• Revista Adynata

Carta a Goethe / Arthur Schopenhauer

A Johann Wolfgang von Goethe


Su excelencia:


Me ha dado una enorme alegría con su bondadosa carta, porque todo lo que de usted proviene tiene para mí un valor inestimable; más aún, es algo sagrado. Por otra parte, su carta elogia mi trabajo, y este asentimiento suyo sobrepasa para mí el de cualquier otra persona. Pero lo que más me alegra de todo esto es que en su elogio, con esa manera de adivinar las cosas que le es tan propia, acierta usted de nueva cuenta al alabar la sinceridad y la honradez con las que he trabajado. Pero no sólo lo que he realizado en este campo tan limitado, sino todo lo que espero realizar en un futuro, tendré que agradecérselo a esa sinceridad y a esa honradez. Estas cualidades que en principio sólo conciernen al aspecto práctico de las cosas, en mí se han desplazado al ámbito de lo teorético y lo intelectual: yo no puedo ceder, no puedo darme por contento mientras exista una parte cualquiera de un objeto de mi estudio que no acabe por mostrarme limpia y claramente su forma.


Toda obra tiene su origen en una sola y feliz ocurrencia, y es sólo ésta la que proporciona la voluptuosidad de la concepción; sin embargo, su nacimiento, su realización, no sucede, al menos en mi caso, sin sufrimiento. He aquí pues que me planto ante mi propio espíritu como lo haría un juez inclemente de un prisionero que yace en el potro del suplicio y a quien obligo a responder hasta que yo ya no tenga más preguntas. Creo que la mayor parte de los errores y absurdos que tanto abundan en toda clase de teorías y filosofías se deben únicamente a la falta de esta honradez. No se encuentra la verdad no porque no se la haya buscado, sino simplemente porque no se le buscó adecuadamente; y es que, en vez de encontrarla, se trató de redescubrir una opinión ya establecida, o cuando menos de no perjudicar una idea que uno apreciaba; con tal propósito había que dar rodeos e idear toda clase de evasivas y utilizarlas contra los demás y también contra uno mismo. El valor de no guardarse ninguna pregunta en el corazón es lo que hace al filósofo. Éste tiene que parecerse al Edipo de Sófocles, quien, en busca de esclarecer su terrible destino, no deja de indagar aun cuando presiente que lo más terrible puede sobrevenirle de las respuestas que reciba. Perola mayoría de los filósofos llevan en su interior a una Yocasta, la cual le suplica a Edipo en nombre de todos los dioses que no siga preguntando y, como ceden ante ella, a la filosofía le va como le va.


Tal como Odín ante las puertas del infierno, quien no dejaba de interrogar a la vieja adivina en su tumba, desatendiendo la obstinación, los requiebros y las suplicas de aquella que lo exhortaban a la calma, así tiene que inquirir el filósofo, quien debe interrogarse así mismo sin concesiones. Pero este valor filosófico, que constituye una sola cosa junto con la sinceridad y la honradez en la investigación, virtud que usted ha reconocido en mí, no proviene de la reflexión, no se deja provocar por máximas, sino que se trata de una tendencia congénita del espíritu. Estrechamente entretejidas con lo más íntimo de mi ser, esta sinceridad y esta honradez se revelan también en lo práctico y lo personal, de modo que muy a menudo advierto con satisfacción cómo la gente casi nunca tiene escrúpulos conmigo, sino que por el contrario, la mayoría me otorga su confianza apenas al conocerme.


Esta cualidad mía (de la que temería haber presumido en exceso de no ser porque la honestidad es lo único que nos está permitido a todos elogiar de nosotros mismos) es también la que me proporciona la confianza para dirigirme a su excelencia de manera tan abierta y tan libre como es mi propósito hacerlo hoy.


Su carta me ha privado de una esperanza que, a pesar de todo, había comenzado a situarse poco a poco en mi interior, la esperanza de que usted satisficiera el deseo que le hice saber en mi primera carta. A pesar de anhelar esta satisfacción, no soy tan estúpido como para exigirle que reconsidere su postura, aunque no le oculto que dicho deseo es un motivo adicional para mi actividad en este asunto. Es por ello, pues, que en su consideración no debe tenerse en cuenta nada más que el honor de la verdad, lo sagrado de la ciencia y la fama del inmortal nombre de usted, contra los cuales se han alzado con motivo de este asunto un ejército de miserables héroes de cátedra a quienes sin duda alguna condenará la posteridad, pero que mejor sería que recibieran ahora mismo el destino que les corresponde.


