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  • Sesiones en el naufragio (25) Vidas apartadas / Marcelo Percia

    Siempre hubo vidas apartadas. La idea de retiro retorna, una y otra vez, como fantasía y recurso ante las inclemencias de lo común. Civilizaciones conocidas hasta el momento levantan muros visibles e invisibles para resguardar fronteras. Nos habituamos a cercas electrificadas, a alambrados de púa, a zanjas profundas, a elevadas vallas de hierro, a barreras de detención, a minas bajo tierra que detonan al contacto con un pie. Encierros de las naciones se multiplican hasta blindar las puertas y sumar cerraduras en nuestras casas. Un conjunto de infinitivos realizan la acción de apartar: segregar, expulsar, estigmatizar, marcar, identificar, exiliar, desterrar, exonerar, excomulgar, separar, excluir, clasificar, dividir, aislar, enjaular, marginar, prescindir, encerrar, internar, privar, enclaustrar, confinar, encarcelar, acorralar. Cada uno de esos verbos tajea la piel de lo común. Sensibilidades amuralladas atestiguan la peligrosidad de cercanías que comparten la vida. Una de las escenas finales de Rayuela, la novela de Cortázar (1963), transcurre en un manicomio. Horacio Oliveira presiente que Traveler lo quiere matar. Se refugia en su cuarto de celador y organiza la defensa tejiendo una telaraña con hilos de colores y colocando palanganas con agua como obstáculos. Espera, así, junto a una ventana desde la cual podría tirarse. Sin embargo, cuando llega el imaginado agresor no hay combate, sino ternuras entre amistades que se emocionan y buscan la forma de cuidarse. En el gesto de apartarse por miedo, Oliveira extiende una mano que pide sostén. Retirarse de una discusión, apartarse de un disgusto, marcharse de un amor que lastima, componen acciones de un dolor que procura evitar más dolor. La vida en común necesita empalmes sin adherencias, agarres que se suelten, estrecheces que no supriman distancias. Se conocen reclusiones forzadas, reclusiones que se elijen (o se creen elegir), reclusiones que no se saben. Cuatro reclusiones forzadas: la cárcel, el exilio, el campo de concentración, el manicomio. Cuatro reclusiones que se eligen o se creen elegir: vivir en una isla desierta, hacer votos de silencio, practicar el recogimiento y la meditación, instalarse en un pueblo pequeño a orillas del mar o en la montaña. Tal vez las reclusiones que se eligen merezcan llamarse retiros. Cuatro reclusiones que no se saben: hábitos y rutinas, imperativos de una moral, deseos que se consideran propios, la vida normal. Dos antiguos vocablos de los retiros: misantropías y anacoretismos. Misantropías nombran existencias que se apartan desencantadas de la vida en común. Inocencias mal heridas y estafadas que se mantienen apartadas. Como sugiere Platón, en sus diálogos, misantropías cultivan desconfianzas justificadas por repetidas desilusiones. Anacoretismos aluden a vidas que se apartan de la comunidad para meditar, contemplar lo inmóvil, practicar el arrepentimiento, escuchar el corazón. Estos retiros están presentes en los comienzos de todas las religiones (judaísmos, cristianismos, islamismos, budismos, hinduismos, taoísmos). Todas las sabidurías espirituales practican desapegos de lo mundano. Un texto de Kafka (1924), encontrado en uno de sus cuadernos, sacude todas las distinciones sobre los encierros, escribe: “El suicida es un preso que ve en el patio de la prisión una horca, cree por equivocación que le está destinada, se escapa por la noche de la celda, baja y se ahorca solo”. Puede que se trate de una lectura errada del prisionero o un aviso de que, en todo encierro, se concibe la muerte como opción. Una salida, al fin, ante una reclusión perpetua. Otros dos apartamientos forzados que actúan como castigos excepcionales: el encierro en el silencio y el encierro en el olvido. Se recuerdan comunidades que condenan, a quien hizo daño, a no poder hablar con nadie. Se le priva del derecho a la conversación. Se conoce la historia de Eróstrato que, para alcanzar la inmortalidad, incendia el templo más bello del mundo. Y, aunque como castigo, las doce ciudades de Jonia, prohíben -bajo pena de muerte- pronunciar su nombre, Eróstrato llega hasta nuestros días como signo de desquicias que quieren trascender no importa cómo. En la historia de las reclusiones obligadas hay pestes, barcas para existencias enloquecidas, confinamientos en lugares inhóspitos de los que no hay manera de escapar, reservas indígenas, campos de exterminio, estados terroristas que secuestran y desaparecen vidas, migraciones obligadas, negativas a dar asilo o dejar ingresar existencias que imploran un lugar en el que poder vivir. Se tienen presente las cuarentenas como medidas de apartamiento, como decisiones racionales de cuidado ante la presencia de virus contagiosos y mortales. Sin embargo, todas las reclusiones forzadas, aun las que se hacen para cuidar la vida, suponen violencias. No se confunden aquí aislamientos hospitalarios de cuerpos enfermos con secuestros y desapariciones; pero el solo hecho de hacer esta aclaración, revela la memoria trágica que anida en la figura de la reclusión forzada. Aun cuando se trate de lógicas de cuidado, conviene interrogar si no habría otra manera. Un rareza entre los retiros: el apartarse conectado. Practicar un aislamiento navegando en las redes o un cautiverio en las pantallas. El siglo veinte termina insinuando diferentes síndromes de encierro. Tamaki Saito advierte que jóvenes japoneses no abandonan sus cuartos durante muchos meses y solo tienen vidas virtuales. Bautiza ese estado con el nombre de Hikikomori que significa apartarse o permanecer en un escondite. Otras cinco escenas de reclusión voluntaria además de las mencionadas: dormir, masturbarse, defecar, leer, escribir. Piglia encuentra en Kafka el modelo de lector que odia las interrupciones. Un ideal de lectura que se encierra y aísla para evitar interferencias. Cita un fragmento de sus diarios: “Me gustaría estar en una catacumba, en un sótano y que me dejaran la comida en la puerta para que yo pudiera caminar un poco y que después nadie me molestara”. Entre las reclusiones que se eligen (o se creen elegir) están las malas costumbres de la mismidad. Vidas confinadas en el solo me pasa a mí. Apartadas de una común conversación sobre lo que nos está pasando. Soberanías de la mismidad (tengo la potestad de hacer con mi vida lo que se me da la gana) se ofrecen como formas sofisticadas de sujeción. La interioridad se podría pensar como rincón emocional de lo que se aparta. Hueco protegido de una trama silenciosa que se nombra como intimidad. Ese retiro que inventa un interior en el que navegar suele llamarse introspección. Entre los encierros forzados, no se tienen que olvidar las reclusiones en la desigualdad. Lo que se conoce como destino podría pensarse como privación del porvenir. Sentimientos se imprimen en nuestras vidas. Pero no todos en todas las vidas. Confianzas, seguridades, sostenes, no se estampan en existencias destinadas a la exclusión, al desprecio, al arrasamiento, al hambre. Hay vidas que solo llevan marcas de miedo, amenaza, humillación. Entre las reclusiones que no saben de sí se podrían considerar, también, las del consumo. El encierro en dependencias y adicciones. Estrategias de venta apartan consumidores con caricias. Vivimos cautivos en una colección de gustos que nos están destinados y para los que estamos destinados. Algoritmos inteligentes seleccionan, discriminan, etiquetan, segmentan, identifican, nichos de mercado. ¡Qué curioso que se emplee la palabra nicho para administrar consumos! El mismo término que se utiliza para nombrar huecos o espacios en lo que se depositan cadáveres. ¿Cómo defenderse de lo que duele? A veces, apartarse sirve para protegerse de lo que lastima. En psicoanálisis se piensan diferentes defensas individuales (represión, negación, desmentida, repudio) que se ponen en marcha ante lo que no podemos soportar. Sin embargo, protecciones de vidas apartadas no tienen que concebirse solo como un asunto personal. Algunas reclusiones que no saben de sí no surgen como mecanismos inconscientes, sino como decisiones políticas que ocultan sus razones. Tres reclusiones que prefieren no saber de sí: indolencias, indiferencias, anestesias. Indolencias desestiman lo que, se supone, deberían sentir. Declaran: “No me importa”. Indiferencias aducen distracciones perceptivas. Dicen: “No me di cuenta”. “No presté atención”. “No vi, no escuché”. O se admiten apartadas: “A mí me da lo mismo”. “Estoy muy lejos de todo eso”. Anestesias propagan profundos adormecimientos de la sensibilidad. Prefieren la supresión o el bloqueo de lo que duele. Dicen: “Solo pido no sentir nada”. Salvo fanatismos de la soledad, todos los demás fanatismos solicitan adhesión. Fanatismos, para consolidar sus uniones, apartan fuera de sí aquello que rechazan. Adherencias que odian concentran más poder que solturas que aman. Indolencias practican la aversión y la crueldad hacia lo que expulsan sin sentir que hacen daño. Indiferencias consienten lo atroz callando. Toman partido por lo peor declarándose no partidarias de nada. La pasión de las indiferencias no reside tanto en la complicidad como en el consentimiento. Indiferencias dicen: "Yo no tuve nada que ver" y en ese "nada que ver" habita la materia misma de la condescendencia. Anestesias argumentan que no estaban conscientes en el momento en el que ocurrieron los hechos. Indolencias deciden quiénes van al infierno y quiénes al paraíso: “Con los primeros no tenemos nada que ver, que los devore el fuego; entre los segundos, nos queremos y festejamos”. Reclusiones en los blindajes de las normalidades optan por indolencias, indiferencias, anestesias, antes que vivir en estados de exposición y vulnerabilidad. La frase latina divide y reinarás admite ahora otra traducción: apártate de quienes sufren y nada te dolerá. Reclusiones que prefieren no saber de sí viven apartando existencias que consideran molestas. Indolencias, indiferencias, anestesias, podrían considerarse reclusiones de privilegio: reacciones que nos asaltan como inevitables picaduras de mosquitos en un pantano. En teatro, hacer un aparte quiere decir ensayar un soliloquio en presencia o en diálogo con el público. Un provisorio fuera de escena en la escena para decir en voz alta un pensamiento. Ese aparte no ocurre como reclusión, sino como interrupción para decir algo, hacer una confidencia, revelar un secreto, señalar un detalle, ofrecer un respiro. Se podría pensar la sesión clínica como un aparte teatral en el correr de los días. Una pausa, una detención, una demora. Una suspensión de la escena para escuchar hablar a la escena. Un tiempo de ebullición o agite de lo callado. El oficio de hacer un aparte como labor analizante. Cuando Virginia Woolf (1828) escribe las conferencias del libro Una habitación propia no solo demanda un cuarto anexo en la casa de Monk