El hastío de los dioses / Marcelo Percia
- Revista Adynata

- hace 2 horas
- 11 Min. de lectura
Heinrich von Kleist (1810) piensa el teatro de marionetas como arte superior. Dice que nadie podría danzar con tanta gracia e ingravidez. Ningún cuerpo hablante tendría esa capacidad.
Marionetas no cuestionan hilos que las mueven. No piensan. Llevan existencias de cartón. Sin memorias ni pesadumbres. Incluso caídas y abandonadas, no se aburren ni sufren. Están ahí como disponibilidad inactiva. A la espera de una mano que simule darles vida.
Si les dieran a elegir entre la carne y las sombras, marionetas elegirían las sombras.
*****
Se conocen muchas fábulas sobre la creación.
Se sabe el génesis como resultado de la generosidad y la gracia de dios.
O se recuerda la conjetura materialista de Epicuro de que el universo aconteció cuando los átomos se desviaron y, moviéndose al azar, sintieron la voluptuosidad de frotarse entre sí.
O da gusto cuando Italo Calvino (1965) cuenta, en Todo en un punto, el momento en el que el universo estaba concentrado en un solo punto, hasta que una voz exclama: “¡Ah, si tuviera un poco de espacio, qué ganas de amasar unos tallarines!”. Y, entonces, sucede el estallido.
*****
En el siglo diecinueve europeo, Leopardi, Kierkegaard, Nietzsche, imaginaron la creación como obra del hastío.
Sin conocerse entre sí, concibieron la invención de las pasiones como entretenimiento en un mundo tedioso. Y sospecharon el diseño de las sensibilidades que hablan como juguetes o marionetas de la nada.
*****
Leopardi recrea la versión de la caja de Pandora. Lo que, para la imaginación griega clásica, suponía el castigo de esparcir todos los males, para el poeta nacido en Recanati supuso una acción de los dioses para curar a las criaturas mortales de la ingratitud y el hastío.
Leopardi (1824) escribe un ensayo que se llama Historia del género humano, en el que relata que las fragilidades hablantes, todas nacidas al mismo tiempo, vivían alimentadas por abejas y otras ternuras. Habitaban un mundo perfecto y, por lo tanto, cierto y previsible. Y, así, transcurrían felices. Sin embargo, con el paso de los años sintieron esa extensión pequeña, limitada, sin novedad. Vivían en una eterna plenitud en la que no pasaba nada, salvo la plenitud.
Entonces acontece el escándalo de la creación: la llamada humanidad siente el paraíso como poca cosa.
Prueba el fruto envenenado del ocio.
Los dioses de Leopardi llenan la vida de conflictividad. La inundan de pliegues, sombras, rasgaduras. Pérdidas y despedidas.
Escribe: “Se propusieron los dioses mejorar la existencia de las criaturas humanas y dotarlas de problemas y recursos. Esparcieron enfermedades e infinitos males, calculando que teniendo que luchar para sobrevivir, tendrían menos tiempo para el ocio (...). Dividieron el año en estaciones, heladas unas, abrasadoras otras; (...) y para que las regiones de la tierra fuesen diversas entre sí, crearon montañas y valles. (...) Y para que no conocieran los confines de su estancia, crearon los mares. (…) La tierra fue repartida en pueblos diversos y enfrentados, y así surgieron las patrias, y, con las patrias, las guerras; la diversidad de lenguas; el antagonismo irreductible y formidable de las religiones y los cultos. Pero quisieron, sobre todo, incitarlas a obrar según fantasías bellas y nobles. Diseminaron sombras divinas, como la Justicia, la Virtud, la Gloria; y pusieron también el Amor, que entonces, por primera vez, descendió a la tierra. De estos fantasmas nacieron en las criaturas mortales dulzuras y ardores increíbles, sacrificios y actos de abnegación, que las distrajeron de la amargura y del tedio de la vida”.
Los dioses de Leopardi cansados de la insatisfacción de las criaturas humanas les dieron los males para que tuvieran que luchar por subsistir y les dieron ideales para que tuvieran valores por los que vivir.
Acaso decorados para suavizar el hastío de existir.
*****
¿El tedio sobreviene como una forma de ingratitud? ¿Lo dado no alcanza? ¿Se demanda más y más, y otra cosa?
Y, ¿si acaso no se tratara del hastío de existir como condición primordial? ¿Ni de la enfermedad de la insatisfacción ni del mal de la ingratitud?
