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  • Adynata Diciembre / VPS

    Que nadie se entregue… Allí están los cantos, todavía venturosos en sus cicatrices, refugio y reparo… Cantos, revulsivos y refulgentes, subversivos y subvirtiendo … Vicente Zito Lema Las escrituras de este Diciembre zigzaguean entre “quedarse sin palabras como un modo de estar afectado”  como presenta Nicolás Koralsky al libro “Acompañar es político” y la “obediencia a una especie de pulsación, a una especie de latido que hay mientras escribe” que nos comparte vía el texto Lecturas, Julio Cortázar. Entre una comisión que necesita una apuesta asamblearia, una “clase pública en el marco, entre el aula y el pasillo” que acerca el texto de Mercedes Na. Ramírez , u n anillo de amatista como talismán y el olvido del corazón de las Caligrafías Nómades. Entre las series “ pensar, pintar, actuar, jugar, crear, compartir, en fin, producir salud” del texto Salud mental y justicia social, y “ pensar-actuar-registrar-componer-fantasear-desear-ordenar-manifestar” de Koralsky. Entre la proliferación de sentidos del leer que construye Fernando Stivala y la proliferación de silencios de las intervenciones del Proyecto Silencio General realizada por Pepe Miralle. Habitan en Adynata Diciembre la escritura y los ruidos y la noche y los zumbidos y la ciudad y las murmuraciones y el buentratar y caminatas interferidas y largas pausas y los amores y las bibliotecas y 20 años de Cromañón... Un tiempo en el que, a veces, quedarse sin palabras, paradójicamente, puede impulsar a escribir y, sobre todo, a darse a la lectura.