para retirarse a escribir, también postula el derecho a una vida apartada. Tal vez en los cuadernos de Emily Dickinson (1886) se encuentren los textos más hermosos de los retiros deseados. “No es que Morir nos duela tanto – / es que Vivir – nos duele más. / Pero morir – es otra forma: / una Especie de algo tras la Puerta – / La Costumbre Sureña – del Ave – / quien antes de que lleguen las Heladas / acoge una mejor Latitud – / Somos las Aves que se quedan / Las Trémulas rodeamos las puertas de los Granjeros – / cuya Migaja reluctante – / solicitamos – hasta que piadosas Nieves / persuaden nuestras Plumas de ir a Casa”. ¿Puede el vivir doler más que la vida? No hace falta responder esta pregunta: alcanza con hacerla. Si se pudiera llegar hasta el último umbral del horizonte, se encontraría allí una puerta detrás de la cual habría un océano con otro horizonte. Como las aves que se quedan, permanecemos en la orilla dudosas de si habremos de sobrevivir a otra helada. ¡Ay…tener una casa adónde ir! Muchas criaturas vivas se apartan para morir, otras quieren irse tomadas de otra mano. El anhelo de llevar una vida apartada, a veces, alimenta la fantasía de estar a salvo de las demandas, vicisitudes, infortunios de la vida en común. Conviene distinguir entre vida en común y un común vivir. La vida en común no se puede evitar. Compone un sintagma indivisible. No hay vida sin ese en común. Mientras la idea de un común vivir acentúa la decisión de un estar con no compulsivo, obligatorio, normalizado. Si la vida en común acata o rechaza mandatos, un común vivir adviene como improvisación y deseo. Cada vez que se improvisa un común estar, se inventa un deseo de vivir. El sueño de retirarse a una isla desierta se transformó en la idea de buscar un planeta alternativo como refugio cuando la Tierra colapse. Reclusiones millonarias que prefieren no saber de sí tratan de asegurar sus supervivencias pagando pasajes a Marte. El relato que Kafka escribe en 1923, siete meses antes de su muerte, se conoce como La construcción. Der Bau puede traducirse también como obra, madriguera, cueva, estructura, refugio, reclusión, confinamiento. La construcción se ofrece como una larga y tediosa meditación sobre las artes del ocultamiento. Sobre la necesidad de tener un plan para defenderse de una inminente invasión. Sobre cómo procurarse accesos seguros, cubiertos, disimulados. Y sobre la prudencia de conservar una salida rápida en caso de que hayan fracasado las defensas. La construcción narra la historia de una vida que se sabe vulnerable. “Me estoy volviendo viejo, hay muchos que son más fuertes, y mis enemigos son incontables”. Una existencia que permanece alerta, que no descansa. Una inquietud que calcula ataques. Una cautela que teme caer en la trampa de un perseguidor en plena huída. Un recelo que no se siente seguro en su propia casa. Una desconfianza advertida de los peligros que atañen a todas las fortalezas. ¿Quién hace el relato? Una criatura que vive desde hace tiempo sola bajo tierra, que cava túneles y corredores recónditos, laberintos de galerías interconectadas. Una criatura que no tiene en quién confiar. “¿Y si tocamos el tema de la confianza? A la persona a la que le tengo confianza cuando nos estamos mirando a la cara, ¿podría yo tenerle confianza cuando no la vea y nos separe una capa de musgo? Es relativamente fácil tener confianza en alguien cuando uno, al mismo tiempo, lo controla o, por lo menos, puede controlarlo; quizás se pueda, incluso, confiar en alguien desde lejos, pero en el interior de la construcción, es decir, en mi mundo, confiar completamente en alguien que está afuera…creo que eso es imposible”. Habla una criatura que comienza a sentirse desvalida. “A veces tengo la sensación de que se me adelgaza la piel, como si pudiese quedarme en carne viva”. Una criatura que repta, que caza, que come otros animales pequeños, que fija la tierra golpeándola con la frente hasta sangrar, que tiene manos y barba. Una criatura vanidosa que disfruta admirando todas las provisiones que posee. Una criatura que de pronto se castiga por una culpa que no conoce. Una criatura que, cada tanto, se reprocha no haber tomado suficientes previsiones. ¿En qué consiste la construcción? Un refugio, una tibieza, un abrigo. Un lugar en el que acurrucarse. “Estas paredes me abrazan pacífica y cálidamente como nido alguno puede abrazar a su ave”. Una guarida de conductos subterráneos. Una arquitectura casi perfecta. Una trampa para merodeadores. Una morada, a pesar de tanto trabajo, intranquila. “Silencioso o ruidoso el peligro acecha”. Un almacén repleto de alimentos. Una fortificación inexpugnable no exenta de sucumbir violada. “Hubo también tiempos felices en los que casi llegaba a decirme que la enemistad del mundo en mi contra había cesado, o se había calmado, o que la fortaleza de la construcción había conseguido librarme del hasta entonces posible combate a muerte”. La construcción termina aseverando que en las entrañas de la gran fortaleza se filtró una terrible amenaza. Se podría pensar la literatura de Kafka como una escritura del apartamiento. La reclusión como proceso, condena, muralla, madriguera, ayuno, metamorfosis. En A puertas cerradas, Sartre (1944), imagina el infierno como una habitación en la que no se puede escapar de otras miradas. Una presencia continua que no puede aliviarse ni con un parpadeo. Foucault (1975) llama la atención sobre la vigilancia y el control panóptico en todas las instituciones. Deleuze (1983) piensa que el problema no reside en que cada vez estamos más solos, sino en que nunca llegamos a estar suficientemente solos. Desesperaciones obligadas a dormir en los fríos salones de los manicomios se esconden debajo de las mantas para tener derecho a un momento de retiro, aunque enseguida asoman la cabeza por temor a que alguien se aproveche de esa distracción. En películas, series, comics, figuras salvadoras y heroicas llevan máscaras y disfraces para resguardar sus identidades. Practican una vida apartada como astucia y ventaja de combate. Se trata de criaturas enmascaradas que ofrecen protección, seguridad, justicia, al margen de las instituciones estatales, casi siempre ineficaces, torpes, lentas, corruptas. Combinan habilidades de luchas medievales con tecnología sofisticadas. El estereotipo de encarcelar, hacer desaparecer o matar al villano rige la lógica narrativa de estas historias. La figura de la expulsión en los grupos naturaliza la metáfora higienista de la manzana podrida. “Una manzana podrida termina pudriendo a las demás”: proposición que justifica la segregación y apartamiento de una figura considerada dañosa, maldita, perturbadora del espacio común. Pichon-Rivière observa que nos defendemos de lo que tememos poniendo lo temido en otra parte. Piensa, así, en el lugar de lo apartado en la vida en común. El sitio de lo silenciado, lo excluido, lo expulsado. Deduce conveniencias clínicas para acciones en grupos, familias, instituciones. Advierte que, cuando en un grupo, se objeta con enojo y desconfianza a alguien que permanece en silencio, conviene interrogar qué cosas pueden estar allí silenciadas, o en la vida de cada cual, o en el momento político que se está viviendo. Y, solo tras explorar esas otras formas de lo acallado, invitar a quien no habla a decir algo si tiene ganas. Advierte que, cuando en un grupo, se manifiestan rechazos ante la agresividad de alguien, conviene interrogar qué otras agresividades contenidas y sufridas en las instituciones, en las calles, en la vida, nos atenazan. Y, solo después de haber explorado diferentes zonas de agresividad, invitar a quién se rechaza por su vehemencia a expresar algo sobre lo que está sintiendo. Advierte que, cuando una familia sufre por las rarezas de una de las vidas que la componen, conviene interrogar las extrañezas de cada cual, las curiosidades en la historia familiar, las excentricidades festejadas y toleradas. Y, recién entonces, invitar a quien se señala por su rareza a contar cómo está viviendo. Pichon-Rivière trata de poner a salvo a la clínica de los apartamientos violentos de la vida en común. Practica un hacer que no aparta lo apartado, que interrumpe expulsiones, que procura desconcluir lo concluido, desclasificar lo clasificado. Entre las innumerables vidas apartadas está la que Pavlovsky (2007) pone en escena en Poroto, un personaje que se especializa en huir. Poroto no elige la reclusión o el retiro, se vuelve experto en evadir y burlar capturas. Participa de encuentros sociales y reuniones para ejercitar la pasión de escabullirse. Pavlovsky presenta a Poroto como escapista del tedio de las vinculaciones, presiones y larguras de las situaciones grupales. Así lo explica una carta que Poroto escribe desde Groenlandia, un territorio en el que se siente feliz: “La gente está aquí permanentemente de pie, casi ni se sienta. Casi no hay sillas en las reuniones. Un movimiento mínimo y discreto les permite apartarse de los demás. Debido a ello, la gente se siente más libre que teniendo que levantarse dificultosamente de algún lugar. El incorporarse sería una comunicación de la intención de alejarse. Se mueven libremente y pueden –puesto que están de pie permanentemente– apartarse sin mucha ceremonia e irse a otro lado cuando les plazca. Nada es llamativo y nadie se sentiría ofendido. La ventaja de estar siempre de pie es, como nadie se ofende, poder irse del lugar cuando a uno le place y sin dar explicaciones. Hay menos enfermos de resentimiento y enfermedades digestivas. Un mundo libre”. Poroto no se atrinchera en una fortaleza subterránea como la criatura de Kafka, opta por vivir en estado de fuga. Puede que alguien interprete que se trata de una forma atenuada de paranoia, o de una fobia social, o de la repetición de una conducta infantil disruptiva. Ninguna invención está a salvo de las capturas. Por suerte, Poroto pertenece a la literatura. ¿Se podría pensar una común hospitalidad entre vidas apartadas y desapartadas? Tal vez un común esporádico y accidental. Un común que admita silencios, rarezas, escabullidas. Un común descomprimido. Un común posibilitador de retiros. Un común que aloja soltando. Un común dolido que toma partido y permanece despierto en los momentos de infortunio. Un común que sabe que las cercanías pueden hacer daño y confía en ese común saber. Un común que se aparta de soldaduras, adhesiones, fanatismos, de las comunidades. Un común que, en lugar de establecer fronteras, recorre orillas móviles. Un común mortal e intrascendente. Un común más inclinado a las impertinencias que a las pertenencias. Un común respetuoso de lo que se aparta y, a la vez, respetuoso de lo apartado. Un común que improvisa cada vez lo común. En Un tranvía llamado deseo, Tennessee Williams (1947) piensa el hogar como ese sitio al que se puede volver cuando ya no se tiene adónde ir. Se necesita imaginar un común en el que se pueda estar cuando no haya dónde la soledad.