¿Si se tratara de algo más insondable que el hastío, la insatisfacción, la nada? ¿Si se tratara de que no sabemos cómo vivir? ¿De que ningún tiempo lo supo ni lo sabrá?
¿Y que cada época expande repertorios de respuestas inmediatas que sofocan ese no saber?
*****
En la visión de Kierkegaard los males se explican porque vivimos en la insatisfacción y el vicio de los entretenimientos. La superficialidad, la búsqueda de novedad, la distracción, como huidas de sí.
El escritor danés piensa el aburrimiento como umbral de desesperación. Concibe la nada como peligro. Como pantano profundo frente al que se necesita un salto de fe.
Hastío no quiere decir no tener ganas de nada, sino vivir una existencia desganada. Una existencia sin compromiso.
Así compone una fábula moral. Una cosmogonía irónica y desencantada. Una historia de la civilización no inspirada en el amor, la justicia, la igualdad, la algarabía de un común vivir, sino en el terror al aburrimiento. Un hastío sólo adormecido por distracciones que nunca alcanzan. Un hastío que no cesa ni con las crueldades de la guerra.
Escribe Kierkegaard en un breve texto que se llama La rotación de los cultivos. Ensayo para una doctrina de la prudencia social. Incluido en O lo uno o lo otro, publicado en 1843.
“Los dioses se aburrían y por ello crearon a los hombres. Adán se aburría porque estaba solo y por ello fue creada Eva. En ese instante, entró el tedio en el mundo y fue creciendo exactamente en la misma medida en que crecía la población. Adán se aburría solo, luego se aburrían Adán y Eva en conjunto, luego se aburrían Adán, Eva, Caín y Abel en familia, luego aumentó la población en el mundo y las gentes se aburrieron en masa. Para esparcirse, concibieron la idea de construir una torre tan alta que traspasase el cielo. Esta idea era tan tediosa como alta era la torre y, además, era una prueba formidable de hasta qué punto el tedio predominaba. El hombre estaba en lo más alto y cayó a lo más hondo, primero por Eva, después por la caída de la torre babilónica”.
Para Kierkegaard ni la mujer ni babel, ni la erótica ni el amor, ni la desmesura de unirse para llegar hasta el cielo: nada puede curar el tedio con el que los dioses infectaron la creación.
La civilización vive asediada por la silenciosa amante del hastío: la nada.
Escribe Kierkegaard: “El tedio descansa en esa nada que serpentea a través de la existencia y su vértigo es como aquél que se desprende de mirar hacia abajo en un infinito abismo, infinitamente”.
*****
¿Qué pasaría si la nada no llevara a la desesperación o si la angustia no se presentara como desesperación desquiciada? ¿Qué pasaría si la nada bastara?
¿Qué pasaría si pensáramos la nada como nada y no como un abismo cada vez más profundo e insondable? ¿Qué pasaría si no supusiéramos hundimientos o pozos de tormentos? ¿Se podría considerar la serena calma de la nada? ¿Se podría pensar la nada sólo como nada? ¿Sin ornamentos, sin aplacarla con diversiones, sin inventarle tormentosas profundidades?
Hay tedio porque hay nada. Cuánto más se interroga esa nada, más infinita. Tal vez se trata de comprender eso: la existencia serpentea hasta la sola muerte, sin más.
*****
En otro fragmento de ese mismo libro anota Kierkegaard en primera persona: “No siento ganas de nada. No me dan ganas de montar a caballo, es un movimiento demasiado brusco; no me dan ganas de caminar, resulta demasiado agotador; no me dan ganas de recostarme ya que, o bien debería permanecer acostado, y esto no me da ganas, o bien debería levantarme, y esto tampoco me da ganas. En suma: no me dan ganas de nada. Solo de una cosa tengo ganas. De nada”.
Una semblanza del hastío como abandono. Como velo ante la angustia: ese nombre secreto de la nada. O de la melancolía que inventa una profundidad en la que sumergirse. Melancolía que entre el abismo y la nada, opta por el abismo.
*****
Freud no conoció la obra del filósofo de la angustia. Aunque sesenta años después ronda los temas del danés en Duelo y melancolía.
Melancolías no ven en la nada sólo nada. No admiten lo perdido, lo conservan -diría Kierkegaard- en “un infinito abismo infinitamente”.