  • Darse a la lectura / Marcelo Percia

    1. A veces se lee para hacer amistad con quienes sienten la vida de un modo que nos hace bien. También leemos para saber lo que nos pasa. Leyendo aprendemos a reconocer y nombrar lo que sentimos. Aprendemos a amar. Aprendemos la soledad y el silencio. Aprendemos qué decir y cómo decirlo. Aprendemos cómo amanecer cada vez y cómo partir. 2. Perturba en el aula. En el momento de escribir no guarda silencio. Pronuncia en voz alta cada sílaba como si estuviera hablando. Necesita oír lo que escribe. No conoce la escritura como conjunto de signos mudos. Requiere la materia evocadora del habla. La vida bulliciosa de las palabras. 3. Leer supone olfatear y dejarse olfatear por la soledad. Imposible precisar cuándo se comienza a leer en silencio. Pero da gusto el pasaje de Confesiones  en el que san Agustín, en el siglo IV de los tiempos cristianos, describe la práctica silenciosa de lectura de su maestro san Ambrosio: “Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas” . 4. Hans Georg Gadamer (1984) publica un texto que se llama Oír-Ver-Leer . Escribe: “Desde Nietzsche, se califica a la filología como arte de la lectura lenta. Demorarse en algo en lugar de pasar rápidamente por los textos cosechando informaciones es, en verdad, un arte que va desapareciendo” . Lecturas despaciosas hacen lugar entre una cosa y otra, dan tiempo, respiran, escuchan pensamientos. Escribe: “Leer es dejar que le hablen a uno” . Se trata de consentir que las palabras nos hablen, aun sin entender lo que nos dicen. Escribe: “…cuando hablamos del oír y el ver en relación con el leer, no se trata de que haya que ver para poder descifrar lo escrito, sino que lo que importa es que hay que oír lo que dice lo escrito” . Darle voz a lo escrito. Darle un tono, una cadencia, un volumen, un brillo, un espesor. Se trata de vibrar antes que entender. Escribe: “Leer no es, por supuesto, yuxtaponer una palabra y otra palabra y otra palabra. Esto es deletrear o decir de memoria. Leer es, por el contrario, una manera silenciosa de dejarse decir nuevamente algo…” . No hace falta que un texto nos repita lo que dice. Se trata de la disposición a escuchar eso y otra cosa y más en lo que está diciendo. 5. Conviene la palabra leyente : sortea estereotipos de género fijados en los sustantivos lector  o lectora , a la vez que acentúa una acción, un estado, un transcurrir, un arrojo, una movilización: una afectación. 6. El fotógrafo húngaro André Kertész retrata entre 1915 y 1970 imágenes de personas leyendo en diferentes lugares del mundo y en circunstancias diversas: en bibliotecas, en calles, en plazas, en trenes, en balcones, en bares, en iglesias, en aulas, en el borde de una ventana, frente a una mesa de ofertas en una librería. Momentos en que los cuerpos flotan en la lectura. Las sesenta y seis imágenes en blanco y negro están reunidas en un libro que se publicó en castellano con el título Leer . Sin embargo, On Reading -que se traduce como En lectura - sugiere un trance o una intimidad en movimiento. Kertész, que estuvo en Buenos Aires varias veces, fotografía en julio de 1962 a un hombre vestido con un largo sobretodo leyendo mientras camina en una calle por delante de un muro atestado de pintadas políticas entre las que se destacan las dos letras de la insignia Perón Vuelve . En la última página del libro se ve a una mujer leyendo en su cama en el hospicio de Beaune, Francia, en 1929. 7. Tres escenas de lectura en la pintura de Antonio Berni. En 1935, pinta Chacareros , un óleo sobre bolsas de arpillera de tres por dos metros. Retrata una escena de lectura grupal con un periódico ( El Campo ) como protagonista principal. La lectura como comunión leyente de un pueblo rural en estado de asamblea. Años después, en 1961, pinta un óleo también sobre una arpillera de dos por tres metros que se llama Juanito Laguna aprende a leer . En una villa empobrecida, una niña de pie sostiene un libro, mientras Juanito y otros dos compañeros escuchan sentados en el piso con cuadernos y lápices en la mano. La lectura como ilusión de ascenso social. En 1978, en años de dictadura, realiza Juanito dormido . Un óleo con un collage en el que utilizó madera, papel mache, telas de algodón, alpargatas, latas y otros desechos industriales. Juanito adolescente, apoyado en una cerca de madera, se ha dormido mientras leía una revista de historietas que quedó tirada entre sus piernas junto a un avioncito de hojalata. La lectura como tedio y fatiga en tiempos sin horizontes. 8. Darse a la lectura supone hacer algo con el tiempo. Se dice no tengo tiempo para leer  y, también, se dice no pierdas tiempo leyendo cosas que no sirven para nada . Si no se lee para informarse de algo, o para dar un examen, o para pasar el rato, o para saber cómo funciona un lavarropas, o para espiar existencias famosas y exitosas, o para que nos digan cómo ayudarnos sin necesitar de nadie; ¿para qué se lee? Se conoce la pasión de Proust por la lectura. Se cuenta que tapizó las paredes de su habitación con corcho y que regaló a los vecinos del piso de arriba zapatillas con suelas de lana para que no hicieran ruido al caminar. Un ensayo suyo (1905), que se llama Días de lectura , comienza así: “Aunque se crea que los dejamos de vivir, no hay días de nuestra infancia que hayamos vivido tan plenamente como aquellos que hemos pasado con un libro favorito” . Proust piensa que se lee para habitar la vida. No piensa la lectura como tiempo sin vivir o como recepción pasiva de lo escrito, sino como inmersión meditativa, como despertar de la perezosa soledad, como incentivo de creación. Así se lee en un pasaje de En busca del tiempo perdido : “La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura” . Sin embargo, la pregunta de por qué se lee sobrevuela sin respuestas. A veces, el tiempo que se pierde leyendo se asemeje al tiempo que lleva, estando en prisión, cavar un túnel para escapar de una celda. Sin importar si la fuga tendrá éxito o no. Darse a la lectura abre pasadizos en el muro de los días. 9. ¿Cuántos libros se pueden leer en una vida? Intensidades leyentes no se miden por cantidad de volúmenes acumulados. Sólo cuentan los libros vividos. No sorprende que bibliotecas alberguen más libros no leídos que leídos. Los no leídos esperan a que les llegue una oportunidad. Aunque la ocasión no les llegue nunca. Promesas contentan el momento sin tener obligación de cumplirse. Intensidades necesitan encuentros. 10. Bibliotecas, aunque sigan el cómodo orden alfabético o la fatalidad temática, componen agrupaciones raras y caprichosas. Lo accidental juega a favor de la labor leyente. Escribe Calasso (2001): “La única regla áurea es la del buen vecino, formulada y aplicada por Aby Warburg, según la cual en la biblioteca perfecta, cuando se busca un determinado libro, se termina por tomar el que está al lado, que se revelará aún más útil que el que buscábamos” . Convicciones tempranas componen destinos. Aby Warburg, nacido en Hamburgo en una familia de banqueros judíos, a los trece años cede su herencia a su hermano a cambio de que le comprara, durante el resto de su vida, todos los libros que quisiera. Así, creó su biblioteca en Hamburgo según singulares y, a veces, insólitas decisiones. Proyecto que se pudo trasladar a Londres en los primeros tiempos del nazismo. 11. Lecturas conducen a otras lecturas. Libros se escriben con libros. Así lo sugieren las bibliografías. Si las citas de fuentes no se presentan como avales, se ofrecen como tesoros. Bibliografías componen mapas de lecturas. Como se dice en este texto de Paulo Leminski (1989): “Quién me diera / un mapa del tesoro / que me lleve a un viejo baúl / lleno de mapas del tesoro” . 12. Al comienzo se exhibe la biblioteca con orgullo. Más tarde, a pesar de que se la hizo crecer, se comienza a percibir su insuficiencia. Con el tiempo se la visita cada tanto con polvorienta indiferencia. Al final, se la siente como acusación desencantada. 13. Desde que Jean Armour Polly (1992) publica su artículo Navegando por internet , la voz navegar , que al comienzo se consideró una alusión empobrecida del acto de leer, se ha vuelto su equivalente más empleado. Estar navegante, por momentos, se confunde con estar leyente. La cuestión consiste en interrogar cuándo estados navegantes y leyentes se tornan pensantes. Tal vez navegar en un océano saturado de datos no ayude a pensar. Quizás estar leyente suponga navegar entre silencios. Acaso pensar quiera decir deslizarse sobre un espacio en blanco sin pensar en nada hasta que, quizás, se piense (o no) en algo. 14. A partir de que, en los primeros años de este siglo, google anunció que escaneó los libros de cinco grandes bibliotecas del mundo, los textos digitalizados en la red exceden lo abarcable. Sin contar que, en cada momento, se escanean miles y miles más. Asistimos a los tiempos de una biblioteca universal que supera las ficciones borgeanas de la Biblioteca de Babel  (1941) en la que se imaginaba una biblioteca que tenía las mismas dimensiones que el universo. Vivimos sumergidos en una nube desencuadernada en la que los libros se expanden y se mezclan y entretejen y actúan por su cuenta y se ligan entre sí y comparten palabras que llevan a otras palabras y arman series de referencias y, así, sin pausas ni descansos. La voz inglesa link (que se traduce como conexión ) nombra la lectura como vértigo. Un frenesí que desborda las palabras enlace , vínculo , nexo , ensamble , acople . La excitación digital anonada calmas que piensan y meditan. Inteligencias ya no se presentan como destellos de ocurrencias personales. Estamos ante inteligencias de inteligencias que no pertenecen a nadie. Artificios de asociaciones que se conectan solas. Roberto Calasso (2013) en La marca del editor  (título que alude a su condición de lector, escritor y, también, editor) ofrece esta imagen: “Como el cien pies, no queremos saber cómo se mueven, en este momento, las mil minúsculas partes de nuestra mente. Porque sabemos que quedaríamos paralizados” . 15. Juan Carlos De Brasi confiaba que había reunido en su biblioteca dos mil libros. Muchos más que los que tuvo Montaigne en el gabinete en el que escribió sus ensayos o los cuarenta libros que rodeaban a Spinoza el día de su muerte. Con algo de modestia, un poco de tristeza y mucha picardía, concluía que eso probaba que poseer una gran biblioteca no aseguraba llegar a tener una escuálida idea o poder escribir una página buena. 16. Sentir el peso de un libro entre las manos. Calcular su extensión en un solo vistazo. Acariciar la suavidad o aspereza de la tapa. Considerar si el diseño e imagen de la portada atrae o no. Hojear pasando las páginas de un lado a otro. Tomar contacto con la textura del papel y las tipografías. Curiosear la contratapa y las solapas, la fecha y el lugar de edición. Sentir la emoción o la pesadumbre de tener que leer. Subrayar con un lápiz y escribir en los márgenes. El libro como una lámpara que espera sentirse frotada. 17. Algo así la ceremonia de la lectura antes de las pantallas. Y, ¿la lectura en las pantallas? Una superficie lumínica plana en la que las páginas se pasan deslizando un dedo o con un cursor. Lecturas interferidas o acompañadas por la apertura de decenas de ventanas. Lecturas de dispersiones y asociaciones facilitadas. Lecturas que, si nos descuidamos, quedan más tentadas por la información, la curiosidad, la sorpresa, que por la afectación, el temblor, el silencio. 18. Pantallas conviven con dibujos y letras en un papel. Quienes estén creciendo viéndonos leer en pantallas, aunque sus crianzas estén rodeadas de hermosas e ingeniosas literaturas para infancias, ¿sentirán más atracción por las pantallas que por el papel? 19. A veces, se lee para tener algo que decir, algo que contar, algo que pensar. En eso  radica una de las fatalidades universitarias: leer para contar lo leído. Quizás se trate de darse a la lectura, para dar lo leído, para darse a la palabra dándola. ¿Clases componen un diario de lecturas? Voces que ofician clases, con el tiempo, no se dedican a leer para transmitir, sino a leer para pesquisar. 20. Se buscan pistas, señales, indicios, restos, para llevar a una clase. Se coleccionan joyas encontradas. Quizás no se trasmiten saberes, sino pesquisas. O, mejor dicho, se trasmite el oficio de pesquisar . A veces, se lee un libro con la ansiedad de encontrar una línea, una frase, una idea, una palabra todavía no empleada o una antigua palabra olvidada. 21. Pesquisar no como investigación de un delito, de una intención oculta, de una circunstancia borrada. Pesquisar no como labor de detectives o policías secretas. Pesquisar como despiste buscado. Tal vez como lectura flotante . El hallazgo como inesperada detención en lo insignificante. La pesquisa como disposición que supone saberes inesperados casi en cualquier parte. 22. Darse a la lectura (se dijo) supone dar a leer. A veces, leyentes devienen intérpretes : dan a leer dándose en voz alta en un párrafo o en una página querida. Poniendo en escena épicas y agonías de las ideas. Leyentes, navegantes, intérpretes, interesan como preludios de la acción de pensar. 23. Bibliotecas universitarias, colecciones de apuntes, innumerables páginas digitales, no transmiten saberes, acumulan información. 24. Dice Borges (1979) en una entrevista: “Creo que la frase ‘lectura obligatoria’ es un contrasentido; la lectura no debe ser obligatoria. ¿Hablamos de placer obligatorio? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¿Hablamos de felicidad obligatoria? La felicidad también la buscamos. Yo he sido profesor de literatura inglesa durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro les aburre, déjenlo; no lo lean porque es famoso, no lo lean porque es moderno, no lo lean porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo; aunque ese libro sea el ‘Paraíso Perdido’ —para mí no es tedioso— o ‘el Quijote’ —que para mí tampoco es tedioso—. Pero si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad…” . Borges no concibe la lectura como imposición, sino como felicidad. Profesa una lectura hedonista: leer sólo por placer. La lectura como ensueño deseado. 25. No se trata de volver a repetir que la obligación mata al deseo. Deseos también pueden responder a obligaciones secretas. Se trata de decir que más allá de todas las obligaciones, por momentos se abre paso la dicha de leer. Y que eso puede ocurrir o no en las aulas. ¿Alcanza con sacar esa denominación de los programas? ¿Sustituirla por lecturas imprescindibles , lecturas urgentes , lecturas sugeridas , lecturas recomendadas , lecturas acompañantes , lecturas para salvar el mundo , lecturas con miedo , lecturas con rabia ? 26. Cada vez que Borges se refirió a sus clases, insistía en que no enseñó literatura inglesa, sino en que trasmitió el amor por esa literatura. “O mejor dicho, ya que la literatura es virtualmente infinita, el amor a ciertos libros, a ciertas páginas, quizá a ciertos versos” . Sostenía que para dar a conocer una cosa bella antes se necesitaba haberla sentido. 27. Doris Lessing (1962) en el prólogo a El cuaderno dorado  hace algunas recomendaciones. Sólo leer lo que nos atraiga. No leer lo que nos aburre. Saltear las partes pesadas. Nunca leer por deber ni seguir modas. Saber que algunas lecturas llegan antes de tiempo y se valoran mucho después. Aceptar que algunos libros no llegan nunca y que esa pena no se puede evitar. Recordar que hay más libros no publicados -y ni si quiera escritos- que los impresos. Tener en cuenta que no todos los saberes están en los libros. Considerar que muchas transmisiones orales invitan a leer con los oídos, con la memoria de los cuerpos, con los jadeos del alma. 28. Italo Calvino (1992) en Por qué leer los clásicos  presenta, también, algunas ideas sobre la lectura. Escribe: “Los clásicos son esos libros sobre los cuales se suele oír decir: ‘Estoy releyendo…’ y nunca ‘Estoy leyendo…’” . Como si lecturas famosas actuaran como pruebas de valor y nos diera vergüenza confesar no haberlas leído. Calvino considera clásicos libros que no se leen por deber o respeto, sino por amor. Libros que se leen por el solo deseo de leer. Libros que se guardan como momentos luminosos. Libros que se leen por primera vez aunque se los haya leído antes. Libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir. Libros que tienen la memoria de innumerables lecturas. Libros que conversan con otros libros. Libros que nos acompañan como talismanes. Los llama clásicos no por pertenecer a un canon, sino por sus propagaciones, resonancias, capacidades de afectación. Escribe: “Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo” . Y agrega: “Un clásico persiste de ruido de fondo incluso cuando la actualidad desesperante se impone” . 29. Lecturas en las aulas ocurren como citas amorosas o suceden como cargas bibliográficas. Inquietudes y curiosidades que no se sienten convocadas por esas citas, convendría que se reserven para otros llamados. Lecturas pueden imponer sus impresiones y moldes, pero no pueden, sin entusiasmos que leen, avivar saberes. 30. Manuales se leen para clasificar. Tratados se leen para ahondar en las clasificaciones. Algunos libros se leen para iniciarse en el conocimiento de algo o para saber más de lo que creíamos conocer. A veces se lee por presión de una moda o para estar al tanto de algo o para entender de qué hablan quienes presumen saber sobre lo que hay que saber. Se lee por muchas razones. También se lee por una urgencia, para calmar un desasosiego, para acompañar un desconcierto, una confusión, un enmudecimiento. En ocasiones, incluso se lee por la responsabilidad, sospecha o temor de que podemos no saber pensar lo que creemos que sabemos pensar. Hay lecturas por conveniencias, lecturas prescindibles, lecturas inerciales, lecturas desesperadas. Pero, al cabo, sólo importan las lecturas que se agradecen. A veces, se lee para concluir y alcanzar sentencias diagnósticas tranquilizadoras. Otras, para habitar el tembladeral de la diagnosis como drama interminable del saber. 31. Interrupción, distracción, despedazamiento: tres condiciones del acto de leer. Escribe Gombrowicz (1937) en Ferdydurke : “Decidme, ¿cómo pensáis?, ¿acaso, según vuestra opinión, el lector no asimila sólo partes y sólo en parte? Lee, digamos, una parte o un pedazo y se interrumpe para, dentro de algún tiempo, leer otro pedazo; y a menudo ocurre que empieza desde el medio o, incluso, desde el final, prosiguiendo desde atrás hasta el principio. A veces ocurre que lee dos o tres pedazos y lo deja... y no porque no le interese, sino porque algo distinto se le ha ocurrido. Pero aun en el caso de leer el todo, ¿creéis que lo abarcará con la mirada y sabrá apreciar la armonía constructiva de las partes, si un especialista no le dice algo al respecto? ¿Para eso, pues, el escritor, durante años, corta, ajusta, arregla, suda, sufre y se esfuerza: para que el especialista diga al lector que la construcción es buena? ¡Pero vayamos, más lejos aún, al campo de la experiencia cotidiana! ¿No ocurre acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca pueden distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en ese momento entrase, digamos, su hermano y dijese algo? La noble labor del escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano o un teléfono” . 32. Interrupción, distracción, despedazamiento: soberanías de las almas leyentes. “ Escribir la lectura”  se titula un texto de Roland Barthes publicado en 1970 en un suplemento de los domingos de un diario. Se lee: “¿Nunca te ha sucedido, leyendo un libro, que te has parado continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no te ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?” . Leer levantando la cabeza. Saltando de un mundo a otro. Interrupción que hace lugar a lo incontenible. Extravío momentáneo. Suspiro leyente como súbita dulzura del acto de pensar. Ganas de escribir la lectura : deseo de hacer nacer algo entre las palabras. 33. Lecturas marcan vidas. Roberto Calasso (2001) sostiene que no dejar huellas en un libro se considera una prueba de “indiferencia o de mudo estupor” . En Cómo ordenar una biblioteca , escribe: “Siempre he desconfiado de quienes quieren conservar los libros intactos, sin ninguna marca de uso. Son malos lectores. Toda lectura deja una marca, aunque no quede ningún signo visible en la página. Un ojo experto sabe enseguida distinguir si un ejemplar ha sido leído o no. En cuanto a las señales en los libros, todo está permitido excepto escribir o subrayar con bolígrafo, porque es una especie de lesión irreparable al objeto” . Una estudiante mostró cómo marcaba un apunte hasta con siete colores. Alguien dijo que usaba bolígrafos sin culpa y que, incluso, arrancaba páginas que no le interesaban. Una voz dijo que no subrayaba los libros que amaba para poder leerlos siempre por primera vez. Otra voz dijo que los libros sagrados no se debían marcar. A lo que alguien replicó, que leer significa profanar. 34. A veces, asistimos a la perplejidad de las marcas: encontramos notas y subrayados, en los libros leídos, que no recordamos. 35. George Steiner (2014), en una conversación que se publicó con el título de Un largo sábado , invita, también, a leer con un lápiz en la mano, subrayando, tomando notas, escribiendo ideas en los márgenes, luchando con la literalidad línea por línea y atendiendo a todas las asociaciones o digresiones. Dice: “La lectura de un libro puede cambiar una vida” . Sabemos que se puede leer sin pensar. El lápiz que subraya señala “Ahí hay algo” . Una escritura en el margen autoriza la inmediatez y el arrebato de ideas que, si no, se pierden. Signos de admiración o de interrogación señalan aprobaciones, desacuerdos o pasajes que no se entienden. Trazos de grafito que ocupan los blancos que quedan en un papel impreso ponen en acto el arrojo de pensar. Momento en el que darse a la lectura concita una irreverencia. Se suma, así, otra condición de las soberanías leyentes: interrupción, distracción, despedazamiento, irreverencia. 36. No se trata sólo de leer lo leído, sino también de leer cómo nos afecta lo leído. La lectura se comporta como una red de arrastre en una embarcación de pesca. Al examinar lo capturado no importa tanto lo aprisionado. El momento logrado de la lectura no reside en lo contenido en la red, sino en la posibilidad de vislumbrar lo que queda afuera. 37. Leer: infinitivo de la vista que se levanta, distracción, derrame. No imperativo de instrucción y acatamiento. Llamado e incitación a ocurrencias pasajeras. Momento de iluminación o epifanía. Oportunidad de rapto, desvío, fuga. Suspiro robado a la concentración. Extravío en segundos en los que no se piensa en nada. 38. Se comienza a leer por muchas razones. Aquiles trabajaba en una librería en Primera Junta. Hablaba soñando ideas. Le encantaba recomendar libros. Sabía percibir lo que cada cual andaba buscando aunque no lo supiera. Cada tanto traía del sótano joyitas que tenía reservadas para ocasiones únicas. Transformaba la sugerencia en una ceremonia de iniciación. Detrás de unos lentes redondos le brillaban los ojos de entusiasmo. Leía embriagado en voz alta fragmentos del libro elegido. Daba ganas de leer sólo para revivir ese momento maravilloso. En esa pequeña cueva de libros, Aquiles oficiaba lecturas célibes. Lecturas sueltas, libres de compromisos editoriales, desamarradas de las modas culturales, indiferentes a los cánones universitarios, autónomas de los compromisos militantes. Daba a leer extravagancias de la historia. A leer no se enseña. Tal vez se trasmite la soledad que se necesita para reconocer lo que nos conmueve. 39. Ismaíl Kadaré (1971) en su novela Crónica de piedra  narra su infancia en una Albania invadida por el fascismo italiano y las tropas nazis. Cuenta, en esos días, su encuentro con la lectura. El librero del pueblo le había prometido un libro. Le enseñó cómo identificar el nombre de quien lo escribió y el título que le puso para orientar a quienes lo quisieran leer. Tras buscar un rato, elige uno que cree hablaba de magia. El librero lo desalienta: “No vas a entender nada de Jung y además no está escrito en albanés. Busca otro” . Al rato vuelve decidido: “Finalmente encontré uno en cuyas primeras páginas leí las palabras espíritu, brujas, asesino primero e incluso asesino segundo. Mira, me llevo éste, le dije sin mirar siquiera el título, ¿Macbeth? Es fuerte para ti. Quiero éste. Llévatelo, dijo, pero no lo pierdas” . Y así por primera vez entró un libro en su casa. 40. Arlt (1926), en El juguete rabioso , sitúa la lectura como privilegio. Escribe: “Cuando cumplí los quince años, cierto atardecer mi madre me dijo: –Silvio, es necesario que trabajes. Yo que leía un libro junto a la mesa, levanté los ojos mirándola con rencor. Pensé: trabajar, siempre trabajar. Pero no contesté” . Arlt sabe que la lectura tiene relación con el tiempo. Pero, no a la manera de Proust como búsqueda estética vivencial de un tiempo perdido, sino como un tiempo robado a la obligación de trabajar. Un tiempo de clase. 41. Erich Fromm (1980) cuenta una anécdota de su bisabuelo. Todo el día se pasaba estudiando el Talmud en la tienda en la que trabajaba y de la que vivía. Cuando llegaba un cliente levantaba la vista del libro con fastidio y preguntaba, ¿qué… no hay otra tienda?  La pasión por leer se imponía al negocio. 42. Si no gravitaran los libros sagrados, los manuales de instrucciones, las literaturas de autoayuda, los diarios y revistas de empresas del poder, los folletos turísticos, los anuncios de publicidad y las incalculables selecciones algorítmicas; tal vez leer compondría una afición anticapitalista. 43. Los libros nos llegan por la escuela, o como regalos, o como recomendaciones, o como compras intuitivas. A Nicolás Rosa (1992) le gustaba decir que si una biblioteca no se hereda, la otra manera de conseguirla consiste en robarla. Sabemos que una herencia puede recibirse como una suerte o como una desgracia. Por su parte, robar libros para leerlos (no para acumularlos) compone un delito del deseo que nos hace dudar si merece castigo, aplauso o contrariedad moral. Este último sentimiento, si consideramos las desventuras de quienes se empeñan en sostener tiendas de libros. 44. Editorial Cactus edita en 2023 [Risas] Fuera de contexto , una antología de fragmentos de clases de Deleuze en Vincennes entre 1959 y 1987. El título alude al hecho de que, en las desgrabaciones, se repite una anotación teatral [risas] . Los primeros fragmentos están reunidos con el título [cómo leer] . Allí se escucha la fórmula de Deleuze para la lectura: sólo leer aquello que se ama, encontrar la escritura que nos enamore. Dice: “Yo abogo por relaciones moleculares con los autores que leen. Encuentren lo que les gusta. (…) Leer es eso: encontrar vuestras propias moléculas. Están en los libros. Vuestras moléculas están en los libros. Es preciso que encuentren esos libros. Nada es más triste, en los jóvenes en principio dotados, que envejecer sin haber encontrado los libros que verdaderamente hubieran amado. (…) No encontrar los libros que uno ama nos vuelve amargos. (…) Es preciso que solo tengan relación con lo que aman” . Deleuze, en otro momento, bromea que la lectura de Spinoza puede darnos respuestas sobre las cosas que nos pasan. Dice: “Sería muy bueno saber la Ética de memoria. ¡Apréndanla de memoria! [risas] Aprender Kant de memoria no tiene ningún sentido, no sirve de nada. Aprender Spinoza de memoria sirve para la vida. En cada situación, ustedes se pueden preguntar: ‘¿A qué proposición remite esto?’