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La Ășltima morada de Proust / Alfonso Reyes

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 1 dic 2024
  • 4 Min. de lectura

Este texto se escribe en el Hotel Majestic de ParĂ­s. Mismo lugar en que Marcel Proust pasĂł los Ășltimos años de su vida. De ahĂ­ que pueda describir, de primera fuente, cĂłmo vivĂ­a y escribĂ­a el inventor de Swann. De los informes del portero, uno que llama la atenciĂłn es aquel que nos habla de la fobia a los ruidos del escritor, recelo hacia cualquier sonido por mĂ­nimo que fuese. AsĂ­ cualquier resonancia la consideraba una interrupciĂłn en el proceso de escritura que podĂ­a causarle un colapso. SituaciĂłn que se puede equiparar a la interrupciĂłn de un proceso fisiolĂłgico elemental. Escarbando entre ese tipo de datos el texto va dibujando un Proust Ă­ntimo, un tanto neurĂłtico, amable, amante del chisme, etc. En suma, se trata de un intento de revelar al Proust habitante de un barrio de ParĂ­s. Señor que como muchos o algunos de sus vecinos ocultaba un vicio secreto. Para el caso, la obsesiĂłn por escribir.



He ido a vivir unos dĂ­as mĂĄs allĂĄ del Hotel Majestic, en el 44 de la Rue Hemelin. AquĂ­ pasĂł Marcel Proust los Ășltimos años de su vida. AquĂ­ muriĂł. AquĂ­ escribiĂł las Ășltimas pĂĄginas de ese gran documento contra la sociedad de su Ă©poca, donde desfilan tantos hombres y tantas mujeres sin corazĂłn; donde tantas veces se confunde la sensibilidad con la “nerviosidad”; donde las enfermedades hacen veces de emociones. Obra capitosa y blanda, que se apodera de nosotros con todas las atracciones de un vicio secreto. Cuando cerramos uno de aquellos gruesos tomos, nos quedamos como desilusionados: despuĂ©s del hartazgo de lectura vienen las nĂĄuseas de la droga. Gran tema para un moralista, el discutir hasta quĂ© punto es honesta una lectura que sĂłlo incita a seguir leyendo, y no a ser mejor ni a vivir mejor.


Proust trabajaba en el quinto piso, en un cuartito interior, forrado de corcho, donde no pudo entrar, durante tres años, la mano profana del aseo. Porque el microbio es el condimento esencial de cierta cocina. El ruido sobresaltaba a Proust, como a Lamartine, como a Flaubert, como a Juan Ramón. Una interrupción en el proceso de escribir podía causarle un colapso, como la interrupción de un proceso fisiológico elemental. Gómez de la Serna dice que, en el estilo de Proust, se oye hasta el zumbido de la mosca que anda por el cuarto.



En el Romancero hay unos cristianos que


daban cebada de dĂ­a


y cabalgaban de noche,


no por miedo de los moros,


mas las grandes calores.



Marcel Proust dormía las horas de sol (el sol en París: este eufemismo), y trabajaba siempre de noche, no por miedo de la luz, sino de los ruidos de la ciudad. Aunque ¥quién sabe! Hay una raza de hombres cuya religión es inversa, y se funda toda en la ocultación del sol. Ellos pretenden descender de los verdaderos civilizadores, puesto que de la ocultación del sol nacieron el techo y la casa, la cortina y los visillos de las ventanas. El vecino del sexto piso tenía encargo de no hacer ruido. Marcel Proust había dotado a toda la familia de arriba de unos buenos pies de gato, de unas zapatillas de lana sorda que apagan el ruido de los pasos.


Tengo estos detalles de su conserje, con quien hice buena amistad los pocos dĂ­as que habitĂ© en la casa. – En la callecita, de balcĂłn a balcĂłn, vuelan las palomas. En una callecita estrecha y plomiza, sin vistas al espacio libre, donde jueguen los ojos. Es toda para vivir de interior (asĂ­ vivĂ­a Proust); para darse cuenta de que existe la calle sĂłlo por los pregones de los vendedores ambulantes: tal el personaje de Proust.


El conserje lo recuerda como a un hombre muy bondadoso y muy popular, por su caridad, en el sexto piso, el piso de los humildes. De pocas palabras, pero conocido y estimado de todos; hombre de la vecindad, del barrio, a quien sin embargo se veía poco; nictålope, ciego de día y sólo aventurado a vivir de noche. Solía visitarlo Ramón Fernåndez, un escritor mexicano formado en París, descendiente del ministro de Manuel Gonzålez. Proust dejó un hermano, que habita en el 2 de la Avenue Hoche, un cirujano, cuya hija también escribe; y había tenido un secretario que era aficionado a pintar, y que un año antes de la muerte de Proust partió para México, donde parece que vive todavía.


El conserje me muestra un gabĂĄn usado y me dice:


–Es del secretario; lo dejó un día aquí, y nunca se acordó de recogerlo. Una noche, ya muy enfermo, Proust descansó la pluma y dijo a Madame Albarret, la mujer que lo atendía, la esposa del chauffeur de taxi que Proust usaba de preferencia:


–Hoy he escrito la Ășltima lĂ­nea de mi obra. Demain je ne serais plus.


A los dos dĂ­as, las flores fĂșnebres llenaban la entrada de la casa y salĂ­an hasta media calle.


El piso en que Proust vivió estå ya modificado. Porque, como nadie podía entrar en aquel cuarto, la telaraña de la incuria lo tenía inhabitable, y hubo que reformarlo todo para volverlo a alquilar.


El conserje considera con emociĂłn a este hombre que viene del otro lado del mundo a pedirle recuerdos de Marcel Proust; acaricia una vieja arca de madera, y me dice:


–Él me la dio. La guardo como una reliquia. Era un hombre santo. No se le sentía vivir, y ahora se siente tanto su ausencia



Y yo pienso que a la sombra de Marcel Proust debe de importarle mucho la opinión del conserje, porque Proust siempre hizo mucho caso de lo que hablaban los criados, los lacayos, los mozos de ascensor, los mayordomos y gente así. En su obra se toma siempre muy en cuenta la impresión que el amo causa entre la servidumbre, y las murmuraciones de escaleras abajo parecen haberle preocupado de veras. A veces, en un rincón del Ritz, se quedaba hasta las profundas horas de la madrugada, esperando que los mozos del comedor vinieran a contarle los “potins” de la gente elegante. Sus personajes casi se sienten deshonrados cuando el maütre d®hîtel del balneario no hace caso de ellos.



 Y me concentro para oír el zumbido de la mosca de Proust: la mosca viciosa del escritor, la mosca reacia, que se abreva en tinta de escribir a cada reposo de la mano.



Fuente: Atenea, año V, nĂșmero 6, agosto 31 de 1928.



Glenda LeĂłn El acto de la escritura 2018 MĂĄquina de escribir, clavos y madera

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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