  • El negacionismo no es una opinión sino un crimen / Alejandro Kaufman

    Contra lo que pretende el negacionismo de exterminios y genocidios, sus inquisiciones no son sobre el pasado sino sobre el futuro, son diatribas contra los Nunca más en procura de vulnerar las barreras levantadas contra la repetición. Esas barreras consisten en repertorios que no son idénticos en la posterioridad de cada uno de los exterminios y genocidios, sino que se configuran de maneras situadas, con sus singularidades. Determinar rasgos recurrentes en las diversas experiencias límite solo puede inferirse de referencias testimoniales e históricas que concurren a formular el acervo que documenta lo acontecido. En cada uno de los eventos paradigmáticos, por lo general, esos acervos se nutren de lo multitudinario de las masacres, que dejan atrás, también en forma multitudinaria, sobrevivientes, descendientes, vecindarios, tramas institucionales, estatales y de la vida civil, círculos concéntricos que culminan en el conjunto de cada una de las sociedades adonde tuvieron lugar los hechos. Esa inmensidad multitudinaria, siempre objeto de negación desde su propio origen, es lo que los actuales negacionismos quieren mantener en el silencio, la omisión y el consentimiento. El negacionismo refiere al futuro y no al pasado porque no es posterior a los hechos sino que los precede, solo que en su momento no fue advertido, o no fue reconocido, o fue hasta habilitado como apetencia, de un modo u otro. Se da cuenta así, con tal formulación paradójica acerca de la temporalidad, de un rasgo decisivo de los exterminios y genocidios, que reside en que las masacres son metonímicas de las transfiguraciones histórico sociales que sus perpetradores proyectan y realizan. El trazado exterminador es una intervención sobre el tiempo histórico social que consiste en borrar el pasado y reescribirlo. La solución final consiste en crear una in-existencia a través de la aniquilación, en el presente, de todo rastro viviente histórico de lo exterminado. Decir que es para forjar un olvido es insuficiente porque no es el olvido lo que se busca, sino crear una realidad alterna en la cual ese colectivo social odiado, vilipendiado e inculpado nunca haya existido. En ese sentido el negacionismo precede a cada holocausto, no solo porque la condición de posibilidad de su materialización requiere primero un apartamiento simbólico, segregación y criminalización del objeto colectivo de desprecio y asco, sino porque la propia operación discursiva -esto es, cuando se exponen “opiniones”- anticipa, y reproduce, el modo originario del aniquilamiento. Esta precedencia discursiva del aniquilamiento ha sido observada desde siempre, ya sea por quienes dieron aviso del incendio, antes, o después de los sucesos, cuando se elevaron los interrogantes sobre cómo fue posible. De todo ello emergieron bases ético políticas y jurídicas fundantes de las instituciones políticamente correctas de la segunda postguerra mundial, y que en términos abstractos están vigentes, aunque han sido objeto de un continuo deterioro y desmentidas por múltiples acontecimientos incompatibles con tales fundaciones. Cualquier lista que se borronee será interminable, y se podrá comenzar con la guerra fría y el terror nuclear para mantenerse abierta porque a cada instante algún nuevo horror, en algún lugar del mundo, se sumará a la serie. Sin embargo, esas fundaciones no han sido todavía sustituidas por otras, sino que por el contrario no han hecho más que, como tales, perfeccionarse y actualizarse. Los devenires histórico político mundiales de las últimas ocho décadas -prontas a cumplirse- son heterogéneos y contradictorios. Mientras el repertorio fundacional de un orden internacional adecuado a los derechos humanos ha ido evolucionando, en muchas otras instancias vemos grandes retrocesos y emergencias de nuevas barbaries, así como desentendimientos en las propias luchas por los derechos humanos. En nuestro país, justificadamente orgulloso por grandes realizaciones en favor de oponer a la dictadura del 76 un estado de derecho sostenido por la memoria, la justicia y los derechos humanos, con todas las idas y venidas que conocemos, no obstante, entre las diversas deudas y pendientes que nos aquejan se cuenta la actitud generalizada hacia el negacionismo, al que tratamos como si fuera una opinión, que es la forma que pretende y con que se presenta, y con la que consiente buena parte de nuestra sociedad. La experiencia postdictatorial argentina ha estado habitada por un paradigma punitivo de la memoria basado en el juicio y castigo a los culpables, con diversos logros, irradiaciones de índole diversa hacia otros aspectos de la vida en común, y omisiones, como ocurre con el negacionismo. Predomina una justificada aversión hacia toda censura, asociada con la dictadura genocida, así como se verifica la hegemonía de una ideología comunicacional amparada por una interpretación liberal de la primera enmienda arraigada en múltiples estratos sociales argentinos. Todo ello ha postergado la inquietud por el negacionismo hasta prácticamente la actualidad, en que su desenvolvimiento ha alcanzado tal magnitud que consiguió convertirse en un tema de preocupación más generalizado que hasta ahora. De modo prevaleciente se ha instalado en la esfera pública, alentada por las formulaciones que rechazan problematizar jurídica e institucionalmente el negacionismo, una agenda binaria entre un supuesto punitivismo de opiniones, lindante con la censura o directamente censor, y una posición contraria favorable desde su punto de vista a la libertad de expresión. Según esta segunda actitud, el negacionismo es una opinión sobre el pasado y debe ser sometida solamente a debates con expertos sobre historia y memoria, sobre todo sobre historia. Este punto de vista asimila el negacionismo del genocidio de la dictadura a otros discursos negadores de diversas realidades, algunos de ellos inocuos e inimputables, consintiendo de esta manera con lo que el negacionismo pretende ser: una opinión. Desatiende esa posición, que por desgracia probablemente sea mayoritaria o al menos muy influyente, que pretenderse opinión es el ardid que la dictadura dejó a su paso, como esas minas o proyectiles que después de las violencias bélicas quedan sin estallar, latentes para hacerlo en cualquier momento: una amenaza sin plazo. El ardid consiste en simular un debate sobre la historia para encubrir la continuidad del dispositivo genocida, que no se limita a los acontecimientos del horror sino que comenzó bastante antes, a través del diseño del aniquilamiento simbólico precedente. Lo que se implica así es que el negacionista contumaz no es una conciencia libre que opina y juzga sino una agencia continuadora del proyecto genocida, y por lo tanto, mientras se limita todavía a “opinar”, una fuente de propaganda y acción encubierta del genocidio cuya consecuencia es deteriorar las barreras levantadas contra la repetición del horror. En nuestro país, un efecto adverso, o pendiente, del paradigma punitivo de la memoria es la premisa de que la punición de los horrores de la dictadura constituiría una condición decisiva del nunca más, sin advertir que la sucesión generacional de los perpetradores nos aproxima a dejarnos en un nuevo escenario en que tales juicios y castigos ya no tendrán efectos más que hacia el pasado, no sin un rédito simbólico valorable y hasta necesario en nuestra propia historia reciente, pero no suficiente en lo sucesivo. Los acontecimientos del horror son la ejecución de una sentencia que prescribe la desaparición de un colectivo social definido por el agente perpetrador sin advertencia ni conocimiento inteligible por parte de la víctima. El suceso no se anuncia a las víctimas, que caen inermes y desprevenidas en la trampa letal. La sentencia es clandestina, y se la deniega en forma sistemática. Por otra parte no era creíble que tal suceso tuviera lugar. Con posterioridad al cese del exterminio en las distintas formas en que su interrupción ha ocurrido, se lo caracterizó y configuró en tanto verdad, memoria y justicia. Quienes sobrevivieron y sus descendencias encarnan el sustrato viviente de la memoria. Con mayor frecuencia se omite o no se explicita un aspecto decisivo de todo el asunto: la sentencia es irrevocable. Se le opone a la sentencia una contra sentencia: nunca más, fórmula orientada a impedir la repetición del horror. Fórmula necesaria que se presume eficaz, y que va acompañada de las múltiples tramas memoriales, jurídicas, culturales y sociales que conocemos. Sin embargo, la fórmula del nunca más contiene una omisión paradójica: elude el carácter irrevocable de la sentencia desaparecedora. Y esto es por su naturaleza clandestina, denegatoria de los hechos y adversa a toda juridicidad legítimamente instituida con posterioridad. Una vez impuesta la condena por la agencia perpetradora, y destituida tal agencia cuando se termina con la estatalidad criminal que le dio origen, en la nueva escena la condición perpetradora subsiste de manera transmutada en la civilidad resituada. Entonces, en magnitudes que no son idénticas a las originarias ni se pueden establecer con precisión, prosigue anhelando la formulación de la sentencia. En otras palabras, el colectivo social sentenciado a la desaparición, constituido por quienes sobrevivieron -de las distintas formas muy diversas en que ocurre la supervivencia-, llevan consigo por siempre el estigma de la condena. El olvido es la desmemoria o el descuido respecto de ese estigma, y el estigma, la razón decisiva por la cual el crimen del exterminio no tiene fin en este sentido que podríamos calificar como ontológico. Y es porque no tiene fin que hay que proseguir con el deber de memoria del nunca más, no porque se vaya a repetir algo que sucedió y ya no sucede, sino porque sigue sucediendo de modo irrevocable. Y el modo en que sigue sucediendo, en principio, consiste en volver al comienzo semiótico, a la exposición pública de la segregación y la estigmatización que van en procura de nuevas formas que resulten irreconocibles para el sentido común. El negacionismo no es una opinión sobre unos hechos, sino que es la continuidad de esos mismos hechos bajo otras formas. Es por ello que en los países donde esos hechos tuvieron lugar resulta natural asumir por parte de las estatalidades la correlativa responsabilidad hacia la continuación del horror en sus neo formas embrionarias. Si el Imperio puede ostentosamente agitar su primera enmienda para oponerse a tales reconocimientos, no es porque los Estados Unidos sean más democráticos que países europeos, sino porque en estos últimos es donde radican poblaciones agentes del exterminio, como sucede asimismo con nuestro país. En la escena europea, al terminar la Segunda Guerra Mundial, bajo el liderazgo de los Estados Unidos, se llevó a cabo la denominada desnazificación, fácil de olvidar su carácter coactivo mientras mantuvo una eficacia relativa -motivo de interés de la crítica cultural- durante un cierto lapso que vemos ahora caducar. Susurros son estas líneas que abogan por profundizar advertencias y reflexiones. El propósito es calibrar la patente tragicidad que atraviesa el respectivo debate frente a banalidades y simplezas que se le oponen. No es un debate sobre punitivismo ni sobre libertad de expresión, sino una apelación a mirar de frente la prosecución de los hechos, situados por cronología en el pasado, pero manifiestos semióticamente en el presente como amenaza letal. Será otra vez el testimonio el que elevará la voz frente al vacío de lo real extenuado por la perpetración, pero será también la estatalidad quien deba asumir sus responsabilidades tan indelegables como irrevocable es el estigma que el horror instala para siempre, en el orden de lo imperdonable y lo imprescriptible. Son estas dos categorías que van más allá del presente las que el negacionismo lesiona, la condición de lo imperdonable y de lo imprescriptible, devenidas trivial habilitación del olvido. La sociedad y el estado no lo deben permitir. Imperdonables e imprescriptibles como son los hechos del pasado, transfieren la condición que los define a los enunciados que los invocan, como si no lo estuvieran haciendo, como si estuvieran hablando de otra cosa, como si de las duchas fuera a salir agua para el baño o como si los traslados fueran cambios de domicilio. No es sencillo instruir desde semejantes enunciados causas incriminatorias, no lo es jurídicamente, pero tampoco lo es en el dominio de la mera convivencia civil. Objeto de debate tiene que ser la instrucción de las causas como sucede con todos los crímenes, tanto en sede jurídica como en sede societal civil. Ningún crimen, ni desde el punto de vista jurídico, ni desde el punto de vista ético político, cae definido por su propio peso, ni es obvio, ni es transparente, ni lleva en la frente su determinación. Por desconocer esta dificultad inherente a toda razón práctica es que se profieren tantas banalidades y anécdotas inocuas cuando se pretende con tanta extraña persistencia cuestionar el verdadero debate que sociedades como las nuestras deberán emprender, tarde o temprano. Establecer responsabilidades jurídicas y políticas acerca de los negacionismos es ineludible, o debería serlo, por la gravitación que tales actos de habla ocasionan, del mismo modo que sucede con iniciativas homólogas en cuestiones de género y de racialización, entre otras, que solo inician un largo camino, un camino de conciencia, educación y responsabilidad, no necesariamente de censura ni de imposición arbitraria. Censuras y arbitrariedades son riesgos inherentes a la vida social, no susceptibles de prevenirse mediante simplificaciones y negligencias. Todo ello sin embargo atravesado de dificultades que no son mayores que las esperables de la insistencia en enfoques ingenuos y bien pensantes (en el mejor de los casos) ante el horror que congela el alma y no nos da tregua. Fuente: La Tecla Ñ, 25/4/2022 https://lateclaenerevista.com/el-negacionismo-no-es-una-opinion-sino-un-crimen-por-alejandro-kaufman/