. Siempre hay una respuesta en Spinoza” . Una cosa una escritura con dolor y otra el regodeo en el dolor. Las risas de Deleuze se ofrecen como antídotos de ese goce. Dice: “(…) la gran literatura es la cosa más divertida del mundo, y es por eso que escribir es una alegría. Quiero decir que escribir es siempre literalmente una manera de reír. Y entonces lo que hace la diferencia entre los lectores es que, por una parte, hay quienes no saben esta verdad elemental. Entonces, como suele decirse, ‘se toman todo en serio’ [risas]. Eso es una catástrofe. Produce a los que lloran leyendo a Beckett o a Kafka [risas]” . 45. A los cuerpos leyentes les pasan cosas. Esas cosas que les pasan se nombran de muchas maneras. Horacio González (1998) en un artículo que se llama El ensayo como lectura de curación , a propósito de un comentario de Lacan que dice que la lectura de Hamlet nos hace revolcarnos por el suelo, retoma una observación de Martínez Estrada sobre una lectura con miedo. No una lectura mecánica y escolar, sino una lectura viva. Una lectura que se estremece, se convulsiona, se sobresalta. Una lectura crispada que pasa por el cuerpo. 46. Hay lecturas que buscan secretos entre líneas. Leo Strauss (1952), en La persecución y el arte de la escritura , piensa cómo, en circunstancias de censuras y acechanzas, se esconden ideas en los textos. El arte de las escrituras blindadas y defendidas. Escrituras esotéricas  y, a la vez, exotéricas . Esotéricas, en tanto, que diseminan pistas entre líneas  que sólo lecturas aliadas puedan descifrar y exotéricas, en tanto, están destinadas a burlar controles de poderes, autoridades, instituciones inquisidoras, servicios de inteligencia. A veces leer nos pone en peligro. Hay muchas maneras de forrar libros. Se trata de una práctica para proteger las tapas o para resguardar la privacidad de lo que se está leyendo. En tiempos del terror de estado , se conoció la lectura como disimulación . Se forraban los libros por miedo. No se ocultaban preferencias ni se resguardaban intimidades, se procuraba preservar la vida. Aunque, al cabo, andar con un libro forrado resultaba sospechoso. 47. Dashiell Hammett, el autor del Halcón Maltés , compadece en un juicio el 26 de marzo de 1953 como presunto autor pro comunista. Tras un largo interrogatorio, McCarthey pregunta a Hammett: “Si usted se propusiera luchar contra el comunismo, ¿qué libros prohibiría?” . El escritor, que hasta el momento se mantenía en silencio amparado en la constitución norteamericana, ya no se contuvo: “Bueno, si estuviera luchando contra el comunismo, yo pienso que prohibiría todos los libros” . Entonces, el senador McCarthey, ante esa evidencia que lo delataba, dijo “Muchas gracias, ha terminado el interrogatorio” . 48. En diferentes entrevistas, Piglia narra una anécdota que le sirve para reírse de la escena mítica de la primera lectura. La historia resta solemnidad al acto de leer, a la vez que pone a la vista la lectura como arma de seducción. Cuenta: “La peste fue el primer libro que leí con conciencia, digamos, literaria. Tengo muy clara la escena. Porque íbamos caminando por la calle y enfrente había un muro, y tengo esa imagen muy nítida porque entonces ella me hace la pregunta. Teníamos quince, dieciséis años. Yo cursaba el secundario y no estaba interesado mayormente en la cultura, jugaba al billar, qué sé yo, pero estaba esta chica que venía de una familia anarquista y era abanderada y tenía esa tradición cultural de los anarquistas. Íbamos caminando por esa calle cuando ella me preguntó qué estaba leyendo. Yo no estaba leyendo nada, pero recordé un libro que había visto expuesto en una librería y dije su título. Era La peste, de Camus. Pero entonces ella me lo pide prestado. Ese día lo compré, lo leí esa noche, lo arruiné un poco para que pareciese usado y se lo presté” . 49. Una bella historia sobre la lectura concierne a la primera traducción del Quijote de Cervantes al chino mandarín. La hizo, en 1922, Lin Shu que no hablaba castellano ni ninguna otra lengua occidental. La novela en chino se llama Historia del caballero encantado . Para suplir su falta de conocimiento de idiomas, Lin se respaldaba en ayudantes que le contaban lo que habían leído. El mismo se explica así: “No conozco lenguas occidentales, ello me obliga a tener junto a mí a dos o tres caballeros del ámbito de la traducción que me cuentan con la boca las palabras [escritas]. Mis oídos las reciben y mi mano los sigue. Cuando cesan sus voces, el pincel se detiene. En un día, con cuatro horas de trabajo consigo escribir seis mil caracteres” . Para hacer la traslación del libro de Cervantes contó con un ayudante que había leído una versión del libro en lengua inglesa. Así, su oído escuchaba las aventuras de “ la triste figura”  en mandarín coloquial y las vertía al mandarín clásico. El Quijote de Lin Shu se presenta como un caballero más romántico que extraviado. Un sabio y modesto guerrero que domina las artes marciales. Sancho de escudero se convierte en discípulo. Y Rocinante  reluce como un corcel vigoroso, veloz y orgulloso y no como un viejo caballo flaco y cansado. Se lee en el Quijote de Cervantes: “Píntola en mi imaginación como la deseo” . Se lee en el Quijote de Lin Shu: “En realidad todo es inventado” . 50. Escribimos imitando a quienes leemos. Con el tiempo nos damos cuenta qué cosas nos gustan y qué cosas no. Al final, comenzamos a escribir sólo lo que nos da ganas de leer. En ese momento, ya no interesa si imitamos. Sólo importa que la cosa nos guste. 51. Cuando se lee un libro siempre quedan cosas sin entender, restos que se escurren sin que los lleguemos a sospechar. Pero eso no importa: solo cuenta saber que la vida sigue ahí dando que pensar. Según César Aira, John Cage tenía una manera sencilla para saber qué le gustaba leer y qué no: le gustaba lo que no entendía . Observación que completaba con esta cita de Proust: “Los libros que amamos parecen escritos en una lengua extranjera” . En ese mismo sentido, Horacio González (2017) escribe a propósito de la lectura de Lezama Lima: “O se lo entiende o se lo lee” . 52. Cuando nos preguntamos hacia dónde va un texto o de qué se trata o qué quiere decir, estamos en problemas. Ese momento provoca desinterés, nos hace sentir mal o nos invita a seguir sin entender. A veces, depende de la confianza que nos inspire la letra. 53. Leer no equivale a interpretar. Leer supone navegar la ilegibilidad, la indecisión, el silencio. Leer supone saber la decepción de no entender. Y, también, correr el riesgo de saber lo que no se quiere entender. Octave Mannoni (1962) cuenta que la madre de Rimbaud inquieta después de leer Una temporada en el infierno , quiso saber qué quería decir Arthur en ese escabroso libro. A lo que su hijo respondió: “Quiere decir literalmente lo que dice y en todos los sentidos” . Leer literalmente y en todos los sentidos  compone la sabiduría íntima del darse a la lectura. En Cartas del vidente , Rimbaud (1871) proponía leer la vida como visión , pero no en el sentido de adivinar el futuro, sino en el del desarreglo de los sentidos. Una disposición a sentir más allá de lo reglado. En los preludios de la acción de pensar, entonces, tenemos: leyentes, navegantes, intérpretes, videntes. 54. En Pequeños tratados 1 , Pascal Quignard (2004) escribe: “El libro es un pedazo de silencio en las manos del lector. Quien escribe calla. Quien lee no rompe el silencio” . Uno de los grandes desafíos de leer consiste en llegar a habitar ese silencio. Pero, ¿cómo se habita un silencio? Una escritura fragmentaria, ¿ayuda a habitarlo? La inconclusión, ¿lo repone? La irrupción de una repentina emoción, ¿posibilita sentirlo entre las manos? Silencios en la lectura tocan lo irrepresentable. 55. James Joyce en una carta del 4 de abril de 1905 a su hermano Stanislaus, hablando del Ulises , dice: “Ya he terminado otro capítulo y ahora voy por el veinte. Ésta es una obra terrible: no sé cómo tengo paciencia de escribirla. ¿Crees que la gente tendrá paciencia de leerla?” . El escritor irlandés pregunta algo que no se podía responder entonces y tampoco ahora: ¿quiénes tendrán paciencia para leer las más de seiscientas páginas que tardó siete años en escribir? Pero la paciencia que solicita no equivale a tolerancia o condescendencia con una novela extensa. Esa paciencia quiere decir tiempo . ¿Habrá un porvenir de lecturas sin prisas, de lecturas sustraídas a los relojes, de lecturas en las que la vida pase sin que nos demos cuenta? 56. En ocasiones, se sigue leyendo esperando saber el final. Tal vez eso ocurre en las novelas policiales o románticas. O cuando se leen obras completas de alguien para asegurarse un conocimiento. Pero, ¿por qué se leen poéticas o ensayísticas que carecen de desenlaces, conclusiones, cierres? Algunos textos prometen sorpresas más adelante para que no se los abandone. Tal vez esa percepción tuvo Macedonio Fernández que comienza a escribir en 1925 su Museo de la novela de la Eterna  compuesta de prólogos que anuncian una narración que nunca comienza. 57. En el mejor de los casos el yo se fatiga y se encoge leyendo. Virginia Woolf en una carta a Ethel Smyth, del 29 de julio de 1934, cuenta que después de leer muchas horas seguidas se siente abatida. Explica que eso le sucede por leer como ella lee: vaciándose de suficiencia, de arrogancia, de embriaguez de sí. Escribe: “Hoy, como si fuera una mariposa cuyas alas se hubiesen arrugado hasta la extenuación, empiezo a reabrirlas, a batirlas y a planear a través del aire. No he leído tantas horas seguidas desde hace no sé cuantos meses. A veces pienso que el cielo debe ser una continua e inagotable lectura. Es un arrebato impalpable, como un trance que me atrapaba cuando era niña y que vuelve una y otra vez con una violencia que me deja agotada. ¿He dicho que estaba volando? ¿Por qué entonces estoy tan baja de ánimo? Porque, querida Ethel, leer consiste en eliminar completamente el propio ego, y es el ego el que se pone erecto, igual que otra parte del cuerpo cuyo nombre no me atrevo a decir” . Después del trance de la lectura reposa en una rama como una mariposa exhausta. Pero ese abatimiento no corresponde a su pasión leyente, sino al ego que no sabe ni puede volar, que se resiste a devenir crisálida. 58. Henri trabaja de cajero en un banco. Un personaje amable y soñador que lleva lentes grandes con mucho aumento. Vive apasionado por la lectura. Su jefe le dice que le pagan para atender clientes y no para leer. Le prohíbe que use, en su horario de almuerzo, la bóveda para leer. Le advierte “o se dedica a trabajar y olvida la lectura o pronto estará en el banco de una plaza leyendo los anuncios de empleos” . Henri vive un infierno. Su esposa tampoco lo deja leer en su casa: le saca el periódico de las manos, le esconde las revistas, le tacha y le arranca las páginas de los libros. Al día siguiente en el horario de almuerzo, a pesar de la restricción de su jefe, se escabulle y se refugia en la bóveda para leer. El titular del diario alerta sobre el peligro de una bomba que podría causar una destrucción total. En ese momento, tras un terrible estallido en el que explota su reloj, se desvanece. Al despertar, confundido abre la puerta de la bóveda. Asiste a la devastación del mundo. No hay sobrevivientes. Se desespera. Cuando está a punto de quitarse la vida, descubre las ruinas de una biblioteca pública. Encuentra miles de libros intactos. Los libros que siempre quiso. Piensa que, por fin, tendrá tiempo para leer. En eso, tropieza. Se le caen los lentes, se rompen los cristales. Entonces, otra vez solo, se vuelve un fragmento más entre las ruinas. Al fin, suficiente tiempo , octavo episodio de una serie que se conoció en Argentina con el nombre de La dimensión desconocida , se emite por primera vez el 20 de noviembre de 1959. Presenta la lectura como obsesión contraria a los bancos y a los matrimonios. Y, a la vez, como quimera evasiva en tiempos de la destrucción del planeta. Pocos años antes, en agosto de 1945, Estados Unidos había lanzado bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Darse a la lectura no puede significar sólo darse al placer o a la evasión. Leer quiere decir, también, probar otras maneras de leer. Decidir con quienes pensar la vida y con quienes salvarla. 59. Nietzsche (1882) en el parágrafo 366 de Die fröhliche Wissenschaft, una obra traducida al castellano como  La ciencia jovial  o La gaya ciencia  y alguna vez como  El alegre saber , escribe: “No formamos parte de esos que sólo llegan a pensar entre libros, sólo estimulados por libros: estamos habituados a pensar al aire libre, andando, saltando, ascendiendo, bailando, y donde más nos gusta hacerlo es en montañas solitarias o justo al lado del mar o, incluso allí donde los caminos se repliegan y vuelven ensimismados. Nuestras primeras preguntas sobre el valor de un libro, una persona o una música rezan así: ¿sabe andar?, o, mejor aún, ¿sabe bailar?” . 60. Sabemos la atracción o fascinación que ejerce la creencia en una palabra revelada. Sabemos lecturas de libros sagrados. Darse a la lectura no quiere decir darse al acatamiento que organiza, sostiene, establece, qué pensar. Darse a la lectura supone darse a una soledad que baila con otras soledades. Soledad como extraña niebla o como un súbito despertar en el que todavía tenemos imágenes insólitas y dolorosas de un sueño. 61. En Para leer el capital  de Louis Althusser y Étienne Balibar publicado en Francia en 1967 se esboza una teoría de la lectura que reúne marxismo con psicoanálisis. En uno de los textos del libro solo firmado por Althusser se distingue una lectura literal  de otra sintomática . Se plantea la necesidad de una lectura no inmediata ni ingenua. Una lectura que vuelva perceptibles lagunas, blancos, ausencias, omisiones, de un texto. Una lectura de lo velado en una página. Una lectura asomada al umbral de lo que se abre. Una lectura de superficie, pero no superficial. Una lectura de lo que late sin estar a la vista. Escribe: “una lectura en la que el discurso de Marx no es más que lo no-dicho de su silencio”.  Una lectura que sondea lo que el texto dice sin saber. Sin embargo, no se trata de oponer lo literal a lo sintomático, sino de saber el inconsciente como vapor de agua que humedece la letra. 62. Ricardo Piglia (2005) recuerda la figura el detective como el gran lector. Menciona La carta robada  de Poe como relato que ilustra una teoría de la lectura. El mismo escrito que le sirvió a Lacan para pensar, entre otras cosas, al inconsciente estructurado como un lenguaje. Giorgio Colli (1977), refiriéndose el nacimiento de la filosofía, a propósito del pensamiento de Heráclito, llama phatos de lo oculto a la tendencia (muy arraigada en la razón europea) a considerar como fundamento último del mundo algo escondido. Leer no se reduce a descubrir, ni a investigar, ni a des-ocultar. Leer se propone leer, como le decía Rimbaud a su madre, literalmente y en todos los sentido s. Pensar no equivale a descifrar. Desciframientos pretenden resolver enigmas. Pensamientos recorren misterios que no terminan. Desciframientos conciben problemas finitos. Pensamientos avanzan hacia lo abierto, evitando la luz cegadora de lo infinito. 63. Saberes clínicos advienen por el súbito encuentro entre la urgencia de pensar algo que duele y una hoja escrita por alguien que sintió algo cercano a ese dolor. En diferentes ocasiones, Nietzsche piensa la lectura como bálsamo que reconcilia el alma con el cuerpo. En el prólogo a la segunda edición de La gaya ciencia , llegando a Génova en 1886, Nietzsche agradece su curación. Se declara recuperado de la tiranía del dolor. Celebra la lectura como convalecencia alegre, como calmante, como medicamento de sanación. Algunas lecturas detectan páginas escritas y pensadas desde el dolor. No se trata de exhibiciones trágicas ni dramáticas, sino de páginas que saben el dolor, sin necesidad de mostrarlo. No se trata de dolores puros ni santos, sino de dolores mezclados con cosas de la vida. Dolores se presentan de muchas maneras. En algunas escrituras con comicidad y con silencios; en otras con información e ingenio; en otras con soledad, juego, indocilidad. 64. Saberes clínicos no se alcanzan sólo con lecturas, pero sin lecturas no se tienen. Saberes clínicos sobrevienen como trances. Momentos que conjugan deseos, dolores, pensamientos. Estremecimientos que practican deslecturas  de lo sabido. A veces, la acción de desleer  importa más que la de leer. Desleer  supone leer por primera vez lo ya leído. Leer escrutando lo leído con un oído por aparecer. Escribe Juan L. Ortiz: “Todas las cosas decían algo, querían decir algo. Había que tener el oído atento u otro oído fino, muy fino, que debía aparecer” . 65. Saberes clínicos solicitan lecturas. Las solicitan como memorias del estar ahí. Las solicitan como conversación sobre cómo escuchamos, cómo pensamos, cómo decimos. Las solicitan como moradas del ansia de pensar. Las solicitan como lugares de confidencias. Las solicitan para contar leyendo que algo salió mal o que algo provocó daño. Las solicitan para admitir que estamos sintiendo desinterés, que no tenemos nada que decir o que sólo decimos algo para constatar que seguimos ahí. Las solicitan para habitar desvelos, vigilias de pensamientos que no llegan. Muchas veces se necesita leer para salir del marasmo o como se llamen apagones o vacíos que nos duelen. 66. Blanchot (1959) escribe un artículo sobre Mallarmé, que titula El libro que vendrá . Tal vez inspirado en la idea soñada por el poeta de un libro total. No podemos imaginar una lectura por venir. Pero de alguna forma sabemos que eso que llamamos porvenir se nos presentará como otra forma de leer. Y otra forma de leer como otra forma de sentir y pensar la vida. Así lo percibe Borges (1951) en Nota sobre (hacia) Bernard Shaw . Escribe: “Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual —ésta, por ejemplo— como la leerán el año 2000 yo sabría cómo será la literatura del año 2000” . 67. Leyentes del vuelo de las aves, de las huellas en la arena, de la dirección de los vientos, de las estrellas y otros astros, de las cenizas que dejan los fuegos; y, sin embargo, apenas deletreamos unas pocas cosas sobre las vidas que vivimos. Conversaciones clínicas, se dijo, no se asemejan a ninguna otra conversación. Se trata de conversaciones llenas de malicias. Tal vez la malicia más pertinaz resida en la interpretación. El psicoanálisis inventó una sorpresiva hermenéutica de la conversación. Una hermenéutica mensajera y alada, caprichosa y disparatada, tormentosa y atormentada, silenciosa e incisiva. Inventó la conversación como lectura de páginas borroneadas, mezcladas, ausentes, perdidas, de un libro que no se termina de componer ni descomponer. Derrida (1977) pensó el psicoanálisis como escena de la escritura . Se podría pensar, en ese mismo sentido, como escena de lectura . Como inminencia alfabética. Como deletreo que no alcanza a discernir una palabra que sigue. Como lectura profanadora de historias establecidas. Como detección de páginas en blanco, de páginas arrancadas, de páginas ajadas por el paso del tiempo, la acción de la humedad, el estupor. Se podría pensar el psicoanálisis como escena de reescritura o como escena de lectura de páginas todavía no escritas. La clínica como escena de lectura se presenta de diferentes maneras. Una, de pronto, levantar la vista de la conversación: escuchar lo que se está diciendo. Leyentes moran en el aullido y en el silencio de las palabras. 68. Conversaciones clínicas tientan lecturas por venir. Lecturas por venir no necesitan pensarse como nuevas. No interesa la novedad. Por venir supone lecturas inesperadas. A veces se trata de lecturas despistadas, ingenuas, extrañadas, impertinentes. Lecturas por venir que interrogan lo sabido, que sacuden lo no sabido en lo sabido, que desleen  lo tantas veces leído. Deslecturas  se presentan como momentos de invidencia . Lo venidero se espera, pero no se ve venir. No se ve venir lo que daña ni lo que contenta y acaricia la vida. 69. Hay lecturas que no sabemos cuándo comienzan ni cuándo terminan. Borges (1975) piensa El libro de arena  como un volumen infinito. Un texto inabarcable, ilimitado, inagotable. Tan insondable que, si de pronto se llegara a ver una ilustración, luego esa misma imagen no se podrá verse otra vez. Las páginas llevan números insólitos. Se llama el Libro de Arena “porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin” . 70. ¿Cómo decir lecturas que se encuentran con algo que no se puede borrar ni se puede leer? ¿Cómo decir lecturas que se chocan con lo indeleble e ilegible, a la vez? A veces no se lee o se lee sin leer. O se lee hojeando un libro de cientos de páginas tentando al azar, a la suerte, al hallazgo. O se lee flotando por sobre lo leído, en estado de distracción o dejándose llevar por otras cosas o errando fuera de los límites de una página. O se lee deteniéndose en algo mínimo o en una frase rara, disonante, atrayente, enigmática, marginal. O se lee en forma dispersiva tentando o propiciando desvíos. O se lee saltando, de piedra en piedra, lugares comunes. Lecturas que no leen como se espera ¿desleen? Harold Bloom (1975) emplea la expresión misreading  que suele traducirse como deslectura . No como mala lectura o mala interpretación, sino como lectura desviada. 71. Una de las primeras narrativas de resistencia feminista de la historia se relaciona con el libro Las mil y una noches . Sherezade, entre un relato que termina y otro que comienza, aplaza la muerte y preserva el devenir inesperado de la vida. Hipatia de Alejandría sufre el primer lectofemicidio  de la historia. La asesinan por mujer. Por mujer lectora. Por maestra lectora en filosofía, matemáticas, astronomía. Nace a mediados del siglo IV en una de las ciudades más importantes de la cultura de ese tiempo. Hija del director del Museo de Alejandría que albergó los restos de la Biblioteca de Alejandría. Se le atribuye esta idea: “Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar en forma errónea es mejor que no pensar” . Christine de Pizan escribe, a comienzos del siglo XV, La ciudad de las damas , la primera utopía de un modo de habitar feminista. Una ciudad sólo para mujeres de cualquier condición social. Un proyecto que polemiza con el modelo de la República  de Platón o La ciudad de Dios  de san Agustín. Una comarca que sirva de refugio contra prejuicios y violencias de los hombres. Una comunidad de lectoras. La palabra quechua quipu  se traduce como nudo o anudar. Hace referencia a un conjunto de cuerdas y lanas de colores que no sólo configuraban un sistema numérico, sino también narraciones de una antigua civilización. Los quipus componían libros con una escritura alfanumérica. Un encordado para el reencuentro con lo acontecido. María Pía López (2021), en su libro Quipu, nudos para una narración feminista , recupera la idea de tejido como potencia textual de voces acalladas y doblegadas. Lecturas de relatos cosidos y bordados, lecturas que tiran de un hilo destejiendo memorias, lecturas que hacen conexiones, lecturas gozosas e insurgentes. 72. ¿Soledades burbujean sumergidas en un momento en común? Lecturas en voz alta, ¿intensifican lo que cada cual sentiría leyendo por su cuenta? Afectaciones, ¿se mezclan con otras afectaciones? Una escucha con otras escuchas, ¿acentúa lo escuchado? Una audición, ¿se enrarece con la concurrencia simultánea de muchas audiciones disímiles? En noviembre del 2003, en uno de los congresos de Madres, se ideó una intervención de lectura ininterrumpida que duró doce horas. Se llamó: “Sin fantasía, es mucho el dolor” . Un verso robado a Macedonio Fernández. La acción contaba con diez cómplices muñidos de textos para ocupar lugares o huecos cada vez que hiciera falta. La lectura no tenía que decaer, ni pausarse, ni agotarse. Se invitaron amistades para que también vinieran a leer. Además se armó un cronograma de lecturas discrepantes e insumisas en diferentes horarios. Cuando quienes participaban en el congreso se asomaban a la sala por amistad, curiosidad o porque les había atraído la convocatoria, en la puerta se les entregaba un impreso con el nombre de la intervención y una descripción del procedimiento. Al costado de la entrada, en una enorme caja con alas, se ofrecían libros, páginas sueltas, diarios, revistas, panfletos, publicidades, folletos, manuales de instrucciones para arreglar lavarropas. En el escenario había una mesa con tres sillas siempre ocupadas por leyentes. Cuando la persona sentada en el extremo izquierdo terminaba de leer decía, mientras se levantaba, “Dejo aquí estas palabras”  y depositaba el texto que había leído sobre la mesa. Entonces, ingresaba otra persona por la derecha y las otras dos se corrían una silla dejándole lugar. Cualquiera podía participar. Si en ese momento no tenían nada escrito para leer, podían improvisar algo en un papel o tomar alguna página de la caja de lecturas o recoger algo ya leído que había quedado en la mesa de lectura. Con las horas, el escenario se iba llenando con libros y hojas sueltas, con diarios y revistas, con fotocopias y escritos improvisados en hojas de cuadernos o agendas. La sala por ratos estaba casi vacía, pero de tanto en tanto se llenaba. En un momento, Hebe visitó la instalación. Enseguida quiso participar. Cuando se desocupó una silla subió al escenario. No esperó su turno. Avisó que iba a decir algo que tenía grabado en el alma. Dijo: “Hubo un tiempo en el que yo leía, pero no sabía leer. Aprendí a leer luchando, aprendí a leer leyendo lo que leían las vidas que tanto queríamos. Aprendí a leer para no dejar de luchar nunca” . Se levantó y se retiró por la izquierda como había ingresado. Un poco antes de las 20 el salón estaba repleto. Muchas personas querían leer. Mientras todavía estaba leyendo alguien en el escenario, se repartieron los textos ya leídos durante la jornada. Se pidió que los mostraran con una mano en alto. Entonces, se invitó a que cada cual leyera a viva voz, casi gritando, la página que le tocó, durante un minuto. Una lectura coral superpuesta de todas las voces a la vez con diferentes textos. Durante ese minuto no se podía dejar de leer. Si el texto terminaba antes, se comenzaba de nuevo. Se alentaba a que se levantara la voz más y más. Quienes estaban en la plaza intentaron volver a entrar para ver qué estaba pasando. Al terminar el minuto, se gritó y se aplaudió. Esa noche del mes de noviembre se sintió cálida. El entusiasmo continuó. Se propuso hacer una intervención similar en la Facultad de Psicología de UBA. La idea consistía en una sesión de lecturas ininterrumpidas de bibliografías que circulaban en la carrera. Salvo en cuatro intervalos de una hora en los que se abriría la invitación a lo que venga. Se convocó al Centro de Estudiantes, a las agrupaciones estudiantiles, a todas las aulas. Se pegaron carteles en los baños, en los pasillos, en los bares, en las paradas de los colectivos. Se programó para el primer viernes de diciembre del 2003 entre las 20 y las 8 de la mañana del sábado. No se autorizó. En ese momento, se proyectó hacer la acción el día en que se tomara la Facultad. 73. Leer equivale a beber un canto. A beberlo con los ojos, como quien saborea una voz íntima, dedicada, sin premuras. El tecomate consiste en una calabaza con cintura estrecha a la que se le hace un pequeño corte en el extremo superior. Se le extraen las semillas y se deja secar. Suele utilizarse para cargar agua fresca, para fabricar instrumentos musicales, para guardar y transportar medicinas. Humberto Ak’abal (1952), poeta que escribe tanto en castellano como en lengua maya k’iche’, tiene en el libro Kamoyoyik , publicado en 2002, un texto que se titula “El curandero” que dice así: “El abuelo estaba enfermo. / Subimos montes / y cruzamos valles / fuimos en busca del curandero. / El señor Tzun / era un viejecito alegre. / Tomó un tecomate / y cantó dentro de él… / –Llévenselo y que beba el canto. / El abuelo puso el tecomate / junto a sus oídos / y poco a poco cambió su rostro, / al día siguiente comenzó a cantar / y después hasta bailaba” .

