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  • Desarticulaciones (fragmento) / Sylvia Molloy

    Cuando empezó a perder la memoria (digo mal: solo puedo decir cuando yo noté que empezaba a perderla) comenzó a usar mucho más las manos. Llegaba a un lugar conocido y se ponía a tocar cuanto había sobre una mesa, un estante, como un chico toquetón, de esos para cuyas visitas hay que preparar la casa escondiendo objetos o poniéndolos fuera de su alcance. Tomaba un objeto en la mano y lo volvía a colocar no exactamente en el lugar donde lo había encontrado sino levemente corrido hacia la derecha o la izquierda, como quien quiere corregir un error encontrando el emplazamiento justo. Todo esto en silencio y con enorme aplicación. Nunca le pregunté por qué lo hacía aunque más de una vez, de nuevo como a un chico, le dije irritada "por favor no toques nada”. Me costaba aceptar que había empezado a poner en práctica, instintivamente, la memoria de las manos. Como la Greta Garbo de Reina Cristina, estaba recordando objetos, no para almacenarlos en su mente sino para orientarse en el presente. Dos personas que se quieren se inventan nombres, apelativos absurdos basados en algún secreto o alguna experiencia compartida de la que nadie sabe, nombres a veces infantiles, muchas veces obscenos, ridículos: es el lenguaje del amor, intraducible. En un sueño me encuentro hablando por teléfono con A. y de pronto pasa E. y le digo algo usando un nombre que antes usaba con A. Al oírme decir ese nombre, A. previsiblemente cuelga el tubo. Es tan solo un sueño. Pienso a veces cuando la visito que ella tenía un nombre para mí, también secreto, que dejó para siempre de usar cuando yo puse fin a nuestra relación. Pienso a veces que en algún lugar de esa memoria agujereada debe estar ese nombre, y así como decimos Pablo cuando queremos decir Pedro, algún día se le escape. Nunca ha ocurrido, ni posiblemente ocurra: la censura provocada por el despecho acaso sea la última en irse, junto con las buenas maneras. Fuente: Molloy, Sylvia (2010). Desarticulaciones. Eterna Cadencia Editora. Buenos Aires, 2010 El Poder de la Palabra epdlp.com

  • Vocación / Sylvia Molloy

    Hacia el final de mis estudios secundarios llegó el momento de decidir qué carrera iba a seguir. Estaba convencida de que quería estudiar medicina: la fantasía se había vuelto vocación después de un experimento en clase de zoología en la que me había tocado disecar una ranita muy linda, muy verde. (El hecho de que después de dicha operación no supe qué hacer con la ranita cuyo corazón seguía latiendo y terminé pinchándoselo con el bisturí para que se muriera de una vez no pareció impresionarme adversamente: iba a ser cirujana.) Pero también me tentaba la arquitectura o alguna carrera de diseño. Las opciones no podían ser más distintas y a mi madre ninguna le pareció buena. Desechó las dos últimas con gesto desdeñoso, te gustará dibujar pero tus dibujos son bastante mamarrachientos. En cuanto a la primera, le pareció más respetable pero igualmente desechable por otras razones: no podés ocuparte de un marido e hijos y a la vez ser cirujana, mejor estudiá química y te buscás un trabajo de medio día. Mi paso por la Facultad de Ciencias Exactas fue breve. El primer mes dejé caer una gota de bromo de una probeta sobre el dorso de la mano derecha que me dejó una cicatriz que aun tengo. En el tercer mes, dos días después de un parcial, me llamó el jefe de trabajos prácticos a su oficina: “Se sacó la mejor nota, Molloy, pero usted no está contenta aquí, me dijo”. “Además la veo siempre con un libro a cuestas, ¿qué está leyendo ahora?”. “El rojo y el negro”, aventuré turbada. “A mí me gusta más La cartuja de Parma”, me contestó. Y luego: “¿Por qué no se va, Molloy?” Pensé: me está dando permiso para irme. Pensé: a este hombre le pasó algo parecido pero no le dieron permiso. Pensé: quiero explicarle por qué me gusta más El rojo y el negro. Pero solo atiné a darle las gracias y a salir del despacho. En el camino de vuelta a casa me invadió el miedo: qué iban a decir mis padres. Ante mi sorpresa no se inmutaron y aceptaron el consejo del jefe de trabajos prácticos a quien agradezco mentalmente hasta el día de hoy. Se llamaba Héctor Pozzi. A la semana quedó claro que estudiaría literatura. No miré nunca para atrás. De vez en cuando miro la cicatriz que me dejó en la mano derecha la gota de bromo. Casi un trofeo de guerra. Fuente: Molloy, Sylvia (2017). Vocación. En Citas de lectura. Ampersand .Buenos Aires,2017.