  • Caligrafía nómade III / Patricia Mercado

    Todo apestaba. La habitación, la ropa, todo. Un perfume nauseabundo a vida rancia. A orillas de un tipo que ya no significaba nada desde hacía años. ¿Porqué seguía ahí, a orillas de su verga lánguida? ¿Porqué? Una especie de desidia le ganaba los músculos y el pulso, y comía sin hambre desde su costado de la cama la carne magra que él le ofrecía cada tanto con el gesto inequívoco de los ciudadanos que creen en la democracia. Un día se fue. Ni sabe cómo. No era determinación, más bien debió tratarse de un declive inesperado por donde cayó a otro estado de cosas, sin más. Otra habitación. Con una ventana a la calle desde donde vió que los tiempos habían cambiado. Que las mujeres habían ampliado el menú. Y entonces se decidió a aceptar ofertas sorprendentes y se encontró durmiendo del otro lado de la cama junto a una concha vigorosa, húmeda, procaz. La lamió semanas enteras hasta encariñarse.Hasta acostumbrarse a su olor fuerte. Aprendió a hacerla gozar siguiendo las instrucciones minuciosas de un tutorial de moda. Se mostró hábil, entusiasta, con la chica que la portaba. Ya no usó bombachas y gozó de la entrepierna de sus jeans. Ahora resultaba que el meollo de las inquietudes políticamente correctas navegaban por la vía de los jugos vaginales fluyendo como pancartas de librepensamiento en alza. Su chica pareció conforme y no pidió nada que no hubieran pactado en la carta de ciudadania que redactaron cuando se mudaron juntas y repartieron a partes iguales el alquiler. Al documento lo llamaron responsabilidad afectiva. Se preguntó si estaba rejuveneciendo. Un par de viejas amigas le dijeron que la veían bien cuando tomaron café en el bar de siempre. Tenia ganas de creerles. A veces su chica intentaba explorar cierto gestos de generosidad que sus padres le habían enseñado cuando empezó el jardín. Hay que saber prestar, sino los chicos no vienen más a tu fiestita. Y entonces la ponía boca arriba y boca abajo en tiempos simétricos y estimulaba sus orificios con pulcritud, con el detalle que amerita la geometría. Ella la dejaba hacer sin importunarla. Las cosas quedaban hechas. A ojos vistas. Inapelables cuando algún pensamiento se cruzara en plena madrugada pretendiendo imputar una vida de logros. Por cierto, los años siguientes cuidaron meticulosamente el detalle de usar una delicada fragancia a lavanda en la habitación. Por si las moscas.

