de sus acciones. Muchas otras, como fábrica espectacular de producción masiva de imaginarios que lastiman. Clínicas que, en un mundo inmundo que sabe del daño, insisten, intentan, ensayan más allá y más acá de las universidades, los manicomios, las políticas públicas, la psiquiatría, las leyes, los massmedia. ¿Cuántos nombres puede asumir la clínica? Clínica de la desmanicomialización. Clínica menor. Clínica del impoder. Clínicas plebeyas, insurgentes, cimarronas. Clínicas de afirmaciones rotas. Clínicas sublevadas contra los diagnósticos. Clínicas interferidas. Clínicas después de los manicomios. Clínicas sabias en mudanzas. Clínicas alojadoras de demasías. Clínica de los despojos. Clínica de la cornisa. Clínica arácnida. Clínica del cada vez. Clínica de las derivas. Clínica de los acasos. Clínica de estados inconclusos. Clínica de “arrojar la escalera después de haber subido por ella". Clínicas con amabilidad animal ofrecen, entre balbuceos, la construcción / invención de acciones ante situaciones conmocionadas por eso que desborda los nombres.

  • Adelante! espíritus feroces / Santiago Maldonado

    La Anarquía erosiona la biblia las santas escrituras comienzan a borrarse a perderse, las hojas se oscurecen luego se blanquean quedan listas para reescribir el destino de la humanidad, pero lo desconocido la incertidumbre azota cada vez más el ciclo de la vida, no hay conciencia que pueda concientizarse todo parece que se ha aborrecido en el abismo en la nada misma, una dimensión entre nebulosas invita a quienes se animen a entrar, es un portal con melodías provienen rimas del más allá, las escuchamos en el más acá, quizás son ritmos del mismo averno, quizás es Lucifer que canta sobre el beat lo que sea que parece que tiene magnetismo como si al querer escapar resultara en vano como si resistirse fuera reprimirse como si reprimirse fuera a vivir el presente como si vivir el presente fuera blasfemar contra lo inerte contra eso que no libera, que solo causa debilidad ese dios nos fortalece a quién se arrodille se alimenta del miedo de los ingenuos de los que no se atreven a atravesar ese portal que la anarquía abrió de par en par para que lo atraviesan lxs sin rostro, lxs sin patria, lxs indixs, lxs sin ley, lxs sin karne, lxs sin clase ¡Adelante! Espíritus feroces, espíritus sin tiempo. Tiempo de feroces espíritus. *Para Santa Basfemia, proyecto de Hip Hop. Publicado en el libro “Wenüy. Por la memoria rebelde de Santiago Maldonado” (2018) Rosario, Lazo Negro ediciones.

  • Sesiones en el naufragio (9) Abyecciones / Marcelo Percia

    Escribe Borges (1946) en Deutsches Requiem: “La batalla y la gloria son facilidades. Más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov”. Se refiere al protagonista de Crimen y castigo de Dostoyevski (1866), una de las figuras centrales de la invención de la interioridad tal como la suponemos todavía hoy. Un personaje sumergido en ásperos e intrincados terremotos morales. Una novela que pone en escena la sensibilidad como teatro de sentimientos fanáticos que disputan el sentido de cada acto. En tiempos de hablas del capital, vivimos expuestos a disyuntivas destructivas. Una de las más dañinas reside la alternativa gloria o abyección. Gloria y abyección comparten el mal de la insuficiencia. Quienes viven momentos de gloria no se sienten en la gloria: temen perderla o siempre tienen que mejorar. Quienes se encuentran cayendo en la abyección creen que aún podrían caer más. La gloria no tiene techo, la abyección no tiene fondo. El destino que una fragilidad expulsada del esplendor se impone para sí consiste en el desprecio. Una repulsión implacable que sentencia: “Si no puedes subir al podio del triunfo, te vas a revolcar en la bilis de la infamia”. ¿Cómo resistir a la fascinación o atracción que ejerce la total caída? ¿Hay una embriaguez sacrificial en la inclinación a tocar fondo? La abyección se presenta como asco ante una imagen desventurada. Repugnancia que entrecierra los ojos retrocediendo ante los espejos. Freud (1933) describe la figura del superyó como una voz que manda. Un habla coercitiva que autoriza y prohíbe. Una autoridad moral impersonal que insta a realizar acciones que se pueden narrar así: Auto censura. Auto prohibición. Auto reprobación. Auto reproche. Auto vigilancia. Auto observación. Auto exigencia. Auto juzgamiento. Auto inculpación. Auto castigo. Auto punición. Auto represalia. Auto agresión. Auto humillación. Auto lesión. Auto degradación. Auto desprecio. Auto aniquilación. Uno de los secretos de las hablas del capital reside en el prefijo compositivo auto que saca provecho de la invención de un sí mismo para delegar la realización de infinitivos que disciplinan y normalizan: censurar, prohibir, reprobar, reprochar, vigilar, observar, exigir, juzgar, inculpar, castigar, punir, represaliar, agredir, lesionar, degradar, despreciar, aniquilar. La expresión superyó forma parte del léxico de las sujeciones: vidas que acatan disciplinas y normativas, recibirán protecciones benignas, mientras vidas indisciplinadas y anómalas sufrirán hostigamientos malignos. Eso que Freud (1923) llama “imperativos del superyó”, puede traducirse como imperativos de las hablas del capital. Tal vez, una de las últimas defensas antes de la condena abyecta consista en la megalomanía, descripta como delirio de grandeza. Hundido en lo insoportable Raskolnikov comienza a creerse Napoleón. La expresión amor propio suele traducirse como autoestima, como aceptación condescendiente de sí, como reacción de un orgullo herido, como desafío ante la adversidad, como valía exhibida ante otros, como heroísmo de la voluntad. El amor propio se postula como una megalomanía útil y mesurada. Tal vez podríamos pensar en un amor impropio: un amor sin propiedades ni trofeos, un amor por el movimiento, por el solo movimiento, por el gusto de estar. Un amor impropio como un narcisismo anterior al que piensa Freud en su artículo de 1914. Un narcisismo helénico (antes del castigo de los dioses) sin enamoramiento de sí. Pero la pertinaz fuerza de las hablas del capital no soportan goces libres de vidas impropias. Hostigamientos imponen el imperativo de la posesión para luego castigar la desposesión o el éxito perdido. La repulsión de sí se vuelve reacción del amor propio desencantado. Ensañamiento tras una grandeza perdida. Ferocidad que escupe ante