  • Hilvanando indicios que nos acerquen una palabra, un gesto / Fernando Ceballos

    Una espesura atrapa cada frase que tantea las imposibilidades del otro para convencerlo. Palabra va, palabra viene. No hay agresividad, ni violencia, ni arrogancias. Sí, se hace presente el ímpetu, la tenacidad, la astucia y la resistencia. Un hervidero del pensamiento precede al habla para que la palabra llegue justa, intacta y plena a la subjetividad del otro. Por momentos se logra. Tenés que quedarte internada porque no estás bien. Me quiero ir a mi casa, porque acá me siento mal. Si bien, el decirle a alguien “estar bien”, es una manera de ejercer un poder apelando a la normalidad biomédica, existe un esfuerzo clínico y de cuidado permanente para no caer en la lógica de la enfermedad o del trastorno haciendo aparecer de alguna manera esas figuras que Foucault denominó “los hombres infames” o “los anormales”; como aquellas vidas que, al chocar con el poder médico, porque sencillamente son denunciados como “extraños” por sus vecinos o familiares, merecen ser internadas-encerradas. Acá el sentido viene de la mano de preservar la vida, no de confinar una acumulación de signos y síntomas. Cuando esto no sucede existe un poder que genera una desigualdad. De esa manera el poder habita en el espacio intermedio estableciendo una relación desigual, de sometimiento, desnivelada con el otro. En esta situación existe una demora intencionada y premeditada, que permite llegar al otro. Hay inspiración de convencimiento en cada poder en juego en esa relación desde las maneras de convencer al otro, reconociéndolo como otro. Ella tira frases que llegan al hueso de la alteridad del otro: acá me siento mal. El otro intenta correrse de la respuesta especular, para bucear en un discurso que no lo retenga en la culpa ni lo lleve a la normalización: Tenés que quedarte internada. Es un contrapunto que vislumbra impotencias de ambos lados cuando el otro dice no. Esa negación hace temblar el intento de persuadir. Es una puñalada a la certeza del otro que busca denodadamente poder torcer la situación para su lado. Impotencias que intentan permanentemente no caer en la omnipotencia. Existe un impoder1 que baja el velo de la hegemonía cuando las acciones buscan evadir procedimientos medicalizadores o dispositivos de bioseguridad. La palabra es decir y decirse. Es una condición humana. Con la palabra nombramos y al nombrar (nos) damos cuenta, hacemos cosas, rememoramos y anticipamos; con ella se hace posible la circularidad pasado-presente-futuro, que termina siendo ineludible para poder pensar una estrategia a seguir. Ustedes me tienen encerrada. No me dejan ir a mi casa. Pero ¿te acordás por qué viniste al hospital? ¿Cómo estabas hace dos días? Hay ahí un oficio que no retrocede ante ese abismo sostenido por una mirada que busca dominar la escena y se incomoda ante una nueva pregunta: ¿Cómo estabas hace dos días? Abriendo ahí la posibilidad de que pueda poner en palabras algo de lo que le estaba pasando, cuando su padre derriba la puerta de su casa para socorrerla porque hacía varios días que no se sabía nada de ella. Enmudece y mira fijo. Busca provocativamente esa otra mirada. Por momentos parece que intenta jugar al juego de quien pestañea primero, pierde. Mantener la impronta de la conversación es la idea. Conversación que por momentos no tiene palabras, pero tiene desaires, muecas, desplantes, atisbos de reciprocidad, movimientos imperceptibles que transforman la escena. Conversación que establece un límite hospitalario para gestarla. Marcelo Percia2 nos dice que muchas veces no se puede, no se quiere, no se sabe, estar en proximidad de una historia que duele. Ese no poder, no saber, incluso no querer, se consiente como imposibilidad. Pero precisamente ese impedimento tiene el oficio que la impotencia de la razón científico-técnica no tiene. Y ella sabe que no es lo mismo no estar ahí, dando la resistencia que la disponibilidad asume. Y se queda ahí, tal vez para dar cuenta de sí como una política de la insistencia de lo que está viviendo, de lo que no quiere para ella, de lo que le indigna. Y se queda ahí éticamente en ese borde, pudiendo tranquilamente descerrajar los desafíos que muchas veces propone la locura ante la incitación de la normalización. No rompe nada más que una respuesta, no se fuga nada más que para salirse de una pregunta, no se excita nada más que ante un pedido de límite. Por momentos el desafío de sostener una conversación se hace insoportable, la armonía no existe, la conflictividad es intensa, no aparece un acuerdo, la empatía se hace inalcanzable. Pero siempre hay un momento en donde la disputa merma, entonces desde ambos lados llega una tregua. Ceden en las discrepancias buscando un respiro aliviador. Se acuesta. Se tapa. Gira su cuerpo dando la espalda y se duerme. Cuando ella ha podido conciliar el sueño y parece que se tranquiliza la situación desde ese lado, alguien ajeno a la escena llega cumpliendo férrea y mecánicamente con la rutina procedimental de la institución: control de signos vitales. Se despierta enojada, sale tambaleante al pasillo buscando libertad y respuestas ante lo que no se ha cumplido. Acompañamos ese momento tratando de que no se haga daño y no se deje atrapar por los designios estigmatizantes de la institución. Siente el límite. Esta vez no se queja. Se sienta en el suelo del pasillo de la sala de clínica, y apoya su espalda en la puerta de una habitación. Alguien tiernamente busca acercarse y no es rechazado. Se agacha, encuentra su mirada y habla. Habla palabras inaudibles, susurros que movilizan, micropalabras que porfían una posibilidad. Se agarra la cabeza con sus dos manos y se queda así un instante, tal vez pensando el paso a seguir. De repente otro ofrece sus manos para levantarla. Deja que la levanten, pero pone sus condiciones. Vamos a caminar un ratito hasta el bar y tomamos una coca. No quiero ir hasta el bar, pero vamos a caminar. Condiciones que permiten seguir avanzando en la estrategia de sostener la internación por unos días. Y día a día valorar. Deja que una mano toque su hombro casi imperceptiblemente. Se deja llevar, pero siempre sabiendo el camino. Un atisbo de confianza empieza a emerger. Una voz pregunta si las coordenadas de la cartografía están bien. Ella asiente con la cabeza, y sólo camina al lado de esos pasos que van marcado un camino que no está definido y eso la entusiasma. Vamos a ciegas con los ojos abiertos. Llegamos a un lugar que no es la meta, sino la posibilidad de pensar otro lugar. Maneras de movernos en la imposibilidad de encontrarnos. Vamos hilvanando indicios que nos acerquen una palabra. ¿Vivís sola? No, con mis gatos. ¿Y cómo se llaman? Una sonrisa, hasta ahora desconocida, desbarata a ese semblante pétreo aflojando la escena. Tengo 19. ¿Querés que te diga el nombre de todos? ¿Y todos tienen nombre? Sí, claro. Y aparece un intercambio de miradas más mirables. Y aparecen otras frases más hablables. Y aparece una mística que va empalabrando sucesos que hacen acaecer una conversación que nos permite seguir andando por ese lustroso pasillo de la sala de espera de planta baja del hospital buscando diagnóstico por imágenes. Ternuras que se cobijan en hospitalidades que acompañan sufrimientos. Suavidades que se deslizan entre cuerpos que no se resisten a su serenidad. Dulzuras que buscan acaramelar un encuentro de cortesías. En fin, sensibilidades insurgentes que desafían modalidades de acompañamiento y cuidado. 1 Percia, Violeta (2018) El módulo Artaud en el cuerpo simbólico de la poesía argentina: las escrituras de Pizarnik, Fijman y Perlongher. Revista de literaturas modernas VOL. 48, Nº 1 ISSN 0556-6134. El módulo Artaud tiene su nervio en una imposibilidad de escritura inserta en la experiencia de un vacío o despojamiento de palabra, al que Artaud se había referido como un impoder, que lo obliga a reconsiderar las relaciones entre el cuerpo poético, el cuerpo del dolor y el cuerpo del éxtasis. 2 Percia, Marcelo (2021) https://www.revistaadynata.com/post/sesiones-en-el-naufragio-26-un-común-impoder---marcelo-percia

