Correspondencia Lou Andreas Salomé- Anna Freud (Vl) / Cynthia Eva Szewach
- Revista Adynata

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Y éstos son los deseos: quedos diálogos
de las horas cotidianas con la eternidad. Y eso es la vida…
Rainer M Rilke
Se respira en la correspondencia la intimidad que van creando entre ambas mujeres. Anna no vacila en admitir la forma “posesiva” de amar a Lou, quien, de manera tierna con rodeos retóricos y hasta confusamente delicados, acude a algunas metáforas para decirle de las diferencias y extrañezas que las unen o las distancian: “cada una tejiendo su propio calcetín espiritual”. Cada amistad en la vida, es para ella un amor de especial sensualidad.
En septiembre de 1922, se realizó el Congreso Internacional en Berlín. Freud expone un texto titulado “Observaciones acerca del inconsciente”. Las cartas que se transmitirán en esta ocasión pertenecen a los días posteriores al Congreso del cual llamativamente no hacen casi comentarios.
Lou A. Salomé se instaló en Berlín. Fue invitada además a realizar durante unos meses, una pasantía en “La Policlínica Psicoanalítica” que Max Eitingon dirigía desde1920. La institución fue inaugurada a fin de ofrecer formación y atención inclusive para quienes carecían de recursos económicos. Un hecho político novedoso en esos tiempos que contaba con el apoyo y la colaboración de Sigmund Freud.
En la casa de los Eitingon por las noches se realizaban tertulias. Bajo la atmósfera de la época y de un intercambio efervescente cuenta Lou que, en la sobremesa se leyeron escritos del amigo ruso-ucraniano Lev Schestow, filósofo y poeta, autor de un libro con un hermoso título: “Apoteosis de lo infundado”. En otras veladas hubo música y cantos que llegaban a las entrañas de emoción. Lou se muestra plena y escribe: “que podamos alabar eso como lo más hermoso, sin miedo y sonriendo”.
Eran años cercanos a la finalización de la primera guerra y, por lo tanto, teñidos de pérdidas. Sophie, la hija tan amada por Freud, había fallecido por la peste en 1920. En las escenas que narran, ronda el pequeño hijo, un nieto llamado Heinerle. El juego del Fort-Da no traerá esta vez a su madre de vuelta al hogar. Lou se conmueve con gesto de abrazo interrumpido, al ver a Freud prodigarle cuidados tan amorosos. La invade en su sentir siempre un agradecimiento. El encuentro con el maestro le ha transformado el camino del pensar, de andar la vida.
Se puede leer aquí a Anna un poco preocupada por sentirse inoportuna con su interlocutora. Fantasía transferencial en resonancia con las diversas confesiones, imaginaciones y algunos ensueños que sugieren en sutiles entrelíneas. Cuchichean, murmuran, susurran confidencias. Lou de forma seductora la compensa con elogios que la estimulan, aunque asoman los hilados que distinguen los momentos diversos de la vida de cada una y de los caminos elegidos.
Son breves testimonios de una vida cotidiana entretejida entre letras y experiencias del vivir, del psicoanálisis practicado por cada una y de la soledad tan imprescindible como la compañía.
Freud en el intercambio con Lou que precede al encuentro de Berlín, le ofrece por carta ayuda y sostén económico de una manera generosa ya que está en su posibilidad hacerlo. Está preocupado por la circunstancial frágil salud de su amiga y por las penurias que se viven en esos tiempos de posguerra: “Denos usted la alegría de informarnos que ya se ha restablecido y tráiganos al hotel Eitingon a la Lou indestructible e incomparablemente jovial. ¡Hasta la vista allí!”.
Berlín víspera de domingo, 30 de septiembre de 1922*
Mi querida Anna:
Ayer pensábamos de una hora a otra: ahora ya están en Austria, ahora llegan, ahora están juntos — nos quedaba la duda si también con tu madre; ojalá ella haya llegado y estén de nuevo en familia. A la hora que ustedes arribaron, tuvimos rusos a la mesa y al señor Bernh, el arquitecto. Antes esa noche, cuando regresamos de la estación, los suizos que martirizaron de tal modo a Mirra Eitingon, hasta la una de la madrugada, con conversaciones de psicoanálisis (que, pese a mis esfuerzos, parecían imposibles de desviar), que hoy escupe fuego a los Oberholzer (1) y a la señorita Kemperer.
La noche siguiente fuimos tres en la mesa; Eitingon leyó en ruso textos de Schestow (hermano de Lowskaja, la que se sentaba detrás de nosotros en las conferencias), y luego nosotras, las dos mujeres, desembocamos en baños calientes y en la cama. Por la tarde estuvo conmigo Helene, de Charlottenburg, y hoy la sigue su hija. ¡Esta es toda una lista de acontecimientos cotidianos enumerados! Pero creo que justamente me resultan tan íntimos porque hablan tan claramente de cuán recientemente ustedes aún estaban aquí, es decir, cómo todo sigue representando un punto de anudamiento inmediato —lo conocido en común, lo compartido en común, incluso el simple transcurrir de lo cotidiano como tal.
También después debemos intentar mantener un contacto así: cada una tejiendo su propio calcetín espiritual, y en lugar de los acontecimientos exteriores —que luego separan su cohesión entre sí— contarnos algo de los puntos que se sueltan o se afirman.
Yo ya estaba aquí llena de tantas cosas para las que no había más palabras: pensamientos sobre el psicoanálisis como los que produjo el Congreso, e incluso sobre nuestro tema, que directamente podía tanto necesitar. Pensé también mucho en el trabajo aún no leído de tu padre; sin duda habría podido leerlo, pero me resistía a hacerlo sin ti, dado que se trataba de un primer conocimiento a partir del manuscrito y antes de la impresión. Deberíamos haber estado una hora en Göttingen para eso: acuclillada en la ventana y yo en la cama plegable llamada couchette.
