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- Sobre "Desde esta noche cambiará mi vida" / Cecilia Ferreiroa
Leer un libro es armar un camino propio donde se agrupan algunas cosas y se dejan otras. Quisiera contar algo de lo que fui recolectando en la travesía por el libro de Paula, la manera en la que se agrupó en mí. Hay mucho más, muchos otros caminos y otras maneras de hacer que resuenen, porque esta novela es muy rica, además de muy hermosa. Algo que me interesó mucho del libro es su voluntad de potencia, la capacidad de mantener una condición insumisa sobre los valores normativos: el intento de la narradora de vivir su vida más allá de lo correcto, en especial respecto de la sexualidad y los vínculos amorosos. Y en ese intento, no busca fijarse, dar sentencia, prescribir. Hay una fuerza contraria al poder en esta novela. Una pregunta crucial para mí que surge de la novela es: ¿Cómo podemos corrernos de la lógica del poder como modo de vida, como modo de vivir nuestra vida? La narradora se mueve en esa dirección. Ella rechaza y también reflexiona sobre esas imposiciones. Y, a la vez, mantiene una zona de inadecuación. Hay algo en ella que tiene que ver con no estar en el lugar correcto, con estar un poco fuera de lugar, desplazada. En varios momentos se siente extranjera, y no vive eso con liviandad. Ella es una lesbiana sin el glamour, o la corrección, de la feminidad, a quien a veces la confunden con un varón. Y si bien los roles, las posiciones fijas están puestas en cuestión, ella encarna, hace cuerpo, el lugar de extranjera, el ser un poco fenómeno. Y me pregunto si eso no se vincula con su propia desobediencia, con salirse de la lógica de poder que impone una forma de vida. Ser alguien incómodo y perturbar los estereotipos. Pero no siempre fue así, de chica no se animó a estar en ese lugar: le gritó a su amiga del colegio, de la que estaba enamorada en secreto, que era una lesbiana. Y lo hizo sabiendo que eso era un insulto, una palabra prohibida. Por eso la narradora es crítica, pero también es comprensiva, y entiende la tragedia de no adecuarse. La potencia de la desobediencia es un recurso que no todo el mundo tiene. Y la novela nos permite ver la violencia de la sociedad, muy fuerte a lo largo de varias décadas, que lleva a algunos personajes a negar su propio deseo y a ocultarse, mantener una imagen heterosexual para preservar su integridad física, su trabajo, su lugar. En contrate, estar inadecuada es un acto de valentía y, para la narradora, es un modo de vida , una práctica incesante a lo largo de su vida. Hay una fuerza vital muy fuerte en la novela. Incluso en una etapa especialmente dura, que viene de la dictadura, pero continúa en la democracia –y que la narradora llama “los años prohibidos”, porque es necesario ocultar los amores diversos tanto en la casa como en la calle–-, aun en esos años, ella encuentra las maneras y los lugares para vivir su deseo: en callejones solitarios, trenes sin luz, salas de cines, baños públicos. La ciudad está llena de escondites, de gritos ahogados, de movimientos disimulados y de “colchones erguidos”, en la hermosa imagen que usa para referirse a los frentes de las casas donde ella y su novia se apoyan para besarse. La vitalidad de la novela también se vincula con nombrar. Mientras la narradora va contando episodios de su vida y sus diferentes amores, nombra objetos, marcas, modas, bandas que escuchaba, personas famosas, canciones, lugares, boliches nocturnos a los que iba, comentarios que hacen los demás y que tienen la marca de lo ya dicho, lo repetido. Esas cosas delinean diferentes épocas (desde la dictadura hasta un presente cercano), que en cierto sentido son comunes para todos y todas, pero que son el mapa cultural y el recorrido de la narradora, los lugares que ella frecuenta, también lo que tiene que soportar. Y no puedo evitar pensar en el contraste entre el conservadurismo de la sociedad, su manera de ejercer poder, y la necesidad o devoción de la narradora por nombrar, por darle el lugar justo a cada cosa, por traerla a la luz y hacerla presente. Porque en esta novela el acto de nombrar es político; y contrasta directamente con la prohibición respecto del lesbianismo, con la imposición de un modo de vida. Y vuelvo a la cuestión de la potencia y del poder. Nombrar, en el libro de Paula, es lo contrario a un poder que impone el silenciamiento y el ocultamiento; lo contrario a cumplir con la máxima de los años prohibidos. Es la fuerza y también la felicidad de la insubordinación, porque la novela se consagra a la felicidad de nombrar, lo hace con fruición, con una energía de vida, que nos contagia. Y nombrar es también un hecho poético: cada cosa tiene su materialidad, su lugar propio. Cada cosa que nombra tiene su peso, resuena y arma diferentes vibraciones con las otras. En un momento la narradora reflexiona sobre las cosas que ya no se pueden recuperar; y en otro, habla de Proust, lo que me llevó a releer el prólogo de Contra Sainte-Beuve . Allí, Proust escribe sobre la resurrección poética del pasado, para la cual la inteligencia es impotente. Dice que esas horas del pasado se agazapan en objetos. Y cuando nos topamos con ellos por azar, el pasado resucita cargado de emoción. La novela de Paula alberga la posibilidad de esa evocación emotiva. Los objetos que nombra resuenan y van armando un entramado donde el pasado se agazapa. Muchas de esas cosas me sacaron de la lectura y me trajeron a la vida momentos de mi pasado. Katja Aleman, Cemento, la marca UFO, Gloria Vanderbiltt, la permanente que estaba de moda, el indulto, Margotita y Jorge Polaco y su película Kindergarten . Las sesiones de Berlín Alexanderplatz en la Sala Lugones me trajeron al presente otros ciclos que iba a ver, como la serie No matarás . Sandra y Celeste, los TDK. La fuerza poética que tuvo para mí la mención de los TDK me tomó por sorpresa. Había otras marcas, pero los TDK eran los mejores para grabar música. Lo mismo me pasó con la banda Culture Club y su hit “Karma Camaleón”, que me llevó a un verano en Villa Gesell y los video bares que ponían clips musicales en una pantalla. En la novela de Paula , lo poético es político: las cosas pesan con la fuerza de su materialidad, y nombrarlas es un antídoto contra la violencia y la cobardía. Una manera de darse un lugar y poder vivir su vida. La novela está cargada de esa potencia, de música y de humor también, de la decisión sostenida de correrse del lugar de poder. Y vivir, amar, ser mamá contra la moral que está siempre en el aire. NOTA: Texto leído en las presentación del libro En este noche cambiará mi vida (Madreselva, 2024) de Paula Jiménez España, en el Museo del Libro y de la Lengua. Abril 2025. Tammy Rae Carland Sin título n.° 8 (Camas lesbianas) 2002 Impresión C 101,6 × 76,2 cm
- Blanchot nos ha legado lo desconocido como objeto de trabajo / Marie Depussé
Blanchot me enseñó a leer, como a los de mi generación. Autorizado a escribir, quizás, más tarde. “ El lenguaje de la literatura es la búsqueda de ese momento que la precede. Generalmente, ella lo nombra existencia ”. Con esas frases, magníficas, Blanchot ha limpiado ese lugar (sería más lindo decir que lo ha lavado) donde se juega la dificultad de escribir. Ahora y siempre. El adverbio “generalmente” es feroz. Blanchot tiene por momentos, cuando habla de literatura, una ferocidad reposada. El gesto de volverse hacia lo que está perdido, doloroso para el cuerpo, es un poco irrisorio. Pero al menos él se da el tiempo de la desesperación, o más bien, de la inquietud. La literatura, dice, está hecha de inquietud, a diferencia del asesinato tranquilo que él llama lenguaje común y que Flaubert llamaba estupidez. Es en esa brecha, en esa diferencia feroz, donde Blanchot sitúa, funda, El espacio literario . Un lugar donde un día, sin demasiada vergüenza, una puede considerar pararse. “Digo esta mujer”… Que el sustantivo común, como se dice en gramática, funcione, supone, nos dice él, “una inmensa hecatombe”; una fosa común donde se mezclan la carne y los perfumes de millones de mujeres singulares cuya singularidad se desdibuja, aniquilada, para autorizar la generalidad de la palabra mujer. Blanchot bosquejó las diferentes formas del rechazo de la literatura a participar en esta supresión de lo viviente. Algunas expresiones me rondan, me persiguen. Ponge velando por la inocencia de las cosas “en los lindes del mundo”, Mallarmé resistiendo al borramiento por la idea, creando en las palabras un “macizo de existencia”. Pero pienso en Baudelaire también, incluso si Bonnefoy habla de esto con más precisión que Blanchot, Baudelaire escribiendo “A una paseante”, sustituyendo a la violencia de “esta mujer” la fragilidad de una dedicatoria que no está segura de alcanzar la otra orilla y que le da a una mujer mortal el tiempo de pasar. Es ese tiempo el que vigilo, que intento preservar, cuando escribo; el paso de una mujer, de una hoja. A la inquietud se asocia lo desconocido. Blanchot nos ha legado lo desconocido como objeto de trabajo. No aquel del que se burlaba tan bien Proust: una mañana de primavera para quien sólo conoce tardes de invierno. No ese desconocido entonces, construcción imaginaria del punto opuesto, un pobre sueño de lo que sería deseable fabricado a partir de lo conocido, porque no demasiado conocido. “No me basta con escribir: soy desdichado. Mientras que no escriba nada más, estoy demasiado cerca de mí mismo, demasiado cerca de mi desdicha, para que esa desdicha se vuelva la mía … Sólo a partir del momento en que llego a esta extraña sustitución: él es desdichado, el lenguaje comienza a ... esbozar y a proyectar lentamente el mundo de la desdicha tal como se realiza en él. Entonces, tal vez, me sentiré implicado, y mi dolor se hará sentir en este mundo del que está ausente...” Para Blanchot, lo desconocido es algo material. Un movimiento lento y ciego: proyectar algo hasta ahora ausente en un mundo que no lo quiere. Me gusta que estos dos términos, bosquejo, proyecto, pertenezcan a la pintura y a la arquitectura; un lento esbozo por venir, como escribió Baudelaire. Sin embargo, escribí tarde, muy tarde. Antes hablaba. Me había parecido comprender que se podía resistir al lenguaje común hablando, también, a condición de estar orientada hacia lo desconocido, como se dice de una casa que está orientada hacia el sur; y por ello dudar, no tener miedo del silencio, esperar las palabras. Blanchot ama la modestia de la palabra que se sabe infinita, salvo la de los imbéciles. Con él, se pasa de hablar a escribir en los dos sentidos. Hablar no es ver, escribe. Hablar no es conocer, salvo por un abuso. Lacan también nos lo dice. Toda creencia en la transparencia de un conocer autoriza una presunción y un orden, fundados sobre un saber. (El ateísmo, por ejemplo, supone cierta relación, sin resto, con el saber. “¿Cómo es posible el ateísmo?” A esos de mi generación que enterraron a sus padres como perros, por respeto a su ateísmo loco, Blanchot les legó esa pregunta). Durante mucho tiempo hablé de literatura sin escribir, porque es mi trabajo. Los que me escuchaban me decían: hablas como otros escriben. Y ahora me dicen: escribes como otros hablan. Me parece que Blanchot se habría sonreído. Él fue en parte responsable, además, de mi felicidad al hablar de literatura, al haberme ofrecido esa verdad de que el trabajo de comentario podía ser un trabajo de rapsodia. Y demostrarlo. Cuando comencé a escribir él ya me había legado la libertad de los fragmentos y el gusto por los relatos. Sin saber exactamente lo que ponía, para mi uso, en la palabra “relato”. Cierta desconfianza hacia la novela, es decir, hacia los libros que se publican actualmente bajo esa etiqueta. Cuando nos habían enseñado, y no solamente Blanchot, que desde que uno abría la boca estaba haciendo ficción. Así que desconfío. No sería capaz de decir “mis personajes”. Ahí, otra vez, he leído demasiado a Blanchot. Y, además, sólo escribo sobre el paso de los mortales en el momento en que pasan. Lo que se llama, sin duda, un límite. Así que encuentro un refugio en la palabra de Blanchot: relato. Me gusta la brevedad que supone, la tensión. Sin creer que esa tensión pueda ser, en mi caso, tensión hacia el encuentro con un acontecimiento único. Sólo los marineros que mueren por ello pueden decir que navegaron en dirección a las sirenas. Y Blanchot, quizás. Y algunos otros. No escribo en dirección a las sirenas, o no todavía. Pero escribo a causa de ellas, a causa de lo que Blanchot dice de ellas: que hacen escuchar “la inhumanidad de todo canto humano”. Pasaje de lengua: Maria Marta Boccanera Fuente: Cortesía de Editorial Té de Boldo. Córdoba (@ediciones.tdb) Arno Rafael Minkkinen - "Autorretrato" - Fosters Pond, Andover, Massachusetts -2000 - Impresión en gelatina de plata - 61 × 50,8 cm
- Apagado colectivo / Sophie Lewis