  • La mosca Lewkowicz / Tomás Baquero

    No aplastes a esa mosca ¡Mira cómo levanta sus manos hacia ti! Issa El haiku se permite lo ordinario, lo breve. Recoger de los sentidos una impresión sin la necesidad de demorarse navegando en las aguas de las sensaciones. Un detalle, un pequeño suceso cotidiano: el ruido de la rana que salta al estanque, la lluvia que cae mientras alguien camina, la luna que se refleja en un plato de sopa. En El imperio de los signos, Roland Barthes decía que el haiku reproduce el gesto de unx niñx cuando, con el espíritu tomado por el asombro, señala con su dedo algún pequeño suceso inadvertido acompañando el gesto con alguna exclamación: mirámirámirá. Es de algún modo como en aquella historia en la que el rey va desnudo, pero donde lo que se quiebra no es la silenciosa complicidad con los poderes sino el tedio, la tristeza, la pesadumbre cotidiana. No aplastes a la mosca, dice Issa, ¡está levantando sus manos hacia ti! Si cierto existencialismo tiene razón, es probable que las cosas extraordinarias lo sean porque así las recibimos. Y aun así es lindo pensar que nos estábamos perdiendo de algo que, a su vez, hacía un gesto hacia nosotrxs. Leyendo una charla dada por Ignacio Lewkowicz me sobreviene la necesidad de señalarla con el dedo. No se me ocurre otra forma de invitación amorosa a algo que cuida la vida, especialmente cuando en verdad no habría nada que decir. Nada que decir; no obstante, el contagio de las ideas pide algunas palabras más. Érase una vez la mosca Lewkowicz que, con sus pequeñas patitas, llamaba encendía a través de los años el deseo de leer. Se trata de una charla que fue titulada como “Una respuesta ética a la violencia”. Poco importa, creo, qué tan radicalmente nuevas son las cosas que se dicen allí, es más el hecho de saberlo presente. Santiago Roggerone, en su libro Venir después, habla de la generación Lewkowicz. Si Sócrates era un tábano, que incomodaba permanentemente al incitar a pensar, quizás la mosca Lewkowicz es una forma más amable y cuidadosa, propia de tiempos que no pueden convivir con los mismos niveles de angustia. Una expresión dicha al pasar en la charla, como un ejemplo entre otros sin valor particular, me despierta el deseo de señalar. En la conversación, explora las diferencias entre el saber moral que nos indica lo que debemos hacer y el momento del pensamiento ético, que se abre cuando reconocemos que existen posibilidades por fuera de ese deber, aunque no sepamos cuáles. Como no sabemos cuáles, hay que inventar. Y como inventar es una cosa extraña, que ocurre a veces, como los cumpleaños o las tostadas que caen con la mermelada para arriba, es algo que pasa con otrxs. Es entonces que dice: “que haya otros es lo único que nos libera de las tiranías propias y ajenas”. Que las tiranías propias y ajenas se encuentren en un mismo asunto es ya algo bello; también que la libertad no exista en soledad. Pero el momento-haiku, creo, es el mínimo de observación: hay otrxs. ¡Mirá, hay otrxs! ¿Estás viendo? No es el ámbito de las promesas sino de las posibilidades. El mínimo a partir del cual otra cosa puede ser posible. Tal vez añade poco, como los haikus. Pero quizás sea cierto, también, que hay sutilezas que es difícil capturar de otro modo. De allí la brevedad del haiku. Sin el haiku es difícil hablar de que llueve por el simple hecho de que llueve: “Llueve / ¡Pobre el que no puede / describir cómo llueve!” (Buson). Hay otrxs / puedo huir de mí. Hay otrxs / la historia reserva sorpresas. Cuando no decimos las cosas se nos olvidan, porque las moscas levantando sus manos son muy pequeñas.

  • Agosto, yo, jardín primitivo / Santiago Samara

    Escrito a partir de "La mosca Lewkowicz" por Tomás Baquero Las palabras no quieren decir nada, suenan y ya. El primer impulso, la palabra sola. El significante suelto, antes que se le adose un segundo. La mosca con las manos que me señalan, antes de ser aplastada, devorada, por un sentido común que no es haiku. Que señala para ocultar, que dice para no decir, que empaña, que no puede hacer otra cosa. El movimiento puede recortar, o mejor, abortar, aquel largo furgón que detiene a la locomotora pulsátil. Para saber hay que empezar. Sin empezar, el saber solo sabe de quietudes. Quietudes, pueden proporcionar secretos goces más o menos ocultos, más o menos paradojales, más o menos tortuosos. Promesas de ideales que sólo se sostienen sino se los mueve de su frágil estantería. Campana de cristal que nos apropiamos al llamarla “yo”. Con otrxs, puede contaminarse aquel sentido que se presenta como total. Esa mirada que se vuelve sobre sí, presenciando una escena repetida, creyendo querer, otra vez, producir una diferencia que no se encuentra. Con otrxs, puede desgarrarse aquella máscara que con tanto cuidado, amor, odio y miedo se sostiene. Un instante fuera de sí, se revela como acción: Silencio de pantanos referenciales. Después, quizás vendrán los saberes, las interpretaciones, los análisis… o no.

  • En las tempestades que cosechamos / Ezequiel Buyatti

    Los gobiernos arrebataron una vida en movimiento para convertirla en procesiones, misas, película y boleta electoral. Hoy es 1° de agosto e intentamos recordarte en la acción, en la difusión, en la complicidad, en el compañerismo, en el movimiento: aquel imposible de recuperar por el principio de gobierno. Procuramos recordarte en el intento de organizar la rabia y golpear donde sea necesario golpear. Recordarte en los cuerpos inquietos que desoyen al inerte cálculo político. Recordarte en abrazos negros y en conversaciones nómades —aquellas que no dejan rastro—, sin permitir que nos roben nuestro espíritu de niñx y convirtiendo a la vida en un arco iris y en un tornado. Intentamos mantenerte como recuerdo vivo que permanecerá en “todas las acciones que van a estar bien”, en una memoria combativa construida desde nuestro amor y nuestro odio. Hoy recordamos a un compañero anarquista que sigue viviendo en las tempestades que cosechamos. Nunca dudemos de lo que somos capaces: nada se pierde en este mundo. Las gotas de agua, aun siendo invisibles, logran formar el océano, nos dijeron hace más de 200 años. Hoy, 1° de agosto del 2022, seguimos insistiendo en los desbordes de ese océano.

  • Caligrafía nómade VI / Patricia Mercado

    Cuando se conocieron supieron que caminarían juntos un largo camino. Eran jóvenes y vivían a la intemperie. Sin abrigo para el corazón. Porque a veces la vida te deja sin techo al nacer. Y hay que andar en esa desnudez. Fundaron un amor albañil. Tozudo. Un amor que fue a la obra muy temprano cada día. Con sol y con lluvia. Arquitectura que apiló año sobre año para dar reparo a las inclemencias que la vida supo traer. Se pusieron un anillo de oro en el dedo anular y levantaron, de a poco, una casita en el terreno del fondo. A fuerza de ilusión y músculo tuvo piso, techo, cama . Después vinieron los hijos, y los muebles fueron acumulándose. A poco de armar el precario nido hubo que partir. Y así fue siempre. Cada tanto una circunstancia los llevaría lejos a empezar de nuevo. Añoraban el amparo de un cosmos de órbitas amables, una constancia ajena a lastimaduras que, inexorablemente, sangraban. Una eternidad dulce de torta de limón perfumando la tarde. Una vez y otra danzaron la ceremonia del desembarco: otro lugar, siempre un poco destemplado, un poco a medias. Ponían ahínco en pintar las paredes, ora pistacho, ora blancas, en hacer hogar con retazos encontrados por ahí. Inventar reparo en un abandono que el corazón sabía definitivo. Casas de puertas verdes y ventanas como ojos miopes que supieron abrirse y cerrarse como flores raras. Extraño alquimista el tiempo, su coloratura no entrega a blanco y negro asuntos esquivos a la mordedura maniquea. Deja caer caudalosas intensidades por agujeros aleatorios de la memoria. O retiene nimiedades en la filigrana de palabras que no se pronuncian, por recato o por ignorancia. Del tiempo la sustancia de inexorables mutaciones. El cuchillo sin filo en el fondo de un cajón, el polvo sobre los muebles como una llovizna seca. Ella colgaba cuadros en el living. Él traía salamín y pan a la vuelta de la oficina. Y sin mancharse el traje lavaba los platos indispensables para servir la cena. Hablaban a lo ancho y a lo largo de una entelequia que llamaban la pareja. Y el perro marrón los escuchaba en silencio sin objetar ni una coma de todo aquello. Luego, lacerante la necesidad y volverse a mover. Desmontar el provisorio techo como un cielo con su sol y su luna. Guardar en cajas el fragor de ollas y sartenes, el calor de las frazadas, el peso de los libros. Interrumpir a los niños que juegan a hacer el mundo. Y darse a la imperceptible errancia de buscar la siguiente puerta como quien cae en cámara lenta, perdiendo pie átomo por átomo, hasta que una abertura los devolvía a un universo humano. Juntos buscaron una casa que jamás hallaron. La búsqueda arropó los años. Los ató como un racimo de uvas del que comieron una y otra vez. Envejecieron en esos intersticios, en ese estar gerundio de las raíces. Corazones sin puerto, flotando apenas, mientras las mareas del tiempo tallan, infatigables, signos en el ansia.