  • Zaratustreanas IV De leones y dragones / Fernando Stivala

    Humano demasiado humano Segunda transformación: el espíritu se hace león. El león quiere mandar en su desierto. No se pone a luchar contra el camello, sino contra otro personaje conceptual: el dragón. El espíritu del león no quiere venerar al dragón, no quiere que sea su amo. “Tú debes”, así se llama el gran dragón. * El camello solo no funciona. La combinación de camello y dragón es lo que hace funcionar a las normalidades, a las morales. El camello se arrodilla, es exigente, quiere lo pesado. ¿Con qué se exige? Con los ideales, con los tú debes, con el dragón. Una exigencia ligada a ideales. Camello con dragón da un movimiento en falso, una exigencia que se cansa y no hace más. Obligaciones neoliberales. Meritocracia de la vida cotidiana. Ideales de belleza, de ser y hacer, de cómo pensar y vivir. Ideales abstractos por poco singulares. Por fuera del termómetro aumento y disminución de potencia. Solo la fuerza del león, del “yo quiero”, es lo que va a poder derrotar la fuerza del camello-dragón. La fuerza del león, esa fuerza pulsional, el querer. El querer nietzscheano, no el querer del yo. Voluntad de poder. El dragón nos trae valores milenarios, valores ya creados del inconsciente colectivo. Valores milenarios brillan en esas escamas, y el más poderoso de todos los dragones habla así: todos los valores de las cosas relucen en mí. Todos los valores ya fueron creados, y yo soy todos los valores creados. ¡En verdad, no debe haber más ningún “Yo quiero”!, así habló el dragón.* Esos valores ya creados te dicen que no hay nada para hacer. Lo que le queda al espíritu del camello es conservarlos, cargarlos. Solo gastar energía en cargar. No hay más querer, ya está todo inventado. Por eso la crítica no puede ser un accesorio más de diferencia de lo igual. La crítica implica la crítica a los valores establecidos, a los lentes de la repetición que tenemos puestos como humanos demasiado humanos. Al gran valor. A la medida hegemónica. Voluntad de poder La crítica a los valores como están hechos nos va a dar una especie de nihilismo; entonces quedará la construcción de nuevos valores, de nuevos sentidos. Se necesita impregnarle afirmación leonina a la exigencia de ideales. ¿Para exigirle más a esos ideales? No. Para interrumpirlos y crear otra cosa. Una exigencia leonina, terrenal, corporal, no ideal. Con el valor de aumento y disminución de la potencia, de la sensibilidad, del termómetro. Contrarrestando al dragón es que vamos a poder crear nuevos valores. El león logra interrumpir con su fuerza vital al otro peso pesado trascendental. El dragón es trascendental, sus valores pesados vuelan por los aires. No quiere mezclarse con la tierra por donde corre el león. Siente el peligro de que sus valores pierdan vigencia, que se los dispute el león, y abra camino para la creación de otros. El león se crea la pista, el camino, el diagrama. No crea el valor. Es esa habilitación arma senderos. Se anima atravesar el caos, a meterse con el dragón y el camello. Se crea medios para nuevos actos creadores. Entonces tiene dos funciones: decirle un sagrado no a la obediencia (interrumpirla), y hacerse paso. Crea libertad. Crea espacio y tiempo. El león es lo más terrible para el espíritu de la pesadez obediente. Perturbador de su cómoda paz conservadora de tesoros. El león le disputa libertad a la exigencia. Exigencia que puede estar del lado de la pulsión y libertad, o del lado de la obediencia y conservación. Exigencia disputada entre el león y el camello-dragón. ¿Qué hace el león cuando conquista esa exigencia libre de obediencia? Deviene niñx. Devenir niñx es devenir inocencia y olvido. El león necesita ser menos pesado que el camello y el dragón. Devenir niñx: una invención de algo, un sagrado decir sí. El espíritu quiere esa voluntad de sagrado sí, esa voluntad de poder, esa voluntad de lo que pueden las cosas. El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un sagrado decir sí.* *Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (Primera parte ´De las tres transformaciones´)

  • Risas / Cynthia Szewach

    “De escuchar tu risa loca” E. Cadícamo Hay tiempos que no son de alegría fácil. La alegría va, muchas veces, de la mano de conquistar derechos, al decir de la frase de Jauretche. La tristeza debilita la conquista. Se ha teorizado de diferentes formas la risa. Para el psicoanálisis ocupa un lugar de interés. La risa funda el chiste. Hermosa expresión que plantea un acontecimiento inconsciente, que la dignidad de la palabra hace de nuestra práctica, una hendija al sufrimiento. La risa onírica. A veces, muy pocas, se llora o se ríe en sueños. Savia del proceso primario, en el cuerpo del durmiente. Sitúa una sensorialidad inesperada, en la imagen del soñante que atañe al cuerpo en reposo. Los misterios del inconsciente. Lou Andreas-Salomé le cuenta a Ree, de quien se ha separado, aunque aún amaba, que llora en sueños por él. El llanto se convierte en risa cuando, se imagina, en el sueño, la alegría de que puedan encontrarse azarosamente en algún sitio cualquiera, cuando lo creían imposible. Risa sacrificada. En “Los que fracasan al triunfar”, Freud, incluye para pensar una obra de Ibsen: “Romersholm”, un solar de una antigua estirpe, cuyos miembros no conocían la risa y habían sacrificado la alegría al más riguroso cumplimiento del deber. La risa en el analista. La hilaridad que sucede en la escena analítica a veces oficia como Interpretación a veces como interrupción que habilita o detiene una deriva interminable. Por lo habitual festeja un acontecimiento entrelenguas. Un analista sonríe muchas veces frente a algo que escucha, al transmitir calidez en un silencio, o para acompañar. La sonrisa se hace visible. Algunas veces un analista ríe. Sonoriza el divertimento imprevisto. Lo que se hace oír de lo que se escucha. Se afecta, conmueve, convierte el decir en chiste o comedia. Deja libre una censura en el aire. Hay analistas que a veces se muerden un poco la risa, la sofocan, suponen que es mejor no mostrar esa “satisfacción”. Son, a mi entender, prejuicios de creer que la abstinencia es imperturbabilidad, o que se muestra la tentación de algo “propio”. Sin embargo, es cierto, que hay risas que abonan a lo resistencial. Anticipar en ocasiones, con humoradas, puede impedir transitar por zonas de hendidura trágica ineludibles en algunos momentos de un análisis. Hay una risa de la angustia, otra de amenaza inminente, o de abismo. Lacan: “La risa repentina de quien se siente súbitamente amenazado por algo que supera completamente los límites de su espera”. Hay risa de desesperación o de duelo. Risa brusca, loca, extranjera. Al reír, se debilita una solemnidad que incluye la finitud. En una ocasión Borges con su enorme sentido del humor se cuenta que firmaba ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acercó con “Ficciones'' y le dijo: “Maestro, usted es inmortal”. Borges, riéndose, le contestó: “Vamos hombre, no hay por qué ser tan pesimista”. La dignidad ética del humor, oficia de tanto en tanto de resistencia a los vendavales. Un superyó amable, oficia sofocando (unterdrucken) a reacciones del yo protegiéndonos del sufrimiento amenazante. No se trata de resignación. El humor es opositor, rebelde. Trotziges la palabra que usa Freud, equivalente de terco, obstinado, desafiante, refractario a la amargura. Irreverente al beneplácito de la conveniencia. Cortázar: “La risa sola ella cava más túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra”. La risa se inmiscuye en lo establecido, arriesga al cuerpo y la voz. Puede acercar, erotizar la escena. Hay risas que contagian o escudan. El humor, provocador de risa, propone, en términos de Pirandello, una simpática indulgencia y un cierto manto piadoso. Un desaire a la exigencia de lo inalcanzable. Hay algunas ocasiones en las que el humor o la risa, entre la ironía y la infamia no son, de ninguna manera bienvenidos. Golpean. Es cuando se asientan en el negacionismo, la exclusión o la segregación. La risa también surge opuesta al tedio, al aburrimiento, al desencuentro. A veces se contrapone a la seriedad que opaca el rostro. Puede bordear hacia el llanto. En la niñez al “hacer cosquillas”, o con algún excedente del Otro. -“¡Pero Vos estás re- loca!”, me dijo el niño, pequeño paciente, mientras tomaba un poco de distancia de la escena en la que jugábamos. Divertida, con el juego, me reía. Produjo una marcación certera. Para poder jugar con él, se requería cierto silencio, una mesura protectora. “El único que se ríe de tus chistes”, titula M. Percia al hablar de la amistad. “La amistad no dice nada, su proximidad no reside en el narcisismo, la empatía, la solidaridad; sino en el encanto de la locura del otro”. “El que sólo ríe de sus picardías se acuerda” dice un dicho. Estallar, morir, cagarse, desternillarse, descostillarse de risa. No sin cuerpo pulsional que desarticula una enteridad. El reír acompañado puede ser con un analista, por un hecho cómico o un efecto inconsciente que inaugura un sinsentido, una apertura. Junto a una amistad, con un amor, en una escena sexual, al jugar con infancias queridas, olvida, en ese instante, no una picardía solitaria, sino otra soledad, impensable, indecidible.