lo que considera un fracaso. Edictos de la gloria decretan una única opción: la cima o el inframundo. Pero, ¿cómo estar a salvo de las bienaventuranzas prometidas por las hablas del capital? ¿Cómo pasar un mal momento sin sufrir una condena sin fin? ¿Cómo quedar eximidos de tener que pagar deudas solo contraídas por respirar ideales que sobrevuelan una época? ¿Cómo habitar una existencia desarrapada sin asquearse por la decepción? Se pierde la cabeza por alcanzar el trono y se la pierde tras el destronamiento. ¿Habrá que habitar vidas acéfalas? Abyecciones doblegan afectividades mordidas por lo perdido o detenidas en el desencanto. Si el malestar no se lee como derrota, ¿podría leerse como protesta? Pero, ¿cómo vivir sin enquistarse en nada, sin intentar apropiarse de cada momento, sin anhelar esplendores de la sujeción? La vida necesita pensarse como un estar en tránsito. La idea de tránsito dice esto que me está pasando, pasará. Pasará, aunque no sepa cómo. Pasará sin que sepa por dónde seguirá. Ese no saber podría vivirse como una hermosa aventura. Sin embargo, la hostilidad fustiga precisamente ahí. Porque la animadversión sí sabe hacia dónde ir. Abyecciones se ofrecen como lección y castigo para debilidades que no pueden, no quieren, no saben cómo seguir respondiendo a las demandas y desmesuras del éxito social. Hablas del capital, nutridas de psicologías, siempre saben qué, mientras que lenguas insurgentes no saben qué porvenir. En ese no saber residen las potencias del solo vivir. Pero, ¿se podría vivir en tránsito hacia no se sabe dónde? Incluso saber la muerte no supone saberla. La muerte también está ahí como un no dónde, un no cómo, un no cuándo. Beckett (1983) en Rumbo a peor escribe estas líneas quebradas: “Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa mejor”. Y más adelante retoma: “El vacío. ¿Cómo probar a decir? ¿Cómo probar a fracasar? Nada de probar ni fracasar. Decir solo…”. Entrenamientos para liderazgos en empresas suelen emplear la frase “Fracasa mejor” como consigna de perseverancia y crecimiento. Sin embargo, Beckett no alienta lo malogrado ni aboga por ímpetus que se sobrepongan a la adversidad. Toma, por un momento, partido por el fracaso para escapar del imperativo del éxito. Una provisoria reivindicación de la falla, el tropiezo, el error, como orgullos de una debilidad harta de morder anzuelos. Beckett desnuda redes de una felicidad extorsiva. En la expresión “fracasa mejor” el adjetivo de la acción superior ve controvertida su supuesta cualidad junto al verbo de los resultados indeseados. Esas líneas no tienen que leerse como sentencias que se deleitan en el fracaso ni como fórmulas que persiguen triunfos de la ambición. No se trata de fracasar, ni de mejorar, ni de perfeccionarse en lo peor. Tampoco de insensibilizar el malestar con antidepresivos y ansiolíticos. Sin olvidar que, quizás, secretas abyecciones, ejercidas en encierros privados, se correspondan con castigos que se auto infligen quienes no pueden seguir ritmos de rendimiento que solicita la civilización del capital. Tal vez la ensayística inclasificable de Rumbo a peor intenta habilitar infinitivos sin complementos: el solo vivir, el solo estar, el solo decir. Vivir bajo presión. Tener que responder como se espera. No fallar. Perfeccionarse. ¡Ay, qué asfixia!

  • Jacques Derrida (2004) Última entrevista

    Desde el verano de 2003 su presencia pública jamás había sido tan manifiesta. No solamente ha firmado usted numerosas obras, sino también recorrido el mundo para participar en numerosos coloquios internacionales organizados en torno a su trabajo –de Londres a Coimbra pasando por Paris y, en estos días, Río de Janeiro. Se le ha consagrado igualmente una segunda película-documental (Derrida, por Amy Kofman y Kirby Dick, tras el extraordinario D’ailleurs Derrida, de Safaa Fathy en 2000) así como numerosos números especiales, destacando en Magazine littéraire y en la revista Europa, como también un volumen de Cahiers de l’Herne particularmente rico en inéditos, cuya aparición está prevista para el otoño. Todo esto es mucho para un solo año y sin embargo, usted no se esconde, usted está... ...Dígalo, muy gravemente enfermo, es verdad, y bajo la prueba de un tratamiento temible. Pero dejemos eso, si usted lo aprueba, pues no estamos aquí para realizar un boletín sanitario, ya sea público o secreto... Dejémoslo entonces. Continuando esta entrevista detengámonos más bien sobre Spectres de Marx (Galilée, 1993). Obra crucial, libro-etapa, en su totalidad consagrado a la cuestión de una justicia por venir, y que se abre con un exordio enigmático: “Alguien, usted o yo, se adelanta y dice: «quisiera aprender a vivir por fin»”. Más de diez años después, ¿en qué lugar se encuentra usted hoy respecto a este deseo de “savoir vivre”? Aún se trata sobre todo de la cuestión de una “nueva internacional”, subtítulo y motivo central del libro, más allá del “cosmopolitismo” y más allá del “ciudadano del mundo”, así como de un nuevo Estado-nación mundial. Este libro anticipa todas las urgencias “altermundialistas” en las que yo creo y que aparecen mejor en la actualidad. Con eso que yo llamaba una “nueva internacional” se nos imponía, dije en 1993, un gran número de mutaciones en el derecho internacional y en las organizaciones que regulan el orden del mundo (FMI, OMC; G8, etc., y sobre todo en la ONU, donde como mínimo habría que cambiar la Carta, la composición y de entrada el lugar de su residencia -lo más lejos posible de New York...). En cuanto a la fórmula que usted citaba (“aprender a vivir por fin”), me vino una vez el libro estuvo terminado. Juega desde el principio, pero con seriedad, con su sentido común. Aprender a vivir es madurar, educar también. Apostrofar a alguien para decirle “voy a enseñarte a vivir”, esto significa en ocasiones, bajo el tono de la amenaza, voy a formarte, te voy a encauzar. Luego el equívoco de este juego es lo que me importa en un principio. Este suspiro se abre también a una interrogación aún más difícil: ¿vivir es algo que puede aprenderse, enseñarse? ¿Se puede aprender, por disciplina o aprendizaje, por experiencia o experimentación, a aceptar, o mejor, a afirmar la vida? A través de todo el libro resuena esta inquietud de la herencia y de la muerte. Ella atormenta igualmente a los padres y a sus hijos: ¿cuándo te volverás responsable? ¿Cómo