Creo que los seres humanos estamos desconectados ahora mismo. Claro que es tentador justificar nuestra desconexión con la COVID-19. Pero no es —nunca podrá serlo— la naturaleza efervescente, vaporosa y germinal de los cuerpos de los demás lo que apaga nuestros apetitos eróticos. Amar el sexo es, necesariamente, disfrutar de la contaminación cruzada de la carne humana. Es, por esa razón, entregarnos por completo a la ternura colectiva del distanciamiento físico, las técnicas de cubrirnos y desinfectarnos, el cuidado íntimo de usar mascarilla y limpiarnos que se requiere para mantenernos sanos. Y los espacios al aire libre —embarcaderos, campos, muelles, bosques, dársenas— donde el sexo florecía antes de la gentrificación siguen siendo los espacios donde sería más seguro hacerlo hoy, si tan solo quisiéramos. No. La verdad es que, bajo el capitalismo, estamos demasiado sobrecargados de trabajo como para sentirnos profundamente excitados colectivamente; demasiado sobrecargados incluso para darnos cuenta de ello. Como dice el actor porno y filósofo Conner Habib cuando alguien se queja de que su hábito de ocho horas diarias de porno les impide realizar su trabajo: «Amigo, me parece que tu hábito de trabajar ocho horas al día te impide disfrutar plenamente de tu sexualidad». En 1987, Douglas Crimp publicó «Cómo tener promiscuidad en una epidemia». La epidemia en cuestión no era, por supuesto, la COVID-19, sino otro virus con una arista puntiaguda: el VIH. El ensayo expresa la sabiduría, la experiencia epidemiológica y la desvergüenza, fruto de una lucha constante, de las innumerables lesbianas y gays militantes que se negaron a ser chantajeados por el Estado para aceptar la monogamia, la abstinencia o una «ética del trabajo», y que «inventaron el sexo seguro» como la piedra angular de su cultura promiscua mucho antes del sida. Siguiendo a Crimp, considero que uno de los muchos crímenes de los terraformadores del capitalismo —además de incubar coronavirus destruyendo la biodiversidad— es el robo de incontables horas de sexo proletario mediante la imposición del trabajo, y la consiguiente desaparición de la historia de gigavatios de éxtasis erótico acumulado. La negación del placer a las poblaciones es un grave daño histórico, y la negación por parte de algunos izquierdistas de la centralidad del placer en las luchas de liberación es un error igualmente grave. La libertad sexual solía ser un problema central del pensamiento y la práctica anticapitalistas . Como lo expresó la académica feminista Carole Vance en el prefacio de la infame antología pro-sexo Pleasure and Danger de 1982 : para las mujeres (y, yo añadiría, las personas queer) "experimentar el deseo autónomo y actuar de maneras que les proporcionen placer sexual en una sociedad que alimente y proteja sus deleites es la peor pesadilla de nuestra cultura y la mejor fantasía del feminismo". En una línea similar, en Towards a Gay Communism , Mario Mieli argumentó que la liberación de la sexualidad cambiaría la forma en que todas las personas se aman, la forma en que todas las personas habitan sus cuerpos, de modo que las categorías de heterosexual y homosexual se vuelven extrañas y sin sentido. Pero este tipo de "positividad sexual" (esta postura de optimismo, segura de que la búsqueda, ciertamente arriesgada, de la vulnerabilidad corporal podría ayudar a transformar la especie y rehacer la humanidad) está completamente pasada de moda, tanto en la izquierda académica como en la cultura en general. No es difícil ver por qué. Muchas mujeres heterosexuales, inmersas en el proceso de duelo masivo que acompaña al movimiento conocido como #MeToo, están hartas del optimismo heterosexual (de hecho, solo sexual). En este momento, incluso cuando publican libros ostensiblemente optimistas sobre cómo, por ejemplo, "las mujeres tienen mejor sexo bajo el socialismo", las izquierdistas a veces parecen incapaces de imaginar un sexo completamente bueno ; de hecho, incapaces de soñar con nada mejor que, simplemente, la ausencia de violencia doméstica. Incluso en la exitosa novela Normal People de la novelista marxista Sally Rooney , serializada este año para televisión, que presenta sexo copioso y aparentemente maravilloso entre los coprotagonistas Daisy Edgar-Jones y Paul Mescal, hay una crítica implícita al fetichismo. La narrativa de Rooney contiene la sugerencia profundamente pesimista de que el trauma de una mujer inevitablemente aflorará en la intimidad heterosexual en forma de BDSM, específicamente un deseo masoquista de abuso y aniquilación, e interferirá en la experiencia compartida de intimidad "real", destruyéndola. Para ser claros, el problema radica en la insinuación de Rooney de que el BDSM es fundamentalmente una expresión de autodesprecio (en lugar de cómo muchas personas heterosexuales malinterpretan y malpractican el fetichismo). Este severo realismo y sombrío antiutopismo sobre lo que es el sexo con hombres y, implícitamente, siempre será, es cuanto menos comprensible. La ultramisandria discursiva que fue tan popular en las redes sociales alrededor de 2014 (¿recuerdan #KillAllMen?) está felizmente pasada de moda, pero la ira contra los hombres que la subyace —que , por cierto, nunca fue irónica— no ha tenido ninguna razón material para disiparse. Con hombres como Trump y Brett Kavanaugh en los más altos cargos del gobierno y el poder judicial de los Estados Unidos, las mujeres de todas las clases en este momento están llenas de rabia, decepción, traición y asco. Sin embargo —como bien capta Rooney— la razón por la que compartir la vida con hombres se siente como una violencia lenta no son, en última instancia , los hombres en sí mismos (no en muchos casos, al menos), sino, más bien, las jerarquías que, fluyendo a través de todos nosotros, los elevan y nos sofocan. El repudio a "acostarse con el enemigo", promulgado por algunas feministas en la década de 1970, fue y sigue siendo ampliamente y con razón ridiculizado. Sin embargo, rara vez las feministas contemporáneas reconocen que gran parte del sexo se experimenta como una entrega de sí misma al opresor, independientemente de lo agradable y digno de amor que sea o no el hombre en cuestión. Rara vez hablamos del "lesbianismo político" como una estrategia deficiente basada en una evaluación factual, aunque "dramática", del heterosexualismo bajo el patriarcado (como peligroso para la salud espiritual de las mujeres). Aún más raramente parecemos comprender que la postura opuesta —la de Vance y las liberacionistas sexuales del movimiento de mujeres— compartía esa misma evaluación... solo que, a sus ojos, el horizonte utópico del placer posgénero hacía que valiera la pena afrontar los peligros de tener sexo en el presente. Así pues , como comentó Lauren Berlant en el Taller de Teoría Feminista de Duke de 2019, «muchas nuevas feministas sex-negativas están surgiendo en la actualidad; personas que, según ella, son «incompetentes incluso respecto a su propio deseo». Seamos feministas o antifeministas, la mayoría estamos tan agotadas, coaccionadas y alienadas por la cultura del trabajo y el disfrute del capitalismo que no sabemos cómo tener sexo realmente bueno , ya sea con hombres, con plantas, con nosotras mismas o con la parte superior de una lavadora. Cabe repetir que gran parte de la valoración negativa del sexo en la coyuntura es correcta. La sociedad capitalista se basa fundamentalmente en obligarnos a todos, especialmente a las mujeres, a desreprimirnos , a hablar de sexo constantemente como si "confesáramos" algo innato y, siempre, ¡a disfrutar! Es el siguiente paso en la cadena lógica lo que falta: la observación de que esta lascivia estresante y presurizada no conduce ni remotamente a una experimentación real, polimorfa y con la guardia baja. Esta gran experiencia sexual que el mercado obliga a consumir a todo sujeto autogestionado y optimizado no es buen sexo. Sí, el porno ahora está taxonomizado y es accesible, el ligue está gestionado algorítmicamente, estar "cachondo en la cama" ha ganado aceptación, pero el deseo parece esquivo. Decir " preferiría no hacerlo " en rechazo a este régimen de sexualidad prescrito y coaccionado no tiene por qué ser necesariamente un rechazo a la sexualidad per se (aunque, por supuesto, puede serlo, y todo el poder para los asexuales ). Podría decirse que “ preferiría no hacerlo ” es el ingrediente más crucial y básico para tener buen sexo. Pero hoy, en el feminismo popular, la infructuosidad de las posturas del «androcidio» y el «éxodo» ha dado paso no a un renacimiento del sueño comunista de liberación sexual, sino a una postura generalizada de misandria-light, caracterizada por una resignación martirizada ante la pésima calidad del heterosexualismo . El artículo viral de Indiana Seresin sobre el antiheterosexualismo performativo proporciona contextos cruciales para este fenómeno. La tendencia cultural que el ensayo señala es el « heterofatalismo ». En pocas palabras, el sujeto heterofatalista , que se sitúa típicamente dentro de un grupo demográfico de mujeres jóvenes blancas cis, es heterosexual que reniega de su heterosexualidad. Su profesión de un deseo vacío e impotente de «ser lesbiana» es sin duda parte de ello. Pero el rasgo principal de estas mujeres, dice Seresin , es su énfasis «en que no son ese tipo de heterosexuales, que, de hecho, se avergüenzan de ser heterosexuales y que, para no ser dramáticas, ven la heterosexualidad como una prisión en la que están confinadas contra su voluntad». La cuestión aquí no es que los gestos de desafiliación de los heterofatalistas sean insinceros, sino que son "performativos" porque no van acompañados de experimentos colectivos para abandonar, o incluso torcer, la heterosexualidad. Sin embargo, su resignación es aún más extraña, y aún más deprimente, cuando se considera la racionalidad, la corrección de quejarse de la vida heterosexual y la gravedad de muchas de las afirmaciones que estas mujeres supuestamente aspirantes a queer podrían esgrimir para acusar a las relaciones heterosexuales. Después de todo, una de cada diez mujeres es violada en algún momento de su vida por su pareja íntima masculina. Y la probabilidad estadística de que el novio, esposo o ex de una mujer heterosexual la asesine directamente es de aproximadamente el 0,0013 %. La probabilidad, a modo de comparación, de que un hombre sea violado o asesinado por cualquier mujer tiene demasiados ceros para contarlos. Es arriesgado, como bien sabe la autora, señalar, con paráfrasis cómicas, la arrogancia del victimismo complaciente en el corazón del fatalismo heterosexual de las chicas (heterosexuales), en un mundo donde la heterosexualidad, para las mujeres, a menudo puede ser literalmente fatal. Sin embargo, el diagnóstico abre un camino vital para lo que puede, y ojalá se convierta, en una conversación sobre los sentimientos demasiado reales de horror disfórico y nihilismo defensivo que muchas mujeres experimentan al aprender los guiones del heterosexualismo —a menudo sintiéndolos incrustados en sus músculos— y al observar la crudeza de la cultura de las citas, en la que, en consecuencia, sus gustos personales las dictan. Si bien esa conversación está empezando a darse, la postura heterofatalista sigue sirviendo como otro método por el cual las mujeres blancas como yo podemos proyectar hacia afuera nuestra propia cobardía y machismo, es decir, nuestra propia aversión a la vulnerabilidad. Testigo de ello es la popularidad del macabro título How to Date Men When You Hate Men (2019). Al repetir la idea de que «los hombres son lo peor» mientras seguimos buscando relaciones románticas y sexuales con ellos, realizamos un gesto de otredad que refuerza la pureza o la inocencia de nuestras propias identidades. Podemos amar a los hombres, declaramos, pero apenas lo disfrutamos, ¿de acuerdo?; nos avergüenzan; no nos contaminan; no somos ellos. En otras palabras, podemos seguir siendo «mujeres». Quizás, casi inconscientemente, nos preocupaba que la propia categoría de «mujeres» se hubiera vuelto insostenible. Tan solo reproduciendo la categoría de «hombres» en voz alta , doblamos la apuesta a que la categoría de «mujeres» se mantenga a salvo. (Cabe destacar que, si bien una mayoría de misándricos heterofatalistas en las redes hoy parecen creer que están afirmando las personas trans, su posición no solo requiere borrar por completo a los hombres trans, sino también todo rastro de las experiencias vividas de las mujeres trans como hombres, independientemente de la autocomprensión de esas mujeres. De hecho, la misoginia, como yo la veo, nunca puede evitarse de manera confiable sin colapsar en transfobia). Al ser infelizmente heterosexuales, aquellos de nosotros que no somos hombres estamos exentos de nuestras complicidades con los hombres. Estamos exentos de las muchas mujeres que se convierten en hombres, los hombres que se convierten en mujeres y las muchas personas más que simplemente no son ni una ni otra cosa o ambas; por el hecho de que, para citar el ensayo de Sophia Giovannitti en la revista en línea Majuscule , "el género nunca es fijo; el género siempre está roto". Peor aún, estamos exentos de crear un profundo cuidado y sustento para nosotros mismos y para los demás en el mundo tal como lo encontramos. Estamos colectivamente desconectados, en mi evaluación, y una parte de nosotros no quiere que esto cambie porque, si cambiara, ya no podríamos ser mujeres en el sentido clásico de desear colectivamente estar excitadas. Transformar radicalmente la heterosexualidad, en cambio, podría comenzar, como dice Seresin , "con relatos honestos de qué elementos de la heterosexualidad son realmente atractivos". El ensayo de Giovannitti , titulado “En defensa de los hombres”, invoca uno de esos relatos, dentro de una respuesta crítica a la tesis del heterofatalismo . Por mi parte, me siento alentada por el llamado a un 'hedonismo políticamente urgente' recientemente articulado en la revista Invert . '¿Qué significaría', pregunta la autora, Kay Gabriel, 'que el género funcionara como una fuente de placer desalienado en lugar de una estrategia de acumulación?' Junto a los poemas y ensayos de Gabriel hay una poderosa salva de libros comprometidamente excitantes que aparecen impresos en este momento y que ofrecen respuestas a esta pregunta: tomemos por ejemplo Confessions of the Fox de Jordy Rosenberg, Paul Takes the Form of a Mortal Girl de Andrea Lawlor y Red Tory: My Corbyn Chemsex Hell de Huw Lemmey . Estos textos hacen avances en el desarrollo de la conciencia erótica comunitaria. Son narrativas que involucran a queers promiscuos que hunden barcos mercantes del siglo XVIII y hacen estallar laboratorios de sexología coloniales; antihéroes cuya anatomía sexuada cambia de forma a voluntad, para navegar, jugar y enamorarse mejor; y ácidos-comunistas vertiendo una molécula orgiástica en el suministro de agua de un megapolis . A través de libros como estos, imagino las condiciones de posibilidad para la excitación colectiva. Desconozco la mejor manera de ponerlas en práctica. Axiomáticamente, una condición básica para la activación colectiva sería el lujo comunitario, es decir, la manifestación del principio de «todo para todos»: abolición de las prisiones, ocio universal, aborto libre y gratuito, ausencia de fronteras, liberación de la relación salarial y abundancia ecológica. Esta idea del comunismo de lujo —antes de que fuera secuestrada por visiones aceleracionistas de automatización de alta tecnología— fue un término inventado por una vegana utópica de Manchester llamada Judy Thorne en su Tumblr, evocando paisajes urbanos posproletarios boscosos y amplios baños públicos. La hora del baño siempre se ha identificado como un punto de especial promesa en la lucha por la liberación gay y sexual. Mientras que ahora tenemos los spa privados, históricamente los baños públicos y las playas son el lugar donde la disciplina temporal de la limpieza ha sido rechazada por completo en favor de la espaciosa y antifuncional temporalidad del baño : bañarse todo el día, bañarse por el simple hecho de bañarse, bañarse con y en otros cuerpos, jugar todo el día en la banda de Möbius entre limpieza y contaminación; ese filo entre remojo y deshidratación, dicha oceánica y ahogamiento. Luchar contra la vigilancia y regulación de lo que Jordy Rosenberg llama "nuestra porosidad constitutiva" significa descubrir cómo manifestaremos, arquitectónica