  • Poroto: Ciencia de la huida / Eduardo Pavlovsky

    I. En mi obra de teatro Poroto, el protagonista es estratega de una micropolítica que le permite expresarse para vivir. Se da cuenta de que tiene que seleccionar en su vida las relaciones: las dosis de las relaciones, el tiempo que invierte para que le resulte operativo vivir como él desea, que le permita vivir con potencia. Las “huidas” le posibilitan diseñar un sentido para su vida. Son fundamentos existenciales. Tenía una filosofía de vida y desarrollaba una serie de ideas ininteligibles para quienes lo rodeaban, que lo percibían como un extraño, como un ser huidizo e inapresable. Algunos lo tildaban de esquizofrénico; otros, de fóbico grave. Solamente un médico clínico cercano a él comenzó a percibir que sus conductas bizarras tenían un nivel de inteligibilidad, y decidió seguirlo para investigar su rara filosofía de vida, que así convertía a Poroto en objeto de investigación científica. A él, Poroto le confió ciertas frases que eran parte de su pensamiento –decálogo, decía él– y que el doctor Guillermo Ballesteros, así se llamaba el médico, guardaba como una reliquia. II. Decálogo de Poroto El decálogo de Poroto está integrado por las siguientes 14 fórmulas: - No tengo desesperanza; sólo invención cotidiana. - Cada mañana hay que inventar el día. - No me mato porque sé que tengo la asombrosa libertad de hacerlo en cualquier momento (frase que adjudicaba al filósofo rumano Ciorán y que él tomaba como suya). - La vida es una enorme partida y hay que estar entrenado todos los días. - Hay que aprender a no aguantar a nadie, ni aun a los propios padres. - Hay que asombrarse de uno mismo. - No hay que aprender a comunicarse, sino aprender a huir a tiempo. - La vida es maravillosa sólo si uno aprende a seleccionar momentos. - La vida en sí no es interesante; sólo la podemos hacer atractiva si la diseñamos todos los días. - Mucha gente nos enferma y nos intoxica. Es una ciencia descubrir la toxicidad en la gente. - Hay que tener cuidado de no dejarse atrapar por ninguna cara ni por ninguna teoría; la métrica es una ciencia fundamental. - Hay que seleccionar bien las cosas que hay que hacer para sobrevivir. - La huida no es una enfermedad: es una verdadera ciencia que deberían enseñarnos desde niños para huir rápidamente de la idiotez. - Aprender a crear burbujas de incomunicación. Diseñar estas burbujas para llevarlas siempre consigo a mano (concepto deleuziano, que él se atribuía). III. Poroto había diseñado el tiempo que podía soportar sin intoxicarse en las conversaciones habituales con las personas que se cruzaba diariamente: - El portero: dos segundos. - Su madre: un minuto 10 segundos. - Su padre: un minuto 14 segundos. - Pedro (amigo ocasional con quien se encontraba en la estación Floresta): 10 segundos y tres cuartos. - Su tío Mito: un segundo. - Miss Golden (profesora de inglés): 20 minutos. - Alsacia (prostituta a quien frecuentaba): una hora. - Su novia Serafina: cuatro períodos de dos minutos con pausas de un minuto. IV. La huida a tiempo nos preserva de las idioteces que soportamos de los demás. Poroto había realizado un viaje a Groenlandia (donde fue muy feliz). Desde allí escribió: “La gente está aquí permanentemente de pie, casi ni se sienta. Casi no hay sillas en las reuniones. Un movimiento mínimo y discreto les permite apartarse de los demás. Debido a ello, la gente se siente más libre que teniendo que levantarse dificultosamente de algún lugar. El incorporarse seria una comunicación de la intención de alejarse. Se mueven libremente y pueden –puesto que están de pie permanentemente– apartarse sin mucha ceremonia e irse a otro lado cuando les plazca. Nada es llamativo y nadie se sentiría ofendido. La ventaja de estar siempre de pie es como nadie se ofende –poder irse del lugar cuando a uno le place y sin dar explicaciones. Hay menos enfermos de resentimiento y enfermedades digestivas. Un mundo libre. ¡Cuánto tiempo he perdido en las sillas, querido amigo! El que está de pie expresa grandeza e independencia y el que está sentado expresa peso y duración. Sobre el acuclillado: es el que se ha desprendido de los hombres, no grava sobre nadie; descansa en sí mismo. Un abrazo fuerte a todos. Me quedo aquí por tiempo indeterminado. PD: Muchas cosas no verlas no oírlas; no dejar que se nos acerquen. Separarse, alejarse de aquello a lo cual habría necesidad de decir no una y otra vez. Te quiero, Serafina. Desde aquí te quiero. ¡Seríamos aquí los dos tan felices!” (Hacía un año que Poroto no escribía.) V. El doctor Guillermo Ballesteros, su investigador oficial, comenzó junto a sus colaboradores a percibir que el problema de la toxicidad de las relaciones humanas era por lo menos atendible. Coincidían en la posibilidad de crear burbujas de incomunicación frente a la idiotez. Y comenzaron a percibir cuánto tiempo dedicaban de su día a conversaciones idiotas y tóxicas. Incluso Ballesteros llego a pensar como Deligny (psiquiatra rumano que vivía en París) sobre la relación existente entre toxicidad y enfermedad mental. El mismo Poroto tenía referencias de la American Psychiatry en cuanto a que los yuppies norteamericanos adolecían de un nuevo síndrome psicológico: la esquizoafectividad, por la cual dejaban de sentir abruptamente el mundo afectivo que los rodeaba, y Poroto afirmaba que esa huida afectiva o retirada del mundo era la única posibilidad de escapar a tiempo de la robotización para la que el medio los había entrenado. Era una retirada humanizante. Huida de preservación para volver al mundo emocional de otra manera. Inventando. Ingeniando. No se tenía la impresión de estar con alguien fuera de juicio, sino con una persona que se desplazaba en otra dimensión, en otros espacios posibles. Poroto es un héroe de la micropolítica de la resistencia. Un héroe que se gestó problematizando y cuestionando la posmodernidad. Poroto es el héroe lucido que sabe cómo desea, sobre todo, no perder la capacidad de movimiento que parece ser su mayor expresión de libertad: aquello que no piensa entregar bajo ningún aspecto (La huida como resistencia en la modernidad líquida, Ezequiel Gusneroti). El concepto “burbuja de incomunicación” parece ser, según Poroto, que surgió a raíz de una sugerencia en un encuentro que tuvo con Gilles Deleuze en París, en septiembre de 1980; en esa conversación, Deleuze había tomado de Poroto ese concepto. Luego Deleuze modificó la palabra “vacuola” por “burbuja”, según Poroto para disimular el plagio. El doctor Ballesteros ignoraba al gran filósofo francés y nunca pudo comprobarlo. Lo único que pudo comprobar es que en esa fecha Poroto había viajado a París. Serafina, la novia de Poroto, sabía de un viaje de éste a París; al volver le dijo que un filósofo francés le robaba sus ideas y que por eso había apresurado su viaje de vuelta. Un día, Poroto le dijo al doctor Guillermo Ballesteros: “Nosotros nos enfermamos cuando no hacemos buenas combinatorias y nos estancamos con gente que produce tristeza o melancolía, y esta situación reduce nuestra potencia de actuar. La mayoría de la gente aguanta estas relaciones porque carece de la conciencia de poner límites y huir de dicha fábrica de patología. Descomponen su cuerpo con el otro y se enferman por permanecer demasiado en estas situaciones tóxicas que conllevan a patologías psicosomáticas. Por el contrario, hay buenos encuentros con producción de afectos alegres, que aumentan la potencia de actuar. Buenas combinaciones, doctor Ballesteros. Hay que saber combinar bien, como usted y yo. El horror es permanecer fabricando afectos tristes y perder la capacidad o potencia de actuar. Mi huida –mi micropolítica resistencial– es la de huir a tiempo de la toxicidad que afecta el cuerpo cuando se descompone en las relaciones tristes. Todo es un problema de dosis –relaciones de conexión–, no de vínculos ni de relaciones. Huir a tiempo es preservarse de la idiotez y de la falta de pasión. Pero esto no es mío: es Spinoza puro. No le sugiero que lo lea porque es muy difícil”. El doctor Ballesteros no se ofendió; se compró la Ética de Spinoza y no entendió nada. La formación médica es demasiado concreta para entender este tipo de conceptos teóricos. VI. Poroto es un personaje de ficción. Pero he encontrado en la clínica, a través de los años, que sus ideas excéntricas tienen en el fondo su razón de ser. Su sentido. Creo que mucha gente enferma porque combina mal con otra persona y es proclive a enfermar por permanecer junto a esa persona durante años. Muchas enfermedades psicosomáticas las creo atribuibles a estas relaciones. La gente no percibe la toxicidad que emana entre ambos y no puede –según la filosofía de Poroto– huir a tiempo. Creo que los análisis muy largos a veces perjudican a ciertos pacientes por esta razón, creando fenómenos iatrogénicos (de los que poco se habla). Hace poco una chica de 32 años quería entrar a un grupo terapéutico y yo le pregunte cuánto tiempo se había tratado en alguna psicoterapia previa. “Yo comencé a los 16 años con un analista, por inhibiciones sociales y sexuales y todavía continuo con él”. Le señalé que se había analizado la mitad de su vida. “Dos veces por semana”, me respondió. Me dijo que los primeros años había sido ayudada por el terapeuta, pero que después la relación se había empantanado y que no podía dejarlo. El no la ayudaba y permaneció siete años de más, creando un vínculo tóxico: habían desarrollado una amistad muy grande, pero la creatividad no existía en ella ni en él. “Ir a terapia me producía tristeza. No me animaba a dejarlo. Por eso estoy aquí, deseo estar con gente y poder escuchar otros problemas. Compartir y resonar con otras personas”. Poroto le habría aconsejado “huir a tiempo” y dejar su extenso análisis porque la relación psicoterapéutica se convirtió en una relación tóxica y triste donde ella perdió su potencia de actuar. En sus primeros años había conseguido buenos resultados. En lugar de analizarse para vivir, ella vivía para analizarse. Entiendo que los profesionales –analistas, psicólogos– puedan realizar análisis largos porque nuestra profesión exige un training especial. Yo me analicé 15 años o más. Pero la gente que concurre a mis grupos tiene un promedio de 15 años de análisis u otra terapia previa. Algunos son contadores, otros maestros, empleados, empresarios: muy alejados de la profesión psi. Es bueno tomar conciencia de que debemos aprender a “huir” a tiempo de la toxicidad de algunas relaciones que nos producen tristeza y nos hacen perder potencia de actuar. En este caso, la huida es un acto terapéutico, como dice Poroto. En nuestra vida corriente percibimos que hay relaciones que nos producen alegría: nos volvemos más creativos y con pasiones nuevas. Y hay otras relaciones donde no combinamos y “pensamos mal”. Esto produce tristeza. La pérdida de conciencia de este último vínculo como producción de síntomas es de gran importancia. La capacidad de la gente de permanecer en situaciones “idiotas” es inconmensurable. La capacidad de la gente que no huye a tiempo de este tipo de relaciones es a veces inconcebible. A lo largo de mi vida, he conocido gente inteligente que progresivamente perdió creatividad, potencia y pasiones por estar ligada a relaciones tóxicas. VII. Poroto decía que la gente buena muchas veces es peligrosa por su toxicidad. En mi caso personal, he tenido relaciones tóxicas y he tenido la posibilidad de “huir” a tiempo –siguiendo su filosofía– en muchas oportunidades. A Poroto le horrorizaba todo tipo de hermenéutica posible. El decía: las cosas son así y uno elige: quedarse o huir a tiempo. Es una decisión existencial consciente. Algo parecido a lo que decía Foucault cuando se refería a que, antes de llegar al inconsciente, hay que percibir los “secretitos sucios” de las personas. Es una manera de pensar que invita a la reflexión. VIII. El doctor Guillermo Ballesteros realizó un trabajo en la Asociación Psiquiátrica Argentina que se titulaba “La huida como acto terapéutico”. Pero la huida fue en general interpretada como actitud defensiva fóbica y no como acto de preservación. Poroto también criticó el trabajo del doctor Ballesteros porque consideraba inapropiado discutirlo con psiquiatras. Poco tiempo después, fue invitado a Francia a desarrollar su experiencia con actores y matemáticos (a quienes interesaba mucho su teoría). Aun hoy permanece en Groenlandia junto a Serafina su novia. Allí escribió su libro de dos tomos La huida como acto terapéutico existencial (que ya va por su tercera edición). Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-85756-2007-05-31.html