  • Consumos problemáticos: a las cosas por su nombre / Verónica Scardamaglia

    1. En el manual de cómo enseñar el buen vivir en las escuelas, el tema de las drogas ocupa, desde hace décadas, los primeros puestos del ranking. 2. En los noventa hasta la policía se ofrecía para dar charlas de prevención de drogas. En ellas, desplegaba, casi como si de promociones se tratara, un catálogo informativo sobre nombres, apodos, formas de consumo y efectos acompañado, por supuesto, por un sermón penalizante. Pero éste pasaba desapercibido dada la oleada de curiosidad que se había abierto paso y ocupado muchos cuerpos que ya estaban a la búsqueda de aquellas sustancias que aún no conocían. Como desde hace 30 años he trabajado sobretodo en Ciudad de Buenos Aires, no tengo idea si la bonaerense (conocida desde esos años como la maldita policía) también se ocupaba de esto. 3. Los noventa fueron también los años de oleadas de prevención con spots contra las drogas en la tele. En una de ellas, impulsada por presidencia de la Nación con Carlos Menem en el sillón, Fleco y Male, animaciones de la campaña del Dr. Miroli, casi inocentemente te decían “drogas ¿para qué?”. Por esos mismos años, la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha Contra el Narcotráfico lanzaba en los veranos de la costa atlántica otros spots a partir de los cuales, mientras Diego Maradona publicitaba el “Sol sin drogas”, Charly en Gesell desde algún micrófono, le redoblaba con su voz rasposa: “drogas sin sol”. 4. Los noventa también fueron los años de la denuncia de los nariguetazos en el Congreso. 5. Por aquellos años, aprendí a trabajar con el equipo coordinado por Miguel Casella del Departamento de Prevención del CENARESO -Centro Nacional de Reeducación Social, creado en 1973 y rebautizado desde el 2016 como Hospital Nacional en Red Especializado en Salud Mental y Adicciones “Lic. Laura Bonaparte”-, en abordajes con formas desacompasadas con aquel tiempo de pizza con champán. Una posición que no buscaba demonizar objetos o personas, que utilizaba el juego y la risa como herramientas pedagógicas y que ponía el foco en el capitalismo, eso que viene produciendo estas formas de vivir y de relacionarnos. Por aquellos años, quedaban tan abrochados drogas y SIDA como drogas, SIDA y profesorxs de Biología o Psicología. No me animo a afirmar que hoy sea tan diferente. Esos avatares me convocaron para hacer una capacitación en servicio para la formación en prevención inespecífica de lo que se llamaban agentes multiplicadores. Desde ahí empecé a escuchar hablar de reducción de daños. Las capacitaciones docentes que ofrecía la Comisión para la promoción de la salud y la prevención del SIDA, coordinada por Silvia Portas y Rubén Ghía se sostenían en una posición de trabajo anti abstencionista, no represiva ni penalizante. Muchas cosas me impactaron de aquellas capacitaciones, una de ellas, el cruce con el trabajo que venían haciendo representantes de diferentes iglesias. Recuerdo con mucho agradecimiento al Pastor luterano Lisandro Orlov. 6. Recuerdo los automatismos moralizantes que me movían en las aulas en los noventa. Trabajaba en el turno noche del Hipólito Vieytes de Caballito, una escuela de comercio, en aquel momento sólo para varones, que pasó a ser mixta con las reformas educativas de 1994. Sólo se soltaba de aquellos automatismos que hoy siguen habitando las aulas, la convicción de no hacerme la boluda ante pibxs que se mostraban rotxs; ver o escuchar se me transformaba en la responsabilidad de hacer algo con eso. Aún eran tiempos en que se ordenaba a lxs estudiantes ponerse de pie para recibir a lxs profesorxs cuando llegábamos a la puerta del aula. Era tal la incomodidad que me ocupaba que montones de veces olvidaba ordenarles que se sentaran. Ni bien nos fuimos conociendo, logramos evitar esa parodia de autoridad y me contaron que la sostenían sólo con quienes la pedían. Recuerdo dos intervenciones que me dan entre vergüenza y risa. En una prueba de psicología, un estudiante estaba tan pero tan fumado que no podía ni escribir. Sin saber qué hacer o qué decir, sólo sabiendo que no quería condenarlo, lo sermoneé un poco diciéndole que así no podía hacer a prueba y lo mandé al baño a lavarse la cara para que se despabile. Otra vez, al entrar al aula, ante un buzo de Viejas Locas repleto de hojas de marihuana, le pedí al estudiante que se lo sacara. Contraofertó dárselo vuelta y así pudimos llevar adelante la clase. Recuerdo conversaciones en sala de profesores en las que éramos “mal vistos” lxs profesorxs que reconocíamos dibujos, jerga y olores. Se nos acusaba de hacer “apología de las drogas”. 7. Mientras trabajaba en el CENARESO, conocí el funcionamiento de los grupos de familiares y amigos, Nar-Anon, que acompañan a quienes realizan tratamientos en Narcóticos Anónimos. La modalidad de los grupos testimoniales de autoayuda trabajan con el Sólo por hoyi, oración del papa Juan XXIII, llamado decálogo de la serenidad, que se utiliza como parte del tratamiento para sostener el paso a paso de los 12 pasos de la recuperación. Estos abordajes, iniciados en Estados Unidos en 1935, herederos del trabajo con tuberculosis del Dr. Pratt (1905), se apoyaban en activar tanto la emulación como la solidaridad en el grupo. Incentivan enlaces emocionales con premios y castigos, promoviendo la influencia mutua de las emociones en las que lo fraternal y lo vivencial operan como soporte y restitución de lo perdido. Funciona aquí la lógica de lo igual en la que reina el Yo que funciona bajo el cielo de los refuerzos y las repeticiones: “los peces son amigos, no comida”. Fragmento del grupo de autoayuda de tiburones de la película Buscando a Nemo, que solía utilizar para trabajar en las aulas, cuidando de transmitir el respeto ante esta posibilidad terapéutica que puede permitir la ruptura de un ciclo como parte de un recorrido, cuando se decide iniciarlo. 8. También por aquellos años trabajé en una comunidad terapéutica en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Se regía por un conjunto de normas a respetar para resocializar al paciente, que allí llamaban residente. Las tres normas principales eran: no drogas, no sexo, no violencia. Recuerdo que había una norma que obligaba a bañarse en 8 minutos. Ante una transgresión grave a alguna de las normas, uno de los castigos -que allí se llamaban “situaciones de aprendizaje”- era permanecer en silencio el tiempo que se estipulara (que podía ser todo el día) en “la silla de la reflexión” que estaba ubicada en medio del comedor. Otra práctica de castigo la llamaban “confrontación”. En ella quien había transgredido se paraba a menos de un metro del superior para recibir sermones, gritos y hasta insultos, sin poder emitir sonido. Como condición de ingreso para ese trabajo, había que experimentar una semana de internación haciendo las actividades y tareas que planteaba el tratamiento, bajo argumentos cognitivos conductuales de experimentar lo que lxs residentes vivenciaban. Sólo tomaban psicologxs recién recibidxs. 9. Con los años y durante algún tiempo, los abordajes pedagógicos dejaron de hablar de drogas y pasaron a hablar de adicciones y dejaron de condenar sustancias y personas. Gracias a las oleadas progresistas, hoy se nombra como consumos problemáticos a esa insistencia en trabajar en prevención con estos temas. Si bien esto permite que en algunas zonas del mundo docente se puedan infiltrar algunas posibilidades vitales, las incómodas morales pedagogizantes sostenidas como policías de la salud, siguen erigiendo sus condenas en las aulas. Siguen sosteniendo imposturas que siguen sin permitir llamar a las cosas por su nombre. No se habilita a conversar sobre éste y otros temas desde lugares que no fomenten el terrorismo pedagógico. Se siguen ubicando sólo a los jóvenes como centro del problema. Se sigue centrando a las drogas casi como únicos objetos de consumos problemáticos, sin interpelar las prácticas que fabrica el capitalismo ni a la maquinaria productora de consumidores. Quedan como intocables el capitalismo y su necropolitica. 