responderás en definitiva de tu vida y de tu nombre? Bien, vale, pues para responder, yo, sin más rodeos, a su pregunta, no, nunca he aprendido a vivir. ¡Pero ahora, en absoluto! Aprender a vivir debería significar aprender a morir, a tener en cuenta, para aceptarla, la mortalidad absoluta (sin salutación, ni resurrección, ni redención) –ni para uno mismo ni para el otro. Después de Platón se trata de la gran interpelación (injonction) filosófica (1): filosofar es aprender a morir. Yo creo en esa verdad sin rendirme. Cada vez menos. No he aprendido a aceptarla, la muerte. Todos nosotros somos supervivientes en ciernes (y desde el punto de vista geopolítico de Espectros de Marx, la insistencia se dirige sobre todo, en un mundo más desigualitario que nunca, hacia los miles de millones de seres vivientes -humanos o no- a los que les son rehusados, no solamente los elementales “derechos del hombre”, que datan de dos siglos y que se enriquecen sin cesar, sino de entrada el derecho a una vida digna de ser vivida). Por eso yo me quedo ineducable respecto a la sabiduría de saber morir. Yo aún no he aprendido nada o adquirido nada a ese respecto. El tiempo de la demora se estrecha de manera acelerada. No solamente porque yo soy, junto a otros, heredero de tantas cosas, buenas o terribles: cada vez más a menudo, la mayor parte de los pensadores a los que me encontraba ligado están muertos, se me trata de superviviente: el último representante de una generación, aquella, en sentido amplio, de los años 1960; algo que, sin ser rigurosamente cierto, no me inspira solamente objeciones sino sentimientos de rebeldía un poco melancólicos. Como, en aumento, ciertos problemas de salud se hacen presentes, la cuestión de la supervivencia o de la demora, que siempre me ha atormentado, literalmente, a cada instante de mi vida, de manera concreta e infatigable, se colorea de otro modo a día de hoy. Siempre me interesé por esa temática de la supervivencia, en la cual el sentido no se añade al vivir o al morir. Es originario a: la vida es supervivencia. Sobrevivir en sentido corriente quiere decir continuar viviendo, pero también vivir tras la muerte. A propósito de la traducción, Walter Benjamín señalaba la distinción entre überleben por una parte, sobrevivir a la muerte, como un libro puede sobrevivir a la muerte del autor o un niño a la muerte de sus padres, y, por otra, fortleben, living on, continuar viviendo. Todos los conceptos que me han ayudado a trabajar, destacadamente aquellos como el del trazo o lo espectral, estaban ligados a “sobrevivir” como dimensión estructural. Esta no deriva ni del vivir ni del morir. Tampoco eso que yo llamo el “duelo originario”. Esto no espera a la muerte llamada “efectiva”. Usted ha utilizado la palabra “generación”. Noción de uso delicado que aparece a menudo bajo su pluma: ¿cómo designar eso que, en su nombre, se transmite de una generación? Esa palabra, la utilizo ahí de manera un tanto cobarde. Se puede ser el contemporáneo “anacrónico” de una “generación” pretérita o por venir. Ser fiel a aquellos a los que se asocia a mi “generación”, convertirse en el guardián de una herencia diferenciada pero común, eso quiere decir dos cosas: de entrada defender, eventualmente contra todo y contra todos, las exigencias compartidas, de Lacan a Althusser, pasando por Levinas, Foucault, Barthes, Deleuze, Blanchot, Lyotard, Sarah Kofman, etc.; sin nombrar a tantos pensadores, poetas, escritores, filósofos o psicoanalistas, felizmente vivos, de los que soy heredero también, y a otros sin duda del extranjero, más numerosos y quizás más próximos aún. Designo así, por metonimia, un ethos de escritura y de pensamiento intransigente, incorruptible (Helène Cixous nos puso el sobrenombre de “los incorruptibles”), sin concesiones incluso respecto a la filosofía, y que no se deja atemorizar por aquello que la opinión pública, los medios de comunicación o el fantasma del lector intimidante, pudiera obligarnos a simplificar o a rechazar. De ahí el gusto severo por el refinamiento, la paradoja, la aporía. Ante esta predilección queda también una exigencia que vincula no solamente a aquellos y aquellas que he evocado un poco arbitrariamente, es decir, injustamente, sino a todo el medio que los rodeaba y que los sostenía. Se trataba de una suerte de época provisionalmente cumplida, y no simplemente de esta o aquella persona. Hace falta salvar o hacer renacer todo eso, entonces, a cualquier precio. Y la responsabilidad hoy es urgente: exige una guerra inflexible a la doxa, a aquellos a los que se denomina a menudo como “Intelectuales mediáticos”, a ese discurso general formateado por los poderes mediáticos, ellos mismos en las manos de lobbies político - económicos, a menudo editoriales y académicos también. Siempre tanto europeos como mundiales, por supuesto. Resistencia no significa que se deba evitar los medios de comunicación. Hace falta, cuando ello es posible, desarrollarlos y ayudarlos a diversificarse, llamándolos a hacerse cargo de esa misma responsabilidad. Al mismo tiempo no hay que olvidar que en aquella época “feliz” de poco tiempo atrás nada era irenista, ciertamente. Las diferencias y los diferendos hacían estragos en ese medio que era mucho menos homogéneo de cómo hoy lo podemos reagrupar, por ejemplo, mediante un calificativo débil del género “pensamiento del 68” en el cual la palabra principal como jefe de la acusación domina a menudo hoy en la prensa y en la universidad. Incluso si aquella fidelidad toma alguna vez la forma de la infidelidad y del distanciamiento, hace falta ser fiel a esas diferencias, es decir, continuar la discusión. Yo continúo la discusión con Bourdieu, Lacan, Deleuze, Foucault, por ejemplo, que continúan interesándome enormemente, mucho más que esos autores alrededor de los cuales se prensa la prensa de hoy (salvo excepciones, por supuesto). Yo mantengo ese debate vivo para que no se aplane ni se degrade en denigraciones. Lo que he dicho de mi generación vale también para el pasado, de la Biblia a Platón, Kant, Marx, Freud, Heidegger, etc. Yo no voy a renunciar a aquello que se sea, no puedo. Usted sabe, aprender a vivir es siempre narcisista: se quiere vivir tanto como sea posible, salvarse, perseverar, y cultivar todas esas cosas que, infinitamente más grandes y potentes que uno mismo, forman parte sin embargo de ese