  • ¿Cómo se hace? / Karina Androvich

    Pensé, ¿cómo orgasmear con lo que se desvanece? Me dije: un lugar, un susurro, un viento vibrante y secreto, urgir la vida, oír, latirla, ¿cómo se hace? Pensé, voy a tener que decir algo con aliento fresco, reventar el dolor callado y trozarlo en belleza, ser monstruo, ente espiritizado, abrazo que ampare y nutra. Inaprensible me dirijo al ojo y a la peste ciega. Hambre, digo. De que derritas lágrimas congeladas sin norte y un árbol te espere desde siempre ahora. Quiero intentarlo. Son palabras bordadas de azar que gustan de trepar cabellos. Pensé, ¿cuánto tiempo hace que las espinas se clavaron y el mundo se detuvo? ¿Oís? Es la desventura mancillada emborrachándose en una fiesta o soñando su resaca. Un velo verde vuela silbando la nota extraviada, un platillo ruge, la claridad se viste, y si una arrogancia amenazara con tajearme sonreiría protuberante sobre su fondo de odio porque en el horno amanece el pan, levadura inaudita, eco de sal, harina de todxs.

  • Día 16 de mayo de 1973 / Wislawa Szymborska

    Una de esas muchas fechas que ya no me dicen nada. A dónde fui ese día, qué hice, no lo sé. Si en los alrededores se hubiera cometido un crimen, no tendría coartada. El sol brilló y se apagó sin que yo me diera cuenta. La tierra giró y no lo mencioné en mi diario. Preferiría pensar que morí brevemente, y no que nada recuerdo, aunque viví sin pausa. Pues si no fui ningún fantasma: respiré y comí, di pasos que se oían y las huellas de mis dedos tuvieron que haber quedado en las puertas. Me reflejé en el espejo. Llevaba puesto algo de algún color. Y seguro que hubo gente que me vio. Quizá ese día encontré algo que había perdido antes. Quizá perdí algo que encontré después. Me embargaron sensaciones, sentimientos. Ahora todo eso es como puntos entre paréntesis. En dónde me metí, en dónde me enterré, en verdad no es un mal truco perderse a una misma de vista. Agito mi memoria, tal vez algo en sus ramas, adormecido por años, salga de pronto volando. No. Evidentemente exijo demasiado: tanto como un segundo. Fuente: "Fin y principio" 1993 en Poesía no completa, con edición y traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia, Fondo de Cultura Económica, 2021.

  • Notas inquietas de un lector atormentado / Lucas Lorenzo

    Precisamente leo porque olvido. Roland Barthes i. Cada decisión es un sujeto que tiembla firme sin garantías. Marcelo Percia ii. I. La vida de la consciencia que se piensa lectora atraviesa frecuentemente tiempos tumultuosos y atormentados por el avasallamiento de la religiosidad de las fuerzas que capturan la potencia de la diseminación que toda lectura efectiva implica. Cierto tedio pesaroso contamina la existencia al saberse inmersa en la figura del exégeta. II. ¿Qué habrá querido decir un autor cuando escribió determinado texto? ¿Qué habrá querido decir cuando dictó cierta clase? ¿No son preguntas que hacen de un nombre propio un espacio saturado de sentido, que obtura todo germen de lectura posible? ¿Será liberador poder pensar a un autor como un pensador que, por hablar y darse a la palabra, es decir, por entregarse al riesgo incalculado de decir, es un errante de paso incierto en un territorio de contradicciones? III. Leer y pensar quizás sean como escuchar el silencio que cohabita todo concepto, toda definición, sin desesperar. IV. Agradezco a Matías Rivas su apertura a un común pensar que merodea interrogantes, acompaña inquietudes, auxilia vacilaciones. Entre mensajes que aproximan distancias entre el conurbano y la capital, como dramatizaciones de conversaciones de pasillo que respetan lo que no entendemos, se garabatean trazos de lecturas, sedimentos de escuchas clínicas, se ensayan balsas en la deriva de indecisiones que avivan la práctica. V. No sabe por dónde empezar. Calla. Las pupilas apuntan al cielorraso, sin poder fijarse en un punto. Silencios y balbuceos, dicen de una incomodidad de las palabras para alojar dolores de una historia de violencias. ¿Cómo confiarle a quien se inclina a escuchar, dolencias encalladas, abusos silenciados, cuando simultáneamente se enuncia la imposibilidad de confiar por haberse quebrantado la confianza primera en el seno de lo familiar? ¿Cómo escucha un analista? ¿Cómo intervenir? ¿Cómo hacer con un dolor que no sabe de fronteras? Podría, tal vez, encontrarse cobijo en consejos de sabios autorizados en su vasto recorrido por la cancha clínica, en lo que se escribió de la formación, en la ilusión de una técnica o, también, en ciertos semblantes que circulan en el medio como coagulación de un «ser» de analista, probablemente extraviados en la figuración del lugar del muerto y sus derivados. Ahora bien, hacerse autorizar en las palabras de un Amo de turno no es más que obstaculizar el devenir espontaneo del jugar –play— entre analista y analizante. ¿La posición de exégeta es correlativa del montaje de un dispositivo que se pretende psicoanalítico, aunque se asemeje a lo que Winnicottiii distingue del play como «game», como juego reglado? Una disponibilidad delicada aloja dolencias que no encuentran hospitalidad en palabra alguna; lágrimas que en su caída trazan el mapa de un territorio devastado; silencios que gritan la asfixia de un tiempo atascado en un cuerpo violentado. Tal entrega amorosa se trata de un darse al despliegue de un movimiento en el que el analista es menos jugador que jugado, semillero de una confianza posible. Un estado de no-saber habilita el despliegue del jugar. Permanecer a la escucha en la precariedad del saber, hasta quemar las naves, como escribe Daniel Ripesi iv, dejando atrás, sin advertirlo, las referencias familiares para poder estar ahí, en lo vivo de una experiencia. Como recuerda Marcelo Percia v, todo acto clínico es una decisión que no suprime la conflictividad, sino que alberga en su seno la indecisión que obliga a volver sobre el caminado andado. Se trata, entonces, de conjeturas clínicas sujetas a revisión, a deliberación. Arriesgarse a enhebrar un tejido de palabras para vestir la angustia que resquebraja y quema la piel, ese ropaje último de la carne: en esto consistió el acto clínico acaecido, en tanto tierna superposición de una ficción que soporte las ruinas de la existencia arrasada. ¿Un psicoanalista que habla? ¿Uno que deja caer palabras de un material discursivo ajeno al del analizante para afrontar un dolor descomunal? Tras un mar de lágrimas que lloran la remembranza de violencias de antaño, silencios y complicidades del entramado familiar, expresa que cuando se comunicaron de la fiscalía para consultar si estaría de acuerdo con la prisión domiciliaria del abusador de su hija, no pudo hablar más que monosilábicamente. Dialogamos sobre las autolesiones de su hija, de las marcas en sus brazos y de las que la denuncia dibuja en el historial del abusador como imborrables y como transferencia parcial y justa de las heridas no cicatrizadas. Repentinamente, una boca se abre, desanudando una garganta imposibilitada de tragar violencias que se creían despojadas de justicia: —Hay marcas que me gustaría poder olvidar. —Por lo pronto, estás trabajando para escribirlas. i Barthes, R. (2015). S/Z. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, p. 20. ii Percia, M. (2013). Deliberar las psicosis. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Lugar Editorial, p.35. iii Winnicott, D.W. (1971). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa Editorial. iv Ripesi, D. (2004). Quemar las naves. Ensayos winnicottianos. Buenos Aires: Letra Viva. v Percia, M. (2013). Deliberar las psicosis. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Lugar Editorial.

