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Carta a les nueves activistes. Posfacio / Paul B. Preciado

Amigues míes, estoy llene de alegría. No porque las cosas vayan bien, como podéis imaginaros. No hay un solo espacio social en el que los signes del avance de las tecnologías de la muerte no puedan sentirse ya como amenaza inminente a todo lo vivo. Hemos destruido más el ecosistema en los últimos dos siglos que en dos millones de años, durante toda la historia del Holoceno. Lo que hasta ahora hemos llamado neoliberalismo debe ser redefinido como necrohumanismo: la especialización de las tecnologías de gobierno capitalistas petrosexorraciales en transformar la vida, toda la vida, en capital muerto, trabajo reproductivo y placer muerto. Hemos hecho de la biosfera y de todo lo que en ella habita una fuente de energía que buscamos extraer y acumular. Hemos arrancado de la Tierra cada uno de sus órganos y extraído cada uno de sus fluídos. Racialización y sexualización jerárquica de la especie humana, explotación minera, tala de bosques, destrucción del ecosistema marine, industrialización de la reproducción animal y humana, desarrollo de las industrias de la guerra... Y por si esto fuera poco, nos gusta vivir así: somos adictos al consumo de capital muerto y extraemos placer de este proceso de fabricación de la muerte.


No hay, me reprocharéis de inmediato, razones para el optimismo. Pero el optimismo no es un sentimiento psicológico de esperanza, ni la convicción tranquila que surge del desconocimiento del estado de destrucción del mundo. El optimismo es una metodología. Tenemos la capacidad colectiva de tomar conciencia de lo que está pasando y, por primera vez en la historia, de compartir esa experiencia a escala planetaria: intercambiar tecnologías sociales, conocimientos, preceptos, afectos, y hacer que las prácticas y los saberes que hasta ahora eran subalternos puedan ser compartidos transversalmente. Tomar conciencia supone, como nos enseña Judith Butler, dejar de sentirnos exteriores entender que somos parte del problema que queremos resolver, que «estamos implicados en las relaciones de poder a las que nos oponemos».i Y, por tanto, aceptar que no habrá cambio posible sin una mutación de nuestros propios procesos de subjetivación política, de nuestros modos de producción, de consumo, de reproducción, de nominación, de relación, de nuestras maneras de representar, de desear, de amar. Tomar conciencia es hacerse cargo de que nuestro propio cuerpo vivo y deseante es la única tecnología social que puede llevar a cabo el cambio. Nosotros somos las grietas de los polos, el Amazonas deforestado. Somos el fuego que crece en los campos de California o de Galicia. Somos el desierto que avanza en Madagascar. Somos el agujero de la capa de ozono.


Por eso, mientras tiemblo, en medio del desastre, me invade el más radiante de los optimismos. Porque aunque algunos dirán que ya demasiado tarde, el desplazamiento, la fuga y la secesión frente a las formas dominantes del capitalismo mundial ya han comenzado. El deseo y el placer están mutando y con ellos nuestra capacidad de salir de la adicción capitalista y petrosexorracial.


Os he visto salir por centenas del metro de la Place Clichy, llegar por todas las calles, desde el norte y desde el sur, desde las banlieues y desde el centro de Paris, caminar soles, en grupo, llegar en bici, en patineta o a pie, y reunirse en el parque como una bandada de pájaros que vuelan y se posan al unísono. Os he visto avanzar sin miedo hasta el tribunal judicial para gritar juntes, en mil lenguas, el nombre de Adama Traoré. Os he oído gritar, del otro lado del Atlántico, los nombres de George Floyd, Jamal Sutherland, Patrick Warren, Kevin Désir, Erik Mejia, Randy Miller. Os he visto escribir sobre los muros los nombres de Patsy Andrea Delgado, Alexa Luciano Ruiz, Serena Angélique Velázquez, Layla Peláez, Yampi Méndez Arocho, Penélope Diaz Ramírez, Michelle Michellyn Ramos Vargas, Selena Reyes-Hernández, Valera, Ebeng Mayor... Os he visto salir a las calles en Valparaíso, ocupar la plaza Taksim de Estambul, en el Cerro de Bolivia, en Los Angeles y en San Francisco, en la Puerta del Sol de Madrid y frente a la Escuela Normal de Ayotzinapa.


