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  • Sesiones en el naufragio (5) Incredulidades / Marcelo Percia

    Credibilidades confían deseosas, deslumbradas, condescendientes. Incredulidades ven en cada estrella un sol muerto y oscuro. Credulidades concurren a una sesión de análisis para no enfermarse de tristeza, miedo, resentimiento. Incredulidades abren cuerpos de muñecas para averiguar si tienen algo dentro. Credulidades esperan milagros. Incredulidades se alegran con las buenas noticias, sin olvidar posibles desastres. Credulidades suponen buenas intenciones en todas las cosas. Incredulidades detectan mentiras en los pájaros. Cesare Pavese (1950) piensa que “el oficio de vivir” consiste en creer en algunas mentiras, al mismo tiempo que se aprende a olvidar la vacuidad de la existencia. Una práctica cotidiana de creencias y olvidos. Resulta arrogante pretender oficiar la vida. La vida decide sola, la historia inventa y cincela, azares tumban y sostienen, dineros doblegan y yerguen, amores levantan vuelo y desquician. Uno de los impulsos más bellos de las credulidades reside en la ilusión de cada comienzo. Incredulidades se fatigan con las ilusionadas ceremonias de la novedad. Incredulidades no se confunden con pesimismos. Pesimismos afirman que no hay nada que hacer ante la fatalidad del destino. Llaman destino a un futuro distópico, a la destrucción irremediable, a la inminencia del colapso. Desánimos muchas veces se despliegan como credulidades decepcionadas, contrariadas, dolidas. Incredulidades no conjuran lo peor haciendo predicciones espantosas. Incredulidades, por momentos, se sienten exhaustas con el sinfín de la incredulidad. Credulidades sostienen que se pude aprender del dolor. Aprender del dolor suena como último consuelo ante lo irremediable. Y, sin embargo, dolores enseñan el desamparo, la intemperie, la soledad. Incredulidades se rehúsan a aceptar que la actual civilización reúne lo mejor de la historia. No creen en el progreso: saben el capitalismo. Se recuerda que Coleridge (1817) postula como contrato de toda ficción lo que llama la “supresión momentánea de la incredulidad”. Incredulidades suponen precauciones, exámenes, críticas, anticipos, cálculos. Sin la incredulidad ¿la vida en común nos dañaría? ¿Para vivir se necesitan momentos de credulidad, pero para sobrevivir se precisa un fondo sostenido de incredulidad? Una cosa desconfianzas y paranoias que sospechan malicias en todas partes o que presienten malas intenciones en todas las criaturas que respiran, y otra, una común incredulidad como intemperie sin otra magia que la de la momentánea cercanía. El secreto del lenguaje no reside en la credulidad, sino en la incredulidad. Sin incredulidad no concebiríamos signos ni símbolos. Palabras no pueden decir la vida, la nombran sabiendo que nunca habrán de alcanzarla. Cuando una voluntad da la palabra comprometiéndose a cumplir algo, solicita que una incredulidad (a pesar de no creer) dé la confianza. Dar la confianza significa decidirla, sin garantías. Incredulidades deciden sabiendo riesgos y anticipando consecuencias. Conviene pensar un acto de apoyo político no como una entrega crédula, sino como decisión de incredulidades urgidas. Una circunstancia clínica, como el enamoramiento, solicita la suspensión de la incredulidad. Hace lugar a una promesa: la espera imprecisa de sentirnos mejor. Así se pone en marcha lo que se nombra como transferencia. Una circunstancia clínica no enseña a creer en la ficción de sí, sino a descreer en todas las ficciones. Ayuda a reponer la necesaria incredulidad identitaria. El habla incrédula enseña desvalimientos no sofocados con certezas descamadas. El habla incrédula desabriga, hasta que la piel suspende la travesía para enfundarse en una suavidad, en una ternura, en una caricia, una cercanía amable o silenciosa. Incredulidades alojan el ánimo realizativo de la promesa, pero toman distancia de la condescendencia pasiva de la esperanza. “No se puede creer” dice la perplejidad incrédula. Sabemos que hay un virus que enferma y mata, pero queremos seguir haciendo nuestra vida normal. Normalidades cultivan credulidades empecinadas en no desprenderse de sus propiedades. Codicias que, en medio de una catástrofe, consumen los últimos minutos tratando de llevarse objetos de valor inservibles en una huída. Se necesita distinguir entre credulidad y credibilidad. Mientras la credulidad describe un estado siempre presente en el fluir de la vida, la credibilidad designa la creencia en la palabra y autoridad de una figura o fuente. Conviene pensar la credibilidad como decisión política de incredulidades que eligen confiar en una posición y no en otra. Ocasiones en las que las incredulidades optan por confiar para vivir. Una momentánea y decidida confianza en un estado de común incredulidad. En situaciones de catástrofes sanitarias, solo ampara y ayuda a resistir una común confianza. Fuente: https://lateclaenerevista.com/politicas-de-la-incredulidades-por-marcelo-percia/

  • Post Guardia XXV / Débora Chevnik

    Ella tiene 11 años. Se fue de alta un día. Al día siguiente se despertó en la casa, y no habló. Al ritmo de protocolos, de la coreo del barullo, de la luz, y del adultomorfismo (que se morfa todo), el silencio, un silencio, no encuentra ocasión para hacer su trabajo. Fantasmas de enfermedades neurológicas, y de yapa de los trastornos psiquiátricos más de moda, hipervigilancias meticulosas, e incomprensiones actuales, hicieron sonar todas las alarmas Activación institucional Preguntar, y luego escribir: paciente colaboradora, responde al interrogatorio Sacar un tema piola que hable de lo que le interesa que pise el palito (copado) hablar hablar hablar hasta tener los oídos pipones llenos de lleno en el nombre del diagnóstico de los cuidados de los derechos de la prevención de la salvación de las definiciones de las determinaciones del esclarecimiento de la evaluación de la interdisciplina de lo que se hace de las indicaciones de las fantochadas y de la transparencia, amén Activación institucional ¿por quién doblan las causas? Lo que nace al borde del camino, lo que solamente nace al borde del desconcierto, sabe aguardar. Ahí donde el silencio busca hacer su trabajo, hay música.