Me llegó la sensación con una fuerza muy extraña: que debemos estar de a dos, no entre muchos. No es así con todos: hay alianzas a las que casi les pertenece el recibir juntas impresiones y personas; en especial conozco y conocí algunas, ya que me disgusta vivir hacia afuera sola. Pero con nosotras dos es muy distinto; te extraño más allí donde vivo hacia adentro, y realmente sin gente, en esta soledad querida y necesaria, pero donde también estoy como si aguardara la llegada de alguien y eso lo supe recién por vos. Y en lo que a vos misma se refiere, creo que no te gusta en absoluto compartir mi trato con otros; una razón de ello puede ser también que tu manera y la mía de relacionarnos sean de naturaleza esencialmente distinta. Sea como fuere: en el sitio en el que nos encontramos la una con la otra, debería medir apenas cuatro pies de ancho, y allí enlazarse mano con mano.
A todos nosotros aquí se nos presenta constantemente ante los ojos la ventanilla del compartimento, con una querida imagen; tan magnífico se veía tu padre con el pequeño Heinerle en brazos que, si no hubieran estado los que lo rodeaban, lo hubiese abrazado desde atrás allí mismo, y le habría dicho por la espalda algo de lo que me conmovía en lo más hondo. Por todo lo que él es, dice y hace, le estoy tan entrañablemente agradecida que difícilmente pueda llegar a saberlo del todo. Transmítele mi saludo, así como mejor puedas expresarlo. Hoy ya está, sin duda, en medio del trabajo diario; ojalá no le quede luego ninguna sensación de fatiga, y ojalá, sobre todo, tu madre esté verdaderamente bien y no tenga que preocuparse por tu tía. ¿Y vos? Espero que procures estar lo más posible en contacto con Heinrich Mühsam (2), hasta el impulso irrefrenable de vida.
Mi querida, queridísima Anna.
Tu vieja
Lou
Viena 10 de octubre de 1922
Mi querida Lou:
Temo que no notes que, desde que llegó tu correspondencia, te escribo todos los días al menos una pequeña carta. Lamentablemente, todas solo en mi cabeza, con noticias muy rápidas que, por desgracia, no llegan nunca.
Un pequeño fragmento de Heinrich Mühsam me ha estado pesando especialmente en estos últimos tiempos, y me habría gustado incluirlo en esta carta. Pero todavía no está del todo terminado y la espera se me ha hecho demasiado larga. Así que no te asombres si te llega alguna vez más tarde, sin previa disculpa.
Estuve enteramente con ustedes en Berlín al leer tu carta, incluso los primeros días, mucho. Y pude acompañar muy rápidamente con mi pensamiento todo lo que describiste: los espantosos suizos y la hermosa y tranquila velada. Desde entonces he intentado imaginarme todos los cambios en la casa y creo que ahora ya debe sentirse entre ustedes un clima de partida y de inquietud; pero sin llegar, sin embargo, hasta tu —o mi— querido cuarto.
Que en tu carta esté escrito realmente que sabes que te quiero enteramente para mí sola y sin otras personas, fue algo muy hermoso. Porque eso lo estuve pensando todo el tiempo en Berlín, sin verdaderamente saberlo. Sólo quisiera que no pase demasiado tiempo hasta volver a tenerte para mí, del todo sola, y con calma y tiempo alrededor. Tal como lo dijo Ernst: sólo con horas libres a nuestro alrededor, en lugar de los castaños. Pero ya el solo hecho de poder esperarlo es algo muy hermoso, y cuanto más “horrible” estoy (y lo estoy ahora con frecuencia), tanto menos siento que lo merezca.
Papá está desde el segundo día completamente clavado en un trabajo de nueve horas. No muestra mucho cansancio, pero a veces me viene de pronto la sensación de que debería sacarse todo eso de encima y ser libre. Por la noche solemos hacer juntos la larga caminata. Mamá y la tía están bien y en casa todo sigue como siempre, incluso Fanni en su modo más habitual.
Yo misma todavía no he logrado totalmente la calma; desde el último malestar durante el viaje estoy siempre cansada y con sueño, ya tengo trabajo editorial: correcciones, pequeñas traducciones y revisiones; voy a menudo a ver a Heinerle, que se está acomodando muy a gusto en su nuevo nido, a la abuela, y —por cobardía, hasta ahora sólo una vez— a la tía Rosa.(…) Lo que más curiosidad me da es saber si el pequeño texto sobre Heinrich Mühsam te parecerá bien cuando te llegue.
(…) He buscado en toda tu carta si había algo sobre tu resfrío y sobre cómo te sientes ahora, pero no pude encontrar nada. No lo olvides la próxima vez, de lo contrario me imagino cosas totalmente horribles. ¿Cómo está tu paciente? ¿Y cómo va el trabajo en la Policlínica? Es tan hermoso cuando escribes también todas las cosas pequeñas: entonces se van juntando y forman una imagen total tuya. (Mientras puedas soportarme).
Tu Anna
* La lectura y traducción de estas dos cartas fue realizada con Jorge Salvetti y la colaboración de Bettina Klunkert. Pertenecen al libro de Correspondencias Lou A. Salomé-Anna Freud Briefwechsel (Deutcscher Taschembuch Verlag), München 2004
(1) Emil Oberholzer (1883-1958), un psiquiatra y psicoanalista suizo clave que fue analizado directamente por Freud, se convirtió en cofundador de la Sociedad Suiza de Psicoanálisis (SSP) y un pionero en el análisis infantil
(2) E. Mühsam es un personaje ficcional que Anna menciona habitualmente en sus pensamientos, ya que al parecer está escribiendo en ese tiempo una novela.




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