10. Por un error de asignaciones de materias pudimos inventar en tercer año la asignatura Comunicación: Análisis de los discursos socioambientales. Aquel grupo fundador de la escuela, tan intenso como maravilloso me resultaba un desafío constante. Un curso con muchos caciques, solía decir (aún no estaba presente el lenguaje inclusivo en las formas de nombrar). Recuerdo que lxs tenía en las últimas horas de los miércoles, con la ventaja de que ya quedábamos pocxs en la escuela y pasaban más desapercibidas las actividades que solíamos hacer. En una clase en la que trabajamos interpretación y multiplicación de sentidos, Bob Marley se hizo presente en una actividad. A partir de unas fotocopias con la imagen de este músico majestuoso, abrochado desde lo común del sentido a la marihuana, se invitó a que las intervinieran y situaran diferentes sentidos posibles. Les propuse poner música para acompañarnos. Y un poderosísimo silencio abrió una común espesura acunada por el reggae. Por supuesto el impulso docente me ocupó y necesité que algo discutiéramos. Me decía la moral pedagógica que no alcanzaba con eso, que hacía falta conceptualizar y explicar algo para que eso fuera una clase. Discutimos entonces sobre consumos y también sobre religión y, sobre todo, sobre música. Recuerdo que nos reímos mucho cuando hablamos de los consumos domésticos de psicofármacos y ellxs se imaginaban qué consumían sus familias y sus docentes. Los trabajos que realizaron quedaron exhibidos en los pasillos de la escuela con la intención de mostrar y demostrar que ellxs eran mucho más que un curso desordenado y difícil. 11. La cuadrícula del dispositivo pedagógico, en miles de puntos, no ha variado demasiado. Se han instalado nuevos eufemismos que funcionan activados tanto desde el marketing de la autoayuda como desde los imperativos de la moral pedagógica, armando un diagrama laberíntico que impone sus paradojas. Una de ellas consiste en la necesidad de pedir silencio. Dice una estudiante: “nos piden tanto que nos callemos que después, cuando nos piden que participemos, nos quedamos calladxs”. En el mismo sentido, se pide participación de un modo tal que luego se la censura si no cuadra con los parámetros preestablecidos. Ya en los 90 discutíamos la tensión entre “el alumno real – el alumno ideal”. 12. Compartir las aulas con jóvenes da trabajo. Y ya no se trata sólo de discutir la función docente en el par de opuestos autoritarismo - compromiso, no sólo porque hay compromisos autoritarios y autoritarismos comprometidos sino, y sobre todo, porque abunda algo para lo que no encuentro término academicista que lo contenga: lo chanta. Quizás pariente del simulacro, pero en estos tiempos ya ni eso le interesa sostener. Lo chanta, cuando ocupa el lugar docente, funciona como la vil complicidad que habilita el bullying. La indignante complacencia que mira al costado cuando alguien fuma en el baño. La insoportable capacidad de decir “hay tantas denuncias por acoso en esto últimos años porque los profesionales del Departamento de Orientación escuchan demasiado a los alumnos”. Lo chanta zafa, no da clase. Cuando no está con su cabeza gacha ante su celular, parlotea y aconseja. Cuenta anécdotas grandilocuentes y aprueba a todxs para evitar problemas. Quizás ésta es la nueva forma de una vida sin conflictos que construye el capitalismo. 13. El último lunes antes de las vacaciones de invierno -que en el mundo docente se nombra como receso escolar- se realizaron en la escuela talleres de consumos problemáticos para los 4tos y 5tos años. No estoy al tanto de cómo se organizó esta movida. No sé si la última semana antes del receso sea, estratégicamente, buen momento. No lo creo si es que se busca enlazar el tema consumos con otras clases para seguir trabajándolo; tampoco si se busca que no consuman tanto en vacaciones de invierno. Muchxs de lxs pibis coincidían en que el video que pasaron estuvo bueno. Ya desde los '90, cuando se establecieron férreas críticas a las clases expositivas, los videos tomaron la posta. Antes, desde videocasseteras y con la dificultad de que no todas las escuelas contaban con sala de proyecciones, menos aún con televisores o videocasseteras. Recuerdo que algunxs docentes iban a dar clases llevando en una gran bolsa junto con otros materiales, la videocassetera. Más allá del uso y el acceso a las tecnologías, lo difícil sigue siendo lograr un trabajo centrado en la transmisión de cuidados y no de miedos; el desafío sigue siendo lograr entrar en estado de conversación. 14. Como de consumos se trataba, decidimos proyectar Pink Floyd The wall (Alan Parker, 1982). Para garantizarnos cierta recepción de una película que acaba de cumplir 40 años, armamos las sillas para que recibieran a lxs chicxs después del recreo como anfiteatro, quizás usando al disciplinamiento de los cuerpos y espacios en otro sentido. La primera vez que ví The wall tenía 15 años. La proyectaban en continuado junto con la ópera rock Hair en un cine por el barrio de Flores. Me llevó mi mamá que, al salir, repetía: ¡cuánta sangre! ¡cuánta sangre!. Al poco tiempo volví a verla junto con amigxs de la secundaria en la trasnoche del cine Fénix. Recuerdo verla nuevamente en los '90, luego de recibirme de psicóloga, y quedar fascinada (y atrapada) por una red de interpretaciones patologizantes y psicoanalizantes. También se la hice ver a mis hijas y la proyecté un par de veces en la escuela. La primera vez, en el 2013, recuerdo la sorpresa cuando el director de ese momento dijo: "¿no tendrías que haber pedido autorización a las familias?". Esta última proyección pospandemia, nos dejó pensando en cómo se ve distinto según la coyuntura. La fuerza de esta película logró, en muchas escenas, ganarle a los celulares. La densidad que produjo el transcurso de esa hora y media hizo que, al terminar, necesitáramos movernos un poco antes de finalizar la clase. Quedé pensando en que muchxs pibxs no la conocían ni por referencias, y también, en la posibilidades de transmisión que se pueden abrir (o cerrar) en la escuela. 15. Como los talleristas invitados no lograron que se discutiera el video que proyectaron, el taller terminó antes y la materia que continuaba, quedó a mitad de camino entre un taller y una clase. Decidimos entonces retomar el tema aprovechando la presencia de la tutora del curso. Mientras se iba armando el clima invitamos también al preceptor. La palabra comenzó a girar. Suelta y casi desprendida, casi desatada. Mientras una profe preguntaba qué les había parecido la actividad, la otra preguntó por los cuidados que tienen al tomar pasti y explotó una carcajada cargada de asombro. Y José gritó: “¡Eso! hay que llamar a las cosas por su nombre, ¡los de recién ni se animaban a decir porro!”. De pronto, hasta lxs adultxs presentes empezaron a hablar en primera persona sobre cómo lograron aprender a cuidarse para no pasarse con el consumo de alcohol. Una piba pensó en voz alta: “es que te hablan de una manera que parece que se piensan que no sabemos nada”. Entre barullos y anécdotas tragicómicas, charlamos acerca de la importancia de a quién comprarle y dónde, en que situación consumir qué cosas y qué relaciones pensamos entre estados de ánimo y consumos. Hablamos mucho de que los excesos no maten el disfrute, de cómo cuidarnos y de las diferencias que presenta el cuerpo con el paso de los años y de los consumos. Hablamos de a quién pedir ayuda y de la vergüenza de tener que hacerlo. Decíamos que, algunas veces, quizás para esa situación convenga alguien que no te conozca tanto porque, por ahí, da menos vergüenza contar nuestras miserias. Y justo un poquito antes de que toque el timbre, balbuceos buscaron esquivar a la moral. Intentaron no desacreditar las experimentaciones de la fiesta. Suavemente intentaron transmitir algo en torno a la importancia de aquellos registros que podamos (o no) conseguir, según lo que puede (o no) un cuerpo. Y una pregunta quedó flotando en el aire: “Profe, ¿cómo sé cuánto es mucho?”. 16. El azar hizo que, sin saberlo, así transcurriera mi último día de clases en esta escuela tan querida. i “Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez. Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo. Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también. Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.. Solo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma. Solo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie. Solo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere. Solo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión. Solo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo. Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.”