pequeño “yo” que desbordan por todas partes. Pedirme que renuncie a aquello que me ha formado, a aquello que tanto he amado, no es sino pedirme que me muera. En aquella fidelidad antedicha hay una suerte de instinto de conservación. Renunciar, por ejemplo, a una dificultad en la formulación, a un pliegue, a una paradoja, a una contradicción suplementaria, porque ello no va a ser comprendido, o más bien, porque algún periodista que no sabe leerla, ni siquiera el título de un libro, cree saber de antemano que el lector o el oyente no comprenderá y que su audiencia o su gana-pan sufrirán, es para mí una obscenidad inaceptable. Es como si se me pidiese que me inclinase servilmente o que me muriese de imbecilidad. Usted ha inventado una forma, una escritura de la supervivencia, que conviene con esa impaciencia de la fidelidad. Escritura de la promesa heredada, del trazo salvaguardado y de la responsabilidad confiada. Si hubiera inventado mi escritura lo habría hecho como una revolución interminable. En cada situación hace falta crear un modo de exposición apropiado, inventar la ley del acontecimiento singular, tener en cuenta su destinatario supuesto o deseado; y al mismo tiempo pretender que esa escritura determinará al lector, el cual aprenderá a leer (a “vivir”) esto, que además, no estaba habituado a recibir. Se espera que renazca determinado de otro modo: por ejemplo, esos transplantes sin confusión de lo poético sobre lo filosófico o ciertas maneras de usar los homónimos, de indecidibles, de estratagemas de la lengua –que muchos leen con confusión para ignorar su necesidad propiamente lógica. Cada libro es una pedagogía destinada a formar su lector. Las producciones en masa que inundan la prensa y el mundo editorial no forman a los lectores, sino que presuponen de manera fantasmática un lector ya programado. Si bien acaban por formatear a ese destinatario mediocre que habían postulado de antemano. Por el contrario, al preocuparme de la fidelidad, como usted dice, en el momento de dejar un trazo sólo puedo hacerlo disponible para cualquiera: no puedo ni siquiera dirigirlo de manera singular a nadie. Cada vez, con todo lo fiel que se quiera ser, se está traicionando la singularidad del otro al que se interpela. A fortiori cuando se escriben libros de una gran generalidad: no se sabe a quién se habla, se inventan y se crean siluetas, pero que en el fondo, esto ya no nos pertenece. Orales o escritos todos esos gestos nos dejan, se ponen a actuar independientemente de nosotros. Como máquinas, o mejor como marionetas – me explico mejor en Papier Machine (Galilée, 2001). A partir del momento en que yo dejo (publicar) “mi” libro (nadie me obliga), devengo aparición-desaparición, como ese espectro ineducable que no habrá aprendido a vivir jamás. El trazo que dejo significa mi muerte, por venir o ya advenida, y la esperanza de que me sobreviva. Esto no implica una ambición de inmortalidad, es estructural. Dejo aquí un fragmento de papel, me voy, muero: imposible salir de esta estructura, ella es la forma constante de mi vida. Cada vez que dejo partir algo veo mi muerte en la escritura. Experiencia extrema: uno se expropia sin saber a quien propiamente queda confiada la cosa que se deja. ¿Quién va a heredar, y cómo? ¿Habrá incluso herederos? Esta es una pregunta que hoy nos podemos plantear más que nunca. Una pregunta que me ocupa sin cesar. El tiempo de nuestra tecno-cultura ha cambiado radicalmente con relación a esto. La gente de mi “generación”, y a fortiori los aún más viejos, estuvieron habituados a un cierto ritmo histórico: se creía saber que tal o cual obra podía o no sobrevivir, en función de sus cualidades, durante uno, dos o como Platón, veinticinco siglos. Pero hoy la aceleración de las modalidades de archivo, junto a la usura y la destrucción, transforman la estructura y la temporalidad de la herencia. Para el pensamiento la cuestión de la supervivencia toma en adelante formas absolutamente imprevisibles. A mi edad estoy preparado para las hipótesis más contradictorias con relación a este asunto: tengo simultáneamente, le ruego que me crea, un doble sentimiento que, de un lado, por decirlo sonriendo e inmodestamente, aún no se ha comenzado a leerme, ya que si acaso hay, ciertamente, un buen número de buenos lectores (algunas decenas en el mundo, quizás) en el fondo, será más tarde que todo eso tendrá una oportunidad de aparecer; pero también por otro lado, tengo la sensación de que quince días o menos después de mi muerte ya no quedará nada. Excepto aquello que ha sido guardado mediante depósito legal en la biblioteca. Se lo juro, creo sincera y simultáneamente en esas dos hipótesis. En el corazón de semejante esperanza late la lengua, principalmente la lengua francesa. Cuando a usted se le lee se siente en cada línea la intensidad de su pasión por ella. En Le Monolinguisme de l’autre (Galilée, 1996) usted llega incluso a presentarse, irónicamente, como el “último defensor e ilustrador de la lengua francesa”... Que no me pertenece, aunque sea la única que “yo tenga” a mi disposición (¡y aún así!). La experiencia de la lengua, por supuesto, es vital. Mortal, entonces, nada de original hay en eso. Las contingencias han hecho de mí un judío francés de Argelia de la generación nacida antes de la “guerra de independencia”: demasiadas singularidades, incluso entre los judíos y entre los judíos de Argelia. Yo he asistido a una extraordinaria transformación del judaísmo francés de Argelia: mis bisabuelos estaban aún muy próximos a los árabes, por la lengua, las costumbres, etc. Tras el decreto Crémieux (1870), a finales del siglo XIX, la generación siguiente se aburguesó: y eso que se tuvieron que casar prácticamente de manera clandestina en la trastienda de una alcaldía de Argelia a causa de los pogroms (en pleno affaire Dreyfus), mi abuela educaba ya a sus hijas como burguesas parisinas (buenas maneras del distrito 16, lecciones de piano...). Después vino la generación de mis padres: pocos intelectuales, sobre todo comerciantes, modestos o no, en la que algunos explotaban ya una situación colonial al convertirse en los representantes exclusivos de las grandes marcas metropolitanas: con una pequeña oficina de 10 metros cuadrados y sin secretaria, era posible representar todo el “jabón de Marsella” en África del Norte –aunque simplifico un poco. Después vino mi