  • Y se van brotando… / Fernando Ceballos

    Y se van brotando... Suenan los teléfonos que siempre contestan. Hablan hablas de demasías que hablan un habla desgastante, pesada, comprometedora, inquisidora. Hablan un habla que necesita de un esfuerzo para escuchar más allá del habla, o más acá. Hablan un habla que interrumpe “la normalidad” estancada en un tratamiento. Hablan un habla que carcome otros hablares. Hablan un habla incisiva que arremete y desborda las guardias, las amistades, las familias, las sociedades. Hablan un habla que supera el atracón psicofarmacológico y aparece redondamente pidiendo derechos. Y se van brotando... ¡Si la semana pasada estaba rebien! ¿Qué le pasó? Miran un escenario perplejo y acomodado que sucumbe ante preguntas inmensas como ¿Qué hago yo con todo esto? ¿no aguanto más así? Miran miradas que no los miran. Miran miradas que dicen mirarlos, pero sólo los vigilan. Miran pasar tiempos erráticos. Miran un derrotero de pasos al que inexorablemente llegaran para ser normalizados. Miran pasar intenciones que parecen buenas, pero que al poco tiempo quedan atadas al disciplinamiento. Miran miradas azoradas que no entienden esa mirada que las mira. Y se van brotando... Escuchan voces que siempre tienen una sola dirección. Escuchan como sus preguntas rebotan desahuciadas por la sordera del sentido común. Escuchan alientos de espuma que llegan mansamente a sus oídos prestos de ternura. Escuchan palabras colonizadas por una normalización que no los escucha. Escuchan susurros diminutos que intentan llegar a esos oídos deseosos de escucha. Escuchan la tremenda realidad de su propio silenciamiento. Escuchan voces que por momentos los convencen de ser atrapados por dispositivos de bioseguridad que les colonizan insurgencias. Y se van brotando... Palpan las irregularidades de un plano que busca achatar relieves. Palpan superficies porosas que denuncian diminutos agujeros de escapes. Palpan mantos de sospechas de peligrosidad y los desarman con suavidades sensibles al tacto de una sonrisa. Palpan rasgos difusos de un aparato que intenta permanentemente lijar sus intermitencias, sus arrebatos, sus irrupciones. Palpan las debilidades de un sistema que se somete al desgaste de la racionalización. Palpan sensibilidades que sólo superficializan un sufrimiento con palabras como empatía, medicación o consultorio. Y se van brotando... Huelen olores inalcanzables por las narices de la nosografía. Huelen fragancias insólitas que buscan aletargar sus derroches de vida. Huelen aromas inmundos de jardines llenos de flores que no existen. Huelen perfumes extravagantes que los llevan a buscar huellas abandonadas. Huelen vahos que hacen lagrimear las pupilas de la ciencia. Huelen chocolates y buscan estantes de quioscos de cordura que no reconocen sus divisas. Y se van brotando… la pandemia no los para, menos el virus. El sufrimiento sigue intacto. Hay momentos que parece que nada cabe en esa alma estallada. Sólo un acontecimiento de cuidado puede parar el desasosiego que abruma. No saben de distanciamiento, menos de aislamiento cuando el ardor de un padecer atropella una vida. El barbijo parece taparles una palabra que se entrecorta, balbucea, masculla, murmura. Pero ¿Cómo se va a dar cuenta? No es que no entiendan, no pueden con ese dolor instalado en la piel, en la mirada, en el habla, en los oídos. Y se van brotando... ¿hasta dónde llega esa demasía inabarcable para el sistema? ¿Qué dice, que esconde, que trae, que desenvuelve, que propone, que insiste, que calla, que grita, que acontece, que alivia? ¿hasta dónde llega esa demasía que provoca cada dispositivo biopolítico que el sistema le tiene preparado? Esta semana en apenas dos días, entraron ocho a la guardia. A la mañana, a la tarde o a la noche. Algunos traídos por la policía, otros por sus familiares, otros por el sistema de emergencias… Proyecto Centro de Arte Museo Reina Sofía, Madrid, Reino de España

  • Voces de los cuerpos en pandemia / Walter Vargas

    Me propongo pensar en voz alta. ¿De qué modo se hace oír lo silenciado del cuerpo en estos singulares días de discursos anclados en el versus sanidad/enfermedad? Algo pulsaba en mí a la manera de un ruido direccionado. Una rareza, imprecisa como toda rareza, que me llevó unos cuantos días identificar y otros tantos llevar a un plano cognitivo. De un cierto o incierto entendimiento. Lo diré de una vez: me fatiga la demasía que fuerza lo obvio en el intento de convertirlo en lo único. Un palito que pisan los gobernantes, acaso por inevitable, con sostén de sus indispensables asesores y de los medios de comunicación, sean tirios, troyanos, atenienses o espartanos. Es cierto, como bien supo observar Umberto Eco, que más vale distinguir lo urgente de lo importante. Si se incendia la casa, en primer lugar corremos a salvar a la abuela y después intentamos rescatar el cuadro de Cezanne. Pero honrar el punto de urgencia está lejos de suponer que es todo lo que hay en el horizonte. Detrás del altruismo protector y de sus hermeneutas con cámara y micrófono pulsan las tóxicas emanaciones de un discurso biologicista, sanitarista, metálico, punitivo, con algo de falaz y ribetes psicopáticos. Militar por la cuarentena o la anticuarentena es un camino yermo y maniqueo, una eventual verdad de patas cortas. En la pugna de los gobernantes y los que aspiran a ejercer o recuperar esa condición, incluidos los ciudadanos de a pie que adhieren o repelen con tamaño fervor que hasta consienten declinar su constitutiva complejidad humana, se cuecen las habas de lo que no es reducible a un estandarte partidario. Ni siquiera cuando gocen del baluarte de una causa de probada nobleza, de fundamentaciones robustas o de robustos argumentos de autoridad. “Lo dijo tal”. Intento hablar de otra cosa. De la insuficiencia de una narración en la que se entrevé la pretensión de erigirse en más épica que la épica misma. Y a bajo costo. Hay en nosotros los seres humanos una épica genealógica, que en buena medida heredamos de los primates y en otra medida, colosal, fundante, instauramos en el preciso momento que estuvimos en posición de decir “soy un primate”. Somos el único animal consciente de su finitud y el único que sabe que mora en un planeta destinado a desaparecer. Somos, además, la criatura que una vez alumbrada necesita de un mayor tiempo de cuidados para adquirir una norma de comportamiento igual a la de su especie. Somos, en fin, vulnerables por constitución y a la vez batalladores por definición. Narcisistas y un poco pavos por extensión. Hasta aquí hemos llegado y nada indica que declinaremos el persistir. Tenemos, no le he repuesto hasta aquí, dos enormes soportes: el deseo y la homeostasis, en el orden que se prefiera. El deseo es eso que a grandes trazos damos en llamar “ganas de vivir”, o más aún, ganas de tener ganas de vivir. La homeostasis refiere la capacidad de adaptación del organismo, de regularse, de mantener una constancia, de reponer un equilibrio. Después de un cierto tiempo, un esquimal es capaz de jugar un picadito de cinco contra cinco en Ipanema. Y lo más campante. Y viceversa: dale un tiempo a un carioca y terminar por ganar el campeonato regional de pescadores de cangrejos en Alaska. Tales, más otros valores, sostienen per se una cierta épica que en circunstancias así de inéditas recibe de buen grado –y constará que prescindo de la ironía- vigorosos suministros de arengas motivadoras y juramentaciones. El pueblo quiere saber de qué se trata deviene el pueblo quiere saber que no lo abandonan. Bienvenido, pues, en un contexto acuciante, un cierto tono arropador. Declino encandilarme con la contemplación de mi ombligo y resueno con los millones y millones y millones que precisan de un modo específico e indelegable la proclama del mandatarius. Pero un cierto tono: nunca la totalización de lo no totalizante. Pero jamás, jamás, al punto de que funcionarios y galenos expertos en epidemias logren inocular sin obstáculos arengas en plan motivador sanmartiniano (la gesta de la distancia social), o en clave de sala celeste y sala rosa de jardín de infantes, sazonadas con grageas de “bancate el apocalipsis y sin chistar”. Pues no: así como no asistimos a un apocalipsis tampoco debe preponderar la banalización de las huellas que las razones de fuerza mayor imprimen en los cuerpos. Los dolores que pulsan en los cuerpos están lejos, muy lejos de reducirse, como escuché hace unos días a un conspicuo e indispensable buque insignia de la patria infectológica, a la privación del “asadito, la fiesta, la reunión”. Tampoco, como coligió un bien intencionado funcionario, tal vez algo ñoño, las privaciones más sentidas por el cuerpo se remiten al imperativo del deseo sexual. Qué va. Las criaturas humanas disponemos del potencial horizonte de copular ocho horas al día, proveernos disfrute epicúreo cada tanto, poco o nunca. La erótica en su sentido más amplio, vibrátil, filial, fraternal, en un orden que no fuere necesariamente el fijado por la desembocadura genital, tampoco es reducible al mínimo, vital y móvil del abrazar y ser abrazado, aunque ahí ya tengamos todo un mundo y por cierto volveré a ese punto. Hay algo de lo cotidiano, de lo que por dado aparenta superficialidad, cuando no irrelevancia, que supone una nutricia savia ausente en la cosmovisión sanitarista: la proximidad inmanente al ser social. La conversación casual y banal, el roce, el guiño: la mirada. En la selva gregaria, el valor de la mirada jamás podrá ser suplido por la imposición de la aséptica distancia, por más loable que sean los mandatos de la salubridad perentoria, de la muralla virtual, de la detección del otro (es decir, de un igual de diferente envase, con diferentes filiaciones y distinciones) como el enemigo a mantener a raya o el prójimo a ser resguardado por mi propia distancia edulcorada. Una suerte de providencial fobia bondadosa. Digo mirar, no digo ver, aunque el ver sea condición del mirar. Ver es la mera facultad de percibir algo con la vista, pero el mirar comporta también la extraterritorialidad del globo ocular, sus lindes, sus periferias, sus enlaces, sus destellos: su franqueza inherente, primordial. No hay cara desnuda sin mirada. No hay verdadera mirada sin la cara descubierta. No hay encuentro posible sin caras descubiertas que buenamente se compartan. No hay genuino compartir sin el aire libre común, sin el común reconocerse contiguo, vecino, afín. Común: lo que sin ser de nadie es de todos. No hay soporte posible del ser social –es decir, su tácita vocación de preservar su condición de ser en sí y de ser con otros, por otros, con otros y, por qué no, en otros- sin el esperanzador horizonte de un terror puesto en retirada. Cuidado con la palabra santa de los baqueanos en órganos y analfabetos de los cuerpos. Los que explican el fruto por el fertilizante. Los que naturalizan lo pavoroso y lo ofrecen cual caramelo de frutillas. Cuidado con la psicopatía de blandir la literal amenaza de la muerte como pretensión de clausura de toda ventana simbólica. Resistir es también resistir la promoción de los automatismos como única expresión de lo vivo. Afrontar la pandemia con alegría es lo contrario de postrarse livianamente ante la adulteración de sentidos y rebajar el valor de lo irreductible. Al mustio patetismo de un saludo con el codo, vaya la dignidad de un alegórico abrazo más real que la propia realidad.