No hay duelo: la dolorosa tristeza por lo perdido.
No hay lo perdido como perdido, sino como fantasma que se atesora y crece.
Paranoias tampoco ven en la nada sólo nada. Sospechan conspiraciones planeadas para robarnos la vida y hacernos desaparecer.
Qué difícil sentir la inocencia de una nada en calma. Sentir el transcurrir de un tiempo sin apuro. Sin el peligro de lo que caduca, se deteriora, se altera, lastima, muere.
Tal vez Kierkegaard imagina la inacción como intento de fundirse en la nada. Habitar un yo desganado como cura de la insatisfacción.
*****
¿Y si la angustia no se pensara como vacío o falta de fe, ni como sociedad del hastío con la melancolía? ¿Si pensáramos la angustia como momento soberano de no saber cómo vivir?
*****
Nietzsche proyectaba conocer la obra de Kierkegaard en un viaje a Copenhague pero su salud se lo impidió.
En El Anticristo, un manuscrito bien guardado que pudo rescatar, en 1889, su amigo Overbeck, escribe: “El viejo Dios, todo él ‘espíritu’, todo él sumo sacerdote, todo él perfección, se pasea por el jardín placenteramente: sólo que se aburre. Contra el aburrimiento luchan en vano incluso los dioses. ¿Qué hace? Inventa al hombre, el hombre es algo entretenido…Pero he aquí que también el hombre se aburre. La piedad del Dios, por la molestia que tienen en sí todos los paraísos, no conoce límites: pronto creó también a los animales. Primer error de Dios: el hombre no encontró entretenidos a los animales, los dominaba, no quería ser un animal. Entonces, Dios creó a la mujer. Y, de hecho, el aburrimiento se terminó. ¡Pero se complicaron otras cosas! La mujer fue el segundo error de Dios”.
Dios se siente amenazado por la mujer. Ella prueba el árbol del conocimiento. Ella piensa y no le teme. Dios decide expulsar esas rebeldías del paraíso: “inventa la indigencia, la muerte, el peligro mortal del embarazo, toda especie de miserias, vejez, fatiga, sobre todo enfermedad”.
Inventa el mal para sofocar insurgencias. Y cuando, no obstante, las frágiles criaturas mortales, levantan una inmensa torre para tomar el cielo por asalto, “el viejo Dios inventa la guerra, separa a los pueblos, hace que se aniquilen mutuamente”.
Pero, como ni eso alcanza, dios se da cuenta de que no queda otro remedio que ahogarlas con la proliferación de morales, pensamientos inútiles y otros fantasmas.
¡Qué sutileza destacar que “la molestia que tienen en sí todos los paraísos, no conoce límites”!
Nietzsche insinúa que de las derivas del hastío nace la revuelta.
*****
Georg Büchner (1836), en Leoncio y Lena, piensa el aburrimiento como vicio de la abundancia.
El príncipe Leoncio tiene todo lo que un joven rico y poderoso puede anhelar. Lo presenta así: “¡Dios mío! Todo mi trabajo consiste en matar el tiempo. Primero me siento, luego me levanto, después me vuelvo a sentar. ¡Es agotador! He contado cuántas veces puedo escupir sobre esa piedra; ya voy por las trescientas sesenta y cinco. ¿Ves, Preceptor? Es un año entero de trabajo, un calendario de saliva”.
Büchner escribe esta obra antes de cumplir los veintitrés años. Muere meses después de tifus.
Dice Leoncio mientras vagabundea sin dirección con su amigo: “¡Oh, Valerio! ¿Sabes tú qué es el aburrimiento? (...) El hombre es un animal que bosteza; los demás animales no bostezan, o al menos no lo hacen con tanta distinción”.
O se lee en otra de sus obras (La muerte de Danton): “¡Qué no es capaz de hacer la gente por puro aburrimiento! Estudian por aburrimiento, rezan por aburrimiento, aman, se casan y procrean por aburrimiento y, finalmente, mueren de aburrimiento”.
En la dramaturgia de Büchner se presenta el aburrimiento como tristeza de una época en la que la vida transcurre sin pasiones. El aburrimiento como fuente de proezas vanas e infinitos desaciertos.
En Leoncio y Lena, bajo la forma de una comedia de amor, concibe el hastío como indiferencia política.
Para el joven nacido en Alemania, en el mismo año que Kierkegaard, matar el tiempo de los días, equivale a clavar una daga en el corazón del porvenir.