generación (una mayoría de intelectuales: profesiones liberales, enseñanza, medicina, derecho, etc.). Y casi todos del mundo de la Francia de 1962. Yo fui un poco anterior (1949). Y es conmigo, apenas exagero, que los matrimonios “mixtos” comenzaron, de manera cuasi-trágica, revolucionaria, rara y arriesgada. Y de la misma manera que amo la vida, y mi vida, amo lo que me ha constituido, cuyo elemento mismo es la lengua, aquella lengua francesa que es la única que se me permitió cultivar, la sola lengua de la que pueda decirme que me siento más o menos responsable. He aquí el motivo de que en mi escritura exista una manera, no diría que perversa, pero si un poco violenta, de tratar esta lengua. Por amor. El amor en general pasa por el amor a la lengua, que no es ni nacionalista ni conservador, sino que exige pruebas. Y experimentos. No se puede hacer cualquier cosa con la lengua, ella nos preexiste y ella nos sobrevive. Si se quiere afectar a la lengua de algún modo es necesario hacerlo de manera refinada, respetando en la irrespetuosidad su ley secreta. Es eso, la fidelidad infiel: cuando violento la lengua francesa, lo hago en el refinado respecto de lo que considero un requerimiento (injonction) de esa lengua, en su vida, en su evolución. No leo sin sonreír, a veces con desprecio, a aquellos que creen violar, sin amor, justamente, la ortografía o la sintaxis “clásicas” de una lengua francesa, con pequeños aires de vírgenes con eyaculación precoz, cuando la gran lengua francesa, más intocable que nunca, les mira hacer esperando al siguiente. Describo esta escena ridícula de forma un poco cruel en La Carte Postale (Flammarion, 1980). Dejar trazos en la historia de la lengua francesa, he ahí lo que me interesa. Vivo de esa pasión, si no por Francia al menos por alguna cosa que la lengua francesa ha incorporado desde hace siglos. Creo que si amo esa lengua como amo mi vida, y a veces mucho más de lo que la ama un francés de origen, es porque la amo como un extranjero que fue acogido y que se apropió esa lengua como la única posible para él. Pasión y sobrepujamiento. Todos los franceses de Argelia comparten eso conmigo, judíos o no. Aquellos que venían de la metrópoli eran todos ellos extranjeros: opresores y normativos, normalizadores y moralizadores. Eran un modelo, un hábito o un habitus, al que hacía falta plegarse. ¡Cuándo un profesor venía de la metrópoli con su acento francés le encontrábamos ridículo! El sobrepujamiento viene de esto: de que no tengo más que una lengua y, al mismo tiempo, esa lengua no me pertenece. Una historia singular ha exacerbado en mí esta ley universal: una lengua, no pertenece a nadie. Ni naturalmente ni por esencia. De ahí los fantasmas de la propiedad, de la apropiación y de la imposición colonialista. En general usted no lleva bien el hablar de “nosotros” –“nosotros los filósofos” o “nosotros los judíos”, por ejemplo. Pero a medida que se despliega el nuevo desorden mundial, usted parece cada vez menos reticente a decir “nosotros los europeos”. Ya en L’Autre Cap (Galilée, 1991), libro escrito en el momento de la primera guerra del Golfo, usted se presentó como “un viejo europeo”, como “una suerte de mestizo europeo”. Diré dos cosas: en efecto me cuesta decir “nosotros” pero a menudo lo digo. A pesar de todos los problemas que me torturan a ese respecto, comenzando por la política desastrosa y suicida de Israel -y de un cierto sionismo (para el que Israel ya no representa, a mis ojos, el judaísmo, que no representa a la diáspora ni tampoco al sionismo mundial u originario, que fue múltiple y contradictorio; hay incluso fundamentalistas cristianos que se dicen sionistas auténticos en los EEUU. El poder de su lobby es mayor que el de la comunidad judía americana, sin hablar de la saudita en la conjunción de la política americano-israelí)- y bien, pese a todo esto y tantos otros inconvenientes que tengo con respecto a mi “judeidad”, no la negaré jamás. Diré siempre, en ciertas situaciones “nosotros los judíos”. Este “nosotros” si bien atormentado está en el corazón de lo más inquietante que hay en mi pensamiento, aquello a lo que he denominado apenas sonriendo “lo último de los judíos”. Esto sería en mi pensamiento como lo que Aristóteles dice profundamente de la oración (eukhé): que no es verdadera ni falsa. Además es literalmente una oración. En ciertas situaciones, por lo tanto, no dudaré en decir “nosotros los judíos”, así como “nosotros los franceses”. Luego, desde el comienzo de mi trabajo, y esto sería la “deconstrucción” misma, permanecí extremadamente crítico respecto al eurocentrismo, a causa de la modernidad de sus formulaciones, entre Valery, Husserl o Heidegger, por ejemplo. La deconstrucción en general es una empresa que muchos consideran, justamente, como un gesto de desconfianza respecto a todo eurocentrismo. Cuando a menudo digo “nosotros los europeos”, es de manera coyuntural y muy diferente: todo aquello que puede ser deconstruido de la tradición europea no impide que, precisamente a causa de todo lo que ha pasado en Europa, a causa de la Ilustración, a causa del estrechamiento de este pequeño continente y de la enorme culpabilidad que transita desde entonces su cultura (totalitarismo, nazismo, genocidios, Shoah, colonización y descolonización, etc.), hoy, en la situación geopolítica que es la nuestra, Europa, una otra Europa, pero con la misma memoria, podría (es en todo caso mi deseo) reagruparse a la vez contra la política hegemónica de los Estados Unidos (con relación a Wolfowitz, Cheney, Rumsfeld, etc.) y contra un teocratismo árabo-islámico sin Ilustración y sin porvenir político (pero sin desdeñar las contradicciones y las heterogeneidades que entrañan esos dos conjuntos, sino aliándonos con los que resisten desde el interior de esos dos bloques). Europa se encuentra bajo la exhortación (injonction) a asumir una nueva responsabilidad. No hablo de la comunidad europea tal y como existe o se dibuja en su mayoría actualmente (neoliberal), virtualmente amenazada por tantas guerras internas, sino de una Europa por venir y que se busca. Tanto en la Europa (“geográfica”) como fuera de ella. Eso que nosotros denominamos algebraicamente como “Europa” tiene responsabilidades que tomar para el porvenir de la humanidad, para que funcione el derecho internacional –esa es mi fe, mi creencia. Y aquí no vacilaré en decir “nosotros los europeos”. No se trata de defender la construcción de una Europa que fuese otra superpotencia militar que protegiese su mercado y forjase contrapoderes entre los otros bloques, sino de una Europa que vendría a sembrar el grano de una nueva política altermundialista. Lo que para mí es la única solución posible. Esa fuerza está en marcha. Incluso si sus objetivos son aún confusos pienso que nada la podrá detener. Cuando digo Europa es eso: una Europa altermundialista, que transforme el concepto y las prácticas de la soberanía y del derecho internacional. Y que disponga de una verdadera fuerza militar, independiente de la OTAN y de los EEUU, una potencia militar que, ni ofensiva ni defensiva, ni preventiva, interviniera sin tardanza al servicio de las resoluciones de una nueva ONU (por ejemplo, con toda urgencia, en Israel, pero también en otras partes). También es el lugar a partir del cual podemos pensar mejor ciertas figuras de la laicidad, por ejemplo, o de la justicia social, en tanto que herencias europeas. Acabo de decir “laicidad”. Permítame hacer aquí un largo paréntesis. A tal laicidad no concierne el tema del velo en la escuela sino el del velo del “matrimonio”. He apoyado sin dudarlo con mi firma la iniciativa valiente y bienvenida de Noël Mamère, incluso si el matrimonio entre homosexuales constituye un ejemplo de aquella hermosa tradición que los americanos inauguraron en el siglo pasado con el nombre de “desobediencia civil”: no desafiar la ley, sino desobedecer a una disposición legislativa en nombre de una ley mejor –por venir o ya inscrita en el espíritu o en la letra de la Constitución. Pues bien, he “firmado” contra el contexto legislativo actual porque me parece injusto - para los derechos de los homosexuales-, hipócrita y equívoco, tanto en su espíritu como en su letra. Si yo fuese legislador, propondría simplemente la desaparición de la palabra y del concepto de “matrimonio” de un código civil y laico. El matrimonio como valor religioso, sacral, heterosexual -bajo promesa de procreación, de fidelidad eterna, etc.- es una concesión del Estado laico a la Iglesia cristiana –en particular con relación a su monogamismo que no es ni judío (le fue impuesto a los judíos por los europeos del siglo pasado y no constituía una obligación hace algunas generaciones en el Magreb judío) ni, eso se sabe muy bien, musulmán. Suprimiendo la palabra y el concepto de “matrimonio”, aquel equívoco o aquella hipocresía religiosa y sacral, que no tiene lugar alguno en una constitución laica, sería sustituido por una “unión civil” contractual, una suerte de pacto generalizado, mejorado, refinado, flexible y ajustado entre dos compañeros de un sexo o de número no impuesto. Respecto a aquellos que quieran, en sentido estricto, ligarse por el “matrimonio” -para los que mi respeto permanece, además, intacto-, podrían hacerlo ante la autoridad religiosa de su elección –así ocurre por otro lado en algunos países que aceptan consagrar religiosamente los matrimonios entre homosexuales. Algunos podrían unirse bajo un modelo u otro, otros de ambos modos, y otros no unirse ni según la ley laica ni según la ley religiosa. Acabo aquí con el paréntesis conyugal. (Es una utopía pero señalo la fecha). Eso que yo llamo “deconstrucción” incluso cuando se dirige contra alguna cosa de Europa es algo europeo, es un producto, una relación consigo misma de Europa como experiencia de la alteridad radical. Desde la época de la Ilustración Europa se ha autocriticado permanentemente y en esta herencia perfectible reside una oportunidad para el porvenir. Al menos así quisiera esperarlo y es lo que alimenta mi indignación frente a los discursos que condenan Europa definitivamente, como si ésta no fuese otra cosa más que el lugar de sus crímenes. En cuanto a Europa ¿no está usted en guerra consigo mismo? De un lado usted ha remarcado que los atentados del 11 de septiembre arruinaron la vieja gramática geopolítica de las potencias soberanas, firmando así la crisis de un cierto concepto de política, que usted definía como propiamente europeo. Por otro lado usted se mantiene ligado a ese espíritu europeo y de entrada al ideal cosmopolita de un derecho internacional que sin embargo usted describe declinante. O la supervivencia... Hay que “levantar” (Aufheben) el cosmopolitismo (véase: Cosmopolitas de todos los países, ¡un esfuerzo más!, Galilée, 1997). Cuando decimos política nos servimos de una palabra griega, de un concepto europeo que siempre ha presupuesto el Estado, la forma polis ligada a un territorio nacional y a la autoctonía. Cualesquiera que fuesen las rupturas en el interior de esta historia, este concepto de lo político sigue siendo dominante en el mismo momento en el que muchas fuerzas tratan de dislocarlo: la soberanía de un Estado ya no está ligada a un territorio, las tecnologías de la comunicación y la estrategia militar tampoco, y estas dislocaciones ponen efectivamente en crisis el viejo concepto europeo de lo político. Y de la guerra y de la distinción entre civil y militar, y de terrorismo nacional o internacional. Pero yo no creo que sea necesario encolerizarse contra la política, al igual que respecto a la soberanía, de la que pienso que puede hacer bien en determinadas situaciones, como por ejemplo, para luchar contra ciertas fuerzas mundiales del mercado. Aquí aún de lo que se trata es de una herencia europea que hay que conservar y transformar a la vez. Es lo mismo que digo en Voyous (Galilée, 2003), sobre la democracia como idea europea, que al mismo tiempo nunca ha existido de manera satisfactoria y que está por venir. Y en efecto usted siempre reencontrará ese gesto en mi mismo, del cual no tengo justificación última, excepto que soy yo, es ahí donde yo existo. Estoy en guerra conmigo mismo, es verdad, usted no puede saber hasta qué punto, más allá de lo que usted adivina, digo cosas contradictorias, que están, digamos, en tensión real, que me construyen, me hacen vivir, y me harán morir. Algunas veces veo esa guerra de forma terrible y penosa, pero al mismo tiempo sé que es la vida. Yo no encontraré la paz más que en el reposo eterno. Sin embargo no puedo decir que asuma tal contradicción, pero sé también que es eso lo que me mantiene con vida y me lleva a plantearme la cuestión, precisamente, que usted recordaba: “¿cómo aprender a vivir?”