  • Idioteque / Fabio García

    Los idiotas se auto convencen. Creen que la felicidad es personal. Intentan no tener dudas, si aparecen la conjuran con ritos. Tienen una fe ciega en las cosas. Las cosas secretamente también necesitan de ellos. En los espejos se reflejan solo a sí mismos. No tienen amigos tienen followers. Buscan seguridad, la individual, la que importa. Se les da bien el dominar sin dar cuenta que son dominados. Prefieren no saber. Se placen en frases lineales y unívocas que ocupan el lugar de ideas. Deciden lo decidido como propio. Crean palabras, intervienen con un leguaje preciso. Desprecian la poesía. El otro es un mero soporte o un cliente para sacar algo. Se les debe. Lo que tienen se lo merecen. Son culposos pero consumiendo se les suele pasar…un poco. Gustan de teorías orientales fragmentadas sin atacar al Yo. Son conservadores. Estereotipados. La Razón justifica hasta lo delirante y el auto exterminio. El odio tiene la forma de la indignación siempre sobrevalorada y sesgada. El idiota mira de reojo y sospecha de todos. Juzga muy fácilmente. Gusta de pensamientos sueltos a modos de verdades, emotivos y sencillos. Cree ser parte de algo que no es, ni será. Se cree exclusivo y especial, tiene una misión. Personal. Viven sus mediocres privilegios como logros ¿La realidad? Postales sesgadas. La solidaridad es dar limosnas y la libertad un supermercado. Las comunidades son de usuarios. Habitan prototipos, gustan de clasificaciones y listas como esta . ………………………………………………………… La palabra idiota proviene del griego ιδιωτης (idiotes) para referirse a aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino sólo de sus intereses particulares.

  • Treinta y seis grados / Eduardo Magoo Nico

    La he perdido Irremediablemente Mis intentos han sido insignificantes Tardíos Inútiles Me engaño a mi mismo con los refugios de ventura Las pequeñas chozas Los ranchos transparentes Las casitas de cartón Las enramadas de todo tipo (y de todas las etnias) Pusimos una lámpara de camisa incandescente En el espacio que está detrás del rancho (Que fue jardín cuando mi madre se ocupaba De sus plantas con flores y de los frutales) Una de esas lámparas de alcohol o kerosene Que usábamos años atrás en el campo Y que se siguen usando A Federica le llamaron inmediatamente la atención Las mariposas nocturnas Para mí, habían sido hasta esa noche Solo una molestia más Como por otra parte, la infinidad de insectos Que asolan las pampas (Digamos que de “las nubes de langostas”, ya mi generación Se había librado ¿Qué terribles consecuencias traerá esto? No lo sabemos) Darwin describe en un pasaje de sus crónicas Una enorme bandada volando sin interrupción Durante varias horas a diez millas de la costa sudamericana En la que, según él, era imposible (incluso con el catalejo) Encontrar un trozo de cielo abierto Entre el aleteo tambaleante de las mariposas ¡Tenemos aún las mariposas! Que acudieron en masa al entorno de la luz Describiendo miles de curvas, espirales Y rizos de sombras coloreadas Con pericia de entomóloga Federica, extendió una gran sábana blanca Bajo la lámpara, donde iban a posarse por un momento (O simplemente caían agotadas) Cientos de mariposas La mayoría era de un color básico sencillo Y mostraban al agitar las alas Líneas transversales u onduladas Manchas en forma de luna apenas naciente Pecas, flecos, franjas en zigzag Y nervaduras de colores inimaginables... Verde seco mezclado con azul Alazán y azafrán Un amarillo arcilloso Que afloraba bajo el blanco satinado Y un extraño brillo metálico, como de latón Salpicado de oro pulverizado De día duermen Están como muertas cuando se las encuentra Deben saltar por el suelo como un "Piper" Antes de levantar el vuelo La temperatura de su cuerpo Es entonces de treinta y seis grados Como la de los mamíferos, los delfines Y los atunes, cuando van a gran velocidad... ¡Treinta y seis grados! ¡Una especie de umbral mágico! Todos los males del hombre Están relacionados de algún modo Con la desviación de esa norma Y con el estado ligeramente febril En que continuamente nos encontramos... Ella amaba, sobre todo Las estelas de luz Las huellas o los fantasmas Que dejaban los insectos detrás de sí Tras brillar una fracción de segundo... Ese relampaguear de lo irreal en lo real Y determinados efectos que se proyectaban en el paisaje (O en los ojos de la persona amada) A veces, al ver una de esas polillas Que vienen a morir en mi casa Pienso en qué clase de miedo y de dolor sienten En el momento en que se extravían... En mi extravío Yo me he sentido más de una vez Una falena azul en el último trance Agarradita a la vida con toda la fuerza de mis garras Como ayer noche a la tela de lino En la que Federica me observaba Mientras mi cuerpo transido de amor Comenzaba a paralizarse Todas las formas y colores Se disolvían en una neblina perlada No había contrastes ni graduaciones Solo transiciones fluidas Con pulsaciones de luz Que reflejada en sus ojos Me transmitían una especie de sensación de eternidad O aceptación O alma Un alma tan llena de almas Que parecía una nube palpitante De luz multicolor