¿Por qué, como dice la carta de aprendizaje, «el juicio es difícil»*? Porque tiene que ser al mismo tiempo objetivo e imparcial; rara vez se halla a un verdadero entendido que no se tenga a sí mismo en tanta estima como para no mezclar irremediablemente las observaciones objetivas y subjetivas. No debemos esperar, por consiguiente, abnegación alguna, y los huéspedes que prefieren «oír una canción ajena a la suya propia» no son muchos.


Creo firmemente que su excelencia no habría dirigido sus elogios tal como ahora lo ha hecho, es decir, con un cierto reparo a mi obra mas no a mi persona, si mi escrito no contradijese en sus resultados y su significado algunas cuestiones secundarias de su teoría de los colores. Necesariamente, el error yace en mi obra o en la de usted. De ser lo primero, ¿por qué se privaría su excelencia de la satisfacción de corregirme, y de privarme a mí la enseñanza que me ocasionaría el que, en pocas palabras, trazara usted en mi escrito la línea que separa lo verdadero de lo falso? Aunque he de confesarle honestamente que no creo que pudiera trazarse tal línea.


Mi teoría es el desarrollo de un solo pensamiento indivisible, el cual es completamente falso o verdadero: se parece a una bóveda dela que no puede extraerse una sola piedra sin que se venga abajo.


Su obra, en cambio, es la compilación sistemática de numerosos y diversos hechos (anteriormente, debido a la falsa teoría de Newton, fueron en parte adulterados y en parte ocultos); por ello resulta sumamente fácil que haya podido deslizarse en ella algún pequeño error que puede enmendarse con facilidad sin que sufra daño alguno el conjunto. Ahora bien, de ser este el caso, esos miserables enemigos a quienes nosotros tendríamos que exigir que se retractaran de una horda de errores centenarios, antes de descubrir y reconocer el infinito número de cosas verdaderas y excelentes que contiene la obra de su excelencia, tomarían precisamente ese ínfimo error como pretexto para desentenderse por completo de todo lo demás que su obra contiene, y jamás (al menos no hasta que llegue una generación imparcial) llegaría la validez del todo a ocultar la evidencia de ese minúsculo error. Por consiguiente, si es que alguna equivocación se ha infiltrado, tarde o temprano tiene que salir a la luz, et pueri qui nunc luduntnostrijudices erunt.* Sin embargo, cuánto más contribuiría a realzar su honor ante el mundo y la posteridad y cuánto más reforzaría el reconocimiento de su obra si esos pequeños errores casuales se constataran en el escrito de uno de sus primeros partidarios —con la consideración y respeto debidos a su destreza— en un escrito que usted mismo editaría, antes de que el enemigo sea quien los saque a la luz con inquina. ¿Acaso no es a menudo preferible ceder un miembro del cuerpo al cuchillo del cirujano para poder salvar la vida? Y acaso no es terrible, cuando, en cambio, le decimos al cirujano: ¡haz lo que te parezca, pero esa parte ni la toques!


A esto hay que añadir que los puntos en los que mi tratado disiente con su teoría de los colores tienen una relevancia minúscula; es más, esto resulta casi trivial si uno toma en cuenta la forma en que mi teoría secunda a la suya, y a su vez, si uno considera cómo ésta le proporciona a aquélla una confirmación absoluta y un fundamento inquebrantable.


El asunto principal es la producción del blanco. Aquí Newton solo se acercó a la verdad por casualidad y con meras palabras mientras que usted ha ilustrado lo esencial del asunto, es decir, la absorción de todo color por su contrario. Sólo habría que corregir esto diciendo que el gris que pudiera producirse no se corresponde, en sentido estricto, al color como tal, sino sólo al color químico; con esto, queda ya suficientemente dicho todo lo que hay que justificarle a usted. La producción del blanco para mí no es otra cosa más que lo siguiente: cuando en uno y el mismo punto de la retina la actividad de la percepción del rojo se da simultáneamente a la actividad con la que se percibe el verde, surge la sensación del blanco o de la luz, es decir, se da entonces la completa actividad del ojo cuyas dos partes iguales eran verde y roja respectivamente. Y lo mismo sucede con las mitades desiguales. Recientemente, Malus y Arago han realizado en París difíciles experimentos y sabias investigaciones sobre la polarización y la despolarización de los rayos luminosos, con lo que han puesto de manifiesto las luces homogéneas; sin embargo,* «Y los niños que hoy juegan mañana serán nuestros jueces.» todo su trabajo es en vano: recorren un camino equivocado pues, siguiendo a Newton, buscan la causa esencial de los colores en una genuina y originaria modificabilidad (divisibilidad) de la luz. Y en realidad es que la primera no reside en la segunda sino en una genuina y originaria modificabilidad (divisibilidad) de la actividad de la retina; con el propósito de provocar la manifestación por una causa secundaria (estímulo externo), es necesario utilizar una luz atenuada de cierta manera (por el oscurecimiento o también por la reflexión sobre la superficie originaria de ciertos cuerpos) que aquí, sin embargo, para la manifestación de los colores en el ojo, sólo juega el mismo papel que el frotamiento en la producción de la mínima electricidad (separación del polo positivo y el polo negativo) perteneciente al cuerpo. Estos señores siguen una ruta completamente equivocada al empeñarse en buscar, siguiendo a Newton, los colores en la luz y no en el ojo. Es precisamente así como se equivocaron todos los filósofos anteriores a Kant, pues pensaron que el tiempo, el espacio y la causalidad eran independientes del sujeto y, consecuentemente, buscaron el principio, el fin, el origen y el propósito del mundo, con el sujeto incluido.