. En dos libros recientes (Chaque fois unique, la fin du monde et Béliers, Galilée, 2003) ha recalado usted sobre el gran asunto de la salvación, del imposible duelo, de la supervivencia en definitiva. Si la filosofía puede ser definida como “la ansiosa anticipación de la muerte” (véase: Donner la mort, Galilée, 1999) ¿se puede vislumbrar la “deconstrucción” como una interminable ética del superviviente? Como ya he recordado, desde el principio, y mucho antes de las experiencias de supervivencia que son las mías del presente, he señalado que la supervivencia es un concepto original, que constituye la estructura misma de aquellos que llamamos existencia, el Da-sein, si usted quiere. Nosotros somos estructuralmente supervivientes, marcados por esa estructura del trazo, del testamento. Pero, habiendo dicho esto, no quisiera dejar paso a la interpretación según la cual la supervivencia está más del lado de la muerte, del pasado, que de la vida y del porvenir. No, todo el tiempo la deconstrucción está del lado del si, de la afirmación de la vida. Todo lo que vengo diciendo -desde Pas al menos (en: Parages, Galilée, 1986)- de la supervivencia como coimplicación de la oposición vida-muerte procede en mí de una afirmación incondicional de la vida. La supervivencia es la vida más allá de la vida, la vida más que la vida, y el discurso que sostengo no es mortífero, al contrario, es la afirmación de un ser viviente que prefiere el vivir e incluso el sobrevivir a la muerte, aunque la supervivencia no es simplemente lo que queda, sino la vida más intensa posible. Nunca estoy tan obsesionado por la muerte como en los momentos de felicidad y de goce. Disfrutar y llorar mientras la muerte ronda, para mí es la misma cosa. Cuando me acuerdo de mi vida tengo la tendencia a pensar que he tenido la ocasión de amar incluso los momentos infelices de mi vida, y de bendecirlos. Casi todos excepto una excepción quizás. Cuando me acuerdo de los momentos felices, los bendigo también, por supuesto, al tiempo que me precipitan sobre el pensamiento de la muerte, hacia la muerte, porque ya pasaron, se acabaron... Nota (1). En su traducción de Espectros de Marx Cristina de Peretti y José Miguel Alarcón traducen «injonction» por “inyunción” de acuerdo con el antiguo uso del verbo castellano “inyugir” (imponer algo a alguien, emparentada con “yugo”) y a favor de las relaciones semánticas que en aquel texto la palabra francesa tiene con otros términos de la misma familia empleados por el filósofo. En la presente Entrevista se emplea esa expresión antedicha tres veces, pero la hemos vertido como requería el contexto no específicamente filosófico en el que aparece (no sin dejar señalar, el original, entre paréntesis). Fuente: Le Monde 19-08-04. Entrevista realizada por Jean Birnbaum.

  • Verbonautas: acción poética (1995 – 2000) algunos poemas

    Punto o raya / Palo Pandolfo (Para Verbonautas) - Punto o raya ¡Está cerrado! ¡Está cerrado! - Escuerzo para el almuerzo - Estrellar contra la bóveda celeste todos los telescopios - Para que rompan el vidrio que no nos deja ver más allá - La maravilla del cosmos La luz con amor - El cruce de los fluidos - La pureza de la unidad jamás disuelta. Otra definición / Pablo Folino "Analicemos sin vértigo la magnitud de mi inocencia" A. Rimbaud Mediodía en "Palermo sensible" mediatarde y medio gol, media vida de hombres medios. Yo no quiero la mitad de las cosas. Poética de las palabras que pasan zumbando / Tom Lupo Maestro de tu vida, deberás leer los signos en la oscuridad. Hay muchos cantos para la caída, y pocos para la ascención. del libro "Entre muebles y sombras" (2004) Arqueados / Hernán hasta ser solo luz fulminados fulminantes sin mierda en las encías con las manos de la casa encendidas asomando por cada cerradura dicen: -la muerte es hembra como la mordida y la palma y la boca y la calma y la sucesión de los días- se retuercen como el silencio en la noche -resplandecen entre el silencio de los animales- los deditos luminosos aturdidos con gusto al hambre seco al hambre, como muescas en la palma de la mano (sobre todo para alguien que se despierta mirando los elásticos de la cama de arriba los tajos en el colchón las uñas de la gomaespuma) con una bolsa de ambay por la peatonal idiota en el sentido de la gruta en lo profundo de la célula arrancándole los ojos y durmiendo en su cama con los bolsillos del alma secos y veloces arqueados hacia el despertar del cuerpo la conciencia de los tendones y los músculos y el combustible que recorre feroz la carne al menor movimiento. Del libro ”Nortes” (1998) Cada cual / Karina cohen Cada cual naufraga como puede en agua de adentro. Música que me navega... Ritmo, que me surca en mi mazorca. Abolimos: La horca Los disparos en la boca Las inyecciones de aire Los saltos al vacío Las bañaderas de venas Las banderas clavadas en los dientes del vecino. Tanto que guardar, como que decir Una pasión, y una calma, en diversos lugares que son todos el mismo. La misma piedra. El mismo aire. Abandonémonos entre espinas. En la ruta / Osvaldo Vigna Anduvieron dando tumbos en el filo de la audacia entraron en bares sin memoria pescaron canelones estacionaron botellas acostaron vasos repletos y enamoraron ceniceros mientras reían llenos de alcobas descalzas. En invierno los restaurant de la ruta se pegan a los bolsillos y en la botamanga del viento las curvas son más peligrosas que un viaje al fondo de un /Jack Daniels. Robaron flores en un velorio, se rieron del cadáver y el cadáver agradeció la iracundia asesinaron veredas en barrios donde los perros bostezan la esperanza y los ladrillos gotean sangre de albañiles tuertos en la ruta la suerte está echada en la falda de los dados en el mango hambriento de un cuchillo en las remeras que gritan desgarbadas. Y así seguir acostados en la tabla de un camión sobando sol transpirando gestos enhebrando mediodías en la banquina de un precipicio surfilando llanuras hasta un pueblo nuevo levando el ancla inflados de vértigo soñando la utopía de un horizonte cero. Eterno / Palo Pandolfo Cualquier palabra es buena para sentir las raíces de esta vida. Toda caricia es buena para oír las voces en el cielo. Me declaro amante de lo vivo y estudiante de lo muerto. En el nacimiento. En flores aún decapitadas. En el movimiento y también en la esperanza. Toda ilusión es buena el contacto entre la niebla. Cualquier