  • Proyecto Silencio General / Pepe Miralles

    P R O Y E C T O  S I L E N C I O  G E N E R A L TRES INTERVENCIONES SOBRE UN MISMO TEMA Pepe Miralles, Valencia, 1993 1. El silencio premeditado puede ser consecuencia del miedo, de la prudencia, de la no conveniencia de decir aquello que se sabe, o de no saber que decir. También el silencio puede ser una actitud de protesta, aunque no siempre es efectiva. 2. Es difícil encontrarnos en una situación de silencio absoluto a no ser que recurramos a habitáculos especiales construidos para tal fin. Estamos, pues, acostumbrados a oír ruidos de todo tipo: murmullos, ecos y quejas. 3. Pero también podemos encontrar silencio en la convulsión y el griterío. Este silencio es ausencia, premeditada o no, pero siempre significante. 4. El silencio puede ser fruto del olvido, y éste, en la medida en que propone un cese de afecto, se convierte en la más ingrata de las consecuencias del silencio. Pero así mismo, el olvido esta relacionado con el descuido y la falta de interés hacia algo. 5. El silencio intencionado, voluntario, evita enfrentarse con algo que al nombrarlo públicamente, es susceptible de ser rebatido o cuestionado. 6. Cuando alguien, haciendo uso de su profesión no habla sobre algo que debe ser tratado, implica que no se considera importante lo que se silencia. ... FUENTE: ( http://www.pepemiralles.com/wp-content/uploads/2015/05/Proyecto-PSG.pdf )

  • Cromañón, culpa y peligro / Alejandro Kaufman

    Veinte o treinta años atrás, las cerraduras de las puertas de entrada de los edificios de propiedad horizontal estaban diseñadas de manera que se necesitara una llave para ingresar, pero no para salir a la calle. Bastaba con el picaporte. Nuestros edificios no disponen de escaleras de incendio ni de otras medidas pertinentes de seguridad, aparte de un número de matafuegos de discutible utilidad y de incierto conocimiento por parte de sus eventuales usuarios. En aquellos tiempos al menos se podía salir de la propia casa, corriendo en caso de necesidad. Varias décadas atrás, en caso de emergencia, un niño, un anciano o una persona recién levantada de la cama en medio de la noche hallarían el escape oportuno de la eventual trampa mortal en que se puede convertir una casa en una situación de peligro. Ahora vemos locutorios de internet en los que se encierra a niños y adolescentes mediante una puerta a veces enrejada con un portero eléctrico controlado desde una cabina, también enrejada o protegida por gruesos vidrios. En su interior se atrinchera el encargado del local. Esta situación, análoga a la que se vive en cada una de las viviendas de propiedad horizontal, es bastante frecuente -a simple vista- en nuestra ciudad. ¿Alguien se habrá preguntado en estos años si esas medidas de clausura -por completo contrarias a la sensatez más elemental- tuvieron alguna eficacia sobre la disminución del delito contra la propiedad? Porque también cabría preguntarse qué obstáculos mortales fueron o pudieron haber sido en situaciones de peligro, de esas que no son percibidas como frecuentes, pero que a la vez no aparecen en la agenda mediática (salvo en el último mes, claro: ahora estamos al tanto de todos los incendios del mundo). La generalización de un hábito insensato sólo se puede explicar por el pánico que el otro suscita en nuestra corroída sociedad posdictatorial. Las normas no imponen ni impiden clausurar la salida de la propia vivienda. Es suficiente con el pánico, que suspende el juicio y suscita respuestas siempre peligrosas. Es el círculo vicioso que precede a las catástrofes. ¿Nuestra reacción predominante ante el accidente? Antes que la pregunta por la disposición de los objetos, por los hábitos que merecerían ser revisados o por las medidas prácticas que se podrían adoptar, se caracteriza por un estado generalizado de crispación vengadora que pide satisfacción mediante el encierro (¡que se pudran en la cárcel!, esa horrible y reiterada expresión) del mayor número posible de culpables. No se formulan preguntas por el propio involucramiento en lo acontecido, y por lo tanto, tampoco por el involucramiento futuro, esencial para prevenir nuevos eventos. Los llamados a la no repetición son experimentados en relación con el castigo, que cambiará mágicamente el curso de la historia, sin otra intervención. El uso del fuego marca uno de los primeros acontecimientos civilizatorios, pero no así su control. Casi por definición toda ciudad es un bocado para el fuego, y los cuerpos de bomberos son tan indispensables como los cimientos. Siendo el fuego inherente a la civilización resulta que también es inseparable del teatro. El teatro (en un sentido amplio) es un quehacer arriesgado, tanto porque expone las emociones, los temores y las pasiones, como porque para cumplir su cometido emplea recursos espectaculares, que suelen ser inseguros: escenografías, efectos especiales, aglomeraciones abstraídas por lo que sucede en el escenario. No debería ser en absoluto digno de desprecio ni de estigmatización el que los concurrentes a recitales hagan empleo de algunos de esos recursos. De lo que se trata es de evitar consecuencias catastróficas ¿o no existen maneras de reducir el riesgo de artificios luminosos o sonoros de cualquier naturaleza? Sin necesidad de moralizar represivamente sobre el goce festivo del otro. Fiesta y teatro resultan emblemas de la libertad, y son antagonistas de las cárceles, esos lugares carecientes por definición de salidas de emergencia, como sucede también con los departamentos de propiedad horizontal de nuestra clase media (dado que los más pudientes disponen de seguridad privada las 24 horas, y por lo tanto de una salida expedita). Nuestros niños y adolescentes crecieron masivamente encerrados de esa manera, con el alegado propósito de evitar el ingreso ¡y la salida! de los delincuentes. Para ellos es natural el encastillamiento que para los adultos fue una elección timorata. Se dijo que la seguridad de los recitales estaba ausente de la agenda parlamentaria y mediática antes del accidente de Cromañón, pero el ámbito de esa ausencia es mucho más amplio. En general, en todas las sociedades, las medidas de prevención de accidentes se adoptan cuando los accidentes ocurren, no antes. Es el tributo que pagamos las sociedades urbanas por vivir de la única manera en que es viable el habitar contemporáneo. No se conciben viviendas antisísmicas en lugares que no han padecido terremotos. En favor de nuestros vínculos recíprocos y condiciones de vida necesitamos tomar distancia tanto del pánico como de la pulsión culpabilizadora (sin por ello suspender la responsabilidad, como debería ser obvio en un marco de sensatez). Necesitamos crear condiciones para la asunción de la complejidad que caracteriza hoy a la experiencia urbana. Son condiciones que también requiere la ineludible prosecución del duelo, esa dimensión de lo humano ofendida y lesionada por el horror de la última dictadura. Publicado en Página 12 el 4 de febrero de 2005