y ecológicamente, biomas propicios para bañarnos sin rumbo y celebrar nuestra permeabilidad colectiva a escala masiva. Las técnicas que contienen vapor , como el uso de mascarillas y el mantenimiento de una distancia de dos metros entre los cuerpos, podrían, paradójicamente, resultar ser maravillosos iniciadores no solo de solidaridad y conciencia epidemiológica, sino también, por lo tanto, de ternura. Y a medida que abolimos la lógica capitalista del trabajo y el disfrute obligatorio, instanciaremos las condiciones de posibilidad para la excitación colectiva. Como sobrevivientes del antiguo régimen de violencia sexual, diseñaremos ciudades enteras llenas con infraestructuras biótica- erótica; continentes enteros adornados de costa a costa con espacios para emociones seguras; claros de hongos, carpas(gazebos) de terapia, grutas de doulas, clínicas gratuitas dirigidas por pacientes, piscinas naturales, palacios para la siesta, centros de acogida , templos para el llanto público, casas de baños, guarderías multigeneracionales, acuíferos polimorfamente perversos, salones de banquetes populares, bibliotecas- sensorios multiespecie , compartimentos de tren que pueden hacerte acabar , lavanderías que ofrecen fisting, casas colectivas que promueven el bienestar, salones de baile que promueven la dicha, coliseos de masajes y pabellones de placer. Todos nos habremos convertido en criaturas versadas en decir "preferiría no hacerlo" y "no". La falta de lujuria de la era pre-Covid se volverá sorprendentemente obvia para nosotros en retrospectiva. Difícilmente creeremos a los historiadores cuando nos hablen de los viejos tiempos del #MeToo y el heterofatalismo. NOTA: Sophie Lewis es escritora y traductora y reside en Filadelfia, donde es profesora visitante en Penn y profesora del Instituto de Investigación Social de Brooklyn. Ha escrito teoría y crítica cultural para The New York Times , Boston Review , Blind Field y otros, y es autora de Full Surrogacy Now: Feminism Against Family (Verso Books, 2019) y Abolir la familia (Traficantes de sueños, 2023). Recuperado de: https://maljournal.com/5/sex-negative/sophie-lewis/collective-turn-off/ Nobuyoshi Araki Érase una vez un paraíso (edición de 10) 2011 Díptico - Impresión en cibachrome/gelatina de plata - 80 × 50 cm
- Desayuno perfecto / Alejandra Kamiya
No vas a esperar a que se cuele la luz por la ventana. Vas a mirar a Takashi dormir a tu lado. Vas a pensar que es bueno que descanse porque lo espera un largo día de trabajo. Vas a levantarte del futón sin hacer ruido, y levísima vas a andar por el tatami hasta la cocina, donde te vas a vestir para no rasgar el sueño de papel de Hiro y de Takashi. Un desayuno perfecto requiere pescado fresco y el pescado más fresco está en los alrededores del mercado de Tsukiji. Es temporada de caballa. Vas a ir en tren a Tsukiji por una caballa perfecta. Una vez allí todas te van a parecer bellas. Ese reflejo azul, las líneas de tigre en negro mojado, siempre moja do, como un recuerdo que nunca se seca, un recuerdo del océano. Vas a cerrar los ojos y vas a elegir. No te vas a dejar llevar solo por lo que veas. Vas a hacer el viaje de regreso a casa con la caballa perfecta en una bolsa, deseando que no se produzca ninguna demora. Sería una pérdida de frescura. Una grieta en la lisura de tu plan. Una vez en casa, vas a cortar la caballa a la mitad y la vas a salar, para que retenga en ella su espíritu del mar. Vas a poner el arroz en remojo, después de haberte lavado las manos con ese jabón de coco que te regaló Mahko. Qué afortunada. ¿Cuántas japonesas se lavan por la mañana la cara y las manos con un jabón de cocos? Vas a imaginar una playa como las dc los avisos de agencias de viaje y vas a acercar tu imaginación a la punta de las palmeras: vas a ver los cocos, con los que hicieron el jabón para que tus manos sean suaves esta mañana. Vas a desear que algo de esa playa y esa blancura del coco pase al arroz a través de tus manos cuando lo laves y lo dejes en reposo. El reposo es importante. En todo. Para hacer el miso shiru vas a perfumar el agua con pequeñas anchoas secas. Vas a imaginar la danza del dulzor del coco con el sabor salado de las anchoas. Como si ese mar que acaricia los pies de las palmeras volviera a hacerlo en Tokio, en tu casa. No vas a poner muchas anchoas en el agua porque si no esa danza de sabores se transformaría en una lucha. Vas a abrir el natto , y el paquete de nori , ese que compraste después de ahorrar. Nori de una negrura perfecta, como una muerte. Sin los atisbos de verde de las algas comunes. Hay algo de soberbia en este gesto y te vas a avergonzar, pero la idea de un desayuno perfecto va a volver a convencerte de que hiciste bien, de que un solo elemento de otra calidad echaría a perder el trabajo puesto en todos los demás. Por eso también vas a usar el té del primer brote, ese del sur del Japón. Vas a retirar el agua del fuego antes de hervir, vas a humedecer apenas las hojas y luego de echar el agua las vas a dejar reposar. Se van a desperezar y van a dejar salir su sabor, su perfume, su esencia verde en tu cocina gris. Vas a ir a la habitación de tu hijo. Vas a quedarte arrodillada junto al futón mirando su respiración. Podrías pasar todo el tiempo del mundo así. Qué egoísta. Podrías dejar que el desayuno se pudriera en la cocina, y el resto del mundo sin sentido se hiciera pedazos allí afuera, y seguir arrodillada junto al futón de Hiro. Como si fuera tuyo y no del mundo que lo espera y del que es un engranaje más. Vas a poner una mano en su pequeño hombro flaco. El niño va a decir "Hi" y le vas a responder con un tono de voz ni alto ni bajo que es la hora de levantarse. Él se va a restregar los ojos y va a decir "Sí, mamá" y luego se va a volver a tapar para remolonear un minuto más. Luego vas a volver a la cocina y vas a escuchar cómo Hiro y tu marido se preparan para sus días llenos de obligaciones, como árboles llenos de frutos o de flores. Vas a mezclar la mostaza con el natto : una danza de espadas. Un tintineo filoso en tu nariz. Vas a colocar todo sobre la mesa con el mismo cuidado de cada mañana pero buscando algo más. Ningún ángulo debe desafinar, ningún color puede chocar o apagarse, deben fluir hasta Hiro y su papá. Los perfumes deben seducir como lo que se oculta. El orden debe ser amable como la voz de las chicas de los ascensores de los grandes almacenes. Vas a colocar una pequeña flor junto al recipiente del natto . Casi un gesto de vanidad que no vas a poder evitar. Una señal tal vez. Tu marido y Hiro van a arrodillarse alrededor del desayuno. Vas a disfrutar mirándolos comer. Hiro, poco desgarbado como acurrucado aún en cl sueño, se va a restregar la cara con el dorso de la mano que sostiene los ohashi . Vas a romper un huevo y lo vas a colocar en su bol. Un sol se va a esparcir por un pequeño mundo de arroz. Vas a ver a Hiro terminar de despertarse al masticar, y vas a percibir que se da cuenta de que este es un desayuno perfecto. Tu marido va a comer hasta el último grano de arroz, lo último del natto , la última fibra de la caballa y va a asentir mientras lo hace. “Oishi”, va a decir Hiro, y vas a estar satisfecha y vas a agradecer, inclinando apenas la cabeza y sonriendo más con los ojos que con los labios que no se despegan. "Oishi" va a repetir el niño, y vas a sentir un pez globo en el pecho. Tu marido va a volver a asentir. La mesa va a quedar vacía. Sólo los bols, tazas, pequeños platos, vacíos como esqueletos. Y la flor, abierta como una boca que grita. Muda de sentido en su belleza. Hiro va a decir que tiene clase de inglés y se va a levantar corriendo. Tu marido va a esperar un poco, como si reposara, como el arroz, como el té. Luego se va a poner de pie apoyándose en los puños. Vas a recoger las cosas de la mesa. Las vas a dejar cubiertas de espuma en la pileta. Te vas a enjuagar las manos para despedirlos. Vas a usar tu jabón de coco una vez más. Hiro va a llevar su mochila y su gorra de béisbol. Le vas a decir que se la debe quitar antes de entrar al colegio. Él va a asentir y te va a decir que su amigo se encuentra en la otra calle. Le vas a decir que no lo haga esperar. Tu marido, ya en la puerta, antes de calzarse, te va a decir que ha sido un desayuno perfecto. Vas a agradecer. Una vez sola en la casa vas a limpiar en detalle, como siempre, pero de otra manera. Todo puede siempre mejorarse. Qué falta de humildad sería no intentarlo. Al terminar, te vas a sentar junto al horno y vas abrir la puerta, hacia abajo como los puentes levadizos. Vas a girar la llave y vas a apoyar la cabeza en la puerta como si fuera una almohada en la que vas a descansar. La nota de disculpas ya estará hecha y la habrás dejado sobre la mesa. Vas a pensar en las playas llenas de sol y palmeras muy altas. En las puntas vas a ver cocos y vas a adivinar su interior blanco y su perfume. Vas a mirar el mar y vas a sentir ese olor extraño que viene y va. Fuente: En Los árboles caídos también son el bosque , Buenos Aires: Bajo la luna, 2015. Aya Takano, Kaikai Kiki Conexión profunda con la naturaleza 2020 Impresión pigmentada de archivo + serigrafía 31,2 × 22,5 cm
- Para acabar con la masacre del cuerpo / Félix Guattari
Sin importar cuáles sean las pseudotolerancias de que haga alarde, el orden capitalista bajo todas sus formas (familia, escuela, fábricas, ejército, códigos, discursos…) continúa sometiendo toda la vida deseante, sexual y afectiva a la dictadura de su organización totalitaria fundada sobre la explotación, la propiedad, el poder masculino, la ganancia, el rendimiento… Sin descansar, continúa su sucia tarea de castración, aplastamiento, tortura y cuadriculado del cuerpo para inscribir sus leyes en nuestras carnes, para clavar en el inconsciente sus aparatos de reproducción de la esclavitud. A base de retenciones, estasis, lesiones o neurosis, el Estado capitalista impone sus normas, fija sus modelos, imprime sus rasgos, distribuye sus roles, difunde sus programas… Mediante todas las vías de acceso que tiene nuestro organismo, sumerge dentro de lo más profundo de nuestras vísceras sus raíces mortales, confisca nuestros órganos, desvía nuestras funciones vitales, mutila nuestros goces, somete todas las producciones vividas al control de su administración patibularia. Hace de cada individuo un lisiado, cortado de su propio cuerpo, ajeno y extraño a sus deseos. Con ayuda de una gran cantidad de terror social que es vivido como culpabilidad individual, las fuerzas de ocupación capitalista, con su sistema cada vez más refinado de agresión, estímulo y chantaje, se ensañan en reprimir, excluir y neutralizar todas las prácticas deseantes que no tengan por efecto reproducir las formas de la dominación. Es así que se prolonga indefinidamente el reino milenario del goce desdichado, del sacrificio, de la resignación, del masoquismo instituido, de la muerte: el reino de la castración que produce al “sujeto” culpable, neurótico, laborioso, sumiso, explotable. Este añejo mundo, que por todas partes apesta a cadáver, a nosotros nos horroriza y hemos decidido tomar la lucha revolucionaria contra la opresión capitalista allí donde está lo más profundamente arraigada: en lo vivo de nuestro cuerpo. Es el espacio de este cuerpo con todo lo que produce de deseos lo que nosotros queremos liberar de la influencia “extranjera”. Es en este lugar que nosotros queremos “trabajar” por la liberación del espacio social. Entre ambos no existe ninguna frontera. yo me oprimo porque yo es el producto de un sistema de opresión extendido a lo largo de todas las formas de lo vivido. La “consciencia revolucionaria” es una mistificación siempre que no pase por el “cuerpo revolucionario”, el cuerpo productor de su propia liberación. Son las mujeres en rebelión contra el poder masculino —implantado desde hace siglos en sus propios cuerpos—, los homosexuales en rebelión contra la normalidad terrorista, los “jóvenes” en rebelión contra la autoridad patológica de los adultos, quienes han comenzado a abrir colectivamente el espacio del cuerpo a la subversión, y el espacio de la subversión a las exigencias inmediatas del cuerpo. Son ellas y son ellos quienes han comenzado a desafiar el modo de producción de los deseos, las relaciones entre el goce y el poder, el cuerpo y el sujeto, tal como funcionan en todas las esferas de la sociedad capitalista, al igual que en los grupos militantes. Son ellas y son ellos quienes han hecho quebrar definitivamente la vieja separación que separa “la política” de la realidad vivida, para el máximo beneficio tanto de los administradores de la sociedad burguesa como de aquellos que pretenden representar a las masas y hablar en su nombre. Son ellas y son ellos quienes han abierto los caminos de la gran sublevación de la vida contra las instancias mortales que no cesan de insinuarse en nuestro organismo, para someter cada vez más sutilmente la producción de nuestras energías, de nuestros deseos y de nuestra realidad a los imperativos del orden establecido. Es así que resulta trazada una nueva línea de ruptura, una nueva línea de enfrentamiento más radical y definitiva, a partir de la cual se redistribuyen necesariamente las fuerzas revolucionarias. Ya no podemos soportar que se nos robe nuestra boca, nuestro ano, nuestro sexo, nuestros nervios, nuestros intestinos, nuestras arterias… para hacer de ellos las piezas y los engranajes de la sucia mecánica de producción del capital, la explotación y la familia. Ya no podemos permitir que se hagan de nuestras mucosas, nuestra piel y todas nuestras superficies sensibles, unas zonas ocupadas, controladas, reglamentadas y prohibidas. Ya no podemos soportar que nuestro sistema nervioso sirva de retransmisor al sistema de explotación capitalista, estatal y patriarcal, ni que nuestro cerebro funcione como una máquina de suplicios programada por el poder que nos cerca. Ya no podemos sufrir el soltarnos, retener nuestras cogidas, nuestra mierda, nuestra saliva, nuestras energías, todo esto conforme a las prescripciones de la ley y sus pequeñas transgresiones controladas: nosotros queremos hacer volar en pedazos al cuerpo frígido, encarcelado y mortificado que el capitalismo no cesa de querer construir con los desechos de nuestro cuerpo viviente. Este deseo de liberación fundamental, que permite introducirnos a una práctica revolucionaria, llama a que salgamos de los límites de nuestra “persona”, a que trastornemos en nosotros mismos al “sujeto” y a que salgamos de la sedentariedad, del “estado civil”, para atravesar los espacios del cuerpo sin fronteras y vivir así en la movilidad deseante más allá de la sexualidad, más allá de la