• Revista Adynata

Memorias del futuro / Alejandro Kaufman

Un segundo 24 de marzo, sustraída la memoria de las calles, no puede sino hacernos pensar en la diferencia entre el anterior 24 de marzo de 2020 y el actual de 2021. Una diferencia consistente en más de 54.000 muertes evitables en un número indeterminable pero proporcionalmente sustancial, según lo que sabemos por lo sucedido en otras partes del mundo. Lo evitable de esas muertes masivas que se siguen produciendo cada día y hasta por momentos de modo creciente, en una primera instancia nos orientan a la cruel militancia del contagio. Medios de comunicación y manifestaciones políticas de las derechas sistemáticamente dedicadas a promover discursos y acciones conducentes a encrudecer las consecuencias de la pandemia en lugar de aminorarlas. No es algo que deba sorprendernos. Las derechas no se definen por sus opiniones alternativas a pensamientos moderados o emancipatorios, sino por su disposición programática a la desigualdad esencial y al sacrificio inconmensurable de la población. En ello reside su base territorial, no en el bienestar o la felicidad del pueblo sino en su opresión y mortificación, ya sea “por las buenas o por las malas”.


El 24 de marzo invoca el problema del duelo. En otros países, como es el caso de los Estados Unidos (sin perjuicio de sus tantos crímenes históricos y contemporáneos), la vinculación con la masividad de las muertes fue referida a guerras, a la Segunda Guerra Mundial. Unos números recuerdan a otros. La guerra fue y vino como metáfora muchas veces en el último año, no sin cuestionamientos por parte de quienes rechazamos el uso de tal figura para un suceso que no implica lo que sucede en una confrontación bélica entre bandos enemigos. La pandemia no es un antagonismo entre bandos enemigos, dijimos y escuchamos tantas veces. Sin embargo, hoy la evocación adquiere otros rasgos en relación a la violencia social o bélica porque la masividad de muertes evitables nos suscita el problema de la responsabilidad y el duelo. El duelo mantiene una relación con la responsabilidad porque no se lo espera de quien asesina o es causante de muertes, ya sea por acción o por omisión, de modo culposo.


En nuestro país los números en danza no nos sugieren una guerra, sino nuestro drama nacional que en la fecha se conmemora. Y si seguimos tales asociaciones veremos entonces que vincular las muertes en la pandemia con una guerra admite el duelo como parte del drama. Nuestra experiencia, en cambio, y se trata de hacer silencio para prestar oídos a lo desatendido, es una experiencia privada del duelo. Aun cuando nos resulta muy difícil hacer distinciones entre diversos países y diferentes experiencias pasadas y presentes, no tendríamos que negarnos a lo plausible que nos resulte como deber de memoria observar que la militancia del contagio procede de las mismas fuentes originarias del exterminio de las desapariciones. Tal condición traumática, entonces, habilita una eventual reflexión sobre la serie de condiciones adyacentes o consecuentes: consentimientos, que pueden suceder como negligencia y descuido, responsabilidades, omitidas o denegadas, y negacionismos.


Más allá de lo que nos resulte específico de la historia reciente argentina, en muchas partes del mundo, y nuestro país no se queda atrás, asistimos a derechas negacionistas del sufrimiento colectivo, derechas suscitadoras y responsables de consecuencias letales y sacrificiales en nombre de la “libertad” y la “economía”. Jornada propicia, la del 24 de marzo de 2021, para interpelarnos sobre cómo serán habitadas nuestras futuras memorias.


Fuente: https://contraeditorial.com/memorias-del-futuro/



"Ex Militares ocultan sus rostros”. Fotografía tomado en Bahía Blanca en febrero de 2012. João Pina



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