  • Cromañón y Después / Jorge Garaventa

    María se fue contenta del consultorio. Eran las 4 de la tarde, un par de horas después iría a juntarse con Román, y de allí al mágico ritual del encuentro con su grupo. No hacía tanto de Excursionistas, pero cuando uno lleva su música en la sangre apenas unas semanas suenan a una enormidad. A las 21.50 se fue mi última paciente. Relajadamente apagué las luces, cerré todo y me fui. Ya no trabajaba hasta el año siguiente. Una sensación de bienestar y alegría iba creciendo. Desde el 2001 las fiestas habían sido bravas pero este año la cosa apuntaba de otra manera. Un presidente sensible, campechano, casi como uno, bastante esperanza, algo mas de circulante, y el espíritu navideño que rondaba entre nosotros. Recorrí Bulnes lentamente a marcha taxi desocupado. Quería beber toda esa noche hermosa y doblé en Bartolomé Mitre. Ahora si mi casa estaba a un paso. No atendí demasiado al patrullero que cortaba Anchorena porque yo doblaba unos metros y ya estaba. Parsimoniosamente recorrí las cocheras hasta el ascensor y transite serenamente los 16 pisos. Como de costumbre toqué timbre. Para mi empezaba el festejo de fin de año. Pero los rostros que me abrieron estaban a contramano de mis sensaciones. “No se, algo horrible está pasando ahí abajo” dijeron. Lo que vi desde mi balcón me quebró esa sonrisa fácil que ostentaba y que aún hoy no he logrado soldar ni rearmar en su espontaneidad. Eran las 11 de la noche del 30 de diciembre de 2004... El 31 de diciembre Once estaba de duelo. No hubo fuegos de artificio. Apenas unas horas después de la masacre familiares, sobrevivientes y amigos erigían el santuario, esbozaban los primeros conatos de organización y realizaban la primera marcha que con claridad meridiana apuntaba a los responsables. Ibarra se reunía con los dueños de los boliches, proclamaba que Cromañón estaba en regla, se desentendía de la suerte de las víctimas y proclamaba que el único responsable era el irresponsable que había encendido la bengala. No había sorpresas, antes que el ahora destituido culpara a las víctimas de su propio cadalso, Once, Rivadavia y Avenida de Mayo sentían rebotar en sus paredes la consigna que resumió el eje de coincidencias de la construcción del movimiento Cromañón: “ni una bengala, ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción”. Este fue el punto de partida de la gestión de una de las construcciones políticas mas sólidas que se gestaron luego de la retirada de la dictadura. Ya sabíamos que con la democracia no siempre se comía y no siempre se estudiaba. Ahora sabemos que a veces también se mata en democracia y que si la responsabilidad salpica a alguno de los integrantes del progresismo las corporaciones pondrán en marcha los anticuerpos que garanticen impunidad. En algún momento les supusimos comunidad ideológica. A poco andar supimos que la ideología era apenas una fina fachada mirando tras la cual se evidencian negociados de dinero, de espacios de poder, frecuentemente de ambos. Estábamos en enero de 2005, el presidente prolongaba sus vacaciones y su incomprensible silencio en sus paradisíacas posesiones del sur. En privado se le sugería a Ibarra aguantar el chubasco unas semanas, hasta que la masacre empezara a ceder los primeros planos de los diarios y los familiares a realizar sus duelos en la intimidad, como lo pretendían prestigiosos opinólogos y encumbrados pensadores del buen decir. El sistema sufría un terremoto en su propio lote y reaccionaba de la peor manera; chapucera y cobarde. El movimiento Cromañón iba sembrando organización y pensamiento a la vez que se parían las primeras manifestaciones culturales. Porque si hay algo que el movimiento Cromañón mostró a la sociedad fue la variada creatividad cultural- artística para expresar los reclamos de justicia donde las marchas son la principal manifestación pero están lejos de ser las únicas. El progresismo, los medios de comunicación masiva y los organismos de derechos humanos ligados al gobierno nacional y porteño fueron impiadosos ante la resistencia a la resignación que exigían a aquellos a quienes se les había arrebatado las jóvenes vidas de familiares o amigos. Decíamos que Cromañón produce pensamiento desde el comienzo, y hablamos de un pensamiento con efecto concreto en la realidad cotidiana. Efecto de posicionamiento político, formas de pararse ante la coyuntura. Aquello que en los 70 denominábamos praxis. Algunos ejemplos: la consigna que antes citamos: “ni una bengala, ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción” , es de una claridad meridiana. Define campos de lucha. Direcciona el proceso hacia los responsables últimos. Aceptar la invitación de Ibarra de centrarse en el “irresponsable” que arrojó la bengala es anodino y estéril. Con relación al esclarecimiento de la masacre el silenciamiento de las denuncias de toda la maquinaria de recaudación armada a través de los espectáculos públicos. Y hacia dentro de Cromañón la intencionalidad es doblemente perversa: “arréglense entre Uds. porque el responsable es algún muerto o algún sobreviviente”. Difícilmente pueda elaborarse alguna herramienta de desmovlización más retorcida. Ibarra lo hizo. De la misma forma, y en la misma dirección se actúa cuando se centra la cuestión en la cultura del rocanrol o el aguante roquero. Cromañón era la muerte anunciada de la crónica. La cultura del rock y sus rituales de muerte iban a lograrlo tarde o temprano. Pavada de disculpa hacia toda la corruptela político- policial- empresarial que posibilitó la masacre. Página 12 lo hizo. Por supuesto que ambos temas pueden ser líneas de análisis, e incluso judicialmente de investigación, pero colocarlas como el eje de la cuestión pretende sencillamente distraer la atención del carozo corrupto. Cromañón provocó reacciones en el progresismo que, como dijimos antes, reaccionó con espíritu de cuerpo para salvar su integridad, su gobierno, y sus negociados. Cromañón puso en pensamiento estas actitudes: “ el fascismo es una forma de conducta que puede anidar tanto en la derecha, como en la izquierda, como en el centro”. El juicio político a Ibarra , además de mostrar las más indecentes bajezas permitió ver que todas las ideologías tienen precio en dinero o en espacios políticos. ¿Antes de la masacre, alguien suponía que quien había arrastrado el estigma de loca de plaza de mayo por reclamar por la vida de sus hijos podría llamar delincuentes o golpistas a aquellos que bregan por justicia ante la muerte de los suyos?. ¿ Estábamos cerca de imaginarnos que esta misma dirigente, consumado su denunciado “golpe de Estado” se sentaría en la primera fila en la ceremonia de asunción del beneficiario del proclamado golpismo? Finalmente, y seguimos señalando Cromañón como productor de pensamiento., definir como masacre lo ocurrido el 30 de diciembre tiene efectos políticos, sociales y terapéuticos. Hablar de masacre es un punto de llegada al que hemos arribado conceptualmente quienes trabajamos con los familiares de las víctimas y que tiende a hacer una diferencia con otras denominaciones que suelen acuñarse, tal como tragedia, accidente o catástrofe. Distintas connotaciones adjudicadas a los hechos determinan diferentes escuchas. Las constelaciones psíquicas que se ponen en juego son distintas según el familiar suponga que la pérdida del ser querido obedezca a un accidente, que se hubiera evitado con un poco mas de prevención pero que la confluencia de determinados factores finalmente lo provocaron, a una tragedia, que debía ocurrir de cualquier modo, o a una masacre que como en el caso de Cromañón reúne la desidia y corrupción gubernamental, la descontrolada avaricia empresarial y el irresponsable ansia de fama de los músicos. Esto determinó otra cuestión que no es un tema menor en los procesos psicoterapéuticos, que es el rol protagónico que cumple la reivindicación en busca de justicia. Decimos en cuanta oportunidad tenemos que el campo de los sobrevivientes es un campo minado. Escuchamos perplejos que en algunos servicios públicos de asistencia psicológica se habla de altas. ¿ Altas en 32 meses, y en un proceso de despreocupación social por el tema, descuido hacia los sobrevivientes e impunidad hacia los responsables? Permitanme desconfiar. Después de todo tenemos antecedentes como la denuncia del Dr. Juan Carlos Volnovich a quien se le ofreció desde el gobierno el armado de un dispositivo terapéutico de dispersión en consultorios privados que apunte a la desarticulación de vínculos entre afectados. Los efectos de Cromañón son una bomba de tiempo en el seno de la sociedad que, lo hemos advertido en reiteradas ocasiones, puede estallar en cualquier momento. Los familiares y sobrevivientes se cuentan de a miles y se sabe, como es clínicamente esperable, que hay una crisis que puede ir madurando durante meses hasta que en algún momento estalle. La realidad con que nos encontramos es alarmante, jóvenes portadores de severas crisis en ciernes, negada, escondida o sencillamente suspendida. Chicas y chicos que no volvieron a salir de su casa mientras el entorno familiar lo juzga como una actitud cuidadosa luego del riesgo corrido, grupos de amigos desmembrados por la muerte que no han logrado aún dar cauce al horror. En cada lugar de Bs. As se practican rituales reparatorios, una leyenda en tal escuela, un homenaje en tal estadio, un árbol en tal plaza, las murgas, las fotos....los rituales son necesarios decía El Principito, pero no alcanza diría Freud. El monumento recuerda el dolor por la víctima, no lo cura. Aunque sin duda la lucha es terapéutica. Hay daños gravísimos que ya están entre nosotros. Miles de jóvenes no saben aún la intensidad del daño físico. Nadie está en condiciones serias de pronosticar expectativa de vida para muchos de los que tienen su aparato respiratorio seriamente comprometido. Algunos no han salido de sus casas desde aquel momento y repiten cada noche la angustia de verse transportados en sus sueños al escenario de la masacre. Al no haber antecedentes entre nosotros y no tantos en el mundo, poco se sabe del desenlace posible de aquellos que, recién asomados a la vida, pasaron por el terrible dolor de ver morir a sus amigos, a sus conocidos y a sus hermanos. Como muchos pensamos, como ellos dicen, para los sobrevivientes nunca mas la vida será igual. Demasiado jóvenes han soportado un abrazo del horror que tardará años en ser procesado. Se han visto las deficiencias en todos los sectores de la salud que debían responder a en la emergencia, se han escuchado barbaridades de parte de responsables de los operativos que muestran un desprecio hacia la vida de los jóvenes y a su propia responsabilidad, tal como : “el operativo fue un éxito porque solo murieron 193 personas” y “es imposible responder eficientemente para atender mas de 200 demandas” Pero lo cierto, que en todo caso es lo que mas nos ocupa en este escrito es que Cromañón ha dejado una bomba activada que hay que salir a buscar. Los servicios psicoterapéutico fundamentalmente tendrán que registrar las ausencias y deserciones como una alarma que no hay que desatender. Habrá que estar alertas a los falsos equilibrios y afinar las herramientas porque aquí habrá situaciones que hagan eclosión a largo y mediano plazo. Como decíamos en un artículo hace un tiempo: 200 muertes evitables, 200 muertes por la fatídica concurrencia de desidia, irresponsabilidad y corrupción exigen a quienes tenemos posibilidades de intervenir que confrontemos y afinemos nuestras herramientas porque el horror está hoy pero el futuro no promete mucho mejor para esta generación de jóvenes y niños para mucho de los cuales la sobrevivencia es una pesada carga. El movimiento Cromañón ha realizado en estos días la marcha por los 32 meses. Si bien no hay un registro exacto es posible pensar que se llevan realizadas largamente mas de 50. Son escasos los movimientos de esta naturaleza en el mundo que han logrado semejante continuidad efectiva. Sostener durante tanto tiempo la convocatoria sin haber suspendido ninguna marcha habla de un proceso de organización altamente respetable y efectivo. Como ocurriera durante la dictadura con los movimientos de derechos humanos Cromañón fue gestando distintas organizaciones de familiares, sobrevivientes y amigos que se conformaron según diversos factores, ubicación geográfica, afinidad, ideológica y otros varios. Lo que fue claramente entendido y explicitado en los casos de los organismos de DDHH es una de las herramientas de descalificación por parte del sistema. Nunca se dice que los grupos confluyen desde hace 29 meses en una reunión general de articulación de actividades en las que solo excepcionalmente han debido votarse decisiones ya que lo que prima es la necesidad de llegar a un consenso. Nada de eso se escucha en los medios. Lejos de eso, se subraya la desunión reinante, lo que habilita entonces a no dar cuenta de las producciones políticas y culturales que se han gestado y de las cuales este ciclo forma parte. Lamentablemente no nos da el tiempo pero al menos señalo la importancia que han tenido los grupos virtuales, Justicia por La Masacre de Cromañón, creado por Inés Abripa y Mercedes Villanueva, Los Pibes de Cromañón, por Fabián García Redín y Pensar Cromañón, por quien habla. Espacios que fueron referentes de organización, pensamiento y debate. Los dos últimos confluyeron en el primero, reconociendo la esencia de origen, de haber nacido en el corazón mismo del movimiento. Hubo jornadas memorables como la del día que Chabán salió libre en las que el foro posibilitó la rápida, contundente y masiva comunicación que se coronó en una impresionante movilización donde, una vez mas, los familiares, sobrevivientes y amigos fueron apaleados por la policía. Como se ha dicho por ahí, Cromañón es el hecho maldito para el progresismo porque mostró con crudeza que de frente se pueden lucir las mejores sedas pero de espaldas las nalgas al aire y la cola sucia. Muchas gracias! Ciclo Pensar Cromañón, Buenos Aires, agosto de 2007 Fuente: https://www.jorgegaraventa.com.ar/volver.htm

  • Cromañón: crítica de la sinrazón doliente / Alejandro Kaufman

    Cualquier reflexión requiere condiciones de tranquilidad y una atmósfera propicia no relacionada con la felicidad: también se reflexiona alrededor del dolor, la tragedia y la desgracia. Sin embargo, la actividad reflexiva sólo puede tener lugar en forma independiente y libre respecto de toda circunstancia vinculada directamente con el dolor. Esto se verifica con las circunstancias más horrorosas y desgraciadas de que se trate. Las lágrimas podrán nublar la visión y la voz podrá temblar, pero incluso el testimonio requiere, para verse en condiciones de ser otorgado, el mayor dominio posible sobre el dolor y sobre la ira. Quien ha sido objeto de un daño sólo podrá comparecer como testigo si su relato es animado por la voluntad de verdad y justicia, y no por el ánimo de venganza. Para ello deberá encontrar un auditorio propicio, animado por idénticos propósitos. Aun cuando aquellas son situaciones ideales, cualquier resultado concreto se evaluará por su distancia respecto de un móvil de verdad y justicia. Cuando se trata de cuestiones técnicas, la verdad y la justicia son sustituidas o acompañadas por la racionalidad instrumental, y se impone cierta frialdad, por ejemplo, para analizar la caja negra recogida de entre los restos de un avión caído. No será una multitud rugiente y nocturna, provista de antorchas y sogas anudadas, el interlocutor electivo para saber qué pasó en un accidente aéreo, ni para adoptar medidas conducentes a prevenir su repetición. Como se sabe, hacer lo posible por producir o propiciar una multitud semejante es algo que moviliza a ciertos sectores de la industria del espectáculo y de las prácticas político culturales de algunas derechas. Hay que decir entonces, y antes que nada, que la situación que se produjo en nuestra esfera pública desde la noche misma del evento Cromañón dista inaceptable y desgraciadamente de la menor condición propicia según los términos que venimos describiendo. No nos encontramos tan solo ante una deficiencia en las condiciones apropiadas para una atmósfera adecuada para el duelo de los familiares. No se trata tan sólo de la carencia de espacios de intercambio sobre la investigación de la justicia, ni de la ausencia de un debate público sobre el problema general de los riesgos y peligros de la vida urbana. Lejos de ello, a cinco meses del desastre, día a día hemos asistido a una sistemática manipulación, un tétrico espectáculo, una obscena exhibición, una completa inercia a los fines de la justa naturaleza del problema. En otras palabras, la agenda pública está sistemáticamente saturada por contenidos que sirven a fines espurios y perversos. De hecho están ausentes casi todos los aspectos que requeriría una agenda sensata sobre el desastre Cromañón. La agenda que sería esperable en una sociedad dispuesta a superar la profunda crisis social, política, cultural y económica en la que la nuestra está sumida desde hace años. Uno de los signos característicos de la agenda pública a la que asistimos es la práctica ausencia de todo debate, reflexión o problematización de lo acontecido. En lugar de ello, gran parte de los medios de comunicación hegemónicos, desde el momento mismo del desastre, se dedicaron de manera metódica a construir un actor excluyente: los padres de los jóvenes muertos en Cromañón. Resulta notable no sólo la ausencia de la amplísima diversidad de temas que ni siquiera se sospechan o sugieren, sino también el sesgo restrictivo y arbitrario, aunque no caprichoso, con que se encarnó al actor testimonial del desastre. De los potenciales - numerosísimos- entrevistados, testigos, protagonistas, técnicos, expertos, conocedores de acontecimientos similares en otras partes, se seleccionó solamente a un limitado grupo, principalmente compuesto por algunos de los progenitores de las víctimas. Se seleccionaron a aquellos que estuvieran animados en sus intervenciones por el dolor más desgarrador, por el llanto incontenible en muchos casos, y en otros por una ira vindicatoria puesta en palabras y en actos. No es que alguna vez no debieran estar presentes estos actores entre otros, sino que estos actores y solamente estos actores determinaron un discurso que se constituyó en el único discurso público sobre el desastre Cromañón. Un discurso que no admite, comprensiblemente en semejantes condiciones, ninguna réplica, ningún debate, ninguna disidencia, que sólo apunta al encarcelamiento incondicional e indeterminado de todos aquellos que la opinión publica señaló como culpables de las muertes de la discoteca. Y no es que esta imputación se resolviera dentro de los términos de la responsabilidad, por mayor negligencia y descuido que pudieran incriminar a los señalados, sino que son sistemáticamente acusados de los peores crímenes, asesinatos y genocidios, de maneras tales que nunca crimen alguno de los horrorosos que hemos padecido como sociedad tuvo tratamiento semejante. Asistimos a una situación que no habíamos experimentado ni por asomo en las condiciones de la historia reciente, que por pudor y discreción ni siquiera juzgaríamos atinado reseñar aquí. No sólo son tratados de esta manera los imputados, sino también cualquiera que insinúe siquiera alguna concomitancia real o imaginaria. No sólo no se puede reflexionar u opinar en forma divergente o dubitativa, sino que también los jueces que fallan en tramos parciales de la causa se convierten en seres sujetos a linchamiento si sus fallos no complacen a los damnificados. Entre las consecuencias significativas de la grave condición política y social que atraviesa el tratamiento del desastre Cromañón, no resulta menor la politización del dolor que intimidó a unos (sobre todo a los actores políticos profesionales e institucionales) y embargó los subyacentes intereses de otros (sobre todo los medios de comunicación hegemónicos). Cada vez que se presenta cualquier diferencia de opinión o sugerencia divergente, hay un periodista o un familiar de la víctimas que nos va a preguntar "de qué lado estamos" si de los dolientes o de los "asesinos". Como si pudiera tener alguna pertinencia declarar que se comprende o compadece uno del dolor por la pérdida de un hijo. Como si se pudiera esperar que cualquier ser humano en sus cabales fuera indiferente a semejante desgracia. Y en esto radica lo trágico de nuestra crisis moral y cultural: una sociedad en la que ha ocurrido lo que ha ocurrido en los últimos treinta años, ante el consentimiento y la pasividad -si no la justificación- de millones de personas, es a la postre una sociedad en que no se puede dar por sentada la más elemental solidaridad con una desgracia que le puede pasar a cualquiera. Un motivo semejante, y la sospecha generalizada de indiferencia y complicidad, se tornan ejes de las acciones públicas. Así, diversos actores sociales, por acción o por omisión, contribuyeron durante el primer semestre de 2005 a apañar un estado de linchamiento permanente y un estrechamiento brutal de la conciencia colectiva, que sumerge las representaciones de la esfera pública en un estado de reducción y pobreza propios de las sociedades totalitarias y fascistas, en lo que concierne al episodio y a sus ramificaciones y consecuencias. Si estas ramificaciones totalitarias y fascistas no tienen un éxito más señalado es porque encarnan una política de derechas, orientada a poner en jaque a diversas líneas de la administración pública (a veces con alguna razón parcial en los fundamentos, enseguida desmentida por el curso de los acontecimientos mediatizados) y a los sectores democráticos y progresistas de la sociedad argentina que, como se sabe, están lejos de constituir una mayoría. No están organizadas desde el estado, que no sabe muy bien cómo responder de otro modo que mediante un asentimiento paralizado y estupefacto (es el caso de los poderes ejecutivo y legislativo; para el judicial, resistirse a las lógicas demagógicas del linchamiento es su condición de supervivencia). No hay aquí una estrategia conspirativa de un actor coherente y centralizado, sino una serie de concomitancias, convergencias, omisiones y negligencias. Se puede advertir que el tratamiento del desastre Cromañón asume una lógica en cierto modo similar a las condiciones en que se produjo el accidente (para usar por una vez el término que corresponde) y que, por la complejidad de la causalidad plural que lo produjo vuelve de segundo orden -en términos de sensatez- la cuestión de la responsabilidad jurídica -sin por eso anularla, ni siquiera atenuarla-, pero sí la deja en un plano muy diferente de la agenda que sería de esperarse en una esfera pública democrática y en una sociedad en que imperara un grado mayor de sensatez colectiva. Es menester enfocar aquí la cuestión de la supuesta excepcionalidad del desastre Cromañón. Para ello es necesario abordar el problema de la complejidad urbana en las culturas técnicas del capitalismo avanzado. Son sociedades de riesgo, biopolíticamente regimentadas, en las que los individuos tenemos un escaso acceso directo a las condiciones de producción de nuestra existencia urbanita. En este sentido, si bien lo ocurrido en la discoteca es "la mayor catástrofe" ocurrida en Buenos Aires, lo es sólo -y nada menos- porque tuvo lugar , pero no porque estemos a salvo de la posibilidad de que desastres como ese o de magnitudes inconmensurablemente superiores puedan tener lugar . Una conciencia apenas advertida de las reales condiciones en que vive un sujeto urbano a comienzos del siglo XXI sólo podría proferir las desgarradores y coléricas afirmaciones de los familiares de las víctimas de Cromañón en el más íntimo de los resguardos, en el contexto del más cuidadoso y contenido de los duelos, y aún, en un cauteloso y discreto movimiento de reclamo de justicia y derechos civiles. Todo ello, como siempre que se produce un desastre de esta naturaleza o incluso cualquier amenaza potencial de las innumerables que nos circundan en la civilización técnica. La condición urbana en el capitalismo tardío presenta una especificidad que no podría reseñarse en el espacio de un artículo, ni por su complejidad, ni por su extensión, que requiere bibliografías enciclopédicas. Abarca cuestiones arquitectónicas, del derecho, las estadísticas, la bromatología, la higiene, la epidemiología, los seguros, el transporte, la bioética, las cuestiones ambientales. Las circunstancias técnicas que configuran las formas de vida contemporáneas atraviesan todos los campos del saber y las prácticas, y no pueden ser dominadas, ni siquiera abarcadas por un solo individuo. Todos los emprendimientos estatales y privados que dan cuenta de las condiciones de riesgo y seguridad de la vida contemporánea no son sólo falibles. Además son permanentemente cambiantes, y cuanto mayor la complejidad, en mayor medida se requieren experiencias que ponen a prueba vidas y bienes de maneras catastróficas. En las sociedades avanzadas, buena parte de la vida política y cultural está relacionada con la gestión del riesgo, pero también con los movimientos civiles por los derechos ciudadanos que conciernen a estos aspectos, tan abarcadores, así como con contraculturas que expanden los límites establecidos por las restricciones lucrativas de los intereses empresariales. Los debates sindicales, las éticas y estéticas de la vida cotidiana, los seguros contra todo tipo de riesgo, las investigaciones científicas y la apertura de nuevas experiencias y sus respectivos efectos adversos, las problemáticas ambientales, todo ello configura una "condición Cromañón" constitutiva de la urbe moderna. El accidente singular y local o "general", según la definición de Paul Virilio, pasa a formar parte de la "normalidad" postindustrial, sin aventura ni tragedia, sin sorpresa, de modo banal, pero con un fondo latente de pánico y temor que se oculta en la matriz urbana desde mediados del siglo XIX por lo menos. En un país periférico como el nuestro, en grandes ciudades como Buenos Aires, se suma la precariedad, el retraso, la regresión de las crisis, las contradicciones entre normas articuladas por estándares internacionales y prácticas locales no concordantes, irregulares, asediadas por el desconocimiento, el trasplante de dispositivos y tecnologías desligados de los procesos históricos que les dieron forma en otras partes. Las problemáticas de la corrupción y la deslegitimación política son casi, en realidad, notas al pie de página de una red intrincada y controvertida. Al revés de cómo se disponen nuestras agendas culturales y mediáticas. Lo que hay para decir desde una perspectiva comprometida con una ética del conocimiento apunta a un cuestionamiento radical, por lo tanto, de las agendas que nos dominan. Nuestras agendas responden a intereses que apuntan, de manera sistemática, a la estructuración de una subjetividad atada al desconocimiento y a la distracción expiatoria y judicializadora, reductora de problemáticas complejas a matrices represoras y regresivas. Todo ello en forma concomitante con narrativas que resultan lucrativas para las grandes corporaciones multimediáticas que compiten entre sí con brutalidad por captar a las audiencias de las maneras más sensacionales e intimidatorias. El pánico colectivo, la ira vindicatoria, la protesta estereotipada e inocua alimentan un negocio de ganancia fácil e inmediata, garantizada en el corto plazo, pero que degrada a los públicos en sus condiciones de ciudadanía y recepción, por lo que adquieren una homogeneidad pavloviana. Piden lo que se les condiciona a pedir mediante la exhibición metódica de recursos viscerales, como la ira, el llanto, la angustia, la humillación. De esta manera, en lugar de la constitución de una agenda constructiva, susceptible de aportar a procesos de consolidación de los vínculos intersubjetivos, entre nosotros aconteció otra cosa que, desde el punto de vista ético político, podría alcanzar similar gravedad a la del propio desastre de Cromañón. Las derechas mediáticas y políticas, lejos de propiciar el tono y la importancia que este acontecimiento debería haber adoptado en la esfera pública, lejos de resguardar y proteger el pudor del duelo de los familiares, lejos de todo ello, se dedicaron a exhibirlos, provocarlos, incentivar un festival de la ira, la venganza y el desgarro inconsolable. Una atmósfera de linchamiento, intimidación y supresión de todo pensamiento y, por fin, una suspensión y desaliento de una verdadera línea de acción en procura de la prevención de accidentes semejantes. Es demasiado extendida la implicación de un número muy grande de actores mediáticos y políticos que han protagonizado o consentido esta gran operación, cuyas consecuencias afectivas y políticas son nefastas para una sociedad con alguna vocación de convivencia democrática. Lamentablemente, este debate seguirá ausente de la esfera pública, porque la ubicua presencia de algún familiar doliente, a quien no se ha procurado contención ni consuelo, ni se le ha otorgado la discreción y el silencio necesarios para el duelo, vuelve inviable el inicio de un debate que exige en forma indispensable otras condiciones e interlocutores. Por dar solo un ejemplo, el hecho de que los editores de la revista Ramona y sus allegados se vieran obligados a difundir una suerte de petitorio para reunir adhesiones que los defendieran de acusaciones por completo absurdas y carentes del menor fundamento es una de las consecuencias grotescas y patéticas de lo que venimos exponiendo. En conclusión, una agenda política de resistencia sociocultural ha de establecer una tarea compatible con las verdaderas necesidades del colectivo social, y por lo tanto, con la apertura de debates abiertos y libres alrededor de dichas necesidades. Una tarea de difícil realización si a la vez no se ejercen prácticas críticas de desmontaje de las narrativas dominantes. Publicado en Página 12 el 30 de junio de 2005 bajo el título “Lógicas de linchamiento”