normalidad, de sus territorios, de sus agendas. Es en este sentido que algunos de nosotros hemos sentido la necesidad vital de liberarnos en común de la influencia que las fuerzas de aplastamiento y de captación del deseo han ejercido y ejercen sobre cada uno de nosotros en particular . Todo aquello que hemos vivido sobre el modo de la vida personal, íntima, lo hemos tratado de abordar, explorar y vivir colectivamente. Nosotros queremos derrumbar el muro de concreto que separa, en interés de la organización social dominante, el ser del parecer, lo dicho de lo no-dicho, lo privado de lo social. Hemos comenzado a descubrir juntos toda la mecánica de nuestras atracciones, de nuestras repulsiones, de nuestras resistencias, de nuestros orgasmos, a llevar al conocimiento común el universo de nuestras representaciones, de nuestros fetiches, de nuestras obsesiones, de nuestras fobias. “Lo inconfesable” ha devenido, para nosotros, materia de reflexión, de difusión y de explosiones políticas, en el sentido en que la política manifiesta, dentro del campo social, las aspiraciones irreductibles de “lo viviente”. Hemos decidido romper el insoportable secreto que el poder hace caer sobre todo cuanto toca al funcionamiento real de las prácticas sensuales, sexuales y afectivas, así como lo hace caer sobre el funcionamiento real de toda práctica social que produce o reproduce las formas de la opresión. Destruir la sexualidad Al explorar en común nuestras historias individuales, hemos podido valorar hasta qué punto toda nuestra vida deseante estaba dominada por las leyes fundamentales de la sociedad estatal, burguesa, capitalista de tradición judeocristiana, y, en realidad, subordinada a sus reglas de eficiencia, de plusvalía y de reproducción. Al confrontar nuestras experiencias singulares, sin importar qué tan “libres” hayan podido parecernos, nos hemos percatado de que no dejábamos de conformarnos a los estereotipos de la sexualidad oficial, la cual reglamenta todas las formas de lo vivido y extiende su administración desde las camas matrimoniales hasta las habitaciones de burdeles, pasando por los baños públicos, las pistas de baile, las fábricas, los confesionarios, las sex shop , las prisiones, los colegios, los autobuses, las casas de orgías, etc… etc… Para nosotros, esta sexualidad oficial, esta sexualidad a secas, no conlleva a un problema en torno a si queremos acondicionarla, como quien acondiciona sus condiciones de detención. Se trata de destruirla, de suprimirla, porque no es otra cosa que una máquina para castrar y recastrar indefinidamente, una máquina para reproducir en todo ser, en todo tiempo, en todo lugar, las bases del orden esclavista. La “sexualidad” es una monstruosidad, así sea en sus formas restrictivas o en sus formas llamadas “permisivas”, y está claro que el proceso de “liberalización” de las costumbres y de “erotización” promocional de la realidad social organizada y controlada por los administradores del capitalismo “avanzado”, no tienen otro objetivo que hacer más eficaz la función “reproductora” de la libido oficial. Lejos de reducir la miseria sexual, estos tráficos no hacen más que alargar el campo de las frustraciones y de la “carencia”, la cual permite la transformación del deseo en necesidad compulsiva de consumir a la vez que asegura la “producción de la demanda”, motor de la expresión capitalista. De la “inmaculada concepción” a la puta publicitaria, del deber conyugal a la promiscuidad voluntarista de las orgías burguesas, no existe ninguna ruptura. Es la misma censura lo que está obrando. Es la misma masacre del cuerpo deseante lo que se perpetúa. Simple cambio de estrategia. Lo que nosotros queremos, lo que nosotros deseamos, es reventar la pantalla de la sexualidad y sus representaciones para conocer la realidad de nuestro cuerpo, de nuestro cuerpo viviente. Eliminar el adiestramiento A este cuerpo viviente lo queremos liberar, descuadricular, desbloquear, descongestionar, para que se libere en sí mismo todas las energías, todos los deseos y todas las intensidades aplastadas por el sistema social de inscripción y de adiestramiento. Queremos recuperar el pleno ejercicio de cada una de nuestras funciones vitales con su potencial integral de placer. Queremos recuperar las facultades que son verdaderamente elementales como el placer de respirar, literalmente asfixiado por las fuerzas de opresión y de contaminación; el placer de comer y de digerir, perturbado por el ritmo del rendimiento y el repugnante alimento producido y preparado según los criterios de la rentabilidad mercantil; el placer de cagar y el goce del culo sistemáticamente masacrado por el adiestramiento intrusivo de los esfínteres, mediante el cual la autoridad capitalista inscribe incluso en la carne sus principios fundamentales (relaciones de explotación, neurosis de acumulación, mística de la propiedad y de la limpieza, etc.); el placer de masturbarse alegremente sin vergüenza y sin angustia, ni por carencia o compensación, sino por el placer de masturbarse; el placer de vibrar, de murmurar, de hablar, de caminar, de moverse, de expresarse, de delirar, de cantar, de jugar con el cuerpo de todas las maneras posibles. Queremos recuperar el placer de producir el placer y de crear, despiadadamente mermado por los aparatos educativos encargados de fabricar trabajadores (consumidores obedientes). Liberar las energías Queremos abrir nuestro cuerpo al cuerpo del otro y de los otros, dejar pasar las vibraciones, circular las energías y combinarse los deseos para que todos y cada uno puedan dar libre curso a todas sus fantasías y a todos sus éxtasis, para que puedan vivirse al fin sin culpabilidad, sin inhibición, todas las prácticas voluptuosas individuales, duales o plurales que tenemos imperiosamente necesidad de vivir para que nuestra realidad cotidiana no sea esta lenta agonía que la civilización capitalista y burocrática impone como modelo de existencia a aquellos que ella enrola. Queremos extirpar de nuestro ser el tumor maligno de la culpabilidad, raíz milenaria de todas las opresiones. Conocemos, evidentemente, los formidables obstáculos que tendremos que vencer para que nuestras aspiraciones no sean únicamente el sueño de una pequeña minoría de marginados. Conocemos en particular que la liberación del cuerpo, de las relaciones sensuales, sexuales, afectivas y extáticas, está indisolublemente ligada a la liberación de las mujeres y a la desaparición de todas las formas de categorías sexuales. La revolución del deseo pasa por la destrucción del poder masculino y de todos los modelos de comportamiento y de emparejamiento que aquél imponga, así como pasa por la destrucción de todas las formas de la opresión y de normalidad. Queremos acabar con los roles y las identidades distribuidos por el Falo. Queremos acabar con toda forma de asignación a una residencia sexual. Queremos que ya no haya entre nosotros hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, poseedores y poseídos, mayores y menores, amos y esclavos, sino humanos transexuados, autónomos, móviles y múltiples; seres con diferencias variables, capaces de intercambiar sus deseos, sus goces, sus éxtasis y sus ternuras, sin tener que hacer funcionar algún sistema de plusvalía, algún sistema de poder, si no es a modo de juego. Partiendo del cuerpo, del cuerpo revolucionario como espacio productor de intensidades subversivas y como lugar donde se ejercen al final de cuentas todas las crueldades de la opresión, conectando la práctica política a la realidad de este cuerpo y sus funcionamientos, buscando colectivamente todas las vías de su liberación, producimos ya una nueva realidad social en la que el máximum de éxtasis se combina con el máximum de consciencia. Ésta es la única vía que puede darnos los medios para luchar directamente contra la influencia del Estado capitalista allí donde se ejerce directamente. Éste es el único paso que puede hacernos realmente fuertes contra un sistema de dominación que no cesa de desarrollar su poder, de debilitar , de fragilizar , a cada individuo para constreñirlo a suscribir sus axiomas. Para adherirlo al orden de los perros. Bruce Nauman Detalle del suelo del estudio, 2006 Impresión de archivo de cristal cromogénico 76,2 × 99,1 cm
- Nuevas bienaventuranzas porque las antiguas ni / Ariel Rivero
I- Si de prometer felicidad se trata (…) el Holocausto ha demostrado ser un arma ideológica indispensable. (…) ha permitido que una de las potencias militares más temibles del mundo, con un espantoso historial en el campo de los derechos humanos, se haya convertido a sí misma en Estado “víctima”. Norman G. Finkelstein La industria del Holocausto Ningún otro movimiento de liberación ha tenido un adversario tan difícil: un pueblo reconocido como la clásica víctima de la historia. Edward W. Said La cuestión Palestina Bienaventuradas las víctimas, porque podrán conservar su inocencia mientras matan. Bienaventuradas las mayores víctimas de la historia, las mayores víctimas potenciales de la historia y quienes heredaron tal estatuto, porque se sentirán autorizadas y, sobre todo, les estará permitido reparar una injusticia cometiendo otra, así sea reemplazar a un pueblo nativo en su misma patria ancestral. Quien no haya utilizado un sufrimiento especial para conferirse “derechos” igualmente especiales, tire la primera piedra. Bienaventurados quienes consiguieron adjudicar las agresiones del propio grupo a la autodefensa y los ataques del grupo rival al odio, porque en esa “asimetría de distribución de motivos”1 se fabrica la superioridad moral. Y dichosos quienes fortalecen sus motivos morales para dañar, porque les será concedido superar cualquier tipo de aversión previa a la violencia. Por lo demás, la diferencia entre “justos” e “injustos” tampoco reside en lo que se hace sino a quiénes se les hace. Bienaventurados quienes no distinguen entre culpabilidad y deshumanización de sus adversarios, porque se dedicarán a vulneración de sus derechos, o la aprobarán, como si fuera un acto de justicia más. Si la falta es del enemigo, entonces somos justos . Y si en el camino nos vemos obligados a perder cierta humanidad, será a causa de lo que ellos son, no por los suplicios que les apliquemos. Felices quienes se guían por un objetivo mayor, por un proyecto sagrado o cuasi sagrado porque, al igual que en la campaña del desierto o en la conquista de América, podrán prescindir del consentimiento de sus semejantes al momento de concretar sus planes. Al fin de cuentas, imponer por medio del terror y la fuerza es, desde hace siglos, un derecho que los Estados, las iglesias y las personas mismas se atribuyen en nombre de cosas buenas. El mal no es un fin que justifique los medios, pero el bien sí lo es. Felices quienes naturalizan que lo muy humano para un grupo puede reposar en lo muy inhumano para otro, porque un sistema político de segregación no les parecerá tal cosa. Dichosos los que pasan de negar la presencia de una población nativa a convertirla en enemiga, o los que se perciben a sí mismos como nativos y a los nativos como terroristas, porque podrán sumarle a su proyecto de expansión la matanza masiva. Y la venta de armas “probadas en campo” al mundo2. Felices todos aquellos que, en vez de apostar por la creación de un nuevo nosotros, todavía desean construir un Estado étnicamente puro y creen tener más derecho que otros a habitar un lugar, porque la imaginación y las fantasías políticas de exclusión típicas de nuestro tiempo, les favorecerán. Felices las y los soldados cuando perciban como enemigos amenazantes a personas que no tienen a donde huir, porque actuar como si estuvieran en una guerra (arrodillándose, agazapándose, cubriéndose detrás de escudos mientras disparan sus rifles del futuro a personas que se defienden con piedras) les alcanzará para convencerse de que están en una. Y no tendrán sentimiento de culpa dado que, salvo excepciones, el cargo de conciencia depende del comportamiento del grupo, no de la conciencia individual. Bienaventurados quienes confunden inocencia con impunidad e imaginan haber conseguido por justicia lo que han obtenido mediante el poder de las armas, el dinero y el manejo de la información, porque el orden jurídico internacional les respaldará; al menos mientras no les obligue a enfrentar la verdad de sus crímenes. Y dichosos, además, quienes ignoran cuestiones básicas sobre los derechos humanos y más aún sobre el derecho internacional, porque su violación, incluso filmada y fanfarroneada, no les resultará evidente. Felices aquellos que, aunque no les nazca celebrar la aflicción de las víctimas, asumen como inevitable las acciones de sus victimarios, porque podrán continuar con sus vidas con total normalidad. Bienaventurados quienes consiguen que “un trauma colectivo sea puesto al servicio de crímenes masivos”3, porque podrán acusar de antisemitismo a cualquiera que esboce la más mínima crítica. Felices quienes ignoran que no es lo mismo consumir el sufrimiento ajeno que solidarizarse: con la cantidad de videos puestos a circular alcanza y sobra para mantener un sinfín de buenas conciencias bien alimentadas. La buena conciencia es la que se nutre de indignarse, no de comprometerse ni de animarse a gestos. II- Si de prometer dolor se trata ¿En qué sentido son víctimas los soldados israelíes en 2025? ¿En qué sentido son víctimas cuando están armados hasta los dientes, provistos de miles de millones de dólares en armas estadounidenses y una cobertura diplomática aparentemente ilimitada de Estados Unidos para desafiar la indignación internacional por el genocidio de Gaza? ¿En qué sentido son víctimas cuando difunden alegremente fotografías de sí mismos en el paisaje de Gaza que han arruinado, fotografías que los muestran sonriendo mientras se visten con la lencería robada de mujeres palestinas apátridas y nuevamente desposeídas cuyas vidas han destruido, hogares que han demolido y niños que han asesinado? (…) ¿En qué sentido son víctimas los colonos judíos israelíes cuando se reúnen para impedir que los alimentos lleguen a los niños que están muriendo de hambre? ¿Y qué decir de los israelíes que presenciaron el bombardeo de Gaza en 2014, sentados con indiferencia, como si estuvieran presenciando un espectáculo teatral y no una catástrofe humana? (…) En algún momento, es absurdo seguir pensando en estos israelíes como víctimas, excepto en el sentido de que tal vez crean genuinamente que están luchando para vencer a los monstruos “bárbaros” de sus mentes. Ussama Makdisi Sobre las “víctimas de las víctimas” 4 Cuando los hitos de la maldad humana son utilizados como arma ideológica y no como