  • Prospecto / Wislawa Szymborska

    Soy un tranquilizante Funciono en casa, soy eficaz en la oficina, me siento en los exámenes, comparezco ante los tribunales, pego cuidadosamente las tazas rotas: sólo tienes que tomarme, disolverme bajo la lengua, tragarme, sólo tienes que beber un poco de agua. Sé qué hacer con la desgracia, cómo sobrellevar una mala noticia, disminuir la injusticia, iluminar la ausencia de Dios, escoger un sombrero de luto que quede bien con una cara. A qué esperas, confía en la piedad química. Eres todavía un hombre (una mujer) joven, deberías sentar la cabeza de algún modo. ¿Quién ha dicho que la vida hay que vivirla arriesgadamente? Entrégame tu abismo, lo cubriré de sueño, me estarás agradecido (agradecida) por haber caído de pies. Véndeme tu alma. No habrá más comprador. Ya no hay otro demonio. Fuente: Poesía no completa, con edición y traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia, Fondo de Cultura Económica, 2021. Incluido en Paisaje con grano de arena, (tr. de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski), Editorial Lumen, Barcelona.

  • Cebras / Carla Sagulo

    Cebras que pastan; el amor tiene formas así, penachos cuando logra que el minuto se complete, devore la hora, preñada de días, tal vez años, tal vez fila de estrellas, y mueva la cola al compás de las moscas y las moscas se retiren a su muerte por un rato. Anoche me encontré con una: no pastaba, bebía, con paciencia de cebra de unos ojos. Me hizo pensar en que quizás, el amor podría haber cambiado de elemento. Porque esa cosa, también, va por el aire; se han visto nubes con forma de caballo naranja, duraznos perfectos, se pudo ver el cielo entero alguna vez, qué tiempos. Pero el aire ahora no quiere darnos nada y no hay ni un minuto vacío: vivo abarrotada de conciencia en el congreso de usureros, en la fábrica de anteojos; podría morir de asfixia o vidrios rotos. Podría morir de tantas cosas: invadida por la fe, descerebrada, mordida por la artrosis, la gangrena o por besar una pantalla y recibir la patada eléctrica de todos los toros. O no. Mirá la vida: ¿ese trueno que ahora escucho, ese rayo por las nubes, no es la cebra desbocada que regresa? Fuente: publicado en Toro. Nulú Bonsai Editora. 2015.