La segunda contradicción es que sólo la oposición fisiológica —y no la física— es polar. Recuerdo muy bien que ya le expliqué esto a su excelencia de viva voz en Weimar, y que, de una manera bastante liberal, me contestó: «escriba usted una obra en dos gruesos tomos en la que no haya nada que enmendar».


La tercera es la formación del violeta, una cuestión secundaria e insignificante. De todos modos, le haré llegar con alegría las anotaciones prometidas a este respecto.


Por lo demás, estas pequeñas correcciones no suponen para mí mérito alguno: sí lo tiene, por otro lado, el descubrimiento de la teoría que hace posible que surjan estas correcciones. Quien abre un nuevo campo en el camino empírico de la ciencia y da con una gran cantidad de hechos, y a continuación los expone según sus relaciones inmediatas, puede ser comparado con aquel que descubre una nueva tierra y traza los primeros esbozos en un plano. El teórico, no obstante, se asemeja a uno de muchos que, guiados por aquél, llegaron allí, y que asciende por una enorme montaña desde cuya cima abarca con la mirada la totalidad de esa nueva tierra. Es mérito de él haber llegado a la cima; pero que desde lo alto vea cómo todos los que deambulan abajo yerran al elegir el camino más próximo, y que determine con exactitud las confluencias de los montes, ríos, bosques, eso no es otra cosa más que un juego de niños.


Sé con absoluta certeza que yo he realizado la primera y verdadera teoría de los colores, la primera hasta donde llega la historia delas ciencias; sé también que un día dicha teoría será aceptada universalmente y que se enseñará a los niños en las escuelas asociando mi nombre al honor de su descubrimiento, o bien, el nombre de algún otro que descubrió la misma teoría o que me la robó. Sin embargo, sé también con idéntica certeza que jamás hubiera podido descubrirla sin el grandísimo y precedente mérito de su excelencia.