brújula moral, la condena del genocidio no puede ser más que selectiva Norman G. Finkelstein La industria del Holocausto 5 Ay de las víctimas de las víctimas cuando, aprovechándose de esa predisposición tan humana a percibir las palabras más que los hechos, la opinión pública internacional llame “conflicto” al asesinato de civiles desarmados, “evacuación” al desplazamiento forzado, “guerra” a la cacería, “daños colaterales” al perjuicio deseado, porque a lo largo de la historia los eufemismos han sido necesarios para practicar y asimilar las peores crueldades. La palabra matar , por ejemplo, no figura en ninguna de las decenas de miles de documentos nazis examinados por estudiosos del Holocausto6. Las cosas más terribles son posibles de hacer siempre y cuando se evite nombrarlas. Ay de las víctimas de las víctimas cuando se las etiquete como crueles y despiadadas, porque el motivo moral para la violencia resulta más estimulante que la misma deshumanización. De hecho, acaso sea la presunta inmoralidad de quien se asesina la que permita entender mejor la alegría de quien le mata. Y pobres de los huérfanos, las viudas, los extranjeros , porque el rótulo de terrorista ocultará su vulnerabilidad compartida. En la vileza del lenguaje se decide el destino de aquellos que el mandamiento bíblico busca proteger. Ay de las víctimas de las víctimas cuando sus opresores esgriman el derecho a defenderse como fundamento de sus decisiones, porque “la percepción de legítima defensa es una de las razones que conduce al genocidio y, a veces, incluso el motivo principal”7. Ay de las víctimas de las víctimas cuando la sociedad no reaccione frente a los delitos de los que son objetos, porque “el paso del tiempo normaliza las injusticias”8. Ay de las víctimas de las víctimas cuando los observadores crean que respetar un dolor supone no colocarle un límite a la furia, a la venganza y a la ira de los perjudicados, porque entonces las declaraciones que expresen abiertamente la intención de aniquilar a toda una población les sonarán razonables, tal como si la crueldad fuera el permitido de las víctimas. Pobres, además, porque existe un tipo de empatía que impide percibir acciones criminales. Ay de las víctimas de las víctimas cuando lo mejor que se tenga para decir a su favor sea que, “si bien Israel debe respetar las leyes que viola Hamás, el Estado judío de ninguna manera es culpable de que su enemigo utilice a los habitantes de Gaza como escudos humanos”9. Pobres porque sus ejecuciones serán interpretadas como inevitables. A las mismas personas no se les ocurriría afirmar que, entonces, también Israel estaría utilizando a su población como escudo humano dado que ha construido su cuartel militar general en el corazón de Tel A viv 10. Ay de la población nativa cuando, aunque sea por una vez, le ocasione un daño real al grupo que la oprime, porque el enojo justificado de los colonizadores funciona como otra excusa para la limpieza étnica o al menos como pretexto para castigos desproporcionados (“arte de retener la vida en el dolor”, vieja estrategia a los fines de reestablecer y mantener el desequilibrio de poder cuando por un instante es debilitado11). Ay de los pueblos enfrentados a un poder que se alimenta de exhibirse (o a un Estado cuya política de seguridad tal vez produzca los mejores asesinos en masa de la actualidad), porque lo mínimo que soportarán será desaparecer una y otra vez como sujetos de derechos. Ay de los pueblos tratados permanentemente como potenciales agresores, porque en la sospecha sobre su supuesta peligrosidad se prepara la ausencia de castigo para los vejámenes emprendidos en su contra. Que aquellos que pueden matar sean vistos como más peligrosos que quienes realmente matan es todo un logro retórico. Ay de los convenios de Ginebra, porque las sanciones que podrían aplicarse en su nombre no dependen de la magnitud de las transgresiones. Y es que, así como la inocencia no guarda una relación lineal con los hechos (puede ser conservada justificando delitos), l a condena, en tanto subordinada a los intereses y a las complicidades, tampoco depende de las acciones mismas. Más aún, la misma Corte Internacional de Justicia ya ha procedido de tal manera que, en algunos casos concretos, de la abundancia de pruebas no se siga una sanción12. III- Notas para que las promesas empiecen a ser otras La revolución se nutre de la imagen de los antepasados oprimidos y no del ideal de los descendientes libres. Walter Benjamin, Escritos recuperados Ay de los organismos internacionales que advierten para no intervenir, porque tendrán noticias de la impunidad que proveen en los “permisos” que los regímenes militares alegremente se asignan. Ay de quienes, en este marco, se otorgan el derecho a una venganza ilimitada a causa del daño que han sufrido, porque empatizar con su dolor se volverá difícil, por no decir imposible, a medida que sus crímenes aumenten. Y, por último, ay de quienes gozan de mirar bombardeos con largavista13 o, si se quiere, de todos aquellos cuyo odio y temor es alimentado con porciones cada vez más grandes de destrucción del enemigo, porque habitarán una tierra como quien construye su casa en Auschwitz14. Al igual que el sueño de la razón, la impunidad también produce monstruos. Bienaventuradas, en cambio, las víctimas de las víctimas, porque el espectáculo de las injusticias practicadas en su contra solo conseguirá que el amor hacia ellos crezca. Palestina, antes un nombre, hoy una causa. Quizás lo único bello de lo atroz sean los lazos de solidaridad que van tejiéndose detrás de sí y que de algún modo dan esperanza. Que así sea. Referencias bibliográficas 1 Pablo Malo. 2021. Los peligros de la moralidad . Versión online, pág. 152. 2 Sobre esta idea y otras parecidas: Israel ha convertido Palestina en un “apartheid tecnológico”, entrevista a Antony Loewenstein. Disponible en: https://elordenmundial.com/antony-loewenstein-laboratorio-palestino-israel-armas-gaza/ 3 La frase es del mismo Antony Loewenstein. Cfr.: https://www.youtube.com/watch?v=S3SWWqx1lNk&t=26s . 4 Ussama Makdisi. 2025. Disponible en: https://jewishcurrents.org/on-the-victims-of-the-victims 5 Para otro enfoque respecto de la condena selectiva de los genocidios: ¿Pueden los estudios sobre el genocidio sobrevivir al genocidio en Gaza? Disponible en: https://jewishcurrents.org/can-genocide-studies-survive-a-genocide-in-gaza 6 Pablo Malo. Op. Cit. Cfr., pág. 145. 7 Acerca de esta idea y afirmación en particular, consultar: Sí, es genocidio , de Amós Goldberg. Disponible en: https://thepalestineproject.medium.com/yes-it-is-genocide-634a07ea27d4 . Y, del mismo autor, El problemático retorno de la intención . Disponible en: https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/14623528.2024.2413175#d1e237 8 Esta expresión, aunque por otro tema, se la escuché enfatizar y explicar a Flavia Broffoni en su charla sobre La lógica de la desobediencia civil . Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ETrCRPEi8g8&t=2568s 9 Cfr.: artículo de opinión de W. A. Galston. Disponible en: https://www.wsj.com/articles/israel-must-follow-the-laws-hamas-violates-war-terrorism-middle-east-19276a22 10 Para un análisis de planteos como estos: ¿Escudos humanos o protección para Israel frente a la rendición de cuentas? Disponible en: https://www.mei.edu/publications/human-shields-or-shielding-israel-accountability 11 Arte de retener la vida en el dolor es la definición que Michel Foucault brinda del suplicio cuando analiza lo que llama poder soberano en las primeras páginas de Vigilar y castigar . 12 Sobre el modo de proceder de la CIJ y la administración de la violencia: Todo funciona según lo previsto , de Emilio Dabed. El texto se encuentra publicado en: Rodrigo Karmy (editor). 2024. Palestina, colonialismo y resistencia . Ed.: Pehuén, Cuadernos de Memoria y Utopía. 13 Cfr.: https://www.theguardian.com/world/2014/jul/20/israelis-cheer-gaza-bombing 14 Aunque distinta por la escala (y la conciencia que se tiene de ello), la situación puede ser pensada y planteada desde lo que ya ocurre con el kibutz Nahsholim, asentado en lo que fue la aldea palestina de Tantura: https://forensic-architecture.org/investigation/executions-and-mass-graves-in-tantura-23-may-1948 Camila Eslava Salpicadura 2022 Rotring sobre papel de algodón 30 × 42 × 1 cm
- El teatro y la cultura. Prefacio / Antonin Artaud
Nunca, ahora que la vida misma sucumbe, se ha hablado tanto de civilización y cultura. Y hay un raro paralelismo entre el hundimiento generalizado de la vida, base de la desmoralización actual, y la preocupación por una cultura que nunca coincidió con la vida, y que en verdad la tiraniza. Antes de seguir hablando de cultura señalo que el mundo tiene hambre, y no se preocupa por la cultura; y que sólo artificialmente pueden orientarse hacia la cultura pensamientos vueltos nada más que hacia el hambre. Defender una cultura que jamás salvó a un hombre de la preocupación de vivir mejor y no tener hambre no me parece tan urgente como extraer de la llamada cultura ideas de una fuerza viviente idéntica a la del hambre. Tenemos sobre todo necesidad de vivir y de creer en lo que nos hace vivir, y que algo nos hace vivir; y lo que brota de nuestro propio interior misterioso no debe aparecérsenos siempre como preocupación groseramente digestiva. Quiero decir que si a todos nos importa comer inmediatamente, mucho más nos importa no malgastar en la sola preocupación de comer inmediatamente nuestra simple fuerza de tener hambre. Si la confusión es el signo de los tiempos, yo veo en la base de esa confusión una ruptura entre las cosas y las palabras, ideas y signos que las representan. No faltan ciertamente sistemas de pensamiento; su número y sus contradicciones caracterizan nuestra vieja cultura europea y francesa, pero, ¿dónde se advierte que la vida, nuestra vida, haya sido alguna vez afectada por tales sistemas? No diré que los sistemas filosóficos deban ser de aplicación directa o inmediata; pero una de dos: O esos sistemas están en nosotros y nos impregnan de tal modo que vivimos de ellos (¿y qué importan entonces los libros?), o no nos impregnan y entonces no son capaces de hacernos vivir (¿y en ese caso qué importa que desaparezcan?). Hay que insistir en esta idea de la cultura en acción y que llega a ser en nosotros como un nuevo órgano, una especie de segundo aliento; y la civilización es la cultura aplicada que rige nuestros actos más sutiles, es espíritu presente en las cosas, y sólo artificialmente podemos separar la civilización de la cultura y emplear dos palabras para designar una única e idéntica acción. Juzgamos a un civilizado por su conducta, y por lo que el piensa de su propia conducta; pero ya en la palabra civilizado hay confusión; un civilizado culto es para todos un hombre que conoce sistemas, y que piensa por medio de sistemas, de formas, de signos, de representaciones. Es un monstruo que en vez de identificar actos con pensamientos ha desarrollado hasta lo absurdo esa facultad nuestra de inferir pensamientos de actos. Si nuestra vida carece de azufre, es decir de una magia constante, es porque preferimos contemplar nuestros propios actos y perdernos en consideraciones acerca de las formas imaginadas de esos actos, y no que ellos nos impulsen. Y esta facultad es exclusivamente humana. Hasta diré que esta infección de lo humano contamina ideas que debían haber subsistido como ideas divinas; pues lejos de creer que el hombre ha inventado los sobrenatural, lo divino, pienso que la intervención milenaria del hombre ha concluido por corromper lo divino. Todas nuestras ideas acerca de la vida deben reformarse en una época en que nada adhiere ya a la vida. Y de esta penosa escisión nace la venganza de las cosas; la poesía que no se encuentra ya en nosotros y que no logramos descubrir otra vez en las cosas resurge, de improviso, por el lado malo de las cosas: nunca se habrán visto tantos crímenes, cuya extravagancia gratuita se explica sólo por nuestra impotencia para poseer la vida. Si el teatro ha sido creado para permitir que nuestras represiones cobren vida, esa especie de atroz poesía expresada en actos extraños que alteran los hechos de la vida demuestra que la intensidad de la vida sigue intacta, y que bastaría con dirigirla mejor. Pero por mucho que necesitemos de la magia, en el fondo tememos a una vida que pudiera desarrollarse por entero bajo el signo de la verdadera magia. Así, nuestra arraigada falta de cultura se asombra de ciertas grandiosas anomalías por ejemplo, que en una isla sin ningún contacto con la civilización actual el simple paso de un navío que sólo lleva gente sana provoque la aparición de enfermedades desconocidas en ella, y que son especialidad de nuestros países: zona, influenza, gripe, reumatismo, sinusitis, polineuritis, etc. Y asimismo, si creemos que los negros huelen mal, ignoramos que para todo cuanto no sea Europa somos nosotros, los blancos, quienes olemos mal. Y hasta diré que tenemos un olor blanco, así como puede hablarse de un «mal blanco» Cabe afirmar que, como el hierro enrojecido al blanco, todo lo excesivo es blanco; y para un asiático el color blanco ha llegado a ser la señal de la más extrema descomposición. Dicho esto, podemos esbozar una idea de la cultura, una idea que es ante todo una protesta. Protesta contra la limitación insensata que se impone a la idea de la cultura, al reducirla a una especie de inconcebible panteón; lo que motiva una idolatría de la cultura, parecida a la de esas religiones que meten a sus dioses en un panteón. Protesta contra la idea de una cultura separada de la vida, como si la cultura se diera por un lado y la vida por otro; y como si la verdadera cultura no fuera un medio refinado de comprender y ejercer la vida. Pueden quemar la biblioteca de Alejandría. Por encima y fuera de los papiros hay fuerzas; nos quitarán por algún tiempo la facultad de encontrar otra vez esas fuerzas, pero no suprimirán su energía. Y conviene que las facilidades demasiado grandes desaparezcan y que las formas caigan en el olvido; la cultura sin espacio ni tiempo, limitada sólo por nuestra capacidad nerviosa, reaparecerá con energía acrecentada. Y está bien que de tanto en tanto se produzcan cataclismos que nos inciten a volver a la naturaleza, es decir, a reencontrar la vida. El viejo totemismo de los animales, de las piedras, de los objetos cargados de electricidad, de los ropajes impregnados de esencias bestiales, brevemente, todo cuanto sirve para captar, dirigir y derivar fuerzas es para nosotros cosa muerta, de la que no sacamos más que un provecho artístico y estático, un provecho de