  • Reseña de Dar (el) duelo de Virginia Cano / Rocío Fabbio

    ¿Qué puede un cuerpo muerto?, se pregunta Vir Cano en su último libro Dar (el) duelo, notas para septiembre. ¿Qué nos puede un cuerpo muerto? Ahí donde la muerte de nuestrxs muertxs forma parte de lo indecible, lo inasible, lo impensado, ahí donde nuestrxs muertxs sobreviven y allá donde mueren con constancia, Vir Cano nos abre un entre, un acá, una cercanía, donde nos extiende sus brazos apalabrados de dolores y ternuras para, sin saberlo o sin proponérselo, acompañarnos en el imposible hacer del duelo. “Ayer fue 10 de septiembre”, “hace 23 años comprendía”, “cuando faltan 13 minutos para que se cumplan 26 años de la muerte de mi hermano”, “él tenía 20, yo tenía 14, mi vieja tenía apenas unos años más que yo ahora”, “en un par de días cumplo 41”, “una o dos veces al año”. No es el duelo, sino el tiempo el que irradia olvido sobre nuestrx muertx, y en el duelar (verbo inconjugable) se entrelaza lo que Vir Cano recupera: la cuantificación, el contar distancias, fechas, anécdotas, repetir imágenes, invocar recuerdos, una y otra vez. El ritmo del contar se entrelaza íntimamente con el de latir. Hacer latir a nuestrx muertx, hacer latir nuestro dolor, para también hacer latir con nuestro porvenir. A veces la angustia duele agudamente, porque en la insistencia del latido, del contar, recordamos lo que nunca sucedió, y ello nos enfrenta al trabajo (im)posible de dar lo que no tenemos, hacer lo que no sabemos hacer y decir lo que nuestro muertx ya no escuchará. La potencia de este libro reside en que la autora se conmueve, se conduele con/hacia nosotrxs, hace intimidad con le lectorx, con ese presente/presencia en fragilidad para desenvolvernos, lenta y amorosamente, el mundo que porta. A propósito de una de sus notas, Virginia dice “y ahora que me duele la garganta, y que la médica me dijo que tengo placas pienso que quizás no me diagnosticó bien y que lo que tengo no es una angina, sino un nudo en la memoria, que no me deja hablar sin que me duela”. A lo largo de este libro lo que arde en esa boca es la lengua bajo la lengua que sigue buscando el diálogo con nuestrx muertx, algo que la autora se permitió sentir, observar y entonces, dar(nos) el duelo. Y por ello este libro se vuelve una compañía necesaria, no por lo que sabe, sino por lo que ignora, no por lo que dice, sino por el lazo (im)posible que arma con lo indecible, con nosotrxs, sus lectores y con nuestrxs muertxs. Dar (el) duelo. Notas para septiembre. Virginia Cano, Editorial Galerna, 2021. Born Dead presenta nueve lápidas anónimas del cementerio Old Balawa Estate en Lautoka, Fiji. El cementerio se estableció durante el siglo XIX como cementerio para la mano de obra y la administración de las plantaciones de azúcar cercanas.