Creo, de igual manera, que tanto el motto* de mi escrito como, en general, el tono del conjunto, e inclusive casi cada línea, expresa este reconocimiento: al fin de cuentas no soy más que el defensor de su excelencia (por eso espero también poder revestirme con sus blasones); incluso he aumentado con toda intención las pocas diferencias que me separan de usted para que nadie piense advertir en mí una ciega dependencia y parcialidad. Mi teoría es a la de su excelencia lo que el fruto es al árbol. Mi teoría servirá para proporcionar validez y aceptación a su obra sobre los colores, lo cual no es poca cosa. Su misma excelencia me enseñó una vez que debemos proceder siempre de manera positiva, construir persistentemente y no demorarse demasiado con el hundimiento de lo extraño, a lo que yo repuse citando las palabras de su querido Spinoza: este nimverumindex sui et falsi: lux se ipsa et tenebrasilustrat.** La parte didáctica dela teoría de los colores de su excelencia es, por supuesto, positiva en la medida que expone los hechos y revela su correspondencia y su coincidencia; la parte polémica, es decir, la parte negativa, era absolutamente necesaria porque aquí, antes de cualquier cosa, había que deshacer los viejos errores con el fin de abrir camino. Sin embargo, a cambio de la teoría de Newton que en su obra derriba, usted no proporciona otra nueva. En esto ha consistido mi labor; con ella el público obtiene lo que siempre desea y a lo que tan difícilmente renuncia: conceptos generales que abarcan lo esencial de todo posible fenómeno del color. Por consiguiente, mi teoría sustituye muy bien a la de Newton en tanto que la mía es realmente aquello que la otra pretendía ser. Si hiciera una comparación de la teoría de los colores de su excelencia con una pirámide, mi teoría sería, por analogía, el vértice, el punto matemático indivisible desde el que se expande la enorme construcción y que es tan esencial que sin él la pirámide dejaría de existir; por su base, en cambio, uno puede quitarle todo lo que quiera sin que por eso deje de ser una pirámide. Como los egipcios, usted no comenzó a construirla por la punta, sino que comenzó por los cimientos en toda su extensión y, posteriormente, al tomarlos como fundamento, continuó construyendo hasta la cúspide. En este edificio suyo ya se da y se determina perfectamente la cúspide; sin embargo, a mí me ha dejado usted la tarea de colocarla verdaderamente donde le corresponde, con lo cual la pirámide queda ya completada, para consuelo de los siglos que habrán devenir. Los fenómenos que prueban mi teoría los ha expuesto usted extraordinariamente bien antes que yo, y como son tan irrefutables que nadie se atreve a discutirlos, los enemigos lo han ignorado a usted (al menos hasta donde yo sé), guardando un silencio absoluto. Sobre esta inamovible y absoluta evidencia basada en sí misma, descansa firmemente mi teoría; pero con ella no puede asociarse en modo alguno la de Newton; la teoría de los colores de usted, por el contrario, guarda con la mía una extraordinaria afinidad. En el contexto de todas esas investigaciones adicionales de hechos aislados en torno a los que se ha centrado la polémica hasta ahora, mi teoría será, desde ahora en adelante (aun cuando entre tanto la de Newton siga teniendo alguna vigencia) la única que habrá de refutar con éxito lo que jamás pudo refutarse. Es por ello que sostengo que la popularidad de mi teoría provocará el derrumbamiento de la de Newton. Esa «vieja fortaleza» la ha atacado usted por todas partes y la ha horadado con tal arrojo que el zapador experto ve cómo flaquea y sabe que ésta acabará por caer. Sin embargo, los inválidos que se encuentran en su interior se niegan a claudicar, es más, incluso berrean un absurdo Te Deum a los cuatro vientos. Pero gracias a las trincheras y a los túneles que usted realizó he logrado enterrar una mina bajo los cimientos de la fortaleza, que con su sola explosión derrumbará el edificio entero. Lo que ahora se espera de ustedes que prenda la mecha y la vigile a fin de que estalle la mina, para que nada impida su explosión. Espero que no le detenga el temor de que algunas de sus propias fortificaciones y máquinas de guerra—que a estas alturas resultan ya innecesarias— pudieran sufrir algún daño en la empresa.


En lo que atañe a la propuesta que su excelencia ha tenido la bondad de hacerme, lamento comunicarle que no estoy muy dispuesto a aceptarla. No veo a dónde podría llevarme, ya que el juicio de cualquier individuo tiene muy poco valor para mí; el caso de su excelencia es bien distinto, pues usted no es un individuo cualquiera: usted es único. Por lo demás, alcanzo bien a apreciar qué es lo que el doctor Seebeck recibiría de mí: pues como yo, él también piensa que la teoría de los colores de su excelencia es un trabajo preliminar y ha podido ocuparse de ella más tiempo y con más detenimiento que yo; asimismo, mi teoría sería a los ojos de esta persona aquello que él debió haber descubierto y que no pudo, lo cual no le haría la menor gracia. Por otro lado, no veo qué es lo que él habría de aportarme a mí a cambio: no me sería de ninguna utilidad tener noticia de algunos experimentos aislados ni poseer prolija información sobre algunos contrincantes a quienes yo no doy mérito alguno. Y por último, tendríamos que dejar enteramente a la buena voluntad del doctor Seebeck el que hiciera pasar mis conocimientos por los suyos o no. Lo que yo necesito y deseo es autoridad; usted tiene mucha, él no puede proporcionarme ninguna y ésta es la razón por la cual él no puede ayudarme. Confío firmemente en que su excelencia me comprenderá y que comprenderá también mis sentimientos hacia usted y que, por esta misma razón, no habrá de tomarse como un reclamo sino solamente como una pequeña broma que le diga que ante su propuesta no puedo hacer otra cosa más que pensar enseguida en la hija del párroco de Taubenhayn, quien, teniendo aspiraciones de casarse con el magnánimo señor, éste se la otorga a su cazador más valiente. También pienso en Jean-Jacques Rousseau, quien en su juventud fue invitado a comer por una ilustre dama a quien visitaba y no se percató, sino hasta el último momento, de que ella pretendía mandarlo a comer con la servidumbre.