espectadores y no de actores. Ahora bien, el totemismo es actor, pues se mueve y fue creado para actores; y toda cultura verdadera se apoya en los medios bárbaros y primitivos del totemismo, cuya vida salvaje, es decir enteramente espontánea, yo quiero adorar. Lo que nos ha hecho perder la cultura es nuestra idea occidental del arte y el provecho que de ella obtenemos ¡Arte y cultura no pueden ir de acuerdo, contrariamente al uso que de ellos se hace universalmente! La verdadera cultura actúa por su exaltación y por su fuerza, y el ideal europeo del arte pretende que el espíritu adopte una actitud separada de la fuerza, pero que asista a su exaltación. Idea perezosa, inútil, y que engendra la muerte a breve plazo. Las múltiples vueltas de la Serpiente de Quetzalcoatl son armoniosas porque expresan el equilibrio y las fluctuaciones de una fuerza dormida; y la intensidad de las formas sólo se da allí para seducir y captar una fuerza que provoca, en música, un acorde desgarrador. Los dioses que duermen en los museos; el dios del Fuego con su incensario que se parece a un tripode de la inquisición; Tlaloc, uno de los múltiples dioses de las Aguas, en la muralla de granito verde; la Diosa Madre de las Aguas, la Diosa Madre de las Flores; la expresión inmutable y sonora de la Diosa con ropas de jade verde, bajo la cobertura de varias capas de agua; la expresión enajenada y bienaventurada, el rostro crepitante de aromas, con átomos solares que giran alrededor, de la Diosa Madre de las Flores; esa especie de servidumbre obligada de un mundo donde la piedra se anima porque ha sido golpeada de modo adecuado, el mundo de los hombres orgánicamente civilizados, es decir con órganos vitales que salen también de su reposo, ese mundo humano nos penetra, participa en la danza de los dioses, sin mirar hacia atrás y sin volverse, pues podría transformarse, como nosotros, en estériles estatuas de sal. En México, pues de México se trata, no hay arte, y las cosas sirven. Y el mundo está en perpetua exaltación. A nuestra idea inerte y desinteresada del arte, una cultura auténtica opone su concepción mágica y violentamente egoísta, es decir interesada. Pues los mexicanos captan el Manas, las fuerzas que duermen en todas las formas, que no se liberan si contemplamos las formas como tales, pero que nacen a la vida si nos identificamos mágicamente con esas formas. Y ahí están los viejos tótems para apresurar la comunicación. Cuando todo nos impulsa a dormir, y miramos con ojos fijos y conscientes, es difícil despertar y mirar como en sueños, con ojos que no saben ya para qué sirven, con una mirada que se ha vuelto hacia adentro. Así se abre paso la extraña idea de una acción desinteresada, y más violenta aún porque bordea la tentación del reposo. Toda efigie verdadera tiene su sombra que la dobla; y el arte decae a partir del momento en que el escultor cree liberar una especie de sombra, cuya existencia destruirá su propio reposo. Al igual que toda cultura mágica expresada por jeroglíficos apropiados, el verdadero teatro tiene también sus sombras; y entre todos los lenguajes y todas las artes es el único cuyas sombras han roto sus propias limitaciones. Y desde el principio pudo decirse que esas sombras no toleraban ninguna limitación. Nuestra idea petrificada del arte se suma a nuestra idea petrificada de una cultura sin sombras, y donde, no importa a qué lado se vuelva, nuestro espíritu no encuentra sino vacío, cuando en cambio el espacio está lleno. Pero el teatro verdadero, ya que se mueve y utiliza instrumentos vivientes, continúa agitando sombras en las que siempre ha tropezado la vida. El actor que no repite dos veces el mismo gesto, pero que gesticula, se mueve, y por cierto maltrata las formas, detrás de esas formas y por su destrucción recobra aquello que sobrevive a las formas y las continúa. El teatro que no está en nada, pero que se vale de todos los lenguajes: gestos, sonidos, palabras, fuego, gritos, vuelve a encontrar su camino precisamente en el punto en que el espíritu, para manifestarse, siente necesidad de un lenguaje. Y la fijación del teatro en un lenguaje: palabras escritas, música, luces, ruidos, indica su ruina a breve plazo, pues la elección de un lenguaje revela cierto gusto por los efectos especiales de ese lenguaje; y el desecamiento del lenguaje acompaña a su desecación. El problema, tanto para el teatro como para la cultura, sigue siendo el de nombrar y dirigir sombras; y el teatro, que no se afirma en el lenguaje ni en las formas, destruye así las sombras falsas, pero prepara el camino a otro nacimiento de sombras, y a su alrededor se congrega el verdadero espectácu lo de la vida. Destruir el lenguaje para alcanzar la vida es crear o recrear el teatro. Lo importante no es suponer que este acto deba ser siempre sagrado, es decir reservado; lo importante es creer que no cualquiera puede hacerlo, y que una preparación es necesaria. Esto conduce a rechazar las limitaciones habituales del hombre y de los poderes del hombre, y a extender infinitamente las fronteras de la llamada realidad. Ha de creerse en un sentido de la vida renovado por el teatro, y donde el hombre se adueñe impávidamente de lo que aún no existe, y lo haga nacer. Y todo cuanto no ha nacido puede nacer aún si no nos contentamos como hasta ahora con ser meros instrumentos de registro. Por otra parte, cuando pronunciamos la palabra vida, debe entenderse que no hablamos de la vida tal como se nos revela en la superficie de los hechos, sino de esa especie de centro frágil e inquieto que las formas no alcanzan. Si hay aún algo infernal y verdaderamente maldito en nuestro tiempo es esa complacencia artística con que nos detenemos en las formas, en vez de ser como hombres condenados al suplicio del fuego, que hacen señas sobre sus hogueras. Fuente: El teatro y su doble, Antonin Artaud. Ediciones Edhesa. Traducción de Enrique Alonso y Francisco Abelenda. Jean-Olivier Hucleux Retrato de Antonin Artaud 1986 Litografía 75 × 55 × 1 cm
- Caligrafía nómade XXVIII / Patricia Mercado
Caminó por la calle de los pinos sin subir a la vereda. La siesta caía a plomo. El perro del carnicero le ladró sin convicción. Él, apenas lo advirtió. Lo llevaban puesto los pensamientos. Y el viento, que no paraba de silbar. Cuando terminó el turno en el puesto, a mediodía, pasó por la casa a sacarse el uniforme. Marga no estaba y eso le sacó el hambre.Ya sabía él dónde buscarla. Se puso el buzo azul y guardó el arma reglamentaria en la cintura. La inapetencia le llegaba al corazón. Ninguna emoción rancheaba en ese páramo. Como si el viento se hubiera llevado todo. Iba a buscarla, a Marga, por sentido del deber.Como cuando el ganado no vuelve. Se había casado para eso,ya hacía un tiempo. A Marga la vio por primera vez en el baile del 9 de julio, en su pueblo, allá en el norte. El ya estaba borracho y la sacó a bailar la ronda de chamamé. Linda Marga con el vestido de flores y el olor rico que se mezclaba con el sudor ácido del vino que emanaba él. No se enamoró. Pero le gustaba.Desde el día ese del baile. Y se terminó casando. Cuando en la Fuerza le dieron el traslado a ese pueblito perdido del sur, ella protestó. Era lejos. Pero era el único trabajo que había y se fueron. Los primeros días ella lloraba mientras comían el guiso con poca carne y mucho fideo.Y el viento soplaba y soplaba.El no decía nada. Comía y después se acostaba. Lo último que sus ojos veían era la estampita de Ceferino Namuncurá pegada en la pared. Alguna vecina se las había dado cuando llegaron al pueblo. Capaz si tuvieran chicos, para que ella se entretenga, pensaba. Eran muy pocos en ese pueblo más pequeño que el suyo. Se conocían todos hasta en la intención. El viento traía de los cerros una rancia convicción:la de los tiempos largos donde la gente pasa como un rasguño casi imperceptible, antes de marcharse. Fue a buscarla por no desatender su obligación de marido. Por no defraudarla. Ni a ella, ni a su madre que había quedado allá en el norte y le escribía cada tanto. Bueno, ella no. Le pedía a Carlitos, el hijo menor de su hermana,que pusiera en el papel eso de: ¿estás comiendo bien? Cuidate. Y remataba: dale mis saludos a Marga y a ver si para las fiestas de fin de año vienen con novedades. Todavía no tenia un nieto para llevarle a su madre. Ya vendría. La hilera de pinos se había terminado.Dobló la calle esquivando la estatua del gaucho que algún político le había regalado al pueblo muchos años antes. Desde ahí vio el techo de la escuela vieja. Ya en desuso, el vetusto edificio parecía resignado a su destino. Los días de lluvia las goteras del techo recitaban la letanía del olvido. Un coloso de paredes que habían sido blancas,abandonado a su suerte cuando mudaron la escuela a la vuelta de la plaza.En esa casilla de chapas que la comisión de fomento del pueblo pagó como si fueran nuevas. Enfiló hacia la puerta verde, desvencijada. No le costó abrirla. Desde ahí escuchó las voces de ambos. Se reían. Cruzó el salón y los vio. A medio vestir. Con la precisión de un animal del monte sacó el arma y tiró a la cabeza. El hombre morocho y joven que estaba junto a Marga se desplomó antes de comprender. Ella gritó y abrió grandes los ojos. El guardó el arma en la cintura,y desando el camino rumbo a la casa, por la calle de los pinos. Cuando paso frente a la carnicería, el perro ladró sin convicción. Cy Twombly Naturaleza muerta 2004 Impresión en seco a color 43 × 28 cm
- Leer / Alan Pauls
Leer, como se dice, es una práctica solitaria. El lugar es tan común que parece inútil contradecirlo, pero siempre tuve ganas de objetar la serie de sobreentendidos capciosos que contrabandea. En principio, la idea de que esa condición solitaria esté en el origen de ciertas "debilidades" que habría combatir, curar o por lo menos rehabilitar: la tendencia a la asocialidad, el solipsismo, la sustitución de la realidad por los mundos imaginarios, la incompetencia práctica, la renuncia a la participación, la fobia a toda forma de acción, etc. Confinado a la pasividad y el ensueño diurno, el lector sería así una especie de lumpen letrado, inútil para cualquier destino que no sea gozar de su paraíso privado de páginas. Dediqué un pequeño libro a desmontar ese puritanismo antilectura. Trance, en efecto, puede leerse como un panfleto contra las doctrinas que hacen de la lectura, y sobre todo de la lectura apasionada, febril, exclusiva, la amenaza número uno -porque amenaza disfrazada de virtud de todo lazo social, todo compromiso, y del lector un aristócrata demasiado sensible para un mundo demasiado áspero, del que se protege enclaustrándose en su cocoon de libros y letras, canjeando los cortocircuitos de lo real por el confort de un ecosistema poblado de ácaros eruditos pero inofensivos. Mi tesis, sin embargo, parte de la vindicación del axioma del enemigo: leer, en efecto, es una práctica asocial. Pero esa asocialidad de una distancia asustada que un reparo, una impugnación, hasta un sabotaje. Los adultos a cargo del pequeño lector todo terreno lo saben bien: nada conspira tanto contra la economía familiar (es decir: contra la primera lógica social dominante lee de chico con la que nos medimos) como la lectura. El que lee en todas partes, lee contra todo: la agenda de comidas, las sesiones de aseo, los madrugones escolares, el estudio, los compromisos familiares, el dentista, los buenos modales. Leer no es un gesto de abstinencia; es una intervención activa, el palo que interfiere, interrumpe y pospone las obligaciones de esa mezcla de reality show, fábrica y laboratorio psicopedagógico que es la familia. Lector fanático, Silvio Astier, el héroe adolescente de El juguete rabioso de Roberto Arlt, sólo tiene miedo de una cosa: el momento en que algo en particular su madre lo obligue a apartar los ojos del libro que está leyendo. Teme la interrupción -el único enemigo verdadero de la lectura porque todo lo que él hace al leer, que es lo que hace todo el santo día, es interrumpir esa máquina de interrumpir el placer que llamamos mundo. Pero Trance, el panfleto, va más allá. Trata de mostrar hasta qué punto esa asocialidad activa, en la que los mundos imaginarios son tan o más reales que los reales e intervienen en ellos de manera efectiva, aunque más no sea para ponerlos en cuestión e imaginar cómo serían si se los transformara en otros, es el germen de una resocialización singular, punto de partida de una comunidad más o menos idiosincrática, más o menos aberrante, en la que libros, enciclopedias, revistas, cómics o lo que sea que se lea -los lectópatas gozan hasta de los prospectos de remedios y los manuales de uso de los electrodomésticos-funcionan como talismanes, testigos y prendas de alianza, emblemas disimulados de una cofradía tan inoficial como militante. Mal que les pese al celular y al kindle , que privatizan las decisiones y los gustos de sus usuarios, uniformándolos con sus diseños idénticos y la gimnasia tourettiana de sus dedos pulgares, los libros siguen luciendo sus portadas-estandarte en el espacio público del subte, el ómnibus, la plaza o el bar, siguen voceando sus títulos para que otros los lean a su vez, los recojan o discutan. Leer, hoy, sigue siendo proponer hablar de lo que se lee. Leer -práctica asocial- es siempre un principio de conversación. ¿Por qué debería sorprendernos? El origen de la pasión de leer no es -como quieren hacernos creer los terapeutas de la asocialidad lectora un reflejo de miedo ni una voluntad de ensimismamiento. Todos los que leemos como locos venimos del mismo lugar, la misma situación, el mismo extraño milagro: alguien nos lee . Somos muy niños, no tenemos idea del sentido que tienen esas muesquitas negras que ocupan la página, no sabemos ni siquiera qué es un libro y alguien nos lee: de noche, para dormirnos; de día, para matar el tiempo; en viaje, para abreviar la espera; en la cama, para mitigar los efectos de la fiebre. Leer es haber sido leído. A menudo soslayada por las fenomenologías de la lectura, esa escena crucial-teatro dialógico por excelencia, teatro de seducción, transferencia, pedagogía, en el que la voz del otro hace existir para nosotros un texto y un mundo que de otro modo serían inconcebibles es la que marca a fuego y para siempre la pasión de leer, su generosidad, su confianza en el poder de la evocación, su curiosidad incesante, inextinguible, por todo aquello que no se ve, que no está, brilla que por su ausencia -empezando por un mundo digno de ser deseado. Fuente: (2025) Alguien que canta en la habitación de al lado. Ed. Random House. Bs. As. Taehyub Lee Tiempo de lectura, 2024 Óleo sobre tabla 61 × 45,7 cm
