Adynata Febrero: Millones de hastíos / MP
- Revista Adynata

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Millones de hastíos
¿Vamos a dejar que se destruya el planeta porque algunos pocos millones de avaricias desorbitadas estén dispuestas a cualquier cosa por tener más y triunfar?
Desmesura que necesita de la pobreza, la desigualdad y la muerte para reinar.
Vivimos en la época más desigual de la historia. El problema no reside en la escasez sino en la desigualdad.
El principio de las economías capitalistas se basa en la idea de escasez. Sostiene que mientras los deseos son ilimitados, los recursos no.
Las necesidades de la población mundial de alimento, agua, abrigo, vivienda podrían satisfacerse con los medios disponibles en el presente.
Pero la cuestión del deseo no reside en si tiene límites o no. No se trata de practicar, como pensaba el estoicismo, límites para el deseo. Ni tampoco persuadir al deseo de lo vano de la perpetua novedad.
Acaso se necesite pensar el deseo en su condición de amarre y desamarre.
Necesidades necesitan algo, deseos desean desear. Deseos no reaccionan ante una necesidad, sino ante una atracción.
La sed necesita agua; deseos se mueven atraídos por sabores, embriagueces, fascinaciones, conquistas.
Deseos se mueven como peces que muerden anzuelos.
¿Se trata de hacer o procurar que los ganchos de la emancipación atraigan más que los ganchos del capitalismo?
¿Llegará el día en que deseos no muerdan anzuelos ni queden enredados en una red?
¿El día en que sientan sus bocas heridas? ¿Y se den cuenta de que no tenían hambre de una cosa, sino ansias compositivas y exploradoras?
Cierto: ansias de poder, de propiedad, de acumulación, de fuerza, se presentan ilimitadas. Pero, poder, propiedad, acumulación, fuerza, simulan carnadas que se clavan en las terminales nerviosas. Y, como ocurre con señuelos de metal con punta invertida, entran fácil, pero después intentos por extraerlos, destruyen.
Franco Berardi cita este fragmento de Eugenio Montale (1970), tomado del poema La historia que dice:
“La historia raspa el fondo / como una red de arrastre / por sus desgarraduras más de un pez escapa. / En cualquier ocasión se encuentra uno que se salva / que no parece particularmente feliz. / Ignora estar afuera, ninguno se lo ha dicho. / Los otros, en la red, se creen / más libres que él”.
La red de la historia tiene desgarraduras. Cada tanto, existencias se escapan. Algunas sensibilidades se sueltan del sentido común, pero no lo saben. Nadie las puso al tanto. Viven el afuera de la red como desgracia. Mientras que las que están encerradas, dentro de la red normalizadora, se sienten libres.
Quizá el hastío sobrevenga como libertad que no sabe de sí.
El infortunio del deseo no reside en la carencia, la insatisfacción, la frustración, la insaciabilidad. Aunque todo eso, y más, pueda ocurrir.
La desdicha tediosa sobreviene cuando se vive con su ausencia.
Y, ¿si acaso se tratara de momentos de extravío y no de ausencia?

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