• Revista Adynata

Y se van brotando… / Fernando Ceballos

Y se van brotando... Suenan los teléfonos que siempre contestan. Hablan hablas de demasías que hablan un habla desgastante, pesada, comprometedora, inquisidora. Hablan un habla que necesita de un esfuerzo para escuchar más allá del habla, o más acá. Hablan un habla que interrumpe “la normalidad” estancada en un tratamiento. Hablan un habla que carcome otros hablares. Hablan un habla incisiva que arremete y desborda las guardias, las amistades, las familias, las sociedades. Hablan un habla que supera el atracón psicofarmacológico y aparece redondamente pidiendo derechos.


Y se van brotando... ¡Si la semana pasada estaba rebien! ¿Qué le pasó? Miran un escenario perplejo y acomodado que sucumbe ante preguntas inmensas como ¿Qué hago yo con todo esto? ¿no aguanto más así? Miran miradas que no los miran. Miran miradas que dicen mirarlos, pero sólo los vigilan. Miran pasar tiempos erráticos. Miran un derrotero de pasos al que inexorablemente llegaran para ser normalizados. Miran pasar intenciones que parecen buenas, pero que al poco tiempo quedan atadas al disciplinamiento. Miran miradas azoradas que no entienden esa mirada que las mira.


Y se van brotando... Escuchan voces que siempre tienen una sola dirección. Escuchan como sus preguntas rebotan desahuciadas por la sordera del sentido común. Escuchan alientos de espuma que llegan mansamente a sus oídos prestos de ternura. Escuchan palabras colonizadas por una normalización que no los escucha. Escuchan susurros diminutos que intentan llegar a esos oídos deseosos de escucha. Escuchan la tremenda realidad de su propio silenciamiento. Escuchan voces que por momentos los convencen de ser atrapados por dispositivos de bioseguridad que les colonizan insurgencias.


Y se van brotando... Palpan las irregularidades de un plano que busca achatar relieves. Palpan superficies porosas que denuncian diminutos agujeros de escapes. Palpan mantos de sospechas de peligrosidad y los desarman con suavidades sensibles al tacto de una sonrisa. Palpan rasgos difusos de un aparato que intenta permanentemente lijar sus intermitencias, sus arrebatos, sus irrupciones. Palpan las debilidades de un sistema que se somete al desgaste de la racionalización. Palpan sensibilidades que sólo superficializan un sufrimiento con palabras como empatía, medicación o consultorio.


Y se van brotando... Huelen olores inalcanzables por las narices de la nosografía. Huelen fragancias insólitas que buscan aletargar sus derroches de vida. Huelen aromas inmundos de jardines llenos de flores que no existen. Huelen perfumes extravagantes que los llevan a buscar huellas abandonadas. Huelen vahos que hacen lagrimear las pupilas de la ciencia. Huelen chocolates y buscan estantes de quioscos de cordura que no reconocen sus divisas.


Y se van brotando… la pandemia no los para, menos el virus. El sufrimiento sigue intacto. Hay momentos que parece que nada cabe en esa alma estallada. Sólo un acontecimiento de cuidado puede parar el desasosiego que abruma. No saben de distanciamiento, menos de aislamiento cuando el ardor de un padecer atropella una vida. El barbijo parece taparles una palabra que se entrecorta, balbucea, masculla, murmura. Pero ¿Cómo se va a dar cuenta? No es que no entiendan, no pueden con ese dolor instalado en la piel, en la mirada, en el habla, en los oídos.


Y se van brotando... ¿hasta dónde llega esa demasía inabarcable para el sistema? ¿Qué dice, que esconde, que trae, que desenvuelve, que propone, que insiste, que calla, que grita, que acontece, que alivia? ¿hasta dónde llega esa demasía que provoca cada dispositivo biopolítico que el sistema le tiene preparado?


Esta semana en apenas dos días, entraron ocho a la guardia. A la mañana, a la tarde o a la noche. Algunos traídos por la policía, otros por sus familiares, otros por el sistema de emergencias…


Calma urgente. Accionando el freno de emergencia. Rogelio López Cuenca y Elo Vega 2020

Proyecto Centro de Arte Museo Reina Sofía, Madrid, Reino de España

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