- Laboratorio Magdalena: Reconstruir para reconstruirse / Verónica Sendon
¿De qué se trata? (Presentación) Villa Gesell, como tantas otras ciudades, alberga tramas de resistencia y, al mismo tiempo, silenciosas opresiones que suelen quedar invisibilizadas. En sus calles y espacios comunitarios, mujeres y disidencias enfrentan cotidianamente violencias estructurales, discriminación y desigualdades de género que impactan profundamente en su salud mental y calidad de vida. Desde esta realidad, nace la propuesta de crear una experiencia de Laboratorio Magdalena, impulsada por la militancia en la agrupación transfeminista de Lxs Bartolinas de Villa Gesell. El proyecto busca generar un espacio colectivo de expresión, sanación y transformación, donde el arte y la comunidad sean herramientas para hacer visible lo silenciado y fortalecer los vínculos de cuidado y apoyo mutuo. Inspirado en la metodología del Teatro de las Personas Oprimidas de Augusto Boal y en la experiencia de la Red Magdalena, el laboratorio se concibe como un territorio de exploración artística y emocional. Allí, lxs participantes podrán mirarse, contar(se), desnaturalizar las opresiones y construir nuevas formas de habitarse. Retomando la experiencia de "El Borda" de Alfredo Moffatt, asumimos la premisa: “reconstruir para reconstruirse”, entendiendo que la transformación no es solo una intervención externa sobre la realidad, sino un proceso en el que, al transformar el mundo, nos transformamos a nosotrxs mismxs. El proyecto surge de una necesidad concreta identificada por Lxs Bartolinas, a partir de un análisis situacional que evidencia la urgencia de crear espacios de acompañamiento para mujeres y disidencias en Villa Gesell. Espacios donde se fortalezcan tanto la autoestima como las redes de contención, en un contexto atravesado por múltiples violencias: de género, económicas, simbólicas y territoriales. Desde esta perspectiva, el Laboratorio Magdalena el objetivo será recorrer distintos puntos de la ciudad, instalándose en espacios comunitarios como sociedades de fomento, centros culturales y operativos territoriales. Aunque este no será solo un espacio de contención, sino también de acción: lxs participantes no solo ocuparán estos espacios, sino que los transformarán y resignificarán, convirtiéndolos en territorios vivos de resistencia y creación. La reconstrucción del espacio será también metáfora del proceso personal y colectivo: al transformar el entorno, se transforman a sí mismxs. ¿Cómo lo haremos? (Metodología) La propuesta consiste en un taller performativo donde el arte será la herramienta y el teatro, el lenguaje principal. A partir del Teatro de las Personas Oprimidas, exploraremos colectivamente las opresiones que atraviesan nuestras vidas, las pondremos en escena y ensayaremos estrategias para subvertirlas. Dramatizar para desdramatizar. Como sostiene Boal (1974), “el teatro puede ayudarnos a construir nuestro futuro en lugar de esperar pasivamente que llegue”. Pero el teatro será solo una de las formas de expresión. También abriremos espacios para la expresión corporal y la danza, como formas de reconectar con el cuerpo y resignificarlo; para la escritura creativa, que habilitará la reelaboración de la propia historia; para las artes plásticas, como vía de expresión simbólica; y para la música y la fotografía, que permitirán nuevas maneras de narrarnos. A lo largo de los 8 encuentros propuestos, lxs participantes serán protagonistas activxs del proceso. No se trata de impartir conocimientos de manera vertical, sino de construir colectivamente saberes desde la experiencia, el diálogo y la creación artística. A través de rondas de reflexión y análisis crítico, nos proponemos generar lecturas nuevas sobre las problemáticas que nos atraviesan, reconociendo nuestras herramientas para enfrentarlas. Impacto y transformación (Objetivos y metas) El Laboratorio Magdalena no busca ser un espacio pasajero. Su objetivo, sostenido por la militancia de Lxs Bartolinas, es sembrar procesos de transformación colectiva y sostenida en el tiempo. Queremos que las mujeres y disidencias participantes se apropien de estas herramientas, las lleven a sus espacios cotidianos y las repliquen en sus comunidades. Que el teatro, el arte y la colectividad se conviertan en motores de cambio en nuestra ciudad y en cada territorio donde esta experiencia pueda multiplicarse. Más allá de contribuir al bienestar emocional y la salud mental, el laboratorio apunta a algo más profundo: fortalecer la autoestima, la confianza y la capacidad de agencia de cada participante. Queremos que sea un espacio donde se resignifiquen las historias de vida, se desafíen los mandatos impuestos y se construyan nuevas narrativas sobre lo que somos y lo que podemos ser. Porque reconstruir para reconstruirse no implica solo mirar hacia adentro, sino también mirar alrededor. Y es en ese cruce entre lo personal y lo colectivo, entre la historia propia y la historia compartida, donde nacen las verdaderas posibilidades de transformación. Este es nuestro punto de partida. La historia del Laboratorio Magdalena aún está por escribirse. Pero sabemos que cada mujer y disidencia que se sume a este proceso será parte esencial de su construcción. Y juntxs, en el escenario que nos presente la vida, comenzaremos a ensayar futuros posibles. Pamela Zubillaga La Playa VI 2024 Acrílico, acuarela, papel de algodón 42 × 62 × 0,3 cm
- El pesadillario / Ayelen Dorio
“ ¿Qué es una pesadilla? Es un como un sueño pero no sé, como que tiene algo distinto ” Imaginemos que en el medio de la ciudad existe un jardín de infancias público que insiste en la educación por el arte. Que intenta pensar y crear maneras que puedan alojar las inquietudes e intrigas que las infancias van trayendo. Que se pregunta cómo armar encuentros que sostengan con firmeza blanda el estar ahí, un lugar donde pararse, por momentos, para poder volver a despegar y poder volver ahí. Que intenta una y otra vez practicar interrupciones pedagógicas. Como nos invita a pensar val flores: “ Procedimiento afectivo de desconectar el circuito de sufrimiento infinito. Práctica política de desmontar las convenciones de lo escuchable”. “Y como se trata de interrumpir, vamos a suspender algunas lógicas prescriptivas que se instalan silenciosa y poderosamente en los formatos educativos ”. Insiste la pregunta ¿Cómo desmontar las crueldades normativas pedagógicas, esas que subestiman a las infancias como si no supieran de lo que hablan? o que practican domesticaciones endulzadas con canciones como “La lechuza hace shhh hagamos silencio como la lechuza que hace shhh” . Porque como toda normalidad la llevamos impregnada en modos automáticos que se reproducen sin pensar. Interesa pensar en ese espacio, en este momento cómo poner en práctica, desde la escuela pública, políticas que escuchen, que puedan habilitar (como diría María Elena) “ tiempo no apurado, tiempo de jugar que es el mejor ”. Aye (2025) Fotografía. Verónica Scardamaglia El jardín con su vorágine en ese ir y venir con las preocupaciones, que el reclamo a la dirección de enseñanza por el refrigerio estudiantil, que las reuniones de familias, que las fechas de elevación de planificación, que las evaluaciones docentes. De pronto, una interrupción.... una pregunta en el pasillo detiene el tiempo y nos devuelve a la realidad... “ ¡Seño!, ¿sabías que pasó corriendo el conejo de Alicia por el jardín y se le cayó una carta? (la sacude deslumbrado, dando saltos) ¿Me acompañás a buscar si se le cayeron más ?”. Insisten las preguntas ¿Hay algo más importante hoy, acá, ahora, que buscar por los rincones del jardín las cartas que se le cayeron al conejo? En esos intentos, búsquedas y tanteos, pelos despeinados y caras dormidas nos vamos encontrando todas las mañanas. Infancias de 3, 4 y 5 años van llegando al jardín. En ese espacio la propuesta de comenzar el día en ronda va convirtiéndose en un clásico: “¿Y la ronda? ¡Te la olvidaste!” “¿Por qué todavía no hicimos la ronda?” . En ese momento, entre gritos, conversaciones en susurro y juegos comienzan a desplegarse diálogos inauditos. Cuentan sobre sus viajes, sus paseos, los cumpleaños, con quiénes se van después del jardín, también sobre sus lastimaduras, sus plantas, sus mascotas. Una mañana de lluvia, aprovechando la oscuridad que daba cierto clima de intimidad tenebrosa una infancia comenzó su relato y las escuchas atentas lo siguieron: ¿Puedo contar algo? Ayer no pude dormir mucho porque vi una pesadilla . Silencio. Miradas pícaras sorprendidas y cómplices. ¿Y… había un zoombie? Sí y un montruo… me dio un poco de miedo pero no mucho. Ah…. yo también tuve una pesadilla pero esa sí era de todo miedo. A mí las pesadillas me dan ambustia. ¿Y qué es la ambustia? Es como un sentimiento de tristeza pero mal hecho. Lo que perturbaba el dormir empezaba a ser nombrado en la ronda. Relatos de ensoñaciones que aparecían en los vaivenes de aprender a dormir en camas sin la compañía de quienes cuidan. “ Igual si tenés mucho miedo te podés ir corriendo a la cama de tu mamá ”. ¿Cómo acompañar ese momento de la vida donde se descubre el soñar, “el pesadillar”? ¿Cómo practicar una escucha que de abrigo sin asfixiar eso que perturba, que tiene un poquito mucho de miedo y otro poco mucho de intrigas?. Y así entre conversaciones, preguntas, alojos y asombros, comenzaron a descubrir los miedos en común, las pesadillas que rondaban en ese taller de 4....De a poco empezaron a ser plasmadas en hojas, en las mesas, en pequeños recortes de cartón...todo soporte fue teniendo la posibilidad de transformarse en un relato. Así fue que el taller de 4 se convirtió en “ Un gran cielo de pesadillas ”. Hubo pesadillas compartidas que pintaron de a 4 o de a 5, hubo pequeñas y grandes, hubo algunas que tuvieron que ser pintadas abajo de la mesa “ porque les puede dar miedo a los demás ”. Veíamos cómo esos sueños inquietantes iban saltando de uno a otra “ ¡Ay…! yo también soñé que me perseguían ”. Aparecía la fascinación y el temor en este nuevo descubrimiento... De esta aventura conversacional, de relatar entre luces y sombras, de poner en común todo eso que aparecía durante las noches cuando nos íbamos a dormir nació el libro “ El pesallidario ”. “ Seño, ¿los grandes también tienen pesadillas ?”. *Proyecto realizado en el jardín del Instituto Vocacional de Arte a cargo de las docentes Lara Alvarellos, Melina Dans y equipo de coordinación. Meredith Jacobson Marciano Trampolín del Hotel Shelborne 1987 Película de 35 mm
- La necesidad tiene cara de hereje / Silvana Bigón
“ Lo que no se puede decir, no se puede callar” . 1. Un fragmento de la novela de Armonía Somers “Sólo los elefantes encuentran mandrágora” . “… adentro de la carpeta la ficha, eso sí que una verdadera desgracia. Ya desde el primer momento los datos recabados para llenar tal requisito molestan. Al paciente se le obliga a decirlo todo ¿y con qué derecho o garantías de reserva? De suerte que el modelo de respuesta que ella ensayó tuvo la virtud de ser verídico sin constituir un indiscreto inventario de la vida. Nombre: Sembrando Flores Irigoitia Consenza, o Fiorella, o Sembrando Flores de Médicis, segunda época. Edad: la de sus dientes, aun todos naturales. Estado civil: viuda del Dante Alighieri Ocupación: trabajar con recuerdos. Enfermedades anteriores: otitis reiteradas en la infancia, pero con cura radical en el mismo período por medicina de excepción. Antecedentes familiares: novelísticos. Nieta literaria por vía materna del escritor español Enrique Pérez Escrich. Y por la paterna del autor de la novela Sembrando Flores, el librepensador también español Federico Urales. Datos colaterales de interés: una tribu autóctona llamada en su medio Los Caña, dado el hábitat. ¿Antecedentes psiquiátricos?: oh, sí. Conflicto ideológico familiar catolicismo conservador versus definición de Spencer: Yo quería un mínimo de gobierno…Búsqueda de la mandrágora e inconclusa limpieza de un aljibe en la niñez. Dos mujeres pelirrojas obsesivas y tres incendios a lo largo de la vida. Síntomas actuales: cierta combinación brutal de tos, ahogos, dolor de espalada, palpitaciones y un sentirse desfallecer. Desde el principio su extraño y sugestivo nombre hizo explosión en el sanatorio. Con el correr del tiempo que estuvo allí, que alcanzó a ser mucho según quienes podían evaluarlo, hasta ese rebuscado modo de llamarse se borró y fue El Caso. Y finalmente El Caso asumió caracteres esotéricos cuando sobrevino el diagnostico, algo que cayó con tanta puntería y oscuridad simultaneas como las Centurias de Nostradamus” Una cita de Leila Guerriero tomada de “La llamada. Un retrato” . “ Entonces, a lo largo de mucho tiempo, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar, al irme, me pregunto cómo queda ella cuando el ruido de la conversación se acaba. Siempre me respondo lo mismo: ‘Está con el gato, pronto llegará Hugo’. Cada vez que vuelvo a encontrarla no parece desolada sino repleta de determinación: ‘Voy a hacer esto, y lo voy a hacer contigo’. Jamás le pregunto por qué” . 