mano sirve abierta para cavar, cavar en la distancia. Me declaro amante de lo vivo y estudiante de lo muerto. Y si en esta ruta no consigo besar tu aura, tu suerte. Será en otro nacimiento o en el vacío sin tiempo que me instale caliente luminoso y eterno. Ampulosas / Vicente Luy Ampulosas como las 11 caídas de Firpo, las páginas de nuestra historia relativizan traiciones y cobardías; curan la sifilis... - proscriben el láudano - ... y nos encomiendan a Dios nuestro Sr.; nos acunan como a expedientes. Y si se encienden en la noche los algarrobos, es cosa de ellos. La vida para atrás es fácil, entendible, moral; sobre todo entendible. Desde indias sin piel hasta el dulce de leche, la patria todo lo explica: nunca ganan los malos ninguno era marica y por algo / se los habrán llevado. del libro "La vida en Córdoba (1999) Canto de canto / Palo Pandolfo canto de canto babea la babosa afilo al filo baba ruido en ruidos boquea bocón con camión sobre camión la bocaza - expansión - embrilla brillos viven vivos brillantes eructan los eructos pifiando pifies de cárcel encarcelada pifiados grito en ruido chupa chupetes hastío cantado chupables ríe risas risueñas permanece permanentes permanencias finaliza finales finiquitados El águila de sangre / Karina Cohen Cuando te fuiste me arrancaste toda la piel de frente y ya nunca más pude vestirme sin quedar sangrando. Ando así de espaldas, para que nadie sospeche este cuerpo atroz. Me observo a escondidas funcionar casi perfectamente, como si nada, y le enseño idiomas a mi espalda para que me avise cuando vuelvas a abrazarme. 2020 *Publicado en Verbonautas: acción poética (2020) Buenos Aires, Cae de maduro editorial. caedemaduro.editorial@gmail.com IG @caedemaduro

  • Post Guardia XXXI / Débora Chevnik

    qué le hace el viento a los umbrales? y el pánico? a quién llama? qué le hace el llanto inconsolable de una niña al lorazepam? y a la mamá del nene internado en la cama de enfrente? qué le hace la soledad y el abandono, los gritos y lo imposible, a las caricias nómades? qué le hace un hospital a la noche? qué le hace el chupetín de la mamá del nene de la cama de enfrente al llanto inconsolable? y al lorazepam? qué le hace el temblor a la escritura clínica? y la prisa, qué hace?

  • De la llegada de la escritura (fragmento) / Hélène Cixous

    Escribir: para no dejarle el lugar al muerto, para hacer retroceder al olvido, para no dejarse sorprender jamás por el abismo, para no resignarse ni consolarse nunca, para no volverse nunca hacia la pared en la cama y dormirse como si nada hubiera pasado; nada podía pasar. Mi escritura mira. Con los ojos cerrados. ¿Quién puede definir lo que quiere decir «tener»?; ¿dónde sucede el vivir?; ¿dónde se asegura el gozar? Primero escribí en verdad para cerrarle el paso a la muerte. A causa de un muerto. Con una mano, sufrir, vivir, palpar el dolor, la pérdida. Pero está la otra: la que escribe. ¿Escribir? Ni lo pensaba. Soñaba con eso todo el tiempo, pero con el pesar y la humillación, con la resignación, la inocencia de los pobres. La Escritura es Dios. Pero no el tuyo. Yo comía los textos, los chupaba, los mamaba, los besaba. Soy el niño innumerable de su multitud. Pero ¿escribir? ¿Con qué derecho? Después de todo, los leía sin derecho, sin permiso, a sus espaldas. ¿Escribir? Me moría de ganas, de amor, dar a la escritura lo que ella me había dado, ¡qué ambición! Qué imposible felicidad. Alimentar a mi propia madre. ¿Darle a mi vez mi leche? Loca imprudencia. Todo en mí complotaba para vedarme la escritura: la Historia, mi historia, mi origen, mi género. Todo lo que constituía mi yo social, cultural. Empezando por lo necesario, que me faltaba, la materia en la cual la escritura se talla, de la que se arranca: la lengua. Tú puedes desear. Puedes leer, adorar, ser invadida. Pero escribir no te está concedido. Hablar (gritar, aullar, rajar el aire, la rabia me impelía a eso sin descanso) no deja huellas: tú puedes hablar, -eso se evapora, los oídos están hechos para no oír, la voz se pierde. ¡Pero escribir! Sellar un contrato con el tiempo. ¡Anotar! ¡¡¡Hacerse notar!!! – Eso está prohibido. – no tengo lugar donde escribir. Ningún lugar legítimo, ni tierra, ni patria, ni historia que sean mías. Nada me corresponde – O bien todo y no más a mí que a cualquier otro. – No tengo raíces: en qué fuentes podría hallar alimento para un texto. Efecto de diáspora. – No tengo lengua legítima. En alemán canto, en inglés me disfrazo, en francés robo, soy ladrona, ¿dónde iba yo a recostar un texto? – Hasta tal punto soy ya la inscripción de una distancia, que una distancia más es imposible. Me dan esta lección: tú, la extranjera, insértate. Toma la nacionalidad del país que te tolere. Pórtate bien, entra en vereda, en lo común, en lo que imperceptible, en lo doméstico. He aquí tus leyes, no matarás, serás muerta, no robarás, no serás una mala recluta, no estarás loca ni enferma, sería una falta de consideración con quienes te hospedan, no zigzaguearás. No escribirás. Aprenderás las cuentas. No te tocarás. ¿En nombre de quién iba yo a escribir? («Ella sólo se despierta al contacto del amor, antes de ese momento es sólo sueño. Pero en esta existencia de sueño se pueden distinguir dos etapas: primero el amor sueña con ella, luego ella sueña con el amor.») Arriba, vivo en la escritura. Leo para vivir. Leí muy pronto: no comía, leía. Siempre «supe» sin saberlo, que me alimentaba de texto. Sin saberlo. O sin metáfora. Había poco sitio para la metáfora en mi existencia, un espacio muy restringido, que a menudo yo anulaba. Tengo dos hambres: una buena y una mala. O la misma sufrida de modo diferente. Tener hambre de libros era mi alegría y mi tormento. Libros, casi no tenía. No hay dinero, no hay libro. Roí en un año la bilbioteca municipal. Yo mordisqueaba, y al mismo tiempo devoraba. Como con los pasteles de Jánuca: pequeño tesoro anual de diez pasteles de canela y jengibre. ¿Cómo conservarlos consumiéndolos? Suplicio: deseo y cálculo. Economía del tormento. Por la boca aprendí la crueldad de cada decisión, un mordisco, lo irreversible. Guardar no es gozar. Gozar y no gozar más. La escritura es mi padre, mi madre, mi nodriza amenazada.” Fuente: Cixous, Hélène (2006). De La llegada a la escritura. Traducción de Irene Agoff. Editorial Amorrurtu, 2006.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page