  • Que parezca una opinión / Alejandro Kaufman

    Hasta hace algún tiempo era todavía posible leer a la prensa de derecha o centroderecha, o ver sus programas de TV. De un tiempo a esta parte se ha vuelto una empresa de improbable y mortificante realización. La destilación de mentiras, odio, desprecio, sesgos, impermeabilidad a todo argumento se ha vuelto sistemática y constante, casi sin fisuras. Sobresale la unanimidad con que tales propósitos se reproducen en un amplio abanico de voces, medios, firmas intelectuales, de periodistas y otras figuras públicas. Ejercen el derecho de expresarse libremente en una sociedad democrática, dicen. Presumen de opinar. Es indiferente que el propósito de opinar en público se suponga destinado a ejercer alguna determinación conversacional. En cambio, hay un deterioro sistemático de todo contexto de intercambio. El efecto planificado es la difamación sistemática, la irrisión programada. Volvemos a un asunto decisivo de la convivencia entre quienes exponen diferencias. No pensemos necesariamente en lo que llamamos democracia. La palabra está fuertemente desgastada, sustituida por república, por procedimientos judiciales, y por el predominio de las prácticas difamatorias que aquí nos ocupan. Pensemos en cualquier conversación incluso entre enemigos bélicos que negocian la rendición de una de las partes. No la imaginaríamos habitada por insultos y mentiras si es que la consideráramos como una conferencia con arreglo a un resultado consentido. Esa es una palabra necesaria para lo aquí considerado: consentimiento. Cuando no hay consentimiento lo que tendremos a la vista es un abuso, una situación de violencia simbólica, en el mejor de los casos. Es en lo que ha devenido gran parte de la comunicación pública de las derechas y centro derechas en nuestro país. Con altibajos, en estos días de manera exasperada, se incentivan efectos destructivos del lazo social en el peor momento de una calamidad cuya característica decisiva es su consecuencia deletérea sobre el propio lazo social. Los acontecimientos epidémicos imponen un estado de caos, de disolución vincular, de incertidumbres inasimilables. Se promueven en tales situaciones condiciones de pánico, violencia social, inculpaciones expiatorias, euforias sustitutivas, derivas autoritarias, desamparo masivo. En situación de pandemia, todo ello magnificado de modo inconcebible. Interesa aquí la acción destructiva de todo intercambio conversacional: el abuso no se ejerce solo sobre la otra parte política o institucional sino sobre el público, sin perjuicio de que se termina propiciando un escenario especular en el que la otra parte no atina más que a defenderse de manera simétrica en ocasiones, o se reduce al silencio, o presenta un conformismo atónico. No es nueva la condición por la cual los antagonismos entre clases y grupos sociales se dirimen de manera difamatoria, mediante violencia injuriosa y abusiva como método. Tales situaciones pueden ser precedentes de conflictos agravados o emergencia de golpes de estado autoritarios, así como desenvolvimiento de nuevas formas de fascismo. (La variante fascista incorpora, además de “que parezca una opinión”, “que parezca un chiste”.) ¿Cómo puede defenderse la sociedad ante tales agresiones? Al menos valdría formular tal interrogante en la medida en que una defensa tal no debería agravar ni ignorar el daño en lugar de reducirlo. Años de institucionalidad democrática y vigencia alegada de derechos humanos han dado lugar al desarrollo de herramientas dedicadas a reducir el daño ocasionado por la propensión abusadora con que ciertos núcleos opresores afirman su predominio. Llamarlos opresores ¿desalienta superar el conflicto? Es posible. Ese es uno de los debates pertinentes. ¿Qué se les demanda a quienes consideramos opresores o explotadores para que designemos a la coexistencia como institucionalmente democrática? Además de tantas otras condiciones contempladas por los plexos constitucionales normativos, solo querríamos anotar ahora algunas observaciones acerca de ciertas prácticas discursivas. Es sabido que la vigencia de las garantías constitucionales y de los derechos humanos no admite una tutela por alguna agencia situada por encima del lazo social para garantizarlo. Concurrimos a la autorregulación de una conversación posible, una de cuyas modalidades hace tiempo establecidas en las sociedades modernas, entre muchas otras, reside en los derechos sindicales y de huelga. Para tomar este caso, ya desde hace muchísimos años, toda manifestación callejera, de tipo sindical o de huelga es motivo para esos medios de comunicación de ejercer los modos abusadores referidos. Nunca es relevante qué demandas se levantan desde el trabajo, sino solo encolerizar a transeúntes, pasajeros, automovilistas y audiencias por el “caos” suscitado. En ello caen incluso pantallas autopercibidas como progresistas. Un canal nacional de televisión de reciente creación, vinculado con dirigencias gremiales, por fin, por primera vez, probablemente en décadas, ofrece un contraste ejemplar en este sentido (aunque su pantalla esté compuesta -de modo paradójico- por una bella juventud blanca). Entre las herramientas institucionalmente democráticas orientadas a prevenir o poner en tela de juicio los abusos se cuentan varias que cada vez que intervienen son sometidas a un destrato masivo por parte de estas voces intempestivas, que cada vez les atribuyen a esas agencias (desprovistas de toda atribución fiscalizadora), consecuencias censoras y punitivas que en cada ocasión deben ser desmentidas, de modo que se neutraliza la utilidad requerida. Es como si se les dijera: si no nos van a censurar o castigar para que podamos considerar liquidada la libertad de expresión por sus perversas y aviesas intenciones, cállense, y mejor desaparezcan porque no tienen ningún propósito válido. Así, cada vez que esas agencias intervienen, se ven obligadas a aclarar que no están facultadas para tomar medida alguna, sino que solo exponen recomendaciones. Logra el abuso una vicaria confesión de parte, que deshace lo dicho en una anécdota insustancial sepultada por el vocerío difamatorio. ¿Qué fin persigue esta misma discusión? El problema reside en que nos dejemos persuadir por las derechas acerca de eso mismo que dicen, que si no procedemos de alguna manera simétrica (que es lo que buscan provocar), entonces no hay nada que hacer. No pensamos así de paliativos que practicamos en términos alimentarios y sociales, que no modifican estructuralmente las relaciones de poder pero atenúan los daños, y siempre adherimos a todo lo que amplíe esos derechos sociales. Sin embargo, respecto del sistemático abuso simbólico, discursivo y mediático parece que no hubiera nada concreto o eficaz que proponer. Tocar estos temas parece inadecuado, como si en el fondo les diéramos la razón a los adversarios. Según ese temperamento habría que hacer caso omiso de todo esto y dedicarnos a otros problemas. En este sentido, en los últimos años han sido ejemplares los movimientos feministas, que consiguieron después de décadas … y siglos de impunidad que ciertos actos, ciertas palabras, ciertos gestos sean considerados como algo que no debe consentirse. Recordemos hace cuán poco todavía se pretendía que el presunto llamado “piropo” fuera un acto intangible e inocente -hasta poético- mientras no implicara consecuencias físicas. Se requiere un cambio homólogo en lo concerniente a las expresiones públicas. Dejarnos de suponer que las prácticas políticas se vinculan con luchas por ampliar derechos humanos (sociales, animales, ambientales, claro) desde una imaginaria e irreal exterioridad, mientras en su propio núcleo se consiente con asimilar pasivamente violencias que en esos otros campos sociales -por ejemplo el feminismo, el racismo- han adquirido un estatuto ostensible de ilegitimidad y devinieron motivo reconocido de repudio. El cambio requerido debe comenzar por considerar pertinente este debate. No puede indefinidamente quedar al arbitrio de la vulnerabilidad y los recursos de cada persona o de cada grupo. Y para ello es necesario ponderar el daño. Es necesario discutir, al menos a partir de un plano conjetural e interpretativo, cuánto determinó la intemperie ocasionada por el abuso sistemático de las derechas y centro derechas, el retraimiento de múltiples voces populares, e incluso propició sus derivas a sumarse al coro del improperio y la acusación, o aun al consentimiento pasivo con ello. Tampoco habría que distraerse, ¡en modo alguno!, de que, no obstante el perjuicio inherente a la prisión, el principal beneficio para las derechas obtenido por el llamado lawfare sobre figuras políticas y sociales atribuidas al kirchnerismo no es el castigo propinado a cada persona sino el efecto difamatorio irradiado sobre la sociedad. Es así, desde la detención infamante con el casquito y los medios, hasta la cantilena diaria sobre las personas monstruosas tras las rejas, en número que habría que ampliar (¿hasta campos de concentración imaginarán?) y las lamentaciones porque las prisiones devengan domiciliarias o concluyan en libertades provisionales. Todo ello sin abstenerse de espiar a las personas así damnificadas y a sus asistencias letradas. Y todo ello, también, sin mayores tropiezos en el contexto general y frente a la atonía estuporosa de la propia parte. En estas últimas semanas asistimos al nacimiento de una versión con intenciones de instalarse para siempre, para que generaciones futuras repitan, como antaño, que los negros levantaban el parquet para hacer el asado, ahora con una nueva historia: además de corrupción, bolsos, decadencia nacional, dictaduras sindicales y provinciales, destrucción de la educación, además de todo eso ya consabido: se roban las vacunas y causan muertes de a miles porque se salvan a costa de quienes precedían en una fila que no existe ni tiene ningún fundamento epidemiológico consistente. Aquí: aceptación difusa de culpabilidad, renuncia de un ministro en el medio del temporal, coacción y pánicos morales, sinrazones recurrentes. Es necesario anotar la circunstancia como un problema de primera magnitud; de ninguna manera como un evento olvidable (porque es la incubación de una memoria infame). El asunto no es solo lo injusto de la inculpación. Lo que importa es relevar el modo en que se levanta una historia tan disparatada como otras del pasado y tan ostensiblemente dirigida a perdurar en la eternidad. Es un privilegio irónico asistir al nacimiento de tales intoxicaciones y, para más, en forma atónita. No alcanza con estructurar las necesarias demandas bajo la forma de cambios institucionales, por legítimos que sean (reforma judicial), promover agencias que hacen recomendaciones (INADI, NODIO, defensorías), o quejarnos públicamente. Hace falta configurar un régimen de formulaciones críticas y demandas precisas y concretas, del modo en que proceden los feminismos, las luchas contra el racismo y todas las formas de segregación. Políticas populares situadas en los desafíos actuales de las luchas políticas requieren sistematizar un aprendizaje colectivo de las experiencias homólogas y de sus logros. Son tareas tan pendientes como urgentes. Más allá de los plexos normativos y de lo que puedan aportar, siempre con sus límites, como también sucede con las referencias ejemplares mencionadas, necesitamos promover la apertura de las conciencias, suscitar la noción de que se trata de asuntos pertinentes y necesarios que no hay que subestimar. Tienen tanta relevancia para los colectivos emancipatorios como todo aquello que constituye sus repertorios históricos aceptados. ¿Cuerpos que importan? Black Lives Matter? Fuente: El cohete a la luna, 2/5/21. https://www.elcohetealaluna.com/que-parezca-una-opinion/