  • Salud mental y justicia social / Sofía Vitali Constanza Banús

    “…la buena voluntad no sirve de nada si no hay absolutamente ninguna oportunidad de desarrollo. En cuanto a los artistas mediocres, a cuyas filas crees que no debería querer pertenecer, ¿qué diré? Eso depende de lo que uno llame mediocre. Haré lo que pueda, pero de ninguna manera desprecio lo mediocre en su sentido simple. Y ciertamente uno no se eleva por encima de ese nivel despreciando lo mediocre, en mi opinión, al menos hay que empezar por tener algo de respeto también por los mediocres, sabiendo que eso, ya significa algo y que eso no se logra sin mucho esfuerzo…” Cartas a theo-Vincent Van Gogh Quizás un día se declare el derecho a no hallarse. Se necesita imaginar un estar en común de soledades que no se encuentran a gusto o no quieren permanecer en un sitio. Incluso un común sin obligación de lo común para quienes no pueden, no saben, no desean, estar en cercanías. “No me hallo en ninguna parte. No me siento bien en la casa con los muchachos, en el barrio. No tengo a dónde volver”. El derecho a no hallarse requiere la invención continua de espacios de pasaje y no enraizamiento. Supone el derecho a juntadas imprevisibles, a vagabundeos que pasan por un lugar solo para estar un rato. Andanzas - Marcelo Percia “Si la producción de subjetividad es un componente fuerte de la socialización, evidentemente ha sido regulada, a lo largo de la historia de la humanidad, por los centros de poder que definen el tipo de individuo necesario para conservar al sistema y conservarse a sí mismo. Sin embargo, en sus contradicciones, en sus huecos, en sus filtraciones, anida la posibilidad de nuevas subjetividades. Pero éstas no pueden establecerse sino sobre nuevos modelos discursivos, sobre nuevas formas de re-definir la relación del sujeto singular con la sociedad en la cual se inserta.” Silvia Bleichmar Trabajamos en Argentina, en este tiempo, como en otros tiempos, los actos de crueldad se fogonean, como una intervención que intenta domesticar sensibilidades, pero, domesticarlas para el sometimiento, para la aniquilación de derechos, para la espectacularización de lo odiante, para la sumisión a la tragedia, y, lo que es peor, una tragedia gestionada en el proyecto político de un país, que supo, cada vez que pudo, construir la justicia social como un reparo ante vidas despojadas. ¿Por qué hablar de política y salud mental es hablar de justicia social? En el año 1949 se realizó una reforma constitucional que expandía el acceso a derechos, incluyen, por primera vez en la Argentina, los derechos que hacían hincapié en lo social, defendiendo los intereses de la familia del trabajador, la universalización y regionalización de la enseñanza gratuita, la promoción de la cultura, la previsión social, el derecho del trabajador, la familia, la ancianidad, la infancia, entre otros derechos políticos, sociales y económicos. En 1949, la Constitución Nacional de Argentina garantizó la igualdad de oportunidades para que las mujeres y los hombres pudieran acceder a cargos electivos y partidarios. En 1951, las mujeres votaron por primera vez en las elecciones presidenciales de Argentina. En esa elección, el 90% de las mujeres acudieron a las urnas, frente al 86% de los varones. Por primera vez, también hubo mujeres en las listas y que resultaron elegidas. Dicen que. en Argentina 2024, las mujeres representan el 71% de los trabajadores de la salud, pero solo ocupan el 25% de las direcciones ejecutivas en los hospitales. Quienes trabajamos en los dispositivos de “salud mental” asistimos a tramas atravesadas por el corazón mismo de las políticas públicas: el acceso a la justicia, a la educación, a los medicamentos, a la vivienda, a la alimentación, entre otros, son parte de aquellos tejidos que cargan las esquirlas de una postergación sintomática. Si usted está angustiado, incluso sintiendo más ganas de pegarse un corchazo que de acceder a un trabajo digno y un plan de vivienda es, sencillamente, porque las opciones de vivienda, trabajo digno y todos aquellos derechos que se incorporaron en el año 1949, hoy están siendo arrasados por la estafa piramidal del individualismo. No alcanzó con el golpe de Estado de 1955 (que derogó todas las reformas antes mencionadas), ni con el golpe de Estado de 1976, fue y es necesario, para perder tanto, haber convencido a gran parte de la población que mejor que decir o hacer, es aniquilar. Los dispositivos de salud son bastiones de resistencia cultural e ideológica en términos de acceso a derecho. La ley de salud mental no es nada sin las voluntades de quienes la llevan a las prácticas de lo cotidiano “con lo que hay”. Y así, con lo que hay se generan lugares donde habita el “no lugar”. Más allá de lo tradicional en cuanto a la práctica profesional, además de los “grupos terapéuticos”, los “espacios individuales”, las reuniones de equipo y las supervisiones entre paciente y paciente, se provocan encuentros en los talleres que se ofrecen a la comunidad. Algunos son: tallado en madera, trámites administrativos, electricidad, canto, huerta, expresión musical, expresión artística, yogaterapia, que son realizados por personas del Centro comunitario, por personas del municipio y por voluntarios. En esta experiencia que compartimos, haremos el foco en los viernes, este día ensamblamos algunas actividades: taller de juegos, taller de estimulación cognitiva y arte terapia. Abiertos a la comunidad, heterogéneos, gratuitos. Por lo general, al taller de juegos asisten más jóvenes y al de estimulación personas mayores, en arte terapia confluyen ambos grupos de participantes. Cuando decimos público y gratuito, de alguna manera mentimos, porque en lo público y lo gratuito hay un espacio para lo íntimo y lo que se paga, lo íntimo con esa intimidad de lo indecible, y el precio que el Estado paga, tomando la decisión política de invertir dinero en la salud para la comunidad. En estos talleres se encuentran vidas que, tal vez, al único lugar al que van es a este, no socializan casi, o nada, no realizan actividades “esperables” para personas de su edad, no toleran esas imposiciones o no pueden tomar esas opciones. En estos espacios se encuentran, hablando de si mismos/as, pensares, sentires, saberes, miedos, recuerdos, anhelos. Habitamos un espacio de salud que no está pensado para la enfermedad, sino “con”, con las personas y sus características, con, también sus categorías diagnósticas, con instantes que se vuelven un lugar a donde regresar. ¿Serán estos espacios productores de nuevas subjetividades? ¿Dónde poder desarrollar lo propio y lo colectivo, conectar con la capacidad de crear, de sentir, de expresar, de desear? En tiempos de crueldades desalojando vidas, aniquilando derechos, encarnizándose contra los cuidados, creamos burbujas de tiempo y espacio, donde, creemos en ese estar. Un espacio de restitución de derechos a través de lo posible, que emerge en el encuentro de esas vidas que se entrecruzan, se aprende a transitar, a escuchar, a querenciar. En ocasiones, un espacio de restitución de infancias, de eso que no fue pero sigue pujando por satisfacerse. El pibe que fue salvado por un tío de la casita que se quemó, y murieron sus hermanitas, dibuja cada vez, los recuerdos carbonizados de la familia que no fue, del padre que apaleaba a su madre, de la madre que se fue después del hogar, ese pibe es un hombre, este hombre, siempre pibe de la calle, vuelve cada viernes, también otres que han visto como la diabetes de su madre la dejó ciega y asustada, y ellos están asustados también, todo les da miedo, que los edificios caigan sobre si, al salir a la calle, o desmayarse y no poder seguir, pero vienen cada viernes para volver a jugar y creer creando, también jubilados sin jubilación ni privilegios que ríen como niños, un joven que viene porque se murieron su papá y su mamá y quiere crear cielos y suelos cada vez. Lo singular no es sin el otro, sin el entramado que sostiene. No es sin prestar palabra, un cuerpo, ideas, miradas, que abran paso a “lo otro” sosteniendo ante todo el carácter político de pensar en clave de salud mental, casi como si la enfermedad no fuera un obstáculo. Pensar, pintar, actuar, jugar, crear, compartir, en fin, producir salud como modo de resistencia a tanta aniquilación, al arrasamiento que propone el contexto, otra vez, como una aparición de lo siniestro. A veces nos recuerda a la canción “bienvenidos al tren” de sui generis “Pueden venir cuantos quieran Que serán tratados bien Los que estén en el camino Bienvenidos al tren” Que pretensión la nuestra, insistir con crear algunos modos de justicia social, que es, en definitiva el de siempre: acceder a derechos que no sean concebidos como privilegios, sino como un piso necesario para andar. Un piso ¿entendés? Un piso para empezar. Los bombardeos en la plaza de mayo en el 55, los centros de tortura donde aprendimos historia desgarradamente y hoy se rematan como un gasto descartable. Políticas de Estado enloquecedoras versus políticas de Estado del cuidado. ¿Acaso alguien puede creer que hay salud mental sin justicia social? Que pretensión la nuestra, jugar sin apuestas nocivas, compartir sin especulaciones mercantilistas, hablar sin sometimientos pedantes, escuchar la crudeza sin gozar con el dolor… después de todo, la justicia social implica, también, y sobre todo, alojar aquello que no puede más.