Habéis iniciado un levantamiento mundial contra el uso de la violencia y de la muerte como forma de gobierno de la Tierra. Os atrevéis a deserotizar la opresión y la violencia sexual. Estáis desracializando la piel. La historia de la violencia se detiene en vuestra mirada. Una revolución comienza así, con una sacudida del tiempo que hace que la repetición obstinada de la opresión se pare para que pueda empezar un nuevo ahora. Todo tiene que cambiar. Al caminar entre vosotres, tengo la certeza de que se está fraguando una nueva alianza somatopolitica que puede llevar a cabo la transición hacia un nuevo régimen. «La Historia no ha hecho más que empezar.»ii


He caminado con vosotres.


El aparente sujeto de la revolución que está teniendo lugar se confunde a veces con las mujeres, o las personas trans, o las personas racializadas o los migrantes..., pero el espacio político hacia el que apunta la lucha está más allá de esas identidad inventadas por la taxonomía petrosexorracial de la modernidad. Habéis sido sexualizades, racializades, binarizades, criminalizades..., y quien no se sienta parte de este lumpen somatopolítico no tiene más que explicar por qué, no tiene más que decir si hay alguna otra cosa que quiere reivindicar y si no que se una a vosotres. Ya no sois ni una clase social, ni un género o un sexo precise, no sois exactamente proletarios, ni solo exactamente mujeres, ni simplemente homosexuales, negras o trans. No buscáis resolver los antagonismos a través de una relación dialéctica. Sois una secesión creativa. Vuestra tarea política será la de articular estas diferencias heterogéneas sin totalizarlas, ni unificarlas falsamente bajo una supuesta identidad o una ideología. Ser una banda de intensidad apasionada a través de la que pasa el deseo de cambiarlo todo. Salir de los significantes despóticos de la identidad. Ya no es Nietzsche: todos los nombres de la historia son tu nombre. Es Gloria Anzaldúa: la historia todavía no conoce vuestra nombre.


Otras veces cuando he hablado de esta alianza posible me ha tachado de ingenuo, de utópico. Pero este movimiento ya no es una simple manifestación por una reforma legal; es un programa de transformación radical. No habéis venido para pedir la igualdad ante la ley o la paridad de los salarios. Siguiendo el movimiento liderado por Angela Davis en Estados Unidos, pedís la destitución de la policía y de las instituciones punitivas del Estado. No habéis venido para impulsar una economía verde, pedís la destitución total del sistema de producción capitalista. La revolución ecologista, transfeminista y antirracista que estaba germinando antes del virus es quizás frágil, pero resulta imparable. Estáis aquí, rodeándome.


Por eso ya no tengo miedo de lo que pueda ocurrir.


Sois jóvenes, casi niñes, y os atrevéis a mirar a la cara a los policías que os rodean. ¿Acaso se avergüenzan los maderos de estar vestidos para la guerra frente a vosotres, una multitud de chiquilles desarmades, casi desnudes? Me refiero a vosotres en género no binario no porque entre vosotres no haya cuerpos a los que se les haya asignado género masculino o femenino o que no se identifiquen como no binarios. Lo hago para restituiros la no binaridad que os merecéis. La que os es debida y os ha sido robada. Y para subrayar que es el cuerpo vivo en rebelión contra la epistemología petrosexorracial el que se alza ahora contra el pasado.


Durante años me he dirigido a vosotres primero como lesbiana, luego como trans, como cuerpo de género no binario, como migrante, como extranjero... Ahora quiero hablaros como ser vivo, no como organismo objeto del discurso biológico o médico, ni como fuerza de reproducción o de producción. Sino como potencia deseante, como cuerpo sensible que excede a las taxonomías binarias de la modernidad. Y os interpelo como todo lo que sois, situados en la densa red de poderes económicos, raciales, sexuales, corporales. Con vuestra propia historia de opresión y de supervivencia.