  • ¿Qué carajos está pasando en Colombia? / Laura Lía Ortiz

    (Venga y le muestro, bien pueda pase) Un resumen y un pedido de ayuda para los amiguis en Argentina No se sabe nada, de Colombia nunca se sabe nada. Ese paisito que parece marginal, selvático, folclórico, narco y brutal, es un misterio para el resto de Sur América y ni qué decir del resto del mundo. Más que encerrados en Cien Años de Soledad, estamos encerrados en cien años de bala y mina quiebra pata. Solos entre las ramificaciones de los Andes llevamos más de cincuenta años llorando gente tres veces anónima. Gente borrada una y otra vez, de la faz de la tierra, de los noticieros, de la memoria. De la llamada “agenda internacional” ¿Si nadie llora un muerto, esta persona realmente existió? ¿Y son más de 6.400 civiles asesinados por el ejército de Colombia, para disfrazarlos de guerrilleros? ¿Y si eran niños pobres que les “ofrecieron un trabajo”? ¿Existe el trabajo de ser muerto y echado en una fosa común, sin madre que te llore? ¿Dan prestaciones y salud por trabajar de falso positivo? ¿A cómo está el honorario de ser muerto? ¿Se cobra por prestación de servicios? Podemos hacerlos existir en tiniebla. En lo más profundo del agujero de la fosa común, podemos posar el corazón. Si es que lo soportamos. ¿Si nadie se entera que están entrando con carro tanques de guerra a las ciudades en la turbulencia de la noche, ha sucedido? ¿Si cazan líderes sociales como a liebres? Organizarse como el vivir de alto riesgo. Nos callan o bala. ¿O nos callan a punta de bala? En Colombia apagan la luz a cada rato para matar casi niños y rasgarle con glifosato el útero a las que no quisieran no haber parido hijos para la guerra. Hay un grito sordo, un aullido de perra herida, que dice una a una, las vocales del horror que no termina, que no termina, que no termina, que no termina, que no termina, que no termina, que no termina, que no termina, que no termina, que no termina. En Colombia no cesa la horrible noche. ¿Usted, quiere mirarnos? Aunque hallan apagado la luz, puede seguirnos la pista por el grito. Siga el hilo. Y entonces ¿Qué carajos está pasando en Colombia? No sabría por dónde comenzar a explicarle. Pero se parece mucho al bogotazo. Por allá, el 9 Abril de 1948 mataron en el centro de Bogotá a Jorge Eliecer Gaitán, candidato liberal, esperanza popular y obrera. El pueblo enardecido quemó la capital. Esa vez también entraron con carro tanques a la ciudad y dijeron con la fuerza de la pura metralla: calmaditos o bala. En la memoria, el bogotazo es el terror vandálico de la chusma que siempre parece brotar en Colombia como la maleza. Ahora, en medio del paro nacional, el pueblo vuelve a ser tratado como turba de vándalos, chusmas del machete y el alcohol. Guerrilleros, malos, iletrados, gente demonio. Turba de pobres que no sabemos de dónde salen. ¿De dónde sale tanta ira? Se preguntan los cínicos en el noticiero. Resentidos. Eso nos dicen, imagínese, mientras entran a bala limpia a los barrios residenciales en medio de la noche para llevarse a los muchachos. Si es que no los matan primero, así de frente, pum, disparo va, disparo lleva. Hay tanto porque protestar en Colombia que un noticiero de los tantos que vi sin parar estos 4 días, le preguntaba directamente a la gente: ¿Y usted, por qué marcha? Tantas razones como gente. Si hay tantas razones como marchantes, imagínese usted no más como están las cosas, hasta dónde ha llegado la mano de la tiniebla. Aquí le traduzco unas cuantas: marcho por el derecho a vivir en paz, marcho porque tengo hambre, física hambre, bien pueda y me toca las costillas, marcho por que el sistema de salud es una risa macabra de calavera sin dientes, marcho porque quiero estudiar y no tengo cómo pagar las matriculas que bien podrían blanquear y poner en dólares porque con esos precios sólo los ricos estudian, marcho porque no le cubren la quimioterapia a mi mamá, marcho por los 6.400 falsos positivos, por los más de 900 líderes sociales que asesinaron desde 2016, marcho porque Colombia es el país del mundo más peligroso para ser sindicalista, marcho por el genocidio de líderes ambientales, marcho porque me desparecieron a mi hija, porque la policía la violó, marcho porque soy excombatiente de las Farc y ya han matado a 276 de mis compañeros y no me dan trabajo en ningún lado por ser exguerrillero, marcho porque soy migrante venezolano, me violentan y me estigmatizan, vivo con mi hijita de 2 años debajo de un puente aguantando violencia física y moral, marcho porque me quitaron la tierra pa´ hacer un negocio de cultivo de palma, me pusieron un fusil en la jeta y me desplazaron a la ciudad. Marcho porque tengo la muerte respirándome en la nuca. Y si salgo a marchar, sé que pongo el pecho pa´ la bala. De todas formas, ya estoy entre la espada y la pared. ¿Y usted? ¿Quiere salir a marchar conmigo? ¿O le da miedo? ¿O no soporta ver a la cara mi dolor? Sepa, eso sí le digo, que mi dolor tarde o temprano es también el suyo. Pero retomemos, ¿qué carajos está pasando en Colombia? Está pasando que la guerra civil se hizo carne, una vez más, en la ciudad. Pasa que el gobierno de Iván Duque hizo rebosar la copa de un pueblo que ya no aguanta un solo tiro más. El falso presidente del falso país más feliz del mundo, se le ocurre ahora en medio del covid, en medio de la llaga viva de la guerra, comprarse 24 aviones de guerra y clavarle una reforma tributaria a la clase media y baja. Por supuesto eximiendo de impuestos a las grandes fortunas con el versito ese, bastante trasnochado de que no los quieren gravar porque generan trabajo. Aunque el pueblo en coro responde: ¿Trabajo? ¿Dónde? No sean miserables que trabajo aquí no hay. Trabajoso es vivir con un arma apuntando la cara y un roto en el bolsillo. Trabajoso es vivir con el río, el monte, la casa y el hermano amenazados. Pero se indignan, las gentes de bien, a las que siempre les sale bien indignarse. Se indignan por los supermercados saqueados, por los vidrios rotos de los bancos, por las estatuas caídas de los colonizadores. ¿De dónde sale esta chusma resentida que nos viene a prender fuego como en el bogotazo? Mejor cerramos las puertas blindadas de nuestras casas y que nos cuide el celador, con su arma de dotación y su salario mínimo, mínimo, mínimo; tan minúsculo como un duende. Prendamos la radio y la televisión y digamos todos que otra vez los temibles terroristas de la izquierda atea del castrochavismo gay nos está queriendo desestabilizar este país tan bello. Señores, no hay un país estable. Nunca lo hubo. No escondan la nariz en la indignación. Atrévanse a dar el salto con la imaginación y ver cómo es que se vive con la muerte respirando en la nuca. Y ellos los indignaditos dirán: protesta sí, pero no así. ¡Sin violencia turba inculta! Pero qué es lo que esperan de un país sin estado, librado a su suerte. Cómo esperan que protesten personas que no han podido organizar sus luchas porque es un riesgo de vida. Cuando les mostraba videos de las marchas a mis amigues en Argentina, lo primero que decían es: pero no hay banderas. Les llamaba la atención que no había banderas políticas o de movimientos sociales, había caos, gente representándose a sí misma. Había también furia y danza y títeres y currulao. Había también ira. Yo entiendo la ira porque también la siento y eso que nunca tuve hambre. Sí siguen matando a los líderes sociales, sí han asesinado a casi todos los candidatos de izquierda desde Gaitán, sí armar un grupito para construir una causa es poner en riesgo la vida, sí en Colombia no se puede armar un sindicato. Tengan por seguro que la protesta será digna, pero también albergará ira. ¿Qué hacer con la furia y el intenso dolor? Yo por mi parte le escribo esto, para que se atreva a mirarnos.