*****
Freud advierte que la primera guerra europea del siglo veinte, con todo su horror, su destrucción, su crueldad, pone a la vista el hastío de la civilización.
En 1915 termina La transitoriedad, un ensayo escrito para una publicación en homenaje a Goethe, en medio de esa gran tensión. Tiene casi sesenta años.
La palabra: Vergänglichkeit, traducida como La transitoriedad por Etcheverry y como Lo perecedero por Ballesteros, hace referencia a lo efímero, lo fugaz, lo que no permanece.
Se trata de una reflexión sobre la condición pasajera de la belleza en tiempos de mutilaciones y enmudecimientos.
Freud dice que una flor no tiene una existencia menos hermosa por durar sólo un día. Recuerda que lo que agoniza en invierno, renacerá en primavera. Discute la idea de transitoriedad como condena. Intenta pensar de qué manera nos aflige cada pérdida inevitable. Vislumbra el duelo como enigma.
Al cabo, no piensa lo eterno como permanencia, sino como cambio. Afirma que la transitoriedad de lo bello no tendría que empañar el contento de lo que no perdura.
Menciona una conversación que, durante un paseo, tuvo, en el verano de 1913, (se supone) con Lou Andreas-Salomé y Rilke.
Escribe: “Hace algún tiempo, en compañía de una amiga taciturna y de un poeta joven, pero ya famoso, salí de paseo, en verano, por una exuberante campiña. El poeta admiraba la hermosura de la naturaleza que nos circundaba, pero sin regocijarse con ella. Lo preocupaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a desaparecer, que en el invierno moriría, como toda belleza humana y todo lo hermoso y lo noble que los hombres crearon o podrían crear. Todo eso, que de lo contrario habría amado y admirado, le parecía carente de valor por la transitoriedad a que estaba condenado.
Sabemos que de esa caducidad de lo bello y perfecto pueden derivarse dos diversas mociones del alma. Una lleva al dolorido hastío del mundo, como en el caso de nuestro joven poeta, y la otra a la revuelta contra esa facticidad aseverada. ¡No, es imposible que todas esas excelencias de la naturaleza y del arte, el mundo de nuestras sensaciones y el mundo exterior, estén destinados a perderse realmente en la nada!”.
Entre el dolorido hastío del mundo y la revuelta contra la extinción de lo bello, Freud se inclina por la revuelta, pero sin olvidar el dolorido hastío del mundo.
Cree que las artes y las ciencias, el trabajo y el amor, elevan a la civilización.
Se pregunta cómo hacer el duelo ante lo que no permanece. Razona que una belleza perdida fertiliza el suelo de lo bello por venir. Sabe que, si no, se corre el riesgo de un obstinado abrazo a la nada. El triunfo de la melancolía, esa cálida anfitriona del hastío que prefiere ayunar o llamar a la muerte antes que sentarse en la misma mesa que el duelo.
Freud, en Duelo y melancolía, dos años después, utiliza la expresión hastío de vivir (Lebensüberdruss). No ve en ese estado el inicio de una revuelta, sino la inmovilidad de una pesadumbre.
*****
Acaso se llame duelo a un tiempo de dolor y tristeza (no de hastío y distracción) en el que no se sabe qué hacer con lo que muere. Incluso un tiempo que no quiere saber la muerte. Y, acaso se llame duelo también al tiempo, tras la muerte, en que no se sabe cómo seguir viviendo sabiendo lo irremediable.
*****
Melancolías anticipan espectros de caducidades futuras. Se acomodan en la languidez para mirar lo que muere en lo que todavía vive.
Al final, el tiempo les dará la razón.
¿Hay otra forma de vivir?, ¿pactar con lo que perece?, ¿afincarse en la creencia de que un momento bello conservará su belleza para siempre?
*****
Pero, sin ceder a la negación, ¿cómo se hace el duelo por una civilización que se ama?
Balas, bombas, muertes por gas, anuncian otra cosa. ¿Tal vez el retiro de los dioses o la náusea de la razón?
En esos tiempos aciagos, Freud no objeta capitalismos ni expansiones imperialistas, piensa la guerra como enfermedad de la pulsión.
*****
Cada época acalla, con sus soluciones, la misma pregunta de siempre: ¿cómo la vida?
En cada época, voces sin respuestas, de diferentes maneras, claman: ¡Basta, así no!




Comentarios