Dicen, como escribió June Jordan, que tenéis la edad equivocada, la piel equivocada, el sexo equivocado, el pelo equivocado, el velo equivocado, el género equivocado, el deseo equivocado, el sueño equivocado, los papeles equivocados, los zapatos equivocados, el bikini equivocado, los pronombres equivocados, las prótesis equivocadas, los códigos equivocados, los gustos equivocados, los intereses equivocados, las relaciones equivocadas, la memoria equivocada, los gestos equivocados, las intenciones equivocadas, las imágenes equivocadas, las lecturas equivocadas, que estáis en cl suelo equivocado, en el continente equivocado, que habláis la lengua equivocada, que coméis la comida equivocada, que amáis de manera equivocada. Pero no estáis equivocades, vuestro nombre no está equivocado.iii


Os he visto y ahora sé que sois más radicales y más listes, más belles y más hibrides de lo que nunca fuimos nosotros antes o incluso de lo que nunca imaginamos que podríamos ser. Digo belles, pero no se trata de los estándares de belleza heteronormativos y coloniales del fascismo ario con los que nosotros crecimos: el cuerpo blanco, delgado, el pelo rubio, los ojos claros. Simétrico, sonriente, válido. No. Vuestra belleza la estáis inventando al reivindicar otras vidas y otros cuerpos, otros deseos y otras palabras. Es la belleza del cuerpo gordo, de la silla de ruedas, del pelo afro, del cuerpo enfermo, del músculo femenino y de las curvas masculinas, de la voz ronca o dulce, pero sobre todo la belleza de la inteligencia y de la memoria, del cuidado y de la ternura que tenéis les unes por les otres. Me sorprende que seáis capaces de tanta ternura en medio de esta guerra. Si esa afección es posible, entonces quizás sea posible hacer esta revolución.


Los ideales políticos patriarcocoloniales nos llevarían a imaginar la figura del revolucionario como un cuerpo atlético, un cuerpo viril, vigoroso y autoritario que lucha con determinación, pero vuestra revolución ha empezado en las camas, en los hospitales y en los cementerios, en las discotecas y en los suburbios, en los bosques quemados y en las cuencas de los ríos contaminados, en las praderas y en los campos de refugiados. La artista coreano-americana y enferma crónica Johanna Hedvaiv y el activista transtullido francés Zig Blanquerv nos han enseñado a desconfiar de esa idealización del cuerpo del militante moderno como parte de una ideología «capacitista» que rehuye la finitud y excluye la diferencia corporal. No será con el cuerpo heroico de la modernidad, sino con el cuerpo herido por la violencia petrosexorracial y la destrucción ecológica como tendremos que hacer la próxima revolución.


Os he visto y no puedo sino saludar vuestro coraje, la precisión de vuestras palabras, vuestra generosidad, la inteligencia con la que os habéis distanciado del ideal de éxito neoliberal para uniros ahora a la red de los monstruos y del micelio, a la cooperación fúngica, vegetal, animal y mineral. No sois victimas. Sois supervivientes. Habéis sobrevivido al abuso, a la violación, al deseo que tienen los padres coloniales de acabar con les hijes, pero lo más importante es que por primera vez habéis encontrado palabras para nombrar ese dolor, y con esas palabras, con vuestro dolor no bruto sino transformado, con vuestro dolor no nombrado con sus categorías patologizantes sino con vuestras propias palabras, habéis descubierto también una nueva fuerza, un nuevo deseo que ya no se puede reducir ni a las profecías patriarcales de Freud ni a la lucha de clase del comunismo de partido.


Y, al miraros, deseo alejarme de la generación que ha sido la mía para unirme a la vuestra.