  • Entramados / Hernán Pasicel y Daniel Rubinsztejn

    “La esperanza de la civilización descansa sobre esta hipótesis: mañana habrá un lector” Carlos Fuentes Presentación Dos analistas leemos cada uno a su modo dos relatos que impulsan a escribir, borrar, tachar, comentar y desandar una y otra vez, con la convicción de que la literatura nos enseña lo que nuestra práctica practica: leer escuchando, escuchar leyendo. Agradecidos al hallazgo de ambos textos, se escribe entre dos (¿como en un análisis?) con las preguntas que inquietan. Dos nombres, ningún(uno) autor. Roban a un padre Peter Orner escribe un libro[1] de relatos breves con sus lecturas preferidas y también algunos recuerdos de infancia. En el capítulo “Los guantes de mi padre” escribe una demorada confesión: Como en un antiguo ceremonial, al regresar de un viaje a París, su padre abre lentamente una caja y muestra unos guantes de piel de cordero que compró. Los caballeros medievales estaban obligados a usar guantes, dice exhibiendo ante sus hijos los suyos con algo más que orgullo. Una semana después al encontrarse solo en la casa, los toma del cajón del recibidor y los esconde en lo profundo de su armario. Los traslada escondidos en cada mudanza. Ya de adulto los lleva en su valija hasta Namibia y a pesar del frío intenso jamás los usó. “Un vaso sin lavar, una arruga en la alfombra, un abrigo tirado por ahí, cualquier cosa podía desatar la furia de mi padre”. Abrumado por la culpa Orner imagina y escribe ficciones en las que reintegra de algún modo los guantes a su padre: devolverlos en una caja por correo y con una carta apócrifa…pero la responsabilidad caía en otro. En otra versión y con un nombre francés, el hijo coloca subrepticiamente los guantes en el cajón del recibidor y el padre los encuentra… confiesa e intenta una explicación que no consigue, “el cuento sigue así de mal hasta el final”. Nunca pudo devolver los guantes ni en los cuentos ni en la realidad, “mi padre me habría regalado esos malditos guantes, encantado de que por fin algo nos gustara por igual”. A pesar del terror que le provocaba, lo amaba. Los guantes suaves como la piel de un bebé, sin uso, se secaron. Solo quería que “tu no los tuvieras, arrancar tal vez esa calma esperanzadora de tu rostro, en el momento en que te los pusiste y los lucías frente al espejo en el recibidor”. Bitácora 1 Arrancarle ese goce -que el hijo percibe en su padre- de sus manos, que le falte el brillo en la mirada y en las manos enfundadas de un padre amado, pero temido, que inocula terror si algo falla. Orner transmuta el lugar de espectador a agente de que a su padre le falte lo que ama, tal vez así espera que dé lo que no tiene, tan distinto a esperar que dé lo que tiene: “mi padre me habría regalado esos malditos guantes, encantado de que por fin algo nos gustara por igual”. Orner padre no da lo que no tiene y por eso su hijo le roba pero también le obedece y, sin saberlo, con él se identifica: preserva a los guantes de arrugas, suciedad y desorden, de eso mismo que irritaba al padre, pero al precio de no usarlos, sustraídos del circuito de la vida: “Ni tú ni yo los usaremos”[2]. Tienen el destino del cofrecito del avaro. Padre e hijo, privados del uso, sin embargo el hijo conserva, sin saberlo, ese poco de ser que el padre había conquistado frente al espejo del recibidor. Vacío vacuo, infértil. Los guantes se secan sin ser legados. Sin valor de uso, se desvanece su valor de cambio. O los guantes o la vida. Pasos cojeantes[3] De viaje por un país de Oriente, el señor Palomar ha comprado en un bazar un par de pantuflas. De regreso en su casa, trata de calzárselas: se da cuenta de que una pantufla es más ancha que la otra y se le cae del pie. Recuerda al viejo vendedor sentado sobre los talones en una covacha del bazar delante de un montón desordenado de pantuflas de todas las medidas; lo ve revolver en el montón en busca de una pantufla adecuada a su pie y que le hace probar, después revolver de nuevo y entregarle la presunta compañera, que él acepta sin probársela. «Tal vez ahora -piensa el señor Palomar- otro hombre camina por aquel país con dos pantuflas desparejadas.» Y ve una enjuta sombra que recorre el desierto cojeando, con un zapato que se le desliza del pie a cada paso, o si no demasiado estrecho, aprisionándole el pie encogido. «Tal vez también él en este momento piensa en mí, espera encontrarme para hacer el cambio. La relación que nos liga es más concreta y clara que gran parte de las relaciones que se establecen entre seres humanos. Y sin embargo no nos encontraremos jamás.» Decide seguir usando esas pantuflas desparejadas por solidaridad con su desconocido compañero de desventura, para mantener viva esa complementariedad tan rara, ese espejeo de pasos cojeantes de un continente a otro. Se solaza representándose esa imagen, pero sabe que no corresponde a la verdad. Un alud de pantuflas fabricadas en serie viene periódicamente a reabastecer el montón del viejo comerciante de aquel bazar. En el fondo del montón quedarán siempre dos pantuflas desparejadas, pero mientras el viejo comerciante no agote su reserva (y tal vez no la agotará nunca, y muerto él la tienda con toda la mercadería pasará a sus herederos y a los herederos de los herederos), bastará buscar en el montón y se encontrará siempre una pantufla que forme el par con otra pantufla. Sólo con un comprador distraído como él puede haber un error, pero pueden pasar siglos antes de que las consecuencias de este error repercutan en otro frecuentador del antiguo bazar. Todo proceso de disgregación del orden del mundo es irreversible, pero los efectos quedan ocultos retardados en el polvillo de los grandes números que contiene posibilidades prácticamente ilimitadas de nuevas simetrías, combinaciones, apareamientos. Pero ¿y si su error no hubiese servido sino para borrar un error precedente? ¿Si su distracción hubiera sido portadora no de desorden sino de orden? «Tal vez el comerciante sabía lo que hacía -piensa el señor Palomar-; al darme aquella pantufla desparejada corregía una disparidad que desde hace siglos se escondía en aquel montón de pantuflas, transmitida durante generaciones en aquel bazar.» El compañero desconocido tal vez cojeaba en otra época, la simetría de sus pasos se corresponde no sólo de un continente a otro, sino a siglos de distancia. No por eso el señor Palomar se siente menos solidario de él. Continúa chancleteando fatigosamente para dar alivio a su sombra. Bitácora 2 Las pantuflas de Palomar como los guantes de Orner son fundas, hormas que bordean vacíos en espera de que alguien los llene con sus pies o sus manos (tienen algo de la metáfora de la vasija heideggeriana). La diferencia es que las pantuflas son un par "dispar", muy lejos del brillo y la perfección de los guantes de caballero. Guantes que lo miran y que Orner no puede dejar de verlos –sin tenerlos-, capturado por esa mirada (del padre). Usar las pantuflas hace renquear a quien quiera hacerlas suyas. El caminante de estas pantuflas se inserta en la tradición de los que deben renquear (Edipo y su pie torcido). Con ellas se hereda el problema de todo sujeto: vestir un organismo con la imparidad del significante y así habitar un cuerpo que –siempre- cojea. El señor Palomar y Orner adquieren de distinto modo. Orner roba, guarda y no usa. Palomar paga y confía (no revisa la segunda pantufla, la lleva sin probar). No intenta borrar el intervalo entre ver y mirar. Aceptar sin mirar tiene valor de acto, decide y como corresponde, pierde. Pierde el par perfecto pero gana la causa de lo impar. Hay esquicia entre el ojo y la mirada. Un ojo que no lo ve todo y puede errar. A veces exceso, otras, defecto[4]. Como en la carta robada, mientras un ministro ve todo y se apodera de la carta, el rey no ve. El relato se realiza en que nuevamente la carta al llegar a su destino, falte. En la obsesión la duda y la revisión infinita de una acción intentan borrar (o al menos prevenir) la pérdida latente de todo acto. El vendedor de pantuflas, a diferencia del padre del relato de Orner, tiene algo de lo que Freud construye en su sueño post-velorio paterno, ese paradójico: se ruega cerrar los ojos/un ojo. El vendedor ve/no ve la falla de las pantuflas. Falla que transmite una cuenta despareja. Orner y Palomar imaginan un modo de emparejar: devolver los guantes, la pantufla restituida (Pero ¿y si su error no hubiese servido sino para borrar un error precedente?). Vacila al pensar si camina como aquél que –supone- también enfunda actualmente sus pies en pantuflas desparejas, o que tal vez al renquear restablece (Tal vez el comerciante sabía) un Cosmos hasta ahí desordenado. Quizás con la escritura del capítulo “Los guantes de mi padre” encontró, al fin, un modo singular de restituirle los guantes a Orner padre. Hay algo intolerable en lo dispar y fracasan ambos en el intento de conformar una síntesis de lo heterogéneo. "Solo hay causa de lo que cojea".[5] NOTAS [1] Orner P.: ¿Hay alguien ahí?, Chai Editora, Buenos Aires 2020. [2] Un padre relata en la entrevista que su hijo de 15 años es inquieto y que el mes pasado rompió un sifón de vidrio en la mesa, desde ese día decidió que en la casa no se compran más sifones. [3] Calvino I., La pantufla desparejada en Palomar, Siruela, Madrid 2011. [4] “…desapareada, desemparejada por su relación consigo misma. Su exceso remite siempre a su propio defecto e inversamente. Lo que está en exceso por un lado ¿qué es sino un lugar extremadamente móvil? Y lo que está en defecto del otro lado ¿no es acaso un objeto muy móvil ocupante sin lugar, siempre supernumerario y siempre desplazado?...no hay elemento más extraño que esta cosa de dos caras, con dos mitades desiguales o impares. Deleuze G., La lógica del sentido, Paidós, Barcelona 1989, pág. 61. [5] Lacan J., Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Barral Editores, Madrid 1977.