  • estructuras subterráneas públicas. / Mercedes Na. Ramirez

    conversaciones con inconceptualizables [ 1]. “Tiempo” Inundación. Eugenia Almeida. “Palabras para despertar los sueños y activar la trampa para pesadillas.” Palabras para la noche . Annie Agopian, Albertine. Como ofrendas de una infancia bibliotecada se recuperan cuatro libros. a. Cuentos que cuentan los guaraníes (1986), de Miguel Ángel Palermo; b. Arqueta de cuentos. Escritores rusos del siglo XIX2(1983); c. El País del Más Acá y otros cuentos (1981), de Ada D. Albrecht; y d. Prohibido el elefante (1988), de Gustavo Roldán. Tres de los libros, prologados, auguran un lugar especial a la poesía, el cuarto a la risa. Del ilustrador de éste último se lee que disfruta dibujando libros para infancias porque en ello “todo es posible”. b. La chispa que lee toma paredes. Tolstói escribe un cuento sobre confianzas en la sospecha de que toda verdad es , y que además de autoreferenciarse como ontología unificada se cree absoluta. Bauakás, rey de Argelia, de mercader emprende trama a galope hacia una aseveración susurrada, la presencia en sus tierras de un juez sabio. Antes de iniciar viaje es interceptado en los portales por unas limosnas, que se le colgaban de su traje. Accede y da, pero la limosna insiste en ser saldada. El mendigo solicita ser llevado a caballo hasta una plaza, ya que existía posibilidad de quedar aplastado por otros ejemplares. Durante las tomas y clases públicas de comisiones transitadas en el segundo cuatrimestre del corriente año, la comisión 12 se encontró necesitando una apuesta asamblearia conformada por quienes cursaban la materia grupos II. Clase pública en el marco, entre el aula y el pasillo. Se arma una especie de fragmento asambleario porque si se bajaba al espacio propuesto por la organización estudiantil podría no escucharse la comisión como en el aula 10. Se redacta un temario: ● Mitos y verdades en la facultad de psicología. Manipulaciones en torno a la voluntad del voto. Criterios de asignación de becas por prioridad de materias. El EDI se queda con la plata presupuestada para el centro de estudiantes. Correo de banco Galicia sobre apertura de cuenta a cambio de dinero para retirar. ● Boleto estudiantil y falsas promesas. Cita textual: Bauakás montó al tullido en la grupa de su caballo y lo llevó a la plaza, una vez allí detuvo su montura. En una suerte de giro en el sentido, quien se encontraba a la suerte expresa que no se bajaría del equino, que le pertenecía, que era de su propiedad. Sin relajos ante suposiciones que inquieren morales desprovistas de función poética [3], se propone revisar más bien lo propio del poder en términos de la idea de propiedad, antes que una inadvertida e ingenua lectura para sobradas explicaciones respecto de marcos teóricos que resultan amigable a estas escrituras, como lo son la sociología o filosofía política y económica en torno al capital ante las distribuciones desiguales e inequitativas de clases sociales que resuelven modos de jerarquización y segregación [4] en el corazón de un sistema al servicio del mercado [5]. La plaza se amontona alrededor de una ruidosa disputa entre quienes reprochaban una posesión legítima sobre el animal. La misma propone como voz asamblearia acudir a la figura del juez sabio. Se narra entonces la discusión sobre la propiedad de una mujer, una bolsa con monedas, y sobre el caballo del rey. En las tres oportunidades el juez propone que se le deje aquello que resulta objeto de propiedad para dar una respuesta al día siguiente. La clase en el entre un pasillo del primer piso y el aula 10 de Hipólito Yrigoyen [6] conversó e investigó sobre los temas propuestos. También comentó sobre asuntos que interesan para lo que definió como una política universitaria representativa : ● Reivindicar ideas de libertad que sirvan para pensar. ● Generar transparencia en los acuerdos. ● Oficialismos y oposiciones para pensar otra universidad posible frente al contexto actual. El juez daba según su sabio juicio el objeto de propiedad a su dueño y cincuenta palos a quien no lo era aunque argumentara también serlo. En el caso del caballo, la figura que impartía justicias hace pasar a la dupla de partes en conflicto, pregunta primero al rey si reconocería a su caballo entre tantos otros de su caballeriza. Luego preguntó lo mismo al mendigo. El juez pidió a Bauakás que lo acompañara, que se acercaran juntos a los caballos. Una vez propuesto el temario se defiende realizar una intervención estética en el aula, que consiste en la selección de fragmentos y elaboración de las marcas en el libro La explosión del sujeto de Juan Carlos De Brasi [7], sobre el problema de sujeción y libertad. La instalación se expresa con el libro marcado pegado en la pared de cara justo enfrente del pizarrón del aula 10. Fue nombrada: "La libertad se dice pero no se enuncia". El juez sabio le pide por separado a cada parte, una vez frente a la fila de caballos, que señalen indicando cual es el suyo . Ambos respondieron afirmativamente indicando con el dedo al mismo ejemplar. Ambas partes reconocieron en particular a uno de los caballos. Tolstói atestigua en esta ficción la importancia de temporalidades literarias para invitar convocatorias al deseo de leer, escribe que el juez, sabio sentado en “su sitio”, le dice al rey que el caballo es suyo a la vez que solicita se le propinen cincuenta palos al mendigo. La traducción es como mínimo descarada, insolente, descuidada o sí se piensa un tiempo más todo lo contrario, haciendo uso del verbo propinar como significado de dar o brindar cuando se trata de la figura de alguien que pide en la vía pública para sobrevivir. Esa irresuelta intriga hiela a la vez que interesa. Uno de los fragmentos del libro marcado con la facultad tomada dice: Y si bien la primera persona del plural introduce una marca colectiva, lo hace en función de un descentramiento. Estamos lejos de la identidad, tal como ha sido pergeñada desde una antigua tradición lógica y metafísica. Reaparece, se presenta porque está perdida. Así unifica una ilusión - por otro lado impredecible- o da curso a una alucinación. [ 8] propiedad/verdad/libertad quizás necesiten nuevas referencias/lecturas para recuperar la potencia ficcional de la ilusión que inventa sin territorios capitales de ominosa alienación unificante para la vida. Sobre la instalación, creímos que no la encontrábamos la semana siguiente, pero cuatro semanas después permanecía ahí, abierta, en la pared tomada de una facultad. El breve cuento ruso esmalta un final para develar algo que esa misma escritura ilusiona estructurando como misterio. El magistrado expone, para cada caso, su método ante la indagación del resultante dueño del caballo, explica que la resolución de dictamen sobre la cuestión del pingo ha sido la que le resultó más fatiga. Para la segunda instancia evaluativa de la cursada se propone realizar un parcial grupal que genere el guión de un podcast en torno a la situación universitaria actual. En él se escucha: “Hablas del capital no fabrican ni modelan afectividades, las estudian para beneficiarse de sus acciones y reacciones. Para aprovechar esas energías en favor de sus intereses” (Percia, 2020: 22). El sistema analiza cada pequeña acción que hagamos, y elabora a partir de estos, todo el tiempo intentando sostener el control y el engaño hacia quienes “no se comprometen”. Además según De Brasi (2015) "el pensamiento debe ser visto en un contexto más amplio que el de la autoría individual". Cuando leí esto se me vino a la mente la lucha por el acceso al conocimiento y la defensa de la educación pública, donde el conocimiento se considera un bien colectivo y no solo algo que pertenece a alguien en específico, sino más bien a todos. Además, al hablar de "des-pertenecerse", considero que se relaciona con la necesidad de liberar el conocimiento de las estructuras de poder que buscan privatizar las instituciones públicas." Lo más arduo de develar para el juez sobre la condición de propietario para una de las partes que reclamaban al caballo fue que ambos indicaron al mismo bicho, pero éste sólo respondió con la dirección de sus orejas y mirada a una de ellas. Bauakás maravillado propone recompensar al sabio admitiendo que el motivo por el cual emprendió la búsqueda tuvo que ver con evidenciar por sí mismo la existencia de su implacable y preciso juicio. A lo que el sabio responde gratificado que por tal motivo él no necesita ninguna recompensa. Una de las estudiantes que participó de la elaboración grupal expresó en la presentación del podcast consignado a la pregunta: ¿cómo hacer con una común urgencia universitaria? que se había dado cuenta que para la presente cursada no era necesario conceder importancia a la calificación numérica obtenida por una escritura que se convidaba/brindaba al pensar/para pensar/por pensar. [1] En Marcelo Percia. Encuentros para un común pensar. Darse al fuego. [2] Alexandr Pushkin, Vladímir Dal, Vladímir Odóievski, Konstantín Ushinski, Mijaíl Lérmontov, Nikolái Garin, León Tolstói, Alexandr Kuprín, Serguéi Axákov, Antoni Pogorelski, Vsévolod Garshin, Dmitri Mamin-Sibiriak, . Cuenta la primera página del libro que “Los escritores rusos sentían interés insaciable por la poesía popular y los cuentos de otros pueblos”. [3] Rolnik, S. “Una terapéutica para tiempos desprovistos de poesía” en Tres ensayos sobre Lygia Clark por Suely Rolnik. Editorial Natas cuadernetas. [4] Foucault, M. Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber. [5] Marx, K. Carta a Joseph Weydemeyer. Londres, 5 de marzo de 1852 https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m5-3-52.htm [6] Sede de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. [7] Recordando una intervención anterior Lecturas conventilladas en Juan Carlos De Brasi. Julio, 2022. [8] De Brasi, J. C. (2008) La explosión del sujeto. Acontecer de las masas y desfondamiento subjetivo en Freud. EPBCN. Barcelona, España. Pág. 76

  • Leer: la eternidad en el instante / Fernando Stivala

    Los libros como las primeras citas: enamoran o decepcionan. ¿Cuál es el valor del libro, de los textos, de lo que leemos para nosotros en un contexto como hoy? ¿Para qué sirve leer? ¿Cómo se hace esa operación, esa lectura? Los libros (y las citas) viene a anunciarnos que hay transformaciones que hay que pensar de una manera nueva. Vienen del pasado y nos permite hacer una actualización de algo que los autores mismos no conocieron.  I Leer: una sesión. En la misma época que Deleuze y Guattari están escribiendo Mil Mesetas , Félix está abriendo un curso o seminario que se llama Cartografías Esquizoanalíticas  que va a dar lugar a un libro que se publica en 1984 con el nombre del curso.  En la primera sesión del curso, el 9 de diciembre de 1980, Guattari muestra el camino: “ para mí, solo tendría sentido este seminario si funciona. Es decir, precisamente, si las diferentes ideas teóricas que voy a proponer aquí sirven efectivamente a la gente.” Llama a cada encuentro del curso sesión. Se dice sesiones de fotografía y de kinesiología entre otras prácticas. Se le dice sesiones a lo que hacen diputados y senadores en un Congreso cínico y cambiante. Se llama sesiones a los encuentros programados donde se intenta suscitar que coincidan el deseo de hablar y el deseo de escuchar. También existen sesiones de lectura. II Leer: una práctica. El esfuerzo cae del lado del lector o lectora. La exigencia de conectar los problemas que nos pasan con las teorías o lecturas de otros tiempos. No es un ´ para qué nos sirven´  descreído. Es el esfuerzo de continuar el trabajo del pensamiento en los cuerpos, en las prácticas, acá en la tierra. Y a partir de ahí ver con qué nos quedamos, con qué no, qué nos falta para seguir abriendo líneas de fuga. Hay obras o pensamientos congeladas en libros cuya actividad va mucho más allá de la fecha en la que fue elaborada. Son máquinas que no se reducen al uso inmediato de una coyuntura. Siguen activas para otras aventuras. El problema otra vez del lado de lector y la lectora. Cuánto estamos avivados de que lo que leemos es algo que obliga a pensar el presente y no suponernos situados en la época en la que el texto se escribió.  Por más que a veces parezcamos pasivos recibiendo, nunca se da eso solo. Se da en simultáneo con una actividad mental. Qué estamos pensando, con qué conectamos, qué problemas nos suscitan, con qué se chocan, qué nos traba. III Leer: un incendio. ¿Qué se hace con las bibliotecas? ¿Se las quema o se las conserva?  La lectura habitual que tenemos impregnada desde la escuela es la que supone que el libro remite a un sentido previo, latente. Que hay una palabra consistente que alguien nos dirige y hay que hacer un gran trabajo para ver qué es lo que el texto nos dice. Es la lectura teológica porque remite de manera mecánica a un modelo bíblico de lectura. La palabra ya está hecha, ya está contenida en el texto, y el punto es ver cómo nos relacionamos con la letra para que el mensaje aparezca. Sea Dios, alguien inteligente, el saber de una época. Habría un contenido y hay que descifrarlo. Decir bíblica o teológica es decir una lógica, una manera de leer, no el objeto libro. Podemos sostenernos en otro tipo de lectura. La anti teológica. Que la podríamos llamar: diabólica, brujerías, fuerzas heterogéneas, multiplicidad.  Entonces ¿adaptación al mandato de la época y quemar la biblioteca, o nos aislamos en la lectura y no salimos más a la calle?  De cuantos binarismos todavía tenemos que seguir escapando. O tener calle sin leer, o ser un intelectual sin práctica. Puras abstracciones. No se hasta dónde conviene joder con los libros y el fuego, pero ahí hay una larga historia no acabada, no consumida. Leer claramente levanta pasiones. Hay veces que te obsesionas tanto con un libro que no podés dejar de leerlo, de citarlo, de llevarlo a todas partes, de compartirlo. Hay veces que se obsesionan tanto con los libros que quieren incendiarlos, cancelarlos, prohibirlos, censurarlos. Desde la Ética de Spinoza en la Holanda de 1677 hasta la Cometierra de Dolores Reyes en la Argentina del 2024 por poner arbitrariamente dos fechas. IV Leer: una extraña amistad. Seguir yendo a la biblioteca a buscar libros, pero no permanecer en una lectura conformista donde se supone que el saber está ahí. Una cosa es tener el saber y otra cosa es no parar de buscarlo sabiendo que no se posee. El invento de los griegos versus los sabios de Oriente. Tener a la sabiduría es muy distinto que buscarla, que tender afinidades, que intentar hacer amistad con lo extraño. Ese es el verdadero significado de la FiloSofía. Si la lectura es una tentativa de captar un sentido ya constituido insistimos en la noción de experimentar. Leer entonces es capturar un fragmento de sentido y seguirlo con un funcionamiento en la experiencia. El sentido no está todo entero en el texto, nunca p uede estarlo. Hay más bien una conversación ya empezada donde se escucha algo interesante según un problema que se tiene y eso se usa como pieza de otra máquina de funcionamiento, de otro sentido. La experimentación es la exigencia de crear el sentido ahora, de potencias actuales. Ese actual no desaloja al libro, lo trae como un material al cual trabajar. No hay adaptación, sino trabajo. No hay reproducción, sino seguimiento.  V Leer: una transformación. Todo libro tiene un afuera, y son otros libros. Y también lo no textual. Un libro no dice nada si no lo ponemos en conexión con otros textos, y con disposiciones no discursivas de la existencia: afectos, pasiones, preguntas, angustias, luchas, prácticas, amores, problemas, convivencias, viajes, fantasías, separaciones, militancias. Todo eso se pone a funcionar con el libro. El sentido no está encapsulado o latente. El texto no se dice hasta que no se pone a funcionar con otros textos, y con otras instancias no discursivas: prácticas. Páginas rizomáticas. No hay línea interior que reúna una coherencia unificada. Cada línea con dinamismo propio, singular, consistiendo, y a la vez sin corresponder a ninguna línea evolutiva, ni organizada, ni coherente. Otro binario del que conviene escapar: caos/estructura. Si nos salimos de la coherencia y el sentido encapsulado también nos encontramos con formas de consistencia y organización situadas. Líneas que irán mutando, se irán transformando. VI Leer: un escritorio. Burroughs dice que el lenguaje es un virus. Somos animales infectados de lenguaje y eso no dejó de profundizarse y contagiarse hasta hoy. Ese virus luego se volvió información, datos, algoritmos, memoria codificada, reproducción de ideas, representación, estrato, diagnósticos, recetas, medios de comunicación, endurecimientos. Entonces la escritura libre y despojada sería una vacuna. A veces se la llama literatura, poética, o ensayo. Una intervención sobre eso que nos ha infectado: el lenguaje. Escribir (la otra cara de leer) no es reproducir la lógica del virus, sino intervenir sobre ella. No es usar palabras, sino reconectar con la multiplicidad. A través de la escritura se involuciona. Donde el virus nos hace evolucionar, la escritura nos hace involucionar. Cuando conecto una multiplicidad con otra, lo que se va armando ahí, en esas conexiones, es una gran línea de fuga, una gran alianza insólita. Involuciones que no hay que pensarlas en el sentido de regresiones, sino en conexión entre multiplicidades heterogéneas que ponen en juego una línea de salida que escapa a lo establecido. Responsable por derecho, el brujo o la bruja es el que se hace cargo de que haya multiplicidad. Si el afecto no es un sentimiento personal ni tampoco un carácter. Es la efectuación de una potencia desconocida que desencadena y hace vacilar el yo, que lee y escribe. Escribir es hacer brujerías. Revolver pócimas, experimentar dosis, cocinar singularidades. No hay lógica, hay alógica. Esto quiere decir que finalmente y como fondo de todos los devenires carecemos de una lógica frente a todas las lógicas posibles. Lo que hay son compatibilidades o consistencias no previstas por lógica alguna. Lo propio del brujo y la bruja es detectar y crear lógicas. Ahí descubre conexiones que ninguna lógica había previsto. Bodas contra natura. Alianza entre cosas que no están tomadas por una política de humanización. Rasgos e identificaciones muestran qué va con qué. Qué pega con qué. Escribir es una manera de salirse del humano. Experiencia de entrar en el mundo contra natura. Investigar y participar de multiplicidades. Escribir no es mover los dedos en un teclado o una hoja. Leer no es seguir el hilo de los renglones. Es entrar en un devenir. No sabemos hacia donde se va, pero partimos igual. Habitar el naufragio, crearnos balsas. Involuciones. Alianzas y no filiaciones. Involución es esa forma de creación entre heterogéneos, no algo que retrasa. Si la evolución es un camino que lleva a la formación de un ideal; en cambio el movimiento de involución, si se lo saca de la línea de regresión, es creador. Regresar es ir hacia lo menos acabado o completado o codificado o representado. Es un paso atrás hacia el punto en el que somos más porosos y porosas respecto a formas heterogéneas, desconocidas, y anómalas. En la involución buscamos los entres que la evolución cierra. VII Leer: un clásico. La época en la que vivimos a veces llamada capitalismo no es una zona libre de experimentación. Para conquistar esa zona libre siempre hay que tomar una decisión de cómo se resiste a las distintas presentaciones de la coyuntura de la época. A la realidad como a los libros hay que extraerle algo. Ni someternos por entero a ellos, ni desconoceros. Extraerles algo para ponerlos en función en un tipo de experimentación y problemas actuales. Entender es extraer ese algo para poder pensar los problemas que nos asfixian.  No hay transmisión posible, eso supone un sentido a perdurar. Todo un tema en el famoso Así habló   Zaratustra de Nietzsche. Libro que recomiendo les lean a las generaciones venideras, y a todos los que puedan. Zaratustra es el tema del fracaso en lo que se vuelve un nuevo Dios. Se está yendo muchas veces para no generar discípulos. Y el super humano. El porvenir como un problema del hoy. Un viento que sacude los valores establecidos. Un más allá de la medida. Una desmesura. Una demasía. La eternidad vivida. El Zaratustra de Nietzsche es algo del futuro, implica algo extraordinario que ponga en movimiento algo que no está en movimiento. El sentido que produce lo que se escribe no se puede saber, porque el lector es un ser radicalmente otro. Se va a deshacer la obra en función de sus exigencias del presente. Salvo que sea un discípulo. Hay una extraordinaria confianza de que los otros saben más de sí mismos que lo que uno cree que sabe sobre los otros. Es una obviedad, pero todas las instituciones de saber piensan lo contrario y así dan las cosas.  Hay un saber de sí. Todos tenemos un saber de si mucho más sabio que lo que nos diga otro. El tema que tenemos que despejar es de qué se trata ese saber. Claramente no es un saber solamente de la conciencia. No es un saber al estilo receta: ´ Ya sabemos lo que tenemos que hacer. Ya sabemos que fumar nos hace mal y lo tenemos que dejar.´ Sabemos que las cosas no funcionan así. No hay transmisión tal cual, sino que se combinan cosas que no sabemos hacia donde van a disparar. Cuando leemos un libro se está en una eterna conversación.  VIII Leer: un martillo. Dicen Deleuze y Guattari en Mil mesetas  en el capítulo del Ritornelo : “ Habría que oponer dos tipos de saberes o de actitudes frente al conocimiento: una que consiste en "reproducir", otra que consiste en "seguir". Una sería de reproducción, de iteración y reiteración; otra sería de itineración, el conjunto de las ciencias itinerantes, ambulantes. La itineración se reduce con demasiada facilidad a una condición de la técnica, o de la aplicación y de la verificación de la ciencia. Pero no es así: seguir no es lo mismo que reproducir, nunca se sigue para reproducir. (...) Reproducir implica la permanencia de un punto de vista fijo, exterior a lo reproducido: ver circular estando en la orilla. Pero seguir es algo totalmente distinto que el ideal de reproducción. No mejor, sino otra cosa. Uno está obligado a seguir cuando está a la búsqueda de las "singularidades" de una materia, o más bien de un material, y no tratando de descubrir una forma; (...) cuando deja de contemplar la circulación de un flujo (...) y es arrastrado por un flujo turbulento (...)” “ (...) Hay ciencias ambulantes, itinerantes, que consisten en seguir un flujo en un campo de vectores en el que las singularidades se distribuyen como otros tantos "accidentes" (problemas) (...)” En el seminario de Guattari que mencionamos al inicio hay una fina atención a la contingencia y a la singularidad de las situaciones que llevan a rehabilitar el contenido que hasta entonces había tendido a desaparecer o quedar subsumido bajo las lógicas significantes. Por eso propone contar las propias experiencias corporales, sueños, angustias, etc. Todo eso tiene lugar cuando se trata de pensar. Lo único que no vale es moralizar, juzgar, suponerle a algo un bien o mal previamente. Bloqueadores del pensamiento.  Esta es la perspectiva creadora que proponen en Mil mesetas . Una caja de herramientas esencialmente ética, política, y clínica.  Dejarnos arrastrar y no contemplar queriendo entender.  IX Leer: una emoción. Miren lo que decía Deleuze sobre la lectura y sus cursos universitarios: “duraban dos horas y media: nadie puede estar escuchando a alguien dos horas y media, por lo que no estaban dirigidos a ser comprendidos en su totalidad. Un curso es antes una especie de materia en movimiento de la que cada quien toma lo que le conviene. Más aún: hay quienes se duermen a la mitad, y no se sabe por qué misteriosa razón se despiertan en el momento que les interesa”. Un curso, dice Deleuze , “es ante todo una emoción. El problema no es seguirlo todo, sino despertar a tiempo” . Leer: abandonar por un rato lo que se quiere buscar, para luego quizás, volver a encontrarlo. Dice Diego Sztulwark: “ Leemos porque necesitamos ante todo escapar a las redes de cierto “interpretacionismo del todo”, presente tanto en los reduccionismos del deseo como en los de una política encapsuladora de los imaginarios, cultora de prácticas en zonas cerradas y oscuros claustros de partido o grupo. Una primera potencia de leer es la de habilitar una salida donde no la veíamos, y lo hace al mismo tiempo en un doble nivel: el de los afectos individuales (también inconscientes) y el de las fuerzas colectivas (con sus luchas y conquistas).” Dice Henri Meschonnic que toda lectura requiere de una relectura. Pero no para memorizar o conocer mejor el texto. Se va abandonando la obediencia al texto en favor de un ojo que se saca las telarañas de la costumbre y aparece múltiple. Un ojo donde las frases le resuenan, lo interrogan, lo hacen pensar. Como escribe Percia en Darse a la lectura : “ A veces, la acción de desleer importa más que la de leer. Desleer supone leer por primera vez lo ya leído. Leer escrutando lo leído con un oído por aparecer. Escribe Juan L. Ortiz: “Todas las cosas decían algo, querían decir algo. Había que tener el oído atento u otro oído fino, muy fino, que debía aparecer”.” X Leer: una salida a la obediencia. Spinoza rechazó en 1673 ser profesor de una catedra de filosofía en la universidad de Heidelberg. Si bien la oferta le garantizaba vivir económicamente mejor prefirió optar por esta opción. Sabía que aceptar la oferta le hubiera quitado tiempo para seguir leyendo, pensando, y escribiendo libremente. Le hubiera limitado su independencia intelectual teniendo que responder a los valores establecidos del ámbito universitario. Como hizo Hegel, el filósofo del Estado. Su filosofía se trató de calcar el humano ya dado. Nunca una filosofía puede solo describir el estado actual de las cosas. Ahí no filosofa, se saca el problema de encima. Es solo reproducción. Una buena pregunta aliada para verificar qué se está haciendo es: ¿para quién trabajas? ¿quiénes son tus jefes? La potencia política de un librazo o de un clásico no es la del manual para la acción, sino la de insistir en la pregunta por las profundas razones de la obediencia y suscitar un deseo de libertad de pensamiento. XI Leer: la eternidad en el instante. Spinoza escribe en la Ética : “ No dejamos de sentir y experimentar que somos eternos” No tenemos que entender la eternidad como un tiempo infinitamente extendido, no es inmortalidad del alma. Eternidad es estar fuera de tiempo. ¿Se puede eso? Leer siempre fue una actividad anticapitalista. Para leer se necesita tiempo, pero todavía algo más: estar más allá del tiempo. Una especie de eternidad vivida, como le pone Deleuze a la última clase del curso sobre Spinoza. O como dice Goethe en el Fausto : “¡Detente, instante, eres tan bello!” Podríamos decir: leemos para sentir y experimentar que somos eternos. Con la fantasía de estar deteniendo el instante. Por último; dice Nietzsche en el aforismo 366 de La gaya ciencia : “ ¿Y dónde encontrar nuestros nuevos filósofos?... Ellos son espíritus que deben vivir al aire libre, entre montañas o cerca del mar, o allá donde las condiciones sean severas, solitarios y alejados de la multitud, porque sólo así puede despertarse su fuerza creadora, su impulso a la reflexión. No podemos pensar si no estamos al aire libre, caminando, en movimiento. Los que piensan sólo entre libros, o incluso los que únicamente piensan al escribir, no pertenecen, en rigor, a la especie de los pensadores. El verdadero pensador quiere la soledad, y quiere y necesita estar en contacto con lo que es inclemente y salvaje para poder crear". Leer: una salvajada, una barbarie. Leer: una emoción, una pasión, un incendio. Abandonar por un rato lo que se quiere buscar, para luego quizás, volver a encontrarlo. Una sesión. Leemos para buscar salidas ante la obediencia. Leer: no quedar víctima de eso que se lee, sino hacer el ejercicio de recorrer los caminos sinuosos de lo propuesto, y después sí o sí, crear un lenguaje para lo que se necesita. Nos entregamos al viaje de lo escrito. Nos transformamos en esa entrega, en esa lectura. Involucionamos. Leer: un escritorio, un martillo. Ni para venerar, ni para repetir, ni para consumir, ni para criticar. Quizás, para detener el tiempo. Leer: una práctica. En ese acto que parece pasivo, ya hay ideas, imágenes, sensaciones que se ponen a tejer más allá de la voluntad. Leer: una extraña acción. Una extraña amistad. La eternidad en el instante.