Quiero acercarme a vosotres y dejar el mundo que conocí, porque si estamos como estamos es por nuestros errores. Hablo de mi generación y de la de mis progenitores. Fuimos nosotros y vuestros padres los que preferimos olvidar que nuestro libre mercado reposaba sobre la esclavitud y la opresión, que nuestras democracias se asentaban sobre los crímenes de la colonización y del genocidio. Preferimos olvidar que habíamos vencido al nazismo lanzando dos bombas atómicas. Que nuestra riqueza se construía a base de explotación, expolio y destrucción. Preferimos banalizar la tortura e institucionalizar la violencia, afirmar la diferencia entre lo nacional y lo extranjero, con tal de asentar nuestros privilegios económicos y raciales. Aceptamos que la familia monógama era la mejor (y casi la única) institución afectiva y de filiación normal y luchamos por acceder a ella. Creímos que nuestra libertad vendría al acceder como consumidores al mercado, como ciudadanos a la nación y como esposos y padres a la familia.


Incluso la izquierda dijo que primero había que hacer la revolución de clase, que las luchas sexuales y raciales vendrían después; pero lo que vino después, deprisita y corriendo, no fue la revolución de clase, sino la privatización de todo, y, con ella, el neoliberalismo. Fue la izquierda la que consideré que las luchas feministas, homosexuales y trans no eran suficientemente viriles y patrióticas, la que prefirió calificar la «cuestión racial» como «peligro comunitarista». Fue mi generación la que prefirió pasar los días y las noches luchando por el derecho al matrimonio gay en lugar de por la adquisición de un derecho de ciudadanía igual y justo para todos los cuerpos vivos del planeta, fueran de donde fueran y vinieran de donde vinieran.


En eso vosotres no habéis participado: habéis llegado ya a un mundo que había tomado decisiones normalizadoras, racistas y destructoras, que había firmado un contrato con el diablo financiare. Nuestra adicción primero al consumo y a la comunicación -que no es sino otra forma de consumo, esta vez semiótico-, nuestro deseo de ser representados y aceptados por la mayoría, os los hemos inculcado desde la cuna. Os hemos dado de mamar petróleo, os hemos alimentado con plástico y con el flujo constante de internet. Os hemos metido en vena la heroína electrónica. Y ahora os toca emprender a vosotres la única tarea posible si queréis sobrevivir: desintoxicaros. Cambiar de cuerpo y de régimen cognitivo, desear de otro modo, romper el código, amar lo que nosotros os ensenamos a odiar.


Hasta ahora os habían enseñado a avergonzaros de vuestra inadecuación y de vuestra disforia. Pero vuestra historia de la opresión es vuestra riqueza, debéis estudiarla y conocerla, hacer de ella un archivo colectivo para el cambio y la supervivencia. Vuestra disforia es vuestra resistencia a la norma, en ella reside la potencia de transformar el presente. Solo el saber que surge de ese trauma y de esa violencia, de esa vergüenza y de ese dolor, de esa inadecuación y de esa anormalidad puede salvarnos.


Vuestra herencia revolucionaria no viene de vuestros padres genéticos, sino de una transmisión subterránea y lateral de afectos y de saberes, un contrabando cultural y bastardo que desafía los clanes, los genes, las fronteras y los nombres. Os miro hablando calmadamente a una multitud y sé que sois les hijes de Sojourner Truth, las marranes que escaparon del esclavismo, tenéis la sabiduría de esa fuga, conocéis el camino. Sois les hijes de Emma Goldman y de Voltairinc de Cleyre, preferís sin ninguna duda la cooperación que el éxito individual. Sois les hijes que habrían tenido Malcolm X y Martin Luther King si hubieran podido amarse carnalmente, habéis hecho posible la convergencia de la desobediencia civil y de la afirmación del orgullo de la cultura negra. Sois les hijes que Fanon hubiera tenido con Foucault si el profesor francés no hubiera estado en el armario y no hubiera exotizado los cuerpos racializados y si el militante argelino no hubiera sido tan machito y tan homófobo. Quizás por eso vosotres vais mucho más lejos de lo que ellos pudieron nunca ir, inventáis otro movimiento y otro mundo. Sois las supercuerdas. Sois les hijes que James Baldwin, Jean Genet y Binyavanga Wainaina tuvieron por recombinación cultural, es vuestra imaginación la que os guía más allá de vuestra memoria, por eso ya no tenéis que ocultar haber sido violades, ya no tenéis que disculparos por vuestro lesbianismo, por vuestro exceso de deseo sexual, porque sabéis que ese deseo es también el que alimenta la transformación que viene.