  • Servidumbres / Eduardo Magoo Nico

    Agradecemos cariñosamente a Magoo las ganas de compartir su libro Servidumbres. Presentamos aquí una selección. Libro I El baldecito El río peina y despeina el pajonal Horas que se entrecortan Con relinchos de angustia Ni la desgracia ni la felicidad se dejan hospedar Tranquilamente No pasa luna sin que no puje (Por nacerme) Una nueva personalidad: Se están inventando a cada rato (Como las religiones) Si tan sólo tratásemos de divertirnos Podríamos jugar a reinventarnos Existe, sin embargo, la satisfacción De comprender desde el fondo La pereza de los remansos (El lento azular de los camaleones) Su búsqueda de una poesía Que es ya, poesía Que lo ha venido siendo siempre He tenido innumerables sueños El dolor sabe dónde hiere Reinaba sin gobierno allí Donde fui amado Como con ojos bovinos Sé que ahora me estarás mirando... Y con un brote iracundo De divinos cuernos torunos (Inmunes en todo al enemigo) Quisiera yo embestir la Luna (¿De qué inocencia no será Ella culpable?) Sacarme muerte Parece haber sido mi destino Tanta me he sacado (Para ir a encontrarte) Que ya me estoy quedando seco Pero, ¡ay! Un nuevo surco de agua Se ha abierto en la sentina Y yo solo... (Con el baldecito) Barquito de papel La memoria juega con la luz Va con el perro Vuelve con la pelota Golpea en su frontón mi frente Y rebota Entonces el adormecido sueña Hay un charco allí Que el agua Con temblores de sequía Lentamente drena Hasta agotarse en un espejo Que con el último reflejo Se ha puesto a navegar Negligencia Yo, en tanto Tarareaba Había resbalones La comarca entera tenía hipo Pero navegaba (Apenas) En el alto cielo un cóndor embuchó una codorniz Repentino repelús Mientras la arena (Con el vaivén) Continuaba moliendo su astracán El cacique advirtió que la vería Yo encendí mi otro calcetín Y como un náufrago, me agarré Al piolín de la deriva Con su falso vestidito Pierre Cardin Ella vino dando saltos De barro en barro Del Camino Negro a La Salada Como dos soles dormimos entonces (Bajo el puente) Cuando arreciaba la borrasca Imán Habíamos navegado apenas Por un pequeño vaso de agua Cristal de avena Pura luz Tu piel Despojada como un guante De tu cuerpo Mientras en tus pelos Pampas Cientos de ladillas preparaban El último malón Creíamos que el mundo era reducible a un vaso Libro II Toda juventud que ríe… La Lepido-Sirena-Paradoxa (En mi pesadilla) Me comía lentamente por el culo ¿Su audacia? Introducir todo el rimero en la ranura Fina/Rosada ¿Estrecha? Toda la remembranza Todo el imaginario de uno En el fruncir del otro (La cabeza como una antorcha en llamas) Y junto a la aborrecible enfermedad del abrazo (Encendido) La arcada Como una flecha lanzada contra Bora y Marea Los hombres y mujeres de mi generación Que habiéndose ya batido Aún están dispuestos En este virtual "último asalto" A talar de un tajo el miembro necrosado A poner el cuerpo vivo en el adorno Y con las banderas de Alceo Bagual/Calelián/Catriel/Calfucurá Calfiao/Pincén Molfinqueupú Nauculeo/Namuncurá Epumer y Baigorrita En el frenesí del trazo Cortar la tarde Armar la bronca Morir-matando Hay una crispación de nervios Que anticipa todo tiempo venturoso Veo tu voz tensarse Como la cuerda de un arco "Ebria de ausencia, la vida es vasta... Agua que parpadea" Su tensar se acentúa Con el temblor de los cobardes… (De la "ira de los elementos" Tal vez debería hablarte) Pero debo aún arrastrar el cadáver De quien me ha venido arrastrando Hasta el borde mismo de este embudo Que no se abisma (Del agujero en ciernes) De esta preciosa Mira Que no quiere, todavía Abrir sus ojos… ¿Un animal forzado a seguir amando? ¿A vivir para la muerte? Contento de verme envejecido Envejecer este poco más aún... Hasta casi no poder arrastrarlo (La Lepido Sirena sigue haciendo lentamente su trabajo) Saturado de alabanzas y podrido en formas Me maravillo: Sea ya por su naturaleza / Haya sido por el huerto (Por el orto, por el muerto) ¡Toda juventud que ríe es invencible! Libro III Labial Son labios oblongos, tumescentes Cruzados por nervaduras Un fruto gastado Pero persistente Tremenda-mente presente En un presente rectangularmente acostado O puesto en vertical, de frente Los triángulos oscuros de los márgenes extremos Prefiguran algo Que se parece a un rostro De rasgos nunca vistos "Un rostro", querrían decir (Si no fueran mudos) Esos dientes Empotrados como están En una oscura cavidad Que sin embargo genera La poca luz Que logra proyectarse ¡Rían, rían ustedes y que rían ellos, mientras puedan! También yo reiría, si no lo estuviese viendo (Pudiendo dejar de estarlo viendo) Y sin embargo, ese Ridículo Es bello Si se abriera levemente Se abriría a un drama Si acaso se cerrara un poco más, o no Si permaneciera así por siempre Cubriría con su máscara atroz La voz del dios jocundo La voz del dios de la tragedia Libro IV Ka clásico Eructa el súper ego y eructa el yo sumiso Yo eructo desde luego (La vacuidad engorda) Rapto y parto Rápidos casamientos Fatalidad lexicográfica Amor rubio Sabia savia de la reversión y del relevo En el sendero (declinante) del impulso Varona Párpado de metal (Ningún negocio abierto) Había renacido en mí Con otro nombre Bajo otro nombre, yo (La perdí en un poema) Amurado A gogó (Aié ají ajó) De parche en parche bochincheo Toco el bombo (Bongó borogodó) Pero no toco, no Hago que toco Con la punta del palito, la latita (Robo la guita) Pero no toco ¡Tata, tatita! ¡De tango en tambo, te hiciste! En bosta y nafta y noria (Pero yo no toco) No Varona Párpados de metal Nobles figuras en rescoldo Persianas bajas Pasión morocha -Déale ché, levantesé (-¡Álzate alma, asume un oportuno vigor!) Y dejá de canturrear tu cantilena... ¡Ma que Empalme Lobos, ni Empalme SanVicente! Acá se acabó el biógrafo ¡Mirá el portón! ¡Tenés que pensar en el globito! En el globito de Huracán… ¡Abrí el ojo! ¿Vés como empieza a levantarse? Lo primero que hay que hacer Es inflar una personalidad... (Ya lo dijo doña Petrona) Después viene el relleno: Pensá en Gato, pensá en Mancha Pensá en algún otro, que podés ser vos Pensá en Ramsés, pensá en Pihué, pensá en Mourinho ¡Metéte adentro, te digo! ¡Entrá en la paja! ¡Entrá, aunque te pinche! Una espina más o menos... ¡Tenés que decir Yo, entendés! ¡Yo! ¡Pelotudo! ¿Yo? Yo: Eructo Eructo sin permiso Eructa el superego y eructa el yo sumiso Yo eructo, desde luego (La vacuidad engorda) Y siempre es demasiado poco Lo bastante (La pucha, ningún negocio abierto) En la vereda, el hembrimacho ondula Dengoso Había nacido para sí A la alegría del color Al mundo en el que impera, la divinidad mortal De las cosas triviales... ¡Je! ¡Je! ¿Cómo hacer para abolir lo klásico? Zamba El patio era sobrio y los malvones mudos Profundas arrugas en los árboles viejos Un halo verdeante de luz El musgo Cerdos salvajes Un pozo azul Espacios en calma Levantar un dedo Sacudir la cabeza Las palabras hicieron aquí la risa y el suspiro (Una fuente profunda y tenebrosa) Tocaron el velo que separa a los amantes Él regresó a la carcasa de su corazón extranjero Ella se volvió altiva como el atrio y los geranios: Vagaba por el salón de los libros -¡Ah, la variedad de las cosas de este mundo! Racimos de abejas Columnas de miel Sintió temblar en los mosaicos Un pueblo invisible y discordante Sutilmente carnoso en las miradas Un torbellino de rebaños Teñidos con la misma sangre Ávido de emancipación… Inútil tristeza El lomo rayado de los puercos El monte bajo El umbroso santuario del Ombú Y en el pozo cuadrado del cielo Una hormigueante inmensidad El llanto La mujer amada Tendido en el ninfeo Podría haber hallado su propio cadáver Sin embargo Puesto que conocía de verdad La tristeza Y el amor La muerte pasó de largo Alta y sombría casa Fuente de mis ingenuas alegrías Cielo turbio y verde Senos metálicos Cabellera africana Las nupcias Espuma Yo también fui espuma Aquella espuma era la cinta en los cabellos Era el velo que rodeaba las caderas Era el lento alzamiento de la luz Lo oculto en la aurora Y la purpúrea soberanía de la sangre Único vuelo superpuesto al naufragio El velo Una faja, una cuerda, una venda… Lo que está a punto de realizarse No se sostiene por sí solo Necesita ser cubierto y descubierto Aparecer y desaparecer Lo que envuelve Lo que ciñe Está a favor del todo Y el todo incluye el velo Ese excedente Que es la fragancia de la cosa ¿Y al mar quieres confiarte? La herencia Deja que otros remos desordenen las aguas Pronto la luna encenderá su lámpara El timón lo llevará con gracia Una jovencita que conoce el rumbo Yo sé que un día ella Escarbando con sus afilados instrumentos Desentrañara cada una de las citas Que enclavadas como gemas En cada verso o polis derrumbada (Profundamente) En el olvido Testimonian que una vez hubo una historia De la que fuimos parte Cuando el cambio o la mutación Lo habrá destruido todo El recuerdo de aquello que amé Será para ella mi única herencia Del resto se hará un gran cúmulo Que devorarán las llamas O cubrirá la vegetación invasora Y en ese gran amasijo Irredimible De basura y escoria Tal vez quedará La entera porción de un resto En el que lo bello podrá (Por la mediación de un último poseído) Obtener su merecido reconocimiento El olvido Me preparé largamente para la lluvia (Nosotros los pobres, los invictos) Para licuarme el alma Hace cuatro cinco estaciones llueve Luego siguió lloviendo Así vino el nombre de lo llovido (Como del maullido de un gato) No escrito No pensado Cantidad de veces no entendido (Mojado) Maúllo Nado Hace cuatro cinco estaciones Veo llover lo llovido (No escrito) Gafas Ella fue una visita al pasado Una sesión de espiritismo Una sonrisa Una niebla que cualquier otro Podría haber atravesado en mi lugar Encogido Inmóvil en la parte más alta del mundo Tenía ahora su conciencia En el centro de la perfecta soledad Que había supuesto Me preparé largamente para la lluvia (Nosotros los pobres, los invictos) Para licuarme el alma