2. Matar ¿libera? ¿Dios manda matar, dios manda a la cárcel? ¿Hay un momento en que matar, deja de ser sólo una idea desesperada? ¿De qué está hecho ese momento? ¿De qué? ¿Quién mata? ¿Quién escucha un dolor deshilado, desamparado? Lo que sigue, el andar de un entre escuchas decidoras. De ese andar, algunos balbuceos. Un día de febrero de 2025, Ella quien escribe, recibe un wasap en el que unas escuchas decidoras, le proponen retrabajar … ¿un malentendido “institucional”?, ¿una incomodidad? Ella quien escribe, piensa que ¿el motivo?, entre tantísimas maneras, podría formularse tentativamente así: darle, a una respuesta, el latido de un tiempo del pensar, del interrogar, del pausar. Ante una respuesta, disponerse al preguntar. Interrogar una respuesta cuasi refleja a una decisión político-institucional que conminó a un equipo de trabajo, a intervenir respecto de la situación de una mujer privada de libertad. Ella, quien escribe, y escuchas decidoras, acuerdan día, horario y lugar para el retrabajo. (El uso de las negritas será retomado al final del escrito) Llega el día. Ella, quien escribe, acude a la cita. Es recibida por una de las escuchas decidoras. Ella, quien escribe, elogia la belleza del lugar. Sorpresa cuando se encuentra con otra de las escuchas decidoras, a la que Ella, quien escribe, siente más cercana, ya ahí, sentada, en silencio, aguardando, en el espacio escogido. Se suma, un rato después, la tercera escucha decidora. Se inicia el relato. Ella, quien escribe, toma algunas notas de los decires de las escuchas decidoras: Nombre, edad, de la mujer privada de libertad. Anota también que, entre la edad que la mujer privada de libertad dice tener, y la edad que “efectivamente” tiene, hay como ¿un desencuentro? “No ubica fechas”, dicen las escuchas decidoras, que la mujer privada de libertad, dice. Ella, quien escribe, anota: la mujer privada de libertad, ubica una fecha inexistente en el calendario. Ella, quien escribe, piensa: fechar de una manera diferente al calendario que rige, no es lo mismo que no fechar. Siguen datos institucionales. Significativos, por cierto. Evaluaciones, reevaluaciones. Informes. Ella, quien escribe, también anota: la mujer privada de libertad tiene una hija a la que nombra con un nombre distinto al consignado en la documentación. ¿Otro desencuentro? A Ella, quien escribe, el nombre con el que la mujer privada de libertad nombra a la hija, le sabe a leyenda Durante el retrabajo , una de las escuchas decidoras, busca en Google, el nombre de la hija de la mujer privada de libertad. “El término (nombre) puede referirse a un pueblo indígena, una lengua o un topónimo”. Para Ella, quien escribe, ese nombre, le evoca el nombre de una querida compañera que partió joven, antes de tiempo del que no hay un tiempo. Ella, quien escribe, mira una pregunta: la mujer privada de libertad, que eligió ese nombre para dárselo a una hija que las escuchas decidoras dicen que no tiene, ¿le evoca a alguien a algo? Sigue Google: “El origen del nombre como pueblo indígena, está estrechamente vinculado a la diosa Pachamama o Madre Tierra. La palabra original pudo haber sido de raíz ayma, y los sufijos siguientes, /ra/ que significa existencia; y /wi/ habitualidad pasada. Quechua y aimara son las dos lenguas indígenas más habladas en los Andes peruanos. Asimismo, ambas han sido unas de las más golpeadas en las últimas décadas, reduciendo su número de hablantes” Orígenes. Descendencias. Lenguas castigadas. Lenguas silenciadas. Lenguas encarceladas. Lenguas que trinan. La mujer privada de libertad, que Ella, quien escribe, llamará Lucila, se envuelve cobijada en recuerdos de la provincia en la que fue parida. Ella, quien escribe, recuerda que, en la Historia Clínica, puede leerse: “conseguir materiales para tejer y bordar”. Un personaje lugareño, provinciano, visita a la mujer privada de libertad, dice Ella, quien escribe, que las escuchas decidoras, dicen, que la mujer privada de libertad, dice. La mujer privada de liberad y el personaje lugareño que la visita, ¿se cuentan? Tal vez sólo se miren, mordisqueando con silencios y en silencio, tanto ruido carcelario de rejas oxidadas de sudores, llantos y salivas. En el relato relatado de las escuchas decidoras, aparecen nombres, palabras que, a Ella, quien escribe, le saben a leyenda. En su infancia, la mujer privada de libertad, se cae de lo alto de un árbol. Desde entonces sufre epilepsia, dicen las escuchas decidoras, que la mujer privada de libertad, dice. ¿Sufre de epilepsia? ¿Sufre epilepsia? ¿Sufre de algo? ¿Sufre algo? A Ella, quien escribe, una pregunta que no es nueva, le vuelve: ¿es lo mismo decir de una manera que decir de otra? Ella, quien escribe, arriesga un no , y también arriesga que la diferencia en el decir produce consecuencias: Sufrir de epilepsia/sufrir epilepsia. Las consecuencias, las diferencias, las consecuencias de las diferencias, ¿se anotan?, ¿dónde?, ¿se notan?, ¿cómo? Ella, quien escribe, cree que en la vida misma. ¿Una exageración? A Ella, quien escribe, de la lectura de la Historia clínica, le sorprende que una y una más y otra vez, la palabra epilepsia se repite casi, como una carta de presentación, de la mujer privada de libertad. Y también a Ella, quien escribe, la sorprende leer: “en la infancia”, la mujer privada de libertad, “comienza a prostituirse”. “Sexualmente activa: 10 años”. “Está atada a dios”, dicen las escuchas decidoras, que la mujer privada de libertad, dice. Ella, quien escribe, no sabe qué del relato escuchado la conmovió. Sabe sí que, la escucha del relato relatado por las escuchas decidoras, le provocó una deriva infinita o, al menos, larga. Caleidoscópica. Enramada. Así como el follaje de muchos árboles estirándose al cielo, si se los mira desde abajo o caminando en compañía en un bosque bañado de luna, buscando el mar, casi desesperadamente. Más tarde, Ella, quien escribe, extiende una pregunta: ¿Qué lugar ocupó en esa escena de retrabajo ? Ella, quien escribe, piensa que lo de escena, viene a cuento de aquello previo, de ese antes del disponerse a escuchar lo convidante . Palabra que irrumpió en un momento de escritura y que a Ella, quien escribe, le gustó. Lo previo fueron escenas. Y lo escenográfico tuvo también su protagonismo en el relato de las escuchas decisoras. La mujer privada de libertad, “escenifica”, dicen, “eso que no puede narrar”. “¡Ay!... tiene muchos recursos”, Ella, quien escribe, dice de la mujer privada de libertad, a las escuchas decidoras. Ella, quien escribe, saltimbanquea entre si el ¡ay! se siente o se piensa. El ¡ay! , se siente. Viene. Abraza. ¿Sobresalta haciendo pica, convidando a salir del escondite y animarse a escuchar con los ojos? Dicen que la mujer privada de libertad, nombró a la madre. A la abuela. ¿Al padre?... Dicen que no lo nombra. Dicen que no le preguntaron por él. Ella, quien escribe, percibe un entusiasmo, que hacía tiempo no percibía que la habitara. Es como una provocación: anhelar que Lucila, la mujer privada de libertad, sepa que ella quien escribe, la está pensando. Anhelo silencioso que acompaña. Anhelo para pensar. Convocada, invitada, a escuchar un relato, fragmentario, por cierto, de una historia que, a Ella, quien escribe, la conmovió. Fragmentos del relato de un relato, lo convidante, y preguntas, algunas, que aún no toman forma. En un tiempo del hubo un tiempo, Ella. quien escribe, anhelaba también que un adolescente, del mismo apellido que Lucila, supiese que ella quien escribe, lo estaba pensando. Ya de noche, en su casa, fuera del horario y del espacio de trabajo. En ese otro tiempo y espacio necesarios. Los de la pausa, del dejarse ir liviana y sin prisa, convidada por la emoción del estar a solas con algo de Ella, quien escribe, con algo de él y de ese entre los dos. Así, como esta vez, con Lucila. Lucila nació un día de julio de 1980 en Quitilipi. Si tuviese los años -la edad-, que dicen las escuchas decisoras que Lucila dice tener, hubiese nacido en el año 1969. Surgente, una pregunta sorprende a Ella, quien escribe: ¿algo “trascendente”, en ese año 1980, sucedió en la provincia en la que la mujer privada de liberad, fue parida? Ella, quien escribe, busca. Encuentra: “El año 1969 marcó un hito en la historia política, cultural y social de las provincias de Chaco y Corrientes”. Ella, quien escribe, recuerda uno de los tantos registros en la Historia Clínica, de la mujer privada de libertad: “Manifiesta que quiere viajar a Chaco para votar”. Y a Ella, quien escribe, entre resonancias, la asalta, surgente, una pregunta: ¡¿Qué tiene que ver con la clínica, esta escritura que Ella, quien escribe, va como hilvanando? En esa pregunta surgente, Ella, quien escribe, no se detiene. Tal vez lo haga una próxima vez. Entre un bosque y un mar. Pero sí se detiene, al menos un ratito, en un desvío, al que Ella, quien escribe, tal vez vuelva, esa próxima vez. La detiene el recuerdo de una frase: “la historia grande y la pequeña historia”. Esa frase, Ella, quien escribe, la escuchó de una mujer de cabello corto y entrado en canas. Menuda y potente. Amable. Sonriente. Casi diáfana. Su nombre, Francoise Davoine, viuda de Jean -Max Gaudillere. Juntos escribieron varios libros. A uno de ellos, lo titularon: “Historia y trauma. La locura de las guerras”. A ese libro, Ella, quien escribe, está casi segura, le pertenece la frase recordada. Ella, quien escribe, busca, y encuentra: “El psicoanálisis nació hace más de un siglo. Es contemporáneo de dos guerras mundiales, de totalitarismos, imperialismos y genocidios. Las guerras y las catástrofes sociales e históricas constituyen circunstancias extremas en las que el desmoronamiento de todas las referencias y la explosión de las garantías de la palabra hacen surgir formas de lazos por fuera de la norma. En esos límites, las herramientas clásicas del psicoanálisis se ven cuestionadas ya que nada es más ajeno al orden de la palabra que la acción asesina. A partir de su experiencia analítica con casos de locura y traumatismos, Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière relatan historias singulares que pudieron empezar a decirse en un vínculo con la Historia. En todas ellas, más allá de los síntomas y las crisis, aparece el horizonte de los traumas de la historia y las sociedades. Esas zonas catastróficas se actualizan en el trabajo de transferencia y se precipitan en las sesiones a partir de resonancias con puntos de la historia del analista o de su linaje. Su historización hace existir zonas de no existencia y lleva en sí la génesis de un nuevo lazo social, de un sujeto de la palabra. Historia y trauma es el relato de una vasta y singular exploración en el campo de la locura. En este libro imprescindible Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière hacen la crónica de los combates a los que los han convocado sus pacientes en su lucha por el advenimiento de verdades rechazadas”. (Presentación del libro Historia y trauma. La locura de las guerras , editado en castellano por Fondo de Cultura Económica). Al menos por el momento, cierre del desvío. Entre un estado de duermevela, Ella, quien escribe, nubetea: compartir lo escuchado, lo leído, lo escrito, lo hilvanado, ¿hará pasaje del entusiasmo, la tristeza, la fatiga, las ganas renovadas, las preguntas encendidas, las respuestas que hacen sentir el ahogo de un adentro sin afuera, las propuestas a pensar, todo ese entrevero que la topó? Y en el nubetear, Ella, quien escribe, se va hacia otras preguntas. En una Historia clínica, ¿qué se escribe? ¿Cómo se escribe? ¿Con qué se escribe? ¿Con quién se escribe? Para qué, para quién, para cuándo. ¿Con qué tiempo? ¿En qué tiempo? ¿A la ligera? Con traducciones, en nomenclaturas hechas de letras y números, que dicen son, para no estigmatizar. Con términos extraños, difíciles, para no decir: dolores, ausencias, olvidos, memoria en pedacitos, rarezas. Historias clínicas: escrituras de prácticas de cuerpos, entre tristezas, espasmos y cansancios. Entre no pocas alegrías ni pocos entusiasmos. A veces, entre soledades amontonadas. En una Historia clínica, puede leerse, también: “Temores a estar sola, episodios en los que queda ciega, sorda y muda”. Consignado más de una vez. También, dicho y escrito, más de una vez: “No puede dormir y eso le genera desesperación”. “Aceleramiento del corazón”. “Disturbios emocionales”. “Refiere ser epiléptica desde los 10 años”. “Bien de salud, mal de plata”. Escritura transgresora de nomenclaturas. Otro desvío. Historias clínicas, ocupan lugar en espacios pequeños. Sin título (2025) Fotografía. Verónica Scardamaglia Espacios pequeños, habitados por pasiones grandes, alojantes de desdichas. Desdichas que son dolores y que, de a poquito y en compañía, alojantes de desdichas van haciendo, entre detalles, guiños, risas, gestos y palabras, que lo desdicho de las muertes, tan cruelmente cotidianas en los barrios maltratados, pueda empezar a decirse, a nombrarse como dolor, como herida, como pérdida. Y entones, en compañía de alojantes de desdichas, ese dolor hasta entonces enmudecido, comience a sonar, para empezar a ser, entones, un poquito más, audible, soportable, digerible. Alojantes de desdichas, no curan de las muertes. Alojantes de desdichas, van abriendo espacio de a poquito, con palabras, abrazos, juegos, rondas, rituales rescatados, invitaciones suaves, a agujeros que muertes han abierto. Alojantes de desdichas, no curan, pero van sanando. De a poquito, cada vez. Alojantes de desdichas, no olvidan que no cuentan con espacios/tiempos/recursos hospitalarios de quienes tienen la responsabilidad política de garantizarlos. Alojantes de desdichas, no olvidando, hospedan, se hospedan, en la risa y ocurrencias, de niños y niñas. Humanidades pequeñas, otras ya no tan tanto, pero lastimadas todas, que siguen buscando no sólo sobrevivir. Rebuscan vivir, sanar, en este tiempo que no estaría dando tiempo a: y a la una, y a las dos, y a las tres. Y por eso, justamente, estar ahí. Ella, quien escribe, vuelve del desvío y comparte: quisiera conocer a Lucila. Sentarse a conversar con ella. Pedirle que le cuente del lugar donde fue parida. De los árboles. De la infancia. De los juegos y los miedos. En la infancia. De las cosechas. De las risas y los chillidos. De su padre. De su abuela. De su madre. De su hija. Que le cuente de a poquito. Despacito. O a borbotones. Como le salga. Tal vez, mirando hacia arriba y hacia abajo, a un lado y al otro, y en esos movimientos, no dejar pasar de largo, la pausa que distancia de la prisa que precipita. Ella, quien escribe, quisiera que Lucila la tome de la mano y la lleve a recorrer esa tierra donde fue parida, y ella quien escribe, contarle que sería encantador que en esa tierra habiten pájaros, y ojalá también, mariposas. Quitilipi. Es el nombre de una ciudad de la provincia de Chaco. En lengua quom: lugar donde cantan las lechuzas. De origen quichua, donde “kinti” significa “par, ambos” y “lipid” significa “parpadeo rápido, instantáneo”. Allí, en ese lugar, nació Lucila. Lucila que dice: “Me duele el corazón porque cambió la luna”. “El quechua es un idioma muy dulce, porque todas las despedidas en quechua siempre implican un “volver a encontrar”. La cita inicia así: “En quechua no existe el adiós” Gratitud a: Las escuchas decidoras La mujer privada de liberad. Lucila “Marcelo Percia en Conversación”. En aquellos terribles tiempos de pandemia. No sólo en esos tiempos. También ahora. Y siempre. Armonía Somers. “Sólo los elefantes encuentran mandrágora” . Leila Guerreiro. “La llamada. Un retrato” . Dalila Iphais Fuxman, por la generosidad de compartir la cita sobre el quechua. Francoise Davoine. Alicia Stolkiner. Por las consideraciones sobre el sufrimiento del estigma. Por el significado de dignidad. Jornadas sobre Psicoanálisis: Freud y la clínica actual. Rosario. 2012 Alojantes de desdichas Las existencias que habitan en la que habito y deshabito. *Para ella, quien escribe, el resaltado con negritas de las palabras retrabajo y retrabajar , es memoria de una deuda. Negritas para no olvidar. Negritas para recordar. i Rosario, marzo de 2025. Hacia las orillas. Katharine Burns - "Salpicadura" - 2020 Óleo sobre lienzo - 91,4 × 121,9 cm
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