Y yo siento al veros caminando hacia el tribunal, tomando las plazas, llenando los muras de grafitis... que tengo que abandonar a mi generación para unirme a la vuestra.


No puedo daros muchos consejos útiles para un tiempo de mutación como el vuestro. No sois vosotres quienes tenéis necesidad de mis consejos. Soy yo quien necesita los vuestros. Excepto deciros -puesto que soy un mutante y toda la felicidad que he conocido ha venido de la mano de esa condición- que abracéis intensamente la mutación en lugar de preocuparos por reformar las instituciones existentes. Nosotros ya perdimos demasiado tiempo en integrarnos en la cultura capitalista y heteropatriarcal dominante, lidiando con sus lenguajes, negociando pequeños margenes de maniobra. Perdimos demasiado tiempo con las políticas de identidad y con el feminismo conservador.


El feminismo ya no es solo insuficiente, sino que, convertido en ideología de la diferencia sexual naturalista, se ha vuelto un freno para los proyectos de transformación radical. La feminista chicana Chela Sandoval tenía razón al recordar que si la heterosexualidad eurocéntrica era dominante en la sociedad patriarcal estaba determinada también a serlo en las luchas feministas. Sin un proyecto transversal antirracista, de crítica del binarismo y anticapitalista, la extensión pop del feminismo eurocéntrico y cristiano genera, como efecto colateral, la exclusión de las «malas chicas» del feminismo: las mujeres trans, las trabajadoras sexuales, las lesbianas, las migrantes, las mujeres musulmanas, pero también las personas no binarias, los hombres trans, las personas intersexuales, las maricas proletarias y racializadas... Hacer la revolución feminista no significa simplemente alcanzar una masa crítica en la que todas las mujeres (racializadas, lesbianas, discapacitadas, trabajadoras sexuales, migrantes, obreras, trans) aceptarán como propias las demandas de libertad y de igualdad de las mujeres blancas cristianas de clase media en la sociedad heterosexual. No solo no es necesario que la enunciación sea homogénea para hacer la revolución, sino que, más bien al contrario, solo la heterogeneidad de la enunciación puede alejar nuestro proceso revolucionario del peligro del totalitarismo, de la represión de la disidencia y de la purificación del sujeto del feminismo. Vuestro levantamiento no es el de las mujeres que luchan por traspasar el techo de cristal de los ámbitos corporativos y académicos, ni el de aquellas que desean que se incremente la vigilancia y la fuerza punitiva del Estado patriarcal para proteger a las victimas de la violencia sexual. Vuestra revolución es la de todos los cuerpos vivos que han sido considerados como abyectos por la modernidad petrosexorracial.


La dimensión de la destrucción capitalista y petrosexorracial de la vida exige cambiar la compresión de lo político, profundizar en los niveles de la lucha, para pasar de los lenguajes identitarios segmentados que hasta ahora diferencian e incluso oponen las luchas anticapitalistas, ecológicas, antirracistas y antipatriarcales, trans..., a imaginar el conjunto de procesos de mutación (lingüística, cognitiva, libidinal, energética, institucional, relacional...) necesarios para reorganizar la transición a un nuevo régimen epistémico, lo que implica transformar la taxonomía jerárquica de los cuerpos vivos y el acceso diferencial a la energía. Esta revolución transicionista es también aquella en la que la alianza de las luchas antirracistas, ecologistas y transfeministas permitirá definir un nuevo marco de inteligibilidad para los cuerpos vivos.