Su excelencia tiene ahora otras ocupaciones; quizá se encuentre en la elevada región de la creación poética, desde donde las investigaciones científicas han de parecerle con merecida razón demasiado insignificantes. A pesar de ello, no puedo creer que tales ocupaciones le impidan tomar parte de alguna forma u otra en estos asuntos relacionados con la teoría de los colores. En efecto, aquél trata de un terreno tan reducido, tan fácil de abarcar, y además tiene que estar usted tan indeleblemente impregnado del contenido esencial de la obra, fruto de sus investigaciones de tantos años, y mi escrito es tan corto y ya desde hace tiempo tan familiar para usted, que pensé que la decisión no habría de representar para usted ninguna pérdida de tiempo ni tampoco alguna distracción extraordinaria.


También yo, con excepción de un par de semanas, he considerado siempre este trabajo como cosa secundaria; por lo demás, constantemente rondan teorías muy distintas por mi cabeza que nada tienen que ver con la teoría de los colores.


¿Pero, en realidad, qué es lo que pretendo con esta carta tan extensa y tan aburrida, con esta locuaz oratio pro corona?* Quizá que su excelencia se sienta motivado a mirar de nuevo a mi pequeña criatura con benevolencia y, antes de que la rechace, acepte usted ser su padrino. En efecto, sin esa gracia su constelación no será adecuada; la concepción y el doloroso alumbramiento habrían sido inútiles y no tendría otra cosa más que hacer que regresar al seno de la madre.


Las razones de esto ya se las expuse a su excelencia en mi primera carta. ¡Qué será del niño en manos del enemigo si sus propios amigos le niegan ayuda! El mundo, que desde hace tantos milenios nada entre los colores sin saber qué son, seguirá existiendo mucho tiempo aún sin que necesite servirse de tal conocimiento, y no se sentirá peor por ello; sólo a mí me dolería tener que leer y oír las absurdas opiniones sobre los colores así como las alabanzas con las que son veneradas, mientras que yo, que conozco algo mejor, debo guardar silencio. Dice Herodoto: ejisté de oduneestí ton en anthropoisiaute, polafroneonta, medenóskratein,** y Hamlet grita dolorosamente: but break my heart, for I must hold my tongue!*** —No obstante, estoy habituado a este sufrimiento en mi propia profesión.


Si por ahora debo guardar la ejemuthía* pitagórica, confío que su excelencia atenderá mi siguiente petición, sobre todo si le recuerdo que fue el pensamiento de hacer algo que le complaciese lo que despertó mi interés para dedicarme a un trabajo que, de no haber sido motivado por esta razón, no hubiera sido realizado. Le pido que cuando su excelencia me devuelva el manuscrito, me informe con toda franqueza y exactitud si ha hecho partícipe a alguien de mi trabajo y, en ese caso, a quién. Nada más natural, al encontrase usted con el doctor Seebeck, cuya ocupación principal es la teoría de los colores, que le hubiese hablado sobre mi ensayo, o incluso que se lo hubiera prestado para que lo examinase. Me gustaría mucho saber cuál es la situación al respecto. Su excelencia sabe cuánto debe temer uno a los plagios, usted mismo me ha confiado algunas experiencias propias de esa clase, por ejemplo, el caso de von Oken.** Por ello espero que su excelencia comprenda a la perfección que le pida encarecidamente que me aclare este asunto.


Tengo la esperanza de que su excelencia habrá de ser indulgente con el desparpajo y franqueza de esta carta, ya que ciertamente estará convencido de que nadie tiene tanta admiración por usted como el más humilde servidor de su excelencia,

Arthur Schopenhauer.

Dresden, 11 de noviembre de 1815.

Notas:

* Alusión al libro VII, capítulo 9, de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe.

* «Lema».

** «Lo verdadero, ciertamente, se muestra a sí mismo y también muestra lo falso: la luz se muestra a sí misma a la vez que muestra a las tinieblas.»

* Alusión al famoso «Discurso por la corona» de Demóstenes.

** «La más dolorosa de las penas humanas es pensar mucho y no saber nada», Historia (IX, 16).

*** «Mi corazón se rompe, ya que tengo que mantener la lengua quieta», Hamlet(I, 2, 59).

* «Discreción».

** Lorenz von Oken (1779-1851) se adjudicó varios descubrimientos fisiológicos hechos por Goethe.

Fuente: Schopenhauer, Arthur (1815). Cartas desde la obstinación Traducción, prólogo y notas de Eduardo Charpenel Elorduy. www.loslibrosdehomero.com



Daniel Masclet La lettre (La carta) 1937 Impresión en gelatina de plata 24,5 x 28 cm

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.