  • Zaratustreanas VII De cansancios y últimos intentos / Fernando Stivala

    Prefieren no hacer Pasividad de espectador. El último humano que solo quiere descansar. Si lo que pulsa la vida es el objetivo de descansar, de preferir no hacer, de dormir sin soñar. Preferir no hacer como acto gastado del termómetro a partir de las desmentidas culturales. Ese preferir no hacer, ese nihilismo, esa frustración, quizás sean los signos no conscientes de abstención del último humano. En el dormir y el despertar pasa como en el morir y el vivir. Las almas sin consciencia o durmiendo o sin cuerpo no quieren despertar e ir a la vida. Pero cuando están despiertas no se quieren ir a dormir o morir. Cuando estamos tomados por las cátedras de la no acción es cuando muchas veces queremos morir. Catedráticos de la virtud Los catedráticos hablan de la virtud, pero están a merced de un lugar o estado donde ella no se desarrolla. Su finalidad es el momento donde la virtud no se expresa. Elogiadores de una virtud en potencial. Elogian ser semilla o enrollo o embrión o capullo. Algo que todavía no abrió y aún no expresa. ¿Cuándo se convirtió en elogio la imagen de semilla o capullo? Algo que no está expresándose Expresividad como ese momento donde la potencia es potencia y no donde está replegada. Encontrarse con eso qué pueden las cosas. ¡Más cuando llega la noche me guardo mucho de llamar al sueño! ¡El sueño, que es el señor de las virtudes, no quiere que lo llamen! * Los catedráticos de la virtud piensan el soñar como perturbador del ánimo. Intentan un dormir sin soñar. Una capacidad del sueño es crear. Hay algo inventando una historia. Se expresa el sueño cuando se apaga la consciencia. Hay una expresividad allí. Pero los catedráticos nos recomiendan que no soñemos tanto. Piensan las diez superaciones, las diez risas, las diez alegrías, como contar ovejas para dormirnos. Rumiando me pregunto a mí mismo, paciente como una vaca: ¿Cuáles han sido tus diez superaciones?* Halagan estar pensando en las cosas, no llevándolas a cabo. Halagan las ideas que tenemos en la mente hasta que en nombre de las complacencias y obediencias nos dormimos. Halagan el dormir sin soñar. Diez veces Si los catedráticos proponen una serie de recetas, preferimos decirles: Diez veces incluir más matices. Diez veces volver a confiar en el termómetro. (Es distinto terminar el día con diez veces confiando en el termómetro que con diez veces sintiendo que hicimos mal y preferimos no hacer más) Diez curiosidades por día. Diez veces devenir niñx. La pulsión de conocer. El niñx no va conscientemente a desconocerse, pero en ese querer conocer se conoce y desconoce un poco más. Una especie de devenir curioseante. No hay fin en ese curiosear. El sentido no es la meta sino el movimiento. Diez verdades que encontrar. Si son diez no hay una única trascendente. No hay defensa de una verdad ya creada sino que hay verdades que si las seguimos nos invitan a crear nuevas verdades o recorridos. El sentido es el movimiento. El movimiento del movimiento. No hay inicio. Hay corte, decisión, afirmación. Estar presente en una corriente que nunca para. Fuerza pulsional que no se queda alabando una verdad, sigue más allá. Una verdad frena. Se cansa porque quiere hacer fuerza contra corriente, contra vida. Allí descansan los catedráticos de la virtud. Diez veces reír durante el día y alegrarnos. Contentitud de sí, de sentir lo que podemos y todavía no. El último humano “Mientras Zaratustra oía hablar así al sabio, reía en su corazón, pues se le había encendido una luz. Y habló así a su corazón: Un necio para mí es este sabio. * Adormecedores de la voluntad de poder o conatus o chispa. Dichosos estos soñolientos: pues pronto estarán dormidos * Tanto que buscan el dormir no nos ocupemos más de ellos, ya se están cayendo. Tienen energía de último intento, de cansancio, de último humano. Ocupémonos de lo vivo y despierto. *Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (Primera parte ´De las cátedras de la virtud´)

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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