Daos prisa y hacedlo vosotres mismes. No esperéis nada de las instituciones: están muertas, o más bien son órganos vampiros del propio dispositivo petrosexorracial contra el que necesitamos luchar. No esperéis nada de la familia como familia. No es como padres o hijos, como madres o hermanos como podréis cuidar los unos de los otros. Porque esas relaciones están ya mediadas por redes de poder, propiedad, explotación y herencia. Es de aquellos con los que no sabéis cómo relacionaros, de aquellos que escapan a los protocolos institucionales normativos, de los que puede venir la transformación. Aprended de todo lo que no es humano y de sus formas de extraer y distribuir energía. No quiere esto decir que tengáis que abandonar a vuestros padres y hermanos, sino que debéis establecer con ellos la misma relaciona que establecéis con los árboles, los hongos, los pájaros, las abejas, y viceversa, solo así podremos inventar un nuevo vínculo. Tratad a vuestros padres y hermanos como árboles y abejas, y a las abejas y los árboles como si fueran vuestros padres y hermanos.


No perdáis el tiempo organizando juicios electrónicos a los y las representantes del antiguo régimen petrosexorracial. La transfobia de las feministas no merece un gasto de energía mutante. Concentraros más bien en diseñar la mutación, en reparar lo destruido e inventar nuevas prácticas y nuevas formas de relación, mientras los y las TERF del Capital se rompen la cabeza para saber si sois hombres o mujeres, si sangráis o no por el orificio genital. Ya no sois nada de lo que los y las de todo tipo se esfuerzan por designar. Sois todos los orificios habidos y por haber. Sois el ano y la vagina universales. Y nada de eso necesita ser probado o defendido. Simplemente es. Por eso, amigues míes, estoy llene de alegría.


No estoy diciendo que sea fácil. Sé de dónde venís, porque no he olvidado de donde vengo. Sé que la vida no nos ha hecho regalos. Más bien nos ha cortado las piernas y tallado las alas. No pretendo afirmar inocentemente que en casi todos los parlamentos no haya representantes considerados democráticos que aún deseen y preparen nuestra muerte. Por odio, por desconocimiento, por estupidez. Pienso en vosotres que crecéis como niñes y adolescentes no binarios en familias católicas, judías o musulmanas, conozco vuestra vergüenza, vuestro miedo. Pienso en vosotres, chiques afeminades que vivís en lugares donde el alarde de la conquista heterosexual, la fuerza y la violencia son obligatorias para aquellos cuerpos que han sido marcados como masculinos en el nacimiento. En vosotres que queréis ser llamados por otros nombres por vuestros padres, vuestros profesores o por el sistema de salud médico. En vosotres que esperáis durante meses para poder acceder a las hormonas legalmente o durante años para poder obtener un cambio de identidad de género administrativa y legal. En vosotres que intentáis defender los ríos y los bosques mientras os confrontáis a la indiferencia, cuando no al desprecio, de vuestros mayores. En vosotres que compráis píldoras del día después por internet sin saber si lo que vais a tomar es realmente un abortivo o una dosis de veneno. Pienso también en les que no estáis en las manifestaciones. Me pregunto ¿dónde estáis, en qué centro de internamiento, en qué clínica, en qué trinchera, en qué soledad o en qué encierro? ¿qué silencio guardáis en vuestro pecho, qué palabras no podéis decir?