  • Fragmentos con Alejandra / Daniel Rubinsztejn

    “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.” [1] Alejandra Pizarnik 1 Al modo del relato del caldero, el texto ensaya. Cuando yo hablo es porque el tejado ya se ha volado Al hablar hago volar el tejado La casa del habla [2] en la que habita la verdad del ser, jamás tuvo tejado En la intemperie habitamos los hablantes, existimos en lo innominado [3], respiramos catacresis. Y cada palabra enunciada revela un límite al que tensa asintóticamente. Las palabras no guarecen escribió A. Pizarnik; agregamos que animan y desaniman, esclarecen y oscurecen. Hemlich //Unheimlich. Tal vez la verdad del ser sea que ex – siste descentrado, cuando toma la palabra se revela fracaso. Cada palabra acerca y aleja a la vez. 2 Cada vez que irrumpía un fallido ella afirmaba con certeza: “la lengua habla sola”[4]. La escucha analítica sostiene: ”usted lo ha dicho”. El enunciado heideggeriano “El habla (sustantivo) habla (verbo)”, no encarna en nuestra práctica. Porque en el análisis se trata del habla que habla cuando usted dice; y al menos dos equívocos se revelan. El usted introduce en el diálogo la indeterminación entre la primera y la tercera persona (dijo, habló, regresó…); y el qué -con acento- desliza la significación hacia el enigma. Deriva: Allí donde ello era (tiempo pasado) - el sujeto ha de advenir (infinitivo hacia un futuro…incierto ¿advendrá?) Allí donde ello era - el sujeto debe advenir Allí donde el habla hablaba (pretérito imperfecto -lo incesante-) - Usted lo ha dicho (pretérito perfecto compuesto -corte a lo incesante-). Usted lo ha dicho pone límite -punto de capitonado- a un habla infinita y a su vez lo preserva en la enunciación. Tensión permanente entre lo interminable y lo finito. Pasaje del hablar al decir. El efecto de este salto habrá sido un sujeto a (de) ese decir. 3 Se habla con el cuerpo (la lengua -y lalengua- es cuerpo) y a veces las palabras ahí re suenan, el cuerpo suena, muere, vive muriendo sexualizado y sexuado [5]. 4 Tal vez un modo de articular “en el Inconsciente, eso habla” con “Yo, la verdad hablo”, sea que cuando en el Inconsciente eso habla, en el instante en que habla eso ya no es eso. Un impersonal –eso- que al quedar marcado por “usted lo ha dicho” se transmuta en hablo. Pero en ese instante fugaz ¿quién habla? Pregunta que en tanto enigma carece de respuesta, su presencia perturba al hablante/analizante. Es la verdad la que dice hablo, porque dice y cuando dice -porque fue escuchada- habla. No es el Yo. Iniciar la frase con Yo, remarca que ha habido un salto de un Inconsciente virtual (Eso) a un inconsciente en acto [6]. El deseo del analista -como un estar en abstinencia- interroga y fastidia, hace hablar, arruina cierres anticipados, cuestiona comprensión, invita al síntoma a desplegarse y a despegarse del significado coagulado, para recorrer sentidos sin tejado. [1] Pizarnik A, Fragmentos para dominar el silencio, Obras Completas Lumen Bs. As 2007. [2] M. Heidegger, Carta sobre el humanismo, Alianza Editorial, Madrid 2000. [3] Ibíd. [4] Dicho de una analizante al comienzo de su análisis. [5] “La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino”. Pizarnik, op.cit. [6] En Psicoterapia de la histeria (1896), Freud escribe “... habremos de suponer que se trata realmente de ideas que no han llegado a existir; esto es, de ideas para las cuales sólo había una posibilidad de existencia, aceptando así que la terapia consistiría en la realización de un acto psíquico no cumplido”.

  • A un silencio de página / Arnaldo Calveyra

    Desde el comienzo necesité escribir en la calma de una pieza, una pieza a la que nada parecía destinar a las tareas literarias, esa necesidad pronto se convirtió en costumbre. Poco a poco me fui dando cuenta de que se trataba de un aprendizaje más entre los aprendizajes que me aguardaban. Aprendizaje, anhelo, búsqueda de la página escrita, tan arduo, a no dudarlo, como buscar un alfabeto, o encontrar la posición de una palabra en la frase. Si bien yo trabajaba en aquella paz del cuarto, sin darme cuenta trabajaba en mi propio silencio, poco a poco lo iba dando vuelta del revés. Al ponerme a su servicio me ponía al servicio de la página por escribirse. De vez en cuando a mí me parecía que se trataba de una visita a la que era preciso atender y no algo que de más en más llegaba del fondo de mi experiencia. Porque en verdad, desde hacía tiempo mi tema era el silencio. Eso que entra en la composición de una palabra, fábula difusa que llega con cada una de ellas, palabras en conversaciones con un verso. A tratar de que impregnara lo escrito y lo por escribirse. Que algún día llegara a convertirse en la trama y razón de ser de mi tarea. Es así como fui descubriendo que desde hacía años, hablara de lo que hablara, escribiera lo que escribiera, mi tema no era otro que el silencio. Como si se tratara de un deslizamiento en el subsuelo de un terreno, o como si esa costumbre de escribir hubiera terminado por provocarlo, deslizamiento entre el silencio que nos llega a los oídos y el que uno trae como una marca de origen y nos sigue por donde vayamos. De otra manera, lo que va de trabajar en silencio a trabajar con el silencio, esa posibilidad que vamos incorporando a la trama del texto. Trama, texto, acaso sinónimos. Extraña trama, en todo caso, que es escribir una página. Empecé, decía, por trabajar en silencio, acaso por sorprenderlo o, simplemente, para ir en su búsqueda. Un buen día caí en la cuenta de que había empezado a utilizarlo en mi trabajo, a servirme de él como si se tratara de una palabra más entre las palabras en juego. Que desde hacía tiempo no buscaba sino eso: desgranar, mazorca de maíz, aquel silencio de mi primera pieza de trabajo llegado con la primera resma de papel comprada en la librería del pueblo. Ni tampoco parecía tratarse de una dádiva, sino del silencio que me acompaña desde que nací, que es mío y será mío, molerlo como un pintor muele los pigmentos que irán a impregnar la tela. En todo caso, varios indicios me indicaban que un silencio así sólo podía provenir de los lugares donde se lo fabrica y de ninguna otra parte. Ahora puedo decirlo: se trata (se trataba) de afinarlo siempre más, de envolverlo con las palabras en juego, de afinar en cada una de ellas esa como ausencia a que se destinan al entrar en el azar de la página. Unas capas calladísimas empiezan por rodearlas como una órbita rodea, como la ribera izquierda del río Uruguay al abrazar unos lugares amados, terminan por penetrar los intersticios que crean ya abandonan– son mi tarea inocente. Mi búsqueda de una palabra es ahora función de ese silencio. Palabras que podrían caber en ellos, silencios que de niño me buscaban por las piezas de la casa, que al ser mi trama eran ya mi tarea. Y ahora que ese deslizamiento se ha producido, ahora que cada palabra que escribo es mitad palabra y la otra mitad silencio, se me da por pensar que algunas personas, hombres, mujeres, llevados por una misma gana de silencio, podrán interrogar esas páginas, acaso por la única razón de que en ellas puedan encontrarlo, silencio que nos funda como el agua, que es como inscribir dedicatorias en una frente, y que tanto me fascina hasta cuando no trabajo. ¿Pero cuándo no trabajo? Fuente: Calveyra, Arnaldo (1985). A un silencio de página. En El caballo blanco de Mozart. Editorial La bestia equilátera, Buenos Aires, 2010.

  • Egos / Virginia Woolf

    Hoy, como si fuera una mariposa cuyas alas se hubiesen arrugado hasta la extenuación, empiezo a reabrirlas, a batirlas y a planear a través el aire. No he leído tantas horas seguidas desde hace no sé cuantos meses. A veces pienso que el cielo debe de ser una continua e inagotable lectura. Es un arrebato impalpable, como un trance que me atrapaba cuando era niña y que vuelve una y otra vez con una violencia que me deja agotada. ¿He dicho que estaba volando? ¿Por qué entonces estoy tan baja de ánimo? Porque, querida Ethel, leer consiste en eliminar completamente el propio ego, y es el ego el que se pone erecto, igual que otra parte del cuerpo cuyo nombre no me atrevo a decir. Fuente: Woolf , Virginia. Carta a Ethel Smyth, 29 de julio de 1934. En Cartas a mujeres. Selección Nora Catelli. Traducción Susana Constante. Trampa Ediciones. Barcelona, .2021

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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