  • Cantos Proféticos XII / Vicente Zito Lema

    ¡Otra vez aquí! ¡Bienvenidos, Cantos, aún en el temblor jamás te despreciamos; devotos de ti hemos sido en la patria de la infancia y en los mares del destierro! También en la perversa fiesta de la historia, cuando desfallecía el corazón humano… ¡Cantos! Pie en tierra para el asalto de los cielos, aunque nuestras piernas tambalean sobre el navío, aunque nos muerdan los perros de la resignación, aunque retumben los desprecios y cobardías de quienes nos lanzan como maldición: ¡Ya perdieron! ¡Su tiempo ya pasó! ¡Cantos! Para continuar increpando a los viejos dioses del horror! ¡Cantos!, que todavía nos aguardan, aún en la noche de las noches, cuando todo perece en la desilusión, en el descreimiento, en la terrible eficacia del lugar común… Que nadie se entregue… Allí están los cantos, todavía venturosos en sus cicatrices, refugio y reparo… Cantos, revulsivos y refulgentes, subversivos y subvirtiendo… Cantos y Cantos. Sueño de fuego en nuestros manos, hasta que el rostro puro del niño sufriente/de la pobreza sufriente/arroje en la hoguera la máscara de su condena; la condena de un mundo de muertos y de muerte que lo condenó a ser un ángel del espanto… Fuente:  Cantos Oscuros, Días Crueles (2019) Ediciones La Cebra.

  • La última morada de Proust / Alfonso Reyes

    Este texto se escribe en el Hotel Majestic de París. Mismo lugar en que Marcel Proust pasó los últimos años de su vida. De ahí que pueda describir, de primera fuente, cómo vivía y escribía el inventor de Swann. De los informes del portero, uno que llama la atención es aquel que nos habla de la fobia a los ruidos del escritor, recelo hacia cualquier sonido por mínimo que fuese. Así cualquier resonancia la consideraba una interrupción en el proceso de escritura que podía causarle un colapso. Situación que se puede equiparar a la interrupción de un proceso fisiológico elemental. Escarbando entre ese tipo de datos el texto va dibujando un Proust íntimo, un tanto neurótico, amable, amante del chisme, etc. En suma, se trata de un intento de revelar al Proust habitante de un barrio de París. Señor que como muchos o algunos de sus vecinos ocultaba un vicio secreto. Para el caso, la obsesión por escribir. He ido a vivir unos días más allá del Hotel Majestic, en el 44 de la Rue Hemelin. Aquí pasó Marcel Proust los últimos años de su vida. Aquí murió. Aquí escribió las últimas páginas de ese gran documento contra la sociedad de su época, donde desfilan tantos hombres y tantas mujeres sin corazón; donde tantas veces se confunde la sensibilidad con la “nerviosidad”; donde las enfermedades hacen veces de emociones. Obra capitosa y blanda, que se apodera de nosotros con todas las atracciones de un vicio secreto. Cuando cerramos uno de aquellos gruesos tomos, nos quedamos como desilusionados: después del hartazgo de lectura vienen las náuseas de la droga. Gran tema para un moralista, el discutir hasta qué punto es honesta una lectura que sólo incita a seguir leyendo, y no a ser mejor ni a vivir mejor. Proust trabajaba en el quinto piso, en un cuartito interior, forrado de corcho, donde no pudo entrar, durante tres años, la mano profana del aseo. Porque el microbio es el condimento esencial de cierta cocina. El ruido sobresaltaba a Proust, como a Lamartine, como a Flaubert, como a Juan Ramón. Una interrupción en el proceso de escribir podía causarle un colapso, como la interrupción de un proceso fisiológico elemental. Gómez de la Serna dice que, en el estilo de Proust, se oye hasta el zumbido de la mosca que anda por el cuarto. En el Romancero hay unos cristianos que daban cebada de día y cabalgaban de noche, no por miedo de los moros, mas las grandes calores. Marcel Proust dormía las horas de sol (el sol en París: este eufemismo), y trabajaba siempre de noche, no por miedo de la luz, sino de los ruidos de la ciudad. Aunque ¡quién sabe! Hay una raza de hombres cuya religión es inversa, y se funda toda en la ocultación del sol. Ellos pretenden descender de los verdaderos civilizadores, puesto que de la ocultación del sol nacieron el techo y la casa, la cortina y los visillos de las ventanas. El vecino del sexto piso tenía encargo de no hacer ruido. Marcel Proust había dotado a toda la familia de arriba de unos buenos pies de gato, de unas zapatillas de lana sorda que apagan el ruido de los pasos. Tengo estos detalles de su conserje, con quien hice buena amistad los pocos días que habité en la casa. – En la callecita, de balcón a balcón, vuelan las palomas. En una callecita estrecha y plomiza, sin vistas al espacio libre, donde jueguen los ojos. Es toda para vivir de interior (así vivía Proust); para darse cuenta de que existe la calle sólo por los pregones de los vendedores ambulantes: tal el personaje de Proust. El conserje lo recuerda como a un hombre muy bondadoso y muy popular, por su caridad, en el sexto piso, el piso de los humildes. De pocas palabras, pero conocido y estimado de todos; hombre de la vecindad, del barrio, a quien sin embargo se veía poco; nictálope, ciego de día y sólo aventurado a vivir de noche. Solía visitarlo Ramón Fernández, un escritor mexicano formado en París, descendiente del ministro de Manuel González. Proust dejó un hermano, que habita en el 2 de la Avenue Hoche, un cirujano, cuya hija también escribe; y había tenido un secretario que era aficionado a pintar, y que un año antes de la muerte de Proust partió para México, donde parece que vive todavía. El conserje me muestra un gabán usado y me dice: –Es del secretario; lo dejó un día aquí, y nunca se acordó de recogerlo. Una noche, ya muy enfermo, Proust descansó la pluma y dijo a Madame Albarret, la mujer que lo atendía, la esposa del chauffeur de taxi que Proust usaba de preferencia: –Hoy he escrito la última línea de mi obra. Demain je ne serais plus. A los dos días, las flores fúnebres llenaban la entrada de la casa y salían hasta media calle. El piso en que Proust vivió está ya modificado. Porque, como nadie podía entrar en aquel cuarto, la telaraña de la incuria lo tenía inhabitable, y hubo que reformarlo todo para volverlo a alquilar. El conserje considera con emoción a este hombre que viene del otro lado del mundo a pedirle recuerdos de Marcel Proust; acaricia una vieja arca de madera, y me dice: –Él me la dio. La guardo como una reliquia. Era un hombre santo. No se le sentía vivir, y ahora se siente tanto su ausencia… Y yo pienso que a la sombra de Marcel Proust debe de importarle mucho la opinión del conserje, porque Proust siempre hizo mucho caso de lo que hablaban los criados, los lacayos, los mozos de ascensor, los mayordomos y gente así. En su obra se toma siempre muy en cuenta la impresión que el amo causa entre la servidumbre, y las murmuraciones de escaleras abajo parecen haberle preocupado de veras. A veces, en un rincón del Ritz, se quedaba hasta las profundas horas de la madrugada, esperando que los mozos del comedor vinieran a contarle los “potins” de la gente elegante. Sus personajes casi se sienten deshonrados cuando el maître d´hôtel del balneario no hace caso de ellos. … Y me concentro para oír el zumbido de la mosca de Proust: la mosca viciosa del escritor, la mosca reacia, que se abreva en tinta de escribir a cada reposo de la mano. Fuente: Atenea, año V, número 6, agosto 31 de 1928. https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-04622009000200024

  • Caligrafía Nómade XXVII / Patricia Mercado

    Abrió el cajón y eligió el delineador negro. Acercó su rostro al espejo y dibujó las líneas sobre los párpados. Acaso un modo de abrir los ojos en plena noche. Acomodó el torbellino del pelo como si las tormentas pudieran acomodarse. Dudó apenas un instante y se puso el anillo de amatista como un talismán imprescindible. Se vistió en sentido inverso al cálculo de cómo quedaría desnuda un par de horas después. Ya en la calle se dio cuenta que se había olvidado el corazón.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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