Pienso en vosotres, herides como estáis, casi rotes. Y os elijo a vosotres como mis únicos ancestros, al mismo tiempo como herencia y legado, como mi única genealogía y como mi único futuro. Vuestro destino no puede ser más nebuloso de lo que parecía ser el mío cuando yo era niñe. Y si yo pude salir de ahí y desbinarizarme, si yo pude sobrevivir a esa violencia y he logrado vivir una vida distinta a la que había sido trazada para mi, entonces os digo que también vuestros sueños son posibles. Nunca es tarde para acoger el optimismo revolucionario de la infancia. Cuando tenía ochenta y cuatro años Günther Anders escribió: «Escuché en la radio que cierto estadista alemán había calificado de infantiles a los cientos de miles de personas que se manifestaban por la paz. Tal vez sea un signo de infantilismo por mi parte si considera que tal afirmación demuestra que su autor ha superado la edad de cualquier pasión por el bien, y es por tanto “adulte” en el sentido más triste de la palabra. En cualquier caso, he seguido siendo un niño toda mi vida, o mejor dicho, no he seguido siendo un niño a propósito [...]. He seguido siendo un infantil crónico. Como niño de ochenta años, entrego este libro a mis muchos amigos que ya son lo suficientemente maduros como para unirse a las filas de "les niñes”.»vi


Pero sobre todo recordad que no estáis soles. Existe un panteón de santos y brujas feministas, queer y trans, y, aunque fui maldecido por la cultura en la que crecí y negado durante años por mi familia, siempre me sentí protegido por ellos. Casi no hay un solo día en el que los santos queer no se manifiesten en nuestras vidas. Esa catedral de santos malditos es más fuerte que la cultura nacional, más acogedora que la familia biológica, más protectora que la Iglesia, más hospitalaria que la ciudad en la que nacisteis. Es esa genealogía de apestados la que os ofrezco ahora como contribución a vuestra lucha. Estoy con vosotres. Dondequiera que yo esté, podéis venir. Os tenderé la mano y os abrazaré. Si queréis algo de lo que yo he aprendido de las tradiciones de resistencia política y de la cultura de los disidentes, os lo daré. Esa tradición también es la vuestra. Y esa cultura también os pertenece. La he preservado para vosotres. Si tenéis hambre, os alimentaré. Si habéis perdido la esperanza, os leeré a Leslie Feinberg. Si necesitáis coraje, escucharemos las canciones de Lydia Lunch. Si buscáis alegría, os llevaré a ver a Annie Sprinkle y Beth Stephens. Os daré todo lo que soy, porque lo he construido para vosotres. Mi cuerpo, mi corazón, mi amistad. Mis órganos vivos y prostéticos, si los necesitáis, son vuestros. Podéis venir con vuestras heridas y vuestros recuerdos, también con vuestra amnesia o con vuestra dificultad para hablar. Os voy a acoger igual. No tengo que hacer esfuerzo alguno. Me gusta la disforia y su exaltación contra la norma porque es lo que conozco desde la infancia. La disforia es mala. Es nuestra miseria. Es exigente. Es dolorosa. Nos destruye. Nos transforma. Pero también es nuestra verdad. Hay que aprender a escucharla. Es nuestra riqueza, la disforia. La intuición que nos permite saber qué es lo que hay que cambiar. Por vuestra disforia os reconoceré. Nunca me molestaréis. No tengo nada más que hacer. Así que puedo, a partir de ahora mismo, seguiros a donde queráis ir. Podéis arrastrarme con vosotres en el torbellino. Si venís a buscarme. Os reconoceré.




i Judith Butler, The Psychic Life of Power. Stanford University Press. Stanford. 1997. p. 17 [trad. esp.: Mecanismos psíquicos del poder: teorías sobre la sujeción. trad. de Jacqueline Cruz, Cátedra, Madrid, 2 (M) 1 ].

ii Derek Walcott, «The Sea is History» en Selected Poems. op. cit.

iii June Jordan. «Poem About My Rights». Directed By Desire: The Collected Poems of June Jordan. Coppcr Canyon Press, Port Townsand. 2005.

iv Johanna Hedva, «Sick Woman Theory», 2017.

v Zig Blanquer, «La culture du valide (occidental)»; op. cil.

vi Günther Anders. Hiroshima est partout, op.cit.. p. 65.



Fuente: Dysphoria mundis. Editorial Anagrama (2022)


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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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