  • Niños Cineastas / Débora Nakache

    Título original de la reseña: Niños Cineastas: psicología de la creación, construcción conceptual y prácticas situadas Este libro tiene como objeto presentar a la comunidad académica una Investigación Doctoral que despliega por qué revisitar en el escenario escolar los significados que niños, niñas y jóvenes construyen en sus relaciones con el cine, constituye una oportunidad de ampliación de la inclusión educativa. Y específicamente qué posibilita el cine como objeto cultural en la escuela. A partir de un estudio cualitativo de caso, donde se describe el Festival “Hacelo Corto” (Ministerio de Educación, CABA), se argumenta cómo el advenimiento de niñxs-cineastas en el escenario escolar permite interpelarlo no sólo en la transformación del formato de actividad al realizar un corto, sino que ese mismo acto posibilita inventar un repertorio de imágenes donde se pueden asomar estos nuevos sujetos. Crear imágenes cinematográficas en la escuela, tal como se plantea en el material empírico estudiado, posibilita incluir en el dispositivo pedagógico estas maneras de ver el mundo, de “sufrir lo real” y al mismo tiempo crear nuevas posibilidades. El propósito general que alentó el Estudio es el de contribuir desde la investigación psicoeducativa a la integración de nuevos formatos en la escuela que eduquen en el arte y, específicamente en el cine, como modos de participación y creación infantiles que promuevan una cultura plural e inclusiva. Los interrogantes centrales que lo orientan han sido formulados del siguiente modo: 1. ¿Qué miradas diferentes aporta el cine realizado por niños y adolescentes? 2. ¿Cuáles son las especificidades que brindan los diferentes formatos de actividad basados en situaciones de aprendizaje con cine? 3. ¿Cómo contribuye la creación cinematográfica en la infancia - que conjuga todas las artes precedentes (Badiou, 2004) - a los procesos de construcción de conocimientos? 4. ¿Qué transformaciones en las prácticas y significaciones compartidas se construyen en la experiencia de producir cine en la escuela? Expandir por medio del cine las significaciones infantiles respecto del mundo, implica incluir a lxs propixs niñxs como sujetos contemporáneos practicantes de una cultura real, tendiendo puentes entre la cultura popular y lo escolar. No se trata sólo de proponer hacer cine en el aula, en tanto atravesar una serie de aprendizajes que no estarían previstos por la currícula vigente, la apuesta de transformación en este caso es la de urdir dentro de la escuela la exterioridad del cine y de poner en circulación dentro del cine la intimidad de la escuela. El libro va trazando un camino que pulsa al interior del campo psicoeducativo procurando anudar allí dos territorios suplementarios: la estética y la política. Los cortometrajes realizados por niños ofrecen la expresión de cómo la experiencia de hacer cine en el colegio, transforma la rutina escolar configurando un espacio de inscripción singular de un hacer novedoso. Lxs niñxs-cineastas se tornan autores de una escena propia, cuyo punto de partida es la oferta escolar de un espacio diferente. Esta apuesta por el cine infantil en la escuela resulta, a la vez movimiento estético e inscripción política. Cuando el sujeto enunciador es lx niñx y se sitúa en las coordenadas de la gramática escolar, resulta desafiante mirar con otros ojos la propia matriz subjetivante: el artefacto escolar que posibilita y restringe las operaciones que puede formular este sujeto colectivo. Inventar a partir del cine ciertos regímenes de visibilidad que renuncian a naturalizar lo obvio de la maquinaria escolar, además de resultar una formación estética, se transforma en una apuesta política. La “igualdad como punto de partida” (Ranciere, 2007) al realizar cine en la escuela se expresa en el aventurarse a una actividad incierta para todos y donde el producto final es relativamente incalculable de antemano. Un espacio-lugar donde algo en común nos enlaza. Un espacio-lugar que, a través de un proceso de construcción, hace consistir un nosotrxs que se legitima en el espacio. Un espacio-lugar que funciona como fuente de autorización, de habilitación, de empoderamiento. Esto inscribe la pregunta sobre cómo habitar “el lío” (Migliorín, 2015) que adviene entre el cine y la escuela, cómo alojar esas experiencias que irrumpen haciendo estallar las matrices del disciplinamiento, allí mismo donde la maquinaria escolar parece reproducirse. Es explorar la potencia del gesto creativo que, en ese mismo acto, reniega de confinar la educación a un espacio de acreditación de conocimientos, para restituirle su carácter político: inventando comunidades que celebran el encuentro a partir del disfrute, incluyendo las infancias con sus propias voces, conjurando demonios en la oscuridad de una sala de cine Link de descarga del libro: http://www.neu.unsl.edu.ar/wp-content/uploads/2021/04/Nin%CC%83os-Cineastas.pdf Sobre la Autora Débora Nakache es Doctora en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Profesora Adjunta Regular a cargo de Psicología Educacional cátedra I y de la Maestría de Psicología Educacional. Directora de Proyectos de Investigación UBACyT desde 2000. Coordina desde 2001 el Programa Medios en la escuela del Ministerio de Educación del GCBA y Organiza Hacelo Corto, Festival de cortometrajes producidos por niños y jóvenes. En el ámbito privado realiza actividades de consultoría de organizaciones y grupos. “Reflejos. Máquinas y humanos. ¿Quién ganará?” de la Serie “Nuestros puntos de vista de Constitución” (2015) realizada por estudiantes de 1er año TM del Colegio 1 DE 3 “Bernardino Rivadavia, en el marco del Proyecto “Hacelo Foto” (Min. Educación, GCBA)

  • Adynata Mayo / MP

    I. Se viven tiempos de furia, dolor, silencio. II. “La procesión va por dentro” alude a lo que pasa en existencias acongojadas que no dicen o no advierten todo lo que están sufriendo. III. En La Celestina, un texto clásico de la literatura castellana de fines del siglo quince, se lee: “Lágrimas y suspiros mucho desenconan el corazón herido”. Dolores, tanto se alivian cuando encuentran modos de expresar y, también, cercanías que sepan escuchar. IV. Por la radio un médico dice que quienes trabajan en su hospital sienten impotencia. Ayudaría pensar que cuidados de la vida enfrentan tiempos de impoder. Lo irremediable del límite derriba omnipotencias. Pero, el lado sabio del límite enseña a estar ahí: la potencia de dar la sola presencia. V. Se debe al psicoanálisis haber dejado entrever, lejos de la pretensión de abarcar todo, suavidades y ternuras sanadoras del no poder. VI. Tal vez, mañana, algún día, podamos sentarnos a hablar de todo lo que nos está pasando.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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